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ArribaAbajo

Doña Elvira

Romances





- I -


ArribaAbajo   «No sé qué grave desdicha
me pronostican los cielos,
que desplomados parecen
de sus quiciales eternos.
   Ensangrentada la luna  5
no alumbra, amedrenta el suelo,
si las tinieblas no ahogan
sus desmayados reflejos.
   En guerra horrible combaten
embravecidos los vientos,  10
llenando su agudo silbo
de pavor mi helado seno.
   Atruena el hojoso bosque;
y parece que allá lejos,
llevados sobre las nubes,  15
gimen mis lúgubres genios.
   Hados, ¿qué queréis decirme?,
¿o qué amenaza este estruendo,
este confuso desorden
que en naturaleza veo?»  20
   Así hablaba doña Elvira,
encerrada en su aposento,
cuando la callada noche
el mundo sepulta en sueño.
   Ella vela; sus cuidados  25
no permiten que un momento
halle el ansiado reposo,
cierre sus ojos Morfeo.
   Doña Elvira, que, viuda
del comendador don Tello,  30
señor de Herrera y las Navas,
castellano de Toledo,
   bajo un sencillo tocado
cubierto el rubio cabello,
sin sus oros la garganta,  35
y el monjil y saya negros,
   en soledad y retiro,
sumida en dolor inmenso,
diez años ha que le llora
como le lloró el primero.  40
   En vano el abril florido,
lanzando al áspero invierno,
ríe a la tierra, y la alfombra
de galas y verdor nuevos.
   En vano el plácido octubre,  45
renovando los misterios
de Baco, tras Sirio ardiente
se ostenta de frutas lleno.
   Ella, insensible a sus dones,
llora siempre, en el silencio  50
de la noche, cuando al mundo
alegra lumbroso Febo.
   Era don Tello esforzado,
tuvo el renombre de bueno,
murió en la toma de Alhama,  55
de heridas y honor cubierto.
   Un hijo solo fue el fruto
de su amor fino y honesto,
como su padre, valiente;
como doña Elvira, bello;  60
   que también contra los moros,
cual mil famosos guerreros,
doncel de Isabel, la sirve
en el granadino cerco,
   mientras la penada madre,  65
entre zozobras y miedos,
cuanto por su padre un día
hoy tiembla por el mancebo,
   si bien gallardo y membrudo,
cual joven, aún poco diestro  70
en repararse asaltado,
ni en herir acometiendo.
   «¿Si será», clamaba Elvira,
«que en su juvenil denuedo,
el hijo de mis entrañas  75
hoy me las parta de nuevo?
   Yo le miro enardecido
picar al bridón soberbio,
y el primero en la batalla
correr al mayor empeño,  80
   entrarse la lanza en ristre
de los bárbaros en medio,
por ganar una bandera
o algún noble prisionero
   que presentar en la corte  85
de la reina, como hacerlo
mi ínclito esposo solía...
¡Oh dolorosos recuerdos!
   ¡Madre desolada y triste!
¡Hijo infeliz, cuánto tiemblo  90
por ti de Muza los botes,
de Aliatar el crudo acero!,
   ¡cuánto que ciego, olvidado
de mi amor y mis consejos,
con un desastre consumes  95
mi viudez y desconsuelo!
   ¡Ah, si de tu ilustre padre,
como tienes el esfuerzo,
la prudencia te adornara,
mis cuidados fueran menos...!  100
   Guardad, bárbaros; no aleves,
si estáis de sangre sedientos,
probéis vuestros fuertes brazos
contra ese pimpollo tierno.
   ¡Tantos le asaltáis, cobardes,  105
y seguros de vencerlo
corréis cual hambrientos lobos
a un inocente cordero!
   Cual buenos, solos buscadle,
y el brazo y heroico aliento  110
veréis en él del que tanto
temblabais grande don Tello.
   O mejor con el Maestre
o con el Córdoba fiero
mediros, que a todos llama,  115
su horrible lanza blandiendo.
   ¡Perdonad, mi hijo querido;
así hallen siempre los vuestros
ventura y prez en las lides,
honras y amor con el pueblo!  120
   ¡Hijo amado, qué de angustias
me cuestas...!» En su desvelo
súbito, de la almohada
alzándose sin sosiego,
   corre al balcón, y escuchando  125
exclama si el escudero
vendrá que partió a informarse
de su salud y sus riesgos.
   «Tráeme fiel las faustas nuevas
que, madre tierna, deseo,  130
y tendrás un premio digno
de tu lealtad y tu celo...
   ¿Pero qué estrépito se oye?
No hay dudarlo... Pasos siento:
la marcha de algún jinete  135
repite sonoro el eco.
   ¡Cuán silencioso camina!
Percibir apenas puedo
el batir del duro casco
sobre el pedregoso suelo.  140
   ¿Si será que así a deshoras
venga alguno de mis deudos
a anunciarme las desdichas
que contino estoy temiendo?
   ¡Madre infeliz!, ¡venturosa  145
la que jamás logró serlo!,
no cual yo, que al cielo airado
ablandé con votos necios.
   Ella no verá sus hijos
atravesados los pechos  150
de mora lanza, y segados
en su flor cual débil heno;
   no en las andas funerales
extendidos, ni cubierto
de negros paños, y en torno  155
los militares trofeos,
   verá su féretro alzarse,
y en un silencioso duelo
a cien caballeros nobles,
de sus armas compañeros.  160
   No llorará como lloro,
ni tendrá en un hilo puesto
su vivir, temblando siempre,
¡mísera!, un desastre nuevo.
   ¡Cavilaciones tardías...!  165
¿Por qué, por qué su ardor ciego
no contrasté cuando pude?,
¿por qué me doblé a sus ruegos?,
   ¿por qué le dejé a las lides
partir tan niño?, ¿mi seno  170
desnudo, mis tristes lloros
no pudieran detenerlo?
   Sobre el umbral de rodillas
una madre... Lejos, lejos,
mengua tal, oprobio tanto  175
de una Guzmán y Pacheco,
   lejos de la sangre clara
que al moro el puñal sangriento
tiró contra el hijo amado
de Tarifa en el asedio.  180
   ¡Cuál se hablaría en la corte
de Isabel! ¡Y qué denuestos
los ricos hombres no harían
al hijo y la madre a un tiempo!
   ¡Honor, honor castellano!  185
¡Ínclito esposo, modelo
de valor y altas virtudes
a cristianos caballeros!
   Ve desde el cielo a tu hijo,
que tras tu glorioso ejemplo,  190
madre infeliz, viuda triste,
víctima a la patria ofrezco.
   Tiéndele los nobles brazos,
seguro que por sus hechos
no mancillará las glorias  195
de sus heroicos abuelos.
   Tiéndelos, amado esposo,
únelo a ti en nudo estrecho,
parte con él tus laureles,
y goza lo que yo pierdo».  200
   Súbito, un ave nocturna
lanzando un grito funesto
se oyó, y batiendo las alas
voló en ominoso agüero;
   y una gigantesca sombra  205
cual un pavoroso espectro
cruzó delante sus ojos,
de horror y lágrimas llenos.
   Elvira, la triste Elvira,
aterrada y sin aliento  210
cayó sobre su almohada,
gritando: «¡Yo desfallezco!»




