Los primeros títulos de Carlos Marzal dieron cuenta de un sujeto desenfadado y hedonista, una temática urbana y una actitud desesperanzada aunque sin gesticulaciones patéticas. Poco a poco, el desdibujamiento de aquella máscara inicial cedió ante una poesía de un pesimismo lapidario y una densidad perpleja, que fue abriéndose hacia la entonación pletórica de un yo calcinado en la visión de un mundo en llamas.