Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.


ArribaAbajoEmpresa 41

Huya de los extremos. Ne quid nimis


Celebrado fue de la antigüedad el mote de esta Empresa. Unos le atribuyen a Pitágoras, otros a Viantes, a Taleto y a Homero, pero con mayor razón se refiere entre los oráculos délficos, porque no parece voz humana, sino divina, digna de ser esculpida en las coronas, cetros y anillos de los príncipes. A ella se reduce toda la ciencia de reinar, que huye de las extremidades, y consiste en el medio de las cosas, donde tienen su esfera las virtudes. Preguntaron a Sócrates que cuál virtud era más conveniente a un mancebo, y respondió: Ne quid nimis. Con que las comprendió todas. A este mote parece que cuadra el cuerpo de esta Empresa, derribadas las mieses con el peso de las grandes lluvias caídas fuera de sazón, cuando bastaban benignos rocíos. Honores hay que por grandes no se ajustan al sujeto, y más le afrentan que ilustran. Beneficios hay tan fuera de modo, que se reputan por injuria. ¿Qué importa que llueva mercedes el príncipe si parece que apedrea, descompuesto el rostro y las palabras, cuando las hace, si llegan fuera de tiempo y no se pueden lograr? Piérdese el beneficio y el agradecimiento, y se aborrece la mano que le hizo. Por esto dijo el rey don Alonso el Sabio «que debía ser tal el galardón, e dado a tiempo, que se pueda aprovechar dél aquel a quien lo diere».

§ Como se peca en la destemplanza de los premios y mercedes, se peca también en el exceso de los castigos. Una exacta puntualidad y rigor, más es de ministro de justicia que de príncipe. En aquél no hay arbitrio. Este tiene las llaves de las leyes. No es justicia la que excede, ni clemencia la que no se modera. Y así, las demás virtudes.

§ Esta misma moderación ha de guardar el príncipe en las artes de la paz y de la guerra, gobernando de tal suerte el carro del gobierno, que, como en los juegos antiguos, no toquen sus ruedas en las metas, donde se romperían luego. La destreza consistía en medir la distancia, de suerte que pasasen vecinas, y no apartadas.

§ En lo que más ha de menester el príncipe este cuidado es en la moderación de los afectos, gobernándolos con tal prudencia, que nada desee, espere, ame o aborrezca con demasiado ardor y violencia, llevado de la voluntad, y no de la razón. Los deseos de los particulares fácilmente se pueden llenar, los de los príncipes no; porque aquéllos son proporcionados a su estado, y éstos ordinariamente mayores que las fuerzas de la grandeza, queriendo llegar a los extremos. Casi todos los príncipes que o se pierden o dan en graves inconvenientes, es por el exceso en la ambición, siendo infinito el deseo de adquirir en los hombres, y limitada la posibilidad. Y pocas veces se mide ésta con aquél, o entre ambos se interpone la justicia. De aquí nace el buscar pretextos y títulos aparentes para despojar al vecino y aun al más amigo, anhelando siempre por ampliar los Estados, sin medir sus cuerpos con sus fuerzas, y su gobierno con la capacidad humana, la cual no puede mantener todo lo que se pudiera adquirir. La grandeza de los imperios carga sobre ellos mismos, y siempre está porfiando por caer, trabajada de su mismo peso. Procure, pues, el príncipe mantener el Estado que le dio o la sucesión o la elección. Y, si se le presentare alguna ocasión justa de aumentarle, gócela con las cautelas que enseña el caso a la prudencia.

No es menos peligrosa la ambición en el exceso de sus temores que de sus apetitos, principalmente en lo adquirido con violencia. Ningún medio ofrece el temor que no se aplique para su conservación. Ninguno de la línea del despojado o del que tiene pretensión al Estado, tan remoto, que no se tema. La tiranía ordinaria propone la extirpación de todos. Así lo practicó Muciano haciendo matar al hijo de Vitelio, y lo aconseja la escuela de Maquiavelo, cuyos discípulos, olvidados del ejemplo de David, que buscó los de la sangre de Saúl para usar con ella de su misericordia, se valen de los de algunos tiranos, como si no se hubieran perdido todos con estas malas artes. Si alguno se conservó, fue (como diremos) trocándolas en buenas. La mayor parte de los reinos se aumentaron con la usurpación, y después se mantuvieron con la justicia, y se legitimaron con el tiempo. Una extrema violencia es un extremo peligro. Ocupó Ciro la Lidia, y despojó al rey Creso. Si tuviera por consejero algún político de estos tiempos, le propondría por conveniente quitarle también la vida para asegurarse más. Pero Ciro le restituyó una ciudad y parte de su patrimonio, con que sustentase la dignidad real. Y es cierto que provocara el odio y las armas de toda la Grecia, si se hubiera mostrado cruel. A Dios y a los hombres tiene contra sí la tiranía. Y no faltan en estos casos medios suaves con que divertir el ánimo, confundir la sangre, cortar la sucesión, disminuir o transplantar la grandeza, y retirar de los ojos del pueblo a quien puede aspirar al Estado y ser aclamado señor. Lo cual si se hubiera advertido en Portugal, no viéramos rebelados aquellos vasallos.

Cuando es tan evidente el peligro, que obligue a la defensa y conservación natural, se le han de cortar las raíces, para que no pueda renacer, velando siempre sobre él, porque no suceda lo que a los príncipes de Filistea; los cuales, cortado el cabello a Sansón, de donde le procedían las fuerzas, se burlaban, sin prevenir que había de volver a nacer, como sucedió. Y, abrazado con las colunas del templo, le derribó sobre ellos, con que mató muchos más enemigos muriendo, que antes vivo.

§ Persuade también la ambición desordenada el oprimir la libertad del pueblo, abajar la nobleza, deshacer los poderosos y reducirlo todo a la autoridad real, juzgando que entonces estará más segura cuando fuere absoluta, y estuviere más reducido el pueblo a la servidumbre. Engaño con que la lisonja granjea la voluntad de los príncipes y los pone en grandes peligros. La modestia es la que conserva los imperios, teniendo el príncipe tan corregida su ambición, que mantenga dentro de los límites de la razón la potestad de su dignidad, el grado de la nobleza y la libertad del pueblo, porque no es durable la monarquía que no está mezclada y consta de la aristocracia y democracia. El poder absoluto es tiranía. Quien le procura, procura su ruina. No ha de gobernar el príncipe como señor, sino como padre, como administrador y tutor de sus Estados.

Estos desórdenes de ambición los cría el largo uso de la dominación, que todo lo quiere para sí, en que es menester que los príncipes se venzan a sí mismos, y se rindan a la razón, aunque es bien dificultosa empresa; porque muchos pudieron vencer a otros, pocos a sí mismos. Aquélla es vitoria de la fuerza, ésta de la razón. No está la valentía en vencer las batallas, sino en vencer las pasiones. A los súbditos hace modestos la obediencia y la necesidad. A los príncipes ensoberbece la superioridad y el poder. Más reinos derribó la soberbia que la espada. Más príncipes se perdieron por sí mismos que por otros. El remedio consiste en el conocimiento propio, entrando el príncipe dentro de sí mismo, y considerando que, si bien le diferencia el cetro de los súbditos, le exceden muchos en las calidades del ánimo, más nobles que su grandeza; que, si pudiera valer la razón, había de mandar el más perfecto; que la mano con que gobierna el mundo es de barro, sujeta a la lepra y a las miserias humanas, como Dios se lo dio a entender a Moisés, para que, conociendo su miseria, se compadeciese de los demás; que la corona es la posesión menos segura, porque entre la mayor altura y el más profundo precipicio no se interpone algún espacio; que pende de la voluntad ajena, pues si no le quisiesen obedecer, quedaría como los demás. Cuanto mayor fuere el príncipe, más debe preciarse de esta modestia, pues Dios no se desdeña de ella. La modestia que procura encubrir dentro de sí a la grandeza, queda sobre ella como un rico esmalte sobre el oro, dándole mayor precio y estimación. Ningún artificio más astuto en Tiberio que mostrarse modesto para hacerse más estimar. Reprendió severamente a los que llamaban divinas sus ocupaciones y le daban título de señor. Cuando iba a los tribunales, no quitaba su lugar al presidente, antes se sentaba en una esquina dél. El que llegó al supremo grado entre los hombres, solamente humillándose puede crecer. Aprendan todos los príncipes a ser modestos del emperador don Fernando el Segundo, tan familiar con todos, que primero se dejaba amar que venerar. En él la benignidad y modestia se veían, y la majestad se consideraba. No era águila imperial, que con dos severos rostros, desnudas las garras, amenazaba a todas partes, sino amoroso pelícano, siempre el pico en las entrañas para darlas a todos como a hijos propios. No le costaba cuidado el encogerse en su grandeza e igualarse a los demás, No era señor, sino padre del mundo. Y, aunque el exceso en la modestia demasiada suele causar desprecio y aun la ruina de los príncipes, en él causaba mayor respeto, y obligaba a todas las naciones a su servicio y defensa: fuerza de una verdadera bondad y de un corazón magnánimo, que triunfa de sí mismo, superior a la fortuna. De todas estas calidades dejó un vivo retrato en el presente emperador, su hijo, con que roba los corazones de amigos y enemigos. Ninguna virtud más conveniente en el príncipe que la modestia, porque todas serían locas en él, si ella no les compusiese el semblante y las acciones, sin consentirles que salgan de sí.

§ En el gobierno es muy conveniente no tocar en los extremos, porque no es menos peligrosa la remisión que la suma entereza y puntualidad. Las comunidades monásticas pueden sufrir la estrechez de la obediencia, no las populares. A pocos tendrá en duro freno el rigor exacto, no a muchos. La felicidad civil consiste en la virtud, y está en el medio. Así también, la vida civil y el manejo de los Estados, siendo tal el gobierno, que le puedan llevar los pueblos, sin que se pierdan por la demasiada licencia, o se obstinen por el demasiado rigor. No ha de ser la entereza del gobierno como debería ser, sino como puede ser. Aun el de Dios se acomoda a la flaqueza humana.

Entre los extremos también se han de constituir las partes del cuerpo de la república, procurando que en las calidades de los ciudadanos no, haya gran diferencia; porque del exceso y desigualdad en las riquezas o en la nobleza, si fuera mucha, nace en unos la soberbia y en otros la envidia, y de ellas las enemistades y sediciones, no pudiendo haber amistad o concordia civil entre los que son muy desconformes en condición y estado, porque aborrecen todos la igualdad, y quieren más o mandar siendo vencedores, u obedecer siendo vencidos. Unos por altivos pierden el respeto a las leyes y desprecian la obediencia. Los otros, por abatidos, no la saben sustentar ni tienen temor a la infamia ni a la pena, y viene a ser una comunidad de señores y esclavos, pero sin respeto entre sí, porque no se miden con su condición. Los de menos calidad pretenden ser como los mayores. Los que en alguna son iguales o exceden se imaginan que también son iguales o que exceden en las demás. Los que en todas se aventajan no saben contenerse, y, con desprecio de los demás, todo lo quisieran gobernar, sin acomodarse a la obediencia de quien manda ni a la constitución y estilos de la república. De donde nace su ruina y conversión en otras formas, porque todos anhelan y viven inquietos en ella. Y, si bien es imposible el dejar de haber este contraste en las repúblicas, por la diferencia en la calidad de las partes de que constan todas, con el mismo se sustentan, si es regulado, o se pierden, si es demasiado. Como sucede a los cuerpos con los cuatro humores, que, aunque la sangre es más noble, y más poderosa la cólera que los demás, se mantienen entre sí mientras no es grande la desigualdad de alguno de ellos. Por lo cual, sólo aquella república durará mucho que constare de partes medianas y no muy desiguales entre sí. El exceso de las riquezas en algunos ciudadanos causó la ruina de la república de Florencia y es hoy causa de las inquietudes de Génova. Por estar en Venecia mejor repartidas, se sustenta por tantos siglos. Y, si hay peligro o inconveniente en su gobierno, es por la mucha pobreza de algunos del magistrado. Si se conserva con este desorden y exceso de sus partes alguna república, es a fuerza de la prudencia e industria de quien gobierna, entreteniéndola con el temor a la ley, con no injuriar ni quitar sus privilegios y comodidades a los menores, con divertir en la administración y cargos a los mayores, con no oprimir, antes cebar con esperanzas a los de gran espíritu. Pero esto durará mientras hubiere prudentes gobernadores, y las repúblicas no pueden vivir con remedios temporáneos, que penden del caso. Conveniente es que en la primera institución de ellas esté prevenido el modo con que se corrijan estos excesos antes que sucedan.




ArribaAbajoEmpresa 42

Mezclándolos con primor. Omne tulit punctum


A la benignidad del presente pontífice Urbano Octavo debo el cuerpo de esta Empresa, habiéndose dignado su Beatitud de mostrarme en una piedra preciosa, esculpida desde el tiempo de los romanos, dos abejas que tiraban de un arado, hallada en esta edad, presagio de la exaltación de su noble y antigua familia, uncidas al yugo triunfante de la Iglesia las insignias de sus armas. Y, cargando yo la consideración, se me representó aquel prodigio del rey Wamba, cuando, estándole ungiendo el arzobispo de Toledo, se vio que le salía una abeja de la cabeza, que voló hacia el cielo, anuncio de la dulzura de su gobierno. De donde inferí que quisieron los antiguos mostrar con este símbolo cuánto convenía saber mezclar lo útil con lo dulce, el arte de melificar con el de la cultura, y que le convendría por mote el principio de aquel verso de Horacio:


Omne tulit punctum, qui miscuit utile dulci.


En esto consiste el arte de reinar. Esta fue en el mundo la primera política. Así lo dio a entender la filosofía antigua, fingiendo que Orfeo con su lira traía a sí los animales, y que las piedras corrían al son de la arpa de Anfión, con que edificó los muros de la ciudad de Tebas, para significar que la dulce enseñanza de aquellos grandes varones fue bastante para reducir los hombres, no menos fieros que las fieras y con menos sentimiento de razón que la piedras, a la armonía de las leyes y a la compañía civil.


Silvestres homines sacer interpresque deorum
Caedibus et victu foedo deterruit Orpheus.
Dictus ab hoc lenire tigres rapidosque leones,
Dictus et Amphion Thebaeae conditor urbis,
Saxa movere sono testudinis et prece blanda
Ducere, quo vellet.


Horacio                


De estas artes han usado todas las repúblicas para instruir el pueblo, mezclándole la enseñanza con lo dulce de los juegos y regocijos públicos. Al monte Olimpo concurría toda Grecia a hallarse en las contiendas olimpias, pitias, nemeas e istmias: unos por la curiosidad de verlas, y otros por ganar los premios propuestos. Y con esta ocasión se ejercitaban las fuerzas, se hacían sacrificios a los dioses, y se trataban los negocios más importantes al gobierno de aquellas provincias. Las comedias y tragedias inventaron para purgar los afectos. Los gladiatores en tiempo de los romanos y los toros en España (que también lo terrible divierte y entretiene), para afirmar el ánimo, que ni la sangre vertida ni los espectáculos de la muerte le atemoricen. Las luchas, los torneos, las cañas y otras fiestas semejantes, escuelas son donde se aprenden las artes militares, y juntamente son de gusto y divertimiento al ánimo. Así conviene traer al pueblo con dulzura a las conveniencias del príncipe y a sus designios. Caballo es que se rinde al halago, y, pasándole suavemente la mano, se deja domar, admite el bocado, y sufre después el peso, la vara y el hierro. No puede el pueblo tolerar el demasiado rigor ni la demasiada blandura. Tan peligroso en él es el exceso de la servidumbre como el de la libertad. Los príncipes que faltaron a esta consideración experimentaron los efectos de la multitud irritada. No siempre se pueden curar con el hierro y el fuego las enfermedades envejecidas. Menester son medicinas suaves, o, cuando fuere fuerza que sean píldoras amargas, es bien dorarlas y engañar la vista y el gusto. Pero no conviene que sepa el pueblo los ingredientes de las resoluciones y consejos del príncipe hasta que los beba con algún pretexto aparente.

§ Lo peligroso y duro de la guerra se hace suave al que obedece con la blandura del que manda. Así Germánico, para tener obedientes las legiones de Alemania y más dispuestas a la batalla, solía visitar los soldados heridos, y, mirando sus heridas, alababa sus hechos, y a unos con la esperanza, a otros con la gloria, y a todos con las palabras y el cuidado, granjeaba para sí y animaba para la batalla.

§ Esta benignidad no obra por sí sola. Menester es que también se halle en el que manda alguna excelencia de virtud, para que, si por aquélla es amado, sea por ésta estimado. Muchas veces es un príncipe amado por su gran bondad, y juntamente despreciado por su insuficiencia. No nace el respeto de lo que se ama, sino de lo que se admira. A mucho obliga el que, teniendo valor para hacerse temer, se hace amar; el que, sabiendo ser justiciero, sabe también ser clemente. A flojedad e ignorancia se interpreta la benignidad en quien no tiene otras virtudes excelentes de gran gobernador. Tanto pueden éstas en un príncipe, que hacen tolerable su aspereza y su rigor, recompensado con ellas. Aun los vicios grandes se excusan o se disimulan en quien tiene también grandes virtudes.

§ En las negociaciones es muy conveniente mezclar la dulzura con la gravedad y las burlas con las veras, como sean a tiempo y sin ofensa del decoro ni de la gravedad de la materia. En que fue muy sazonado el emperador Tiberio. No hay quien pueda sufrir una severidad melancólica, tiradas siempre las cejas en los negocios, pesadas las palabras y medido el movimiento. A su tiempo es gran prudencia interponer en los consejos algo de locura, y entonces es sabiduría un despropósito. Lo festivo del ingenio y un mote en su ocasión suele granjear los ánimos y reducir los más ásperos negocios al fin deseado y tal vez encubre la intención, burla la malicia, divierte la ofensa, y desempeña el responder a propósito en lo que no conviene.

