Cómo la Lozana estaba a su ventana, y
dos galanes vieron salir dos mujeres, y les demandaron qué
era lo que negociaban
OVIDIO.- ¡Miramela cuál está
atalayando putas! ¡Mirá el alfaquí de su fosco
marido que compra grullos! Ella parece que escandaliza truenos. Ya
no se desgarra como solía, que parecía trasegadora de
putas en bodegas comunes. Estemos a ver qué quieren aquellas
que llaman, que ella de todo sabe tanto que revienta, como
Petrus in
cunctis, y tiene del natural y del positivo, y es universal
in
agibilibus.
GALÁN.- ¿No veis su criado
negociando, que parece enforro de almirez? Librea trae
fantástica, parece almorafán en cinto de cuero.
OVIDIO.- Callá, que no parece sino cairel
de puta pobre, que es de seda, aunque gorda. Ya sale una mujer;
¿cómo haremos para saber qué
negoció?
GALÁN.- Vamos y déjamela
interrogar a mí.
Madona,
¿sois española?
PRUDENCIA.- Fillolo, no, mas sempre ho voluto
ben a spañoli. Questa española me ha posto olio de
ruda para la sordera.
GALÁN.- Madona, ¿cómo os
demandáis?
PRUDENCIA.- Fillolo, me demando Prudencia.
GALÁN.- Madona Prudencia, andá en
buen hora.
OVIDIO.- ¿Qué os parece si la
señora Lozana adorna esta tierra? En España no fuera
ni valiera nada. Veis, sale la otra con un muchacho en brazos. Por
allá va; salgamos a esa otra calle.
GALÁN.- ¡A vos, señora!,
¿sois española?
CRISTINA.- Señor, sí; de Secilia,
a vuestro comando.
OVIDIO.- Queríamos saber quién
queda con la señora Lozana.
CRISTINA.- Señor, su marido, o criado
pretérito, o amigo secreto o esposo futuro, porque mejor me
entendáis. Yo soy ida a su casa no a far mal, sino bien, que
una mi vecina, cuya es esta criatura, me rogó que yo viniese
a pedirle de merced que santiguase este su hijo, que está
aojado, y ella lo hizo por su virtud, y no quería tomar unos
huevos y unas granadas que le traje.
GALÁN.- Decinos, señora, que vos
bien habréis notado las palabras que dijo.
CRISTINA.- Señor, yo os diré.
Dijo: «Si te dio en la cabeza, válgate Santa Elena; si
te dio en los hombros, válgante los apóstolos todos;
si te dio en el corazón, válgate el Salvador».
Y mandome que lo sahumase con romero, y así lo haré
por contentar a su madre, y por darle ganancia a la Lozana, que en
esta quemadura me ha puesto leche de narices.
GALÁN.- Mas no de las suyas.
CRISTINA.- Y vuestras mercedes queden con
Dios.
OVIDIO.- Señora Cristina, somos a vuestro
servicio; id con la paz de Dios.
GALÁN.- «Quien no se arriesga no
gana nada». Son venidas a Roma mil españolas que saben
hacer de sus manos maravillas, y no tienen un pan que comer, y esta
plemática de putas y arancel de comunidades, que voto a Dios
que no sabe hilar, y nunca la vi coser de dos puntos arriba, su
mozo friega y barre, a todos da que hacer y nunca entiende sino
«¿Qué guisaremos, qué será bueno
para comer? La tal cosa yo la sé hacer, y el tal manjar
cómprelo vuestra merced, que es bueno. Y daca especia,
azúcar, trae canela, miel, manteca, ve por huevos, trae
tuétanos de vaca, azafrán, y mira si venden culantro
verde». No cesa jamás, y todo de bolsa ajena!
OVIDIO.- ¡Oh, pese al turco! Pues veis que
no siembra, y coge, no tiene ganado, y tiene quesos, que aquella
vieja se los trajo, y la otra, granadas sin tener huerto, y huevos
sin tener gallinas, y otras muchas cosas, que su audacia y su no
tener la hacen afortunada.
GALÁN.- Es porque no tiene pleitos ni
litigios que le duren de una audiencia a la otra, como nosotros,
que no bastan las bibalías que damos a notarios y
procuradores, que también es menester el su solicitar para
nuestros negocios acabar.
OVIDIO.- Es alquivio de putas, y trae
definiciones con sentencias, ojalá sin dilaciones, y de esta
manera, no batiendo moneda la tiene, y huerta y pegujar, y roza sin
rozar, como hacen muchos que, como no saben sino expender lo ganado
de sus pasados, cuando se ven sin arte y sin pecunia,
métense frailes por comer en común.
Mamotreto LVII
Cómo salió la Lozana con su
canastillo debajo, con diversas cosas para su oficio, y fue en casa
de cuatro cortesanas favoridas, y sacó de cada una, en
partes, provisión de quien más podía
LOZANA.- ¿Quién son aquellos tres
galanes que están allí? Cúbranse cuanto
quisieren, que de saber tengo si son pleiteantes.
¡Andá
ya, por mi vida! ¿Para mí todas esas cosas?
¡Descubrí, que lo sirva yo, que un beso
ganaréis!
GALÁN.- ¿Y yo, señora
Lozana?
LOZANA.- Y vos beso y abracijo.
¿Qué cosa es ésta? ¿Quién os
dijo que yo habría de ir a casa de la señora
Jerezana? Ya sé que le diste anoche música de falutas
de aciprés, porque huelan, y no sea menester que intervenga
yo a poner bemol. Hacé cuanto quisierais, que a las manos me
vendrás.
OVIDIO.- ¿Cuándo?
LOZANA.- Luego vengan vuestras mercedes, cuando
yo sea entrada, que me tengo de salir presto, que es hoy
sábado y tengo de tornar a casa que, si vienen algunas putas
orientales y no me hallan, se van enojadas y no las quiero perder,
que no valgo nada sin ellas, máxime ahora que son pocas y
locas.
GALÁN.- Señora Lozana, decí
a la señora Jerezana que nos abra y terciá vos los
que pudierais. Y veis aquí la turquina que me
demandaste.
LOZANA.- Pues miren vuestras mercedes, que si
fuere cosa que podéis entrar, yo pondré este mi
paño listado a la ventana, y entonces llamá.
GALÁN.- Sea así.
¡Alegre va
la puta vieja encrucijada! ¡Voto a Dios, mejor cosa no hice
en mi vida que darle esta turquina!, que ésta es la hora que
me hace entrar en su gracia, cosa que no podía acabar con
cuanto he dado a sus mozos y fantescas, que no me han aprovechado
nada, tanto como hará ahora la Lozana, que es la mejor
acordante que nunca nació, y parece que no pone mano en
ello. Lo veremos. Ya llama, y la señora está a la
ventana. Vámonos por acá, que volveremos.
JEREZANA.- ¡Hola, mozos, abrí
allí, que viene la Lozana y sus adherentes! Mirá,
vosotros id abajo y hacedla rabiar, y decí que es estada
aquí una jodía que me afeitó, y que ahora se
va, y que va en casa de la su favorida, la Pempinela, si queremos
ver lidia de toros. Y yo diré que, porque se tardó,
pensé que no viniera.
CORILLÓN.- ¿Quién es? Paso,
paso, que no somos sordos.
¡Señora Lozana!, ¿y vos sois? Vengáis
norabuena, y tan tarde que la señora quiere ir fuera.
LOZANA.- ¿Y dónde quiere ir su
merced? ¿No esperará hasta que la afeite?
CORILLÓN.- No lo digo por eso, que ya
está afeitada, que una jodía la afeitó y, si
antes vinierais, la hallaríais aquí, para ahora se va
a casa de la Pimpinela.
LOZANA.- ¡Mal año para ti y para
ella, que no fuese más tu vida como dices la verdad!
¡La Pimpinela me tiene pagada por un año, mirá
cómo se dejará afeitar de una jodía!, mas si
la señora se ha dejado tocar y gastar, que no podía
ser menos, ¡por la luz de Dios, ella se arrepentirá!
Mas yo quiero ver esta afeitadura cómo está. Dime,
¿su merced está sola?
CORILLÓN.- Sí, que quiere ir en
casa de monseñor, que ya está vestida de regazo y va
a pie.
ALTOBELO.- Señora Lozana, sobí,
que su merced os demanda, que os quiere hablar antes que se
parta.
LOZANA.- ¿Dónde está la
señora? ¿En la anticámara o en la
recámara?
ALTOBELO.- Entrá allá a la loja,
que allá está sola.
LOZANA.- Señora, ¿qué
quiere decir que vuestra merced hace estas novedades?
¡Cómo, he yo servido a vuestra merced desde que
viniste a Roma, y a vuestra madre hasta que murió, que era
así linda cortesana, como en sus tiempos se vio, y, por una
vuelta que me tardo llamáis a quien más presto os
gasten la cara, que no adornen como hago yo! Mas no me curo, que no
son cosas que duran, que su fin se traen como cada cosa. Esta me
pondrá sal en la mollera, y a la jodía yo le
daré su merecer.
JEREZANA.- Vení acá, Lozana, no os
vais, que esos bellacos os deben haber dicho cualque cosa por
enojaros. ¿Quién me suele a mí afeitar sino
vos? Dejá decir, que, como habéis tardado un poco, os
dijeron eso. No os curéis, que yo me contento.
¿Queréis que nos salgamos allá a la sala?
LOZANA.- Señora, sí, que traigo
este paño listado mojado, y lo meteré a la
finestra.
JEREZANA.- Pues sea así.
¿Qué es esto que traéis aquí en esta
garrafeta?
LOZANA.- Señora, es un agua para lustrar
la cara, que me la mandó hacer la señora Montesina,
que cuesta más de tres ducados y yo no la quería
hacer, y ella la pagó, y me prometió una carretada de
leña y dos barriles de vino dulce para esta invernada.
JEREZANA.- ¿Tenéis más que
ésta?
LOZANA.- Señora, no.
