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Juan Martín el Empecinado

Benito Pérez Galdós



[Portada de la edición de 1883]





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ArribaAbajo- I -

Anteriormente he contado a ustedes las hazañas de los ejércitos, las luchas de los políticos, la heroica conducta del pueblo dentro de las ciudades; pero esto, con ser tanto, tan vario y no poco interesante, aunque referido por mí, no basta al conocimiento de la gran guerra.

Ahora voy a hablar de las guerrillas, que son la verdadera guerra nacional; del levantamiento1 del pueblo en los campos, de aquellos ejércitos espontáneos, nacidos en la tierra como la hierba nativa, cuya misteriosa simiente no arrojaron las manos del hombre; voy a hablar de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada, que reproducía los tiempos primitivos.

Ustedes sabrán que a mitad de 1811 Napoleón, creyendo indispensable tomar a Valencia, puso esta empresa en manos del mariscal Suchet, que había ganado a Lérida en 13 de Mayo de 1810, a Tortosa en 2 de Enero   —6→   del siguiente año y en 28 de Junio a Tarragona. Asimismo sabrán que las Cortes, dispuestas a defender la ciudad del Turia, enviaron allá al general Blake, regente a la sazón, hombre muy honrado, buen patriota, modesto, respetable, conocedor del arte de la guerra; pero de muy mala fortuna. Sabrán que las fuerzas llevadas por Blake desembarcaron mitad en Alicante, mitad en Almería, uniéndose al tercer ejército que se vio obligado a empeñar en la Venta del Baúl acción muy reñida contra las divisiones de Goldnot y Leval. Sabrán que el pobre D. Ambrosio de la Cuadra y el desgraciado D. José de Zayas tuvieron la desdicha de sufrir una derrota medianilla en el mencionado punto, retirándose a Cúllar, después de dejar 1.000 prisioneros en poder de los franceses y 450 cuerpos sobre el campo de batalla. Sabrán que Blake marchó a Valencia recogiendo en el camino cuantas tropas encontró a mano; pero lo que indudablemente no saben es que yo, aunque formaba parte de la expedición desembarcada en Alicante, ni fui a Valencia, ni me encontré en la funesta jornada de la Venta del Baúl.

¿Por qué, señores? Porque se enviaron 2.000 hombres a las Cabrillas a unirse a la división del segundo ejército que mandaba el conde de Montijo, y entre aquellos 2.000 hombres, encontrose, no sé si por fortuna o por desgracia, mi humilde persona. La condesa y su hija, que habían desembarcado también en Alicante y a quienes acompañé mientras me fue posible, separáronse de mí cerca de   —7→   Alpera para marchar a Madrid, donde residirían, si contrariedades que la madre presentía no las echaban de la corte, en cuyo caso era su propósito establecerse en el solitario castillo de Cifuentes, propiedad de la familia.

De las Cabrillas nos llevaron a Motilla del Palancar, en tierra de Cuenca, donde nos batimos con la división francesa de d'Armagnac, y algunos adelantamos por orden superior hasta Huete. Entonces ocurrieron lamentables disensiones entre el marqués de Zayas y el general Empecinado, saliendo al fin triunfante este último, a quien dieron las Cortes el mando de la quinta división del segundo ejército, con lo cual se evitó la desorganización de las fuerzas que operaban en aquel país. El Empecinado, que en Mayo de 1808 había salido de Aranda con un ejército de dos hombres, mandaba en Setiembre de 1811tres mil.

Recuerdo muy bien el aspecto de aquellos miserables pueblos asolados por la guerra. Las humildes casas habían sido incendiadas primero por nuestros guerrilleros para desalojar a los franceses y luego vueltas a incendiar por estos para impedir que las ocuparan los españoles. Los campos desolados no tenían mulas que los arasen, ni labrador que les diese simiente, y guardaban para mejores tiempos la fuerza generatriz en su seno fecundado por la sangre de dos naciones. Los graneros estaban vacíos, los establos desiertos y las pocas reses que no habían sido devoradas por ambos ejércitos, se refugiaban, flacas y tristes, en la vecina sierra. En los pueblos no ocupados por la   —8→   gente armada, no se veía hombre alguno que no fuese anciano o inválido, y algunas mujeres andrajosas y amarillas, estampa viva de la miseria, rasguñaban la tierra con la azada, sembrando en la superficie con esperanza de coger algunas legumbres. Los chicos desnudos y enfermos acudían al encuentro de la tropa, pidiendo de comer.

La caza por lo muy perseguida, era también escasísima y hasta las abejas parecían suspender su maravillosa industria. Los zánganos asaltaban como ejército famélico las colmenas. Pueblos y villas, en otro tiempo de regular riqueza, estaban miserables, y las familias de labradores acomodados pedían limosna. En la iglesia arruinada o volada o convertida en almacén no se celebraba oficio, porque frecuentemente cura y sacristán se habían ido a la partida. Estaba suspensa la vida, trastornada la Naturaleza, olvidado Dios.

Los militares que habíamos estado en Cádiz echábamos de menos la hartura y abundancia de la improvisada corte, y experimentábamos gran molestia con aquel exiguo comer y beber del segundo ejército. Las largas marchas nos ponían enfermos y en vano pedíamos un pedazo de pan a la infeliz comarca que atravesábamos.

Cuatro compañías destinadas a reforzar el ejército del Empecinado entraron en Sacedón en una hermosa tarde de otoño. Cerca de la villa vimos un árbol, de cuyas ramas pendían ahorcados y medio desnudos cinco franceses, y un poco más allá algunas mujeres se ocupaban   —9→   en enterrar no sé si doce o catorce muertos. La gran inopia que padecíamos no nos permitió en verdad enternecernos mucho con lo fúnebre de aquel espectáculo, y atendiendo antes a comer que a llorar (por mandato de la estúpida bestia humana), nos acercamos al primer grupo de enterradoras, significándoles bruscamente que nuestras respetables personas necesitaban vivir para defender la patria.

-Vayan al diablo a que les dé raciones -nos contestó de muy mal talante una vieja-. Con dos patatas podridas nos hemos quitado un día más de encima mis nietas y yo, ¿y nos piden ustedes que les llenemos la panza?

-Señora, tripas llevan pies, que no pies tripas, como dijo el otro, y que nos han de dar raciones no tiene duda, porque estos valientes soldados no han probado nada desde ayer.

-Sigan adelante, y en Tabladillo o Cereceda puede que encuentren algo. Lo que es en Sacedón...

-De aquí no hemos de pasar porque no somos máquinas. Venga lo que haya al momento, o sino lo tomaremos: que eso de derrotar ejércitos franceses sin probar bocado no está escrito en mis libros.

-¡Derrotar ejércitos franceses! -exclamó la vieja con desdén-. ¿Quién? ¿Ustés2? Los militares de casaca azul y morrioncete? Hasta ahora no lo hemos visto.

-¿Duda de nuestro valor la señora?

-La gente de tropa no sirve para nada. Van y vienen, dan dos tiros al aire y luego   —10→   ponen un parte diciendo que han ganado una batalla... Señores oficialetes, estos ojos han visto mucho mundo... y en verdad que si no fuera por los empecinados y demás gente que se ha echado al campo por dar gusto al dedo meneando el gatillo...

-Bueno; dejemos a la historia que nos juzgue -dijo con festiva gravedad mi compañero, que era algo chusco-. Entretanto, nosotros necesitamos para nuestra gente pan, un poco de cecina, caza, legumbres y vino si lo hay... Veamos quién manda aquí. ¿No hay alcalde, corregidor, gobernador, ministro, rey, o demonio a quien dirigirnos?

-Aquí no hay nada de eso, amiguito -repuso la vieja-. Ya he dicho que sigan hacia Tabladillo o Cereceda.

-¿De modo que en este bendito pueblo no hay autoridades? Así anda ello -exclamó con enfado mi compañero.

-¡Autoridades hay, hombre! Y no griten tanto que no soy sorda. Ahí está la señá3 Romualda. Eh, señá Romualdita, aquí piden pan.

Vimos una mujer fornida y varonil, la cual, echándose al hombro la azada, después de dictar las últimas órdenes para que se rematara la triste inhumación, se nos acercó y se dignó miramos.

-Raciones, señor alcalde, raciones para la tropa, que se muere de hambre.

-No hay nada, mi general -respondió bajando hasta el suelo el hierro de su instrumento agrícola y apoyándose majestuosamente en el cabo-. Ayer hicimos una cochura por orden   —11→   de D. Juan Martín. Vino por la noche el pícaro francés, señor Tarugo, y se la llevó. ¡Bonito dejaron al pueblo, bonito! Siete doncellas de menos y veinte cuerpos de más bajo la tierra... A mí me quitaron el cuero... un cuero de vino que tenía, quiero decir, y toda la miel... Se llevaron los pendientes de todas las muchachas de la villa, y allí está casi muerta Nicasia Moranchel, a quien arrancaron media oreja con la fuerza del tirón... Cargaron hasta con la lana que había en los telares, y al tío Sotillo, que tenía un sombrero de paja traído de las Indias por su sobrino, le dejaron con la cabeza desnuda. El sombrero, con el palmito que había en el balcón de mi casa desde el domingo de Ramos, se lo dieron a comer a los caballos.

-Siempre habrá quedado algo para nosotros,señá Romualda -dijo mi compañero-; aunque sea otro sombrerito de paja.

-Ni un sacramento, señores. Me falta decirles que esta madrugada los franceses salían por un lado y la partida de Orejitas entraba por otro. Hubo algunos tiros... pin, pum... Los franceses mataron algunos paisanos y los de la partida pusieron en aquel árbol el racimo que desde aquí se ve... Orejitas pidió raciones... no había... yo me enfadé con Orejitas... Orejitas me amenazó... yo le di dos palos a Orejitas, que al fin hizo saquear el pueblo, llevándose lo poco que quedaba.

-Luego quedaba algo. Ahora también quedará... Pero vamos a cuentas. ¿Usted es la autoridad en esta insigne villa?

-Sí, mi general -contestó ella contrariada   —12→   porque se pusiese en duda la autenticidad de sus atribuciones concejiles-. Yo soy el alcalde, o mejor dicho, la alcaldesa, porque soy mujer.

-Ya nos lo figurábamos.

-Mi señor marido, que es D. Antonio Sacecorbos, ha ido con D. Juan Martín a la conquista de Calatayud. Allí están todos los hombres del pueblo.

-Pues señora de Sacecorbos, nosotros no arrancaremos las orejas ni la doncellez a las muchachas de este pueblo: pero tomaremos todo lo que caiga bajo la jurisdicción del estómago, sin más dimes ni diretes.

Señá Romualdita gritó y vociferó; mas nada valieron las amenazas y protestas de la caterva mujeril. El pueblo fue saqueado por tercera vez en un solo día, y aún se encontró algo, aún se encontró una pequeña cochura que la alcaldesa había preparado aquella tarde para la partida de Sardina. Ignoro si cometieron los soldados algún desafuero en cosas comprendidas dentro de jurisdicción distinta de la del estómago. No lo aseguro ni tampoco lo niego, y envolviéndome, como suele decirse, en el manto de mi irresponsabilidad, dejo a la historia y a la señora de Sacecorbos el cuidado de averiguarlo.



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ArribaAbajo- II -

Pocos días después nos unimos a la partida de D. Vicente Sardina, subalterno del Empecinado. He aquí cómo.

