Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
ArribaAbajo

La Moruchita

Arturo Reyes

ArribaAbajo

- I -

     Manuel Cárdenas, el Tulipa, y Marcelino Benítez, el Llerena, salieron del reñidero de gallos orgullosos de los triunfos conquistados por sus respectivas jacas.

     -Bien se ha portao la retinta, chavó. Y mire usté que en la última pelea le atizó con picardía la del Vivona.

     -¡Es que mi jaca sabe jasta latín! Como la de usté, pongo por caso, que peleó también como los mismísimos ángeles. Y a propósito de la de usté: ¿a quién se la ha dejao usté pa que la cure?

     -Pos al que usté le ha dejao la suya: al Quiqui, que en eso de curar es un fenómeno.

     -¡Vaya si lo es! ¡Pollo he visto yo curao por sus manos con la mitá de la cabeza de cartulina!

     -Sí, que es verdá eso. Y oiga usté, compadre: ¿ahora aónde vamos a dir a lastrarnos el entresuelo?, porque lo que es hoy no tengo yo ganas de cazuela de papas ni de fideos tallarines.

     -Mire usté, compadre: si a usté le parece bien, ahora mismito trincamos un descubierto pa mejor lucir la presona, nos sentamos en él como si estuviéramos en un escaparate, nos vamos al ventorrillo del Cuco, nos metemos en uno de los camarotes, tocamos las palmas, viée er Toli, y a la media hora le estamos hablando de tú al lucero de la mañana. ¿Qué le parece a usté lo que yo platico?

     No debió parecerle mal la proposición de su compadre al Llerena, pues una hora más tarde, sentados frente a frente en uno de los compartimientos del ventorrillo, y ya ambos algo calamocanos a consecuencia del inacabable trasiego de Montilla con que hubieron de dar convoy a las sabrosas viandas, decíale el primero al segundo con acento todo ternura:

     -Vamos a ver, compadre: ahora que estamos aquí más solitos que dos ermitaños, ¿me quiée usté jacer el favor de decirme por qué se le altera a usté tantísimo el pulso ca vez que se le platica de casorios?

     El Tulipa, en quien jamás la embriaguez ondeaba triunfante del todo sus pendones, repúsole, al par que golpeaba de modo automático con los dedos sobre el tablero de la mesa:

     -Mire usté, compadre, ya sabe usté que de eso no hay que platicarle a este cura; que a mí no me lleva al encerraero ni el mismísimo Patriarca de las Indias.

     -Es que -díjole el Llerena- no toas las cartas son triunfos, y un día puéen salirle a usté las contrarias y se puée usté arrepentir ese día; y lo que sa menester es que no venga el arrepentimiento cuando se le haiga desenrizao a usté ya la pluma y se vea usté más solo que una parmera, y ca vez que necesite usté que le jagan una vinagrá, tenga usté que recurrir al sereno.

     -¡Ca, hombre! Eso no me puée pasar a mí tan y mientras yo tenga mi vieja y mi Morucha en mis cubriles.

     -Sí; pero como la señá Frasquita no va a vivir lo que un loro embalsamao, y a la Moruchita ya van dejando de amarillearle las boqueras, y el mejor día le dan tres pitás, y tururú y me alegro de verte güeno!

     -Vamos, compadre -exclamó el Tulipa haciendo un gesto de desagrado-, que parece que le pagan a usté pa que me ponga usté la boca como la tuera. Lo mejor que hace usté es no ser más machacón ni más permazo, que yo no he nacío, pa que me meta en el cepo ninguna gachí, y además que hoy, pa trompezarse con una a la que se le puea visar el rol, sa menester estar emparentao jasta con San Judas Tadeo.

     -Hombre, eso es desagerar; que yo no tengo na que ver con ese santo que usté dice, y yo me trompecé con mi Pecosa, y Julián el Talabartero se trompezó con su Tarumba, y Joseíto el Talegones se trompezó con su Butibamba, y...

     -Y San José se trompezó con la Santísima Virgen, ¡mía qué Dios! -dijo, interrumpiendo bruscamente a su compadre, el Tulipa-. Eso no quiée dicir na; que si usté me mienta a mí ésas, que son la flor y nata de las mujeres de bien, yo pueo mentarle a usté unas trescientas, y trescientos mil millones que son el cólera, y er tifus, y la peste, y er gómito, y jasta er mal de San Lázaro.

     -Se le ha orviao a usté la sarna, y er colorín, y er mal de la temblaera, compadre.

......................

     -¡Arza, Pipi; baja la capota, que nos vamos de matute!

     -¿Y ahora aónde voy a llevar yo la flor del romero y la flor de la siempreviva?

     -¿Aónde vamos, compadre?

     -Pos llévanos a ea der Billetero.

     -¡Pos más vivo!

     Y el Pipi, que ya había tomado posesión de su altísimo sitial, hizo crujir, ondeándolo, el látigo sobre el lomo del caballo, y momentos después decíale a su hermana Paca, Trini la Ventorrillera:

     -Por ahí va el Tulipa, que ca vez está más güen mozo el gachó, y mía tú que ya debe andar el hombre dándole coba a los cuarenta.

     -Es que un hombre a los cuarenta -exclamó el esposo de Trini- está en la flor de la edá y en la flor de las valentías.

     Al oír Trini, que acababa de cumplir por aquel entonces los diecinueve, la afirmación de su esposo, un cincuentón panzudo y encanecido, sonrió maliciosamente, dio media vuelta, puso al descubierto su talle maravilloso al arreglarse unas flores que brillaban como de sangre sobre el negror de su pelo luciente, y dirigiéndose hacia el interior del ventorrillo cantando y haciendo resonar las yemas de sus dedos como crótalos de plata:

                     «A los diez semos capullos,
y a los veinte semos flores,
y a los cuarenta debieran
llegar los enterraores.»


ArribaAbajo

- II -

     Al hablar el Llerena a su compadre de las conveniencias del matrimonio, no habíalo hecho a humo de paja; que era cosa casi olvidada de puro sabida en el barrio que Remedios la Pelirrubia, hermana de Clotilde, su mujer, hacía ya mucho tiempo que andaba suspirando por el Tulipa, el cual ya no había cometido con ella desaguisado alguno por aquello, seguramente, de que la amistad tiene valladares que solemos respetar en tanto y cuanto no se nos va la chaveta.

     Como no era el amor de la Pelirrubia ningún secreto para el matrimonio, andaba éste, desde que en aquélla se iniciaran tan pícaras calenturas, peleando como leones por echarla fuera de aquel tan peligroso camino; pero como cuando el querer se nos mete en el corazón se nos aletarga el entendimiento, ocurrió que una tarde, ya cargada la Pelirrubia hasta el moño del constante sermoneo de su hermana y de su cuñado, díjole a la primera, poniéndose los puños en los ijares, echando hacia atrás el torso y con la mirada relampagueante y retadora:

     -¿Me quiées jacer el reverendo favor de dejarme a mí ya, que me tiées más frita que un plato de calamares? ¿Me quiées jacer el reverendísimo favor de no meterte más en lo que a ti no te importa?

     -Pero, no comprendes tú, desgraciá que eres -repúsole aquélla-, que por esa veredita no se va más que aónde no florece la vergüenza? ¿No comprendes tú, en tus cortas luces, que a mí se me tiée que importar to lo tuyo y que yo no pueo dejar que te espampanes sin decirte oste ni moste? ¿No se acuerda usté ya, señora, de que yo vine al mundo en la misma fragata en que vino usté y con el mismo velamen?

     -Sí, que me acuerdo; pero por lo que tu más quieras en el mundo, que no me jurgues más en esta pupa que me ha salío en la tablita del pecho; mía que esta pupa no se me cura a mí con cuatro dale que le da y cuatro jerre con jerre.

     -Pero ¿no comprendes tú, loca perdía, loca der to, loquita de remate, que prendarse de ese gachó es como prendarse de la luna? ¿No comprendes tú que a esa primita no hay quien le meta un plomo en un ala, y además, no comprendes tú, inocente, que te estás queando en cueros vivos delante de ese hombre, y que pa que los hombres nos tomen voluntad sa menester no darle gusto a sus ojos?

     -Toíto eso me lo sé yo, Clotilde; pero no lo pueo remediar. Yo no sé qué tiée ese mal bicho que me tiée jechizaíta, y yo, si ese gachó a mí no me quiere, yo me muero. ¡Vaya si yo me muero de la pena!

     Y al decir esto, arrojóse la Pelirrubia sobre una silla, procurando ocultar sus lágrimas y reprimir sus sollozos.

     Clotilde se puso pálida y dirigiéndose a su hermana llegó a ésta, apartóle dulcemente las manos del semblante, le secó el llanto con un pico del delantal, y díjole con acento conmovido:

     -¡Vamos, niña, por Dios y por su Santísima Madre, no seas asín; no me llores más, por los ojitos de tu cara!