JEREZANA.- Pues ésta quiero yo. Y
pagadla, veis aquí los dineros. Y enviá por una bota
de vino, y hacé decir a los mulateros de monseñor que
toda esta semana vayan a descargar a vuestra casa.
LOZANA.- ¡Ay, señora, que soy
perdida, que me prometió que si era perfecta que me
daría un sayo para mi criado!
JEREZANA.- Mirá, Lozana, sayo no tengo.
Aquella capa de monseñor es buena para vuestro criado,
tomadla y andá norabuena, y vení más presto
otro día.
LOZANA.- Señora, no sé
quién llama. Miren quién es, porque, cuando yo salga,
no entre alguno.
JEREZANA.- Va, mirá quién es.
MONTOYA.- Señora, los dos señores
jenízaros.
JEREZANA.- Di que no soy en casa.
LOZANA.- Haga, señora, que entren y
contarán a vuestra merced cómo les fue el convite que
hizo la Flaminia a cuantos fueron con ella, que es cosa de
oír.
JEREZANA.- ¿Qué podía ser
poco más o menos? Que bien sabemos sus cosas de ella.
LOZANA.- Mande vuestra merced que entren y
oirá maravillas.
JEREZANA.- Hora, sús, por contentar a la
Lozana, va, ábrelos.
Mamotreto LVIII
Cómo va la Lozana en casa de la Garza
Montesina, y encuentra con dos rufianes napolitanos, y lo que le
dicen
[RUFIÁN.-] ¡Pese al diablo con
tanta justicia como se hace de los que poco pueden, que vos
mía habíais de ser para ganarme de comer! Mas como va
el mundo al revés, no se osa el hombre alargar, sino
quitaros el bonete, y con gran reverencia poneros sobre mi
cabeza.
LOZANA.- Quitaos allá, hermanos,
¿qué cosas son esas? Ya soy casada; no os cale
burlar, que castigan a los locos.
RUFIÁN.- Señora, perdoná,
que razón tenéis, mas en el bosque de Velitre os
quisiera hacer un convite.
LOZANA.- Mirá si queréis algo de
mí, que voy de prisa.
RUFIÁN.- Señora, somos todos
vuestros servidores, y máxime si nos dais remedio para un
accidente que tenemos, que toda la noche no desarmamos.
LOZANA.- Cortados y puestos al pescuezo por
lómina, que esa es sobra de sanidad. A Puente Sisto te he
visto.
RUFIÁN.- Ahí os querría
tener para mi servicio por ganar la romana perdonanza. Decinos,
señora Lozana, quién son ahora las más altas y
más grandes señoras entre las cortesanas, y luego os
iréis.
LOZANA.- ¡Mira qué pregunta tan
necia! Quien más puede y más gana.
RUFIÁN.- Pues eso queremos saber, si es
la Jerezana como más galana.
LOZANA.- Si miramos en galanerías y
hermosura, ésa y la Garza Montesina pujan a las otras; mas
decime, de favor o pompa, y fausto y riqueza, callen todas con
madona Clarina, la favorida, y con madona Aviñonesa, que es
rica y poderosa. Y vosotros, ladrones, cortados tengáis los
compañones, y quedaos ahí.
RUFIÁN.- ¡Válgala el que
lleva los pollos, y qué preciosa que es! Allá va, a
casa de la Garza Montesina.
MONTESINA.- Señora Lozana, subí,
que a vos espero. ¿Ya os pasabais? ¿No sabéis
que hoy es mío? ¿Dónde ibais?
LOZANA.- Señora, luego tornara, que iba a
dar una cosa aquí a una mi amiga.
MONTESINA.- ¿Qué cosa y a
quién, por mi vida, si me queréis bien?
LOZANA.- No se puede saber. Asiéntese
vuestra merced más acá a la lumbre, que me da el sol
en los ojos.
MONTESINA.- ¡Por mi vida, Lozana, que no
llevéis de aquí el canestico si no me lo
decís!
LOZANA.- Paso, señora, no me derrame lo
que está dentro, que yo se lo diré.
MONTESINA.- ¡Pues decímelo luego,
que estoy preñada! ¿Qué es esto que
está aquí dentro en este botecico de cristal?
LOZANA.- Paso, señora, que no es cosa
para vuestra merced, que ya sois vos harto garrida.
MONTESINA.- ¡Mirá, Lozana,
catá que lo quebraré si no me lo decís!
LOZANA.- ¡Pardiós, más
niña es vuestra merced que su nietecica! Debe estar lo que
no es para ella.
MONTESINA.- Ahora lo veréis; sacadlo de
mi cofre, y sease vuestro.
LOZANA.- Sáquelo vuestra merced, que
quiero ir a llevarlo a su dueño, que es un licor para la
cara que quien se lo pone no envejece jamás, y madona
Clarina, la favorida, ha más de cuatro meses que lo espera,
y ahora se acabó de estilar, y se lo quiero llevar por no
perder lo que me prometió por mi fatiga, que ayer me
envió dos ducados para que lo acabase más presto.
MONTESINA.- ¿Y cómo, Lozana?
¿Soy yo menos, o puede pagarlo ella mejor que yo?
¿Quédaos algo en vuestra casa de este licor?
LOZANA.- Señora, no; que no se puede
hacer si las culebras que se estilan no son del mes de mayo. Y soy
perdida porque, como es tan favorida, si sabe que di a otra este
licor habiendo ella hecho traer las culebras cervunas, y
gobernádolas de mayo acá, y más el
carbón que me ha enviado, y todo lo vendí cuando
estuve mala, que si lo tuviera, dijera que las culebras se me
habían huido, y como viera el carbón me
creyera...
MONTESINA.- Dejá hacer a mí, que
yo sabré remediar a todo.
Ven aquí,
Garparejo; va, di a tu señor que luego me envíe diez
cargas de carbón muy bueno del salvático, y, mira, ve
tú con el que lo trajere y hazlo descargar a la puerta de la
Lozana.
Esperá,
Lozana, que otra paga será ésta que no la suya. Veis
ahí seis ducados, y llamá los mozos que os lleven
estos cuatro barriles o toneles a vuestra casa; éste es
semulela, y éste de fideos secilianos, y éste de
alcaparras alejandrinas, y éste de almendras ambrosinas. Y
tomá, veis ahí dos cofines de pasas de
Almuñécar que me dio el provisor de Guadix.
Ven aquí,
Margarita; va, descuelga dos presutos y dos somadas, y de la
guardarropa dos quesos mallorquinos y dos parmesanos, y presto
vosotras llevadselo a su casa.
LOZANA.- Señora, ¿quién
osará ir a mi casa?, que luego me matará mi criado,
que le prometió ella misma una capa.
MONTESINA.- Capa no hay en casa que se le pueda
dar, mas mirá si le vendrá bueno este sayo, que fue
del protonotario.
LOZANA.- Señora, llévemela el
mozo, porque no vaya yo cargada; no se me ensuelva el sueño
en todo, que esta noche soñaba que caía en manos de
ladrones.
MONTESINA.- Andá, no miréis en
sueños que, cuando veníais acá, os vi yo
hablar con cuatro.
LOZANA.- ¡Buen paraíso hay quien
acá os dejó! Que verdad es, esclava soy a vuestra
merced, porque no basta ser hermosa y linda, mas cuanto dice
hermosea y adorna con su saber. ¡Quién supiera hoy
hacerme callar y amansar mi deseo que tenía de ver
qué me había de dar madona Clarina, la favorida, por
mi trabajo y fatiga! La cual vuestra merced ha satisfecho en parte
y, como dicen, la buena voluntad con que vuestra merced me lo ha
dado vale más que lo mucho más que ella me diera, y
sobre todo sé yo que vuestra merced no me será
ingrata. Y bésole las manos, que es tarde. Mírese
vuestra merced al espejo y verá que no soy pagada
según lo que merezco.
Mamotreto LIX
Cómo la Lozana fue a casa de madona
Clarina, favorida, y encontró con dos médicos, y el
uno era cirúgico, y todos dos dicen
[MÉDICOS.-] ¡Señora Lozana!,
¿adónde se va? ¿Qué especiería
es esa que debajo lleváis? ¿Hay curas? ¿Hay
curas? ¡Danos parte!
LOZANA.- Señores míos, la parte
por el todo, y el todo por la parte, y yo que soy presta para sus
servicios.
FÍSICO.- Señora Lozana,
habéis de saber que, si todos los médicos que al
presente nos hallamos en Roma nos juntásemos de acuerdo, que
debíamos hacer lo que antiguamente hicieron nuestros
antecesores: en la Vía de San Sebastián estaban unas
tres fosas llenas de agua, la cual agua era natural y tenía
esta virtud, que cuantas personas tenían mal de la cintura
abajo iban allí tres veces una semana, y entraban en
aquellas fosas de pies, y estaban allí dos horas por vuelta,
y así sanaban de cualquier mal que tuviesen en las partes
inferiores, de modo que los médicos de aquel tiempo no
podían medicar sino de la cintura arriba; visto esto, fueron
todos y cegaron estos fosos o manantíos, e hicieron que un
arroyo que iba por otra parte que pasase por encima porque no se
hallasen, y ahora aquel arroyo tiene la misma virtud para los
caballos y mulas represas, y finalmente, a todas las bestias
represas que allí meten sana, como habéis visto si
habéis pasado por allí. Esto digo que debíamos
hacer, pues que ni de la cintura arriba ni de la cintura abajo no
nos dais parte.
CIRÚGICO.- Señora Lozana, nosotros
debíamos hacer con vos como hizo aquel médico pobre
que entró en Andújar que, como vio y probó los
muchos y buenos rábanos que allí nacen, se
salió y se fue a otra tierra porque allí no
podía él medicar, que los rábanos
defendían las enfermedades. Digo que me habéis
llevado de las manos más de seis personas que yo curaba que,
como no les duelen las plagas, con lo que vos les habéis
dicho no vienen a nosotros, y nosotros, si no duelen las heridas,
metemos con qué duelan y escuezan, porque vean que sabemos
algo cuando les quitamos aquel dolor. Asimismo a otros ponemos
ungüento egipciaco, que tiene vinagre.
