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Relación histórica de los sucesos de la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru, en las provincias del Perú, el año de 1780






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Discurso preliminar a la revolución de Tupac-Amaru

Las extorsiones de los corregidores, y la impunidad de que disfrutaban en las Audiencias, produjeron en 1780 una fuerte conmoción entre los indios del Perú, capitaneados por José Gabriel Tupac-Amaru2, cacique de Tungasusa en la provincia de Tinta3; que, altivo por carácter e irascible por genio, miraba con rencor la degradación de los indígenas. Último vástago de los incas, y reducido ahora a prosternarse ante el más vil empleado de la metrópoli, no pudo su ánimo sobrellevar en paz estos ultrajes.

Había frecuentado las universidades de Lima y del Cuzco, donde aprendió lo bastante para descollar entre sus iguales. No   -II-   contento con el cacicazgo, que era hereditario en su familia, solicitó ser reconocido como descendiente legítimo de los antiguos dinastas del Perú, y había ya conseguido reasumir el título de Marqués de Oropesa4 que habían llevado sus antecesores.

Preocupado con sus ideas de venganza, sintió la necesidad de adquirir renombre, y derramó sus caudales para hacerse de clientes. Se puso también en contacto con las personas más influyentes del clero, a quienes pintaba con los más vivos colores los vejámenes que sufrían los indios. Movidos por sus quejas, los obispos de la Paz, del Cuzco, y otros prelados del Perú, las habían transmitido al Rey por medio de Santelices, gobernador de Potosí, muy inclinado a favor de los naturales, y cuyos sufragios eran de un gran peso por el crédito que disfrutaba en la corte. Carlos III, príncipe justo y magnánimo, había acogido con interés estas súplicas, y para atenderlas con acierto había llamado al mismo Santelices a ocupar un puesto en su Consejo de Indias.

Con tan prósperos auspicios, don Blas Tupac-Amaru, deudo inmediato de José Gabriel, fue a Madrid a solicitar la supresión de la mita y los repartos. Todo anunciaba un feliz desenlace, cuando la Parca truncó la vida de estos filántropos, no sin sospecha de haber sido envenenados.

Solo, y expuesto al resentimiento de los que habían sido denunciados, se resolvió Tupac-Amaru a echar mano de un arbitrio violento. Hallábase de corregidor en la provincia de Tinta un tal Arriaga, hombre ávido e inhumano, que abusaba del poder para saciar su inextinguible sed de riquezas. Hecho odioso al pueblo a quien tiranizaba, fue esta la primer víctima que le fue inmolada. Bajo   -III-   el pretexto de celebrar con pompa el día del Monarca, el cacique le atrajo a Tungasuca, donde en vez de las diversiones que esperaba, fue condenado a expiar sus crímenes en un cadalso. Igual suerte estaba reservada al corregidor de Quespicancha5, que salvó la vida, abandonando sus ricos almacenes, y más de 25.000 pesos que tenía acopiados en las arcas del fisco.

Estos despojos, repartidos generosamente entre las tropas, dilataron la esfera de acción de estos tumultos. Los funcionarios públicos, siguiendo el ejemplo de los corregidores, que eran el blanco principal de la animadversión de los pueblos, desamparaban sus puestos, y dejaban libre el campo a los amotinados. Sus filas, que se engrosaban diariamente, presentaron pronto una masa imponente para emprender mayores hazañas. Al sentimiento de venganza, que brotaba espontáneamente de todos los corazones, quiso Tupac-Amaru hermanar otro que lo afirmase y ennobleciese. Dos siglos y medio, pasados en la servidumbre, no habían podido borrar de la memoria de los indígenas los recuerdos del gobierno paternal de los incas: grabados en las ruinas del Cuzco, donde moraban sus dioses, y descansaban sus héroes, hacían de esta ciudad el objeto de una supersticiosa veneración; y aquí fue donde se dirigió Tupac-Amaru para inflamar el ardor de sus soldados. Trabado en sa marcha por una fuerza de milicianos que se había organizado de Sangarará, los atacó, y obligó a asilarse del templo, donde se defendieron hasta sepultarse bajo los escombros del edificio, que se desplomó sobre sus cabezas.

Esta ventaja, poco considerable en sí misma, dio alas a la anarquía, que se propagó hasta la provincia de Chichas. El foco principal de esta nueva insurrección era Chayanta, donde dominaban los Catari, hombres populares y atrevidos, que estaban quejosos por   -IV-   la indiferencia con que el virrey Vértiz y la Audiencia de Charcas habían oído sus reclamos contra la escandalosa administración de Alós, corregidor de aquel partido entonces, y promovido después al gobierno del Paraguay. Tomás, el mayor de sus hermanos, desairado por el Virrey, cuya justicia había venido a implorar personalmente a Buenos Aires, regresó a su provincia, esparciendo la voz de haber conseguido más de lo que había solicitado: y este ardid sublevó contra Alós a todos los indios, que se resistían a pagar los tributos y a admitir sus repartos.

El corregidor se vengó por una perfidia, que hizo más arriesgada su posición. Imputó a Catari la muerte de un recaudador de rentas, y le envió preso a la Audiencia de Charcas. Desde este momento la sangre corrió a torrentes, y la pluma del historiador se retrae de trazar el cuadro espantoso de tantos excesos. En Oruro, en Sicasica, en Arques, en Hayopaya, fueron innumerables las víctimas. En la iglesia de Caracoto la sangre de los españoles llegó a cubrir los tobillos de los asesinos. En Tapacari, pequeño pueblo de la provincia de Cochabamba, se quiso obligar a un padre a desgarrar el corazón de sus hijos a la vista de la madre: y la repulsa a tan inicuo mandato, fue la señal de su común exterminio. Nada fue respetado: ni la edad, ni el sexo, ni las súplicas, ni los lamentos libraban de la muerte, y una parte de la población sucumbía al furor de la otra.

Entretanto los virreyes de Buenos Aires y de Lima trabajaban de consuno para sofocar la insurrección del Perú. Varias tentativas de los rebeldes se habían malogrado por la impericia de los jefes en quienes Tupac-Amaru había depositado su confianza. Su mujer le había obligado a volver a Tungasuco, para calmar los terrores que le había causado la noticia de la salida de las tropas de Lima. ¡Triste y singular presentimiento! Con el mariscal Valle, que mandaba esta expedición, venía el visitador Areche -¡ese hombre feroz, que, conculcando los derechos de la humanidad, y ultrajando al siglo en que vivía, debía renovar las escenas de los tiempos bárbaros, en la época en que aún vivían Becaria y Filangeri!

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La ausencia de Tupac-Amaru, aunque momentánea, fue señalada por grandes reveses. Sus tropas, que no habían podido penetrar al Cuzco, fueron rechazadas de Puno y de Paucartambo. Estos contrastes, y la expedición de Lima que se avanzaba a marchas redobladas, le hicieron advertir todo el peligro de la inacción en que estaba, y de la que le importaba salir cuanto antes.

Su reaparición excitó el más vivo entusiasmo, y las poblaciones se agolpaban en el tránsito para aclamarle. Esta vez ciñó las ínfulas, (llantu) que, según Garcilaso, eran las insignias de la dignidad real entre los incas. Inexperto en el arte de mandar los ejércitos, se enredó nuevamente en el sitio del Cuzco, del que tuvo que desistir segunda vez, no por la resistencia que le oponía la ciudad, sino por el miedo de ser atacado por la fuerza de Valle. En este estado no le quedaba más alternativa que salir al encuentro de la columna auxiliadora, o retirarse: ¡prefirió este último arbitrio, teniendo a su disposición un ejército de 17.000 hombres!

Se replegó hacia la provincia de Tinta, donde no tardó en alcanzarlo Valle al frente de 16.000 hombres. Le aguardó Tupac-Amaru con 10.000, que fueron arrollados en las inmediaciones de Tungasuca. Hecho prisionero con toda su familia, fue llevado al Cuzco, donde expió de un modo atroz el deseo de restablecer la dominación de los incas, o más bien de sustraer a los indios de la baja e intolerable tiranía de los corregidores.

No por esto cesaron los males del Perú. Diego, y Andrés, el uno hermano, y el otro sobrino de Tupac-Amaru, secundados por Julián Apaso, sucesor de Tomás Catari, continuaron hostilizando a las tropas y a los pueblos. Los sitios que pusieron a Puno, a Sorata y a la Paz, forman los episodios más interesantes de este drama. La última de estas ciudades sostuvo dos cercos, que duraron 109 días, a pesar de hallarse la ciudad embestida por 12.000 indios, dueños de las avenidas, y de todas las alturas que la dominan. En este teatro de desolación brilló el genio activo de don Sebastián Segurola, sobre el cual gravitaba la responsabilidad de conservar un numeroso vecindario, reducido a perecer de hambre, o a entregarse al   -VI-   cuchillo de una horda feroz. Solo la firmeza de este jefe pudo librarlo de tan grande infortunio.

Ni fue menos honrosa la conducta de Valle, Flores, y del más esforzado de todos, Reseguín. Cuando pasó la frontera de Salta, se halló este oficial en el centro de una gran insurrección que devoraba la provincia de Chichas. Suipacha, Cotagaita, Tupiza, estaban en manos de los insurgentes, que en esta última ciudad habían imitado el ejemplo de Tupac-Amaru, ahorcando a su corregidor. Reseguín, con un puñado de bravos, restablece el orden, escarmienta a los indios, y los pone en la imposibilidad de volverse a lanzar contra la autoridad pública. Su marcha hasta el Cuzco fue una serie continuada de combates y triunfos. Llegó en circunstancias que el sitio de Sorata había tenido un horrible desenlace. Irritado Andrés Tupac-Amaru de la obstinada resistencia que le hacían sus habitantes, a quienes amagaba con un ejército de 14.000 hombres, recoge las aguas del cerro nevado de Tipuani, y cuando las vio crecer en el estanque que había formado en un nivel superior a la ciudad, rompe los diques, e inunda la población, destruyendo de un modo irresistible todos sus medios de defensa.

Quedaba la Paz, cercada por segunda vez por la famosa Bartolina, mujer, o concubina de Catari. Valiéndose del arbitrio empleado contra Sorata, los sitiadores hacen represas en el río que pasa por la ciudad, y forman una inundación que rompe sus puentes, y causa los mayores estragos. Talvez hubiera tenido que ceder su intrépido defensor Segurola, sino hubiese aparecido Reseguín, que venía a socorrerle con 5.000 hombres, llenos de entusiasmo por un triunfo que acababan de reportar en Yaco.

Tantos trabajos habían postrado a este incansable oficial, que por primera vez desde su salida de Montevideo, se veía forzado a interrumpir sus tareas. Aún no había convalecido de una grave enfermedad que le había asaltado, cuando llega a la Paz la noticia de una fuerza que Tupac-Catari organizaba en las Peñas. Débil, y extenuado por sus padecimientos, Reseguín halla en su alma vigor bastante para reanimar sus fuerzas abatidas. Empuña su espada, alcanza a   -VII-   los rebeldes, los derrota, y cual otro mariscal de Sajonia en la batalla de Fontenoi, entra al pueblo de las Peñas, cargado en hombros de sus soldados.

Tan leal como valiente, respetaba las personas de los que se habían amparado del perdón ofrecido por el Virrey de Lima. Pero un oidor de Chile, que le acompañaba en calidad de consultor, complicando a los indultados en el proceso que seguía de oficio contra Tupac-Catari, mandó prender a todos, e hizo destrozar vivo en la Paz a este caudillo.

De todas las cabezas principales de esta revolución no quedaba más que Diego Cristóval Tupac-Amaru, a quien estos rasgos de perfidia hacían desconfiar de las promesas de los españoles. Pero, arrastrado de su destino, se dejó persuadir a entregarse voluntariamente al general Valle en su campamento de Sicuani; y no tardó en arrepentirse de esta confianza. Vivía retirado y tranquilo en el seno de su familia, cuando se le asechó y prendió para someterle a un juicio, en que, por crímenes imaginarios, se le condenó a perecer bárbaramente en un cadalso.

Areche, Medina y Mata-Linares, autores de tantas atrocidades, recibieron honores y aplausos; pero el aspecto de las víctimas, sus últimos lamentos, sus miembros palpitantes, sus cuerpos destrozados por la fuerza de los tormentos, son recuerdos que no se borran tan fácilmente de la memoria de los hombres6; y debe perpetuarlos la historia para entregar estos nombres a la execración de los siglos.

Pocos ejemplos ofrecen los anales de las naciones de una carnicería tan espantosa. No solo se atormentó, y sacrificó a Tupac-Amaru, su mujer, su hijo, sus hermanos, tíos, cuñados, y confidentes, sino que se proscribió en masa a todo su parentesco, por más   -VIII-   remotos que fuesen los grados de consanguinidad que los unían. Solo se perdonó la vida a un niño de once años, hijo de Tupac-Amaru, que después de haber presenciado el suplicio de sus padres y deudos, fue remitido a España, donde falleció poco después. Así es que debe tenerse por apócrifo el título de Quinto nieto del último Emperador del Perú, que asumió Juan Bautista Tupamaru, para conseguir del Gobierno de Buenos Aires una pensión vitalicia7.

El único resultado útil de este gran sacudimiento fue la nueva organización que la Corte de España dio a la administración de sus provincias de ultramar, y la abolición de los repartimientos. De este modo quedó legitimado el principio que invocó Tupac-Amaru para mejorar la suerte de los indios, que hallaron después en sus delegados, administradores más responsables, y por consiguiente más íntegros que los corregidores.

Buenos-Aires, 2 de setiembre de 1837.

Pedro de Angelis





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Relación histórica

Aunque las crueles y sangrientas turbaciones, que han excitado y promovido los indios en las provincias de esta América Meridional, han sido la causa total de tantas lamentables desdichas, como se han seguido a sus habitantes, es no obstante preciso confesar que el verdadero y formal origen de ellas no es otro que la general corrupción de costumbres, y la suma confianza o descuido con que hasta ahora se ha vivido en este continente. Así parece se deduce de los propios hechos, y lo persuaden todas sus circunstancias.

De algunos años a esta parte se reconocían en esta misma América muchos de aquellos vicios y desórdenes que son capaces de acarrear la más grande revolución a un estado, pues ya no se hallaba entre sus habitadores otra unión que la de los bandos y partidos. El bien público era sacrificado a los intereses particulares; la virtud y el respeto a las leyes, no era más que un nombre vano; la opresión y la inhumanidad no inspiraban ya horror a los más de los hombres acostumbrados a ver triunfar el delito. Los odios, las perfidias, la usura y la incontinencia representaban en sus correspondientes teatros la más trágica escena, y perdido el pudor se transgredían las leyes sagradas y civiles con escándalo reprensible.

Tal era el infeliz estado de estas provincias en punto a disciplina, y no mejor el que se manifestaba en orden a la seguridad y defensa de ellas; pues no se encontraban armas, municiones ni otros pertrechos para la guerra, carecían de oficiales y soldados que entendiesen el arte militar; porque, aunque en las capitales de este vasto reino, como son Lima y Buenos Aires, se hallasen buenos e inteligentes, como el fuego de la rebelión se encendió en el centro de las mismas provincias y casi a un mismo tiempo en todas, y la distancia de una a otra capital es mil leguas, cuando menos, no dio lugar a otra cosa que a hacer inevitables los estragos, pues aunque tenían nombrados regimientos de milicias, cuya fuerza se hizo crecer en los estados remitidos a la Corte, reconoció después que solo existían en la imaginación del que los formó,   -4-   talvez con miras poco decorosas a su alto carácter, por la utilidad que producían los derechos de patentes y otras gabelas.

Los corregidores, poseídos de una ambición insaciable con cuantiosos e inútiles repartos, cuyo cobro exigían por medio de las más tiranas ejecuciones, con perjuicio de las leyes y de la justicia, se les había visto en algunas provincias hacer reparto de anteojos, polvos azules, barajas, libritos para la instrucción del ejercicio de infantería, y otros géneros, que lejos de servirles de utilidad, eran gravosos y perjudiciales. Por otra parte se veían también hostigados de los curas, no menos crueles que los corregidores para la cobranza de sus obvenciones que aumentaban a lo infinito, inventando nuevas fiestas de santos y costosos guiones con que hacían crecer excesivamente la ganancia temporal: pues si el indio no satisfacía los derechos que adeudaba, se le prendía cuando asistía a la doctrina y a la explicación del evangelio, y llegaba a tanto la iniquidad, que se le embargaban sus propios hijos, reteniéndolos hasta que se verificaba la entera satisfacción de la deuda, que regularmente se la había hecho contraer por fuerza el mismo párroco.

En algunas ocasiones habían manifestado anteriormente los indios estos justos resentimientos, que ocasionaron la alteración de varias provincias, resistiendo y matando a sus corregidores, como sucedió en la de Yungas de Chulumani, gobernándola el Marqués de Villahermosa, que se vio precisado, después de haberle muerto a su dependiente Solascasas, a contenerlos con las armas, a cuyo acto le provocaron. Así también en la de Pacajes y Chumbilvicas, en donde quitaron las vidas a sus corregidores, Castillo y Sugastegui, cometiendo otros excesos, que indicaban el vasto proyecto, que con mucho tiempo y precaución iban meditando, para sacudir el yugo.

Ya fuese fatigados y oprimidos de las extorsiones y violencias que toleraban, o insultados y conmovidos con un espíritu de sedición que sembró el reo Tomás Catari, con el especioso pretexto de haber conseguido rebaja de tributos, se alzaron con tan furioso ímpetu, que en breve espacio de tiempo el incendio abrasó todas las provincias. En el pueblo de Pocoata, provincia de Chayanta, se declaró la sedición, y dando los indios muerte a muchos españoles, prendieron a su corregidor, don Joaquín de Alós, que retuvieron en el pueblo de Macha, como en rehenes, para solicitar insolentes la libertad de su caudillo Catari; y como presentándose la necesidad armada en toda la fuerza del poder, es irreparable el daño de la resistencia, fue forzoso que por salvar aquella vida, se libertase del castigo el delincuente Catari, logrando prontamente soltura de la prisión en que se hallaba: ya fuese porque en tiempo que el peligro   -5-   aprieta, la prudencia induce a no detenerse en formalidades, ni aventurar la quietud pública por los escrúpulos de autoridad, o ya porque, poco acostumbrados los oidores de Charcas al perdimiento del respeto tenido a sus personas, recelaban pasase adelante el atrevimiento, y se viese disminuida la sumisión fastidiosa y excesiva que siempre han pretendido.