     -Déjame que llore, déjame que rabie, déjame que me muera...

     Cuando aquella tarde se enteró el marido de Clotilde, por ésta, de lo ocurrido, exclamó con acento malhumorado:

     -¡Por vía e Dios, que to lo moja y to lo seca! ¿Y qué quiées tú que yo le jaga? Si con lo que eso se cura no lo venden en las boticas, y al compadre no hay quien lo meta en el jaulón ni manque le pongan ángeles y serafines por cimbeles.

     Al día siguiente, ya anochecido, sentáronse ambas hermanas en la puerta de la calle a disfrutar del relente.

     La noche era de luna, y como casi todas las de Málaga en estío, noche de brisas cálidas, de olores de albahacas y jazmines; noche de cantos dulces y melancólicos y de acordes de guitarra; noche de horizontes purísimos y de límpidas lejanías; noche, en fin, en que parecía entonar todo un cántico al amor y a la molicie, molicie a la que se entregaban en los timbrales de sus casas vecinas y vecinos, casi en ropas menores ellos, y ellas al aire brazos y parte del seno, y luciendo casi, merced a las sutiles perfidias de las telas estivales, las curvas que delataban su hermosura y gentileza las muchas que de hermosas y de gentiles podían hacer alardes tentadores.

     Remedios y su hermana sentáronse en el escalón, un tanto inquieta la segunda por la tardanza del Llerena y pensando, como siempre, la otra en aquel pícaro Tulipa, que tan a mal traer la traía, con sus arrogantes hechuras y con su semblante redondo de algo agitanadas facciones, y de mejillas en que siempre azuleábale la barba, de boca sensual y de ojos magníficos, graves y tristes, velados por larguísimas pestañas, y de pelo negro y rizoso que empezaba a dejar entrever el reluciente cráneo por entre los clarísimos mechones.

     Remedios, tocada la rubia crencha de claveles blancos, reclinada contra la pared y los brazos cruzados por bajo del seno, rígido y valiente, entreteníase en evocar las ocasiones en que, enloquecida por su cariño, había intentado en vano romper con retos peligrosísimos el hielo en que parecía vivir encarcelado el corazón del Tulipa.

     -¡Cómo tarda esta noche mi señor don Marcelino el Llerena!

     -Entoavía es trempano, mujer. Estará tal vez con el Tulipa.

     -¡Qué consuelo! ¡Con el Tulipa! ¡Con el Tulipa! ¡Qué ganitas que tengo yo ya de que reviente el Tulipa!

     Calló la enamorada de éste por prudencia, y ambas hermanas permanecieron silenciosas durante algunos minutos.

     -Por ahí viée tu archiduque -díjole, deteniéndose delante de su puerta, la señora Angustias la Vendedora.

     -¿Y viée solo u viée acompañao el caballero?

     -Pos viée con su compadre, y ademas me parece a mí que viée con un retén de chatos en la barriga.

     -¡Sería una novedá! ¡Asín está el hombre, que cuando sua, sua solera, y cuando escupe, escupe espíritu de vino!

     Y mientras la señora Angustias alejábase pensando en que no debieran beber los hombres más que limonadas purgantes, incorporóse Clotilde, mirando iracunda hacia una de las esquinas, por la que acababan de desembocar en la calle su ilustre esposo, cogido del brazo de su no menos ilustre compañero.

     -¡Lo de siempre, jaciendo puntas de festón con los pinreles! ¡Qué jartica que estoy ya! ¡Como que esto no es haberse casao con un hombre, sino con una damajuana!

     Cuando el Llerena y el Tulipa llegaron delante de la casa del primero, adelantóse éste lenta y torpemente hasta coger con mano insegura por un brazo a su mujer, y después de luchar por conseguirlo y conseguir al fin guardar un punto el equilibrio, canturreó con voz balbuciente:

                     «Eres más bonita
que los clavelitos blancos
que abren por la mañanita.»

     -En qué horita más guasona nos echó el cura las bendiciones -exclamó Clotilde, sujetando a su marido, que parecía amenazar el quicio de la puerta con las narices.

     -¿Y eso por qué? Mía, Cloto, que yo no he bebío esta noche más que una miajita de toronjí y de corteza de cidra... ¿Verdá, compadre?

     Este, intimidado por el furioso mirar de la Pelirrubia, permaneció silencioso, mientras Marcelino, con los ojos desmayados, el labio inferior casi colgante como un péndulo, el pelo sobre la frente en desordenados mechones y el sombrero en la coronilla, continuaba diciendo dirigiéndose a su mujer:

     -Toronjí..., ¿sabes?... Toronjí y corteza de cidra. Y no me mires más de ese mo, Clotilde, mira que me va a dar lo que a mí me da, salero.

     -Vergüenza y lástima era lo que te debía dar a ti; que no vendrán aluego tus amigos a sajumarte la sala.

     -No hay que meterse en desconcharme a mí las paeres, comadre, que yo no tengo la curpa, que es que hoy le ha cogío a éste er cuerpo asín; porque lo que es hoy, si lo hemos bebío, lo hemos bebío en cuentagotas.

     -En cuentatiros... Vamos ya pa aentro; anda ya, prenda mía, anda ya. Los ratitos güenos pa las emperatrices del Coto, y esto pa mí, pa mí solita.

     -Pa ti to, ¿sabes? Pero que pa ti to. ¿Tú te enteras?

     Clotilde, juzgando oportuno poner término a aquella escena, que podía despertar la hilaridad entre sus convecinos, cogió brusca y enérgicamente a su hombre por ambas solapas de la chaqueta, y momentos después de haberlo tumbado de un empellón en la cama, desatábale los brodequines, mientras aquél, con los ojos ya casi del todo cerrados, seguía balbuciendo a modo de inaguantable estribillo:

     -Pa ti to, ¿sabes? Pero que pa ti to. ¿Tú te enteras?



     Remedios, que durante el diálogo anterior no había desplegado sus labios ni apartado sus ojos del semblante del Tulipa, díjole a éste con acento dulce y trémulo:

     -Siéntese usté, hombre, siéntese usté, y descanse usté una miajita.

     -Lo que yo voy a hacer ahora mismito es izar el ancla antes que venga mi comadre, que está esta noche más quemá que un cirio.

     -Eso se le pasa enseguía. Siéntese usté, y verá usté cómo se le pasa.

     -No, que me tengo que dir, señora.

     -¡Pus ni que fuera usté piloto y estuviera tocando el barco la sirena!

     Ya estaba casi decidido a sentarse Manuel, cuando vio avanzar por el patio a Clotilde, y adivinando sus belicosos propósitos:

     -Vaya, que yo me voy -dijo, y dando media vuelta alejóse rápido y gallardo, mientras aquélla, viéndole alejarse, murmuraba con iracundo acento:

     -Yo no sé qué tendrán algunos gachones, ni qué santo será el santo a que le rezan pa no emborracharse ni manque se beban un río.



ArribaAbajo

- III -

     -Güeno, guárdalo to pa que no lo vea Manué.

     -Ya está to guardao. Pero mire usté que yo no le digo lo de la feria, agüelita.

     -Se lo diré yo, y ya verás tú como consiente.

     La sala en que tenía lugar esta conversación entre la madre y la sobrina del Tulipa estaba modestamente amueblada con un sofá, dos butacas y varios sillones tapizados de cretona; una mesa consola en que un ejército de cachivaches de porcelana y dos mariposeros dorados daban guardia de honor a una Virgen, que parecía naufragar entre un remolino de plata y de terciopelo; varios cuadros en que majos y majas recordaban, en graciosas actitudes, una indumentaria típica y pintoresca, ya en desuso, y un espejo, en cuya enorme luna veíase todo el que llegaba a mirarse en él como aquejado de una erupción tan imponente como repentina.

     Y como en esta verídica narración ha de ocupar lugar de preferencia la Niña de Terciopelo -que así, más que por su nombre y más que por el mote con que la designaba Manuel, era conocida en el barrio la sobrina de éste-, conviene repetir a los que nos lean lo que nos hubo de decir con relación a ella, y en contestación a varias de nuestras preguntas, la señora Rosario la Tripicallera, una a modo de crónica viviente del barrio, que nos dijo:

     -¡Pos si la historia de esa gachí es más conocía que la rúa, caballeros! ¡Si sa menester estar difunto pa no saber que a esa niña la parió Dolores la Repintá que era hija de la señá Frasquita y mujer de Antoñico el Tomatera, y que la Dolores se murió apenitas puso en er mundo su encargo, y que el bato endosó la niña a la agüela y se metió en un trasarlántico y hasta hoy, pos entoavía no se ha llegao a saber si encontró una mina en el Perú o si en la travesía le tiraron a la mar pa que se lo comieran los boquerones!

