publicidad

 


Últimos
contenidos
incorporados

Consulte los contenidos más recientes de esta sección.


Obras
más
consultadas

Lista con las obras más consultadas.
 Primera Vista: el portal de literatura contemporánea 





Alta Edad Media (siglos V-X)

Occidente




España cristiana (siglos V-X) Volver al índice



La entrada de los bárbaros en España

     Los alanos, vándalos y suevos entran en las Españas en la era 447, según unos recuerdan el día 4 de las calendas y según otros el 3 de los idus de octubre, que era la tercera feria, en el octavo consulado de Honorio y el tercero de Teodosio, hijo de Arcadio (...)

     Los bárbaros que habían penetrado en las Españas, las devastan en luchas sangrientas. Por su parte la peste hace estragos no menos rápidos.

     Los bárbaros se desparraman furiosos por las Españas, y el azote de la peste no causa menos estragos, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y las vituallas escondidas en las ciudades; reina un hambre tan espantosa, que obligado por ella, el género humano devora carne humana, y hasta las madres matan a sus hijos y cuecen sus cuerpos para alimentarse con ellos. Las fieras aficionadas a los cadáveres de los muertos por la espada, por el hambre y por la peste, destrozan hasta a los hombres más fuertes, y cebándose en sus miembros, se encarnizan cada vez más para destrucción del género humano. De esta suerte, exacerbadas en todo el orbe las cuatro plagas: el hierro, el hambre, la peste y las fieras, cúmplense las predicciones que hizo el Señor por boca de sus Profetas.

     Asoladas las provincias de España por el referido encruelecimiento de las plagas, los bárbaros, resueltos por la misericordia del Señor a hacer la paz, se reparten a suertes las regiones de las provincias para establecerse en ellas: los vándalos y los suevos ocupan la Galicia, situada en la extremidad occidental del mar Océano; los alanos, la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos, llamados silingos, La Bética. Los hispanos que sobrevivieron a las plagas en las ciudades y castillos se someten a la dominación de los bárbaros que se enseñoreaban de las provincias.

HIDACIO, Chronicon. En: C. SÁNCHEZ ALBORNOZ y A. VIÑAS, Lecturas de Historia de España, Madrid, 1929, p. 24.



Vándalos, alanos, silingos y suevos en España

     En la era de quatrocientos et cinquaenta et tres annos, quando andava el regno de Gunderico, rey de los vuandalos, en dos, e el de Hermerico, rey de los suevos, en ocho, e ell imperio de Honorio en diziocho, e el Theododio en cinco, regnando Resplendial en los alanos, entraron los vuandalos et los silingos et los alanos et los suevos en Espanna. E segund cuentan Sant Esidro, arçobispo de Sevilla, et otros muchos sabios antiguos en sus estorias, cuemo eran los barbaros gentes muy cruas et much esquivas, començaron a destroyr toda la tierra, et a matar todos los omnes et las mugieres que y fallaban, et a quemar las villas et los castiellos et todas las aldeas, et a partir entre si muy cruamientre los averes que podien aver daquellos que matavan; e a tan grand cueyta de fambre aduxieron a los moradores de la tierra, que provavan ya de se comer unos a otros. E no abondaba aquesto a la crueza de los barbaros, et tomavan los canes et las otras bestias bravas que son duechas de comer los cuerpos muertos, et echavanlas a los vivos, et fazien ge los matar; e desta guisa era tormentada la mesquina de Espanna, et destroida de quatro maneras: la una a llagas de bestias fieras, la otra a fambre, la tercera a pestilencia, que murien los vivos de la fedor de los muertos; la quarta a fierro, que los matavan los barbaros. E los vuandalos e los otros que vieron que toda la tierra enfermava por la mortandad de los naturales, et que ya no se labrava, ni levava pan ni otros fruytos ningunos, et que esto todo era su danno, ca adolecien bien cuemo los otros, et no avien que comer, ovieron duelo de si, pues que lo no avien los de la tierra. E sobresto allegaron todos los naturales, et partieron las provincias con ellos desta guisa: que los barbaros que fuessen sennores, et los otros que labrassen las tierras et que diesen sus pechos a los reyes. E desque esto fue assi avenido, partieron ellos entressi los sennorios de las provincias. E tomaron los alanos porassi la provincia de Luzena, que es ell Algarve, et la de Carthagena. E los vuandalos que eran llamados silingos, tomaron la provincia Betica, que es toda la ribera de Guadalquevir, ca Betis llamavan entonce a aquel rio, et dende ovo nombre Baeça; e daquella sazon adelante fue aquella provincia Betica llamada del nombre de aquellos vuandalos, que la ovieron por suerte, Vuandalia en latin, que quiere tanto dezir cuemo Andaluzia en el lenguaje castellano; e aun agora a un rio en aquella tierra que es llamado Silingo en latin del nombre de aquellos vuandalos: en arabigo Gudaxenil, que quiere dezir tanto cuemo el agua de los silingos. E los otros vuandalos ovieron tierra de Galizia. E los suevos las marismas et la ribera del grand mar de occidente, et ovieron la una partida de Celtiberia, que es la provincia de la ribera del Ebro que va por las montannas fasta en la grand mar, e la otra partida de Celtiberia finco tan solamientre en poder de los romanos, et manteniela Constancio, patricio de qui a de suso fablado la estoria (...)