Dormíamos en Val de Rebollo, cuando nuestros centinelas avisaron la aproximación de gente armada. El recelo de que fuesen los franceses se disipó bien pronto, porque las avanzadas de la partida gritaban y cantaban a lo lejos, y la gente del pueblo que, aun antes que nuestros escuchas, había olfateado carne española, salió ruidosamente a su encuentro. Pronto vimos desfilar por la única calle del lugar, sin formación, orden ni concierto, un pequeño ejército compuesto de infantes y jinetes, armados los unos de trabuco, de escopeta los otros, cada cual vestido según su calidad, gusto o hacienda, casi todos con un pañizuelo puesto en la cabeza por único tocado, el ceñidor en la cintura, la manta puesta al hombro y la alpargata en el infatigable pie. Veíanse, sin embargo, en algunas cabezas, sombreros, chacós, cascos de franceses, y algún descolorido y rancio uniforme español en el cuerpo de otros.

Iban llegando y se acomodaban en las casas, escogiendo cada cual la que mejor le parecía, sin ceremonia ni cumplidos, y fraternizando al punto con la tropa, aunque sin dejar   —14→   de mostrarnos cierto desdén, como si fuéramos unos desdichados incapaces de intentar la conquista de Calatayud. Los habitantes de Val de Rebollo ofrecían a unos y otros la poca hacienda que les quedaba, y en un instante las llamas de los hogares lamiendo las repletas panzas de ollas y peroles, iluminaron las habitaciones, despidiendo por puertas y ventanas tanta claridad que el lugar, alegrado al mismo tiempo por las voces, gritos y cantorrios, parecía celebrar una fiesta.

El jefe de la partida D. Vicente Sardina se alojó en la misma casa donde yo estaba. Era un hombre enteramente contrario a la idea que hacía formar de él su apellido; es decir, voluminoso, no menos pesado que un toro, bien parecido, con algo de expresión episcopal o canonjil en su mofletudo semblante, muy risueño, charlatán, bromista y franco hasta lo sumo. Cuando mis compañeros y yo nos presentamos a él, diciéndole que mandábamos la fuerza destinada por O'Donnell a engrosar las filas del Empecinado, nos miró con aquella expresión de generosidad propia del hombre dispuesto a proteger al prójimo desvalido y nos dijo:

-Bueno; veremos cómo se portan ustedes... Creo que aprenderán el oficio en poco tiempo... Parecen buenos muchachos; pero tiernecitos, tiernecitos todavía. Ea, fuera miedo: ya se irán haciendo al fuego y se les quitará esa cortedad...

-Mi coronel -repuse- no somos nuevos en la guerra; pues de nosotros el que más y el que   —15→   menos ya ha despachado catorce batallas, diez sitios y más de cincuenta encuentros menores.

-¿Batallitas, eh? -exclamó riendo con pueril candidez-. Y mandadas por generales de entorchado... Me parece que las veo... Mucha escritura, parte acá, parte allá, oficios en papel amarillo con sello, y mucho de Excelentísimo señor, participo a vuecencia que habiéndose presentado el enemigo... Farsa, pura farsa. En fin, señores, ustedes aprenderán a hacer la guerra, porque no les falta entendimiento ni voluntad... Ahora, ayúdenme a despachar esta pierna de carnero y lo que contiene este bendito zaque.

Sin que nos lo rogara dos veces, nos apresuramos a participar de la cena. Olvidaba decir que a la derecha de Sardina estaba, animado también de propósitos hostiles contra la pierna de carnero, el segundo jefe de la partida, un hombre altísimo, descarnado y morenote, con barba entrecana, pelo corto, ojos fieros, cejas pobladísimas y unas manos tan largas como velludas que velozmente pasaban del plato a la boca. Era mosén Antón Trijueque, cura aragonés, que había tomado las armas desde el principio de la guerra, y servía en las filas de Sardina, no como capellán, sino como... jefe de la caballería.

-A fe, mosén Antón -dijo Sardina empinando el vaso-, que no creí pasar esta noche más acá de Almadrones. ¿Cree usted que encontraremos el destacamento de Gui siguiendo la vuelta de Brihuega?

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-Me parece que no se nos escapan mañana -repuso el cura dando muestras de excelente apetito.

-Los espías del francés habrán ido contando que caminábamos hacia Torremocha del Campo. Por la sotana que visto, Sr. D. Antonio, que hemos de hacer una buena presa. Mi ayudante, el sargento Santurrias, se nos unió, como usted sabe, en Mirabueno. Venía de espiar la dirección del enemigo. No hay otro Santurrias bajo el sol, Sr. Sardina, y con su traje de pastor y su aspecto y habla de idiota es capaz de engañar a media Francia, cuanto más al general Gui.

-¿Y qué dice Santurrias? -preguntó el jefe.

-Que parte de la tropa francesa que desde Daroca bajó al auxilio de Calatayud en la gran embestida que le dimos hace tres días, se ha corrido por Cogolludo, y como en su cobardía se les figura sentir el resoplido del caballo de D. Juan Martín, van tan aprisa que mañana han de llegar a Brihuega.

-¿Y cómo se sabe que van a Brihuega?

-¿Cómo se ha de saber?, sabiéndolo -exclamó con energía mosén Antón que además de jefe de la caballería, era el Mayor General de la partida y el gran estratégico, y el verdadero cerebro de D. Vicente Sardina-. Esas cosas no se saben, se adivinan. Pasaron ayer por Cogolludo, ¿sí o no? Se les vio desviarse del camino real y tomar las alturas de Hita, ¿sí o no?

-Sí, tal era en efecto su camino... -dijo Sardina con modestia, reconociendo el genio de mosén Antón.

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-Ahora, si no nos hemos de mover hasta que el enemigo no nos mande aviso de dónde está... -dijo el cura reanudando las interrumpidas relaciones con un sabroso hueso.

-Pues adelante -afirmó Sardina con decisión-. Vamos a Brihuega. Les cogeremos desprevenidos, y ni uno solo volverá a Madrid. Ahora que tenemos el refuerzo de cuatro compañías de tropa...

Mosén Antón miró a mi compañero y a mí con menos desdén que antes lo hiciera el jefe.

-Cuatro compañías... -dijo observándonos de hito en hito-. Veremos qué tal se portan estos señores, que aún no se han batido.

Nuevamente tuvimos que exponer mi compañero y yo los distintos encuentros en que habíamos tenido el honor de hallarnos; pero Trijueque, refiriéndonos en pocas palabras sus proezas, desde el primer sitio de Zaragoza hasta la acción del Tremedal, nos cerró la boca y abatió nuestro orgullo.

-Aquí -nos dijo al concluir su poema heroico- espera a ustedes una vida distinta. Aquí no hay descanso, aquí se come lo que se encuentra, y se descabeza un sueño con el dedo puesto en el gatillo, dormido un ojo y despierto y vigilante el otro. Además el que no tenga buenas piernas, que se marche a su casa, porque aquí no se corre, se vuela.

Mientras el jefe de Estado Mayor general decía esto, D. Vicente Sardina estiraba los brazos y echaba la cabeza hacia atrás, no con intento de remedar a Jesucristo en la cruz, sino por lo que llaman desperezarse, lo cual   —18→   advertido por el fiero clerizonte, inspiró a éste las siguientes palabras, que en ejércitos de otra clase no hubieran sido dirigidas a un jefe por un subalterno.

-Sr. D. Vicente, ¿hay pereza?... Bien, iré yo solo en busca de Gui con la gente y las cuatro compañías. Somos cuatrocientos hombres y trescientos soldados. Adelante. Cogeremos al general Gui y se lo presentaremos a Juan Martín.

-Amigo Antón -dijo el general riendo-, no puede uno ni abrir la boca para un condenado bostezo delante de usted... Y gracias que me ha dejado poner un puntal al estómago... ¡Maldito cura! Pero ¿olvida usted que va para tres noches que no hemos dormido? Vamos, que digan las señoras si hay cuerpo que resista a tan larga velada, aunque sea el cuerpo de D. Vicente Sardina el de Valdeaberuelo...

Mosén Antón miró al jefe de la partida con expresión de lástima, y luego arqueando las cejas más negras que ala de cuervo, alargando el hocico y cerrando el puño se expresó de esta manera:

-¡Dormir, dormir, cuando los franceses han quemado nuestras casas y asesinado a nuestros padres y deshonrado a nuestras mujeres!... sí señor, a nuestras mujeres.

Sardina reía y nosotros también; pero Trijueque imponiéndonos silencio con su habitual imperioso gesto, prosiguió así:

-Me gustan estos señoriticos que no piensan más que en dormir. ¿Por qué el Sr. Sardina no lleva consigo en campaña un colchón   —19→   de pluma o canapé de rasos y holandas para echar la siesta? Buenos soldados tiene la patria, buenos, sí... como que se tumban, cuando el enemigo, ocultándose en las sombras de la noche, intenta sorprendernos. Es preciso que los curas echen la llave a la parroquia, se la guarden en el bolsillo, y cogiendo una escopeta, un sable y dos pistolas, corran al campo a enseñar a los patriotas su deber. Aquí estoy yo que no duermo, no, Sr. D. Vicente, no duermo -al decir esto los ojos negros que despedían pasajeros reflejos como una noche de tempestad, parecían querer salírsele de las sanguinolentas órbitas-, porque no puedo dormir, aunque quisiera... porque si cierro los párpados, dentro de ellos veo al general Gui y al general Hugo, y al general Belliard con sus manadas de gabachos. Cuando de tarde en tarde me arrojo en el suelo, procurando dar descanso a mi cuerpo, los caminos, las veredas, las trochas, los atajos, los montes, los cerros, los ríos y los arroyos se me meten en la cabeza, y todo se me vuelve pensar si iremos por allí, si pasaremos por allá, si les encontraremos por acullá... Aquí está un hombre que no tiene más descanso que inclinar la cabeza sobre el pecho y amodorrarse un poco con el paso del caballo, que es más suave que una litera llevada por buenos jayanes... ¡Dormir! ¡Por las benditas ánimas del Purgatorio!; ¡voto a Barrabás!, ¡reviento en Judas! Juro que desde el 3 de Junio de 1808 no sé lo que es una sábana. Estoy despierto, estoy velando por la patria, y temo que la dejen perecer los que duermen.

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Trijueque dio un resoplido, no menos fuerte que el de un mulo y se levantó. ¡Dios mío, qué hombre tan alto! Era un gigante, un coloso, la bestia heroica de la guerra, de fuerte espíritu y fortísimo cuerpo, de musculatura ciclópea, de energía salvaje, de brutal entereza, un pedazo de barro humano, con el cual Dios podía haber hecho el físico de cuatro almas delicadas; era el genio de la guerra en su forma abrupta y primitiva, una montaña animada, el hombre que esgrimió el canto rodado o el hacha de piedra en la época de los primeros odios de la historia; era la batalla personificada, la más exacta expresión humana del golpe brutal que hiende, abolla, rompe, pulveriza y destroza.

Para que fuera más singular y extraño aquel guerrillero, cuya facha no podía mirarse sin espanto, vestía la sotana que llevaba cuando echó las llaves de la parroquia el 3 de Junio en 1808, y de un grueso cinto de cuero sin curtir pendían dos pistolas y el largo sable. Abierta la sotana desde la cintura dejaba ver sus fornidas piernas, cubiertas de un calzón de ante en muy mal uso y los pies calzados con botas monumentales, de cuyo estado no podía formarse idea mientras no desapareciesen las sucesivas capas de fango terciario y cuaternario que en ellas habían depositado el tiempo y el país. Su sombrero era la gorra peluda y estrecha que usan los paletos de Tierra de Madrid, el cual se encajaba sobre el cráneo, adaptado a un pañuelo de color imposible de definir y que le daba varias vueltas de sien a sien.

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Después que estiró brazos y piernas, dio dos puñetazos en la mesa, y dijo con voz temerosa:

-El que quiera dormir que duerma. Yo me voy en busca del general Gui. ¡Mal cuerno!