     Y ya que están al tanto de la historia de la muchacha, diremos a los que nos leen que en el momento en que sacamos a escena a Carmen acababa ésta de cumplir los dieciocho años, y si bien de algo reducida estatura, era, en cambio, de formas arrogantísimas, de tez bronceada, de enérgicas facciones, de ojos grandes, febriles y apasionados, de cejas negrísimas que, uniéndoseles en el entrecejo, daban a sus ojos algo de viril expresión, y de pelo rizoso, abundantísimo y reluciente.

     Muchas veces la señora Frasquita, de quien era los pies y las manos la muchacha, cuando su hijo recogíase a la hora en que lo suelen hacer los hombres poco trasnochadores, cosa que ocurría muy de tarde en tarde, y dedicábase a matar el rato charlando con su sobrina; muchas veces, repetimos, la pobre vieja murmuraba suspirando, al par que se recreaban sus ojos en aquel para ella gratísimo panorama: «¡Qué lástima, Señó, qué lástima que tenga ya cuarenta años mi Manué y que le tenga tanta tirria al casamiento!».

     Ya se había asomado Carmen al balcón más veces que hojas tenía el más frondoso de los rosales que lo embellecían, cuando...

     -¡Ya está ahí Manolo! -exclamó con acento alborozado, dando un brinco y poniendo al descubierto, al brincar, casi del todo la tentadora pantorrilla:

     Momentos más tarde penetraba en la casa el Tulipa, el cual, después de darle un papirotazo en la nariz a Carmen y de tomarle la cara a la vieja, exclamó, arrojando el rondeño sobre el sofá y quitándose la flamantísima chaqueta:

     -¡Camará, y qué diíta! Así me voy queando; como que no hay pelo que resista estas calores -y al decir esto se pasaba sonriente la mano por la incipiente tonsura.

     -¿Pos de aónde vienes tú ahora? -preguntóle su madre, contemplándole con cariñosa complacencia.

     -De la mar de partes -repúsole aquél, al par que cogía una silla y sentábase en ella cerca del balcón-. Hoy he jechao er día ar negocio, y le he vendío al Clavicordio to el fruto de la viña.

     -¿Y en cuánto se lo has vendío por fin?

     -En cuasi na: en cinco mil y pico de reales.

     -No es mucho que digamos, pero no es poco, si es que el tiempo se blandea.

     -¡Toma, pus por eso he jecho la venta, por no tener que pasarme to er verano mirando toas las noches las estrellas!... Y oye tú, Moruchita: ¿tú qué me cuentas, mujer, desde esta mañana?

     -¿Qué quiées que te cuente? ¡Como no te cuente el cuento del gato rabón!...

     -Mira, Manuel -díjole a éste su madre con acento zalamero-: si a ti una niña que tú quieres muchísimo te pidiera un favor, ¿le harías tú el favor a esa niña que tanto quieres?

     -Eso sería según y como me pillara el cuerpo.

     -¡Di que sí, tonto, que verás tú como va a ser cosa mu de tu gusto!

     -Yo no digo que sí sin saber de lo que se trata.

     -Mira -exclamó la Moruchita, acercándose a él en actitud resuelta-: la que te tiée que peir el favor es mi presonita, ¿sabes?

     -Ya me sospechaba yo que la del favor tenía que ser esa misma presonita que tú dices.

     -Pos bien: ya sabes, esa presonita soy yo, y er favor que yo te quiero peir es que me lleves esta noche a lucir el garbo en la feria.

     -Ya ves que no es la cosa tan difíci como tú te pensabas -díjole la señora Frasquita.

     Manuel, que habíase quedado un tanto meditabundo, repúsole, no con aire muy complacido:

     -Pos no se crea usté que es cosita tan mollar. No, señora, que no lo es, porque esta noche estaba yo citao con unos amigos.

     -¿Amigos u amigas? -preguntóle con extraña gradación de voz la Moruchita.

     -No, señora, que no es con ninguna amiga, sino con mi compadre el Llerena y con Paco el Tonelete.

     -¡Ah, ya, con er Llerena! Pos entonces no he dicho na, que allí debes tú pasar mu bien el rato, porque la Pelirrubia es la mar de simpática y la mar de graciosa, y no quiero yo que por mo de mí le tengas tú que dar contravapor a tu gusto.

     El Tulipa contempló a Carmen con los párpados entornados, y exclamó tras brevísimo silencio:

     -No es der to esaboría la Remedios; no, señora, que no lo es. Pero yo no estoy citao con el Llerena en su casa, sino en ca der Tonelete.

     -Pero ¿es que tiées que firmar argún protocolo? -preguntóle la vieja con acento contrariado.

     -No, señora, no es na de protocolos. Pero, en fin, no se hable más de la cosa, que ahora mismo iré a decirle ar Tonelete que no me aguarden esta noche.

     -¡No, qué disparate; no fartaba más que tú te sacrificaras por mí, por tan repoquilla cosa!

     -Sí, hombre, anda y avísales, y verás qué sorpresa te tenemos prepará pa cuando vuelvas.

     -No; que antes coma, que se le va a enfriar la comida.

     Cuando media hora después de haber salido a ver al Tonelete regresó Manuel a su casa, preguntóle a su madre:

     -¿Y la Moruchita, por aónde anda? ¿Está dándose entoavía de piedra pómez?

     -Sí, señor, de piedra pómez. Pero ya he concluío de darme de piedra pómez -exclamó aquélla, abriendo de par en par las puertas de la alcoba y apareciendo en su umbral, no ya descubierto el pie, no ya con el pelo cayéndole en apretadísima trenza sobre las espaldas, sino luciendo un vestido de cola, de percal finísimo; el cabello recogido en altísimo coco, atravesado en su vértice por una reluciente agujeta; un rico mantón de Manila, blanco y grana, de larguísimos flecos, atersado sobre los hombros y recogido en el arrogante seno juvenil por un puñado de claveles, resplandecientes los magníficos ojos, encendida la tez, los labios preñados de sonrisas y tan gentil y gallarda que, no pudiendo contenerse el Tulipa al ver aquella metamorfosis esplendente, exclamó con acento brioso y apasionado:

     -¡Por vía e la Malena, y qué requetebonita que eres!

     Carmen avanzó, contoneándose y volviendo la cabeza para poderse ver mejor la cola del vestido, y llegado que hubo frente a Mantiel, plantóse ante él en picaresca y tentadora actitud, y preguntóle, sonriendo irónicamente:

     -Si es que tiées que jacer esta noche con tu compadre er Llerena en ca der Tonelete, por mí no te sacrifiques, que yo iré a la feria con la agüelita.

     Manuel la contempló complacido, y subiendo los hombros hasta colocarlos casi a nivel de sus orejas, arqueando hacia adelante el busto, exclamó con aquel timbre de voz con que tantas veces había sabido llegar a lo más profundo y sensible del corazón de muchísimas mujeres:

     -Por los sacais charranes de tu carita morena, que esta noche no me cambio yo ni por toíto el Apostolao.

     Y momentos después salían de la casa Carmen y Manuel, mientras no sólo ya la señora Frasquita, sino casi todo el vecindario, asomábase a puertas y a ventanas para ver cómo se recogía la cola por primera vez la Niña de Terciopelo.



ArribaAbajo

- IV -

     El real de la feria ocupaba toda la calle de la Trinidad y parte de una de las riberas del río, seco a la sazón, en cuyo cauce destacábanse, mal alumbradas, las cónicas buñolerías, rematadas por vistosas banderolas y vestidas de percalinas de vivos colores y de sábanas orladas de limpísimos encajes.

     En la calle y en la ribera del río, adosados al muro y a los edificios, veíanse, a la luz de numerosos mecheros de gas, las pintarrajeadas casetas donde los vecinos más graves y sesudos evocaban, entre chato y chato de manzanilla, sus más o menos plácidas y reinotas mocedades; numerosos arcos llenábanlo todo de viva luz azulada; cabalgaba en los amputados corceles de madera de los tiovivos la infancia trinitaria, al son de una murga capaz de poner el pelo de punta al menos filarmónico de los mortales; amenazaban los balcones desplomarse al peso de tanta buena moza como en ellos lucía su garbo y sus atavíos, y al alegre bullir de la muchedumbre resonaban en sonora confusión risas y voces, músicas y piropos, y coplas populares y acompasados palmoteos.

     El Llerena, que había decidido honrar aquella noche a su familia con su presencia, en vista de la inesperada ocupación de su compadre, convirtió el portal y el patio de su casa en sala de recepción, y en el momento en que hacemos llegar a él a los que nos leen, ya estaban allí congregados los más íntimos amigos del matrimonio, y a los fulgores de la luz artificial y a los argentados de la luna, que daba cristalinas tonalidades a los verdes pámpanos que cubrían el patio a modo de espléndido dosel, podían verse, entre otras hembras de menos famoso renombre, a Toña la de los Lunares, a Enriqueta la Saladita, a Pepa la Mendruguito y a Dolores la de Antequera, de palique con la Pecosa y con la dolorida enamorada de Manuel, y juntos con el Llerena, de jácaras y risas, a varios de los de más cartel de los próceres del barrio.

