Elisa Dejistani
elidejistani@hotmail.com
El corazón
flor exacta
de un tiempo que se abre
en el libro de piedra
de las catedrales.
Espacio áureo del latido
pétalos de sangre
detrás de las cuerdas
de la indiferencia.
Incrustaciones
después
de la desgarradura.
Un corazón
origen de la curva
que funda un tránsito
obediente a la cifra.
Toda mutilación
es aún más que la espada
del exilio
atravesándonos
a la hora de partir.
Fuga la forma en el dolor
cuando tu mano se enciende
y por fin
me alcanza.
El corazón es álgebra
de un tiempo que calla
en las catedrales del latido
de la sangre.
Con ojos y oídos
que suelen ignorarse
incrustaciones de la caricia
y del desgarro.
Origen de la curva
que funda un tránsito
obediente y cifrado.
Toda mutilación
es aún más que la espada
y el exilio.
A la hora de partir
forma
fuga
dolor.
Voluptuosidad de la luz
cuando tu mano se enciende.
¿y si volviese el ángel
el corazón
abandonaría su jaula?
Entonces
un acorde bastaría
para amenguar la fatiga
y tus brazos
repartidos al viento
de la misericordia
con el sol en las manos
y los ojos húmedos
viéndote partir
una y otra vez.
Y este cavilar
de toda astronomía
que se conmueve
y espera.
Cuando asoman claveles
por entre los anillos
del entramado
y cierta melodía
o fonema
se desprende
de las estatuas
que danzan
sobre la rampa
de los escenarios
y perciben
un saber estar
en medio del vacío.
II
Y tanto acrece el mar
que la niña
danza con fervor
en el interior
de la piedra.
Acuciada quizás
por la vibración feérica
de algún encantamiento.
Tanto ángel herido
en las lunas del sueño
tanta luz ignorada
en los ecos difuntos
que toda ufanía
palidece.
Es la diáspora del sol
y su intento
de pernoctar en los ojos
del anciano:
esa otra niñez.
Ingenuo es el tacto
del que se abre
a la urdimbre.
¿En qué desmesura
se quebranta la justicia?
Entonces
la voluntad de unirse
bastaría.
Desnudan las fibras
dilatan el gesto de amor
los relojes de arena.
Y el cartapacio azul
abre su letra de humo
por entre las mesas
de enero
en Buenos Aires.
Desde alguna parte
el ocaso es común
a ciertas violaciones
del presente.
Mas allá
la sombra viraró
de los tinglados
recorre el pulso
contra lo amargo
y
puntual de una silla vacía.
En aquel rincón de bruma
con destellos del "Acrópolis"
Teseo gestiona un destiempo
para sorber de los senos de Lou
y despertar.
Mientras la corazonada
tiende su alfabeto
por entre las mesas de enero
en Buenos Aires.
(Jasmín
del País, 5/I/91)
Sé
que en el fondo de los portales
principia el canto
de un tiempo desconocido.
Y me pregunto
dónde quedó
el acento de las profecías
dónde se abre el signo
en el que huye tu boca
que fue del pétalo
congelado en tu piel.
Vacías
las palabras
generan el hastío.
Si he de cerrar mis ojos
esta noche
quién besará entonces
mi frente inanimada.
Quién
ha de encender mi hechura
en su proclama
para soñarme en el fervor
de la tarea.
En el tótem
con rituales de textura
o en la gavilla revuelta
de una idea.
Quién colmará mi línea
y el contraste
de buril y amaranto
de mirto
de laúd.
Anunciará su éxodo
el latido
pero el boceto
que palpita en estas manos
-adónde irá-
quién como yo
ha de llevar a cabo
un horadar ardido
en el costado
para conjurarte.
Quién