Primera Crónica General de España, Ed. R. MENÉNDEZ PIDAL, Madrid, 1977, p. 209-210.



Enfrentamientos de suevos y godos con los vascones

     El primero que hallamos escrito haber hecho guerra a los vascones, después de la entrada de las naciones, fue Recciario, rey de los suevos, hijo de Rechila y nieto de Hermenerico. Entró en el reino muy poderoso, el año de Cristo de 448, porque su abuelo y su padre, con la retirada de los godos a Francia y haberse pasado los vándalos a África, fácilmente sojuzgaron a los alanos y silingos. Y aumentado mucho el poder [habían desbaratado a algunos capitanes del Imperio que vinieron a la recuperación de España, y los suevos se la tenían ganada casi toda] emprendió Recciario conquistarla del todo. Y por asegurarse de los godos, de quienes por la vecindad, mucho poder y ejemplos recientes podía temerse fuera estorbo a sus designios, solicitó y efectuó matrimonio con la hija de Teodoredo, rey de los godos que había sucedido a Valia. Y celebradas las bodas, siguiendo su designio y para darse a conocer, al principio de su reinado, invadió con ejército a los vascones por el mes de febrero, según individúa Idacio. Pero es tanta la brevedad de este escritor, que solo dice corrió con robos Recciario las Vasconias. Vasconias dice en número plural, lo cual da a entender que los vascones, viendo que las naciones extranjeras lo iban ocupando todo, ya habían hecho salida y extendiéndose por Álava y la Bureba introduciendo su nombre, lo cual se halla después con más claridad, y no se sabía el principio. Y es de creer, se valió Recciario de socorros de los godos, dados del rey Teodoredo, su suegro, mal avenido con los romanos. Y el arzobispo don Rodrigo se los atribuye en las hostilidades que, luego por julio, dice Idacio, ejecutó Recciario, de vuelta de su suegro, robando las comarcas de Zaragoza y cogiendo por interpresa a Lérida y haciendo no pequeño número de cautivos. De lo cual se ve que los vascones y demás provincias de la Tarraconesa se mantenían por el Imperio Romano, como también la Cartaginesa, que Rechila, padre de Recciario, había restituido a los romanos por asegurar la paz con ellos. El hijo [Recciario], fiado de las alianzas y poder de los godos, pretendía excluirlos de toda España. Parece que, la guerra con los vascones, paró en robos y correrías, y que se le resistieron las plazas fuertes, pues ninguna señala cogida como Lérida. Y que se mantenían por el Imperio Romano pues, a ser de los godos, no era creíble la hostilidad en odio de los que pretendía obligar.

J. DE MORET, Anales del reino de Navarra, edición anotada e índices S. Herreros Lopetegui. Edita Gobierno de Navarra, Institución Príncipe de Viana, 1988, Tomo I, cap. II, pp. 100-101.



Los reyes y la autoridad real según San Isidoro

     Cuando los reyes son buenos, ello se debe al favor de Dios; pero cuando son malos, al crimen del pueblo. Como atestigua Job, la vida de los dirigentes responde a los merecimientos de la plebe: «Él hizo que reinase un hipócrita a causa de los pecados del pueblo». Porque, al enojarse Dios, los pueblos reciben el rector que merecen sus pecados. A veces hasta los reyes mudan de conducta a causa de las maldades del pueblo, y los que antes parecían ser buenos, al subir al trono, se hacen inicuos.

     El que usa debidamente de la autoridad real de tal modo debe aventajar a todos que, cuando más brilla por la excelencia del honor, tanto más se humille interiormente, tomando por modelo la humildad de David, que no se envaneció de sus méritos, sino que, rebajándose con modestia, dijo: «Danzaré en medio del desprecio y aún más vil quiero aparecer delante de Dios, que me eligió».

     El que usa rectamente de la autoridad real, establece la norma de justicia con los hechos más que con las palabras. A este no le exalta ninguna prosperidad ni le abate adversidad alguna, no descansa en sus propias fuerzas ni su corazón se aparta de Dios; en la cúspide del poder preside con ánimo humilde, no le complace la iniquidad ni le inflama la pasión, hace rico al pobre sin defraudar a nadie y a menudo condena con misericordiosa clemencia cuanto legítimo derecho podría exigir al pueblo.

     Dios concedió a los príncipes la soberanía para el gobierno de los pueblos, quiso que ellos estuvieran al frente de quienes comparten su misma suerte de nacer y morir. Por tanto, el principado debe favorecer a los pueblos y no perjudicarles; no oprimirles con tiranía, sino velar por ellos siendo condescendientes, a fin de que este su distintivo del poder sea verdaderamente útil y empleen el don de Dios para proteger a los miembros de Cristo. Cierto que miembros de Cristo son los pueblos fieles, a los que, en tanto les gobiernan de excelente manera con el poder que recibieron, devuelven a Dios, que se lo concedió, un servicio ciertamente útil.

SAN ISIDORO, «Sentencias», 1.3, C. 48-49. Ed. y trad. J. Campos e I. Roca, «San Leandro, San Fructuoso, San Isidoro», B. A. C., 321, Madrid, 1971, pp. 495-497.



