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ArribaAbajoMamotreto XLIII

Cómo salía el autor de casa de la Lozana, y encontró una fantesca cargada y un villano con dos asnos cargados, uno de cebollas y otro de castañas, y después se fue el autor con un su amigo, contándole las cosas de la Lozana


AUTOR.-  ¿Qué cosa es esto que traéis, señoreta?

JACOMINA.-  Bastimento para la cena, que viene aquí mi señora y un su amigo notario, y ahora vendrá su mozo, que trae dos cargas de leña. Señor, ¿es vuestra merced de casa? Ayúdeme a descargar, que se me cae el bote de la mostaza.

AUTOR.-  Sube, que arriba está la Lozana.

¿Qué quieres tú? ¿Vendes esas cebollas?

VILLANO.-  Señor, no, que son para presentar a una señora que se llama la Fresca, que mora aquí, porque me sanó a mi hijo del ahíto.

AUTOR.-  Llama, que ahí está. Esas castañas son para que se ahíte ella, y tú con sus pedos.

VILLANO.-  Micer, sí.

AUTOR.-  ¡Pues voto a Dios, que no hay letrado en Valladolid que tantos cliéntulos tenga! Pues aquellas ocultas allá van, que por ella demandan, y no me partiré de aquí sin ver el trato que esta mujer tiene. Allá entra la una, y otra mujer con dos ánades. Aquélla no es puta, sino mal de madre; yo lo sabré al salir. Ya se va el villano. Ya viene la leña para la cena; milagros hace, que la quiere menuda. Ya van por más leña; dice que sea seca. Al mozo envía que traiga especias y azúcar, y que sean hartas y sin moler, que traiga candelas de sebo de las gordas, y que traiga hartas, por su amor, que será tarde, que han de jugar. Yo me maravillaba si no lo sabía decir, a mi fidamani, que ella cene más de tres noches con candelas de notario y a costa de cualque monitorio. ¿Veis dónde sale la de los anadones? Quiero saber qué cosa es.

Decime, madre, ¿cómo os llamáis?

VITORIA.-  Fijo, Vitoria, enferma de la madre, y esta señora española me ha dado aqueste cerote para poner al ombligo.

AUTOR.-  Decime, señora, ¿qué mete dentro, si viste?

VITORIA.-  Yo os lo diré. Gálbano y armoníaco, que consuma la ventosidad. Y perdóname, que tengo prisa.

AUTOR.-  Ándate en buen hora. Yo me quiero estar aquí y ver aquel palafrenero a qué entra allá, que no estará mucho, que ya viene el notario, o novio que será. ¡Cardico y mojama le trae el ladrón! Bueno, pues entra, que aquí te quiero yo; que mejor notario es ella que tú, que ya está matriculada. Ya sale el otro; italiano es, más bien habla español y es mi conocido.

¡A vos, Penacho! ¿Qué se dice? ¿Sois servicial a la señora Lozana? ¿Qué cosa es eso que lleváis?

PENACHO.-  ¡Juro a Dios, cosas buenas para el rabo! Guarda que tú no lo dices a otro. Que esto es para la hemorroide que tiene monseñor mío. Adío.

AUTOR.-  Va norabuena, que aquí viene quien yo deseaba.

Si vuestra merced viniera más presto viera maravillas, y entre las otras cosas oyera un remedio que la señora Lozana ha dado para cierta enfermedad.

SILVANO.-  Pues de eso me quiero reír, que os maravilléis vos de sus remedios sabiendo vos que remedia la Lozana a todos de cualquier mal o bien. A los que a ella venían, no sé ahora cómo hace, mas en aquel tiempo que yo la conocí embaucaba las gentes con sus palabras y, por cierto, que dos cosas le vi hacer: la una a un señor que había comido tósigo, y ella majó presto un rábano sin las hojas, y metiolo en vinagre fuerte, y púsoselo sobre el corazón y pulsos; y cuando fue la peste, ella en Velitre hizo esto mismo en vino bueno, y que tomase siempre placer, y que no se curase de otras píldoras ni purgas. Cada mes de mayo come una culebra; por eso está gorda y fresca la traidora, aunque ella de suyo lo era.

AUTOR.-  ¿No veis qué prisa se dan a entrar y salir putas y notarios?

SILVANO.-  Vámonos, que ya son vacaciones, pues que cierran la puerta.



ArribaAbajoMamotreto XLIV

Cómo fue otro día a visitarla este su conocido Silvano, y las cosas que allí contaron


SILVANO.-  Señora Lozana, no se maraville, que «quien viene no viene tarde», y el deseo grande vuestro me ha traído, y también por ver si hay pájaros en los nidos de antaño.

LOZANA.-  Señor, nunca faltan palomas al palomar. Y a quien bien os quiere no le faltarán palominos que os dar.

SILVANO.-  No sean de camisa, que todo cuanto vos me decís os creo. ¡Dios os bendiga, qué gorda estáis!

LOZANA.-  Hermano, como a mis espesas, y sábeme bien, y no tengo envidia al Papa, y gánolo, y esténtolo y quiéromelo gozar y triunfar, y mal año para putas, que ya las he dado de mano, que, por la luz de Dios, que si me han menester, que vienen cayendo, que ya no soy la que solía. ¡Mirá qué casa y en qué lugar, y qué paramentos y qué lecho que tengo! Salvo que ese bellaco me lo gasta cada noche, que no duerme seguro y yo que nunca estoy queda; y vos que me entendéis, que somos tres. ¡Hi, hi! ¿Acordaisos de aquellos tiempos pasados cómo triunfábamos, y había otros modos de vivir, y eran las putas más francas, y los galanes de aquel tiempo no compraban oficios ni escuderatos como ahora, que todo lo expendían con putas y en placeres y convites? Ahora no hay sino maullantes, overo, como dicen en esta tierra, «fotivento, que todo el año hacen hebrero», y así se pasan. No como cuando yo me recuerdo, que venía yo cada sábado con una docena de ducados ganados en menos tiempo que no ha que viniste, y ahora, cuando traigo doce julios, es mucho. Pues Sábado Santo me recuerdo venir tan cansada, que estaba toda la Pascua sin ir a estaciones ni ver parientas ni amigas, y ahora este Sábado Santo con negros ocho ducadillos me encerré, que me maravillo cómo no me ahorqué. ¡Pues las Navidades de aquel tiempo, los aguinaldos y las manchas que me daban! Como ahora, cierto nunca tan gran estrechura se vio en Cataluña ni en Florencia como ahora hay en Roma; y si miráis en ello, entonces traían unas mangas bobas, y ahora todos las traen a la perladesca. No sé, por mí lo digo, que me maravillo cómo pueden vivir muchas pobres mujeres que han servido esta corte con sus haciendas y honras, y puesto su vida al tablero por honrar la corte y pelear y batallar, que no las bastaban puertas de hierro, y ponían sus copos por broquel y sus oídos por capacetes, combatiendo a sus espesas y a sus acostamientos de noche y de día. Y ahora, ¿qué mérito les dan?, salvo que unas, rotos brazos, otras, gastadas sus personas y bienes, otras, señaladas y con dolores, otras, paridas y desmamparadas, otras que siendo señoras son ahora siervas, otras, estacioneras, otras, lavanderas, otras, estableras, otras, cabestro de símiles, otras, alcahuetas, otras, parteras, otras, cámara locanda, otras, que hilan y no son pagadas, otras, que piden a quien pidió y sirven a quien sirvió, otras que ayunan por no tener, otras por no poder, así que todas esperan que el senado las provea a cada una según el tiempo que sirvió y los méritos que debe haber, que sean satisfechas. Y según piensan y creen que harán una taberna meritoria como antiguamente solían tener los romanos y ahora la tienen venecianos, en la cual todos aquellos que habían servido o combatido por el senado romano, si venían a ser viejos o quedaban lisiados de sus miembros por las armas, o por la defensión del pueblo, les daban la dicha taberna meritoria en la cual les proveían de vito e vestito. Esto alhora era bueno, que el senado cobraba fama y los combatientes tenían esta esperanza, la cual causaba en ellos ánimo y lealtad, y no solamente entonces, mas ahora se espera que se dará a las combatientes, en las cuales ha quedado el arte militar, y máxime a las que con buen ánimo han servido y sirven en esta alma ciudad, las cuales, como dije, pusieron sus personas y fatigas al carro del triunfo pasado por mantener la tierra y tenerla abastada y honrada con sus personas viniendo de lejos y luengas partidas de diversas naciones y lenguajes, que si bien se mira en ello, no hay tantos lenguajes en Babilonia, adonde yo soy estada en mi juventud. Así que, si esto se hiciese, muchas más vendrían, y sería como en las batallas cuando echan delante la gente armada, y a la postre, cuando van faltando éstos, los peones y hombres de armas, y esles fuerza pelear a ellos y a los otros que esperaban seguir vitoria que si bien vencen el campo, no hay quien lo regocije como en la de Rávena, ni quien favorezca el placer que consiguen por ser pocos y solos, que no tienen quien los ayude a levantar, y así esperan la luna de Boloña, que es como el socorro de Scalona. Así que, tornando al propósito, quiero decir que, cuando a las personas lisiadas y pobres y en senectud constitutas, no les dan el premio o mérito que merecen, serán causa que no vengan muchas que vinieron a relevar a las naturales las fatigas y cansancios y combates, y esto causará la ingratitud que con las pasadas usaron, y de aquí redundará que los galanes requieran a las casadas y a las vírgenes de esta tierra, y ellas darán de sus casas joyas, dinero y cuanto tendrán a quien las encubra y a quien las quiera, de modo que quedarán los naturales ligeros como ciervos asentados a la sombra del alcornoque, y ellas contentas y pobres, porque se quiere dejar hacer tal oficio a quien lo sabe manear.