     Ya disponíanse los allí reunidos a que saliera a relucir la indispensable guitarra, cuando llegaron Carmen y el Tulipa, cuya entrada fue casi un acontecimiento.

     -¡Camará, compadre, y lo que se trae usté a la verita!

     -¡Josú, María y José, y qué niña más requetegraciosa!

     -¡Chavó! ¿Aónde ha cogío osté esa ortava maravilla?

     -¡Vaya si está que tira de espaldas la gachí, Manolo!

     Carmen fue casi desteñida a puro beso, y ensordecida a puro requiebro; el camino, desde su casa hasta allí, había sido una carrera triunfal.

     -¿Qué le toca a usté ese prodigio? -preguntóle a Manuel, Toño el de los Garbanzos.

     -¿Está? Esta es la hija de mi hermana Olores, a la que Dios tenga en su santa gloria.

     -Pus por muchos años, chavó, y que no la vea yo más, poique voy a tener necesidá de que me sangre el barbero.

     Remedios había acogido con tina mirada fría y escrutadora a Carmen, mirada a la que ésta correspondió con otra más yerta aún y con una desdeñosa sonrisa.

     -Y qué, ¿esta noche no se toca manque no sea más que el almirez en esta casa? -preguntó a poco Manolo, dirigiéndose al Llerena.

     -Esta noche, como toas, se hará aquí lo que usté mande -repúsole Remedios, mostrándole una silla desocupada junto a la suya.

     Algunos instantes después, todas habíanse acomodado a su gusto, cada hembra con su correspondiente caballero al lado, menos la Moruchita, que oficiaba de gallardísima divisoria entre Clotilde y su marido.

     Remedios sentíase llena de gozo al ver a su lado a Manuel; acostumbrado éste a rendir admiración, de boquilla por lo menos, a toda hembra que estuviera de recibo, exclamó, dirigiéndose a su enamorada, no sin hacer antes firmísimos propósitos de no perder prenda en el amoroso torneo:

     -¿Sabe usté, niña, que ca día que pasa está usté más regraciosa, y más barnizá, y con más ange en la cara?

     -¿Eso es to lo que ha aprendío usté hoy pa decírmelo esta noche?

     -Esas cosas no se aprenden, señora; esas cosas me nacen a mí en el sótano, ¡salero!

     Carmen tenía los ojos clavados en Manuel, y cada vez que éste inclinábase, galán y amartelado, al parecer, hacia la Pelirrubia, apoderábase de ella una vaga inquietud, un nervioso desasosiego, y de buena gana hubiérale dicho cuatro verdades a la Pelirrubia. ¡Cuidado con el descaro de la mujer! Aquello era una sinvergonzonería, aquello era comerse con los ojos a un hombre; con razón habíanle asegurado a ella que Remedios estaba más loca por su pariente que Joseíto el Jerezano.

     Ya Juan el Bomba había cogido la guitarra y empezaba a templarla con toda la debida prosopopeya, cuando:

     -¡El Cositas! -exclamó alegremente, al ver asomar a aquél en la puerta, Pepa la Mendruguito.

     A la exclamación de la muchacha, todos miraron hacia la puerta:

     -¡Adelante, adelante! -exclamaron todos casi al unísono; y avanzó aquél, sonriendo, agradecido a la concurrencia; y llegado que hubo adonde todos estaban, dijo, al ver incorporarse a algunos de aquellos próceres de la Trinidad:

     -¡Que no se moleste nadie por mí, que yo no me lo merezco!

     Manuel y Carmen miraron al recién llegado; el primero no le conocía casi, y la segunda no le había visto en su vida.

     El Cositas aceptó la silla que le ofreciera el dueño de la casa junto a Carmen, y tras hacer un extraño al ver a ésta, y tras clavar en su semblante sus ojos intensos y acariciadores, díjoles, no sin saludar antes con una amable sonrisa a la Pecosa:

     -¡Pos si llego yo a saber esto, señora, me traigo un botiquín en la faltriquera!

     -Oye tú, Cositas: toma eso, que, aonde estás tú no pinta na el hijo de mi madre que esté en gloria -exclamó el Bomba, alargándole la guitarra.

     -¡En güenas manos está, que no son mejores las mías!

     -¡Toma ya, guasón; pos no faltaba otra cosa que, estando tú ahí, le diera yo un mal rato a estos señores!

     El Cositas tomó la guitarra, y a poco mariposeaban sus dedos, ágiles y vertiginosos, sobre el cordaje, arrancando a éste vagas y quejumbrosas armonías.

     -¡Vamos, caballeros, una miajita de compostura! -gritó la Mendruguito, que no apartaba un punto sus ojos del Cositas, al cual tenía hacía muchísimo tiempo metido en el alma tal como era: esbelto y gallardo, algo flacucho y con su carita suave y descolorida, de grandes ojos garzos, de boca de fino dibujo, de labios pálidos y de pelo rubio, lacio y reticente.

     A la voz de la Mendruguito enmudecieron todos, menos el Tulipa, que decíale a la Pelirrubia en susurrante acento:

     -No tiée usté razón. Yo no vengo aquí catorce veces al día por mo de una señora que tengo yo dentro de mí, y a la que no quiero yo que se le ensucien las bajeras.

     Carmen parecía estar como sobre carbones encendidos; aquello era inaguantable. Manuel, engolfado en su, sin duda, sabrosa plática, apenas si se acordaba de ella; en cambio, el Cositas parecía que íbase a quedar dormido mirándola.

     Resonó la guitarra, maravillosamente tañida por éste.

     -¡Que cante la Mendruguito! -gritó la Pecosa, arrollándose los encajes de la manga para mejor acompañar a aquélla con su rítmico palmoteo.

     -¡Sí, sí -gritaron casi todos a la vez-; que cante la Mendruguito!

     Esta no se hizo rogar, y aprovechando la entrada que le ofreciera el Cositas, salió templándose con voz dulce y quejumbrosa.

     -¡Mi niña! ¡Olé, mi niña! -gritó el Manganote, entusiasmado.

     La Mendruguito echó hacia atrás la cabeza, entornó los párpados, entreabrió la boca de corales, dejando ver la dentadura de marfil, y cantó con voz cadenciosa:

                     «¡Ay, qué penita, serrano:
que se te aflojan los deos
cuando te aprieto las manos!
Puée que argún día,
      malita hora,
puée que argún día,
vengas a mí arrepentío
de tus malitas partías.»


     -¡Viva tu pare, y viva tu mare, y viva la Costitución, salero! -gritó el tío Marañas, colocándose delante de la cantadora, procurando resistir en gallarda postura la carga de los ochenta y pico de años que pesaba sobre sus ya casi fosilizadas costillas.

     La Mendruguito paseó una mirada de triunfo por entre los que la jaleaban, y después fueron a posarse sus ojos en los del Cositas, que seguía con los suyos clavados en los de Carmen.

     -¡Josú -dijo ésta, ya un tantico amostazada-, pos ni que tuviera yo en el perfil un museo!

     -Si la ofende a usté que la mire, ¡pos usté perdone, señora!

     Carmen se sintió arrepentida de su brusquedad al oír el tono humilde y sentido del muchacho, y le repuso, sonriente:

     -¡Ca, no, señor, es una broma! ¡puée usté estarse mirándome hasta que pite er sereno!

     -Pos que Dios se lo pague a usté, porque si no hubiera tenío que ponerme un pañolito en los ojos. Por más que ni por ésas: yo ya estoy condenao a estar viendo siempre esa carita gitana.

     -¿Y eso?... -preguntóle Carmen, mirándole con interrogadora expresión.

     -¡Toma! -repúsole el Cositas, encogiéndose de hombros-, porque yo ya la tengo a usté pa siempre dentro de mí como un ramito de flores.



ArribaAbajo

- V -

     Cuando salieron de casa del Llerena, tanto el Tulipa como la Niña de Terciopelo llevaban caras de pocos amigos; a Manuel no habíale sabido bien del todo la actitud risueña y comunicativa adoptada a última hora por la Morucha para con el Cositas; a Carmen habíale llenado de indignación la adoptada por él desde un principio con la hermana de la Pecosa.

     -¡Chavó -exclamó Carmen tras algunos instantes de silencio-, yo no sé por qué se venderá tan cara la vergüenza en este barrio!

     -¿Y eso por qué lo dices tú, Moruchita?