D. Vicente Sardina, risueño primero, mas luego atemorizado ante la ruidosa energía de su segundo, quiso contemporizar con él y dijo:

-Bueno, mosén Antón. Celebraremos consejo de guerra. Señores oficiales, ¿qué opinan ustedes?

Sin vacilar dijimos mi compañero y yo que convenía seguir el dictamen de mosén Antón.

-Pues yo -dijo Sardina bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre la boca- creo que si marchamos esta noche, no encontraremos ni sombra de franceses. ¿Cómo es posible, señores, que la división de Gui se corriera por el lado allá del Henares?... Vamos, que ni mosén Antón con todo su talento militar, tan grande como el de Epaminondas, me lo hará creer.

-Sr. D. Vicente -dijo el clérigo asiendo la solapa de uniforme de Sardina-, yo me voy con los que me quieran seguir.

-Poco a poco, despacito. Sepamos en qué se funda el señor pastor Curiambro para creer...

-Que vengan los espías.

El jefe con voz de trueno gritó:

-¡Viriato, maldito Viriato!... ¿Dónde se ha metido ese condenado?

Sorprendiome el nombre de la persona llamada,   —22→   que era el ayudante de D. Vicente Sardina.

El amo de la casa apareció riendo, y dijo a nuestro jefe:

-El Sr. Viriato está cortejando a las mozas del pueblo.

-Ya le ajustaré las cuentas a mi ayudante -dijo D. Vicente- por no estar aquí cuando le llamo. Hágame usted el favor, tío Bartolomé, de llamar al señor Santurrias, que creo está en la caballeriza.

Apareció al poco rato, soñoliento y malhumorado, el venerado personaje, a quien la historia conoce con el nombre de Santurrias, y al punto reconocí su abominable efigie. Era el mismísimo acólito de D. Celestino del Malvar, el mismo rostro que no indicaba ni juventud ni vejez; la misma boca, cuyo despliegue no puedo comparar sino a la abertura de una gorra de cuartel cuando no está en la cabeza, la misma doble fila de dientes, la misma expresión de desvergüenza y descaro.

-A ver, Sr. D. Gorito Santurrias, ¿qué tienes que decirme de tu espionaje? ¿Qué lugares has recorrido y qué has visto?

-Mi general -dijo Santurrias respetuosamente-, anteayer, al filo de medio día, entré en Robledarcas pidiendo limosna. Llevaba la pierna pintada al modo de llaga y un niño de pecho en brazos, el niño era el que recogimos en Honrubia4, cuando los franceses pegaron fuego al lugar matando a todos sus habitantes.

-Bien; ¿y dónde viste al enemigo?

-El chiquillo lloraba, y yo lloraba también,   —23→   pidiendo limosna a los franceses que venían de Atienza.

-¿Venían de Atienza?

-Sí señor.

Trijueque hacía gestos afirmativos y de aprobación, sin quitar los ojos del sacristán mendigo y guerrillero.

-Venían con mal modo -continuó este-; y me parece que rabiaban de hambre. Un oficial me dio un pedazo de pan... Yo pedía para el pobrecito niño de pecho que dije era mi nieto, pasó el general con algunos húsares, y al fin un sargento que me miró mucho, como queriendo conocerme... Mi general, para no cansar, ello es que me dieron veinte palos, y me amenazaron con fusilarme... ¡Qué palos! Las llagas fingidas se trocaron por mi desgracia en verdaderas, y ahora estaban descansando mis lomos en la cuadra.

-Vamos a lo principal; ¿qué dirección tomaron los franceses?

-No tenía yo ganas de quedarme en su compañía, después de las misas, quiero decir, de los palos, y cogiendo al chiquillo, me vine por la vuelta de Jadraque buscando a mi gente... Allí me junté con la señá Damiana Fernández, la cual me dijo que los franceses habían ido a Cogolludo.

-Que venga la señá Damiana Fernández -dijo el jefe-. ¿En dónde está?

-¿Dónde ha de estar? -replicó Santurrias-. Con el señó5Cid Campeador. Ambos son uña y carne, y van montados siempre en un mismo caballo.

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-Que la traigan -gritó el general-. ¿Pero dónde demonios está mi ayudante? ¡Viriato, Viriatillo de todos los demonios!

No tardó en aparecer la señá Damiana, que era una mujer joven, delgada y de buena estatura, algo varonil, de color malo, ojos muy negros, y un conjunto de facciones, si no hermoso, regularmente simpático y agradable. Vestía de la cintura arriba arreos militares, llevando pistolas y mochila, y en la cabeza un morrioncete ladeado, cuyas carrilleras de cobre sucio se juntaban en el pico de la barba con no poco donaire. El resto de su persona lo cubría a lo mujeril, y una halda negra, sobre refajo amarillo, apenas dejaba ver las botas de cuero crudo con espuelas tan sólo en la izquierda.

-¿Qué quiere saber mi general? -preguntó con marcial despejo.

-¿Estás segura de que los franceses entraron en Cogolludo?

-Mi general, yo fui a Montañón a llevar a mi madre los tres duros y medio que me dieron en Tor del Rábano. Dejé este vestido en Villanueva de Argecilla y poniéndome el de labranza, cogí a mis dos hermanitos, los monté en la burra y... ¡arre!, a Miralrío... de Miralrío, ¡arre!, a Carrascosa... de Carrascosa, ¡arre!, a Montañón... Mi madre se había muerto. Di los tres duros y medio a mi abuela y estuve llorando dos horas... Después al volver para unirme a la gente, pasé muy cerca de Fuencemillán y vi a los franceses dentro de Cogolludo, que está a un cuarto de hora de andadura... ¡arre!, apreté a correr... ¡arre!, volví a   —25→   Carrascosa, y llegué por la mañana a Villanueva, donde dejando los chicos, la burra y el miedo, y poniéndome el uniforme, me junté a la partida.

-Está bien, señora Damiana -dijo el general-. Retírese usted y si por casualidad encuentra al tuno de mi ayudante, puede darle dos sopapos y mandármelo acá.

-Está jugando al naipe con el señó D. Pelayo -contestó la guerrillera.

Por tercera vez habíamos oído designar con nombres de antiguos héroes españoles a individuos de la partida, y cada vez sentíamos mi compañero y yo más vivos deseos de conocer al señó Viriato, al señó Cid Campeador, y al señó D. Pelayo.

-¡Jugando al naipe! -exclamó Sardina-. Han de llevar el maldito vicio a todas partes... En resumen, querido mosén Antón: sabemos con certeza (porque esta gente dice la verdad) que los franceses han entrado en Cogolludo. ¿En qué podemos fundamos para creer que pasen el Henares y se refugien en Brihuega? Deben de estar cansados. Por aquí no encontrarán que comer y lo más natural es que pasen a tierra de Madrid por El Casar de Talamanca.

-Los franceses pasarán el Henares -dijo mosén Antón, llevando el dedo índice a la frente con tanta fuerza como si la quisiera agujerear.

-Usted lo adivina sin duda.

-Sí... lo adivino, lo preveo... no sé en qué me fundo... -replicó el cura con cierta expresión   —26→   de hombre iluminado- lo tengo aquí entre ceja y ceja... Sr. D. Vicente; ¿me he equivocado alguna vez? Cuando he dicho «están en tal parte» ¿hemos dejado de encontrarles?... Sepa usted que los franceses van aprendiendo de nosotros esta difícil guerra de partidas. Tantas veces les hemos sorprendido, que también ellos discurren el modo de sorprendernos...

-Lo sé, lo sé.

-Pues bien... Los franceses saben que andamos por aquí, Sr. D. Vicente; los franceses que escaparon de Guijosa el martes, cuando sorprendimos el destacamento, debieron decir a Gui que nos habíamos corrido por los cerros de Algora... Gui se está empecinando... Gui quiere ser guerrillero... Gui quiere sorprendernos, y si descansamos, si nos dormimos, Gui nos sorprenderá... Usted dice que el francés va hacia Madrid en busca de descanso y raciones, y yo digo que viene hacia acá en busca de gloria y de costillas que quebrantar... No me pregunte usted en qué me fundo. El mismo mosén Antón que está hablando no lo sabe... pero mosén Antón no se equivoca nunca, mosén Antón adivina, mosén Antón tiene un diablillo que viene a decirle al oído dónde están los franceses.

Oyendo esto D. Vicente Sardina, que conocía la singular previsión estratégica de su jefe de Estado Mayor general, sacudió de súbito la pereza, y dando una fuerte palmada y levantándose, dijo:

-¡Voto al demonio, que tiene razón el curita!...   —27→   Eso mismo debí pensar yo... pero no lo pensé... Es que soy un bruto, y luego el maldito sueño...

-¡En marcha! -gritó mosén Antón no con palabras, sino con aullidos; no con entusiasmo, sino con una exaltación salvaje.

-¡En marcha! -repitió el jefe.

-¡En marcha! -gritamos mi compañero y yo, sintiendo que nos identificábamos poco a poco con el silvestre militarismo de aquella gente.




ArribaAbajo- III -

La partida, a la cual desde aquella noche pertenecíamos los de tropa, se puso en movimiento. Apagose el fuego de los hogares, sacudieron el sueño los que se entregaban a él dulcemente, deshiciéronse las honestas intimidades y las tertulias que en distintas casas se habían formado entre soldados y vecinos de ambos sexos; cada cual recogió lo que pudo de condumio sólido o líquido, y unos a caballo y otros a pie salieron del pueblo. Aquel ejército marchaba en desorden. Mosén Antón y D. Vicente Sardina, que iban a la cabeza, detuviéronse en el camino junto a las últimas casas del pueblo, y entonces el primero dirigió la vista a los cuatro puntos del horizonte, recapacitó un buen espacio de tiempo, llevándose el dedo índice a la frente, y después volvió a dirigir el rostro a distintas partes   —28→   del oscuro paisaje, no como quien mira, sino como quien olfatea.

El jefe le miraba con asombro, no exento de malicia, como diciendo:

-¿Por dónde nos querrá llevar este condenado?

-Hay que pensar qué dirección tomaremos, señor Sardina -dijo el jefe de Estado Mayor y de la caballería-. Las veredas son nuestra ciencia militar.

-Creo que no hay lugar a duda -replicó Sardina-. El sendero de Yela está diciéndonos: «corred por aquí».

-No hemos de ir por ahí, sino por aquí -dijo Trijueque imperiosamente, señalando un cerro bastante elevado que a nuestra derecha teníamos-. Por aquí, por aquí.

-Hombre de Dios... ¿pero vamos a conquistar el cielo? -exclamó con displicencia6Sardina-. ¿Adónde demonios vamos en esta dirección?

-Por aquí -repitió el cura señalando a la tropa el cerro-. Yo sé lo que me digo.

-¿En qué se funda usted para creer?...

-Me fundo en lo que me fundo -replicó con impaciencia el atroz cura guerrillero-. Y no hay más que hablar. Cuando yo lo mando sabido tengo porqué. Y a prisita, a prisita, muchachos... hacer7 poco ruido.

Empezamos a echarnos a pecho la cuestecilla, que era más que regular para los que marchábamos a pie. En los primeros momentos de la marcha satisfice mi curiosidad de conocer a los misteriosos personajes a quienes oí nombrar   —29→   con los apodos, pues apodos eran, de Viriato, Cid Campeador y D. Pelayo, porque los tres iban junto a mí, y al punto me brindaron lo mismo que a mi compañero con su franca amistad. No eran barbudos personajes de teatro, ni fantasmas de héroes históricos evocados por la noche y la poesía, sino tres estudiantillos de Alcalá que desde el comienzo de la guerra se habían afiliado en la partida. Conservaban el traje clerical de las aulas, con el sombrerete tripico, amén de la faja de cuero para el pedreñal y un sable corvo ganado entre los despojos de cualquier acción desfavorable a los franceses. Eran muy jóvenes y uno de ellos casi tierno niño; los tres alegres, animosos, entusiasmados con aquella vida que para gente de otra casta será penosa, pero que para españoles ha sido, es y será siempre placentera.