§ También se han de mezclar las negociaciones con la conveniencia del que procuramos persuadir, interesándole en ellas; porque todos se mueven por las comodidades propias, pocos por sola obligación o gloria. Para incitar Seyano a Druso a la muerte de su hermano Nerón, le arrojó delante la esperanza del Imperio. La destreza de un prudente ministro consiste en facilitar los negocios con los intereses ajenos, disponiendo de suerte el tratado, que éstos y los de su príncipe vengan a ser unos mismos. Querer negociar con solas conveniencias propias es subir el agua por arcaduces rotos. Cuando unos la reciben de otros, ayudan todos.




ArribaAbajoEmpresa 43

Para saber reinar, sepa disimular. Ut sciat regnare


Todas las cosas animadas o inanimadas son hojas de este gran libro del mundo, obra de la Naturaleza, donde la divina Sabiduría escribió todas las ciencias, para que nos enseñasen y amonestasen a obrar. No hay virtud moral que no se halle en los animales. Con ellos mismos nace la prudencia práctica. En nosotros se adquiere con la enseñanza y la experiencia. De los animales podemos aprender sin confusión o vergüenza de nuestra rudeza, porque quien enseña en ellos es el mismo Autor de las cosas. Pero el vestirnos de sus naturalezas, o querer imitarlas para obrar según ellos irracionalmente, llevados del apetito de los afectos y pasiones, sería hacer injuria a la razón, dote propio del hombre, con que se distingue de los demás animales y merece el imperio de todos. En ellos, faltando la razón falta la justicia, y cada uno atiende solamente a su conservación, sin reparar en la injuria ajena. El hombre justifica sus acciones y las mide con la equidad, no queriendo para otro lo que no quisiera para sí. De donde se infiere cuán impío y feroz es el intento de Maquiavelo, que forma a su príncipe con otro supuesto o naturaleza de león y de raposa, para que lo que no pudiere alcanzar con la razón, alcance con la fuerza y el engaño. En que tuvo por maestro a Lisandro, general de los lacedemonios, que aconsejaba al príncipe que donde no llegase la piel de león lo supliese cosiendo la de raposa y valiéndose de sus artes y engaños. Antigua fue esta doctrina. Polibio la refiere de su edad y de las pasadas, y la reprende. El rey Saúl la pudo enseñar a todos. Esta máxima con el tiempo ha crecido, pues no hay injusticia ni indignidad que no parezca honesta a los políticos, como sea en orden a dominar, juzgando que vive de merced el príncipe a quien sólo lo justo es lícito. Con que ni se repara en romper la palabra ni en faltar a la fe y a la religión, como convenga a la conservación y aumento del Estado. Sobre estos fundamentos falsos quiso edificar su fortuna el duque Valentín, pero, antes de verla levantada, cayó tan deshecha sobre él, que ni aun fragmentos o ruinas quedaron de ella. ¿Qué puede durar lo que se funda sobre el engaño y la mentira? ¿Cómo puede subsistir lo violento? ¿Qué firmeza habrá en los contratos, si el príncipe, que ha de ser la seguridad de ellos, falta a la fe pública? ¿Quién se fiará dél? ¿Cómo durará el imperio en quien o no cree que hay Providencia divina, o fía más de sus artes que de ella? No por esto quiero al príncipe tan benigno, que nunca use de la fuerza, ni tan cándido y sencillo, que ni sepa disimular ni cautelarse contra el engaño; porque viviría expuesto a la malicia, y todos se burlarían dél. Antes en esta Empresa deseo que tenga valor. Pero no aquel bestial e irracional de las fieras, sino el que se acompaña con la justicia, significado en la piel del león, símbolo de la virtud, que por esto la dedicaron a Hércules. Tal vez conviene al príncipe cubrir de severidad la frente y oponerse al engaño. No siempre ha de parecer humano. Ocasiones hay en que es menester que se revista de la piel del león, y que sus vasallos y sus enemigos le vean con garras, y tan severo, que no se le atreva el engaño con las palabras halagüeñas de que se vale para domesticar el ánimo de los príncipes. Esto parece que quisieron dar a entender los egipcios poniendo una imagen de león sobre la cabeza de su príncipe. No hay respeto ni reverencia donde no hay algún temor. En penetrando el pueblo que no sabe enojarse el príncipe y que ha de hallar siempre en él un semblante apacible y benigno, le desprecia. Pero no siempre ha de pasar a ejecución esta severidad, cuando basta que como amenaza obre. Y entonces no se ha de perturbar el ánimo del príncipe. Sírvase solamente de lo severo de la frente. Sin descomponerse el león ni pensar en el daño de los animales, los atemoriza con su vista solamente. Tal es la fuerza de la majestad de sus ojos. Pero, por que alguna vez conviene cubrir la fuerza con la astucia, y la indignación con la benignidad, disimulando y acomodándose al tiempo y a las personas, se corona en esta Empresa la frente del león, no con las artes de la raposa, viles y fraudulentas, indignas de la generosidad y corazón magnánimo del príncipe, sino con las sierpes, símbolo del Imperio y de la majestad prudente y vigilante, y jeroglífico en las Sagradas Letras de la prudencia; porque su astucia en defender la cabeza, en cerrar las orejas al encanto, y en las demás cosas, mira a su defensa propia, no al daño ajeno. Con este fin y para semejantes casos se dio a esta Empresa el mote Ut sciat regnare, sacado de aquella sentencia que el rey Ludovico Undécimo de Francia quiso que solamente aprendiese su hijo Carlos Octavo, Qui nescit disimulare, nescit regnare. En que se incluye toda la ciencia de reinar. Pero es menester gran advertencia, para que ni la fuerza pase a ser tiranía, ni la disimulación o astucia a engaño, porque son medios muy vecinos al vicio. Justo Lipsio, definiendo en los casos políticos el engaño, dice que es un agudo consejo que declina de la virtud y de las leyes por bien del rey y del reino. Y, huyendo de los extremos de Maquiavelo, y pareciéndole que no podría gobernar el príncipe sin algún fraude o engaño, persuadió el leve, toleró el medio y condenó el grave. Peligrosos confines para el príncipe. ¿Quién se los podrá señalar ajustadamente? No han de ponerse tan vecinos los escollos a la navegación política. Harto obra en muchos la malicia del poder y la ambición de reinar. Si es vicioso el engaño, vicioso será en sus partes, por pequeñas que sean, e indigno del príncipe. No sufre mancha alguna lo precioso de la púrpura real. No hay átomo tan sutil, que no se descubra y afee los rayos de estos soles de la tierra. ¿Cómo se puede permitir una acción que declina de la virtud y de las leyes en quien es alma de ellas? No puede haber engaño que no se componga de la malicia y de la mentira, y ambas son opuestas a la magnanimidad real. Y, aunque dijo Platón que la mentira era sobrada en los dioses, porque no necesitaban de alguno, pero no en los príncipes, que han menester a muchos, y que así se les podía conceder alguna vez. Lo que es ilícito nunca se debe permitir, ni basta sea el fin honesto para usar de un medio por su naturaleza malo. Solamente puede ser lícita la disimulación y astucia cuando ni engañan ni dejan manchado el crédito del príncipe. Y entonces no las juzgo por vicios, antes o por prudencia o por virtudes hijas de ella, convenientes y necesarias en el que gobierna. Esto sucede cuando la prudencia, advertida en su conservación, se vale de la astucia para ocultar las cosas según las circunstancias del tiempo, del lugar y de las personas, conservando una consonancia entre el corazón y la lengua, entre el entendimiento y las palabras. Aquella disimulación se debe huir que con fines engañosos miente con las cosas mismas: la que mira a que el otro entienda lo que no es, no la que solamente pretende que no entienda lo que es. Y así, bien se puede usar de palabras indiferentes y equívocas, y poner una cosa en lugar de otra con diversa significación, no para engañar, sino para cautelarse o prevenir el engaño, o para otros fines lícitos. El dar a entender el mismo Maestro de la verdad a sus discípulos que quería pasar más adelante del castillo de Emaús las locuras fingidas de David delante del rey Aquis el pretexto del sacrificio de Samuel, y las pieles revueltas a las manos de Jacob, fueron disimulaciones lícitas, porque no tuvieron por fin el engaño, sino encubrir otro intento. Y no dejan de ser lícitas porque se conozca que de ellas se ha de seguir el engaño ajeno, porque este conocimiento no es malicia, sino advertimiento.

§ Estas artes y trazas son muy necesarias cuando se trata con príncipes astutos y fraudulentos; porque en tales casos la difidencia y recato, la disimulación en el semblante, la generalidad y equivocación advertida en las palabras, para que no dejen empeñado al príncipe ni den lugar a los designios o al engaño, usando de semejantes artes no para ofender ni para burlar la fe pública, ¿qué otra cosa es sino doblar las guardas al ánimo? Necia sería la ingenuidad que descubriese el corazón, y peligroso el imperio sin el recato. Decir siempre la verdad sería peligrosa sencillez, siendo el silencio el principal instrumento de reinar. Quien le entrega ligeramente a otro, le entrega su misma corona. Mentir no debe un príncipe. Pero se le permite callar o celar la verdad, y no ser ligero en el crédito ni en la confianza, sino maduro y tardo, para que, dando lugar a la consideración, no pueda ser engañado: parte muy necesaria en el príncipe, sin la cual estaría sujeto a grandes peligros. El que sabe más y ha visto más, cree y fía menos, porque o la especulación o la práctica y experiencia le hacen recatado. Sea, pues, el ánimo del príncipe cándido y sencillo, pero advertido en las artes y fraudes ajenas. La misma experiencia dictará los casos en que ha de usar el príncipe de estas artes, cuando reconociere que la malicia y doblez de los que tratan con él obliga a ellas; porque en las demás acciones siempre se ha de descubrir en el príncipe una candidez real, de la cual tal vez es muy conveniente usar aun con los mismos que le quieren engañar; porque éstos, si la interpretan a segundos fines, se perturban y desatinan, y es generoso engaño el de la verdad; y si se aseguran de ella, le hacen dueño de lo más íntimo del alma, sin armarse contra él de segundas artes. ¡Qué redes no se han tejido, qué estratagemas no se han pensado contra la astucia y malicia de la raposa! ¿Quién puso asechanzas a la sencillez doméstica de las golondrinas?

§ Los príncipes estimados en el mundo por gobernadores de mucha prudencia y espíritu no pueden usar de este arte, porque nadie piensa que obran acaso o sencillamente. Las demostraciones de su verdad se tienen por apariencias. Lo que en ellos es advertencia se juzga por malicia; su prudencia, por disimulación; y su recato, por engaño. Estos vicios impusieron al Rey Católico, porque con su gran juicio y experiencias en la paz y en la guerra conocía el mal trato y poca fe de aquellos tiempos, y con sagacidad se defendía, obrando de suerte que sus émulos y enemigos quedasen enredados en sus mismas artes, o que fuesen éstas frustradas con el consejo y con el tiempo. Por esto algunos príncipes fingen la sencillez y la modestia para encubrir más sus fines, y que no los alcance la malicia, como lo hacía Domiciano. El querer un príncipe mostrarse sabio en todo es dejar de serlo. El saber ser ignorante a su tiempo es la mayor prudencia. Ninguna cosa más conveniente ni más dificultosa que moderar la sabiduría. En Agrícola lo alabó Tácito. Todos se conjuran contra el que más sabe; o es envidia o defensa de la ignorancia, si ya no es que tienen por sospechoso lo que no alcanzan. En reconociendo Saúl que era David muy prudente, empezó a guardarse dél.

§ Otros príncipes se muestran divertidos en sus acciones, por que se crea que obran acaso. Pero es tal la malicia de la política presente, que no solamente penetra estas artes, sino calumnia la más pura sencillez, con grave daño de la verdad y del sosiego público, no habiendo cosa que se interprete derechamente. Y, como la verdad consiste en un punto, y son infinitos los que están en la circunferencia donde puede dar la malicia, nacen graves errores en los que buscan a las obras y palabras diferentes sentidos de lo que parecen y suenan. Y, encontrados así los juicios y las intenciones, se arman de artes unos contra otros, y viven todos en perpetuas desconfianzas y recelos. El más ingenioso en las sospechas, es el que más lejos da de la verdad, porque con la agudeza penetra adentro más de lo que ordinariamente se piensa; y creemos por cierto en los otros lo que en nosotros es engaño de la imaginación. Así al navegante le parece que corren los escollos, y es él quien se mueve. Las sombras de la razón de Estado suelen ser mayores que el cuerpo. Y tal vez se deja éste y se abrazan aquéllas. Y, quedando burlada la imaginación, se recibe mayor daño con los reparos, que el que pudiera hacer lo que se temía. ¡Cuántas veces por recelos vanos se arma un príncipe contra quien no tuvo pensamiento de ofenderle, y se empeñan las armas del uno y del otro, reducido a guerra lo que antes fue ligera y mal fundada presunción! A éstos sucede lo que a los bajeles, que cuanto más celosos, más presto se pierden. No repruebo la difidencia cuando es hija de la prudencia, como decimos en otra parte, sino acuso que falte siempre la buena fe, sin la cual ni habrá amistad ni parentesco firme, ni contrato seguro, y quedará sin fuerzas el derecho de las gentes, y el mundo en poder del engaño. No siempre se obra con segundas intenciones. Aun el más tirano suele tal vez caminar con honestos fines.




ArribaAbajoEmpresa 44

Sin que se descubran los pasos de sus designios. Nec a quo nec ad quem


Dudoso es el curso de la culebra, torciéndose a una parte y otra con tal incertidumbre, que aun su mismo cuerpo no sabe por dónde le ha de llevar la cabeza. Señala el movimiento a una parte, y le hace a la contraria, sin que dejen huellas sus pasos ni se conozca la intención de su viaje. Así ocultos han de ser los consejos y designios de los príncipes. Nadie ha de alcanzar adónde van encaminados, procurando imitar a aquel gran Gobernador de lo criado, cuyos pasos no hay quien pueda entender. Por esto, dos serafines le cubrían los pies con sus alas. Con tanto recato deben los príncipes celar sus consejos, que tal vez ni aun sus ministros los penetren, antes los crean diferentes y sean los primeros que queden engañados, para que más naturalmente y con mayor eficacia, sin el peligro de la disimulación que fácilmente se descubre, afirmen y acrediten lo que no tienen por cierto, y beba el pueblo de ellos el engaño, con que se esparza y corra por todas partes. Así lo hizo Tiberio cuando, murmurando de que no pasaba a quietar las legiones amotinadas en Hungría y Germania, fingió que quería partir. Y, engañando primero a los prudentes, engañó también al pueblo y a las provincias. Así también lo hacía el rey Felipe Segundo, encubriendo sus fines a sus embajadores, y señalándoles otros cuando convenía que los creyesen y persuadiesen a los demás. De estas artes no podrá valerse el príncipe, si su ingenuidad no es tan recatada, que no dé lugar a que se puedan averiguar los movimientos de su ánimo en las acciones del gobierno, ni a que le ganen el corazón los émulos y enemigos; antes, se les deslice de las manos cuando piensen que le tienen asido. Esta disposición del hecho en que el otro queda engañado más es defensa que malicia, usándose de ella cuando convenga, como la usaron grandes varones.

¿Qué obligación hay de descubrir el corazón a quien no acaso escondió la Naturaleza en el retrete del pecho? Aun en las cosas ligeras o muy distantes es dañosa la publicidad, porque dan ocasión al discurso para rastrearlas. Con estar tan retirado el corazón, se conocen sus achaques y enfermedades por sólo el movimiento que participa a las arterias. Pierde la ejecución su fuerza, con descrédito de la prudencia del príncipe, si se publican sus resoluciones. Los designios ignorados amenazan a todas partes y sirven de diversión al enemigo. En la guerra, más que en las demás cosas del gobierno, conviene celarlos. Pocas empresas descubiertas tienen feliz suceso. ¡Qué embarazado se halla el que primero se vio herir que relucir el acero, el que despertó al ruido de las armas!

§ Esto se ha de entender en las guerras contra infieles, no en las que se hacen contra cristianos, en que se debieran intimar primero para dar tiempo a la satisfacción, con que se excusarían muchas muertes, siendo esta diligencia parte de justificación. En esto fueron muy loables los romanos, que constituyeron un colegio de veinte sacerdotes, que llamaban Feciales, para intimar las guerras y concluir la paz y hacer ligas. Los cuales eran jueces de semejantes causas, y las justificaban, procurando que se diese satisfacción de los agravios y ofensas recibidas, señalando treinta y tres días de término, en el cual, si no se componían las diferencias por vía de justicia o amigable composición, se intimaba la guerra, tomándolo por testimonio de tres hombres ancianos, y arrojando en el país enemigo una lanza herrada.


... Et baculum intorquens emittit in auras,
principium pugnae...



Desde aquel día comenzaban las hostilidades y correrías. De esta intimación tenemos muchos ejemplos en las Sagradas Letras. Elegido Jefté por príncipe de los israelitas contra los ammonitas, no levantó las armas hasta haberles enviado embajadores a saber la causa que los movía a aquella guerra. No se usa en nuestros tiempos tan humano y generoso estilo. Primero se ven los efectos de la guerra que se sepa la causa ni se penetre el designio. La invasión impensada hace mayor el agravio e irreconciliables los ánimos. Lo cual nace de que las armas no se levantan por recompensa de ofensas o por satisfacción de daños, sino por ambición ciega de ensanchar los dominios, en que ni a la religión ni a la sangre ni a la amistad se perdona, confundidos los derechos de la Naturaleza y de las gentes.

