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Apunte biobibliográfico
La personalidad de Lope de Vega
es tan escurridiza y contradictoria que no cabe encerrarla en las líneas
de una biografía. Habitualmente, su vida se nos presenta como una agitada
sucesión de aventuras, una intensa crónica sentimental que ha
sorprendido y admirado a varias generaciones de lectores. Sin embargo, fue una
vida sedentaria, pobre en acontecimientos externos. Lope no salió nunca
de la Península, exceptuando su participación en una expedición
a las Azores y su discutido enrolamiento en «La Invencible». Lope
fue un aventurero íntimo. Los múltiples y a veces turbulentos
azares de su vida fueron esencialmente sentimentales y afectivos. Detalles tan
recónditos de su existir no podríamos conocerlos si el propio
poeta no hubiera ido trasponiendo esos pormenores a su obra literaria. Notario
lírico de sí mismo, basta que nos asomemos a su romancero morisco
o al pastoril para ver al trasluz de Azarque, de Zaide, o de Belardo, al joven
arrebatado y sentimental que fue o creyó ser. Sus versos cultos son plasmación
casi inmediata de las tormentas que pasaba su alma. Incluso en la poesía
épica o dramática, tan ajenas a la expresión de la subjetividad,
encontramos alusiones a sus odios y amores, a los momentos de felicidad o amargura
que el destino tuvo a bien depararle.
Lope sentía la necesidad
de dejar testimonio de sí mismo. Esta pasión, que tanto ha ayudado
a sus biógrafos, encierra también sus trampas y peligros. Es evidente
que el protagonista no es -no puede ser nunca- un narrador imparcial. Sobre
todos los acontecimientos pondrá el filtro de la subjetividad. Pero a
esa distorsión debe añadirse otra: Lope gustaba de verse a sí
mismo como personaje literario y recreaba su propia imagen según los
tópicos del momento, a los que dotaba de una nueva vitalidad y calor.
Añadamos a esto que tuvo siempre sus manías y entre ellas se contó
el acrecentar el número, en verdad grandísimo, de sus obras y
el restar algunos de sus años. Las referencias autobiográficas
que dejó en verso y prosa hay que mirarlas al trasluz para adivinar en
ellas, no tanto el dato concreto que en ocasiones aportan, cuanto el proceso
psicológico que insinúan o esconden. En casi todas sus obras encontraremos
la vida invadida por la literatura y, como corolario, la literatura impregnada
de vida. Si Ramón Gómez de la Serna dijo de Quevedo que «tenía
vocación de muerto», de Lope de Vega pudo decir muy bien que tenía
«vocación de vivo». Gran parte de la vida del gran poeta
la transformará en poesía.
Félix Lope de Vega Carpio
nació en Madrid a finales de 1562. Hay discusión acerca de la
fecha exacta. El primero de sus biógrafos, su discípulo Juan Pérez
de Montalbán, señaló el 25 de noviembre, «día
de San Lope, obispo de Verona», pero W. T. McCready ha apuntado que el
día de San Lope es el 2 de diciembre, por lo que también se apunta
esta última fecha. Sus padres fueron Félix de Vega y Francisca
Fernández Flórez, naturales -al parecer- del Valle de Carriedo,
en la Montaña santanderina. Félix de Vega, bordador de profesión,
debió de acudir a Madrid en 1561, atraído por las posibilidades
profesionales y económicas que le brindaba la recién estrenada
capitalidad. Años después, Lope se inventó una novela,
o poco menos, a propósito de su nacimiento. En una carta a una poetisa
indiana, que llama Amarilis, y que parece que es invento suyo también,
le dice cuál es su procedencia:
| Tiene su silla en la bordada alfombra |
| de Castilla el valor de la Montaña |
| que el valle de Carriedo España nombra. |
| Allí otro tiempo se cifraba España, |
| allí tuve principio: mas ¿qué importa |
| nacer laurel y ser humilde caña? |
| Falta dinero allí, la tierra es corta; |
| vino mi padre del solar de Vega: |
| así a los pobres la nobleza exhorta. |
| Siguióle hasta Madrid, de celos ciega, |
| su amorosa mujer, porque él quería |
| una española Elena, entonces griega. |
| Hicieron amistades, y aquel día |
| fue piedra en mi primer fundamento |
| la paz de su celosa fantasía. |
| En fin, por celos soy, ¡qué nacimiento! |
| Imaginadle vos, que haber nacido |
|
de tan inquieta causa fue portento.
|
Lope se jactó siempre del origen montañés
que apunta en el texto citado y de la «nobleza» que le venía de sus antepasados.