-Yo, señor oficial -me dijo el que llamaban Viriato-, estudiaba en la Complutense cuando declaramos la guerra a Napoleón. Soy hijo de unos labradores del Campillo de las Ranas, y vivía en Alcalá unos días de limosna, otros de la sopa boba y otros de lo que mis compañeros me quisieran dar... En los veranos era el primer corredor de tuna que se ha conocido desde que el gran Cisneros fundó la Universidad... De este modo y aunque no lo parezca, adelantaba mucho en mis estudios, siendo nemine discrepante en humanidades e Instituta; pero llegó la guerra y al oír yo el quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum; al oír tal ruido de trompetas, tal   —30→   redoble de tambores, tal relinchar de guerreros caballos, me sentí inflamado en bélico ardor. Cuando apareció la primera partida creí volverme loco de entusiasmo; púseme yo mismo el nombre de Viriato, en memoria del más grande y el más célebre guerrillero que hemos tenido, y soldado me soy. Esta es la mejor vida del mundo. Tengo el grado de alférez, y como esto dure, pienso no parar hasta brigadier, renunciando para siempre a los pícaros estudios, que no traen más que trabajo en la juventud y hambre en la vejez.

-Brava gente es esta -exclamé-. Pensar que con semejantes hombres nos han de quitar a nuestro rey Fernando, es majadería.

-No satisfecho aún -continuó Viriato- con el nombre que me puse (el mío verdadero es Aniceto Tortuera), expedí carta de heroísmo a estos venerables amigos míos, y a ese más pequeño, que apenas levanta cuatro tercios del suelo, por ser más bravo que un toro le puse Cid Campeador. Ahí donde usted le ve tan callado y modesto, hijo es del señor marqués de Aleas, uno de los señores más ricos de esta tierra; mas con tener tanta hacienda, prefiere el niño esta áspera vida a los regalos de su casa, y no se aparta de mí, su amigo y paje en Alcalá. Bien hizo el señor marqués en encomendarlo a mi cuidado y dirección durante la paz, porque pienso devolvérselo en disposición de conquistar a Valencia, como el otro Cid.

-Mi señor padre -dijo el Cid Campeador con voz y gestos infantiles- me ha llamado varias veces enviándome veinte propios para   —31→   que me lleven a casa; pero ya le he dicho que estoy aquí defendiendo a la patria y que en diez años no me hablen de casas, ni de mamás, ni de golosinas... A fe que es triste cosa dejar esto, cuando uno va para alférez y cuando el mejor día le pueden caer del cielo las insignias de coronel. Militar quiero ser toda la vida, que no estudiante ni legista, ni físico, ni retórico, ni matemático.

-De todo ha de haber en el mundo -dijo enfáticamente Viriato-, y si no ahí está mi amigo el príncipe de sangre goda D. Pelayo, que es legista de la partida. Púsele el nombre de Pelayo, por lo venerable y augusto de su persona. ¡Vean ustedes qué majestad en sus movimientos, qué mirar regio!

Le miramos, y en efecto, su fisonomía era la del pillete más redomado y pulido que han dado de sí claustros universitarios, porterías de convento, mesones y posadas de estudiantes more tunesca.

-Es hijo de uno de los bedeles de la Universidad -añadió Viriato-, y en fuerza de tratar con estudiantes sabe más leyes que Gregorio Sala, que el gran Madera y el célebre Montalvo reunidos. Buscaba posada a los estudiantes nuevos, acompañaba en sus diversiones a los antiguos y compraba libros viejos para cambiarlos por sotanas y zapatos. Es grande amigo nuestro y cuando llegamos a un lugar donde parece que no hay nada, él siempre encuentra algo. Señores oficiales, ustedes tendrán muchísimos buenos amigos en la partida, la cual con todos sus trabajos y fatigas   —32→   vale más, mucho más que las siete famosas de D. Alfonso el Sabio, por lo cual nosotros resolvimos trocar las siete por una sola.

Seguimos departiendo alegremente y cuando atravesábamos un áspero monte, sentí dentro de las mismas filas no un estruendo de combate, no un grito de guerra, no un redoble de tambor ni son bélico de cornetas, sino unos lastimeros lamentos de criatura de pecho, que con toda la fuerza de sus débiles pulmoncitos pedía lo que no suelen dar los ejércitos sino las amas de cría. Tan inusitados chillidos que yo no había oído en ninguna de mis campañas, despertó de tal modo mi curiosidad, que pregunté el motivo de llevar en la partida tan extraño apéndice.

No tardé en divisar al Sr. Santurrias que llevando en brazos una criatura como de dos años, mal agazapada en un medio refajo amarillo, procuraba, condolido de su incapacidad para desempeñar las funciones maternas, acallarla con exhortaciones, promesas y silogismos que habrían convencido a un doctor de la Iglesia, mas no a un infeliz huérfano hambriento.

-Este muchacho -me dijo Viriato- lo encontramos en un caserío donde entramos una mañana hace dos meses. Los franceses después de quemar el lugar habían matado allí mucha gente; nosotros matamos a los franceses y sólo quedó vivo ese caballero que da tales berridos. El Sr. Santurrias lo cogió, y le lleva en brazos cuando va al espionaje, fingiéndose mendigo. Nosotros le damos sopas de leche   —33→   y migas de pan; pero él no quiere sino teta y más teta, porque a pesar de tener dos años no le habían despechado todavía. Cuando llegamos a un pueblo donde hay alguna mujer criando, se da buenos hartazgos, y así va viviendo el infeliz. Pasamos el rato con sus monadas y gracias infantiles, y procuramos despecharle, no sin trabajo ni malos ratos. Será un buen soldado, ¿qué digo, buen soldado? Será general, sí señores, general. Le llamamos el Empecinadillo.

-Pero condenado, tragón -decía Santurrias al pobrecito personaje que llevaba en brazos- ¿no estuviste dos horas en Val de Rebollo, chupando de la señá Gumersinda?... Pues si ella decía que le sacabas los tuétanos... Callas, o te estrello.

-Deme acá, deme acá ese Heliogábalo, señor Santurrias -dijo Viriato alargando los brazos para recoger la carga-. Ven acá, tragaldabas... no hay teta... Comerá usted rancho si lo hay y beberá un cuartillo de vino. Un general pidiendo teta... calla, hombre, no toques diana, que nos vuelves sordos... Arro, roooo... Ahora llegaremos a un pueblo; sorprenderemos a los franceses, matando unos cuantos, y por fuerza habrá allí otra señora Gumersinda que te dé una mamada... Vamos... es preciso ir dejando esas mañas... los hombres no maman... Es preciso comer. ¿Para qué quieres esos dentazos?

Después Viriato, arrullando al niño en sus brazos, le adormeció con cantares de cuna; y el guerrillero de dos años, metiéndose ambos   —34→   puños en la boca para acallar su violento apetito, se durmió.

La señá Damiana Fernández vino a pedirnos municiones.

-Señá Damiana -le dijo Viriato-, cargue usted este mostrenco, que antes debe ir en sus brazos que en los míos.

-Una doncella no carga chiquillos -repuso con desdén la guerrillera-; que si entro con él en el pueblo, si a mano viene creerá la gente que es mío. Hay que guardar la honra, señor Viriato.

-¿Qué honra? ¡Ay, honradillo está el tiempo! Mal cosida has dejado la sotana del Cid Campeador. Damiana, por Dios, carga un rato este becerro.

-Cuando los eche al mundo los cargaré... Cartuchos, señores, un cartucho por amor de Dios.

-¿El Cid, no te los da, pimpolla? Pícaro Cid Campeador... si le cojo...

Estas conversaciones y otras igualmente festivas siguieron adelante, pero no pude gozar de ellas, porque me adelanté llamado por mosén Antón. El cura iba caballero en un gran jamelgo, que parecía, por su gran alzada, hecho de encargo, para que sobre la muchedumbre ecuestre y pedestre se destacase de un modo imponente la tosca y tremebunda estampa del jefe de Estado Mayor. Caballo y jinete se asemejaban en lo deforme y anguloso, y ambos parece que se identificaban el uno con el otro formando una especie de monstruo apocalíptico. Los brazos larguísimos y   —35→   negros de mosén Antón dictando órdenes desde la altura de sus hombros; las piernas, ciñendo la estropeada silla, que echaba fuera el relleno por informes agujeros; la sotana partida en dos luengos faldones que agitaba el viento, y que en la penumbra de la noche parecían otros dos brazos u otras dos piernas, añadidas a las extremidades reales del caballero; el escueto cuello del corcel, ribeteado por desiguales crines que le daban el aspecto de una sierra; su cabeza negra y descomunal, que moviéndose a compás de las patas, parecía un martillo hiriendo en invisible yunque, el son metálico de las herraduras medio caídas, que iban chasqueando como piezas próximas a desprenderse; todo esto, que no se parecía a cosa ninguna vista por mí, se ha quedado hasta hoy fijamente grabado en mi memoria.




ArribaAbajo- IV -

-A esos barbilindos que ha traído usted -me dijo mosén Antón, mirando hacia abajo como quien está en lo alto de una torre-, ¿se les puede confiar una comisión delicada?

-Sí, mi coronel -respondí-. Ya saben lo que se hacen.

-Una comisión delicada -repitió-, por ejemplo, tapar la salida de un pueblo, poniéndose como muralla de carne desde una casa a otra.

  —36→  

-Haremos todo lo que se nos mande, pues para eso hemos venido.

Mientras esto hablábamos miré al jefe de la partida, el cual con las manos cruzadas sobre la barriga, aflojadas las riendas del caballo y dejándole marchar pausadamente, se había sumergido en beatífico sueño. Despierto, vigilante, inquieto como un sabueso que adivina la presa, mosén Antón escudriñaba con sus ojos de buitre el estrecho horizonte del valle por donde caminábamos y las cercanas colinas.

Habíamos comenzado a descender, y a nuestra izquierda el cielo empezaba a teñirse de rosa y pálido oro, anunciando el cercano día. Las crestas de los cerros irregulares cuyas siluetas semejaban, cual un perro dormido, cual un pellejo de vino, principiaban a aclararse, dejando ver desparramados caseríos, manchas de carrascales, olmedas y grupos de colmenas.

-Quiero saber otra cosa -me dijo mosén Antón inclinándose de nuevo sobre mí, como un picacho próximo a desprenderse-. En caso de entrar en combate las tropas regulares que manda usted y su amigo ¿deben batirse por separado o mezcladas con mi gente?

-Creo que de una manera u otra lo harán bien. Mezclándolas se evitan las envidias y la rivalidad que siempre existe entre la tropa del ejército y la voluntaria.

La cara de mosén Antón se contrajo de un modo especial, indicando disgusto.

-Ya, ya comprendo lo que mi coronel desea -dije con viveza, y era verdad   —37→   que lo comprendía-. Lo que mi coronel quiere es precisamente que exista esa rivalidad y emulación. Ahora caigo en que lo mejor es hacerles pelear por separado para que unos se estimulen con el ejemplo de los otros, si hay diferencia en el modo de combatir.

-Muy bien, señor oficial -repuso con satisfacción-, veo que usted tiene todo el saber militar en la punta de la uña.

Llegamos a lo hondo de un estrecho barranco y la partida hizo alto. Mosén Antón dispuso que se guardase el mayor silencio y D. Vicente Sardina despertó exclamando:

-¿Qué hay? ¿Hemos dado con los franceses? ¡A ellos!... ¡Que se escapan!... ¡Viva Fernando VII, muera Napoleón!

-Despabílese usted, hombre -dijo entre veras y burlas el cura-. Aquí no se ven franceses más que en sueños.