ArribaAbajoMamotreto XLV

Una respuesta que hace este Silvano, su conocido de la Lozana


[SILVANO.-]  ¡Por mi vida, señora Lozana, que creo que si fuerais vos la misma teórica no dijerais más de lo dicho! Mas quiero que sepáis que la taberna meritoria para esas señoras ya está hecha archihospital, y la honra, ayuda y triunfo que ellas dan al senato es como el grano que siembran sobre las piedras, que como nace se seca. Y si oíste decir que antiguamente, cuando venía un romano o emperador con vitoria, lo llevaban en un carro triunfante por toda la ciudad de Roma, y esto era en gran honra, y en señal de fortaleza una corona de hojas de roble, y él asentado encima, y si alguna señal tenía de las heridas que en las batallas y combates hubiese recibido, la mostraba públicamente, de manera que entonces el carro y la corona y las heridas eran su gloria, y después su renombre, fama y gloria. ¿Qué mejor ni más largo os lo puedo yo dar a entender, señora Lozana, de lo que vos misma podéis ver? Que como se hacen francesas o grimanas, es necesario que, en muerte o en vida, vayan a Santiago de las Carretas, y allí el carro y la corona de flores y las heridas serán su mérito y renombre a las que vendrán, las cuales tomarán audibilia pro visibilia. Así que, señora Lozana, a vos no os ha de faltar sin ellas de comer, que ayer, hablando, con un mi amigo, hablamos de lo que vos alcanzáis a saber, porque me recordé cuando nos rompiste las agallas a mí y a cuantos estábamos en el banco de ginoveses.

LOZANA.-  Y si entonces las agallas, ahora los agallones. Y oídme dos razones.



ArribaAbajoMamotreto XLVI

Respuesta que da la Lozana en su laude


[LOZANA.-]  Aquél es loado que mira y nota y a tiempo manifiesta. Yo he andado en mi juventud por Levante, soy estada en Nigroponte, y he visto y oído muchas cosas, y entonces notaba, y ahora saco de lo que entonces guardé. ¿No se os acuerda, cuando estaba por ama de aquel hijo de vuestro amo, qué concurrencia tenía de aquellos villanos que me tenían por médica, y venían todos a mí, y yo les decía: «andaos a vuestra casa y echaos una ayuda», y sanaban? Aconteció que una vieja había perdido una gallina que muchos días había que ponía huevos sobre una pared, y como se encocló, echose sobre ellos, y vino la vieja a mí que le dijese de aquella gallina, y yo estaba enojada, y díjele: «Andá, id a vuestra casa y traeme la yerba canilla que nace en los tejados». Y díjeselo porque era vieja, pensando que no subiría; en fin, subió y halló la gallina, y publicome que yo sabía hacer hallar lo perdido. Y así un villano perdió una borrica; vino a mí que se la encomendase, porque no la comiesen lobos. Mandele que se hiciese un cristel de agua fría, y que la fuese a buscar; él hízolo, y entrando en un higueral a andar del cuerpo, halló su borrica, y de esta manera tenía yo más presentes que no el juez. Decime, por mi vida, ¿quién es ese vuestro amigo que decís que ayer hablaba de mí? ¿Conózcolo yo? ¿Reísos? Quiérolo yo mucho porque me contrahace tan natural mis meneos y autos, y cómo quito las cejas, y cómo hablo con mi criado, y cómo lo echo de casa, y cómo le decía cuando estaba mala, «andá por esas estaciones y mirá esas putas cómo llevan las cejas», y cómo bravea él, por mis duelos, y cómo hago yo que le hayan todos miedo, y cómo lo hago moler todo el día solimán. Y el otro día no sé quién se lo dijo, que mi criado hacía quistión con tres, y yo, porque no los matase, salí y metilo en casa y cerré la puerta; y él metiose debajo del lecho a buscar la espada, y como yo estaba afanada porque se fuesen antes que él saliese, entré y busquelo, y él tiene una condición, que cuando tiene enojo, si no lo desmuele, luego se duerme, y como lo veo dormido debajo de la cama, me alegré y digo: «en este medio, los otros huirán». Y cómo lo halago que no se me vaya; y cómo reñimos porque metió el otro día lo suyo en una olla que yo la tenía media de agua de mayo y, como armó dentro por causa del agua, traía la olla colgada, y yo quise más perder la olla y el agua, que no que se le hiciese mal. Y el otro día que estaban aquí dos muchachas como hechas de oro, parece que el bellaco armó, y tal armada que todas dos agujetas de la bragueta rompió, que eran de gato soriano. Y cómo yo lo hago dormir a los pies, y él cómo se sube poco a poco, y otras mil cosas que, cuando yo lo vi contrahacerme, me parecía que yo era. Si vos lo vierais aquí cuando me vino a ver que estaba yo mala, que dije a ese cabrón de Rampín que fuese aquí a una mi vecina, que me prestase unos manteles, dijo que no los tenía; dije yo simplemente: «¡Mira qué borracha, que está ella sin manteles! Toma, ve, cómprame una libra de lino, que yo me los hilaré y así no la habré menester». Señor, yo lo dije, y él lo oyó; no fue menester más, como él a tiempo, cuando yo no pensaba en ello, me contrahízo, que quedé espantada.



ArribaAbajoMamotreto XLVII

Cómo se despide el conocido de la señora Lozana, y le da señas de la patria del autor