LOZANA.- Como a caballos, ungüento de
albéitares.
MÉDICO.- «A los dientes no hay
remedio sino pasarlos a cera», y vos mandáis que
traigan mascando el almástiga, y que se los limpien con
raíces de malvas cochas en vino, y mandaislos lavar con agua
fría, que no hay mejor cosa para ellos, y para la cara y
manos: lavar con agua fría y no caliente. Mas si lo decimos
nosotros, no tornarán los pacientes, y así, es
menester que huyamos de vos porque no concuerda vuestra
medicación con nuestra cupida intención.
LOZANA.- Señores míos, ya veo que
me queréis motejar. Mis melecinas son: si pega, pega, y
míroles a las manos como hace quien algo sabe.
Señores, concluí que el médico y la medicina
los sabios se sirven de él y de ella, mas no hay tan asno
médico como el que quiere sanar el griñimón
que Dios lo puso en su disposición. Si vuestras mercedes
quieren un poco de favor con madona Clarina en pago de mi
maleficio, esperen aquí y haré a su
señoría que hable a vuestras mercedes, que no
será poco, y si tiene que medicarse en su fuente,
entrarán vuestras mercedes aunque sea de rodillas.
CIRÚGICO.- Pues sea así,
señora Lozana, «diga barba qué haga». No
querría que más valiese mi capa de lo que ésta
gana. Ya es entrada: esperemos, y veremos la clareza que Dios puso
en esta italiana, que dicen que, cuando bebe, se le parece el agua
y se le pueden contar las venas. ¿Veislas las dos? Hable
vuestra merced, que yo no sé qué le decir.
MÉDICO.- Madona Clarina, séale
recomendada la señora Lozana.
CLARINA.- ¡Oída, me recomiendo!
Dime, Lozana,
¿quién son aquéllos?
LOZANA.- Señora, el uno es de Orgaz y el
otro de Jamilena, que medicaba e iba por leña, y
metía todas las orinas juntas por saber el mal de la
comunidad. Señora, vamos a la loja.
CLARINA.- Andemos. Decime, ¿qué
cosa hay aquí en aquesta escátula?
LOZANA.- Madona, son unos polvos para los
dientes, que no se caigan jamás.
CLARINA.- ¿Y esto?
LOZANA.- Para los ojos.
CLARINA.- Dime, española, ¿es para
mí?
LOZANA.- Madona, no, que es para madona Albina,
la de Aviñón.
CLARINA.- ¡Vaya a la horca, dámelo
a mí!
LOZANA.- No lo hagáis, señora, que
si vos supieseis lo que a ella le cuesta, que dos cueros de olio se
han gastado, que ella compró que eran de más de cien
años, por hacer esto poquito.
CLARINA.- No te curar, Lozana,
que non vollo que lei sea da tanto que abia questo, que yo te
daró olio de ducenti ani, que me donó a mí
micer incornato mio, trovato sota terra. Dime,
¿ha ella casa ni viña como que ho yo?
LOZANA.- Sea de esta manera: tomad vos un poco,
y dadme a mí otro poco porque le lleve, porque yo no pierda
lo que me ha prometido. Que la pólvora no se halla
así a quien la quiere, que se hace en el paraíso
terrenal, y me la dio a mí un mi caro amante que yo tuve,
que fue mi señor Diomedes, el segundo amor que yo tuve en
este mundo, y a él se la dieron los turcos, que van y vienen
casi a la continua. Y piense vuestra señoría que tal
pólvora como esa no me la quitaría yo de mí
por darla a otra si no tuviese gran necesidad, que no tengo pedazo
de camisa ni de sábanas, y sobre toda la necesidad que tengo
de un pabellón y de un tornalecho, que si no fuese esto que
ella me prometió para cuando se lo llevase, no sería
yo osada a quitar de mí una pólvora tan excelente,
que si los dientes están bien apretados con ella, no se
caerán jamás.
CLARINA.- Vení acá, Lozana,
abrí aquella caja grande, tomá dos pilas de tela
romanesca para un pabellón. Va, abre aquel forcel, y
tomá dos piezas de tela de Lodi para hacer sábanas, y
tomá hilo malfetano para coserlo todo. Va, abre el otro
forcel, y tomá dos piezas de cortinela para que
hagáis camisas, y tomá otra pieza de tela romanesca
para hacer camisas a vuestro nuevo marido.
LOZANA.- Madona, mire vuestra
señoría que yo de todo esto me contento; mas
¿cómo haremos, que el poltrón de mi preterido
criado me descubrirá, porque ella misma le prometió
unas calzas y un jubón?
CLARINA.- Bien va, abre aquella otra caja y
tomá un par de calzas nuevas y un jubón de raso, que
hallarás cuatro; tomá el mejor y llamá la
Esclavona que tome un canestro y vaya con vos a llevaros estas
cosas a vuestra casa; e id presto porque aquel acemilero no os tome
el olio, que se podría hacer bálsamo, tanto es bueno.
Y guardá, española, que no des a nadie de esto que me
has dado a mí.
LOZANA.- Madona, no; mas haré de esta
manera, que pistaré el almáciga y la grana y el
alumbre, y se lo daré, y diré que sea esa misma, y
haré un poco de olio de habas, y diré que se lo ponga
con el colirio, que es apropiado para los ojos, y así no
sabrá que vuestra señoría tiene lo más
perfecto.
CLARINA.- Andá y hacé así,
por mi amor, y no de otro modo, y recomendadme a vuestro marido,
micer Rampín.
Mamotreto LX
Cómo fue la Lozana en casa de la Imperia
aviñonesa, y cómo encontró con dos juristas
letrados que ella conocía, que se habían hecho
cursores o emplazadores
LOZANA.- Estos dos que vienen aquí, si
estuviesen en sus tierras, serían alcaldes y aquí son
mandatarios, solicitadores que emplazan, y si fuesen sus hermanas
casadas con quien hiciese aquel oficio, dirían que
más las querrían ver putas que no de aquella manera
casadas, porque ellos fueron letrados o buitres de rapiña.
Todo su saber no vale nada, a lo que yo veo, que más ganan
ellos con aquellas varillas negras que con cuanto estudiaron en
jure. Pues yo no estudié, y sé mejor el jure cevil
que traigo en este mi canastillo que no ellos en cuantos
capítulos tiene el cevil y el criminal; como dijo Apuleyo:
«bestias letrados».
JURISTA.- ¡Aquí, aquí somos
todos! Señora Lozana, hodie hora vigessima, en casa vuestra.
LOZANA.- No sé si seré a tiempo,
mas traé qué rogar, que allá está mi
Rampín que lo guise. Y mirá no faltéis, porque
de buena razón ellas han de venir hoy que es sábado,
mas yo creo que vosotros ya debéis y no os deben.
JURISTAS.- ¿Qué cosa es eso de
deber o que nos deben? ¡Cuerpo del mundo!, ¿el otro
día no llevamos buen peje y buen vino, y más dormimos
con ellas y las pagamos muy bien?
LOZANA.- No lo digo por eso, que ya sé
que trajiste todo eso, y que bebiste hasta que os emborrachasteis
(mas otra cosa es menester que traer y beber, que eso de jure
antiguo se está), sino que os deben o debéis, quiere
decir que era una jodía vieja de noventa años y
tenía dos nueras mujeres burlonas, y venían a su
suegra cada mañana y decían: «¡Buenos
días, señora!» Y respondía ella:
«¡Vosotras tenéis los buenos días y
habéis las buenas noches!» Y como ellas veían
esta respuesta siempre dijeron a sus maridos: «Vuestra madre
se quiere casar». Y decían ellos:
«¿Cómo es posible?» Decían ellas:
«Casadla y lo veréis, que no dice de no». Fueron
y casáronla con un jodío viejo y médico.
¿Qué hicieron las nueras? Rogaron al jodío que
no la cabalgase dos noches; él hízolo así, que
toda la noche no hizo sino contarle todas sus deudas que
tenía. Vinieron las nueras otro día, y dijo la vieja:
«¿Qué quiero hacer de este viejo, que no es
bueno sino para comer, y tiene más deudas que no dineros, y
será menester que me destruya a mí y a mis
hijos?» Fueron las nueras al jodío, y dijéronle
que hiciese aquella noche lo que pudiese y él, como era
viejo, caminó, y pasó tres colchones. Viniendo la
mañana, vienen las nueras y dicen a la suegra:
«¡Señora, albricias, que vuestras hijas os
quieren quitar este jodío, pues que tanto debe!»
Respondió la vieja: «Mirad, hijas, la vejez es causa
de sordedad, que yo no oigo bien; que le deben a él, que le
deben a él, que él no debe nada». Así
que, señores, ¿vosotros debéis, o deben
os?
JURISTA.- ¡Voto a Dios, que a mí
que me deben de esa manera más que no es de menester!
Acá, a mi compañero, no sé; demandadlo a ella,
que bien creo que pasa todos los dedos, y aun las tablas de la
cama.
CURSOR.- No me curo, que «la obra es la
que alaba al maestro». Señora Lozana, torná
presto, por vuestra fe, que nosotros vamos a pescaría.
LOZANA.- Gente hay en casa de la señora
Imperia. Mejor para mí, que pescare yo aquí sin
jure.
¿Qué
hacéis ahí, Medaldo? ¡Va, abre, que voy a
casa!
MEDALDO.- Andá, que Nicolete es de
guardia, y él os abrirá. Llamá.
LOZANA.- ¡Nicolete, hijo mío!,
¿qué haces?
NICOLETE.- Soy de guardia. ¡Y mirá,
Lozana, qué pedazo de caramillo que tengo!
LOZANA.- ¡Ay, triste!, ¿y
estás loco? ¡Está quedo, beodo, que nos
oirán!
