Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente




ArribaAbajo Capítulo XIII

De las pláticas de D. Quijote y Bartola, y la llegada de ambos a Sevilla


-Señor, voy meditando -dijo Tragaldabas conforme regresaban a Badajoz- cuán cierto es aquel refrán de que no hay mal que por bien no venga; porque he aquí que el mal que hicimos con aquel cabrito, que por poco nos lleva a sepultarnos en aquel monasterio de la Trapa, y aquel horrendo festín que tanto me reprendió Usía han redundado en bien de Usía mismo y de sus sucesores; pues si por ventura no llegamos a comernos aquel choto, éste y no el hijo de Usía hubiera sido el Príncipe heredero de los reinos de España, como primogénito de Dulcinea, y, para unir a España con Portugal, aquél hubiera tenido que casarse con la Princesa Beatriz.

-¡Qué disparatadas cosas se te ocurren, Bartola! -exclamó D. Quijote-. ¿No ves, ¡oh bellaco entre los bellacos!, que aquel cabrito era un bastardo y que los bastardos no heredan las coronas de los reinos, como no sea que muevan guerra a los sucesores legítimos y por derecho de conquista se los arrebaten, como sucedió a don Enrique de Trastámara597 con don Pedro, a quien yo no llamo el Cruel, sino el Justiciero?598

-Tiene Usía razón, y yo no había caído en la cuenta -respondió Tragaldabas-; mas ya que con el texto de las leyes me ha convencido Usía en ese punto, voy a someterle otro en que la ley que yo me sé le quita la razón. ¿Cómo no siendo nacido aún ese Príncipe heredero de España, ha podido Usía tratar y contratar en su nombre, ni ha de tener validez lo que concertó?

-También aquí te gano el pleito -replicó el caballero-; porque has de saber que el póstumo se considera como nacido para todo lo que le beneficia, y así pude yo tratar y contratar en beneficio de éste.

-No lo entiendo -respondió Bartola-, y lo que a mí se me alcanza es que aquí no hay Príncipe nacido, ni póstumo siquiera, y que para largo va lo proyectado por Usía, que da ya por hecho y concluido.

Malhumorose D. Quijote, exaltándose de nuevo, y sosteniendo que había póstumo y Príncipe y matrimonio convenido y unión positiva de los dos reinos, y Bartola se calló como antes, por temor de algún argumento contundente.

Al cabo de una hora larga de ir en silencio, lo rompió de nuevo, y pidiendo perdón a su amo dijo que le había venido otra duda al magín y que no podía resistir a la tentación de exponérsela.

-Di lo que se te antoje -repuso más benévolo D. Quijote-, que de la discusión sale la luz, y como te aclaré todo lo demás te desvaneceré también la duda esa.

-Mi señor y dueño no se enoje, insinuó Tragaldabas; pero la duda es tal, que yo no le encuentro salida, ni sé cómo la ha de hallar Usía. Concedido que Dulcinea no aguarde como Sara a los sesenta años para dar un vástago; otorgado que no sea estéril, pues ya tenemos tasajos, digo pruebas de ello; y dado de barato599 también que Usía represente a ese póstumo para su beneficio, y sean válidos esos esponsales. ¿Y si en vez de varón pare hembra mi Reina y Señora y sigue dando en el filón de las hembras, como suele acontecer a algunas mujeres?600 ¿Cómo se va a llevar a cabo el matrimonio de lo que nazca con la Princesa de Portugal?

Preocupose D. Quijote, viendo que ésa sí podía ser contrariedad grandísima; mas dándose una gran palmada en la frente recordó que el Nigromante había hablado de hijos sacados de incubadora, y de ciertos libros en que se explicaba la manera de tenerlos varones o hembras a voluntad, respondiendo que si Dulcinea daba en el filón de las hembras, él añadiría esas artes sutiles para desviarla hacia el criadero de los varones, y que, como regía la ley Sálica, por la cual sólo el varón heredaba el reino, siempre tendría un príncipe, que sería el prometido de aquella Princesa.

No quiso Tragaldabas formular nuevo cuestionario; pero sí se convenció definitivamente de que había hecho un mal negocio con seguir a aquel caballero, que si bien tenía buen discurso y lógica, era para mantener y demostrar los absurdos y quimeras que él mismo se forjaba y que ponía como punto de partida de sus disquisiciones. Únicamente le daba en qué pensar el Imperio de Juan Panza, base y fundamento real de todos sus sacrificios, por esperar con mayor derecho otra corona igual o superior. Así que deseaba llegar a Badajoz. Donde tendría carta de su mujer, que había escrito a Panza Alegre felicitándola por su exaltación al trono, y que habría recibido noticias seguras de ella sobre el suelo, gajes y emolumentos que gozaba su dinastía.

En Badajoz no se detuvieron, sino que, cambiando de dragón, quiso D. Quijote a todo trance tomar el camino a Gibraltar, donde iban a cumplir la segunda parte de lo requerido para la recomposición de Dulcinea; así que Bartola no pudo saber si su mujer le había escrito o no, y tuvo que ponerle un telegrama, para que le escribiera de nuevo a Algeciras sobre todo lo que deseaba saber, singularmente sobre la lista civil601 del Emperador Panza I.

Como el viaje era largo y monótono, y ya D. Quijote habíase habituado a las velocidades y sacudidas de aquel monstruo que llevaba a cuantos en él subían a sus respectivos destinos, sin hacerles daño alguno, sanos y salvos, cuando no los trituraba o aplastaba por algún descarrío, torcimiento o vuelco de su fantástico genio, Bartola volvió a sus preguntas sobre lo tratado y contratado con la Princesa; pues no podía convencerse de que ésta fuera tan ilusa como el caballero andante, dando su mano y comprometiendo su palabra para un Príncipe non nato602 todavía.

-Para que te convenzas de tu error -replicó D. Quijote al oírle-, voy a enseñarte una prueba palpable de que la Princesa Beatriz consiente en ser mi nuera, y quedó comprometida con el Príncipe mi hijo, y es un retrato que ella misma me dio para él y que llevo entre mi ropa en esa maletilla. Y diciendo esto, abrió el saco y enseñó a Bartola aquel rico presente, en que no se sabía qué admirar más, si la hermosura de D.ª Beatriz allí retratada, o la de los brillantes que formaban el marco de aquel busto gentilísimo.

Lo miró y remiró Bartola y quedó tan confuso de que aquel retrato fuese para el hijo que D. Quijote había de engendrar, como del valor inestimable de aquellas luminosas piedras. En Dios y en mi ánima, pensaba, que sólo habiendo dado este loco de mi amo con otra loca más rematada que él puede tener explicación este caso; pero tampoco, porque, aun estando loca, una mujer sabe medir la edad de sus pretendientes, y no es capaz de regalar su retrato y empeñar su palabra a un niño con chichonera603, ni menos no nacido aún y sí de mera imaginación y conjetura.

-¡Si vieras -continuó don Quijote- qué pintura le hice del Príncipe, tan exacta y acabada, ya que no pude mostrar miniatura ninguna de él!

-Le pintaría Usía como a un angelito de esos que sólo tienen una cabeza y dos alas, que es la manera más aproximada con que los pintores ponen en los lienzos a los espíritus puros -dijo Bartola.

-¿Quieres callarte, hombre? -replicó D. Quijote-. ¡Nada de eso; que no se trataba de un espíritu puro, sino de un Príncipe casadero! ¿Acaso nos pintan a Adán recién nacido en el Paraíso, como un niño andando a gatas? No tal, sino que ya le presentan hombre hecho y derecho, capaz de comerse la fruta del árbol prohibido. Pues así pinté yo al príncipe, anticipando un poco su natural desenvolvimiento; pero con entera fidelidad, como tiene que ser y seguramente será en su sazón: alto, bien erguido, de rostro hermosamente viril, de marcial continente, de negros ojos y nariz aguileña, de finos labios sombreados por el bozo, de corteses maneras, valeroso en el combate y prudente en el discurso.

-¡Válame Dios -exclamó Bartola-, y qué compromiso para Usía y para el éxito de su empresa, si sale pequeño o jibado o de nariz roma o tuerto de un ojo!

-Dígote que no sale y basta -respondió D. Quijote encolerizado-; que ésas son faltas que o se heredan o se adquieren, y ni el Príncipe ha de poder heredarlas de sus padres que son cabales y apuestos, ni ha de adquirirlas por el exquisito cuidado que con él se ha de tener. Será como dije y nada más; presto has de verlo tú, como la Princesa. Y desde ahora quiero que hables con más comedimiento de este Emperador de Iberia, que se llamará Alonso como yo604, y siempre que le nombres has de decir Su Majestad don Alonso I de Iberia, Rey de Castilla, de Aragón, de los Algarbes, de Sicilia, de Nápoles, de los Países Bajos, de las Indias Orientales y Occidentales, etc., etc.

Bartola hizo ánimo de no nombrarle ya más, para evitarse alguna omisión, y entonces cayó en la cuenta de que no había preguntado a D. Quijote a qué iban a Gibraltar; pues le interesaba saberlo, por si era cosa de algún contrabando en que él pudiera tomar parte, empleando el dinero que le regaló la Princesa. Hizo, pues, la pregunta, y entonces el caballero le declaró seria y formalmente que iban a Gibraltar a quitar la bandera inglesa de aquella plaza fuerte, desterrando así por siempre jamás la intrusión de Inglaterra en ese pedazo de la Península Ibérica.

Aterrose grandemente el escudero al oír con tal lisura expuesto tamaño desatino, y dijo a D. Quijote que lo mirase y considerase bien; que esa bandera estaba allí mantenida, sin razón desde luego, pero por la fuerza de muchas bocas de fuego de que estaba erizado el Peñón, y por no pocas tropas inglesas que a la plaza guarnecían, y por numerosas más que podían arribar, y por muchos barcos de combate que Inglaterra tenía en los mares y algunos anclados allí en aquel mismo puerto.

-¡Pues yo te aseguro que nada de eso ha de valer! -exclamó don Quijote-, y que he de arrancar esa bandera de allí y hollarla con mis pies, hasta hacerla trizas, por la sinrazón con que ondea ahora, cuando yo al dormirme dejé allí la de España tremolando. Si se han aprovechado de mi sopor, ahora sentirán el influjo de mi despertar; a más de que en ello va empeñado el honor de Dulcinea.

-Yo le pido y suplico a Usía que desista de esta aventura -replicó el escudero-, que es peor que la de los leones de antaño y que la de los Mallos o Riglos de ogaño. Mire que esos ingleses son hoy los dueños y señores de los mares con sus barcos, que en ese Peñón tienen su mejor guarida y que apenas intentemos lo que Usía se propone, nos acribillarán y ya puede Usía llorar por muerto a su príncipe non nato, y por frustrado el matrimonio de él con la Princesa Beatriz, y todo eso del Imperio Ibérico, que va Usía a comprometer y perder en esta sola jugada.

-¡Inglesitos a mí! -exclamó D. Quijote-; déjame con ellos, que ya verás cuán presto doy fin de todos los que en ese Peñón anidan.¡Barquitos a mí!; déjalos venir, que mientras yo tenga a mano hojas de oliva y palmera, como Astolfo, les opondré en un abrir y cerrar de ojos ciento por uno. No te apoques y vamos a Gibraltar en derechura, a realizar esta hazaña, que cuanto más dificultosa sea, más honra y prez ha de proporcionarnos.

-Señor -preguntó Bartola-, ideando un supremo recurso para disuadir a su amo. ¿Y no se podrá quitar la bandera de ese Peñón por las artes diplomáticas, ya que tanto éxito han proporcionado a Usía en Portugal?

-No, amigo -respondió D. Quijote-; hay que aplicar a cada caso el medio apropiado, y con estos que en el Peñón anidan no valen aquellas artes sutiles. Aves de rapiña son y no habrás tú visto jamás que a ninguna de éstas se le pueda quitar su presa por persuasión, ni por medios suaves y amistosos. Es preciso la fuerza: sorprenderlas en el mismo nido, y allí rematarlas. A eso vamos y no me repliques.

Siguieron, pues, marchando, pero Bartola determinó no arriesgar él su pellejo en tamaña aventura, sino mantenerse dentro de la línea española, hiciera su amo lo que hiciera, y aconteciérale lo que le aconteciese.

Habían pasado largo camino en todas esas pláticas y no poco en silencio, meditando Tragaldabas qué haría para sustraerse a los peligros y desastres que presentía; cuando después de atravesar el sur de Extremadura con sus estepas y la Sierra Morena con sus bosques y madroñares y el Guadalquivir con sus mansas corrientes, llegaron a Sevilla, que en plena primavera alzábase sobre sus verdes campos y naranjales, ceñida de flores, con su Torre del Oro mirándose en las aguas y su Giralda gentil pintándose en los cielos.

-Señor -dijo Bartola-, para toda empresa grande es preciso preparación y descanso, y pues tanto venimos batallando y moviéndonos desde Aragón, que ya lleva Usía conquistados dos reinos, el de Andorra y el de Portugal, y hecho un Emperador, y vengada la muerte del Rey don Favila, y realizadas otras muchas proezas, le propongo que descansemos dos días en esta Sevilla de Fernando el Santo605, antes de ir a Gibraltar.

Con tal de que no sea otra Capua y no pase de esos dos días accedo -respondió D. Quijote-, y así me probaré esa armadura, regalo de la Princesa Beatriz, y montaré el caballo que me dio y tú el tuyo y, ejercitados en su manejo, iremos ya sin dificultad a combatir a esos ejércitos y escuadras de Inglaterra.