§ En las sospechas de infidelidad conviene tal vez que tenga el príncipe sereno el semblante, sin darse por entendido de ellas. Antes, debe confirmar los ánimos con el halago y el honor y obligarlos a la lealtad. No es siempre seguro ni conveniente medio el del extremo rigor. Las ramas que se cortan se pierden, porque no pueden reverdecer. Esto obligó a Marcelo a disimular con Lucio Bancio de Nola, hombre rico y de gran parcialidad. Y, aunque sabía que hacía las partes de Aníbal, le llamó, y le dijo cuán emulado era su valor y cuán conocido de los capitanes romanos, que habían sido testigos de sus hazañas en la batalla de Canas. Hónrale con palabras y le mantiene con esperanzas. Ordena que se le dé libre entrada en las audiencias, y de tal suerte le deja confundido y obligado, que no tuvo después la república romana más fiel amigo.

Esta disimulación ha de ser con gran atención y prudencia; porque, si cayese en ella el que maquina, creería que era arte para castigarle después, y daría más presto fuego a la mina, o se preservaría con otros medios violentos. Lo cual es más de temer en los tumultos y delitos de la multitud. Por esto Fabio Valente, aunque no castigó los autores de una sedición, dejó que algunos fuesen acusados. Pero, como quiera que difícilmente se limpia el ánimo de las traiciones concebidas, y que las ofensas a la majestad no se deben dejar sin castigo, parece que solamente conviene disimular cuando es mayor el peligro de la declaración o imposible el castigar a muchos. Esto consideraría Julio César cuando, habiendo desvalijado un correo despachado a Pompeyo con cartas de la nobleza romana contra él, mandó quemar la valija, teniendo por dulce manera de perdón ignorar el delito. Gran acto de magnanimidad y gran prudencia: no pudiendo castigar a tantos, no obligarse a disimular con ellos. Podríase también hacer luego la demostración del castigo con los de baja condición y disimular con los ilustres, esperando más segura ocasión para castigarlos. Pero, cuando no hay peligro en el castigo, mejor es asegurar con él que confiar en la disimulación; porque ésta suele dar mayor brío para la traición. Trataba Hanón de dar veneno al senado de Cartago. Y, sabida la traición, pareció a aquellos senadores que bastaba acudir al remedio promulgando una ley que ponía tasa a los convites. Lo cual dio ocasión a Hanón para que intentase otra nueva traición contra ellos.

§ El arte y astucia más conveniente en el príncipe y la disimulación más permitida y necesaria es aquella que de tal suerte sosiega y compone el rostro, las palabras y acciones contra quien disimuladamente trata de engañarle, que no conozca haber sido entendido; porque se gana tiempo para penetrar mejor y castigar o burlar el engaño, haciendo esta disimulación menos solícito al agresor, el cual, una vez descubierto, entra en temor, y le parece que no puede asegurarse si no es llevando al cabo sus engaños; que es lo que obligó a Agripina a no darse por entendida de la muerte que le había trazado su hijo Nerón, juzgando que en esto consistía su vida. Esta disimulación o fingida simplicidad es muy necesaria en los ministros que asisten a príncipes demasiadamente astutos y doblados, que hacen estudio de que no sean penetradas sus artes; en que fue gran maestro Tiberio. De ella se valieron los senadores de Roma cuando el mismo Tiberio, muerto Augusto, les dio a entender (para descubrir sus ánimos) que no quería aceptar el imperio porque era grave su peso. Y ellos con estudiosa ignorancia y con provocadas lágrimas procuraban inducirle a que le aceptase, temiendo no llegase a conocer que penetraban sus artes. Aborrecen los príncipes injustos a los que entienden sus malas intenciones, y los tienen por enemigos. Quieren un absoluto imperio sobre los ánimos, no sujeto a la inteligencia ajena, y que los entendimientos de los súbditos les sirvan tan vilmente como sus cuerpos, teniendo por obsequio y reverencia que el vasallo no entienda sus artes. Por lo cual es ilícito y peligroso obligar al príncipe a que descubra sus pensamientos ocultos. Lamentándose Tiberio de que vivía poco seguro de algunos senadores, quiso Asinio Galo saber dél los que eran, para que fuesen castigados; y Tiberio llevó mal que con aquella pregunta intentase descubrir lo que ocultaba. Más advertido fue Germánico, que, aunque conocía las artes de Tiberio, y que le sacaba de Alemania por cortar el hilo de sus glorias, obedeció sin darse por entendido. Cuando son inevitables los mandatos del príncipe, es prudencia obedecerlos y afectar la ignorancia, porque no sea mayor el daño. Por esto Arquelao, aunque conoció que la madre de Tiberio le llamaba a Roma con engaño, disimuló y obedeció, temiendo la fuerza si pareciese haberlo entendido. Esta disimulación es más necesaria en los errores y vicios del príncipe; porque aborrece al que es testigo o sabidor de ellos. En el banquete donde fue envenenado Británico huyeron los imprudentes. Pero los de mayor juicio se estuvieron quedos mirando a Nerón, porque no se infiriese que conocían la violencia de aquella muerte, sino que la tenían por natural.




ArribaAbajoEmpresa 45

Y sin asegurarse en fe de la majestad. Non Maiestate securus


El león (cuerpo de esta Empresa) fue entre los egipcios símbolo de la vigilancia, como son los que se ponen en los frontispicios y puertas de los templos. Por esto se hizo esculpir Alejandro Magno en las monedas con una piel de león en la cabeza, significando que en él no era menor el cuidado que el valor; pues, cuando convenía no gastar mucho tiempo en el sueño, dormía tendido el brazo fuera de la cama con una bola de plata en la mano, que en durmiéndose le despertase cayendo sobre una bacía de bronce. No fuera señor del mundo, si se durmiera y descuidara, porque no ha de dormir profundamente quien cuida del gobierno de muchos.


Non decet ignavum tota producere somnum
Nocte virum, sub consilio, sub nomine cuius
Tot populi degunt, cui rerum cura fidesque
Credita summarum.


Homero                


Como el león se reconoce rey de los animales, o duerme poco, o, si duerme, tiene abiertos los ojos. No fía tanto de su imperio ni se asegura tanto de su majestad, que no le parezca necesario fingirse despierto cuando está dormido. Fuerza es que se entreguen los sentidos al reposo. Pero conviene que se piense de los reyes que siempre están velando. Un rey dormido en nada se diferencia de los demás hombres. Aun esta pasión ha de encubrir a sus vasallos y a sus enemigos. Duerma, pero crean que está despierto. No se prometa tanto de su grandeza y poder, que cierre los ojos al cuidado. Astucia y disimulación es en el león el dormir con los ojos abiertos; pero no intención de engañar, sino de disimular la enajenación de sus sentidos. Y, si se engañare quien le armaba asechanzas pensando hallarse dormido, y creyere que está dispierto, suyo será el engaño, no del león, ni indigna esta prevención de su corazón magnánimo, como ni tampoco aquella advertencia de borrar con la cola las huellas para desmentirlas al cazador. No hay fortaleza segura si no está vigilante el recato. El mayor monarca con mayor cuidado ha de coronar su frente, no con la candidez de las palomas más sencillas, sino con la prudencia de las recatadas serpientes; porque, no de otra suerte que cuando se presenta en la campaña el león se retiran de sus contiendas los animales, deponiendo sus enemistades naturales, y, coligados entre sí, se conjuran contra él, así todos se arman y ponen acechanzas al más poderoso. Ninguna grandeza más peligrosa al reino de Inglaterra (como también a todos los principados) que la de los holandeses, porque le quitan el arbitrio del mar. Ninguna cosa más dañosa a franceses que la potencia de aquellos Estados rebeldes, la cual, rotos los diques opuestos de España, inundaría el reino de Francia, como lo reconoció la prudencia del rey Enrico Cuarto. Y pudiendo más que sus peligros en ambas Coronas el odio y temor a la monarquía de España, acrecientan aquellas fuerzas, que algún día, con la mudanza y turbación de los tiempos, podrán temer contra sí. Los peligros presentes dan más cuidado que los futuros, aunque éstos sean mayores. El temor embaraza los sentidos, y no deja al entendimiento discurrir en lo que ha de ser. Una vana desconfianza prevalece contra la mayor razón de Estado. El arbitrio de la Corona de España en Italia es preservativo de los achaques que padece la libertad de Génova quien asegura el principado de Toscana. El imperio espiritual de la Iglesia se dilata y se conserva por medio de la potencia austríaca. Con ella viven seguros los venecianos de la tiranía del turco, y no sé si lo conocen así algunos consejeros destos príncipes, o si obran siempre en conformidad de esta conveniencia propia, Tales celos, ciegos a la razón, trabajan en su misma ruina. Los que creyeron asegurarse desarmando al emperador Fernando Segundo se vieron después necesitados de las armas que le obligaron a licenciar. Muchas provincias que por razón de Estado procuraron derribar la monarquía romana perdieron la libertad en su caída.

§ No se fíe el príncipe poderoso en las demostraciones con que los demás le reverencian; porque todo es fingimiento y diferente de lo que parece. El agrado es lisonja; la adoración, miedo; el respeto, fuerza; y la amistad, necesidad. Todos con astucia ponen asenchanzas a su sencilla generosidad con que juzga a los demás. Todos le miran a las garras y le cuentan las presas. Todos velan por vencerle con el ingenio, no pudiendo con la fuerza. Pocos o ninguno le trata verdad, porque al que se teme no se dice. Y así, no debe dormir en confianza de su poder. Deshaga el arte con el arte y la fuerza con la fuerza. El pecho magnánimo prevenga disimulado y cauto, y resista valeroso y fuerte los peligros.

§ Aunque en esta Empresa permitimos y aun juzgamos necesarias las artes de la disimulación con las circunstancias dichas, mejor están (cuando se pueden excusar) en los ministros que en los príncipes; porque en éstos hay una oculta divinidad que se ofende de este cuidado. Es ordinariamente la disimulación hija del temor y de la ambición y ni ésta ni aquél se han de descubrir en el príncipe. Lo que ha de cautelar la disimulación, cautele el silencio recatado y la gravedad advertida. Más amado es el príncipe a quien tienen todos por cauto, pero que obra con sencillez real. Todos aborrecen el artificio, y a todos es grato el proceder naturalmente con una bondad ingenua, como en Petronio lo advirtió Tácito.




ArribaAbajoEmpresa 46

Reconozca los engaños de la imaginación. Fallimur opinione


A la vista se ofrece torcido y quebrado el remo debajo de las aguas, cuya refracción causa este efecto. Así nos engaña muchas veces la opinión de las cosas. Por esto la academia de los filósofos escépticos lo dudaba todo, sin resolverse a afirmar por cierta alguna cosa. ¡Cuerda modestia y advertida desconfianza del juicio humano! Y no sin algún fundamento, porque para el conocimiento cierto de las cosas dos disposiciones son necesarias: de quién conoce y del sujeto que ha de ser conocido. Quien conoce es el entendimiento, el cual se vale de los sentidos externos e internos, instrumentos por los cuales se forman las fantasías. Los externos se alteran y mudan por diversas afecciones, cargando más o menos los humores. Los internos padecen también variaciones, o por la misma causa o por sus diversas organizaciones; de donde nacen tan desconformes opiniones y pareceres como hay en los hombres, comprendiendo cada uno diversamente las cosas, en las cuales también hallaremos la misma incertidumbre y variación; porque, puestas aquí o allí, cambian sus colores y formas, o por la distancia o por la vecindad, o porque ninguna es perfectamente simple, o por las mixtiones naturales y especies que se ofrecen entre los sentidos y las cosas sensibles. Y así de ellas no podemos afirmar que son, sino decir solamente que parecen, formando opinión y no ciencia. Mayor incertidumbre hallaba Platón en ellas, considerando que en ninguna estaba aquella naturaleza purísima y perfectísima que está en Dios; de las cuales, viviendo, no podíamos tener conocimiento cierto, y solamente veíamos estas cosas presentes, que eran reflejos y sombras de aquéllas, y que así era imposible reducirlas a ciencia. No deseo que el príncipe sea de la escuela de los escépticos, porque quien todo lo duda nada resuelve, y ninguna cosa más dañosa al gobierno que la indeterminación en resolver y ejecutar. Solamente le advierto que con recato político esté indiferente en las opiniones, y crea que puede ser engañado en el juicio que hiciere de ellas, o por amor o pasión propia, o por siniestra información, o por los halagos de la lisonja, o porque le es odiosa la verdad que le limita el poder y da leyes a su voluntad, o por la incertidumbre de nuestro modo de aprehender, o porque pocas cosas son como parecen, principalmente las políticas, habiéndose ya hecho la razón de Estado un arte de engañar y de no ser engañado, con que es fuerza que tengan diversas luces. Y así, más se deben considerar que ver, sin que el príncipe se mueva ligeramente por apariencias y relaciones.

§ Estos engaños y artes políticas no se pueden conocer si no se conoce bien la naturaleza del hombre, cuyo conocimiento es precisamente necesario al que gobierna para saber regirle y guardarse dél; porque, si bien es invención de los hombres el principado, en ellos peligra, y ningún enemigo mayor del hombre que el hombre. No acomete el águila al águila, ni un áspid a otro áspid, y el hombre siempre maquina contra su misma especie. Las cuevas de las fieras están sin defensa, y no bastan tres elementos a guardar el sueño de las ciudades, estando levantada en muros y baluartes la tierra, el agua reducida a fosos, y el fuego incluido en bombardas y artillería. Para que unos duerman, es menester que velen otros. ¿Qué instrumentos no se han inventado contra la vida, como si por sí misma no fuese breve y sujeta a los achaques de la Naturaleza? Y si bien se hallan en el hombre, como sujeto suyo, todas las semillas de las virtudes y las de los vicios, es con tal diferencia, que aquéllas ni pueden producirse ni nacer sin el rocío de la gracia sobrenatural, y éstas por sí mismas brotan y se extienden: efecto y castigo del primer error del hombre. Y como casi siempre nos dejamos llevar de nuestros afectos y pasiones, que nos inducen al mal y en las virtudes no hay el peligro que en los vicios, por eso señalaremos aquí al príncipe una breve descripción de la naturaleza humana cuando se deja llevar de la malicia.

Es, pues, el hombre el más inconstante de los animales, a sí y a ellos dañoso. Con la edad, la fortuna, el interés y la pasión, se va mudando. No cambia más semblantes el mar que su condición. Con especie de bien yerta, y con amor propio persevera. Hace reputación la venganza y la crueldad. Sabe disimular y tener ocultos largo tiempo sus afectos. Con las palabras, la risa y las lágrimas encubre lo que tiene en el corazón. Con la religión disfraza sus designios, con el juramento los acredita y con la mentira los oculta. Obedece al temor y a la esperanza. Los favores le hacen ingrato, el mando soberbio, la fuerza vil y la ley rendido. Escribe en cera los beneficios, las injurias recibidas en mármol, y las que hace en bronce. El amor le gobierna, no por caridad, sino por alguna especie de bien. La ira le manda. En la necesidad es humilde y obediente, y fuera de ella arrogante y despreciador. Lo que en sí alaba o afecta, le falta. Se juzga fino en la amistad, y no la sabe guardar. Desprecia lo propio y ambiciona lo ajeno. Cuanto más alcanza, más desea. Con las gracias o acrecentamientos ajenos le consume la envidia. Más ofende con especie de amigo que de enemigo. Ama en los demás el rigor de la justicia, y en sí le aborrece.

Esta descripción de la naturaleza del hombre es universal, porque no todos los vicios están en uno, sino repartidos. Pero, aunque parezca al príncipe que alguno está libre de ellos, no por eso deje de recatarse dél, porque no es seguro el juicio que se hace de la condición y natural de los hombres. La malicia se pone la máscara de la virtud para engañar. Y el mejor hombre suele faltar a sí mismo o por la fragilidad humana o por la inconstancia de las edades o por la necesidad e interés o por imprudencia y falta de noticia. Con que alguna vez no son menos dañosos los buenos que los malos. Y en duda, es más conforme a la prudencia estar de parte del peligro, imaginándose el príncipe (no para ofender, sino para guardarse) que, como dijo Ezequiel, le acompañan engañadores y que vive entre escorpiones, cuyas colas están siempre dispuestas a la ofensa, meditando los modos de herir. Tales suelen ser los cortesanos; porque casi todos procuran adelantar sus pretensiones con el engaño del príncipe o con descomponer a los beneméritos de su gracia y favores por medio de su mismo poder. ¡Cuántas veces, interpuestas las olas de la envidia o emulación entre los ojos del príncipe y las acciones de su ministro, las juzgó por torcidas e infieles, siendo derechas y encaminadas a su mayor servicio! Padeció la virtud, perdió el príncipe un buen ministro, y logró sus artes la malicia. Y para que prácticamente las conozca, y no consienta el agravio de la inocencia, pondré aquí las más frecuentes.

Son algunos cortesanos tan astutos y disimulados, que parece que excusan los defectos de sus émulos, y los acusan. Así reprendió Augusto los vicios de Tiberio.

Otros hay que para encubrir su malicia y acreditarla con especie de bondad, entran, a título de obligación o amistad, por las alabanzas, refiriendo algunas del ministro a quien procuran descomponer, que son de poca sustancia o no importan al príncipe. Y de ellas con fingida disimulación de celo de su servicio, dando a entender que le prefieren a la amistad, pasan a descubrir los defectos que pueden moverle a retirarle de su gracia o del puesto que ocupa. Cuando no es esto por ambición o malicia, es por acreditarse con los defectos que acusa en el amigo, y adquirir gloria para sí e infamia para él. Muy bien estuvo en estas sutilezas maliciosas aquel sabio rey de Nápoles don Alonso, cuando, oyendo a uno alabar mucho a su enemigo, dijo: «Observad el arte deste hombre, y veréis cómo sus alabanzas son para hacerle más daño». Y así sucedió, habiendo primero procurado con ellas acreditar su intención por espacio de seis meses, para que después se le diese fe a lo que contra él había de decir. ¿Qué engañosa mina se retiró a obrar más lejos del muro donde había de ejecutar su efecto? Peores son estos amigos que alaban, que los enemigos que murmuran. Otros, para engañar más cautamente, alaban en público y disfaman en secreto.

