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50.       «Su conocimiento no proviene nunca de los métodos científicos de investigación sociológica, sino de la observación subjetiva, lo que les llevará hacia el lirismo y la ensoñación», ABELLÁN, op. cit., pág. 12. Los precedentes en métodos científicos de investigación son obviamente los regeneracionistas que «llenan sus libros de datos, estadísticas, observaciones, pues su política consiste en la aplicación de los descubrimientos de la ciencia positiva a los problemas nacionales», ABELLÁN, ibíd., pág. 111. Unamuno en «Brianzuelo de la Sierra», OC., págs. 68-72 se refiere a los datos: «¿Datos? ¿Qué es eso de datos? ¿Te figuras que habría de ser una historia documentada?» (pág. 69).

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51.       «[Los del 98] van a ser interioristas, cada uno a su modo. Pero el interiorismo de la generación del 98, su tendencia a buscar la autenticidad de España dentro de España misma, tendrá un matiz original». Y añade LAÍN ENTRALGO estableciendo una mayor diferencia con sus precedentes: «...son más soñadores que demagogos; y llegan al mundo de su ensueño, no lo olvidemos, heridos por la historia que han visto, enemistados contra la idea misma de la Historia», La Generación del noventa y ocho, Madrid, Esparta-Calpe, 1945, págs. 335-336.

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52.       Ibíd., pág. 335.

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53.       Ibíd.

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54.       Sobre la influencia de Costa en el 98, vid. artículo de BERMÚDEZ-CAÑETE: «Giner de los Ríos y la Generación del 98», CC.HH., 317 (noviembre, 1976, págs. 414-424). Hay un punto que interesa para aclarar el aspecto que tratamos: «en su búsqueda de una esencia profunda llega a las raíces geológicas, al substrato físico del país, y allí encuentra una base sólida, un punto de partida. Los del 98 están en análoga postura crítica ante el pasado español, le siguen por este camino; continúan y desarrollan esta orientación gineriana hasta hacerla una de las características más originales de su generación».

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55.       «No, no ha sido en libros, no ha sido en literatos donde he aprendido a querer a mi patria: ha sido recorriéndola, ha sido visitando devotamente sus rincones» (pág. 285).

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56.       Tenemos la lista publicada en el año 1964 por Pedro ORTIZ ARMENGOL (La Estafeta Literaria, 300-301, septiembre, 1964, pág. 19). En ella encontramos una relación de trescientos toponímicos españoles -ciudades, pueblos, valles, lagunas...- visitados o mencionados por Unamuno, aunque la lista resulta incompleta.

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57.       Vid. GARCÍA MOREJÓN: Unamuno y Portugal, Madrid, Gredos, 1971; excelente estudio que trata de los vínculos del escritor vasco con Portugal y de su iberismo.

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58.       GARCÍA MERCADAL inventa una curiosa entrevista con don Miguel, en la que éste responde a través de sus obras; pues bien, parte de esta entrevista está dedicada al excursionismo y a las formas de conocer España. Información, Madrid, 14-julio-1922.

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59.       Para MIRÓ el excursionismo ha brotado del turismo, de la facilidad, y el excursionista «no tiene otro goce ni propósito que llegar a un punto concreto del mundo: valle o cumbre, árbol, peña, playa, y desde allí, casi únicamente desde allí, mirar a la redonda y volver». Don Miguel está más próximo a las palabras del personaje mironiano: «-Y si soy excursionista, para mí la excursión no consiste en llegar, sino en ir», Años y leguas, Madrid, Salvat. No olvidemos que fue el mismo Gabriel Miró quien dijo de Unamuno: «Mirar sin disipaciones las cosas inertes, la Historia mostrenca. Todo lo contrario del excursionismo, del turismo literario», en GONZÁLEZ RUANO: Vida, pensamiento y aventura de Miguel de Unamuno, Madrid, 1954, pág. 105. Ambos escritores visitaron juntos el Monasterio de Poblet en Tarragona, y se profesaron gran admiración. Años y leguas sirvió a Unamuno como guía durante su visita a Calpe («Soñando el Peñón de Ifach»). Cf. Introducción del presente trabajo acerca del excursionismo en la Institución Libre de Enseñanza.