NICOLETE.- Callá, que todos están
arriba. Sacá los calzones, que yo os daré unos nuevos
de raso encarnado.
LOZANA.- Haz a placer, que vengo cansada, que
otro que calzones quiero.
NICOLETE.- ¿Qué, mi vida, de cara
arriba?
LOZANA.- Yo te lo diré
después.
NICOLETE.- ¡No, sino ahora; no, sino
ahora; no, sino ahora!
LOZANA.- ¡Oh, qué bellaco que eres!
Ve arriba y di a la señora cómo estoy
aquí.
NICOLETE.- Subí vos y tomarlos. Es
sobre-tabla, y haréis colación.
LOZANA.- Por muchos años y buenos halle
yo a esas presencias juntas. ¿Qué emperatriz ni gran
señora tiene dos aparadores, como vuestra
señoría, de contino aparejados a estos señores
reyes del mundo?
(Dice el CORONEL.)
CORONEL.- Española, fa colación
aquí con nos. Quiero que bebes con esta copina, que sea la
tua, porque quieres bien a la señora Imperia, mi
patrona.
IMPERIA.- Todo es bien empleado en mi
Lozana.
¡Mozos,
serví allí todos a la Lozana y esperen las amas y los
escuderos hasta que ella acabe de comer!
Lozana mía,
yo quiero reposar un poco; entre tanto hazte servir, pues lo sabes
hacer.
LOZANA.- Yo quiero comer este faisán, y
dejar esta estarna para Nicoleto porque me abrió la puerta
de abajo. Estos pasteles serán para Rampín, aunque
duerme más que es menester.
Mamotreto LXI
Cómo un médico, familiar de la
señora Imperia, estuvo con la Lozana hasta que salió
de reposar la Imperia
MÉDICO.- Decí, señora
Lozana, ¿cómo os va?
LOZANA.- Señor, ya veis, fatigar y no
ganar nada. Estoyme en mi casa, la soledad y la pobreza
están mal juntas, y no se halla lino a comprar, aunque el
hombre quiere hilar, por no estar ociosa, que querría urdir
unos manteles por no andar a pedir prestados cada día.
MÉDICO.- Pues vos, señora Lozana,
que hacéis y dais mil remedios a villanos, ¿por
qué no les encargáis que os traigan lino?
LOZANA.- Señor, porque no tomo yo nada
por cuanto hago, salvo presentes.
MÉDICO.- Pues yo querría
más vuestros presentes que mi ganancia, que es tan poca que
valen más las candelas que gasté estudiando que
cuanto he ganado después adivinando pulsos. Mas vos,
¿qué estudiaste?
LOZANA.- Mirá qué me
aconteció ayer. Vinieron a mi casa una mujer piamontesa con
su marido romañolo, y pensé que otra cosa era;
trajeron una llave de cañuto, la cual era llena de cera y no
podían abrir, pensaron que estaban hechizados;
rogáronme que lo viese yo, yo hice lo que sabía, y
diéronme dos julios, y prometiéronme una gallina que
me trajeron hoy, y huevos con ella, y así pasaré esta
semana con este presente.
MÉDICO.- Pues decime, señora
Lozana, ¿qué hiciste a la llave, cualque silogismo, o
qué?
LOZANA.- Yo os diré: como sacaron ellos
la cera, no pudo ser que no se pegase cualque poca a las paredes de
la llave; fui yo presto al fuego, y escalentela hasta que se
consumió la cera, y vine abajo, y dísela, y dije que
todo era nada. Fuéronse, y abrieron, y cabalgaron, y ganeme
yo aquel presente sofísticamente. Decime por qué no
tengo yo de hacer lo que sé, sin perjuicio de Dios y de las
gentes. Mirá, vuestro saber no vale si no lo mostráis
que lo sepa otro. Mirá, señor, por saber bien hablar
gané ahora esta copica de plata dorada, que me la dio su
merced del coronel.
MÉDICO.- Ese bien hablar, adular
incógnito le llamo yo.
LOZANA.- Señor Salomón,
sabé que cuatro cosas no valen nada si no son participadas o
comunicadas a menudo: el placer, y el saber, y el dinero, y el
coño de la mujer, el cual no debe estar vacuo, según
la filosofía natural. Decime, ¿qué le
valdría a la Jerezana su galantería si no la
participase? ¿Ni a la Montesina su hermosura, aunque la
guardase otros sesenta años, que jamás muriese, si
tuviese su coño puesto en la guardarropa? ¿Ni a
madona Clarina sus riquezas, si no supiese guardar lo que tiene? Y
a la señora Aviñonesa, ¿qué le
valdrían sus tratos si no los participase y comunicase con
vuestra merced y conmigo, como con personas que antes la podemos
aprovechar? ¿Qué otra cosa veis? Aquí yo
pierdo tiempo, que sé que en mi casa me están
esperando; y porque la señora sé que me ha de vestir
a mí y a mi criado, callo.
MÉDICO.- No puedo pensar qué
remedio tener para cabalgar una mi vecina lombarda, porque es
casada y está preñada.
LOZANA.- Dejá hacer a mí.
MÉDICO.- Si hacéis como a la otra,
mejor os pagaré.
LOZANA.- Esto será más
fácil cosa de hacer, porque diré que a la criatura le
faltan los dedos y que vuestra merced los hará.
MÉDICO.- Yo lo doy por hecho, que no es
ésta la primera que vos sabéis hacer.
LOZANA.- Yo os diré: son lombardas de
buena pasta; fuime esta semana a una y díjele:
«¿Cuándo viene vuestro marido, mi
compadre?» Dice: «Mañana». Digo yo:
«¿Por qué no os vais al baño y os
acompañaré yo?» Fue, y como era novicia,
apañele los anillos y dile a entender que le eran entrados
en el cuerpo. Fuime a un mi compadre, que no deseaba otra cosa, y
dile los anillos y di orden que se los sacase uno a uno. Cuando fue
al último, ella le rogaba que le sacase también un
caldero que le había caído en el pozo; y en esto, el
marido llamó. Dijo ella al marido: «En toda vuestra
vida me sacaste una cosa que perdiese, como ha hecho vuestro
compadre, que si no vinierais, me sacara el caldero y la cadena que
se cayó el otro día en el pozo». Él, que
consideró que yo habría tramado la cosa, amenazome si
no le hacía cabalgar la mujer del otro. Fuime allá
diciendo que era su parienta muy cercana, a la cual demandé
que cuánto tiempo había que era preñada, y si
su marido estaba fuera. Dijo que de seis meses; yo, astutamente,
como quien ha gana de no verse en vergüenza, le di a entender
la criatura no tener orejas ni dedos. Ella, que estimaba el honor,
rogome que si lo sabía o podía que le ayudase, que
sería de ella pagada. «Aquí está»,
digo yo, «el marido de la tal, que por mi amor os
servirá, y tiene excelencia en estas cosas».
Finalmente, que hizo dedos y orejas, cosa por cosa. Y venido su
marido, ella lo reprehende haber tan poca advertencia, antes que se
partiera, a no dejar acabada la criatura. De esta manera podemos
servirnos, máxime que, diciendo que sois físico
eximio, pegará mejor nuestro engrudo.
MÉDICO.- No quería ir por lana, y
que hicieseis a mi mujer hallar una saya que este otro día
perdió.
LOZANA.- ¡Por el sacrosanto saco de
Florencia, que quiero otro que saya de vuestra merced!
Mamotreto LXII
Cómo la señora Imperia, partido
el médico, ordenó de ir a la estufa ella y la Lozana,
y cómo encontraron a uno que decía «Oliva,
oliva de España», el cual iba en máscara, y
dice la Imperia al médico
[IMPERIA.-] ¿Qué se dice, maestro
Arresto? ¿Retozabais a la Lozana o veramente hacéis
partido con ella que no os lleve los provechos? Ya lo hará
si se lo pagáis; por eso, antes que se parta, sed de acuerdo
con ella.
MÉDICO.- Señora, entre ella y
mí el acuerdo será que partiésemos lo ganado y
participásemos de lo por venir, mas Rampín despriva a
muchos buenos que querían ser en su lugar. Mas si la
señora Lozana quiere, ya me puede dar una expectativa en
forma común para cuando Rampín se parta que entre yo
en su lugar, porque, como ella dice, no esté lugar
vacío, la cual razón conviene con todos los
filósofos que quieren que no haya lugar vacuo; y,
después de esto, vendrá bien su conjunción con
la mía que, como dicen: «según que es la
materia que el hombre manea, así es más excelente el
maestro que la opera». Porque cierta cosa es que más
excelente es el médico del cuerpo humano racional que no el
albéitar, que medica el cuerpo irracional, y más
excelente el miembro del ojo que no el dedo del pie, y mayor
milagro hizo Dios en la cara del hombre o de la mujer que no en
todo el hombre ni en todo el mundo, y por eso no se halla
jamás que una cara sea semejante a otra en todas las
partículas, porque, si se parece en la nariz no se parece en
la barba, y así de singulis. De manera que yo al cuerpo, y ella a la
cara, como más excelente y mejor artesana de caras que en
nuestros tiempos se vio, estaríamos juntos, y
ganaríamos para la vejez poder pasar, yo sin récipe y
ella sin hic et hec
et hoc, el alcohol, y amigos, como de antes. Y beso las
manos a vuestra merced, y a mi señora Lozana la boca.
LOZANA.- Yo la vuestra enzucarada.
¿Qué me decís? Cuando vos quisierais regar mi
manantío, está presto y a vuestro servicio, que yo
sería la dichosa.
IMPERIA.- «Más vale asno que os
lleve que no caballo que os derroque». De Rampín
hacéis vos lo que queréis, y sirve de todo, y
dejá razones, y vamos a la estufa.