Por otra parte, desde los principios del año de 1780 se vieron en todas las ciudades, villas y lugares del Perú, pasquines sediciosos contra los ministros, oficiales y dependientes de rentas, con el pretexto de la aduana y estancos de tabaco. De modo que el vulgo, a quien se atribuyó esta insolencia, se despechó tanto en algunas partes, que hicieron víctima de su furor a algunos inocentes: como en Arequipa, donde perdiendo el respeto a la justicia, saquearon la casa del corregidor don Baltazar Semanat, le precisaron a ocultarse para salvar su vida, atropellaron las casas destinadas a la recaudación de estos derechos reales, persiguieron a los administradores, y estuvo la ciudad a pique de perderse; trascendiendo hasta los muchachos el espíritu sedicioso, con juegos tan parecidos a las veras, que habiendo nombrado entre ellos a uno, con el título de aduanero, se enfurecieron después tanto contra él, que a pedradas acabó su vida, costándole no menos precio el fingido empleo con que le habían condecorado.

Como suelen las enfermedades de la naturaleza, originadas de pequeños principios, llegar al último término, así en las dolencias políticas sucede muchas veces, que nacidas de leves causas, suben a tan alto punto, que es costoso su remedio. Experimentose esta verdad en Macha; pues logrando en aquel engañado pueblo, Tomás Catari, todos aquellos rendimientos que son gajes de la autoridad, y olvidado del no esperado beneficio de su libertad, dio agigantado vuelto a sus ideas, por la desconcertada fantasía de los indios, graduando la soltura de su caudillo por efecto del temor que había infundido con sus insolencias; y persuadidos por el nuevo método que se seguía con ellos, no era la piedad la que obraba, para atraerlos suavemente a sus deberes, se creyeron autorizados para ejecutar las más sangrientas crueldades, siendo como consecuencia, se vean estas sinrazones donde no se conoce ni domina la razón.

La Real Audiencia de Charcas, al paso que sentía la conmoción de tantas poblaciones, deseaba con ansia el remedio, pero no acertaba con el oportuno, porque sus miembros, poco acostumbrados a este género de acontecimientos, se mantenían tímidos e irresolutos, sin atreverse a tomar providencia, que cortase en sus principios el peligroso cáncer que amenazaba al reino, haciendo algún castigo que escarmentase a los sediciosos,   -6-   y arrancase en su nacimiento la raíz de rebelión, que comenzaba a sembrarse: único remedio, cuando ya de nada servía la hinchazón de sus personas, que con servil acatamiento se había venerado hasta entonces. Y desengañados de que eran inútiles en estos casos las fórmulas del derecho y preeminencias de la toga, descendieron con tanto exceso a contemporizar con los rebeldes, franqueándoles el perdón de sus excesos y otras gracias, que no les fue dificultoso conocer que la suma condescendencia de unos ministros, que en las felicidades de su absoluto gobierno habían sido tan engreídos, nacía del terror y confusión en que se hallaban.

Bien convencidos los indios de esta verdad, apenas había poblaciones de ellos, que no se abrasase en la trágica llama del tumulto, porque a poco después alborotose la provincia de Paria, dando en el pueblo de Challapata cruel muerte al corregidor don Manuel Bodega, ejecutándose lo mismo en la de Chichas, Lipes y Carangas, siguiendo el mal ejemplo la de Sicasica, parte de las de Cochabamba, Porco y Pilaya, siendo en todas iguales los excesos, y parecidos los insultos de muertes, robos, ruinas de haciendas, sacrílegas profanaciones de los templos. Y como era uno el principio del desasosiego, reglaban sus movimientos por el teatro de la de Chayanta, donde, después de muchos tormentos y ultrajes, quitaron la vida a don Florencio Lupa, cacique del pueblo de Moscani, falleciendo víctima de la lealtad a manos de una plebeya indignación, la que no satisfaciéndose con juntar la muerte a la ignominia, le cortaron la cabeza, y tuvieron el arrojo de fijarla en las inmediaciones de la Plata, en una cruz, que se nombra Quispichaca, tremolando con esta audacia la bandera de la sedición.

Este suceso cubrió a la Plata de horror y de susto, temiendo con razón, que estos principios tuviesen consecuencias muy tristes. Fue este día el 10 de setiembre de 1780, y como se esparció en la ciudad, que en sus extramuros se hallaba una multitud crecida de indios para invadirla y saquearla, fue notable la confusión que se originó. Presentáronse en la plaza mayor los ministros de la Real Audiencia, en compañía de su regente, para dar algunas disposiciones, que en aquella necesidad pudieron graduarse oportunas, para rechazar la invasión del enemigo, y desde aquel momento se empezaron a reglar compañías, alistándose la gente sin excepción de clases; pero con tal desorden y confusión, que si hubiese sido cierta la noticia, indefectiblemente perece la ciudad a manos de los rebeldes: llegando la turbación de aquellos togados a tales términos, que uno de ellos pregonaba en persona el ridículo bando de pena de muerte, y 10 años de presidio al que no acudiese a la defensa, y no hallándose el pregonero para hacer igual diligencia con otra providencia, se ofreció el mismo regente a ejecutarlo, añadiendo la circunstancia de que tenía buena voz.

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¡Oh temor de la muerte, cuánto puedes con las almas bajas!, pues unos hombres, que poco antes se consideraban poco menos que deidades, les obligas a ejercer los oficios más viles de la república, haciéndose irrisibles de los mismos que los tenían por sagrados.

Aunque el rebelde Catari, desde el pueblo de Macha, aparentaba sumisión y respeto a la autoridad de la Real Audiencia, no se ignoraba que secretamente escribía cartas, convocando las provincias para una general sublevación, coligado con el principal rebelde José Gabriel Tupac-Amaru, indio cacique del pueblo de Tungasuca en la provincia de Tinta, del virreinato de Lima, quien pretendía ser legítimo descendiente de los incas del Perú.

Este, pues, dio principio a sus bárbaras ejecuciones el 4 de noviembre de 1780, prendiendo a su corregidor, don Antonio de Arriaga, en un convite que le dio, con el pretexto de que quería celebrar el día de nuestro Augusto Soberano. Asegurado el tirano de su propio juez, que sorprendió inopinadamente cuando estaba comiendo, publicó se hallaba autorizado con una real Cédula para proceder de aquel modo, y substanciándole la causa en pocos días, el 10 del propio mes le quitó la vida en una horca, en la plaza pública de su pueblo, y apoderándose de todos sus bienes, pasó a hacer la misma ejecución con el de la provincia de Quispicanchi, que no tuvo efecto por haber huido a la ciudad del Cuzco, adonde llevó la noticia del suceso de Tinta. A contener este alboroto, salieron de aquella ciudad 600 hombres tumultuariamente dispuestos, los más del país, y entre ellos algunos europeos y a pocas leguas que anduvieron, avistaron al rebelde en el paraje llamado Sangarara, con un considerable trozo de indios y mestizos de aquella comarca; y como al mismo tiempo experimentasen una cruel nevada, se refugiaron en la iglesia; y más poseídos del miedo, que resueltos a acometer al enemigo, le despacharon un emisario que le preguntase cuál era su intento, y el motivo que había tenido para levantar gente y turbar la tierra: y la respuesta fue, que todos los americanos pasasen luego a su campo, donde serían tratados como patriotas, pues solo quería castigar a los europeos o chapetones, corregidores y aduaneros.

Esta orden, que mandó notificar José Gabriel Tupac-Amaru a los que le habían hecho el mensaje, con apercebimiento de no reservar a ninguno de los que la contradijesen, excitó entre ellos una especie de tumulto, y tratando sobre lo que se había de resolver, fueron unos de parecer que se embistiese al enemigo, y otros que no; de modo que, divididos en los dictámenes, sintieron bien presto los efectos de la discordia, que paró en herirse recíprocamente. A esta fatalidad sobrevinieron otras, cuales fueron   -8-   la de haberlos cargado el enemigo, haberse pegado fuego a la pólvora que tenían, y caídoles un lienzo del edificio en que se alojaban: y muertos unos, otros abrasados, y no pocos envueltos en la ruina de la pared, fueron todos consumidos y disipados, y el rebelde se aprovechó de las armas de fuego y blancas, reforzándose con los despojos de sus mismos enemigos.

Tanto cuanto este suceso desgraciado pudo ofrecer de turbación a la ciudad del Cuzco, tuvo de feliz y ventajoso para Tupac-Amaru, con el cual, dueño de la campaña, la corrió y saqueó, haciendo destrozos en los pueblos, haciendas y obrajes de los españoles, y avanzándose hasta la provincia de Lampa, entró en Ayavirí sin oposición; porque aunque en este pueblo se habían juntado algunos vecinos españoles de aquella y otras provincias comarcanas, conducidos de sus corregidores, al aproximarse al enemigo, tomaron la fuga: con lo que, difundiéndose la confusión, el sobresalto y el temor, y prófugos los curas y corregidores, quedaron abandonados, y a discreción de los indios, los pueblos y provincias, excepto la de Pancarcolla, en que su corregidor, don Joaquín Antonio de Orellana, lleno de heroicos sentimientos, formó poco después el proyecto de mantenerla a costa de su vida, y buscando por asilo la villa de Puno, se fortificó en ella con pocos de los suyos. La desenfrenada codicia de los bárbaros usurpadores los empeñaba en pillarlo todo, sin respetar los templos; en ellos derramaban la sangre humana sin distinción de sexos, ni edades. Pocas veces se habrá visto desolación tan terrible, ni fuego que con más rapidez se comunicase a tantas distancias, siendo digno de notar, que en 300 leguas que se cuentan de longitud, desde el Cuzco hasta las fronteras del Tucumán, en que se contienen 24 provincias, en todas prendió casi a un mismo tiempo el fuego de la rebelión, bien que con alguna diferencia en el exceso de las crueldades.

Siguió José Gabriel Tupac-Amaru las huellas de todos los tiranos, y conociendo cuán fácilmente se deja arrastrar el populacho de las apariencias con que se le galantea, porque no penetra los arcanos del usurpador, comenzó publicando edictos de las insufribles extorsiones que padecía la nación, las abultadas pensiones que injustamente toleraba, los agravios que se repetían en las aduanas, y estancos establecidos: que los indios eran víctima de la codicia de los corregidores, quienes buscaban todos los medios de enriquecer, sin reparar en las injusticias y vejaciones que originaban, cuyas modestas quejas, con que muchas veces les representaron sus excesos, no sirviesen de otra cosa que de incitar la ira y la venganza; y en fin que todo era injusticia, tiranía y ambición; que su intento estaba únicamente reducido a buscar el bien de la Patria, con exterminio de los inicuos y ladrones. Así se explicaba este rebelde, para seducir a los pueblos, engrosando su partido, y con mano armada pasando a los filos de su cólera   -9-   a cuantos se le oponían, invadió las provincias de Azangaro, Carabaya, Tinta, Calca y Quispicanchi, que por fuerza o de grado se declararon sus partidarias, a cuyo ejemplo siguieron el mismo rumbo las de Chucuito, Pacajes, Omasuyos, Larecaja, Yungas y parte de las de Misque, Cochabamba y Atacama. Siendo ya general la sublevación, se experimentaron trágicos e inauditos sucesos, para cuya descripción era necesario sudase sangre la pluma, y fuesen los caracteres nuestras lágrimas.

Con los muchos indios que se habían juntado a Tupac-Amaru, y las armas de que ya se había apoderado, resolvió ir sobre el Cuzco, con el fin de posesionarse de esta ciudad, y logrado su intento, coronarse en ella, por ser la antigua capital del imperio peruano, con todas las solemnidades que imitasen la costumbre de sus antiguos poderes. Se habían acogido a esta población muchos fugitivos de las provincias inmediatas, que atemorizados de los estragos que ocasionaba el tirano, no pensaban sino en salvar sus vidas por aquel medio; y cuando estaban imaginando abandonar la ciudad, y que era en vano intentar resistir al rebelde, lo impidió don Manuel Villalta, corregidor de Abancay, que había servido en el real ejército con el grado de Teniente Coronel. Este animoso oficial, despreciando los temores, y con la experiencia de su profesión, levantó aquellos espíritus abatidos, echó mano de las milicias, y ordenó las cosas de manera que dificultasen el proyecto del rebelde; a que contribuyeron mucho los caciques de Tinta y Chicheros, Rozas y Pumacagua, cuya lealtad y la de los Chuquiguancas, brilló como un astro luminoso en medio de la negra oscuridad de la rebelión, ofreciendo en obsequio de su fidelidad el digno sacrificio de algunas vidas de los de sus familias y todas las haciendas que poseían.

Conocido por el tirano lo difícil que le era tomar el Cuzco, desistió del empeño, después de algunos ataques, en que fue rechazado gloriosamente por sus vecinos, dirigidos y gobernados por Villalta, quien le quitó de las manos una presa con que ya contaba, y perdida aquella esperanza, se contrajo a continuar las correrías y robos contra los españoles. Declarada ya en todas partes la guerra, y las poblaciones y campaña sin resistencia, los que pudieron escapar de los primeros insultos, se refugiaron a las ciudades y villas que les fueron más inmediatas. En la de Cochabamba solo, de las partes de Yungas (con quienes confina por los valles de Ayopaya), entraron más de 5.000 personas de ambos sexos y de todas edades, que condujo su corregidor, don José Albisuri. No porque en los pueblos de españoles faltase la alteración y recelo que ofrecía el numeroso vulgo, sino porque el riesgo parecía menos ejecutivo, aunque diariamente se fijaban pasquines y se oían canciones a favor de Tupac-Amaru, contra los europeos y el gobierno.

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Agitado el cuidado de los virreyes de Lima y Buenos Aires, los excelentísimos señores, don Agustín de Jáuregui y don Juan José de Vértiz, pensaron seriamente al remedio de tantos males. El primero dispuso pasase al Cuzco el visitador general, don José Antonio Areche, con el mando absoluto de hacienda y guerra, nombrando también al mariscal de campo, don José del Valle, inspector de las tropas de aquel virreinato, al coronel de dragones, don Gabriel de Avilés, y otros oficiales, para que tomasen el mando y dirección de las armas que habían de obrar contra los rebeldes; y el segundo confirmó la elección que había hecho el presidente de Charcas, del teniente coronel don Ignacio Flores, gobernador que era de Moxos, declarándole comandante general de aquellas provincias, y demás que estuviesen alteradas en la jurisdicción de su mando, con inhibición de la Real Audiencia de la Plata, concediéndole muchas y amplias facultades, para obrar libremente. Los oidores, poco conformes con esta disposición, manifestaron su resentimiento en distintas ocasiones, dificultando las providencias del Comandante, oponiendo obstáculos a sus determinaciones, criticando su conducta de morosa, calumniándole de pusilánime e irresoluto, fundándose en que no tomaba partido con prontitud, y suponiendo que si hubiese obrado con actividad ofensivamente contra los rebeldes, hubiera podido sofocarse con el escarmiento de pocos el atrevimiento de los demás. En cuyas alteraciones y etiquetas, suscitadas indebidamente en tan críticas circunstancias, pasaron algún tiempo: hasta que fue creciendo el cuidado, con motivo de haber mandado la Audiencia secretamente, y sin el conocimiento que le correspondía a Flores, prender al reo Tomás Catari, lo que ejecutó don Manuel Álvarez en el Asiento de Ahullagas, en virtud del auto proveído en acuerdo reservado que se celebró, con todo sigilo, atropellando las prudentes disposiciones del Virrey, y desairándole cruelmente, porque tal proceder era opuesto a sus providencias y a las facultades que tenía concedidas a aquel Comandante.

Este suceso llenó de regocijo a la ciudad de la Plata, y no fue de poca satisfacción a sus ministros, porque todos creían que cortada aquella cabeza, pasase la inquietud, y que un hecho de esta naturaleza podía servirles de escudo para cubrirse de sus primeros yerros y desacreditar la conducta del Comandante militar; porque no solo había concurrido a él, sino que tenía significado, no era conveniente en aquella ocasión, antes bien proponía se empleasen los medios políticos que eran más oportunos en tan críticas circunstancias, en que se debía sacar todo el partido posible de la autoridad y fuerzas que ya había adquirido el delincuente, en tanto se acopiaban armas y municiones para resistirle, motivos porque ocultaron su determinación.   -11-   Pero a poco tiempo se desapareció aquella alegría, desvaneciéndose sus concebidas esperanzas con las desgraciadas muertes del dicho don Manuel, y del Justicia Mayor, don Juan Antonio Acuña, que con una corta escolta conducían preso a aquel rebelde; quienes, viéndose inopinadamente atacados en la cuesta de Chataquilay, y que era muy dificultoso conservar su persona con seguridad, determinaron matarle antes de intentar la resistencia, sin que bastase después el esfuerzo a salvar ninguno de los que le conducían; creciendo el espanto y susto con haberse acercado inmediatamente los indios agresores a la ciudad para cercarla, campando dos leguas de ella, en los cerros de la Punilla, más de 7.000, capitaneados por Dámaso y Nicolás Catari, hermanos del difunto Santos Achu, Simón Castillo y otros caudillos. Con cuyo hecho desgraciado varió el modo de pensar de la Audiencia, que empleó todos los recursos imaginables para ocultar había sido suya aquella providencia, significando que Álvarez había ejecutado la prisión de motu propio; pero Flores, que no se descuidaba en cubrirse de sus resultas, tuvo modo de conseguir copia de todo lo acordado sobre aquel hecho. Así perpetuamente se eslabonan los fracasos con las dichas, teniendo en continua duda nuestros afectos, para que busquen en su centro la verdadera y estable felicidad.

