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La torre de la doncella

Víctor Balaguer i Cirera





[...] Sonreía el alba de una hermosa y fresca mañana de 1027.

Las canoras avecillas abandonaban alegres sus nidos ocultos en el follaje, y piaban dulcemente batiendo sus —216— alas de colores y saludando, al día que se anunciaba con las anchas y vistosas franjas de púrpura que cruzaban el azul del cielo; las flores se balanceaban sobre sus tallos al peso de las perlas que las había regalado el matinal rocío; los árboles susurraban melancólicamente al soplo de la brisa que cantaba amores en la enramada; todo cobraba vida y movimiento a la primera sonrisa de aquel bello día de mayo.

Hacía ya largo rato que el muezzin1 de lo alto de la almenaira2 había dejado oír su voz aguda indicando que era llegada la hora de la Azala Azohbi (oración del alba) a los fieles que habitaban en el castillo de Maldá. Brillaba pues ya el sol en todo su lujo y esplendor, cuando Abdala, el joven alcaide del castillo, saltó de su lecho morisco donde se tendiera en busca de algunas horas de reposo, y, abriendo las celosías, abrazó con una mirada de satisfacción aquella naturaleza hermosa y robusta que se le presentaba adornada con las más bellas galas de la estación. Largo rato pasó en contemplar las praderas, los bosques y las montañas que desde la ventana se divisaban, paseando por todos los objetos una mirada indiferente y soñadora, hasta que por fin, despertándose de la especie de mudo ensueño que le mecía, se volvió y no viendo a nadie en su aposento, coquetamente adornado a la usanza árabe, dio una palmada que produjo la presencia de un negro en la puerta de la estancia. Fue el esclavo tan rápido en presentarse, que casi se pudiera decir que había como brotado de tierra al llamamiento de su señor.

-Azuad, dijo el alcaide al negro, anuncia al nahib —217— (capitán de caballería) que quiero hablarle y prepara mi caballo y mi armadura negra.

El esclavo se dobló como un arco y desapareció con la misma rapidez que había entrado.

Pocos momentos después, el nahib estaba en la estancia de Abdala del que recibía instrucciones competentes y plenos poderes para el gobierno del castillo durante su ausencia.

En efecto, Abdala partía para una de las tan frecuentes como misteriosas excursiones que con asombro le veían emprender los habitantes del castillo. Muy a menudo veían estos al alcaide vestir una completa armadura de cristiano, calarse la visera, empuñar la lanza, y partir al trote de su alazán en dirección al Mediodía. Sus ausencias acostumbraban a durar dos días.

¿Dónde iba? ¿qué hacía? ¿qué objeto le guiaba? Esto es lo que nadie sabía ni podía averiguar.

Empero, era Abdala tan generalmente amado de los suyos por su carácter bondadoso, por su bello corazón y su valor a toda prueba, que nadie sospechaba mal de aquellas excursiones. La simple curiosidad era solo la que se despertaba con sus frecuentes ausencias.

Aquel día, después de dadas sus órdenes al nahib Abdala, como de costumbre, vistió su negra armadura de cristiano, montó en uno de esos caballos ligeros como el viento, que los árabes llamaban alfaraces, y haciéndose bajar el puente del castillo partió al galope, solo como siempre, mudo como siempre, en la dirección del Mediodía.

Abandonemos a nuestra vez también el castillo de Maldá en seguimiento de su alcaide, y satisfagamos con seguirle —218— la curiosidad que jamás los suyos satisfacer pudieron.

Digamos primero por lo que interesar pueda a nuestras lectoras, que Abdala era de una arrogante y gallarda presencia. En su rostro, a través de varoniles y pronunciados rasgos, se dibujaban las líneas más delicadas que ha impreso jamás la dulzura en un semblante. Sus ojos cuando chispeaban de cólera eran dos rayos, cuando brillaban de amor dos luceros.