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60.       «Y yo mismo -dice Unamuno-, ¿cómo podría vivir una vida que merezca vivirse, cómo podría sentir el ritmo vital de mi pensamiento si no me escapara así que puedo de la ciudad, a correr por campos y lugares, a comer de lo que comen los pastores, a dormir en cama de pueblo o sobre la santa tierra si se tercia?» (pág. 285). «Tres días de vacaciones [...] la cosa está clara: a huir de la ciudad y de sus cuidados, a respirar aire de campo libre, a correr tierras, villas y lugares» (pág. 329).

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61.       «Vacaciones de Semana Santa. Siete días de asueto. A correr y a ver tierras; a orear los pulmones, la vista y el ánimo; a seguir conociendo España abrazando su cuerpo» (pág. 366).

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62.       «... nunca he sentido rebullir más reciamente dentro de mí a la patria, y con ella a sus hijos de todos los tiempos [...] como cuando me he dejado olvidar en medio de un monte de encinas o siquiera de un soto de álamos» (pág. 432). «... estas excursiones [...] tienen otra ventaja mayor cuando son dentro de la propia patria, y es que, como dije, enseñan a quererla», pág. 282. «El amor, nacido del conocimiento, creó una realidad metafísica de España más allá de la historia y de la geografía».

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63.       Vid. un brillante trabajo de Marianne CARDIS, inédito salvo uno de sus capítulos, publicado por el Departamento de Español de la Universidad de Leeds en 1950, intitulado El paisaje en la vida y obra de Miguel de Unamuno.

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64.       Dice CALZADA en «El sentimiento de la naturaleza unamuniano», B.E.I.E., París, 2.ª. 15 (julio-agosto, 1952), págs. 6-8, que «Unamuno no ha querido empañar su visión española con paisajes extraños». Y cuando se encuentra en París Unamuno ve España por cualquier lugar, soñándola y recorriéndola, «Unamuno sueña, se abstrae, y, en sus ensueños, ve y contempla los verdes valles de su tierra vasca, la dulce Galicia, la áspera meseta castellana». Añade CARDIS que los viajes de Unamuno al extranjero no añaden nada a su espíritu, salvo aquellas cosas que le recuerdan a su país, art. cit.

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65.       Vid. Aurora de ALBORNOZ: «Huella unamuniana en la visión de España de Antonio Machado», en La presencia de Miguel de Unamuno en Antonio Machado, Madrid, Gredos, 1968, pág. 135.

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66.       CALZADA: «Unamuno paisajista», C.C.M.U., III (1982), pág. 161.

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67.       Marianne CARDIS así lo afirma «...es a medida que va conociendo la tierra por los viajes del período salmantino que llega la España física a jugar un papel de suma importancia en su concepto de la patria que quiere. Es su anhelo de la tierra española, la necesidad de volver a entablar contacto con lo concreto y de ponerse en relación con los elementos físicos patrios...», art. cit., págs. 8-9.

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68.       «Impelido por una sed de patriotismo, se dirige a la forma material de la tierra, al pueblo y al habla, en un bosquejo que le surte las riquezas de experiencia y de conceptos que vivifican su vida política y su vida profesional...», Ibíd., pág. 10.

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69.       Ibíd., pág. 16

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70.       El tema del paisaje en Unamuno y en la Generación del 98 ha sido extensamente tratado y no compete a este trabajo; remito a la bibliografía. Destacaré, no obstante, un texto de Unamuno: «La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea. Muy cierto que la comarca hace a la casta, el paisaje -y el celaje con él- al paisanaje...» (pág. 432).