Aún no bien se supo estaban acampados los indios en aquel cerro, proyectando el asalto de la ciudad, se infundió en todos sus vecinos la generosa resolución de defenderse, hasta derramar la última gota de sangre; y porque fuesen iguales el valor y la precaución, ganando los instantes, se colocaron puestos avanzados para observar desde más cerca los movimientos del enemigo, y cortando las calles con tapias de adobes, que impropiamente han llamado trincheras, se destacaron algunas compañías de milicianos para que guarnecieran sus extramuros. El Regente en una continua agitación expedía providencia sobre providencia, y los ministros, disimulando el miedo que los dominaba con el celo y amor al Soberano, se hicieron cargo con las compañías formadas del gremio de abogados, de rondar y patrullar todas las noches, reconociendo las centinelas avanzadas. Pero como todos carecían de los principios del arte de la guerra, servían de confusión más que de seguridad sus diligencias, que también contribuyeron no poco a suscitar nuevas disputas sobre sus pretendidas facultades, y las que tenía el Comandante de las armas. Sin embargo de todo esto, se notaba en los vecinos buena disposición, por más que se haya querido disminuir después, abultando desconfianzas para cubrir la negligencia, y el error de no haber acudido con resolución y actividad a cegar el manantial de donde nacían estas alteraciones; siendo fácil comprender, que si en sus principios se hubiese obrado   -12-   con el valor y determinación que piden semejantes casos, se hubieran evitado tantos estragos, como siguieron, y la muerte de más de 40.000 personas españolas, y mucho mayor número de indios, que han sido víctimas de estas civiles disensiones.

Insolentes los rebeldes en su campamento, dirigieron a la Real Audiencia algunas cartas llenas de audaces amenazas, pidiendo las cabezas de algunos individuos, y asegurando hacer el uso más torpe de las mujeres del Regente y algunos ministros, ofreciendo emplearlas después en las tareas más humildes del servicio de sus casas. En esta ocasión fue sospechado cómplice en las turbaciones el cura de la doctrina de Macha, el doctor don José Gregorio Merlos, eclesiástico de corrompida y escandalosa conducta, de genio atrevido y desvergonzado, que fue arrestado por el oidor don Pedro Cernadas en su misma casa, y depositado en la Recoleta con un par de grillos, y después en la cárcel pública con todas las precauciones que requerían el delito que se le imputaba, y las continuas instancias que hacían los rebeldes por su libertad, quienes aseguraban entrarían a sacarle de su prisión a viva fuerza; cuyo hecho se ejecutó también sin consentimiento del Comandante militar, aprovechando la Audiencia, para proceder a su captura, del pretexto de hallarse ausente, para un reconocimiento en las inmediaciones de la ciudad. El cuidado se iba aumentando con continuos sobresaltos que ocasionaba la inmediación de los sediciosos, y aunque no llegaron nunca a formalizar el cerco, se empezaba a sentir alguna escasez de víveres, que fue también causa de aumentarse las discordias, por la libertad de pareceres para el remedio.

Solicitaron los abogados, unidos con los vecinos, se les diese licencia para acometer al enemigo, pero luego que entendieron que se disgustaba el Comandante por esta proposición, se apartaron de su intento. El director de tabacos, don Francisco de Paula Sanz, sujeto adornado de las mejores circunstancias y calidades, se hallaba en la ciudad casualmente, y de resultas de la comisión que estaba a su cargo para el establecimiento de este ramo, movido de su espíritu bizarro, y cansado de las contemplaciones que se usaban con los rebeldes, quiso atacarlos con sus dependientes y algunos vecinos que se le agregaron, y saliendo de la ciudad con este intento, el día 16 de febrero de 1781 llegó a las faldas de los cerros de la Punilla, en que estaban alojados los indios, que descendieron inmediatamente a buscarle para presentar el combate, persuadidos de que el poco número que se les oponía, aseguraba de su parte el vencimiento. Cargaron con tanta violencia y multitud aquel pequeño trozo, que se componía de solos 40 hombres, que no bastó el valor para la resistencia,   -13-   y cediendo al mayor número y a la fuerza, fue preciso pensar en la retirada, en que hubieran perecido todos por el desorden con que la ejecutaron, a no haber salido a sostenerlos la compañía de granaderos milicianos, no pudiendo evitar perdiese la vida en la refriega don Francisco Revilla, y dos granaderos que le acompañaron en su desgraciada suerte; pues aunque después salió Flores con mayor número de gente, sirvió poco su diligencia, por haber entrado la noche.

El genio dócil y el natural agrado del director Sanz, acompañados de su generosidad, le hacían muy estimado de todos, menos de Flores, con quien había tenido algunos disgustos por el diverso modo de pensar. Sanz, todo era fuego para castigar la insolencia de los sediciosos, y Flores, todo circunspección y flema en contemplarlos, cuya conducta, mormurada generalmente, ocasionó pasquines denigrantes a su honor, tildándole de cobarde, atreviéndose a decir, era afecto al partido de la rebelión; y llegó a tanto la osadía del público, que expresó sus sentimientos con satíricos versos y groseras significaciones, enviándole a su casa, la misma noche del ataque del 16, una porción de gallinas, sin saber quién había sido el autor de este intempestivo regalo. Al siguiente día se presentaron los vecinos por escrito, manifestando estaban prontos y dispuestos a ir en busca del enemigo. Todos clamaban se anticipaba su última ruina, gritaban descaradamente, que si no se les conducía al ataque, saldrían sin el Comandante: y ya obligado de tantas y tan repetidas eficaces insinuaciones que se aumentaron con el desgraciado suceso del Director, determinó para el 20 del mismo febrero atacar a los indios de la Punilla. Serían las 12 de aquel día, cuando se pusieron en marcha nuestras tropas, y llegando al campo se presentó al Comandante un espectáculo agradable, que le anunciaba la victoria, y fue reconocer que un crecido número de mujeres, mezcladas y confundidas entre la tropa, deseaba con ansia entrar en función; este raro fenómeno, cuanto lisonjeaba el gusto, arrancó lágrimas de aquel jefe, que ejercitó toda su habilidad para disuadirlas se apartasen de tan peligroso empeño, con el cual únicamente habían conseguido ya una gloria inmortal; y aunque se les mitigó el ardor, nunca se pudo lograr se retirasen, y permanecieron en el campo de batalla, o bien para que su presencia inspirase aliento a los soldados, o para que sirviesen de socorro en cualquiera infortunio.

Las dos de la tarde serían cuando se tocó a embestir al enemigo, que se hallaba apostado en las alturas de tres montañas ásperas y fragosas, cuya ventaja hacía peligrosa la subida; pero esta   -14-   dificultad empeñó el valor de los nuestros, que estaban tan deseosos de venir a las manos, y acometiendo con heroico denuedo, sufrieron los indios poco tiempo el asalto, ganando airosamente las cumbres de aquellos empinados cerros, llevándose con los filos de la espada a todos los que no retiró la fuga; dejando en el campo de batalla 400 cadáveres, con poca o ninguna pérdida de nuestra parte, y de sus resultas libre la ciudad del bloqueo en tan breve espacio de tiempo, que pudo el Comandante General exclamar con Julio César: Veni, vidi, vinci. Celebrose esta victoria con festivas aclamaciones de Viva el Rey; e iluminándose la ciudad por tres noches, se rindieron al Todopoderoso las debidas gracias, manifestándose la alegría con todos aquellas señas con que acredita el amor, la sinceridad del afecto. Este destrozo de los enemigos trajo las más favorables consecuencias, y hubieran sido mayores si se hubiese adelantado la acción; pues asustada la provincia de Chayanta, depuso toda inquietud, y para comprobar su arrepentimiento, entregó a los principales autores, que fueron Dámaso y Nicolás Catari, Santos Hachu, Simón Castillo y otros varios, que todos murieron en tres palos: que así burla la Divina Providencia las esperanzas de los delincuentes, disponiendo caigan a manos de la justicia, cuando se creen más exentos de su rigor.

Este hecho acredita cuán conveniente era ganar los instantes, y obrar con actividad contra los insurgentes, aprovechando la consternación en que se hallaban por el dichoso suceso de la Punilla, antes que depusieran su espanto; pues los recelos y desconfianzas del Comandante, y su carácter más político que militar, le hacían observar una lentitud perjudicial a la causa pública. Y como vacilaba en un mar de dudas, pasó el tiempo en hacer prevenciones, con que disimulaba su manejo, que pudiera haber variado con las repetidas pruebas de fidelidad y bizarría que le tenían dadas los vecinos de la Plata, que justamente se han quejado del concepto que le merecieron, porque consideraba no eran capaces de sostener operaciones ofensivas en campo abierto sin el auxilio de los veteranos que se esperaban; lo que debiera haber tentado sin esta circunstancia, pues algo se ha de aventurar en los casos extremos, en que no se presenta otro recurso. Estas detenciones ocasionaron no pocos males, particularmente en las provincias de Chichas y Lipes, que se sublevaron después de aquel suceso, porque conocieron la superioridad que tenían, y les manifestaba semejante conducta, y que no eran muy temibles el Comandante y armas que se hallaban en la ciudad de la Plata, cuando aún después de vencedoras se contentaban con volver a encerrarse en los términos de su recinto, sin pensar al remedio de las calamidades ajenas;   -15-   a que contribuyó también el haber seguido el mismo sistema la imperial villa de Potosí, que creyó llenaba su obligación con poner a cubierto sus preciosas minas.

Cuando estaba para celebrarse en casa del comandante, don Ignacio Flores, con un banquete, el buen éxito que tuvo la acción de la Punilla, se recibió la infausta noticia del horroroso hecho acaecido en la villa de Oruro, con lo que se consternaron los ánimos de todos los convidados, y se llenaron de amargura, convirtiéndose en pesar el placer que tenían prevenido. Y como es uno de los acaecimientos más notables de esta general sublevación, no podrá ser desagradable se refiera con extensión, y con todas las circunstancias que requiere un hecho de esta naturaleza.

El origen, pues, y las causas de esta funestísima tragedia, fueron haberse divulgado en aquella villa las fatalidades acaecidas en las provincias de Chayanta y Tinta, con un edicto que expidió José Gabriel Tupac-Amaru, en que expresaba todas sus crueles y ambiciosas intenciones; lo que, llegado a noticia del corregidor, don Ramón de Urrutia, juntamente con los estragos que causaba en las provincias de Lampa y Carabaya, le determinaron a prevenirse para cualquier acontecimiento. Formó compañías de los cholos y vecinos, para disciplinarlas en el manejo de las armas, destinando diferentes sitios para la enseñanza, donde concurrían semanalmente dos veces, y aprendían con gusto la doctrina de sus maestros: algunos desde luego no aprobaron esta diligencia, o porque eran adictos al principal rebelde Tupac-Amaru, cuya venida deseaban con ansia, o lo más cierto, porque eran sus confidentes. Estos tales solamente concurrían a aquel acto para emular a los que enseñaban, que eran europeos, y a formar diferentes críticas sobre sus operaciones, al mismo tiempo que con insolencia fijaban pasquines opuestos a la corona, censurando el gobierno del Corregidor y demás jueces. Entre ellos amaneció uno el día 25 de diciembre de 1780, en que se anunciaba el asesinato, que después ejecutaron con los europeos, y zaherían la conducta de don Fernando Gurruchaga, alcalde ordinario, que acababa aquel año, con dicterios denigrativos a su persona, y de la justicia. También prevenían en él a los individuos del Cabildo, se abstuviesen de elegir alcaldes europeos, porque si tal sucedía, no durarían ocho días, porque se sublevarían y serían víctima de su enojo, por ser ladrones; y que para evitar tan funesto suceso, habían de nombrar precisamente de alcaldes a don Juan de Dios y a don Jacinto Rodríguez.

El Corregidor, cuidadoso con estas públicas amenazas, e insolentes   -16-   pretensiones, obraba vigilante en la averiguación y pesquisa de los autores, pero por más exactas diligencias, así judiciales como extrajudiciales que practicó, nunca pudo saber la verdad para castigar a los delincuentes, a fin de mantener a todos con la quietud y buena armonía, a que siempre propendió desde el ingreso a su corregimiento.

Llegado el día de la elección, para el año de 1781, propuso a los vocales nombrasen a sujetos beneméritos y honrados, de buenas costumbres y amantes de la justicia, para que así pudiesen desempeñar con acierto los cargos, con la madurez y juicio que previenen las leyes, y requerían las críticas circunstancias, en que se hallaba el reino. Para este efecto les propuso a don José Miguel Llano y Valdez, patricio, a don Joaquín Rubis de Celis, y don Manuel de Mugrusa, europeos, con la mira de que saliese la vara de la casa de los Rodríguez, que pretendía hacerla hereditaria, y que ni ellos ni ninguno de sus parciales y domésticos, fuese elegido, pues hacían 18 años que estos sujetos estaban posesionados de aquellos empleos, sin permitir jamás que fuesen nombrados otros, por la desmedida ambición de gobernar que los dominaba; y también para evitar las injusticias, extorsiones y violencias, que con título de jueces ejecutaban con toda clase de gentes, validos del despotismo sin límite que habían adquirido, con el cual protegían todo género de vicios, de que adolecían sus dependientes y criados.

Trascendida por los Rodríguez esta idea, previnieron algunas alteraciones y diferencias para el día de la elección; no obstante prevalecieron los votos a favor de la justicia, y salieron electos los propuestos por el Corregidor, que aborrecían cruelmente los Rodríguez, por la desemejanza de costumbres y nacimiento; y no pudiendo ocultar la ponzoña que encerraban sus corazones, al ver se les había quitado el mando, que tantos años tenían como usurpado, se quitaron la máscara, para dejarse ver a todas luces sentidos contra él. Don Jacinto estuvo para morirse con los vómitos que le ocasionó la cólera del desaire, y Don Juan salió de la villa para su ingenio a toda priesa, dejando prevenido en su casa, que ninguno de sus clientes saliese a las corridas de toros, que regularmente celebran los nuevos alcaldes para festejar al público, ni que a estos se les prestase cosa alguna que pidiesen para los refrescos acostumbrados. En este mismo día empezó a descubrirse la liga que había formado con ellos el cura de la iglesia matriz. Sucedió pues, que siendo costumbre de tiempo inmemorial, que acabadas las elecciones, y confirmadas por el corregidor en la casa capitular, pasaba todo el Cabildo a la iglesia mayor   -17-   a oír la misa de gracias, se dirigieron los cabildantes a esta pía demostración, pero estando ya a las puertas de la iglesia, salió al encuentro el sacristán para decirles que no había misa, porque ninguno había dado la limosna.

Estaban las cosas en este crítico estado, cuando llegó la noticia de la muerte de Tomás Catari; y creyendo el corregidor de Paria, don Manuel Bodega, que quitado este sedicioso perturbador de la quietud pública, le sería fácil sujetar la provincia, cobrar los reales tributos y su reparto, determinó ir a ella con armas y gente. Pidió para esto a Urrutia le auxiliase con soldados, que le negó, previniendo no podían resultar buenas consecuencias; pero Bodega mal aconsejado, juntó 50 hombres, pagados a su costa, y emprendió la marcha al pueblo de Challapata, donde él y los más que le acompañaban, pagaron con la vida su ligera determinación.

Con este hecho, persuadidos quedaron los indios de Challapata, Condo, Popó y demás pueblos inmediatos, que el corregidor de Oruro había auxiliado al de Paria con armas y gente para castigarlos, desde aquel día amenazaban la villa y el corregidor, protestando asolarla, y dar muerte a todos sus habitantes. Agregose a esto, que un religioso franciscano, llamado fray Bernardino Gallegos, que a la sazón se hallaba de capellán en los ingenios de don Juan de Dios Rodríguez, solapando su malicioso designio, decía había oído, que los indios de Challapata estaban prevenidos para invadir a Oruro, y que el principal motivo que los impelía, era saber que se hacía diariamente ejercicio, por lo que consideraba conveniente se suspendiese; pues sin más diligencia que esta, se sosegarían los ánimos de aquellos rebeldes, porque su resentimiento nacía únicamente de aquella disposición. El corregidor, ya fue que no dio asenso a los avisos de aquel religioso, o porque penetrase su interior, no alteró sus providencias, de que nacieron continuos sobresaltos y cuidados; porque, resentido de esto, no cesó de esparcir en adelante funestas noticias, que amenazaban por instantes el insulto ofrecido por los indios circunvecinos. En este conflicto se dudaba el medio que debía elegirse: no había armas, ni pertrechos; hacíanse cabildos públicos y secretos; nada se resolvía por falta de dinero en la caja de propios, o por decirlo con más propiedad, por no haber tal caja, porque hacía muchos años se había apoderado de su fondo don Jacinto Rodríguez. Tampoco podía acudirse a las cajas reales, porque lo resistían sus oficiales, alegando no serles facultativo extraer cantidad alguna, sin orden expresa de la superioridad; y por último recurso, se pensó en que los vecinos contribuyesen con algún donativo, que tampoco tuvo efecto, por la suma   -18-   pobreza en que se hallaban. En estos apuros se manifestó el celo del tesorero don Salvador Parrilla, dando de contado 2.000 pesos de sus propios intereses, para que se acuartelasen las milicias, y se previniesen municiones de guerra, entre tanto se daba parte a la Audiencia, para que deliberase lo que tuviese por conveniente. Con esta cantidad se dio principio a los preparativos; pusiéronse a sueldo 300 hombres; se nombraron capitanes y demás oficiales, para hacer el servicio; don Manuel Serrano, formó una compañía de la más infame chusma del pueblo, y nombró por su teniente a don Nicolás de Herrera, de genio caviloso, que después fue uno de los que más sobresalieron en esta trágica escena.

Acuartelada así la tropa, se suscitaron muchas disensiones por la poca subordinación de los soldados, la ninguna legalidad en los oficiales para la suministración del prest señalado, y otros motivos, que se originaban, más por la disposición de los ánimos, que por las fundadas quejas.

El día 9, a las diez de la noche, salieron del cuartel algunos soldados de la compañía de Serrano, pidiendo a gritos socorro a los demás; y preguntada la causa, respondió en voz alta Sebastián Pagador: «Amigos, paisanos y compañeros, estad ciertos que se intenta la más aleve traición contra nosotros por los chapetones; esta noticia acaba de comunicárseme por mi hija; en ninguna ocasión podemos mejor dar evidentes pruebas de nuestro amor a la patria, sino en esta; no estimemos en nada nuestras vidas, sacrifiquémoslas gustosos en defensa de la libertad, convirtiendo toda la humildad y rendimiento, que hemos tenido con los españoles europeos, en ira y furor, y acabemos de una vez con esta maldita raza». Se esparció inmediatamente por todo el pueblo este razonamiento, y la moción en que estaban las compañías milicianas, no descuidándose don Nicolás Herrera en atizar el fuego, contando en todas partes con los colores más vivos, que su malicioso intento pudo sugerirle, la conjuración de los europeos.