-¿Acaso yo dormía...?

-No, velaba.

-Eso es un insulto, mosén Antón... Sostener que el jefe de la partida dormía, cuando... Si se me cerraron los ojos fue porque estaba recapacitando sobre la bobería y descuido de esos tontos de franceses que se dejan sorprender...

-Silencio -dijo el jefe de Estado Mayor, bajándose del caballo-, voy a hacer un reconocimiento.

-Sí -indicó con burlona malignidad Sardina-. Puede que detrás de aquella peña esté el general Gui, con veinte mil hombres... Pero si no me engaño, tras aquel muro arruinado   —38→   se ve el sombrerito de Napoleón. Gran presa hemos hecho... Lo menos caen hoy en nuestras manos cincuenta mil gabachones.

-Descabece usted otro sueño -dijo Trijueque.

-¿Pero dónde estamos? Por fuerza este endiablado cura nos ha traído a Madrid. ¿Apostamos a que quiere sorprender al rey José en su misma corte y cogerle prisionero? ¿Aquel mojón no es la puerta de Atocha...? ¡Pero quia! Si es una colmena... ¿no hubiera sido más cuerdo quedarnos sosegadamente en aquel cómodo lugar de Val de Rebollo? A esta hora ni a usted ni a mí nos hubiera faltado un buen tazón de chocolate.

Mosén Antón no contestaba a las burlas de su jefe, y haciéndonos señas de que le siguiéramos, a mí, al Sr. Viriato y a otro guerrillero llamado Narices, hombre pequeño, flaco y resbaladizo como una culebra, llevonos por una vereda adelante y por entre espesos carrascales, cuyas ramas apartábamos a un lado y a otro para poder pasar.

-No hacer ruido -nos decía a cada momento-. Si el enemigo está donde sospecho, tendrá por aquí sus escuchas.

Mosén Antón apartaba, tronchándolas, ramas corpulentas que impedían el paso. El jabalí perseguido no se abre camino en la trocha con mejor arte. A ratos se agachaba, atendiendo con viva ansiedad; pintábase en su rostro, tan feo como expresivo, una dolorosa duda; volvía a emprender el paso y por último llegamos a lo más alto del cerro y a un punto   —39→   desde donde se veía otra hondonada como aquella en que acababa de hacer alto la partida. En la meseta donde nos hallábamos el monte tenía una extensa calva, no reapareciendo la vegetación sino en lo más bajo del declive.

Mosén Antón se echó de barriga en el suelo. Parecía una inmensa cigarra negra en el momento en que, contrayendo las angulosas zancas y plegando las alas, se dispone a dar el salto. Nos colocamos a su lado en análoga posición y entonces nos habló así:

-¿Ven ustedes abajo el pueblo?

En efecto; bajo nosotros se veían los tejados rojos de algunas casas apiñadas.

-Ese pueblo es Grajanejos -añadió-. Anoche se me metió en la cabeza que los franceses que estaban en Cogolludo habían de venir a pernoctar aquí por Miralejo... Se me metió en la cabeza, sí señores; y cuando a mí se me mete una cosa en la cabeza...

-Tiene que suceder, aunque Dios no quiera -dijo Viriato

-Yo no me equivoco -añadió con cierta confusión el padre Trijueque-. Yo dije: «Pues que los franceses están en Cogolludo de regreso de Aragón, han de tomar una de estas dos direcciones, o la vuelta del Casar de Talamanca para ir a tierra de Madrid, o la vuelta de Grajanejos para tomar el camino real y marchar hacia Guadalajara o hacia Brihuega». El primer movimiento es inverosímil, porque están muy hambrientos y habían de tardar tres o cuatro días en llegar a la Corte: el segundo   —40→   movimiento es seguro, y sentado que es seguro, ahora digo: «Si pasan el Henares, ¿cuál puede ser su intención? O tratar de sorprendernos en este laberinto de bancos y pequeños valles, lo cual sería fácil si ellos fueran nosotros y nosotros ellos, o simplemente guarecerse dentro de los muros de Brihuega o Guadalajara, donde tienen abundantes provisiones». En uno u otro caso, entrarán en el camino real, que está a nuestra vista. Observen ustedes; a la luz de la aurora se ve claramente el camino real que va desde Madrid a Zaragoza. Es una hermosa calzada, que podría empedrarse con los cráneos de franceses que hemos matado en ella.

Vimos en efecto el camino real de Aragón que serpenteaba entre el arroyo y la montaña de enfrente, siguiendo las sinuosidades del angosto valle.

-Todos esos cálculos -dijo Viriato- son admirables, y demuestran el consumado talento de vuecencia. ¡Y dice mosén Antón que no ha estudiado lógica!... no puede ser. Lo que hay de malo en esto, es que por de pronto esas ingeniosas previsiones han resultado fallidas, porque yo estoy ciego de tanto mirar y no veo franceses en Grajanejos.

Mosén Antón no decía nada, y miraba atentamente a los extremos visibles del valle y a las suaves colinas que enfrente teníamos. En su rostro se pintaba una ira reconcentrada y profunda; apretaba las mandíbulas; fruncía el ceño, haciendo culebrear las cejas negras y espesas como dos bigotes y el resoplido de su   —41→   aliento no discrepaba en fuerza y calor del de un caballo.

He dicho que se había tendido de barriga, con las palmas de las manos en tierra y los codos en alto, en actitud muy parecida a la de los cigarrones cuando se disponen a dar el salto. De súbito mosén Antón saltó todo lo que puede saltar un hombre en tal postura; levantose en pie, extendió los brazos, lanzaron las cavidades de su pecho un graznido de ave de rapiña, brilló el rayo en sus ojos y señalando a la derecha hacia el punto donde desaparecía el valle formando un recodo, exclamó:

-¡Los franceses, ahí están los franceses!

No vimos nada; pero oímos un rumor vago y lejano que acrecían con sus hondos ecos las angosturas del valle. Era ruido de caballos, de gentes de armas, el ruido a ningún otro parecido de un ejército que se acerca.

-¿No lo dije? ¿No lo dije?... ¿Me he equivocado alguna vez? -gritaba mosén Antón desfigurado por el júbilo, con toda su persona descompuesta y alterada, cual máquina que se va a desengranar-. Cogidos, cogidos en una ratonera. Ni uno sólo escapará... Lo que pensé, lo mismo que pensé; pasaron el Henares por Carrascosa, subieron a los altos de Miralrío, vadearon el Vadiel y han cogido el camino real en Argecilla... Todo esto lo estaba yo viendo anoche, señores, lo estaba viendo como se ve un cuadro que uno tiene delante.

  —42→  

Agitaba los brazos, sacudía las piernas y ponía en movilidad espantosa todos los músculos de su rostro, asemejándose a Satanás cuando padece un ataque de nervios, si es que el ministro de la eterna sombra experimenta iguales debilidades que las damas del mundo visible; desenvainaba su sable, volvíalo a envainar, frotábase las anchas manos con tal presteza que causaba asombro que no despidieran chispas; se acomodaba en la cabeza el mugriento pañizuelo y la gorrilla, se apretaba el cinto y profería vocablos ya patrióticos, ya indecentes, mezclados con blasfemias usuales y aforismos de guerra.

Las avanzadas de los franceses aparecieron en el camino real.

-¡Con cuánta confianza vienen! -dijo mosén Antón-. Esos bobalicones no aprenden nunca. No flanquean la marcha. ¿Ven ustedes columnas volantes en las alturas?

-Por este lado -dijo Viriato- se ven brillar algunos cañones de fusil.

-Retirémonos abajo -dijo Trijueque-. Dejémosles entrar tranquilamente en el pueblo.

Poco después de esto, la partida marchaba despacio y con orden admirable por una senda de escasa pendiente que conducía faldeando el cerro en repetidas vueltas al lugar de Grajanejos. Mosén Antón dispuso que una parte de la fuerza se escondiese en el carrascal, adelantándose con toda precaución para no ser vista ni oída. El resto marchó adelante.

  —43→  

-Mucho silencio -dijo Sardina-, mucho silencio. Cuidado no se escape algún tiro... Al que respire fuerte, le fusilo.

Cuando esto decía, oyose un chillido prolongado y lastimero. Era el Empecinadillo que pedía la teta.

-Si ese condenado chiquillo no calla -exclamó mosén Antón con furia-, arrojarle8 al barranco.

El Empecinadito, extraño a la estrategia, seguía gritando.

El jefe de Estado Mayor, que llevaba del diestro a su caballo, se detuvo ciego de ira, y repitió:

-¡Arrojarle al barranco! ¿No hay quien le tape la boca a ese trompetero de mil demonios?

El Sr. Santurrias se esforzó en hacer callar al pobre niño, mas no le convencían los argumentos empleados, ni aunque se le dijo «que te va a comer mosén Antón», se resignó a la obediencia que el grave caso requería. Al fin creo que taparon su boca o sofocaron sus gritos envolviéndole en sus propios abrigos, con lo cual se libró por aquella vez de ser arrojado al barranco en castigo de sus escandalosos discursos.

D. Vicente Sardina, de acuerdo con su segundo, dispuso que los de la izquierda de la senda nos adelantáramos con objeto de cortar la salida del pueblo por el camino real en dirección opuesta a aquella por la cual entraban los franceses.

-No me fío de estos señoritos -dijo mosén   —44→   Antón al vernos partir-. Que vaya el Crudo con ellos. ¡Crudo, Crudo!

Presentose un guerrillero rechoncho y membrudo, bien armado y que parecía hombre a propósito lo mismo para un fregado que para un barrido en materia de guerra.

-Crudillo -ordenó el jefe- a ti y a estos señores os toca cortar la salida por abajo. Lleva cien hombres de lo bueno. Apretar de firme.

Reforzados por la gente de el Crudo, que era de lo mejor que había en la partida, emprendimos la marcha por un suave declive que nos condujo a las inmediaciones del camino real por el mediodía del pueblo. Los otros al hallarse próximos y con la ventaja que les daba su excelente posición en lo alto, atacaron a un pequeño destacamento francés que avanzó a reconocer la altura, mientras el resto de la fuerza enemiga descansaba en el pueblo. Esta conoció al punto que había sido sorprendida y pensando en defenderse ocupó precipitadamente las casas. Los de la partida les atacaron, no sólo con brío, sino con plena confianza por la fuerza moral que la sorpresa les daba, y los franceses se defendían mal a causa de la turbación del cansancio y la estrechez del lugar en que se habían metido.

Después de un breve combate, los enemigos comprendieron que no tenían otra salvación que la fuga por la carretera abajo o bien por la misma dirección de Argecilla que habían traído en sentido contrario. Muchos intentaron escapar por donde estábamos; pero viendo   —45→   bien guardada la salida, y divisando hacia aquella parte uniformes de ejército y hasta veinte caballos que en su atolondramiento se les figuraron doscientos, creyeron que todo el segundo ejército al mando de D. Carlos O'Donnell, se había corrido desde Cuenca a tomar el camino de Aragón, y optaron por la salida opuesta. El barullo y confusión que esto produjo en sus azoradas tropas fue tal que D. Vicente Sardina con su gente escogida acuchilló sin piedad y sin riesgo a muchos infelices que no hacían fuego ni tenían alma y vida más que para buscar entre el laberinto de callejuelas el mejor hueco que les diera salida de tal infierno.