En una palabra, la tradición le da por el más galán y hermoso de los donceles árabes de aquella comarca. Admitamos pues lo que nos dice la tradición. Abdala siguió su camino sin fijar la atención en los lugares pintorescos, en los sitios amenos que atravesaba. Preocupado por ideas que aherrojaban sin duda su imaginación, el joven alcaide no recreaba su vista paseándola por las praderas lujosas que a sus pies se desplegaban ni fijándola en los montes que elevaban sobre su frente sus agudos picachos. Indiferente a todo, sensible solo al secreto curso de sus reflexiones, no salía de su ensimismamiento sino cuando el paso de su caballo le indicaba que el noble animal había ya olvidado la última herida del acicate3. Entonces parecía como que despertaba de un sueño, volvía a uno y otro lado sus ojos, y animando a su alazán4 con la voz y con el hierro, volvía a proseguir rápidamente su camino.

Entretanto, el sol fue poco a poco prosiguiendo su curso y llegando a su ocaso. El crepúsculo de la tarde vino a su vez y extendió sobre todo su bello manto de ópalo. Por fin, la tenue claridad de un moribundo día empezó a luchar con las sombras que avanzaban. —219—

Fue precisamente en el instante en que el caballo de Abdala dobló el ángulo de un monte que hacía tiempo costeaba. El jinete volvió entonces a sufrir una de aquellas interrupciones en su abstracción, de que hemos hablado. Paseó los ojos por su alrededor y, enterado ya del sitio en que se encontraba, los fijó resueltamente ante sí como si buscara algo en el inmenso espacio que se desplegó a sus ojos. El agonizante crepúsculo le dio aún luz suficiente para permitirle distinguir un cerro coronado por una fortaleza en torno de la cual se agrupaban algunas casas. Satisfecho de haber hallado quizá lo que buscaba, Abdala, en lugar de apresurar como las otras veces el paso de su caballo, lo enfrenó por el contrario y soltándole la brida sobre el cuello, permitió que se adelantara pausadamente.

Las sombras fueron gradualmente extendiéndose, la noche empezó a vestirlo todo con su capa de luto. Abdala iba siguiendo pausadamente, pero muy pausadamente entonces su camino. Hacía ya más de tres horas que había cerrado completamente la noche, cuando el joven alcaide, que no estaba ya entregado a sus reflexiones, vio de pronto brotar una luz en el espacio. No era aquella luz la de una estrella, porque estaba demasiado cerca de la tierra. Abdala dio un grito de júbilo, y su caballo, como si con aquel simple grito hubiese comprendido el deseo de su dueño, se lanzó al galope sin que tuviera por esta vez necesidad del acicate. —220—

Ahora bien; aquella luz era un farol colocado en la torre del homenaje de un castillo, y el castillo en que se alzaba esta torre del homenaje era el castillo de Cardona.

Llegado a cierta distancia, Abdala se apeó, ató su caballo al tronco de una encina y empezó a trepar por el cerro en cuya cumbre se elevaba el castillo.

Acercóse en silencio a sus murallas, huyendo de la luz de la luna para no ser visto de los centinelas, cuyo paso monótono distinguía, y aproximándose a una puerta baja especie de poterna que se dibujaba en el rincón de un foso, se reclinó contra la pared y esperó, protegido de las sombras.

No esperó mucho tiempo.

Bien pronto oyó a través del maderaje de la puerta el ruido de unos pasos fugitivos y el roce de un vestido; la pesada puerta giró silenciosamente sobre sus goznes, y el moro se halló cara a cara con una mujer que por lo bella y agraciada bien podía parecerse a una de las houris5 de su mentido paraíso.

Aquella mujer, deliciosa y encantadora criatura por cierto, llevaba una lámpara en la mano, y así que vio a Abdala, se aplicó un dedo a los labios para encomendarle el silencio.

No era necesario el encargo.

Aturdido ante la peregrina visión, el moro tenía fuego en los ojos para devorarla, pero no palabras en los labios para hablarla.