Sebastián Pagador había sido muchos años sirviente en las minas de ambos Rodríguez, y en aquella actualidad concurría a ellas por las tardes con don Jacinto, donde este se ponía ebrio, mal de que adolecía comúnmente. Entre otras producciones de la borrachera, salió con el disparate que el corregidor le quería ahorcar, juntamente con sus hermanos, a don Manuel Herrera y otros vecinos. El calor de la chicha, que tenía alterado a Pagador, le hizo facilitar el asesinato que después ejecutaron, tratándolo con don Nicolás de Herrera, sujeto muchas veces procesado por ladrón público y salteador de caminos. A este no sólo le constaba   -19-   género de pensiones a mi nación, el perdón general de mi aparentada deserción del vasallaje que debo, y el total abolimiento de las aduanas, de la extensión de los resortes de la visita del reino, luego me retiraré a una Tebayda adonde pida misericordia, y Vuestra Señoría Ilustrísima me imparta todos los senderos documentos para mi glorioso fin, que mediante la divina misericordia espero, a cuyo fin aspiro, a quien clamo con los mayores ahíncos de mi alma por la importante vida de Vuestra Señoría Ilustrísima. Tungasuca, 12 de diciembre de 1780.

JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca.




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Otro oficio al Cabildo del Cuzco

MUY ILUSTRE CABILDO:

Desde que di principio a libertar de la esclavitud en que se hallaban los naturales de este reino, causada por los corregidores y otras personas, que apartadas de todo acto de caridad, protegían estas extorsiones contra la ley de Dios, ha sido mi ánimo precaver muertes y hostilidades por lo que a mí corresponde. Pero, como por parte de esa ciudad se ejecutan tantos horrores, ahorcando sin confesión a varios individuos de mi parte, y arrastrando otros, me ha causado tal dolor, que me veo en la precisión de requerir a ese cabildo contenga a ese vecindario en iguales excesos, franqueándome la entrada a esa ciudad; porque si al punto no se cumple esto, no podré tolerar un instante de tiempo mi entrada en ella a fuego y sangre, sin reserva de persona. A este fin pasan el reverendo padre lector fray Domingo Castro, el doctor don Ildefonso Bejarano y el capitán don Bernardo de la Madrid, en calidad de emisarios, para que con ellos se me dé fija noticia de lo que ese Ilustre Cabildo resolviese en un asunto de tanta importancia; el que exige rindan todas las armas, sean las personas de cualquiera fuero, pues en defecto pasarán por todo el rigor de una justa guerra defensiva. Sin retener por ningún pretexto a dichos emisarios, porque representan mi propia persona, sin que se entienda sea mi ánimo causar la menor extorsión a los rendidos, sean de la clase que fuesen, como ha sucedido hasta aquí. Pero si obstinados intentan seguir los injustos hechos, experimentarán todos aquellos rigores que pide la divina justicia, pues hasta aquí la he visto pisada por muchas personas.

La mía es la única que ha quedado de la sangre real de los incas, reyes de este reino. Esto me ha estimulado a procurar por todos los medios posibles a que cesen en el todo las abusivas introducciones,   -20-   que por los mismos corregidores y otros sujetos se habían plantificado; colocándose en todos los cargos y ministerios unas personas ineptas para ellos, todo resultante contra los míseros indios y demás personas, y disposiciones de los mismos Reyes de España, cuyas leyes tengo por experiencia se hallan suprimidas y despreciadas, y que desde la conquista acá, no han mirado aquellos vasallos a adelantarlas, sino que su aplicación es a estafar esta mísera gente, sin que respiren a la queja. Esto es tan notorio, que no necesita más comprobante sino las lágrimas de estos infelices que ha tres siglos las vierten sus ojos. Este estado nunca les ha permitido contraerse a conocer el verdadero Dios, sino a contribuir a los corregidores y curas su sudor y trabajo; de manera que, habiendo yo pesquisado por mi propia persona en la mayor parte del reino el gobierno espiritual y civil de estos vasallos, encuentro que todo el número que se compone de la gente nacional, no tiene luz evangélica, porque les faltan operarios que se la ministren, proviniendo esto del mal ejemplo que se les da.

El ejemplar ejecutado en el corregidor de la provincia de Tinta, lo motivó el decirme que yo iba contra la Iglesia, y para contener los demás corregidores, fue indispensable aquella justicia. Mi deseo es, que este género de jefes se suprima enteramente; que cesen sus repartimientos; que en cada provincia haya un alcalde mayor de la misma nación indiana, y otras personas de buena conciencia, sin más inteligencia que la administración de justicia, política cristiana de los indios y demás individuos, señalándoseles un sueldo moderado, con otras condiciones que a su tiempo deben establecérseles: entre las que es indispensable una, comprensiva a que en esa ciudad se erija Real Audiencia, donde residirá un virrey como presidente, para que los indios tengan más cercanos los recursos. Esta es toda la idea por ahora de mi empresa, dejándole al Rey de España el dominio directo que en ellos ha tenido, sin que se les substraiga la obediencia que le es debida, y tampoco el comercio común, como nervio principal para la conservación de todo el reino.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Señoría muchos años. Campo de Ocororo8, 3 de enero de 1781. Besa la mano de Vuestra Señoría su muy seguro servidor.

JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca.

Muy Ilustre Cabildo y Ayuntamiento de la gran ciudad del Cuzco.

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Otro oficio al mismo Cabildo

MUY ILUSTRE CABILDO:

Sin embargo de que con fecha de 3 del que corre, expuse a Vuestra Señoría mi deseo, propenso siempre a evitar las muertes, destrozos e incendios de casas, que no se pueden evitar si la guerra defensiva sigue de mi parte; ayer 8 del mismo, habiéndose adelantado esta tropa con el ardor que acostumbra, fueron ganando algún terreno sin hacer ofensa, hasta que la tropa de esa ciudad declaró invasión ofensiva. Las funestas consecuencias que es preciso se sigan, me obligan a representar a Vuestra Señoría, ponerle a la vista, que me instan mis indios a que les conceda permiso para entrar a saco esa ciudad. Si así sucede, quedará arruinada, y convertidos sus habitantes en pavesa, que es la intención que les he penetrado, pues me ofrecen entregarla a mi disposición; y que por compensativo solo esperan poblarla ellos mismos, sin permitir otro vecindario. Persuadirase Vuestra Señoría que esta expresión la dicta el temor; pero no es así; porque tengo a mis órdenes innumerable gente, que solo espera la que les diese para cumplir lo que prometen. Prevéngolo así a Vuestra Señoría, para que esté en inteligencia de que mi ánimo deliberado es, que no se cause hostilidad a ninguno, ya que esos naturales y vecindario están impuestos en lo contrario por personas que debían informarles de la verdad; mayormente cuando nunca me he acomodado a las resoluciones atentadas de esta gente, que anhela por la consumación de su idea, y recelo pasen a su ejecución por aquellos términos que suele dictar la irreflexión. Para que ni ante Dios ni el Rey se me pueda inferir cargo, lo pongo en noticia de Vuestra Señoría, para que por medio del conductor don Francisco Bernales me comunique su deliberación, para ajustar la mía a lo que sea más conveniente.

Bien penetrado tengo se habían hecho críticas reflexiones sobre adelantar el real patrimonio, cesando los repartimientos por el señalamiento y alcabala de su tarifa; pero también estoy impuesto de que los mestizos y españoles no gustosos contribuirán, a correspondencia de sus fondos, aún más cantidad que el rédito de la tarifa. Es bastante prueba de esta verdad hallarse a mis órdenes, sin violencia, crecido número de ellos, como lo tengo representado a los tribunales que corresponde.

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Nuestro Señor guarde a Vuestra Señoría muchos años. Altos de Picchu, y enero 9 de 1781. Besa la mano de Vuestra Señoría su seguro servidor.

JOSÉ GABRIEL TUPAC-AMARU, Inca.

A los Señores del Ilustre Cabildo y Ayuntamiento de la gran ciudad del Cuzco.




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Copia de carta fecha en el Cuzco, en 10 de enero de 1781, remitida con propio a la Paz

Después que regresó el indio Tupac-Amaru de Lampa, a Tungazuca su cacicazgo, determinó tomar la derrota de bajar a esta ciudad; y de Quiquijana empezó a ir sacando toda la gente para Urcos, dejando en el camino todas las haciendas saqueadas hasta Paylla, a excepción de Lucre, y en parte Pucuto, de que solo sacó los caballos y mulas que allí había. De Urcos pasó a Andaguailas, y es de allí a Oropesa, siendo recibido en las respectivas iglesias con palio, cruz alta y repiques, como así lo confiesa el conductor, que ha sido el ayudante de cura de Oropesa. Estas correrías las hizo con parte de su gente en la quebrada, dejando el tercio mayor en las Punas con su mujer, hijos y familia, el que enderezaba a salir para Oropesa por el camino blanco; pero se volvió al alto, y fue a descansar en Yanacocha, en las cercanías de la Pampa de Ocororo, y altos de Yaurisqui, cosa de tres y media leguas de esta ciudad; de donde envió su embajador, que lo fue La Madrid, Bejarano y un fraile franciscano para el señor Obispo y la Junta, diciendo que se entregasen a buenas, o que de lo contrario a sangre y fuego derrotaría la ciudad. La Madrid tuvo el atrevimiento de decir a Su Ilustrísima que el señor gobernador, don José Gabriel Tupac-Amaru, le remitía un pliego por su embajador, ordenándole le entregase en mano propia; pero lo echó fuera Su Ilustrísima, y lo puso de vuelta y media. De Urcos se despidió el hermano de Tupac-Amaru, Diego, para la parte de la quebrada, con determinación de arrastrar toda la gente, la de Catea, Paucartambo, provincia de Calca y Urubamba, para entrar en el Cuzco por la caja del agua por la fortaleza. Pero antes entró en estos lugares un comisionado del indio, que empezó a destruir todas las haciendas, la de Velasco, Astete, Camara y Capana, que hay por allí, con tal iniquidad, que solo les ha quedado el casco. Bajaron los indios a Caycay, y apenas escapó don Ramón Tronconis a pie para Oropesa, aunque su hija libró, poco antes del asalto, el dinero, plata labrada y vestidos en la Quebrada.

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Todas estas haciendas quedan saqueadas hasta dicho exclusive; siendo la mayor lástima de que estos pícaros tuvieron el atrevimiento de matar en Calca todas las mujeres españolas, sin reserva de criaturas; y muchas de ellas las degollaron en la misma iglesia, con la brutalidad de usar de ellas, antes y después de muertas, en el templo; y al pobre viejo Valdés lo mataron en el mismo sagrario; y últimamente, no ha quedado persona alguna que parezca español. En Pisaca no se hizo tanto, pero también hubo muchas muertes.

Guayllabamba se escapó, porque bajó el cacique de Chinchero con toda su gente, e hizo una cruel matanza en los alzados, derrotándolos, sin permitir pasasen adelante, en las inmediaciones de Guayocarí. Bien es verdad que para ello tuvo la ayuda de cosa de cien soldados de estos parajes; pero este cacique ha estado muy fiel, y se vino después a guardar la ciudad, y acuarteló su gente en el cerro de Sagsaguamán, y a su inmediación, el de Anta y Rosas han hecho lo mismo con 2.500 indios que pusieron en Picchu.

En este estado de hallarse toda la ribera conmovida, ha pasado el dicho hermano, y no ha resollado más: hasta que se apareció el 6 del que corre Tupac-Amaru por Puquin, en donde mató quince mulatos, de veinte y ocho que habían llegado de Lima, los que se despacharon a contener el tumulto de los indios.

El día 8 amaneció con su gente, acordonado desde el alto de Puquin, hasta el último cerro inmediato al de Piccho, y presentó la batalla a los indios que aquí estaban acuartelados: bien que apenas puso cien hombres con solo lanzas y un pedrero. Dicho día empezó la batalla a la una de la tarde, y se acabó a las 6, con mucha pérdida de los nuestros, porque los jefes que mandaban tres compañías dieron orden de que solo la del comercio fuese hasta el alto; y los cholos del Cuzco, al sonido de las hondas, se huyeron; de los que compuso un ejército, y por milagro de Dios no se apoderó del cerro de Picchu, y venida la noche, ambos quedaron en sus sitios; y hoy 9, algunos de Chumbivilcas, y los indios de Chinchero, que ayer como a las 5 fueron a socorrer a los de Anta, con algunos de la compañía de comercio y cholos del Cuzco, han hecho retirar al indio, le han quitado muchas mulas, y algunas cargas, caballos y borricos, hasta su cama; tan empeñados, que hasta Puquin lo siguieron, haciéndolo retroceder por este camino, y en el empeño, me acaban de decir, revolvieron contra ellos los alzados, viendo la osadía de que solo 300, o 450 arreaban a más de 4.000 de ellos.

Se presume que va a lo de su mujer, a traer el auxilio que dejó   -24-   en Yanacocha; pero ya van tras él 400 de Paruro; y en fin, creo que parará en tragedia: debiéndose todo a la Providencia, pues no hay uno que mande formalmente en los combates y pueda precaver los peligros, que así sería menos nuestra pérdida y mayores los triunfos; y ayer lunes, hasta las 6 de la tarde, con solo piedras le estuvieron haciendo frente los nuestros, aunque los contrarios tenían algunas armas de fuego.

La plaza del Cuzco ya está bien guardada, con todas las armas, y 600 fusiles, y otros tantos chafarotes que nos han llegado de Lima; y los caudales se han puesto en la Compañía, que está segura, y la custodian los dueños.

El comandante que traen los mulatos de Lima, es Avilés. Al Visitador se le espera por Arequipa dentro de doce días, con más de mil hombres. Esta tarde acaba de zafarse Figueroa de la tropa de Tupac-Amaru, y la artillería de este ya queda por nuestra. A la llegada del Visitador habrá bien que hacer por el mal gobierno que han tenido los de la Junta formada para la defensa.

Aquí, mejor que los mulatos, lo hacen algunos frailes y clérigos con sus fusiles, y estos quedan alistados con los viejos, y han estado aprendiendo los movimientos de la milicia sobre mes y medio, en el palacio y Colegio de Nuestro Padre, que hoy queda de cuartel de los indios de Oropesa.

El Deán, el día de Santo Tomás, tenía prevenido su caballo para ir a San Francisco a la adoración de la Bula; luego que oyó decir que había indios por los cerros, se vistió de militar, y muy bien armado salió por las calles en busca de sus soldados los clérigos; y se acabó con esto la procesión, que ya estaba empezando, y en este mismo instante se presentó con esta compañía del modo posible a las 11 del día, sin más prevención que hacerles quitar los capotes, y ponerles los sombreros a tres picos para manejar las armas.




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Vista del fiscal del Virreinato de Buenos-Aires

EXCELENTÍSIMO SEÑOR:

El abogado fiscal de este Virreinato, en vista de los testimonios que acompañan los Corregidores y Justicia Mayor de las Provincias de   -25-   Azangaro, Larecaja y Chucuito, a sus correspectivas representaciones o informes, sobre la sublevación principiada en la provincia de Tinta, correspondiente al Virreinato de Lima, el día 10 de noviembre último, continuada y propagada por arbitrio y fomento de su autor, el cacique del pueblo de Tungasuca, José Tupac-Amaru, dice: Que los documentos y diligencias en copia contenidas, no solo ministran mérito suficiente para graduar y declarar a los comprendidos en este horrible alzamiento, especialmente al cacique Tupac-Amaru, por verdaderos reos de Estado, rebeldes, traidores al Rey, en fuerza de las Leyes 1.ª, título 2.º, Parte 7.ª, y 1.ª, título 18, libro 8.º de las Recopiladas de Castilla, con sus concordantes de uno y otro derecho; sino también para que, sin la precisa observancia de todos los requisitos dispuestos por las Leyes 6.ª y 8.ª, título 4.º, libro 3.º de las Recopiladas de Indias, u otros algunos reparos, se les persiga y ataque como a enemigos, al menos hasta lograr la prisión o muerte del referido autor de tan escandalosa, perjudicial e infame conjuración.

Son los motivos que ejecutan la celeridad de este arbitrio, tan urgentes como manifiestos por el expediente, en cuya serie de noticias y sucesos no deben ocupar tanto la atención la lastimosa muerte del corregidor don Antonio de Arriaga, la usurpación de su caudal, la ocupación de las armas que tenía en su casa, ni las convocatorias y excesos que sucesivamente fue perpetrando el pérfido Tupac-Amaru, como la astucia, la cavilosidad y prometidas ideas con que arbitró cometerlos, y sublevar aquella y demás provincias, poniéndolas en estado de llevar adelante los reprobados designios que ocultaba.

Para prender al corregidor Arriaga en su misma casa, parece haberle dispuesto un banquete. Para convocar los cabos militares, caciques o indios de la provincia, se cree haber compelido al infeliz corregidor preso a expedir o firmar órdenes citatorias. Para sacarle a la horca a presencia de la multitud, sin movimiento ni alboroto, mandó publicar bando, afectando que procedía en virtud de órdenes de Su Majestad. Con el mismo pretexto pasó a consecuencia de este sensibilísimo espectáculo a la provincia inmediata de Quispicanchi, a ejecutar iguales atrocidades con el corregidor don Fernando Cabrera y cuantos europeos encontrase; expidiendo, bajo el mismo supuesto criminal concepto de figuradas comunicaciones del Rey, luego que se restituyó a su pueblo de Tungasuca, las que le parecieron, a los caciques de las provincias inmediatas, para que cada uno a su imitación perpetrase iguales atentados.

Y aunque en las dos de Azangaro y Carabaya, pertenecientes a este Virreinato, no surtieron efecto sus depravados arbitrios, por la lealtad con que su comisionado, el cacique gobernador del pueblo de Azangaro,   -26-   don Diego Chuquiguanca y sus hijos, hicieron manifestación de los pliegos que se hallan copiados en el expediente, ofreciendo sacrificarse por el Rey; lo cierto es del caso, que la provincia de Quispicanchi, verificada la fuga del mencionado don Fernando Cabrera, su actual corregidor, está subordinada al rebelde Tupac-Amaru, y él mismo asegura en uno de los papeles escritos a Chuquiguanca, que otras cuatro provincias más estaban a sus órdenes. Porque, conociendo este perverso la suma deferencia que aquellos naturales están acostumbrados a prestar a las órdenes del Rey, y el horror con que suelen mirar a los corregidores que les gobiernan, y europeos que por lo regular les acompañan, no le habrá sido difícil mover los ánimos de ellos a la ejecución de las supuestas órdenes del Rey, con tan criminal pretexto.

