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ArribaAbajoViento norte

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«Un trago siempre es bueno». Tereso entró al boliche de don Tito con la sonrisa ancha brillándole en el sombrero. «La cañita blanca con limón me cae bien». Cristoso, recostado en el mostrador sucio, también estaba de buen humor. «Salú, salú...», su trigésimo tercer vaso del día chocó con el de Tereso.

-...y... pican... pero hoy no salgo; desde la mañana temprano el río está callado y los pakú andan por el fondo sin interesarse para nada en la carnada. Va a haber cambio. Ellos saben. Anoche había amenaza...

-Ya otra vez con tus antojos... no creo un carajo en tus historias de pescaditos -la mirada burlona y el gesto exacto del almacenero llenando de nuevo los vasos.

-Mirá don Tito... no es la primera vez...

-Pero qué primera vez ni qué perro muerto, no seas boludo...

-¿No ven...? -comenzó Cristoso, tartajeando, cuando el   —72→   relámpago seco le pasó cerca de los ojos y se incrustó en la pared, entre las botellas. Miró a sus interlocutores. La indiferencia de ambos cortó todo comentario.

-Pero por qué... por qué no... -terciaba Tereso-, hay que respetar la creencia de la gente... ayer me decía...

-Vos también ahora sos católico... la gran pistola...

Cuando el mostrador empezó a moverse lentamente de izquierda a derecha, Cristoso se fijó en sus contertulios; ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta. Volvió a mirarles. «Sin embargo hoy chupé igual que siempre nomás...». El perro olisqueaba el aire; comenzó a aullar bajito.

Cristoso le acarició la cabeza y atajó la silla con el respaldo inclinado en que estaba sentado.

-Pichicho, pichicho -murmuró Cristoso comprensivo y cambió con él una sonrisa de entendimiento-. Sin embargo... -comenzó a decir, dubitativo, y volvió a callarse cuando los vasos cambiaron de lugar.

Don Tito llenó automáticamente las copas vacías y miró de costado hacia abajo, en donde el perro lloriqueaba, mientras que con la parte de la boca que no ocupaba el pucho apagado gritaba una orden a Crecencia, su mujer, perdida en el trascuarto, entre el chirrido de la fritanga, con la cara velada por el olor.

El bolichero volvió a mirar hacia el lugar desde donde venían los leves aullidos. «¡Ah mis tiempos de pelotero!», y asestó una contundente patada en las costillas del perro.

Al recibir el puntapié, el pichicho lanzó un chillido agudo y de golpe todo cambió. Tereso, que acababa de ingerir un trago, sintió que la mitad de la caña se le volvía amarga en la   —73→   boca; sus cabellos doing... doing... se pusieron de punta. Por su parte, Cristoso hizo una mueca de disgusto al tragar y miró al otro de través. El bolichero buscaba al perro dando saltitos de boxeador y puñetazos al aire. Tereso tiró un billete arrugado sobre el mostrador y salió sin despedirse. A punto de franquear el umbral, todavía oyó el ruido seco de la bofetada que don Tito acababa de asestar a su mujer en el trascuarto.

La calle ya no rodaba hacia el río, como cuando entró al boliche; estaba quieta, totalmente inmóvil. Una luz metálica bañaba el poblado, suspendido en el silencio. Tereso se dio cuenta de que el vacío rodeaba el pueblo, y que en los límites, al pasar el cementerio, uno podía desplomarse en una zanja sin fondo. Desistió de la proyectada visita a su amigo Serafín, que vivía unas cuadras más allá del camposanto: «Quién sabe si no está en el fondo fondo...». Las calles de pasto estaban pegajosas. Chapas horizontales de cinc y de resol dificultaban el paso. De repente se dio cuenta que en vez de caminar, iba dando saltos, con los pies juntos, como los canguros. Muy fatigado se sentó a descansar en el banquito, frente a la casa de los Morales; las tablas crujían bajo sus nalgas calientes. Desde la fachada, las ventanas rosadas y los adornos amarillos reverberaban, dándole puntadas en los ojos, en el pecho, en las orejas. Pasó rodando una bola y a duras penas reconoció a doña Nadia, la turca gorda de la otra cuadra. Se levantó con gran dificultad, tenía los pies de plomo, sentía distintamente cada uno de los huesos del cuerpo, la bisagra de cada articulación, la cuerda de cada nervio, tensa como para ser rasgueada, los pelos del   —74→   cuerpo como espinas. Siguió lentamente la calle desierta, remando corriente arriba. Un jinete dobló la esquina del Juzgado de Paz. Venía nadando en las ondas del resol. Su compadre Patrocinio pasó sin saludarle, jinete en un caracoleante caballo de fuego alazán, las venas salientes dibujadas como caprichosos caminos en las ancas lustrosas. Sus espuelas titilaban cerca de las verijas sangrantes del animal. El saco pijama a rayas rojas y verdes echaba avispas al contacto con el aire inexistente. El juez apareció, alto y cuadrado, en el marco de la puerta de su despacho. Estaba más negro que de costumbre, y más bizco. Les miró a ambos a la vez, fijando primero el ojo derecho en el jinete, el izquierdo en Tereso; luego al revés, el derecho en el peatón, el izquierdo en Patrocinio. Repitió varias veces la operación, los brazos velludos cruzados sobre la prominente barriga. Todo estaba suspendido de la mirada del juez; carraspeó, lanzó violentamente un escupitajo amarillento-verdoso que se quedó chirriando al sol sobre la vereda; mostró los dientes blancos y poderosos de perro joven, y entró de nuevo a su despacho.

Tereso siguió andando. En el costado izquierdo de la iglesia parroquial encontró al Sacristán peleando con su perro, ambos se mostraban los dientes y gruñían.

-Buen día, don Muachita...

El Sacristán ni le oyó, ocupado como estaba en retar al animal.

-Puerco, perro de mierda, malagradecido... confundirme con un poste. Quién me va a pagar ahora el lavado del pantalón, con el mal olor que tiene... perro de Belcebú; lo   —75→   que te mereces es que te deje en ayuno y abstinencia durante una novena por lo menos, así puede ser que recupere un poco..., pero sin cabeza, luisón, cancerbero. El animal le respondía con gruñidos, levantando los labios para mostrar los poderosos colmillos.

Tereso llegó a su casa por la parte de atrás; saltó el alambrado, atravesó el yuyal y se metió en la cocina. El cuchillo grande relucía sobre la mesa pringosa. Las moscas espesas hacían resaltar el brillo de la hoja. Pegó un salto cuando una se le posó sobre la nariz. Empezó a pasar el cuchillo por la piedra de afilar, con ritmo febril, mientras llamaba a grito pelado: «¡Celestinaaaa! ¡Celéeee!». Su mujer no aparecía por ninguna parte. Con la hoja reluciente en la mano derecha revisó la casa de punta a punta, detrás de la fiambrera, debajo del catre. «¡Dónde mierda se metió; seguro que ya está otra vez en casa de su madre, esa bruja! Cuando más se la necesita, la gran...». Con rabia despanzurró la almohada. Las plumas volaron; moscas blancas bailaban con las negras en el rayo de luz que agujereaba la pieza desde la tronera. Siguió maldiciendo a su mujer, a los amigos, al Santo Padre, a los desconocidos... trozó la vela sobre la mesa y salió corriendo tras el gato que había estado dormitando bajo la fiambrera. El gato se perdió en el yuyal y Tereso se quedó temblando bajo la parralera del patio; su cuchillo echaba chispas. «Así murió mi abuelo...». Desde el patio vecino, la vieja Eudosia fijaba en él sus ojitos brillantes, por sobre el cerco de tacuarillas. «Un día como éste, que le miró la cara al Supremo en la calle. Una hora después le afusilaron». Eudosia le miraba por entre las rajaduras de las   —76→   arrugas en la cara viejísima, de cuero achicharrado. «En esas ocasiones, el Supremo era malo, como un perro rabioso era, como un yacaré clueco...». Tereso la miró con furia; levantando la vista vio las hojas de la parra, inmóviles, pegadas al cielo reverberante.

Esa noche Tereso escuchó desde su casa los gritos de la pelea que se armó en el baile de la Escuela; estuvo a punto de ir, pero el cansancio pudo más. No durmió mucho; la luna enorme golpeaba la puerta, entraba al cuarto con sus patas relucientes, silbaba en los rincones como araña pollito o se acostaba a su lado, haciendo crujir el cuero del catre trama; los pomberos se peleaban en el patio por el agua del aljibe, haciendo ruido con la cadena y el balde. Varias veces se levantó en busca de agua o para orinar detrás de la cocina, cuidando de no molestar a los pomberos que se repartían el naco dejado en el mortero.

Al día siguiente, la churera le contó el resultado de la trifulca en el baile. «Dos se desgraciaron, seis se hirieron nomás...». Todo el día permaneció Tereso en casa, entre la hamaca y la silla de paja recostada contra la pared del corredor, mirando el norte, gruñendo cada vez que Celestina le dirigía la palabra. Comió sin ganas, luego de putear a su mujer por haber hecho caldo para el almuerzo. Le despertó de su larga siesta la voz gangosa de la vieja Eudosia que hablaba con Celé en el patio. Las palabras le llegaron en ondas, entre las capas superpuestas de viento muerto y de resol: «...y dice que don Cristaldo, el peluquero, le sacó un pedazo de la oreja a Lacú Noguera con la navaja y le tajeó todo el pescuezo y la cara a tres más; a don Robú sí que le   —77→   peló bolero..., ahora está preso porque Lacú Noguera es pariente del Comisario...». La vieja seguía contando con voz monótona impersonal, como si rezara, los sucesos del día. Que Nachí se cayó en el escusado donde había estado saltando y se hundió hasta el cuello; que a ña Jacinta le tomó parálisis y no puede hablar, «la más grande desgracia, primera vez que se calla...»; que en lo de don Cuquejo hubo una riña, unas cuantas cabezas rotas, sin importancia; que don Melitón le había apuñaleado al amante de su esposa y eso que eran buenos amigos; «que... que... qué querés ña Celestina, mi abuelo también fue afusilado, una vez...». Tereso sentía el fuego paseándose por todas partes, en el estómago, en las orejas, en la garganta, en los talones.

