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Es tradicional, y desde luego aconsejable, iniciar el repaso del mundo medieval en ese período histórico de las grandes migraciones de pueblos que abarca los siglos III al V. Se trata de un tiempo en el que Occidente aprecia los efectos reales de la crisis y observa la degradación del Imperio Romano de un modo semejante a como lo hace China con la desaparición del Imperio Han. Las estepas euroasiáticas revelan la existencia de pueblos que de un modo u otro protagonizan ambos procesos. Comenzaremos pues por recoger algunos textos fundamentalmente del Bajo Imperio Romano que, por entonces, afecta igualmente a su sector occidental y oriental. Los escritores latinos nos dejaron, además de su propia historia, ciertos relatos de sus vecinos bárbaros a partir de los cuales podremos formarnos una idea del pulso vital en una etapa tan trascendental para la comprensión del posterior desarrollo de los acontecimientos. Con el apartado referido al Próximo Oriente, nos acercaremos ese mundo que toma contacto con la cristiandad a través de la Persia Sasánida.
Roma |
Por su parte Licinio, pocos días después de la batalla, tras hacerse cargo y repartir una parte de las tropas de Maximino, llevó su ejército a Bitinia y entró en Nicomedia. Allí dio gracias a Dios con cuya ayuda había logrado la victoria y el día 15 de junio del año en que él y Constantino eran cónsules por tercera vez, mandó dar a conocer una carta dirigida al gobernador acerca del restablecimiento de la Iglesia y cuyo texto es el siguiente:
LACTANCIO, De mortibus persecutorum (c.318-321). En M. Artola, Textos fundamentales para la Historia, Madrid, 1968, p. 21-22. |
Edicto de Tesalónica, 28 de febrero del 380
Todos nuestros pueblos (...) deben adherirse a la fe trasmitida a los romanos por el apóstol Pedro, la que profesan el pontífice Dámaso y el obispo Pedro de Alejandría (...), o sea, reconocer, de acuerdo con la enseñanza apostólica y la doctrina evangélica, la Divinidad una y la Santa Trinidad del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Únicamente los que observan esta ley tienen derecho al título de cristianos católicos. En cuanto a los otros, estos insensatos extravagantes, son heréticos y fulminados por la infamia, sus lugares de reunión no tienen derecho a llevar el nombre de iglesias, serán sometidos a la venganza de Dios y después a la nuestra (...) Código Teodosiano, 16, I, 2. En M. A. LADERO, Historia Universal de la Edad Media, Barcelona, 1987, p. 55. |
El cesaropapismo constantiniano
De qué modo intervino en los sínodos de los obispos. Y de un modo general se presentó como tal ante todos. Estando sobre todo al cuidado de la iglesia de Dios al producirse en distintas provincias disensiones entre sí, él como el común obispo de todos, constituido por Dios, reunió los concilios de los ministros de Dios. Y no consideró indigno estar presente en ellos y sentarse en medio de sus reuniones sino que participaba en sus problemas preocupándose de todo lo que perteneciera a la paz de Dios. Es más, se sentaba en medio como uno de muchos haciendo apartar a sus guardias y a su escolta y protegido sólo por el temor de Dios y rodeado por la benevolencia de sus amigos fieles. Por lo demás estaba sobre todo de acuerdo con quienes veía que aceptaban las opiniones más justas y a quienes veía propensos a la paz y concordia indicando claramente que se complacía en ellos. Pero, por el contrario, estaba en contra de los obstinados y de los rebeldes. E. PAMPHILI, VIta Constantini, P. L., VIII. Recoge M. Artola, Textos fundamentales para la Historia, Madrid, 1968, p. 28. |
Modificaciones introducidas por Constantino en la estrategia defensiva del Imperio
Constantino tomó otra iniciativa que permitió a los bárbaros una penetración fácil en las tierras sometidas a la dominación romana. El Imperio romano a todo lo largo de sus fronteras, y gracias a la previsión de Diocleciano, está dividido en ciudades, guarniciones y torres de defensa, lugares donde todo el ejército se encuentra acuartelado. La penetración era así difícil para los bárbaros, ya que por todas las partes les salían al encuentro un ejército con potencia suficiente para rechazarlos. Constantino eliminó este sistema de seguridad apartando de las fronteras a la mayor parte de los soldados, asentándolos en las ciudades que no necesitaban protección. Privó así de ayuda a los que estaban presionados por los bárbaros e impuso a las tranquilas ciudades las molestias que se derivan de la estancia de los soldados, por culpa de lo cual la mayoría han quedado desiertas. Dejó que los soldados se ablandasen entregados a espectáculos y a una vida de placer y, por decirlo llanamente, fue el mismo Constantino el que creó y distribuyó la semilla de la perdición del Estado que dura hasta el día de hoy. ZOSIMO, H.N., II, 34. En A. Lozano y E. Mitre, Análisis y comentarios de textos históricos. Edad Antigua y Media, Madrid, 1978, pp. 99-100. |