[SILVANO.-]  Señora Lozana, quisiera que acabáramos la materia comenzada de la meritoria, mas como no tuvo réplica mandá vuestra merced que digamos reliqua, para que se sienten y vayan reposadas donde la rueda de la carreta las acabará. Y tornando a responderos de aquel señor que de vuestras cosas hace un retrato, quiero que sepáis que soy estado en su tierra y dareos señas de ella. Es una villa cercada y cabeza de maestrazgo de Calatrava, y antiguamente fue muy gran ciudad, dedicada al dios o planeta Marte. Como dice Apuleyo, cuando el planeta Mercurio andaba en el cielo, al dios Marte aquella peña era su trono y ara, de donde tomó nombre la Peña de Marte, y, al presente, de los Martos, porque cada uno de los que allí moran son un Marte en batalla, que son hombres inclinados al arte de la milicia y a la agricultura, porque remedan a los romanos, que reedificaron donde ahora se habita, al pie de la dicha peña, porque allí era sacrificado el dios de las batallas. Y así son los hombres de aquella tierra muy actos para armas, como si oíste decir lo que hicieron los Cobos de Martos en el reino de Granada, por tanto que decían los moros que el Cobo viejo y sus cinco hijos eran de hierro y aun de acero, bien que no sabían la causa del planeta Marte, que en aquella tierra reinaba de nombre y de hecho, porque allí puso Hércules la tercera piedra o colona, que al presente es puesta en el templo; hallose el año MDIV. Y la Peña de Martos nunca la pudo tomar Alejandro Magno ni su gente, porque es inexpuñábile a quien la quisiese por fuerza; ha sido siempre honra y defensión de toda Castilla. En aquella tierra hay las señales de su antigua grandeza en abundancia. Esta fortísima peña es tan alta que se ve Córdoba, que está catorce leguas de allí. Ésta fue sacristía y conserva cuando se perdió España, al pie de la cual se han hallado ataúdes de plomo y marmóreos escritos de letras góticas y egipciacas, y hay una puerta que se llama la Puerta del Sol, que guarda al oriente, dedicada al planeta Febo. Hay otra puerta, la Ventosilla, que quiere decir que allí era la silla del solícito elemento Mercurio, y la otra, puerta del Viento, dedicada a este tan fuerte elemento aéreo; por tanto, el fortísimo Marte dedicó a este elemento dos puertas que guardasen su altar. Todas dos puertas de Mercurio guardan al poniente. Hay un albollón, que quiere decir salida de agua, al baluarte donde reposa la diosa Ceresa. Hay dos fortalezas, una en la altísima peña y otra dentro de la villa, y el Almedina, que es otra fortaleza, que hace cuarenta fuegos, y la villa de Santa María, que es otra fortaleza que hace cien fuegos, y toda la tierra hace mil quinientos, y tiene buenos vinos torronteses y albillos y aloques; tiene gran campiña, donde la diosa Ceresa se huelga; tiene monte, donde se coge mucha grana, y grandes términos y muy buenas aguas vivas. Y en la plaza, un altar de la Madalena, y una fuente, y un alamillo, y otro álamo delante de la puerta de una iglesia, que se llama la solícita y fortísima y santísima Marta, huéspeda de Cristo. En esta iglesia está una capilla que fue de los Templares, que se dice de San Benito; dicen que antiguamente se decía Roma la Vieja. Todas estas cosas demuestran su antigua grandeza, máxime que todas las ciudades famosas del Andalucía tienen la puerta Martos, que dice su antigua fortaleza, salvo Granada, porque mudó la puerta Elvira. Tiene ansimismo una fuente marmórea, con cinco pilares, a la puerta de la villa, edificada por arte mágica en tanto espacio cuanto cantó un gallo, el agua de la cual es salutífera; está en la vía que va a la ciudad de Mentesa, alias Jaén. Tiene otra al pie de Malvecino, donde Marte abrevaba sus caballos, que ahora se nombra la fuente Santa Marta, salutífera contra la fiebre. La mañana de San Juan sale en ella la cabelluda, que quiere decir que allí muchas veces apareció la Madalena, y más arriba está la peña la Sierpe, donde se ha visto Santa María defensora, la cual allí miraculosamente mató un ferocísimo serpiente, el cual devoraba los habitadores de la ciudad de Marte, y ésta fue la principal causa de su despoblación. Por tanto, el templo lapídeo y fortísima ara de Marte fue y es al presente consagrado a la fortísima Santa Marta, donde los romanos, por conservar sus mujeres en tanto que ellos eran a las batallas, otra vez la fortificaron, de modo que toda la honestidad y castidad y bondad que han de tener las mujeres, la tienen las de aquel lugar, porque traen el origen de las castísimas romanas, donde muchas y muchas son de un solo marido contentas. Y si en aquel lugar, de poco acá, reina alguna invidia o malicia, es por causa de tantos forasteros que corren allí por dos cosas: la una, porque redundan los torculares y los copiosos graneros, juntamente con todos los otros géneros de vituallas, porque tiene cuarenta millas de términos, que no le falta salvo tener el mar a torno; la segunda, que en todo el mundo no hay tanta caridad, hospitalidad y amor proximal cuanta en aquel lugar, y cáusalo la caritativa huéspeda de Cristo. Allí poco lejos está la sierra de Ailló, antes de Alcahudete.

LOZANA.-  Alcahudete, el que hace los cornudos a ojos vistas.

SILVANO.-  Finalmente, es una felice patria donde, siendo el rey, personalmente mandó despeñar los dos hermanos Carvajales, hombres animosísimos, acusados falsamente de tiranos, la cuya sepultura o mausoleo permanece en la capilla de Todos los Santos, que antiguamente se decía la Santa Santorum, y son en la dicha capilla los huesos de fortísimos reyes y animosos maestres de la dicha orden de Calatrava.

LOZANA.-  Señor Silvano, ¿qué quiere decir que el autor de mi retrato no se llama cordobés, pues su padre lo fue, y él nació en la diócesi?

SILVANO.-  Porque su castísima madre y su cuna fue en Martos y, como dicen: «no donde naces sino con quien paces». Señora Lozana, veo que viene gente, y si estoy aquí os daré empacho. Dadme licencia, y mirá cuándo mandáis que venga a serviros.

LOZANA.-  Mi señor, no sea mañana ni el sábado, que tendré prisa, pero sea el domingo a cena y todo el lunes, porque quiero que me leáis, vos que tenéis gracia, las coplas de Fajardo y la comedia Tinalaria y a Celestina, que huelgo de oír leer estas cosas mucho.

SILVANO.-  ¿Tiénela vuestra merced en casa?

LOZANA.-  Señor, vedla aquí, mas no me la leen a mi modo, como haréis vos. Y traé vuestra vihuela y sonaremos mi pandero.

SILVANO.-  Contemplame esa muerte.



ArribaAbajoMamotreto XLVIII

Cómo vinieron diez cortesanas a se afeitar, y lo que pasaron, y después otras dos, casadas, sus amigas, camiseras


DOROTEA.-  ¡Señora Lozana, más cara sois vos de haber, que la muerte cuando es deseada! Mirá cuántas venimos a serviros, porque vos no os dejáis ver después que os enriquecisteis, y habemos de comer y dormir todas con vos.

LOZANA.-  ¡Sea norabuena, que «cuando amanece, para todo el mundo amanece»! ¿Quién diría de no a tales convidadas? ¡Por mi vida, que se os parece que estáis pellejadas de mano de otra que de la Lozana! Así lo quiero yo, que me conozcáis, que pagáis a otra bien por mal pelar. ¡Por vida de Rampín, que no tengo de perdonar a hija de madre, sino que me quiero bien pagar! ¡Mirá qué ceja ésta, no hay pelo con pelo! ¡Y quién gastó tal ceja como ésta, por vida del rey, que merecía una cuchillada por la cara porque otra vuelta mirara lo que hacía! ¡Mirá si hubiera un mes que yo estuviera en la cama, cuando en quince días os han puesto del lodo! Y vos, señora, ¿qué paño es ese que tenéis? Esa agua fuerte y solimán crudo fue. Y vuestra prima, ¿qué es aquello, que todos los cabellos se le salen? ¡La judía anda por aquí! No me curo, que por eso se dice: «a río vuelto, ganancia de pescadores».

Vení acá vos. ¿Qué manos son ésas? Entrá allá y dame aquel botecillo de oro. ¡Y manos eran éstas para dejar gastar! Tomá y tenedlo hasta mañana y veréis qué manos sacaréis el domingo.

Si estuviera aquí mi criado, enviara a comprar ciertas cosas para vosotras. Mas torná por aquí, que yo lo enviaré a comprar si me dejáis dineros, que, a deciros la verdad, éstos que me habéis dado, bien los he ganado, y aún es poco que, cuando os afeito cada sábado, me dais un julio y ahora merecía dos, por haber enmendado lo que las otras os gastaron.

TERESA NARBÁEZ.-  Mirá bien y contá mejor, que no hay entre todas nosotras quien os haya dado menos de dos.

LOZANA.-  Bien, mas no contáis vosotras lo que yo he puesto de mi casa. A vos, aceite de adormideras y olio de almendras amargas perfectísimo, y a ella, unto de culebra, y a cada una segundo vi que tenía menester, por mi honra, que quiero que las que yo afeito vayan por todo el mundo sin vergüenza y sean miradas.

¡Por el siglo de vuestro padre, señora Dorotea!, ¿qué os parece qué cara llevan todas? Y a vos, ¿cómo se os ha pasado el fuego que traíais en la cara con el olio de calabaza que yo os puse? Id en buena hora, que no quiero para con vosotras estar en un ducado, que otro día lo ganaré que vendréis mejor apercibidas.

NARBÁEZ.-  ¡Oh, qué cara es este diablo! ¡Ésta y nunca más! Si las jodías me pelan por medio carlín, ¿por qué ésta ha de comer de mi sudor? ¡Pues antes de un año Teresa Narbáez quiere saber más que no ella!

LOZANA.-  ¿Quién son éstas que vienen a la romanesca? ¡Ya, ya, acá vienen!

LEONOR.-  Abrí, puta vieja, que a saco os tenemos de dar. ¿Paréceos bien que ha un mes que no visitáis a vuestras amigas? En puntos estamos de daros de masculillo. ¡Ay, qué gorda está esta putana! Bien parece que come y bebe y triunfa, y tiene quien bien la cabalgue para el otro mundo.

LOZANA.-  Tomá una higa, porque no me aojéis. ¿Qué viento fue este que por acá os echó? Mañana quería ir a Pozo Blanco a veros.

LEONOR.-  Mirá, hermana, tenemos que ir a unas bodas de la hija de Paniagua con el Izquierdo, y no valemos nada sin ti. Tú has de poner aquí toda tu ciencia. Y más, que no puedo comportar a mi marido los sobacos. Dame cualque menjurje que le ponga, y vézanos a mí y a esta mi prima cómo nos rapemos los pendejos, que nuestros maridos lo quieren así, que no quieren que parezcamos a las romanas, que jamás se lo rapan, y págate a tu modo. Ves aquí cinco julios y después te enviaremos el resto.

LOZANA.-  Las romanas tienen razón, que no hay en el mundo mujeres tan castas ni tan honestas. Andá, quitá allá vuestros julios, que no quiero de vosotras nada. Enviá a comprar lo que es necesario y dejá poner a mí el trabajo.