- II -


ArribaAbajo   Yace la infeliz Elvira
tan abismada en su estrado,
que ni aun aliento le queda
para clamar por amparo,
   despavoridos los ojos  5
en el balcón, y temblando
que el ave el grito repita,
de sus desdichas presagio.
   Procura alzarse, y no puede;
tienta gritar, y es en vano;  10
que la congoja y el miedo
le ligan fuerzas y labio.
   Así la encontró la aurora
anegada en lloro amargo,
cuando ella flores y perlas  15
derrama de su regazo.
   Zaida, su esclava querida,
en angustia y duelo tanto,
fue de todas sus doncellas
la sola que halló a su lado.  20
   Zaida, que aun niña en la corte
que baña el Genil y el Darro,
con su virginal belleza
hizo a mil libres esclavos,
   la que en su donaire y gracias  25
de la Alhambra en los saraos
despertó tantas envidias
como dio vueltas danzando,
   Abencerraje y Vanegas,
nombres cuyo lustre raro  30
al sol empaña, y columnas
son del pueblo y del estado.
   Cautiva la hizo don Tello,
y Elvira en felice cambio,
por endulzar su desgracia,  35
le dio de amiga la mano.
   Ésta, que al alba antecede,
para sentir sus agravios,
que nada en cautivos nobles
es poderoso a olvidarlos,  40
   si ya en secreto no llora,
el tierno pecho llagado
de abrasado amor, al mismo
que la madre está llorando.
   Desvelada la echó menos,  45
y solícita en su hallazgo
topola en su estancia triste,
vuelta apenas del desmayo.
   «¿Qué tenéis, señora mía?
¿Por qué en lágrimas bañados  50
no me miran vuestros ojos
cuando cariñosa os hablo?
   ¿Qué tenéis?», clamaba Zaida.
«¿Qué suspiros tan ahincados
son ésos, y esos gemidos  55
con que parecéis ahogaros?,
   ¿por qué conmovido el pecho
os bate así?, ¿por qué helado
lo siento, y vos tan parada
que me semejáis de mármol?  60
   Alzad, señora, del suelo,
y en mi seno reclinaos;
que ni él será, ni mi vida,
de vuestro amor digno pago.
   Dejad las ansias y duelos  65
a esta infeliz, que sus hados
a eterno dolor condenan
en su verdor más lozano.
   Pero vos, dulce señora,
entre honores y regalos,  70
¿por qué ese horror en el rostro,
y esa zozobra y espanto?»
   Elvira, a la voz de Zaida,
abrió como despertando
sus ojos, que otra vez miran  75
hacia el balcón azorados;
   y viendo que Zaida llora,
torna al dolorido llanto,
y «¡Ay, madre desventurada!»,
clamaba de cuando en cuando.  80
   «¡Ave enemiga y funesta!,
¡sobra fatal...! ¡Cielo santo,
herid, herid a la madre,
y perdonad mi hijo amado!»
   Sus doncellas y sus dueñas  85
alborótanse entre tanto,
y despavoridas corren
por su señora clamando.
   Llegan, y al verla cual yace
como el lirio de los prados  90
que ajó el áspero granizo,
roto su frondoso tallo,
   atónitas la contemplan,
y sin osar demandarlo,
no temen ya, cierto miran  95
algún lamentable caso.
   Todas suspiran cual ella,
venla llorar, y anegado
su rostro en lágrimas tristes,
conmueven todo el palacio.  100
   Así estaba entre zozobras
aquel afligido bando
de palomas inocentes
en ansias y sobresaltos,
   cuando a más amedrentarlas  105
un ruido de caballos
se oyó, y en la sala vieron
al escudero y don Sancho,
   don Sancho, padre de Elvira,
el más respetable anciano  110
de cuantos de Calatrava
visten el glorioso manto,
   terror un tiempo del moro,
lleno de méritos y años,
y en su encomienda y retiro  115
hoy de míseros amparo.
   Llegó el noble caballero
silencioso y mesurado,
del escudero asistido
en sus vacilantes pasos,  120
   grave y plácido el semblante,