Sobre el adopcionismo en la Carta de Adriano del 793

     Reunida con falsos argumentos la materia de la causal perfidia, entre otras cosas dignas de reprobarse, acerca de la adopción de Jesucristo Hijo de Dios según la carne, leíanse allí montones de pérfidas palabras de pluma descompuesta. Esto jamás lo creyó la Iglesia Católica, jamás lo enseñó, jamás a los que malamente lo creyeron, les dio asenso (...)

     Impíos e ingratos a tantos beneficios, no os horrorizáis de murmurar con venenosas fauces que nuestro Libertador es hijo adoptivo, como si fuera un puro hombre, sujeto a la humana miseria, y, lo que da vergüenza decir que es siervo (...) ¿Cómo no teméis, quejumbrosos detractores, odiosos a Dios, llamar siervo a Aquel que os libertó de la esclavitud del demonio? (...) Porque si bien a la sombra de la profecía fue llamado «siervo» por la condición de la forma servil que tomó de la Virgen (...), esto nosotros (...) lo entendemos como dicho, según la historia, del santo Job, y alegóricamente, de Cristo.

E. DENZINGER, El magisterio de la Iglesia, Barcelona, 1955, pp. 114.



Del reinado de Liuva y Leovigildo

     Después de la muerte del rey Athanagildo, ayuntaronse los godos en Narbona e alçaron por rey a uno que avie nombre Luyba; e regno tres annos assi como diz ell arçobispo don Rodrigo; mas don Lucas de Thuy diz que regno en las Gallias en vida de Athanagildo syete annos, et despues en Espanna tres, assi como dixiemos, e nos contamos aqui la estoria segund que la cuenta ell arçobispo don Rodrigo, et dezimos que fueron tres annos. E el primero anno de su regnado fue en la era de seyscientos et syete, quando andava el anno de la Encarnación en quinientos e sesaenta et nueve, e el dell imperio de Justino en ocho, e el dell papa Johan en nueve, e el de Chilperico rey de Francia otrossi en nueve, e el de Theodomiro rey de los suevos en tres. Deste rey Luyba non fallamos ninguna cosa que de contar sea que el fiziesse en estos tres annos que el regno, si non tanto que en el segundo anno fizo a un su hermano, que avie nombre Leovegildo, compannero consigo en el regno, et provisor de Espanna. E ell estava en el regno de Gallia Gotica, que es allend los puertos d'Aspa, e Leovegildo su hermano en el otro d'Espanna la de contra occident. Et assi cumplio un regno a dos reys (...) Este Leovegildo caso con una duenna que avie nombre Theodosia (...) e ovo della dos fiios que ovieron nombre ell uno Herminigildo, et el otro Recaredo. Esse anno otrossi ovieron los espannoles et los franceses muy grand contienda sobre departimiento de la Pasqua quando la avrien ese anno, e fueron desabenidos los unos de los otros et non se acordaron en uno; e los de Espanna tovieron esse anno la Pasqua veyntiocho dias de março, e los franceses dizeocho dias de abril. E por que los franceses fizieron aquella Pasqua derechamientre segund el composito de la luna, demostrolles Dios por ende un fremoso milagro, ca las pilas que de suyo se solien enlenar de agua pora batear los ninnos en viespera de Pasqua en Espanna, enlenaronse a los franceses et non a los espannoles. El rey Luyba pues que ovo tres annos conplidos en su regno, murio. E en este anno otrossi murio el papa Johan e fue puesto en su logar Beneyto el primero, e fueron con el sesaenta apostoligos.

Primera Crónica General de España, Ed. R. MENÉNDEZ PIDAL, Madrid, 1977, p. 259.



La conversión de Recaredo (586-589)

     En la era DCXXIIII, en el año tercero del imperio de Mauricio, muerto Leovigildo, fue coronado rey su hijo Recaredo. Estaba dotado de un gran respeto a la religión y era muy distinto de su padre en costumbres, pues el padre era irreligiosos y muy inclinado a la guerra; él era piadoso por la fe y preclaro por la paz; aquel dilataba el imperio de su nación con el empleo de las armas, este iba a engrandecerlo más gloriosamente con el trofeo de la fe. Desde el comienzo mismo de su reinado, Recaredo se convirtió, en efecto, a la fe católica y llevó al culto de la verdadera fe a toda la nación gótica, borrando así la mancha de un error enraizado. Seguidamente reunió un sínodo de obispos de las diferentes provincias de España y de la Galia para condenar la herejía arriana. A este concilio asistió el propio religiosísimo príncipe, y con su presencia y su suscripción confirmó sus actas. Con todos los suyos abdicó de la perfidia que, hasta entonces, había aprendido el pueblo de los godos de las enseñanzas de Arrio, profesando que en Dios hay unidad de tres personas, que el Hijo ha sido engendrado consustancialmente por el Padre, que el Espíritu Santo procede conjuntamente del Padre y del Hijo, que ambos no tienen más que un espíritu y, por consiguiente, no son más que uno.

Las historias de los godos, vándalos y suevos, de Isidoro de Sevilla, ed. C. RODRÍGUEZ ALONSO, León, 1975, pp. 261-263. Publ. A. LOZANO y E. MITRE, Análisis y comentarios de textos históricos. I. Edad Antigua y Media, Madrid, 1979, p. 142.