Mas el fuego de la cavilosidad y perfidia del nominado traidor, consiste en que, habiendo repetido tantas veces las órdenes reales con que se hallaba autorizado para proceder contra los corregidores y europeos, en sus bandos, cartas, oficios, y en los edictos que dirigió al coronel cacique y gobernador de Azangaro, don Diego Chuquiguanca, para arrastrar aquella provincia y la de Carabaya, ya silencia los mandatos del Rey, y procede como el más distinguido indio de la sangre real de los incas y tronco principal, a libertar a sus compatriotas de los agravios, injusticias y servidumbre en que los habían tenido los corregidores europeos, sin haberse atendido a sus quejas por los tribunales superiores para proveer de remedio. De cuya consecuencia se sigue, que el nombre de Rey, proferido indeterminadamente, sin especificar el señor don Carlos III actualmente reinante, solo le repitió para reducir los ánimos de los naturales de aquellas provincias a tolerar las violencias ejecutadas con Arriaga, e inducirlos a que se ejecutase lo mismo con otros corregidores. Y considerando verificadas en parte estas ideas, se convirtió de comisionado en redentor de injusticias y gravámenes, sin más impulso que el de su conmiseración por sus compatriotas, abriéndoles ya camino a la aclamación por su Rey, o cuando no, vinculándoles a su obediencia para sostener a su benefactor con las armas, hasta elevarle al trono extinguido de los infieles tiranos reyes del Perú, que es sin duda el blanco de sus conatos.

Y con efecto, por lo que el expediente ministra, tuvo ya la satisfacción de juntar el crecido número de indios, que el coronel don Pedro la Vallina, (prisionero que fue suyo) expresa en la contenida carta; y con el auxilio de ellos, se refiere, haber rebelado y muerto a 300 y tantos hombres, que salieron a contenerle del Cuzco, adonde se enderezaba, ocupándoles las armas para armar a los rebeldes que le siguen. Con que, si sobre estos primeros progresos de su tiránica empresa se reflexiona haberlos alcanzado en consecuencia de la sublevación experimentada en la   -27-   ciudad de Arequipa con motivo del establecimiento de aduanas; la que con menos fundamento estalló en la ciudad de la Paz; por el mismo motivo en la de Chayanta, y los rumores de que en otras provincias se hallaban los naturales algo inquietos; si se considera que el rebelde Tupac-Amaru, enterado de estos sucesos, les ofrece la libertad no solo de derechos de aduana, sino de alcabalas, tributos y servicios de minas, es preciso conceptuar en estos ofrecimientos un aliciente poderoso en los naturales a seguirle, y un inminente riesgo de que aumente sucesivamente el partido de los rebeldes, si con la mayor vigilancia no se aprende a dar muerte a tan insolente rebelde, para que, extinguido el motor, se corte el conato a otros de incorporarse a los conjurados, y se les precava la ocasión de precipitarse al despeñadero de su infidelidad a su legítimo Monarca y Señor natural, con perjuicio de ellos mismos y de la República.

Los Corregidores de las provincias de este virreinato, inmediatas a la de Tinta, y principalmente el de la de Azangaro, penetraron luego los designios del pérfido Tupac-Amaru, y la dificultad de apagar el fuego de la conjuración, si con tiempo no se cortaba; por lo mismo este, sin pérdida de momentos, comenzó a exhortar a los de Carabaya, Lampa, Chucuito, Puno, Larecaja, y demás circunvecinas de este virreinato; verificando lo mismo con los del Cuzco, Arequipa, y otros del virreinato de Lima. Y aunque el de Arequipa respondió no poderse desprender de las dos compañías de soldados, que por la Capitanía General de Lima se le remitieron, en ocasión de haberse sublevado aquella ciudad, y el de Larecaja representa los fundamentos que le retraen de concurrir a la convocatoria, los demás de Azangaro, Carabaya, Chucuito, etc., parece que estaban prontos a salir inmediatamente reunidos, con sus armas y municiones, a la raya de Vilcanota, divisoria de ambos virreinatos, a contener a los conjurados, en caso que pretendiesen difundirse hacia esta parte, y aun a perseguir al rebelde, aunque fuese en el virreinato de Lima, sin más substanciación de causa, en que no halla desde luego repugnancia el Fiscal; porque la guerra justa, como es la que se dirige contra las provincias rebeladas, o tiranos, no respeta jurisdicciones, máxime siendo territorios de un mismo Monarca, ni en casos tan urgentes y circunstanciados como el presente, se necesita más substanciación de causa para atacar a los enemigos, que la subsistencia de la rebelión, que es el conocimiento más notorio de este delito cuya odiosidad y horror deben excitar el celo, no solo de los ministros encargados del gobierno de las provincias, sino también de todos los vasallos, sin excepción de personas, para ocurrir en tan críticas circunstancias, sin más mandato del Rey o inmediato jefe, que la cierta noticia de conjuración, a apagar la propagación de   -28-   tan temible fuego, y sofocarle en su origen, como oportunamente se ordena en la Ley 3, título 15, Parte 2.ª

De suerte que, aunque en cuanto al modo de proceder en la subyugación de los rebeldes, ponen tropiezo las Leyes enunciadas 6 y 8, y con más especificación la 9, siguiente, título 4, libro 3 de las Recopiladas de Indias, anteponiendo todos los medios de suavidad, dulzura y amor, y aun la franqueza de todos gravámenes a los de la guerra, y que si fuese necesaria esta, se anticipe primero aviso a Su Majestad en su Real y Supremo Consejo; sin embargo, en el caso que en el día se presenta, parece que sin forzosa aligación a la letra de estas leyes, puede procederse conforme a su espíritu, y al tenor de las facultades que a los señores Virreyes concede la Ley 2, título 3 del precitado libro, abreviando toda resolución o empresa, hasta dificultar al autor de la rebelión que pueda hacer progreso. Y así, si a las primeras reconvenciones que se le hagan en conformidad de las predichas leyes, no se entrega con los rebeldes que les siguen, antes persiste en su rebelión, incitando a los naturales con edictos, a semejanza de soberano, a seguir su partido, no debe perderse instante de atacar al partido rebelde, proponiéndole al mismo tiempo, que si entregan a su caudillo Tupac-Amaru, se suspenderá contra ellos la guerra, y se les condonará sus delitos, oyéndoles en justicia sobre cualesquiera quejas o agravios, por los tribunales a que corresponda; pues faltándoles el autor de su conjuración puede fácilmente extinguirse, y sosegarse el reino, como con efecto han sosegado otros, en que se ha tomado este arbitrio, siguiendo la regla o ejemplo que ofrece la Escritura Sagrada en el capítulo 20 del 2 de los Reyes, sobre la rebelión que expresa.

Por la misma regla, y la de otros ejemplares, cree el Fiscal poderse declarar por rebelde al cacique Tupac-Amaru; y en caso que no se entregue, o le entreguen sus partidarios a las reconvenciones o requerimientos que permitan las situaciones de cada partido, autorizarse a todo vasallo del Rey, tanto del partido rebelde como del que pase a subyugarle, para que le aprendan o maten. Pues, a más de que esta autoridad la tiene cualquier vasallo que pretenda hacer tan importante servicio, sin riesgo de incidir en el enorme delito de regicidio, que no se verifica en la muerte de un traidor contumaz, rebelde y pretendido tirano, autorizándose a cualesquiera, cesa todo escrúpulo, pudiendo justamente ofrecerse premio para el efecto; con la calidad de que, en cuanto sea posible, se procure aprenderle vivo; y en este caso, que sea mayor que no entregándole muerto.

Bien que, no debiendo entenderse el ofrecimiento del premio que se   -29-   señale, sino limitadamente, y con restricción al caso que el rebelde se halle con las armas en las manos, continuando su rebelión; y aun en este pudiera no convenir que se publicase, si el partido de rebeldes tiene proporciones de aumentarse con esta noticia, precaverse o irritarse y desesperar. Para que con concepto a todo esto se obrase con el mayor acuerdo, le parece al Fiscal, que habiéndose autorizado por esta Capitanía General, con motivo de la sublevación de Chayanta, con título de comandante en jefe de las armas, al teniente coronel don Ignacio Flores, residente hoy en las provincias del Perú, se le podía escribir carta, en inteligencia de lo resuelto, o con copia de la providencia, a efecto de que, publicando las circunstancias que deben considerarse, resolviese lo conveniente. Asimismo, aunque los corregidores de Azangaro, Carabaya, Larecaja, Chucuito, Lampa y demás, estén distantes, parece que están subordinados a la comandancia del expresado Flores, por el tenor de su título; y de no, convendría que se declarase expresamente, y que se dirigiese a sus órdenes el indispensable auxilio de tropa arreglada que solicitan los corregidores, para que, bajo la dirección del citado comandante, pasase a aquellas provincias confinantes con otras cualesquiera milicias que haya juntado, según lo pide el caso. Contestándoseles a los nominados corregidores que han escrito, en el concepto de aprobarse por ahora su convocatoria, y las providencias que tomó el de Azangaro, o escribiéndose carta circular a todos los que por la inmediación puedan concurrir, y la correspondiente de gracia por su lealtad al coronel cacique y gobernador de Azangaro, don Diego Chuquiguanca, para que todos unidos, y bajo las órdenes del comandante enunciado, procedan a contener cualquiera irrupción de los rebeldes en las provincias de este virreinato, que no puedan avanzar más con la gente y armas que tengan. Y en tal caso, que se arreglen a lo expuesto, estrechando al partido rebelde con las menos posibles muertes y estragos, y fijando la atención en que se les entregue al cacique Tupac-Amaru, o en aprenderle, sin embargo que se halle en el territorio del Virreinato de Lima; pues una vez que pretendió sublevar las provincias de este virreinato, está sujeto al rigor de sus providencias; a más de que por el de Lima es regular que se hayan expedido algunas. Y para la más cabal inteligencia de aquel excelentísimo señor Virrey, y que las tropas de una y otra parte procedan con la mayor armonía, convendría asimismo hacer expreso, noticiando a Su Excelencia lo que se acuerde en el particular, o particulares contenidos. Sobre que la superior comprensión de Vuestra Excelencia resolverá lo que sea más de su superior agrado, justificado arbitrio, dando cuenta a Su Majestad por el próximo aviso. Buenos Aires y enero 15 de 1781.

Doctor PACHECO



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Providencia del excelentísimo señor virrey don Juan José de Vértiz

Buenos Aires, 15 de enero de 1781.

Con presencia de lo que expone el Abogado Fiscal, de lo que informan los corregidores de Azangaro, Lampa y Chucuito, y documentos con que se hacen constar los horrendos y escandalosos delitos en que ha incurrido el indio José, que se apellida Tupac-Amaru, que abusando del real nombre, y afectando falsamente tener comisión del Soberano, dio muerte públicamente a su corregidor don Antonio de Arriaga, se manifiesta la rebelión contra la Majestad, y se hacen constar las hostilidades con que ha invadido los estados, provincias y vasallos fieles y de mi mando, y emisarios y espías que ha dirigido para revolverlos y pervertirlos, turbar la paz de los pueblos, e introducir en ellos el fuego de la guerra; con reflexión a lo que el derecho de gentes en semejantes casos previene, y el real y municipal de estos reinos ordena, y a la inminencia del peligro y necesidad de acudir a los gravísimos daños y sumos males que amenaza al Estado, y de cortar en el tiempo preciso el rápido curso con que la malicia introduce en los corazones sencillos el contagio pernicioso de dicha revolución: he resuelto declarar, como por las presentes letras declaro, al enunciado José por rebelde a la Majestad y enemigo del Estado, y mandar, como mando, se le haga a él y a todos los que su partido siguen, la guerra y cuantas hostilidades y daños puedan los fieles vasallos del Rey, en sus personas y bienes. Apruebo las providencias a este fin tomadas por los corregidores de Azangaro, Lampa y Chucuito, don Lorenzo Zata y Zuviría, don Vicente Hore Dávila, y don Ramón de Moya y Villareal, a quienes se les corresponda y prevenga lo conveniente, y recomiende la fidelidad y buen servicio del cacique gobernador del pueblo de Azangaro, coronel don Diego Chuquiguanca; y porque el más importante de la salud pública y más eficaz medio para reponer en tiempo y de un solo golpe de mano diestra, el buen orden y estado pacífico, consistiría en extirpar el ambicioso origen de todos los males que padecen los pueblos, segando la cabeza del rebelde José, he ordenado, se sitúen, y tengan a disposición de cualesquiera de los fieles vasallos u otra persona que este servicio haga, 10.000 pesos corrientes de plata, acuñada en cualesquiera de las cajas de este Virreinato, en que haga constar haberlo ejecutado, y 20.000 de la misma moneda, al que lo entregase prisionero; de manera que se pueda hacer justicia en su persona para el escarmiento y ejemplo de los demás rebeldes sus secuaces. Y si cualquiera de estos, arrepentidos de sus errores y descamino,   -31-   ejecutare el mismo servicio, a más de la retribución pecuniaria, se le concederá el perdón de su culpa y pena por ella merecida. Lo que mando se publique y haga notorio en la manera conveniente.

VÉRTIZ
El Marqués de Sobremonte




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Diario de las tropas que salieron del Cuzco, al mando del mariscal de campo, don José del Valle, dirigidas a operar contra el rebelde Tupac-Amaru, y su prisión

Cuzco, 19 de marzo de 1781.

Las medidas tomadas para prender la persona del vil traidor José Gabriel Tupac-Amaru, y sus indignos auxiliadores, van saliendo muy bien con nuestras tropas. Estas salieron de esta ciudad los días 7 y 8 del corriente, en número de 17.116 hombres, en seis columnas, y dos destacamentos, como parece por menor de la razón del plan que se acompaña. Con este motivo, y un bando de perdón, publicado por el Visitador General, se pasaron muchos de los rebeldes, y se cree lo hagan todos, luego que nuestras tropas o columnas se acerquen. A esto se agrega, que el mismo Tupac-Amaru ha escrito a los reverendos padres de estas religiones, y a este ilustrísimo señor Obispo, pidiéndoles que antes se duelan, y se dediquen a interceder por su melancólica situación, que ir contra él. Al Visitador General parece que también ha escrito muy sumisamente bajo el propio concepto, o el que admita su penitencia, para que no se derrame más sangre, pagando él por todos, con la pena condigna, los crímenes y culpas que ha ejecutado en hechos tan execrables. Dicen que la casa de este desgraciado y mal hombre, está hecha una confusión de pena; que su mujer llora sin cesar, y que lo mismo hacen sus hijos; que su hermano Diego está en extremo melancólico, y que en Tinta, donde se halla, tiene hecho un zanjón para su resguardo, y más de 1.200 hombres que lo custodian, con buenas ganas de entregarle o matarle luego que se acerquen nuestras tropas. Dios nos lo conceda para que estas tristes provincias queden tranquilas y libres de tantos males como han padecido, que son infinitos. Esto es por mayor lo acaecido hasta la fecha, por lo que no me detengo más.



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Aviso, 22 de marzo

Esta noche acaba de llegar propio del señor Inspector General, en que noticia haberse puesto el rebelde en un cerro, entre Tinta y Sangarara, con 6 a 7.000 hombres que ha juntado de los que tiene esparcidos por aquellos lugares con sus capitanes, que es el último esfuerzo que hace. Que ya tenía reunidas tres columnas para cercarlo; por lo que de un día a otro esperamos resultas favorables, mediante Dios.




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Aviso, 8 de abril

(DE MADRUGADA)

La noche del día 7 del que corre, poco antes de las 8 hemos tenido la plausible noticia de la prisión del rebelde José Gabriel Tupac-Amaru, con su mujer e hijos que le acompañaban, y con quienes nos ha hecho la guerra que hemos experimentado. Hacer a usted prolija relación de las acciones entre los nuestros y los rebeldes, sería obra muy larga, que no permiten los pocos instantes que median entre escribir esta, y la salida de un soldado de caballería que despacha el señor Visitador a esa capital con noticia tan feliz; y así solo diré a usted lo principal.

El día 31 del próximo pasado marzo, se condujeron a esta ciudad las cabezas de dos famosos capitanes del rebelde, apellidados Parvidra y Bermudes, los que fueron muertos en una acción entre los nuestros y un cuerpo rebelde de 5 a 6.000 hombres, en la que fueron pasados a cuchillo más de 1.000 y derrotado el resto enteramente. Estos dos capitanes sostuvieron el encuentro con tanto vigor, que murieron al pie de un cañón con que nos batían; y esta acción sucedió en los términos de la provincia de Chumbivilcas confinantes a Tinta. El señor Inspector, que dirigió su marcha por otro camino a esta provincia, con un cuerpo considerable de tropa, al que se habían de unir en las inmediaciones de Tungasuca, pueblo que tenía por corte el rebelde, otras cuatro columnas, las que compondrían un ejército de 16.000 hombres, entró en el pueblo de Quiquijana, en donde hizo prisionero al Justicia Mayor del rebelde, y otro cacique, nombrado Pomaica,   -33-   los que fueron ahorcados inmediatamente. De allí dirigió su marcha a Tungasuca, y en las inmediaciones del pueblo nos presentó batalla; pero de aquellas artificiosas que él presenta, con mucha viveza y esfuerzo, haciendo una descarga de seis cañones y alguna fusilería, que por mal servida, solo mató tres hombres de nuestro cuerpo. Uno nuestro, de 300 a 400 hombres que estábamos inmediatos al enemigo, le acometió con tanto ardor, que los deshizo enteramente, haciendo una carnicería que horrorizó a Tupac-Amaru; cuyo asombro creció, viendo que le tomaban sus cañones, pertrechos, municiones, equipajes y cuanto había robado. Él escapó de ser prisionero en la acción por el buen caballo en que iba montado, y viendo todo perdido, envió orden a su mujer e hijos que huyesen como pudiesen, y se arrojó a pasar un río caudaloso a nado, lo que logró. Pero a la otra banda el coronel de Langui, que la era por su orden en este pueblo, por ver si indultaba su vida, le hizo prisionero, y le entregó a los nuestros, habiendo tenido la misma suerte, como llevo dicho, su mujer, hijos y demás aliados. Mañana saldrá de esta ciudad el señor Visitador a nuestro campo, para conducir estos personajes aquí, y para que reciban el premio conforme a su mérito.