serenidad afectando,
pero en el suelo los ojos
y de lágrimas preñados.
   Elvira, al ver a su padre,  125
«¡Mi gozo», exclamó, «el encanto
de mi vida finó, ¡ay triste!,
de Santa Fe en el rebato...»
   Quiso proseguir, y un nudo
el dolor echó a su labio;  130
y en los brazos de su Zaida
volvió a tomarla el desmayo.
   El noble anciano en su apoyo
tendió los trémulos brazos,
con sus ruegos la conforta,  135
regálanla sus cuidados.
   Y Zaida, cuasi sin vida,
trémula toda, y ahogado
el pecho en ansias mortales,
la está infeliz sustentando,  140
   mientras las fieles doncellas,
en duelo y horror tamaño,
a los pies de su señora
se precipitan gritando:
   «¡Ay, desventurada Elvira!  145
¡Ay, malogrado Fernando!»
¡Ay, ay, Fernando! retumban
los artesones dorados.
   Volvió en fin Elvira triste
de su profundo letargo;  150
y «¡Ay padre», otra vez exclama,
«ya acabó mi hijo adorado!
   ¡Su sombra, su infausta sombra,
y de un ave el grito aciago,
nuncios a esta infeliz fueran  155
de tan pavoroso estrago!»
   «¿Qué es esto, Elvira querida?
¿Qué es esto, señora? ¿Cuándo
ni la constancia en tu pecho,
ni la religión faltaron?  160
   ¿Cuándo, cuándo esperé verte,
cual hoy sin mesura te hallo,
sin escuchar mis avisos
ni hacer de mis ruegos caso?
   Niña perdiste a don Tello,  165
y fue inmenso tu quebranto;
pero jamás, hija mía,
te abatieras a este grado.
   Si murió...» A esta voz terrible,
a Zaida se le nublaron  170
los ojos, y un grito agudo
su amor lanzó involuntario.
   «Si murió», don Sancho sigue
con tono grave y posado,
«en el cielo está, señora,  175
su buen padre acompañando;
   mártir ilustre y dichoso,
de glorias brilla colmado.
¡Diérame esta suerte el cielo
por premio de mis trabajos!  180
   Pagó esforzado a la patria
la deuda que un pecho hidalgo
desde que nace le debe,
que sus mayores pagaron.
   Sintió de su heroica sangre  185
el noble ardor, y emulando
de sus ínclitos abuelos
los fechos más señalados,
   en su juventud florida
sus sienes ornó del lauro  190
que tantos años y lides
costaran a Tello y Sancho.
   Su noble tío el Maestre,
de haberle por deudo ufano,
la roja cruz y la espada  195
le ciñó de Santiago.
   Isabel su fin glorioso
honró con su regio llanto,
si antes sus altas proezas
celebraba con aplauso.  200
   ¡Y tú lloras sin consuelo!,
¡tú lloras, porque bizarro
siguió a tu Tello, que siempre
le ofrecimos por dechado!
   No fue así doña María,  205
émula y mujer del bravo
Guzmán el Bueno, y hoy honra
de nuestro linaje claro.
   Si, cobarde y vil, se hubiese
de su batalla fugado,  210
entonces sí, hija querida,
que debiéramos llorarlo.
   Entonces sí que el encuentro
de los buenos esquivando,
andar debiéramos siempre  215
el rostro en tierra inclinado.
   Hoy no, que en las lenguas suena
de todos que, fiel retrato
de sus mayores, cual ellos,
del honor murió en el campo.  220
   Oye a tu fiel escudero
y verás como envidiado,
no plañido, sernos debe
de su sol el noble ocaso.
   ¡Hija adorada y llorosa!  225
Ya basta del libre vado
que a tus sentimientos dieras,
y es del honor moderarlos.
   Cesen, pues, los ayes tristes,
y ese tu gemir insano;  230
ni más me aflijas, de un padre
las súplicas desdeñando».
   Elvira, a este dulce nombre,
dio a su ahogo un breve plazo;
y apoyándose en su Zaida,  235
fue humilde a besar su mano.
   Solícito alzola el viejo
con un amoroso abrazo,
todos en silencio triste
al escudero escuchando.  240




