Navegación de los Portugueses por los mares Orientales: celebran los dioses un consejo: se
opone Baco á la navegacion: Vénus y Marte favorecen á los navegantes: llegan á Mozambique,
cuyo gobernador intenta destruirlos: encuentro y primera funcion de guerra de los Portugueses
contra los gentiles: levan anclas, y pasando por Quiloa, surgen en Mombaza.
| I.
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Las armas y varones distinguidos, |
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Que de Occidente y playa Lusitana |
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Por mares hasta allí desconocidos, |
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Pasaron más allá de Taprobana; |
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Y en peligros y guerra, más sufridos |
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De lo que prometia fuerza humana, |
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Entre remota gente, edificaron |
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Nuevo reino, que tanto sublimaron: |
| II.
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Y tambien los renombres muy gloriosos |
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De los Reyes, que fueron dilatando |
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El Imperio y la Fé, pueblos odiosos |
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Del África y del Asia devastando; |
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Y aquellos que por hechos valerosos |
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Más allá de la muerte ván pasando; |
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Si el ingenio y el arte me asistieren, |
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Esparciré por cuantos mundos fueren. |
| III.
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Callen del sabio Griego, y del Troyano, |
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Los grandes viajes, conque el mar corrieron; |
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No diga de Alejandro y de Trajano |
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La fama las victorias que obtuvieron; |
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Y, pues yo canto el pecho Lusitano, |
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A quien Neptuno y Marte obedecieron, |
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Ceda cuanto la Musa antigua canta, |
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A valor que más alto se levanta. |
| IV.
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Vosotras, mis Tajides, que creado |
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En mí habeis un ingenio, nuevo, ardiente; |
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Si siempre, en verso humilde, celebrado |
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Fue por mí vuestro rio alegremente., |
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Dádme ahora un son noble y levantado, |
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Un estilo grandílocuo y fluyente, |
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Con que de vuestras aguas diga Apolo, |
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Que no envidian corrientes del Pactolo. |
| V.
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Dádme una furia grande y sonorosa, |
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Y no de agreste avena ó flauta ruda: |
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Más de trompa canora y belicosa, |
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Que arde el pecho, y color al rostro muda: |
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Canto digno me dad de la famosa |
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Gente vuestra, á quien Marte tanto ayuda: |
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Que se estienda por todo el universo, |
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Si tan sublime asunto cabe en verso. |
| VI.
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Y vos, ¡oh bien fundada aseguranza, |
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De la Luseña libertad antigua, |
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Y no menos ciertísima esperanza |
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De la estension de cristiandad exigua! |
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Vos, miedo nuevo de la Máura lanza, |
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En quien hoy maravilla se atestigua, |
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Dada al mundo por Dios, Rey sin segundo, |
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Para que á Dios gran parte deis del mundo: |
| VII.
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Vos, tierno y nuevo ramo floreciente |
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De una planta, de Cristo más amada |
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Que otra alguna nacida en Occidente, |
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Cesárea, ó Cristianísima llamada: |
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Mirad el vuestro escudo, que presente |
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Os muestra la victoria ya pasada, |
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En el que os dió, de emblemas por acopio, |
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Los que en la Cruz tomó para sí propio: |
| VIII.
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Vos, poderoso Rey, cuyo alto imperio |
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El primero ve al sol en cuanto nace, |
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Y en el medio despues del hemisferio, |
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Y el último, al morir, saludo le hace: |
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Vos, que yugo impondreis y vituperio |
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Al ginete Ismaelita y duro Trace, |
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Y al turco de Asia y bárbaro gentío, |
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Que el agua bebe aún del sacro rio: |
| IX.
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Breve inclinad la majestad severa |
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Que en ese tierno aspecto en vos contemplo, |
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Que luce ya, como en la edad entera, |
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Cuando subiendo ireis al árduo templo; |
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Y ora la faz, con vista placentera, |
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Poned en nos: vereis un nuevo ejemplo |
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De amor de patrios hechos valerosos, |
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Sublimados en versos numerosos. |
| X.
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Amor vereis de patria, no movido, |
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De vil premio, mas de alto casi eterno; |
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Que no es un premio vil ser conocido |
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Por voz que suba del mi hogar paterno. |
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Oid; vereis el nombre engrandecido |
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Por los de quienes sois señor superno, |
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Y juzgareis lo que es más escelente, |
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Si ser del mundo Rey, ó de tal gente. |
| XI.
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Oid, que no á los vuestros con hazañas |
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Fantásticas, fingidas, mentirosas, |
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Vereis loar, cual hacen las estrañas |
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Musas, de engrandecerse deseosas: |
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Las nuestras, no fingidas, son tamañas, |
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Que á las soñadas vencen fabulosas, |
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Y con Rugiero á Rodamonte infando |
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Y, aun siendo verdadero, hasta á Rolando. |
| XII.
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Os daré en su lugar un Nuño fiero, |
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Que hizo al reino y al Rey alto servicio: |
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Un Égas y un Don Fúas; que de Homero, |
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Para ellos solos el cantar codicio; |
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Y por los doce Pares daros quiero, |
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Los doce de Inglaterra y su Magricio; |
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Y os doy, en fin, á aquel insigne Gama, |
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Que de Eneas tambien vence la fama. |
| XIII.