Ley de «hospitalidad» de Arcadio y Honorio (398)
Los emperadores Arcadio y Honorio, Augustos, a Hosio, magister officiorum. Ordenamos que en cualquier ciudad en la que nos encontremos o se encuentren aquellos que nos sirven, después de haber alejado toda injusticia tanto de parte de los repartidores como de los huéspedes, todo propietario posea plenamente en paz y seguridad dos partes de su propia casa y la tercera sea adjudicada a un huésped, de manera tal que la casa sea dividida en tres partes. Que el propietario tenga la posibilidad de elegir la primera; el huésped obtendrá la segunda que él desee; la tercera deberá quedar para el propietario. Los obradores que están a cargo de los mercaderes no sufrirán la antedicha división; han de permanecer en paz y libertad, protegidos contra toda injusticia de los huéspedes y serán utilizados en favor sólo de sus propietarios e intendentes (...) TH. MOMMSEN, Theodosiani Libri XVI..., L. VII, 8, 5, p. 328. En A. García Gallo Manual de Historia del Derecho Español, vol. II Antología de Fuentes del Antiguo Derecho, p. 362. |
Los capítulos propuestos contra la herejía de Prisciliano (...) contienen lo siguiente: Si alguno, además de la Santa Trinidad, introduce otros no sé qué nombres de la Divinidad, diciendo que en la misma divinidad hay la Trinidad de la Trinidad, como afirmaron los gnósticos y Prisciliano, sea anatema. Si alguno no venera verdaderamente la natividad de Cristo según la carne, sino que finge honrarla ayunando en aquel día y en domingo, porque no cree que Cristo nació con verdadera naturaleza de hombre, como afirmaron Cedón, Marción, Maniqueo y Prisciliano, sea anatema. Si alguno dice que las almas humanas pecaron primeramente en las moradas celestiales, y que por eso fueron arrojadas a la tierra en cuerpos humanos, como afirmó Prisciliano, sea anatema. Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo algunas criaturas y que él de propia autoridad produce los truenos, relámpagos, tempestades y sequías, como afirmó Prisciliano, sea anatema. Si alguno cree que los doce signos siderales, que suelen ser observados por los astrónomos, están dispuestos por cada uno de los miembros del alma o del cuerpo, y que se les aplican los nombres de los Patriarcas, como lo afirmó Prisciliano, sea anatema. Si algún clérigo o monje tiene en su compañía algunas otras mujeres como adoptivas, que no sean la madre, hermana, o tía, u otras unidas a él con parentesco próximo y convive con ellas, como enseñó la secta de Prisciliano, sea anatema. Si alguno condena los matrimonios humanos, y aborrece la procreación de los que van a nacer, como afirmaron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema. Disposiciones acordadas en el Concilio I de Braga |
El ejército romano a fines del siglo IV
Conviene ahora que hablemos de las armas ofensivas y defensivas del soldado, ya que en esto hemos perdido del todo las antiguas costumbres; y a pesar del ejemplo de la caballería goda, alana y huna, tan adecuadamente protegida con armas defensivas, que debería habernos hecho comprender su utilidad, consta que en cambio dejamos a nuestra infantería descubierta. Desde la fundación de Roma hasta los tiempos del divino Graciano, la infantería siempre había estado defendida con la coraza y el yelmo (cataphracteis et galeis); pero cuando la negligencia y la pereza hicieron menos frecuentes los ejercicios, estas armas, que nuestros soldados no llevaban más que raras veces, les parecieron muy pesadas. Pidieron, pues, al emperador, primero, ser descargados de la coraza y, luego, de los yelmos. Habiéndose así expuesto contra los godos, con el pecho y la cabeza descubiertos, fueron a menudo destruidos por la multitud de sus arqueros; sin embargo, ni después de tanta calamidad que alcanzó hasta la ruina de tantas ciudades, ninguno de nuestros generales tuvo el cuidado de devolver a la infantería las corazas o los yelmos. Y así acontece que, al exponerse el soldado en la batalla a las heridas, piense más en la fuga que en el combate. ¿Y qué otra cosa puede hacer un arquero a pie, sin yelmo y sin coraza, que no puede sostener al mismo tiempo un escudo con un arco? Pero parece que la coraza y aun el yelmo son pesados para el infante que no los usa sino rara vez; en cambio, el uso cotidiano de estos los hace livianos, aunque hubiesen parecido pesados al principio. Pero aquellos que no pueden