LEONOR.-  Pues sea así, enviemos a vuestro mozo que lo compre.

LOZANA.-  Bien será menester otro julio, que no se lo darán menos de seis.

LEONOR.-  Tomá, veis ahí, vaya presto.

LOZANA.-  ¿Cómo estáis por allá?, que acá muy ruinmente lo pasamos. Por mí lo digo, que no gano nada. Mejor fuera que me casara.

LEONOR.-  ¡Ay, señora, no lo digáis, que sois reina así como estáis! ¿Sabéis qué decía mi señor padre, en requia sea su alma?: que la mujer que sabía tejer era esclava a su marido, y que el marido no la había de tener sujeta sino en la cama. Y con esto nos queremos ir, que es tarde, y el Señor os dé salud a vos y a Rampín, y os lo deje ver barrachel de campaña, amén.

LOZANA.-  Así veáis de lo que más queréis, que si no fuera aquella desgracia que el otro día le vino, ya fuera él alcalde de la hermandad de Velitre. Y si soy viva el año que viene, yo lo haré porquerón de Bacano, que no le falta ánimo y manera para ser eso y más. Andad sanas y encomendame toda la ralea.



ArribaAbajoMamotreto XLIX

Cómo vinieron a llamar a la Lozana que fuese a ver un gentilhombre nuevamente venido, que estaba malo, y dice ella entre sí, por las que se partieron


[LOZANA.-]  Yo doy muchas gracias a Dios porque me formó en Córdoba más que en otra tierra, y me hizo mujer sabida y no bestia, y de nación española y no de otra. Miradlas cuáles van después de la Ceca y la Meca y la Val de Andorra. Por eso se dice: «sea marido aunque sea de palo, que por ruin que sea, ya es marido». Estas están ricas, y no tienen sus maridos, salvo el uno una pluma y el otro una aguja; y trabajan de día y de noche, porque se den sus mujeres buen tiempo, y ellos trampear, y de una aguja hacen tres y ellas al revés. Yo me recuerdo haber oído en Levante a los cristianos de la cintura, que contaban cómo los moros reprehendían a los cristianos en tres cosas: la primera, que sabían escribir y daban dineros a notarios y a quien escribiese sus secretos; y la otra, que daban a guardar sus dineros y hacían ricos a los cambiadores; la otra, que hacían fiesta la tercia parte del año, las cuales son para hacer al hombre siempre en pobreza y enriquecer a otra que se ríe de gozar lo ajeno. Y no me curo, porque, como dicen: «no hay cosa nueva debajo del sol». Querría poder lo que quiero, pero, como dijo Séneca: «gracias hago a esta señal que me dio mi fortuna, que me constriñe a no poder lo que no debo de querer», porque de otra manera yo haría que me mirasen con ojos de alinde.

RAMPÍN.-  ¿Qué hacéis? Mirá, que os llama un mozo de un novicio bisoño.

LOZANA.-  Vení arriba, mi alma. ¿Qué buscáis?

HERJETO.-  Señora, a vuestra merced, porque su fama vuela.

LOZANA.-  ¿De qué modo, por vida de quien bien queréis? Que vos nunca os hiciste sosegadamente, que el aire os lo da, y si no, os diese cien besos en esos ojos negros. Mi rey, decime, ¿y quién os dijo mal de mí?

HERJETO.-  Señora, en España nos dijeron mil bienes de vuestra merced, y en la nao unas mujeres que tornan acá con unas niñas que quedan en Civitavieja; y ellas vezan a las niñas vuestro nombre porque, si se perdieren, que vengan a vos, porque no tienen otro mamparo, y vienen a ver el año santo, que, según dicen, han visto dos, y con éste serán tres, y creo que esperarán el otro por tornar contentas.

LOZANA.-  Deben de ser mis amigas y por eso saben que mi casa es alhóndiga para servirlas, y habrán dicho su bondad.

HERJETO.-  Señora Lozana, mi amo viene de camino y no está bueno. Él os ruega que le vais a ver, que es hombre que pagará cualquier servicio que vuestra merced le hiciere.

LOZANA.-  Vamos, mi amor.

A vos digo, Rampín, no os partáis, que habéis de dar aquellos trapos a la galán portuguesa.

RAMPÍN.-  Sí haré, vení presto.

LOZANA.-  Mi amor, ¿dónde posáis?

HERJETO.-  Señora, hasta ahora yo y mi amo habemos posado en la posada del señor don Diego o Santiago a dormir solamente, y comer en la posada de Bartoleto, que siempre salimos suspirando de sus manos, pero tienen esto, que siempre sirven bien. Y allí es otro Estudio de Salamanca, y otra Sapiencia de París, y otras Gradas de Sevilla, y otra Loja de Valencia, y otro Drageto a Rialto en Venecia, y otra barbería de cada tierra, y otro Chorrillo de Nápoles, que más nuevas se cuentan allí que en ninguna parte de estas que he dicho, por muchas que se digan en Bancos. En fin, hemos tenido una vita dulcedo, y ahora mi amo está aquí en casa de una que creo que tiene bula firmada de la cancillería de Valladolid para decir mentiras y loarse y decir qué fue y qué fue y, voto a Dios, que se podía decir de quince años como Elena.

LOZANA.-  ¿Y a qué es venido vuestro amo a esta tierra?

HERJETO.-  Señora, por corona. Decime, señora, ¿quién es aquella galán portuguesa que vos dijiste?

LOZANA.-  Fue una mujer que mandaba en la mar y en la tierra, y señoreó a Nápoles, tiempo del Gran Capitán, y tuvo dineros más que no quiso, y vesla allí asentada demandando limosna a los que pasan.

HERJETO.-  Aquella es; temor me pone a mí, cuanto más a las que así viven. Y mirá, señora Lozana, como dicen en latín: Non praeposuerunt Deum ante conspectum suum, que quiere decir que no pusieron a Dios las tales delante a sus ojos. Y nótelo vuestra merced esto.

LOZANA.-  Sí haré. Entremos presto, que tengo que hacer. ¿Aquí posáis, casa de esa puta vieja lengua de oca?

HERJETO.-  Doña Inés, zagala como espada del Cornadillo.

LOZANA.-  ¡Ésta sacó de pila a la doncella Teodor!



ArribaAbajoMamotreto L

Cómo la Lozana va a ver a este gentilhombre, y dice subiendo


[LOZANA.-]  «Más sabe quien mucho anda que quien mucho vive», porque quien mucho vive cada día oye cosas nuevas, y quien mucho anda ve lo que ha de oír.

¿Es aquí la estancia?

HERJETO.-  Señora, sí, entrá en aquella cámara, que está mi amo en el lecho.

LOZANA.-  Señor mío, no conociéndoos quise venir por ver gente de mi tierra.

TRUJILLO.-  Señora Lozana, vuestra merced me perdone, que yo había de ir a humillarme delante de vuestra real persona, y la pasión corporal es tanta que puedo decir que es interlineal. Y por esto me atreví a suplicarla me visitase malo porque yo la visite a ella cuando sea bueno, y con su visitación me sane.

¡Va, tú, compra confites para esta señora!

LOZANA.-  ¡Nunca en tal me vi! Mas veré en qué paran estas longuerías castellanas.

TRUJILLO.-  Señora, alléguese acá y le contaré mi mal.

LOZANA.-  Diga, señor, y en lo que dijere veré su mal, aunque debe ser luengo.

TRUJILLO.-  Señora, más es ancho que luengo. Yo, señora, oí decir que vuestra casa era aduana y, para despachar mi mercancía, quiero ponerla en vuestras manos para que entre esas señoras, vuestras contemporáneas, me hagáis conocer para desempachar y hacer mis hechos; y como yo, señora, no estoy bueno muchos días ha, habéis de saber que tengo lo mío tamaño y, después que viniste, se me ha alargado dos o tres dedos.

LOZANA.-  ¡En boca de un perro! Señor, si el mal que vos tenéis es natural, no hay ensalme para él, mas si es accidental, ya se remediará.

TRUJILLO.-  Señora, querría aduanarlo por no perderlo; meté la mano y veréis si hay remedio.

LOZANA.-  ¡Ay, triste! ¿de verdad tenéis esto malo? ¡Y cómo está valiente!

TRUJILLO.-  Señora, yo he oído que tenéis vos muy lindo lo vuestro y quiérolo ver por sanar.

LOZANA.-  ¡Mis pecados me metieron aquí! Señor, si con verlo entendéis sanar, veislo aquí; mas a mí porque vine, y a vos por cuerdo, nos habían de escobar.

TRUJILLO.-  Señora, no hay que escobetear, que mi huéspeda escobeteó esta mañana mi ropa. Lléguese vuestra merced acá, que se vean bien, porque el mío es tuerto y se despereza.

LOZANA.-  Bien se ven si quieren.

