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El caso de Villaclaudín

Alejandro Sanz Ábalos
asanzabalos@telefonica.net

Llovía con rabia, la calzada reflejaba las lucesde farolas y autos. El inspector Solabá conducía el coche policial de forma brusca pero correcta.

Sus instintivos movimientos denotaban contrariedad. Parado ante un semáforo rojo no pudo por más que maldecir quedamente, había motivo, aquella Nochebuena: sus dos hijitos y su esposa lo pasarían sin él.

 Cuántas veces se había ofrecido para hacer un servicio en esa fecha a otros para que no dejasen a los suyos sin compañía, y ahora para él no había sido posible el cambio. Sus gemelitos de rizosos cabellos celebrarían, ade­más de la fiesta navideña, su primer cumpleaños sin la presencia paterna. Una lástima.

Su mal humor se disipó al permitirle, la señal luminosa, un violento acelerón que hizo brincar al vehículo dejando tras de sí una buena parte de sus neumáticos, y todos sus desagradables pensamientos y recuerdos.

 Enfilaba ya la carretera general cuando bajo su mostacho dejó entrever una halagada sonrisa. Su vanidad se había visto alentada aquella tarde una vez más. Su jefe, hombre duro pero justo, le había llamado a su domicilio y le encomendó un delicado trabajo. Haciendo uso de su sagacidad se anticipó a sus procedentes pero débiles protestas.

 Le habla reconociendo que si había pensado en él no era arbitrariamente, sino que sabía que sus conocimientos de Medicina Legal y Técnica Policial serían útiles y, más que esto, imprescindibles para resolver el delito de sangre que se había cometido, apenas hacía unas horas, en Villaclaudín, localidad veraniega próxima.

 Este reconocimiento por parte de su superior le reconfortaba, era un fuerte acicate para él, su orgullo halagado; le hacía pensar más y más deprisa, sus innatas cualidades profesionales se veían crecer al ser considerado.

Era vanidoso y no lo negaba, quería ser el mejor y no regateaba medios lícitos y confesables para ello. Pasaba sus pocas horas libres estudiando y tratando de perfeccionarse técnicamente, esto le había acarreado no pocos disgustos.

La envidia y la vileza humana se habían ensañado con él a veces, pero a un espíritu fuerte como el suyo esto le resbalaba.

Sus pensamientos derivaban hacia las consideraciones más profundas del alma humana cuando la voz seca del locutor de la radio oficial le sorprendió al ordenar, a un patrullero, su rápida presentación ante un caso de suicido.

¿Qué pensará un suicida?, pensó a su vez Solabá. ¿Hasta qué punto de saturación de vida tiene que llegar el hombre para tener el valor de quitarse la vida? Quienes tachan de co­bardes a los suicidas quizás tengan que responder de esta calumnia en el más allá, se dijo.

El auto, hábilmente conducido, había devorado los ochenta y cinco quilómetros que separaban a la Capital de Villaclaudín. Ya se veían a lo lejos, a la izquierda de la carretera, los lujosos chales, que inteligentemente cubrían la ladera de la montaña. Mientras llegaba a la desviación que le llevaría al pueblo, contempló la mitad del paisaje.

A Solabá le indignaban las carreteras, solo le permitían ver la mitad, la izquierda, la derecha se le presentaba como tras un muro, nunca podía apreciar las bellezas de ese lado, la cuneta amenazadora le disgustaba e impedía dirigir su vista a ese lado.

Villaclaudín apareció ante sus ojos al torcer en una curva. Villa humilde y serrana, había sido descubierta y puesta de moda, a princi­pios de los años sesenta, por los nuevos ricos nacidos del consumismo.

Era el lugar óptimo para tener a la esposa al alcance de la mano y lo suficientemente lejos para practicar el donjuanismo con holgura.

