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Rafael Altamira y el siglo XVIII. Un ejemplo de la significación y del alcance de un método para la elaboración de la historia de la civilización

Yvan Lissorgues


Université Toulouse-Le Mirail



En la edición de 1945 de Historia de la civilización española, que tal vez es la ampliación de la de 1935 (Losada) y que en todo caso es la base de la más reciente reedición, publicada en 1988 en Barcelona por la Editorial Crítica (por la cual cito), el autor ha numerado cada párrafo temático de manera seguida desde el principio hasta el final de la obra. El libro Historia de la civilización española es, pues, una larga serie de 131 párrafos eslabonados por una cadena numérica que implica la virtual línea continua del tiempo de historia, entre el párrafo 1 («Antecedentes») hasta el 131 («La cultura española de la posguerra»). Esta insólita numeración que corre ininterrumpida por debajo de los recortes de los títulos que marcan los periodos de la «historia externa» («I-Tiempos primitivos», «II-La influencia romana»; etc.) puede verse como la elemental representación semiótica de la concepción altamirana de la civilización. La civilización (aquí, la española, pero también implícitamente la civilización europea) es un movimiento continuo que progresa hacia un futuro siempre abierto, movimiento que se construye al recibir en cada momento un nuevo elemento (numerado) que se coloca en la cadena en solidaridad del que precede y del que sigue. Se impone pues la idea, si no de progreso, por lo menos la de progresión del tiempo de historia. Por ejemplo, el número 121 designa un hecho, posterior y hasta cierto punto superior en la escala del tiempo histórico al 99. Hasta, insistiendo, puede pensarse que se dibuja en esta semiótica, la concepción hegeliana, herderiana o krausiana de la historia, plasmada en la metáfora de la espiral: la historia es como una espiral ascendente en la que todos los puntos son solidarios y si cada uno es superior al que precede, es superado por el que sigue. Esta numeración de los párrafos temáticos es, pues, un acierto metodológico que, sin embargo, no autoriza plantear la cuestión del progreso de la civilización que exige otras aproximaciones filosóficas y epistemológicas, algunas de las cuales aparecerán, tal vez, en el desarrollo del estudio anunciado.

Es que se trata aquí ante todo de mostrar cómo elabora Altamira su historia de la civilización, y para tal me limito al segmento de tiempo de historia que en la edición utilizada va del número 92 al 103, o sea 12 párrafos temáticos, colocados bajo el epígrafe, «El renacimiento del siglo XVIII (1701-1808)» (1988: 194-216).

¿Por qué elegir el siglo XVIII? ¿Por ser Altamira «un descendiente del gran siglo ilustrado», del cual «deriva su concepción de la civilización», como afirma Luis Villacañas Berlanga en una aclaradora conferencia? En parte, aunque tal concepción, si puede relacionarse con los valores de la Ilustración del siglo XVIII, debe más a la filosofía de Krause interpretada por Francisco Giner. ¿Por ser el siglo XVIII el de un «renacimiento» en la historia de España? En parte también, aunque merecería igual atención cualquier otro periodo como, por ejemplo, y por motivos obvios, «La supremacía española política y espiritual (1517-1700)» o «El siglo XIX y comienzos del XX (1808-1923)». El motivo determinante de la elección es más prosaico, ya que es la existencia de preciosos documentos sobre el XVIII, que echan luz sobre la manera de investigar de Altamira, documentos constituidos por un extenso artículo, «La España del siglo XVIII. La cultura y la enseñanza» publicado, en 1909, en cinco entregas en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE) y por otro, más corto, que aparece en la misma revista, en 1927, titulado «La enseñanza y la cultura general en el siglo XVIII español» y es un capitulillo de la «nueva edición de Historia de la civilización española que saldrá a luz en 19281.

Estos artículos, como el capítulo «El renacimiento del siglo XVIII (1701-1808)» de la edición de 1945 (1988) de la Historia de la civilización española, son de cierta utilidad para conocer la situación de la enseñanza y de la cultura en España en el siglo XVIII, pero no es lo primero que aquí interesa, sino el método y el estilo del investigador y subsidiariamente los valores y el ideario que le mueven y que se deducen de los textos mismos.

En un primer momento, cabe estudiar estos artículos del BILE, considerados como trabajos preparatorios de una publicación en libro no del todo definitiva en 1928, pues las cuatro ediciones que siguen hasta la de 1945 son siempre «revisadas», «enmendadas» y «aumentadas», prueba de que, para este polígrafo, el tema de la civilización está siempre en el telar como objeto de constante atención y, al parecer, de constante reflexión.

