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Para el caso es interesante el intento de Teodoro Hampe Martínez (1992) de deslindar subperíodos dentro de ese gran momento llamado la «estabilización colonial».

 

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Véase también el estudio de Antony Higgins (1999).

 

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A Rosas de Oquendo, por ejemplo, Emilio Carilla lo llama «escritor mediano», y añade que «quizás por eso mismo nos da mejor que el escritor de genio noción de su tiempo» (1968: 83). Para el caso de Valle y Caviedes, la comparación con Francisco de Quevedo es un lugar común, y en ella el poeta peruano siempre queda en una posición de dependencia, asunto del cual hablaremos más adelante.

 

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Se destacan, por ejemplo, para el caso de Rosas de Oquendo, Lasarte 1994 y Royo 1995. Para Valle y Caviedes, entre otros, Costigan 1994 y Higgings 1999.

 

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Cabe notar que Antony Higgins sí analizó a Valle y Caviedes desde una aproximación similar, en algunos aspectos, a la nuestra, aunque recayendo sobre aproximaciones autobiográficas. En uno de sus estudios sugiere que la sátira de Caviedes se sitúa «within [...] contradictions and conflicts» de los cuales no se puede escapar (Higgings 1999: 111).

 

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Bartolomé Escandell Bonet nos muestra -aunque relacionado a la Inquisición- que muchas veces el nuevo habitante de la colonia se cambiaba de nombre, y sugiere que esto solía «responder a la conciencia del individuo de estar operando según un nuevo cuadro de reacciones, o bien el deseo de asumir "roles" nuevos, es decir, de realización de la persona según nuevas pautas, o bien por abandono/ocultación del pasado. En ocasiones, casos hay en los que se mezclan estas diversas motivaciones» (Pérez Villanueva 1980: 463). Es interesante ver que el narrador de Rosas de Oquendo dice haberse llamado Juan Sánchez, aludiendo quizás a su necesidad de esconderse por su práctica satírica, pero también -como veremos en el capítulo cuatro- por sus supuestas actividades nigrománticas. En ambos casos, sin embargo, el poema carnavalesco de Rosas, al asumir la duplicidad patronímica, alude a los cambios y transformaciones del novomundano.

 

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Véase, por ejemplo, Pérez Lasheras 1994: 179-182 y Arellano 1984: 22 y ss.

 

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«Heteroglosia» es uno de los conceptos bakhtinianos sobre la novela que creo apropiado para la naturaleza inclusionista del poema satírico de Rosas de Oquendo y, en algunos casos, para la obra de Valle y Caviedes. Según Sue Vice, el término se refiere no solo al encuentro de las múltiples voces de personajes o narradores, sino también, por medio de la parodia, a la incorporación de muchos géneros que van desde lo propiamente literario (poemas o canciones) hasta lo no-literario (menús, telegramas, sermones, propaganda, la confesión, el diario, apuntes de viajes, biografía, la carta personal, etc.) (1997: 21-22). Por otro lado, es importante también reparar sobre el entronque de la heteroglosia con las variadas manifestaciones satírico-burlescas de la literatura popular. Según Bakhtin, uno de los antecedentes más importantes de la novela tal como la conocemos hoy día fueron los géneros menores y actuaciones del mercado y la plaza pública, en las cuales los actores gesticulaban voces en acuerdo a diversos tipos sociales -como sacerdotes, caballeros, mercaderes, campesinos, abogados, etc.- (Vice 1997: 26), Tal capacidad gesticuladora, como veremos más adelante, es uno de los antecedentes para las múltiples máscaras del narrador satírico de Rosas de Oquendo. Finalmente, no está de más anotar que la naturaleza heterogénea de la sátira halla también un apoyo en el sentido etimológico de la palabra con la cual se viene denominando al género, la de sutura u «olla podrida de manjares varios», según Corominas (1954).

 

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Los estudios teóricos sobre la sátira, con algunas excepciones recientes, como los ensayos de Lía Schwartz Lerner (1977, 1978, 1983), Ignacio Arellano (1984) y Pérez Lasheras (1994) (y Johnson [1993] para los virreinatos hispanoamericanos), son escasos en el hispanismo. Por lo general se ha preferido hablar sobre un concepto de sátira «pura» que favorece aquellas obras que, aunque a veces «endulzadas» por el giro ingenioso y la comicidad, se orientan, o deberían orientarse, hacia una inequívoca crítica reformadora de costumbres y vicios sociales. Se ha dicho repetidamente que la sátira hispana muestra dos tendencias generales, una de ascendencia horaciana, en la cual un «ridenten dicere verum» marcaría el propósito de evocar una sonrisa ante las flaquezas humanas, y así curar a los lectores de tales debilidades; y otra, asociada con Juvenal, que se caracterizaría por su indignación moral y por un desprecio frente a los vicios y corrupción de los hombres. Este tipo de aproximación favorece, más bien, el contenido o la carga crítica que se podría hallar en la voz de la persona satírica, y se le presta menos atención a lo que se podría llamar la forma o la «estructura» del género. Es decir -con algunas excepciones-, ya sea por censura moral o por adhesión a la prescripción poética, parece que se ha marginado un cuantioso e importante corpus satírico que se orienta hacia lo meramente burlesco y obsceno, o que -como en el caso de las obra de Rosas de Oquendo y Valle y Caviedes- yuxtapone la crítica social con la obscenidad jocosa, la imitación culta con la tradición folclórica y popular. En los últimos años, sin embargo, algunos vienen reparando sobre este error de óptica. Al respecto véanse Díez Borque 1983, Rodríguez Moñino 1968, Whinnon 1967: 19-23, Blecua 1970: 21-24 y Asensio 1957: 7-20. Finalmente, ya terminando de redactar estas páginas nos llega a las manos el oportuno, detallado, e interesante estudio de J. Ignacio Díez Fernández (2003).

 

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A lo largo de nuestro estudio veremos varias opiniones sobre las relaciones entre diversos grupos españoles del Perú. Cabe advertir, sin embargo, que la historia sigue evaluando la situación. Lo importante, a nuestro parecer, es no caer en generalizaciones apriorísticas, sino más bien ver cómo las sátiras de estos autores, a través de sus creaciones literarias, entregan un reconocimiento de ciertos encuentros específicos, algo que a la vez puede contribuir hacia una mejor comprensión global de la sociedad virreinal.