Esa hidalguía estaba más en su imaginación que en los documentos
o en la consideración social. Se ha insinuado la posibilidad de que Lope
fuera de origen converso. Quizá se trate de un mero fruto de la marea provocada
por los escritos de Américo Castro. En los textos de Lope se recrea con
cierta frecuencia el caso del hombre valioso cuyo ascenso se ve injustamente dificultado
por su origen. No obstante, en otras obras no faltan puntazos antijudaicos, que
reafirman los viejos tópicos de la comunidad cristianovieja y nos muestran
que el poeta había asimilado los valores imperantes en la sociedad de su
tiempo.
El que sería conocido
como «Fénix de los ingenios españoles» comenzó
estudiando en la escuela de Madrid que regentaba Vicente Espinel, a quien siempre
trata con veneración y respeto en sus escritos. Continuó su formación
en el estudio de la Compañía de Jesús, que más tarde
se convertiría en Colegio Imperial. Posteriormente, parece que cursó
cuatro años (1577-1581) en Alcalá de Henares, aunque sin alcanzar
ningún título. Había entrado siendo muy joven al servicio
del obispo de Cartagena, inquisidor general y más tarde obispo de Ávila,
don Jerónimo Manrique. Algún estudioso ha apuntado la posibilidad
de que también estudiara en la Universidad de Salamanca, pero de esto
no existe más indicio que una ambigua alusión en la presentación
del apócrifo Tomé de Burguillos. La inspiración salmantina
y universitaria de algunas de sus obras (El bobo del colegio, El dómine
Lucas...) puede y debe explicarse, mientras no dispongamos de noticias más
concretas y fidedignas, por su estancia en Alba de Tormes en 1590-1595.
En junio de 1583 zarpó
de Lisboa, tras alistarse en la escuadra que, al mando del marqués de
Santa Cruz, tenía como objetivo reducir la resistencia que en la isla
Terceira (Azores) oponía el prior de Crato, aspirante al trono portugués,
a la autoridad de Felipe II. Al regreso, conoció a la primera de las
numerosas mujeres que amó: Elena Osorio, Filis, hija del empresario
teatral Jerónimo Velásquez, separada de su marido. En 1587, al
saber que un importante personaje, Francisco Perrenot Granvela, lo desplazaba
del amor de Elena, hizo circular contra ella y su familia unos poemas insultantes,
por lo que fue condenado a cuatro años de destierro de Madrid y a dos
del reino de Castilla. Pero el 10 de mayo de 1588 contrae matrimonio por poderes
con Isabel de Alderete (Belisa) o de Urbina, hija del famoso pintor.
Por esas fechas aseguró Lope que se alistó en la Gran Armada que
se dirigía contra Inglaterra, luchando en el galeón San Juan,
pero es dudoso; en la corta travesía, que probablemente no abandonó
la costa hispano-portuguesa, escribió un poema épico al modo ariostesco:
La hermosura de Angélica.
En diciembre de 1588 volvió
derrotada «La Invencible» y con ella debió regresar Lope,
que se dirigió a Valencia, tras incumplir la condena que se le había
impuesto al pasar por Toledo. Con Isabel de Urbina vivió en la capital
del Turia, donde afianza su estética teatral junto a notables dramaturgos
como Tárrega, Gaspar Aguilar, Guillén de Castro, Carlos Boil y
Ricardo del Turia.
Tras cumplir los dos años
de destierro del reino, Lope se trasladó a Toledo y allí sirvió
a don Francisco de Ribera Barroso, más tarde segundo marqués de
Malpica, y entró al servicio del quinto duque de Alba, don Antonio de
Toledo y Beamonte. Como gentilhombre de cámara se incorporó a
la corte ducal de Alba de Tormes, donde vivió entre 1592 y 1595. Allí
murieron Isabel de Urbina (en otoño de 1594), al dar a luz a Teodora,
y las hijas habidas en el matrimonio. Escribió por entonces su novela
pastoril La Arcadia.
En diciembre de 1595 le llega
el anhelado perdón y regresa a Madrid, donde es acogido calurosamente.
Una nueva pasión le aguarda: Micaela Luján, Celia o Camila
Lucinda en sus versos, mujer bella e inculta, también casada, con
la que mantiene relaciones hasta 1608, y de la que tendrá cinco hijos,
entre ellos dos de sus predilectos: Marcela (1606) y Lope Félix (1607).