Apeáronse, pues, y, desencajonados los dos caballos, vio D. Quijote que eran muy buenos, el suyo singularmente magnífico, y con ellos y el bagaje de la armadura, escudo, espada y lanza, que iban bien embalados, se dirigieron a una hospedería de la calle de la Cuna606, donde había además cuadras buenas y caballos a pupilo607.

Son y han sido siempre los sevillanos muy dados a burlas y chanzonetas608, y más todavía las sevillanas, que en cada palabra ponen un grano de sal; así que la extraña catadura de D. Quijote, aun no llevando sus armas, y la figura grotesca de Bartola, dieron pie en la hospedería a risas, algazaras y frases picantes.

Había hospedados allí ganaderos cordobeses, toreros de cartel, jugadores de ventaja, mocitos que escupían por el colmillo, guapos que peinaban tufos y se echaban a la cara sombreros anchos, algún que otro militar de baja graduación, dos o tres estudiantes rasgueadores de guitarra, y una compañía de malos cómicos, entre los que descollaba una tiple609 nacida en Sevilla, graciosa y hermosísima, que no había más que ver.

La mesa redonda era una algarabía, y allí cayeron D. Quijote y Bartola, produciendo un tiroteo de dichos, retruécanos y andaluzadas en las dos filas de comensales que cruzaban sus fuegos sobre los recién llegados, sin que ellos lo notaran.

-Ten mucho comedimiento, Bartola -le decía D. Quijote en voz baja-; que este que ves es un banquete de príncipes y magnates que nos obsequian por nuestra llegada, enterados sin duda de mis hazañas pasadas y de las presentes y sabedores de mis empresas futuras.

Había tocado a don Quijote su cubierto al lado de la tiple y con este motivo cambiáronse entre ellos las primeras frases de cortesía.

-Vuestra Alteza será servida de gustar de este manjar -dijo primero él, ofreciéndole un queso de bola; y ella, que se oyó llamar Alteza y pensó sería por donaire, respondió en el mismo tono:

-Doy muchas gracias a Su Majestad y le cortaré una rebanada.

-¿Oyes -dijo D. Quijote a Bartola- cómo me tratan ya como persona de la realeza? -Y volviéndose a la tiple, respondió-: No soy Majestad todavía, Señora; pero hago majestades, porque no ha mucho que conquisté el Imperio de Andorra para mi escudero Panza, y ahora vengo de celebrar los esponsales de mi hijo el Rey de las Españas con la Princesa heredera de Portugal.

Quedose la tiple, si no con un palmo de boca abierta, porque la tenía chiquita, lo menos con una pulgada, y coligió que aquello no era broma ya, sino falta de algún tornillo en la cabeza; pero D. Quijote la sacó de dudas manifestándole quién era y cómo estaba en Sevilla de paso para Gibraltar, de donde había de arrancar la bandera inglesa, por el solo esfuerzo de su brazo.

Contó la tiple a los de la compañía la conversación del caballero, que se creía en su locura ser D. Quijote de la Mancha, y todos determinaron vestirse de sus trajes de reyes y personajes e ir a hacerle una visita; con lo que él quedó más convencido de que estaba entre gentes de alcurnia y de sangre real.

La tiple, que había leído las graciosas escenas de Altisidora y la pudibundez y castidad del caballero, quiso ver si flaqueaba o mantenía su fidelidad a Dulcinea, y con tiernas miradas, con picarescas sonrisas y con fingidos suspiros, hizo comprender a D. Quijote que estaba prendada de su persona y le descubrió ser la Emperatriz del Brasil610, enseñándole grandes riquezas en coronas y pedrerías de aquel Imperio, todas de talco, con diamantes americanos y esmeraldas y rubíes artificiales.

D. Quijote no pudo menos de revelar a Tragaldabas aquel suceso. La Emperatriz del Brasil se le venía a las manos con su Imperio, sin más ni más; pero él seguiría fidelísimo a Dulcinea, evitando sus seducciones. Ve tú si puedes, dijo a Bartola, ganarte el ánimo de esa Emperatriz brasileña en mi lugar, y cátate ahí con el Imperio que deseabas, cuando menos podías imaginarlo; mas Bartola, mirándose al espejo, se declaró incompetente para esa conquista.

Tanto asedió la Emperatriz a D. Quijote, que estuvo varias veces éste a punto de rendirse; porque la pícara era más astuta que Altisidora y tenía más sandunga, y no hay caballero que resista en casos tales, por mucho que sea el amor a su dama. Por último, se rindió y prometió acudir a la cita, que en su cámara real le dio la persistente y enamorada Reina.

Media noche era por filo611 cuando dejó sigilosamente su cuarto don Quijote para acudir al cebo de la encantadora tiple; entornada halló la puerta de la real estancia, y todo oscuro, sin el menor rumor. Otro que no hubiera sido él hubiese vacilado, pero quien llevado había a término tan atrevidas empresas no iba en esa ocasión a temer ni a titubear. Entró, pues, con el corazón sereno, y lenta y pausadamente se dirigió a tientas a lo más denso de la sombra. Allí, sobre un canapé612, estaba esperándole la Emperatriz, y él rodeó su talle, le dijo ternezas, sintió el roce de la seda de su vestido, y casi el perfume de su boca. Pero su cuerpo estaba exánime y al primer movimiento cayó como muerta en sus brazos.

En esto oyó que cerraban con llave la habitación, y él quedaba allí en las tinieblas con aquel cadáver. Pensó en un regicidio. La Emperatriz había sido asesinada y él, todo un caballero andante, iba a ser sorprendido con el cuerpo del delito, creyéndosele el matador de aquella Reina infortunada.

No sabía que hacer, ni era el caso de tirar de la espada, sino de guardarla limpia en la vaina, para que no se manchase en aquella sangre real. Gritó, pues, desaforadamente: «¡Acudid! ¡Asesinos! ¡Han matado a la Emperatriz!» Los cómicos y muchos de la hospedería, que estaban en el secreto, llegaron, abrieron la habitación fingiendo violentar la puerta, entraron con hachones y hallaron a D. Quijote con los cabellos erizados y sosteniendo en sus brazos un maniquí, muy bien vestido con uno de los trajes de la tiple, con su falda, su cuerpo bien ajustado y su cabeza con peluca.

La burla fue general, pero la Emperatriz, que apareció, lo explicó todo, diciendo que, habiendo sabido que trataban de asesinarla aquella noche, había hecho poner en su lugar aquel maniquí, y dio muchas gracias a D. Quijote por haber acudido a salvarla. Tranquilizose éste, felicitáronse todos, y se alegró Tragaldabas de no ser el de la cita, por haberse ahorrado el susto del regicidio y del cuerpo muerto.




ArribaAbajo Capítulo XIV

De la salida de D. Quijote de Sevilla y sus aprestos guerreros ante el inglés enemigo


-Habéis de saber -dijo la tiple a D. Quijote- que por causa de mi inclinación a vos es por lo que han mandado de Brasil asesinos para que acaben con ambos; por lo que conviene estar sobre aviso, y lo mejor será que os vistáis siempre esa armadura que decís traer, regalo de la Princesa de Portugal, porque llevándola siempre puesta y durmiendo con ella no seréis víctima del puñal alevoso, y yo por mi parte usaré cierto cosmético que untado por todo el cuerpo hace invulnerables a las personas.

Pareciole bien el consejo a D. Quijote, y mientras fue la tiple a frotarse con el cosmético, hizo él desembalar la pesada armadura, y con ayuda de Bartola comenzó a ponérsela y ajustársela; y así que estuvo bien encerrado en ella, pareciole que era Atlante, y que tenía sobre sus espaldas todo el peso de una montaña613, y con gran dificultad echó a andar, como un antiguo guerrero que de improviso hubiera quedado paralítico; pero, no queriendo dar a entender que aquélla era para él carga pesadísima, soportó la gravedad de aquellos hierros, y así estuvo parte del día consumiendo sus energías en sostener aquel casco y aquel coselete, que parecían hechos para Hércules.

Tantas fueron las burlas de los huéspedes, que aparentemente alababan la marcialidad y desenvoltura de D. Quijote, y tanto lo que éste sudó en sostener su negra honrilla614 de esforzado campeón, que la tiple, doliéndose de él, no quiso siguiera llevando a cuestas aquellas arrobas de acero y díjole que mejor que ir siempre encerrado así, lo que la privaba a ella de ver su rostro y demás prendas de su persona, sería que usara él también aquel cosmético que hacía invulnerables los cuerpos, y que ella le daría unos cuantos frascos para que se untara, pues era precisamente el que usaba Aquiles, para que no pudieran herirle espadas ni lanzas.

Eso agradó a D. Quijote y, desembarazándose de la armadura aquella, que vio no le era conveniente para la agilidad de los combates, tomó y guardó los frascos que le dio la Emperatriz del Brasil, que no eran sino tarros de inofensiva pero ricamente olorosa pomada; muy contento de poder emplearlos en su empresa de Gibraltar, y seguro de que, untado con ellos, no harían mella en su persona los machetes ingleses, ni los proyectiles de los acorazados.

No era de esa opinión Tragaldabas, a quien ofreció D. Quijote untarle también para entrar en aquella guerra, y que no se convenció de que con un frote de aquella pomada se embotase la punta de una bayoneta, ni retrocediese un proyectil de aquellos barcos de la fiera Albión; pero casi llegó a dudar al oír a la Emperatriz asegurarlo y decir que a ella le hicieron blanco cien cañones de aquellos y que, por estar prevenida y untada de aquel cosmético, tan sólo le marcaron en el rostro algunas pequeñas señales como pecas, que se le borraron muy pronto, y que sólo sintió como picadura de mosquito.

La tiple y el tenor llevaron a D. Quijote a pasear por Sevilla, y solazáronse mucho oyendo contar a éste sus proezas, sobre todo la del salvamento de Desdémona.

Cuando D. Quijote vio aquella Plaza Nueva adornada de naranjos615, aquel paseo de las Delicias, cercado también de ellos y trasminando a azahar, aquel cielo riente616 y aquel río bellísimo, y tanta barca surcándolo y tantos poderosos navíos anclados en él, y tantas engalanadas gentes y lujosos trenes y troncos de caballos andaluces por los magníficos paseos, creyó que estaba en una ciudad fabricada en medio precisamente del jardín de las Hespérides617, y casi no se engañaba, si como supone la leyenda aquel jardín situábase en España, que de eso se llamaba Hesperia; en cuyo caso su centro debió de ser Andalucía y su río el Guadalquivir.

Visitaron el Alcázar618, y allí sí que creyó el caballero que habían tenido las hadas labor para mucho tiempo, tejiendo tan maravillosamente los encajes de aquellas paredes. No era posible que toscos alarifes hubieran fabricado aquello, sino manos finísimas de sílfides. Sus arcos parecían levantados por genios para sostener tantas blondas de hilos de oro, grana y azul; y aquellos zócalos de azulejos semejaban pedrería de fantásticos orfebres, ajustada y engastada allí primorosamente.

-Éste es el patio de la Montería619 -decía un cicerone que les acompañaba-. En él tenían sus moradas los Monteros de Espinosa620. Éste es el sitio en el que se cree formaba su Tribunal el Rey D. Pedro -añadió; y D. Quijote echó de menos la adusta figura de aquel Rey, para meter en cintura a todos los Tragaldabas de España-. Ésta es la Sala de Justicia -continuó el cicerone; y al hallarla vacía el caballero pensó que así andaba sin aras y sin culto el templo de la diosa Temis621 entre nosotros.

La sombra del Rey D. Pedro volvió a pasar ante él, en aquella estancia, recordando haber leído el escarmiento que hizo allí en unos Jueces prevaricadores, cuando presentándose ante ellos iracundo les hizo cortar en el acto las cabezas y colocarlas para enseñanza en aquel sitio.

-¡Ése era un Rey -exclamaba D. Quijote, contando la historia a la Emperatriz-; y si hoy hubiera uno de ésos, qué pocas cabezas de Jueces y de Oidores quedarían sobre sus respectivos hombros!

Cuando llegaron al patio de las Doncellas622, D. Quijote, que en materias históricas estaba siempre pronto a dar más crédito a la fábula que a la verdad, lamentose de que hubiéramos pagado el tributo de las cien a los califas de Córdoba, por aquella cobardía de Mauregato623; y dijo que, de haber vivido él entonces, nos hubiera liberado de ese baldón y, entrando espada en mano en aquel recinto y aun en el mismo dormitorio de los reyes moros, hubiese vencido aherrojado a éstos y libertado a aquellas cien vírgenes, que hubieran salido incólumes de aquel Alcázar para ir a rodear el trono de Dulcinea.

Así recorrieron varias y bellas estancias, recordando y comentando el caballero leyendas y tradiciones, y al llegar a los baños de las sultanas, antes rodeados de naranjos, refirió aquella novela de beber el Rey y los caballeros el agua en que se bañaba la favorita María Padilla624, después de haber salido ella del agua, pues tan rica y olorosa la dejaba; a lo que respondió la Emperatriz de Brasil que eso sería en días en que no se jabonase, asintiendo desde luego D. Quijote, porque no podía creerse otra cosa.

Todo lo miraba embobado y en silencio Bartola, que iba detrás del cicerone, formando parte del séquito, y gustole tanto Sevilla y sus palacios, que no comprendía que su amo no quisiera pasar más de dos días allí, cuando él se hubiera estado toda la vida.