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Y si del Franco Cárlos en balanza, |
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O de César quereis igual memoria, |
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Ved al primer Alfonso, cuya lanza |
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Oscurece cualquiera estraña gloria: |
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Y á aquel que al nuevo reino aseguranza |
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Dejó, con grande y próspera victoria, |
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Y á otro Juan, siempre invicto caballero, |
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Y al quinto Alfonso, al cuarto y al tercero. |
| XIV.
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|
Ni dejarán mis versos olvidados |
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A aquellos que en los reinos de la Aurora, |
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Alzaron, con sus hechos esforzados, |
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Vuestra bandera, siempre vencedora: |
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A un Pacheco glorioso, á los osados |
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Almeidas, por quien siempre Tajo llora: |
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Al terrible Alburquerque y Castro fuerte, |
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Y otros, con quien poder no halla la muerte. |
| XV.
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Y hora (que en estos versos os confieso. |
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Sublime Rey, que no me atrevo á tanto) |
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Tomad las riendas del imperio vueso |
|
Y dad materia á nuevo y mayor canto: |
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Y empiecen á sentir el duro peso |
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(Que por el mundo todo cause espanto) |
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De ejércitos y hazañas singulares, |
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De Africa tierras y de Oriente mares. |
| XVI.
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El Máuro en vos los ojos pone frio, |
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Viendo allí su suplicio decretado: |
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Por vos solo el gentil bárbaro impío |
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Al yugo muestra el cuello ya inclinado: |
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Tétis todo el cerúleo poderío |
|
Para vos tiene, en dote, preparado: |
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Que, aficionada al rostro bello y tierno, |
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Adquiriros desea para yerno. |
| XVII.
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Míranse en vos, de la eternal morada, |
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De los avos las dos almas famosas, |
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Una en la paz angélica dorada, |
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Otra en las duras lides sanguinosas; |
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En vos hallar esperan renovada |
|
Su memoria y sus obras valerosas; |
|
Y allá os muestran lugar, como acá ejemplo, |
|
Que abre al mortal de eternidad el templo. |
| XVIII.
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Mas mientras ese tiempo se dilata |
|
De gobernar los pueblos, que os desean |
|
Dad á mi atrevimiento ayuda grata, |
|
Para que estos mis versos vuestros sean: |
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Y mirad ir cortando el mar de plata |
|
A vuestros argonautas, porque vean |
|
Que son vistos de vos en mar airado; |
|
Y á ser, acostumbraos, invocado. |
| XIX.
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Ya por el ancho Oceáno navegaban, |
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Las inconstantes ondas dividiendo: |
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Los vientos blandamente respiraban, |
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De las náos la hueca lona hinchendo: |
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Blanca espuma los mares levantaban, |
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Que las tajantes proras van rompiendo |
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Por la vasta marina, donde cuenta |
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Proteo su manada turbulenta; |
| XX.
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Cuando los Dioses del Olimpo hermoso, |
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Dó está el gobierno de la humana gente, |
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Van á verse en consejo majestoso |
|
Sobre futuras cosas del Oriente: |
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Del cielo hollando el éter luminoso, |
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Van, por la Láctea vía juntamente, |
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Convocados de parte del Tonante, |
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Por el nieto gentil del viejo Atlante. |
| XXI.
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Dejan de siete cielos regimiento, |
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Que por poder más alto les fué dado; |
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Poder que, con el solo pensamiento, |
|
Cielo y tierra gobierna, y mar airado: |
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Allí juntos se ven en un momento, |
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Los que habitan Arturo congelado, |
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Los que tienen el Austro y partes donde |
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La aurora nace, el rojo sol se esconde. |
| XXII.
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Estaba el padre allí sublime y dino |
|
Que vibra el fiero rayo de Vulcano, |
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En asiento de estrellas cristalino, |
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Con semblante severo y soberano: |
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Exhalaba del rostro aire divino, |
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Que en divino tornára un cuerpo humano, |
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Con corona y el cetro rutilante, |
|
De otra piedra más clara que el diamante. |
| XXIII.
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Más abajo, en asientos tachonados, |
|
De perlas y oro lúcidos, estaban |
|
Todos los otros dioses asentados, |
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Segun saber y juicio demandaban. |
|
Los antiguos preceden honorados: |
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Los menores tras ellos se ordenaban; |
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Y aquí Júpiter alto, de este modo |
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Dijo, y llenó su voz el cielo todo: |
| XXIV.
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«Eternos moradores del luciente |
|
Estrellífero polo y claro asiento, |
|
Si del esfuerzo grande de la gente |
|
Lusa no habeis quitado el pensamiento, |
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Recordareis que existe permanente, |
|
De los hados escrito anunciamiento; |
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Por el que han de olvidarse los humanos |
|
De Asirios, Persas, Griegos y Romanos. |
| XXV.
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|
«Ya les fué, bien lo visteis, concedido, |
|
Que un poder, de recursos poco lleno, |
|
Tomase Máuro fuerte y guarnecido |
|
Todo el suelo que riega el Tajo ameno: |
|
Y luego le asistió, contra el temido |
|
Castellano, favor alto y sereno: |
|
Así que siempre, en fin, con fama y gloria, |
|
Victoria consiguió tras de victoria. |
| XXVI.
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|
«Dejo, Dioses, la fama que, no exigua, |
|
Sobre la grey de Rómulo alcanzaron, |
|
Cuando con su Viriato, en esa antigua |
|
Romana guerra, tanto se afanaron: |
|
Y tambien la memoria, que atestigua |
|
El valor de su nombre, cuando alzaron |
|
Por jefe á un capitan que peregrino, |
|
Simuló en Cierva espíritu divino, |
| XXVII.