TRUJILLO.-  Señora, bésense.

LOZANA.-  Basta haberse visto.

TRUJILLO.-  Señora, los tocos y el tacto es el que sana, que así lo dijo Santa Nefija, la que murió suave.



ArribaAbajoMamotreto LI

Cómo se fue la Lozana corrida, y decía muy enojada


[LOZANA.-]  Esta venida a ver este guillote me pondrá escarmiento para cuanto viviere. «Nunca más perro a molino», porque era más el miedo que tenía yo que no el gozo que hube, que no osaba ni sabía a qué parte me echase. Este fue el mayor aprieto que en mi vida pasé; no querría que se supiese por mi honra. ¡Y dicen que vienen de España muy groseros! ¡A fe, éste más supo que yo! Es trujillano, por eso dicen: «perusino en Italia y trujillano en España, a todas naciones engaña». Este majadero ha querido descargar en mí por no pagar pontaje, y veréis que a todas hará de esta manera, y a ninguna pagará: yo callaré por amor del tiempo. ¡La vejez de la pimienta le venga! Engañó a la Lozana, como que fuera yo Santa Nefija, que daba a todos de cabalgar en limosna. ¡Pues no lo supiera así urdir Hernán Centeno! Si yo esto no lo platicase con alguno, no sería ni valdría nada si no lo celebrásemos al dios de la risa, porque yo sola me sonrío toda de cómo me tomó a manos. Y mirá que si yo entendiera a su criado, bien claro me lo dijo, que bien mirado, ¿qué me podía a mí dar uno que es estado en la posada del señor don Diego, sino fruta de hospital pobre? En fin, «la codicia rompe el saco». Otro día no me engañaré, aunque bien me supo; mas quisiera comer semejante bocado en placer y en gasajo. Pedro de Urdemalas no supiera mejor enredar como ha hecho este bellacazo, desflorador de coños. Las paredes me metió adentro. Así me vea yo gran señora, que pensé que tenía mal en lo suyo, y dije: «aquí mi ducadillo no me puede faltar», y él pensaba en otro. No me curo, que en él va el engaño, pues me quedan las paredes enhiestas. Quiero pensar qué diré a mi criado para que mire por él, mas no lo vi vestido. ¿Qué señas daré de él, salvo que a él le sobra en la cara lo que a mí me falta?

RAMPÍN.-  Caminá, que es venida madona Divicia, que viene de la feria de Requenate y trae tantos cuchillos que es una cosa de ver.

LOZANA.-  ¿Qué los quiere hacer?

RAMPÍN.-  Dice que gratis se los dieron, y gratis los quiere dar.

LOZANA.-  ¿Veis aquí?, «lo que con unos se pierde con otros se gana».



ArribaAbajoMamotreto LII

Cómo la Lozana encontró, antes que entrase en su casa, con un vagamundo llamado Sagüeso, el cual tenía por oficio jugar y cabalgar de balde, y dice


SAGÜESO.-  Si como yo tengo a Celidonia, la del vulgo, de mi mano, tuviese a esta traidora colmena de putas, yo sería duque del todo, mas aquel acemilón de su criado es causa que pierda yo y otros tales el susidio de esta alcatara de putas y alcancía de bobas y alambique de cortesanas. Juro a Dios que la tengo de hacer dar a los leones, que quiero decir que Celidonia sabe más que no ella, y es más rica y vale más, aunque no es maestra de enjambres.

LOZANA.-  ¿Dónde vais vos por aquí? ¿Hay algo que malsinar o que baratar? Ya es muerto el duque Valentín, que mantenía los haraganes y vagabundos.

SAGÜESO.-  Señora Lozana, siempre lo tuviste de decir lo que queréis. Es porque demostráis el amor que tenéis a vuestros servidores, máxime a quien os desea servir hasta la muerte. Vengo que me arrastran estas cejas.

LOZANA.-  Ahora te creo menos. Yo deseo ver dos cosas en Roma antes que muera: y la una es que los amigos fuesen amigos en la prosperidad y en la adversidad, y la otra, que la caridad sea ejercitada y no oficiada, porque, como veis, va en oficio y no en ejercicio, y nunca se ve sino escrita o pintada o por oídas.

SAGÜESO.-  En eso y en todo tenéis razón. Mas ya me parece que la señora Celidonia os sobrepuja casi en el todo porque en el vulgo no hay casa tan frecuentada como la suya, y está rica que no sabe lo que tiene, que ayer solamente, porque hizo vender un sueño a uno, le dieron de corretaje cuatro ducados.

LOZANA.-  ¿Sabes con qué me consuelo? Con lo que dijo Rampín, mi criado: que en dinero y en riquezas me pueden llevar, mas no en linaje ni en sangre.

SAGÜESO.-  Voto a mí que tenéis razón, mas para saberlo cierto será menester sangrar a las dos, para ver cuál es mejor sangre. Pero una cosa veo: que tiene gran fama, que dicen que no es nacida ni nacerá quien se le pueda comparar a la Celidonia, porque Celestina la sacó de pila.

LOZANA.-  De eso me querría yo reír, de la puta cariacochillada en la cuna, que no me fuese a mí tributaria la puta vieja octogenaria. Será menester hacer con ella como hicieron los romanos con el pópulo de Jerusalén.

SAGÜESO.-  ¿Qué, por vuestra vida, señora Lozana?

LOZANA.-  Cuando los romanos vencieron y señorearon toda la tierra de Levante, ordenaron que, en señal de tributo, les enviasen doce hijos primogénitos, los cuales, viniendo muy adornados de joyas y vestidos, traían sus banderas en las manos y por armas un letrero que decía en latín: Quis mayor unquam Israel?, y así lo cantaban los niños hierosolimitanos. Los romanos, que sintieron la canción, hicieron salir sus niños vestidos a la antigua y con las banderas del Senado en las manos y como los romanos no tenían sino una cruz blanca en campo rojo, que Constantino les dio por armas, hacen poner debajo de la cruz una S y una Pque y una R, de manera que, como ellos decían, ¿quién fue jamás mayor que el pueblo israelítico? Estos otros les respondieron con sus armas diciendo: «Senatus Populusque Romanus». Así que, como vos decís, que quién se halla mayor que la Celidonia, yo digo: Lozana y Rampín en Roma.

SAGÜESO.-  ¡Por vida del gran maestro de Rodas, que me convidéis a comer sólo por entrar debajo de vuestra bandera!

LOZANA.-  ¿Por qué no? Entrá en vuestra casa y mía, y de todos los buenos, que más ventura tenéis que seso; pero entrá cantando: «¿Quién mayor que la Celidonia?: Lozana y Rampín en Roma».

SAGÜESO.-  Soy contento, y aun bailar como oso en colmenar, alojado a discreción.

LOZANA.-  ¡Calla, loco, cascos de agua, que está arriba madona Divicia, y alojarás tu caballo!

SAGÜESO.-  Beso las manos de sus alfardillas que, voto a Dios, que os arrastra la caridad como gramalla de luto.

LOZANA.-  Y a ti la ventura, que naciste de pies.

SAGÜESO.-  ¡Voto a mí que nací con lo mío delante!

LOZANA.-  Bien se te parece en ese remolino. Cierra la puerta y sube pasico, y ten discreción.

SAGÜESO.-  Así goce yo de vos, que esta mañana me la hollé, que me sobra y se me cae a pedazos.



ArribaAbajoMamotreto LIII

Lo que pasa entre todos tres, y dice la Lozana a Divicia


[LOZANA.-]  ¡Ay, cómo vienes fresca, puta! ¿Haste dado solacio y buen tiempo por allá? Y los dientes de plata, ¿qué son de ellos?

DIVICIA.-  Aquí los traigo en la bolsa, que me hicieron éstos de hueso de ciervo, y son mejores, que como con ellos.

LOZANA.-  ¡Por la luz de Dios, que se te parece la feria! ¿Chamelotes son esos o qué?

DIVICIA.-  Mira, hermana, más es el deseo que traigo de verte que cuanto gané. Siéntate y comamos, que por el camino coheché estas dos liebres. Dime, hermana, ¿quién es éste que sube?

LOZANA.-  Un hombre de bien, que comerá con nosotras.

SAGÜESO.-  Esté norabuena esta galán compañía.

LOZANA.-  ¡Mira, Sagüeso, qué pierna de puta y vieja!

DIVICIA.-  ¡Está queda, puta Lozana, que no lo conozco, y quieres que me vea!

LOZANA.-  ¡Mira qué ombligo! ¡Por el siglo de tu padre, que se lo beses! ¡Mira qué duro tiene el vientre!

SAGÜESO.-  Como hierba de cien hojas.

LOZANA.-  ¡Mira si son sesenta años éstos!