     -Pos lo digo porque yo no he visto en mi vía lo que he visto en él esta noche.

     -Pero ¿qué ha sío lo que en él han visto esos dos tunelas que Dios te puso en la cara?

     -Pos he visto a una mujer peirle a un hombre que la quiera como quien pide er Santolio.

     -¡Vamos, niña, que eso es que tú lo has ensoñao tan y mientras te estaba marnetizando el Cositas! Y a propósito del Cositas: ¿qué es lo que te parece a ti el Cositas?

     -¡Qué me ha de parecer! Que es un muchacho mu simpático y que toca muy requetebién la guitarra.

     El Tulipa calló; no le convenía seguir por aquel camino. Hacía ya mucho tiempo que venía él notando en Carmen algo que, si bien acariciaba su vanidad, llenábalo también de hondísimas preocupaciones.

     Al pasar por una de las a modo de índicas pagodas situadas en el cauce del río, díjole a Manuel, sujetándole dulcemente por un brazo, una gitanilla adornada de modo típico y pintoresco:

     -¡Por los sacais de tu carita morena, salao, que entres en mi ermitica y que cates mis buñuelos!

     -¡Vamos, déjanos pasar, Caramelito!

     -Quita y no seas tú nunca guasón, ¡güen mozo!

     -No, mujer; si es que a nosotros se nos agria la masa frita.

     -Por eso no lo hagas tu, que tenemos nosotras un aguardiente que cura jasta la cangrena. Vamos, hombre, entra ya y no seas roñoso. ¿No estás viendo que a tu mujer se les están jaciendo tarpes los piños por catar los de mis sartenes?

     Carmen y el Tulipa sonrieron; en las mejillas de aquélla parecía pronta a saltar la sangre.

     -Esta niña no es mi mujer, Caramelito.

     -Pus peor pa dambos, poique ni tú podrías encontrar gachí más requetegraciosa ni ella mocito más juncal ni más pinturero.



     -¡Dios te lo pague, mujer; y vamos pa allá, que me has jurgao en er corazón!

     -Gracias a un divé, salao; que ganarte a ti es más dificurtoso que tomar una trinchera.

     Y Caramelito se apresuró a conducir triunfante su presa al interior de la ahumada buñolería.

....................

     Dado que hubieron fin a la buñolada con el más prosaico apetito del mundo, salieron tío y sobrina de la tienda, coreados por los requiebros del alegre bandurrio de gitanas, y cuando llegaron a su casa, díjole la señora Frasquita a Carmen, no sin haber cambiado con ella previamente una rociada de besos:

     -Vamos a ver: ¿cómo se ha portao contigo esta noche tu caballero?

     -¡Superior; pero que superiorísimamente!

     Aquella noche se durmieron muy tarde Carmen y la señora Franquista. Cuando aquélla se hubo desnudado, fuese a la cama de su abuela, situada casi junto a la suya, sentóse a sus pies, con las rodillas casi debajo de la barba, y luciendo a la medrosa luz de una mariposa el principio del aterciopelado seno y los brazos redondos, oscurecidos por un vello suavísimo, exclamó, contestando a una pregunta que su abuela acababa de hacerle:

     -¡Calle usté, agüelita, calle usté! No puée usté figurarse cómo esta la Pelirrubia por Manolo. Está loca, ¡pero que loca de remate!

     -Eso dice toíto er mundo.

     -¡Pos es natural! ¡Como que ella lo pregona como quien pregona jureles!

     -¿Y qué ha sío eso der Cositas con que te ha venío embromando Manué?

     -Pos na, que como Manué, al llegar a la casa, me sortó como quien suerta un paquete, y al llegar el Cositas la única que no tenía un hombre a la vera era yo.... pos, naturalmente, pegó la hebra conmigo.

    -Pos no es esaborío der to ese chavalete.

     -¿Le conoce usté, agüelita?

    -¡Ya lo creo que le conozco!

     -Y no es feo der to. ¿Verdá que no es feo?

     -¡Qué ha de ser feo! Y además de no ser feo, que tiée muchísimo ángel y muchísimo rocío.

     Cuando Carmen, después de contarle a la señora Frasquita todos los detalles del paseo, se metió en su cama y empezó a sentir ungidos sus párpados por el sueño, dos figuras albergáronse en su imaginación: la de Manuel, que llenábasela casi toda con sus viriles arrogancias, y la del Cositas, que, casi perdido en una misteriosa penumbra, repetíale con voz dulce y querellosa:

     -¡Yo ya la tengo a usté pa siempre, pero que pa siempre, dentro de mí como un ramito de flores!



ArribaAbajo

- VI -

     Cuando Manuel y Carmen se fueron de casa del Llerena, dijo el Betunes, con ponderativo acento:

     -La verdá es que está la chavala que embiste de rebonita.

     -Pos a mí me parece -exclamó la Mendruguito- que esa niña está pidiendo a voces una mano de albayalde y tres palmos más de estatura.

     -¡Pos pía usté algo, chavó! ¿Por qué no pie usté que la bañen en zargatona? -dijo zumbonamente el Cositas.

     -Hombre, yo creo que no he peío na fuera de su lugar; pero si es que a usté le ha dolío, pos usté disimule, caballero.

     -¿Y quién te mete a ti en camisa de once varas? -díjole a la Mendruguito su madre, mirándola de modo capaz de intimidar a un centinela.

     -Vamos, que yo con lo que he dicho no le he cuarteao a nadie un tabique; que eso será que le habrá cogío al Cositas el cuerpo de mala postura.



     -Eso será; que le habrá cogío en mala postura el cuerpo -repitió zumbonamente Antoñito el Madroñera.

     El Cositas, que habíase puesto pálido, acercóse a aquél y le preguntó con acento trémulo:

     -¿Usté también es de los que creen que me ha cogío el cuerpo en mala postura?

     El Madroñero adivinó un enganche inmediato en los ojos del Cositas, pero como no era hombre a quien se le cortara fácilmente el resuello, le repuso en tono de queda:

     -Hombre, yo no creo más que en Dios y que en su Santísima Madre.

     -¡Vamos, caballeros, esto ya se arremató! -dijo el Llerena, llevándose a otro de los extremos del patio al Cositas.

     Cuando éste llegó a su casa aquella noche, preguntóle su hermana, al verle más taciturno que de costumbre:

     -¿Qué te pasa a ti esta noche, niño, que parece que has tenío que hipotecar una finca?

     -¡Cállate, mujer; tú no sabes! Es que esta noche me he trompezao en ca del Llerena con una gachí que me ha quitao toítas las tapaeras der sentío.

     -¿Y quién ha sío ésa que se ha cargao contigo tan remalita faena?

     -Una pariente de un tal Manuel el Tulipa.

     -¡Ah, pues a ésa la debe conocer madre mucho, porque conoce muchísimo a su abuela!

     El Cositas apenas si pudo conciliar el sueño durante toda la noche, y apenas hubo vuelto Dios a echar sus luces sobre la tierra, arrojóse nuestro héroe de la cama y, entreabriendo la puerta de su cuarto, asomóse al corredor y dejó escapar un prolongado silbido.

     -¡Pos no has madrugao tú mucho, niño! -exclamó, abriendo la puerta con el abdomen y penetrando en la sala, la señora Malena la Quejumbrosa.

     -Como que no he dormío cuasi, y ojito de la cara hubiera dao yo porque hoy amaneciera más temprano.

     -¿Y eso por qué?

     -Porque estaba rabiando por echar con usté un ratico de palique.

     La señora Malena, que ya tenía noticias por Rosario de la impresión que cansara en el corazón de su hijo la agitanada hermosura de Carmen, díjole, después de haber contestado a sus inacabables preguntas:

     -¡Vaya, hombre, vaya! ¡Quién pensara que te diba a meter a ti en el casillero la sobrina del Tulipa!

     -¡Calle usté, madre, que esa gachí debe ser toa liria y toa goma laca! ¡Como que desde que la vi la tengo der to, pero que der to, pegaíta a mi pensamiento!

     Una hora después salía el Cositas de su casa poniendo cátedra de limpio y de pinturero con un traje de algo achulado corte, pavero gris, cuello bajo de piqué, sujeto por un pasador de oro, y pulidos brodequines.

     -¿Vas de boda? -preguntóle al verle pasar por delante de su barbería el Pollo de la Sultana.

     Detúvose el Cositas junto al Pollo y le dijo, al par que se ponía de un choclazo en la coronilla el sombrero:

     -Voy a ver si consigo jacerle catite el corazón a la gachí más regraciosa y más rebonita que cimbra el talle desde aquí jasta el Torcal de Antequera.

     -Pos pa eso sa menester que yo te dé una miajita de pomá de rosa en er pelo.

     -Pos más vivo -exclamó el Cositas-; que hoy quisiera yo ser, como dice la copla:

                     «... Un gachó
más redurce que un panal
y más rumboso que er sol
y más rico que la mar.»