soportar el peso de las antiguas armas, deben ser obligados a recibir, en sus cuerpos desguarnecidos, las heridas y también la muerte, o, lo que es más grave y vergonzoso, a ser hechos prisioneros o traicionar la república con su fuga. Así, evitando el esfuerzo del ejercicio, se hacen degollar vergonzosamente como rebaños. ¿Por qué los antiguos llamaban muro (murus) a la infantería, sino porque las legiones armadas, además de la lanza y el escudo, también refulgían con las corazas y los yelmos? Vegetius, Las Instituciones Militares dedicadas al Emperador Valentiniano II (375-392), I, 20, ed. de Nissard, París, Firmin-Diderot, 1878, p 688. Trad. del latín por Héctor Herrera C. En MARÍN, J., Textos históricos. Del Imperio Romano hasta el siglo VIII, Santiago de Chile, RIL, 2003, p. 59. En web personal del profesor José A. Marín. En web personal del profesor Francisco Javier Villalba Ruiz de Toledo. |
Mundo Germánico primitivo |
Costumbres de los germanos en el siglo I
Mientras los germanos no hacen la guerra, cazan un poco y sobre todo viven en la ociosidad dedicados al sueño y a la comida. Los más fuertes y belicosos no hacen nada; delegan los trabajos domésticos y el cuidado de los penates y del agro a las mujeres, los ancianos y los más débiles de la familia, languidecen en el ocio; admirable contradicción de la naturaleza, que hace que los mismos hombres hasta tal punto amen la inercia y aborrezcan la quietud. Es costumbre que espontánea e individualmente las tribus ofrezcan a sus jefes ganado y cereales, lo cual, recibido por éstos como un homenaje, también satisface sus necesidades. Pero ante todo les halagan los presentes que les son enviados de pueblos vecinos, no sólo por particulares, sino también oficialmente, tales como caballos escogidos, ricas armas, faleras y collares (...) Los pueblos germanos no habitan en ciudades, es bien sabido, incluso no toleran que las casas sean contiguas. Se establecen en lugares aislados y apartados, en relación con una fuente, un campo o un prado, según les plazca. Las aldeas no están construidas como nosotros acostumbramos, con edificios contiguos y unidos unos a otros; cada uno tiene un espacio vacío que rodea su casa, sea como defensa contra los peligros de incendio, sea por ignorancia en el arte de la construcción. En realidad, no emplean ni piedras ni tejas, se sirven únicamente de madera sin pulimentar, independientemente de su forma o belleza. No obstante embadurnan los lugares más destacables con una tierra tan pura y brillante, que imita la pintura y los dibujos de colores. También acostumbran a excavar subterráneos que cubren con mucho estiércol y que sirven de refugio durante el invierno y de depósito para los cereales, puesto que estos lugares los preservan de los rigores del frío. Y de este modo, si el enemigo aparece, sólo saquea lo que está al descubierto, las cosas ocultas y enterradas o bien las ignoran o bien por ello mismo les escapan, puesto que habría que buscarlas. Para todos el vestido es un sayo sujeto por un broche o, a falta de éste, por una espina; sin otro abrigo permanecen días enteros junto al fuego del hogar. Los más ricos se distinguen por su vestidura no holgada, como la de los sármatas y los partos, sino ajustada marcando los miembros. También visten pieles de fieras, descuidadamente los más próximos a las orillas, con más esmero los del interior, para quienes las relaciones comerciales no pueden dar otro atavío. Eligen determinadas fieras y adornan con manchas las pieles arrancadas (...) y el vestido de las mujeres no difiere del de los hombres, excepto en que las mujeres se cubren más frecuentemente con tejidos de lino adornados con púrpura y en que la parte superior del vestido no se prolonga formando las mangas; llevan desnudos los brazos y los antebrazos, incluso la parte alta del pecho aparece descubierta. P. CORNELIO TACITO, De origine et situ Germanoru. Ed. E. Koestermann, Lipsiae in aedibus B. G. Teubneri, 1949, II, fasc.2, pp. 14-15. Recoge M. RIU y otros, Textos comentados de época medieval (siglo V al XII), Barcelona, 1975, pp. 30-32. |
Las cofradías de los germanos antes de las invasiones
