Alejandro Sanz Ábalos
asanzabalos@telefonica.net
Se sentó en su coche, se ajustó el cinturón de seguridad y comenzó a conducir como un autómata, sin un destino fijo. La mañana otoñal se presentaba gris. En el primer semáforo giró a la izquierda. Igual podía haber ido a la derecha...
Nunca hubiese imaginado que las cosas se iban a desarrollar como lo hicieron. De haberlo sabido habría actuado de la misma forma, pero mucho antes.
Amancio estaba solo desde hacía ya muchos años. Desde que su querida Rosaura, consumida por el cáncer y después de varios años de angustiosa y larga agonía, le dejó. La enfermedad impidió que tuvieran hijos y esto les unió mucho más. Cada uno dependía del otro, únicamente.
Estos acontecimientos influyeron de forma substancial en su carácter, se hizo un ser huraño e introvertido. Sus vecinos y sus compañeros de trabajo eran las únicas personas con las que se relacionaba, si es que a un protocolario "buenos días", un "hasta mañana" o un "adiós" se podía considerar así. Nunca tuvo amigos.
Se volcó en su trabajo y casi sin proponérselo se convirtió en el número uno de su especialidad. Decenas de artículos en revistas especializadas y tres libros técnicos habían ocupado su soledad. Sus colegas le respetaban y sus opiniones se consideraban de valía.
Siempre respondía a las consultas que le hacían y resolvía sus dudas. Le invitaban para dar conferencias y a participar en mesas redondas y seminarios. Cuando el compromiso era ineludible respondía con amplitud, con precisión, pero con frialdad.
Pero pronto esto también dejó de tener interés para él y rechazó muchos ofrecimientos sin aparente causa. O sea, se convirtió en un auténtico borde.
Descubrió la Red y con ella todas las posibilidades de relación personal de carácter tan peculiar. Participaba en cuantos foros y listas de correo podía, si estaban relacionados con una vocación recién descubierta; la escritura. Con frecuencia, aunque sus comentarios fueran acertados, levantaba la ira de sus interlocutores, quizás la brusca forma de expresarse fuese la causa. O tal vez su irreverente sinceridad y que los torpes cuanto más lo son más les duele ser descubiertos.
Nunca supo callarse y en aquel momento mucho menos. Ya casi todo carecía de interés para él. Que alguien se molestase con un comentario suyo, le traía sin cuidado, y mucho más si estaba en lo cierto. Si nunca se había callado, incluso cuando no hacerlo le podía aportar algún que otro inconveniente, no lo iba hacer ahora que lo tenía casi todo hecho.
Cuando cumplió los sesenta, empezó a sentirse viejo. Los noventa kilos de peso de su metro ochenta, empezaron a pesarle una atrocidad y cargaron aún más los hombros. El escaso pelo castaño comenzó a blanquear por las sienes cuando su recortada barba ya estaba canosa desde algunos años antes.
La vista cansada, no impedía que sus ojos verdes claros, casi transparentes, trasmitieran sinceridad, sosiego y un marcado punto de ternura, no exenta de frialdad y dureza.
Lo poco que hablaba y su voz recia, un tanto brusca, a veces daba miedo, otras inspiraba confianza y seguridad, según los días.
Aquel jueves de septiembre se levantó aburrido. Lloviznaba y los quehaceres habituales le habían dejado de interesar hacía tiempo. La búsqueda de nuevos alicientes, o tal vez el destino, hicieron que aquella mañana, casi sin pensarlo, se encaminara al Aeropuerto de Barajas, a la Sala Dos, Llegadas Internacionales.
Por algún tiempo estuvo entretenido en sus pensamientos y hojeando un folleto publicitario de las playas de la Republica Dominicana. Siempre había dicho que de quedarse solo, se iría a vivir al Caribe. Con sus ingresos y sus ahorros podría vivir de ensueño en aquellas cálidas tierras, disfrutar de sus playas y de aquellos manjares que la vida le había escatimado, y de todos los que siempre careció.
Pero llegado el momento dudó. No se atrevía. Demasiados recuerdos le unían a su ciudad, a sus calles, a su barrio, a sus jardines, a su casa... Sus raíces estaban allí y era difícil, muy difícil arrancarlas, quizás nunca lo conseguiría, pensó al tiempo que contemplaba a los viajeros que venían del otro lado del mundo. Grupos de turistas que volvían de sus vacaciones caribeñas y se entremezclaban con viajeros que, con sorpresa en su rostro cobrizo, exhibían su foránea procedencia.