Cuando hubo trasvasado buena parte del cántaro a su barriga, sintió todavía pedazos de calor, como islotes de llama; sus huesos se movían solos, uno a uno podía identificarlos, medirlos, palpar su contextura, su longitud, el movimiento de la tibia y el fémur en la bisagra de la rodilla, el del cúbito y el húmero en la del codo. Salió al patio y se dio cuenta que estaba veinte o treinta centímetros más bajo; su mujer estaba reducida prácticamente a dos tercios de su estatura y la vieja Eudosia casi había desaparecido; de ésta no se escuchaba sino la voz de lata, detrás del cercado de tacuarillas.

Nemesio llegó con su canasta al atardecer; al panadero le bailaba la larga mandíbula, apenas saludó.

-Hoy no les traigo pan, se me quemó toda la hornada, y eso que cuidé, la gran siete. Hay galleta coquito, por si no tienen nada para hoy y mañana. Pss... todo anda mal... allí   —78→   mi vecina ña Apolonia está desesperada, su marido desapareció desde anoche. Algunos vieron pasar a don Jacinto hacia el cementerio con los ojos encendidos como carbón, dicen. Y Timoteo, que esta madrugada tuvo que irse por ahí, vio un perro negro que echaba fuego por los ojos; le vino derecho, sin ladrar ni nada y vio que de la boca le caía espuma como con sangre. Timoteo iba a correr pero se dio cuenta que el luisón le iba a alcanzar en seguida; de repente se acordó que tenía su rosario bendecido en el bolsillo, sacó y empezó a hacer cruces en la dirección del maldito. Al séptimo pase con la crucecita de plata, dice que el luisón se paró en seco, casi se cayó de culo, y de allí donde estaba, se dio vuelta y rajó a toda bala, aullando. Candé, que vive a cien metros del cementerio, esta madrugada vio por su ventana pasar el mismo perro, pero sin cabeza; con esa luna que había le vio bien. Se asustó tan grande que su compañero tuvo que ponerle compresa fría en la cabeza y amasarle la barriga. Ña Apolonia no sabe nada de eso, nadie se anima a contarle, pero desconfían porque esta mañana ya se fue a averiguar con la gente que vive por el lado del cementerio. Nadie le dijo nada, ni Candé ni Timoteo, para no preocuparle; pobre mujer, está tan afligida... Fíjese, le dijo a mi señora que leyó en el almanaque que esta noche va a haber luna llena y eclipse. Parece que don Jacinto mismo había marcado la fecha... no sabe qué hacer, no quiere dar parte al Comisario, que es capaz de intervenir mal porque don Jacinto pues no es de su partido. Yo no sé qué va a pasar en este pueblo.

«Así murió mi abuelo...», comenzó la vieja Eudosia que escuchaba detrás del cerco de tacuaras.

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La calma fue creciendo, creciendo con la noche; se la sentía flotar. Veían al monstruo tirado en el patio, en la pieza, en los ojos. La luna enorme, que se preparaba para el combate con el jaguar azul, alumbraba su lomo insoportable. Sentían el aliento cálido del engendro en los rostros, en las piernas, en toda la piel; la baba que echaba les pegaba a la silla, al catre, a la hamaca. De repente empezó a bramar y a echar relámpagos por la boca. La tierra se puso a humear y se cubrió de un aroma tibio -vaho de madera, bosta, polvareda, hoja, pasto, insecto-, cuando cayeron las primeras gotas, gordas como puñetazos.

Al día siguiente, Tereso se encasquetó su sombrero sonriente y cantando salió a la calle limpia, que rodaba en corriente verde hacia el río. Nadie se acordaba del viento norte.



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ArribaAbajoOjo por ojo

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Allí estaban los dos, silenciosos. Pero siempre había sido así; jamás habían tenido mucho que decirse, ni tiempo. Apenas si para acoplarse en el cansancio de las noches calientes, como dos gusanos.

-Como esos gusanos blanduzcos -se dijo ella.

El fuego pasaba a través de los agujeros, como un cuchillo entre las costillas; pasaba desde arriba, o quizá desde abajo. Porque esto muy bien podía ser el infierno del que tanto habían escuchado hablar al Pa'í. Sin embargo, el señor cura les había prometido salvarlos de las llamas -perdurables- amén, con la condición de que se casaran y vivieran cristianamente: el bautismo-la confirmación-la comunión de los hijos-la misa-el matrimonio-el viernessantoayuno-la pascua florida-la extremaunción-las novenas-los diezmos. Los diez mandamientos. Centavo sobre centavo habían tratado de cumplirlos, y sin embargo, ahora el calor les atravesaba de punta a punta, ese calor que derrite la grasa, que pudre todas las cosas.

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Pero ellos nada decían. Las manos grasientas de la vieja en las manos grasientas del viejo. Como cuando ella iba a visitarlo al corralón donde él pasó dos años por aquella «desgracia», durante el baile en la escuela. Conste que no había sido culpa suya; el otro le agredió porque no le gustaba el color de su pañuelo y porque la caña; el puñal dijo el resto. Entonces ella iba todos los domingos a llevarle el atadito de cosas, y permanecían horas con las manos en las manos, hasta que sentían crecer una capa de grasa entre ellos, sin hablarse, a través de las rejas del patio enorme. Apenas si le preguntaba por los hijos.

-Conché come tierra -murmuraba la mujer.

Y él pensaba que estaba bien que no los trajera.

-Kitó me ayuda en la capuera -y le entregaba el bastimento.

Pero él salió en libertad, gracias a su compadre que ya era comisario. Y todo fue mejor. Hasta pudo comprarse un caballo para ir a las carreras de los domingos. Ella ya sabía de lo que se trataba cuando él regresaba con una máscara de ceniza, de silencio espeso y ceñudo.

-El hombre es hombre -se decía ella-, y... así no más tiene que ser.

Todo fue mejor, pese a la muerte del hijo, el segundo, y a que la menor, de muchacha en una casa de familia decente, pasó a trabajar en aquella casa.

-Eso no está bien, pensaba la vieja. Que sirva a los hijos del patrón, bueno... ¡pero con todo el mundo, y por plata...!

Todo mejor, gracias a que cumplían con los sacramentos, como dijo el Pa'í, quien hasta entronizó una imagen de   —85→   la Santa Virgen de los Remedios en el cuarto. Desde entonces, nunca faltó la bendición de la Santa Patrona, ni tampoco una vela los viernes, sobre la repisa, junto a las flores de papel ennegrecidos por las cacas de moscas, empalidecidas por el polvo y el resol.

Ahora tenían más tiempo para recordar todo aquello, sin decirse nada, igual que siempre, igual que durante las veladas de invierno en la cocina, cuando las brasas se iban consumiendo y las sombras comían sus facciones inexpresivas, como un gusano enorme, como ese gusano cerca de sus uñas azules. «Quizá es el mismo o un pariente de los que aquel año y aquel otro y aquel otro destruyeron el algodonal. Hasta es posible que todos los gusanos sean parientes».

Todo mejor... Y seguían roturando la tierra, hasta que en la cara se le abrieron esas grietas que el sol dibuja en la costra sedienta del suelo durante las siestas de fuego.

-¡Fuego eterno para los que olvidan la patria celestial! -clamaba el Pa'í-. Pero la piedad, la devoción... -agregaba, los ojos en blanco.

Y ella rezaba su rosario, mañana y tarde, y hasta por las noches cuando el insomnio le fue creciendo con el reumatismo. Cada vez más sola, como al principio. Nadie más que él y el perro de costillas florecientes, también ya desdentado, le escuchaban desgranar el devocionario desgastado que guardaba en la cabeza.

-Parece que va a haber seca...

-Sí... -respondía él, y miraba el fuego en el poniente.

El perro dormitaba y perdía ruidos por todos los costados. «De puro viejo», pensaba.

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-¡Fuera!... -decía ella, y volvía a sus rezos.

«La piedad, hijos míos; la devoción, mis amantísimos hermanos...». Y sin embargo, qué caliente era todo alrededor de ellos. Qué pesada sobre sus manos grasientas, podridas, sobre los pelos crecidos, sobre las uñas largas y moradas, ese metro y medio de tierra, de fuego rojo.



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ArribaAbajoSalmón y dorado

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La vieja hizo una antesala larga de color salmón. El ordenanza la veía -sentada en el borde delantero de la silla- entre el primer gol del «Sportivo» y los botellazos que el «refere» recibió en el segundo tiempo; entre la puñalada asestada a la señorita Juana Mendieta, pupila del quilombo regenteado por doña... y el casamiento del señor doctor Subsecretario... con la distinguida dama de nuestra sociedad... En el momento de pasar a los «avisos económicos» se fijó en sus cabellos amarillentos, en su boca desdentada, en sus zapatos rotos, y se aprestó, bostezando, a anotar el motivo de la visita.

-Nombre-edad-profesión-estado civil-motivo-pero el señor Ministro no la va a recibir sin recomendación. ¿Quién le conoce a su hijo?

El ordenanza no vio el polvo de arroz sobre su nariz ni el prendedor verde «para impresionar al señor Ministro».

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-Lo mismo nomás yo le quiero hablar. Mi hijo es bueno. No es un maleante... no es cierto... no es cierto.

Al lloriquear, la nariz se le enlodaba con el polvo de arroz. El salmón seguía centelleando en las paredes, pero la viejecita en su vida había visto ese pez, nunca lo había probado; no le preocupaban los muros de la espera, sólo su hijo.

-Aunque sea el Jefe de la Sección Política...

-No, no está nomás también. Él mismo dirige, con mi Coronel Salcedo, la operación -el tono del muchacho era el de quien conoce los secretos de estado.

-E'aqué... -exclamó la vieja e introdujo la mano derecha entre los dos senos.