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71.       Vid. para la literatura de viajes por España y Portugal la imprescindible edición de GARCÍA MERCADAL: Viajes de extranjeros por España y Portugal, Madrid, Aguilar, 1962; o la edición más reducida: Viajes por España, Madrid, Alianza. También es recomendable la consulta del libro de PÉREZ-RIOJA: La literatura española en su geografía, Madrid, Tecnos, 1980. Su peculiar enfoque de la historia de la literatura va acompañado de un estudio introductorio y de antología de textos. Sobre viajeros ingleses, vid. Ian ROBERTSON: Los curiosos impertinentes. Viajeros ingleses por España desde la accesión de Carlos III hasta 1855, Madrid, Serbal/CSIC, 1988, 2.ª edición, y el clásico FOULCHÉ-DELBOSC, Bibliographie des Voyages en Espagne et Portugal.

     Unamuno al referirse a los viajeros, extranjeros prefiere «el que viene a divertirse o a atizar su fantasía entre nosotros y no el que viene, según él cree, a estudiamos. Pero a estudiamos como se estudia a un raro escarabajo», (OC., pág. 1387). Defiende, por tanto, una visión no científica, escasamente racional, aceptando los tópicos: «Tenemos, sí, que defender nuestro espíritu, pero reconociendo la justicia de muchos de los reproches que se nos dirigen. Y en cuanto a otros, en vez de negarlos, cabe decir: Bien, sí, así es, ¿y qué? Porque se nos echa en cara como si fuesen defectos muchas que son de nuestras mejores cualidades. Y en todo caso que nos censuren pero que no nos vengan a meternos en estadísticas y a clasificarnos y a analizarnos. Y menos a organizarnos y disciplinarnos a la moda táctica» (pág. 1.388).

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72.       Castelar es un viajero incansable por las tierras de España. Su producción literaria referida a los viajes es inexistente si exceptuamos algunos retazos de sus memorias: Recuerdos de Italia, 1877, y Un año en París, 1876. Castelar simboliza para Unamuno el viajero a seguir -«aquí estuvo Castelar»-, el hombre a quien pretendía emular en sus viajatas, en su proyección.

     Castelar «representa en España durante un cierto período histórico el contacto con el mundo, la relación espiritual y constante de la nación española con todos los pueblos de la tierra», AZORÍN: «Francia, Taine y Castelar», Las Terceras de ABC, Madrid, Prensa Española, 1976, pág. 79. El mismo Azorín dedica otros artículos a Castelar, entre ellos en Madrid, Obras selectas, págs. 866-867.

     Unamuno toma de Castelar el afán de darse a conocer y divulgar qué es España. Castelar, que profesó un culto activo a España, no se abstuvo de conocerla directamente, de indagar en su geografía.

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73.       Sobre Ruskin y Unamuno, vid. L. LITVAK: Transformación industrial y literatura en España (1895-1905), Madrid, Taurus, 1980, y especialmente las págs. 24-26 y las referidas a Unamuno; «Ruskin y el sentimiento de la naturaleza en las obras de Unamuno», C.C.M.U., XXIII (1973), págs. 211-230.

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74.       Granada es una ciudad que Unamuno siente, imposible de describir.

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75.       Vid. Gerardo Diego: «Fray Luis y don Miguel», El Noticiero Universal, 28-IX-1953.

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76.       Partiendo de la variable actitud de Unamuno ante la metrópoli, LITVAK distingue dos etapas, cuya mediana se hallaría en los primeros años del siglo XX. Apunta la crítica que el antiurbanismo de la primera época se ve apoyado por una «fuerte simpatía por el regionalismo vasco», que -continúa- «no entra de ninguna manera en conflicto con sus ideas socialistas, sino, por el contrario, se une a ellas y las refuerza». Su ardor socialista va disminuyendo y también su regionalismo y como consecuencia de ello «cambia su punto de vista sobre las ciudades y la vida rural». Este cambio le conduce finalmente a adoptar un nuevo punto de vista «y ve en la ciudad una fuerza civilizadora y positiva y en el campo un reducto de la reacción y el atraso». Remito a las págs. 75-77 de su Transformación industrial... Confirma esta idea J. CANO BALLESTA que en su Literatura y tecnología, Barcelona, Orígenes, señala que «Unamuno, tras su joven período socialista, tiende también a ignorar las chimeneas de los altos hornos y a refugiarse en una Castilla intemporal evocando áridos paisajes...».