Epístola de San Braulio al rey Chindasvisto

     Al rey Chindasvisto del mismo Braulio. Sugerimos a nuestro gloriosísimo señor el rey Chindasvisto, Braulio y Eutropio, obispos, vuestros siervecillos, con los presbíteros, diáconos y todos los que pos Dios les están encomendados, así como Celso, vuestro siervo, con los territorios que por vuestra clemencia tienen a sí encomendados: El que tiene en sus manos los corazones de los reyes, como tiene vuestra fe, rige a todos. Por ello, no carece de su inspiración lo que deseamos sugerir a vuestra clemencia: que, señor piadoso, recibas de buen grado los ruegos de tus siervos, lo que ves que anhelan con fiel intención. Pues con esperanza y frecuente reflexión cada uno desea la tranquilidad de su vida y evita las situaciones peligrosas, considerando de uno y otro lado, al recordar las diferencias pasadas, cuántos peligros, cuántas necesidades, cuánto sufrimos con las incursiones de los enemigos, a los que vos arrojasteis por la misericordia celeste, y vimos cómo por vuestro régimen fuimos elevados con gran contemplación; y pensando en vuestros trabajos y mirando por el futuro de la patria, vacilando entre la esperanza y el miedo, decidimos recurrir a tu piedad: para que, pues nada hay más provechoso y tranquilo para la vuestra, ni más propicio para vuestro caso, en tu vida y con tu beneplácito nos des a tu siervo el señor Recesvinto como señor y rey, que pues está en edad de combatir y soportar el sudor de las guerras, con el auxilio de la gracia suprema, pueda ser nuestro señor y defensor y descanso de vuestra serenidad, de modo que se apacigüen las insidias y tumultos de los enemigos y permanezca segura y sin miedo la vida de vuestros fieles. Pues vuestra gloria no puede ser discutida por tal hijo, y tanto provecho al hijo se debe al padre. Por tanto, pedimos con ruegos suplicantes al Rey de los cielos y al rector de todas las cosas, que como constituyó a Josué sucesor de Moisés y en el trono de David a su hijo Salomón, insinúe clemente en vuestra alma lo que sugerimos, y perfeccione con el auxilio de su omnipotencia en vuestra alma lo que en su nombre decidimos pedir. Y si acaso incurrimos en la temeridad con la petición, no es por presuntuosa insolencia, sino como dijimos, como consecuencia de la reflexión.

A. GARCÍA-GALLO, Manual de Historia del Derecho Español, II. Antología de fuentes del Derecho español, Madrid, 1967, pp. 398-399.



Fieles visigodos

     Que los fieles de los reyes no sean defraudados por los sucesores en el trono en el derecho de las cosas recibidas en stipendium del servicio que prestan. Con igual providencia se da nuestra sentencia para los fieles de los reyes que, si alguno sobreviviere al príncipe en las cosas justamente recibidas o adquiridas de la largueza del príncipe no deba haber perjuicio, pues si caprichosa o injustamente se perturba la merced de los fieles, nadie se decidirá a prestar pronto y fiel obsequio en tanto todo quede en lo incierto y se tema la causa de la discriminación en el futuro. Al contrario, la piedad del príncipe debe proteger su salud y bienes, pues por el ejemplo se incitará a los demás a la fe, cuando no se defraude a los fieles de la merced.

CONCILIO V DE TOLEDO, año 636, c. 6. A. GARCÍA-GALLO, Manual de Historia del Derecho Español, Madrid, 1979, II. p. 407.



Los monjes pastores en el reino visigodo

     Los que están encargados de alimentar a los rebaños deben poner tanto cuidado sobre ellos, que no causen perjuicio a nadie en sus frutos, y deben ser tan vigilantes y hábiles, que no puedan ser devorados por las fieras, y deben impedir que se despeñen por precipicios y peñascos de los montes y pendientes inaccesibles de los valles para que no rueden a los abismos. Y, si por incuria y descuido de los pastores, les acaeciere algún peligro de los predichos, arrojándose enseguida a los pies de los ancianos y deplorándolo como los pecados graves, cumplirán por largo tiempo el castigo correspondiente; y, terminando este, recurrirán con súplicas a obtener el perdón; o, si son jovencitos, recibirán el castigo de azotes con vara para su corrección. Se han de encomendar a uno tan experimentado, que ya en el siglo hubiese sido apto para este oficio y tenga afición al pastoreo, de modo que nunca salga de su boca ni la más ligera murmuración. Pero, además se le han de dar, para las diversas ocasiones, jóvenes que le ayuden a desempeñar el trabajo, y a este objeto se les dará vestido y calzado, cuanto sea preciso para su necesidad; y para este servicio habrá solamente una de las cualidades que dijimos, y no tengan que preocuparse todos en el monasterio. Y, porque suelen murmuran algunos de los que guardan rebaños, y creen que no tienen ningún beneficio por este servicio, ya que no se les ve en las reuniones orando y trabajando, deben prestar oídos a lo que dicen las reglas de los Padres y pensar en silencio, reconociendo los ejemplos de los antepasados y desmintiéndose a sí mismos, que los patriarcas apacentaron rebaños, y Pedro desempeñó el oficio de pescador, y el justo José, con el que estaba desposada la Virgen María, fue herrero. Por este motivo, estos no deben descuidar las ovejas que tienen encomendadas, porque por ello logran no uno, sino muchos beneficios de ellas se sustentan los enfermos, de ellas se nutren los niños, de ellas se sostienen los ancianos, de ellas se redimen los cautivos, de ellas se atiende a los huéspedes y viajeros, y además apenas tendrían recursos para tres meses muchos monasterios si solo hubiese el pan cotidiano en esta región, más improductiva que todas las demás. Por lo cual, el que tuviere encargo de este servicio, ha de obedecer con alegría de ánimo y ha de estar muy seguro de que la obediencia libra de cualquier peligro y se prepara como fruto una gran plaga, así como el desobediente se acarrea el daño de su alma.