El ordenanza lo vio y dejó de bostezar. «O lo uno o lo otro... Pero esta vieja... qué pico... peor que tortilla amanecida ha de tener...». Los ojos del muchacho brillaron codiciosamente.

Ella terminó de rascarse el pecho y siguió insistiendo.

-Aunque sea el Subjefe... no importa... Ya recorrí el Hospital Central, el Dispensario, la Unidad, la Delegación, el Conservatorio, la Comandancia, el Frigorífico Nacional... -enumeraba plañideramente-. Usted solamente es mi salvación -agregó luego del rosario recitado casi sin respiro.

-No hay caso... -respondió el muchacho, bostezando de nuevo-. Está demasiado ocupado.

-Alguien ha de haber pues. ¡Cómo lo que me van a dejar así! -porfió la vieja, y se acordó del dorado que tanto le gustaba a su hijo. Solía prepararlo frito las veces que él volvía de la pesca con alguna pieza-. Usted también ha de tener una madre...

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El muchacho pensó en la tía, en el compañero de la tía, y reaccionó con una sonrisa cuando la vieja, luego de rascarse por segunda vez el pecho, sacaba un paquetito verduzco de billetes arrugados.

-Y... todos somos iguales -dijo pausadamente-, aunque su caso es jodido. Pero los pobres somos iguales, para lastar nomás estamos.

-¡Mi hijo... mi hijo! -mascullaba la vieja, sin saber si se refería al ordenanza o al muchacho extraviado en la selva. Sin saber si le hubiera gustado el salmón que jugueteaba alegremente en las paredes del cuarto.

El ordenanza salió lentamente; se oyó el chirrido de cajones que se abren, de papeles manoseados. El salmón seguía nadando en los muros, pasando a través de la vieja. El muchacho volvió, arrastrando los pies. Traía el legajo en la mano.

-Alto Paraná, ¿es eso?

-He'é -dijo la viejecita, y el polvo de arroz de su nariz se infló y se desinfló con un suspiro. «Para eso me puse el prendedor y me empolvé; por lo que me vio el Ministro».

Teófilo Sandoval, ¿pakó?

-Teófilo Miguel -corrigió la vieja-. Nació el día del Santo Arcángel -agregó con vehemencia, y miró el salmón, aunque nada sabía, ni siquiera que era un color.

-Martínez..., Chaparro..., Benítez..., Osuna..., González..., no hay luego ni abecedario -se quejó el muchacho y siguió masticando los apellidos mientras su índice derecho seguía el paso torpe de sus ojos.

-No hay -respondió su voz segura a la cara ansiosa de la vieja, luego del trabajoso deletreo.

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-¿No hay? -como un eco lastimero de la voz masculina.

Ihs, qué notable!

El muchacho recomenzó con las listas, mojando el dedo en la lengua para pasar las páginas. La vieja seguía ansiosa el índice del ordenanza.

-¿Crisanto Sandoval?

-¡No! -exclamaron ambos a la vez.

«A él le gusta tanto el dorado frito. Una vez trajo uno como de cinco kilos.»

El ordenanza seguía deletreando dificultosamente.

-¡Pucha!, ¡por qué lo que no ponen por abecedario! Así ni el más sabiondo...

Terminó las listas y levantó la cabeza. Su vista se cruzó con la mirada triste de la vieja.

-No, che sy -le dijo, usando por primera vez el apelativo de madre; su voz había cambiado a un tono casi húmedo-. Su hijo no está entre las víctimas ni en el parte de los montoneros caídos en poder de las fuerzas. -Hizo un gesto con las dos manos vacías, con el busto y se quedó mirándola.

-¡Y cómo no me escribió!, aunque sea un propio... si pasó otra vez el río... o está todavía... -se había olvidado del ordenanza-, a lo mejor en algún pueblo o qué... Y bueno -dijo reaccionando-, Dios se lo pague, mi hijo.

-Taluego señora -bostezó de nuevo el muchacho.

 

La vieja masticaba con dificultad. Con los pocos dientes, la encía, la lengua, el paladar conseguía formar una bola blanduzca, impregnada de saliva; recién entonces tragaba, sin ganas. Su comadre le había insistido en que comiera   —93→   aunque sea un pedazo del pakú frito. «Si por lo menos estuviera Te'ó; esto le gusta casi como el dorado». «Pakú solamente tengo», le había dicho su comadre gorda, dueña de un puestecito de comida en el mercado, como si quisiera decirle: «yo tampoco conozco el salmón».

-...él me dijo dónde estaba mi zarcillo con crisólita que se me perdió. Sabe todo luego. Andá si que a verlo, comadre. -La mujer empujó el opulento seno con un movimiento brusco del hombro izquierdo-. A mi sobrina le curó del pasmo que le tumbaba como una escupida. Es muy valé... -insistía, moviendo los gruesos brazos morenos.

-Se está bien aquí... -dijo la vieja, empujando el plato con la comida casi intacta.

El techito de zinc concentraba el calor del mediodía, así como el brasero y el resol que, desde los cuatro costados, apretaba. El polvo de arroz había desaparecido con el sudor y sólo quedaban algunas gotitas blancuzcas marcadas sobre la nariz. La cabellera renegrida de la comadre enviaba reflejos azulados que le obligaba a entrecerrar los ojos.

-La gente dice que es luisón, de pura envidia nomás... Es el único hijo que te queda... -agregó la comadre, luego de una pausa.

-He'é, y cada vez se parece más a mi finado, que Dios le tenga... -terminó la vieja con un murmullo.

Ella fue la última en pasar, luego que la fila de llagas, tumores, supuraciones, temblores hubiera llevado consigo el sol de la tarde.

-Yo sé para qué usted viene. Cuénteme su mal, señora.

La voz del médico Popyté resonó con seguridad metálica   —94→   detrás de la mesita cubierta con un pedazo de cretona floreada, detrás de la vela de sebo, detrás de ese rostro delgado con los huesos marcados bajo la piel obscura. Los espejitos colgados caprichosamente reflejaban el resplandor de las tres velas, una sobre la mesa, dos sobre el armarito hecho con cajones de kerosén. «Standard Oil Of California», en letras verdes desteñidas como los yuyos y las botellitas que contenía desordenadamente.

-Ya sé que nunca usted comió salmón, señora, pero eso mismo puede ayudarnos.

La vieja contemplaba absorta esos labios finos que apenas se movían para decirle cosas incomprensibles. La mirada firme, brillante del hombre le traspasaba, y sus cabellos blanquísimos sobre el rostro moreno le conferían una especie de aura. ¿Qué significaba Standard Oil...?, ¿y salmón? De golpe vio el ave negra sobre el armario.

-¡Basta, basta, señora! Su caso es difícil pero no imposible -interrumpió médico Popyté luego de un rato que la vieja hubiera comenzado a contarle-. Ya he reparado en la sensibilidad y la compenetración. Es un caso muy interesante...

«Qué bien habla, igual que el maestro Cáceres, ¡pero es más sustancioso! Tiene razón comadre».

-Yo no le puedo decir exactamente el lugar, porque la geografía es una dimensión que escapa al campo del espíritu...

El cuervo volaba entre nubes brillantes como espejos. La voz adormecía de tan melodiosa. «Y qué bien pronuncia. Standard Oil... salmón... dimensión... Chepí Rolón sí que era buen amigo de Te'ó».

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-Usted es la única que puede obtener la respuesta, porque el cordón umbilical no se corta con el frío metal que separa al niño de su origen.

El cuervo seguía volando... «of California... cordón umbilical... parece música... no se entiende muy bien... cómo brillan sus ojos...».

-...la memoria fetal no se extingue nunca y perdura sobre todo a través de los sentidos. Esto produce una forma de comunicación, se transmite, los efluvios. La vista no, porque la oscuridad reina en la cavidad materna. Pero sí las otras sensaciones: el tacto, el gusto, el olfato, el oído. Usted puede... la única que puede... va a sentir... usted puede...

La vieja volaba junto con el cuervo... «-standard... salmón... dorado...».

-...usted puede... usted siente... siente... toca algo... toca...

Movió levemente la mano, sintió algo blanduzco sobre la yema de los dedos. «...dorado... dorado destripado... blanduzco... frío... tengo que fritarlo luego...».

-...usted siente... siente bien... huele... huele... huele...

Hinchó las ventanillas de la nariz ya sin polvo de arroz.

Un olor dulce, «...como cuando...». El cuervo bajaba lentamente.

-...usted siente, a través del viento, oye perfectamente... oye...

Ladeó un poco la cabeza «...se diría seda rasgada... o la carne que se corta... o la gelatina del ojo... o la lengua... cada vez se parece más a mi finado...».



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ArribaAbajoAniversario

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Hace unos días no tenía ninguna noticia de este hombre fuerte, moreno, que ocupa la cabecera de enfrente; este hombre que, sin embargo, se parece en muchas cosas a la imagen que yo solía ver diariamente en los espejos de hace 20 ó 30 años. Porque desde entonces he cambiado bastante; aunque no he engordado -el mucho camino, seguramente-, la piel ha empezado a arrugárseme por todas partes (cuello gusano, cara de leche), la polvareda de los caminos, la suciedad de los pueblos se me ha subido a la cabeza, se me ha metido en el bigote, y la voz se me volvió un poco más ronca, por la caña que va rascando el pecho, a lo mejor. Mi guitarra también se puso un poco más vieja, más color de mano andariega o jugo de naco, de tanto sobarla y toquetearla y sacarle música y ordenarle alegría y hacerla llorar; no hay noche que la pobre no vomite el alma. Pero esto sólo pasa en la cáscara, porque cuando me pongo a cantar -y mi guitarra conmigo-, la gente dice todavía: «canta lindo el   —100→   mozo», y las primas y las bordonas suenan como campanas, salen del fondo de la caja y hacen llorar a las muchachas en las serenatas. Juntos andamos de valle en valle, de pueblo en pueblo, de fiesta patronal en fiesta patronal, porque el almanaque Bristol -que me lo sé de memoria- trae más de un santo por día y cada lugar es devoto de alguno. Un pueblo sin patrono no es posible, y el único que conocí, Isla Po'í en el sur, se fue muriendo desde que los dueños llevaron el San Blas patrono y los otros no se decidieron a reemplazarlo. Así, con mi guitarra cantando de noche en noche y de pueblo en pueblo. Pero a éste hacía mucho tiempo que no llegaba, años sin parar, desde la última vez en que estuve para los festejos de la Santa Patrona del Rosario y que canté varias noches seguidas en la plazoleta del mercado. No me acordaba muy bien del pueblo; aquí llegué otra vez porque estaba en mi camino, porque sí, como el viento que arriba y se va y se arrima de nuevo, aunque empiezo a creer que por algo más. Así que llegué y me fui al mercado a desayunar; la gente me rodeó; algunos decían reconocerme, sobre todo la vieja chicharronera del puestito en que me había instalado. Los curiosos me miraban, se fijaban en mi guitarra, y parece que corrió la voz.