A las 6 de la mañana de este mismo día se condujo prisionero a Francisco Tupac-Amaru, tío de José en consorcio de otro cacique, nombrado Torres, uno y otro famosos capitanes del rebelde. El primero traía vestiduras reales, de las que usaban los incas, con las armas de Tupac-Amaru bordadas de seda y oro en las esquinas.

Esta ciudad se ha llenado de regocijo con la prisión de Tupac-Amaru y su familia; actualmente hay un repique general de campanas, y lo común del lugar está lleno de júbilo; aunque dos baúles de papeles que se le han encontrado, no dejarán de quitar el sueño a algunos de aquí. Los bienes encontrados al rebelde son reducidos a doce petacas de plata labrada, muchas alhajas de oro y diamantes, y de lo demás no se puede dar razón, porque del campo avisan que los inventarios durarán muchos días.



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Estado en que se apuntan los nombres y las graduaciones de los comandantes de las columnas destinadas a operar contra el rebelde José Gabriel Tupac-Amaru; las fuerzas y tropas de que se compone cada una, y las provincias por donde deben seguir su marcha, hasta el punto de reunión prevenido

Jefe principal de la expedición, el mariscal de campo don José del Valle.

Mayor general, el capitán don Francisco Mellar.

Ayudantes de campo, los tenientes de caballería, don Antonio Donoso, don Isidro Rodríguez, y el subteniente de infantería, don José Antonio López.

Comandantes de la primera columna
El sargento mayor de caballería, don Joaquín Balcárcel 1.º
El coronel de milicias, Marqués de Rocafuerte 2.º

Deben dirigir su marcha por las provincias de Paucartambo, Quispicanchi y Tinta.

Fuerzas de esta columna
Dragones de caballería 100 2.310
Ídem de Calca 60
Ídem de Urubamba 100
Ídem de Alamay 25
Ídem de Andaguaylas 25
Indios de Tambo, y Quebrada de Calca 2.000
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Comandantes de la segunda columna
El teniente coronel, don Juan Manuel Campero 1.º
El teniente de infantería, don José Varela 2.º

Fuerzas de esta columna
Caballería ligera 200 2.950
Ídem de esta ciudad 150
Ídem de Quispicanchi 200
Ídem de Andaguaylas 200
Infantería de Lima 200
Indios de Maca, Abancay y Chincheros 2.000

Comandantes de la tercera columna
El teniente coronel, don Manuel Villalta 1.º
El coronel de milicias, don Matías Baules 2.º
Pedreros 2

Deben dirigir su marcha por los Altos de Ocororo de Quispicanchi.

Fuerzas de esta columna
Compañía del cacique de Rojas 200 2.950
Infantería de Lima 150
Ídem de Andaguaylas 300
Ídem de Abancay 200
Ídem de Lira 100
Indios de Anta, Guarocondo, Surite y Altos 2.000
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Comandantes del cuerpo de reserva
El coronel, don Gabriel de Avilés 1.º
El capitán de ejército, don José de León 2.º
El coronel de milicias, don Gabriel Ugarte 3.º
Cañones 2

Fuerzas de este cuerpo
Infantería de Lima 300 500
Ídem de Huamanga 200

Comandantes de la cuarta columna
El coronel de Paruro, don Manuel Uries y Castilla 1.º
El coronel de milicias, don Isidro Guisasola 2.º

Dirige su marcha por Paruro, Livitaca, Chumbivilcas, Auri, y Coporaque de Tinta.

Fuerzas de esta columna
Infantería de esta ciudad 100 3.000
Españoles e indios 2.900

Comandantes de la quinta columna
El coronel, don Domingo Marnara 1.º
El corregidor de Cotabambas, don José María Acuña 2.º   -37-  
El corregidor de Chumbivilcas, don Francisco Laisequilla 3.º

Dirige su marcha por las provincias de Chumbivilcas hasta Livitaca.

Fuerzas de esta columna
Infantería 100 3.000
Españoles e indios 2.900

Comandantes de la sexta columna
El coronel don José Cavero 1.º
El justicia mayor de Paucartambo, don Francisco Celorio 2.º

Fuerzas de esta columna

Dragones de aymaraes 560 560
TOTAL 15.270

Además de la fuerza que comprende el presente estado, han salido dos destacamentos compuestos de 1.846 hombres con sus respectivos oficiales y comandantes, dirigidos a guarnecer los puestos de Urubamba y Calcaylares, para evitar la fuga del rebelde por aquella parte, que con los 15.270 de arriba, componen 17.116 hombres.

La tropa que quedó de guarnición en el Cuzco se componía de 1.000 hombres, a saber: el regimiento de infantería de milicias de aquella ciudad; una compañía de pardos de Lima de 100 hombres, y otra de los voluntarios de Huamanga de otros 100 hombres.





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Oficio del visitador general don José Antonio de Areche al Virrey de Buenos Aires, participándole la prisión de José Gabriel Tupac-Amaru

EXCELENTÍSIMO SEÑOR:

Muy señor mío: Tengo el gusto de participar a Vuestra Excelencia, que ya está preso desde el día 6 próximo, el vil insurgente José Gabriel Tupac-Amaru, su mujer, dos hijos y los capitanes y aliados que explica la adjunta nota, después de haberle desbaratado la mayor parte de su execrable y sacrílego ejército, en las inmediaciones del pueblo de Tinta, provincia de su nombre, donde, y en el de Tungasuca de que fue cacique, se le ha cogido una gran porción de lo robado en templos, poblaciones, haciendas, obrajes y caminos, que es de bastante valor, con los pertrechos de guerra que también se ponen para noticia de Vuestra Excelencia.

Consecuente a este suceso es el de quedar pacificadas, como lo están, las provincias de Condesuyo, Arequipa, Chumbivilcas, Cotabambas, Paruro o Chilques, y Márquez, Paucartambo, Quispicanche, Calca y Lares, Urubamba y la citada de Tinta, perteneciente a este virreinato, que tenía en lo más por suyas este traidor; y ahora seguirá esta tropa haciendo lo mismo con las de ese, conviene a saber: Lampa, Carabaya, Azangaro, Oruro, Carangas, Porco, Paria, Chayanta, y otras que estén en el propio melancólico caso; para lo cual aviso con esta fecha lo oportuno al señor don Fernando Márquez de la Plata, con el fin de que la tropa formada en la Paz, y la que me consta ha remitido Vuestra Excelencia a extinguir esta rebelión, obre ofensiva y defensivamente; en el concepto de que la de aquí pasará a las primeras provincias de la línea muy en breve, o dentro de pocos días, según lo espero, pues se va a poner en Lampa y Carabaya, formándose en divisiones, y de modo que obre sin riesgo, o sin desampararse por las distancias unas a otras.

Yo tengo dicho a Vuestra Excelencia desde Lima, y en los instantes de partir para ponerme en esta ciudad, que venía con el señor inspector general, mariscal de campo, don José del Valle, y 600 hombres de aquella casi informe tropa, a disponer una expedición seria, y capaz de deshacer en breve este alzamiento; y por hallarse cerrada la comunicación   -39-   de estas provincias con las de ese mando, no me ha sido posible continuarle la noticia de mi llegada, ni la de que conseguida esta, a pesar de la incomodidad y afanes que son comunes a caminos de una tierra tan quebrada como la del virreinato del Perú, en sus serranías, y ásperas y elevadas cordilleras, formamos aquí en estos contornos fieles, y pusimos en marcha en poco menos de 14 días, 17.000 hombres, divididos en siete columnas principales, para batir y prender al enunciado traidor, pacificando de paso las provincias que tenía puestas en su partido: como todo se ha logrado en casi igual tiempo que el que impendimos en disponerlo. Y ya abierto el paso en lo principal, me tomo el gusto de comunicar a Vuestra Excelencia estas noticias con aspecto menos sensible, y con la confianza de que en un corto periodo quedará tranquila toda la tierra que nos alborotó este malvado, cuyas inicuas proezas son bien públicas, y me hacen que no se las detalle con alguna particularidad a Vuestra Excelencia.

Preso pues este traidor, y los principales de su alianza, a quienes voy a imponer los serios castigos que merecen, y que tengan una ajustada correspondencia con lo raro, inhumano, sacrílego y horroroso de sus crímenes, luego que les tome las declaraciones oportunas a inquirir el origen, y otros cómplices que puede haber encubiertos, se me hace fácil la pacificación de lo que resta, y la prisión de los emisarios que tiene en los territorios de ese gobierno; y lo aviso a Vuestra Excelencia, ganando los instantes para que entre en esta satisfacción, y alivie sus cuidados, procurando también que para que logre nuestro venerado Amo la misma, se sirva pasarle esta noticia, según le ruego, en unión de la carta adjunta, que me tomo la libertad de suplicar a Vuestra Excelencia la haga aprovechar igualmente los momentos, dándome a mí sus apreciables órdenes, con la seguridad de que los recibiré y cumpliré con la obediencia más pronta, ínterin tengo nuevos motivos de participarle el resto de esta feliz expedición, en que me propongo desde ahora, como tengo anunciado a Vuestra Excelencia, puesto que pasa a su territorio y mando, obrar todo lo que obraría siendo de este, sin reparo alguno, no obstante que ofrezco no excederme en cosa que no aconsejen las circunstancias, y pienso que Vuestra Excelencia haría lo propio, hallándose a la vista; en lo que, repito, que procuraré ser escrupuloso, con todo el extremo que me debe exigir esta materia.

Nuestro Señor guarde a Vuestra Excelencia los muchos años que le pido. Cuzco, abril 12 de 1781. Excelentísimo señor besa la mano de Vuestra Excelencia. Su más atento y seguro servidor.

JOSÉ ANTONIO DE ARECHE

Virrey de Buenos Aires, don Juan José de Vértiz.



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Lista de los principales rebeldes que se hallan presos en este cuartel del Cuzco, y de los que han muerto en los combates que han presentado a nuestras columnas las sacrílegas tropas del traidor que se expresa, con las notas que irán al pie

José Gabriel Tupac-Amaru, cabeza principal.
Micaela Bastidas, su mujer, natural de Abancay.
Dos hijos suyos, uno de 11 años, y otro de 20.
Francisco Tupac-Amaru, tío de José.
Marcos Torres, cacique de Acomayo.
José Mamani, indio de Tinta, su coronel.
Diego Berdejo, español de Macari, yerno de Francisco Noguera, su comandante.
Tomasa Tito Condemayta, cacica del pueblo de Acos.
Melchor Arteaga, español, natural de Layo, mayordomo y cuidador de ganados.
Ramón Ponce, español, natural de Libitaca, comandante y custodiador de pólvora y balas.
José Hunda, español, natural del Cuzco.
Manuel Galleguillos, español, natural de Oruro, escribiente.
Diego Ortigosa, español, de Arequipa, asesor.
Patricio Noguera, español de Purimana, primo del rebelde.
Estevan Vaca, español, del Cuzco, fundidor.
Blas Quiñones, mestizo, de Tinta, confidente.
Mariano Cataño, español, de Huancavelica, sargento mayor.
Andrés Castelo, capitán.
Felipe Mendizábal, capitán.
Isidro Poma, comandante y cacique.
Úrsula Pereda, criada del rebelde.
Miguel Zamalloa, capitán.
Pedro Mendigure, capitán.
Cecilia Tupac-Amaru, media hermana del traidor.
Manuel Quiñones, capitán.
Pascual Mancilla, ídem.
Manuel Ferrer, ídem.
Rafael Guerra, ídem.
Antonio Valdés, ídem.
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Lucas Herrera, ídem.
Francisco Herrera, ídem.
Mateo Avellaneda, ídem.
Gerónimo Andia, portero.
Lucas Colqui, cacique de Pomacanche, comisario y alcalde.
Francisco Torres, confidente, y comisionado en varios asuntos.
José Manuel Yepes, esclavo del cura de Pomacanche.
Antonio Oblitas, esclavo, y el que ahorcó a Arriaga.
Pedro Pablo, esclavo de don Manuel Tagle.
Miguel Landa, esclavo de don Tiburcio Landa.


Los siguientes hace tiempo se hallan presos en este cuartel

Mariano Banda, español, del Cuzco, escribiente del difunto Arriaga, y después del rebelde.
José Estevan de Escarbena y Villanueva, natural de Arequipa, escribiente también del rebelde.
Francisco Castellanos, que trajo los edictos y convocatorias del rebelde, al Cuzco.
Dionisio Medrano.
Jacinto Inquillupa, cacique, de la parroquia del hospital de esta ciudad, acusado por partidario del traidor.


Muertos en las batallas y ahorcados

Juan de Dios Valencia de Velille, capitán.
Tomás Parbina de Colquemarca, famoso capitán y justicia mayor por el rebelde, en la provincia de Chumbivilcas.
Felipe Bermudes, español, del Cuzco, cajero que fue de Arriaga; después secretario, comandante principal, y uno de los cinco que componían la Junta privada del rebelde.

NOTA. Estos tres que mantenían la rebelión de Chumbivilcas, y mandaban las tropas que tenía allí el rebelde, fueron muertos por la columna de Cotabambas, en las cuatro batallas que les presentó desde 19 a 22 de marzo; y las cabezas de los últimos, que se trajeron   -42-   al Cuzco, estuvieron de orden del señor Visitador General, expuestas en la horca dos días, y después se han quedado fijadas en los caminos principales de las entradas de la ciudad.

Pomainca, cacique de Quiquijana, y justicia mayor de ella por el rebelde, fue baleado allí por las espaldas, por falta de verdugo.

En Tinta se ahorcaron el día 8 de abril, 60 cómplices, no de tanto delito como los antecedentes.

Las columnas de Paruro y Cotabambas han tomado, en los diferentes encuentros que han tenido, tres cañones, entre ellos uno de a seis.

En Tinta, que tenía fortificada y amurallada con adobes, y sus fosos al rededor, se le encontraron seis cañones, y bastante pólvora y balas, con otras armas y municiones, y una gran porción de lo robado en pueblos, iglesias, haciendas, obrajes y caminos.

No se ponen otros muchos que tenía ajusticiados la Junta de esta ciudad, antes que llegase el señor Visitador e Inspector General, los 600 hombres de Lima, y 200 de Guamanga, con el tren de municiones y armas de todas clases, que condujeron sus señores, por ser esta nota de solo su tiempo y mando. También queda ya preso Antonio Bastidas, cuñado del rebelde.




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Representación del Cabildo y vecinos de Montevideo

EXCELENTÍSIMO SEÑOR:

Señor: Contestando como fieles vasallos, de las turbulencias causadas en las provincias de arriba, por la innata adversión con que los indios sus naturales han siempre mirado la cristiana y dulce legislación del mejor y más católico de los soberanos, y que todo este fatal acontecimiento recae, ya para la consideración, cuanto para el debido remedio sobre la justificada superioridad de Vuestra Excelencia, a quien toda esta ciudad, como nosotros, que tenemos por ahora el honor de representarla, tan tiernamente veneramos, conducidos de los piadosos empeños con que Vuestra Excelencia   -43-   solo anhela y desea nuestra común y particular felicidad, reunidos con aquella uniformidad de sentimientos que nos inspira el vasallaje y respetuoso reconocimiento a los muchos motivos con que Vuestra Excelencia sabe obligarnos, antes que mandar a los que somos sus más rendidos súbditos, creímos por muy propio de nuestro ministerio acordar en pleno Cabildo, sobre cuáles, en tan funestas circunstancias, deberían ser las demostraciones de este leal pueblo, para acreditar de un modo el más indeficiente el verdadero ánimo que nos asiste, de sacrificarnos en obsequio de la causa pública, del Rey, y de Vuestra Excelencia, que por dicha nuestra tan cabalmente le representa.

Pensada la materia, avaloradas nuestras cortas fuerzas, y sinceramente manifestadas cuantas facultades nos eran propias, tenemos la desgracia de que no haya más que ofrecer que nuestras personas, hijos y pobres haberes, suscribiendo, con firme pecho todos los vecinos bien opinados esta nuestra deliberación, como tan adecuada al espíritu de fidelidad que los anima.

Con la más constante fe y verdaderas palabras hacemos a Vuestra Excelencia esta corta obligación, que si bien no corresponde al grande deseo que nos unió para protestar en concurrencia tan solemne, la suma lealtad de que nos gloriamos, Vuestra Excelencia, ante quien estamos prontos para ratificarla, sabrá, con su sabio y diestro pulso, hacerla útil al estado, instrumento, aunque débil, del acierto en los sucesos y testimonio eterno del amor y fidelidad con que sacrificaremos el último aliento, con cuanto esta reciente población posea de más estimable.

Dios guarde la importante vida de Vuestra Excelencia muchos años, que hemos menester. Sala capitular de Montevideo, 14 de mayo de 1781. Besan la mano de Vuestra Excelencia sus más atentos súbditos.

Francisco Larrobla. Miguel Herrera. Francisco Lores. Ramón de Cáceres. Martín José Artigas. José Bermudes. Antonio Valdivieso. Mateo Vidal. Bruno Muñoz. Manuel Méndez. Andrés Yáñez. Ramón Ximénez. Juan de Echenique. Bartolomé Varela y Montoto. Manuel Gato. Marcos Pérez. José Mas. Dionisio Fernández. Juan Antonio Guzmán. Manuel Vázquez. Félix Mas de Ayala. Roque Fernández de Ibarra. Melchor de Viana. Don Juan Pedro Aguirre. Juan Balvín de Valejo. Fernando Martínez. Plácido Antonio Gallardo. Matías Sánchez de la Rozuela. Miguel de Larraya. Joaquín de Chopitea. José Cardoso.

Es copia de la representación del Cabildo y vecinos de la ciudad   -44-   de San Felipe de Montevideo, dirigida al excelentísimo señor virrey don Juan José de Vértiz, y mandada imprimir de orden de dicho señor excelentísimo, para que fuese aún más pública su lealtad constante y fiel ofrecimiento.