-Señor -le dijo cuando se vieron solos-, ¿no será mejor que nos quedemos en esta ciudad tan hermosa y rica, y que Usía se contente con esta Emperatriz de Brasil, que tan graciosa y bella es, y nos dejemos ya de ir a Gibraltar ni de correr en pos de Dulcinea? Mire Usía que yo siempre oí decir que más vale pájaro en mano que buitre volando625, y no es mal pájaro este que podemos coger, vos de una emperatriz tan poderosa, y yo siendo su tesorero.

-Capua tenemos -exclamó D. Quijote-. Seguramente que Aníbal, en aquella famosa campaña suya, tuvo al oído otro escudero como tú, que al acampar en Capua le hablaría con tan insinuante lenguaje626. Déjame a mí, que mejor que seguir aquel enervado púnico en lo de entregarme a las delicias de la ociosidad y el placer, quiero imitar a Eneas, que se arrancó de los brazos de Dido y puso a la vela sus bajeles para cumplir su misión providencial, llevando sus penates a Italia, aun dejando en amargura y sollozos a aquella Reina de Cartago, que se dio muerte por su abandono627. Este Eneas fue llamado el Piadoso, y celebrado por su deserción, en versos inmortales; que la piedad no consiste en dejarse ablandar de lágrimas como aquéllas, que derramará también por mí la Emperatriz brasileña cuando me parta de su lado, sino en ocasionar mayores males y catástrofes cediendo a llantos por debilidad y compasión mal entendida. A esta piedad superior me atengo; que entre que llore y aun se dé muerte la enamorada Emperatriz del Brasil o que Dulcinea gima esperándome, y se queden sin realizar mis altas empresas, y perezcan España y el Imperio Ibérico, prefiero aquello y opto por evitar esto último; con lo que, además de triunfador, podré ser llamado pío como Eneas, y felice como Trajano628.

Esto dicho, D. Quijote mandó a su escudero preparar las jarcias y velas de sus bajeles para partir, como el héroe de la Eneida, sigilosamente; y creyendo Tragaldabas que deseaba ir por mar a Algeciras, tomó billetes en uno de los vapores, que salía aquella madrugada, y embarcó los dos caballos y la impedimenta, pagando la cuenta de la hospedería.

Llegada la hora, salió D. Quijote de su habitación de puntillas, para que no lo notara la Emperatriz, y con Bartola se dirigió al muelle, donde creía que toda una flota como la de Eneas estaría desrizando sus velas629 para darse al mar; así que quedó maravillado cuando sobre el puente del vapor, sin desplegarse vela ninguna, vio que soltaba las amarras el barco y salía navegando como movido por fuerza invisible.

-¿Qué es esto, Bartola amigo? -exclamó el caballero-. ¿También hay duendes en los ríos y mares que impulsan los navíos, haciendo el velamen inútil? ¿O es que vamos sobre el lomo de un monstruo marino que bate a flor de agua sus aletas?

-Señor, éste es un barco -dijo Tragaldabas-, y no necesita velas porque el vapor lo mueve por donde quiera, sin obedecer al viento. Dicen que son caballos de vapor los que lleva, y que ellos lo empujan.

Don Quijote recordó la explicación de Panza sobre los caballos de vapor del monstruo con el que tuvo el primer encuentro, y pensó que el mismo dragón, vencido y sojuzgado por los hombres para sus viajes terrestres, tendría similares en el mar, que también domeñados permitirían a placer el cruce de las olas. Debieron de ser muy esforzados los andantes caballeros Stephenson y Fulton630 para conseguir el vencimiento y domesticidad de esa fieras. Verdaderamente habían hecho un gran servicio a la humanidad trashumante, ahorrándole caballerías de sangre y piezas de lona.

Aún no había amanecido, y entre las sombras que envolvían a la morisca Sevilla631 brilló de pronto una hoguera, acaso algún pequeño incendio en algún viejo caserón de sus barrios, y enseguida que lo notó D. Quijote dijo a Bartola:

-¡Ahí tienes ya encendida la pira de la Emperatriz de Brasil!632 Loca de dolor por mi ausencia, la ha hecho preparar con leños resinosos. Mira a la nueva infeliz Dido, haciendo sacrificios y ofrendas, invocando a las estrellas y a Hécate633, con un pie descalzo, el cabello suelto y el manto desceñido; oye sus imprecaciones contra mí y cómo pide en su furor que me acontezcan mil desastres; mírala en fin subir a la alta hoguera con desenfado y clavarse la espada rodando moribunda. ¡Reina infeliz! ¡Triste destino el de los mortales, que no pueden ser piadosos como Eneas sin dejar tras de sí rastros de sangre y lágrimas!

Bartola, que nada había visto, sino aquel lejano resplandor, y que no conocía el poema virgiliano ni por el forro, quedose a oscuras de toda aquella palabrería; pero viendo pensativo a D. Quijote, quiso animarle, diciéndole que se volverían a Sevilla desde San Lúcar de Barrameda, si es que la partida le apenaba.

-¿A qué he de volver ya -exclamó el caballero-, si todo se ha consumado allí, y no encontraré más que aquel cadáver real colocado sobre su negro túmulo? Sigamos, y el cielo quiera acoger con misericordia el alma de esa Reina desdichada, y desoír sus imprecaciones, que si nos alcanzan nos convertirán en papilla las carnes y en polvo de carbón los huesos de nuestro cuerpo. Di al piloto ahora que esté alerta sobre el timón, y a los remeros que se aseguren en los bancos; que tengo los mismos agüeros que el fugitivo troyano sobre una inmediata tempestad, que puede poner la quilla del barco hacia las nubes634.

El manso Guadalquivir desengañó a D. Quijote de sus agüeros, y cuando amaneció sobre aquella campiña, donde pastan las toradas, y se descubrieron sus blancos pueblecillos y se tiñeron de sol aquellas sierras llenas de robledales y olivares y se pintó la luz en la cinta de oro de aquel Betis, por donde iba deslizándose el buque sin movimiento ni ruido, recobró el caballero la calma y abrió su corazón y sus sentimientos a nuevas y más suaves emociones.

Por fin divisaron la torre de Lebrija635, luego San Lúcar, con su promontorio de casas blancas, que parecían montones de sal, y pasaron la barra y entraron en el Océano, cuyas ondas verdosas y soberbias levantaron el buque y lo mecieron como negra pluma de cuervo caída en sus aguas. Vieron Chipiona de lejos, Cádiz, y pasando por el cabo de Trafalgar636 y, reparando D. Quijote en que el capitán del vapor se descubría respetuoso, supo con asombro nuestra gloriosa derrota allí, y vio en ademanes guerreros frente a la sombra de Nelson las de Gravina y Churruca637.

Anclaron en la gran bahía de Algeciras y desembarcaron, y allí, a la vista de Gibraltar, dispuso D. Quijote acampar para acometer su temeraria e increíble empresa.

-Ahí tienes el enemigo, ¡oh Bartola! -exclamó aquél señalando el Peñón como Napoleón un día mostrara a sus ejércitos en Egipto las moles de las Pirámides-. ¿Quién ha de decir a esa formidable plaza, con todos esos navíos y con esos innumerables cañones y con tantas provisiones de boca y guerra638, que un caballero seguido de su escudero no más ha de arrancar la bandera odiosa que en ella ondea y devolver al suelo ibero ese pedazo de tierra, en mala hora de él desgajado? Ya verás tú si yo imito a D. Galaor cuando él solo ganó el castillo de la Peña de Galtares, a aquel gigantazo Gaitán, rematándolo valerosamente. Limpia mi espada y lanza y tráeme esos botes del unto maravilloso que me regaló la emperatriz brasileña, que bien frotado de él seré invulnerable; y frótate tú también, si lo deseas, por si hicieran blanco en tu abdomen los cañones enemigos. Ya ves que unas picadas de mosquito, que es lo más que puedan hacernos, cualquiera las sufre, y en cambio nuestros nombres pasarán a las generaciones venideras en mármoles y bronces esculpidos.

-Limpias están sus armas y aquí tiene Usía los untos -dijo Bartola dándoselos a su amo-; pero yo le ruego y suplico no fíe en su brazo, ni en la salvaguardia de estas pomadas; que una sola de las granadas de esas bocas de fuego es capaz de hacernos volar en pedazos tales, que luego al caer en la tierra no puedan recogerlos ni las hormigas.

-¡Quítate allá! -replicó el caballero-. ¡Bien se conoce que tú no estuviste a mi lado en la batalla de los Cuervos, donde vencí yo solo a cinco cuerpos de ejército de a cien mil hombres cada uno, de infantería, caballería y artillería como ésa! Dígalo Panza que lo presenció todo tendido boca abajo y con la nariz pegada a la tierra, tanto que se hizo en ella un buen desollón. ¿A qué le debió su Imperio sino a esa batalla mía? ¿Pueden estos del Peñón hacer más fuego que aquéllos hicieron sobre mí? Y, sin embargo, quisiera que hubiese visto la carnicería que les hice y la fuga en que les puse. No hayas miedo y ven agarrado a la cola de mi caballo y resguardado en él, si no quieres montar en el tuyo; pero ven, que quiero que presencies y puedas dar testimonio de esta soberbia victoria.

Tragaldabas, que creyó poder disuadir a su amo de aquel disparate, viéndole tan aferrado a él, escogitaba cómo sustraerse a la hecatombe que tenía por segura; pero en últimas, fingiendo ceder, propuso una dilatoria, para probar si, pasando una noche por medio, iluminaba Dios las tinieblas e imaginaciones de aquel cerebro trastornado.

-Señor -dijo-, sólo pido a Usía una tregua para que entremos en ese combate. Tengo mujer, nada sé de ella, y ha debido de escribirme a Algeciras. Aquí estará su carta, y por si muero, porque yo no fío en el unto ese, quisiera poder contestarle esta noche y hacer testamento a favor de ella, de lo que me toque del botín de esa victoria y de lo que Usía quiera compensarme; Usía también necesita descansar de su viaje marítimo; los caballos se tambalean del mareo y de los tumbos del barco. Reposemos esta noche siquiera, y mañana con la luz del día puede Usía atacar esa plaza fuerte; que ya se ha puesto el sol y pronto anochecerá y yo he leído que Usía dijo en cierta ocasión que no es bien que los caballeros hagan sus fechos de armas a oscuras, como los salteadores y rufianes639.

Cedió D. Quijote ante el argumento de sus propias palabras, de que era gran guardador, y determinó que al siguiente día de mañana atacaría al Peñón aquel, como se había propuesto.




ArribaAbajo Capítulo XV

De la fuga de Tragaldabas y de cómo llevó a felice fin D. Quijote su empresa en Gibraltar


Lograda la breve tregua, Tragaldabas corrió a ver si tenía carta de su esposa, como así era en efecto, y ansiosamente la abrió porque de ella dependía su resolución en aquel grave trance en que se hallaba.

La carta decía de esta manera:

«Querido Bartola: mucho siento no te hayan llegado las anteriores y te deseo cabal salud, avisándote que sigo bien; pero no así mi madre, que con los disgustos que hemos tenido no está buena.

»Te contaba en la primera la sorpresa que nos había causado tu determinación de ceder nuestra casa, huerta, viñedos y secano a este común de vecinos, y de hacerte escudero de caballero andante para ganar un reino o alguna rica provincia, por lo acontecido a Juan Panza, y te avisaba mi sospecha de que no iba a salirnos la cuenta, quedándonos ahora a pan pedir, con la esperanza de estar luego ahítos.

»No fiándome de mi parecer, ni del de mi madre, que era el mismo, acudí a nuestro Diputado, que estaba aquí de elecciones, contándole el caso, enseñándole tu escritura de cesión y pidiéndole consejo; y él, muy maravillado, me dijo que no la presentase al Concejo; sino que la rompiera o quemara, porque lo contrario era sentar un mal precedente en política.

»No recibiendo contestación tuya sobre este particular, determiné guardarla y escribir al Imperio de Andorra a Panza Alegre, para saber qué era aquello de su encumbramiento, y si sería fácil que tú encontraras con D. Quijote en breve plazo una suerte semejante. La carta de Panza Alegre, que acabo de recibir, me confirma en mis sospechas y en el prudente consejo de nuestro Diputado, que por algo habla con tanta autoridad en la Cortes y va camino de ministro. Panza Alegre me dice que no hay tal Imperio; que todo ha sido una locura y una fantasía de aquel caballero andante, capaz de trastornar el juicio al mismísimo Séneca. Me cuenta que, fiado Juan Panza en ciertas apariencias de batallas y de victorias y de falsas cesiones de la corona de Andorra, se encaminaron él y ella y su hija Pancica a tomar posesión de aquel reino, malvendiendo sus tierras y aperos de aquí, y que se encontraron chasqueados; porque no había reino siquiera, y sí una comarca pobre de pastores y labriegos, gobernada por dos Vegueres, que dijeron ser apócrifo y disparatado todo aquello de la conquista de tan chica nación. Añade Panza Alegre que, gracias a que uno de los Vegueres se enamoró de Pancica y se casó con ella, no han vuelto tristes y miserables a este lugar de la Mancha; y que si vive allí es merced a su trabajo y al del Verguer, su yerno, que es un labrador de aquéllos, algo más acomodado que los otros.

»Abre, pues, el ojo y no te fíes de esa conquista de provincias ni de estado, que son de novela, o mejor de cuentos, y perdona si no entregué las escrituras al Concejo, desobedeciéndote; pero fue por precaución, que tú verás ahora, con estas noticias, si está o no bien tomada.