-Usted es José Domingo... -dijo por encima de mi cabeza inclinada sobre el plato. Levanté la vista hacia la voz y casi se me cae la cuchara de la mano; un bicho comenzó a pasearme por el espinazo.

-Servidor...

Ahí me acordé que un embarcadizo me había dicho, hacía tiempo, pero tantas veces me habían arrimado cosas   —101→   que no había hecho. Sin embargo, aquí no había mula; esos ojos, la boca, casi con el mismo bigote, la inclinación de la cabeza; si no fuera por el color más subido y el tamaño robusto, diría que era yo mismo.

-Yo soy el hijo de Damiana... -dijo la voz insegura.

Me levanté despacito, apoyándome en la mesa de tabla, en los caballetes se hubiera podido sentir el ritmo de mi corazón tamborero, creo que la silla cayó hacia atrás cuando nos abrazamos. La vieja chicharronera lloraba, la gente hablaba en voz baja, muchos tenían la mirada vidriosa. Que Damiana había muerto, de aquí a cinco años atrás; que se había acordado siempre de José Domingo, el cantador; que la hermana se había quedado sola en el puesto del mercado; que estaba seguro que su padre vendría alguna vez; que nada especial, que tenía un negocio y no funcionaba mal; que debía irme a la casa, a vivir con él; bueno aunque sea unos días, y después ya veremos. Pero antes saqué la guitarra de su funda y estuve cantando algunas canciones en recordación de aquella muchacha morena, mi compañera durante la fiesta de la Virgen del Rosario, en un Guarnipitán igual al que había visto esta mañana al entrar con el alba en las calles llenas de rocío, pero 25 ó 30 años más joven, el pueblo y yo.

Bueno, y aquí estamos en la casa de mi hijo José Rosario, festejando su cumpleaños; hoy cierra los treinta y hay que celebrar como corresponde, los años y este encuentro. Es una farra de ley. Comenzamos a chupar por la mañana, mientras el asado chorreaba sobre el gran fuego del patio. En la larga mesa que se armó en la sala de recibo -hoy la casa no funciona- están sentados los amigos de mi hijo y los   —102→   mejores dientes, algunos de ellos notables del pueblo; el Oficial l.º Chaparro, enclenque y bizco -me parece que recibe una coima para proteger la casa-; las pupilas, no todas, sólo las más presentables y las que saben usar correctamente los cubiertos. A las putas vejanconas, a las gordas y a las desdentadas, se las ve pasar de tanto en tanto por la puerta que da al patio arrojando un haz de penumbra, de curiosidad. En una cabecera, el patrón, José Rosario; en la de enfrente yo, su padre, José Domingo, los dos tan chochos y tan contentos de encontrarnos así, frente a frente y tan cerquita, y hace una semana no nos conocíamos ni de vista. Qué le parece, como decía mi compadre Melitón, si hasta se me antoja que es un sueño; este muchachón autoritario y tierno que se instala de golpe en mi vida, como queriendo hacer echar raíces a una hoja; esta gente de quien no tenía la menor noticia, que ahora me trata de señor, don José Domingo, que se hace señas de silencio cuando voy a cantar y cuchichea «el artista, hay que respetar al artista»; estas muchachas de pelos diferentes y cambiantes, las empleadas de mi hijo; esa larga mesa en que los tragos y los brindis van montando. Hace cuatro días no hubiera ni soñado que todo esto iba a sucederme en este pueblo, perdido en la polvareda de mis recuerdos. Una de tantas semillas arrojadas en el camino que había prendido, así nomás, en el lugar menos pensado. Uno se cree libre, libre viento, y de repente se da cuenta que no sólo hay un montón de cuerdas, canciones, recuerdos que lo estuvieron atando siempre, sino también algo más serio: esto, mi hijo que vino sin querer pero al que se quiere en seguida, que se   —103→   mete bajo la piel, como el calor que siempre estuvo allí, aunque más no fuera sino como una falta, o el músculo que nunca se usó, pero que quieto y escondido también estaba allí. Ahora levanta la copa dirigiéndose a mí, de tanto en tanto brinda conmigo, como esperando algo o buscando una complicidad, posiblemente la llave que ha de terminar de abrir la cerradura que comenzó a aflojarse en estos días de conversaciones torrenciales y desordenadas como aguaceros esparcidos. Mamá esto, mamita aquello; qué admiración y está bien que la recuerde con cariño. Me parece que buscaba alguna reacción de mi parte; yo escuchándole, casi callado, moviendo la cabeza. Es que no me acuerdo muy bien; eso sí, era muy linda aquella morena que rebosaba sal; pero menos de una semana juntos, cuando mi guitarra se callaba y el baile se acababa en la polvorosa plazoleta del mercado. «Por don José Domingo, gran músico y cantor», ruidos y vasos que me miran. «Por el patrón, don José Rosario», los ruidos crecen, mi hijo abre grande los dientes blancos, uno de oro al costado, los ojos muy brillantes. «Por Nancy, la chica más...», las risas tapan las últimas palabras y el Oficial 1.º hipa ruidosamente; la Nancy tiene la cara muy colorada y pega un salto cuando su vecino le pincha debajo de la mesa. Mamita me ayudaba, para conseguir las chicas, por ejemplo, a Nancy, que es buena muchacha, ella la encontró en el mercado buscando colocación en casa de familia. Y bueno, ahora tiene un oficio como cualquier otro, gana bien y se la cuida; yo no permito a cualquier borracho que venga a hacer quilombo: ésta es casa de respeto. Mi hijo me está mirando ojo de cristal brilla   —104→   rojizo. Ya está, levanto mi copa repleta, mihijomemira, ojosmemiran, sehaceunsilencio, crececrece, meahoga, nopuedomás, habloalfin: «Por mi hijo José Rosario y sus treinta. Por doña Damiana, su madre y...». Ya está, vuelta de llave; abierto el silencio espeso, nadie dice mu, manos en alto, copas alzadas. Esto estaba esperando; se levanta, me agradece con los ojos, con la sonrisa: «Yo no sé discursear, pero quiero recordar hoy, en esta ocasión especialísima, en presencia de mi padre querido, a una gran mujer, una verdadera mujer, que con su trabajo y su alegría supo mantener un hogar honesto, digno y cristiano...», varios ojos miran el nicho con la Santa Virgen sobre la cabeza de mi hijo. De golpe me acuerdo mejor de la muchacha cariñosa que las palabras de ese muchachón me están devolviendo; ojos relucientes, fuego para el baile, para el amor, «...era además una artista, seguramente que por eso se eligieron; nadie en el pueblo, nadie en todo el departamento, en mil leguas a la redonda, tiene la mano tan rica, ningún cristiano es capaz de hacer el chicharrón como ella hacía...», mi hijo comienza a lagrimear. «Sí, sí, sí, claro... doña Damiana... sí, sí... la señora Damiana...», murmuran las cabezas que suben y bajan; la Nancy gimotea, moquea un poco y pide un pañuelo al gordo que está a su derecha; el Oficial 1.º Chaparro sigue hipando; varios pañuelos aparecen, otros llevan disimuladamente el dorso de la mano a los ojos, «...un hasta verte Cristo mío por eso santa...», la voz se le apaga en el nudo de la garganta. Bebo hasta el fondo del gran vaso oscuro; siento la sal de una gota que bajando por la mejilla llega a mis labios y se me mezcla con el gusto del vino.



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ArribaAbajoLa operación

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-Es necesario que me vaya.

El pelo levemente ceniza en las sienes y las estrías en la comisura de los ojos le dan un aire más interesante, más masculino, pensó.

-No te apures tanto. Hace tiempo que no nos vemos... Esta noche me haces más falta a mí.

La mirada del hombre brilló sobre la piel apenas cubierta de la muchacha. Un resplandor fue subiendo desde los pies por las piernas morenas hasta donde las sábanas ponían una isla blanca, y se hundió en el vientre.

-No creas. Aún tengo que dar cuenta de tu llegada y transmitir las instrucciones. La operación debe comenzar en seguida.

-Sí, pero mucha cautela. Es importante no fallar ésta. Ya saben dónde encontrarme pasado mañana. Mucha cautela... -repitió pausadamente, como hablando consigo mismo.

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Se estaba abotonando la blusa. Él miraba sus muslos a través de la enagua transparente.

-Será mejor que te quedes hasta la mañana..., o quizás podría acompañarte...

-¡Estás loco! ¡Ni pensarlo!

Se quedó pensativo, sin decir palabra, los brazos bajo la nuca y la mirada perdida en las paralelas de los tirantes del techo que conducían al ventanuco. Por allí se desemboca a la noche, aunque no se la veía.

-Pero... -dijo sin moverse.

Ella terminaba de peinarse mientras se ponía los zapatos. Parecía no haberle oído.

Cuando se agachó para besarlo, él pareció despertarse. La estiró bruscamente, como con furia, y la hizo trastrabillar sobre la cama. La besó repetidas veces; le pasó suavemente las manos por los pechos, sobre el rostro; luego los labios.

-Me voy... -dijo ella y se levantó de golpe.