ArribaAbajo

- VII -

     Cuando el Tulipa se sentó a la mesa en unión de su madre y de su sobrina, díjole a ésta en tono de cariñoso reproche:

     -¿Sabe tú, nena, que va a ser menester lucirte a ti más menos que se luce un relicario?

     -¿Y eso por qué? -preguntóle la vieja, a la vez que Carmen hacía un gesto de asombro.

     Manuel apuró una copa de amontillado, y después de secarse pulcramente la boca con una blanquísima servilleta, repuso, encarándose con la muchacha:

     -Porque eres una ruina, chavó; porque la otra noche por poquito si por mo de ti se arma la de Dios es Cristo en ca de mi compadre, entre el Cositas y Antoñico el Madroñera.

     -Pero ¿eso cómo? ¿Y por qué? -preguntóle algo inquieta la muchacha.

     -Pus porque, según me han contao, cuando nosotros nos vinimos, la Mendruguito, que estaba chingaíta de muerte porque el Cositas se había amartelao contigo, al ver que te piropeaba el Betunes, encomenzó a blanquearte el perfil y a aumentarte la estatura.

     -¡Qué lástima, hombre, qué lastima! ¡Como ella es tan regraciosa! ¡Pos si tiée una nariz que es un sacatapón y dos pinreles que son dos tronchos de coles!

     -Pos bien: a pesar de to eso, empezó a peir que te echaran tapas y medias suelas; y el Cositas, a quien sin duda no le supo la cosa a merengue, le sortó una chufla, y Antoñico el Madroñera, al que le gusta la Mendruguito más que un flan, le sortó al Cositas otra chufla; y er Cositas, que, sigún parece, tiée pórvora en la sangre, se fue pa el otro con las de Caín, y total, que si no se armó fue porque mi compadre, que es un vivo, metió el capote y le quitó el bicho al Madroñera.

     Carmen, que había escuchado a Manuel, disimulando su complacencia, exclamó como si se sintiera profundamente contrariada:

     -Pus por la salú mía que lo siento; pero ¿quién le manda ser tan desigente a Pepa la Mendruguito?

     Media hora más tarde, cuando ya entreteníase en acicalarse el Tulipa en su cuarto, penetró en él su madre y díjole, sentándose en el borde de la cama:

     -Vengo a que platiquemos de una cosa mu formal tan y mientras está la niña en el patio regando las macetas.

     -¿Y qué cosa es ésa de que tenemos que platicar nosotros?

     -Pos de la niña es de quien yo quiero que platiquemos.

     -¿Y qué le pasa a la niña? ¿Es que se le está cayendo el dorao?

     -No, señó; sino que, según parece, al Cositas le ha entrao el querer por tos sus poros, y desde la noche en que vio a la niña en ca del Llerena, no se asepara de este aguaero ni pa vestirse de limpio.

     -¿Y qué dice a eso la Moruchita?

     -Ella, pos na. Pos si ni se acuerda cuasi en to el día de que el gachó está patrullando en la calle más que en las carreteras los civiles.

     -Pos mejor; ya se cansará y agüaecará el ala ese mozo.

     -¡Ca! ¡Cansarse! Y no te creas tú que el mocito es de los que se duermen, que a estas horas tiée Carmen ya en su poder una carta mu requetebién escrita, en la que, le píe fasta por la Virgen de la Pena que le premita platicar manque no sea más que un minuto, con ella, por la ventana.

     -¿Y ella qué le ha respondío? -preguntóle Manuel a su madre con inquieta expresión.

     -Pos ella no le ha contestao na entoavía, porque no ha querío hacer na sin que tú le refrendes el pasaporte.

     -¡Ah, ya! -exclamó Manuel, respirando a pleno pulmón.

     -Pos sí, señor, eso es lo que hay -continuó la vieja, clavando sus ojos en los de su hijo-. Y como la cosa, si no es una cuenta en el Banco, tampoco es un puñao de higos brevales, y el Cositas parece que le tiée voluntá, y además la mujer que se case con él no tendría que ayunar más que en vigilia...

     -Pero qué priesa que le ha entrao a usté de pronto por casar a la Moruchita.

     -Es que la Moruchita es ya una mujer hecha y derecha, y además lo que se llama una mujer de su casa, porque lo mismo te borda que te cose, que te plancha, que te barre, que te friega y que te espuma el puchero.

     -Si yo no digo que no sea asín; si lo que yo digo es que eso de casarse no es puñalá de pícaro, ni muchísimo menos.

     -Es que yo ya estoy mu vieja, Manué, y que el día menos pensao tocó la corneta y me voy al otro barrio. Y er día que eso pase, ¿me quiées decir tú qué va a ser de la Moruchita?

     -¿Pos qué va a ser de ella sino lo que sea de mí? -exclamó Manuel en tono de ardentísima protesta.

     -No me has entendío; eso que tú dices me lo sé yo a clavito pasao; pero es que sa menester que te fijes en que tú no tiées más que cuarenta años y en que la Moruchita tiée ya dieciocho, y que si sus quedarais solos, pos la gente echaría el juicio a volar y...

     -Sí..., eso sí -dijo el Tulipa interrumpiendo bruscamente a su madre-; es verdá to eso que usté dice. Pero -continuó tras algunos instantes de meditación- si eso pasara, que Dios no quiera que pase, ya veríamos de arreglar la cosa, porque con mandar a la Moruchita a vivir con su prima Mercedes, pos na, se acabaron las habladurías.

     -Pus pa eso muchísimo mejor es que se case, si es que encuentra un hombre que le ponga dulce el paladar a la muchacha.

     Manuel quedó silencioso; la idea de perder la Moruchita le espoleaba el corazón, pero también le asustaba pensar en otras cosas. Para él no era un secreto el propósito que misteriosa y casi inconscientemente acariciaba su madre, como tampoco lo era la inclinación que por él empezaba a sentir la Morucha; pero la Morucha era un amanecer, y él, en cambio, estaba ya entre dos luces, y cuando ella estuviera en todo el esplendor de hermosura, él estaría ya llorando y gimiendo por sus pasadas gallardías.

     -Vamos, hombre -díjole su madre interrumpiendo sus cavilaciones-, ¿qué te parece a ti lo que yo te digo?

     -Pos na, que tiée usté muchísima razón en toíto lo que dice -repúsole Manuel con sordo, con irritado acento.

     -¿Entonces no te parece a ti mal que se le ponga el visto bueno a las pretensiones del Cositas?

Tornó a quedar silencioso Manuel; dolíale mucho poner aquel visto bueno; oponíase tenazmente a que lo hiciera algo que se le debatía aún sin contornos y aún sin relieves precisos en el corazón; pero como no era cosa de dar la callada por respuesta.

     -Pos bien -dijo, por fin, con voz sombría-: ¡se le pondrá el visto bueno!

     -Y oye tú: ¿si el muchacho apretara y quisiera casarse pronto?

     -Pos si el muchacho apretara y quisiera casarse pronto..., pos na..., se le encarga que avise con tiempo pa que se le puea dar bien de barniz a la camita camera.

     Y esto lo dijo Manuel como si estuviera apuñalándose el corazón con sus palabras; y todavía no había acabado de decirlo, cuando le hizo volver el rostro, lleno de inquietud y de zozobra, un sordo ruido que acababa de resonar tras la entornada puerta, algo semejante a un sollozo estrangulado al nacer por una voluntad poderosa, por una voluntad firmísima, por una voluntad de acero.



ArribaAbajo

- VIII -



     El Cositas sentíase ebrio de alegría desde que recibiera la carta de Carmen; y cuando llegó ante la ventana, cuando vio brillar los ojos negros de aquélla entre los verdes matujos y las cárdenas campanillas de las enredaderas; cuando la divisó con la tez encendida, el pelo graciosamente recogido, contorneando el seno arrogante y juvenil por un pañuelo de crespón, cuyos flecos fingían hilos de sangre sobre el blanquísimo delantal; cuando llegó frente a la que en tan pocos días habíase hecho dueña absoluta de todo su ser, una turbación extraña se apoderó de su corazón, y

     -Güenas noches -murmuró trémulo y balbuciente.

     -Güenas noches -repúsole Carmen con voz en que la burla parecía haber encontrado su más cadencioso refugio.