No es menos malicioso el artificio de los que adornan de tal suerte las calumnias, que, siendo acusaciones, parecen alabanzas, como en el Tasso hacía Aleto.


Gran fabro di calunnie, adorne in modi
Novi, che sono accuse, e paion lodi.



A éstos señaló el salmista cuando dijo que se habían convertido en arco torcido. Según el profeta Oseas, en arco fraudulento, que apunta a una parte y hiere a otra.

Algunos alaban a sus émulos con tal modo y acciones, que se conozca que no sienten así lo mismo que están alabando, como se conocía en Tiberio cuando alababa a Germánico.

En otros, tales aprobaciones son para poner su enemigo en cargo donde se pierda o donde esté lejos, aunque sea con mayor fortuna; que es lo que obligó a Ruy Gómez (creo que tendría también otras razones) a votar que pasase a Flandes el duque de Alba, don Fernando, cuando se rebelaron aquellos Estados. Con la misma intención alabó Murciano en el Senado a Antonio Primo, y le propuso para el gobierno de España Citerior. Y para facilitarlo más, repartió oficios y dignidades entre sus amigos. Es muy liberal la emulación cuando quiere quitarse de delante a quien, u oscurece sus glorias, o impide sus conveniencias. Ola es, que al que no puede anegar saca a las orillas de la fortuna.

Algunas veces las alabanzas son con ánimo de levantar envidiosos que persigan al alabado. ¡Extraño modo de herir con los vicios ajenos!

§ Muchos hay que quieren introducir hechuras propias en los puestos sin que se pueda penetrar su deseo. Y, para conseguirlo, afean en ellos algunas faltas personales y ligeras, y alaban y exageran otras que son a propósito para el puesto. Y a veces los favorecen como a no conocidos, como Lacón a Pisón, para que Galba le adoptase.

Otros, a lo largo, por encubrir su pasión, arrojan odios, y van poco a poco cebando con ellos el pecho del príncipe, para que, lleno, rebose en daño de su enemigo. De estas artes usaba Seyano para descomponer con Tiberio a Germánico. Y parece que las acusó el Espíritu Santo debajo de la metáfora de arar las mentiras, que es lo mismo que sembrar en los ánimos la semilla de la cizaña, para que nazca después, y se coja a su tiempo el fruto de la malicia.

No con menor astucia suelen algunos engañar primero a los ministros de quien más se fía el príncipe, dándoles a creer falsedades que impriman en él. Arte fue ésta de aquel espíritu mentiroso que en la visión del profeta Miqueas propuso que engañaría al rey Acab infundiéndose en los labios de sus profetas. Y lo permitió Dios como medio eficaz.

Tal vez se hace uno de la parte de los agravios hechos al príncipe, y le aconseja la venganza, o porque así la quiere tomar de su enemigo con el poder del príncipe, o porque le quiere apartar de su servicio y hacerle disidente. Con este artificio don Juan Pacheco persuadía al rey don Enrique el Cuarto que prendiese a don Alonso Fonseca, arzobispo de Sevilla, y después le avisó de secreto que se guardase del rey.

§ Estas artes suelen lograrse en las Cortes. Y, aunque alguna vez se descubran, tienen valedores, y hay quien vuelva a dejarse engañar. Con que vemos mantenerse mucho tiempo los embusteros: flaqueza es de nuestra naturaleza depravada, la cual se agrada más de la mentira que de la verdad. Más nos lleva los ojos y la admiración un caballo pintado que un verdadero, siendo aquél una mentira de éste. ¿Qué es la elocuencia vestida de tropos y figuras sino una falsa apariencia y engaño, y nos suele persuadir a lo que nos está mal? Todo esto descubre el peligro de que yerre la opinión del príncipe entre semejantes artificios y relaciones, si no las examinare con particular atención, manteniendo entre tanto indiferente el crédito, hasta que no solamente vea las cosas, sino las toque, y principalmente las que oyere; porque entran por las orejas el aura de la lisonja y los vientos del odio y envidia, y fácilmente alteran y levantan las pasiones y afectos del ánimo, sin dar tiempo a la averiguación. Y así, convendría que el príncipe tuviese las orejas vecinas a la mente y a la razón, como la que tiene la lechuza (quizás también dedicada por esto a Minerva), que le nace de la primera parte de la cabeza, donde está la celda de los sentidos, porque todos son menester para que no nos engañe el oído. Dél ha de cuidar mucho el príncipe, porque, cuando están libres de afectos las orejas, y tiene en ellas su tribunal la razón, se examinan bien las cosas, siendo casi todas las del gobierno sujetas a la relación. Y así nos parece verosímil lo que dijo Aristóteles de las abejas, que no oían, porque sería de gran inconveniente en un animal tan advertido y político, siendo los oídos y los ojos los instrumentos por donde entra la sabiduría y la experiencia. Ambos son menester para que no nos engañe la pasión, o el natural e inclinación. A los moabitas les parecía de sangre el torrente de agua donde reverberaba el sol, llevados de su afecto. Un mismo rumor del pueblo sonaba a los oídos belicosos del Josué como clamor de batalla, y a los de Moisés, quietos y pacíficos, como música. Por esto Dios, aunque tiene presentes las cosas, quiso averiguar con los ojos la voz que oía de los de Sodoma y Gomorra. Cuando, pues, aplicare el príncipe a las cosas las manos, los ojos y las orejas, o no podrá errar o tendrá disculpa. De todo esto se puede conocer cuán errado era el simulacro de los tebanos con que significaban las calidades de sus príncipes, porque tenía orejas, pero no ojos, siendo tan necesarios éstos como aquéllas; las orejas, para la noticia de las cosas; los ojos, para la fe de ellas. En que son más fieles los ojos, porque dista tanto la verdad de la mentira cuanto distan los ojos de las orejas.

§No es menester menos diligencia y atención para averiguar, antes que el príncipe se empeñe la verdad de los arbitrios y medios propuestos sobre sacar dinero de los reinos o mejorar el gobierno, o sobre otros negocios pertenecientes a la paz y a la guerra; porque suelen tener por fin intereses particulares, y no siempre corresponden los efectos a lo que imaginamos y presuponemos. El ingenio suele aprobar los arbitrios, y la experiencia los reprueba. Despreciarlos sería imprudencia; porque uno que sale acertado recompensa la vanidad de los demás. No gozara España del imperio de un nuevo orbe, si los Reyes Católicos no hubiesen dado crédito (como lo hicieron otros príncipes) a Colón. El creerlos ligeramente y obrarlos luego, como si fueran seguros, es ligereza o locura. Primero se debe considerar la calidad de la persona que los propone, qué experiencia hay de sus obras, qué fines puede tener el engaño, qué utilidades en el acierto, con qué medios piensa conseguirlo y en qué tiempo. Por no haber hecho estas diligencias Nerón, fue burlado del que le dijo haber hallado un gran tesoro en África. Muchas cosas propuestas parecen al principio grandes, y se hallan después vanas e inútiles. Muchas son ligeras, de las cuales resultan grandes beneficios. Muchas, experimentadas en pequeñas formas, no salen en las mayores. Muchas parecen fáciles a la razón, y son dificultosas en la obra. Muchas en sus principios son de daño, y en sus fines de provecho, y otras al contrario. Y muchas suceden diversamente en el hecho de lo que se presuponía antes.

§ El vulgo torpe y ciego no conoce la verdad, si no topa con ella, porque forma ligeramente sus opiniones, sin que la razón prevenga los inconvenientes, esperando a tocarlas cosas con las manos para desengañarse con el suceso, maestro de los ignorantes. Y así, quien quisiere apartar al vulgo de sus opiniones con argumentos perderá el tiempo y el trabajo. Ningún medio mejor que hacerle dar de ojos en sus errores, y que los toque, como se hace con los caballos espantadizos, obligándolos a que lleguen a reconocer la vanidad de la sombra que los espanta. De este consejo usó Pacuvio para sosegar el pueblo de Capua, conmovido contra el Senado. Encierra los senadores en una sala, estando de acuerdo con ellos, junta el pueblo y le dice: «Si deseáis remover y castigar a los senadores, ahora es tiempo, porque a todos los tengo debajo de esta llave y sin armas; pero convendrá que sea uno a uno, eligiendo otro en su lugar, porque ni un instante puede estar sin cabezas esta república». Echa los nombres en una urna, saca uno por suerte, pide al pueblo lo que se ha de hacer dél. Crecen las voces y los clamores contra él. Y todos le condenan a muerte. Díceles que elijan otro. Confúndense entre sí. Y no saben a quién proponer. Si alguno es propuesto, hallan en él grandes defectos. Sucede lo mismo en la segunda y tercera elección, sin llegar a concordarse, y al fin su misma confusión les advirtió que era mejor conformarse con el mal que ya habían experimentado, que intentar el remedio. Y mandan que sean sueltos los senadores. Es el pueblo furioso en sus opiniones, y tal vez (cuando se puede temer algún daño o inconveniente notable) es gran destreza del príncipe gobernarle con su misma rienda, e ir al paso de su ignorancia. También se reduce el pueblo poniéndole delante los daños de otros casos semejantes, porque se mueve más por el ejemplo que por la razón.




ArribaAbajoEmpresa 47

Los que se introducen con especie de virtud. Et iuvisse nocet


Aun en las virtudes hay peligro: estén todas en el ánimo del príncipe, pero no siempre en ejercicio. La conveniencia pública le ha de dictar el uso de ellas, el cómo y el cuándo. Obradas sin prudencia, o pasan a ser vicios, o no son menos dañosas que ellos. En el ciudadano miran a él solo. En el príncipe, a él y a la república. Con la conveniencia común, no con la propia, han de hacer consonancia. La ciencia civil prescribe términos a la virtud del que manda y del que obedece. En el ministro no tiene la justicia arbitrio. Siempre se ha de ajustar con la ley. En el príncipe, que es el alma de ella, tiene particulares consideraciones que miran al gobierno universal. En el súbdito nunca puede ser exceso la conmiseración. En el príncipe puede ser dañosa. Para mostrarlo en esta Empresa se formó de la caza de las cornejas, que refieren Sanázaro y Garcilaso usaban los pastores. La cual enseña a los príncipes el recato con que deben entrar a la parte de los trabajos y peligros ajenos. Ponían una corneja en tierra ligada por las puntas de las alas, la cual, en viendo pasar la bandada de las demás por el aire, levantaba las voces, y con clamores las obligaba a que bajasen a socorrerla, movidas de piedad.


Cercábanla, y alguna, más piadosa
Del mal ajeno de la compañera
Que del suyo avisada o temerosa,
Llegábase muy cerca, y la primera
Que esto hacía pagaba su inocencia
Con prisión o con muerte lastimera.


Garcilaso                


Porque la que estaba fija en tierra se asía de la otra para librarse, y ésta de la que con la misma compasión se le acercaba, quedando todas perdidas unas por otras. En que también tenía su parte la novedad del caso; porque a veces es curiosidad o natural movimiento de inquietud lo que parece compasión. En las miserias y trabajos de los príncipes extranjeros muévanse a sus voces y lamentos los ojos y el corazón bañados de piedad, y tal vez los oficios. Pero no las manos armadas ligeramente en su defensa. Que se aventure un particular por el remedio de otro, fineza es digna de alabanza, pero de reprensión en un príncipe si empeñase la salud pública por la de otro príncipe sin suficientes conveniencias y razones de Estado. Y no bastan las que impone el parentesco o la amistad particular, porque primero nadó el príncipe para sus vasallos que para sus parientes o amigos. Bien podrá asistirlos, pero sin daño o peligro considerable. Cuando es la asistencia en peligro tan común, que la caída del uno lleva tras sí la del otro, no hay causa de obligación o piedad que la pueda excusar de error. Pero cuando los intereses son entre sí tan unidos, que, perdiendo el uno, se pierde el otro, su causa hace quien le socorre, y más prudencia es (como hemos dicho) oponerse al peligro en el Estado ajeno que aguardarle en el propio. Cuando también conviniese al bien y sosiego público socorrer al oprimido, debe hacerlo el príncipe más poderoso; porque la justicia entre los príncipes no puede recurrir a los tribunales ordinarios, y le tiene en la autoridad y poder del más soberano, el cual no debe dejarse llevar de la política de que estén trabajados los demás príncipes, para estar más seguros con sus disensiones, o para fabricarse mayor fortuna con sus ruinas; porque aquel supremo juez de las intenciones las castiga severamente.

En estos casos es menester gran prudencia, pesando el empeño con la conveniencia, sin que hagamos ligeramente propio el peligro ajeno, o nos consumamos en él, porque después no hallaremos la misma correspondencia. Compadecida España de los males del Imperio, le ha asistido con su sangre y con sus tesoros; de donde le han resultado las invasiones que Francia ha hecho en Italia, Flandes, Borgoña y España. Y, habiendo hoy caído sobre la monarquía toda la guerra, no lo reconocen algunos en Alemania, ni aun piensan que ha sido por su causa.

§ La experiencia, pues, en propios y ajenos daños nos puede hacer recatados en la conmiseración y en las finezas. ¡Cuántas veces nos perdimos, y perdimos al amigo, por ofrecernos voluntariamente al remedio de sus trabajos, ingrato después al beneficio! ¡Cuántas veces contrajeron el odio del príncipe los que más se desvelaron en hacerle extraordinarios servicios! Hijo adoptivo era Germánico de Tiberio destinado a sucederle en el imperio y tan fino en su servicio, que tuvo por infamia que las legiones le ofreciesen el imperio. Y porque le obligaban a ello, se quiso atravesar el pecho con su propia espada. Y cuanto más fiel se mostraba en su servicio, menos grato era a Tiberio. Su atención en sosegar las legiones con donativos le daba cuidado. Su piedad en sepultar las reliquias del ejército de Varo le parecía pretensión al Imperio. La misericordia de su mujer Agripina en vestir los soldados, ambición de mandar. Todas las acciones de Germánico interpretaba siniestramente. Conoció Germánico este odio, y que con especie de honor le retiraba de las glorias de Alemania, y procuró obligarle más con la obediencia y sufrimiento. Pero esto mismo le hacía más odioso, hasta que, oprimido el agradecimiento con el peso de la obligación, le envió a las provincias de Oriente, exponiéndole al engaño y peligro, donde le avenenó por medio de Pisón, teniendo por felicidad propia la muerte de quien era la coluna de su imperio. Ídolos son algunos príncipes, cuyos ojos (como advirtió Jeremías) ciegan con el polvo de los mismos que entran a adorarlos y no reconocen servicios. Y lo peor es que ni aun quieren ser vencidos de ellos, ni que su libertad esté sujeta al mérito, y con varias artes procuran desempeñarla. Al que más ha servido le hacen cargos, para que, reducida a defensa la pretensión, no importune con ella, y tenga por premios el ser absuelto. Se muestran mal satisfechos de los mismos servicios que están interiormente aprobando, por no quedar obligados, o los atribuyen a sus órdenes. Y tal vez después de alcanzado lo mismo que deseaban y mandaron, se arrepienten y se desdeñan con quien lo facilitó, como si se hubiera hecho de motivo propio. No hay quien pueda sondear la condición de los príncipes: golfo profundo y vario, que se altera hoy con lo mismo que se calmó ayer. Los bienes del ánimo y fortuna, los agasajos y honores, unas veces son para ellos mérito y otras injuria y crimen. Fácilmente se cansan con las puntualidades. Aun en Dios fue peligrosa la del sacerdote Ozas en arrimar el hombro al arca del Testamento, que se trastornaba, y le costó la vida. Más suelen los príncipes premiar descuidos que atenciones, y más honran al que menos les sirve. Por servidumbre tienen el dejarse obligar. Y por de menos peso la ingratitud que el agradecimiento. Las finezas y liberalidades que usó Junio Bleso con el emperador Vitelio, le causaron el odio en vez de la gracia. Pasa a Constantinopla aquel insigne varón Rugier, cabo de la gente catalana que asistió al rey don Fadrique de Sicilia, llamado del emperador Andrónico para defenderle el imperio. Hace en su servicio increíbles hazañas con su valerosa nación, aunque pocos en número. Líbrale de la invasión de los turcos. Y cuando esperaba el premio de tantas victorias, le mandó matar por muy ligera causa. Cualquier ofensa o disgusto, aunque pequeño, puede más que los mayores beneficios; porque con el agradecimiento se agrava el corazón, con la venganza se desfoga. Y así, somos más fáciles a la venganza que al agradecimiento. Ésta es la infelicidad de servir a los príncipes, que no se sabe en qué se merece o desmerece con ellos. Y, si por lo que nos enseñan las historias, y por los daños que nos resultan de las finezas, hubiésemos de formar una Política, sería menester hacer distinción entre las virtudes, para saber usar de ellas sin perjuicio nuestro, considerando que, aunque todas están en nosotros como en supuesto suyo, no todas obran dentro de nosotros; porque unas se ejercitan fuera y otras internamente. Éstas son la fortaleza, la paciencia, la modestia, la humildad, la religión, y otras, entre las cuales son algunas de tal suerte para nosotros, que en ellas no tienen más parte los de afuera que la seguridad para el trato humano y la estimación por su excelencia, como sucede en la humildad, en la modestia y en la benignidad. Y así, cuanto fuere mayor la perfección de estas virtudes, tanto más nos ganará los ánimos y el aplauso de los demás, como sepamos conservar el decoro. Otras de estas virtudes, aunque obran dentro de nosotros en los casos propios, suele también depender su ejercicio de las acciones ajenas, como la fortaleza y la magnanimidad. En éstas no hay peligro cuando las gobierna la prudencia, que da el tiempo y el modo a las virtudes; porque la entereza indiscreta suele ser dañosa a nuestras conveniencias, perdiéndonos con especie de reputación y gloria. Y entre tanto, se llevan los premios y el aplauso los que más atentos sirvieron al tiempo, a la necesidad y a la lisonja.

En el uso de las virtudes que tienen su ejercicio en el bien ajeno, como la generosidad y la misericordia, se suele peligrar o padecer, porque no corresponde a ellas el premio de los príncipes ni el agradecimiento y buena correspondencia de los amigos y parientes. Antes, creyendo por cierto que aquéllos estimarán nuestros servicios, y que éstos aventurarán por nosotros en el peligro y necesidad las haciendas y las vidas, fundamos esta falsa opinión en obligación propia, y para satisfacer a ella no reparamos en perdernos por ellos. Pero cuando nos vemos en alguna calamidad, se retiran y nos abandonan. En los trabajos de Job sólo tres amigos le visitaron, y éstos inspirados de Dios. Pero no le asistieron con obras, sino con palabras y exhortaciones pesadas que le apuraron la paciencia. Mas cuando volvió Dios a él sus ojos piadosos, y empezó a multiplicar sus bienes, se entraron por sus puertas todos sus parientes, hasta los que solamente le conocían de vista, y se sentaron a su mesa, para tener parte en sus prosperidades.

Este engaño, con especie de bien y de buena correspondencia y obligación, ha perdido a muchos; los cuales, creyendo sembrar beneficios, cogieron ingratitudes y odios, haciendo de amigos enemigos, con que después vivieron y murieron infelices. El Espíritu Santo dijo que daba a clavar su mano y se enlazaba y hacía esclavo con sus mismas palabras quien salía fiador por su amigo. Y nos amonesta que delante dél estemos con los ojos abiertos, guardándonos de sus manos, como se guardan el gamo y el ave de las del cazador. Haz bien y guárdate, es proverbio castellano, hijo de la experiencia. No sucede esto a los que viven para sí solos, sin que la misericordia y caridad los mueva al remedio de los males ajenos. Hácense sordos y ciegos a los gemidos y a los casos, huyendo las ocasiones de mezclarse en ellos. Con lo cual viven libres de cuidados y trabajos, y, si no hacen grandes amigos, no pierden a los que tienen. No serán estimados por lo que obran, pero sí por lo que dejan de obrar, teniéndolos por prudentes los demás. Fuera de que naturalmente hacemos más estimación de quien no nos ha menester, y, despreciándonos, vive consigo mismo. Y así parece que, conocido el trato ordinario de los hombres, nos habíamos de estar quedos a la vista de sus males, sin darnos entendidos, atendiendo solamente a nuestras conveniencias, y a no mezclarlas con el peligro y calamidad ajena. Pero esta política sería opuesta a las obligaciones cristianas, a la caridad humana, y a las virtudes más generosas y que más nos hacen parecidos a Dios. Con ella se disolvería la compañía civil, que consiste en que cada uno viva para sí y para los demás. No ha menester la virtud las demostraciones externas. De sí misma es premio bastante, siendo mayor su perfección y su gloria cuando no es correspondida; porque hacer bien por la retribución, es especie de avaricia, y cuando no se alcanza, queda un dolor intolerable en el corazón. Obremos, pues, solamente por lo que debemos a nosotros mismos, y seremos parecidos a Dios, que hace siempre bien aun a los que no son agradecidos. Pero es prudencia estar con tiempo advertidos de que a una correspondencia buena corresponde una mala; porque vive infeliz el que se expuso al gasto, al trabajo o al peligro ajeno, y, creyendo coger agradecimiento, cogió ingratitudes. Al que tiene conocimiento de la naturaleza y trato ordinario de los hombres no le halla nuevo este caso, y, como le vio antes, previno su golpe, y no quedó ofendido dél.

§También debemos considerar si es conveniencia del amigo empeñarnos en su defensa; porque a veces le hacemos más daño con nuestras diligencias, o por importunas o por imprudentes, queriendo parecer bizarros y finos por ellos; con que los perdemos y nos perdemos. Esta bizarría, dañosa al mismo que la hace, reprimió Trasea, aunque era a favor suyo, en Rústico Aruleno, para que no rogase por él, sabiendo que sus oficios serían dañosos al intercesor y vanos al reo.

§ No es menos imprudente y peligroso el celo del bien público y de los aciertos del príncipe cuando, sin tocarnos por oficio o sin esperanzas del remedio, nos entremetemos, sin ser llamados, en sus negocios e intereses con evidente riesgo nuestro. No quiero que inhumanos estemos a la vista de los daños ajenos, ni que vilmente sirva nuestro silencio a la tiranía y al tiempo, sino que no nos perdamos imprudentemente, y que sigamos los pasos de Lucio Pisón, que en tiempos tiranos y calumniosos supo conservarse con tal destreza, que no fue voluntariamente autor de consejos serviles. Y, cuando le obligaba la necesidad, contemporizaba en algo con gran sabiduría, para moderarlos mejor. Muchas veces nos anticipamos a dar consejos en lo que no nos toca, persuadidos a que en ellos está el remedio de los males públicos, y no advertimos lo que suele engañar el amor propio de nuestras opiniones, sin las noticias particulares que tienen los que gobiernan y se hallan sobre el hecho. Ninguna cosa más peligrosa que el aconsejar. Aun quien lo tiene por oficio debe excusarlo cuando no es llamado y requerido, porque se juzgan los consejos por el suceso. Y éste pende de accidentes futuros, que no puede prevenir la prudencia. Y lo que sucede mal se atribuye al consejero, pero no lo que se acierta.




ArribaAbajoEmpresa 48

O con la adulación y lisonja. Sub luce lues


¡Qué prevenidos están los príncipes contra los enemigos externos; qué desarmados contra los domésticos! Entre las cuchillas de la guarda les acompañan, y no reparan en ellos. Éstos son los aduladores y lisonjeros, no menos peligrosos sus halagos que las armas de los enemigos. A más príncipes ha destruido la lisonja que la fuerza. ¿Qué púrpura real no roe esta polilla?, ¿qué cetro no barrena esta carcoma? En el más levantado cedro se introduce, y poco a poco le taladra el corazón y da con él en tierra. Daño es que se descubre con la misma ruina. Primero se ve su efecto que su causa: disimulado gusano, que habita en los artesones dorados de los palacios. Al estelión, esmaltada de estrellas la espalda y venenoso el pecho, la compara esta Empresa. Con un manto estrellado de celo que encubre sus fines dañosos se representa al príncipe. Advierta bien que no todo lo que reluce es por buena calidad del sujeto, pues por señal de lepra lo ponen las divinas Letras. Lo podrido de un tronco esparce de noche resplandores. En una dañosa intención se ven apariencias de bondad. Tal vez entre vislumbres de severidad, y amiga de la libertad y opuesta al príncipe, se encubre servilmente la lisonja. Como cuando Valerio Mesala votó que se renovase cada año a Tiberio el juramento de obediencia; y preguntado que con qué orden lo proponía, respondió que de motivo propio, porque en lo que tocase a la república había de seguir siempre su dictamen, aunque fuese con peligro de ofender. Semejante a ésta fue la adulación de Ateyo, cuando, acusado L. Ennio de haber fundido una estatua de plata de Tiberio para hacer vajilla, y no queriendo Tiberio que se admitiese tal acusación, se le opuso, diciendo que no se debía quitar a los senadores la autoridad de juzgar ni dejar sin castigo tan gran maldad; que fuese sufrido en sus sentimientos, y no pródigo en las injurias hechas a la república.

§ Muda el estelión cada año la piel. Con el tiempo, sus consejos la lisonja, al paso que se muda la voluntad del príncipe. Al rey don Alonso Undécimos aconsejaron sus ministros que se apartase de la reina doña Violante, tenida por estéril, fundando con razones la nulidad del matrimonio, y después los mismos le aprobaron, persuadiéndole que volviese a cohabitar con ella.

§ Ningún animal más fraudulento que el estelión, por quien llamaron los jurisconsultos crimen stellionatusa cualquier delito de engaño. ¿Quién los usa mayores que el lisonjero, poniendo siempre lazos a la voluntad, prenda tan principal, que sin ella quedan esclavos los sentidos?

§ No mata el estelión al que inficiona, sino le entorpece y saca de sí, introduciendo en él diversos afectos: calidades muy propias del lisonjero, el cual con varias apariencias de bien encanta los ojos y las orejas del príncipe, o le trae embelesado, sin dejarle conocer la verdad de las cosas. Es el estelión tan enemigo de los hombres, que, porque no se valgan para el mal caduco de la piel que se desnuda, se la come. No quiere el lisonjero que el príncipe convalezca de sus errores, porque el desengaño es hijo de la verdad, y ésta enemiga de la lisonja. Envidia el lisonjero las felicidades del príncipe, y le aborrece como a quien por el poder y por la necesidad le obliga a la servidumbre de la lisonja y disimulación, y a sentir una cosa y decir otra.

§ Gran advertencia es menester en el príncipe para conocer la lisonja, porque consiste en la alabanza, y también alaban los que no son lisonjeros. La diferencia está en que el lisonjero alaba lo bueno y lo malo, y el otro solamente lo bueno. Cuando, pues, viere el príncipe que le atribuyen los aciertos que ose deben a otro o nacieron del caso; que le alaban las cosas ligeras que por sí no lo merecen, las que son más de gusto que de reputación, las que le apartan del peso de los negocios, las que miran más a sus conveniencias que al beneficio público; y que quien así le alaba no se mesura ni entristece, ni le advierte cuando le ve hacer alguna cosa indecente e indigna de su persona y grandeza; que busca disculpa a sus errores y vicios; que mira más a sus acrecentamientos que a su servicio; que disimula cualquier ofensa y desaire por asistirle siempre al lado; que no se arrima a los hombres severos y celosos; que alaba a los que juzga que le son gratos, mientras no puede derribarlos de su gracia; que, cuando se halla bien firme en ella y le tiene sujeto, trata de granjear la opinión de los demás, atribuyéndose a sí los buenos sucesos, y culpando al príncipe de no haber seguido su parecer; que, por ganar crédito con los de afuera, se jacta de haber reprendido sus defectos, siendo el que en secreto los disculpa y alaba, bien puede el príncipe marcar a este tal por lisonjero, y huya dél como del más nocivo veneno que pueda tener cerca de sí, y más opuesto al amor sincero con que debe ser servido.

Pero, si bien estas señas son grandes, suele ser tan ciego el amor propio, que desconoce la lisonja, dejándose halagar de la alabanza, que dulcemente tiraniza los sentidos, sin que haya alguna tan desigual, que no crean los príncipes que se debe a sus méritos. Otras veces nace esto de una bondad floja, que, no advirtiendo los daños de la lisonja, se compadece de ella, y aun la tiene por sumisión y afecto. En que pecaron el rey de Galicia don Fernando, aborrecido de los suyos porque daba oídos a lisonjeros, y el rey don Alonso el Nono, que por lo mismo oscureció la gloria de sus virtudes y hazañas. Por tanto, adviertan los príncipes que puede ser vivan tan engañados del amor propio o de la propia bondad, que aun con las señas dadas no puedan conocer la lisonja. Y así, para conocerla y librarse de ella, revuelvan las historias y noten en sus antepasados y en otros las artes con que fueron engañados de los lisonjeros, los daños que recibieron por ellas, y luego consideren si se usan con ellos las mismas. Sola una vez que el rey Asuero mandó (hallándose desvelado) que le leyesen los anales de su tiempo, le dijeron lo que ninguno se atrevía oyendo en ellos las artes y tiranías de su valido Amán y los servicios de Mardoqueo; aquéllas, ocultadas de lisonja, y éstas de la malicia, con que desengañado castigó al uno y premió al otro. Pero aun en esta lección estén advertidos, no se halle disfrazada la lisonja. Lean por sí mismos las historias, porque puede ser que quien las leyere pase en silencio los casos que habían de desengañarlos, o que trueque las cláusulas y las palabras. ¡Oh infeliz suerte de la majestad, que aun no tiene segura la verdad de los libros, siendo los más fieles amigos del hombre!

§ Procure también el príncipe que lleguen a sus ojos los libelos infamatorios que salieren contra él; porque, si bien los dicta la malicia, los escribe la verdad, y en ellos hallará lo que le encubren los cortesanos, y quedará escarmentado en su misma infamia. Reconociendo Tiberio cuán engañado había sido en no haber penetrado con tiempo las maldades de Seyano, mandó se publicase el testamento de Fulcinio Trío, que era una sátira contra él, por ver, aunque fuese en sus afrentas, las verdades que le encubría la lisonja.

§ No siempre mire el príncipe sus acciones al espejo de los que están cerca de sí. Consulte otros de afuera celosos y severos. Y advierta si es una misma la aprobación de los unos y de los otros; porque los espejos de la lisonja tienen inconstantes y varias las lunas, y ofrecen las especies, no como son, sino como quisiera el príncipe que fuesen. Y es mejor dejarse corregir de los prudentes que engañar de los aduladores. Para esto es menester que pregunte a unos y a otros, y les quite el empacho y el temor, reduciendo a obligación que le digan la verdad. Aun Samuel no se atrevió a decir a Helí lo que Dios le había mandado hasta que se lo preguntó.

Mírese también el príncipe al espejo del pueblo, en quien no hay falta tan pequeña que no se represente porque la multitud no sabe disimular. El rey de Francia Ludovico Cuarto se disfrazaba y mezclaba entre la plebe, y oía lo que decían de sus acciones y gobierno. A las plazas es menester salir para hallar la verdad. Una cosa sola decía el rey Ludovico Onceno de Francia que faltaba en su palacio, que era la verdad. Es ésta muy encogida y poco cortesana, y se retira de ellos, porque se confunde en la presencia real. Por esto Saúl, queriendo consultar a la Pitonisa, mudó de vestiduras, para que más libremente le respondiese, y él mismo le hizo la pregunta, sin fiarla de otro. Lo mismo advirtió Jeroboán cuando, enviando a su mujer al profeta Ahías para saber de la enfermedad de su hijo, le ordenó que se disfrazase, porque, si la conociese, o no le respondería o no le diría la verdad. Ya, pues, que no se halla en las recámaras de los príncipes, menesteres la industria para buscarla en otras partes. Gloria es de los reyes investigar lo que se dice de ellos. El rey Felipe Segundo tenía un criado favorecido, que le refería lo que decían dél dentro y fuera del palacio. Si bien es de advertir que las voces del pueblo en ausencia del príncipe son verdaderas pero a sus oídos muy vanas y lisonjeras, y causa de que corra ciegamente tras sus vicios, infiriendo de aquel aplauso común que están muy acreditadas sus acciones. Ningún gobierno más tirano que el de Tiberio. Ningún valido más aborrecido que Seyano. Y cuando estaban en Capri los requebraba el Senado, pidiéndoles que se dejasen ver. Nerón vivía tan engañado de las adulaciones del pueblo, que creía que no podría sufrir sus ausencias de Roma, aunque fuesen breves, y que le consolaba su presencia en las adversidades, siendo tan mal visto, que dudaban el Senado y los nobles si sería más cruel en ausencia que en presencia.

§ Otros remedios habría para reconocer la lisonja. Pero pocos príncipes quieren aplicarlos, porque se conforman con los afectos y deseos naturales. Y así vemos castigar a los falsarios, y no a los lisonjeros, aunque éstos son más perjudiciales; porque, si aquéllos levantan la ley de las monedas, éstos la de los vicios, y los hacen parecer virtudes. Daño es éste que siempre se acusa, y siempre se mantiene en los palacios, donde es peligrosa la verdad, principalmente cuando se dice a príncipes soberbios, que fácilmente se ofenden. La vida le costó a don Fernando de Cabrera el haber querido desengañar al rey don Pedro el Cuarto de Aragón, sin que le valiesen sus grandes servicios y el haber sido su ayo. El que desengaña, acusa las acciones y se muestra superior en juicio o en bondad. Y no pueden sufrir los príncipes esta superioridad, pareciéndoles que les pierde el respeto quien les habla claramente. Con ánimo sencillo y leal representó Gutierre Fernández de Toledo al rey don Pedro el Cruel lo que sentía de su gobierno, para que moderase su rigor. Y este advertimiento, que merecía premio, le tuvo el rey por tan gran delito, que le mandó cortar la cabeza. Mira el príncipe como a juez a quien le nota sus acciones, y no puede tener delante los ojos al que no le parecieron acertadas. El peligro está en aconsejar lo que conviene, no lo que apetece el príncipe. De aquí nace el encogerse la verdad y el animarse la lisonja.

Pero si algún príncipe fuese tan generoso que tuviese por vileza rendirse a la adulación, y por desprecio que le quieran engañar con falsas apariencias de alabanza, y que hablen más con su grandeza que con su persona, fácilmente se librará de los aduladores, armándose contra ellos de severidad; porque ninguno se atreve a un príncipe grave, que conoce la verdad de las cosas y desestima los vanos honores. Tiberio con igual semblante oyó las libertades de Pisón y las lisonjas de Galo. Pero, si bien disimulaba, conocía la lisonja, como conoció la de Ateyo Cápito, atendiendo más al ánimo que a las palabras. Premie el príncipe con demostraciones públicas a los que ingenuamente le dijeren verdades, como lo hizo Clístenes, tirano de Sicilia, que levantó una estatua a un consejero porque le contradijo un triunfo. Con lo cual granjeó la voluntad del pueblo, y obligó a que los demás consejeros le dijesen sus pareceres libremente. Hallándose el rey don Alonso Duodécimo en un consejo importante, tomó la espada desnuda en la mano derecha y el cetro en la izquierda, y dijo: «Decid todos libremente vuestros pareceres, y aconsejadme lo que fuere de mayor aumento deste cetro, sin reparar en nada». ¡Oh, feliz reinado, donde el consejo ni se embarazaba con el respeto ni se encogía con el temor! Bien conocen los hombres la vileza de la lisonja. Pero reconocen su daño en la verdad, viendo que más peligran por ésta que por aquélla. ¿Quién no hablaría con entereza y celo a los príncipes si fuesen de la condición del rey don Juan el Segundo de Portugal, que, pidiéndole muchos una dignidad, dijo que la reservaba para un vasallo suyo tan fiel, que nunca le hablaba según su gusto, sino según lo que era mayor servicio suyo y de su reino? Pero en muy pocos se hallará esta generosa entereza. Casi todos son de la condición del rey Acab, que, habiendo llamado a consejo a los profetas, excluyó a Miqueas, a quien aborrecía, porque no le profetizaba cosas tan buenas, sino malas. Y así, peligran mucho los ministros que, llevados del celo, hacen conjeturas y discursos de los daños futuros para que se prevenga el remedio; porque más quieren los príncipes ignorarlos que temerlos anticipadamente. Están muy hechas sus orejas a la armonía de la música, y no pueden sufrir la disonancia de las calamidades que amenazan. De aquí nace el escoger predicadores y confesores que les digan lo que desean, no lo que Dios les dicta, como hacía el profeta Miqueas. ¿Qué mucho, pues, que sin la luz de la verdad yerren el camino y se pierdan?

§ Si hubiese discreción en los que dicen verdades al príncipe, más las estimaría que las lisonjas. Pero pocos saben usar de ellas a tiempo con blandura y buen modo. Casi todos los que son libres son ásperos, y naturalmente cansa a los príncipes un semblante seco y armado con la verdad; porque hay algunas virtudes aborrecidas, como son una severidad obstinada y un ánimo invencible contra los favores, teniendo los príncipes por desestimación que se desprecien las artes con que se adquiere su gracia, y juzgando que quien no la procura no está sujeto a ellos ni los ha menester. El superior use de la lanceta o navaja de la verdad para curar al inferior. Pero éste solamente del cáustico, que sin dolor amortigüe y roa lo vicioso del superior. Lastimar con las verdades sin tiempo ni modo, más es malicia que celo, más es atrevimiento que advertencia. Aun Dios las manifestó con recato a los príncipes. Pues, aunque pudo por Josef y por Daniel notificar a Faraón y a Nabucodonosor algunas verdades de calamidades futuras, se las representó por sueños cuando estaban enajenados los sentidos y dormida la majestad. Y aun entonces no claramente, sino en figuras y jeroglíficos, para que se interpusiese tiempo en la interpretación. Con que previno el inconveniente del susto y sobresalto, y excusó el peligro de aquellos ministros, si se las dijesen sin ser llamados. Conténtese el ministro con que las llegue a conocer el príncipe. Y, si pudiere por señas, no use de palabras. Pero hay algunos tan indiscretos o tan mal intencionados, que no reparan en decir desnudamente las verdades y ser autores de malas nuevas. Aprendan éstos del suceso del rey Baltasar, a quien la mano que le anunció la muerte no se descubrió toda, sino solamente los dedos. Y aun no los dedos, sino los artículos de ellos, sin verse quién los gobernaba. Y no de día, sino de noche, escribiendo aquella amarga sentencia a la luz de las hachas y en lo dudoso de la pared, con tales letras, que fue menester tiempo para leerse y entenderse.

Siendo, pues, la intención buena y acompañada de la prudencia, bien se podría hallar un camino seguro entre lo servil de la lisonja y lo contumaz de la verdad; porque todas se pueden decir, si se saben decir, mirando solamente a la enmienda, y no a la gloria de celoso y de libre, con peligro de la vida y de la fama: arte con que corregía Agrícola el natural iracundo de Domiciano. El que con el obsequio y la modestia mezcla el valor y la industria podrá gobernarse seguro entre príncipes tiranos y ser más glorioso que los que solamente con ambición de fama se perdieron sin utilidad de la república. Con esta atención pudo Marco Lépido templar y reducir a bien muchas adulaciones dañosas, y conservar el valimiento y gracia de Tiberio. El salirse del Senado Trasea por no oír los votos que para adular a Tiberio se daban contra la memoria de Agripina, fue dañoso al Senado, a él de peligro, y no por eso dio a los demás principio de libertad.

§ En aquellos es muy peligrosa la verdad, que, huyendo de ser aduladores, quieren parecer libres e ingeniosos, y con agudos motes acusan las acciones y vicios del príncipe, en cuya memoria quedan siempre fijos, principalmente cuando se fundan en verdad, como le sucedió a Nerón con Vestino, a quien quitó la vida porque aborrecía su libertad contra sus vicios. Decir verdades más para descubrir el mal gobierno que para que se enmiende es una libertad que parece advertimiento y es murmuración. Parece celo, y es malicia. Por tan mala la juzgo como a la lisonja, porque, si en ésta se halla el feo delito de la servidumbre, en aquélla una falsa especie de libertad. Por esto los príncipes muy entendidos temen la libertad y la demasiada lisonja, hallando en ambas su peligro. Y así, se ha de huir de estos dos extremos, como se hacía en tiempo de Tiberio. Pero es cierto que conviene tocar en la adulación para introducir la verdad. No lisonjear algo es acusarlo todo. Y así no es menos peligroso en un gobierno desconcertado no adular nada que adular mucho. Desesperada de remedio quedaría la república, inhumano sería el príncipe, si ni la verdad ni la lisonja se le atreviesen. Áspid sería, si cerrase los oídos al halago de quien discretamente le procura obligar a lo justo. Con los tales amenazó Dios, por la boca de Jeremías, al pueblo de Jerusalén, diciendo que le daría príncipes serpientes, que no se dejasen encantar y los mordiese. Fiero es el ánimo de quien a lo suave de una lisonja moderada no depone sus pasiones y admite disfrazados con ella los consejos sanos. Porque suele ser amarga la verdad, es menester endulzarle los labios al vaso para que los príncipes la beban. No las quieren oír si son secas, y suelen con ellas hacerse peores. Cuanto más le daban en rostro a Tiberio con su crueldad, se ensangrentaba más. Conveniente es alabarles algunas acciones buenas, como si las hubiesen hecho, para que las hagan, o exceder algo en alabar el valor y la virtud, para que crezcan, porque esto más es halago artificioso con que se enciende el ánimo en lo glorioso, que lisonja. Así dice Tácito que usaba el Senado romano con Nerón en la infancia de su imperio. El daño está en alabarles los vicios y darles nombre de virtud, porque es soltarles la rienda para que los cometan mayores. En viendo Nerón que su crueldad se tenía por justicia, se cebó más en ella. Más príncipes hace malos la adulación que la malicia. Contra nuestra misma libertad, contra nuestras haciendas y vidas, nos desvelamos en extender con lisonjas el poder injusto de los príncipes, dándoles medios con que cumplan sus apetitos y pasiones desordenadas. Apenas hubiera príncipe malo, si no hubiera ministros lisonjeros. La gracia que no merecen por sus virtudes la procuran con los males públicos. ¡Oh gran maldad: por un breve favor, que a veces no se consigue, o se convierte en daño, vender la propia patria y dejar en el reino vinculadas las tiranías! ¿Qué nos maravillamos de que por los delitos del príncipe castigue Dios a sus vasallos, si son causa de ellos, obrando el príncipe por sus ministros, los cuales le advierten los modos de cargar con tributos al pueblo, de humillar la nobleza y de reducir a tiranía el gobierno, rompiendo los privilegios, los estilos y las costumbres, y son después instrumentos de la ejecución?






ArribaAbajoCómo se ha de haber el príncipe con sus ministros


ArribaAbajoEmpresa 49

Dé a sus ministros prestada la autoridad. Lumine solis


Muchas razones me obligan a dudar si la suerte de nacer tiene alguna parte en la gracia y aborrecimiento de los príncipes, o si nuestro consejo y prudencia podrá hallar camino seguro sin ambición ni peligro entre una precipitada contumacia y una abatida servidumbre. Alguna fuerza oculta parece que, si no impele, mueve nuestra voluntad y la inclina más a uno que a otro. Y, si en los sentidos y apetitos naturales se halla una simpatía o antipatía natural a las cosas, ¿por qué no en los afectos y pasiones? Podrán obrar más en el apetito que en la voluntad, porque aquél es más rebelde al libre albedrío que ésta. Pero no dejará de poder mucho la inclinación, a quien ordinariamente se rinde la razón, principalmente cuando el arte y la prudencia saben valerse del natural del príncipe y obrar en consonancia dél. En todas las cosas animadas o inanimadas vemos una secreta correspondencia y amistad, cuyos vínculos más fácilmente se rompen que se dividen. Ni la afrenta y trabajos en el rey don Juan el Segundo por el valimiento de don Álvaro de Luna, ni en éste los peligros evidentes de su caída, fueron bastantes para que se descompusiese aquella gracia con que estaban unidas ambas voluntades. Pero, cuando esto no sea inclinación, obra lo mismo la gratitud a servicios recibidos, o la excelencia del sujeto. Por sí misma se deja aficionar la virtud, y trae consigo recomendaciones gratas a la voluntad. Inhumana ley sería en el príncipe mantener como en balanza suspensos e indiferentes sus afectos, los cuales por los ojos y las manos se están derramando del pecho. ¿Qué severidad pudo ocultarse al valimiento? Celoso de su corazón fue Felipe Segundo; y en él, no uno, sino muchos privados tuvieron parte. Aun en Dios se conocieron, y les dio tanto poder, que detuvieron al sol y a la luna, obedeciendo el mismo Dios a su voz. ¿Por qué ha de ser lícito (como ponderó el rey don Pedro el Cruel) elegir amigos a los particulares, y no a los príncipes? Flaquezas padece la dominación, en que es menester descansar con algún confidente. Dificultades se ofrecen en ella que no se pueden vencer a solas. El peso de reinar es grave y pesado a los hombros de uno solo. Los más robustos se rinden, y, como dijo Job, se encorvan con él. Por esto Dios, aunque asistía a Moisés y le daba valor y luz de lo que había de hacer, le mandó que en el gobierno del pueblo se valiese de los más viejos para que le ayudasen a llevar el trabajo. Y a su suegro Jetro le pareció que era mayor que sus fuerzas. Alejandro Magno tuvo a su lado a Parmenión, David a Joab, Salomón a Zabud, y Darío a Daniel. Los cuales causaron sus aciertos. No hay príncipe tan prudente y tan sabio, que con su ciencia lo pueda alcanzar todo. Ni tan solícito y trabajador, que todo lo pueda obrar por sí solo. Esta flaqueza humana obligó a formar consejos y tribunales y a criar presidentes, gobernadores y virreyes, en los cuales estuviese la autoridad y el poder del príncipe: «Ca él solo (palabras son del rey don Alonso el Sabio) non podría ver, nin librar todas las cosas, porque ha menester por fuerza ayuda de otros, en quien se fíe, que cumplan en su lugar, usando del poder que dél reciben en aquellas cosas que él non podría por sí cumplir». Así, pues, como se vale el príncipe de los ministros en los negocios de afuera, ¿qué mucho que los tenga también para los de su retrete y de su ánimo? Conveniente es que alguno le asista al ver y resolver las consultas de los Consejos que suben a él. Con el cual confiera sus dudas y sus designios, y de quien se informe y se valga para la expedición y ejecución de ellos. ¿No sería peor que, embarazado con tantos despachos, no los abriese? Fuera de que es menester que se halle cerca del príncipe algún ministro, que, desembarazado de otros negocios, oiga y refiera, siendo como medianero entre él y los vasallos; porque no es posible que pueda el príncipe dar audiencia y satisfacer a todos, ni lo permite el respeto a la majestad. Por esto el pueblo de Israel pedía a Moisés que hablase por ellos a Dios, temerosos de su presencia. Y Absalón, para hacer odioso a David, le acusaba de que no tenía ministros que oyese por él a los afligidos.

El celo y la prudencia del valido pueden, con la licencia que concede la gracia, corregir los defectos del gobierno y las inclinaciones del príncipe. Agrícola con destreza detenía lo precipitado de Domiciano. Y aunque Seyano era malo, fue peor Tiberio, cuando, faltándole del lado, dejó correr su natural. Y a veces obra Dios por medio del valido la salud del reino, como Nahamán la de Siria y por Josef la de Egipto. Siendo, pues, fuerza repartir este peso del gobierno, natural cosa es que tenga alguna parte la afición o confrontación de sangre en la elección del sujeto. Y cuando ésta es advertida y nace del conocimiento de sus buenas partes y calidades, ni en ella hay culpa ni daño. Antes es conveniencia que sea grato al príncipe el que ha de asistirle. La dificultad consiste en si esta elección ha de ser de uno o de muchos. Si son muchos igualmente favorecidos y poderosos, crecen en ellos las emulaciones, se oponen en los Consejos y peligra el gobierno. Y así, más conforme parece al orden natural que se reduzcan los negocios a un ministro solo, que vele sobre los demás, por quien pasen al príncipe digeridas las materias, y en quien esté sustituido el cuidado, no el poder; las consultas, no las mercedes. Un sol da luz al mundo, y, cuando tramonta, deja por presidente de la noche, no a muchos, sino solamente a la luna, y con mayor grandeza de resplandores que los demás astros, los cuales como ministros inferiores le asisten. Pero ni en ella ni en ellos es propia, sino prestada la luz, la cual reconoce la tierra del sol. Este valimiento no desacredita a la majestad cuando el príncipe entrega parte del peso de los negocios al valido, reservando a sí el arbitrio y la autoridad. Porque tal privanza no es solamente gracia, sino oficio. No es favor, sino sustitución del trabajo. No la conociera la envidia si, advertidos los príncipes, le hubieran dado nombre de presidencia sobre los Consejos y tribunales, como no reparaban en los prefectos de Roma, aunque eran segundos Césares.

La dicha de los vasallos consiste en que el príncipe no sea como la piedra imán, que atrae a sí el hierro y desprecia el oro, sino que se sepa hacer buena elección de un valido que le atribuya los aciertos y las mercedes, y tolere en sí los cargos y odios del pueblo: que sin divertimiento asista, sin ambición negocie, sin desprecio escuche, sin pasión consulte y sin interés resuelva; que a la utilidad pública, y no a la suya ni a la conservación de la gracia y valimiento, encamine los negocios. Ésta es la medida por quien se conoce si es celoso o tirano el valimiento. En la elección de un tal ministro deben trabajar mucho los príncipes, procurando que no sea por antojo o ligereza de la voluntad, sino por sus calidades y méritos, porque tal vez el valimiento no es elección, sino caso. No es gracia, sino diligencia. Un concurso del palacio suele levantar y adorar un ídolo, a quien da una cierta deidad y resplandores de majestad el culto de muchos que le hincan la rodilla, le encienden candelas y le abrasan inciensos, acudiendo a él con sus ruegos y votos. Y como puede la industria mudarle el curso a un río y divertirle por otra parte, así, dejando los negociantes la madre ordinaria de los negocios, que es el príncipe y sus Consejos, los hacen correr por la del valido solamente, cuyas artes después tienen cautiva la gracia, sin que el príncipe más entendido acierte a librarse de ellas. Ninguno más cauto, más señor de sí que Tiberio, y se sujetó a Seyano. En este caso no sé si el valimiento es elección humana o fuerza superior para mayor bien o para mayor mal de la república. El Espíritu Santo dice que es particular juicio de Dios. Tácito atribuye la gracia y caída de Seyano a ira del cielo para ruina del imperio romano. Daño es muy difícil de atajar cuando el valimiento cae en gran personaje, como es ordinario en los palacios, donde sirven los más principales; porque el que se apodera una vez dél, le sustenta con el respeto a su nacimiento y grandeza, y nadie le puede derribar fácilmente, como hicieron a Juan Alonso de Robles en tiempo del rey don Juan el Segundo. Esto parece que quiso dar a entender el rey don Alonso el Sabio cuando, tratando de la familia real, dijo en una ley de las Partidas: «E otrosí, de los nobles homes, e poderosos, no se puede el Rey bien servir en los oficios de cada día. Ca por la nobleza desdeñarían el servicio cotidiano; e por el poderío atreverse yen a facer cosas que se tornarían en daño, e en despreciamiento dél». Peligroso está el corazón del príncipe en la mano de un vasallo a quien los demás respetan por su sangre y por el poder de sus Estados. Si bien, cuando la gracia cae en personaje grande, celoso y atento al servicio y honor de su príncipe y al bien público, es de menores inconvenientes; porque no es tanta la envidia y aborrecimiento del pueblo, y es mayor la obediencia a las órdenes que pasan por su mano. Pero en ningún caso de estos habrá inconveniente, si el príncipe supiere contrapesar su gracia con su autoridad y con los méritos del valido, sirviéndose solamente dél en aquella parte del gobierno que no pudiere sustentar por sí solo. Porque, si todo se lo entrega, le entregará el oficio de príncipe, y experimentará los inconvenientes que experimentó el rey Asuero por haber dejado sus vasallos al arbitrio del Amán. Lo que puede dar o firmar su mano no lo ha de dar ni firmar la ajena. No ha de ver por otros ojos lo que puede ver por los propios. Lo que toca a los tribunales y consejos corra por ellos, resolviendo después en voz con sus presidentes y secretarios, con cuya relación se hará capaz de las materias, y serán sus resoluciones más breves y más acertadas, conferidas con los mismos que han criado los negocios. Así lo hacen los papas y los emperadores, y así lo hacían los reyes de España, hasta que Felipe Segundo, como preciado de la pluma, introdujo las consultas por escrito: estilo que después se observó y ocasionó el valimiento; porque, oprimidos los reyes con la prolijidad de varios papeles, es fuerza que los cometan a uno, y que éste sea valido. Haga el príncipe muchos favores y mercedes al valido, pues quien mereció su gracia y va a la parte de sus fatigas bien merece ser preferido. La sombra de San Pedro hacía milagros; ¿qué mucho, pues, que obre con más autoridad que todos el valido, que es sombra del príncipe? Pero se deben también reservar algunos favores y mercedes para los de más. No sean tan grandes las demostraciones, que excedan la condición de vasallos. Obre el valido como sombra, no como cuerpo. En esto peligraron los reyes de Castilla que en los tiempos pasados tuvieron privados; porque, como entonces no era tanta la grandeza de los reyes, por poca que les diesen, bastaba a poner en peligro el reino, como sucedió al rey don Sancho el Fuerte por el valimiento de don Lope de Haro; al rey don Alfonso Onceno por el del conde Álvaro Osorio; al rey don Juan el Segundo y a don Enrique el Cuarto por el de don Álvaro Luna y don Juan Pacheco. Todo el punto del valimiento consiste en que el príncipe sepa medir cuánto debe favorecer al valido, y el valido cuánto debe dejarse favorecer del príncipe. Lo que excede de esta medida causa (como diremos) celos, envidias y peligros.




ArribaAbajoEmpresa 50

Teniéndolos tan sujetos a sus desdenes como a sus favores. Iovi et fulmini


Desprecia el monte las demás obras de la Naturaleza, y entre todas se levanta a comunicarse con el cielo. No envidie el valle su grandeza; porque, si bien está más vecino a los favores de Júpiter, también está a las iras de sus rayos. Entre sus sienes se recogen las nubes, allí se arman las tempestades, siendo el primero a padecer sus iras. Lo mismo sucede en los cargos y puestos más vecinos a los reyes. Lo activo de su poder ofende a lo que tiene cerca de sí. No es menos venenosa su comunicación que la de una víbora. Quien anda entre ellos anda entre los lazos y las armas de enemigos ofendidos. Tan inmediatos están en los príncipes el favor y el desdén, que ninguna cosa se interpone. No toca en lo tibio su amor. Cuando se convierte en aborrecimiento, salta de un extremo al otro, del fuego al hielo. Un instante mismo los vio amar y aborrecer con efectos de rayo, que, cuando se oye el trueno o ve su luz, ya deja en ceniza los cuerpos. Fuego del corazón es la gracia. Con la misma facilidad que se enciende, se extingue. Algunos creyeron que era fatal el peligro de los favorecidos de príncipes. Bien lo testifican los ejemplos pasados, acreditados con los presentes, derribados en nuestra edad los mayores validos del mundo: en España, el duque de Lerma; en Francia, el mariscal de Ancre; en Inglaterra, el duque de Boquingan; en Holanda, Juan Oldem Vernabelt; en Alemania, el cardenal Cliselio; en Roma, el cardenal Nazaret. Pero hay muchas causas a que se puede atribuir: o porque el príncipe dio todo lo que pudo, o porque el valido alcanzó todo lo que deseaba. Y, en llegando a lo sumo de las cosas, es fuerza caer. Y cuando en las mercedes del uno y en la ambición del otro haya templanza, ¿cómo puede haber constancia en la voluntad de los príncipes, que, como más vehemente, está más sujeta a la variedad y a obrar diversos efectos opuestos entre sí? ¿Quién afirmará el afecto que se paga de las diferencias de las especies, y es como la materia primera, que no reposa en una forma y se deleita con la variedad? ¿Quién podrá cebar y mantener el agrado sujeto a los achaques y afecciones del ánimo? ¿Quién será tan cabal, que conserve en un estado la estimación que hace dél el príncipe? A todos da en los ojos el valimiento. Los amigos del príncipe creen que el valido les disminuye la gracia; los enemigos, que les aumenta los odios. Si éstos se reconcilian, se pone por condición la desgracia del valido. Y, si aquéllos se retiran, cae la culpa sobre él. Siempre está armada contra el valido la emulación y la envidia, atentas a los accidentes para derribarle. El pueblo le aborrece tan ciegamente, que aun el mal natural y vicios del príncipe los atribuye a él. En daño de Bernardo de Cabrera resultaron las violencias al rey don Pedro el Cuarto de Aragón, de quien fue favorecido. Con lo mismo que procura el valido agradar al príncipe se hace odioso a los demás. Y así dijo bien aquel gran varón Alonso de Alburquerque, gobernador de las Indias Orientales, que si el ministro satisfacía a su rey, se ofendían los hombres, y si procuraba la gracia de los hombres, perdía la del rey.

§ Si la privanza se funda en la adoración externa fomentada de las artes de palacio, es violenta y hurtada, y siempre la libertad del príncipe trabaja por librarse de aquella servidumbre, impuesta y no voluntaria.

Si es inclinación, está dispuesta a las segundas causas, y se va mudando con la edad o con la ingratitud del sujeto, que desconoce a quien le dio el ser.

Si es fuerza de las gracias del valido, que prendan la voluntad del príncipe, o brevemente se marchitan, o dan en rostro, como sucede en los amores ordinarios.

Si es por las calidades del ánimo, mayores que las del príncipe, en reconociéndolas cae la gracia; porque nadie sufre ventajas en el entendimiento o en el valor, más estimables que el poder.

Si es por el desvelo y cuidado en los negocios, no menos peligra la vigilancia que la negligencia; porque no siempre corresponden los sucesos a los medios, por la diversidad de los accidentes, y quieren los príncipes que todo salga a medida de sus deseos y apetitos. Los buenos sucesos se atribuyen al caso o a la fortuna del príncipe, y no a la prudencia del valido. Y los errores a él solo, aunque sea ajena la culpa, porque todos se arrogan a sí las felicidades, y las adversidades a otro. Y éste siempre es el valido. Aun de los casos fortuitos le hacen cargo, como a Seyano el haberse caído el anfiteatro y quemado el monte Celio. No solamente le culpan en los negocios que pasan por su mano, sino en los ajenos, o en los accidentes que penden del arbitrio del príncipe y de la Naturaleza. A Séneca atribuían el haber querido Nerón ahogar a su madre. No cabía en la imaginación de los hombres maldad tan ajena de la verdad, que no se creyese de Seyano. No hay muerte natural de ministro grande bien afecto al príncipe, ni de pariente suyo, que no se achaque injustamente al valido, como al duque de Lerma la muerte del príncipe Felipe Emanuel, hijo del duque Carlos de Saboya, habiendo sido natural.

Si el valimiento nace de la obligación a grandes servicios, se cansa el príncipe con el peso de ellos, y se vuelve en odio la gracia, porque mira como a acreedor al valido. Y, no pudiendo satisfacerle, busca pretextos para quebrar y levantarse con la deuda. El reconocimiento es especie de servidumbre, porque quien obliga se hace superior al otro: cosa incompatible con la majestad, cuyo poder se disminuye en no siendo mayor que la obligación. Y, apretados los príncipes con la fuerza del agradecimiento y con el peso de la deuda, dan en notables ingratitudes por librarse de ella. El emperador Adriano hizo matar a su ayo Ticiano, a quien debía el Imperio. Fuera de que muchos años de finezas se pierden con un descuido, siendo los príncipes más fáciles a castigar una ofensa ligera que a premiar grandes servicios. Si éstos son gloriosos, dan celos y envidia al mismo príncipe que los recibe, porque algunos se indignan más contra los que feliz y valerosamente acabaron grandes cosas en su servicio, que contra los que en ellas procedieron flojamente, como sucedió a Filipo, rey de Macedonia, pareciéndole que aquello se quitaba a su gloria; vicio que heredó dél su hijo Alejandro, y que cayó en el rey de Aragón don Jaime el Primero, cuando, habiendo don Blasco de Aragón ocupado a Morella, sintió que se le hubiese adelantado en la empresa, y se la quitó, dándole a Sástago. Las vitorias de Agrícola dieron cuidado a Domiciano, viendo que la fama de un particular se levantaba sobre la del príncipe. De suerte que en los aciertos está el mayor peligro.

Si la gracia nace de la obediencia pronta del valido, rendido a la voluntad del príncipe, causa un gobierno desbocado, que fácilmente precipita al uno y al otro, dando en los inconvenientes dichos de la adulación. No suele ser menos peligrosa la obediencia que la inobediencia, porque lo que se obedece, si se acierta, se atribuye a las órdenes del príncipe. Si se yerra, al valido. Lo que se dejó de obedecer, parece que faltó al acierto o que causó el error. Si fueron injustas las órdenes, no se puede disculpar con ellas, por no ofender al príncipe. Cae sobre el valido toda la culpa a los ojos del mundo. Y, por no parecer el príncipe autor de la maldad, le deja padecer o en la opinión del vulgo o en las manos del juez. Como hizo Tiberio con Pisón, habiendo éste avenenado a Germánico por su orden, cuya causa remitió al Senador. Y, poniéndosele delante, no se dio por entendido del caso, aunque era cómplice, dejándole confuso de verle tan cerrado sin piedad ni ira.

Si el valimiento cae en sujeto de pocas partes y méritos, el mismo peso de los negocios da con él en tierra, porque sin gran valor e ingenio no se mantiene mucho la gracia de los príncipes.

Si el valimiento nace de la conformidad de las virtudes, se pierde en declinando de ellas el príncipe, porque aborrece al valido como a quien acusa su mudanza y de quien no puede valerse para los vicios.

Si el príncipe ama al valido porque es instrumento con que ejecuta sus malas inclinaciones, caen sobre él todos los malos efectos que nacen de ellas a su persona o al gobierno. Y se disculpa el príncipe con derribarle de su gracia, o le aborrece luego, como a testigo de sus maldades, cuya presencia le da en rostro con ellas. Por esta causa cayó Aniceto, ejecutor de la muerte de Agripina, en desgracia de Nerón. Y Tiberio se cansaba de los ministros que elegía para sus crueldades, y diestramente los oprimía, y se valía de otros. Con la ejecución se acaba el odio contra el muerto y la gracia de quien le mató, y le parece al príncipe que se purga con que éste sea castigado, como sucedió a Plancina.

Si el valimiento se funda en la confianza ya hecha de grandes secretos, peligra en ellos, siendo víboras en el pecho del valido, que le roen las entrañas y salen afuera; porque, o la ligereza y ambición de parecer favorecido los revela, o se descubren por otra parte, o se sacan por discurso, y causan la indignación del príncipe contra el valido. Y, cuando no suceda esto, quiere el príncipe desempeñarse del cuidado de haberlos fiado, rompiendo el saco donde están. Un secreto es un peligro.

No es menor el que corre la gracia fundada en ser el valido sabidor de las flaquezas e indignidades del príncipe; porque tal valimiento más es temor que inclinación. Y no sufre el príncipe que su honor penda del silencio ajeno, y que haya quien internamente le desestime.

Si el valimiento es poco, no basta a resistir la furia de la envidia, y cualquier viento le derriba como a árbol de flacas raíces.

Si es grande, al mismo príncipe, autor dél, da celos y temor, y procura librarse dél, como cuando, poniendo unas piedras sobre otras, tememos no caiga sobre nosotros el mismo cúmulo que hemos levantado, y le arrojamos a la parte contraria. Reconoce el príncipe que la estatua que ha formado hace sombra a su grandeza, y la derriba. No sé si diga que gustan los príncipes de mostrar su poder tanto en deshacer sus hechuras como en haberlas hecho; porque, siendo limitado, no puede parecerse al inmenso, sino vuelve al punto de donde salió, o anda en círculo.

Estos son los escollos en que se rompe la nave del valimiento, recibiendo mayor daño la que más tendidas lleva las velas. Y, si alguna se salvó, fue, o porque se retiró con tiempo al puerto, o porque dio antes en las costas de la muerte. ¿Quién, pues, será tan diestro piloto, que sepa gobernar el timón de la gracia, y navegar en tan peligroso golfo? ¿Qué prudencia, qué artes le librarán dél? ¿Qué ciencia química fijará el azogue de la voluntad del príncipe? Pues, aunque su gracia se funde en los méritos del valido con cierto conocimiento de ellos, no podrá resistir a la envidia y oposición de sus émulos, unidos en su ruina, como no pudieron el rey Darío ni el rey Aquis sustentar el valimiento de Daniel y de David contra las instancias de los sátrapas. Y, para complacerlos fue menester desterrar a éste y echar aquél a los leones, aunque conocían la bondad y fidelidad de ambos.

Pero, si bien no hay advertencia ni atención que basten a detener los casos que no penden del valido, mucho podrán obrar en los que penden dél, y por lo menos no será culpado en su caída. Esta consideración me obliga a señalarle aquí las causas principales que la apresuran, nacidas de su imprudencia y malicia, para que, advertido, sepa huir de ellas.

Considerando, pues, con atención las máximas y acciones de los validos pasados, y principalmente de Seyano, hallaremos que se perdieron porque no supieron continuar aquellos medios buenos con que granjearon la gracia del príncipe. Todos para merecerla y tener de su parte el aplauso del pueblo entran en el valimiento celosos, humildes, corteses y oficiosos, dando consejos que miran a la mayor gloria del príncipe y conservación de su grandeza: arte con que se procuró acreditar Seyano. Pero, viéndose señores de la gracia, pierden este timón, y les parece que no le han menester para navegar, y que bastan las auras del favor.

Estudian en que parezcan sus primeras acciones descuidadas de la conveniencia propia y atentas a la de su príncipe, anteponiendo su servicio a la hacienda y a la vida. Con que, engañado el príncipe, piensa haber hallado en el valido un fiel compañero de sus trabajos, y por tal le celebra y da a conocer a todos. Así celebraba Tiberio a Seyano delante del Senado y del pueblo.

Procura acreditarse con el príncipe en alguna acción generosa y heroica que le gana el ánimo, como se acreditó Seyano con la fineza de sustentar con sus brazos y rostro la ruina de un monte que caía sobre Tiberio, obligándole a que se fiase más de su amistad y constancia.

Impresa una vez esta buena opinión de la fineza del valido en el príncipe, se persuade a que ya no puede faltar después, y se deja llevar de sus consejos, aunque sean perniciosos, como de quien cuida más de su persona que de sí mismo. Así lo hizo Tiberio después de este suceso. De aquí nacen todos los daños; porque el príncipe cierra los oídos al desengaño con la fe concebida, y él mismo enciende la adoración del valido, permitiendo que se le hagan honores extraordinarios, como permitió Tiberio se pusiesen los retratos de Seyano en los teatros, en las plazas y entre las insignias de las legiones. Pasa luego el susurro de los favores de Linas orejas a otras, y dél se forma el nuevo ídolo, como de los zarcillos el otro que fundió Aarón; porque, o no hubiera valimiento o no durara, si no hubiera aclamación y séquito. Este culto le hace arrogante y codicioso para sustentar la grandeza: vicios ordinarios de los poderosos. Olvídase el valido de sí mismo, y se caen aquellas buenas calidades con que empezó a privar, como postizas, sacando la prosperidad afuera los vicios que había celado el arte. Así sucedió a Antonio Primo, en quien la felicidad descubrió su avaricia, su soberbia y todas las demás costumbres malas, que antes estaban ocultas y desconocidas. Pertúrbase la razón con la grandeza, y aspira el valido a grados desiguales a su persona, como Seyano a casarse con Libia. No trata los negocios como compañero (en que pecó gravemente Muciano). Y quiere que al príncipe solamente le quede el nombre, y que en él se transfiera toda la autoridad, sin que haya quien se atreva a decirle lo que Betsabé a David, cuando le usurpó Adonías el reino; «Oh Señor, reparad en que otro reina sin saberlo vos». Procura el valido exceder al príncipe en aquellas virtudes propias del oficio real, para ser más estimado que él: arte de que se valió Absalón para desacreditar al rey David, afectando la benignidad y agrado en las audiencias, con que robó el corazón de todos.

No le parece al valido que lo es, si no participa su grandeza a los domésticos, parientes y amigos, y que para estar seguro conviene abrazar con ellos los puestos mayores y cortar las fuerzas a la envidia. Con este intento adelantó Seyano los suyos. Y, porque este poder es desautoridad de los parientes del príncipe, los cuales siempre se oponen al valimiento, no pudiendo sufrir que sea más poderosa la gracia que la sangre, y que se rinda el príncipe al inferior, de quien hayan de depender (peligro que lo reconoció Seyano en los de la familia de Tiberio), siembra el valido discordia entre ellos y el príncipe. Seyano daba a entender a Tiberio que Agripina maquinaba contra él, y a Agripina que Tiberio le quería dar veneno. Si un caso de estos sale bien al valido, cobra confianza para otros mayores. Muerto Druso, trató Seyano de extinguir toda la familia de Germánico. Ciego, pues, el valido con la pasión y el poder, desprecia las artes ocultas y usa de abiertos odios contra los parientes, como sucedió a Seyano contra Agripina y Nerón. Ninguno se atreve a advertir al valido el peligro de sus acciones, porque en su presencia, ilustrada con la majestad, tiemblan todos, como temblaban en la de Moisés cuando bajaba de privar con Dios. Y, viéndose respetado como príncipe, maquina contra él y oprime con desamor a los vasallos, no asegurándose que los podrá mantener gratos. Con que, desesperados, llegan a dudar si sería menor su avaricia y crueldad, si le tuviesen por señor; porque no siéndolo los trata como a esclavos propios, y los desprecia, y tiene por viles, como ajenos. Lo cual ponderó Otón en un favorecido de Galba.

Todos estos empeños hacen mayores los peligros, porque crece la envidia y se arma la malicia contra el valido. Y, juzgando que no la puede vencer sino con otra mayor, se vale de todas aquellas artes que le dictan los celos de la gracia, más rabiosos que los del amor. Y, como su firmeza consiste en la constancia de la voluntad del príncipe, la ceba con delicias y vicios, instrumentos principales del valimiento, de los cuales usaban los cortesanos de Vitelio para conservar sus favores. Porque no dé crédito el príncipe a nadie, le hace el valido difidente de todos, y principalmente de los buenos, de quien se teme más. Con este artificio llegó a ser muy favorecido Vatinio y también Seyano.

Considerando el valido que ninguna cosa es más opuesta al valimiento que la capacidad del príncipe, procura que ni sepa, ni entienda, ni vea, ni oiga, ni tenga cerca de sí personas que le despierten. Que aborrezca los negocios, trayéndolo embelesado con los divertimientos de la caza, de los juegos y fiestas. Con que, divertidos los sentidos, ni los ojos atiendan a los despachos, ni las orejas a las murmuraciones y lamentos del pueblo, como hacían en los sacrificios del ídolo Moloc, tocando panderos, para que no se oyesen los gemidos de los hijos sacrificados. Tal vez con mayor artificio le pone en los negocios y papeles, y le cansa, como a los potros en los barbechos, para que les cobre mayor horror, y se rinda al freno y a la silla. Con el mismo fin persuade la asistencia a las audiencias, de las cuales salga tan rendido, que deje al valido los negocios, pareciéndole haber satisfecho a su oficio con oír los negociantes. De suerte que, como dijo Jeremías de los ídolos de Babilonia, no es más el príncipe que lo que quiere el valido.

No desea que las cosas corran bien, porque en la bonanza cualquiera sabe navegar, sino que esté siempre tan alto el mar y tan turbadas las olas del Estado, que tema el príncipe poner la mano al timón del gobierno y necesite más del valido. Y para cerrar todos los resquicios a la verdad y quedar árbitro de los negocios, lejos de la envidia, le trae fuera de la Corte y entre pocos, que es lo que movió a Seyano a persuadir a Tiberio que se retirase de Roma.

Todas estas artes resultan en grave daño de la república y de la reputación del príncipe, en que viene a pecar más quien con ellas procura su gracia que quien le ofende, porque para la ofensa se comete un delito, para el valimiento muchos. Y éstos siempre tocan al honor del príncipe y son contra el beneficio público. Mucho se ofende a la república con la muerte violenta de su príncipe. Pero al fin se remedia luego con el sucesor. Lo que no puede ser cuando, dejando vivo al príncipe, le hacen con semejantes artes incapaz e inútil para el gobierno: mal que dura por toda su vida, con gravísimos daños del bien público. Y, como cada día se sienten más, y los lloran y murmuran todos, persuadidos a que tal valimiento no es voluntad, sino violencia, no elección, sino fuerza, y muchos fundan su fortuna en derribarle como a impedimento de su gracia, estando siempre armados contra él, es imposible que no se les ofrezca ocasión en que derribarle, o que el príncipe no llegue a penetrar alguno de tantos artificios, y que cae sobre él la envidia y los odios concebidos contra el valido, como lo llegó a conocer Tiberio. Y, en empezándose a desengañar el príncipe, empieza a temer el poder que ha puesto en el valido, que es lo que hizo dudar a Tácito si Tiberio amaba o temía a Seyano. Y, como antes le procuraba sustentar la gracia, le procuraba después deshacer el odio.

Éste es el punto crítico del valimiento en que todos peligran, porque ni el príncipe sabe disimular su mala satisfacción ni el valido mantenerse constante en el desdén. Y, secándose el uno y el otro, se descomponen. Mira el príncipe como a indigno de su gracia al valido, y éste al príncipe como a ingrato a sus servicios. Y, creyendo que le ha menester y que le llamará, se retira, y da lugar a que otro se introduzca en los negocios y cebe los disgustos, con que muy aprisa se va convirtiendo en odios recíprocos la gracia, siendo la impaciencia del valido quien más ayuda a romperla. Corre luego la voz de la desgracia y disfavor, y todos se animan contra él y se le atreven, sin que baste el mismo príncipe a remediarlo. Sus parientes y amigos, anteviendo su caída y el peligro que los amenaza, temen que no los lleve tras sí la ruina, como suele el árbol levantado sobre el monte llevarse, cuando cae, a los demás que estaban debajo su sombra. Ellos son los primeros a cooperar en ella por ponerse en salvo. Y finalmente todos tienen parte, unos por amigos, otros por enemigos, procurando que acabe de caer aquella pared ya inclinada. El príncipe, corrido de sí mismo, procura librarse de aquella sujeción y restituir su crédito, haciendo causa principal al valido de los males pasados. Con que éste viene a quedar enredado en sus mismas artes, sin valerle su atención, como sucedió a Seyano. Y cuanto más procura librarse de ellas, más acelera su ruina; porque, si una vez enferma la gracia, muere, sin que haya remedio con que pueda convalecer.

§ De todo lo dicho se infiere claramente que el mayor peligro del valimiento consiste en las trazas que aplica la ambición para conservarle, sucediendo a los favorecidos de príncipes lo que a los muy solícitos de su salud, que, pensando mantenerla con variedad de medicinas, la gastan, y abrevian la vida. Y, como ningún remedio es mejor que la abstinencia y buen gobierno, dejando obrar a la naturaleza, así en los achaques del valimiento el más sano consejo es no curarlos, sino servir al príncipe con buena y recta intención, libre de intereses y pasiones, dejando que obre el mérito y la verdad, más segura y más durable que el artificio, y usando solamente de algunos preservativos, los cuales o miran a la persona del valido, o a la del príncipe, o a la de sus ministros, o al palacio, o al pueblo, o a los extranjeros.

§ En cuanto al valido, debe conservarse en aquel estado de modestia, afabilidad y grado en que le halló la fortuna. Despeje de la frente los resplandores de la privanza, como hacía Moisés para hablar al pueblo cuando bajaba de privar con Dios, sin que en él se conozcan motivos de majestad ni ostentación del valimiento. Daniel, aunque fue valido de muchos reyes, se detenía con los demás en las antecámaras. Excuse aquellos honores que o pertenecen al príncipe o exceden la esfera de ministros. Y, si alguno se los quisiere hacer, adviértale que, como él, es criado del príncipe, a quien solamente se deben aquellas demostraciones, como lo advirtió el ángel a San Juan, queriendo adorarle. No ejecute sus afectos o pasiones por medio de la gracia. Escuche con paciencia y responda con agrado. No afecte los favores, ni tema los desdenes, ni cele el valimiento, ni ambicione el manejo y autoridad, ni se arme contra la envidia, ni se prevenga contra la emulación, porque en los reparos de estas cosas consiste el peligro. Tema a Dios y a la infamia.

En la familia y parentela peligra mucho el valido; porque, cuando sus acciones agraden al príncipe y al pueblo, no suelen agradar las de sus domésticos y parientes, cuyos desórdenes, indiscreción, soberbia, avaricia y ambición le hacen odioso y le derriban. No se engañe con que las hechuras propias son firmeza del valimiento, porque quien depende de muchos en muchos peligra. Y así, conviene tenerlos muy humildes y compuestos, lejos del manejo de los negocios, desengañando a los demás de que no tienen alguna parte en el gobierno ni en su gracia, ni que por ser domésticos han de ser preferidos en los puestos. Pero, si fueren beneméritos, no han de perder por criados o parientes del valido. Cristo nos enseñó este punto, pues dio a primos suyos la dignidad de precursor y del apostolado. Pero no la de doctor de las gentes ni del pontificado, debidas a la fe de San Pedro y a la ciencia de San Pablo.

§ Con el príncipe observe estas máximas. Lleve siempre presupuesto que su semblante y sus favores se pueden mudar fácilmente. Y, si hallare alguna mudanza, ni inquiera la causa ni se dé por entendido, para que ni el príncipe entre en desconfianza, ni los émulos en esperanza de su caída, la cual peligra cuando se piensa que puede suceder. No arrime el valimiento a la inclinación y voluntad del príncipe, fáciles de mudarse, sino al mérito; porque, si con él no está ligado el oro de la gracia, no podrá resistir el martillo de la emulación. Ame en el príncipe más la dignidad que la persona. Temple el celo con la prudencia, y su entendimiento con el del príncipe; porque ninguno sufre a quien compite con él en las calidades del ánimo. Considérese vasallo, no compañero suyo, y que, como hechura, no se ha de igualar con el hacedor. Tenga por gloria el perderse (en los casos forzosos) por adelantar su grandeza. Aconséjele con libertad graciosa, humilde y sencilla, sin temor al peligro y sin ambición de parecer celoso, contumaz en su opinión. Ningún negocio haga suyo, ni ponga su reputación en que salgan de esta o de aquella manera, ni en que sus dictámenes se sigan, o que, seguidos, no se muden, porque tales empeños son muy peligrosos. Y así, conviene que en los despachos y resoluciones ni sea tan ardiente que se abrase, ni tan frío que se hiele. Camine al paso del tiempo y de los casos. Atienda más a sus aciertos que a su gracia, pero sin afectación ni jactancia. Porque el que sirve sólo con fin de hacerse famoso, hurta la reputación al príncipe. Su silencio sea oportuno cuando convenga. Y sus palabras, despejadas, si fuere necesario, como lo alabó el rey Teodolito en un privado suyo. Anteponga el servicio del príncipe a sus intereses, haciendo su conveniencia una misma con la del príncipe. Respete mucho a los parientes del príncipe, poniendo su seguridad en tenerlos gratos, sin fomentar odios entre ellos, ni en el príncipe, porque la sangre se reconcilia fácilmente a daño del valido. Desvélese en procurarle los mejores ministros y criados, y enseñarle fielmente a reinar. No le cierre los ojos ni las orejas. Antes trabaje para que vea, toque y reconozca las cosas. Represéntele con discreción sus errores y defectos, sin reparar (cuando fuere obligación) en disgustarle; porque, aunque enferme la gracia, convalece después con el desengaño y queda más fuerte, como sucedió a Daniel con los reyes de Babilonia. En las resoluciones violentas ya tomadas procure declinarlas, no romperlas, esperando a que el tiempo y los inconvenientes desengañen. Deje que lleguen a él las quejas y sátiras, porque éstas, cuando caen sobre la inocencia, son granos de sal que preservan el valimiento, y avisos para no errar y para enmendarse. Atribuya al príncipe los aciertos y las mercedes, y desprecie en su persona los cargos de los errores y malos sucesos. Tenga siempre por cierta la caída, esperándola con constancia y ánimo franco y desinteresado, sin pensar en los medios de alargar el valimiento. Porque el que más presto cae de los andamios altos, es quien más los teme. La reflexión del peligro turba la cabeza, y el reparar en la altura desvanece. Y por desvanecidos se perdieron todos los validos. El que no hizo caso de ella pasó seguro.

Con los ministros sea más compañero que maestro. Más defensor que acusador. Aliente a los buenos y procure hacer buenos a los malos. Huya de tener mano en sus elecciones o privaciones. Deje correr por ellos los negocios que les tocan. No altere el curso de los Consejos en las consultas. Pasen todas al príncipe, y, si las confiere con él, podrá entonces decirle su parecer, sin más afecto que el deseo de acertar.

§ El palacio es el más peligroso escollo del valimiento, y con todo eso se valen todos dél para afirmarle y que dure. No hay en él piedra que no trabaje por desasirse y caer a derribar la estatua del valido, no menos sujeta a deshacerse que la de Nabucodonosor, por la diversidad de sus metales. Ninguno en el palacio es seguro amigo del valido. Si elige algunos, cría odios y envidias en los demás. Si los pone en la gracia del príncipe, pone a peligro su privanza. Y, si no, se vuelven enemigos. Y así parece más seguro caminar indiferentemente con todos, sin mezclarse en sus oficios, procurando tenerlos satisfechos, si es posible, y no embarazarlos, antes asistirlos en sus pretensiones e intereses. Si alguno fuere adelantado en la gracia del príncipe, más prudente consejo es tenerle grato, por si acaso sucediere en ella, que tratar de retirarle o descomponerle. Porque a veces quien se abrazó con otro para derribarle, cayó con él, y suele la contradicción encender los favores. Más privados se han perdido por deshacer a unos que por hacer a otros. Desprecie sus acusaciones o aprobaciones con el príncipe, y déjelas al caso.

§ El valimiento está muy sujeto al pueblo, porque si es aborrecido dél, no puede el príncipe sustentarle contra la voz común. Y, cuando la desprecie, suele ser el pueblo juez y verdugo del valido, habiéndose visto muchos despedazados a sus manos. Si le ama el pueblo con exceso, no es menor el peligro, porque le causa envidiosos y émulos, y da celos al mismo príncipe. De donde nace el ser breves e infaustos los amores del pueblo. Y así, para caminar seguro el valido entre estos extremos, huya las demostraciones públicas que le levantan los aplausos y clamores vulgares. Y procure solamente cobrar buen crédito y opinión de sí con la piedad, liberalidad, cortesía y agrado, solícito en que se administre justicia, que haya abundancia, y que en su tiempo no se perturbe la paz y sosiego público, ni se deroguen los privilegios, ni se introduzcan novedades en el gobierno, y, sobre todo, que se excusen diferencias en materias de religión y competencias con los eclesiásticos, porque levantará contra sí las iras del pueblo, si le tuvieren por impío.

§ Los extranjeros, en los cuales falta el amor natural al príncipe, penden más del valido que dél, y son los que más se aplican a su adoración y a conseguir por su medio los fines que pretenden, con gran desestimación del príncipe y daño de sus Estados. Y a veces dan causa a la caída del valido, cuando no corresponde a sus deseos y fines. Por esto debe estar muy atento en no dejarse adorar, rehusando los inciensos y culto extranjero, y trabajando en que se desengañen de que es solamente quien corre los velos al retablo, y sólo el príncipe quien hace los milagros.

Los embajadores de príncipes afectan la amistad del valido, como medio eficaz de sus negocios. Y, juzgando por conveniencia de ellos los daños y desórdenes que resultan del valimiento, procuran sustentarle con buenos oficios, inducidos tal vez del mismo valido. Y, como tienen ocasión de alabarle en las audiencias, y parecen a primera vista ajenos de interés y de emulación, obran buenos efectos. Pero son peligrosos amigos, porque el valido no los puede sustentar, si no es a costa de su príncipe y del bien público. Y si fino en sus obligaciones no les corresponde, se convierten en enemigos, y tienen industria y libertad para derribarle. Y así, lo más seguro es no empeñarse con ellos en más de aquello que conviene al servicio de su príncipe, procurando solamente acreditarse de un trato sincero y apacible con las naciones, y de que es más amigo de conservar las buenas correspondencias y amistades de su príncipe que de romperlas.

§ Todos estos preservativos del valimiento pueden retardar la caída, como se ejerciten desde el principio. Porque después de contraído ya el odio y la envidia, se atribuyen a malicia y engaño, y hacen más peligrosa la gracia, como sucedió a Séneca, que no le excusó de la muerte el haber querido moderar su valimiento cuando se vio perseguido.

§ Si con estos advertimientos, ejecutados por el valido, cayere de la gracia de su príncipe, será caída gloriosa, habiendo vivido hasta allí sin los viles temores de perderla y sin el desvelo en buscar medios indignos de un corazón generoso, lo cual es de mayor tormento que el mismo disfavor y desgracia del príncipe. Si algo tiene de bueno el valimiento, es la gloria de haber merecido la estimación del príncipe. La duración está llena de cuidados y peligros. El que más presto y con mayor honor salió dél fue más feliz.

§ He escrito, serenísimo Señor, las artes de los validos. Pero no cómo se ha de gobernar con ellos el príncipe, por no presuponer que los haya de tener. Porque, si bien se le concede que incline su voluntad y sus favores más a uno que a otro, no que substituya su potestad en uno, de quien reconozca el pueblo el mando, el premio y la pena, porque tal valimiento es una enajenación de la Corona. En que siempre peligra el gobierno, aun cuando la gracia acierte en la elección de sujeto, porque ni la obediencia ni el respeto se rinden al valido como al príncipe, ni su atención es al beneficio universal, ni Dios tiene en su mano el corazón del valido como el del príncipe. Y así, aunque muchos de los antecesores de V. A. tuvieron validos, que con gran atención y celo (como le hay hoy) desearon acertar, o no lo consiguieron o no se logró. Y no engañe a V. A. el ejemplo de Francia, donde el valido ha extendido sus confines, porque es muy a costa del reino y del crédito de aquel rey. Y quien con atención considerare la persecución de la Reina Madre y del duque de Orliens; la sangre vertida de Memoranzi, del prior de Vandoma, de Pilorán y de monsieur de San Marcos; la prisión de Bullón; los tributos y vejaciones de los vasallos; la usurpación del ducado de Lorena; las ligas con holandeses, protestantes y suecos; el intento de prender al duque de Saboya, Carlos Emanuel; la paz de Monzón, sin noticia de los coligados; el freno impuesto a valtelinos y grisones; la asistencia a Escocia y al Parlamento de Londres; las rotas de Fuenterrabía, San Omer, Triumbila, Tornavento y Castelet; las pérdidas de gente en Lovaina, Tarragona, Perpiñán, Salsas, Valencia del Po, Imbrea y Roca de Eraso; la recuperación de Aer y La Base, hallará que a sus consejos gobernó el ímpetu, y que en la violencia reposó su valimiento, en su tiranía se detuvo el acero atrevido a la Majestad, y que a su temeridad favoreció la fortuna tan declaradamente, que con los sucesos adversos se ha ganado y con los prósperos nos hemos perdido: señas de que Dios conserva aquel valimiento para ejercicio de la cristiandad y castigo nuestro, pervirtiendo nuestra prudencia y embarazando nuestro valor. Las monarquías destinadas a la ruina tropiezan en lo que las había de levantar. Y así, la entrada por el Adriático causó difidencias. La protección de Mantua, celos. La oposición a Nivers, guerras. La diversión por Isla de Ras, gastos. El ejército de Alsacia, émulos. La guerra por España, rebeliones. Las armas marítimas o no salieron a tiempo o las deshizo el tiempo. Y las terrestres no obraron por falta de bastimentos. En los asedios de Casal perdimos la ocasión de acabar la guerra. Un consejo del secretario Passiers, impreso en el príncipe Tomás, impidió el socorrer a Turín y triunfar de Francia. Por una vana competencia no se hizo lo mismo en Aer. Por un aviso de la circunvalación de Arrás no fue socorrida. Por una ignorante fineza no se admitió el socorro de Ambillers. Por cobardía o inteligencia se rindió la Capela. ¡Oh divina Providencia!, ¿a qué fines se encamina tal variedad de accidentes, desiguales a sus causas? No acaso está en manos de validos el manejo de Europa. Quiera Dios que corresponda el suceso a los deseos públicos.