ArribaAbajo

Sonetos




Al Sr. D. Gaspar de Jovellanos, del Consejo de S. M., oidor en la Real Audiencia de Sevilla


ArribaAbajo   Las blandas quejas de mi dulce lira,
mil lágrimas, suspiros y dolores
me agrada renovar, pues sus rigores
piadoso el cielo por mi bien retira.
   El dichoso zagal que tierno admira  5
su linda zagaleja entre las flores
y de su llama goza y sus favores,
alegre cante lo que Amor le inspira.
   Yo llore solo de mi Fili airada
el altivo desdén con triste canto,  10
que el eco lleve al mayoral Jovino,
   alternando con cítara dorada,
ya en blando verso, o dolorido llanto,
las dulces ansias de un amor divino.




- I -


El despecho

ArribaAbajo   Los ojos tristes, de llorar cansados,
alzando al cielo, su clemencia imploro;
mas vuelven luego al encendido lloro,
que el grave peso no los sufre alzados.
   Mil dolorosos ayes desdeñados  5
son, ¡ay!, tras esto de la luz que adoro;
y ni me alivia el día, ni mejoro
con la callada noche mis cuidados.
   Huyo a la soledad, y va conmigo
oculto el mal, y nada me recrea;  10
en la ciudad en lágrimas me anego;
   aborrezco mi ser, y aunque maldigo
la vida, temo que la muerte aun sea
remedio débil para tanto fuego.




