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Los rosales de Mañara

Manuel Chaves Rey

«Rosales que, citando

al soplo de los céfiros gemían,

para Mañara decían

tenues frases de dolor:

cada rosa recordaba

tristemente a su memoria

amarga y llorada historia

de algún pecado de amor.


(Cano y Cueto)



Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que visitan el edificio de la Caridad1, situado desde su fundación en el lugar que hoy ocupa, próximo a la orilla del río, y a la izquierda de la antigua y casi derruida torre de la Plata2.

Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán3, Simón4 y Ramos5 que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan en su sacristía; —241— los muchos varones notables que allí están enterrados; y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos servicios que a diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero sevillano, D. Miguel de Mañara consagrada a hacer el bien de los pobres y a socorrer a los desvalidos.

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios, puede decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del fundador, ocurrida en el mes de mayo del año 1679.

La terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores, que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se respira. Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse la siguiente inscripción:

«Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas a esta santa casa por el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674, conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de ellos —242— por los jueces del proceso informativo (folios 1292 a 1297) y permanecieron hasta él, dice, en el mismo estado. Se colocaron en este lugar el año 1802».


Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y a pesar del tiempo trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó a principios del siglo presente la lápida que acabamos de copiar. Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero nosotros nos limitaremos a relatar la más admitida, según hasta nuestros oídos ha llegado.

Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de Mañara, que acostumbraba a pasarse la mayor parte del día ejerciendo obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su celda a profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como a la lectura de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su imaginación de toda idea pecaminosa.

A veces, sin embargo, acudían a la mente del caballero algunos recuerdos de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba a efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que ponía a prueba su valor, su travesura o su agudo ingenio. —243—

Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D. Miguel las figuras de varias mujeres, a quienes había amado y a las cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar muchas lágrimas. Estas sombras que llegaban a turbar las meditaciones del entonces piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y habiéndole acometido profundo sueño, vio en él a ocho damas cuyos rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con el llanto que de sus ojos caía.

Se dice que en memoria de aquel sueño, y a manera de homenaje a las infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin que consintiera nunca que nadie, sitió él, llevase a cabo estas operaciones.

Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando aquellas flores a que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos —244— ocho rosales, cada uno de los cuales representaba a una de las amadas del caballero. Como ya hemos dicho más arriba, a principios de siglo las macetas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por primera vez visite el hospital de la Caridad. —245—

FUENTE

Chaves, Manuel, Páginas sevillanas: Sucesos históricos, personajes célebres, monumentos notables, tradiciones populares, cuentos viejos, leyendas y curiosidades, 1894, Sevilla, [s. n.], Imp. de E. Rasco, pp. 241-245.

Edición: Pilar Vega Rodríguez.

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