LOZANA.- Vamos, señora, mas siempre es
bueno saber. Que yo tres o cuatro cosas no sé que deseo
conocer: la una, qué vía hacen o qué color
tienen los cuernos de los hombres; y la otra, querría leer
lo que entiendo; y la otra, querría que en mi tiempo se
perdiese el temor y la vergüenza, para que cada uno pida y
haga lo que quisiere.
IMPERIA.- Eso postrero no entiendo, de temor y
vergüenza.
LOZANA.- Yo, señora, yo os lo
diré. Cierto es que si yo no tuviese vergüenza, que
cuantos hombres pasan querría que me besasen, y si no fuese
el temor, cada uno entraría y pediría lo vedado; mas
el temor de ser castigados los que tal hiciesen, no se atreven,
porque la ley es hecha para los transgresores, y así de la
vergüenza, la cual ocupa que no se haga lo que se piensa, y si
yo supiese o viese estas tres cosas que arriba he dicho,
sabría más que Juan de Espera en Dios, de manera que
cuantas putas me viniesen a las manos, les haría las cejas a
la chancilleresca, y a mi marido se los pondría verdes, que
significan esperanza, porque me metió el anillo de cuerno de
búfalo. Y la cuarta que penitus iñoro es:
¿de quién me tengo de empreñar cuando alguno
me empreñe?
Señora,
vaya Jusquina delante y lleve los aderezos. Vamos por aquí,
que no hay gente. Señora, ya comienzan las máscaras.
¡Mire vuestra merced cuál va el bellaco de
Hércules enmascarado! ¡Y oliva, oliva de
España, aquí vienen y hacen quistión, y van
cantando! ¡Ahora me vezo sonar de recio! Entre vuestra merced
y salgamos presto, que me vendrán a buscar más de
cuatro ahora que andan máscaras, que aquí
ganaré yo cualque ducado para dar la parte a maestro
Arresto: él debe trala, que medicó el asno y
meritó la albarda. ¡Pues vaya a la horca, que no me ha
de faltar hombre, aunque lo sepa hurtar!
Mamotreto LXIII
Cómo la Lozana fue a su casa y
envió por un sastre, y se vistió del paño que
le dieron en casa del coronel, y lo que pasó con una boba. Y
dice la Lozana
[LOZANA.-] ¿Dónde metéis
esa leña? ¿Y el carbón? ¿Está
abajo? ¿Miraste si era bueno? ¿Subiste arriba los
barriles, los presutos y quesos? ¿Contaste cuántas
piezas de tela vinieron? ¿Viste si el olio está
seguro que no se derrame? ¡Pues andá, llamá a
maestro Gil, no sea para esa otra semana! Y mirá que ya
comienzan las máscaras a andar en torno; estas
carrastollendas tenemos de ganar. Torná presto porque
prestéis esos vestidos a quien os los pagare. Veis, viene
madona Pelegrina, la simple, a se afeitar; aunque es boba, siempre
me da un julio; y otro que le venderé de solimán,
serán dos.
Entrá,
ánima mía cara. ¿Y con este tiempo
venís, ánima mía dulce, saporida?
¡Mirá qué ojos y qué dientes; bien
parece que sois de buena parte! Bene mío, asentaos, que
venís cansada, que vos sois española, por la vida, y
podría ser, que los españoles por donde van siembran,
que viente años ha que nos los tenéis allá por
esa Lombardía. ¿Estáis grávida, mi
señora?
PELEGRINA.- Señora, no, mas si vos,
señora Lozana, me supieseis decir con qué me
engravidase, yo os lo satisfaría muy bien, que no deseo en
este mundo otro.
LOZANA.- ¡Ay, ánima mía
enzucarada! Récipe lo que sé que es bueno, si vos lo
podéis hacer. Tomá sábana de fraile que no sea
quebrado, y halda de camisa de clérigo macho, y
recincháoslas a las caderas con uñas de
sacristán marzolino, y veréis qué hijo
haréis.
PELEGRINA.- Señora Lozana, vos que
sabéis en qué caen estas cosas, decime,
¿qué quiere decir que cuando los hombres hacen
aquella cosa, se dan tanta prisa?
LOZANA.- Habéis de saber que me place,
porque el discípulo que no duda ni pregunta no sabrá
jamás nada, y esta tierra hace los ingenios sutiles y vivos,
máxime vos, que sois de la Marca; mucho más
sabréis interrogando que no adivinando. Habéis de
saber que fue un emperador que, como viese que las mujeres
tenían antiguamente cobertera en el ojo de cucharica de
plata, y los hombres fuesen eunucos, mandó que de la
cobertera hiciesen compañones a los hombres; y como hay una
profecía que dice Merlín que ha de tornar cada cosa a
su lugar, como aquéllos al cufro de la mujer, por eso se dan
tanta prisa, por no quedar sin ellos, y beata la mujer a quien se
le pegaren los primeros. Por tanto, si vos me creéis,
hacé de esta manera: alzá las nalgas y tomadlo a
él por las ancas y apretá con vos, y quedaréis
con cobertera y preñada, y esto haced hasta que
acertéis.
PELEGRINA.- Decime, señora Lozana,
¿qué quiere decir que los hombres tienen los
compañones gordos como huevos de gallina, de paloma y de
golondrina, y otros que no tienen sino uno?
LOZANA.- Si bien los miraste, en ellos viste las
señales. Habéis de saber que los que no tienen sino
uno perdieron el otro desvirgando mujeres ancianas, y los que los
tienen como golondrinas se los han disminuido malas mujeres cuando
sueltan su artillería, y los que los tienen como paloma,
esos te saquen la carcoma, y los que los tienen como gallina es
buena su manida.
PELEGRINA.- Decime, señora Lozana,
¿qué quiere decir que los mozos tienen más
fuerza y mejor que sus amos, por más hombres de bien que
sean?
LOZANA.- Porque somos las mujeres bobas. Cierta
cosa es que para dormir de noche y para sudar nos hacéis
camisa sotil, que luego desteje. El hombre, si está bien
vestido, contenta al ver, mas no satisface la voluntad, y por esto
valen más los mozos que sus amos en este caso. Y la camisa
sotil es buena para las fiestas, y la gorda a la continua; que la
mujer sin hombre es como fuego sin leña. Y el hombre
machucho que la encienda y que coma torreznos, porque haga los
mamotretos a sus tiempos. Y su amo que pague el alquilé de
la casa y que dé la saya. Y así, pelallos, y
popallos, y cansarlos, y después de pelados, dejarlos
enjugar.
Mamotreto LXIV
Cómo vinieron cuatro palafreneros a la
Lozana: si quería tomar en su casa un gentilhombre que
venía a negociar, y traía un asnico sardo llamado
Robusto, y ensalmoles los encordios, y dice uno
[PALAFRENERO.-] Señora Lozana, nosotros,
como somos huérfanos y no tenemos agüelas, venimos con
nuestros tencones en las manos a que nos ensalméis, y yo,
huérfano, a que me beséis.
LOZANA.- Amigos, «este monte no es para
asnos», comprá mulos. ¡Qué gentileza!
Hacerme subir la calamita. ¡Si os viera hacer eso
Rampín, el bravo, que es un diablo de la peña
Camasia! ¿Pensáis que soy yo vuestra Ginebra, que se
afeita ella misma por no dar un julio a quien la haría
parecer moza?
PALAFRENERO.- Puta ella y vos también,
¡guay de ti, Jerusalén!
CAMARINO.- Señora Lozana,
ensalmános estos encordios y veis aquí esta espada y
estos estafiles: vendedlos vos para melecinas.
LOZANA.- Vení uno a uno, dejadme poner la
mano.
CAMARINO.- ¡Ay, que estáis
fría!
LOZANA.- Vos seréis abad, que sois
medroso.
Vení vos.
¡Oh, qué tenéis de pelos en esta forma! Dios la
bendiga; vería si tuviese cejas.
PALAFRENERO.- Señora Lozana, si tuviese
tantos esclavos que vender, a vos daría el mejor.
LOZANA.- Andá, que vos seréis
mercader codicioso.
Vení vos;
esperá, meteré la mano.
SARACÍN.- Meté, señora, mas
mirá que estoy derecho.
LOZANA.- ¡Por mi vida que sois caballero e
hidalgo, aunque pobre! Y si tanto derecho tuvieseis a un beneficio
sería vuestra la sentencia. Esperá, diré las
palabras y tocaré, porque en el tocar está la
virtud.
SARACÍN.- Pues dígalas vuestra
merced alto que las oigamos.
LOZANA.- Soy contenta: «Santo Ensalmo se
salió, y contigo encontró, y su vista te sanó;
así como esto es verdad, así sanes de este mal,
amén». Andá, que no será nada, que
pecado es que tengáis mal en tal mandragulón.
PALAFRENERO.- Mayor que el Rollo de
Écija, servidor de putas.
LOZANA.- Mala putería corras, como
Margarita Corillón, que corrió los burdeles de
Oriente y Poniente, y murió en Septentrión, sana y
buena como yo.
PALAFRENERO.- Decinos ahora, ¿cómo
haréis?, que dicen que habrá guerra, que ya con la
peste pasada cualque cosa ganabais.
LOZANA.- Mal lo sabéis. Más quiero
yo guerra que no peste, al contrario del duque de Saboya, que
quiere más peste en su tierra que no guerra. Yo, si es
peste, por huir como de lo ganado y si hay guerra, ganaré
con putas y comeré con soldados.
PALAFRENERO.- ¡Voto a Dios, que bien dice
el que dijo que «de puta vieja y de tabernero nuevo me guarde
Dios»! Digámosle a la señora Lozana a lo que
más venimos.
Vuestra merced
sabrá que aquí en Roma es venido un gentilhombre y en
su tierra rico, y trae consigo un asnico que entiende como una
persona, y llámalo Robusto, y no querría posar sino
solo; y pagará bien el servicio que a él y a Robusto
le harán y por estar cerca del río, adonde Robusto
vaya a beber. Por tanto, querríamos rogar a vuestra
perniquitencia que, pagándoslo, fueseis contenta por dos
meses de darle posada, porque pueda negociar sus hechos más
presto y mejor.