Nuestra desconocida volvió a cerrar la puerta así que hubo entrado el árabe, y seguido de este atravesó un corredor, subió una escalera, cruzó una galería, y se encontraron ambos en una estancia reducida, pero alhajada6 —221— con toda la opulencia señorial de los nobles de aquel tiempo.

Allí hubieron sin duda de creerse seguros y al abrigo de toda indiscreta mirada, pues que, rompiendo el silencio y la reserva guardada hasta entonces, el árabe se adelantó y doblando una rodilla ante la simpática beldad

-¡Amaltrudis! -dijo solo, pero con un acento tan tierno que daba a comprender todo lo que no decía.

Y la hermosa alargándole una mano blanca y torneada que el moro acercó a sus labios.

-¡Abdala! -exclamó con una voz igualmente impregnada de amor y de ternura.

Y aquí debemos forzosamente detenernos.

La tradición no cuenta lo que se dijeron aquellos dos personajes que acabamos de ver frente a frente, y el decreto sobre novelas nos prohíbe a nosotros averiguarlo.

Aprovecharemos pues el vacío que aquí nos vemos obligados a dejar para contar al lector ciertos detalles que no podrán menos de serle gratos, pues que verterán alguna luz sobre la misteriosa pareja que tenemos ya en escena.

Abdala, ya lo sabemos, era el alcaide moro del castillo de Maldá, pero lo que ignorábamos es que Abdala fuese en secreto cristiano y esposo secreto también de la bella Amaltrudis, hermana del vizconde de Cardona.

Sí, nada menos que esto. Amaltrudis y Abdala se habían visto, se habían amado. Pero, ¿cómo se habían visto? ¿cómo se habían amado?

Esto es lo que se ignora.

El amor de la cristiana había influido en el moro para que este abrazase la religión del hijo de María, y cuando hubo visto la bella todo lo que podía su amor en el doncel —222—, no vaciló en dar su mano al hombre que por ella había olvidado su patria y abjurado la religión de sus padres. Los dos amantes esposos solo se veían de tiempo en tiempo. En los días convenidos de antemano, un farol colocado por la hermosa en lo alto de la torre del homenaje, indicaba al doncel que podía llegarse sin temor hasta la poterna7 que ella le abría para introducirle en el castillo, del que no tardaba en partir Abdala cada vez más enamorado, cada vez maldiciendo con más ira los fatales obstáculos que le impedían llamar su esposa a la faz del mundo a aquel ángel de amor y de consuelo. En cuanto a estos obstáculos eran terribles, insuperables.

El amor se estrellaba en una invencible barrera, como se estrella la ilusión en el frío mármol de la realidad. Colocado entre los dos esposos, como el sable del iracundo califa entre los dos amantes de Las mil y una noches, estaba Bremundo, es decir, el señor de Cardona, es decir, un hombre de hierro como su escudo, es decir un corazón insensible y frío como la hoja de su espada. Hubiera Amaltrudis desmoronado piedra a piedra con sus propias manos el castillo de su padre y con sus propias manos, piedra a piedra, lo hubiera vuelto a edificar, primero que ablandar o que enternecer con la historia de sus amores el corazón de su inflexible hermano.

Por esto guardaba secreto su enlace. Amaltrudis sabía que su hermano no la hubiera perdonado jamás su amor a un hombre que no le hubiese él mismo escogido, y su amor a un enemigo, a un moro sobre todo. Los dos esposos sufrían pues en silencio, y con aquella confianza ciega que los que aman tienen en el porvenir —223—, aguardaban días mejores, días ¡ay! que no llegaban nunca y que jamás desgraciadamente debían llegar.

Y ahora que hemos explicado ya todo lo que los lectores podían exigir que les dijéramos, volvamos a nuestra pareja que hemos dejado, si mal no recordamos, en la estancia de Amaltrudis.