Era el lugar ideal para el reposo del guerrero, tras la lucha a muerte semanal; el industrial, el comerciante, el ejecutivo o el alto funcionario se encontraba a sus anchas en contacto con la natura­leza. Naturalmente a costa de los pocos miles de apacibles habitantes de Villaclaudín. Estos, desde antiguo dedicados al trabajo duro de la sierra, a la sana y montaraz vida al aire libre, se vieron de la noche a la mañana con su forma de vida alterada por culpa del poderoso don dinero.

Ahora, al vender sus montaraces terrenos, habían recibido cantidades considerables, a veces altas, pero casi siempre insuficientes para vivir de la holganza, viéndose obligados a cambiar el hacha, la aza­da o el rebaño, por el bar, el bazar, la herramienta de chapuza o la tijera de poda.

Al igual que sus hombres, las piedras de Villaclaudín se habían visto trastocadas.

 Muchas de sus casas solariegas, de amplios portones y herméticos ventanucos, se habían transformado en edificios de varias alturas, en los que el mármol, el cemento, la mampostería artificial, el metal yel vidrio, habían sustituido a la arcilla, la argamasa, la madera, la piedra caliza o granítica. Aun a costa de la tradición, la historia y del "sabor a propio".

Afortunadamente, el edificio del Ayuntamiento no había sufrido cambios, y frente a su amplio portón abierto Solabá estacionó el auto. Subió a la segunda planta, donde el Juez de Paz tenía su despacho.

Don Juan Camacho, hombre de mediana edad, alta estatura, atlético, parco en palabras, semblante humilde y bonachón, era farmacéutico de profesión yejercicio, y polifacético en aficiones.

 Para fortuna de su pueblo, era poco ducho en asuntos criminales y, como desempeñaba el cargo oficial más por tradición familiar que por vocación, se vio aliviado con la llegada del técnico, del experto, del profesional de la criminalística.

Informó a Solabá del asunto alterándose aparentemente la jerarquía. No olvidó las conclusiones a las que había llegado al estudiar el luctuoso suceso que había consternado a la apacible villa, por aquellas fechas poco frecuenta­da por visitantes.

Solabá, guiado por el Juez y acompañado por el médico titular de Villaclaudín, que a su vez ejercía de forense, llegó al chalé "Villa Dory", donde la señora, enferma, rica y anciana había fallecido.

 Doña Dorotea Puig, Dory para los íntimos, de ochenta y muchos años era tan rica en dinero como en dolencias, intransigente, autoritaria y déspota. Estaba casada, en segundas nupcias, con un sujeto obscuro, treinta años más joven, introver­tido, taciturno y descuidado.

Contra todo pronóstico y su deseo, fue orillado de las empresas y negocios de su esposa. El descaro de lo sucedido le hizo sentirse frustrado.

 Solabá, con su fácil conversación que inspiraba confianza, en segundos había convertido a sus acompañantes en afanados informadores. Así supo que Doña Dorotea era tratada por el médico titular, y forense en funciones, de artritis, diabetes, insuficiencia cardiaca y otras dolen­cias de menor entidad.

También supo que el esposo de la difunta, noble de origen, era holgazán, pendenciero y poco amigo de nadie, y que pasaba la vida cazando en la montaña y acosando a las jóvenes del lugar, de un modo descarado e impertinente, como si el derecho de pernada no hubiera sido abolido.

Se enteró que en el chalé, habitado todo el año, vivía una tercera persona, Magdalena Camacho, quien a pesar de la coincidencia no tenía vínculo familiar con el Juez.

Joven, tez morena, rostro ovalado, agradable, y ojos penetrantes que denotaban una terrible lucha interior. Sus labios gruesos, carnosos, se juntaban en demasía. Sus gestos traslucían un gran sufrimiento a pesar de que era muy querida por el pueblo. No había quien no debiera un favor a la señorita Camacho.

En su calidad de enfermera cuidaba profesionalmente a la anciana, y además llevaba la administración de la casa, ayudada por un matrimonio del pueblo que se repartían las faenas domésticas.

 Solabá apenas tardó unos minutos en hacerse cargo del asunto. Las evidencias eran patentes. El cadáver había sido encontrado por el esposo cuando regresó del monte. Estaba en la cama, destapada, con las piernas colgando por un lado, con intención de salir de ella, no presentaba ninguna lesión visible.