»Por Dios te ruego que vuelvas a casa; que el Diputado me ha prometido olvidar tu escapatoria y hacerte de nuevo alcalde, y déjate de andantes caballerías que no son de estos tiempos, ni conducen a nada como no sea al manicomio».

La despedida era muy cariñosa, y Tragaldabas, que había leído atónito todo lo referente al chasco del Imperio de Andorra, se enterneció al final y mojó de lágrimas brotadas entre sollozos la carta de su carísima cónyuge.

-¡Ay, mujer mía -exclamó-, y qué bien hice en casarme contigo! ¡Lo que vale tener una mujer prudente y un Diputado de sano juicio! ¡Ella refrena el ímpetu de mi irreflexión, y él ha impedido una catástrofe en su distrito electoral! ¡Ésos son una mujer avisada y un Diputado celoso! ¡Tenía éste razón en que mi escritura sentaba un mal precedente en la política, y yo, dentro de mi modestia, debo someterme a esa razón de Estado! ¡Ya he abierto por fin los ojos y veo la verdadera luz!

Y esto diciendo, arregló apresuradamente su maleta, sacó de la de D. Quijote el retrato de la Princesa, quitándole el marco y dejando la cartulina; contó y puso en su cinto el oro regalado de D.ª Beatriz; salió a la calle y negoció con unos tratantes la venta de los caballos en cinco mil reales, cobró el precio y picó de soleta640 en el vapor que salía para Cádiz, con el propósito de alcanzar allí el tren para Sevilla y Ciudad Real, y volverse a su pueblo a hacer la felicidad del común de vecinos.

Pasó D. Quijote la noche en su alojamiento, sin saber nada, y al despuntar el día se despertó muy ufano, como siempre que tenía que realizar alguna proeza, comenzando a llamar a Bartola, que a la sazón estaba más allá del estrecho de Gibraltar, dando vista a Tarifa; y, al ver que no acudía, saltó de la cama y se vistió apresuradamente, buscándolo sin resultado. Pidió su caballo, pero el hijo de la hospedería dijo que los dos los había sacado su escudero la tarde anterior, con unos tratantes que con él estaban.

-Apuesto a que le han engañado otra vez y los ha vendido ese bellaco a seis duros cada uno -dijo D. Quijote-. Y como registrara la cuadra y no los hallase, y luego viera que en el cuarto de Bartola no estaba su maleta, y que le faltaba a él en la suya el marco del retrato de la Princesa de Portugal, cayó en la cuenta de que Tragaldabas había vuelto a sus mañas antiguas y había hecho copo redondo, marchándose y dejándole sin escudero ni palafrén, y juró picarlo y desollarlo vivo donde lo hallase. Pero como el sol se levantaba más cada vez y se malograba la ocasión en que se propuso realizar su hazaña de Gibraltar, encaminose diligentemente hacia la Línea, a pie y con sólo su espada, después de untado bien todo el cuerpo con la pomada de la Emperatriz brasileña.

Cuantos le veían, alto y flaco, pasar a largas zancadas, con aquella ropilla de comedia641 y aquel capacete y aquella espada al cinto, creíanle algún militar inglés, que se dirigía a los cuarteles de Gibraltar a inspeccionar los servicios, y que había pasado la noche en Algeciras sin permiso de sus jefes. Otros juzgábanle un loco y se burlaban de su catadura, y nadie sospechaba ciertamente que iba a ganar para España aquel pedazo de territorio usurpado por la codicia británica desde hacía más de doscientos años.

Al llegar a la Línea y al límite de la zona neutral, D. Quijote vio la bandera roja inglesa clavada un poco más allá, y que, sacudida por el viento, parecía una mano sangrienta que azotara su rostro. ¡Allí, bajo el cielo azul español, pintábase como mancha de vergüenza indeleble, y el caballero, sin reparar en más, salvó la distancia que mediaba, llegó, arrancó el asta, derribó el trapo rojo, lo pisoteó y lo hizo trizas; sin que los centinelas, que, algo beodos, estaban descuidados, pudieran evitarlo al acudir, logrando sólo a duras penas prender y desarmar al animoso hidalgo.

-¡Malandrines! -gritaba él-; soltad, que no es ésta manera de combatir a un valeroso caballero. Tomad vuestras armas y venid a medirlas con las mías, que a cada uno y a todos juntos reto. ¡Ya es Gibraltar por España! Y ahora estoy presto a daros el desquite, a pie o a caballo, con lanza o con tizona. Pero los soldados ingleses, que no entendían nada de esto, lleváronle preso al gobernador, y después a los calabozos militares de la plaza, corriendo velozmente la noticia, y formándose consejo de guerra incontinenti al osado caballero andante.

Encerrado en su calabozo D. Quijote, con esposas y grillos que le mantenían sin movimiento, echó de menos la compañía de Juan Panza, que en la cárcel de Villacañas dulcificó sus horas; atribuyendo a la defección de Tragaldabas, que descubriría sus planes estratégicos al enemigo, el que después de la conquista y toma de posesión de la plaza le hubieran aherrojado aquellos jayanes; pero consolábase pensando que ya había arrancado definitivamente la bandera inglesa de aquel peñasco, librando a Iberia de su afrenta y realizando el segundo prodigio que Dulcinea necesitaba para su restauración.

Tenía la seguridad de romper sus hierros en sazón oportuna, y de salir libre de aquel cautiverio, como salió del otro, y entre tanto el Consejo de guerra en funciones recibía declaraciones a los soldados de la Línea, y le mandó comparecer cargado de sus grillos y esposas; lo que verificó diciendo que no tenía cómplices, ni se consideraba delincuente, ni como prisionero de guerra tampoco, sino como cautivo de jayanes y de bellacos mal nacidos, que no habían osado frente a frente medir sus armas con las de él, como cumple a caballeros, y que por la espalda le habían sujetado y maniatado; todo lo que fue traduciendo el intérprete y escribiéndose en la sumaria642.

Quiso el Juez militar averiguar al nombre, vecindad y oficio del preso, y éste, sin vacilar, declaró llamarse Alonso Quijana, pues así le pusieron en la pila, pero ser conocido por el hidalgo D. Quijote de la Mancha, Caballero de la Triste Figura, de los Leones y de la Buena Estrella, Vengador de D. Favila, andante de profesión, nacido en la Mancha y domiciliado en toda la redondez del globo terráqueo, que debía recorrer de continuo desfaciendo agravios, enderezando entuertos, acorriendo viudas y doncellas menesterosas y ayudando al buen orden y distribución de la justicia.

Mandó el Juez que lo reconocieran peritos médicos, y tales fueron las corteses razones con que les habló y la acertada manera con que respondió a todas sus preguntas, que lo declararon en su sano juicio, salvo aquello de creerse D. Quijote y porfiar que había despertado de su sueño de trescientos años para dar cumplimiento a su alta misión, que se le quedó a medias en tiempos del Rey D. Felipe II.

El cónsul de España interpuso sus buenos oficios, asegurando que se trataba de un demente, y el Consejo quedó aplazado hasta allegar nuevos antecedentes, pues se sabía que había estado hospedado y considerado en el palacio de los reyes de Portugal, lo que daba singular realce y significación a su persona, y demostraba que no sería tan loco, ya que, de serlo, no se le habría recibido y considerado así.

Mientras estos y otros datos se apuntaban a la sumaria, el caballero seguía aherrojado en su calabozo sin luz; pero en desquite celebrábanse en España las fiestas del tercer centenario de la aparición de D. Quijote, y honrábase al egregio cronista de aquel héroe que alanceaba solamente manadas de carneros, porque en su siglo no podía acometer otras empresas, estando ya conquistado el mundo para su patria por otros guerreros y capitanes anteriores.

Levantada la incomunicación, supo D. Quijote en su mazmorra el jubileo del pueblo hispano por la aparición del libro de sus hazañas antiguas, los festivales, los certámenes y los panegíricos que en honor de su persona se hacían; pero no veía que vinieran a sacarlo de su prisión, ni a libertarlo de manos de los jayanes aquellos que lo abrumaban.

-¡Menos palabras y más hechos! -murmuraba el caballero a sus solas-. ¡Menos fiesta y más aprestos bélicos! ¡Menos plumas y más espadas! -Pero sus frases entrecortadas y nerviosas quedaban ahogadas allí, sin que nadie las escuchase.

Terminada la sumaria, se abrieron las sesiones del Consejo de guerra. Don Quijote no creía que iba a ser juzgado por sus poco valerosos adversarios; sino por un Tribunal de príncipes de todas las naciones de Europa, que estaban allí para averiguar y decidir si acometió con razón aquella empresa del abatimiento a la bandera enemiga y la reconquista de aquel pedazo de territorio.

La Sala del Consejo hallábase repleta de concurrencia distinguida; los generales del Tribunal lucían sus uniformes y sus cruces, y D. Quijote compareció vestido de su ropilla harto estropeada, como un viejo hidalgo pobre y linajudo.

Cuando después de las preguntas de rúbrica643 se entró de lleno en el hecho y se demandó a D. Quijote por qué causa había acometido a la plaza y derribado de ella el pabellón inglés, haciéndolo pedazos, el reo se levantó de su asiento nerviosamente y con viril palabra y nobles ademanes dijo:

-¡Reyes y príncipes aquí reunidos! Yo soy, como declaré en la sumaria, el caballero D. Quijote de la Mancha y vine al mundo a desfacer agravios, y deshice cuantos se me presentaron en tiempos del Rey Felipe II, y ahora me encontré con otros más graves y difíciles de enmendar. Entre ellos estaba el de este pabellón clavado sobre tierra que es y yo me dejé siendo española, y que me encontré al despertar en estos días retenida y usurpada por extranjeras manos. ¡Cómo había yo, profesando la orden de caballería, de consentir en tamaña ofensa, aunque le hubieran prestado la diplomacia y los tratados su sanción, si por derecho divino no pueden sancionarse las infamias, ni desmembrarse los territorios de la madre Iberia, que es una y única desde los Pirineos a los mares. Por fuerza tenía que restituirle ese peñón, como el hermano de Amadís restituyó el suyo a Gandalac! Me han instruido de cómo cayó esa plaza en poder de la pérfida Albión644, y de cómo la mantuvo cuando quisieron los españoles recuperarla. Fue lo primero por sorpresa, cobardía y falacia; porque cincuenta y un buques, con cerca de tres mil cañones y con más de quince mil guerreros, atacaron de improviso a sesenta soldados y seis artilleros que la guarnecían, y no es mucho que hicieran capitular a su general Diego de Salinas645, al que tampoco se le respetaron los pactos de la capitulación, a más de que esa plaza fue tomada para el Archiduque Carlos y para España, de cuyo trono era pretendiente, pero no para Inglaterra, pues, de ser esto, acaso no hubiera Salinas capitulado tampoco. Y lo segundo, la conservación de ese territorio se hizo entre otras cosas batiendo con armas prohibidas por los Tratados, como eran las balas rojas, las baterías flotantes del duque de Crillón646. Plaza no ganada por derecho de conquista, sino por hurto y sustitución alevosa de bandera, poseída de mala fe y sin justo título, y mantenida por artes impropias de la guerra leal no constituye dominio; y cuando el Parlamento inglés condenó la alevosía de Rooke647 de la sustitución de la bandera austriaca por la inglesa, bien pude yo desfacer ese agravio, arrancando ésta y pisoteándola, por vil y usurpadora.

Miráronse adustos y confusos los miembros del Tribunal, ante el texto que D. Quijote exhumaba de las mismas declaraciones de la Cámara inglesa, y dieron por vista la causa; retirándose a deliberar y formular la sentencia.

El fallo se notificó al preso; se le condenó a ser pasado por las armas, y D. Quijote oyó la sentencia sin inmutarse, diciendo que bien le podían asesinar aquellos jayanes; pero que él siempre quedaría honrado y caballero.

Pusiéronle en capilla y destináronle un sacerdote para que le prestara su religiosa asistencia, y cuando él lo vio entrar en aquella celda enlutada, donde ardían dos amarillas velas sobre un negro altar ante un pálido crucifijo, repitió aquellas palabras del comunero Padilla, exclamando:

-¡Padre, ayer fue día de luchar como un caballero; hoy lo será de morir como un cristiano!648

-Así es -respondió el sacerdote-, y os pido os arrepintáis de vuestras culpas y del delito por el que se os condena.

-¡De mis culpas sí, Padre! -respondió D. Quijote-. ¡De lo otro no; que si mil veces volviera a la vida, otras mil arrancaría ese pabellón y reintegraría a mi patria en lo que es suyo!

En aquel momento se abrió la puerta de la celda y penetró un hombre jadeante y sudoroso. Era el inglés Cardiff, a quien había salvado D. Quijote de las garras del oso de D. Favila.

-¡Mi señor D. Quijote -exclamó, y se abrazó a él diciéndole-: ¿No me conocéis? Os debo la vida y vengo a pagaros. Un comerciante inglés paga siempre sus deudas; hasta las giradas sobre la eternidad.

El inglés agradecido traía el indulto del caballero. Habíase enterado de su hazaña, de las deliberaciones y fallo del Consejo y, siendo como era hermano del general gobernador de la plaza de Gibraltar, le había contado los desvaríos de D. Quijote, la vida que le debía y la locura incurable del caballero. Llevó testimonios, adujo pruebas y entre otras presentó el oso disecado y refirió el viaje a la Patagonia en busca de la imaginaria Dulcinea; todo por las alucinaciones y fantasías de aquel andante hidalgo, que soñaba despierto649.