Después habrá que analizar los doce párrafos de la última edición, evocados atrás, para mostrar cómo se pasa de un estudio analítico de la enseñanza y la cultura, que tiende a la exhaustividad, a una presentación más sintética y cómo ésta se inserta en la historia total del siglo.

Es indudable que a lo largo del recorrido analítico de este corto segmento estudiado por Altamira, se notarán elementos significativos de su concepción de la civilización o sea de su filosofía de la Historia.

Entre las grandes virtudes que José Luis Villacañas Berlanga atribuye a Altamira destaca su «intensa capacidad de trabajo». En ninguna parte de su ingente obra aparece tan a las claras su meticulosa energía investigadora que, en honor a Feijoo, muy alabado en estos artículos de 1909 del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, puede calificarse de benedictina. Es asombrosa la erudición de que hace muestra en esas apretadas columnas; recuerda la del Menéndez Pelayo de Historia de las ideas estéticas y la supera. Bastaría hacer un índice de nombres para evidenciar el sinnúmero de fichas manejadas que, en su conjunto dejan transparentar un deseo de exhaustividad o, mejor, de prueba por los hechos y habrá ocasión de precisar que no le mueve ningún afán de hacer alarde de erudición sino el deseo de probar sin apelación la idea general que deduce o induce de los hechos. Debe advertirse que estos artículos son la base de la futura síntesis que será un capítulo del libro, en el que desaparecen o se aligeran notablemente las largas enumeraciones. Sin embargo, el texto publicado en 1909 en el BILE no es un borrador. Las fichas eruditas se han clasificado, la materia se ha ordenado, pero al parecer sin dejar nada en la sombra. Es decir que a la minuciosa tarea de investigación ha sucedido un trabajo de asimilación, reflexión y superación, necesario para pasar a la última etapa que es dar forma coherente, convincente y lo más atractiva que se pueda para atraer la atención y suscitar interés. En su estructura no es un método particularmente original, es el camino que siguen todos los investigadores; lo es, en cambio por la asombrosa aportación al conocimiento de la cultura del siglo XVIII, de la que hasta los dieciochistas actuales podrían, creo, sacar provecho, no en las grandes líneas, sí en los detalles eruditos; lo es también por la forma, por la fusión de la erudición en la dinámica de las ideas, la claridad y de vez en cuando la amenidad de un estilo que deja translucir naturales cualidades pedagógicas.

El artículo publicado en 1909 en el BILE reconstruye, en su totalidad, todos los estratos de la cultura del siglo XVIII, repartidos en doce secciones: «El espíritu ilustrado del siglo XVIII»; «Las reformas de la enseñanza popular»; «Reforma de los estudios superiores», «La reforma extrauniversitaria», «Los obstáculos a la cultura», «Los medios de cultura en América», «Cultivadores de las ciencias naturales, físicas, químicas y médicas», «Matemáticos, cosmógrafos y cartógrafos», «Teología y filosofía», «Juristas, políticos y economistas», «Historiadores y filólogos».

En cada sección, como buen pedagogo, empieza Altamira por preparar al lector recordándole un contexto político y social que tal vez conoce más o menos según su nivel cultural, para presentarle, en el momento oportuno, la nueva aportación erudita. Por ejemplo, la primera sección, en la que caracteriza el «espíritu ilustrado», es en su conjunto un resumen poco novedoso del esfuerzo de los reformadores para combatir la incultura en un contexto histórico no del todo favorable, pero en cierto momento aparece la idea de un renacimiento de los estudios pedagógicos y aquí se injerta una larga enumeración de doce obras de autores españoles sobre el tema (de Campomanes, Pozzi, Hervás, etc.) (BILE, 30 de junio de 1909: 163). Otros muchos ejemplos, evocados aquí de manera más sintética, podrían citarse, como la lista completa de los veinticuatro periódicos creados para difundir la cultura y los adelantos científicos (31 de julio de 1909: 198), la enumeración de los profesores y científicos extranjeros que vienen a ejercer su actividad en España (Ibid., 197), o la de los treintainueve botánicos de España y América, que hacen de esta ciencia cultivada en España una de las primeras en Europa, y etc. Es de añadir que la actividad de cada nombre de científico o de sabio citado está brevemente caracterizada: Bowles, naturalista inglés presente en España, «hizo progresar los estudios de Historia Natural, y, singularmente, los de mineralogía»; «Proust dirigió la cátedra de química del real Seminario de Vergara» (Id.); «el gran Cavanilles, autor de varias obras botánicas importantes [...] a quien Humbolt calificó de uno de los más grandes botánico del siglo»; «el casi español José Luer [...] cuyas investigaciones fueron muy aplaudidas por Linneo» (BILE, 30 de septiembre de 1909: 267.) Centenares de nombres, algunos conocidos, otros olvidados, salen a luz en estas apretadas columnas y personalizan la ciencia, la enseñanza, la filosofía, la literatura (sobre la cual no insiste Altamira en este estudio). Nombres y hechos se conjugan para dar una visión clara y bastante completa del panorama científico y cultural del siglo.