     Cuando una hora después úbose alejado el Cositas, quedóse Carmen en la ventana abismada en profundas meditaciones: el Cositas no le era más que simpático; a su lado no sentía ella aquel languidecer dulcísimo, aquel aflojamiento de coyunturas, aquel arder de la sangre que sentía cada vez que Manuel posaba en ella su mirada llena de voluptuosidades y cansancios; pero Manuel habíale dado a beber hieles aquella mañana al ponerle el visto bueno a las pretensiones del Cositas, y esto no se lo perdonaría ella nunca, aunque bien sabía que aquello habíalo hecho él pisándose las entrañas, porque a clavito pasado ella sabía que Manolo peleaba desesperadamente por no dar a torcer su brazo, y jamás se le borraba a ella de la imaginación la cara pálida, el mirar de fiera sedienta y suplicante con que la contemplara una vez en quel protegido por la casualidad, hubo de sorprenderla desnudos algunos de sus virginales hechizos, expresión que no pasó para ella inadvertida, no obstante las hondísimas turbaciones del momento.

     Aquella noche, al bajar a la ventana, dolíale todavía el corazón acordándose de la no vencida entereza de su pariente, y en vano la envolvió el Cositas en una ola de requiebros y arrullos vehementísimos y apasionados; ella, a su conjuro, sentíase no conmovida y sí solamente acariciada en su vanidad; y cuando aquél, rendido y querelloso, suplicábale una frase decisiva que le llenara el corazón de hojas y flores, respondíale ella con acento frío y desmayado:

     -Hombre, no sea usté súpito, que no se ganó Zamora en una hora.

     Cuando se alejó el Cositas quedóse ella en la ventana -repetimos- con la cabeza apoyada en los cristales; la luz del cercano mechero dábale misteriosa tonalidad a sus ojos ardientes y soñadores.

     Poco a poco fue quedando la calle, desierta y silenciosa; vecinas y vecinos empezaron a retirarse a sus respectivas viviendas; el señor Juan el Cerote dormitaba en el umbral de su casa, acariciando sobre sus rodillas un perrillo de pelo rizado y ojos lacrimosos, Candelaria la Carambuco despedíase en la puerta de la suya de Tovalo el Naíta; el sereno, que había colocado el farol en el suelo, departía amigablemente, apoyándose en el chuzo, con el tendero de la esquina.

     Dieron las doce en el reloj de la cercana iglesia y arrancó el sereno a su silbato una a modo de lúgubre y prolongadísima lamentación.

     Ya se disponía Carmen a subir a despertar a su abuela, cuando un hombre se detuvo delante de la ventana diciendo:

     -¿No hay aquí un alma caritativa que le dé lo que le jace falta a un pobre desamparao?

     Carmen reconoció al punto a Manuel, y:

     -Usté perdone, hermanito -repúsole sonriendo llena de jovialidad-; pero to lo que tenía se lo he dao a otro probe que también lo necesitaba.

     Manuel quedóse un tantico desconcertado; habíase creído encontrar a la Moruchita llena de rabia y de pena, y al notar la placidez de su rostro y el timbre risueño de su voz:

     -Pos entonces ábreme la puerta -le dijo con acento desabrido.

     -¿Y cómo es eso de que tú te recojas a la hora en que se recogen los palomos? ¿Es que no has estao esta noche en ca del Llerena?

     -Sí que he estao en ca del Llerena; por cierto que estamos convidados a dir mañana con ellos a dar un paseo al lagarillo del Ventolina.

     -¡Pos iremos! Digo, si es que tu quieres llevarme.

     -¿Y qué va a decir el Cositas si viene y se encuentra sin su tesoro?

     -Ya le mandaré yo un recao al Cositas.

     Manuel penetró en la casa y empezó a subir las escaleras detrás de la Morucha, que le precedía con el velón en la mano; seguíala contemplando con voluptuoso deleite su cuerpo gallardo y elástico, la curva de su cadera, redonda y fuerte; los remolinos de pelo que se le rizaban sobre la nuca, y contemplando aquellos encantos empezó a sentir cómo su sangre golpeábale en las sienes con acelerado ritmo... Sintió como si una mano invisible y poderosa le empujara hacia Carmen para que besara aquellos rizos lucientes que se le arremolinaban sobre el cuello..., aquellos hombros de espléndida curvatura...

     -¿Qué te pasa? -preguntóle aquélla, volviéndose de pronto, como si hubiera creído sentir tras ella el jadear de una fiera embravecida.

     -¡Na! ¿Qué quiées que me pase? Na me pasa -repúsole Manuel, imponiéndose de modo brioso a sus sentidos exaltados.

     Carmen, que habíase puesto pálida, siguió escaleras arriba, lenta, muy lentamente, mientras aquél murmuraba con acento ronco y reconcentrado:

     «Pos, señor, me está dando el corazón que me va a venir larga, mu larga, pero que mu larga, la Niña de Terciopelo.»



ArribaAbajo

- IX -

     La tarde era un derroche de luz; lucían el horizonte su azul más intenso; el ambiente, su más límpida transparencia; el campo, sus más bellos matices.

     Casi todos nuestros conocidos discurrían, unos alegres y decidores, y otros tristes y malhumorados, por una de las pintorescas cañadas del lagar del Ventolina, que destácase sobre una cumbre, blanco y riente, entre sombrosas acacias y copudos algarrobos.

     Carmen, vestida con una falda de coco, tan dúctil que delataba la redondez de su pierna escultural; una chaquetilla blanca adornada de amplísimos encajes; terciado al hombro, a guisa de capote de paseo, un pañuelo de crespón finísimo; casi del todo cubierto de flores silvestres el pelo, que se le emancipaba indomable de las doradas horquillas y de las vistosas agujetas; de pie sobre una roca en uno de los más peligrosos declives, llamaba en su ayuda al Cositas, que trepaba hacia ella con agilidad de acróbata.

     Clotilde y el Llerena, en recatada actitud ella, y él como si pretendiera tomar posesión de la finca toda con sus cuatro extremidades, descansaban al sombroso amparo de unos almendros, mientras la Pelirrubia asediaba incansable con sus intencionados decires a Manuel, que entreteníase en puntear en la guitarra unas melancólicas soleares, sin tener ojos más que para espiar a la Moruchita, ni cejas más que para fruncirlas cada vez que aquélla tenía una frase amable o una amable sonrisa para su gentil enamorado.

     -Pero ¿se puée saber qué es lo que a usté le pasa esta tarde? -preguntóle la Pelirrubia, ya sentida de lo inútil de sus amantísimas provocaciones.

     Manuel se hizo el sordo; era aquélla la centésima vez que le preguntaba lo mismo. Remedios no insistió, mordióse los labios y se alejó de él casi con las lágrimas en los ojos.

     -¿Qué es eso? ¿Se ha desazonao usté con Manuel? -preguntóle el Cositas, que acababa de dejar en sitio seguro a Carmen.

     -¿Yo? ¡Ca! Yo no me desazono con nadie; es que Manuel está hoy mu malito, y es que debe haberle picao la tarántula, y como yo no soy el médico de su gusto..., pos velay usté.

     Y al decir esto la Pelirrubia, se posaron sus ojos celosos y amenazadores en los de la Moruchita.

     -¡Pos me parece a mí -dijo ésta- que el mejor médico de Manué lo tiée usté metío entre sus párpados, señora!

     -Me da a mí el corazón que no; que usté es la que tiée en su mano la medicina y los dortores.

     -¡Ah, pos si es como usté dice voy correndito a ponerlo en cura!

     Y dicho esto, salió disparada hacia donde el Tulipa seguía tocando soleares; llegó junto a él, dejóse caer a su lado jadeante, y díjole con voz entrecortada por la fatiga:

     -Oye, tú, ¿qué te pasa a ti hoy, que dice la Pelirrubia que estás la mar de malito?

     Manuel clavó sus ojos negros, llenos de pesadumbres y reproches, en los de la Moruchita.

     -Remedios está en el limbo, como los niños llorones -le repuso, sonriendo amargamente.

     Carmen le miró con interrogadora fijeza, y

     -Vamos, dime lo que tiées y no seas tú nunca tonto perdío -díjole con voz dulce y hondísima, al par que dejaba que se le asomara la verdad, la apasionada verdad, a los hermosísimos ojos.

     Manuel la contempló como si quisiera beber con los suyos toda la ardiente ternura de los de la Moruchita, y sus manos quedáronse como dormidas sobre el cordaje de la guitarra.

     -¿No es verdá que parecen mismamente dos enamoraos? -preguntóle al Cositas la Pelirrubia, con acento incisivo.

     Estremecióse el Cositas; tenía razón la Pelirrubia: Carmen y su pariente parecían dos enamorados.

     -Pos es verdá -dijo pretendiendo en vano sonreír-; mismamente parecen lo que usté dice.

     -El que quiera merendar, que se venga con nosotros -gritó en aquel momento Clotilde, que empezaba a sacar de una cesta lo suficiente para que pudieran todos satisfacer su apetito.

     La merienda fue silenciosa, sólo el Llerena y Clotilde demostraron una vez más su amor a la gandalla. El Cositas, que habíase tornado sombrío, amenazaba con dejarlos a todos sin catar el contenido de la bota.