-Explicale bien a Fabián. No podemos fallar -contestó él, sin oponer resistencia a la partida. Se miró las manos vacías y por entre los dedos abiertos contempló la figura esbelta de la muchacha, que se prolongó hasta el techo. Se sentó en la cama y le guiñó un ojo-. ¿Vas a ir a verme pasado mañana?

-A su orden mi general -respondió con una ancha sonrisa, mientras hacía una venia cómica con la mano izquierda-. Hasta el viernes -susurró, y la sonrisa se fue apagando en una mueca imprecisa, casi triste.

-Te esperaré... Decile a los muchachos que puño cerrado y duro. Mucho ánimo, y cuidado.

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Por la puerta entró una ráfaga de sombra con el aroma de la noche. Los jazmines, las estrellas, el mangal, los naranjos del patio. Escuchó todavía los pasos, cada vez más blandos; luego el chirrido del portón de hierro. Un oscuro silencio lo envolvió, como dentro de una bolsa.

El humo sube desde su mano.

(La niebla invade la ciudad, palmo a palmo; la sitia casa por casa, hombre por hombre.)

Otra vez adentro, luego de tanto tiempo... El espejo le devuelve un rostro joven, unos músculos elásticos recorriendo las calles soleadas, la campiña incendiada bajo un reverbero de fuego. Un adolescente gritando aquí bajo los aleros del viejo colegio; trepado más allá a la estatua del prócer venerable, pleno de fervor ante el viento agitado de las cabezas juveniles, ante el vendaval de los bramidos. Luego el comité; la casona destartalada, cerca del río, donde se los amontona como a bestias en vagón de carga; la camaradería extraña de la cárcel y el odio súbito, inmotivado de los compañeros.

(Los tacos acompasados cercan las calles, manzana por manzana, patio por patio.)

Una sombra transparente acompaña sus pasos por la ciudad clandestina. Lentamente tras los anteojos oscuros; oscuramente bajo las noches, de madriguera en madriguera. Tapias, patios, escaleras, cubiles, palabras en sordina, reuniones sin lámpara y fugas precipitadas.

(El humo que sale de la boca de los fusiles sitia los minutos marcados por el tic-tac de las sienes.)

Luego los horizontes distantes; nuevos rostros, nuevas   —110→   experiencias, nuevas tácticas; toda la miseria en el recuerdo. «Yo encarno, yo soy la revolución; hay que probar al mundo la ignominia de la dictadura. En fin de cuentas, la misión es muy importante. Mucha consideración por todas partes..., y es natural que así sea... a pesar de lo que diga algún mediocre como Martínez... La envidia es cosa seria en el exilio... No, es muy importante, qué embromar. Me acuerdo de aquella muchacha en...».

El grito le traspasó como un cuchillo. ¿Venía desde el sueño o sólo desde su conciencia? Tal vez desde la calle. Miró mecánicamente el sitio del reloj en la muñeca desnuda. Vio las colillas en el suelo, cerca de sus pies, mientras el humo seguía subiendo hacia el foco colgado de la sombra sucia del techo. Recién ahora precisaba el zumbido de la mosca que un rato antes daba vueltas posándose en su brazo, en la sábana, en su mano, en la mesa, en su cuello, en su mano; recién ahora que le veía apasionada en la telaraña de un ángulo del techo y la pared, a su izquierda.

Un rumor crecía afuera como sordo ladrido de jauría. Un postigo se cerró; de inmediato se oyó el estampido de otra persiana; una tercera ventana se cegó de súbito. El grito de nuevo, acezado por voces confusas en algún lugar del empedrado que se acercaba y se alejaba. El cerrojo del fusil hizo un ruido seco. La mujer gemía.

-Ekiririke. Callesé py.

El picaporte frío en el hueco de su mano. Una paloma enloquecida batía las alas desde su pecho hasta la garganta y otra bajaba hacia el esfínter. Sitió el roce que le ahogaba y   —111→   los alfilerazos punzantes abajo. Un vacío alrededor y el vaivén que le apretaba el resuello y le aflojaba el gollete por el otro lado. Un grillo roía algún rinconcito oscuro de la pieza. La mosca zumbaba cada vez más desesperadamente, tratando inútilmente de escapar de las redes que la tenían. Recordó de aquella sirvienta violada bajo la escalinata, a la que el último soldado de la gorra habría poseído posiblemente ya sin vida.

¿Qué era eso? ¿Un nuevo grito o sólo el ruido del revoloteo incesante en su pecho, entre sus tripas?

-¡Carajo!

Se asustó del sonido de su propia voz. Apretó más fuerte la empuñadura de la pistola. Un manotón al interruptor y el foco, la cama, las paredes descascaradas se hundieron en la sombra, junto con el canto del grillo y el ángulo en que la mosca había cesado de ronronear.

Un silencio espeso, oscuro llegaba desde la calle.



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ArribaPacto de sangre

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1

Agosto comenzó soleado y tibio, como para disimular. Pero pronto las flores amarillas le fueron dando su olor de inminencia y el espartillo seco su tinte exangüe. Pronto el norte templó sus cuerdas secas y en la guitarra tensa del viento, en la inquietud de los animales se olió todo el presentimiento. Luego la lluvia puso la calma provisoria. La languidez de la lluvia afloja la tensión extrema. Así fue hacia fines de aquel agosto, en que mi gente comenzó a reponerse de la sorpresa. Digo mi gente, la más mía; no la que vino conmigo, sino la que me vio nacer, jugar, crecer; la que me conoció como «el hijo de don Rivero» y luego se apresuró a llamarme «el Doctor», y que ahora contemplaba con asombro mi inusitado regreso.

Siempre había sido así, siempre es así; el viento norte   —116→   incendia y la lluvia apaga el furor. Ahorita mismo las ramas de los árboles se estiraban, los pastos se distendían y las raíces se meneaban como gusanos, como culebras. Y de golpe, en medio de esa tirantez, se instauró el silencio total -se lo hubiera podido tocar, medir por la cinta de los relámpagos-, y luego la lluvia, el largo concierto de la lluvia. Especial para dormir; ¡si uno pudiera cerrar los ojos! Pero no; sigue la lluvia, interminable como el tiempo vacío que nos ata, como esta lluvia interminable, como este tiempo...




2

Vine aquí y me llené de ausencias; vine y me ensucié con recuerdos, me embadurné de muertos.

Vine y comprobé que todo era distinto, que había pasado una eternidad desde que la violencia nos echó de estos sitios, desde que el odio execreó el apellido que mi abuelo de larga barba blanca había criado con sus ovejas y sus vacas; el que mi tatarabuelo campesino había sembrado con cada grano en este pedazo de tierra roja como un vientre abierto de mujer -las paridoras mujeres en mi espalda-; en esta tierra sementada con sudor, que se fue convirtiendo en Rivero- yvy, la tierra de los Rivero, o mejor aún el equivalente de la forma contractiva guaraní, Rivero-tierra, como si la sangre y la vida y el nombre se fueran   —117→   traspasando a la tierra o ésta fuera absorbiendo, apropiándose palmo a palmo de nosotros, de nuestra existencia, tiñéndose de greda roja la sangre.




3

Estábamos los dos bajo la sombra azul de los paraísos. Una mujer delgada nos llamó.

-Para vos uno de oro; para Proní uno de plata...

La impaciencia nos hacía morder los papeles brillantes mientras el chocolate se ablandaba en el calor de los dedos excitados. Mi madre siempre sonreía, nos hablaba dulcemente, arrimando con su voz trocitos de palos, cáscaras navegantes, barquitos de papel con banderitas de colores.

Una vez la vi llorar y sentí que se apagaba alguna cosa dentro de mi pecho. Oscuramente culpé a mi padre de esas lágrimas. El gran respeto que sentía hacia él nunca llegó al temor; deslumbramiento sí, admiración hacia ese hombre fuerte cuya sola mano posada en mi hombro me daba la seguridad total. Cuando pequeño me gustaba que me alzara en sus brazos; me sentía en la gloria trepado sobre sus hombros, en la cima de una montaña. Pero para dormir o para llorar buscaba el pedazo de calor que había entre mi cara en el regazo de mi madre y la caricia de su mano tibia en mi cabeza. Ella nos contaba cuentos y de golpe yo era el príncipe que rescata a Cenicienta de entre el hollín, Hansel   —118→   comiendo las paredes de caramelo en la casa de la bruja o uno de los chicos encantados por la música maravillosa del flautista en las calles de Hamelín.

Nunca entendí por qué a Proní no le impresionó cuando le conté lo del llanto de mi madre; quizá porque no la vio en ese momento. Yo jamás pude olvidar ese desmoronamiento de su sonrisa, y aún ahora, cuando oigo llover por encima, me duelen todavía sus lágrimas.




4

Creíamos contar con el apoyo de los campesinos. Les hablamos de reforma agraria, de seguridad en la colocación de sus productos, de libertad, de justicia social. Cuando era conveniente invocábamos el nombre de mi padre, sus luchas por ellos, la ayuda que siempre había dispensado a los desheredados. Nunca requisamos nada; pagábamos un precio justo por los productos que necesitábamos o por los animales que carneábamos. Pese a todo esto, y salvo excepciones, nos encontramos con la desconfianza de la gente; nos ayudaban más por miedo que por aceptación de nuestra prédica. Los rostros no mostraban gran entusiasmo. La desconfianza se convirtió en hostilidad cuando comenzaron las primeras represalias de las tropas gubernistas contra los campesinos que nos habían prestado algún apoyo. Más luego supimos que el Ministro del Interior en persona había   —119→   venido a hablarles durante una farra y a repartirles ponchos, en medio de la borrachera. No habíamos tenido en cuenta otra circunstancia negativa: los amigos de mi padre, sus compañeros de causa estaban todos muertos o en el destierro, ellos y sus hijos. Al único que pudimos encontrar fue a Crisanto Reinoso, atado a una hamaca en su tapera miserable. Yo había estado con mi padre cuando los naranjos se veían cargados de frutos y florecían los niño-azoté frente al espacioso rancho encalado. Crisanto era una ruina más lamentable que su casa; estaba derrumbado en una hamaca, prácticamente inválido por la edad y las consecuencias de las torturas sufridas, ciego y carcomido por la amargura. Me tocó la cara con las manos ásperas y lloró desde el fondo de sus ojos sin luz. Sus pupilas brillaron un instante, quemadas desde dentro por los recuerdos. Me preguntó detalles sobre la muerte de mi padre. Cuando le enteré de la misión que nos traía, quiso ir con nosotros. «Si tuviera aquí tu taitá... carajo... estos bandidos...», exclamaba en medio del sollozo que le entrecortaba la voz cascada. «Si estuieran Agüí Medina y Peruco Saldívar y Aniano Rebollo... estos miserables ya no... estos hijos de puta...», gritaba tratando de incorporarse en su hamaca deshilachada. Su larga figura descoyuntada recobraba de golpe el brío juvenil.