Entonces se firmó el indulto, y el general quiso que su hermano fuera el mensajero, para que pagara aquella obligación que en descubierto tenía y que quedara en buen lugar su crédito; y D. Quijote dio por buena la paga, y salió de la capilla a la libertad, entre dos filas de soldados ingleses que lo contemplaron maravillados, llevando el animoso hidalgo alta la frente, arrogante la apostura, y prendido al pecho, como cinta de cruz laureada650, un jironcillo de trapo rojo, de la bandera abatida.




ArribaAbajo Capítulo XVI

De las conversaciones de D. Quijote y el inglés de Cardiff, del encuentro con El Poetilla y resolución de ir con él a las Américas


El inglés de Cardiff y D. Quijote se embarcaron para Cádiz, muy ufano éste de su hazaña, pensando tomar rumbo ya para las Américas, y muy satisfecho aquél de haber pagado su deuda y de estar en paz con el caballero, pero deseoso al propio tiempo de tomar más notas y apuntes de tan extraño personaje.

-Cuando volvisteis de la Patagonia -le preguntó D. Quijote-, ¿qué le pareció aquel reino conquistado por la Emperatriz Dulcinea? ¿Cómo hallasteis a esta soberana Señora? Seguramente estaba todavía en campaña, al frente de su ejército, persiguiendo y rematando a tantos fieros enemigos, ceñida de luciente cota, con el casco fulgurante sobre la cabeza, mal contenidos por él los dorados rizos y con la espalda teñida en sangre de patagón, que debe de ser negra como la tinta.

-No la hallé -respondió el inglés-, y eso que entré por el Río Colorado651 y salí por el Estrecho de Magallanes652. De lo demás os diré que es muy buen país, y que encontré ricas minas de carbón de piedra, que ya estoy explotando653. El oso tuve que traérmelo, por no poder entregarlo, y aquí viene en el vapor con nosotros, disecado y encajonado perfectamente.

-¡Admirable guerrera! -exclamó D. Quijote-; cuando llegasteis a ese país, ya estaba de regreso ella por lo visto, después de haberlo conquistado. Seguro estoy de que no hallasteis ni un patagón que pudiera llevar sombrero ni casco, porque ni uno tenía cabeza. ¡Cuánto trabajo me ahorra esa reina del valor y de la hermosura dejando anexado a su corona ese territorio americano!

-¿Pero es que vais a América a conquistarla también? -preguntó el inglés.

-A América voy, pero distingamos en eso de conquistas; porque hay pedazos de América, como ese de la Patagonia, o salvajes y mal explorados y dominados, que deben ser reducidos por la fuerza, que es lo que hizo Dulcinea; y hay otros que son naciones ricas y civilizadas, que tienen sangre y habla española, y a ésas no hay más que tenderles la mano amiga y decirles unas cuantas palabras al oído, para que como buenas hijas se junten en torno a la madre España y se aprieten todas contra su seno y formen una manada de jóvenes leones, reunidos con la vieja leona que les dio el ser, para defenderse mejor de rapaces águilas y de traidores leopardos.

-¿Y qué comercio vais a entablar con esas naciones; qué productos vais a venderles o a comprarles para llegar a esa fraternidad? -inquirió el inglés.

-¡Comercio! -exclamó D. Quijote asombrado-; yo no soy mercader, sino guerrero y diplomático, y nada vendo ni compro. ¡Comercio de ideas y de sentimientos, eso es lo que yo entablaré con aquellas repúblicas, y bastará seguramente!

El de Cardiff se encogió de hombros, y D. Quijote se quedó pensando en la disparata ocurrencia de unir naciones de una misma raza, en una gran familia, comprándoles y vendiéndoles pacas de algodón, vituallas o manufacturas654.

Antes de divisar las blancas casas de Cádiz, el buque, aprovechando una mar bella, volaba lanzando por la chimenea largas bocanadas de humo.

-Por mí vamos tan velozmente -dijo el inglés a D. Quijote-. Ya lo veis, es mi carbón de Cardiff el que os lleva655. Y como D. Quijote preguntara si no era el gigante vapor de sus misteriosos caballos, el que en vez de arrastrar empujaba a la nave haciéndola volar sin velas ni remos, su interlocutor le explicó que aquel gigante vapor era agua mansa, que por las calorías de su carbón de piedra recibía grandeza y poder, rugiendo en la caldera, silbando en la sirena y batiendo las olas en la hélice.

Bajó el inglés a las carboneras y trajo y enseñó a D. Quijote un pedazo de hulla656.

-¡Éste es nuestro pan! -dijo dejando atónito al caballero, que lo veía tan negro y bituminoso-657. De él se surten las industrias, lo devoran en sus hogares las máquinas; por él se mueven los músculos de acero de las locomotoras658; sube el agua de los ríos a fecundar las mesetas; la sembradora deposita el grano y la trilladora lo recoge; los hombres se comunican y cambian sus productos; vive la humanidad y la civilización se difunde.

Tomó D. Quijote aquel pedazo de pan en sus manos y lo olfateó, haciendo un gesto de repugnancia, muy asombrado de que alguien pudiera hincarle el diente.

-¡Éste es el Deus ex machina659 de nuestro mundo moderno -añadió el inglés-; la energía que todo lo empuja, la fuerza vivificadora, el movimiento fecundo, la luz radiante! Éste es un pedazo de sol dormido, que al contacto con la llama despierta. -Y D. Quijote lo miró y remiró, no acertando a comprender cómo, tan oscuro, podía, a pesar de su sueño, ser un pedazo de sol esplendente.

-¡Miradlo, sí, miradlo, que merece vuestra atención! -continuó el de Cardiff-. Éste es el diablo negro que fue proscrito por la Edad Media, execrado por Enrique II de Francia660, y que, convertido en diablo rojo en nuestras fábricas, da a las ciudades la estrella de gas que las ilumina, sus caballos de vapor a los trenes y a los navíos, y su vigor a las industrias fabriles, ahorrando brazos humanos y redimiendo de sus brutales esclavitudes a los siervos del trabajo antiguo. No le llamé por hipérbole pedazo de sol, porque es el sol de remotísimas edades, que condensó sus energías en seculares bosques, fijando en ellos el carbono de la atmósfera; bosques que luego caídos y petrificados y encerrados en las más hondas capas terrestres nos devuelven ahora, desde el fondo de las minas, la energía de aquel sol, para suplir nuestra necesidad en el portentoso trabajo de los pueblos.

El inglés acabó ofreciendo a D. Quijote muestras y precios del producto de sus cuencas mineras de Cardiff, después de haber hecho el reclamo de su mercancía.

Llegaron a Cádiz y desembarcaron, separándose para no verse más; muy preocupado el caballero de los milagros de aquel diablo negro, que se convertía en rojo, y que ya era pan, ya movimiento y calor, ya pedazo de sol dormido y pronto a despertar a la menor chispa, ya estrella de luz en las ciudades.

Cuando iba D. Quijote solo y a la aventura, sin saber a dónde, tropezó con un campesino que le pareció ser y era realmente aquel pastor que él armó caballero en la majada, y que llevaba el sobrenombre de Poetilla. Conociole éste y fue a él, dándole las manos; recibiole D. Quijote muy alborozado y contento, y ya se dirigieron juntos a una hospedería a que aquél guió y en que se alojaron ambos.

-¿Cómo es eso -preguntó D. Quijote al recién hallado-, que yo te creía en el valle de Josafat661, con los quinientos mil soldados del Obispo de Urgel, a quienes derroté y destruí, y ahora te veo sano y salvo sin un rasguño? ¿Cómo es que en aquella batalla de los Cuervos no quedó de ti más que la mochila, y ahora aparece todo el resto de tu persona?

Y viendo que el Poetilla no entendía nada de tales preguntas, le refirió lo sucedido desde su llegada a Urgel, su parlamento con el Obispo, la batalla habida con el ejército de éste, la derrota y el hallazgo de la mochila, con los versos del Poetilla, que le hicieron creer que éste era soldado de aquel ejército desbaratado, y que fue muerto y hecho trizas en aquel combate.

-Todo es una equivocación -dijo el Poetilla-, y si hubo esa batalla que Usía dice y esa tan increíble derrota, quien debió de ir en el ejército del Obispo era un paisano mío, que tenía gran afición a los versos, que ésa es enfermedad incurable y pegadiza, y que copiaba de su mano algunos míos y coplas que yo le dictaba y que, por no apropiárselos, siempre le ponía debajo el sobrenombre de El Poetilla, para significar de quién eran. Sin duda los guardaba en su mochila, y por eso fueron encontrados en ella, sin que yo haya tenido novedad por causa de aquella tremenda batalla.

-Huélgome de ello -dijo D. Quijote-; pues quedé muy pesaroso pensando habías tenido la ocurrencia de ponerte contra mí y de parte del Obispo, que, aun siendo quinientos mil contra uno, no tardé un cuarto de hora en deshacerlos, y testigo es mi escudero Panza, que por mérito de ello se encuentra de Emperador de Andorra.

Mirole el pastor estupefacto, y comprendió que la locura de D. Quijote había ido en aumento desde que no se veían; y como éste le preguntara qué hazañas había realizado él desde que lo armó caballero y le deseó las profecías de Urganda, el Poetilla le respondió que a muchas y muy peligrosas aventuras había dado cima; pues primeramente, yendo con su ganado, se le quedó encantada una oveja en la vereda de un tajo, y sin poder ir adelante ni atrás, y él acudió y la salvó del peligro y del encantamiento. Otro día se le presentó un caballero andante disfrazado de lobo, y él con ayuda de los mastines lo remató a palos, sacándole la piel, de que se hizo un zurrón; y así fueron ocurriéndole lances hasta que pensó emigrar a América para ventilar cierta herencia, que es lo que le llevaba.

-Lo de la oveja encantada pase -dijo D. Quijote-; pero lo de que un caballero andante se disfrazara de lobo no lo hallo posible; porque o no sería lobo o no sería caballero.

-Pues créalo Usía -replicó el Poetilla-, y entre el hatillo de mi ropa llevo ese zurrón, hecho de piel de ese caballero, que tiene pelo de lobo sin duda alguna.

-Mira no fuera el disfrazado mi escudero Tragaldabas, que tenía grandes aptitudes para ese oficio de lobo, y que se llevó como presa dos caballos míos y un marco de diamantes que valía un tesoro, después de haber devorado cuanta ovejas formaban el común de vecinos de su pueblo -dijo D. Quijote; y contó al Poetilla lo ocurrido con Bartola y cómo estaba sin escudero.

-Si no fuera porque tengo tomado pasaje para América -exclamó éste-, yo haría de escudero de Usía, que creo que bien puede un caballero de menos cuantía serlo de otro de mayor y más alta fama.

-Así lo pienso yo igualmente -respondió D. Quijote-; porque el Doncel del Mar662 tuvo por escudero a Gandalín, que era caballero también663; y no es impedimento ese viaje tuyo a las Américas, porque a ellas me encamino yo igualmente a realizar la obra más grande que han visto los siglos, mayor que la de los Corteses y Pizarros664, y eso que la de ellos pasa por épica.

Parose el pastor con extrañeza, y para satisfacer su curiosidad, prosiguió aquel diciéndole:

-Sabrás, Poetilla amigo, que después de aquellos descubrimientos y conquistas de los españoles en el Nuevo Mundo, y cuando yo me lo dejé todo engarzado y unido a la corona imperial de España, me despierto a poco y me cuentan que ya no tenemos allí ni un palmo de tierra, y que no hay nada de lo dicho en la Historia, porque, de las dieciocho Españas que en extensión poseíamos y a la que dimos nuestra sangre, nuestra habla, nuestra civilización y nuestros tesoros, las unas se separaron de la madre patria por errores y malas artes de nuestros gobernadores, las otras por espíritu de imitación o por probar cómo les iba sueltas e independientes, las otras por viles usurpaciones de ciertos carniceros, que por allá han hecho guarida y merodean, y que aúllan que los corderos de América deben ser para los lobos americanos665.

-Todo esto es forzoso arreglarlo, porque he visto en Madrid, en un sitio cerca del llamado Rastro, las Américas que nos han dejado, y te aseguro que da grima mirarlas; mientras aquellas que teníamos, hijas vivas y robustas de la vieja Iberia, debieran volver a reconciliarse con su madre y formar todas una grande y poderosa familia, que desafiara impunemente a todos los lobos anglosajones habidos y por haber.

-A eso me dirijo al Nuevo Mundo, con el ramo de oliva en una mano para nuestras hermanas consanguíneas y con la espada en la otra contra los rapaces que las rodean, y que ya nos arrebataron pedazos de carne nuestra, que he de arrancar de sus garras, por quien soy. Conque ya ves si ésta no es obra más grande que la de aquellos aventureros que vencieron a Moctezuma666, Atahualpa667 y Arauco668, siendo como es más difícil recuperar lo que se perdió que ganar lo que no se tiene.

-Sí que es grande y difícil cosa lo que Usía se propone -dijo el Poetilla-, y no sé cómo va a salir adelante con ello, ni en qué pueda yo ayudarle, como no sea que por mi condición de pastor pueda avisar a Usía las mañas de los lobos esos, si lo son verdaderos y no de retórica.