DIVICIA.-  Por cierto que paso, que cuando vino el rey Carlo a Nápoles, que comenzó el mal incurable el año de mil cuatrocientos ochenta y ocho, vine yo a Italia, y ahora estoy consumida de cabalgar, que jamás tengo ya de salir de Roma sino para mi tierra.

LOZANA.-  ¡Andá, puta refata! ¿Ahora quieres ir a tu tierra a que te digan puta jubilada? Y no querrán que traigas mantillo sino bernia. Gózate, puta, que ahora viene lo mejor; y no seas tú como la otra que decía, después de cuarenta años que había estado a la mancebía: «si de aquí salgo con mi honra, nunca más al burdel, que ya estoy harta».

SAGÜESO.-  Ahora está vuestra merced en la adolescencia, que es cuando apuntan las barbas, que en vuestra puericia otra gozó de vos, y ahora vos de nos.

DIVICIA.-  ¡Ay, señor, que tres enfermedades que tuve siendo niña me desmedraron! Porque en Medina ni en Burgos no había quien se me comparase; pues en Zaragoza más ganaba yo que puta que fuese en aquel tiempo, que por excelencia me llevaron al públique de Valencia, y allí combatieron por mí cuatro rufianes y fui libre; y desde entonces tomé reputación y, si hubiese guardado lo ganado, tendría más riquezas que Feliciana.

SAGÜESO.-  Harta riqueza tenéis, señora, en estar sana.

LOZANA.-  ¡Yo quería saber cuánto tiempo ha que no comí salmorejo mejor hecho!

SAGÜESO.-  ¡De tal mano está hecho! ¡Y por Dios, que no me querría morir hasta que comiese de su mano una capirotada o una lebrada! Aunque en esta tierra no se toma sabor en el comer ni en el joder, que en mi tierra es más dulce que el cantar de la serena.

DIVICIA.-  Pues yo os convido para mañana.

SAGÜESO.-  Mi sueño ensuelto.

LOZANA.-  ¿Quiéreslo vender?

SAGÜESO.-  ¡No, voto a Dios!

LOZANA.-  Guarda, que tengo buena mano, que el otro día vino aquí un escobador de palacio y dijo que soñó que era muerto un canónigo de su tierra, y estaba allí un solicitador, e hice yo que se lo comprase, y que le dijese el nombre del canónigo que soñó, y fue el solicitador y demandó este canonigado, y diéronselo, y al cabo de quince días vino el aviso al escobador, y teníalo ya el otro y quedose con él, y yo con una caparela.

SAGÜESO.-  Déjame beber y después hablaremos.

LOZANA.-  Siéntate para beber, que te temblarán las manos.

SAGÜESO.-  ¿Y de eso viene el temblar de las manos? No lo sabía. Y cuando tiembla la cabeza, ¿de qué viene?

LOZANA.-  Eso viene de hacer aquella cosa en pie.

SAGÜESO.-  ¡Oh, pese a tal! ¿Y si no puede haberlo el hombre de otra manera?

LOZANA.-  Dime, Sagüeso, ¿por qué no estás con un amo, que te haría bien?

SAGÜESO.-  ¿Qué mejor amo que tenerlos a todos por señores, y a vos y a las putas por amas que me den leche, y yo a ellas suero? Yo, señora Lozana, soy gallego y criado en mogollón, y quiero que me sirvan a mí, y no servir a quien cuando esté enfermo me envíe al hospital. Que yo me sé ir sin que me envíen. Yo tengo en Roma sesenta canavarios por amigos, que es revolución por dos meses.

LOZANA.-  Mira cómo se te durmió Divicia encima de la pierna.

SAGÜESO.-  Mirá la mano donde la tiene.

LOZANA.-  Fuésele ahí; es señal de que te quiere bien. Tómala tú y llévala a esa otra cámara y échala sobre el lecho, que su usanza es dormir sobre el pasto. Espera, te ayudaré yo, que pesa.

SAGÜESO.-  ¡Oh, pese a mí; y pensáis que no me la llevaré espetada, por más pesada que sea! Cuanto más que estoy tan usado que se me antoja que no pesa nada. ¿Cómo haré, señora Lozana, que me duermo todo? ¿Queréis que me entre en vuestra cámara?

LOZANA.-  Echate cabe ella, que no se espantará.

SAGÜESO.-  Mirá que me llaméis, porque tengo de ir a nadar, que tengo apostado que paso dos veces el río sin descansar.

LOZANA.-  Mira no te ahogues, que este Tíber es carnicero como Tormes, y paréceme que tiene éste más razón que no el otro.

SAGÜESO.-  ¿Por qué éste más que los otros?

LOZANA.-  Has de saber que esta agua que viene por aquí era partida en muchas partes, y el emperador Temperio quiso juntarla y que viniese toda junta, y por más excelencia quiso hacer que jamás no se perdiese ni faltase tan excelente agua a tan magnífica ciudad. E hizo hacer un canal de piedras y plomo debajo, a modo de artesa, e hizo que de milla a milla pusiesen una piedra, escrita de letras de oro su nombre, Temperio, y andaban dos mil obreros en la labor cada día. Y como los arquimaestros fueron a la fin, que llegaban a Ostia Tiberina, antes que acabasen, vinieron que querían ser pagados. El emperador mandó que trabajasen fin a entrar en la mar; ellos no querían porque, si acababan, dubitaban lo que les vino, y demandaron que se les diese su hijo primogénito, llamado Tiberio, de edad de dieciocho años, porque de otra manera no les parecía estar seguros. El emperador se lo dio y por otra parte mandó soltar las aguas, y así el agua con su ímpetu los ahogó a maestros y laborantes y al hijo, y por esto dicen que es y tiene razón de ser carnicero Tíber a Tiberio. Por eso, guárdate de nadar, no pagues la manifactura.

SAGÜESO.-  Eso que está escrito no creo que lo leyese ningún poeta, sino vos, que sabéis lo que está en las honduras, y Lebrija, lo que está en las alturas, excepto lo que estaba escrito en la fuerte Peña de Martos, y no alcanzó a saber el nombre de la ciudad que fue allí edificada por Hércules, sacrificando al dios Marte, y de allí le quedó el nombre de Martos a Marte fortísimo. Es esta peña hecha como un huevo, que ni tiene principio ni fin; tiene medio como el planeta que se le atribuye estar en medio del cielo, y señorear la tierra, como al presente, que no reina otro planeta en Italia. Mas vos que sabéis, decime: ¿qué hay debajo de aquella peña tan fuerte?

LOZANA.-  En torno de ella te diré que no hay cosa mala de cuantas Dios crió sobre la tierra, porque en todas las otras tierras hay en parte lo que allí hay junto, como podrás ver si vas allá, que es buena tierra para forasteros como Roma.

SAGÜESO.-  Todo me duermo, perdoname.

LOZANA.-  Guarda, no retoces esa rapaceja.

SAGÜESO.-  ¡Cómo duerme su antigüedad!

LOZANA.-  Quiero entender en hacer aguas y olios, porque mañana no me darán hado ni vado, que se casan ocho putas, y Madona Septuaginta querrá que yo no me parta de ella para decirle lo que tiene de hacer. Ya es tarde, quiero llamar aquel cascafrenos, porque, como dicen: «al bueno porque te honren y a este tal porque no me deshonre», que es un atreguado y se sale con todo cuanto hace. Ya me parece que los siento hablar.

DIVICIA.-  ¡Ay, Sagüeso!, ¿qué me has hecho, que dormía?

SAGÜESO.-  De cintura arriba dormíais, que estabais quieta.

DIVICIA.-  «La usanza es casi ley»; soy usada a mover las partes inferiores en sintiendo una pulga.

SAGÜESO.-  ¡Oh, pese al verdugo!, ¿y arcando con las nalgas ojeáis las pulgas?

DIVICIA.-  Si lo que me hiciste durmiendo me quieres reiterar yo te daré un par de cuchillos que en tu vida los viste más lindos.

SAGÜESO.-  Sé que no soy de acero; mostrá los cuchillos.

DIVICIA.-  Veslos aquí, y si tú quieres, en tanto que no tienes amo, ven, que yo te haré triunfar, y mira por mí y yo por lo que tú has menester.

SAGÜESO.-  ¿Os contento donde os llego? No será hombre que así os dé en lo vivo como yo. Quedá norabuena.

¡Señora Lozana!, ¿mandáis en qué os sirva?

LOZANA.-  Que no nos olvidéis.

DIVICIA.-  No hará, que yo le haré venir aunque esté en cabo del mundo.

LOZANA.-  Siéntate, puta hechicera, que más vendrá por comer que por todos tus encantos.



ArribaAbajoMamotreto LIV

Cómo platicaron la Lozana y Divicia de muchas cosas


LOZANA.-  ¡Oh, Divicia! ¿Oíste nunca decir «entre col y col, lechuga»? ¿Sabes qué quiere decir?: afanar y guardar para la vejez, que «más vale dejar en la muerte a los enemigos, que no demandar en la vida a los amigos».