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5

Vine aquí y comprobé que todo era igual. Vine para ver de nuevo estallar el pecho de mi padre; para volver a sentir el fuego quemando las entrañas de mi madre. Vine para recuperar el rostro imaginado de Carmencita expulsando el coágulo de sangre que le llevó la vida consigo. Vine para rememorar el gesto lánguido de Marcela hablando de la revolución, tendida en su canapé rojo borra de vino.

Vine y no hice sino convivir con mis propios fantasmas, como se toma un tren que lleva hacia la soledad infinita, infinitamente poblada. Entonces comprendí que éste era el camino definitivo, la única salida, o simplemente, la salida. Y peleé con furia, con encarnizamiento, con rabia para defender mis tierras, no las que los olvidados papeles testamentarios y mi condición de hijo legítimo de los Rivero de Loma Peró y Paso Guavirá pudieran adjudicarme, sino las otras, el territorio inscrito folio tras folio, hora tras hora, sueño tras sueño en el manoseado legajo de mi vida.

Vine y me encontré con que todo era igual. O casi, porque lo que nunca hubiera podido imaginar es que me toparía con la mirada envenenada y huidiza de Proní.



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6

Más de una vez se me ocurrió que no fue una partida sino una fuga. Pero, ¿de quién? ¿de qué?

Marcela me gustaba. A veces le sorprendía sonriendo igual que mi madre. Me gustaba su figura fina, estilizada, su aire de tedio, sus pequeños gritos de bestezuela herida, su ardor arañando mi espalda durante el amor, sus silencios largos, sus sonrisas relampagueantes. Su compañía me ayudaba a sobrellevar toda la falsedad de la «lucha por la liberación», esa engañifa que nos hacíamos a nosotros mismos para justificar nuestra condición de exiliados rebeldes, ese hábito de «conspirar» en el café de costumbre, con los mismos de siempre. El destierro nos estaba gastando, volviendo estropajo, convirtiendo en náufragos. En los «comités por la liberación» había que enfrentarse antes que nada con las bajezas de los compañeros; la pequeña, corrosiva, rastrera lucha interna: los náufragos disputándose un poco de agua dulce, un hueso roído o el ilusorio comando de la balsa. Los jefes, fogosos fabricantes de discursos vacíos, terminaban siempre con frases implícitamente equivalentes a la célebre «armémonos de coraje y váyanse a pelear» que se atribuía a uno de los líderes en un momento de sinceridad alcohólica. La verdad es que cuando se abrió el frente sur, pocos fuimos los candidatos a asumir un puesto de acción en el terreno; la mayoría se consideró indispensable en los comités del destierro «para mantener viva la llama de la lucha de nuestro pueblo ante los ojos del mundo».

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Frente a esta mentira cotidiana, la compañía de Marcela, sincera en su tedio heredado, era casi un baño de pureza. Ni siquiera le podía reprochar sus lecturas «revolucionarias». Su inautenticidad, a fuerza de ingenuidad, resultaba verdadera. En el fondo -y yo lo sabía bien- no era sino una niña, pobre niña mimada en busca de sí misma. Su compañía me había resultado encantadora hasta un cierto momento.




7

Desde que tengo uso de memoria me acuerdo de Proní. Siempre estuvo allí cerca, como el gran sillón-hamaca en cuero de nonato en la sala, las botellas de ginebra enterradas boca abajo para limitar los canteros de flores o el tajamar detrás de la casa. Además, éramos «hermanos de sangre». El «pacto» lo habíamos concertado luego de leer alguna novela de aventuras; con una gillete nos dimos cada uno un tajito en el brazo del corazón y gota con gota, a sellar el «pacto de sangre» que convierte a dos seres en hermanos, con un vínculo más duradero que el del nacimiento de una misma madre, como afirmaba el novelón. La resaca de los días fue amontonando sobre esas gotitas de sangre pedazos de recursos, desperdicios, trocitos de alegría o chorritos de lágrimas: sentimientos comunes, secretos compartidos. Sobre todo, lo del pora que una noche vimos -o oímos- juntos en el monte «lasánima». Los peones decían que en   —123→   ese montículo, en cuya cumbre había como una galería cubierta en medio de la tupida vegetación, aparecían fantasmas, porque dos troperos habían sido asesinados allí, en una emboscada. La leyenda popular agregaba que tratándose de una turbia historia de polleras, y como además las víctimas habían muerto sin confesión ni sacramento, sus almas en pena vagaban por los alrededores buscando reposo. De ahí el nombre del montecito -las ánimas- situado no lejos de la casa. Proní y yo habíamos convivido con los pomberos familiares que por la noche venían a buscar el naco que la vieja cocinera les dejaba en el mortero; habíamos visto las pisadas del jasy-jateré y descubierto la hamaca hecha por él de dos hojas de maíz atadas, cuando se reposaba en medio del plantío incendiado de la siesta. Conocíamos, además, las andanzas del luisón en las noches de luna llena y a los hijos del lúbrico kurupí -a quien se atribuían todos los críos mostrencos-, pero nunca habíamos trabado relaciones con la personalidad mítica más respetada y temida, el pora. De manera que un atardecer de amenazo, a escondidas, nos lanzamos hacia el monte «lasánima». Era una empresa temeraria, porque luego de la oración, nadie se animaba a pasar cerca del lugar maldito. Las tardes de julio son cortas; una penumbra tensa, sobrecargada por la inminente tormenta y el miedo, oscurecía la galería del montecito. Tomados de la mano, sentíamos chirriar las ramas y nuestros dientes. Cerca ya de la limpiada, de golpe mil víboras de fuego nos rodearon; el trueno nos alcanzó en plena carrera desesperada, perseguidos por un caballo de dos cabezas que echaba fuego por los cuatro ojos, según me   —124→   pareció a mí; por un enorme perro sin cabeza con una llamarada en el cuello tronzado, según Proní; perseguidos -en esto coincidíamos- por el galope desenfrenado de la lluvia. Cuando pudimos darnos cuenta, estábamos acurrucados, temblando, en el galpón de los aperos. Nunca se lo contamos a nadie; el pora del monte «lasánima» quedó como un gran secreto entre nosotros.




8

También pudiera ser que haya venido a buscar el olvido. Un refugio en la marea montante del tedio. Marcela era más que un simple desencadenamiento de las fuerzas naturales en mi existencia de desterrado. Ahora mismo estará preguntándose qué será de mí, junto a Dudú, ese horrible caniche de bolsillo que significaba en su vida tanto como su historia familiar y sus recuerdos sentimentales; estará escuchando sus discos de jazz, sin otra ropa encima que su elegante bata de seda china, sobre el canapé color borra de vino, la larga cabellera suelta sobre la redondez de los hombros. No dejará de interrogar a su vaso, a sus manos cuidadas, de uñas largas, perfectamente ovales. Ni el humo sempiterno subiendo de sus labios carnosos, ni la música estridente, lánguida, lastimera de su combinado estereofónico podrán contestarle.

Cuando nos encontramos era ya la muchacha libre,   —125→   aburrida, cansada de todo, que buscaba «algo», en medio de la facilidad de quien nace con el lujo puesto, rodeada de personas tontas, que termina sin saber qué hacer con todo eso que no llena ni el hueco de uno de sus finos zapatos italianos. La última vez que la vi -esa hermosa noche en que fuimos a la «Manzana azul», cerca del olor penetrante del Riachuelo- estaba entusiasmada con un tratado sobre táctica guerrillera. Su entusiasmo pueril resultaba tan encantador como inocuo. Esa noche la sentí de nuevo muy cerca. Yo no podía enterarla de mis proyectos inmediatos, ni siquiera de mi inminente partida. Pero el aire lánguido de la tarde sobre las calles de otoño tardío, el poniente pintado de rojo, la ciudad, la languidez de aquella noche estrellada, hablaban de despedida. ¿Hasta qué punto era consciente de lo que estaba por ocurrir? El ardor desacostumbrado -ya por entonces- de sus últimos besos, antes de morirnos en la oscuridad, me hace sospechar que intuía todo. La despedida estaba en la comisura caída de sus labios, en la trenza con que aquella noche se adornó, como una guirnalda seca colgando de la cabeza de una estatua.




9

«La ametralladora es un arma automática que por efecto del retroceso y en combinación con un recuperador carga y dispara, extrae y arroja las vainillas vacías». Me convencí de   —126→   que venía para escapar a la inacción de las frases huecas con que nos «instruían» antiguos reservistas del Chaco o ex combatientes de las múltiples «revoluciones», viejos profesionales de levantamientos abortados, de rebeliones en el vacío, encallecidos en teorías arcaicas y tácticas superadas. No sabía exactamente por qué había elegido esta zona. Miento, sí lo sabía. Ante el Comando Central de Operaciones aduje argumentos suficientemente válidos para que se abriera el frente sur en esta zona y para que me destacaran aquí. Iban en favor de mi proposición, la característica boscosa de la región, la pobreza de los campesinos, de los que yo guardaba un recuerdo de lealtad y valentía. Por otro lado, conocía palmo a palmo el terreno. Además, mi apellido -la herencia de las luchas de mi padre, el prestigio de los Rivero-, podía significar alguna cosa entre los campesinos. Mi firme decisión de emprender la lucha armada, así como mi trayectoria de antiguo dirigente universitario, las cárceles sufridas, el activismo político y finalmente el exilio, todo sumado a las anteriores razones hicieron que se me confiara la jefatura del contingente y de las operaciones. Al Comando Central le pareció adecuado el plan elaborado por mí y luego de múltiples discusiones, juzgó pertinente fijar como posible Puesto de Comando del frente sur, la estancia semiabandonada de los Rivero en Paso Guavirá. El acceso desde la orilla en que íbamos a cruzar el río era factible y la posición estratégica, inmejorable.