-Vaya si puedes ayudarme en todo y por todo -replicó D. Quijote-; contra los lobos apaleándolos como sabes, mientras yo los ensarto en mi lanza, y a favor de la deseada unión de esta ibérica familia, con tus versos; que yo he oído siempre que por el comercio de las humanas Letras se propagan las ideas y se entienden y fraternizan las almas. Ayer mismo me sostenía un inglés de Cardiff que para unir a los pueblos con lazos de fraternidad no había como comprarles y venderles carbón, hierro, algodón y otras manufacturas, y yo pienso que, si el comercio de cosas inanimadas puede contribuir a esa unión, más le hará el comercio de cosas animadas, como son los frutos del espíritu, las ideas, el arte y la poesía.

-Agrégate, pues, a mí, que de un lado la diplomacia y las armas y de otro las Letras han de conseguir la ardua empresa que me propongo, sin necesidad de pacas de algodón u otras mercaderías; y vamos a Méjico, que está en el golfo aquel en cuyas riberas Colón plantó el primero la bandera de Castilla como un semidiós, viendo prosternadas sus salvajes gentes.

-En hora buena -respondió el Poetilla-, que a Méjico iba yo, no sólo para mejorar mi condición buscando aquella herencia que os dije, sino para mejorar mi corazón, hallando olvido. Porque he de declarar a Usía que sigo enamorado de aquella elevada Señora, dueña mía, que quedó viuda en Villacañas, y a la que dedicaba y vengo dedicando mis versos sin ablandarla. Verdad es que yo tampoco me atreví nunca a nombrarla en ellos, ni a decirle que eran para ella; tanto es el respeto que me infunde.

-De Villacañas he conocido yo a la Emperatriz, que es una viuda soberanamente bella, un tantico fantástica y muy bien relacionada con hadas y duendes -dijo D. Quijote-. Por cierto que ella me salvó del cautiverio en que caí, por sorpresa de cuatro caballeros andantes, y me alojó en su palacio, y me regaló obsequiosamente, dándome cartas para su tío el cervantófilo D. Lucas Gómez, con el que tuve una acalorada disputa.

-¡Don Lucas Gómez! -exclamó el Poetilla-; pues si es precisamente tío de la Señora de mi alma y lo sé por haber llevado muchas veces regalos de ella para él, principalmente muy ricos quesos de oveja, que hacíamos en las majadas.

-Entonces -replicó el caballero-, es a esa Emperatriz a quien amas, y veo que para pastor no dejas de picar alto; si bien como poeta puedes picar donde quieras, pues más alta está la cumbre del Parnaso e hijas del dios Apolo son las Musas y se dignan bajar a ti para concederte sus favores.

-Eso digo yo -interrumpió el Poetilla-, que siento en mí dos naturalezas: la de pastor, que me hace humilde e incapaz de osar a aquella elevada Señora, y la de poeta, que me remonta a su altura y me coloca a su nivel y me empuja a ponerla como objeto de mis sentimientos y mis trovas.

-Añade la de caballero andante, pues ya te armé tal, y tienes completado tu derecho a elegir por dama de tus pensamientos a esa Emperatriz -concluyó D. Quijote-; y si haces mayores proezas que esas que me contaste de salvar a una oveja en un mal paso y de matar con ayuda de los mastines a un lobo, creo yo que la Emperatriz de Villacañas acabará por rendirse a tus requerimientos amorosos, siempre que se los declares tú mismo; que no es cosa de que ella vaya a hacerte la declaración o a sacártela con pinzas.

El Poetilla rogó a D. Quijote le contara todo lo que le aconteció con aquella que él creía Emperatriz de Villacañas, y éste se lo refirió punto por punto, hasta llegar al suceso del festejo de su victoria de los Cuervos y de la lectura de los versos hallados en la mochila, no omitiendo el caballero que la Emperatriz, a quien agradaron mucho aquella poesías, las retuvo y guardó con interés; lo que causó gran emoción al pastor al saberlo, por entender que ella conocía el sobrenombre con que iban suscritos esos rollos de versos suyos.

-Ahora voy a decirte otra cosa -añadió D. Quijote-, y es que no busques olvido, sino gloria y renombre en esas Américas a donde vamos; que con éstos conseguirás al volver el logro de tus afanes, y el olvido no lo hallarás en parte alguna; pues no sé yo que el río Leteo, cuyas aguas tenían la virtud de producirlo669, esté en América, y no en Europa, ni en ningún continente ni isla conocidos, sino más allá de las fronteras de la vida, en las riberas de la muerte, por donde boga cargada de almas la barca Carón, lenta y silenciosa.

Callaba el Poetilla, inclinando la cabeza sobre el pecho y, salido al cabo de un rato de su melancolía, dispuso todo lo necesario para embarcarse con D. Quijote para el Nuevo Mundo, subiendo los dos a bordo de un trasatlántico que ya estaba haciendo vapor para salir de Cádiz lleno de pasajeros, que parecían gentes de un pueblo flotante, que todas sobre cubierta se despedían de familiares, amigos y conocidos, agolpándose a las barandas del buque y agitando sombreros, gorras de viaje y pañuelos mojados en lágrimas.




ArribaAbajo Capítulo XVII

En que se refiere el viaje de D. Quijote a Méjico, y sus aventuras en la travesía con unas sirenas670


Luego que hubieron perdido de vista Cádiz, dijo D. Quijote al Poetilla:

-Vamos enseguida a preparar nuestros medios para esa unión que proyecto de los pueblos americanos de origen ibérico con la madre Patria. Yo voy a meditar un discurso de persuasivas razones, que moverán y resolverán el ánimo de esas gentes hermanas nuestras, que pronto visitaremos, y tú ayuda a mi empresa preparando alguna oda o canto épico que las atraiga.

-Señor -dijo el Poetilla-, por odas no ha de quedar, ni creo que por discursos tampoco; que están llenos los ámbitos de sus ecos y declamaciones; pero si Usía lo desea, haré una más, y componga Usía también otro discurso más, que tales pueden ser las nuevas razones que se nos ocurran, que produzcan a la postre el deseado efecto.

-La razón es una -exclamó D. Quijote-, como la verdad, y sólo el error es múltiple y vario; pero aquélla por sí no se impone si no va acompañada del calor del sentimiento y de la voluntad perseverante. Bien pueden haberse escrito odas y lanzado discursos sobre el caso; pero hay diferencias de que eso se haga fríamente y por retórica, sin que haya un pecho generoso que acuda a poner en tal empresa sus latidos, a que yo me lo proponga por divisa y en ella empeñe hasta la sangre de mis venas. Y dijeron los sabios antiguos «amaos», «perdonad las injurias» y otras verdades morales semejantes, y sin embargo éstas no tuvieron realidad hasta que Cristo puso en ellas su amor y las afirmó con su martirio. Créeme, no es la verdad lo que importa, sino su efectividad por las obras y por el amor fervoroso.

-Si la verdad bastara por sí, una vez conocida -añadió D. Quijote-, holgaría la orden de caballería que profeso; porque verdad inconcusa es que se debe hacer el bien, practicar la justicia, socorrer la indigencia, ayudar al débil y abatir al soberbio; y sin embargo, hay que ir recorriendo el mundo lanza en ristre para que todo esto se cumpla, enderezando cuanto lo tuerce y desfaciendo cuanto lo agravia.

Nada objetó el Poetilla a tan acabados razonamientos, y estábanse mirando distraídos las verdosas olas del Océano, cuando llegó a D. Quijote un caballero, llamándole por su nombre y haciéndole volverse con la mayor sorpresa.

Era el Príncipe, hermano de la Emperatriz de Villacañas, y ambos se holgaron mucho de encontrarse, de ser compañeros de navegación, y de ir al mismo punto de América.

Estuvo el Príncipe un momento receloso sobre si D. Quijote sabría lo apócrifo de su conquista de Andorra; pero apenas aquél le contó algo de sus aventuras, desde que dejó el imperio a Juan Panza, y le preguntó nuevas de éste, comprendió que nada conocía de ello y que podía hablar con desembarazo.

Refiriole el caballero cómo había llevado a felice fin las dos magnas empresas de unir a Portugal con España y de arrancar definitivamente la bandera inglesa de Gibraltar, y cómo iba a la sazón a las Américas españolas para dejarlas unidas con la Metrópoli; diciéndole el Príncipe que con lo hecho ya bastaba para acreditarle del mayor caballero andante de los siglos, y con lo que se proponía, además, haría subir su fama a las estrellas.

-Precisamente -añadió-, caéis en Méjico como anillo al dedo; porque según tengo oído va a reunirse y celebrarse allí un Congreso de representantes de todos los pueblos de la América latina, para tratar cientos asuntos que les importan, en vista de que la América del Norte, que es principalmente sajona, trata de ir absorbiéndolos y anulándolos; de modo que, presentándoos de improviso y diciendo quién sois y a lo que vais, es seguro seáis recibido con palmas y se logren vuestros deseos, ahorrándoos una peregrinación por toda la América del Sur; puesto que toda ella va a encontrarse en un solo punto, que es Veracruz671, donde ese Congreso se celebra y a donde vamos a desembarcar.

Alegrose D. Quijote, y como era ya la noche bien entrada, bajose el Príncipe a su camarote, muy satisfecho de tener entretenimiento durante el viaje, y el caballero refirió al Poetilla la oportunidad que se les ofrecía para su empeño y le dijo que no dejara de preparar la oda aquella, bien entonada y viril, aprovechando los ratos de inspiración; aconsejándole que no la elaborase intrincada y trabajosamente de modo que oliera a aceite de la lámpara y se descubriese la vigilia y el pulimento del artista, sino que la fundiese en los moldes del corazón, y la vaciase de ellos directamente a las estrofas, que es lo que levantaba los ánimos.

-Señor -dijo el Poetilla-, mañana me dedicaré a la oda; que ahora estoy preocupado con el encuentro de ese caballero que se acercó, que es el hermano de la dama de mis pensamientos; pues, aunque no me conoce, siento a su presencia cortedad y apocamiento, y quisiera que Usía no le dijera quién soy, ni nada alusivo a mi secreta pasión.

-Nada diré -respondió D. Quijote-, y puedes irte acostumbrando a fabricar esa oda, para la que quiero yo darte alguna idea, y es que has de empezar remontándote a la Creación del mundo; que cuanto más alto se sube el poeta, como el águila, más espacios abarca672. Presentarás a Adán y a Eva en el Paraíso, y a la serpiente arrastrándose para perderlos; luego la caída, con los ángeles armados de espadas de fuego, que no quiero se te olviden, pues son de mucho efecto decorativo; enseguida a Caín y Abel, que son la humanidad en pequeño, donde una mitad arremete contra la otra en guerra fratricida; y de ahí ya puedes pasar a la familia iberoamericana, en que hermanos fueron contra hermanos, quedándose desavenidos, unos allende el Océano y otros aquende. Ahí encajará una loa muy fogosa a la fraternidad, y luego una invitación a que sean todos uno y hagan las paces; y por fin, si quieres, pintas a España como anciana decrépita, muy andrajosa y triste, por verse sola y desamparada; pero con tal viveza de colorido en la pintura, que den ganas a todos de ir a abrazarla y a darle vestidos nuevos.

-Me parece bien -dijo el pastor-, y esta misma noche no me dormiré sin tener empezada esa poesía por la Creación del mundo, que veremos cómo me sale, por no haber sido yo testigo presencial de ésta.

Iban a bajarse ya a sus camarotes, cuando el caballero le retuvo y le dijo:

-¿Sabes que creo que nos siguen las sirenas, porque he oído como un canto suave y una música deliciosa? Mira ahí, hacia atrás, si en esa cinta de espuma que deja el barco vienen o no nadando sus criaturas, que de medio cuerpo abajo son peces y de cintura arriba mujeres hermosísimas.

-No veo nada -respondió aquél. Pero como la luna rielaba en las olas, D. Quijote creyó divisar, en su cabrilleo, rostros y bustos nacarinos, con flotantes cabellos rubios adornados de algas marinas, y siguió oyendo aquel canto suave.

-¡No hay duda -exclamó-, son las sirenas que quieren atraernos hacia Caribdis673 y Scila674, donde es fama que tienen sus principales grutas y llevan a los barcos para estrellarlos y devorar a los navegantes! Pero, déjame a mí con ellas, que ya me verás resistir a sus seducciones y deshacer sus hechizos, para librar a la nave y sus tripulantes de todo riesgo. -Y poniéndose sobre la popa en la parte más alta, exclamó:

-Es en vano, fantásticas y marítimas criaturas, que intentéis seducirme con ese canto armonioso. Conozco la naturaleza de vuestro ser, y no he de seguiros, atraído y embelesado por vuestras canciones. Huid del alcance de mi bien templado acero, que tampoco quiero herir vuestros rostros y pechos de mujeres hermosas, por ser en vosotros los caballeros religión la galantería de las damas, aunque sean mitad atunes. Huid y refugiaos en vuestras grutas de coral, y ceñid vuestras frentes melancólicas de algas y de perlas; y si es que un encantamiento os convierte en esos seres andróginos, y sois realmente doncellas sujetas a un maleficio, decidlo, que yo haré por desencantaros y volveros a los palacios de vuestros padres, sacándoos del poder de monstruos y de tritones.

El canto seguía oyéndose realmente, tal que el Poetilla llegó a creer que había algo de verdad en aquello de las sirenas, que él también había leído; y era tan dulce y melodiosa la voz, que los dos aplicaron el oído para distinguirla entre los vagidos del mar. Por fin, todo quedó en silencio, la oscuridad sobrevino y D. Quijote aseguró que las sirenas habían atendido su orden, temerosas de ser heridas en sus rostros y senos albísimos.