     -Hombre, tome usté resuello -díjole Manuel-; que si sigue usté asín, vamos a tener que llevámolo a usté tendío en unas parihuelas.

     Revolvióse iracundo el Cositas, y

     -¿Es que quiée usté también pa usté hasta el solera, compadre? -preguntóle con agresivo acento.

     Manuel le miró como sorprendido, y

     -Por mí, puée usté beber hasta que a San Juan le dé hipo -repuso, encogiéndose de hombros.

     Cuando la merienda hubo terminado:

     -Ahora, pa desengrasar -dijo el Llerena-, vamos a que toque el Cositas y a que Carmen se cante unas murcianas, que se las canta que ni la Niña de los Claveles.

     -¿Y quién le ha dicho a usté que yo canto?

     -Vamos, coja usté ya la guitarra -dijo la Pecosa al Cositas.

     -Este, que apenas si podía guardar del todo el equilibrio, y que se había dedicado a mirar de modo casi trágico, ora a Manuel, ora a Carmen, cogió la guitarra y balbució al par que daba comienzo a templarla de modo habilísimo, como siempre:

     -Güeno, tocaré; pero con la condición de que cante la Niña de Terciopelo.

     -Usté disimule; pero no puée ser eso -repúsole ésta con acento desdeñoso.

     -¡Vamos, mujer, una copla tan siquiera! Sea usté complaciente -díjole con sorna la Pelirrubia.

     -¡Verán ustés como canta! -exclamó el Cositas; y dirigiéndose a Manuel, continuó-: Usté, que to lo puée con la Niña, píale usté que cante, hombre; píaselo usté, que seguramente lo hará si es usté el que se lo píe.

     Manuel se encogió de hombros, y:

     -Güeno, se lo peiré, pa que por mí no quede -dijo-; pero me parece a mí que nanai, que manque se lo pía yo no canta tampoco, ¿verdá que no, Moruchita?

     Esta arrojó sobre su pariente una mirada que, a haberla puesto en el tocador, hubiera hecho perder a éste el punteado, y aprovechando la primera entrada que éste le ofreciera, cantó:

                     «Dambos el uno del otro
tenemos que ser, serrano;
ni que tiremos pa arriba,
ni que tiremos pa abajo.»

     No obstante lo maravillosamente que fue cantada la copla, no correspondió el éxito al mérito de la cantadora.

     Manuel sentíase ebrio de orgullo y correspondía a las miradas de la Niña con las suyas, ya rudas y descaradamente apasionadas.

     El Cositas tenía cara de muerto; sus manos se crispaban sobre el mástil arrancando a las cuerdas notas ásperas y chillonas, y levantándose lentamente, se acercó también lentamente a la Moruchita y díjole con voz en que parecía vibrar una amenaza de muerte:

     -Ahora otra copla por mí, ¿sabe usté? Por mí y pa mí. ¡Pero que pa mí solito!

     -¿Yo? ¡Ca, no, señó! Yo no canto ya más ni manque me lo pía usté vestío de Nazareno.

     Algo brutal, algo terrible resbaló por los ojos del tocador, que, embriagado por el vino y por los celos que se le retorcían como serpientes en el corazón, como arrebatado por una ráfaga de locura, avanzó, lívido y descompuesto, hacia Carmen, enarbolando a guisa de martillo la reluciente guitarra.

     -¿Qué es eso? -rugió el Tulipa.

     Y momentos después caía rodando el Cositas en el arroyo, no sin que la precediera, hecha pedazos, la guitarra, en cuyo mástil hacía ondular la brisa de la tarde la moña de raso orlada de múltiples cintas de vistosísimos colores.



ArribaAbajo

- X -

     Abrió Carmen el balcón de par en par y penetró por él en la estancia, una ola de vida; el sol llegó victorioso hasta el lecho en que yacía Manuel pálido, demacrado, con la barba casi del todo crecida y en actitud melancólica y pensadora.

     Manuel parpadeó medrosamente al sentir heridos sus ojos por el radiante resplandor del día, y pareció percibir como embebecido los rumores de la calle, el chillar de los chiquillos, el pregonar de los vendedores ambulantes y el charlar de los vecinos, y posando sus ojos hundidos y melancólicos en la Moruchita, que le contemplaba a su vez con inefable ternura, exclamó con voz débil:

     -Gracias a un divé, niña, que me ha güerto a dar el sol en la cara.

     -Pos aprovecha, porque en cuantito pase un rato ya estoy yo cerrando el balcón; que aquí ahora no es nadie más que el médico el que manda.

     -Hijo, tu compadre, que acaba de pasar por la puerta, dice que va a llegarse a la esquina y que vendrá juyendito -dijo en aquel momento, penetrando en la sala, la señora Frasquita.

     -Ese es de los amigos de chipé, de los de oro de ley.

     -Mira, Manué, que no te conviene tanto sol, porque con tantísimo sol se ve to lo feísimo que te has quedao.

     -Pos a pesar de lo feo que me he quedao, no me fartará quien me quiera, ¿verdá, Moruchita?

     -¡Y qué sé yo! Por más que ahora caigo en que tú dirás eso por la Pelirrubia.

     Manuel hizo un gesto de hastío, y:

     -Déjame a mí de pelirrubias, que bastante tengo yo ya con mi pelinegra, serrana.

     Carmen le contempló pensativa; parecíale un sueño lo ocurrido, un sueño abrumador y terrible, una trágica pesadilla de treinta días mortales, y temblaba al recordar la noche aquella en que llevaran ensangrentado a Manuel a la casa, víctima de la venganza del Cositas, de aquel Cositas que de modo tan poco valeroso habíale asestado a su rival tan tremenda puñalada.

     Carmen no había vivido durante aquellos días de horribles temores, abrumada flor el arrepentimiento al reconocerse causa de aquella casi traición de su rencoroso enamorado, sin que hubiera conseguido serenar un punto su espíritu hasta la noche aquella en que al enjugar el copioso sudor de la frente al herido, éste, lívido y delirante, entreabrió penosamente los ojos, púsolos en ella con aterradora inconsciencia, y después, como si de pronto iluminara su cerebro un chispazo de luz, llenóse de lucidez su mirada, y procurando en vano sonreír, díjole con voz doliente y suplicante:

     -Si no quieres que me muera, dame un beso, Moruchita.

     Carmen gozaba recordando cómo bebiera las palabras del herido; cómo, en el alma agonizándole de amor, acercó su semblante al de aquél hasta soldar casi sus labios a los suyos, y cómo le preguntó con acento empapado en lágrimas y estallante de pena:

     -¿Me perdonas, Manuel? ¿Es verdá que tú me perdonas?

     Desde aquella noche habíase iniciado la mejoría en el paciente, el que en el momento en que lo volvemos a sacar a relucir veíalo todo como si su ser acabara de resurgir de nuevo a la vida.

     -¿Te sientes bien der to, hijo mío? -preguntóle su madre, al par que le arreglaba las almohadas.

     -Mejor que nunca; lo que me pasa es que me parece que yo ya no soy el mismo que era; que me ha vuelto al revés la puñalá del Cositas. Y oye tú, a propósito, ¿es verdá que se ha dío ar moro el Cositas?

     -¡Eso dicen!

     -Pos me alegro; asín puée ser que argún día me lo trompiece yo cara a cara.

     Y al decir esto le brillaron a Manuel los ojos rencorosos y sombríos, y sus dedos se crisparon sobre la blanca cobertura.

     En tanto que madre e hijo hablaban, habíase dedicado la Moruchita a trasladar al balcón algunas macetas de geranios y claveles, y colocádolas que hubo, dirigióse al Tulipa, diciendole al par que le sonreía llena de gozo:

     -Ya ves que te estoy poniendo la sala mismamente como si fuera una jaula de ruiseñores.

     -Otra cosa, y no macetas, es lo que yo necesito.

     -¿Y qué cosa es esa? -preguntóle su madre con maliciosa expresión.

     Manuel quedóse mirando como tonto a la Moruchita, y:

     -Pos lo que yo necesito es un bársamo que me tiée que dar la Moruchita en su mismísima boca granate endispués de que nos diga lo que le dé la repotente gana de decirnos el cura de la parroquia.

     Carmen se puso encendida, y para ocultar sus emociones se dirigió al balcón, echóse de pecho sobre el barandal, y dejó escapar un suspiro, que ahogó, con su voz quejumbrosa y de gratísimo timbre, Pipiricuando el florero, que, parado en una de las esquinas, al brazo una enorme cesta de flores de tonos vivísimos, y con la mano a modo de tornavoz en un carrillo, canturreaba:

                     «Niñas bonitas, niñas serranas,
yo traigo flores tempranas
pajizas y carmesíes;
yo traigo las rosas finas,
claveles y clavellinas
y ramitos de alhelíes.»
Arriba