(...) Eligen algunas veces por príncipes algunos de la juventud, ya sea por su insigne nobleza, o por los grandes servicios y merecimientos de sus padres; y éstos se juntan con los más robustos, y que por su valor se han hecho conocer y estimar; y ninguno de ellos se avergüenza de ser camarada de los tales y de que se los vea entre ellos; antes hay en la compañía sus grados los cuales son discernidos, por parecer y juicio del que siguen. Los compañeros del príncipe procuran por todas las vías alcanzar el primer lugar cerca de él; y los príncipes ponen todo su cuidado en tener muchos y muy valientes compañeros; el andar siempre rodeados de una cuadrilla de mozos escogidos es su mayor dignidad y son sus fuerzas; que en la paz les sirve de honra y en la guerra de ayuda y defensa. Y el aventajarse a los demás en número y valor de los compañeros, no solamente les da nombre y gloria con su gente, sino también con las ciudades comarcanas; porque éstas procuran su amistad con embajadas, y los hombres con dones; y muchas veces basta la fama para acabar las guerras, sin que sea necesario llegar a ellas. De manera que el príncipe pelea por la victoria y los compañeros por el príncipe. Cuando su ciudad está largo tiempo en paz y ociosidad, muchos de los mancebos nobles de ella se van a otras naciones donde saben que hay guerra, porque esta gente aborrece el reposo, y en las ocasiones de mayor peligro se hacen más fácilmente hombres esclarecidos. Y los príncipes no pueden sustentar aquél acompañamiento grande que traen sino con la fuerza y con la guerra: porque de la liberalidad de su príncipe sacan ellos, el uno un buen caballo, y el otro una framea victoriosa y teñida en la sangre enemiga. Y la comida y banquetes grandes, aunque mal ordenados, que les hacen cada día, les sirven para sueldo. Y esta liberalidad no tienen de qué hacerla sino con guerra y robos. Es fuerza ser enemigo de los enemigos del padre o pariente, y amigo de sus amigos. P.CORNELIO TÁCITO, De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania. Trad C. Coloma, Obras completas, col. Clásicos inolvidables, Buenos Aires, 1952, cap. XIII, p. 732, cap. XIV, p. 733 y cap. XXI, p. 736. |
Los bárbaros como libertadores
Van a buscar sin duda entre los Bárbaros la humanidad de los Romanos porque no pueden soportar más entre romanos una inhumanidad propia de Bárbaros. Son diferentes de los pueblos en los que se refugian. No tienen ni sus costumbres, ni su lengua ni, si se me permite decirlo, el fétido olor de los cuerpos y vestiduras bárbaros. Prefieren sin embargo plegarse a esta diversidad de costumbres antes que sufrir injusticia y crueldades entre los romanos. Emigran, pues hacia los Godos o hacia los Bagaudas, o hacia los otros Bárbaros, que dominan por todas partes, y nunca se arrepienten de este exilio. Porque prefieren vivir libres bajo apariencia de esclavitud, mejor que ser esclavos bajo una aspecto de libertad. Solo hay un deseo común entre los romanos: no verse nunca obligados a volver bajo la ley romana; solo hay una exclamación común a toda la muchedumbre romana: continuar viviendo con los bárbaros. SALVIANO, De Gubernatione Dei, IV y V, M. G. H., A. A. I, Berlín, (2.ª), 1961, p. 108 y 113. |
Cuando volvimos a nuestra tienda, el padre de Orestes vino con una invitación de Atila para nosotros dos, a un banquete a las tres en punto. Cuando llegó la hora, fuimos al palacio, junto con la embajada de los romanos occidentales, y nos paramos en el umbral del salón, en presencia de Atila. Los escanciadores nos dieron una copa, de acuerdo con la costumbre nacional, que debíamos libar antes de sentarnos. Habiendo probado la copa, procedimos a tomar nuestros asientos; todas las sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes del salón en ambos lados. Atila se sentaba en el medio, sobre un sillón; un segundo sillón estaba ubicado detrás de él, y desde él, unos pasos llevaban a su cama, la cual estaba cubierta con sábanas de lino y cobertores bordados como adorno, tal como griegos y romanos suelen decorar los lechos de las novias. Los lugares a la derecha de Atila eran primeros en honor, los de la izquierda, donde nosotros nos sentábamos, eran solo segundos. Berijo, un noble entre los escitas, se sentaba a nuestro lado, pero estaba antes que nosotros. Onegesio se sentó en una silla a la derecha del diván de Atila, y al otro lado, frente a Onegesio, en la silla se sentaron dos de los hijos de Atila; su hijo mayor se sentaba en su diván, no cerca de él, pero en el rincón final, con sus ojos fijos en el suelo, en tímido respeto hacia su padre. Cuando todos estuvieron acomodados, un copero vino y dio a Atila una copa de madera con vino. Él la tomó, y saludó a los primeros en precedencia quienes, honrados por el saludo, se pararon y no se sentarían hasta que el rey, habiendo probado o escurrido el vino, devolviera la copa al sirviente. Entonces todos los invitados honraron a Atila en la misma forma, saludándolo, y probando sus copas; pero él no se paró. Cada uno de nosotros tenía un copero especial, que vendría para presentar el vino cuando el copero de Atila se hubiera retirado. Cuando el segundo en precedencia y aquéllos junto a él habían sido honrados de la