En su interesante «Introducción» a la edición de 1945 de Historia de la civilización española, escribe Altamira que dos métodos se ofrecen al historiador: «Dar la idea general de un grupo de hechos y probar con obras y hechos la exactitud de la idea» o «exponer los hechos y deducir como consecuencia la idea que expresan» (1988: 54). Con gran flexibilidad, Altamira combina los dos métodos, digo con gran flexibilidad porque la elección de una manera u otra parece proceder de una natural espontaneidad. Por ejemplo, a propósito del laicismo, que gana terreno (y se anuncia en el texto como idea previa), encadena el autor una serie de hechos precisos y fechados que prueban la progresión de esa tendencia de secularización de la enseñanza y de la vida social (BILE, 30 de junio de 1909: 163): «Testimonio de este espíritu son las escuelas de las colonias de Sierra Morena [...]; el proyecto de orfelinato del Conde de Fernán Núñez, en el cual las maestras habían de ser seglares, y no existirían ni capilla ni refectorio [...]; y varios planes de reforma elevados al Gobierno en tiempos de Carlos III y Carlos IV. El enciclopedismo y el regalismo trabajan juntos por secularizar la enseñanza [...], crean instituciones puestas exclusivamente en manos de laicos, o apartan al clero de la dirección de los centros sostenidos por el Estado» (Id.), etc., etc. En este caso, como en otros, los hechos prueban la idea de una evolución del ensanchamiento del campo del laicismo. En cambio, cuando estudia las relaciones entre el Estado y la Inquisición, empieza por citar hechos, muchos hechos, cuya exposición ocupa cinco columnas (BILE, 31 de agosto de 1909: 240-242) y que no es oportuno resumir; de paso es interesante notar que se da una larga (tal vez completa) lista de libros prohibidos entre 1789 y 1804, por referirse a la Revolución francesa o por emprenderla con la religión o con la monarquía. Lo que se demuestra a partir de los hechos en esta larga exposición es que el Estado y la Inquisición hacen causa común y que finalmente la Inquisición está al servicio del Estado. No es idea del todo original, pero sí la demostración que se da por los hechos, según el proceso inductivo del experimentalismo: «Como se ve -concluye Altamira- por esta enumeración, el Santo Oficio no sólo perseguía los escritos de asunto religioso, sino que coadyuvaba con el Estado en la persecución de los políticos» (Ibid., 241.) No por eso diremos, como ciertos críticos, que Altamira se inclina al positivismo: un método científico, como el experimentalismo, nada tiene que ver con el positivismo o el idealismo; sí, en cambio, con la lógica.

En nuestro estudio focalizado, en cierto modo, en la forma y ya se ve, una vez más, que «la forma por ser forma es fondo» (esta afirmación de Sobejano se ha hecho para mí estribillo metodológico), no podemos dejar de mencionar el recurso a la anécdota significativa que ameniza la exposición.

Por ejemplo, para subrayar la ignorancia del pueblo, cita una palabras de la reina Amalia, esposa de Carlos III, dirigida a Tanucci en 1760: «Esta nación no ha sido conquistada completamente, y creo que esta conquista está reservada al rey. En todas sus cosas hay algo de barbarismo, acompañado de una gran soberbia». Respecto de las mujeres, sigue copiando Altamira el juicio de la reina: «no sabe una de qué habla; con ellas; su ignorancia es increíble» (BILE, 30 de junio de 1909: 161.)

Anécdota altamente significativa de la lucha entre el misoneísmo y las nuevas ideas, es la polémica, que Altamira cuenta con discreto humor, entre un tal Fr. Diego José de Cádiz y el cura de Esla a propósito de los estudios de Economía propugnados por la Sociedad de Amigos del País de Zaragoza. El primero, enemigo de las novedades, se alzó contra las nuevas cátedras mientras que el segundo las defendía. Los dos fueron procesados y condenados, aquél por antirregalista y éste por enciclopedista. El humor casi cómico ante tan patética neutralización por la justicia de las dos tendencias en lucha durante el siglo, exonera a Altamira de cualquier comentario (BILE, 31 de agosto de 1909: 242).