DIVICIA.-  ¿Qué quieres decir?

LOZANA.-  Quiero decir que un hortolano ponía en una haza coles, y las coles ocupaban todo el campo, y vino su mujer y dijo: «Marido, entre col y col, lechuga, y así este campo nos frutará lo que dos campos nos habían de frutar». Quiero decir que vos no deis lo que tenéis, que si uno no os paga, que os hagáis pagar de otro doblado, para que el uno frute lo que el otro goza. ¿Qué pensáis vos que ha de hacer aquel enaciado de aquellos cuchillos? Jugarlos ha, y así los perderéis.

DIVICIA.-  No perderé, que en los mismos cuchillos van dichas tales palabras que él tornará.

LOZANA.-  ¡Ándate ahí, puta de Tesalia, con tus palabras y hechizos!, que más sé yo que no tú ni cuantas nacieron, porque he visto moras, judías, cíngaras, griegas y cecilianas, que éstas son las que más se perdieron en éstas cosas y vi yo hacer muchas cosas de palabras y hechizos, y nunca vi cosa ninguna salir verdad, sino todo mentiras fingidas. Y yo he querido saber y ver y probar como Apuleyo, y en fin hallé que todo era vanidad y cogí poco fruto, y así hacen todas las que se pierden en semejantes fantasías. Decime, ¿por qué pensáis que las palabras vuestras tienen efecto, y lleváselas el viento? Decime, ¿para qué son las plumas de las aves sino para volar? Quitadlas y ponéoslas vos, veamos si volaréis. Y así las palabras dichas de la boca de una obstinada vieja antigualla como vos. Decime, ¿no decís que os aconteció ganar en una noche ciento y dieciocho cuartos abrochados? ¿Por qué no les dijiste esas palabras, para que tornasen a vos sin ganarlos otra vez?

DIVICIA.-  ¿Y vos los pelos de las cejas, y decís las palabras en algarabía, y el plomo con el cerco en tierra, y el orinal y la clara del huevo, y dais el corazón de la gallina con agujas y otras cosas semejantes?

LOZANA.-  A las bobas se da a entender esas cosas, por comerme yo la gallina. Mas por eso vos no habéis visto que saliese nada cierto, sino todo mentira, que si fuera verdad, más ganara que gallina. Mas si pega, pega.

DIVICIA.-  Quítame este pegote o jáquima, que el barboquejo de la barba yo me lo quitaré.

LOZANA.-  Pareces borrica enfrenada.

DIVICIA.-  Acaba presto, puta, que me muero de sed.

LOZANA.-  No bebas de esa, que es del pozo.

DIVICIA.-  ¿Qué se me da?

LOZANA.-  Porque todos los pozos de Roma están entredichos, a efecto que no se beba el agua de ellos.

DIVICIA.-  ¿Por qué?

LOZANA.-  Era muy dulce de beber, y como venían los peregrinos y no podían beber del río, que siempre viene turbia o sucia, demandaban por las casas agua, y por no sacarla, no se la querían dar. Los pobres rogaron a Dios que el agua de los pozos no la pudiesen beber, y así se gastaron, y es menester que se compre el agua tiberina de los pobres, como veis, y tiene esta excelencia, que ni tiene color, ni olor, ni sabor, y cuanto más estantiva o reposada está el agua de este río Tíber, tanto es mejor.

DIVICIA.-  ¿Como yo?

LOZANA.-  No tanto, que hedería o mufaría como el trigo y el vino romanesco, que no es bueno sino un año, que no se puede beber el vino como pasa setiembre, y el pan como pasa agosto, porque no lo guarden de los pobres, y si lo guardan, ni ellos ni sus bestias lo pueden comer porque, si lo comen las gallinas, mueren.

DIVICIA.-  ¡Por tu vida y mía, yo lo vi hogaño echar en el río, y no sabía por qué!

LOZANA.-  Porque lo guardaron para el diluvio, que había de ser este año en que estamos, de mil quinientos veinticuatro, y no fue.

DIVICIA.-  Hermana, ¿qué quieres que meta en estas apretaduras, que hierven en seco?

LOZANA.-  Mete un poco de agua, que la retama, y la jara, y los marrubios y la piña si no nadan en el agua, no valen nada. No metas de esa, que es de río y alarga; mete de pozo, que aprieta, y saca un poco y prueba si os aprieta a vos, aunque tenéis seis tejaredecas, que ya no os ha de servir ese vuestro sino de mear.

DIVICIA.-  ¡Calla, puta de quis vel qui!

LOZANA.-  ¡Y tú, puta de tres cuadragenas menos una!

DIVICIA.-  ¡Calla, puta de candoque, que no vales nada para venderme, ni para ser rufiana!

LOZANA.-  ¡A tal puta tal rufiana! ¿Ves?, viene Aparicio, tu padrino.

DIVICIA.-  Cual Valderas el malsín, es de nuestra cofradía.

LOZANA.-  ¿Cofradía tenéis las putas?

DIVICIA.-  ¿Y si ahora sabes tú que la cofradía de las putas es la más noble cofradía que sea, porque hay de todos los linajes buenos que hay en el mundo?

LOZANA.-  Y tú eres la priosta; va, que te llama, y deja subir aquella otra puta vieja rufiana sarracina con su batirrabo, que por apretaduras vendrá.

DIVICIA.-  Subí, madre, que arriba está la señora Lozana.

LOZANA.-  Vení acá, madona Doméstica, ¿qué buscáis?

DOMÉSTICA.-  Hija mía, habéis de saber que cerca de mi casa está una pobre muchacha, y está virgen, la cual si pudiese o supieseis cualque español hombre de bien que la quisiese, que es hermosa, porque le diese algún socorro para casarla.

LOZANA.-  ¡Vieja mala escanfarda!, ¿qué español ha de querer tan gran cargo de corromper una virgen?

DOMÉSTICA.-  Esperá, que no es mucho virgen, que ya ha visto de los otros hombres, mas es tanto estrecha que parece del todo virgen.

LOZANA.-  A tal persona podrías engañar con tus palabras antepensadas que te chinfarase a ti y a ella. ¡Oh, hi de puta! ¿Y a mí me venías, que soy matrera? ¡Mirá qué zalagarda me traía pensada! ¡Va con Dios, que tengo que hacer!

DIVICIA.-  ¿Qué quería aquella sabandija?

LOZANA.-  ¡Tres bayoques de apretaduras, así la agoten! Conmigo quiere ganar, que la venderé yo por más vieja astuta que sea.

DIVICIA.-  A casa de la Celidonia va.

LOZANA.-  ¿Qué más Celidonia o Celestina que ella? Si todas las Celidonias o Celestinas que hay en Roma me diesen dos carlines al mes, como los médicos de Ferrara al Gonela, yo sería más rica que cuantas mujeres hay en esta tierra.

DIVICIA.-  Decime eso de Gonela.

LOZANA.-  Demandó Gonela al duque que los médicos de su tierra le diesen dos carlines al año; el duque, como vio que no había en toda la tierra arriba de diez, fue contento. El Gonela, ¿qué hizo? Atose un paño al pie y otro al brazo, y fuese por la tierra. Cada uno le decía: «¿Qué tienes?» Y él les respondía: «Tengo hinchado esto». Y luego le decían: «Va, toma la tal hierba, y tal cosa, y póntela y sanarás». Después, escribía el nombre de cuantos le decían el remedio, y fuese al duque y mostrole cuántos médicos había hallado en su tierra. Y el duque decía: «¿Has tú dicho la tal medicina al Gonela?» El otro respondía: «Señor, sí». «Pues pagá dos carlines, porque sois médico nuevo en Ferrara». Así querría yo hacer por saber cuántas Celidonias hay en esta tierra.

DIVICIA.-  Yo os diré cuántas conozco yo. Son treinta mil putanas y nueve mil rufianas sin vos. Contadlas. ¿Sabéis, Lozana, cuánto me han apretado aquellas apretaduras? Hanme hecho lo mío como bolsico con cerraderos.

LOZANA.-  ¿Pues qué si metieras de aquellas sorbas secas dentro? No hubiera hombre que te lo abriera por más fuerza que tuviera, aunque fuera micer puntiagudo, y al cabo como el muslo.

DIVICIA.-  Yo querría, Lozana, que me rapases este pantano, que quiero salir a ver mis amigos.

LOZANA.-  Espera que venga Rampín, que él te lo raerá como frente de calvo. No viene ninguna puta, que deben jabonar el bien de Francia. Dime, Divicia, ¿dónde comenzó o fue el principio del mal francés?