misma manera, Atila brindó con nosotros del mismo modo, de acuerdo al orden de los asientos. Cuando esta ceremonia terminó, los escanciadores se retiraron, y se ubicaron mesas, lo suficientemente largas para tres o cuatro comensales, o quizás más, junto a la mesa de Atila, para que cada uno pudiera sacar la comida en los platos, sin pararse de su asiento. El sirviente de Atila primero entró con un plato lleno de carne, y detrás de él venían otros sirvientes con pan y viandas, las cuales pusieron sobre las mesas. Una comida lujosa, servida en vajilla de plata, había sido preparada para nosotros y para los invitados bárbaros, pero Atila no comió otra cosa que carne en un plato de madera. En todo lo demás, también, se mostró moderado; su copa era de madera, mientras que a los invitados les habían sido dadas copas de oro y plata. Su vestido también era bastante simple, mostrando sólo estar limpio. La espada que llevaba a su lado, los cordones de sus zapatos escitas, la brida de su caballo, no estaban adornados, como los de los otros escitas, con oro o gemas o cualquier cosa onerosa. Cuando las viandas del primer plato habían sido consumidas, todos nos pusimos de pie, y no volvimos a nuestros asientos hasta que cada uno, en el orden antes observado, bebió a la salud de Atila en la copa de vino presentada a él. Entonces nos sentamos, y un segundo plato fue puesto en cada mesa con comestibles de otro tipo. Después de este plato, la misma ceremonia fue observada como después de la primera. Al caer la tarde, se encendieron antorchas, y dos bárbaros dirigiéndose a Atila, cantaron canciones que ellos habían compuesto, celebrando sus victorias y hazañas de valor en la guerra. Y de los invitados, mientras miraban a los cantantes, algunos disfrutaban de los versos, otros, acordándose de las guerras, se excitaron en sus espíritus, mientras que aun otros, cuyos cuerpos eran débiles por la edad y sus almas compelidas al descanso, derramaban lágrimas. Tras las canciones, un escita, cuya mente estaba trastornada, apareció, y pronunciando palabras extranjeras y sin sentido, obligó a todos a reírse. Después de él, Zerkon, el enano morisco, entró. Él había sido enviado por Atila como un regalo a Ezio, y Edecon lo había persuadido de volver a Atila a recuperar a su esposa, a quien había dejado atrás en Escitia; la dama era una escita a quien él había obtenido en matrimonio a través de la influencia de su patrón, Bleda. No tuvo éxito en recuperarla, pues Atila estaba enojado con él por haber vuelto. En ocasión del banquete él hizo su aparición, y arrojó a todos, excepto a Atila, en una risa insaciable, por su apariencia, su vestido, su voz, y sus palabras, que eran una confusa mezcla de latín, huno y gótico. Atila, en todo caso, permaneció inmóvil y con inalterado semblante; no por palabra, no por acto, dejó escapar nada parecido a una sonrisa de felicidad, excepto cuando entró Ernas, su hijo menor, a quien tiró de la mejilla, y observó con una tranquila mirada de satisfacción. Me sorprendió que atendiera tanto a este hijo e ignorara a sus otros niños, pero un bárbaro sentado junto a mí y que sabía latín, pidiéndome que no revelara lo que decía, me dio a entender que los profetas habían advertido a Atila que su raza caería, pero que sería restaurada por este niño. Cuando la noche había avanzado, nos retiramos del banquete, sin desear quedarnos más en las celebraciones. Priscos, Fragm. 8, en: Excerpta de Legationibus, en: Corpus Scriptoriae Historiae Byzantinae. En MARÍN, J., Textos históricos. Del Imperio Romano hasta el siglo VIII, Santiago de Chile, RIL, 2003, pp. 227-235. En web personal del profesor José A. Marín. En web personal del profesor Francisco Javier Villalba Ruiz de Toledo. |
Próximo Oriente |
Escenas de la corte de Cosroes I (531-579)
(...) Una de las mujeres de Majbud (honrado destur), superior a los demás en inteligencia, preparaba la cena del rey Kersa colocando sobre una bandeja de oro tres platos enriquecidos con pedrería y que contenían manjares hechos con miel, leche y agua de rosas. Los hijos de Majbud eran los que llevaban la bandeja al rey, el cual comía los manjares y luego descansaba. Un día, Zerván, se encontró con los jóvenes en el momento en que éstos llevaban la cena al rey, y les pidió por favor que le dejaran ver por un instante los platos que exhalaban un tan rico olor. Levantaron la tela de rosa que cubría los manjares y después volvieron a tapar la bandeja, pero durante este tiempo el judío pudo dirigir su mirada nefasta sobre los alimentos marchándose al punto. Los jóvenes colocaron la bandeja y su contenido ante Anuschirván, y cuando el rey se disponía a comer, apareció Zerván y le