Entre las cualidades intelectuales y morales que José Luis Villacañas Berlanga atribuye a Altamira en la conferencia ya citada, «el espíritu profesional», «el compromiso perenne con causas honorables», etc., no figura una que atañe más bien al arte expositivo, es la aptitud, al parecer innata, para exponer sus ideas. Esas cualidades pedagógicas se notan en el estilo claro, en la lógica expositiva, en el recurso a la anécdota y sobre todo, cuando se aborda una cuestión compleja, en la manera de preparar al lector por un resumen analítico previo o por una serie de preguntas con dos finalidades: descomponer, seriar y jerarquizar los varios niveles de significación que puede tener una cuestión compleja y al mismo tiempo solicitar al lector para que participe en la elucidación.

Un ejemplo de previo resumen se ofrece cuando el autor se propone justificar el florecimiento de las obras de derecho. Anuncia primero los cuatro grupos en que pueden clasificarse esas obras:

-Las que propagan o combaten las nuevas ideas jurídicas.

-Los libros que promueven la lucha jurisdiccional entre la Iglesia y el Estado.

-Los escritos referentes a la gobernación del Estado español y las reformas que necesitaría.

-Los manuales de enseñanza de Derecho.

Después, cuando el lector sabe por dónde se le hace transitar, el investigador desarrolla minuciosamente cada punto, citando nombres de autores, enumerando obras, caracterizando y a veces profundizando posiciones; y eso en cuatro columnas que, globalmente podrían parecer muy indigestas.


(BILE, 30 de octubre de 1909: 242.)                


El ejemplo de las preguntas preparatorias para una explicación delicada lo voy a buscar, saltando tapias, en el libro póstumo Los elementos de la civilización y del carácter españoles, publicado en 1956 por ser el más demostrativo y por plantear la cuestión más palpitante de toda la obra de Altamira: la «complejidad del asunto» de la civilización de un pueblo. Tan consciente es Altamira de la complejidad del asunto que se hace, y le hace al lector, una serie de preguntas:

1- ¿Cómo se ha civilizado el pueblo de referencia? ¿En qué forma? ¿Propia, o importada? Y si fuese importada, ¿según qué modalidad de ésta?

2- ¿Qué ha hecho ese pueblo por la civilización universal, en cada época? Es decir, ¿en qué ha sido su acción concomitante con la de los demás pueblos [...]? En qué ha representado una dirección contraria a la de éstos [...]? Y si hubo divergencia ¿cuáles fueron su motivo y su intención?


(Altamira, 1956: 265.)                


Y el autor, antes de contestar a estas preguntas, se dirige directamente al lector: «Adviértase que en ambos grupos de preguntas domina un mismo supuesto común, a saber: el de un concepto dado y universalmente recibido de lo que es la civilización». Y contesta con flexibilidad y gran rigor argumental todas las preguntas abiertas, para que el lector haga suyas las ideas desarrolladas, con la impresión de que él mismo hubiera podido pensarlas. Es una verdadera mayéutica que incita a reflexionar sobre los grandes problemas planteados, y, particularmente, me limitaré al que incide en mi estudio metodológico: el de la relación entre la historia y la civilización: «Hay, pues, que comenzar por conocer bien los hechos históricos que sean indispensables para llegar a una bien fundada contestación de las preguntas formuladas antes» (Altamira, 1956: 268.)

A modo de digresión en la lógica de mi estudio, se desliza la idea de que es este el punto crucial de la problemática planteada por Altamira en toda su obra, o sea, la de la relación entre Historia (externa) e Historia de la civilización. No sé si existe un estudio comparado de la filosofía historiográfica que preside a la publicación por Altamira de tres grupos de obras: Historia de España, Historia de España y de la civilización española (cinco ediciones con este título de 1900 a 1928), Historia de la civilización española (cinco ediciones, por lo menos, de 1900 a 1946); si no lo hay, es una cuestión que merecería aclararse, superando, gracias a una visión distanciada, las explicaciones que nos da Altamira en el libro de donde se ha sacado la cita anterior. No es aquí de mi incumbencia.

A mí toca, en cambio, señalar que en los artículos de 1909, encuentra Altamira, en pleno XVIII, un anticipo o un anuncio de su propia concepción de la historia. Concluyendo una larga lista de «metodólogos y tratadistas de crítica histórica», escribe: «En muchos de estos autores se encuentran, además de las reglas de crítica, de las habituales discusiones sobre la verdad, la imparcialidad, el estilo histórico, etc., un concepto sumamente amplio del contenido de la historia que desarrolla el apuntado ya por otros tratadistas del siglo XVI, y conforme al cual incluyen todos los órdenes expresivos de la civilización de los pueblos, como reacción a la pura historia política. Es indudable que estas publicaciones ejercieron saludable influencia en la historiografía nacional» (lo enfatizado es mío). Y cita, en primera línea, como ejemplo de la puesta en práctica de tal concepción, el libro de Masdeu, Historia crítica de España y de la cultura española (BILE, 30 de octubre de 1909: 303).