«Regula Communis», ed. J. CAMPOS e I. ROCA, Reglas monásticas de la España visigoda, Madrid, 1971, pp. 186-188.



Campañas de Alfonso I, vaciamiento de la cuenca del Duero y repoblación de las montañas y costa cantábricas

     Muerto este, fue elegido rey por todo el pueblo Alfonso, quien, con la gracia de Dios, tomó el cetro del reino y consiguió dominar siempre la fuerza de los enemigos. Con su hermano Fruela dirigiendo el ejército tomó muchas ciudades. Estas son: Lugo, Tuy Oporto, Anegiam, Braga, Viseo, Chaves, Ledesma, Salamanca, Numancia, que ahora llaman Zamora, Ávila, Astorga, León, Simancas, Saldaña, Amaya, Segovia, Osma, Sepúlveda, Arganza, Clunia, Mave, Oca, Miranda, Revenga, Carbonera, Abalos, Cenicero y Alesanco, con sus castillos, villas y aldeas. Matando a todos los árabes llevó consigo a los cristianos a la patria. En ese tiempo se poblaron Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulias, que ahora llaman Castilla, y la parte marítima. Y Galicia, Álava, Vizcaya, Alaon [¿Ayala?] y Orduña siempre habían sido poseídas por sus habitantes, así como Pamplona, Deyo y Berrueza (...)

GÓMEZ MORENO, M. «Las primeras Crónicas de la Reconquista: el ciclo de Alfonso III», B. R. A. H., T. C., 1952, pp. 615-616.



La fundación de Oviedo por Alfonso II

     Por lo demás, el rey Alfonso, como fuese de mucha castidad de alma y de cuerpo, mereció obtener del señor un arca conteniendo diversas reliquias de santos. La cual arca, amenazando, por ventura, el terror de los gentiles, en lo antiguo fue transportada en un navío desde Jerusalem, permaneció por espacio de algún tiempo en Sevilla, y luego, durante cien años, en Toledo. Como otra vez oprimiesen los moros cuando ya nadie se les resistía, los cristianos arrebataron secretamente el arca de Dios y por sitios excusados llegaron hasta el mar, y puesta allí en una nave, guiándolos Dios abordaron el puerto de Asturias, cuyo nombre es Subsalas, por aquello de tener cerca y encima la regia ciudad de Gijón.

     Mas el rey Alfonso, luego que se vio divinamente enriquecido con gran dádiva, en lugar de la pérdida Toledo, decretó fabricar una sede para la venerable arca. Para realizar este plan, dejadas las otras atenciones y ansiándolo más y más cada día, desde entonces por espacio de treinta años fabricó una iglesia en Oviedo de admirable obra, en honor de San Salvador, y en ella, a los lados derecho e izquierdo del altar mayor, construyó dos grupos de a seis altares dedicados a los doce Apóstoles. No menos llevó a efecto un santuario de la bienaventurada madre de Dios y virgen María, con pareja estructura y tres cabeceras. Hizo también una basílica de Santa Leocadia, cubierta con obra de bóveda, sobre la que se hiciese una cámara, donde en el lugar más excelso fuese adornada por los fieles el arca santa. Y además fundó con bella obra una iglesia del bienaventurado mártir de Cristo, Tirso, en el mismo recinto. Edificó, a distancia de un estadio de la iglesia de San Salvador, un templo de los santos Julián y Basilisa, adjuntándole a uno y otro lado capillas dispuestas en admirable composición.

     Por cierto que si llegase a enumerar uno por uno los ornamentos de dicha cámara, disertación tan prolija me llevaría desviado harto lejos de lo que empecé. Más por la magnitud del milagro, la angélica cruz sea sacada a plaza. Pues como cierto día el susodicho Alfonso, rey casto y piadoso, tuviese por acaso en la mano cantidad de esplendidísimo oro y algunas piedras preciosas, comenzó a pensar como podía ser hecha una cruz con ello para servicio del altar del Señor. Así, estando en este santo propósito, después de la participación del cuerpo y sangre de Cristo, según costumbre, ya enderezaba sus pasos hacia el palacio real por causa de la comida, llevando el oro en la mano, cuando he aquí que se le aparecieron dos ángeles en figura de peregrinos, fingiendo ser artífices, el cual, al momento, les entregó el oro y las piedras, señalándoles mansión donde sin impedimento de hombres pudiesen trabajar. Lo demás parece cosa maravillosa e inusitada, después de los Apóstoles hasta nuestros tiempos; porque vuelto sobre sí el rey en la misma corta espera de la comida, inquiere a qué personas diera el oro, y al punto comenzó a enviar un agente tras otro para que observasen qué hacían los desconocidos artífices. Ya los servidores se acercaban a la casa del taller, cuando de improvisto tanta luz hizo resplandecer el interior de toda la casa, que, por decirlo así, no fábrica humana, sino la salida del sol parecía por la extremada claridad. Pero mirando hacia dentro por una ventana los que habían sido enviados, [vieron que] idos los angélicos maestros, la cruz sola, llevada a cabo y puesta en medio, irradiaba como un sol en aquella casa; por donde abiertamente consta entenderse que ella fue hecha por divina y no humana aplicación. Lo que oyendo el devotísimo rey, dejado el servicio de mesa, corrió con incansable paso, y dando gracias a Dios con loores e himnos por tan gran beneficio, según cumplía, puso reverentemente dicha venerable cruz sobre el altar de San Salvador.