dijo: «¡Oh rey afortunado, no comas esos platos sin antes haberlos hecho probar: tu cocinero ha mezclado veneno con la leche con que están elaborados!». El rey sonrió y dirigió una mirada de confianza a los hijos de Majbud, cuya madre preparaba cada día los alimentos. Los jóvenes, llenos de confianza a su vez, probaron la comida y al instante cayeron sin vida a los pies del rey. Entonces el rey se levantó, pálido, de su trono; dio orden de que se asolara el palacete de Majbud, cortaran la cabeza del traidor que había intentado envenenarle, mataran asimismo a todos los miembros de su familia y que sus riquezas fueran entregadas al saqueo. De este modo, Zerván adquirió de repente el favor de Anuschirván y disfrutó, a partir de aquel día, de una alta reputación, elevando al judío, su cómplice, a los primeros puestos del Estado. G. FRILLEY, La Persia literaria, París, s.a., pp. 93-94. |
El mundo persa sassánida del s. III según Firdusi
Ardachir asciende al trono En Bagdad, Ardachir se sentó en el trono de marfil y sobre su cabeza se puso la muy preciada corona y, una vez en la mano el cetro real, iluminó el lugar en donde iba a gobernar. Luego fue llamado Rey de Reyes (shahansha) y nada podía distinguirlo de Goshtasp. Cuando le fue colocada la corona de grandeza sobre su cabeza, entonces se dirigió a la multitud desde su trono con triunfo y alegría: «En este mundo mi tesoro es la justicia y todo el Universo ha revivido gracias a mis esfuerzos. Nada puede despojarme de este tesoro; el mal llega a todo hombre que hace el mal. De un extremo al otro, el mundo está bajo mi protección y mi costumbre es la justicia que todos los hombres aprueban. No habrá hombre que sufra hambre a causa de mis colaboradores, mis capitanes o mis caballeros, ya sea un malhechor o un hombre lleno de virtudes. Esta audiencia de la corte está abierta cualquier persona, tanto el que desea mi bien, como el que me desea mal» (...) Ardachir organiza la administración de su imperio Escucha ahora lo que tengo que decirte de la justicia y de la inteligencia de Ardachir, de las reglas que dictó haciendo el bien a todos, de su grandeza y habilidad, y acuérdate de todo. Él se dio muchos trabajos y estableció buenos reglamentos y se repartió sobre todos afecto y su justicia. Cuando deseaba aumentar los ejércitos del trono del Imperio, enviaba a todos lados mensajeros haciendo proclamar: «A quien tenga un hijo, que no le permita crecer sin haber aprendido esto: que le enseñe a andar a caballo, la manera de batirse con la maza, el arco y las flechas de madera de álamo». Cuando un joven había adquirido fuerza por los ejercicios, cuando habíase convertido en irreprochable en cada parte, venía de la provincia a la corte del rey y se ponía al servicio del ilustre trono del Imperio. Cuando una guerra estallaba los jóvenes de la corte con Pehlevan, un noble Mobedh experimentado y ansioso (ambicioso) de distinguirse. Con cada millar de estas jóvenes gentes partía un vigilante que los observaba y si alguno se había conducido flojamente en el combate, el vigilante hacía un informe al rey, tanto de los hombres sin valor como de aquellos que se habían conducido con bravura. Cuando el maestro del mundo había leído el informe hacía sentar delante de sí al mensajero, preparaba presentes para aquellos que habían hecho bien y elegía para ellos lo que había de más precioso en el tesoro, después tomaba nota de aquellos que se habían conducido mal para que no aparecieran más en los combates. Continuó así hasta que su ejército fue tal que los astros no habían visto uno más grande. Si había un hombre de buen consejo, el rey y los heraldos daban la vuelta al campamento y proclamaban: «Oh, hombres ilustres y guerreros del rey, quienquiera que se haya tomado digno favor del rey y haya inundado la tierra con la sangre de bravos, recibirá de mí un vestido de honor real y su nombre quedará en la memoria de los hombres». Es así que mantuvo el orden en el mundo entero por medio de sus ejércitos, fue pastor y los hombres belicosos fueron su rebaño. Ahora atiende a los arreglos de Ardachir y cómo organizó el trabajo de los escritores en su despacho. Tomaba hombres entendidos y no confiaba sus asuntos a los ignorantes. El estilo y las escrituras a hombres que eran maestros en este punto, cuando un jefe se distinguía, el rey de reyes aumentaba su salario; pero a quienquiera que fuese inferior en escritura o en sutilezas no entraba al despacho de Ardachir; se lo empleaba en los gobiernos de provincias, y los buenos escribas quedaban junto a Ardachir. Cuando veía en la corte a un buen escritor lo alababa diciendo: «Un contador que hace entrar dinero en el tesoro, luego lo