(Firma del escribano.)




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Sentencia pronunciada en el Cuzco por el visitador don José Antonio de Areche, contra José Gabriel Tupac-Amaru, su mujer, hijos, y demás reos principales de la sublevación

En la causa criminal que ante mí pende, y se ha seguido de oficio de la Real Justicia contra José Gabriel Tupac-Amaru, cacique del pueblo de Tungasuca, en la provincia de Tinta, por el horrendo crimen de rebelión o alzamiento general de los indios, mestizos y otras castas, pensado más ha de cinco años, y ejecutado en casi todos los territorios de este virreinato y el de Buenos Aires, con la idea (de que está convencido) de quererse coronar Señor de ellos, y libertador de las que llamaba miserias de estas clases de habitantes que logró seducir, a la cual dio principio con ahorcar a su corregidor don Antonio de Arriaga. Observados los testimonios de las leyes en que ha hecho de acusador fiscal, el doctor don José de Saldívar y Saavedra, abogado de la Real Audiencia de Lima; y de defensor, el doctor Miguel de Iturrizarra, también abogado de la propia Audiencia; vistos los autos y lo que de ellos resulta: FALLO, atento a su mérito, y a que el reo ha intentado la fuga del calabozo en que se halla preso, por dos ocasiones, como consta de fojas 188 a fojas 194 vuelta, y de fojas 231 a fojas 235; e igualmente a lo interesante que es al público y a todo este reino del Perú, para la más pronta tranquilidad de las provincias sublevadas por él, la noticia de la ejecución de la sentencia y su muerte, evitando con ella las varias ideas que se han extendido entre casi toda la nación de los indios, llenos de supersticiones, que los inclinan a creer la imposibilidad de que se le imponga pena capital por lo elevado de su carácter, creyéndole del tronco principal de los incas, como se ha titulado, y por eso dueño absoluto y natural de estos dominios y su vasallaje; poniéndome también a la vista la naturaleza, condición, bajas costumbres y educación de estos mismos indios, y las de las otras castas de la plebe, las cuales han contribuido mucho a la mayor facilidad en la ejecución de las depravadas intenciones del dicho reo José   -45-   Gabriel Tupac-Amaru, teniéndolos alucinados, sumisos, prontos y obedientes a cualquiera orden suya; habiendo llegado los primeros hasta resistir el vigoroso fuego de nuestras armas contra su natural pavor, y les ha hecho manifestar un odio implacable a todo europeo o a toda cara blanca, o pucacuncas, como ellos se explican, haciéndose autores él y estos de innumerables estragos, insultos, horrores, robos, muertes, estrupos, violencias inauditas, profanación de iglesias, vilipendio de sus ministros, escarnio de las más tremendas armas suyas, cual es, la excomunión; contemplándose inmunes o exentos de ellas, por asegurárselo así, con otras malditas inspiraciones, el que llamaban su Inca; quien, al mismo tiempo que publicaba, en las innumerables convocatorias, bandos y órdenes suyos, (de que hay bastantes originales en estos autos) que no iban contra la Iglesia, la privaba, como va dicho, de sus mayores fuerzas y potestad, haciéndose legislador en sus más sagrados arcanos y ministerios; cuyo sistema seguía del propio modo contra su legítimo Soberano, contra el más augusto, más benigno, más recto, más venerable y amable de cuantos monarcas han ocupado hasta ahora el trono de España y de las Américas; privando a una y a otra alta potestad de sus más particulares prerrogativas y poder; pues ponía en las doctrinas curas, se recibía en las iglesias bajo de palio, nombraba justicias mayores en las provincias, quitaba los repartimientos o comercio permitido por tarifa a sus jueces, levantaba las obvenciones eclesiásticas, extinguía las aduanas reales y otros derechos que llamaba injustos; abría y quemaba los obrajes, aboliendo las gracias de mitas, que conceden las leyes municipales a sus respectivos destinos; mandaba embargar los bienes de los particulares habitantes de ellas, y no contento con esto quería ejecutar lo mismo, tomando los caudales de las arcas reales; imponía pena de la vida a los que no le obedecían; plantaba o formaba horcas a este fin en todos los pueblos ejecutando muchas; se hacía pagar tributos; sublevaba con este miedo y sus diabólicas ofertas las poblaciones y provincias, substrayendo a sus moradores de la obediencia justa de su legítimo y verdadero Señor, aquel que está puesto por Dios mismo para que las mande en calidad de soberano; hasta dejar pasar en sus tropas la inicua ilusión de que resucitaría, después de coronado, a los que muriesen en sus combates; teniendo, o haciéndoles creer que era justa la causa que defendía, tanto por su libertador, como por ser el único descendiente del tronco principal de los incas; mandando fundir cañones, como fundió muchos, para oponerse a la autoridad del Rey, y sus poderosas y triunfantes armas, reduciendo las campanas de las iglesias, y cobre que robó a este uso. Asignaba el lugar de su palacio, y el método de su legislación para cuando fuese jefe universal de esta tierra, y quería hacer patente su jura a toda su nación, atribuyéndose dictados reales, como lo comprueba el papel borrador de fojas 139, que se encontró en su mismo vestido, que lo convence. Se hizo pintar y   -46-   retratar en prueba de estos designios torpes, con insignias reales de unco, mascapaicha y otras, poniendo por trofeos el triunfo que se atribuía haber conseguido en el pueblo de Sangarara, representando los muertos y heridos con las llamas que abrasaron la iglesia de él, y la libertad que dio a los que se hallaban presos en sus cárceles; y últimamente, desde el principio de su traición mandó, y mandaba como rey, bajo el frívolo y falso pretexto de ser descendiente legítimo y único, según va indicado, de la sangre real de los emperadores gentiles, y con especialidad del Inca Felipe Tupac-Amaru, cuya declaración se usurpó desde luego sin facultad; pues el tribunal de la Real Audiencia de Lima, donde pendió esta causa, no le había declarado ningún derecho a esta descendencia, antes por el contrario había fundamentos bien seguros para denegársela, cuyas presunciones de entroncamiento, no obstante de hallarse en este tan dudoso estado, han hecho tal impresión en los indios, que llevados de esta, le hablaban y escribían en medio de su rudeza, con la mayor sumisión y respeto, tratándole a veces de Señoría, Excelencia, Alteza y Majestad, viniendo de varias provincias a rendirle la propia obediencia y vasallaje; faltando en esto a las obligaciones tan estrechas de fidelidad y religión que tiene él y todo vasallo con su rey natural; prueba clara, evidente y dolorosa del extraviado espíritu con que se gobierna esta infeliz clase, y también de cuán poco conoce la subordinación y acatamiento debido a la legítima potestad de nuestro adorable Soberano; dejándose persuadir maliciosamente de los ofrecimientos de este traidor ingrato, y mal vasallo suyo, de quien, y de su Real Audiencia de Lima, de su excelentísimo señor Virrey y de mí, fingía que tenía órdenes para ejecutar lo que tan bárbaramente ejecutaba, y debió no creer lícito el más idiota; fuera de que en cuanto a sus ofertas, no podían ignorar los indios que los repartimientos o enunciado comercio de Tarija, permitido a sus jueces territoriales, se iba a quitar tan en breve como ha señalado la experiencia, constándoles así esto, como que nuestro respetable Soberano deseaba y procuraba, según ha deseado y procurado siempre, su alivio. También sabían que las obvenciones no las pagan ni han pagado, sino por su propia voluntad, libre y espontánea, apeteciéndolo y anhelándolo muchos de ellos mismos, por los entierros de pompa, y uso de los demás sagrados sacramentos, con la ostentación que les ocasiona crecidos gastos; pues a sus respectivos doctrineros o curas, se les satisface y ha satisfecho el correspondiente sínodo, sin que tengan estos derecho o acción a emolumentos u obvenciones. Tampoco ha debido ignorar este insurgente, y sus malvados secuaces, para unírsele por sus promesas, que, conforme a la ley del reino, están exentos de alcabala, según se observa escrupulosamente en lo que es de su crianza, labranza propia, e industria de estas; pero de suerte, que para este beneficio y liberalidad no la conviertan, como lo suelen convertir, en agravio de nuestro Rey y Señor, sirviendo ellos   -47-   mismos de defraudadores del derecho de alcabala, llevando en su cabeza o a su nombre, con guías supuestas, a las ciudades o pueblos de consumo y comercio, lo que no es suyo y no les pertenece, siendo de otros no exentos; contraviniendo en esto a todas las leyes de cristianos, de vasallos, y de hombres de bien o de verdad, justicia y rectitud. A cuyo fin, y para que cumplan con estas cualidades y aquellas soberanas decisiones, se ha procurado siempre que dichas guías se examinen y vean con cuidado, y las saquen, las lleven, y se las den, sin costo ni detención alguna, los ministros recaudadores de este real derecho, y celadores de tales fraudes, que ha cometido y comete con repetición esta clase de privilegiados, cuyo celo justo y diligencia debida llama este traidor escandalosamente opresión y gravamen, sin conocer que son los indios quienes le han formado, si es que lo es, y no se mira a que de otro modo están aventurados los caudales, o sagradas rentas del Estado. Sabiendo igualmente él y los de su mal educada nación, que ningunas otras pensiones reales pagan, y aun cuando las pagaran, la religión y el vasallaje les dicta, enseña y demuestra el cumplimiento de lo mandado en este punto por los legítimos superiores, atendiendo a que estos no anhelan a otra cosa, que a subirlos a su mayor y más completa felicidad, y que estos derechos son precisos e indispensables para la defensa de nuestra amada y venerada Santa Iglesia Católica, para amparo de ellos, y de los otros, sus convasallos, manteniéndolos en justicia, o para defenderlos contra toda potestad enemiga, o cualesquiera persona que les insulte o insultase, perjudique o perjudicase en sus vidas, en sus bienes, en sus haciendas, en su honra, y en su quietud o sosiego. Considerando, pues, a todo esto, y a las libertades con que convidó este vil insurgente a los indios y demás castas, para que se les uniesen, hasta ofrecer a los esclavos la de su esclavitud; y reflexionando juntamente el infeliz y miserable estado en que quedan estas provincias que alteró, y con dificultad subsanarán, o se restablecerán en muchos años de los perjuicios causados en ellas por el referido José Gabriel Tupac-Amaru, con las detestables máximas esparcidas, y adoptadas en los de su nación y socios o confederados a tan horrendo fin; y mirando también a los remedios que exige de pronto la quietud de estos territorios, el castigo de los culpados, la justa subordinación a Dios, al Rey y a sus ministros, debo condenar, y condeno a José Gabriel Tupac-Amaru, a que sea sacado a la plaza principal y pública de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecución de las sentencias que se dieren a su mujer, Micaela Bastidas, sus dos hijos Hipólito y Fernando Tupac-Amaru, a su tío, Francisco Tupac-Amaru, a su cuñado Antonio Bastidas, y algunos de los principales capitanes y auxiliadores de su inicua y perversa intención o proyecto, los cuales han de morir en el propio día; y concluidas estas sentencias, se le cortará   -48-   por el verdugo la lengua, y después amarrado o atado por cada uno de los brazos y pies con cuerdas fuertes, y de modo que cada una de estas se pueda atar, o prender con facilidad a otras que prendan de las cinchas de cuatro caballos; para que, puesto de este modo, o de suerte que cada uno de estos tire de su lado, mirando a otras cuatro esquinas, o puntas de la plaza, marchen, partan o arranquen a una voz los caballos, de forma que quede dividido su cuerpo en otras tantas partes, llevándose este, luego que sea hora, al cerro o altura llamada de Picchu, adonde tuvo el atrevimiento de venir a intimidar, sitiar y pedir que se le rindiese esta ciudad, para que allí se queme en una hoguera que estará preparada, echando sus cenizas al aire, y en cuyo lugar se pondrá una lápida de piedra que exprese sus principales delitos y muerte, para solo memoria y escarmiento de su execrable acción. Su cabeza se remitirá al pueblo de Tinta, para que, estando tres días en la horca, se ponga después en un palo a la entrada más pública de él; uno de los brazos al de Tungasuca, en donde fue cacique, para lo mismo, y el otro para que se ponga y ejecute lo propio en la capital de la provincia de Carabaya; enviándose igualmente, y para que se observe la referida demostración, una pierna al pueblo de Livitaca en la de Chumbivilcas, y la restante al de Santa Rosa en la de Lampa, con testimonio y orden a los respectivos corregidores, o justicias territoriales, para que publiquen esta sentencia con la mayor solemnidad por bando, luego que llegue a sus manos, y en otro igual día todos los años subsiguientes; de que darán aviso instruido a los superiores gobiernos, a quienes reconozcan dichos territorios. Que las casas de este sean arrasadas o batidas, y saladas a vista de todos los vecinos del pueblo o pueblos donde las tuviere, o existan. Que se confisquen todos sus bienes, a cuyo fin se da la correspondiente comisión a los jueces provinciales. Que todos los individuos de su familia, que hasta ahora no hayan venido, ni vinieren a poder de nuestras armas, y de la justicia que suspira por ellos para castigarlos con iguales rigorosas y afrentosas penas, queden infames e inhábiles para adquirir, poseer u obtener de cualquier modo herencia alguna o sucesión, si en algún tiempo quisiesen, o hubiese quienes pretendan derecho a ella. Que se recojan los autos seguidos sobre su descendencia en la expresada Real Audiencia, quemándose públicamente por el verdugo en la plaza pública de Lima, para que no quede memoria de tales documentos; y de los que solo hubiese en ellos testimonio, se reconocerá y averiguará adónde paran sus originales, dentro del término que se asigne, para la propia ejecución. Y por lo que mira a la ilusa nación de los indios, se consultará a Su Majestad lo oportuno, con el fin de que, si ahora o en algún tiempo quisiese alguno de estos pretender nobleza, y descendencia igual o semejante, de los antiguos reyes de su gentilidad, sea, con otras cosas que se le consultarán, reservado este permiso y conocimiento a su Real Persona   -49-   con inhibición absoluta, y bajo de las más graves y rigorosas penas a cualquiera juez o tribunal que contraviniese a esto, recibiendo semejantes informaciones, y que las recibidas hasta ahora sean de ningún valor ni efecto hasta que el Rey las confirme, por ser esta resolución muy conforme a estorbar lo que se lee a fojas 34, vuelta, de estos autos, reservando del propio modo a su soberana determinación lo conveniente que es y será, atendidas las razones que van indicadas, y a que este traidor logró armarse, formar ejército y fuerza contra sus reales armas, valiéndose o seduciendo y ganando con sus falsedades a los caciques, o segundas personas de ellos, en las poblaciones, el que estas, siendo de indios, no se gobiernen por tales caciques, sino que las dirijan los alcaldes electivos anuales que voten o nombren estas; cuidando las mismas comunidades electoras, y los corregidores preferir a los que sepan la lengua castellana, y a los de mejor conducta, fama y costumbres para que traten bien y con amor a sus súbditos, y dispensando cuando más, y por ahora, que lo sean aquellos que han manifestado justamente su inclinación y fidelidad, anhelo, respeto y obediencia, por la mayor gloria, sumisión y gratitud a nuestro gran Monarca, exponiendo sus vidas, bienes o haciendas, en defensa de la patria o de la religión, oyendo con bizarro desprecio las amenazas y ofrecimientos de dicho rebelde principal, y sus jefes militares; pero advirtiendo de que estos únicamente se podrán llamar caciques, o gobernadores de sus ayllos o pueblos, sin trascender a sus hijos, o resto de la generación tal cargo. Al propio fin se prohíbe que usen los indios los trajes de la gentilidad, y especialmente los de la nobleza de ella, que solo sirven de representarles, los que usaban sus antiguos incas, recordándoles memorias que nada otra cosa influyen, que en conciliarles más y más odio a la nación dominante; fuera de ser su aspecto ridículo, y poco conforme a la pureza de nuestra religión, pues colocan en varias partes de él al Sol, que fue su primera deidad; extendiéndose esta resolución a todas las provincias de esta América Meridional, dejando del todo extinguidos tales trajes, tanto los que directamente representan las vestiduras de sus gentiles reyes con sus insignias, cuales son el unco, que es una especie de camiseta; yacollas, que son unas mantas muy ricas de terciopelo negro o tafetán; mascapaycha, que es un círculo a manera de corona, de que hacen descender cierta insignia de nobleza antigua, significada en una mota o borla de lana de alpaca colorada, y cualesquiera otros de esta especie o significación. Lo cual se publicará por bando en cada provincia, para que deshagan o entreguen a sus corregidores cuantas vestiduras hubiese en ellas de esta clase, como igualmente todas las pinturas o retratos de sus incas, en que abundan con extremo las casas de los indios que se tienen por nobles, para sostener o jactarse de su descendencia. Las cuales se borrarán indefectiblemente, como que no merecen la dignidad   -50-   de estar pintados en tales sitios, y a tales fines, borrándose igualmente, o de modo que no quede señal, si hubiese algunos retratos de estos en las paredes u otras partes de firme, en las iglesias, monasterios, hospitales, lugares píos o casas particulares, pasándose los correspondientes oficios a los reverendos arzobispos, y obispos de ambos virreinatos, por lo que hace a las primeras; sostituyéndose mejor semejantes adornos por el del Rey, y nuestros otros soberanos católicos, en el caso de necesitarse. También celarán los ministros corregidores, que no se representen en ningún pueblo de sus respectivas provincias comedias, u otras funciones públicas, de las que suelen usar los indios para memoria de sus dichos antiguos incas; y de haberlo ejecutado, darán cuenta certificada a las secretarías de los respectivos gobiernos. Del propio modo, se prohíben y quitan las trompetas o clarines que usan los indios en sus funciones, a las que llaman pututos, y son unos caracoles marinos de un sonido extraño y lúgubre, con que anuncian el duelo, y lamentable memoria que hacen de su antigüedad; y también el que usen y traigan vestidos negros en señal de luto, que arrastran en algunas provincias, como recuerdos de sus difuntos monarcas, y del día o tiempo de la conquista, que ellos tienen por fatal, y nosotros por feliz, pues se unieron al gremio de la Iglesia católica, y a la amabilísima y dulcísima dominación de nuestros reyes. Con el mismo objeto, se prohíbe absolutamente el que los indios se firmen Incas, como que es un dictado que le toma cualquiera, pero que hace infinita impresión en los de su clase; mandándose, como se manda, a todos los que tengan árboles genealógicos, o documentos que prueben en alguna manera sus descendencias con ellos, el que los manifiesten o remitan certificados, y de balde por el correo, a las respectivas secretarías de ambos virreinatos, para que allí se reconozcan sus solemnidades, por las personas que diputen los excelentísimos señores Virreyes, consultando a Su Majestad lo oportuno, según sus casos; sobre cuyo cumplimiento estén los corregidores muy a la mira, solicitando o averiguando quién no lo observa, con el fin de hacerlo ejecutar, o recogerlos para remitirlos, dejándoles un resguardo. Y para que estos indios se despeguen del odio que han concebido contra los españoles, y sigan los trajes que les señalan las leyes, se vistan de nuestras costumbres españolas, y hablen la lengua castellana, se introducirá con más vigor que hasta aquí el uso de sus escuelas bajo las penas más rigorosas y justas contra los que no las usen, después de pasado algún tiempo en que la puedan haber aprendido; pasándose con esta propia idea oficios de ruego y encargo a los muy reverendos Prelados eclesiásticos, para que en las oposiciones de curatos o doctrinas, atiendan muy particularmente a los opositores que traigan certificaciones de los jueces provinciales, del mayor número, de feligreses que hablen en ellas dicha lengua castellana, poniendo en las ternas que remitan a los señores Vicepatronos, esta   -51-   circunstancia respectiva a cada uno de los propuestos; dándose, para hablarla perfectamente, o de modo que se expliquen en todos sus asuntos, el término de cuatro años, y que los señores Obispos y Corregidores den cuenta en cada uno de estos al respectivo Superior Gobierno, quedando al soberano arbitrio de Su Majestad el premiar y distinguir a aquellos pueblos, cuyos vasallos hubiesen correspondido en las circunstancias presentes a la justa lealtad y fidelidad que le es debida. Finalmente queda prohibida, en obsequio de dichas cautelas, la fábrica de cañones de toda especie, bajo la pena, a los fabricantes nobles, de diez años de presidio en cualesquiera de los de África, y siendo plebeyos 200 azotes; y la misma pena por el propio tiempo, reservando por ahora tomar igual resolución, en cuanto a la fábrica de pólvora que seguirá luego. Y porque hay en muchas haciendas, trapiches y obrajes de estas provincias, variedad de ellos de casi todos calibres, se recogerán por los Corregidores, acabada íntegramente la pacificación de este alzamiento, para dar cuenta a la respectiva Capitanía General, con el fin de que se les dé el uso que parezca propio. Así lo proveí, mandé y firmé, por esta mi sentencia definitivamente juzgando.