Ed. M. GÓMEZ MORENO, «Introducción a la Historia Silense con versión castellana de la misma y de la crónica de Sampiro», Madrid, 1921, pp.82-84.



El condado de Castilla

     Yo, Fernán Gonzalez, por la gracia de Dios conde de toda Castilla, junto con mi mujer la condesa Sancha, para remisión de nuestros pecados y remedio de nuestras almas (...) en honor de San Millán (...) y de ti, padre espiritual abad Fortunio, y de todos los clérigos sujetos a ti, que día y noche sirven allí a Cristo. Por tanto, ofrecemos, damos y confirmamos en la villa de Salinas la cuarta parte, íntegra y libre, con salidas y entradas, con comunidad de pasto, con los habitantes de aquella villa, pero libre e ingenua de todo servicio real o de potestad y de entrada de sayón. Y no tengan homicidio ni fonsado según costumbre, y nadie sea sometido por ningún crimen a la potestad de aquella villa. Y os concedemos las fuentes de sal al tercer día, y de la alabara que deben al conde de la tierra, os concedemos que tengáis libres III de ellas por semana y que tanto el monasterio como las decanías lleven sal cuando quieran. Y las eras de sal de San Millán sean libres de autoridad del conde. Asimismo, os concedemos tal facultad, que todo lo que además de esto podáis obtener por donación o por compras los poseáis libre y firmemente por todos los siglos, amén. Esta donación, juntamente con nosotros, la prueban y confirman las villas de: Villanueva, Fuentes, Olisares, Villacón y también terrazas y Villambrosa (...)

     Hecha la carta en la era de DCCCC. LXXX. IIIª, V calendas de febrero.

     Yo, pues, Fernando, conde, con mi compañera Sancha, que quisimos hacer este testamento, pusimos nuestras señales y presentamos testigos (...)

UBIETO ARTETA, A., «Cartulario de San Millán de la Cogolla (759-1076)», Valencia, 1976, n.º 36, pp. 49-50.



Embajada de Borrell I de Barcelona

     Sentado el califa, como de costumbre en tales casos, en el trono en la plataforma del salón oriental de audiencias, salón que daba a los jardines, fueron llegando los visires, quienes se sentaron por su orden, ocultándole a las miradas: de entre ellos por la parte de la derecha el visir y el caíd Galib ben Abd al-Rahman, y debajo de él, Qasim ben Muhammad ben Tumlus, visir y prefecto [¿oficial?] de la familia [¿intendente de palacio?]: a la izquierda prestaba el mismo servicio el visir y gobernador de Córdoba, Chafar ben Uthman, y debajo de él el gobernador de Medina al-Zahra, Muhammad ben Afiad: en busca de los embajadores de Borrell salió Xahwar [Ben Abd al-Rahman] ben al-Xayyi acompañado de un piquete de chund, y algunos de los principales cristianos de Córdoba que habían de servir de interpretes.

     Al adelantarse Xahwar, ya los embajadores llevaban los regalos de Borrell para el califa, los cuales consistían, como se ha dicho, en 30 cautivos entre hombres, mujeres y niños (...) Xahwar condujo a los embajadores a sus asientos en las salas de estancia del chund [¿el cuerpo de guardia?] en Medina al-Zahra, hasta que estuviese completo el preparativo de la audiencia del califa: diose la orden de entrar, y entraron, yendo delante de todos el conde Bon-Fill (...)

     Cuando fue sábado (...), el califa celebró otra audiencia en el trono del salón oriental del alcázar de al-Zahra, saliendo (...) ben Chauxan acompañado de un piquete de caballería en busca del ilchi Bon-Fill; rodeábanlos varios cristianos de Córdoba, que habían de servir de intérpretes, y llegados a presencia del califa, cumplieron su cometido, el califa mandó (...) del comitente de ellos Borrell en contestación al escrito de él, y dio a Bon-Fill, su enviado, los grandes [¿regalos?] que correspondían a los esclavos, a quienes había dado libertad, y dio a conocer a ellos lo que habían de decir a Borrell, de su parte, y le proponía acerca del fin de la obediencia [paz entre Barcelona y Córdoba]; Bon-Fill y sus compañeros fueron autorizados para regresar, y se les dieron los regalos, vestidos y acémilas según sus categorías (...) saliendo de Córdoba, de regreso, a mitad de Xawwal antefechado [10 de agosto de 971].

C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, La España musulmana, Buenos Aires, 1960, 2.ª ed. Recoge: J. L. MARTÍN en: Historia de España, 3. Alta Edad Media, ed. «Historia 16», Madrid, 1980, p. 106.



El asedio de Barcelona

     (...) De todas partes confluyen grupos de francos según su costumbre y un denso bloqueo sujeta los muros de la ciudad.

     El retoño de Carlos se presenta ante todos con un brillante ejército; reúne a los jefes para la conquista de la ciudad.