reparte con inteligencia y dándose trabajo, hace prosperar al país y al ejército, y alivia los vasallos que le piden socorro. Los escribas son como los tendones de mi alma, ellos son, sin saberlo yo, los amos del Imperio». Cuando un gobernador partía para una provincia, el rey le decía: «Desprecia el dinero, no vendas los hombres para adquirir tesoros, pues esta morada pasajera no es perpetua para ninguno. Busca la rectitud y la sabiduría (el buen sentido), y que la acidez y la locura queden lejos de ti; no lleves a ninguno de tus aliados ni parientes, la escolta que te doy es un apoyo suficiente. Da cada mes dinero a los pobres, y no les des nada a los malos. Si transformas en próspero al país por justicia, serás próspero tú mismo, y feliz por tu justicia; pero, si el sueño de un solo pobre es turbado por el miedo, es que has vendido tu alma por el oro y la plata. Cuando un hombre venía a la corte del rey por un asunto importante o para pedir justicia, los confidentes del rey iban a verlo y le preguntaban sobre los gobernadores, si administraban justicia y si se libraban a sus pasiones o si alguno se acostaba con aflicción por su injusticia. Se interesaban por los hombres sabios del país, así como de aquellos que por pobreza quedaban en la oscuridad; preguntaban quién era digno de los favores del rey, así tanto uno que era anciano de gran familia, como un hombre probo, pues el rey decía: «Nadie debe gozar de mis trabajos ni de mis tesoros si no es un hombre tanto como los hombres sabios y que saben observar; pues, ¿qué hay de mejor que un anciano sabio? Busco hombres que tienen experiencia y los jóvenes de élite y trabajadores y encuentro bueno dar a la juventud, que tiene buen sentido y está ávida de aprender el lugar que se asigna a los ancianos». Cuando sus ejércitos iban a combatir a algún lado, decidía con prudencia y sin precipitación. Tomaba por enviado a un escritor inteligente, sabio y buen observador y le entregaba un mensaje cortés y según las reglas, para que no hubiese guerra injusta. El mensajero se trasladaba junto al enemigo para conocer sus pensamientos secretos. Escuchaba sus palabras, si tenía sentido y consideraba una desgracia los asuntos, las fatigas y las calamidades de la guerra, recibían vestidos de honor real, un tratado, cartas credenciales y presentes. Pero si sus cabezas estaban inflamadas de cólera, sus almas llenas de rencor, sus corazones bullentes de sangre, el rey pagaba el sueldo de todo el ejército para que no hubiera descontento, elegía un Pehlevan deseoso de gloria, prudente, atento y calmo y a un empleado civil, que supiera las reglas y hábil, que debía vigilar las injusticias que cometiera el ejército, luego hacía montar en un elefante de modo que se oyera su voz a dos millas, y que gritaba: «¡Oh, guerreros ilustres, vosotros que tenéis coraje, renombre y honor! Es necesario que ningún hombre, sea pobre, sea ilustre y rico, tenga queja alguna de vosotros. En cada parada comeréis pagando y respetando al pueblo y cada quien que adore a Dios se abstendrá de tomar lo que pertenece a otro. Cada quien que mostrare su espalda al enemigo tendrá una suerte desgraciada; cavará su tumba con sus propias manos, o las cadenas ulcerarán su pecho y sus miembros, y su nombre será tachado de las listas, su comida será la basura, su cama será la tierra sombría». El rey decía al jefe del ejército: «No seas blando, pero guárdate de la cólera y de la precipitación. Ubica a los elefantes delante del ejército, envía exploradores a cuatro millas de distancia; llegado el día de la lucha y de la gloria, recorre tu ejército, haz subir a tus tropas su dignidad, explícales el deber que deben cumplir en el campo de batalla, promete en mi nombre vestidos de honor para todos, viejos y jóvenes. Envía primero cien caballos para provocar al enemigo, y otros cien a poca distancia delante del ejército; pero, cuando se comience a combatir de los dos lados, ¡no dejes, aunque tu ejército sea numeroso, a los héroes ávidos de combate lanzarse y desguarecer tu centro! Haz que tu ala izquierda combata en masa cerrada al ala derecha del enemigo, del mismo modo, tu ala derecha su ala izquierda, y que todos luchen con el corazón latiendo al unísono. El centro del ejército permanecerá inmóvil, ningún hombre lo abandonará, no será sino cuando el centro del enemigo se debilite que harás avanzar el tuyo. Cuando estés victorioso no derrames más sangre de nadie, puesto que tus enemigos se dan a la fuga; si uno de ellos pide perdón, acuérdaselo y renuncia a la venganza. Cuando veas la espalda del enemigo, no te apresures y no abandones tu posición, pues debes sospechar de una emboscada y el campo de batalla debe