A partir de 1608 se pierde el rastro literario y biográfico de Micaela
de Luján. Lucinda es la única de las amantes mayores
del Fénix cuya separación no dejó huella en su
obra. Pero en 1598 había contraído segundas nupcias, tal vez por
dinero, con Juana de Guardo, hija de un rico abastecedor de carnes, vulgar y
poco agraciada. Sólo en los poemas dedicados a su amado hijo Carlos Félix
(el matrimonio tuvo, además, tres hijas) asoma la figura borrosa de la
esposa. Durante bastantes años Lope se dividió entre los dos hogares.
A pesar de tan ajetreada existencia, esta época fue pródiga en
impresiones. Para entender en su justa dimensión lo que significa esta
avalancha de papel impreso, debemos tener presente que en el Siglo de Oro los
poetas, por timidez o despreocupación, se resistían a imprimir
los frutos de su ingenio. La obra de Lope se había difundido manuscrita
y a través de ediciones que el autor no había promovido ni autorizado.
Espera hasta los treinta y ocho años -él, que era famoso desde
los veintipocos- para resolverse a patrocinar con su nombre las ediciones.
En 1605 conoce y traba amistad
con don Luis Fernández de Córdoba y de Aragón, duque de
Sessa, con el que mantendrá a lo largo de toda su vida una extraña
relación en la que se mezclan los papeles de secretario, confidente y
alcahuete.
En septiembre de 1610 Lope se
traslada definitivamente a Madrid y compra la casa de la calle Francos (hoy
de Cervantes), en la que vivirá el resto de sus días. En 1609
había ingresado en la Congregación de Esclavos del Santísimo
Sacramento en el oratorio de Caballero de Gracia y al año siguiente se
adscribió al oratorio de la calle del Olivar.
Pero no duró mucho esta
experiencia plácida y sin contratiempos. Doña Juana sufre frecuentes
enfermedades y en 1612 Carlos Félix, al que había dedicado poco
antes Los pastores de Belén, muere de unas calenturas. El poeta
escribirá una de las más bellas elegías de nuestra lengua
(«Éste de mis entrañas dulce fruto...»), pero poco
intensa, porque Lope era demasiado vital. El 13 de agosto del año siguiente
Juana de Guardo muere también, al dar a luz a Feliciana. El 24 de mayo
de 1614 decide ordenarse de sacerdote. La huella literaria de esta crisis y
sus arrepentimientos irá a parar a las Rimas sacras, publicadas
en 1614, que contienen sin disputa los más bellos sonetos sacros del
Barroco. La emoción poética, tan patente, procede de la angustia
de sentirse preso en un pasado y vislumbrar al mismo tiempo otros gozos espirituales.
Todo lo que fue entrañable y apasionada poesía amorosa se convierte
ahora en poesía a lo divino, por decirlo así. Las Rimas sacras
contienen esos bellísimos sonetos que figuran en todas las antologías,
«¿Qué ceguedad me trujo a tantos daños?», «Pastor,
que con tus silbos amorosos» y «¿Qué tengo yo que
mi amistad procuras?», en el cual se dan cita algún versículo
del Cantar de Cantares con Horacio y la experiencia de un Lope amante
de Elena Osorio cuando pasaba muchas noches tendido en el suelo de la casa de
la amante. Ahora bien, Lope también pagó su tributo a aquella
poesía conceptista de Bonilla y Ledesma, que tantos estragos causó,
como el dedicado a San Roque, que comienza «Jaque de aquí con este
santo Roque»; pero al que sigue otro soneto lleno de desengaño
barroco: «¡O engaño de los hombres, vida breve!». Pero
tampoco lo pasaba muy bien con la «nueva poesía», que se
había divulgado mucho, y tampoco Góngora dejaba pasar ninguna
oportunidad de zaherir a Lope, quien, a su vez, le admiraba y temía.
El recién ordenado entró
enseguida en la carrera de los beneficios eclesiásticos. Por medio del
duque de Sessa consiguió una «prestamera» en la diócesis de Córdoba
y en 1615 solicitó una capellanía que instituyó en Ávila
su antiguo protector Jerónimo Manrique. En octubre de ese mismo año
acompañó a su señor en la comitiva que acudió a
Irún con la infanta Ana de Austria y dio escolta de honor hasta Madrid
a Isabel de Borbón, la futura esposa de Felipe IV.