Ínterin nosotros hemos referido los anteriores antecedentes, los esposos se han dicho -lo suponemos a lo menos- todas esas palabras íntimas que siempre se repiten, pero que siempre son nuevas, y que han formado en todas épocas el inagotable tesoro del amor. Cuando volvemos a encontrar a la pareja, que nos ha sido imposible seguir en su coloquio amoroso, Abdala se halla ya en pie para retirarse y Amaltrudis se dispone a acompañarle. Les vemos atravesar como antes la galería, bajar la escalera, cruzar el oscuro corredor y llegar a la poterna, donde penosamente se arranca Abdala de los brazos de su esposa para ir en busca de su caballo, y emprender la dirección del castillo de Maldá.

La noche de que hablamos, Amaltrudis, con los ojos llorosos, se quedó unos breves instantes en el umbral de la poterna, siguiendo con la vista a Abdala, que antes de desaparecer le hizo, agitando un lienzo blanco entre las sombras, una muda pero elocuente señal. La noble joven, comprimido el corazón, cerró la puerta y se dispuso a retirarse a su estancia.

Había ya dado en esta dirección algunos pasos por el lóbrego corredor cuando, acertando a levantar por casualidad los ojos, arrojó repentinamente un agudo chillido y cayóle la lámpara de la mano —224—, al mismo tiempo que flaqueaban sus rodillas y la palidez de un cadáver invadía su semblante.

El hombre -porque era un hombre lo que Amaltrudis había visto a cuatro pasos de ella al levantar los ojos- se bajó en silencio a coger la lámpara que había rodado por el suelo, y clavando en Amaltrudis una mirada que de pálida la hizo poner lívida, hizo la seña para que le siguiese. Aquel hombre podía mandar, estaba en su derecho, era su hermano Bremundo.

Amaltrudis a quien el terror había helado la sangre en las venas, comprendió que su secreto estaba descubierto, que no podía resistirse, que era forzoso obedecer. Dejó, pues, caer la cabeza sobre su pecho y con paso inseguro, vacilante, siguió a su hermano.

Bremundo atravesó varias estancias del castillo y se detuvo por fin ante una puerta, cuyas dos hojas se presentaban ornadas con un verdadero lujo de esculturas. Empujó con mano firme esta puerta que no tardó en ceder, y los dos hermanos penetraron en lo que entonces se llamaba sala dorada —225— del castillo, a causa de la riqueza de dorados que brillaban por todas partes, lujo excesivo para la época y que solo se permitían los reyes y los grandes señores. Aún existe en el día esta sala que, después de distintas transformaciones y de haber mudado varias veces de nombre, ha venido a parar en un salón cualquiera, sin lujo, sin riqueza, desnudo del todo, no guardando de sus bellos tiempos más que su hermoso artesonado que se recomienda por sí solo a los amantes del arte.

Al entrar pues en la sala dorada, Amaltrudis paseó la vista en torno, y sentados junto a una larga mesa, sobre la cual resplandecían dos luces, vio, severos, taciturnos y graves, a sus otros tres hermanos Eriballo, Fulco8 y Raimundo. Bremundo se había adelantado y quedándose en pie junto a la mesa, señaló sin decir nada a la joven.

Amaltrudis, la desdichada amante, la infeliz esposa, comprendió al ver aquello, que todo estaba descubierto, que todo se sabía y que se hallaba en presencia de un consejo de familia dispuesto a juzgarla.

Sus ojos entonces se llenaron de lágrimas, su pobre corazón recibió un golpe como si tratara de partirse en pedazos, sus labios se abrieron para dejar escapar un ronco gemido, y sus piernas, doblándose involuntariamente, la hicieron caer de rodillas en mitad de la sala. Había concluido su papel de esposa; comenzaba su agonía de víctima. Su corazón lo había adivinado. Allí estaban reunidos los miembros de su familia para juzgarla.