     Cada cual por su parte fija las tiendas, el príncipe Guillermo, Heriberto, Liutardo, Bigo, Bera, Sancho, Libulfo, Hiltiberto e Isembardo, y muchos otros que sería largo de mencionar.

     Los restantes guerreros acampan esparcidos por el campo de batalla, la cohorte franca, gascona, goda y aquitana.

     El fragor se levanta hacia el cielo y el aire resuena con las trompetas: reinan en la ciudad el griterío, el pavor y toda suerte de llanto (...)

     No de otra manera, a una orden, todo el ejército de los francos anda y desanda numeroso para tomar la ciudad.

     Se corre a los bosques, por todas partes resuena el golpe de la segur, se abaten los pinos, cae el alto chopo.

     Uno construye escaleras, otro prepara estacas formando empalizada, uno transporta armas con celeridad, otro amontona piedras.

     Los dardos caen numerosos y también el hierro volador; los muros resuenan a golpes de ariete y la honda hiere repetidamente.

     Mientras tanto el tropel de moros no menos numeroso establecido en las torres se prepara a defender las murallas. El jefe de la ciudad era un moro, Zadun de nombre, que había gobernado esta ciudad con brillante talento (...)

     Entre tanto, los jóvenes guerreros, luchando en apiñado grupo, machacan con el ariete los muros; por todas partes se oye el fragor del combate.

     Las murallas cercadas son golpeadas por el anguloso mármol, los dardos caen densos y hieren a los infelices (...)

     Entonces unos envían a otros al Orco, el lugar de la muerte, Guillermo de Habirudar y Luitardo de Uriz.

     Una lanza atraviesa a Zabirizun y el hierro volador a Uzacum, la honda hiere a Colizan y el aguda caña -saeta- a Gozan.

     No de otro modo podían los francos trabar combate sino unas veces con armas arrojadizas y otras con proyectiles de honda.

     El inteligente Zadun había mandado a los suyos que no confiaran en una batalla campal ni que casualmente osasen salir de la fortaleza. Durante veinte días se mantuvo esta incertidumbre y condujo a resultados varios.

     Ninguna máquina puede quebrar las puertas de los muros, y el enemigo no encuentra cauce para sus ardides (...)

     Una segunda luna completaba sus días, el rey y los francos a un tiempo atacan la ciudad defendida. La máquina resuena repetidamente, los muros son batidos por todas partes. Se encrespa la lucha, semejante a la cual no había existido otra (...)

     Ya los moros miserables no se atreven a escalar las altas murallas ni desde las torres pretenden ver el campamento enemigo (...)

     Entonces el piadoso rey en persona, blandiendo una lanza con fuerza, la lanzó ligera contra la ciudad. El proyectil surcando el aire se dirigió hacia la urbe, y se clavó violentamente en el mármol cercano. Ante este gesto los moros turbados con terror en el corazón admiraron la lanza y aún más el esfuerzo del que la había lanzado. ¿Qué harían? Ya habían perdido a su rey, ya la resistencia se debilitaba, la espada había aniquilado a los mejores de ellos; finalmente agotados por tanta lucha y por el hambre en consejo acordaron unánimemente rendir la plaza. Abrieron las puertas, permitieron el acceso a todos los lugares, la ciudad caída se entregaba al servicio del rey. Enseguida, sin demora, se extienden por la ciudad anhelada los francos vencedores y mandan a los enemigos.

     Era Sábado Santo, cuando este hecho aconteció, cuando la ciudad se abrió a los francos. Además, en el siguiente día, día festivo, subió a la ciudad el rey Luis triunfante para cumplir los votos hechos a Dios; y purificó los lugares donde las almas rendían culto a los demonios, y dio gracias piadosas al propio Cristo.

     Con la ayuda de Dios, dejadas guarniciones, el rey victorioso y su gente volvió a sus propias tierras.

ERMOLD LE NOIR, «Poème sur Louis le Pieux et épitres au roi Pépin», Ed. E. FARAL, Les classiques de l'histoire de France au Moyen Age, París, 1964, pp. 28-46.



Los primeros condes catalanes

     Conocemos por relato de los antiguos que había existido un caballero de nombre Guifré, oriundo de la villa que llaman Arriá, la cual está situada en el territorio del Confent junto al río Tet, no lejos del monasterio de San Miquel de Ciuxá. Este caballero, muy célebre en virtud, armas y consejo, recibió por su probidad el condado de Barcelona de manos del rey de los francos. En un día determinado, cuando en unión de su hijo de nombre Guifré, a quien se llama Pilós, acudió a Narbona para entrevistarse con unos legados del rey, tirado de la barba por un franco en el curso de una sedición militar, le mató con su espada por lo que había hecho. En consecuencia, se dice que, apresado por ello, cuando era conducido a Francia a presencia del rey, promovida de nuevo la agitación en el camino, y queriendo aprovecharse de su captura para vengarse, fue muerto por aquellos que le conducían no lejos del Puig de Santa María. Sin embargo, su hijo, el mencionado Guifré, que con él era conducido, fue presentado al rey de los francos y él mismo explicó lo que había sucedido a su padre en el camino. Apenado también el rey, censuró el hecho y, puesto que ello había sucedido a sí, anunció que posteriormente el honor de Guifré podía ser motivo de perdición para el rey de los francos.