quedar ocupado por el ejército; pero, si te has asegurado contra una emboscada del enemigo, entonces actúa sin escuchar el aviso sea de quien sea. Distribuye el botín entre aquellos que se hayan batido y que bravamente hayan puesto en peligro su dulce vida. A todos los prisioneros que cayeran en tus manos tráelos sin falta a mi corte; haré construir para ello una gran ciudad en el lugar que era un zarzal. No te desvíes de ninguna manera de estos consejos si quieres apartarte de la pena y la desgracia, y a la hora de la victoria, vuélvete hacia Dios, pues, no lo dudes, es él quien es tu guía». Cuando un embajador llegaba de cualquier parte que fuese, sea de los turcos o de Roma, o de un país persa, el guardián de las fronteras recibía las novedades y no era negligente en tamaños asuntos. El enviado encontraba en todos lados de su ruta alojamiento preparado, era un asunto del cual estaban encargados los gobernadores; no les faltaba ni los vestidos, ni la comida ni el tapiz. Cuando el administrador de la provincia se había enterado por qué se dirigía al rey, hacía partir para la corte de Ardachir un empleado sobre un dromedario que llevaba alta la cabeza, para que se mandase un cortejo ante el extranjero. El rey hacía entonces preparar su trono de turquesas, ubicado sobre dos filas de servidores cubiertos de vestidos bordados de oro, y llamaba ante sí al enviado, lo hacía sentar sobre un trono de oro y le dirigía preguntas sobre todos sus secretos, sobre la felicidad o la desgracia que había experimentado, sobre su nombre y su renombre, sobre lo que hacía de justo o de injusto en su país, sobre las costumbres, el rey y su ejército. Lo hacía conducir a un palacio con la pompa que era debida a un embajador y lo proveía de todo lo que le hacía falta. Enseguida lo invitaba a su mesa y a beber con él, y le hacía sentar en su trono de oro y lo llevaba con él a grandes cacerías, para las cuales reunía una escolta innumerable, y lo despedía como exigía su rango de embajador, dándole un vestido de honor real. Enviaba a todas partes Mobedhs benevolentes, el corazón despierto y llenos de inteligencia y gastaba grandes tesoros para hacerles fundar en todos lados ciudades, a fin de poder dar alimentos y residencia a quienquiera que estuviese sin techo y sin recursos, y a quien la fortuna era contraria para que el número de estos vasallos fuera aumentando. Su nombre sería bendecido en el mundo, en público y en secreto. No hay sobre la tierra más que un sólo rey que se le parezca y que recuerde a los hombres su memoria. Busco sinceramente hacer que viva su nombre, ¡pueda ser él feliz hasta el final! Mira las maravillas que Ardachir ha producido por su justicia, que ha tornado a la tierra floreciente. Hablaba en secreto a mucha gente, tenía por todos lados agentes que le hacían informes, y cuando un hombre rico perdía su fortuna, el rey, tan pronto como tenía conocimiento de ello, rehacía sus asuntos y no lo dejaba en triste estado; le daba tierras fértiles, una residencia, servidores y subordinados y arreglaba todo como era debido, sin que la ciudad se enterara del secreto; en fin, ponía a sus hijos en manos de maestros si tenían inteligencia. Establecía una escuela y un lugar para el culto del fuego en cada calle. No dejaba a nadie en la necesidad a menos que ella misma ocultara su miseria. Administraba la justicia sin acepción de personas, así fuera un pobre o el hijo de un amigo; el mundo se tornó próspero por su justicia y el corazón de sus vasallos se regocijó. Cuando el amo del mundo es el compañero de la justicia, el tiempo no puede borrar su huella. ¡Reflexiona sobre las normas seguidas por este noble hombre y qué sólidos fundamentos de gloria estableció! Había en el mundo entero emisarios inteligentes, que tenían los ojos abiertos y observaban todo; cuando le hacían conocer un paraje arruinado o donde al río faltaba agua, acordaba una remesa de impuestos y no descansaba hasta abastecer las tierras que fueran. Cuando un propietario se había empobrecido y su subsistencia había desaparecido, le daba de sus tesoros instrumentos y capital y no permitía que su huella desapareciera del país. Escucha, ¡oh, rey!, las palabras de un príncipe sabio y vuelve próspero al mundo de la misma manera. Si quieres ser libre de dificultades y de toda vejación, y llenar tu tesoro sin causar pena a los hombres, guárdate de oprimir a tus vasallos, y cada uno bendecirá tu justicia. Firdusi, Sha-Nama, Libro de los Reyes, en: Gagé, J., La Montée des Sassanides, col. Le Mémorial des Siècles, Albin Michel, 1964, París; Levy, Reuben, The Epic of the Kings, The University of Chicago Press, 1967. Trad. del francés por Clara Falcionelli. |