LOZANA.- Señores, yo siempre deseé
de tener plática con estaferos, por muchos provechos que de
ellos se pueden haber; y viendo que, si hago esto que me
rogáis, no solamente tendré a ese señor mas a
todos vosotros, por eso digo que la casa y la persona a vuestro
servicio. Avisadlo que, si no sabe, sepa que no hay cosa tan
vituperosa en el hombre como la miseria, porque «la miseria
es sobrina de la envidia», y en los hombres es más
notada que en las mujeres y más en los nobles que no en los
comunes, y siempre la miseria daña la persona en quien
reina, y es adversa al bien común. Y es señal de
natura, porque luego se conoce el rico mísero ser de baja
condición, y esta regla es infalible segundo mi ver. Y
avisadlo, que «no se hacen los negocios de hongos, sino con
buenos dineros redondos».
Mamotreto LXV
Cómo vino el asno de micer Porfirio por
corona, y se graduó de bachiller, y dice entre sí,
mirando al Robusto, su asnico
[PORFIRIO.-] No hay en este mundo quien ponga
mientes a los dichos de los viejos que, si yo me recuerdo, siempre
oí decir que ni fíes ni porfíes ni prometas lo
incierto por lo cierto. Bien sé yo que a este Robusto le
falta lo mejor, que es el leer, y si en esto lo examinan primero,
no verán que sabe cantar y así me lo
desecharán sin grado, y yo perderé mi apuesta.
¡Robusto
canta!
Ut-re-mi-fa-sol-la.
¡Di conmigo!
¡Más bajo, bellaco! ¡Otra vez! Comienza del
la-sol-fa, híncate de rodillas, abaja la cabeza, di un texto
entre dientes y luego comerás:
Aza-aza-aza-ro-ro-ro-as-as-as-no-no-no.
¡Así!
Comed ahora y sed limpio.
¡Oh, Dios
mío y mi Señor! ¿cómo Balán hizo
hablar a su asna, no haría Porfirio leer a su Robusto? Que
solamente la paciencia que tuvo cuando le corté las orejas
me hace tenerle amor. Pues vestida la veste talar y asentado y
verlo cómo tiene las patas como el asno de oro Apuleyo, es
para que le diesen beneficios, cuanto más graduarlo
bacalario.
LOZANA.- Señor Porfirio, véngase a
cenar, y dígame qué pasión tiene y por
qué está así pensoso.
PORFIRIO.- Señora, no os oso decir mi
pena y tormento que tengo, porque temo que no me lo tendréis
secreto.
LOZANA.- No haya vuestra merced miedo que yo
jamás lo descubra.
PORFIRIO.- Señora, bien que me veis
así solo, no soy de los ínfimos de mi tierra, mas la
honra me constriñe, que, si pudiese, querría salir
con una apuesta que con otros hice, y es que, si venía a
Roma con dinero, que ordenaba mi Robusto de bacalario. Y siendo
venido y proveído de dinero y vezado a Robusto todas las
cosas que han sido posible vezar a un su par, y ahora como veo que
no sabe leer, no porque le falte ingenio, mas porque no lo puede
exprimir por los mismos impedimentos que Lucio Apuleyo, cuando
diventó asno, y retuvo siempre el intelecto de hombre
racional, por ende estoy mal contento, y no querría comer,
ni beber, ni hacer cosa en que me fuese solacio.
LOZANA.- Micer Porfirio, estad de buena gana,
que yo os lo vezaré a leer, y os daré orden que
despachéis presto para que os volváis a vuestra
tierra. Id mañana, y haced un libro grande de pergamino, y
traédmelo, y yo le vezaré a leer y yo hablaré
a uno que, si le untáis las manos, será notario y os
dará la carta del grado. Y hacé vos con vuestros
amigos que os busquen un caballerizo que sea pobre y joven y que
tenga el seso en la bragueta, que yo le daré persona que se
lo acabe de sacar; y de esta manera venceremos el pleito y no
dudéis que de este modo, se hacen sus pares bacalarios.
Mirá, no le deis de comer al Robusto dos días, y,
cuando quisiere comer, metedle la cebada entre las hojas, y
así lo enseñaremos a buscar los granos y a voltar las
hojas, que bastará. Y diremos que está turbado, y
así el notario dará fe de lo que viere y de lo que
cantando oyere. Y así omnia per pecunia falsa sunt. Porque creo que
basta harto que llevéis la fe, que no os demandarán
si lee en letras escritas con tinta o con olio o iluminadas con
oro, y si les pareciere la voz gorda, decí que está
resfriado, que es usanza de músicos: una mala noche los
enronquece. Asimismo, que itali ululant, hispani plangunt, gali canunt. Que su
merced no es gallo sino asno, como veis, que le sobra la
sanidad.
Mamotreto LXVI
Cómo la Lozana se fue a vivir a la
ínsula de Lípari, y allí acabó muy
santamente ella y su pretérito criado Rampín, y
aquí se nota su fin y un sueño que
soñó
[LOZANA.-] ¿Sabéis,
venerábile Rampín, qué he soñado? Que
veía a Plutón caballero sobre la Sierra Morena y,
voltándome enverso la tramontana, veía venir a Marte
debajo una niebla, y era tanto el estrépito que sus
ministros hacían que casi me hacían caer las
tenazuelas de la mano. Yo, que consideraba qué podría
suceder, sin otro ningún detenimiento cabalgaba en Mercurio
que, de repente, se me acostó, el cual me parecía a
mí que hiciese el más seguro viaje que al presente se
halle en Italia, en tal modo que navegando llegábamos en
Venecia, donde Marte no puede extender su ira. Finalmente
desperté, y no pudiendo quietar en mí una tanta
alteración, traje a la memoria el sueño que aun
todavía la imaginativa lo retenía. Considerando,
consideraba cómo las cosas que han de estar en el profundo,
como Plutón, que está sobre la Sierra Morena, y las
altas se abaten al bajo, como milano, que tantas veces se abate
hasta que no deja pollo ni polla, el cual diablo de milano ya no
teme espantajos, que cierto las gallinas ya no pueden hacer tantos
pollos como él consuma. En conclusión, me
recordé haber visto un árbor grandísimo sobre
el cual era uno asentado, riendo siempre y guardando el fruto, el
cual ninguno seguía, debajo del cual árbol vi una
gran compañía que cada uno quería tomar un
ramo del árbol de la locura, que por bienaventurado se
tenía quien podía haber una hoja o una ramita:
quién tiraba de acá, quién de allá,
quién cortaba, quién rompía, quién
cogía, quién la corteza, quién la raíz,
quién se empinaba, quién se ponía sobre las
puntillas, así buenos como medianos y más chicos,
así hombres como mujeres, así griegos como latinos,
como tramontanos o como bárbaros, así religiosos como
seculares, así señores como súbditos,
así sabios como ignorantes, cogían y querían
del árbol de la vanidad. Por tanto dicen que «el
hombre apercibido medio combatido». Ya viste que el
astrólogo nos dijo que uno de nosotros había de ir a
paraíso, porque lo halló así en su
aritmética y en nuestros pasos, más este sueño
que yo he soñado. Quiero que éste sea mi testamento.
Yo quiero ir a paraíso, y entraré por la puerta que
abierta hallare, pues tiene tres, y solicitaré que vais vos,
que lo sabré hacer.
RAMPÍN.- Yo no querría estar en
paraíso sin vos; mas mejor será a Nápoles a
vivir, y allí viviremos como reyes y aprenderé yo a
hacer guazamalletas y vos venderéis regalicia, y allí
será el paraíso que soñaste.
LOZANA.- Si yo voy, os escribiré lo que
por el alma habéis de hacer con el primero que venga, si
viniere, y si veo la Paz, que allá está continua, la
enviaré atada con este ñudo de Salomón;
desátela quien la quisiere. Y ésta es mi voluntad,
porque sé que tres suertes de personas acaban mal, como son:
soldados y putanas y usuarios, si no ellos, sus descendientes; y
por esto es bueno fuir romano por Roma, que voltadas las letras
dice amor, y entendamos en dejar lo que nos ha de dejar. Y luego
vamos en casa de la señora Guiomar López, que
mañana se parte madona Sabina. Vamos con ella, que no
podemos errar, al ínsula de Lípari con nuestros
pares, y mudareme yo el nombre y direme la Vellida, y así
más de cuatro me echarán menos, aunque no soy sola,
que más de cuatro Lozanas hay en Roma y yo seré
salida de tanta fortuna pretérita, continua y futura y de
oír palabradas de necios, que dicen no lo hagáis y no
os lo dirán, que a ninguno hace injuria quien honestamente
dice su razón. Ya estoy harta de meter barboquejos a putas y
poner jáquinas de mi casa, y pues he visto mi ventura y
desgracia, y he tenido modo y manera y conversación para
saber vivir, y veo que mi trato y plática ya me dejan, que
corren como solían, haré como hace la Paz, que huye a
las islas, y como no la buscan, duerme quieta y sin fastidio, pues
ninguno se lo da, que todos son ocupados a romper ramos del
sobrescrito árbor, y cogiendo las hojas será mi fin.
Me estaré reposada y veré mundo nuevo, y no esperar
que él me deje a mí, sino yo a él. Así
se acabará lo pasado y estaremos a ver lo presente, como fin
de Rampín y de la Lozana.
Fenezca la
historia compuesta en retrato, el más natural que el autor
pudo, y acabose hoy, primo de diciembre, año de mil
quinientos veinticuatro, a laude y honra de Dios trino y uno; y
porque reprendiendo los que rompen el árbol de la vanidad
seré causa de moderar su fortuna, porque no sería
quien está encima de los que trajere y condujere a no poder
vivir sin semejantes compañías, y porque siendo por
la presente obra avisados, que no ofendan a su Criador, el cual sea
rogado que perdone a los pasados y a nosotros, que decimos:
Averte, Domine, oculos meos ne videant
vanitatem sine praejudicio personarum. In alma urbe,
MDXXIV.