Además de las reflexiones que suscita acerca de los problemas de epistemología histórica, la gran aportación para una historia de la civilización del trabajo de Altamira, en esos artículos de 1909, se mide en la total exposición, sin retención u omisión alguna por temor a aburrir, de todos los hechos, de todos los nombres, de todos los libros recolectados en el trabajo de investigación sobre enseñanza y cultura. En eso reside la originalidad originaria, por decirlo así, de las cinco entregas sobre enseñanza y cultura en el siglo XVIII. Pero esta focalización en el aspecto cultural no puede prescindir del todo de la historia política, de la historia que el mismo Altamira llama historia externa. Lo prueban ya en la primera sección sobre «El espíritu ilustrado del siglo XVIII», multitud de alusiones a los Reyes, a los Borbones, al espíritu francés, al papel de los ministros, a la situación social de la aristocracia, clase media y pueblo, a las Órdenes y decretos reales, etc., a las reacciones frente a la Revolución francesa. Es evidente. Y es imprescindible y casi natural que la historia cuadricule el movimiento de lo que se llama civilización. En ninguna parte de la extensa obra de Altamira se ve como aquí que la historia política y social es el tejido conjuntivo que condiciona, aprisiona, alimenta e impulsa o retrasa el desarrollo de la civilización. El conjunto de los hechos, de los nombres, de las obras, de las ideas, cuya exposición constituye lo principal, va movido por un relato, discreto cuando se trata de la intervención de la historia externa, pero siempre presente como dinámica interna. El relato asoma cuando el autor tiene que contar y no sólo describir o exponer y ocurre muy a menudo; y lo hace a veces con la precisión del escrupuloso historiador. Por ejemplo, al evocar las reformas universitarias que empezaron en la época de Carlos III, enumera con precisión de relojero la larga lista de medidas tomadas por el poder, como «el nombramiento por el rey, en 1769 (cédula de 15 de marzo), de un director en cada Universidad [...]; a la cual cédula siguió un nuevo plan de estudios (22 de agosto ) [...]. En 1770, se añadió al director un censor [...]. En 1767, se prohibió enseñar [...] la doctrina del regicidio y tiranicidio [...]. Al mismo tiempo (28 de noviembre), se pidió a todas las Universidades informe acerca de las reformas...». Y así en dos columnas (BILE, 30 de junio de 1909: 194).

Relato también, a la par que debate de ideas, es la polémica entre los ortodoxos y ciertos heterodoxos «de gran relieve». Estos acuden a Descartes, Gassendi, Newton, Locke, Condillac, etc. y aquéllos (doce nombres citados) volviendo a Vives, Lulio y hasta a Séneca, intentan restaurar la «corriente de la filosofía nacional» (BILE, 30 de octubre de 1909: 297, 298, 299, 302, 303.) Cito este ejemplo porque es un anticipo de la gran polémica, iniciada en 1876, sobre la «Ciencia y la Filosofía española» entre Menéndez Pelayo, Laverde, Valera y otros, por un lado y Núñez de Arce, Manuel de la Revilla, Perojo, Azcárate, José Miguel Guardia..., por el otro, reactivación en plan ideológico de la polémica suscitada por Masson de Morvilliers en 17822.

Finalmente, nos dice Altamira ya desde estos artículos del BILE que si la civilización es «el conjunto de ideas, ciencias, artes y costumbres que caracterizan el estado social de un pueblo», su historia, es decir su desarrollo en el tiempo a través de los siglos, no puede escribirse si no se contextualiza, si no se la ve propugnada o impugnada por una conjunción de factores políticos, religiosos, sociales, que, además de agentes activos en pro o en contra de la civilización, constituyen ellos mismos una cultura. La originalidad de los artículos de 1909, reside en el hecho de que la historia de las ideas, de las ciencias y de las artes progresa en íntima relación con la historia política y social y que no se yuxtapone con ésta, como en las síntesis que se presentarán en las historias de la civilización publicadas por Altamira después de 1909. Antes de examinar en la edición de 1945, la más completa sin duda por ser la última, el capítulo dedicado al siglo XVIII y muy particularmente a la historia de la enseñanza, de las ciencias, de las ideas y de las artes, hay que aprovechar la existencia del otro artículo del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, titulado «La enseñanza y la cultura general en el siglo XVIII español», escrito en 1927 por el entonces profesor de la Universidad de Madrid y que se presenta como «párrafos de la nueva edición de Historia de la civilización española, próxima a publicarse en la «Serie histórica» de las Obras completas del autor», como puntualiza una nota a pie de página. Esta nueva edición se publicará en 1928 y en ella se encontrará el capítulo dedicado al siglo XVIII (tal vez titulado «El renacimiento del siglo XVIII») y desde luego los párrafos del BILE de 1927 (BILE, 31 de diciembre de 1927: 365-369).