- II -


El pronóstico

ArribaAbajo   No en vano, desdeñosa, su luz pura
ha el cielo a tus ojuelos trasladado,
y ornó de oro el cabello ensortijado,
y dio a tu frente gracia y hermosura.
   Esa rosada boca con ternura  5
suspirará, tu seno regalado
de blando fuego bullirá agitado,
y el rostro volverás con más dulzura.
   Tirsi, el felice Tirsi, tus favores
cogerá, altiva Clori, su deseo  10
coronando en el tálamo dichoso;
   los cupidillos verterán mil flores,
llamando en suaves himnos a Himeneo,
y Amor su beso le dará gozoso.




- III -


El pensamiento

ArribaAbajo   Cual suele abeja inquieta, revolando
por florido pensil entre mil rosas,
hasta venir a hallar las más hermosas
andar con dulce trompa susurrando,
   mas luego que las ve, con vuelo blando  5
baja, y bate las alas vagarosas,
y en medio de sus hojas olorosas
el delicado aroma está gozando,
   así, mi bien, el pensamiento mío
con dichosa zozobra por hallarte  10
vagaba de amor libre por el suelo;
   pero te vi, rendime, y mi albedrío,
abrasado en tu luz, goza al mirarte
gracias que envidia de tu rostro el cielo.




- IV -


Las artes del Amor

ArribaAbajo   Quiso el Amor que el corazón helado
de Nise ardiese, y le lanzó una flecha;
mas dio al punto a sus pies mil partes hecha
contra su seno de pudor murado.
   Solicítala en oro trasformado,  5
y al vil metal con altivez desecha;
busca al vano favor; no le aprovecha,
quedando en pruebas mil siempre burlado.
   Válese al fin de Tirsi, que la adora,
llama al tierno Himeneo y, oficioso,  10
de la mano la arrastra al nupcial lecho.
   Victoria canta el dios, de la pastora
cesa el desdén, y en llanto delicioso
cual nieve al sol se le derrite el pecho.




- V -


La paloma

ArribaAbajo   Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.
   Tú allá me la entretienes con cautela;  5
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si ésta se detiene, cierto muero.
Suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.
   Si señas quieres: el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa  10
la vista y el arrullo soberano,
   lumbroso el cuello, y el piquito breve...
Mas suéltala y verasla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.




- VI -


Las ilusiones de la ausencia

ArribaAbajo   Ora pienso yo ver a mi señora
de donosa aldeana, y que el cabello
libre le vaga por el albo cuello,
cantando alegre al despertar la aurora;
   ya en pellico y cayada de pastora  5
los corderillos guía y suelta; al vellos
por el prado brincar, corre en pos de ellos;
ya en ocio blando en la cabaña mora.
   Tierna ora ríe y va cogiendo flores;
a caza ora tras ella el monte sigo,  10
y bailar en la fiesta ora la veo.
   Así ausente me alivio en mis dolores;
y aunque sueño de amor es cuanto digo,
el alma siente un celestial recreo.




- VII -


El ruego y la crueldad

ArribaAbajo   «Huyes, Cinaris bella y desdeñosa,
de mil dulces palabras olvidada,
ni vuelves hacia mí la faz rosada,
ni mi voz oyes por correr furiosa.
   ¡Ah!, tente, tente a mi dolor piadosa;  5
tente, y yo callaré; no tu nevada
planta la selva hiera enmarañada,
cual la de Venus cuando erró llorosa.
   Ni aun respirar ya puedes de rendida.
Vuelve..., ¡ay!, ¡ay!, vuelve... Mas, ¡dolor agudo!,  10
que por mejor correr suelta el cayado.
   Vuelve...», dijo Damón; pero no oída
de la ingrata su voz, seguir no pudo,
en encendidas lágrimas bañado.




