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Presentación


Tomás de Iriarte
La condesa-duquesa de Benavente

Tomás de Iriarte (1750-1791) fue un caballero ilustrado que vivó según los valores ideológicos y las nuevas formas sociales que caracterizaban a los de su clase. Cultivó la esgrima, el baile, los flirteos galantes; asistía a los toros y a otros espectáculos que menciona detalladamente en la Epístola III. En la mansión familiar, además de la librería heredada del tío y aumentada por los tres hermanos, reunió una ambiciosa colección de pintura; en ese espacio privado, que debía proporcionar una grata sensación de comodidad económica y placer estético, se ofrecían en ocasiones academias de armonía, es decir, sesiones particulares de música. Y, aparte de paseos y otras salidas al exterior, se entretuvo en frecuentar a sus amistades: el marqués de Manca, la duquesa de Villahermosa y sus hermanos, Carlos y Juan Pignatelli, la condesa-duquesa de Benavente y duquesa de Osuna -coleccionista de pintura y compradora de manuscritos de Haydn-. La música fue uno de los entretenimientos que le unía a ellos, tocando en privado música de cámara, con Iriarte al violín o la viola. Sus actividades, públicas y privadas, estuvieron regidas por una estética del buen gusto que, sin caer en la desmesura y superficialidad de los petimetres, se adelantaba a los decadentes del fin de siècle decimonónico.

Impregnado de esa nueva ética secular que es la amistad, en el círculo de sus íntimos mostraba sin recato sus rasgos de philosophe, entre los que un abierto anticlericalismo se acompaña de una mirada irónica e incluso burlesca hacia la religión católica. Frecuentó a comienzos de los años setenta la tertulia de la Fonda de San Sebastián, donde sin duda se forjó su buena amistad con Cadalso. La correspondencia entre éste e Iriarte muestra con claridad hasta qué punto comparten ambos un esprit fort que hacia el exterior sólo se enseña limitadamente. Coincidiendo con la caída de Aranda, el Santo Oficio reactiva su labor hacia los años 1773-1774, y se inician los procesos a Bernardo y Tomás de Iriarte (1774, 1776), así como a Pablo de Olavide (detenido en 1776). No resulta demasiado sorprendente que, casi un año después de la sentencia inquisitorial contra Olavide (1778), Tomás de Iriarte se vea ante el Santo Oficio -que ningún gobierno ilustrado se atrevió a suprimir-, y el 11 de agosto de 1779, tras considerar probado que el acusado había leído libros prohibidos sin licencia y cometido delitos de proposiciones, lo condene a que "abjure de levi, sea absuelto ad cautelam, gravemente reprehendido, advertido y conminado, [y] haga unos ejercicios espirituales por el tiempo de 15 días", así como a otras actividades piadosas, como confesar y comulgar las tres pascuas, ayunar todos los viernes, rezar parte del rosario todos los sábados y un credo los domingos durante dos años o leer cada día media hora la Guía de pecadores de fray Luis de Granada. No hay evidencia documental ni de que cumpliera esa condena, ni de que, en caso de cumplirla, modificara grandemente sus convicciones.

Manuscrito de El señorito mimado

Sus obras teatrales (Hacer que hacemos, El señorito mimado, La señorita malcriada) marcaron significativamente un cambio en la manera de concebir el teatro, reconocida sin reparos por Leandro F. de Moratín; sus fábulas tuvieron un éxito prolongado que sólo la decadencia de las humanidades empuja hacia el olvido; sus poesías abordaron casi todos los asuntos (nobles o algo escabrosos) que preocuparon a los ilustrados y neoclásicos; sus traducciones del latín son modelo de sobriedad y finura; su vida, ejemplar indiscutible de un modo de instalarse en el mundo y en la sociedad de su tiempo. Esta página que le es consagrada por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes pretende mostrar la riqueza de su obra y la vitalidad de una producción que, a pesar de los prejuicios acumulados en contra del neoclasicismo, trasciende su época para tocarnos todavía hoy.


Jesús Pérez-Magallón


 
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