Bremundo sin contar como lo había sabido, sin decir cómo había llegado a su noticia, refirió a sus tres hermanos la historia de los amores de Amaltrudis, su secreto enlace con el moro, sus nocturnas y misteriosas entrevistas. Los tres hermanos le escucharon en silencio, graves y mudos, como estatuas sobre sus asientos. En cuanto a la hermosa joven continuaba de rodillas en mitad del salón. Nadie la había invitado a levantarse. Ninguna mano se le había tendido. Tenía la cabeza baja, oculto el rostro entre las palmas, vertiendo de sus ojos —226— un río de lágrimas, que no por ser silenciosas eran menos amargas.

De los tres hombres que estaban sentados junto a la mesa, uno solo dirigía de cuando los ojos hacia la infeliz mujer y parecía acariciarla con una tímida, pero elocuente mirada, llena de melancólica ternura. Era su hermano Eriballo, un digno varón, arcediano de Gerona y obispo de Urgel, el mismo que al morir debía dejar una intachable fama de santidad.

Luego que Bremundo hubo concluido de explicar los motivos porqué había conducido a su hermana ante un consejo de familia, pasó a sentarse tras de la mesa al lado de Eriballo. Era que en él el acusador había concluido y comenzaba el juez. Largo rato estuvieron los cuatro hermanos hablando en voz baja y siguiendo una conversación animada.

Las opiniones se hallaban discordes. Bremundo y Fulco, que no veían más que su honor ultrajado, que no veían más que una mancha caída sobre su estirpe, optaban por la severidad, pero por una severidad imperiosa, terrible, sin límites. Eriballo, el digno obispo, al contrario; estaba por la indulgencia; allí donde sus hermanos veían una mancha, él no veía más que una pasión; allí donde los otros veían un deshonor que clamaba venganza, él novela más que un pobre corazón extraviado que pedía piedad. En cuanto a Raimundo, el hermano menor, no se apartaba del todo de la línea de conducta que querían seguir Bremundo y Fulco, pero se inclinaba también hacia la que proponía Eriballo. Estaba indeciso entre la voz de la sangre y la del orgullo. Mientras tanto, la pobre víctima continuaba de rodillas —227— en mitad de la sala, haciendo esfuerzos para retener sus sollozos, conteniéndose en los límites de su muda desesperación, herida como del rayo por el terror, por la congoja, por la angustia.

Aguardaba resignada su sentencia.

Por fin, después de una hora, larga como todo un siglo para la infeliz, la conversación pareció haber terminado.

En efecto, acababa de levantarse Eriballo. El obispo viendo que no podía vencer a sus hermanos -pues que Raimundo se había por fin adherido a la opinión de Bremundo y de Fulco- se levantó para retirarse. No participaba de las ideas de rencor y de venganza que dominaban a sus hermanos; no podía pues consentir en prestar su apoyo a lo que se intentaba llevará cabo. Eriballo hizo todo lo que podía hacer en su situación: salirse de la sala y -al día siguiente- del castillo para regresar a su obispado y pedir a Dios que perdonara el extravío de sus hermanos.

Al atravesar el eclesiástico el ancho salón, se detuvo un momento ante Amaltrudis como para dirigirla alguna palabra de consuelo, como para abrirla quizá los brazos. Sin embargo, no se atrevió, y partió cerrando tras sí la puerta con un ruido que resonó de un modo lúgubre en la sala.

Cuatro minutos después de haber partido Eriballo, la suerte de Amaltrudis quedó decidida. Los tres hermanos no tuvieron más que un voto.

La desgraciada mujer les vio levantarse, o ir hacia ella a Bremundo que, impasible de rostro como insensible de corazón, le hizo una nueva señal para que le siguiera.

Resignada Amaltrudis a sufrir con la posible fuerza de corazón el martirio que pluguiese a Dios imponerle para —228— expiar su falta, si falta había la pobre mujer cometido, se levantó como pudo y siguió a su hermano mayor el vizconde que se encaminaba hacia una puerta colocada en un estreno de la sala.