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|
«Y hora mismo admirais que acometiendo |
|
Al inconstante mar, á más se atreve, |
|
Por vias nunca usadas, no temiendo |
|
Iras de Áfrico y Noto, en tabla leve: |
|
Que ya, de dominar no poco habiendo |
|
Donde larga es la luz y donde es breve, |
|
Dirigen su propósito y porfía |
|
A ver la cuna donde nace el dia. |
| XXVIII.
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«Prometido les es del hado eterno, |
|
Cuya ley ser no puede quebrantada, |
|
Que tengan largos años el gobierno |
|
Del mar que ve del sol la roja entrada: |
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En el agua han pasado el duro invierno |
|
Va perdida la gente y trabajada; |
|
Y justo ya parece que le sea |
|
Mostrado el nuevo suelo que desea. |
| XXIX.
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«Y porque, como visteis, han pasado |
|
En el viaje tan ásperos castigos, |
|
Tantos climas y cielos han probado, |
|
Tanto furor de vientos enemigos, |
|
Que sean acogidos he pensado |
|
En la africana costa como amigos |
|
Y allí repuesta la cansada flota, |
|
Que torne á proseguir su alta derrota.» |
| XXX.
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|
Estas palabras Júpiter decia, |
|
y los Dioses por órden respondiendo, |
|
Uno de otro en el juicio diferia, |
|
Razon diversa dando ó recibiendo. |
|
El padre Baco allí no consentia |
|
De Jove en el acuerdo, conociendo |
|
Que acabará su gloria del Oriente, |
|
Si fuere allá la Lusitana gente. |
| XXXI.
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De los Hados oyó que llegaria |
|
Una gente fortísima de España, |
|
Por alto mar, la cual sujetaria |
|
Cuanto del Indio suelo Dóris baña, |
|
Y con nuevas victorias venceria |
|
Toda fama anterior suya ó estraña, |
|
Haciéndole perder la escelsa gloria, |
|
De que Nisa aun celebra la memoria. |
| XXXII.
|
|
Ve que tuvo ya al Gánges sometido, |
|
Y nunca lo quitó fortuna ó caso |
|
Por vencedor del Indo ser tenido |
|
De cuantos beben linfas del Parnaso: |
|
Su nombre teme ver, que esclarecido |
|
Hoy suena, descender al negro vaso |
|
Del agua del olvido, si allí aportan |
|
Los Portugueses que los mares cortan. |
| XXXIII.
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Militaba en su contra Vénus bella, |
|
Aficionada á gente Lusitana, |
|
Por cuantas calidades via en ella |
|
De la que antes amó tanto Romana: |
|
Por su gran corazon, su grande estrella, |
|
Ya probada en la tierra Tingitana: |
|
Por la lengua, que ser se le imagina, |
|
Con corruptela breve, la Latina. |
| XXXIV.
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|
Estas razones tiene Citeréa; |
|
A más que de las Parcas claro entiende, |
|
Que célebre ha de ser la hermosa Dea, |
|
Por dó la gente bélica se estiende: |
|
Así que, por el caso que á uno afea, |
|
Y otro por los honores que pretende, |
|
No es mucho que entenderse no consigan., |
|
Y este bando ó aquel los Dioses sigan. |
| XXXV.
|
|
Como el Bóreas y el Austro, en selva oscura |
|
De silvestre arboleda y escondida, |
|
Rompiendo ramos, van por la espesura, |
|
Con ímpetu y braveza desmedida, |
|
Y el monte entero con el son murmura, |
|
Que hierve, de la junta hoja barrida; |
|
Entre los Dioses del antiguo culto, |
|
Tal andaba ardientísimo el tumulto, |
| XXXVI.
|
|
Marte que de la diosa sustentaba |
|
Entre todos la parte, con porfía, |
|
O, porque amor antiguo le obligaba, |
|
O, porque el Portugués lo merecia, |
|
Contra todos en pie se levantaba. |
|
Irritado en el rostro aparecia: |
|
Y el escudo, que lleva al cuello altivo, |
|
Atras aparta, en ademan esquivo. |
| XXXVII.
|
|
La visera del yelmo de diamante |
|
Apenas alza, Y firme, y bien seguro, |
|
A esponer su opinion salta delante |
|
De Júpiter, armado, fuerte y duro: |
|
Y dando con el cabo resonante |
|
Del asta en el cristal del cielo puro, |
|
Le hizo temblar, y Apolo de asustado, |
|
Un tanto amortiguó su luz turbado. |
| XXXVIII.
|
|
Y á Jove dijo: «Oh padre! á cuyo imperio |
|
Obedece sumiso cuanto existe, |
|
Si esta gente, que busca otro hemisferio, |
|
Cuyo ingenio y valor tanto quisiste, |
|
No quieres que padezca vituperio, |
|
Como tiempo hace ya que dispusiste, |
|
No escuches más, pues juez de todos eres, |
|
De sospechosa parte pareceres, |
| XXXIX.
|
|
«Que si el de Baco aquí no se mostrase |
|
Oprimido de miedo demasiado, |
|
Fuera bien que su juicio sustentase |
|
De no ser contra el Luso odio privado. |
|
Mas esta su intencion no es bien que |
|
Pues de interes al fin nace dañado; |
|
Que lo que el cielo otorga al que bien lidia, |
|
No ha de turbarlo nunca ajena envidia. |
| XL.