Pues bien, ya es hora de reanudar con la línea metodológica algo perdida en las sinuosidades de consideraciones diversas de más alto vuelo acerca del núcleo neurálgico constituido por la proximidad y distancia entre los conceptos de historia y de civilización.

Este artículo de 1927, es el resultado de un «desengrase», alguien dirá de una purificación, de la serie publicada dieciocho años antes. Las treinta y tres páginas de ésta, a dos columnas y letra menuda, se reducen a seis, a dos columnas también pero con letra más grande. Las once secciones o capitulillos, se concentran en tres: «La instrucción y la cultura», «Efectos de las reformas y de la impulsión de la cultura», «Cultura general del pueblo». En la primera y en la segunda se concentran y se condensan en siete columnas todos los elementos pormenorizados en unas sesenta columnas en los artículos de 1909; la sección «Los medios de cultura en América» ha desaparecido, probablemente para constituir un capítulo aparte en la nueva edición (la de 1928). Las largas enumeraciones de datos, nombres o hechos o se han suprimido o se han reducido a listas meramente acumulativas ahorrando explicaciones caracterizadoras. Por ejemplo, no se da la lista de los títulos de periódicos y revistas; sólo se menciona que «como nuevo resultado de la cultura, nacieron y difundiéronse periódicos y revistas, ya históricos, ya literarios o enciclopédicos» (ibid. 367.) La intervención de los profesores y sabios extranjeros se reduce a un codicilo de cinco líneas a la condensada aportación de Feijoo: «Al mismo fin contribuyeron muchos de los profesores y sabios extranjeros que explicaron en las cátedras o viajaron por España, estudiándola con gran detención, como Bowles, Briant, Tournell, Casiri, Godin, Proust, Humboldt, Herrgen y otros»; y nada más; nada se dice de la especificidad de cada uno (ibid., 368). Otro ejemplo, el tan pormenorizado estudio de los naturalistas españoles, de sus actividades y originales descubrimientos que, en los artículos de 1909, cubría cuatro densas columnas y precisaba con flexibilidad la especificidad de cada uno de los treintainueve científicos citados, se aplasta, en 1927, en un parrafito de veinte líneas, en las que surgen como lista de epitafio veintisiete nombres yuxtapuestos (ibid. 365-366). Total que el artículo de 1927 es un compendio del largo y casi exhaustivo trabajo de investigación de 1909, en el que sobresale la activa presencia de los verbos que aceleran el ritmo expositivo y acentúan la prevalencia del relato sobre los remansos explicativos. El nuevo texto que aparece como un resumen sintético, gana en agilidad, y su impacto puede ser más agudo, pero pierde la sustancial densidad de una investigación rigurosa que tiende en el estudio de cada aspecto a la exhaustividad. Hasta me atrevería a decir que un dieciochista de hoy consideraría el texto aligerado de 1927, como una serie de ideas comunes sobre enseñanza y cultura, mientras que en el de 1909 podría encontrar algo nuevo, un nombre, una obra o tal cual idea...

Dos novedades se notan en el texto de 1927: la aparición del concepto de filantropía y otra visión de la cultura general del pueblo.

El filantropismo (que dará lugar a un capítulo aparte en la edición de 1928, en el que el filantropismo es definido como «sentimiento de humanidad, de amor a los pobres, a los desheredados»), permite a Altamira caracterizar la actitud reformadora de los ilustrados del siglo XVIII y ahorrar las explicaciones dadas en la primera sección de la serie de 1909, «El espíritu ilustrado del siglo XVIII», acerca de la instrucción del pueblo.