Los cajones de la coqueta de la difunta estaban abiertos y revueltos, así como los del despacho contiguo. La puerta del servicio había sido forzada y parte de la cerradura estaba en el suelo.

El viudo Puig, andaba de un lado para otro, exponiendo su versión. A Solabá le pareció demasiado insistente, demasiado reiterativo y puntualizante.

Las apariencias indicaban un vulgar robo con resultado de muerte, quizás el susto producido a la anciana por el intruso podría ser la causa del fallecimiento. Al confirmarse que no faltaba nada en la vivienda, la versión del robo perdió fuerza.

Solabá tenía una cualidad que le había dado muchas satisfacciones. Examinaba con meticulosidad exagerada las pequeñas cosas que al resto de los humanos pasan desapercibidas.

Con su cámara digital obtuvo fotografías panorámicas del dormitorio y detalles de cosas nimias: un peque­ño hematoma en la flexura del brazo izquierdo de la víctima, así como signos de pinchazos en el deltoides.

También fotografió los pequeños hilillos blancos que se apreciaban en el cono de una jeringuilla de insulina que estaba junto a un envase de ese fármaco. Así mismo dejó constancia de los múltiples orifi­cios que presentaba el tapón del frasco de insulina, a pesar delpoco líquido de había sido extraído de él.

Ya levantado el cadáver, se dedicó a examinar la puerta forzada; no se sorprendió ni dejó transmitir asombro al ver que los tres golpes de destornillador que la habían abierto estaban producidos desde el interior. Después de diez años de servicio, bien "trabajados", por supuesto, no se sorprende uno de nada; en aquella ocasión tampoco.

Con estos pequeños datos, unidos al fabuloso poder deductivo de Solabá, el caso estaba resuelto, solo faltaba interrogar a los habitantes de la casa: entre ellos estaba el autor del hecho, sea cual fuere éste. No obstante, era preciso esperar la autopsia y el resultado de algunos análisis: el contenido del envase de in­sulina y las agujas de la batea.

Al día siguiente, la autopsia evidenció que la muerte  se había  producido por un coma hipoglucémico causado por una masiva inyección de insulina por vía venosa.

 El laboratorio confirmó la tesis de Solabá: el vial de insulina tenía producto de doble concentración de la indicada en la etiqueta, las agujas usadas denotaban tal concentración. Los hilillos de la jerin­guilla eran fibras procedente de una servilleta.

 Con estos datos Solabá dio por resuelto el caso. El robo era simulado, la puerta había sido abierta desde el interior, los tres golpes de palanqueta dados desde el interior de la vivienda habían sido hechos por alguien bastante fuerte.

 Por otra parte, el refinado procedimiento buscado para cometer el asesinato mostraba una mente deformada. Esto, unido al poco cuidado al manejar el material sanitario, hizo suponer que el autor había sido el viudo; además tenía la ocasión y el motivo para ello.

 Al iniciar los interrogatorios, Solabá quedó muy sorprendido con la declaración de culpabilidad de la enfermera, hecha entre sollozos y contradicciones; pero aunque sorprendido no quedó convencido, y tras unas acertadas preguntas los endebles argumentos de la joven se vinieron abajo, y con es­tos su confesión.

 Ya no había duda, así pues, unas pequeñas insinuaciones bastaron para saber que la enfermera estaba enamorada desde sus años de estudiantes, del ahora viudo. Le había seguido, aun viéndose despreciada.

 Aunque solo participó en el asesinato informando al autor del mismo, de forma involuntaria, del modo y los medios para llevarlo a cabo, se inculpó.

 Finalmente, tras fatigoso interrogatorio, derrotado y hu­millado, el depravado viudo confesó su crimen.

Solabá, en vez de sentirse satisfecho por su éxito profesional, sintió angustia, sintió pena, no solo por el vil asesino, sino por su víctima y por su sacrificada enamorada.


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9 de November de 2009

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