Algunos que advirtieron la imposibilidad de retroceder sin ser despedazados en la pequeña plaza, arriesgáronse a abrirse camino por el Mediodía, y vimos que se nos echó encima regular masa de caballería, cuya decidida carrera y varonil decisión nos hizo temblar un momento. Habíamos ocupado la casa del portazgo, y en el breve espacio de tiempo de que dispusimos habíamos amontonado allí algunas piedras, ramas y troncos que encontramos a mano. Se les hizo fuego nutrido, y cuando los briosos caballos saltaban relinchando con furia por entre los obstáculos allí mal puestos, el Crudo lanzose con los suyos, quien a la bayoneta, quien esgrimiendo la navaja, a dar cuenta de los pobres dragones. Estimulados por el ejemplo, corrimos los demás y pudimos detener el empuje de los caballos y desarmar los infantes que tras ellos corrían.   —46→   Duró poco este lance; pero fue de los de cáscara amarga, y en él perdimos alguna gente, aunque no tanta como los enemigos. Bastantes de éstos murieron, y excepto dos o tres que fiados en la enorme bravura de sus caballos lograron escapar, todos los vivos fueron hechos prisioneros.

Cuando presentamos nuestra presa a don Vicente Sardina y a mosén Antón, que estaban en la plaza dictando órdenes para asegurar la victoria, ambos nos felicitaron con calor.

-Es preciso pegar fuego a este condenado Grajanejos -dijo mosén Antón-. Es un lugar de donde salen todos los espías de los franceses.

-Quemarle no -repuso Sardina con benevolencia.

-Eso es, eso es -dijo con arrebatos de destrucción el jefe de la caballería-. Mieles y más mieles. Así los pueblos se ríen de nosotros. En Grajanejos han tenido los franceses muy buen acomodo, y se susurra que de aquí han sacado ellos más raciones en un día que nosotros en un mes.

-No se hable más de eso -dijo Sardina-. El pueblo no será quemado. ¿Para qué? No rebajemos la gloria de esta gran jornada con una atrocidad. Gran día ha sido este... Bien sabía yo que los franceses habían de venir aquí... Mosén Antón, nada de quemar. Mande usted saquear el lugar, y al vecino que oculte algo tirarle de las orejas...

-Señor Mosca Verde -dijo mosén Antón a   —47→   un guerrillero que venía a recibir órdenes-. ¿Cuántos prisioneros tenemos?

-Sesenta y ocho he contado ya. Entre ellos un coronel.

-Es demasiada gente -repuso el cura-; sesenta y ocho bocas a las cuales es preciso dar pan. Señor Sardina ¿doy la orden de quintarlos?

-¿Para qué? -dijo el jefe-. Dejémosles las vidas, y los entregaremos sanos y mondos a D. Juan Martín para que haga de ellos lo que quiera... ¿Pero no hay en este infernal pueblo un poco de chocolate?... ¡Señor Viriato de mil demonios!... que siempre ha de desaparecer el tuno de mi ayudante cuando más lo necesito...

-Aquí estoy mi general -gritó Viriato, que venía corriendo con una sarta de chorizos en la mano-. ¿Pedía vuecencia chocolate? Ya lo he mandado hacer para vuecencia y mosén Antón.

-Yo -dijo este- tengo bastante para todo el día con un pedazo de pan y queso, señor Viriato; o si no dadme uno de esos chorizos y buscadme un zoquete que lo acompañe... Si todos fueran tan sobrios como yo... Repito que será preciso quintar a los prisioneros, si nuestra gente ha de tener ración para tres días.

-Mando que no se fusile a ningún prisionero -dijo Sardina-. ¿Se niegan los vecinos a dar lo que tienen?

-No señor -respondió Mosca Verde-. No se niegan porque como no dan, sino que lo tomamos...   —48→   Algunas arcas repletas de pan y queso y miel se han encontrado.

-¿Ha muerto alguna gente dentro de las casas?

-Nada más que el tío Genillo el albéitar, que está clavado en la pared como un murciélago.

-Pero ese chocolate, ese chocolate... Señor Viriato, ¿sabe usted que tengo más hambre que seis estudiantes juntos?

Presentose de improviso Santurrias, diciendo:

-Mi general, hemos encontrado al fin a una mujer con cría; pero no quiere dar de mamar al Empecinadillo.

-¡Qué alevosía, qué desacato! -exclamó mosén Antón-. Que la fusilen al momento.

-Venga acá esa señora, y yo la haré entrar en razón -dijo con benevolencia Sardina-. Este Trijueque quiere fusilar a todo el género humano.

El Cid Campeador, la señá Damiana y otro guerrillero trajeron casi arrastrada a una mujer joven y hermosa, la cual clamando al cielo con lastimeros gritos, se esforzaba en desasirse de los brazos de aquellos bárbaros.

-Aquí está, aquí, mi general, la mala patriota, la afrancesada.

-Señora -dijo mosén Antón mirando a la buena mujer con fieros y aterradores ojos-, ¿no sabe usted que la hacienda del buen español ha de ponerse a disposición de los buenos servidores de la patria y del rey?

-La hacienda sí, pero no los pechos -repuso la mujer con varonil denuedo.

  —49→  

-Señora, rece usted el credo -vociferó Trijueque-. Que vengan cuatro escopeteros. Atadle las manos a la espalda.

-Pues qué, ¿me quieren fusilar? -gritó la infeliz con angustia.

-Este condenado mosén Antón -me dijo en voz baja Sardina- quiere hoy una víctima, y al fin habrá que dársela.

Creyendo luego conveniente interponer su autoridad para impedir un hecho abominable, habló así:

-Buena mujer, ponga usted sus pechos a disposición de la patria y del rey... El Empecinadillo es hijo adoptivo de este ejército... dele usted de mamar, y tengamos la fiesta en paz... Y a usted, Sr. Santurrias, le ordeno que despeche a ese becerro de dos años lo más pronto posible o que lo deje en cualquiera de estos lugares. Todos los días hay una cuestión por la teta que necesita el muñeco.

La hermosa mujer comprendiendo el peligro que le amenazaba, si no ponía a disposición de la patria los dones que natura le concediera, tomó al muchacho y lo arrimó a su seno. El gusto que debió experimentar nuestro Empecinadillo cuando se vio regalado con lo que en abundancia tenía su improvisada madre, figúreselo el lector y traiga a la memoria las hambres y los hartazgos de sus verdes niñeces, si es que tan remotas impresiones pueden venir a la memoria. El huerfanillo tragaba con voracidad insaciable, y según la fuerza con que sus manecitas apretaban lo que tenían más cerca, parecía querer tragarse   —50→   también aquellas partes, causa de su regocijo, y que demostraban la longanimidad del Criador para con la señá Librada, pues tal era el nombre de aquella mujer.

Los circunstantes veían con alborozo el glotón rechupar del huérfano, y aplaudían en coro diciendo: -¡Cómo traga! ¡La va a dejar en los huesos! Es un fraile dominico que nunca acaba de llenar el buche.

D. Vicente Sardina, que continuaba teniendo más hambre que seis estudiantes, miraba al hijo de la guerrilla con ansiosa envidia.




ArribaAbajo- V -

Cuando el jefe marchó a despachar el almuerzo que le había dispuesto el señor Viriato, mosén Antón me dijo:

-Veo que están ustedes indignados y con mucha razón. No se castiga a nadie, no se escarmienta a los pueblos, no se procura hacer respetables a los soldados de la patria y el rey... Paciencia, señores. Ustedes están indignados como yo por las blanduras de D. Vicente Sardina y D. Juan Martín. El mal viene de arriba, del jefe de nuestro ejército.

Le respondimos que en efecto era grande nuestra cólera; pero que confiábamos en el inmediato triunfo de las ideas de justicia contra la anticuada y rutinaria bondad del jefe de la   —51→   partida. Él se consoló un poco con esto y fue a dictar órdenes para la mayor seguridad de los prisioneros.

No permanecimos muchas horas en Grajanejos, y cuando la tropa se racionó con lo poco que allí se encontrara, dieron orden de marchar hacia la sierra, en dirección al mismo pueblo de Val de Rebollo, de donde habíamos partido. Nada nos aconteció en el camino digno de contarse, hasta que nos unimos al ejército (pues tal nombre merecía) de D. Juan Martín, general en jefe de todas las fuerzas voluntarias y de línea que en aquel país operaban. El encuentro ocurrió en Moranchel. Venían ellos de Sigüenza por el camino de Mirabueno y Algora, y nosotros, que conocíamos su dirección, pasamos el Tajuña y lo remontamos por su izquierda.

Caía la tarde cuando nos juntamos a la gran partida. Los alrededores de Moranchel estaban poblados de tropa, que nos recibió con aclamaciones por la buena presa que llevábamos, y al punto la gente de nuestras filas se desparramó, difundiéndose entre la gente empecinada, como un arroyo que entra en un río. Encontré algunos conocidos entre los oficiales de línea del segundo y tercer ejército, que D. Juan Martín había recogido en distintos puntos, según las órdenes de Blake, y me contaron la insigne proeza de Calatayud, realizada algunos días antes.

Yo tenía suma curiosidad de ver al famoso Empecinado, cuyo nombre, lo mismo que el de Mina, resonaba en aquellos tiempos con   —52→   estruendo glorioso en toda la Península, y a quien los más se representaban como un héroe de los antiguos tiempos, resucitado en los nuestros como una prueba de la protección del cielo en la cruel guerra que sosteníamos. No tardé en satisfacer mi curiosidad, porque D. Juan Martín salió de su alojamiento para visitar a los heridos que habíamos traído desde Grajanejos. Cuando se presentó delante de su gente advertí el gran entusiasmo y admiración que a esta infundía, y puedo asegurar que el mismo Bonaparte no era objeto por parte de los veteranos de su guardia de un culto tan ferviente.

Era D. Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, una organización hecha para la guerra, una persona de considerable fuerza muscular, un cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la terquedad, el arrojo frenético del Mediodía, junto con la paciencia de la gente del Norte. Su semblante moreno amarillento, color propio de castellanos asoleados y curtidos, expresaba aquellas cualidades. Sus facciones eran más bien hermosas que feas, los ojos vivos, y el pelo, aplastado en desorden sobre la frente, se juntaba a las cejas. El bigote se unía a las pequeñas patillas, dejando la barba limpia de pelo, afeite a la rusa, que ha estado muy en boga entre guerrilleros, y que más tarde usaron Zumalacárregui y otros jefes carlistas.

Envolvíase en un capote azul que apenas dejaba ver los distintivos de su jerarquía   —53→   militar, y su vestir era en general desaliñado y tosco, guardando armonía con lo brusco de sus modales. En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos.

Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, y después de Mina, que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive. Al estallar la guerra se había echado al campo con dos hombres, como D. Quijote con Sancho Panza, y empezando por detener correos acabó por destruir ejércitos. Con arte no aprendido, supo y entendió desde el primer día la geografía y la estrategia, y hacía maravillas sin saber por qué. Su espíritu, como el de Bonaparte en esfera más alta, estaba por íntima organización instruido en la guerra y no necesitaba aprender nada. Organizaba, dirigía, ponía en marcha fuerzas diferentes   —54→   en combinación, y ganaba batallas sin ley ninguna de guerra, mejor dicho, observaba todas las reglas sin saberlo, o de la práctica instintiva hacía derivar la regla.

Suele ser comparada la previsión de los grandes capitanes a la mirada del águila que, remontándose en pleno día a inmensa altura, ve mil secretos escondidos a los vulgares ojos. La travesura (pues no es otra cosa que travesura) de los grandes guerrilleros puede compararse al vigilante acecho nocturno de los pájaros de la última escala carnívora, los cuales desde los tejados, desde las cuevas, desde los picachos, torreones, ruinas y bosques atisban la víctima descuidada y tranquila para caer sobre ella.

En las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa, y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun antes que el valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es   —55→   el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras.