- VIII -


El deseo y la desconfianza

ArribaAbajo   ¡Oh, si el dolor que siento se acabara,
y el bien que tanto anhelo se cumpliese!
¡Cómo, por desdichado que ahora fuese,
la más alta ventura no envidiara!
   Con la esperanza sola me aliviara;  5
y por mucho que en tanto padeciese,
el gozo de que el mal su fin tuviese
lo amargo de la pena al fin templara.
   Por un instante de placer que hubiera,
con júbilo mis ansias sufriría,  10
ni en su eterno durar desfalleciera.
   Pero si es tal la desventura mía
que huyendo el bien, el daño persevera,
¿qué aguardar puedo en mi letal porfía?




- IX -


El propósito inútil

ArribaAbajo   Tiempo, adorada, fue cuando abrasado
al fuego de tus lumbres celestiales,
osé mi honesta fe, mis dulces males,
cantar sin miedo en verso regalado.
   ¡Qué de veces en lágrimas bañado  5
me halló el alba besando sus umbrales,
o la lóbrega noche, siempre iguales
mi ciego anhelo y tu desdén helado!
   Pasó aquel tiempo; mas la viva llama
de mi fiel pecho inextinguible dura,  10
y hablar no puedo, aunque morir me veo.
   Huyo, y muy más mi corazón se inflama;
juro olvidarte, y crece mi ternura;
y siempre a la razón vence el deseo.




- X -


La esquivez vencida

ArribaAbajo   No temas, simplecilla; del dichoso
galán pastor no tardes la ventura;
apenado a ti corre; su ternura
premio al fin halle, y su anhelar reposo.
   De rosa en la coyunda el cuello hermoso  5
pon al yugo feliz, la copa apura
que Amor te brinda, y de triunfar segura,
entra en lides süaves con tu esposo.
   ¡La vista tornas! ¡Del nupcial abrazo
huyes tímida, y culpas sus ardores,  10
en rubor virginal la faz teñida!
   Mas Venus..., Venus... Su genial regazo
sobre el lecho feliz llueve mil flores,
que Filis coge, y la esquivez olvida.




- XI -


Las armas del Amor

ArribaAbajo   De tus doradas hebras, mi señora,
Amor formó los lazos para asirme,
de tus lindos ojuelos para herirme
las flechas y la llama abrasadora.
   Tu dulce boca, que el carmín colora,  5
su púrpura le dio para rendirme;
tus manos, si al encanto quise huirme,
nieve, que en fuego se me vuelve ahora.
   Tu voz süave, tu desdén fingido
y el albo seno do el placer se anida  10
pábulo añaden al ardor primero.
   Amor con tales armas me ha rendido:
¡ay armas celestiales!, ¡ay mi vida!
Yo soy, yo quiero ser tu prisionero.




- XII -


La humilde reconvención

ArribaAbajo   Dame, traidor Aminta, y jamás sea
tu cándida Amarili desdeñosa,
la guirnalda de flores olorosa
que a mis sienes ciñó la tierna Alcea.
   ¡Ay!, dámela, cruel; y si aún desea  5
tomar venganza tu pasión celosa,
he aquí de mi manada una amorosa
cordera: en torno fenecer la vea.
   ¡Ay!, dámela, no tardes, que el precioso
cabello ornó de la pastora mía,  10
muy más que el oro del Ofir luciente,
   cuando cantando en ademán gracioso
y halagüeño mirar, merecí un día
ceñir con ella su serena frente.




- XIII -


La resignación amorosa

ArribaAbajo   ¿Qué quieres, crudo Amor? Deja al cansado
ánimo respirar solo un momento;
baste el veneno en que abrasarme siento,
y el dardo agudo al corazón clavado.
   Ni duermo, ni reposo; y de mi lado  5
cual sombra huye el placer. ¡Ah!, ¡qué lamento
suena en mi triste oído! De tormento
basta, Amor, basta, pues de mí has triunfado.»
   Le ruego así; y a mi dolor movido,
él me muestra la lumbre por que muero,  10
puro rayo de angélica hermosura.
   Yo me postro a adorarla; y encendido
en fuego celestial, penar más quiero,
y morir pido como gran ventura.