JOSÉ ANTONIO DE ARECHE

Dio y pronunció la anterior sentencia, el muy ilustre señor don José Antonio de Areche, caballero de la real y distinguida orden española de Carlos III, del Consejo de Su Majestad, en el Real y Supremo de Indias, visitador general de los tribunales de justicia, y real hacienda de este reino, superintendente de ella, intendente de ejército, subdelegado de la real renta de tabacos, comisionado con todas las facultados del excelentísimo señor Virrey de este Reino, para entender en los asuntos de la rebelión, ejecutada por el vil traidor Tupac-Amaru. En el Cuzco, a 15 de mayo de 1781; siendo testigos, don Fernando Saavedra, contador de visita, don Juan de Oyarzábal y don José Sacín, de que certifico.

Manuel Espinavete López

Asimismo certifico, que por Juan Bautista Gamarra, escribano de Su Majestad, público y de Cabildo de esta ciudad, se dio un testimonio, que agregado a los autos que corresponde, dice así: Yo Juan Bautista Gamarra, escribano de Su Majestad, público y de Cabildo de esta ciudad del Cuzco, certifico, doy fe y verdadero testimonio a los Señores que el presente vieren, como hoy día viernes que se cuentan 18 de mayo, y año corriente de 1781; se ejecutó lo mandado en la sentencia antecedente con José   -52-   Gabriel Tupac-Amaru, sacándolo a la plaza principal y pública de esta dicha ciudad, arrastrándole hasta el lugar del suplicio un caballo, donde presenció la ejecución de las sentencias que se dieron a Micaela Bastidas, mujer de dicho Tupac-Amaru, a sus dos hijos Hipólito y Fernando Tupac-Amaru, a su cuñado Antonio Bastidas, a su tío Francisco Tupac-Amaru, y a los demás principales de su inicua y perversa tropa. Y, habiéndose concluido por los verdugos las sentencias con todos los reos, en este estado, uno de los citados verdugos le cortó la lengua al dicho José Gabriel Tupac-Amaru, y después le amarraron por cada uno de los brazos y piernas con unas cuerdas fuertes, de modo que estas se ataron a las cinchas de cuatro caballos, que estaban con sus jinetes, mirando las cuatro esquinas de la plaza mayor; y habiendo hecho la seña de que tirasen, dividieron en cuatro partes el cuerpo de dicho traidor, destinándose la cabeza al pueblo de Tinta, un brazo al de Tungasuca, otro a la capital de la provincia de Carabaya; una pierna al pueblo de Livitaca en la de Chumbivilcas, y otra al de Santa Rosa en la de Lampa; y el resto de su cuerpo al cerro de Pichu por donde quiso entrar a esta dicha ciudad; y en donde estaba prevenida una hoguera, en la que lo echaron juntamente con el de su mujer, hasta que convertidos en cenizas se esparcieron por el aire. Lo que se ejecutó a presencia del sargento José Calderón, y un piquete de soldados que fueron guardando los dichos cuerpos muertos. Y para que de ello conste donde convenga, doy el presente de mandato judicial, en dicho día, mes y año. En testimonio de verdad.

Juan Bautista Gamarra,
escribano de Su Majestad público y de Cabildo.

Así consta de dicho testimonio a que me remito. Cuzco y mayo 20, de 1781.

MANUEL ESPINAVETE LÓPEZ




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Castigos ejecutados en la ciudad del Cuzco con Tupac-Amaru, su mujer, hijos y confidentes

El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las milicias de esta ciudad del Cuzco, que tenían sus rejones y algunas bocas de fuego, y cercado la horca de cuatro caras con el cuerpo de mulatos, y huamanguinos, arreglados todos con   -53-   fusiles y bayonetas caladas, salieron de la Compañía nueve sujetos, que fueron los siguientes: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo, Antonio Oblitas (que fue el verdugo que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco Tupac-Amaru, Tomasa Condemaita, cacica de Acos, Hipólito Tupac-Amaru, hijo del traidor, Micaela Bastidas, su mujer, y el insurgente José Gabriel. Todos salieron a un tiempo, y uno tras otro venían con sus grillos y esposas, metidos en unos zurrones, de estos en que se trae yerba del Paraguay, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron todos al pie de la horca, y se les dieron por medio de dos verdugos las siguientes muertes.

A Berdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas, se les ahorcó llanamente; a Francisco Tupac-Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito se les cortó la lengua, antes de arrojarlos de la escalera de la horca; y a la india Condemaita se le dio garrote en un tabladillo, que estaba dispuesto con un torno de fierro que a este fin se había hecho, y que jamás habíamos visto por acá; habiendo el indio y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca. Luego subió la india Micaela al tablado, donde asimismo, a presencia del marido, se le cortó la lengua, y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos, echándola lazos al pescuezo, tirando de una y otra parte, y dándola patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar. Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza; allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo; atáronle a las manos y pies cuatro lazos, y asidos estos a la cincha de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas parte: espectáculo que jamás se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese de fierro, no pudieron absolutamente dividirlo, después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire, en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, movido, de compasión, porque no padeciese más aquel infeliz, despachó de la Compañía9 una orden, mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se   -54-   ejecutó con las mujeres, y a los demás se le sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos pueblos. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera, en la que fueron arrojados y reducidos a cenizas, las que se arrojaron al aire, y al riachuelo que por allí corre. De este modo acabaron José Gabriel Tupac-Amaru y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto, que se nominaron reyes del Perú, Chile, Quito, Tucumán, y otras partes, hasta incluir el Gran Paitití, con otras locuras a este tono.

Este día concurrió un crecido número de gente, pero nadie gritó, ni levantó una voz; muchos hicieron reparo, y yo entre ellos, de que entre tanto concurso no se veían indios, a lo menos en el traje mismo que ellos usan, y si hubo algunos, estarían disfrazados con capas o ponchos. Suceden algunas cosas que parece que el diablo las trama y dispone, para confirmar a estos indios en sus abusos, agüeros y supersticiones. Dígolo porque, habiendo hecho un tiempo muy seco, y días muy serenos, aquel amaneció tan toldado, que no se le vio la cara al sol, amenazando por todas partes a llover; y a hora de las 12, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento, y tras este un aguacero, que hizo que toda la gente, y aun las guardias, se retirasen a toda prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto a decir, que el cielo y los elementos sintieron la muerte del Inca, que los españoles inhumanos e impíos estaban matando con tanta crueldad.




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Distribución de los cuerpos, o sus partes, de los nueve reos principales de la rebelión, ajusticiados en la plaza del Cuzco, el 18 de mayo de 1781

José Gabriel Tupac-Amaru.
Micaela Bastidas, su mujer.
Hipólito Tupac-Amaru, su hijo.
Francisco Tupac-Amaru, tío del primero.
Antonio Bastidas, su cuñado.
La cacica de Acos.
Diego Verdejo, comandante.
Andrés Castelo, coronel.
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Antonio Oblitas, verdugo.


Tinta

La cabeza de José Gabriel Tupac-Amaru.
Un brazo a Tungasuca.
Otro de Micaela Bastidas, ídem.
Otro de Antonio Bastidas, a Pampamarca.
La cabeza de Hipólito, a Tungasuca.
Un brazo de Castelo, a Surimana.
Otro a Pampamarca.
Otro de Verdejo, a Coparaque.
Otro a Yauri.
El resto de su cuerpo, a Tinta.
Un brazo a Tungasuca.
La cabeza de Francisco Tupac-Amaru, a Pilpinto.


Quispicanchi

Un brazo de Antonio Bastidas, a Urcos.
Una pierna de Hipólito Tupac-Amaru, a Quiquijano.
Otra de Antonio Bastidas, a Sangarará.
La cabeza de la cacica de Acos, a ídem.
La de Castelo, a Acamayo.


Cuzco

El cuerpo de José Gabriel Tupac-Amaru, a Picchu.
Ídem el de su mujer con su cabeza.
Un brazo de Antonio Oblitas, camino de San Sebastián.
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Carabaya

Un brazo de José Gabriel Tupac-Amaru.
Una pierna de su mujer.
Un brazo de Francisco Tupac-Amaru.


Azangaro

Una pierna de Hipólito Tupac-Amaru.


Lampa

Una pierna de José Gabriel Tupac-Amaru, a Santa Rosa.
Un brazo de su hijo a Iyabirí.


Arequipa

Un brazo de Micaela Bastidas.


Chumbivilcas

Una pierna de José Gabriel Tupac-Amaru, en Livitaca.
Un brazo de su hijo, a Santo Tomás.


Paucartambo

El cuerpo de Castelo, en su capital.
La cabeza de Antonio Bastidas.
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Chilques y Masques

Un brazo de Francisco Tupac-Amaru, a Paruro.


Condesuyos de Arequipa

La cabeza de Antonio Verdejo, a Chuquibamba.


Puno

Una pierna de Francisco Tupac-Amaru, en su capital.

NOTA. Fernando Tupac-Amaru de 10½ años, e hijo de José Gabriel, fue pasado por debajo de la horca, y desterrado por toda su vida a uno de los presidios de África.




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Pastoral del obispo de Buenos Aires, del Consejo de Su Majestad, etc., a sus diocesanos

Nos, don Sebastián Malvar y Pinto, por la gracia de Dios y de la Santa Sede, obispo de Buenos Aires, del Consejo de Su Majestad, etc.


A todos nuestros diocesanos, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo. Ya sabéis, queridos fieles míos, cómo en el próximo mes de noviembre, y antecedentes, se levantaron en este reino unos hombres traidores a Dios, a la Iglesia y al Rey. También habrá llegado a vuestra noticia, que estos perversos no hubo maldad que no cometieron, delito que no hayan perpetrado, ni sacrilegio que dejasen de hacer. Se abandonaron a sí mismos, se descartaron de la sociedad española, y olvidándose enteramente de los respetos de la humanidad, no perdonaron la vida aun a los más tiernos infantes, y, lo que es más horrible, pusieron sus sacrílegas manos en los sacerdotes del Señor, degollaron a los ministros del santuario, arrastraron las adorables imágenes de los santos, profanaron los vasos sagrados, pisaron el Venerable y Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, hollaron con sus infames pies las hostias consagradas, e hicieron   -58-   finalmente a los templos testigos de sus más abominables obscenidades y lascivias. Parece que estas furias infernales, llevadas de su antojo y capricho, iban a acabar con nuestros hermanos, con la Religión y la Iglesia; pero aquel gran Dios, que ha prometido no dormir jamás en la custodia de esta su escogida Raquel, dispuso que cesen los lamentos y tragedias.

El día, pues, de ayer, 23 del corriente, recibimos por el correo de Chile noticias fijas y ciertas, que el 8 de abril próximo fue derrotado y preso el traidor José Gabriel Tupac-Amaru con su mujer, hijos, hermanos y demás secuaces que le acompañaban, e influían a negar la debida obediencia a Dios y a Nuestro Católico Monarca. ¿Y qué vasallo fiel y leal no se alegrará en el arresto de este rebelde? ¿Qué español verdadero no concibe en su pecho una excesiva alegría, por noticia tan plausible? ¿Qué cristiano no se empeñará en tributar a Dios los más rendidos obsequios, por habernos concedido un beneficio tan grande? Sí, amados hijos, este suceso es digno de todos nuestros votos y de las más fervientes oraciones. El amor que debemos al Rey y a la Religión que profesamos, exige que exhalemos nuestros corazones en alabanzas y cánticos. ¿Y a quién mejor se pueden dirigir nuestros sacrificios, que a la Trinidad Beatísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Patrona de esta muy Ilustre Ciudad de Buenos Aires? Sí señores; a la Trinidad Santísima, formaron los más célebres cánticos de agradecimiento Noé y sus hijos, cuando se libertaron del diluvio universal. A la Trinidad Santísima hicieron solemne fiesta los Macabeos, después de haber derrotado el ejército de Antíoco, y quitado la vida a los mejores generales de su reino. A la Trinidad Santísima tributó el pueblo de Israel y su santo rey Exequías, las más rendidas gracias, cuando sacudieron el yugo y tiranía de Senacherib, rey de los asirios. A la Trinidad Santísima adoró el pontífice Joazín y sus presbíteros, cuando la valerosa Judith destrozó el ejército de Holofernes, cortando la cabeza a este aleve tirano, y por tres meses fue celebrado el gozo de esta victoria, ofreciendo todo el pueblo, votos, holocaustos y promesas.

Pues, amados hijos míos, ya que no celebremos la victoria que acabamos de conseguir, por el espacio de tres meses, festejémosla a lo menos con tres o cuatro días de solemnidad. Cantemos en el primero una misa y Te Deum, dando gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Expóngase al mismo tiempo el sagrado cuerpo de Nuestro Salvador, en desagravio de los desacatos, irreverencias y maldades, que contra él, y en su misma presencia cometieron, nuestros falsos   -59-   hermanos. Téngase por otros tres días patente a este Señor Sacramentado, para que todo el pueblo le alabe, lo bendiga y engrandezca con súplicas, ruegos y ardientes suspiros. Concédase últimamente indulgencia plenaria a los que se confiesen y comulguen en estos tres días, pidiendo a Dios por la salud y vida de nuestro amable Rey, por la de los Serenísimos Señores, Príncipe y Princesa, y demás familia real, por la exaltación de la Santa Iglesia, por la paz y concordia entre los príncipes cristianos, y por todas las necesidades de España. Así, amados hijos, queremos que se haga en todas las parroquias de nuestro obispado; y en virtud de las facultades apostólicas con que nos hallamos de nuestro Sumo Pontífice reinante, concedemos indulgencia plenaria para tres días, que señalarán los párrocos a los que en ellos confiesen y comulguen.

Y por lo que pertenece a esta ciudad de Buenos Aires, rogamos a todos los párrocos, sacerdotes y demás ordenados, concurran el día 28 a nuestra santa iglesia catedral a las diez y media de la mañana. En este día celebraremos de pontifical, expondremos al Santísimo, y entonaremos el Te Deum. El día de nuestro padre San Pedro será el primer día de las cuarenta horas e indulgencia plenaria, y también oficiaremos la misa. El segundo y tercer día celebrarán nuestros hermanos y señores, Deán y Arcediano; y teniendo satisfacción de que todo nuestro clero se conformará con nuestras determinaciones, disponemos, que el primer día de las cuarenta horas pague los gastos de la música, cera, y demás que se ofrecieren, la una parte la fábrica de la iglesia, y la otra la Hermandad y mayordomos de San Pedro. El segundo día los costearemos Nos, y nuestro muy Ilustre Cabildo. El tercero será a cuenta de nuestros muy amados párrocos y clerecía, y también por nuestra parte ayudaremos. A las demás gentes y sagradas religiones no queremos gravarlas con pensión alguna; pero deseamos que procuren acompañarnos a dar gracias al gran Padre de las Misericordias; para lo que a los segundos se les pasará cortés y atento recado, por nuestro secretario de Cámara, y para que llegue a noticia de los primeros, se fijarán edictos en todas las iglesias.

Últimamente, exhortamos a todos nuestros súbditos, a perseverar en la obediencia de Nuestro Católico Monarca, y en el respeto que se debe a sus virreyes, gobernadores y ministros, cumpliendo con el precepto del Apóstol, que nos intima, que toda alma esté sujeta a las superiores potestades.

  -60-  

Dadas en nuestro palacio episcopal, firmadas de nuestra mano, y refrendadas por nuestro secretario, a 24 de junio de 1781.

FRAY SEBASTIÁN,
obispo de Buenos Aires.

Por mandado de Su Señoría Ilustrísima, el Obispo, mi señor.

Don Francisco González Pardo,
secretario.



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