Figuraos que el suelo se arma para defenderse de la invasión, que los cerros, los arroyos, las peñas, los desfiladeros, las grutas son máquinas mortíferas que salen al encuentro de las tropas regladas, y suben, bajan, ruedan, caen, aplastan, ahogan, separan y destrozan. Esas montañas que se dejaron allá y ahora aparecen aquí, estos barrancos que multiplican sus vueltas, esas cimas inaccesibles que despiden balas, esos mil riachuelos, cuya orilla derecha se ha dominado y luego se tuerce presentando por la izquierda innumerable gente, esas alturas, en cuyo costado se destrozó a los guerrilleros y que luego ofrecen otro costado donde los guerrilleros destrozan al ejército en marcha: eso y nada más que eso es la lucha de partidas; es decir, el país en armas, el territorio, la geografía misma batiéndose.

Tres tipos ofrece el caudillaje en España, que son: el guerrillero, el contrabandista, el ladrón de caminos. El aspecto es el mismo: sólo el sentido moral les diferencia. Cualquiera de esos tipos puede ser uno de los otros dos sin que lo externo varíe, con tal que un grano de sentido moral (permítaseme la frase) caiga de más o de menos en la ampolleta de la conciencia. Las partidas que tan fácilmente se forman en España pueden ser el sumo bien o   —56→   mal execrable. ¿Debemos celebrar esta especial aptitud de los españoles para consagrarse armados y oponer eficaz resistencia a los ejércitos regulares? ¿Los beneficios de un día son tales que puedan hacernos olvidar las calamidades de otro día? Esto no lo diré yo, y menos en este libro donde me propongo enaltecer las hazañas de un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, leal, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo, y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio.

Los españoles nacieron para descollar en varias y estimadísimas aptitudes, por lo cual tenemos tal número de santos, teólogos, poetas, políticos, pintores; pero con igual idoneidad sobresalen en los tres tipos que antes he indicado, y que a los ojos de muchos parece que son uno mismo, según las lamentables semejanzas que nos ofrece la historia. Yo traigo a la memoria la lucha con los romanos y la de siete siglos con los moros, y me figuro qué buenos ratos pasarían unos y otros en esta tierra, constantemente hostigados por los Empecinados de antaño. Guerrillero fue Viriato, y guerrilleros los jefes de mesnada, los Adelantados, los condes y señores de la Edad Media. Durante la monarquía absoluta, las guerras en país extraño llevaron a América, Italia, Flandes y Alemania a todos nuestros bravos. Pero aquellos gloriosos paseos por el mundo cesaron, y España volvió a España, donde   —57→   se aburría, como el aventurero retirado antes de tiempo a la paz del fastidioso hogar, o como don Quijote lleno de bizmas y parches en el lecho de su casa, y ante la tapiada puerta de la biblioteca sin libros.

Vino Napoleón y despertó todo el mundo. La frase castellana echarse a la calle es admirable por su exactitud y expresión. España entera se echó a la calle, o al campo; su corazón guerrero latió con fuerza, y se ciñó laureles sin fin en la gloriosa frente; pero lo extraño es que Napoleón, aburrido al fin se marchó con las manos en la cabeza, y los españoles, movidos de la pícara afición, continuaron haciendo de las suyas en diversas formas, y todavía no han vuelto a casa.

La guerra de la Independencia fue la gran academia del desorden. Nadie le quita su gloria, no señor: es posible que sin los guerrilleros la dinastía intrusa se hubiera afianzado en España, por lo menos hasta la Restauración. A ellos se debe la permanencia nacional, el respeto que todavía infunde a los extraños el nombre de España, y esta seguridad vanagloriosa, pero justa que durante medio siglo hemos tenido de que nadie se atreverá a meterse con nosotros. Pero la guerra de la Independencia, repito, fue la gran escuela del caudillaje, porque en ella se adiestraron hasta lo sumo los españoles en el arte para otros incomprensible de improvisar ejércitos y dominar por más o menos tiempo una comarca; cursaron la ciencia de la insurrección, y las maravillas de entonces las hemos llorado después con lágrimas   —58→   de sangre. ¿Pero a qué tanta sensiblería, señores? Los guerrilleros constituyen nuestra esencia nacional. Ellos son nuestro cuerpo y nuestra alma, son el espíritu, el genio, la historia de España; ellos son todo, grandeza y miseria, un conjunto informe de cualidades contrarias, la dignidad dispuesta al heroísmo, la crueldad inclinada al pillaje.

Al mismo tiempo que daban en tierra con el poder de Napoleón, y nos dejaron esta lepra del caudillaje que nos devora todavía. ¿Pero estáis definitivamente juzgados ya, oh insignes salteadores de la guerra? ¿Se ha formado ya vuestra cuenta, oh, Empecinado, Polier9, Durán, Amor, Mir, Francisquete, Merino, Tabuenca, Chaleco, Chambergo, Longa, Palarea, Lacy, Rovira, Albuín, Clarós, Saornil, Sánchez, Villacampa, Cuevillas, Aróstegui, Manso, el Fraile, el Abuelo?

No sé si he nombrado a todos los pequeños grandes hombres que entonces nos salvaron, y que en su breve paso por la historia dejaron la semilla de los Misas, Trapense, Bessieres, el Pastor, Merino, Ladrón, quienes a su vez criaron a sus pechos a los Rochapea, Cabrera, Gómez, Gorostidi, Echevarría, Eraso, Villarreal, padres de los Cucala, Ollo, Santés, Radica, Valdespina, Lozano, Tristany, y varones coetáneos que también engendrarán su pequeña prole para lo futuro.



  —59→  

ArribaAbajo- VI -

Perdóneseme la digresión y a toda prisa vuelvo a mi asunto. No sé si por completo describí la persona de D. Juan Martín, a quien nombraban el Empecinado por ser tal mote común a los hijos de Castrillo de Duero, lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina. Si algo me queda por relatar, irá saliendo durante el curso de la historia que refiero; y como decía, señores, D. Juan Martín salió de su alojamiento a visitar los heridos, y al regresar, envionos a mi compañero y a mí orden de que nos presentásemos a él.

Después de tenernos en pie en su presencia un cuarto de hora sin dignarse mirarnos, fija su atención en los despachos que redactaba un escribiente, nos preguntó:

-A ver, señores oficiales, díganme con franqueza, qué les gusta más, ¿servir en los ejércitos regulares o en las partidas?

-Mi general -le respondí- nosotros servimos siempre con gusto allí donde tenemos jefes que nos den ejemplo de valor.

No nos contestó y fijando los ojos en el oficio que torpemente escribía el otro a su lado, dijo con muy mal talante:

-Esos renglones están torcidos... ¡Qué dirá el general cuando tal vea!... Pon muy claro y   —60→   en letras gordas eso de obedeciendo las órdenes de vuecencia... pues. Después de los latines... (porque estos principios son latines o boberías), pon: participo a vuecencia y pongo en conocimiento de vuecencia; pero son éstos muchos vuecencias juntos...

El Empecinado se rascaba la frente buscando inspiración.

-Bueno: ponlo de cualquier modo... Ahora sigue... que hallándonos en Ateca el general Durán y yo... Animal, Ateca se pone con H... eso es, que hallándonos en Ateca, risolvimos... está muy bien... risolvimos con dos erres grandes a la cabeza... así se entiende mejor... atacar a Calatayud... Calatayud también se pone con H... no, me equivoco. Maldita gramática.

Luego, volviéndose a nosotros, nos dijo:

-Aguarden ustedes un tantico que estoy dictando el parte de la gran acción que acabamos de ganar.

Emprendiéndola de nuevo con el escribiente, prosiguió así:

-¡Si tú supieras de letras la mitad que aquel bendito escribano de Barrio-Pedro, que nos mataron el mes pasado! Estas letras gordas y claras, con un rasguito al fin que dé vueltas, y los palos derechitos... Cuidado con los puntos sobre las íes... que no se te olviden... ponlos bien redondos... Sigamos. Yo (coma) no llevaba conmigo (coma) más que la mitad (coma) de la gente (dos comas).

-No son necesarias tantas comas -replicó con timidez el escribiente.

  —61→  

-La claridad es lo primero -dijo el héroe- y no hay cosa que más me enfade que ver un escrito sin comas, donde uno no sabe cuándo ha de tomar resuello. Bien; puedes comearlo como quieras... Adelante... porque había dejado en tierra de Guadalajara la división de D. Antonio Sardina; pero Durán llevaba consigo toda su gente, y toda la de D. Antonio Tabuenca y D. Bartolomé Amor (punto, un punto grande). Reuníamos entre todos 5.000 hombres... ¿Hombres con h? Me parece que se pone sinh... No estoy seguro. En el infierno debe estar el que inventó la otografía, que no sirve más sino para que los estudiantes y los gramáticos se rían de los generales... Adelante: Pues como iba diciendo a vuecencia... no, no: quita el como iba diciendo... eso no es propio, y pon: el 26 de Setiembre entre dos luces, aparecimos Durán y yo sobre Calatayud y les sacudimos a los franceses tan fuerte paliza...

-Eso de paliza -dijo el escribiente mordiendo las barbas de la pluma- no me parece tampoco muy propio.

-Hombre, tienes razón -repuso el Empecinado rascándose la sien y plegando los párpados-. Pero es lo cierto que no sabe uno cómo decir las cosas, para que tengan brío... En los oficios se han de poner siempre palabritas almibaradas, tales como embestir, atacar, derrotar, y no se puede decir les sacudimos el polvo, ni les espachurramos, lo cual, al decirlo, parece que le llena a uno la boca y el corazón. Escribe lo que quieras... Bien: les   —62→   embestimos, desalojándoles de la altura que llaman los Castillos, y pescando algunos prisioneros.

Entusiasmado por el recuerdo de su triunfo volviose a nosotros, y con semblante vanaglorioso nos dijo:

-Bien hecho estuvo aquello, señores. Si les hubiesen visto ustedes cómo corrían... Y eso que ya había mucha diferiencia en las fuerzas. Ellos eran más... Pon eso también -añadió dirigiéndose al escribiente-, pon lo de la diferiencia... así, está bien. Ahora sigue: La guarnición se encerró en el convento fortificado de la Merced, y los mandaba un tal musiú Muller... escribe con cuidado eso del musiú... se pone MOSIEURRE... muy bien... Ahora descansemos, y un cigarrito.

D. Juan Martín nos dio a cada uno de los presentes un cigarro de papel, y fumamos. Aunque habló por breve rato de asuntos ajenos a la acción de Calatayud, el general no podía apartar de su mente la comunicación que estaba redactando, y dijo a su amanuense.

-Vamos a ver. Adelante. Pues como iba diciendo a vuecencia... no: eso no; ¡maldita costumbre! Pon Durán atacó el convento de la Merced, y como no tenía artillería, abrió minas... en fin, para no cansar a vuecencia, Durán los amoló.

El escribiente, comiéndose otra vez las barbas de la pluma, miró al general con expresión dubitativa.

-Tienes razón -dijo el Empecinado-. Pero   —63→   si esta maldita lengua mía no sirve para nada... ¿Por qué no he de poder poner en un oficio amolar, reventar, jeringar, y otras voces que expresan la idea con fuerza?... y no que ha de estar usted plegando la boca como un señoritico para decir nuestra ala derecha hizo retroceder al enemigo, y otras pamemas que están bien en labios de damiselas y abates verdes. Pon que Durán derrotó a los franceses y se zampó dentro del convento, y escribe el vocablo que quieras, porque una de dos: o dejamos las armas para aprender la gramática y las retóricas, o hamos de escribir lo que sabemos. Adelante. Ahora letra muy clara y redondita y bien comeado el párrafo. Oye bien. Mientras Durán se cubría de gloria en la Merced (esto sí está bien parlado y no criticarán los bobos del ejército) yo me fui con mi gente al puerto del Fresno10, maliciándome... no, maliciándome no, sospechando que el francés de Zaragoza vendría por allí con ojepto (muy clarito eso de ojepto, que es palabreja peliaguda) de auxiliar al de Calatayud... (auxiliar con X grande que se vea bien) y en efecto, Ezcelentísimo señor, el 1º de Octubre apareció una columna francesa, a la cual escabeché... No, ya se han reído mucho otra vez porque dije escabechar... ¡como si hubiera en castellano alguna otra palabra para expresar lo que quiere decir esta!... En fin, para no cansar a vuecencia, desbaratamos la columna; matándole mucha gente, y cogiendo muchos prisioneros, entre ellos al coronel Mosieurre (muy clarito eso) Guillot...   —64→   Ahora se añadirá lo de Grajanejos, y que conseguido nuestro fin, Durán se retiró por un lado y yo por otro, y me vine a la sierra, donde espero las órdenes de vuecencia, Dios guarde a vuecencia... Vamos, Recuenco, pronto, ponlo en limpio, lo firmaré y se llevará al momento... Letra clara y hermosa.