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77.       Los osados caminantes y los reconocidos especialistas ya no ostentan el mérito ni la exclusividad de visitar lugares vedados a los comodones ni a los turistas por un día: se puede acceder a cualquier lugar -cuando hay carreteras-: «Desde que empezó esto de los automóviles hay deliciosos rincones de paisajes, hay escondidas joyas de arquitectura, que empiezan a ser conocidas de algo más que de especialistas y de intrépidos aficionados» (pág. 340).

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78.       GALLEGO MORELL habla sobre el excursionismo y la eficaz labor propagandística de los escritores del 98: «Tras las crónicas montañeras del excursionismo noventayochista vendrá el auge del alpinismo y del esquí». «Unamuno y el deporte», C.C.M.U., XX (1970).

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79.       Unamuno es totalmente contrario a la labor de los scouts «exploradores [que] no exploraban nada». Considero adecuado reproducir un comentario de Unamuno sobre los scouts, comentario irónico y escasamente conocido: «... no está ya en edad de andar a puntapiés [el mismo Unamuno] con balones -o con otros chirimbolos cualesquiera-; pero antes lo haría que ponerse un uniforme de explorador para no explorar nada, aprenderse cuatro hurras y siete saludos, y plantarse en la solapa un ¡siempre adelante! para estarse quieto como aquellos coros de zarzuela que cantan ¡marchemos! ¡marchemos! marcando el paso por delante de las candilejas, pero sin cruzar ni uno».

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80.       Unamuno recoge la tarea iniciada por la Institución Libre de Enseñanza y Giner de los Ríos.

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81.       Vid. SÁNCHEZ GRANJEL y «El análisis del hambre de inmortalidad de Unamuno y de su erostratismo», en Retrato de Unamuno, Madrid, Guadarrama, 1957; SERRANO PONCELA: El pensamiento de Unamuno, y concretamente su capítulo «El ansia de inmortalidad», México, F.C.E., 1953.

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82.       [...] aquel hombre, aquel gran español fue uno de los que mejor conocieron de vista su Patria, de los que más viajaron por ella. Apenas hay rincón adonde vaya, lugarejo que retenga algo de historia o de leyenda, en que no oiga decir: aquí estuvo Castelar. Apenas hay álbum de esos que se ponen en monumentos y lugares curiosos en que la firma de Castelar no aparezca (págs. 282-3).

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83.       Remito a la bibliografía final en la que aparecen numerosas crónicas referidas a los viajes realizados por Unamuno.

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84.       Vid. apéndice II.

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85.       Cf., capítulo 2.

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86.       Vid. L. LITVAK: op. cit., especialmente págs. 75-82.

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87.       Para BLANCO AGUINAGA (El Unamuno contemplativo, Barcelona, Laia, 1975) frente al Unamuno agonista existe otro Unamuno contemplativo «dispuesto a abandonar, en el silencio, la propagación de su leyenda. Y no, como podría quizá creerse, para volver con más fuerza a ella, no para salir del silencio con mayor ruido, sino para encontrarse en él como era antes de su agonía y, aun durante su agonía, por debajo de ella» (pág. 218).

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88.       El término chapuzarse es muy utilizado por Unamuno. Para B. CIPLIJAUSKAITÉ es un concepto que no se cansa de repetir: «Es un reconocimiento, sí, un aislamiento del mundo lo que está predicando [...] es un ensimismamiento temporal, para recoger fuerzas y salir de nuevo al asalto del mundo, de la sociedad, del prójimo», La soledad y la poesía española contemporánea, Madrid, ínsula, 1962, pág. 27.