Ahora bien, para los que conozcan la moderna topografía del castillo de Cardona, es preciso hacer saber que en la época de que hablamos existía un rústico puente de piedra que unía las habitaciones del castillo con la torre del homenaje. A este puente se penetraba por la sala dorada, por la puerta precisamente a que, seguido de Amaltrudis, se dirigía Bremundo.

Fulco y Raimundo se quedaron en la sala, volviendo la cabeza así que su hermana pasó por junto a ellos. Amaltrudis ahogó un suspiro de dolor y elevó una elocuente mirada al cielo.

El vizconde y la joven pusieron el pie en el puente y atravesándole llegaron a la torre del homenaje A la derecha empezaba una tortuosa escalera que subía hasta la plataforma superior de la torre, allí donde Amaltrudis colocaba el farol de aviso; en frente se veía una puerta de hierro baja y estrecha. Bremundo sacó una llave de su bolsillo y abrió esta puerta. Una estancia reducida y circular, lóbrega y oscura, no recibiendo más luz que la que penetraba por un agujero cuadrilongo, cerrado por dos barras de hierro en cruz, fue lo que se presentó a la vista de la joven. Era aquella una estancia horrible como una cárcel y triste como una tumba. Bremundo nada dijo a su hermana, la señaló con el dedo un jergón, un pedazo de pan y un jarro de agua, y le volvió la espalda. La puerta de hierro se cerró tras de él. —229—

Amaltrudis se quedó sola en aquel sepulcro. Sus hermanos habían decidido que expiara su falta permaneciendo encerrada en la prisión de la torre del homenaje todo el resto de su vida. La infortunada joven ya no volvió a ver jamás a sus hermanos ni a más criatura viviente que un esclavo mudo que había en el castillo, y que fue el encargado de llevarla cotidianamente un pan y un jarro de agua.

Abandonada de todos, olvidada del mundo entero, sin oír una voz humana, sin ver nunca más rostro que el de su carcelero, Amaltrudis fue languideciendo y acabó por morir como una planta que ni fecundan las gotas de rocío ni alientan los besos del sol. Sin embargo, vivió todo un año, todo un año de agonía, y cuando murió -¡pobre ángel!-, murió perdonando a sus hermanos.

Abdala supo lo que había pasado la noche de su última entrevista con Amaltrudis y lo supo por un servidor del castillo que había terciado en sus amores, y que no vaciló en aplicar aquella noche el oído a la puerta de la sala dorada para enterarse de lo que discutía el consejo de familia. Así pues, el doncel moro tuvo exacta noticia de la firmeza con que Eriballo había defendido a la joven, de la severidad con que los otros hermanos la habían atacado. Durante el año que Amaltrudis permaneció encerrada, el joven árabe hizo en vano todos los esfuerzos imaginables para prestarla auxilio. Todas sus esperanzas quedaron fallidas, todas sus tentativas frustradas. Abdala supo con la desesperación del tigre, que su esposa, su dulce y casta esposa había muerto. A esta nueva, Abdala hubiera muerto también si no hubiese decidido vivir, pero vivir para vengarla. —230—

Su venganza se llevó a efecto y la tradición nos dice que fue implacable, cruel. El moro en su venganza solo respetó Eriballo, al que en el consejo de familia había elevado su voz en favor de su pobre hermana.

El primero que probó la venganza del moro, fue el hermano menor Raimundo. Un día, que este había salido solo a pasear por los alrededores del castillo, fue encontrado muerto al pie de un árbol, en el bosque, por unos vasallos del vizconde. Una saeta le había atravesado el corazón. A su lado se halló un pergamino en que con caracteres árabes estaba escrito: Acordaos de Amaltrudis.- Abdala se venga.

