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Leyenda de Montserrat

Ildefonso Antonio Bermejo





He aquí la leyenda que desde muy antiguo se refiere de la montaña de Montserrat y que ha servido de asunto a muchos romances y a un poema.

Fr. Juan Guarín era un santo ermitaño que moraba en una caverna de este monte, donde hacia una vida penitente y ejemplar; mas el diablo de la vanidad asaltó su corazón inspirándole el orgulloso pensamiento de creerse el mejor y más perfecto santo de la cristiandad, así de los primeros tiempos, como de aquellos en que él vivía.

Cierto día que estaba en oración, fue interrumpido por el ruido de muchas personas que se acercaban.  Abandonando el rezo salió de la ermita y se encontró con el belicoso conde de Barcelona Wifredo el Velloso, que con numerosa comitiva venia acompañando a su bellísima hija Richildes, joven de diez y seis años, que atormentada hacia algún tiempo por los espíritus malignos deseaba ser exorcizada por o santo ermitaño Guarín. Éste, por permisión de Dios que quería castigar con severidad su loco orgullo, se enamoró perdidamente de la tierna doncella, y dijo al conde que antes de emplear contra el común enemigo las poderosas armas de la iglesia, era preciso prepararse a este combate espiritual con ayunos y oraciones, y que por lo mismo le aconsejaba dejase Richildes por algunos días en esta santa montaña, donde permanecería en la cueva en que se había encontrado poco antes la devota imagen de Nuestra Señora.

Wifredo no titubeó un instante en seguir esta opinión, y despidiéndose de su hija, que confió a los cuidados del ermitaño, dio la vuelta a Barcelona.

Apenas Fr. Juan Guarín se vio solo con su víctima, cuando amenazándola con un cuchillo que puso sobre su corazón, la violó, y no contento con haber satisfecho sus impúdicos deseos, y con objeto de ocultar su crimen, cometió otro mayor cortándola la cabeza. Abandonó el mutilado cadáver en la misma cueva, tapó la entrada de ésta con grandes piedras, y se apartaba a largos pasos cuando oyó una voz del cielo que le condenaba cual otro Nabucodonosor1, a permanecer en el estado de los brutos ya que se había figurado ser más que hombre, y que así permanecería hasta que un prodigio le manifestarse estaba satisfecha la cólera divina y sus grandes pecados perdonados.

En el instante comenzó el terrible castigo. Cubrióse el cuerpo de Guarín de largo pelo, y dio en andar en cuatro pies como los animales. Sin embargo de esta trasformación exterior conservó todas sus potencias intactas, y reconocido y arrepentido de sus gravísimos crímenes, se dirigió con sumo trabajo a Roma, donde se confesó con el Papa que le absolvió, y dio vuelta a Monserrat a continuar su austera penitencia, habiendo tardado en el viaje tres años.

Pasaron otros siete durante los que solo se alimentaba con yerbas y raíces, y andaba siempre a gatas, cuando en ocasión de hacer una cacería Wifredo el Velloso, por las asperezas de Montserrat, se le encontró con Guarín, a quien supuso una fiera de raza extraña, e impidiendo a sus monteros le diesen muerte le hizo conducir a Barcelona.

Corría el año de 895, cuando el mismo conde dio un gran banquete en su casa de campo, que estaba situada en la calle de la Riera de San Juan2, (que fue después pertenencia del monasterio de Santas Cruces) de aquella ciudad, y deseando los concurrentes ver la fiera, fue mandada traer.

Apenas entró ésta en el salón cuando el niño Miron, hijo del conde, de edad de tres meses y con el asombro que se puede pensar le gritó: Levántate, Juan Guarín, que ya Dios te perdonó.

Obedeció el ermitaño, confesó en voz alta sus enormes delitos, y pidió perdón al conde. Concedióselo éste, y al día siguiente marcharon todos a Monserrat con objeto de buscar el cadáver de Richildes y darle honrosa sepultura. Aquí aconteció otro nuevo milagro, pues al entrar en la caverna donde aquella fuera degollada, se la encontró viva y sana, y con solo un hilo encarnado alrededor del cuello, en el lugar por donde fuera cortada la cabeza. Richildes entró religiosa en el monasterio de Monserrat, que el conde su padre acababa de fundar, y obtuvo la dignidad de abadesa. Guarín volvió a su antigua ermita, donde consagró su larga vida a las mayores austeridades, y murió por fin en opinión de santidad, habiéndosele dedicado un altar en la iglesia del monasterio.





FUENTE

Bermejo, Ildefonso Antonio, Viaje ilustrado en las cinco partes del mundo, Volumen 2, 1853, pp. 655-656.



Edición: Pilar Vega Rodríguez.



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