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89.       Sobre la importancia de la primera impresión en Unamuno y Azorín, vid. mi artículo ya citado.

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90.       «[Unamuno es] un curioso excursionista que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias» (pág. 405).

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91.       La naturaleza cumple en la obra unamuniana una función destacada como lente de su estado interior. Para BLANCO AGUINAGA, op. cit., principalmente cap. VI dedicado en exclusiva a la naturaleza, ésta es «el catalizador que saca a flote sus más vagorosas honduras contemplativas y produce en su espíritu, más libres, más puros -de manera, quizá, menos patológica-, más hondos, los mismos estados del alma, la misma paz espiritual, la misma tendencia a fundirse con el Universo que [...] le producía el recuerdo del regazo de la madre» (pág. 215). La naturaleza refleja la integración de escritor y paisaje.

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92.       Veamos otro ejemplo de perspectivismo: «¿Y quién será aquella señora joven, rubia, la del sombrerito de la cinta azul? ¿Por qué tan sola? ¿En qué piensa tan melancólicamente? Cuando una señora joven está sola en un paseo, si no tiene aire melancólico es algo peor» (pág. 229).

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93.       Vid. por ejemplo la visita y curiosa aventura de Unamuno en Albacete, en SERNA: «Unamuno en la feria», Albacete, 1962.

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94.       La soledad de Unamuno nunca es una soledad inactiva -dice CIPLIJAUSKAITÉ, B. en el capítulo dedicado a Unamuno en su libro ya citado-. «En él [Unamuno] se conjugan los últimos restos de la soledad romántica con una angustia solitaria más moderna ya, la angustia del hombre existencial, y en muchas ocasiones descubre aspectos que serán más claramente definidos por los filósofos personales o existencialistas más tarde, afirmándose así en su puesto de precursor de la filosofía moderna» (pág. 24). Claro está que se refiere a la soledad interna del hombre -viajero, escritor o cualquiera que sea su actividad-. También BLANCO AGUINAGA se refiere a la soledad unamuniana en obra y capítulo ya citados -recordemos cap. VI- relacionándolo con el silencio, estados idóneos para el alejamiento del ruido de la historia.

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95.       Sobre la intrahistoria, vid. el magnífico estudio efectuado por J. M. ROZAS en Intrahistoria y literatura, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1980.

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96.       Vid. OC., pág. 1.387. En este artículo Unamuno narra una anécdota sucedida en Salamanca, en la que un profesor alemán fue en busca de un libro de Eurípides; Herr Professor, como lo llama Unamuno, se marchó sin conocer la ciudad, que hubiera sido lo importante: el medio frente al fin.

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97.       Según CARDIS: op. cit., la afición andarina de Unamuno se remonta a su época de noviazgo, al tiempo que recogía datos sobre el carlismo.

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98.       El vapuleo de Unamuno a los petimetres es extremado y cruel. Veamos otro ejemplo sarcástico y severo: «Pocas veces he gozado más que cierto día, en que llevamos a una montaña a uno de esos señoritos de café, y le vi sudar la gota gorda, dejarse caer a mitad de la falda por la falta de aliento, descomponérsele la pelambrera y correrle por la cara gotas de cosmético, y tener luego que beber echado de bruces, boca al suelo. Y para fin de fiesta se le quemó toda la cara por el sol, y cambió de pelaje» (pág. 282).

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99.       La aulaga majorera, de Fuerteventura -se llama majoreros a los de Fuerteventura-, tiende su triste verdor pardo, su verdura gris, por entre pedregales sedientos, y al pie, a las veces, de estos tristes tarajales, especie de tamarindos, que ofrecen al sol y al aire su mezquino y lacio follaje. La aulaga no tiene hojas; la aulaga desdeña la hojarasca; la aulaga no es más que un esqueleto de planta espinosa. Sus desnudos y delgados tallos, armados de espinas, no se adornan más que con unas florecitas amarillas (...). Puede decirse que la aulaga no es más que espinas y flores» (págs. 556-557).

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