DIVICIA.-  En Rapolo, una villa de Génova, y es puerto de mar, porque allí mataron los pobres de San Lázaro, y dieron a saco los soldados del rey Carlo cristianísimo de Francia aquella tierra y las casas de San Lázaro, y uno que vendió un colchón por un ducado, como se lo pusieron en la mano, le salió una buba así redonda como el ducado, que por eso son redondas. Después, aquél lo pegó a cuantos tocó con aquella mano, y luego incontinente se sentían los dolores acerbísimos y lunáticos, que yo me hallé allí y lo vi. Que por eso se dice: «el Señor te guarde de su ira», que es esta plaga, que el sexto ángel derramó sobre casi la mitad de la tierra.

LOZANA.-  ¿Y las plagas?

DIVICIA.-  En Nápoles comenzaron, porque también me hallé allí cuando dicen que habían enfecionado los vinos y las aguas. Los que las bebían luego se aplagaban, porque habían echado la sangre de los perros y de los leprosos en las cisternas y en las cubas, y fueron tan comunes y tan invisibles que nadie pudo pensar de adónde procedían. Muchos murieron, y como allí se declaró y se pegó la gente que después vino de España llamábanlo mal de Nápoles. Y éste fue su principio y este año de veinticuatro son treinta y seis años que comenzó. Ya comienza a aplacarse con el leño de las Indias Occidentales. Cuando sean sesenta años que comenzó, alhora cesará.



ArribaAbajoMamotreto LV

Cómo la Lozana vio venir a un joven desbarbado, de dieciocho años, llamado Coridón, y le dio este consejo como supo su enfermedad


LOZANA.-  Mi alma, ¿dónde bueno? Vos me parecéis un Absalón, y Dios puso en vos la hermosura del gallo. Vení arriba, buey hermoso. ¿Qué habéis, mi señor Coridón?, decímelo, que no hay en Roma quien os remedie mejor. ¿Qué traéis aquí? Para conmigo no era menester presente, pero porque yo os quiera más de lo que os quiero, vos, mi alma, pensáis que, por venirme cargado, lo tengo de hacer mejor. Pues no soy de esas, que más haré viéndoos penado, porque sé en qué caen estas cosas, porque no solamente el amor es mal que atormenta a las criaturas racionales, mas a las bestias priva de sí mismas; si no, vedlo por esa gata, que ha tres días que no me deja dormir, que ni come ni bebe ni tiene reposo. ¿Qué más hará un muchacho como vos, que os hierve la sangre, y más el amor que os tiene consumido? Decime vos a mí dónde y cómo y quién, y yo veré cómo os tengo de socorrer, y vos contándomelo aplacaréis y gozaréis del humo, como quien huele lo que otro guisa o asa.

DOMÉSTICA.-  Señora Lozana, yo me vine de mi tierra, que es Mantua, por esta causa. El primero día de mayo, al hora cuando Jove el carro de Fetonte intorno giraba, yo venía en un caballo blanco y vestido de seda verde. Había cogido muchas flores y rosas y traíalas en la cabeza sin bonete, como una guirnalda, que quien me veía se enamoraba. Vi a una ventana de un jardín una hija de un ciudadano; ella de mí y yo de ella nos enamoramos, mediante Cupido, que con sus saetas nos unió haciendo de dos ánimos un solo corazón. Mi padre, sabiendo la causa de mi pena, y siendo par del padre de aquella hermosa doncella Polidora, demandola por nuera; su parentado y el mío fueron contentos, mas la miseria vana estorbó nuestro honrado matrimonio, que un desgraciado viejo, vano de ingenio y rico de tesoro, se casó con ella descontenta. Yo, por no verme delante mi mal, y por excusar a ella infelice pena y tristicia, me partí por mejor, y al presente es venido aquí un espión que me dice que el viejo va en oficio de senador a otra ciudad. Querría que vuestra señoría me remediase con su consejo.

LOZANA.-  Amor mío, Coridón dulce, récipe el remedio: va, compra un veste de villana que sea blanca y unas mangas verdes, y vete descalzo y sucio y loqueando, que todos te llamarán loca, y di que te llamas Jaqueta, que vas por el mundo reprehendiendo las cosas mal hechas, y haz a todos servicios y no tomes premio ninguno, sino pan para comer. Y va muchas veces por la calle de ella, y coge serojas, y si su marido te mandare algo, hazlo, y viendo él que tú no tomas ni quieres salario, salvo pan, así te dejará en casa para fregar y cerner y jabonar. Y cuando él sea partido, limpia la casa alto y bajo y haz que seas llamada y rogada de cuantas amas tendrá en casa, por bien servir y a todas agradar con gentil manera. Y si te vieren solo con esa tu amante Polidora, haz vista que siempre lloras y si te demandare por qué, dile: «Porque jamás mi nación fue villana. Sabé que soy gentildona breciana, y que me vi que podía estar a par con Diana, y con cualquier otra dama que en el mundo fuese estada». Ella te replicará que tú le digas: «¿Por qué vas así, mi cara Jaqueta?» Tu le dirás: «Cara madona, voy por el mundo reprochando las cosas mal hechas. Sabed que mi padre me casó con un viejo como vuestro marido, calvo, flojo como un niño, y no me dio a un joven que me demandaba como doncella, el cual se fue desperado, que yo voy por el mundo a buscarlo». Si ella te quiere bien, luego lo verás en su hablar, y si te cuenta a ti lo mismo, dile cómo otro día te partes a buscarlo. Si ella te ruega que quedes, haz que seas rogada por sus amas que su marido le dejó, y así, cuando tú vieres la tuya y siendo seguro de las otras, podrás gozar de quien tanto amas y deseas penando.

DOMÉSTICA.-  ¡Oh, señora Lozana! Yo os ruego que toméis todos mis vestidos, que sean vuestros, que yo soy contento con este tan remediable consejo que me habéis dado. Y suplícoos que me esperéis a esta ventana, que vendré por aquí, y veréis a vuestra Jaqueta cómo va loqueando a sus bodas, y reprehenderé mucho más de lo que vos habéis dicho.

LOZANA.-  ¿Y a mí qué me reprehenderás?

DOMÉSTICA.-  A vos no siento qué, salvo que diré que vivís arte et ingenio.

LOZANA.-  ¡Coridón, mira que quiere un loco ser sabio! Que cuanto dijeres e hicieres sea sin seso y bien pensado porque, a mi ver, más seso quiere un loco que no tres cuerdos, porque los locos son los que dicen las verdades. Di poco y verdadero y acaba riendo, y suelta siempre una ventosidad, y si soltares dos, serán sanidad, y si tres, asinidad. ¿Y qué más? ¿Me dirás «celestial» sin tartamudear?

DOMÉSTICA.-  Ce-les-ti-nal.

LOZANA.-  ¡Ay, amarga, mucho tartamudeas! Di «alcatara».

DOMÉSTICA.-  Al-ca-go-ta-ra.

LOZANA.-  ¡Ay, amarga, no así! Y tanto ceceas; lengua de estropajo tienes. Entendamos en lo que dirás a tu amiga cuando esté sola, y dilo en italiano, que te entienda: «Eco, madona, el tuo caro amatore. Se tu voi que yo mora soy contento. Eco colui que con perfeta fede, con lacrime, pene y estenti te ha sempre amato e tenuta esculpita in suo core. Yo soy Coridone, tuo primo servitore. ¡Oh, mi cara Polidora, fame el corpo felice y serò sempre tua Jaqueta, dicta Beatrice!» Y así podrás hacer tu voluntad.

DOMÉSTICA.-  ¡Mirá si lo que os digo a vos está bien!

LOZANA.-  No, porque tú no piensas la malicia que otra entenderá. Haz locuras y calla, no me digas nada, que tienes trastrabada la lengua, que mucho estropajo comiste, pues no puedes decir en español arrofaldada, alcatara, celestial.

DOMÉSTICA.-  A-rro-fia-na-da; al-ca-go-ta-ra; ce-les-ti-nal.

LOZANA.-  Calla, que por decirme taimada me dijiste tabaquinara, y por decirme canestro me dices cabestro, y no me curo, que no se entiende en español qué quiere decir. Mas, por la luz de Dios, que si otro me lo dijera y Rampín lo supiese, que poco tenemos que perder, y soy conocida en todo Levante y Poniente, y «tan buen cuatrín de pan nos hacen allá como acá». Coridón, esto podrás decir, que es cosa que se ve claro: Vittoria, vittoria, el emperador y rey de las Españas habrá gran gloria.

DOMÉSTICA.-  No quería ofender a nadie.

LOZANA.-  No se ofende porque, como ves, Dios y la fortuna les es favorable. Antiguo dicho es «teme a Dios y honra tu rey». Mira qué pronóstico tan claro, que ya no se usan vestes ni escarpes franceses, que todo se usa a la española.

DOMÉSTICA.-  ¿Qué podría decir como ignorante?

LOZANA.-  Di que sanarás el mal francés, y te judicarán por loco del todo, que ésta es la mayor locura que uno puede decir, salvo que el leño salutífero.


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