Poco duró la castidad
del nuevo sacerdote. Además de la relación con una comedianta
(«La loca») durante su viaje a Valencia de 1616, Lope tiene el último
gran amor de su vida en otra mujer casada, Marta de Nevares, a la que en los
textos literarios llamará Amarilis y Marcia Leonarda.
Cuando se conocieron, la muchacha tenía veintiséis años
y el poeta rondaba los cincuenta y cuatro. Estos amores sacrílegos se
divulgaron muy pronto por Madrid y no tardaron en aparecer críticas mordaces
y sangrientas. Marta, que apenas alcanzaba los treinta años cuando enviudó,
gozaba, a juzgar por el retrato que nos dejó Lope, de una singular belleza.
Lo espiritual no iba por detrás de lo físico. Amarilis
tenía verdadera afición al arte y animó a Lope a proseguir
su carrera literaria e incluso a experimentar nuevos géneros que hasta
entonces no había cultivado. Así nacieron las cuatro novelas italianas
que, dedicadas a la señora Marcia Leonarda, aparecieron en La Filomena
(1621) y La Circe (1624).
De mediados de 1620 es la famosa
Justa poética en honor a San Isidro, en la que hizo figurar
a Tomé de Burguillos. Su hijo Lope ingresaba en el ejército y
su hija Marcela profesaba en las Trinitarias descalzas, lo que poetizará
Lope en una carta a Francisco de Herrera Maldonado. En cambio, la que dirigió
a Francisco de Rioja es un breve Laurel de Apolo, con pequeños
elogios y sin olvidar a los enemigos.
En 1621 Marcela, la hija de Lucinda,
ingresó en el cercano convento de las trinitarias. Por las mismas fechas,
quizá algo antes, Marta de Nevares pierde la vista, lo que será
el prólogo de otra serie de desgracias familiares que acometerán
al viejo poeta. En tanto, Lope trata de acercarse a los nuevos gobernantes.
Desde 1621 reinaba Felipe IV y gobernaba don Gaspar de Guzmán, conde-duque
de Olivares. A éste y a su hija dedica alguna obra, pero no consigue
el favor buscado. El desaire de los poderosos irá engendrando un sentimiento
de desengaño y frustración que impregnará sus obras de
vejez.
Parece que en 1628 Marta sufrió ataques de locura. A pesar de todo, el Fénix sigue
publicando: el Laurel de Apolo (1629), El castigo sin venganza (1631), La Dorotea
(1632). En este último año, el 7 de abril, muere, con poco más de 40 años, Marta de Nevares. El entierro
lo pagó oficialmente Alonso Pérez, el librero amigo del poeta y padre del discípulo predilecto.
Con la muerte de Amarilis
no terminaron las desdichas y las inquietudes de Lope, porque en 1634 moría
su hijo Lope Félix, y su hija Antonia Clara, la que tuvo con Marta de
Nevares, se fugaba de casa con Cristóbal Tenorio, lo que lamentará
bellísimamente Lope en la égloga «Filis». Sigue, no
obstante, dando a la escena nuevas comedias, como Las bizarrías de
Belisa, y, en medio de este torbellino de sucesos, tiene Lope el humor de
publicar las Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos,
uno de los libros más encantadores y llenos de humor de la poesía
española de todos los tiempos. En el prólogo, Lope asegura con
gracia haber conocido a Tomé de Burguillos en Salamanca y que «parecía
filósofo antiguo en el desprecio de las cosas que el mundo estima».
Quevedo, en su Aprobación, dice: «El estilo es, no sólo
decente, sino raro, en que la lengua castellana presume victorias de la latina,
bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de frey
Lope de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo
bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro nombre.»
Lope no dejó de escribir
hasta cuatro días antes de su muerte. Muchos de estos poemas de los últimos
tiempos se publicaron póstumamente en La vega del Parnaso (1637).
El 25 de agosto de 1635 sufrió
un desmayo que le obligó a guardar cama. Dos días después,
el lunes 27, moría en su casa de la calle de Francos cuando contaba setenta
y tres años. El martes lo enterraron solemnemente en la iglesia de San
Sebastián. Las honras fúnebres las costeó el duque de Sessa
y se convirtieron en un homenaje multitudinario. El funeral acordado por el
ayuntamiento de Madrid fue prohibido por el Consejo de Castilla; la vida irregular
que había llevado el poeta le persiguió aun después de
muerto.