Sin prisa dio lugar a que uno y otro vuelo desembarcara. Una tras otra, las oleadas de cargados y joviales viajeros y quienes les esperaban se reunían. Unos y otros, tras efusivos saludos, salen charlando, en busca de su transporte.
Pasado el mediodía la sala quedó vacía, y Amancio se propuso regresar a su rutina. Iba a hacerlo cuando una viajera retrasada hizo que la puerta automática se abriese. Salió empujando su equipaje. Era alta, de generosas turgencias, glúteos amplios y embutidos en un ajustado pantalón negro, de raso. Una melena negra, ondulada sobre la cara, hacía destacar un par de insólitos y enormes ojos azules. Nariz recta y boca ancha, labios gruesos y rojos, dejaban ver una generosa y blanca sonrisa de dientes perfectamente alineados. Su rostro moreno, triangular, pulcro, recordaba a una reina de belleza tropical, pero un tanto pasada de fecha.
-¿Gustavo? -preguntó, dirigiéndose a él con una sonrisa.
-¿Es a mí? -respondió Amancio, mirando a su espalda.
-¿No eres Gustavo, verdad? -volvió a preguntar, sin sonreír en esta ocasión.
-Perdone, pero es que estoy citada aquí con mi prometido y he pensado que era usted.
-¿Y cómo es que no conoce a su novio?
-No... No nos conocemos nada más que en fotografía -añadió mostrando una muy pequeña y de mala calidad. Nos hemos comprometido por chat y he venido para casarnos.
Amancio, poco habituado a los sentimentalismos, sintió pena de aquella mujer burlada. Su gesto mostró la frustración. La vio defraudada, derrotada, flácida. En segundos, su exuberante lozanía se vino abajo.
No era habitual en él que se inmiscuyera en los problemas de los demás y máxime si no le concernían ni se lo pedían. Aquélla era una de esas ocasiones en las que se encogía de hombros y pasaba. Sin embargo no pudo evitar preocuparse por la viajera. Quiso consolarla y sin meditarlo dijo:
-No se preocupe, habrá sido el tráfico. Hoy está infernal. Entre las obras y la lluvia los atascos son de kilómetros. Llámele por teléfono, verá cómo le dicen que está de camino -añadió sin esperar respuesta-. Será cuestión de esperar un poco, yo le haré compañía.
El rostro de Amancio se había dulcificado; como por arte de magia, su gesto, generalmente adusto, se había sosegado, sonreía y se mostraba amable.
-Aquí tiene un teléfono. Hable con él.
-Tiene usted razón. Creo que me estoy preocupando sin justificación -dijo mientras marcaba un número.
-¿Gustavo Adolfo Bécquer? -preguntó tras unos minutos de espera-. ¿Cómo? ¿Que no vive ahí nadie con ese nombre? ¿Está usted segura? Bien perdone. Muchas gracias -añadió ya sin fuerzas, entregada.
Aquella fue la primera vez que Amancio mostró consideración con alguien. Sin siquiera explicárselo sintió piedad de la viajera y aun en contra de lo natural en él, se ofreció para ayudarla a encontrar a su prometido.
-No se preocupe, ya verá cómo le encontrará -comentó, aun cuando el uso del nombre del escritor sevillano del Romanticismo le infundió sospechas.
-Yo con mucho gusto la acompañaré al centro y le ayudaré a buscarle si usted me lo permite. Tengo el coche en el aparcamiento.
Marta García accedió. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, se fue con él empujando su equipaje. En minutos pasaron de ser dos desconocidos a parecer amigos de toda la vida.
La transformación de Amancio fue espectacular. Los días siguientes a la confirmación del engaño recobró las ganas de vivir: aquella madurita colombiana de piel morena le había devuelto las ilusiones.
Ya no necesitaba irse al Caribe. El Caribe se había trasladado a su casa y a su vida. Y había llegado para quedarse. Y de forma definitiva y para siempre, un año más tarde, cuando nació Rosaurita, con sus verdes ojos, sus rizos negros y su piel canela.