Durmieron caballero y poeta al vaivén de las olas; despertáronse de madrugada, y subieron a ver salir el sol por el mar, y como viese D. Quijote saltar los delfines, pensó que eran las sirenas del día anterior, siguiendo al buque velocísimas. A la tarde, sentados ambos a la puerta de la cámara, quedose D. Quijote sorprendido de oír la misma voz armoniosa; y reparando en que salía de aquel salón, donde en efecto una hermosa dama cantaba al piano extasiando a los pasajeros, dijo al Poetilla al oído y como comunicándole un grave descubrimiento:

-¡Ay amigo, que la sirena se nos ha metido dentro del barco! Tengamos cuidado con lo que hace; que ésta no puede venir entre nosotros para nada bueno.

-Señor, no es sirena esa -respondió el Poetilla-, sino una dama muy bella y que viene viajando con todos.

-No te fíes -respondió el caballero-, y si no, escucha su canto y verás que es el de anoche. -Y era que la noche anterior había cantado muy primorosamente la dama aquella, haciendo las delicias del pasaje en la cámara, mientras D. Quijote sobre cubierta, oyendo la voz distante, la creía salida de las olas.

Levantose éste para mirar y considerar más despacio a la peligrosa dama del mar, y quedó estupefacto cuando pudo contemplar de frente su rostro. Era aquella infortunada Reina que él salvó; era Desdémona, a la que él arrancó de las garras del morazo Otelo, en aquella noche memorable. Así que quedose perplejo y sin saber qué pensar; si aquella sería Desdémona venida a parar en sirena, o sirena disfrazada de Desdémona, para mejor engañarlo.

Cuando el Príncipe vio a D. Quijote a la entrada del salón, corrió a su encuentro y le hizo pasar, sin acordarse ya de lo que aquella tiple del Real, que con ellos viajaba, y que así les entretenía y deleitaba con su divino canto, había hecho de Desdémona la noche del escándalo dado por D. Quijote.

Al entrar éste, todos, que ya tenían noticias de su locura y de varias escenas de su vida aventurera, se levantaron, y la prima donna675 volviose hacia él, y D. Quijote, saludando cortésmente, llegó cerca de ella y le dijo:

-Perdonad, Señora mía, pero quisiera aclarar una duda, y es si sois sirena de estos mares, que ha venido a habitar con nosotros.

La prima donna, que creyó eso una frase de galantería, respondió con una sonrisa encantadora; y viendo D. Quijote que sus dientes eran perlas de Golconda, y sus labios corales finos, no tuvo duda de que sería sirena, mirándola y remirándola para ver si le asomaba, bajo la falda del vestido, la cola de atún que debía de tener.

Quedose mirando la sirena también a D. Quijote, como si le recordara de alguna parte, y preguntó al Príncipe quién era aquel extraño y singular viajero, y cuando éste se lo dijo, entonces cayó ella en la cuenta de que fue el loco que saltó las candilejas del Real, queriendo liberarla de ser ahogada por el moro de Venecia.

-Parece imposible -dijo a D. Quijote la prima donna, ya instruida del caso-, que me hayáis creído sirena de estos mares, cuando soy aquella Desdémona que liberasteis de las garras del feroz Otelo, y ando corriendo el mundo en busca vuestra, para daros testimonio de mi gratitud.

-Os he conocido antes -exclamó D. Quijote-, y vi que erais la Reina Desdémona, en quien empleé mi oficio de caballero; pero como anoche oí vuestro canto en las olas, os creí sirena que habíais entrado disfrazada, para encantarnos y perdernos a todos.

-Es verdad -respondió ella-, que venía bogando y cantando detrás del barco este; pero era para que se detuviera y pudiera yo entrar en él, porque había olfateado que en él veníais.

Estaban los circunstantes maravillados de este coloquio, y cuando supieron su clave y la escena de la salvación de Desdémona, hubo regocijo general, y se alabó la discreción de la prima donna, rogándole que hiciera algún otro pase con el tenor, que iba también, para ver qué hacía D. Quijote; pero ella no quiso, recordando las tres heridas recibidas en el antebrazo por Otelo, y el verdadero furor del caballero andante en perseguirlo.

Entre tanto D. Quijote, que había salido de la cámara, volvió con guantes de esgrima puestos, lo que provocó estallidos de risa por todos lados, y como Desdémona le preguntase por qué se enguantaba así y que si era para ir a algún torneo, él le dijo secretamente que era promesa hecha a su Señora Dulcinea, que había cobrado celos por haber cogido él sin guantes a la víctima de Otelo para impedir su sacrificio; de lo que Desdémona y cuantos por ésta lo supieron se regocijaron y rieron doblemente.

-Decidme, Señora mía, ¿qué fue de Otelo? -preguntó D. Quijote a Desdémona en uno de aquellos coloquios-. ¿Se arrepintió de sus celos con vos? ¿Aclaró lo del pañuelo de modo satisfactorio? ¿Dejó de rechinar ya dientes y muelas? ¿Volvió a vuestro hogar, convertido en esposo sumiso y amante?

-Sí tal, señor caballero -dijo Desdémona-; la lección que le disteis fue de manera que quedó curado como por ensalmo. No tuvo más celos injustos; se le pasó aquel antojo del pañuelo como si tal cosa; se le cariaron los dientes y las muelas y no pudo rechinarlos más, y aun yo creo que del susto perdió el color negro que tenía y se volvió blanco y rubio.

Y para probarlo a D. Quijote, Desdémona hizo que su esposo saliera de su camarote, pues era precisamente el que había hecho el papel de Otelo, y éste reconoció a su agresor, y él vio a un hombre muy bien portado y afable, rubio y blanco como un alemán, pero con las mismas facciones de Otelo, a quien él atacó y venció; holgándose grandemente de haber convertido a aquel furibundo morazo en marido correcto, y convenciéndose más del poder e influjo de la orden de caballería, que trueca los tigres de Bengala en mansos corderos, y hasta los feroces negros de Guinea en finos ejemplares de la raza caucásica.

El resto de la compañía italiana de ópera iba en la cámara de segunda; pero pronto llegó a sus oídos todo lo ocurrido con D. Quijote, y que éste era el de la escena del Real con Desdémona, y el coro de señoras imaginó disfrazarse de sirenas, vistiendo sus trajes de malla, con sólo corsés azules, que dejaban al descubierto bustos, brazos y piernas, y una vez así todas, encargose un partiquino676 de ir a avisar a D. Quijote de que en una red de gruesas mallas, que habían echado al mar, habían cogido y sacado un copo de sirenas, que tenían aprisionadas allí.

Fue D. Quijote a verlas, y como nunca había contemplado coros semejantes, quedó atónito de la hermosura de ellas, y quiso que las hicieran cantar; lo que consiguió el que oficiaba de pescador, entonando tan hermosamente ellas uno de los trozos de ópera que mejor sabían, que ya no tuvo duda el caballero de que eran sirenas realmente.

En estos y otros lances pasaron muy divertidos varios días de navegación, admirado D. Quijote de estar como en un pueblo flotante. No dejó de preguntar al Príncipe por su tío D. Lucas, y entonces él le refirió que éste se hallaba muy pesaroso, porque había dedicado toda su vida al Quijote y a hacer pasar como de Cervantes un nuevo Buscapié, que es a todo lo que había osado, teniendo por imposible la continuación de la inmortal obra, y ahora cierto oscuro escritor y poeta, con los datos de la nueva salida del caballero andante al mundo de las aventuras, había escrito la primera parte de un libro, en que se daba razón de las nuevas proezas del héroe cervantesco, disponiéndose a terminar la segunda parte, como continuación y acabamiento de la magnífica creación de Cervantes.

-Si lo hace con fidelidad y en sus páginas se me ve tal cual soy y no se omite nada de mis nuevas hazañas -dijo el caballero-, no hallo motivo para la pesadumbre de D. Lucas, pues que él no había de pasar de su Buscapié apócrifo y anodino. Y la oscuridad del autor de mi nueva crónica no es razón ninguna en contra; pues tiempo han tenido otros escritores preclaros para lo mismo, y si no lo han hecho no iba yo a quedar sin cronista en esta etapa. No lo deseo pulido, ni melindroso, como los puristas, ni desatinado como ciertos modernistas de ahora de que me han hablado677, sino que escriba liso y claro, aunque no borde con la pluma ni cincele. Lo que sí exijo como condición esencial es que no sea moro, sino cristiano como yo, para que podamos entendernos.

-Eso de cristiano sí lo es -dijo el Príncipe-, y antes de ahora, pero no ha mucho, ha escrito y dado a la estampa una novela, donde cierto caballero Espárrago, cristianísimo y muy lleno de buenas y grandes ideas, acomete la regeneración de España, sin espada ni lanza, pereciendo en la demanda, por supuesto678.

-De buena gana leería ese libro -respondió D. Quijote; y el Príncipe sacó de su maleta dos volúmenes de la novela susodicha, y los entregó al caballero; quien los leyó aquella noche hasta verles el fin. Por la mañana los devolvió al Príncipe, y como éste le preguntara qué le habían parecido, respondió que le habían interesado grandemente, y que aquel señor Espárrago merecía haber ingresado en la orden de caballería andante, trocando la palabra y la pluma por el caballo y el lanzón, para poder eficazmente librar a España de tanto nuevo folloncico, de que él no había tenido noticia hasta hacía poco, y eso en muy pequeña parte, por su escudero Tragaldabas.

-Y el Salomón de esta novela679 -dijo el Príncipe-, ¿qué juicio os ha merecido?

-El de un pícaro redomado -respondió D. Quijote-; buitre togado, peste de la moral y de la gramática, Judas Iscariote capaz de vender a su patria por treinta dineros, con tal de que éstos tengan la efigie de la república. ¡Ah! -prosiguió el buen hidalgo-, bien se han aprovechado los reptiles de mi sueño y de la guerra en que estaba empeñada Dulcinea en la Patagonia para esparcirse y propagarse por la Península; pero después que yo deje acabada mi última empresa de las Américas, ya volveré como nuevo Hércules a cortar la cabeza a esas hidras680, y a dejar a mi país libre de alimañas.

-¡Tarde es! -exclamó el Príncipe, y D. Quijote mirándole fijamente replicó con sequedad-: ¡Siempre es hora!




ArribaAbajo Capítulo XVIII

De cómo emplearon su tiempo D. Quijote y el Poetilla en el resto de la travesía y de su entrada en Veracruz


Dos días de navegación quedaban no más, y D. Quijote, que tropezó con la pequeña biblioteca del trasatlántico, quiso enterarse, aunque fuese someramente, de lo que había sucedido en el mundo, y sobre todo en España y sus dominios, desde que él cerró los ojos hasta que los abrió de nuevo a la luz solar, pues no podía comprender que tuviera que hacer tantas recomposiciones en el regio manto de Iberia, ni cómo había podido desgarrarse de él todo el gran pedazo de las Américas, que iba animoso a zurcir.

Por fortuna entre los libros había una Historia Universal y otra de España, y aunque los volúmenes eran muchos los ojeó por el índice, que es lo que suelen hacer los eruditos, para buscar la sustancia de los hechos que deseaba conocer, y así fue pasándolos y registrando sus páginas culminantes.

Lo primero en que se paró fue en aquello de la expulsión de los moriscos, llevada a cabo por decreto del Señor Rey D. Felipe III; maravillándose de la sangría que propinó a España, por una ligera fiebre, que hubiera tenido otro remedio menos debilitante681. Halló muy razonable la propuesta del Consejo de Castilla para remediar las calamidades del país en aquel reinado, sobre todo aquello de que se obligara a los grandes señores a salir de la Corte e irse a labrar sus tierras, y se suprimiera el lujo y se mandara a todos a vestir telas de paño del Reino, y se protegiera a los labradores, y no se diera licencia para nuevos monasterios, limitándose el número de religiosos; cosas que no se hicieron ni atendieron682. Sobresaltose al saber la rebelión de Cataluña, en tiempos del Rey D. Felipe IV, y que pidiera aquélla socorro a Francia, y la pérdida ocasionada del Rosellón y los daños que sobrevinieron683; así como al leer el levantamiento y emancipación de Portugal, y la guerra de Flandes y la rebelión de Nápoles684, y la pérdida del Franco Condado685, y los hechizos y malandanzas de Carlos II, y la guerra de Sucesión y la de Italia. Enterose, pasando muchas hojas, de la Revolución francesa y de las hazañas de Napoleón, sintiendo muy de veras no haber estado despierto para poder medir con él sus armas; pero viendo con regocijo que habían salido en ese tiempo a la pelea otro caballeros andantes, llamados Palafox686, Castaños687, el Empecinado688, Mina689, Eroles690 y muchos más, y tal cual doncella andante como Agustina Zaragoza691, que con su hazaña había sobrepujado a Marfisa y a Bradamanta, y a aquella Clorinda, amamantada en su niñez, según cuentan, por una tigre de Bengala692. Por último también llegó a conocer la insurrección de las Américas, la emancipación de Buenos Aires, la independencia de Chile y Perú, la guerra en Nueva España693 y el total derrumbamiento de aquel poderío colonial, que significaba para nosotros la mitad del mundo. Y por un apéndice de un autor anónimo supo igualmente la última pérdida de Cuba y Puerto Rico y de mil trescientas islas, con las Filipinas, y por consiguiente la del otro medio mundo, lo que nos dejó reducidos al solar patrio.