     Sin embargo, el rey, habiendo acogido al niño, según se dice, se ocupó de encomendarlo para que lo educara a un cierto conde de Flandes, a cuya hija adolescente dejó embarazada; sin embargo, nadie tuvo conocimiento de este hecho excepto la madre de la joven, que sagazmente lo conoció y calló lo sabido más por pudor que por consentimiento. Dudando, no obstante, la madre de poder entregar su hija a aquel varón y temiendo también que si esta noticia llegase a conocimiento de algunos, la muchacha sufriría el oprobio de todos, finalmente adoptó esta decisión: llamó al mencionado joven jurándole que, si por voluntad divina, algún día recuperaba la honor paterna, es decir, el condado de Barcelona, le daría la mencionada joven en matrimonio. Hecho esto, le vistió con pobres ropajes y con el hábito de peregrino, en unión de una anciana le envió al territorio de Barcelona junto a su madre, que vivía todavía permanecía viuda. Esta, reconociéndole porque tenía vello en un lugar insólito del cuerpo, de ahí el nombre de Pilós [Velloso], convocados, los magnates y próceres de toda su patria, que habían conocido a su padre y le habían permanecido fieles, les mostró celosamente a su hijo. Pensando entonces todos aquellos magnates y optimates con cuanto fraude y oprobio su padre había sido asesinado y él desheredado, le tomaron por señor y le juraron fidelidad tal como hacen los siervos con su señor. Después, acordado el día, se presentaron todos juntos con el niño en el lugar donde Salomón, de nacionalidad gala, a la sazón conde de Barcelona, habían convenido que debía morir; y allí, con el consenso general, el joven, desenvainada la espada, mató delante de todos al mencionado conde con sus propias manos, y, mientras vivió, él solo poseyó su condado desde Narbona hasta Hispania. Finalmente, enviados legados a la Galia, tal como había prometido, tomó en matrimonio a la hija del mencionado conde de Flandes, presentándose a ella en el lugar y día convenidos. Después, con el consejo y ayuda de los amigos de la joven, se consiguió que tuviera la gracia y amistad del rey; y recibiendo por su mano su honor, en su corte permaneció largo tiempo. Y cuando todavía allí permanecía, le llegó la noticia de que los sarracenos habían venido a su patria, y, a la vez la habían invadido y retenido casi toda. En consecuencia, notificando también él mismo esto al rey, pidió su ayuda para combatirlos. Pero el rey, impedido por otros asuntos, no pudo prestarle auxilio. Sin embargo, añadió esto a su petición, que si el propio Guifré por sí mismo, en unión de los suyos, consiguiera expulsar a los agarenos de los mencionados confines, la honor de Barcelona pasaría perpetuamente a su dominio y al de todos sus descendientes; pues antes que él a nadie le había sido dado el condado por sucesión hereditaria, sino que el rey de los francos lo daba a quien quería y por el tiempo que quería. A continuación, Guifré, habiendo reunido a las fuerzas de los próceres de una y otra parte de las Galias, rechazó a los agarenos expulsados de todos sus confines hasta los términos de Lérida, y poseyó como dominio toda su mencionada honor, recuperada muy esforzadamente. De este modo, la honor barcelonesa pasó de la potestad real a las manos de nuestros condes de Barcelona.

«Gesta comitum Barcinonensium», Ed. L. BARRAU DIHIGO; J. MASSO TORRENTS: Cròniques Catalanes, II, Barcelona, 1952, pp. 3-5.



Orígenes del reino de Pamplona

     En la era 943 surgió en Pamplona un rey de nombre Sancho Garcés. Muy unido a la fe de Cristo fue hombre devoto, piadoso entre todos los fieles y misericordioso entre los católicos. ¿Qué más? En todas las circunstancias consiguió ser el mejor. Luchando contra los islamitas, causó muchos estragos entre los sarracenos. También tomó bajo su tutela todos los castillos sitos entre Cantabria y la ciudad de Nájera. Ciertamente poseyó la tierra de Deyo, con todas sus fortalezas. Además puso bajo su autoridad la «Arba» pamplonesa. También tomó toda la tierra aragonesa con sus castillos. Finalmente expulsados todos los malvados, en el año XX de su reinado abandonó el mundo. En la era 963 fue sepultado en el pórtico de San Esteban. Reina con Cristo en el cielo.

     También su hijo, el rey García, reinó treinta y cinco años. Fue benigno, causó muchas carnicerías entre los sarracenos y así murió en la era 1008. Fue enterrado en el castillo de San Esteban.

     También su hijo el rey Sancho, reino sesenta y cinco años. Fue benigno con todos, beligerante con los sarracenos y protector y amigo de los monjes. Falleció en la era 1073. Fue sepultado en el monasterio de Oña.

     También su hijo, el rey García, reinó veintiún años. En la era 1092 fue muerto en Atapuerca. Fue sepultado en Nájera.

«Genealogías de Roda». Ed. J. M. LACARRA, Textos navarros del Códice de Roda. Recoge: M. RIU, Textos comentados de época medieval [siglos V al XII], Barcelona, 1975, pp. 501-503.


Volver al principio


9 de November de 2009

>> BÚSQUEDA AVANZADA

 
 Logo del Taller DigitalMantenida por el Taller Digital        Marco legal       Accesibilidad 
    [Correo]Enviar correo. (Atajo: tecla 9) 
© Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes