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La rosa encantada

Manuel Ugarte





Cuando oigo el lejano gorjeo de un piano que preludia amores de una primavera, me parece escuchar el relato de una historia. Las historias comienzan también, como las serenatas, con un arrobamiento de pasión y terminan con el tañido de una campana llamando a muerto.

En las horas vacías de la noche, cuando el invierno llora sobre París sus lágrimas blancas, es muy hermoso ceder a la imaginación y volver a pajarear por los campos del pasado. La ventana no deja ver, tras los vidrios goteados de nieve, más que una calle obscura, raspada de tiempo en tiempo por los fiacres, y un grupo de transeúntes retardados, que se deslizan, bordeando los muros. Sólo enfrente, en la buharda de un edificio gris, distingo la silueta de una mujer joven que activa su labor, hundiendo la aguja, bajo una luz que parpadea.

La noche infiltra en el alma las más hondas inquietudes, los recuerdos cascabelean, como labios que hicieron vibrar gritos de angustia, un escalofrío de imposible relampaguea sobre las espaldas.

Estoy solo. La mesa de trabajo se destaca en medio del aposento obscuro, bañada por la luz que se abre en abanico bajo la pantalla de la lámpara. El humo de la pipa se desvanece a medida que se aleja, como un recuerdo de amistad. Me paseo lentamente y mi cuerpo proyecta sobre el muro grandes sombras extrañas, que gesticulan. El silencio me ahoga.

Sobre la mesa yace una rosa de Sion que cogí hoy por la tarde, en un cortijo abandonado, al regresar por el camino de Joinville. El rosal se alzaba orgulloso, pero la rosa se asomaba por sobre la tapia, como una mujer infiel, ofreciendo un beso al caminante. No sé qué misterio encerraba esa flor, pero me ha hecho temblar.

Las calles estaban desiertas, la nieve caía en grandes copos blancos y en la buharda de enfrente la obrera continuaba su labor, empujada por el hambre.

Creí escuchar una canción vaga.

Eran ecos tenues que no partían de ningún sitio y se hacían oír en todos. Las puertas estaban cerradas; la calle, en silencio; yo, solo.

Algo absurdo comenzó a rodar en mi cabeza. Me volví instintivamente, como si adivinara la presencia de alguien. Busqué con los ojos...

La rosa había cambiado de color.

Me acerqué; pero antes de que alcanzara a tocarla, los pétalos se desprendieron y se transformaron en mariposas doradas que revolotearon bajo el techo.

Eran los heraldos de la Felicidad, que rompían su encantamiento para ir a consolar a los tristes de la tierra. Todas esas mariposas eran mensajeras de una ilusión. Estuve a punto de ser egoísta y retenerlas todas; pero una fuerza desconocida me obligó a abrir la ventana. Las mariposas se precipitaron en tumulto bajo la nieve; luego salpicaron la calle, buscando rumbo. Y la más pequeña penetró en la buharda de la costurera por el agujero de un vidrio roto. ¿Qué la dijo al oído?

Debió ser una promesa muy dulce, porque ella sonrió, abandonó su labor, escribió rápidamente una carta y se acicaló con sus mejores prendas. Luego apagó la luz y abrió la ventana. ¿Tenía una cita?

Al día siguiente, cuando me levanté, las calles, todavía solitarias, estaban cubiertas de nieve. Junto al edificio gris, sobre la acera, yacía un cuerpo humano. Un presentimiento me sacudió, bajé... y ayudé a levantar el cuerpo de la obrera, convertido en un montón informe de carnes desgarradas y trapos sucios. Sobre la nieve brillaba un charco de sangre, y sobre la sangre flotaba la mariposa de oro que había llevado a un desgraciado la felicidad de morir: el suicidio.

Cuando, algunas horas después, la autoridad dispuso su entierro en un cementerio de arrabal, yo me encontré solo detrás del carro fúnebre. Atravesamos las calles y las plazas, entre una multitud indiferente. La muerte tiene también sus harapos, como la vida. ¿Quién ensaya una frase o una mirada de compasión, ante un muerto que no va en carroza?

La tumba fue un agujero cavado en la tierra húmeda, y la nieve cayó en copos lentos sobre el féretro antes que pudiéramos rellenar el hoyo. Hacía mucho frío. Los sepultureros me pidieron cuatro sueldos para encender las pipas.

Cuando salí del cementerio me asombró que los cafés estuvieran llenos de gente alegre. Una murga tocaba al volver la esquina. Una mujer me rozó al pasar, diciendo un precio. El regocijo de los rostros me pareció una mueca criminal. Sordos gritos de dolor me subieron a la garganta, como vahos de licor fuerte. Creí que todas las manos estaban teñidas en sangre... Y me interné por calles solitarias, con los ojos bien abiertos, como un sonámbulo...





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