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Leopoldo de Luis y Gonzalo Rojas, dos poetas galardonados

Octavio Aguilera

Como ya sabrá el lector, Leopoldo de Luis acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, que concede el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes. Se da la casualidad de que pocos días antes había estado yo comiendo con él en Madrid. Me hizo entrega de un prólogo que ha escrito para un libro que se publicará aquí, en Mallorca, libro del que no doy más detalles para que no se me acuse de pecar de nepotismo. Este enorme poeta, como le he calificado en más de una ocasión, recientemente ha visto editada (por Visor) su Obra poética (1946-2003), en dos tomos, con lo que según me confesó cierra su carrera literaria, aunque, a sus 86 años, este cordobés que ha vivido casi setenta en la capital de España, conserva una lucidez y un vigor mentales envidiables. A Leopoldo de Luis, que así es conocido literariamente Leopoldo Urrutia de Luis, le he escuchado, en la placidez y el calor de su casa, montones de historias y anécdotas que ha vivido en su intensa trayectoria personal, empezando como es lógico por su estrecha amistad con Miguel Hernández, con quien además coincidió en el frente y lógicamente ha sido uno de los poetas cuya obra él ha analizado en su faceta de crítico, ensayista y conferenciante, como ha analizado la de Antonio Machado, Vicente Aleixandre, etcétera, así como la de gente joven o desconocida, que nunca ha negado su sabio consejo a un novel. En realidad, su crítica rehúye lo hiriente, lo negativo y se inclina hacia un análisis sereno y didáctico, sin ponerse él por delante de la obra analizada, como gustaban de hacer los críticos de las llamadas escuelas egotista e impresionista.

La memoria de Leopoldo de Luis es prodigiosa y su modestia, admirable. Como ha escrito Francisco Marcos Marín, «sin alharacas ni temblores, pasa por la vida de España como ejemplo de persona y de ciudadano». Y ha añadido: «Ofrece su ejemplo de hombre moderno, callado, dialogante, auténtico». A sus virtudes, añadiría yo la de la templanza y el equilibrio. Nunca le he oído una frase de airado revanchismo por sus años de encarcelamiento durante y tras la guerra, cosa que sería muy humana y comprensible. Esto da idea, además de aquella citada moderación, de su bonhomía. Modestamente ha recibido el premio, declarando que «muchos otros escritores españoles podían haberlo merecido». Al fin y al cabo piensa que «mi mayor mérito como poeta ha sido resistir el paso del tiempo y haber sido siempre fiel a mí mismo». Y opina que «al poeta le condena la indiferencia y le fusila el olvido».

Creo que con lo dicho los mallorquines que no lo conozcan podrán hacerse una idea del talante de Leopoldo de Luis. Y digo esto porque lamentablemente su relación con nuestra isla ha sido más bien escasa. «Estuve una vez hace tiempo en plan de turismo y más recientemente para participar en un ciclo de homenaje a Camilo José Cela organizado por la Universidad. Hablé sobre su poesía», me ha dicho. Eso sí, colaboró asiduamente en Papeles de Son Armadans, del citado Cela, y en Dabo, que fundaron Rafael Jaume y Pedro Quetglas «Xam».

Y ya que hablamos de poetas galardonados, permítaseme apostillar que otro veterano -apenas un año más joven que Leopoldo- ha obtenido el Premio Cervantes 2003. Se trata, como también sabrán, del chileno Gonzalo Rojas, al que también, como a nuestro compatriota, se le puede calificar de poeta social, con todas las reservas que estas clasificaciones comportan. Gonzalo Rojas es hijo de un minero, que murió a los 40 años y que trabajó en unas minas del sur de Chile, que ahora, ya cerradas a la explotación, se visitan como si de un «souvenir» turístico se tratara. Jorge Edwards ha escrito: «La poesía de Rojas está dominada por un tono sombrío, por una especie de oscuridad esencial, no del sentido sino de la atmósfera general, de su mundo como escritor». Haber visitado aquellas minas de carbón, que penetran kilómetros por debajo del mar, me une a él. Lo mismo el que este poeta y hombre de universidad haya sido director de los cursos de verano de la Universidad de Concepción, de la ciudad del mismo nombre, cercana a dichas minas, en cuyas aulas estuve trabajando dos semanas en mayo de hace dos años. No me percaté, pero seguramente por allí andaba todavía su espíritu. ¿Por qué no me acercaría hasta Chillán, donde reside? Tal vez por falta de tiempo, no sé, pero hubiera sido una suerte conocerlo en persona, pues nada hay mejor, más enriquecedor que, como él mismo ha dicho en el prólogo de su Materia de testamento, ser testigo inmediato de la vida inmediata. Otra vez será.