|
|
«Y tú, padre de inmensa fortaleza |
|
De la resolucion por ti tomada |
|
No te desdigas hoy, que es vil flaqueza |
|
De empresa desistir ya comenzada. |
|
Mercurio, pues que escede en ligereza |
|
Al viento y la saeta disparada, |
|
Vaya á tierra á mostrarles dó se informen |
|
De la India, y se amparen y reformen.» |
| XLI.
|
|
Dijo Marte, y el padre poderoso |
|
La cabeza inclinó, como aprobando |
|
Lo que el Dios proponia valeroso, |
|
En la asamblea néctar derramando. |
|
Por el lácteo camino luminoso |
|
Cada númen despues se fue buscando, |
|
Hecho el debido y real acatamiento, |
|
Su habitual residencia y aposento. |
| XLII.
|
|
Mientras esto pasaba en la lumbrosa |
|
Casa del puro Olimpo omnipotente, |
|
Cortaba el mar la armada valerosa |
|
Del lado allá del Austro y del Oriente, |
|
Entre la costa Etiópe y la famosa |
|
isla de San Lorenzo: el sol ardiente |
|
Abrasaba á los dioses, en pescados, |
|
Por susto de Tifeo, trasformados. |
| XLIII.
|
|
Tan plácidos los vientos los llevaban, |
|
Como á quien tiene por amigo el cielo; |
|
Aire y tiempo serenos se mostraban, |
|
Sin nubes, sin peligro, sin recelo: |
|
De Praso el promontorio ya pasaban, |
|
De antiguo nombre, en el Etiópe suelo, |
|
Cuando el mar les mostraba descubiertas |
|
Islas que con sus olas baña inciertas. |
| XLIV.
|
|
Vasco de Gama, el ínclito caudillo |
|
Que á cosas tan impávidas se ofrece, |
|
Que aduna ciencia del valor al brillo, |
|
Al que siempre fortuna favorece, |
|
El detenerse aquí no vé sencillo, |
|
Que inhóspite la tierra le parece; |
|
Y adelante pasar determinaba, |
|
Si bien no le ocurrió, como pensaba. |
| XLV.
|
|
Porque venir ven pronto, en compañía, |
|
Varios breves bajeles, sin cautela, |
|
Del puerto que más cerca aparecia, |
|
Cortando el ancho mar, con larga vela. |
|
Se alboroza la gente, y su alegría |
|
Con mirar y mirar templa y consuela; |
|
Y ¿quién es esta gente? (entre, sí dicen) |
|
¿Qué ley tienen, qué rey, qué Dios bendicen? |
| XLVI.
|
|
Las navecillas son, á su manera, |
|
Muy veloces, estrechas y estendidas: |
|
Las velas con que vienen son de estera, |
|
De unas hojas de palma bien tejidas: |
|
La gente es de la cútis verdadera |
|
Que Faeton, en las tierras encendidas, |
|
Dió al mundo, por osado y no prudente; |
|
Lampedusa lo sabe, el Pó lo siente. |
| XLVII.
|
|
De paños visten de algodon, teñidos |
|
De color vária, blancos y listados; |
|
Unos los llevan en redor ceñidos, |
|
Otros de airoso modo al brazo echados: |
|
Van de cintura arriba no vestidos: |
|
Tienen por arma adargas y acolchados, |
|
Y en la cabeza toca; y mar corriendo, |
|
Añafiles sonoros van tañendo. |
| XLVIII.
|
|
Con la ropa y los brazos indicaban |
|
A la gente del Luso que esperasen: |
|
Mas ya las ráudas proras se inclinaban, |
|
Porque junto á las islas penetrasen: |
|
La tropa y marineros trabajaban |
|
Cual si aquí los trabajos se acabasen: |
|
Toman velas, se amaina la verga alta; |
|
Por el áncora herida, la mar salta. |
| XLIX.
|
|
Ni aún anclados están, cuando la gente |
|
Estraña por las cuerdas ya subia; |
|
Vienen con ledo gesto, y blandamente |
|
El noble Capitan los recibia. |
|
Manda ponerles mesas prontamente, |
|
Y el licor que plantado Baco habia, |
|
Y que de vidrio en vasos aparejan: |
|
Los de Faeton quemados nada dejan. |
| L.
|
|
Comiendo alegremente, preguntaban, |
|
En arábigo hablar, de dó venían; |
|
Quiénes son; de qué tierra; qué buscaban; |
|
parte de la mar corrido habian. |
|
Las respuestas que al caso acomodaban, |
|
Con discrecion los Lusos les volvian: |
|
Los Portugueses somos de Occidente, |
|
En busca de las tierras del Oriente, |
| LI.
|
|
Del mar toda la parte hemos sulcado, |
|
Del Antártico polo y de Calisto, |
|
Toda la costa de Africa rodeado, |
|
Y tierra y cielos varios hemos visto. |
|
Somos de un Rey glorioso y estimado, |
|
Y en todo respetable, y tan bien quisto, |
|
Que por él, no en el mar con gozo interno, |
|
Mas en el lago entráramos de averno. |
| LII.
|
|
Y porque é1 lo mandó, buscando andamos |
|
La gran tierra oriental que el Indo riega: |
|
Por él la mar remota navegamos |
|
Que solo de las focas se navega. |
|
Mas ya es razon tambien de que sepamos, |
|
Si verdad en vosotros no se niega, |
|
Quién sois, si de esta tierra naturales, |
|
Y si del Indo, en fin, teneis señales. |
| LIII.
|
|
Somos (dijo uno de ellos que dió cara) |
|
Estranjeros en ley, suelo y ambiente; |
|
Porque á los de estas islas los criara |
|
Natura sin razon ni ley prudente: |
|
Siguiendo nos la cierta que enseñara |
|
De Abraham el preclaro descendiente |
|
(Si de padre gentil, de madre hebrea) |
|
Que gran parte del mundo señorea. |
| LIV.
|
|
Esta islilla pequeña que habitamos, |
|
Es en todo el país segura cala |
|
De cuantos en el golfo navegamos |
|
De Quíloa, de Mombaza y de Sofála: |
|
Y asegurarnos de ella |
|
Como dueños, por ser precisa escala; |
|
Y porque todo, en fin, se os notifique, |
|
Llámase la insulilla Mozambique. |
| LV.
|
|
Y ya que de tan lejos navegades |
|
Buscando el Indo Hidaspe y tierra ardiente, |
|
Piloto aquí tendreis, por quien seades |
|
Guiados por los mares sabiamente: |
|
Tambien será bien hecho que tengades |
|
De tierra algun refresco; y que el Regente |
|
Que esta tierra gobierna, pronto os vea, |
|
Y de lo más preciso se os provea. |
| LVI.
|
|
A sus barcos, diciendo así, tornóse |
|
El Moro de su gente en compañía; |
|
Y del Caudillo y Lusos apartóse, |
|
Con muestras de debida cortesía. |
|
En tanto Febo al hondo mar llevóse |
|
En carro de cristal el claro dia, |
|
Ordenando, que en tanto él reposase, |
|
Su hermana el ancho mundo iluminase, |
| LVII.
|
|
Pasó la gente de la Lusa flota |
|
La noche en alegría y descansada, |
|
Por encontrar de tierra tan remota, |
|
Nueva por tanto tiempo deseada; |
|
Y entre sí cada cual advierte y nota |
|
La gente y uso y ropa desusada, |
|
Y cómo los que en secta infiel creyeran, |
|
Tanto por todo el mundo se estendieran. |
| LVIII.
|
|
De la luna los rayos rutilaban |
|
Por las plácidas ondas neptuninas: |
|
Las estrellas el cielo asimilaban |
|
A prado de azucenas argentinas; |
|
Y los furiosos vientos reposaban |
|
En las oscuras cuevas peregrinas: |
|
Mas segun su costumbre, por cautela, |
|
La gente de la escuadra estaba en vela. |
| LIX.
|
|
Pero así que llegó la luz rosada |
|
Por el sereno cielo á derramarse |
|
Del alba hermosa, abriendo roja entrada |
|
Al claro sol que prueba á despertarse, |
|
Se empieza á embanderar toda la armada, |
|
Y de toldos alegres á adornarse, |
|
Por recibir con fiestas y alegría, |
|
Al Rector de las islas que venia, |
| LX.
|
|
Venia ledamente navegando |
|
A ver las prestas naves lusitanas, |
|
Con refrescos de tierra, en sí cuidando |
|
Que son aquellas gentes inhumanas |
|
Que las tierras caspianas habitando |
|
A conquistar pasaron las Asianas, |
|
Y por decreto y órden del destino, |
|
Ganaron la ciudad de Constantino. |
| LXI.
|
|
Recibe el Capitan alegremente |
|
Al jefe y su completa compañía: |
|
Dále de ricas piezas un presente, |
|
Que para estos efectos ya traia; |
|
Dulces conservas dále, y dále ardiente |
|
Desusado licor que da alegría; |
|
Nada hay que el Moro con placer no tome, |
|
Y con placer más grande bebe y come. |
| LXII.
|
|
La marítima gente está del Luso |
|
Subida por las jarcias, admirada, |
|
Notando el estranjero modo y uso, |
|
Y la lengua tan bruta y enredada. |
|
Tambien el Moro astuto está confuso, |
|
Viendo el traje y color y fuerte armada; |
|
Y todo preguntando, les decia |
|
Si vienen por acaso de Turquía. |
| LXIII.
|
|
Y les dice tambien, que ver desea |
|
El libro que á su ley y fe presido; |
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Por ver si con la dél conforme sea, |
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O si moral diversa las divide; |
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Y porque todo note, observe y vea, |
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Que le presente al Capitan, le pide, |
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Aquellas fuertes armas, de que usaban |
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Cuando con sus contrarios peleaban. |
| LXIV.
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El valeroso Capitan responde, |
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Por uno que la lengua vil sabia: |
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Y le hace relacion, y poco esconde, |
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De su ley, tierra y armas que traia: |
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Dice que no es su raza la de donde |
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Procede la impia gente de Turquía; |
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Y que son de la Europa belicosa, |
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Y que la India buscan tan famosa. |
| LXV.
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Que la ley de Aquel sigue, á cuya mano |
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Obedecen lo oculto y lo visible: |
|
De aquel Ser que, creó todo lo humano |
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Lo que tiene sentido y lo insensible: |
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Que ofensas padeció y ultraje insano, |
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Sufriendo inmerecida muerte horrible; |
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Y en fin, que desde el cielo bajó al suelo, |
|
Para el hombre subir del suelo al cielo, |
| LXVI.
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|
«De este Dios-Hombre, altísimo, infinito, |
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No estrañes que hoy el libro aquí no lleve, |
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Escusando en papel traer escrito |
|
Lo que estar en el alma impreso debe: |
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Que veas nuestras armas te permito, |
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Pues así lo pediste claro y breve. |
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Las verás amigable, pues espero |
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Que no las quieras ver como guerrero.» |
| LXVII.
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Esto diciendo, manda á diligentes |
|
Ministros enseñar las armaduras; |
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Ven arneses y petos relucientes, |
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Mallas finas, de acero planchas puras, |
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Escudos de labores diferentes, |
|
Trabucos y espingardas muy seguras, |
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Arcos y sagitíferas aljabas, |
|
Partesanas agudas, picas bravas. |
| LXVIII.
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|
Las bombas de disparo y juntamente |
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Las sulfúreas pelotas, tan dañosas: |
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Pero á los de Vulcano no consiente |
|
Dar fuego á las bombarda temerosas; |
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Porque el gallardo espíritu valiente, |
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Entre gentes tan pocas y medrosas, |
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Para no ser cual es, tiene razones: |
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Que es flaqueza, entre ovejas, ser leones, |
| LXIX.
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|
Pero de esto que al Moro se le muestra |
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Y de cuanto observó con ojo atento, |
|
Le vino al alma cólera siniestra |
|
Y á la mente torcido pensamiento: |
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Mas en gesto y accion no lo demuestra, |
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Sino que, con risueño fingimiento, |
|
Blandamente tratarlos determina |
|
Hasta que pueda hacer lo que imagina. |
| LXX.
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|
Pilotos luego el Capitan le pide, |
|
Por quien pudiese al Indo ser llevado: |
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Y dícele que el pago no se mide |
|
Del trabajo que en ello hayan tomado. |
|
Prométeselo el Moro, en quien reside |
|
Tal intencion, intento tan malvado, |
|
Que, á poderlo, la muerte, en aquel dia, |
|
En igual de Piloto le daria. |
| LXXI.
|
|
¡Tal era el odio y malquerer tenaces |
|
Que encendió contra el Luso la venganza, |
|
De la verdad al ver que son secuaces |
|
Que el hijo de David da en enseñanza! |
|
¡Oh profundos arcanos no falaces |
|
A que juicio mortal ninguno alcanza! |
|
¡Que nunca falte un pérfido enemigo |
|
Aun al que siempre fue del cielo amigo! |
| LXXII.
|
|
Partió en esto y llevó su compañía |
|
De las náos el Moro despachado, |
|
Con engañosa y grande cortesía, |
|
Con aspecto de halago simulado. |
|
Cortaron los bateles la ancha via |
|
Del conocido mar; y acompañado, |
|
Ya en tierra, de obsequioso ayuntamiento, |
|
Fuese el Moro á su cógnito aposento. |
| LXXIII.
|
|
Desde su etéreo asiento el gran Tebano |
|
Que del muslo paterno fue nacido, |
|
Viendo que el fuerte pueblo Lusitano |
|
Es al Moro molesto, aborrecido, |
|
En la mente revuelve intento insano |
|
Con que sea del todo destruido; |
|
Y mientras en la mente lo ordenaba, |
|
Consigo estas palabras platicaba. |
| LXXIV.
|
|
«Está ya decidido por el Hado |
|
Que alcance las victorias más famosas |
|
La fuerte grey del Portugués estado |
|
De las indianas gentes belicosas: |
|
Yo solo, hijo de padre sublimado, |
|
Con cualidades tantas generosas, |
|
¿Sufriré que el destino favorezca |
|
A aquel por quien mi nombre se oscurezca? |
| LXXV.
|
|
«Ya los dioses quisieron que tuviese |
|
El hijo de Filipo en esa parte, |
|
Tanto poder, que todo lo rindiese |
|
Bajo su imperio el furibundo Marte. |
|
¿Mas háse de sufrir que el Hado, diese |
|
A tan pocos tamaño esfuerzo y arte, |
|
Y yo, y el Macedonio, y el Quirite, |
|
Demos lugar al que el honor nos quite? |
| LXXVI.
|
|
«No será así, porque antes que llegado |
|
Hubiere el Capitan, astutamente |
|
Le será tanto engaño fabricado |
|
Que jamás toque al suelo del Oriente. |
|
Yo á tierra bajaré, y el inflamado |
|
Pecho haré incendio de la Máura gente: |
|
Porque siempre por via irá derecha, |
|
Quien de oportuno tiempo se aprovecha.» |
| LXXVII.
|
|
Esto diciendo, Mero y cuasi insano. |
|
Sobre la tierra de África lanzóse, |
|
Donde tomando forma y gesto humano, |
|
Para el sabido Praso encaminóse; |
|
Y por mejor fingir el hecho vano, |
|
En natural figura convirtióse |
|
De un Moro, en Mozambique conocido, |
|
Viejo sabio, del Jeque muy valido. |
| LXXVIII.
|
|
Al cual entrando á hablar, al tiempo y horas |
|
A la malicia aquella acomodadas. |
|
Le dice, que eran hordas malhechoras |
|
Las que allí nuevamente eran llegadas; |
|
Que vino, de las gentes moradoras |
|
De la costa, rumor que de robadas |
|
Por estos hombres que pasaban, fueron, |
|
Que con pactos de paz siempre mintieron. |
| LXXIX.