En cuanto a la cultura general del pueblo, si bien se le dedicaba alguna atención en los artículos de 1909, no sobresalía el tema en una sección particular. Ahora, «la cultura general del pueblo» es el tercer y último capitulillo del artículo, encareciendo así la importancia del problema de la instrucción y la educación popular (ibid., 369-370). Altamira recoge aquí algunos datos que había colacionado en la sección «Las reformas de la enseñanza popular», como la preocupación pedagógica derivada de Rousseau y Pestalozzi o el intento muy limitado de mejorar la formación de los maestros y profesores. Lo importante y nuevo con respecto a la posición de hace dieciocho años atrás es mostrar cómo el contexto de mentalidad colectiva era, en el siglo XVIII, un freno al desarrollo de la instrucción popular. A pesar de que entre algunos personajes de la élite política e intelectual cercana al poder hubiese un estremecimiento de filantropismo, «faltaba a la mayoría de los hombres de entonces, y singularmente a los de las clases directoras, el concepto de la importancia que para un país representan, social y económicamente, la instrucción y la educación general de la masa» (ibid., 369.) Explica con pertinencia Altamira que «el analfabetismo de la inmensa mayoría de los habitantes, no había sido obstáculo a la extensa y elevada producción intelectual y artística que caracterizó singularmente el siglo XVI y gran parte del XVII». Hay que añadir, escribe Altamira, que la reacción ante la Revolución de 1789, reforzó el sentimiento antidemocrático, que «llevaba a recelar de una difusión excesiva de la instrucción». Por eso, los esfuerzos del «despotismo ilustrado» se limitaron a la enseñanza profesional (id.).

Sabemos que desde 1888, Altamira ha hecho suyo el ideal humano y social del institucionismo: la instrucción y la cultura son los únicos medios para que se perfeccione el individuo y, desde luego, para conseguir la armonía social, dicho esto lo más brevemente que se pueda. Este ideal, se refuerza en Oviedo, al estar nuestro autor en contacto con las conflictivas realidades sociales asturianas. A la diferencia de los ilustrados del siglo XVIII, los institucionistas en general, y en particular los del «grupo de Oviedo» en el cual ingresa Altamira en 1897, piensan que la cultura es la única manera de superar la abierta lucha de clases y de conseguir la paz social y, a largo plazo, llegar a un armonismo de la colectividad. Recuerdo estas cosas archisabidas únicamente para decir que la cuestión de la enseñanza del pueblo es central en el ideario de Altamira y aun puede decirse en su ideología, cada vez más activada conforme se agudizan los conflictos sociales. Por eso, sin duda, le dedica, en 1927, un capítulo aparte a «La cultura general del pueblo».

Y más; puede que no sea desacertado del todo pensar que el historiador que ha llegado a ser haya privilegiado el tema de la civilización por ser ésta, en cada época, el real reflejo del estado cultural y moral de un pueblo, y su historia el único relato de su progresiva evolución hacia una mayor y mejor racional conciencia humana. La civilización es la medida del progreso; del progreso material, pero sobre todo del progreso moral, pues para Altamira y los institucionistas, lo que importa es el progreso intelectual y moral de la humanidad. Es muy posible que sus perseverantes trabajos sobre el concepto y la historia de la civilización hayan contribuido a cristalizar la definición que de ella da la Real Academia: «Conjunto de ideas, ciencias, arte y costumbres que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o de una raza». Es de notar que el Diccionario de Autoridades (1723-1739), cuya aparición encarece Altamira en sus artículos de 1909 como «complemento esencial» de todos los trabajos científicos, culturales y literarios que acaba de presentar, ignora las palabras «civilización» y «civilizado», que entran más tarde en la lengua española, en todo caso a partir de 1840, fecha de la publicación de un libro de Eugenio Tapia, Historia de la civilización española: desde la invasión de los árabes hasta la época presente; obra, sin duda precursora, que sería provechoso cotejar con las de Altamira.

En la muy interesante introducción a la última edición de Historia de la civilización de 1945 (reeditada en 1988), Altamira reflexiona sobre los conceptos de Historia y Civilización. Considera que el gran adelanto de la historiografía moderna, impulsado por la Escuela de los Anales que él conoce bien, es haber superado la concepción antigua de la historia que se interesaba sólo por la historia política al integrar la historia de los pueblos. Hace sinónimas las dos expresiones «Historia de España» y «Civilización española», que durante siglos han significado cosas diferentes y separadas. Nota que puede haber coincidencia entre período político y civilización o lo contrario, pues una realidad cultural puede prolongarse sobre períodos políticos distintos (Altamira, 1988: 53).