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10

Carmencita era un poco menor que nosotros. Vino a vivir en la casa cuando su madre, la madre de Proní, murió. Nunca pude saber si en efecto era hija de mi tío Constancio, como se decía por ahí. En todo caso no llevaba el apellido, pero sí los ojos verdosos de aquel viejo padrillo de la región. Recuerdo sus ojos estriados, la sonrisa pícara y los pechitos que empezaban a brotarle como los limones de Palermo con que jugábamos. Claro que de esto último no me di cuenta sino después, porque al principio sólo se trataba de los inocentes juegos, a los que no tardó en incorporarse, luego de la inicial resistencia que por novata, mujer y menor, le opusimos con Proní. Pese a la diferencia de edad, era mucho más despierta que nosotros; en seguida comenzó a envolvernos, a sobrarnos, a imponérsenos. Sin que nos diéramos cuenta, al poco tiempo ella era quien dirigía la patota de chicos que habitaba el caserón y las dependencias. Fue Carmencita quien introdujo la pelota prisionera y el tuka'é escondido. «Koreko, koreko...», gritaba Proní u otro compañero de juego, y se ponía a buscarnos dentro del barril vacío, detrás de las bolsas de maíz o de afrecho, de los fardos de alfalfa, bajo los catres del galpón o entre el ramaje de los árboles frondosos. Tardé en darme cuenta que casi siempre ella buscaba mi compañía en este juego de escondite que tanto nos apasionaba; al principio atribuía su respiración agitada al esfuerzo que nos oponía en lucha libre en que nos trenzábamos y que nos hacía rodar por tierra. Cuando   —128→   aquella siesta cálida vino al cuarto en que trataba de despegar el calor de mi cuerpo revolcándome en el catre de lona, creí que en realidad venía a pedir mi protección. «Luchí me mostró su cosa...», me dijo. Luego entendí que no se trataba de eso, y que el aire consternado que puso no era sino una máscara. Aquella siesta desperté de golpe a sensaciones desconocidas, misteriosas, embriagantes, en medio de una sábana caliente que nos envolvía, junto al fuego adolescente del cuerpo elástico de Carmencita, que había adquirido redondeces hasta entonces no distinguidas por mí. Ya por entonces un bozo rebelde y vergonzante manchaba mi labio superior y la voz había cobrado inflexiones de tono inestables. Todo eso percibí al final de aquella siesta furiosa, encendida y triste de mediados del verano.




11

O tal vez sí; tal vez pudiera haberse tratado de una fuga. Su compañía me resultó encantadora hasta un cierto momento. De repente una capa de ausencia nos cubrió, una fosa de silencio nos fue separando. Nuestros encuentros fueron páginas blancas manchadas aquí y allá de monosílabos amarillentos, rencorosos. La palabra ya no funcionaba entre nosotros y la materia viscosa que ocupaba su lugar no era un elemento inocuo; nos pesaba, nos molestaba profundamente, nos hería, nos rebajaba. Era un silencio pegajoso,   —129→   una gelatina entre los dedos, entre labio y labio, sobre la lengua, dentro del pecho. Ni siquiera sé cómo comenzó aquello; creo que con una discusión tonta, por nada, en la que Marcela se emperró en tener razón, ironizó, gritó, zapateó como chiquilla mimada. Durante días mantuvimos viva la llama de la discordia, hasta que ella explotó en un llanto, convulso al principio, tranquilo y largo como lluvia de agosto luego. Cuando escampó, el monstruo estaba instalado entre nosotros. Lo habíamos incubado con rabia y allí lo teníamos impasible, alimentándose de todo lo que había existido entre nosotros, de nuestras entrañas, de nosotros mismos. Desde entonces espaciábamos nuestros encuentros, los acortábamos pretextando toda clase de compromisos.




12

Pero existía otra persona que conocía tanto o mejor que yo la región: Aproniano Martínez, Oficial de Compañía de Pindoty.

Cuando el hogar de los Rivero comenzaba a zozobrar zarandeado por las borrascas de la persecución, Proní abandonó la estancia. Solicitó su incorporación en el ejército, a fin de hacer anticipadamente su servicio militar. Fue un tiempo antes de la muerte de Carmencita. Mi padre estaba desterrado. Mi madre me dijo luego que no le había podido   —130→   arrancar una palabra sobre la causa de su determinación; apenas si algunas frases evasivas y el desviar de la mirada. Fue destinado al cuerpo policial, y habiéndose distinguido, al final de la conscripción fue incorporado al servicio permanente, siendo destacado como Oficial a su región natal. Con gran sorpresa de los pobladores de la zona, participó intensamente en las actividades del comité local del partido oficialista y en la persecución de los «contreras». «Aunque se crió en casa de don Rivero, su padre ya era del partido... y la cabra tira al monte...», decía la gente. Sin embargo, yo jamás le había oído recordar de su padre, a quien por lo demás apenas había conocido.

Cuando el frente sur se instaló, el Oficial de Compañía Aproniano Martínez fue designado como uno de los responsables, reconocido como elemento esencial en la reducción de la montonera rebelde, tan temida por el gobierno.




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Cuando me enteré, ya era tarde. Vine rápidamente para encontrarme con la ausencia de Carmencita, la cruz con su nombre en el labio del monte y el rostro hosco de mi madre. Una máscara de silencio; apenas si me habló durante los pocos días que duró mi permanencia, pero su callado reproche me dolía aún más. Como si no bastara con lo que me pesaba la muerte de Carmencita y la extinción prematura   —131→   de aquel fuego fatuo que pudo ser mi hijo, sin que yo lo supiera, sin que ni siquiera me diese cuenta; todo tan ajeno a mi voluntad. La vieja Anuncia fue quien, detrás de sus ollas negras, me contó lo ocurrido. ¿Qué pudo inducirla a recurrir a Mana, la curandera de la loma? ¿la vergüenza, el miedo a mis padres, el temor de que yo no aceptara la paternidad? Los brebajes de la vieja pajesera apagaron la risa fresca de Carmencita. Es lo que pensé en aquel momento, para disculparme, quizá; luego vi las cosas con mayor serenidad, con menos deseos de autojustificarme. Nunca pude superar el sentimiento de culpa que el cura Laya me metió junto con el tremendo catecismo de la primera comunión; jamás he podido dejar de esquivar la cabeza ante el gesto amenazador de ese Dios temible que me mostraron en mi niñez. El centro de esos temores infantiles era, naturalmente, el pecado original; la ingestión de la maldecida manzana que una siesta me expulsó del paraíso, en compañía de una Eva niña vagamente salida de la costilla familiar. Desde el primer instante de nuestras relaciones oscuramente presentí la desgracia. Y de golpe me encontraba cara a cara con el desenlace temido; estaba solo con mi culpa: el coágulo que empujó a Carmencita hacia su propia noche era un pedazo de mi sangre. La pena y el remordimiento eran una serpiente que se mordía la cola. Si hubiese llegado a nacer, hubiera sido del azar, del calor adolescente de las siestas -casi un hijo de jasy-jateré-, el fruto vergonzante de amores inconfesables, medio incestuosos, pero aún más difícil de nombrar por algo que entonces sólo intuí: ella era la huérfana de parentesco   —132→   incierto recogida por caridad cristiana; yo el hijo del patrón...

Muchas veces pensé luego en la sorpresa que habría experimentado Carmencita al sentir crecer en sus entrañas aquella criatura impensada, aquel bicho raro; en el temor que la llevó al desesperado intento de apagar esa llamita de vergüenza. Carmencita sola con su pesar y su miedo, oliendo a flor de paraíso, recorriendo los lugares en que el deseo nos había tumbado, mientras yo, en la ciudad, trataba de llenar de la mejor manera mis horas de colegio, con la menor cantidad posible de estudio, soñando con el olor del establo en las mañanas, de la lluvia reciente cayendo sobre el humus, de la alfalfa, de Carmencita tendida junto al arroyo, junto a la siesta caliente de mi piel.

Anuncia me entregó la medalla y la cadena, tal como Carmencita le había pedido. Yo se las había regalado y ahora se convertían en el último mensaje, como si con este gesto quisiera devolverme todo lo que le había dado, y al mismo tiempo guardar celosamente nuestro secreto.

Cuando llegué, en aquel mes de julio gris, mi padre felizmente no estaba; había sido expulsado lejos por una de las tormentas furiosas que le obligaban a abandonar el amor de sus campos, el sitio exacto de su existencia. Tampoco estaba ya Proní.



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O quizá sí. Por lo menos uno de los torturadores sabía muy bien el lugar en que los suplicios se realizaban: Aproniano Martínez, jefe virtual de la operación. En este mismo cuarto habíamos estado juntos mil veces; aquí mi madre nos contaba las proezas de los Caballeros del Rey en busca del Santo Grial o las aventuras de Sandokán en los mares del sur; en este sitio conocimos las maldades de la bruja madrastra con Blancanieves y lloramos por las desdichas de la pastora Eufemia. En esta habitación mi padre nos leía pasajes del Génesis, poemas de «Las cien mejores»; aquí nos relataba las hazañas de sus héroes preferidos: Bolívar y Antequera, Sandino y Martí, San Martín y el Capitán Caballero. Fue en esta misma pieza que la vi llorar a mi madre, una tarde, la más oscura de toda mi vida.