- XIV -


El ruego encarecido

ArribaAbajo   Deja ya la cabaña, mi pastora;
déjala, mi regalo y gloria mía;
ven, que ya en el oriente raya el día,
y el sol las cumbres de los montes dora.
   Ven, y al humilde pecho que te adora  5
torna con tu presencia la alegría.
¡Ay!, que tardas, y el alma desconfía;
¡ay!, ven, y alivia mi penar, señora.
   Tejida una guirnalda de mil flores
y una fragante delicada rosa  10
te tengo, Filis, ya para en llegando.
   Darételas cantando mil amores;
darételas, mi bien, y tú, amorosa,
un beso me darás sabroso y blando.




- XV -


Los tristes recuerdos

ArribaAbajo   En este valle, do sin seso ahora
en muda soledad tu malhadado
nombre, ¡ay Fili!, repito, afortunado
decirte osé: «Mi corazón te adora».
   Junto a este arroyo que tu muerte llora  5
te hallé cogiendo flores, y turbado,
la guirnalda nupcial en tu dorado
cabello puse, y te juré señora.
   Allí nos reveló sus deliciosos
misterios la alma Venus, la sagrada  10
tea encendiendo plácido Himeneo.
   ¡Ay, dejadme, recuerdos dolorosos!
Mi Fili al claro Olimpo fue robada,
y yo en mil ansias fenecer me veo.




- XVI -


La fuga inútil

ArribaAbajo   Tímido corzo, de cruel acero
el regalado pecho traspasado,
ya el seno de la hierba emponzoñado
por demás huye del veloz montero.
   En vano busca el agua, y el ligero  5
cuerpo revuelve hacia el doliente lado;
cayó y se agita, y lanza congojado
la vida en un bramido lastimero.
   Así, la flecha al corazón clavada,
huyo en vano la muerte, revolviendo  10
el ánima a mil partes dolorida;
   crece el veneno, y de la sangre helada
se va el herido corazón cubriendo,
y el fin se llega de mi triste vida.




- XVII -


En unas bodas

ArribaAbajo   «He aquí el lecho nupcial. ¿Tiemblas, amada?
¿Y para ti le ornó, de gozo llena,
tu tierna madre? El corazón serena,
y de santo pudor sube a él velada.
   También yo como tú temí engañada  5
doblar el cuello a la feliz cadena;
cedí, y dichosa fui. Tu esposo pena:
llega, y colma su suerte afortunada.
   Veo asomar al Himeneo santo,
que fausta ya Fecundidad te mira,  10
y en maternal amor arder tu pecho.
   Llega...» La virgen, entre risa y llanto,
ansía y teme; la madre se retira;
y corre Honestidad el nupcial lecho.




- XVIII -


El remordimiento

ArribaAbajo   Perdona, bella Cintia, al pecho mío
si evita cauto tu adorable llama;
que Fili solo su fineza inflama,
y él la idolatra aun en el mármol frío.
   Si amarte intento, del silencio umbrío  5
su voz infausta por venganza clama:
«¿Así», me dice, «¡oh pérfido!, se ama?
¡Ay!, ¡tiembla, tiembla mi furor, impío!
   Vuélveme a mi inocencia y a mi pura
candidez virginal. Tú de mi pecho,  10
¡aleve!, ¡aleve!, has la virtud lanzado;
   vuélveme a mi virtud...» Su sombra oscura
me sigue así, y en lágrimas deshecho
me hallo en el duro suelo desmayado».




- XIX -


Al Exmo. Sr. D. Eugenio de Llaguno, habiéndole nombrado el rey Caballero Gran Cruz de la orden de Carlos III

ArribaAbajo   Alivia el peso, soberana Astrea;
déjame un hora de feliz reposo;
el crudo afán de tu servicio honroso
ceda una vez a más feliz tarea.
   Santa amistad en celebrar se emplea  5
del claro Elpino el galardón glorioso,
merced justa de un rey que poderoso
su mérito y saber honrar desea.
   Vosotras, Musas, si a mi ruego un día
cedisteis gratas, y mi tierno acento  10
oyó afable por vos mi dulce Elpino,
   prestas volad, decidle mi alegría,
del pueblo hispano el general contento,
de la virtud el júbilo divino.








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