Lope de Vega cultivó la
mayor parte de los géneros vigentes en su tiempo, muchas veces con extraordinaria
calidad. Y tan copiosamente, que ello le valió el título de «Monstruo
de la naturaleza». Su obra lírica es muy extensa. Estrictamente
líricos son sus libros Rimas sacras (1604), Romancero espiritual
(1619), Triunfos divinos con otras rimas sacras (1625) y una serie de
folletos con uno o varios poemas, como Cuatro soliloquios (1612) y las
églogas Amarilis (1633) y Filis (1635). Libros misceláneos
son las Rimas (1602), formado por doscientos sonetos, y los poemas épicos
La hermosura de Angélica y La Dragontea; y las burlescas
Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634),
donde incluye La Gatomaquia. Intercala poesías líricas
en varios de sus volúmenes en prosa, las junta a diversos poemas épicos
y las mezcla con prosas y comedias en La vega del Parnaso (1637).
Prolonga en sus composiciones
más refinadas la lírica que Garcilaso había instaurado,
pero no olvida la poesía octosilábica del Cancionero y
revitaliza formas líricas populares, que suele insertar en sus comedias.
Contribuye, además, a la creación del Romancero nuevo;
muchos de sus romances constituían una crónica de sus amores y
gozaban de enorme popularidad. Pero Góngora, prestigioso entre los doctos,
lo ataca cruelmente. Lope se defiende, lo zahiere sobre todo en sus comedias,
lo envidia y admira a la vez. Y, sin modificar su conducta poética -sencillez,
«conceptos» al modo cancioneril, adorno moderado compatible con
la claridad-, cede a veces al estilo gongorino.
La vena épica de Lope
se desarrolla, primero, bajo el influjo del espíritu lozano y entusiasta
de Ariosto y, más tarde, bajo el más austero de Tasso. Pertenecen
a este género La Dragontea (1598; sobre la derrota y muerte del
corsario Drake), El Isidro (1599; excepcionalmente compuesto en quintillas
octosilábicas, en correspondencia con el carácter popular del
santo madrileño cuya vida narra), La hermosura de Angélica
(1602;única contribución de Lope a la épica imaginaria
ariostesca, irregular y farragosa) y Jerusalén conquistada (1609;
en veinte cantos, como la «liberata» de Tasso, y unas mil octavas
reales, centradas en la tercera cruzada).
Estos poemas y, desde luego,
su teatro disgustaban a los doctos fieles a las doctrinas aristotélicas.
Tres de ellos, Pedro Torres Rámila, Cristóbal Suárez de
Figueroa y Juan Pablo Mártir Rizo, publican un feroz libelo contra Lope,
la Spongia (1617), donde juzgan despectivamente sus novelas pastoriles
y descalifican toda su épica; llaman a La Dragontea «deshonor
de España» y califican la Jerusalén de «pedestre
oración». Pero Lope, aunque amargado -culteranos y aristotélicos
lo descalifican-, prosigue con sus intentos épicos. Tras el Polifemo
de Góngora, ensaya la fábula mitológica extensa con cuatro
poemas: La Filomena (1621; donde ataca a Torres Rámila), La
Andrómeda (1621), La Circe (1624) y La rosa, blanca
(1624; blasón de la hija del conde-duque, cuyo complicado origen mítico
expone). Vuelve a la épica histórica con La corona trágica
(1627, en 600 octavas sobre la vida y muerte de María Estuardo). Por
fin, en 1634, con el buen humor que había inspirado las Rimas de Burguillos,
compone La Gatomaquia, gracioso poema épico-burlesco de 2.811
versos, donde narra las peripecias amorosas de los gatos Marramaquiz, Zapaquilda
y Micifuz.
Ya en prosa, sólo tres
géneros narrativos dejaron de interesarle: el caballeresco, el morisco
y el picaresco. Y así, escribió dos novelas pastoriles, La
Arcadia (1589; cuyo argumento encubre peripecias amorosas del duque de Alba)
y Los pastores de Belén (1612; con tema sacro, desarrollado con
particular encanto). En 1604, cediendo al prestigio europeo de la novela bizantina,
publica El peregrino en su patria, obra miscelánea en que las
aventuras de los protagonistas se entremezclan con poesías y comedias.
Conforme al modelo de la novella italiana que Cervantes había
introducido, escribe sus cuatro novelas dedicadas a Marcia Leonarda: Las
fortunas de Diana (1621; incluida en el volumen de La Filomena),
La desdicha por la honra, La prudente venganza y Guzmán
el Bravo, publicadas con La Circe (1624). Sigue los pasos de Cervantes,
a quien estimaba poco y al que, sin embargo, dice, «no faltó gracia
ni estilo».
