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Concepto de larga tradición en las academias anglosajonas, estadounidenses y latinoamericanas. La ampliación semántica que sobre el mismo se ha llevado a cabo desde que Spivak publicara su famoso texto, «Can the Subaltern Speak? Speculations on Widow Sacrifice» (1985), permite hablar de múltiples articulaciones de la subalternidad: la clase sería una de ellas, pero también las luchas culturales que surgen en el seno de una sociedad, las relaciones de género, los vínculos generacionales o étnicos, etc. Si a ello le añadimos las aportaciones que desde los estudios postcoloniales realizaran voces como Walter Mignolo (2002), Ramon Grosfoguel (2012) o Maristella Svampa (2005), nos encontramos con un concepto que aglutina una complejidad de significaciones no solo en las relaciones inter/intra-personales, sino también, y muy especialmente, en las que se establecen entre un/a sujeto y el Estado/Nación. Es precisamente esta versatilidad de la categoría analítica lo que más me interesa recuperar en este trabajo, ya que, como se verá más adelante, en su quehacer escritural Luisa Valenzuela bordea prácticamente todas las aristas de la subalternidad sin caer de pleno en ninguna de ellas. No se olvide, al respecto, que los puntos de sutura que la caracterizan como sujeto social -ser mujer blanca, argentina, intelectual y viajera- en algunos contextos, como la dictadura militar que asedió al país a finales de los años setenta y principios de los ochenta, transforman los privilegios que acompañan a dicha sutura en una maldición.

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Es decir, mujeres que suturan en sistemas culturales y literarios (el argentino, el mexicano y el brasileño) que ameritan esta excentricidad y, en algunos casos incluso, la potencian como la contra-cara necesaria para la supervivencia de lo hegemónico.

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Dado que solo se manejará una edición, en el cuerpo del texto se citarán únicamente los números de página correspondientes a Valenzuela, 2001.

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