El Príncipe, que lo vio engolfado en lecturas, pensó que serían de libros de caballerías, y D. Quijote le dijo que sí; porque a su entender no había mayor ni más inacabable libro de caballerías que la Historia, tal como solía escribirse, con biografías de reyes, capitanes y magnates, y relaciones de disputas, guerras y conquistas; en lo que vio el Príncipe que D. Quijote tenía razón, porque en esos relatos quedaba olvidada la vida interior, laboriosa y fecunda, de los pueblos694.

Había estado en todo ese tiempo retraído el Poetilla, esquivando el encuentro con el Príncipe, y en ese tiempo escribió y rompió muchas epístolas para la viuda de Villacañas, como hacen los enamorados ausentes. Quería declararle su pasión por carta desde América, pensado quizás que una respuesta desabrida perdería fuerza y acidez en la distancia, como las balas homicidas pierden violencia mortífera, y por último compuso unos renglones tan llenos de sinceridad, amor y tristeza, que D. Quijote cuando los oyó le dijo que a excepción de aquella carta que él escribió a Dulcinea desde su soledad de Sierra Morena, y que le envió con Sancho Panza695, no conocía nada tan tierno y rendido.

Pero como el caballero le recordara la conveniencia de tener preparada aquella oda que le dijo, el Poetilla volvió a su cámara y se puso a escribirla de puro pasatiempo, con el pie que le había dado su señor, comenzándola por el principio del mundo, según le aconsejó; resultándole no del todo mal, para haberla hecho de burlas, aunque semejando que era de veras.

-¡Magnífico! -exclamó D. Quijote al oírsela, y le cogió el papel y con alta voz y grandes ademanes comenzó a recitarla; no tanto para saborearla mejor, como para ver de retener de memoria sus estrofas.

Los versos decían de esta manera:




Oda


¡Dios hizo el globo de la estéril nada,
por ser la inmensa soledad su tedio;
pero a medias no más, pues olvidada
se le quedó la América y, osada,
con Colón hizo España el otro medio!
¡Perdió Adán, porque quiso,
un feliz Paraíso;
bajaron de las nubes
con sus ígneas espadas dos querubes,
para cerrarle su mansión perdida;
pero España, potente,
otro Edén floreciente
dio a los hijos de Adán en la Florida!
Caín y Abel de sangre son hermanos;
surgen odios livianos
y así la guerra fratricida empieza
que ennegrece los fastos de la Historia.
¡Hijos de igual realeza,
unidos por la sangre y por la gloria,
hermanos de ambos mundos,
que la ibera nación crió a su pecho,
no debéis alentar odios profundos;
para fines fecundos,
daos un abrazo fraternal, estrecho!
¡Mientras fue grande España
pudisteis olvidarla; ya caída,
es la madre afligida
que sólo de sus hijos se acompaña!
La América sajona es la ramera
que se introduce en el hogar ajeno...
¡Vuelve en ti, raza ibera!
¡Acógete a tu madre verdadera
y arroja el áspid que te muerde el seno!



-Sábete -dijo D. Quijote al Poetilla, después de haber leído por tres veces estos versos- que con ellos ya tenemos ganada la mitad por lo menos de esas Américas. Porque ¿cómo ha de resistirse la Florida, cuando se le llame otro Edén; ni han de dejar de ablandarse aquellos territorios que pisó Colón, y que dice se le quedaron a Dios en el tintero cuando escribió el gran poema universal, que enmendó y adicionó España? Guarda esa oda para la ocasión propicia; que tú mismo no sabes lo que has hecho, y aun creo sin vanagloria que sólo pusiste en ejecución métrica el pensamiento que te infundí; por lo que te han resultado esas estrofas tan acopladas al objeto que me propongo. -Y añadió, después de una pausa; ahora sí que veo disparatada la ocurrencia de aquel inglés de querer que hicieran más efecto, para unir a esos pueblos hermanos, el algodón manufacturado o el carbón de Cardiff.

Divisábase tierra en lontananza, y todos los pasajeros subieron a la toldilla para ver pintada en el Oriente la divina costa, saludándola alborozados. Entonces el tenor, a ruego de muchos, cantó el ¡Oh paradiso!696 y luego la prima donna la Casta diva697 y D. Quijote comenzó a recitar algunas estrofas del Tasso, traducidas en verso español en sus mocedades por el bachiller Sansón Carrasco, con mezcla y relleno de buen ripio, extraído de la cantera parnasiana698.

Cuando ya estuvieron a la vista del puente y de la ciudad, D. Quijote dijo al Poetilla:

-Ésta es la ocasión, intrépido amigo, de que yo renueve el famoso rasgo de Hernán Cortés; así que, tan luego hallamos desembarcado, quemaré esta nave y cuanta hay en esas playas, hasta dejar acabada la empresa de unir todos esos territorios a su madre patria.

-Señor -respondió el Poetilla-, paréceme que será mejor no quemar nada, sino entrar sosegadamente, dejando íntegras esas naves, para regresar cuando nos parezca; con tanta más razón cuanto que no son iguales las circunstancias, pues Usía viene a conquistar estos territorios con odas y discursos y Hernán Cortés llegó con espada y arcabuces.

-Cierto -replico D. Quijote-; pero eso de quemar las naves lo hizo él para obligar a su gente y quedar obligado a conseguir su objeto, o perecer en la demanda, sin salida ni escape ninguno; y si él peleó hasta vencer con la espada, yo quiero que nosotros no podamos regresar tampoco sino triunfantes y luchando hasta morir, con las nuevas armas esas de las odas y los discursos. Conque prepara unas cuantas teas que ardan bien, y en cuanto echemos pie a tierra dediquémonos a la heroica tarea de prender fuego a éste y todos los demás navíos.

-Otra objeción se me ocurre -dijo el Poetilla- que acaso haga volver a Usía de su acuerdo, y es que Hernán Cortés quemó sus naves porque como dueño de ellas podía hacer lo que se le antojara; pero lo que Usía quiere es quemar las naves que no son suyas, sino de otros, y eso ya es diferente.

-¡Qué mal discurren en prosa los poetas! -exclamó D. Quijote-. Ven acá, hombre; si siendo suyas las naves las quemó, ¿qué no hubiera hecho siendo ajenas? Quemarlas y requemarlas hasta no dejar de ellas ni ceniza. No tengas duda, pues, de que interpreto bien y sigo su ejemplo.

Fondearon en el puerto por fin, frente al castillo de Ulúa699, y D. Quijote recordó al Poetilla la expedición de Juan de Grijalba700, y el nombre de Veracruz, originado de haber Hernán Cortés llegado a aquellas riberas el Viernes de la Cruz. El golfo de Méjico brillaba espléndido, bañado por cálido sol, como un charco de oro; la ciudad aparecía risueña en el fondo de la rada, y los declives de la Sierra Madre701, con sus pomposas vegetaciones, resultaban decoraciones fantásticas del escenario de aquel Nuevo Mundo, inmenso coliseo abierto por el genio de España a los dramas y tragedias de la Historia.

Grandísima concurrencia de gentes llenaba y henchía la pequeña y blanca ciudad, que estaba engalanada y de fiesta, y D. Quijote creyó que era para recibirle a él, y tuvo por buen agüero de su empresa tanto público regocijo. El Congreso latinoamericano, que había de celebrarse allí, era el que traía tanta muchedumbre de todas las repúblicas del Centro y del Sur, y discutíase acaloradamente en círculos y reuniones la trascendencia de aquel acto, en que la América latina había de afirmar su personalidad frente a la rapacidad de los descendientes de los puritanos.

Recorrió el caballero la ciudad de incógnito con el Poetilla, pues no quería que se le reconociese hasta el solemne momento en que se revelara como tal D. Quijote, y pudo admirar los altares de oro y plata de la iglesia de la Asunción702, y los parques y los jardines, rebosantes de flores.

Como oyera hablar el español por todas partes, llegó a creer que había sido una especie de ensueño su largo viaje a través del Océano, y que estaba todavía en España, en alguna población cercana a Sevilla, porque aquel sol y aquella tierra parecían andaluces, y aquel habla era la suya propia. Quiso ir a la campiña y a la llamada sabana, y no halló diferencia entre ellas y las dehesas españolas; vio serranías como la de Córdoba, que hasta llevaba este nombre de su tierra, y ríos y albuferas le recordaban el Guadiana y el Guadalquivir y las lagunas de Ruidera con sus encantos. Halló en fin que hasta los pájaros charladores, los loros, los guacamayos, las cotorras y las chalabacas gritaban modulando palabras castellanas, trasmitidas de unos en otros y aprendidas por sus progenitoras de antaño, de oírlas a los descubridores de aquel mundo.

Como nunca había conocido aves semejantes, afirmó al Poetilla que aquellas de tan pintados plumajes, que tenían voz humana y habla de Castilla, debían de ser las almas de los grandes capitanes, soldados y gobernadores españoles transmigradas a formas de volátiles, que permanecían allí para afirmar la integridad de la antigua región española y sus vínculos con la metrópoli, y no quiso en manera alguna que el Poetilla con su mosquete derribara herido o muerto ninguno de aquellos auxiliares de su misión fraternal, diciéndole que más bien cogería cuantos pudiese, sin hacerles daño, y los echaría a la sala de secciones del Congreso latinoamericano para que se oyeran allí sus discursos, que no podían menos de ser favorables a la causa de España.

Divertíase el Poetilla con tan extrañas imaginaciones del caballero, y no le llevaba la contraria por no exasperarlo; pero no quiso alentarlo en aquella idea por temor a que las pusiera por obra y echara a volar en medio de las deliberaciones de Congreso alguna docena de loros y guacamayos; así que le manifestó que, si bien era buen auxilio el de aquellos oradores de tan vistoso uniforme, no era menester siquiera, pues bastábase y sobrábase D. Quijote para llevar a cabo su empeño; pero éste dijo que por lo menos un loro tenía que llevar consigo de orador, ya que también llevaba un poeta, pues él iba a título sólo de caballero andante.

Cayó en la cuenta entonces de que se le había olvidado quemar las naves al bajar a la ciudad, atribuyendo al encanto y atracción de aquel nuevo mundo su olvido. Pero como atardecía y se pintaba sobre Veracruz uno de esos crepúsculos de los países tropicales, que más parecen incendios y llamaradas, el Poetilla dijo a D. Quijote que no se preocupase, que él mismo había puesto una tea al costado de cada barco, y que aquellos resplandores eran el incendio de las naves todas, que ya se había prendido y propagado sin duda; de lo que D. Quijote se regocijó, pues se quedaba irremisiblemente allí hasta dar cima a su proyecto de conquista.

Cuando a la mañana siguiente vio el caballero en la rada multitud de navíos, creyó que le había engañado su nuevo escudero y montó en cólera contra él; pero el Poetilla con suaves razones le convenció de que aquellas eran otras naves recién llegadas, y que él no podía quemar más que las que se hallaron en el puerto a su arribo, pero no las que sucesivamente fueron viniendo, que eran continuamente muchas. Con ello se apaciguó D. Quijote, para quien hubiera sido gran contrariedad no emular en su hazaña a Cortés, y se libró el Poetilla de alguna puñada del nervioso y puntilloso caballero, que le hubiera derribado alguna muela o se la hubiera desencajado de su alveolo.

Era la sección inaugural del Congreso al siguiente día. Habíase habilitado para ella el edificio de la Escuela Nacional, y el Príncipe, siempre amigo de escenas burlescas, ofreció a D. Quijote boleta703 de entrada para la mejor y más visible tribuna; aconsejándole fuera con anticipación y se colocara en primera fila, para poder desde allí levantarse y decir lo que llevara pensado, y recomendándole que no se turbara por cualesquiera rumores, ni menos si sonaba alguna campanilla; respondiéndole D. Quijote que ni una tempestad le acallaría, ni el son de la campana mayor de la catedral de Toledo tampoco704.

Aquella noche se quedó haciendo apuntes el caballero para su discurso, y leyendo y releyendo la oda, por ver si encajaba en él; determinando que la pondría en medio, como piedra preciosa engastada en joya de oro. Levantábase de cuando en cuando y daba largos paseos, y otras veces ponía en hilera las sillas de su habitación y les dirigía la parte ya meditada de su arenga, creyendo ver que éstas hacían muestras de gran asentimiento a sus palabras. Entonces notó que la lengua era una espada también, que tenía su esgrima, y que las letras son tan necesarias como las armas; aunque él había puesto antaño en su discurso sobre ellas las armas, exclusión hecha de las letras divinas705.

Oyéronle los huéspedes vecinos a su cuarto dar grandes voces, pero, como ya sabían que era un loco, creyeron que estaría en un momento de excitación, y echaron bien los pestillos de sus puertas por si se le ocurría visitarles en aquel acceso. Pero allá de madrugada quedó en silencio todo, pues D. Quijote cayó rendido del sueño sobre sus cuartillas emborronadas en la mesilla de trabajo, débilmente alumbrada por una bujía, que se consumió toda.

Por la mañana despertó y se encontró en aquella postura; se pasó la mano por la frente, como si le hubiera atormentado un tropel de sueños, y llamando al Poetilla, que aún dormía, se dispuso a acometer aquella última aventura de caer como enviado apocalíptico sobre aquella Asamblea de próceres y magnates latinoamericanos para soldar la ruptura de dos mundos con una arenga feliz, que era igual que unir el Calpe y el Abila706 con un persuasivo razonamiento.



Anterior Indice Siguiente