Quizá haya sido sólo por casualidad que los interrogatorios se realizaban en ese lugar. ¿O fue idea de Proní? Nada dejaba adivinarlo en su actitud. Detrás de sus enormes anteojos oscuros, nunca pude descifrar el lenguaje de su mirada. Impersonal, frío, cruel, distante, ningún gesto del rostro, ningún ademán dejaba traslucir nada, ni en los momentos más intensos del «procedimiento», cuando la saña se desencadenaba, cuando la furia sanguinaria desataba los instintos de los torturadores y oscurecía de sudor el verde de los uniformes. Su impasibilidad era total. Me hubiera bastado verle los ojos, cruzar una mirada   —134→   para comprender todo, como antes, pero jamás se sacaba los lentes ahumados, su coraza de tinieblas en los ojos.




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Impotente he visto caminar a mi madre dolorosamente hacia la muerte. Impotente, la he vuelto a ver aquí. Con rabia, con dolor contemplaba las convulsiones de su rostro, milagrosamente respetado antes de eso por el tiempo, transformado ahora por el dolor, marchitado de golpe. Cáncer, decían los médicos, para designar de alguna manera aquello contra lo cual la ciencia altanera no podía nada. Y yo veía apagarse día tras día, hora tras hora el brillo de los ojos, el resplandor que había comenzado a nublarse luego de la muerte de mi padre, esa «increíble partida que en casa nunca pudimos entender y mucho menos aceptar: lo sabíamos inmortal. Ya por entonces la violencia nos había arrojado de la casona junto al arroyo, en el labio sur del monte. Estoy seguro que desde ese instante mi padre comenzó a morir, como un camalote fuera del agua, hasta que la copa del corazón rebosó de pena, no aguantó más y se quebró. Yo vi el sufrimiento morder rabiosamente a mi madre, hasta sacarla de su discreta aceptación de las contrariedades y descomponerle la serena belleza de las facciones. Personalmente experimenté la multiplicación lacerante de las células,   —135→   el crecimiento del ser informe, monstruoso que en algún lugar de sus entrañas, quizá en el sitio mismo que yo había ocupado alguna vez, iba creciendo abrasador, furioso, voraz. Cáncer, cangrejo, pinza, como la que conmigo y mis compañeros usaban cuando los hombres de uniforme verde se volvían bestias y multiplicaban su furia contra nuestros cuerpos quebrados.




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¿Sabría él que la instalación de la cámara de tortura en el antiguo dormitorio de mis padres fue mi salvación? El pasado me protegía, la fuerza del recuerdo me rescataba del dolor físico y la corriente impetuosa de la infancia me arrastraba hacia los territorios del sueño. «Navega velero mío, que ni enemigo navío, ni tormenta...», «...el galeote Joaquín...», «...y el remo rema, chas...», «...había una vez...», «...Volga, Volga, ehh, Volga, Volga, ehh...», «...pasados los cuales obrará la artillería...», «...San Martín nació en Yapeyú, entonces provincia nuestra y cruzó los Andes con el Coronel Bogado a su diestra...», «Bien sé que el suicidio va contra la ley de Dios y de los hombres, pero la sed de sangre del tirano...», «Viví en el monstruo y le conozco las entrañas», «no, José Martí, no es éste tu lugar, pero él se fue hasta Dos Ríos y mucho más allá...», «La voluntad del común vale más que la del Rey; Antequera grita: ¡Libertad!, por las   —136→   calles y Juana de Lara se pasea de blanco cuando en Lima le matan y con él a su propio padre...», «Quiero vivir y morir ciudadano..., Bolívar asciende en cuerpo y alma al Chimborazo luego de arar en el mar y en la tierra toda de América...», «Mi pluma lo mató, Montalvo escupe sobre el cadáver putrefacto del tirano...», «la victoria no da derechos...», mi padre levanta el índice severo, «llora, llora urutaú...», baja los párpados; «Muero con mi patria», levanta las dos manos abiertas.

Entonces el individuo que sentado frente al antiguo escritorio paterno conducía los interrogatorios, detrás de las tinieblas de sus anteojos «Raywan» con marco de metal dorado, deja de ser el oficial gubernista encargado de averiguar los detalles de la «invasión» y «las conexiones con el extranjero», para convertirse en Proní, mi antiguo compañero de juegos infantiles. Proní... vos sos el caballo Proní, yo el caballero que va en busca del Santo Grial... Proní, vos bandido, yo covoy... vos te quedás, Proní... sele... merele...

Mi silencio hacía redoblar el ritmo de los golpes, aumentaba la urgencia sanguinaria. El sargento Martínez, impasible casi siempre, ligeramente impaciente a veces, continuaba el interrogatorio.

¿Sería consciente él de su presencia en ambas hojas del díptico, aquí preguntando, allá jugando?



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Los jirones brumosos de la amanecida subían desde la escarcha, colgaban desde los árboles como sábanas deshilachadas de fantasmas en retirada; habían estado combatiendo desde que el frío bajó sobre la tierra y el resto de olor oscuro conservaba la sangre todavía fresca. El canto de un pájaro trajo el anuncio de la luz, otros le hicieron eco y el bosque de trinos fue creciendo. Cuando íbamos hacia el antiguo potrero, una puntita de sol asomó detrás del monte, un tablón de luz cayó sobre nosotros; la luz primera, lechosa, la inexorable luz de Paso Guavirá. Cuando llegamos cerca del corral, el olor de pasto húmedo entre las matas de cepa-caballo, mezclado con el estiércol, me traspasó, como cuando íbamos, con Carmencita y Proní, a tomar leche caliente. Sentí la saliva en la boca, el regusto a la leche recién ordeñada, como si fuera a arrimar, en seguidita, la espuma tibia, crujiente, a los labios. Faltaba Carmencita, pero era como si fuéramos a su encuentro para paladear aquello que tanto nos gustaba a los tres. Levanté la mano tumefacta y la pasé por la frente, para limpiarme del cansancio, quizá del recuerdo; ya todo me era igual. Proní vio el gesto y me miró por primera vez sin sus anteojos ahumados. Toda la noche estuvo lloviendo pedacitos de estrellas sobre el pasto y ahora el suelo estaba todo reluciente de blancura; una vaca de azufre masticaba ese comienzo del día y nos miraba pasar, aplastando las frutitas del rocío. Llegamos a orillas del monte «lasánima»,   —138→   y Proní gritó un alto al pelotón que nos acompañaba. Ordenó a sus hombres que esperasen allí. Se trataba de ejecutar al cabecilla de los montoneros; el jefe debía hacerlo.




18

Ahora estoy seguro que el recuerdo se puede oír, se puede tocar con las manos, llevarlo al hombro como un fusil o una bolsa de papas. Ahora sé que la nostalgia es una mancha ligera, apenas el empañado que queda en el vaso cuando le echamos una vaharada; sé que es posible borrarla con la punta del dedo o frotando el vidrio contra la manga de la camisa. Pero sé también que basta el leve aliento para que la mancha vuelva, y así siempre.

Mi madre estaba aquí, limpia de dolor por las galerías, con su sonrisa azul bajo los paraísos florecidos del patio. Desde que tomé con mis hombres posesión de la antigua casona, volví a encontrar su paso manso, su voz limpia en las mañanas. Ni el repliegue de nuestras líneas avanzadas ante las poderosas fuerzas del ejército, ni la muerte de los compañeros, ni la presión del movimiento envolvente final en torno al bosque cercano a la casa, consiguieron separar de mi lengua su nombre transparente, recuperado por sobre las máscaras de su sufrimiento, desde el día en que tuvo que dejar su casa, cuando se vio obligada a aceptar la muerte de su mando, a enterrarlo, hasta el momento en que   —139→   su rostro comenzó a cambiar por efecto de las llamaradas que le subían desde el fondo de las entrañas. Cada instante estaba perfectamente registrado y la más ligera incitación, el olor de las flores del paraíso, los restos de las botellas de ginebra delimitando los canteros vacíos, el ruido herrumbrado del viejo molino de maíz o el reflejo del sol en el tajamar al mediodía bastaban para hacerme recuperar el momento y el lugar precisos; la proyección de una vieja película en cámara lenta, morosamente lenta, en que mi madre nos daba golosinas, en que mi padre hablaba gravemente o se hamacaba en su sillón de cuero de nonato, en que Carmencita cruzaba brincando con su sonrisa y sus trenzas, en que Proní me corría hacia el alambrado, cerca de la carretera, con los perros atrás...




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Nos internamos en el monte lentamente. La incomunicación se había roto. Cuando llegamos cerca de la galería, en el lugar en que habían estado las cruces de los dos arrieros asesinos, nos miramos. El caballo con dos cabezas y fuego en los ojos, el perro con un chorro de luz en vez de cabeza nos mordían el trasero. El trueno-caballo, el perro-lluvia nos pisaban los talones. Eramos totalmente incapaces de articular una palabra; el olor a cuero, a jerga húmeda, a lomo de caballo sudado nos traspasaba; el silencio oscuro   —140→   del galpón de aperos nos envolvía, jadeábamos; no podríamos decir cómo descendimos el montículo enmarañado, cómo atravesamos el potrero, los dos alambrados y el portón del patio. Sudábamos copiosamente. Otra eternidad de silencio nos rodeó mientras recobrábamos el habla. De repente, al mismo tiempo: «¿viste?». Ninguna palabra se cruzó entre nosotros. Proní disparó varias veces al aire; unos segundos después, un tiro solo. Con la punta del caño y el gesto de la cabeza me mostró el sendero en el monte. Los dos nos lanzamos por él, en dirección opuesta a la de la casa, hacia el estero.




20

Ahora ha de ser otra vez agosto, porque el viento norte caliente pasa a unos jemes de nosotros. Las flores de agosto han de expandir de nuevo su color amarillo de muerte y el olor silvestre de sus ramas quebradas ha de derramar su savia inerte hasta esta zanja, al borde del monte «lasánima», en donde el mismo sol nos calcina, a través de la misma tierra, ya suya y mía, a él y a mí, juntos como cuando jugábamos «covoy y bandido»; el viento norte, hasta que venga la lluvia...