FINIS
Apología
Cómo se excusa el autor en la fin del
Retrato de la Lozana, en laude de las mujeres
Sin duda, si
ningún hombre quisiese escribir la audacia de las mujeres,
no creo que bastasen plumas de veloces escritores, y si por
semejante quisiese escribir la bondad, honestidad, devoción,
caridad, castidad y lealtad que en las claras mujeres se halla y
hemos visto, porque las que son buenas no son tanto participadas en
común. Por tanto, muchas virtudes están
tácitas y ocultas que serían espejo a quien las oyese
contar. Y como la mujer sea jardín del hombre y no hay cosa
en este mundo que tanto realegre al hombre exterior, y que tanto y
tan presto le regocije, porque no solamente el ánima del
hombre se alegra en ver y conversar mujer, mas todos sus sentidos,
pulsos y miembros se revivifican incontinente. Y si hubiese en la
mujer modestia, y en el hombre temperanza honesta, gozarían
con temor lo que, con temerosa audacia, ciega la impaciencia,
así al hombre racional como a la frágile mujer; y
cierto que si este tal jardín que Dios nos dio para
recreación corporal, que si no castamente, al menos
cautamente lo gozásemos en tal manera que naciesen en este
tal jardín frutos de bendición, porque toda obra loa
y alaba a su Hacedor cuando la precede el temor, y este tal fruto
aprovecha en laude a su Criador, máxime a quien lo sabe
moderar. La señora Lozana fue mujer muy audaz, y como las
mujeres conocen ser solacio a los hombres y ser su
recreación común, piensan y hacen lo que no
harían si tuviesen el principio de la sapiencia, que es
temer al Señor, y la que alcanza esta sapiencia o
inteligencia es más preciosa que ningún diamante; y
así, por el contrario, muy vil. Y sin duda, en esto quiero
dar gloria a la Lozana, que se guardaba mucho de hacer cosas que
fuesen ofensa a Dios ni a sus mandamientos, porque, sin perjuicio
de partes, procuraba comer y beber sin ofensión ninguna. La
cual se apartó con tiempo y se fue a vivir a la
ínsula de Lípari, y allí se mudó el
nombre, y se llamó la Vellida, de manera que gozó
tres nombres: en España, Aldonza, y en Roma, La Lozana y en
Lípari, la Vellida. Y si alguno quisiere saber del autor
cuál fue su intención de retraer reprehendiendo a la
Lozana y a sus secuaces, lean el principio del retrato. Y si
quisieren reprehender que por qué no van muchas palabras en
perfecta lengua castellana, digo que, siendo andaluz y no letrado y
escribiendo para darme solacio y pasar mi fortuna que en este
tiempo el Señor me había dado, conformaba mi hablar
al sonido de mis orejas, que es la lengua materna y su común
hablar entre mujeres. Y si dicen que por qué puse algunas
palabras en italiano, púdelo hacer escribiendo en Italia,
pues Tulio escribió en latín, y dijo muchos vocablos
griegos y con letras griegas. Si me dicen que por qué no fui
más elegante, digo que soy ignorante y no bachiller. Si me
dicen cómo alcancé a saber tantas particularidades,
buenas o malas, digo que no es mucho escribir una vez lo que vi
hacer y decir tantas veces. Y si alguno quisiere decir que hay
palabras maliciosas, digo que no quiera nadie glosar malicias
imputándolas a mí, porque yo no pensé poner
nada que no fuese claro y a ojos vistas: y si alguna palabra
hubiere, digo que no es maliciosa, sino malencónica, como mi
pasión antes que sanase. Y si dijeren que por qué
perdí el tiempo retrayendo a la Lozana y a sus secuaces,
respondo que, siendo atormentado de una grande y prolija
enfermedad, parecía que me espaciaba con estas vanidades. Y
si por ventura os viniere a las manos un otro tratado, De
consolacione infirmorum, podéis ver en él mis
pasiones para consolar a los que la fortuna hizo apasionados como a
mí. Y en el tratado que hice del leño del India,
sabréis el remedio mediante el cual me fue contribuida la
sanidad, y conoceréis el autor no haber perdido todo el
tiempo, porque, como vi coger los ramos y las hojas del
árbol de la vanidad a tantos, yo, que soy de chica estatura,
no alcancé más alto: asentéme al pie hasta
pasar, como pasé, mi enfermedad. Si me decís por
qué en todo este retrato no puse mi nombre, digo que mi
oficio me hizo noble, siendo de los mínimos de mis
conterráneos, y por esto callé el nombre, por no
vituperar el oficio escribiendo vanidades con menos culpa que otros
que compusieron y no vieron como yo. Por tanto, ruego al prudente
letor, juntamente con quien este retrato viere, no me culpe,
máxime que, sin venir a Roma, verá lo que el vicio de
ella causa. Ansimismo, por este retrato sabrán muchas cosas
que deseaban ver y oír, estándose cada uno en su
patria, que cierto es una grande felicidad no estimada. Y si alguno
me dirá algún improperio en mi ausencia al
ánima o al cuerpo imperet sibi Deus, salvo ignorante, porque yo confieso
ser un asno, y no de oro. Valete con perdón y notá
esta conclusión: el ánima del hombre desea que el
cuerpo le fuese par perpetuamente; por tanto, todas aquellas
personas que se retraerán de caer en semejantes cosas, como
éstas que en este retrato son contadas, serán pares
al espíritu y no a la voluntad ni a los vicios corporales, y
siendo dispares o desiguales a semejantes personas, no serán
retraídas, y serán y seremos gloria y laude a aquel
infinito Señor que para sí nos preservó y
preservará, amén.
Explicación
Son por todas las
personas que hablan en todos los mamotretos o capítulos
ciento veinticinco; va dividido en mamotretos sesenta y seis.
Quiere decir mamotreto libro que contiene diversas razones o
compilaciones juntadas. Asimismo porque en semejantes obras
seculares no se debe poner nombre ni palabra que se pertenezca a
los libros de sana y santa doctrina, por tanto, en todo este
retrato no hay cosa ninguna que hable de religiosos, ni de
santidad, ni con iglesias, ni eclesiásticos, ni otras cosas
que se hacen que no son de decir. Ítem, ¿por
qué más se fue la Lozana a vivir a la ínsula
de Lípari que a otra parte?: porque antiguamente aquella
ínsula fue poblada de personas que no había sus
pares, de adonde se dijeron li pari: los pares; y dicen en italiano
li pari loro non si
trovano, que quiere decir: no se hallan sus pares. Y era
que, cuando un hombre hacía un insigne delito no le daban la
muerte, mas condenábanlo a la ínsula de
Lípari. Ítem, ¿por qué más la
llamé Lozana que otro nombre? Porque Lozana es nombre
más común y comprehende su nombre primero, Aldonza o
Alaroza en lengua arábica, y Vellida lo mismo, de manera que
Lozana significa lo que cada un nombre de estos otros significan.
Así que Vellida y Alaroza y Aldonza particularmente
demuestran cosa garrida o hermosa, y Lozana generalmente
lozanía, hermosura, lindeza, fresqueza y belleza. Por tanto,
digo que para gozar de este retrato y para murmurar del autor, que
primero lo deben bien leer y entender, sed non legatur in escolis. No
metí la tabla, aunque estaba hecha, porque esto basta por
tabla.
Epílogo
Esta epístola añadió el
autor el año de mil quinientos veintisiete, vista la
destrucción de Roma y la gran pestilencia que
sucedió, dando gracias a Dios que le dejó ver el
castigo que méritamente Dios permitió a un tanto
pueblo
¿Quién jamás pudo pensar, oh Roma, oh
Babilón, que tanta confusión pusiesen en ti estos
tramontanos occidentales y de Aquilón, castigadores de tu
error? Leyendo tus libros verás lo que más merece tu
poco temor. ¡Oh qué fortuna vi en ti! Y hoy
habiéndote visto triunfante y ahora te veo y con el dedo te
cuento, dime, ¿dónde son los galanes, las hermosas
que con una chica fosa en diez días cubriste y encerraste
dando fin a las favoridas, pues una sábana envolvió
sus cuerpos pestíferos? Las que no se podía vivir con
ellas ya son sepultas, yo las vi. ¡Oh, Lozana!,
¿qué esperas? Mira la Garza Montesina, que la llevan
sobre una escalerita por no hallar, ni la hay, una tabla en toda
Roma. ¿Dónde es el favor? ¿Cómo van sin
lumbre, sin son y sin llanto? Mira los galanes que se tapan las
narices cuando con ellas pasan. ¡Oh, Dios!, ¿pensolo
nadie jamás tan alto secreto y juicio como nos vino este
año a los habitadores que ofendíamos a tu Majestad?
No te ofendieron las paredes, y por eso quedaron enhiestas, y lo
que no hicieron los soldados hiciste tú, Señor, pues
enviaste después del saco y de la ruina pestilencia inaudita
con carbones pésimos y sevísimos, hambre a los ricos,
hechos pobres mendigos. Finalmente que vi el fin de los muchos
juicios que había visto y escrito. ¡Oh, cuánta
pena mereció tu libertad, y el no templarte, Roma, moderando
tu ingratitud a tantos beneficios recibidos! Pues eres cabeza de
santidad y llave del cielo, y colegio de doctrina y cámara
de sacerdotes y patria común, quién vio la cabeza
hecha pies y los pies delante. ¡Sabroso principio para tan
amargo fin! ¡Oh, vosotros, que vendréis tras los
castigados, mirá este retrato de Roma, y nadie o ninguno sea
causa que se haga otro! Mirá bien éste y su fin, que
es el castigo del cielo y de la tierra, pues los elementos nos han
sido contrarios. Gente contra gente, terremotos, hambre,
pestilencia, presura de gentes, confusión del mar, que hemos
visto no solamente perseguirnos sus cursos y raptores, pero este
presente diluvio de agua, que se ensoberbeció Tíber y
entró por toda Roma, año de mil quinientos
veintiocho, así que llegó al mismo señal que
fue puesto el año de mil quinientos quince, donde
están escritos estos versos:
Bis denos menses decimo peragente Leone,
idibus huc Tiberis unda Novembris adest.