|
|
«Y á más sabe (le dice) que entendido |
|
Tengo de estos cristianos, que ladrones, |
|
El comercio del mar han destruido, |
|
Con incendios y bárbaras acciones, |
|
Y ya traen, de largo, engaño urdido |
|
Contra nos; y que son sus intenciones |
|
Solo de asesinarnos y robarnos, |
|
Y á los hijos y esposas cautivarnos. |
| LXXX.
|
|
«Y sé tambien que tiene ya tratado |
|
De venir á buscar agua, muy cedo, |
|
El Capitan, de muchos resguardado, |
|
Que de intencion dañada nace el miedo. |
|
Tú tambien debes, con tu gente, armado, |
|
Ir á esperarlo al paso, oculto y quedo; |
|
Con que al bajar la suya descuidada, |
|
Pueda toda caer en la celada. |
| LXXXI.
|
|
«Y no quedando aún de esta pelea |
|
Destruidos ó muertos totalmente, |
|
Imaginado tengo, aca en la idea, |
|
Otra maña y ardid, que te contente., |
|
Manda darles Piloto infiel, que sea |
|
De astucia natural, y tan prudente, |
|
Que los lleve á dó fueren destrozados, |
|
Perseguidos sin fin y esterminados.» |
| LXXXII.
|
|
No bien estas palabras lento dijo, |
|
El Moro atento al fraude, al sabio viejo |
|
El cuello le ciñó con regocijo, |
|
Agradeciendo mucho el buen consejo: |
|
Y luego preparó, nada prolijo |
|
Para la empresa el bélico aparejo, |
|
A fin que al Portugués se le volviese |
|
En rojo humor el agua que obtuviese |
| LXXXIII.
|
|
Y busca para el logro del engaño |
|
Quien á la escuadra por Piloto mande; |
|
Sabio, astuto, sagaz en todo daño, |
|
A quien pueda confiarse un hecho grande. |
|
Dícele que, siguiendo al Lusitano |
|
Por tales costas y corrientes ande |
|
Que si de una escapare, en otra ciego |
|
Vaya, con más desastre, á caer luego. |
| LXXXIV.
|
|
Ya Apolo con sus rayos visitaba |
|
Los Nabateos montes, ascendido, |
|
Cuando Gama á ir á tierra se aprontaba |
|
Por agua con su tropa, decidido. |
|
En las naves la gente se aprestaba |
|
Cual si le fuese el fraude conocido: |
|
Mas sospecharlo puede fácilmente, |
|
Que cuando avisa, el corazon no miente. |
| LXXXV.
|
|
Cuanto mas, que mandado habia á tierra |
|
Al piloto á traer refresco vario: |
|
Y respondido fuele en son de guerra, |
|
Caso de lo ofrecido muy contrario. |
|
Por eso, y porque sabe cuánto yerra |
|
Quien se cree, de su pérfido adversario, |
|
Apercibido va, como podia, |
|
En tres bateles solos que traia. |
| LXXXVI.
|
|
Mas los moros, que andaban por la playa, |
|
A impedirles el agua apetecida, |
|
Uno armado de escudo y de azagaya, |
|
Otro de arco y de aljaba guarnecida, |
|
Esperan que la Lusa gente vaya |
|
La mayor parte de ellos escondida; |
|
Si bien para lograr mejor el lance, |
|
Algunos por ñagaza están de avance. |
| LXXXVII.
|
|
Y van por la ribera alba, arenosa, |
|
Con ademanes bélicos, alzando |
|
La adarga y arco, y flecha peligrosa, |
|
A los callados Lusos incitando. |
|
No sufre asaz la gente valerosa, |
|
Que los canes el diente estén mostrando, |
|
Y cada cual dá en tierra tan ligero, |
|
Que nadie decir puede que es primero. |
| LXXVIII.
|
|
Cual en coso sangriento el ledo amante, |
|
Viendo á la bien querida hermosa dama, |
|
Busca al toro, y saliéndole delante, |
|
Salta, corre tras él, le silba y llama: |
|
Mas el fiero animal, en tal instante, |
|
La cornígera frente inclina y brama, |
|
Y arrancándo feroz, los ojos cierra, |
|
Hiere, rompe, destroza y echa á tierra: |
| LXXXIX.
|
|
Así, en la escuadra ruido se levanta |
|
De la dura y horrenda artillería: |
|
La férrea bola mata, el ruido espanta: |
|
El aire zumba, el humo turba el dia: |
|
El pecho de los moros se quebranta: |
|
Y creciendo el terror, su sangre enfria, |
|
Y el descubierto muere destrozado, |
|
Y el que estaba escondido huye asustado. |
| XC.
|
|
No contenta la gente portuguesa, |
|
Prosigue la victoria, hiere y mata: |
|
La poblacion, sin muros, es ya opresa, |
|
Y la incendia, bombea y desbarata. |
|
De la celada al moro ya le pesa, |
|
Que bien cuidó comprarla más barata. |
|
Y el anciano y la madre, hoy infelice, |
|
Execra de la guerra, y la maldice. |
| XCI.
|
|
Corre el moro y saetas va arrojando |
|
Sin fuerza, de cobarde y presuroso, |
|
Palos, piedras y troncos vá tomando, |
|
Y armas dále el furor ciego y rabioso: |
|
Y ya el pueblo y la isla abandonando, |
|
Huye á la tierra-firme temeroso: |
|
Pasa, y corta del mar el brazo estrecho |
|
Que de aquella la aparta breve trecho. |
| XCII.