Corría el tercer mes del año 1030 cuando le llegó su turno al vizconde Bremundo. Pero este fue asesinado en su propio castillo, en su propio lecho, sin que se encontrara rastro del asesino, sin que jamás se pudiera averiguar cómo logró penetrar hasta la habitación del conde en el silencio de la noche y evitando los centinelas y vigilantes. Al lado del cadáver de Bremundo se halló también otro pergamino en el que, de la misma letra y de los mismos caracteres árabes que en el primero, se leían también estas palabras. Acordaos de Amaltrudis.- Abdala se venga.

Muerto Bremundo sin sucesión, el señorío y vizcondado de Cardona recayó entonces en el santo obispo Eriballo, que pasó a habitar el castillo donde acabó la fábrica del templo, empezada por su hermano, y que consagró en 1040. Durante el señorío de Eriballo, la tercera y última víctima cayó bajo el puñal implacable del vengador esposo de Amaltrudis. —231—

Fulco fue asesinado cierta noche en una calle de Barcelona, donde habitaba con su esposa y familia. Junto al cadáver se encontró también el mismo pergamino que se hallara cuando la muerte de sus hermanos. Solo que esta vez las palabras variaban en parte. La leyenda decía: Duerme en paz, Amaltrudis.- Abdala te ha vengado.

Fulco estaba casado con Guisla de S. Martin, hija de Geriberto de S. Martin, señor del castillo del puerto de Barcelona, y de Ermengarda, hija a su vez del conde Borrell de Barcelona. Guisla, que amaba perdidamente a Fulco, sintió un vivo dolor por su muerte, y para honrar la memoria de su esposo, para legar un imperecedero recuerdo de Fulco a la posteridad, quiso que los dos hijos que de él había tenido adoptaran el nombre propio de su padre por apellido patronímico, transmitiéndolo así a toda su descendencia. He ahí pues como el nombre Fulco pasó a ser el apellido Folch, y como de ahí en adelante todos los Cardonas se llamaron Folch de Cardona.

En efecto, la rama de Fulco había entrado a ser la principal del señorío de Cardona, por muerte de Eriballo acaecida poco tiempo después de la de Fulco.

Luego de concluido y consagrado el templo de S. Vicente, el obispo-vizconde de Cardona, partió para la Palestina. Había hecho voto el santo varón -quizá para que la culpa de sus hermanos encontrara gracia a los ojos del Señor- de ir a visitar a pie descalzo el santo sepulcro de Jerusalén. Con esta intención había partido, pero la muerte de los justos sorprendiéndole en Narbona, le impidiera cumplir su romería. —232—

Como Fulco había muerto, pasó entonces a ser vizconde de Cardona el hijo de éste, llamado Raimundo, que es el primero a quien las crónicas dan el nombre de Folch.

Dña. Guisla, su madre, fue la que gobernó el vizcondado durante la menor edad de su hijo.

Ahora, solo nos falta decir para terminar este capítulo, que desde la prisión de Amaltrudis en la torre del homenaje y su encierro allí de todo un año, esta torre perdió su nombre para el pueblo, que ya no la conoció más que con el de torre de la doncella (torre de la miñona, en catalán), en memoria de la hermosa joven que en ella había muerto.

En el día aún conserva este nombre, y aún conserva también la lóbrega y oscura estancia donde murió Amaltrudis. El viajero puede hacérsela enseñar, y no dejará de accederse a su deseo si encuentra sobre todo en el castillo un gobernador tan amable, tan atento y tan complaciente como lo fue al actual para el autor dos estas líneas cuando visitó la señorial mansión de los Cardonas.

Sin duda quedaría descontento el lector sino le contáramos lo que fue de Abdala, el doncel árabe a quien su amor a Amaltrudis le impelió a la más implacable venganza.

Tranquilícese el lector. No es aun tiempo de revelarle esto. Abdala tiene que figurar todavía en nuestra historia.





FUENTE

Balaguer, Víctor, Manresa y Cardona: historia y tradiciones, [s. l.], s. n.], 1851, págs. 212-232.



Edición: Pilar Vega Rodríguez.



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