No se puede huir la Providencia
divina, pues con lo sobre dicho cesan los delicuentes con los
tormentos, mas no cesarán sol, luna y estrellas de
pronosticar la meritoria que cada uno habrá. Por cierto no
fui yo el primero que dijo: Ve tibi, civitas meretrix! Por tanto,
señor Capitán del felicísimo ejército
imperial, si yo recibiese tanta merced que se dilatase demandar
este retrato en público, me sería a mí
disculpa y al retrato privilegio y gracia. La cual, desde ahora, la
nobleza y caballería de vuestra merced se la otorgó,
pues mereció este retrato de las cosas que en Roma pasaban
presentarse a vuestra clara prudencia para darle sombra y alas a
volar sin temor de los vituperadores que más atildado lo
supieran componer. Mas no siendo obra sino retrato, cada día
queda facultad para borrar y tornar a perfilarlo, según lo
que cada uno mejor verá; y no pudiendo resistir sus
reproches y pinceles acutísimos de los que remirarán
no estar bien pintado o compuesto, será su defensión
altísima y fortísima inexpugnable el planeta Marte
que al presente corre, el cual planeta contribuirá favor al
retrato en nombre del autor. Y si alguno quisiere combatir con mi
poco saber, el suyo mucho y mi ausencia me defenderá. Esto
digo, noble señor, porque los reprochadores conozcan mi
cuna, a los cuales afectuosísimamente deseo informar de las
cosas retraídas, y a vuestra merced servir y darle solacio,
la cual nuestro señor próspero, sano y alegre
conserve muchos y felicísimos tiempos. Ruego a quien tomare
este retrato que lo enmiende antes que vaya en público,
porque yo lo escribí para enmendarlo por poder dar solacio y
placer a lectores y audientes, los cuales no miren mi poco saber
sino mi sana intención y entreponer el tiempo contra mi
enfermedad. Soy vuestro y a vuestro servicio; por tanto, todos me
perdonaréis.
Carta de excomunión contra una
cruel doncella de sanidad
De mí, el
vicario Cupido, de línea celestial, por el dios de amor
elegido y escogido en todo lo temporal, y muy gran administrador, a
todas las tres edades de cualesquier calidades donde su ley
sucedió: salud y gracia. Sepáis que, ante mí,
apareció un amador, que se llama «de remedio
despedido», el cual se me querelló de una muy graciosa
dama. Dice que, con su beldad y con gracias muy extrañas, le
robó la libertad de dentro de sus entrañas; dice que
le desclavó la clavada cerradura con que su seso guardaba, y
también que le tomó toda junta la cordura, cual
fortuna le guiaba; que le mató el sosiego sin volverle
ningún ruego ni saber, ni discreción, por la cual
causa está ciego y le arden en muy vivo fuego las telas del
corazón. Este dios de afición, cuyo lugar soy
teniente, manda sin dilación que despache este acto
presente. Capellanes y grandes curas de este palacio real de Amor y
sus alturas haced esta denunciación porque no aclame
cautela, desde ahora apercibiendo por tres conominaciones. Y porque
le sean notorios los sacros derechos y vías, por
término perentorio yo le asigno nueve días, porque es
término cumplido, como antedicho es, ya pronunciado y
sabido. Del templo luego la echéis, como miembro disipado de
nuestra ley tan bendita. Todos cubiertos de luto, con los versos
acostumbrados que se cantan al difunto; las campanas repicando, y
el cura diga: «Muera su ánima en fuerte fragua como
esta lumbre de cera veréis que muere en el agua».
Véngale luego a deshora la tan gran maldición de
Sodoma y Gomorra, y de Atam y Abirón véngale tal
confusión, en su dicho cuerpo y, si no en su cuerpo, en
conclusión, como a nadie le vino. Maldito lo que comiere:
pan y vino y agua y sal; maldito quien se lo diere, nunca le
fallezca mal, y la tierra que pisare, y la cama en que durmiere, y
quien luego no lo dijere que la misma pena pene. Sus cabellos tan
lucidos, ante quien el oro es fusco, tornen negros y encogidos que
parezcan de guineo. Y sus cejas delicadas, con la resplandeciente
frente, se tornen tan espantables como de un fiero serpiente. Y sus
ojos matadores, con que robó mis entrañas,
hínchense de aradores, que le pelen las pestañas. Y
su nariz delicada, con que todo el gesto airea, se torne grande y
quebrada como de muy fea negra. Y su boca tan donosa, con labrios
de un coral, se le torne espumosa, como de gota coral. Y sus
dientes tan menudos, y encías de un carmesí, se le
tornen grandes y agudos, parezcan de jabalí. Su garganta y
su manera, talle, color y blancura, se tornen de tan mal aire como
toda su figura. Y sus pechos tan apuestos, testigos de cuanto digo,
tornen secos y deshechos, con tetas hasta el ombligo. Y sus brazos
delicados, codiciosos de abrazar, se le tornen consumidos, no
hallen de qué tomar. Y lo demás y su natura, (por
más honesto hablar), se torne de tal figura, que de ello no
pueda gozar. Denle demás la cuerda, que ligue su
corazón.
Dada mes y año el día
de vuestra querella.
Epístola de la Lozana a todas las
que determinaban venir a ver campo de flor en Roma
Amigas y en amor
hermanas: Deseando lo mismo, pensé avisaros cómo,
habiéndome detenido por vuestro amor esperándoos,
sucedió en Roma que entraron y nos castigaron y atormentaron
y saquearon catorce mil teutónicos bárbaros, siete
mil españoles sin armas, sin zapatos, con hambre y sed,
italianos mil quinientos, napolitanos reamistas dos mil, todos
éstos infantes; hombres de armas seiscientos, estandartes de
jinetes treinta y cinco, y más los gastadores, que casi lo
fueron todos, que si del todo no es destruida Roma, es por el
devoto femenino sexo, y por las limosnas y el refugio que a los
peregrinos se hacía ahora. A todo esto se ha puesto
entredicho, porque entraron lunes a días seis de mayo de mil
quinientos veintisiete, que fue el oscuro día y la tenebrosa
noche para quien se halló dentro, de cualquier nación
o condición que fuese, por el poco respeto que a ninguno
tuvieron, máxime a los perlados, sacerdotes, religiosos,
religiosas, que tanta diferencia hacían de los sobredichos,
como haría yo de vosotras, mis hermanas. Profanaron sin duda
cuanto pudiera profanar el gran Sofí si se hallara presente.
Digo que no os maravilléis porque murió su
capitán, por voluntad de Dios, de un tiro romano, de donde
sucedió nuestro daño entrando sin pastor, donde la
voluntad del Señor y la suya se conformó en tal modo
que no os cale venir, porque no hay para qué ni a
qué. Porque si venís por ver abades, todos
están desatando sus compañones; si por mercaderes, ya
son pobres; si por grandes señores, están ocupados
buscando la paz que se perdió y no se halla; si por romanos,
están reedificando y plantando sus viñas; si por
cortesanos, están tan cortos que no alcanzan al pan. Si por
triunfar, no vengáis, que el triunfo fue con las pasadas; si
por caridad, acá la hallaréis pintada, tanta que
sobra en la pared. Por ende, sosegad, que sin duda por muchos
años podéis hilar velas largas y luengas. Sed ciertas
que si la Lozana pudiese festejar lo pasado, o decir sin miedo lo
presente, que no se ausentaría de vosotras ni de Roma,
máxime que es patria común que, voltando las letras,
dice Roma, amor.
Digresión que cuenta
el autor en Venecia
Cordialísimos lectores: pienso que muchas y muchas tragedias
se dirán de la entrada y salida de los soldados en Roma,
donde estuvieron diez meses a discreción y aun sin ella,
que, como dicen, amicus Socrates, amicus Plato, magis amicus veritas.
Digo sin ella porque eran inobedientes a sus nobilísimos
capitanes, y crueles a sus naciones y a sus compatriotas. ¡Oh
gran juicio de Dios!, venir un tanto ejército sub nube y sin temor de
las maldiciones generales sacerdotales, porque Dios les
hacía lumbre la noche y sombra el día para castigar
los habitadores romanos, y por probar sus siervos, los cuales somos
mucho contentísimos de su castigo, corrigiendo nuestro malo
y vicioso vivir, que si el Señor no nos amara no nos
castigara por nuestro bien. Mas, ¡guay por quien viene el
escándalo! Por tanto me aviso que he visto morir muchas
buenas personas y he visto atormentar muchos siervos de Dios como a
su Santa Majestad le plugo. Salimos de Roma a diez días de
febrero por no esperar las crueldades vindicativas de naturales,
avisándome que, de los que con el felicísimo
ejército salimos, hombres pacíficos, no se halla,
salvo yo, en Venecia esperando la paz, que me acompañe a
visitar nuestro santísimo protector, defensor
fortísimo de una tanta nación, gloriosísimo
abogado de mis antecesores, Santiago y a ellos, el cual siempre me
ha ayudado, que no hallé otro español en esta
ínclita ciudad. Y esta necesidad me compelió a dar
este retrato a un estampador por remediar mi no tener ni poder, el
cual retrato me valió más que otros cartapacios que
yo tenía por mis legítimas obras, y éste, que
no era legítimo por ser cosas ridiculosas, me valió a
tiempo, que de otra manera no lo publicara hasta después de
mis días, y hasta que otra que más supiera lo
enmendara. Espero en el Señor eterno que será
verdaderamente retrato para mis próximos, a los cuales me
encomiendo, y en sus devotas oraciones, que quedo rogando a Dios
por buen fin y paz y sanidad a todo el pueblo cristiano,
amén.