|
|
Unos en almadias van fajadas; |
|
Quién cruza el agua á nado diligente; |
|
Quién se ahoga en las olas encrespadas; |
|
Quién el mar bebe y echa juntamente. |
|
Derriban las frecuentes bombardadas |
|
Los Pánguios breves de la bruta gente: |
|
Terrible, en fin, el portugués castiga |
|
La vil malicia pérfida enemiga. |
| XCIII.
|
|
Y tornan victoriosos á la armada |
|
Con el largo despojo y rica presa; |
|
Y van á su placer á hacer aguada |
|
Ya sin miedo de daño y de sorpresa. |
|
Queda la Máura gente malparada, |
|
Mas que nunca en el odio antiguo accesa; |
|
Y viendo sin venganza tanto daño, |
|
Solo esperando está del otro engaño. |
| XCIV.
|
|
Proponer paz dispone arrepentido |
|
El Regidor de aquella inicua tierra, |
|
Sin que sea del Luso conocido |
|
Que en figura de paz le mandan guerra; |
|
Porque al falso piloto prometido |
|
(Promesa favor que el daño encierra) |
|
En señal de las paces que trataba, |
|
A que á morir los lleve le mandaba. |
| XCV.
|
|
El capitan, á quien entonces place |
|
Tornar á su camino acostumbrado: |
|
A quien tiempo ya dulce y próspero hace |
|
Para en busca salir del Indo ansiado, |
|
Al piloto recibe y satisface |
|
Que le envian; y en todo agasajado, |
|
Y despedido el mensajero atento, |
|
Las velas manda dar al largo viento. |
| XCVI.
|
|
De esta suerte, ya en paz, la armada airosa |
|
De Anfitrite las aguas dividia: |
|
De Nereo la prole vá gozosa |
|
En torno, fiel y alegre compañía. |
|
El capitan sin maliciarse cosa |
|
Del engañoso ardid que el moro urdia, |
|
Del mismo largamente se informaba, |
|
Del Indo todo y costas que pasaba. |
| XCVII.
|
|
Mas instruido el Moro en los engaños |
|
Que el malévolo Baco le ha tejido, |
|
De cautiverio y muerte nuevos daños, |
|
Antes que al Indo llegue, ha prevenido: |
|
De los puertos le da razon Indianos, |
|
Y de cuantos detalles le ha pedido; |
|
Y en tanto el Portugués nada temia, |
|
Tomando por verdad lo que decia. |
| XCVIII.
|
|
Y añadió, con el falso pensamiento |
|
Con que al Frigio á Sinón burlar se ha visto: |
|
Que está cerca una Isla, cuyo asiento, |
|
Siempre antiguo ocupó pueblo de Cristo. |
|
El Capitan que á todo estaba atento, |
|
Alégrase al relato no previsto, |
|
Y á que le lleve al puerto le incitaba |
|
Con grandes dones dó el cristiano estaba. |
| XCIX.
|
|
Lo mismo el falso Moro determina |
|
Que lo que el capitan desear puede; |
|
Que la tierra habitada es de ferina |
|
Gente que sigue el culto de Mahomede. |
|
Aquí el engaño y muertes imagina, |
|
Porque en poder y fuerzas mucho escede |
|
A Mozambique el pueblo, que se llama |
|
Quíloa, muy conocido por su fama. |
| C.
|
|
Dirigíase allá la alegre flota: |
|
Mas las la diosa en Citéres bendecida, |
|
Viendola abandonar la cierta rota |
|
Por ir tras de la muerte imprevenida, |
|
No consiente que, en tierra tan remota, |
|
Se pierda gente de ella tan querida, |
|
Y con vientos contrarios la apartaba |
|
De á dó el falso piloto la llevaba. |
| CI.
|
|
Con que el malvado Moro no pudiendo |
|
Tal determinacion llevar avante, |
|
Otra perfidia en su lugar urdiendo, |
|
Prosigue en su propósito constante. |
|
Dice que, pues las aguas impeliendo |
|
Los llevan á la fuerza hácia adelante, |
|
Que cerca hay otra Isla cuya gente |
|
Son cristianos y moros juntamente. |
| CII.
|
|
Tambien en este aserto le mentia, |
|
Como en fin, por costumbre ya llevaba; |
|
Porque de Cristo allí gente no habia |
|
Sino la que á Mahoma celebraba. |
|
El Capitan, que al Moro bien creia, |
|
Velas virando, la Isla demandaba: |
|
Mas no quiere la diosa guardadora, |
|
y la barra no vence la alta prora. |
| CIII.
|
|
La Isla á Quíloa está tan allegada, |
|
Que un paso estrecho á entrambas dividia, |
|
y una ciudad en ella está situada, |
|
Que al frente de la mar aparecia; |
| |
De nobles edificios está ornada |
|
Cual, de lejos, por fuera, bien se vía: |
|
Mómbaza, isla y ciudad por nombre tienen, |
|
Y á un Rey anciano á someterse vienen. |
| CIV.
|
|
Y el Capitan á vista de ella Ira anclado, |
|
Estrañamente alegre porque espera, |
|
Que va á ver aquel pueblo bautizado, |
|
Como el falso piloto le dijera; |
|
Cuando héte que de. tierra con recado |
|
Llegan barcos del Rey, que ya supiera |
|
Quien son, que Baco de antes le avisára, |
|
De otro Moro en la forma que tomára. |