Mientras, viejo y cansado, cuida
a Marta de Nevares, ultima Lope una obra maestra, elaborando tal vez materiales
muy anteriores: La Dorotea (1632, año en que muere Amarilis),
donde evoca sus amores mozos con Elena Osorio. La denominó «acción
en prosa»; está dividida en cinco actos, y es un largo texto irrepresentable,
en la estela de La Celestina, en donde los personajes encubren apenas
a los protagonistas de aquellos episodios juveniles.
Como escritos apologéticos
y doctrinales y cartas, puede abrirse en la obra de Lope un apartado, en el
que se incluiría el poema Arte nuevo de hacer comedias (1609;
en 376 endecasílabos sueltos dirigidos a la Academia de Madrid, con los
que, irónicamente, defiende su estética teatral); Isagoge a
los reales estudios de la Compañía de Jesús (1629;
novela en silvas para las fiestas de fundación del Colegio Imperial),
El laurel de Apolo (1630; casi 7.000 versos en alabanza de escritores
y pintores españoles y extranjeros) y Triunfo de la fe en los reinos
del Japón (1618; en prosa, sobre hechos acaecidos en las misiones
de los jesuitas). Se conservan, además, casi 800 cartas dedicadas, en
su mayor parte, al duque de Sessa, de enorme valor biográfico.
Lope declaró haber escrito
1.500 piezas dramáticas; se conservan 426 comedias a él atribuidas
(de las que sólo 314 son seguras) y 42 autos sacramentales. Aprovechando
hallazgos de precursores, como los valencianos citados más arriba, de
Juan de la Cueva, y de La Celestina, fija la fórmula de la comedia
(nombre genérico dado a cualquier pieza teatral larga), que obtiene una
triunfal acogida popular. Quebranta las unidades de lugar, tiempo y acción,
exigidas por los preceptistas (y también por escritores como Cervantes,
frustrado como autor dramático por el triunfo de Lope). Y mezcla lo cómico
y lo trágico tratando, dice, de imitar a la naturaleza. Al servicio de
este ideal, forja la «figura del donaire», que media con su sentido
común y su buen humor entre los espectadores y la escena. Pero al postular
tal mezcla, renuncia a la tragedia (El castigo sin venganza es bastante
excepcional) y se predispone para componer comedias propiamente dichas, y tragicomedias,
entre las que destacan las de comendadores, con asuntos de honra. Escribe en
verso, con variedad de metros (predomina el octosílabo) y estrofas conforme
a las exigencias de la peripecia. Adopta la división en tres actos o
jornadas, y acoge temas de muy variada naturaleza, sumiéndolos en un
clima intensamente español: de historia antigua (El esclavo de Roma)
y extranjera (El gran duque de Moscovia), religiosos (La buena guarda),
mitológicos (El laberinto de Creta), de enredo inventado (El
acero de Madrid, La dama boba y El perro del hortelano), etc.
Especialmente importantes son las obras inspiradas en temas de la Historia y
leyendas españolas, con que contribuía a la forja de una conciencia
nacional (El mejor mozo de España, El mejor alcalde el rey,
Fuente Ovejuna, Las paces de los Reyes y judía de Toledo;
se le ha atribuido, pero no es suya, La Estrella de Sevilla). Algunas
de sus mejores tragicomedias se inspiran en canciones populares (Peribáñez
y el comendador de Ocaña, El caballero de Olmedo). Otras comedias
(El villano en su rincón) dramatizan también motivos folklóricos.
Probablemente, ningún otro escritor ha interpretado tan profundamente
a su pueblo.
Blecua, José Manuel, «Lope de Vega, poeta»,
en: Jordi Llovet (ed.), Lecciones de Literatura Universal. Siglos XII a XX,
prólogo de Martín de Riquer y epílogo de José María
Valverde, Madrid, Cátedra, 1996, 2.ª ed., pp. 285-93.
Lázaro Carreter, Fernando, «Félix Lope de Vega
Carpio», en: Ricardo Gullón (dir.), Diccionario de literatura española
e hispanoamericana, prólogo de Fernando Lázaro Carreter, Madrid,
Alianza, 1993, pp. 1711-15.
Pedraza Jiménez, Felipe B., «Perfil biográfico»,
en: Lope de Vega, Barcelona, Teide, 1990, pp. 3-23.