Al respecto, y volviendo a los artículos del BILE, los de 1909 y el de 1927, es de gran interés histórico y metodológico la hipótesis que propone para explicar la rapidez de asimilación y de aplicación de las reformas promovidas por Carlos III (1759-1788). «El hecho de que las medidas fomentadoras del Estado hallasen inmediatamente, o a corta distancia de años, la cantidad grande de hombres preparados para fecundarlas» no puede explicarse de otro modo que por la pervivencia de los gérmenes de cultura, a pesar de la decadencia de fines del XVII (BILE, 1909: 303 y BILE, 1927: 367). Sugiere pues que algo de la gran actividad científica y filosófica del siglo XVI pervivió durante el XVII bajo la chapa impuesta por la monarquía absoluta y la Inquisición... Idea que defiende Menéndez Pelayo, pero como muestra de cierta apertura de espíritu de las instituciones coercitivas.

Finalmente, a lo que aspira Altamira es a escribir una historia total de España. Y lo consigue, creo en esta misma última edición de su Historia de la civilización, en la que los hechos se enfocan y se analizan «desde el punto de vista de las ideas y de problemas teóricos», como preconiza el autor en esta introducción (1988: 54). Basta dar como muestra y prueba la definitiva estructura del capítulo titulado «El renacimiento del siglo XVIII (1701-1808)», marcada por los párrafos numerados evocados al principio de este trabajo: «92-Idea política de los Borbones. 93-El nuevo imperialismo. 94-Régimen político interior. 95-El filantropismo. 96-Regeneración económica. 97-La colonización interior. 98-La colonización y el régimen de gobierno en América. 99-La instrucción pública y la cultura. 100-Efecto de las reformas y de la impulsión de la cultura. 101-La cultura general del pueblo. 102-La influencia francesa en la literatura y la reacción hispanista. 103-Las artes plásticas y la música». Nótese que los párrafos 99, 100 y 101 son los capitulillos sin variante alguna del artículo de 1927, condensación y forma definitiva de la densa exposición erudita de las cinco entregas del artículo de 1909, que es, repito, documento único para estudiar las capacidades investigadoras y las cualidades metodológicas y expositivas de Rafael Altamira y donde se muestra como en ninguna otra parte émulo en estos aspectos de Menéndez Pelayo.

En la introducción de 1945, confiesa a medias palabras que hubiera deseado ir más lejos: invertir el orden tradicional de los niveles de la historia, es decir: «Exponer la historia empezando por los sectores más íntimos de espiritualidad, para terminar por los hechos puramente políticos presentados como un efecto o consecuencia de aquéllos» (ibid., 47.)

Como programa historiográfico es tarea tan delicada que nadie se ha atrevido a reconstruir la historia de una nación a partir de «los sectores más íntimos de la espiritualidad», ensayos aparte, que no son historia. Por otra parte, querer que sólo las ideas hagan la historia es una forma de idealismo tan utópica como la que cree que el único motor de la historia es la dialéctica económica para la dominación de los medios de producción.

Por eso, en su práctica de historiador, a pesar de su fe, siempre compartida con sus maestros Giner y Clarín, en la superioridad del espíritu sobre la materia y sobre todas las cosas, se resigna Rafael Altamira a estudiar los hechos tal como los rescata la investigación, pero enfocando su estudio desde el punto de vista de las ideas y el mejor ejemplo de tal método lo ofrece la serie de artículos de 1909 sobre el siglo XVIII, siglo que gracias a una voluntad de cultura es un «renacimiento».






Bibliografía

  • ALTAMIRA, Rafael, Los elementos de la civilización y del carácter españoles, Buenos Aires, Losada, 1956.
  • —, Historia de la civilización española, con «Estudio preliminar» de Rafael Asín Vergara, Barcelona, Instituto de Estudios Gil-Albert, Fundación Altamira, Editorial Crítica, 1988.
  • AYALA ARACIL, María de los Ángeles, Rocío CHARQUES GÁMEZ, Enrique RUBIO CREMADES y Eva María VALERO JUAN (eds.), La labor periodística de Rafael Altamira (I). Catálogo descriptivo y antología de las colaboraciones en «La España Moderna», «Boletín de la Institución Libre de Enseñanza» y «Nuestro Tiempo», Alicante, Universidad de Alicante, 2008.
  • LISSORGUES, Yvan, «Una polémica sobre la ciencia española: José Miguel Guardia Bagur contra Marcelino Menéndez Pelayo», en Gerardo BOLADO y Ramón Emilio MANDADO GUTIÉRREZ (eds.), Menéndez Pelayo en su centenario: Congreso Internacional sobre ciencia española, (Santander, 6-8 de octubre de 2010), de próxima aparición.
  • VILLACAÑAS BERLANGA, Luis, «Rafael Altamira y el concepto de civilización española», en http://www.cervantesvirtual.com/obra/rafael-altamira-y-el-concepto-de-civilizacin-espaola-0/


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