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Un subversivo del Siglo XX: Centenario de Rodolfo Usigli1

Gonzalo Valdés Medellín





Llega el Centenario del Natalicio de quien ha sido considerado por propios y extraños El padre del teatro mexicano moderno, Rodolfo Usigli (1905-1979) sin duda el dramaturgo más representativo, genuino, transgresor y determinante del Siglo XX mexicano.

Influido por clásicos como Henrik Ibsen, Anton Chéjov, Oscar Wilde y, ante todo, por George Bernard Shaw, Rodolfo Usigli ha permanecido en la memoria teatral mexicana como un dramaturgo que se atrevió a romper todos los cánones y cartabones sociales para imponer una nueva forma de pensar y hacer el teatro. Para Usigli, el contexto global de su obra como dramaturgo, ensayista, poeta y narrador estuvo motivado siempre por la aspiración hacia verdad. Con este concepto vertido en su ensayo sobre El gesticulador (1938) definía su inclinación deliberada por una literatura que se enfocase hacia lo político, hermanada de raíz a los principios de la Revolución Mexicana, misma que Usigli interpreta, claridosamente, como «una mentira individual que pretende volverse colectiva para hacerse verdadera», pero que una vez hecha colectiva -a través del único sentimiento progresista de todos los tiempos, la esperanza- la mentira se hunde y se corrompe invariablemente para degenerar de esperanza en demagogia. Esto Usigli lo explica ejemplificando con las raíces mismas de la antigüedad griega. La democracia nace infectada por la demagogia que, en nuestro país, señaló el dramaturgo «no es otra cosa que la hipocresía mexicana sistematizada en la política».

Quizá siguiendo la idea de Denis Diderot «Si habéis resuelto ser injustos, cesad al menos de ser hipócritas», Usigli denuncia a la hipocresía anteponiéndola como el espejo incondescendiente de la sociedad de su tiempo, confrontándola a través de su obra dramatúrgica y, estipulándola con énfasis irreverente, en su novela Ensayo de un crimen (1944) llevada al cine por Luis Buñuel, en 1955, obra maestra de la cinematografía, pero que paradójicamente Usigli consideró una alta traición a la esencia y al contenido de su novela.

El también autor de El Apóstol, Medio tono, El niño y la niebla, Jano es una muchacha, Los viejos y Las madres, por sólo citar algunas de sus piezas, manifestaba en 1938 en su ensayo «Sobre la hipocresía del mexicano», corolario a la zaheriente crítica política generada por El gesticulador: «[...] ocurre así que el mexicano puede gozar opinión de cortés porque hace zalameras en la calle, mientras golpea en casa a su mujer, tal como la dictadura porfirista hace de México un país aparentemente próspero y civilizado; el gobierno de Madero un país aparentemente democrático; el gobierno actual (1938) un país aparentemente izquierdista... Nuestra historia política es elocuente en probar que los gobiernos de México han creído siempre que la verdad no es otra cosa que una mentira generalizada!». Ubicados en los tiempos actuales, el pensamiento usigliano nos parecerá inobjetablemente visionario. Y no faltará quien lo afirme categórico: lo es.

Usigli fue un protagonista ardiente y combativo de su momento histórico. Y, desde la jerarquía que le otorgaba el ser un hombre de letras agudo y un creador insoslayable, también fue un duro crítico del sistema que le tocó testificar; y un idealista que osó cimbrar moralmente los cimientos en que aún fluctuaba el proyecto inicial de la Revolución Mexicana, sin atreverse a aceptar su valor de tránsito. Así, el intelectual que se afiliaba en muchos sentidos a los postulados sartreanos nunca doblegó su voz impugnadora -su verdad- a través del teatro porque -y lo dijo en una frase que sigue haciendo eco en la conciencia dramatúrgica de nuestra nación- «un pueblo sin teatro es un pueblo sin verdad», como para comprobar que «un pueblo sin verdad» hace muy mal teatro: un teatro fatuo, vacuo, hipócrita.

Porque a la verdad a la que se refería Usigli no era esa verdad política «a la mexicana» (mentira generalizada) sino una verdad en donde lo humano cobrara preponderancia, tras la conquista constante, perseverante, de la espiritualidad y la honradez, del despertar idiosincrático de nuestra tradición cosmogónica, y no de la mentira individual que, al colectivizarse forjase un ilusorio sueño mexicano.

Rodolfo Usigli «el caso más singular del teatro mexicano», según la crítica Malkah Rabell, el Ciudadano del Teatro -como se autodefinió él mismo-, ese Andar solitario entre la gente, como lo evocó José Antonio Alcaraz, es también el ejemplo claro de la «paciente espera que impuso Usigli a su producción» -escribió Rabell- y que «describe su verdadero sentido de la responsabilidad profesional», misma que lo hizo y ha hecho pervivir en la historia del teatro mexicano como una figura de fuerza incomparable y vigencia asombrosa, tanto en sus ensayos como en su novelística (Obliteración -1973- y Ensayo de un crimen, sus dos únicas novelas merecen, en verdad, profundos y amplios análisis, pues reflejan lo mejor de la obra escrita en prosa de nuestro dramaturgo).

Un Usigliano fervoroso, Guillermo Schmidhuber de la Mora se adelantó a celebrar a principios de este año el Centenario del Natalicio de Rodolfo Usigli, con un libro cuyo título es un impacto: Apología de Rodolfo Usigli (publicado por la Universidad de Guadalajara). Y surge, por nomenclatura implícita, el cuestionamiento azuzado por el estudioso: ¿Necesita un escritor mexicano de la talla de Rodolfo Usigli una Apología? ¿De quién hay qué defenderlo o por qué? Evidentemente hay que defenderlo del olvido y la endémica postergación a que somete la injusta -aunque tristemente común- abulia de los mexicanos para con la cultura, a muchos de sus más importantes artistas y pensadores.

Schmidhuber da rienda suelta a su apología convenciendo de entrada: Usigli fue un incomprendido, un subversivo del siglo XX mexicano. Lo cierto es que Usigli no fue valorado en su época; sembró y sembró, a través de la crítica severa y acaso incondescendiente de su escritura, sólo para recolectar una cosecha de tolerancias, en el mejor de los casos, hacia su obra y hacia su persona; o de franco rechazo.

A la fecha, la realidad es una, como la de todos sus contemporáneos, todos los dramaturgos, de Novo a Villaurrutia, pasando por Celestino Gorostiza, sin excepción: su obra no es conocida, ni difundida, y sólo se salva del olvido absoluto gracias a estudios aislados como esta Apología... que no sólo recupera a uno de los esenciales protagonistas de la cultura mexicana del siglo XX, sino que revalora la importancia del combativo liderazgo (algunos dirán que caudillismo) artístico, estético y cultural en una sociedad en constante movimiento ético, como es y ha sido la mexicana, para comprobar que hoy por hoy, figuras como Rodolfo Usigli resultan insustituibles en el actual panorama de nuestras letras.

Rodolfo Usigli nació el 17 de noviembre de 1905. Mucho le debe nuestra cultura. Ya el INBA ha preparado un Magno Homenaje; y en estos días se estrenará Corona de sombra bajo la dirección de Mauricio Jiménez. Su viuda, doña Argentina Casas Olloqui ha publicado Mi vida con Rodolfo Usigli. El autor centenario debe estar vivo hoy más que nunca, tal vez para hacer honor a aquello que en 1947 dijera: «Estoy sereno, pero firmemente convencido de que, corriendo los más grandes riesgos, he creado un teatro mexicano».

El teatro auténticamente mexicano que fue su más íntimo y más extraordinario legado.





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