Concluyó al fin Recuenco, que así llamaban al escribiente, el oficio que firmó D. Juan Martín con nombre y apellido, acompañados de una rúbrica harto adornada de rasgos, y luego se cerró con las obleas rojas para enviarle a su destino. Satisfecho el héroe de su obra, no se ocupó más del asunto, y departió un rato con nosotros, demostrándonos confianza suma.

-A esta fecha -nos dijo, después que le contamos algo de los sucesos políticos de Cádiz- ya debe estar hecha la Constitución. Veremos si hay alguien que ponga la mano en ella para quitarla. Yo, a ser la Regencia y las Cortes, les metería el resuello en el cuerpo a todos esos mandrias servilones... No sé para qué estamos aquí los hombres que sostenemos la guerra. Como defendemos a España, defenderemos mañana la Constitución. Dicen que será hasta allí... una ley liberal y española que meta en cintura a los que no la quieran... Pero todos la queremos. Está la gente entusiasmada con la Constitución... Hay que oírles... Y dicen que nuestro cautivo monarca está contentísimo de que la hayamos hecho.

-Así debe ser.

-Y díganme ustedes: ¿han oído ustedes hablar   —65→   a D. Agustín Argüelles, a García Herreros y a Muñoz Torrero? Parece que no se muerden la lengua.

-Los tres son eminentes oradores.

-¡Buena gente tenemos en España! Cuando se acabe la guerra se formará un gobierno regular con todos los hombres ilustres, y ya no tendremos más Godoyes. El pícaro gobierno absoluto es la peor cosa del mundo.

-En esta guerra -dije- han salido muchos hombres distinguidos, que después en la paz servirán al Estado de otro modo.

-Así será; pero no yo -repuso con modestia-, pues cuando esto se acabe me meteré en Castrillo de Duero o en Fuentecén y con un par de mulas... después de la guerra, lo único que me gusta es la labranza. No pienso poner los pies en la Corte. Si algún día necesita el rey de mí contra los serviles, allá voy. España, el rey, la Constitución: ese es mi remoquete. Nada más. Yo no hago la guerra como otros, por ganar perifollos, grados ni riquezas. Han de saber ustedes que yo soy muy militar, y que desde muy niño supe manejar las armas. Mis padres no querían que fuese soldado; pero tal era mi afición, que a los diez y seis años me escapé de la casa paterna para alistarme en el ejército. Mi padre me libertó del servicio y casi arrastrando llevome a Castrillo; pero cuando cerró el ojo volví a las andadas, y alistándome en el regimiento de caballería de España, estuve en la guerra del Rosellón. Concluida, volví a mi casa y en Fuentecén me casé.

  —66→  

»Tranquilo vivía cultivando mis tierras, cuando se dijo que al rey Fernando se lo llevaban a Francia. Yo quería echarme al campo11; porque esta canalla francesa me cargaba, señores, y cuando la gente de aquí se entusiasmaba con Napoleón, yo decía: Napoleón es un infame. Si entra Fernando en Francia, no sale hasta que le saquemos... No me quisieron creer... Vino Mayo y al fin se descubrió el pastel. Yo no podía aguantar más y me picó mostaza en la nariz. Llamé a Juan García y a Blas Peroles, y les dije: ¿Nos echamos o no nos echamos? Ellos me contestaron que ya tenían pensado salir a matar franceses, y en efecto, salimos. Éramos tres. Nos pusimos en el camino real a cuatro leguas de Aranda, en un punto que llaman Honrubia, y allí a todo correo francés que pasaba, le arreglábamos la cuenta. Fue llegando gente y se formó una partidilla... La verdad es que no sé cómo se formó. La partida se hizo ejército y aquí estamos. Me han hecho brigadier. Yo no lo he pedido. Quieren que sea general... He servido a la patria con fe, y también con buen resultado, ¿no es verdad?».

-La fama del Empecinado -respondió mi compañero- llena toda la extensión de España.

-Me han dicho que la gente de Cádiz, los políticos y los periodistas se ríen de mí -dijo D. Juan Martín frunciendo el ceño-, porque una vez dije la mapa en vez de el mapa. Los militares no estamos obligados a estar siempre con el libro en la mano, viendo cómo se dicen   —67→   y cómo no se dicen las cosas. Yo sé mi obligación, que es perseguir a los franceses.

Lo demás no me importa. Mi deseo es que se diga mañana: «El Empecinado cumplió con su deber».




ArribaAbajo- VII -

Después recayó la conversación sobre la tropa que acaudillaba, y nos dijo:

-Muchas satisfacciones me causa la guerra, entre ellas la del buen resultado de mis operaciones; pero no es pequeño gusto esto del cariño que me tiene mi gente. Todos ellos, señores oficiales, se dejarían matar por mí. Verdad es que yo no les trato mal. Pero vamos al decir que yo tengo a mis órdenes a los hombres más honrados del mundo. Ninguno de ellos es capaz de faltar ni tanto así.

Cuando esto dijo, sentimos a nuestra espalda un gruñido, un monosílabo dubitativo, una de esas exclamaciones inarticuladas, que no diciendo nada, lo expresan todo. Detrás de nosotros, tendido sobre un gran arcón de pino estaba un hombre, a quien atribuimos la emisión de aquel gutural elocuente sonido. Levantose pesadamente de su improvisado lecho, estiraba los brazos y piernas para desperezarse, cuando D. Juan Martín le dijo:

  —68→  

-¿Qué tiene usted que decir, Sr. D. Saturnino Albuín? ¿No cree usted como yo que la gente que está a nuestras órdenes es la mejor del mundo?

-Según y cómo -dijo Albuín adelantándose con los ojos medio cerrados para resguardar de los rayos de luz sus pupilas, recién salidas de la oscuridad del sueño.

He aquí cómo era, si no me engañan los recuerdos que guarda en su archivo mi memoria, aquel célebre guerrillero, de quien hasta los historiadores franceses hablan con gran encomio. Don Saturnino Albuín, llamado el Manco, había adquirido la mutilación que fue causa de tal nombre en una acción entablada en el Casar de Talamanca. Su mano derecha fue por mucho tiempo el terror de los franceses. Era un hombre de mediana edad, pequeño, moreno, vivo, ingenioso, ágil cual ninguno, sin aquel vigor pesado y muscular de D. Juan Martín; pero con una fuerza más estimable aún, elástica, flexible, más imponente en los momentos supremos, cuanto menos se la veía en los ordinarios. Si el Empecinado era el hombre de bronce, a cuya pesadez abrumadora nada resistía, Albuín era el hombre de acero. Mataba doblándose. Su cuerpo enjuto parecía templado al fuego y al agua, y modelado después por el martillo. Yo le vi más tarde en varios encuentros y su arrojo me llenó de asombro. Cuando se oían contar sus proezas, apenas se daba crédito a los narradores, y no es extraño que un general francés dijese de Albuín: Si este hombre hubiera militado en   —69→   las banderas de Napoleón, ya sería mariscal de Francia.

Vestía D. Saturnino traje de paisano con pretensiones de uniforme militar, y su chaquetón, donde lucían las charreteras y los mustios y mal cosidos bordados, estaba lleno de agujeros. Los codos del héroe, no inferior a Aquiles en el valor, se parecían a los de un escolar. En sus pantalones se veían los trazados y dibujos de la aguja remendona y zurcidora, y el correaje del trabuco que llevaba a la espalda y de las pistolas y sable pendientes del cinto, hacía poco honor a la administración de fornituras de aquel ejército. Todo esto probaba que las campañas de la partida no eran tan lucrativas como gloriosas.

-Según y cómo -repitió Albuín, poniendo su única mano sobre la mesa y atrayendo a sí la atención de los que estábamos presentes-. Eso de que todos sean gentes honradas no es verdad, señor D. Juan Martín. Los calumniadores, los chismosos que están siempre trayendo y llevando cuentos al general, ¿pueden ser gentes honradas?

-Amigo Albuín -contestó el Empecinado-, usted tiene tirria a dos o tres personas de este ejército, y por eso se le antojan los chismes y enredos.

-Sí señor, chismes y enredos, y lo sostengo -afirmó D. Saturnino-, lo sostengo aquí y en todas partes. ¿Cómo se llama si no el venir aquí contándole a usted lo que yo dije y lo que me callé? Yo no digo nada más que la verdad, y no en secreto sino públicamente,   —70→   delante de Juan y de Pedro, de fulanito y de perencejo. Y esto que he dicho, ahora lo voy a repetir.

-Pues lo oiremos.

-Y no es más sino que digo y repito y sostengo -replicó Albuín con energía- que aquí se está uno batiendo, se está uno matando, se está uno destrozando el alma y el cuerpo; pasan meses, pasan años, y con tanto trabajar no salimos nunca de la miseria. Señores que me oyen, digan si es justo que D. Saturnino Albuín no tenga otros calzones que estos guiñapos que lleva en las piernas.

Hubo un momento de silencio, durante el cual todos contemplamos la prenda indicada, que en efecto no era digna de figurar sobre el cuerpo de quien habría sido mariscal de Francia, si hubiera servido a Napoleón.

-Sr. D. Saturnino -dijo gravemente don Juan Martín-, después del valor, la primera virtud del soldado es la humildad. Nosotros no combatimos por dinero: combatimos por la patria. Me ha dicho usted que sus calzones están un sí es no es destrozadillos. Tortas y pan pintado, amigo D. Saturnino. La guerra trae tales desgracias; el buen soldado no mira a su cuerpo, señores: el bueno soldado no fija los ojos más que en el cielo y en el enemigo.

Y luego, desabotonándose el uniforme, añadió:

-Señores, si les ha llamado la atención que don Saturnino lleve unos calzones rotos, miren hacia acá y verán que el Empecinado no tiene camisa.

  —71→  

Efectivamente, el uniforme abierto dejaba ver el velludo pecho del héroe.

-Y no me quejo, señores -prosiguió abotonándose-, no estoy siempre glarimeando como el señor Albuín. De aquí en adelante voy a mandar venir de la Corte una docena de sastres para que vistan de seda y brocado a mi oficialidad.

-Sr. D. Juan Martín -dijo el Manco-, no venga echándosela de anacoreta, usted no tiene camisa porque no quiere, porque es un desastrado y un facha. Señores, ¿les parece a ustedes propio de un general quitarse la camisa en medio del camino para dársela a un viejo pedigüeño que se quejaba de frío?... Basta de farsas. Ello es que nosotros luchamos, nosotros nos batimos y para nosotros no hay pagas, para nosotros no hay recompensa, para nosotros no hay más que palos, fríos, calores, lluvias, fatigas y por último una muerte gloriosa que para maldito nos sirve, si es que no nos coge en pecado mortal, para acabar de divertirse uno en los infiernos.

-¿El Sr. Albuín quiere dinero? -dijo el general-. Pues bien sabe ya que no se lo puedo dar. Casi todo lo que se recauda se entrega a la junta, y si ésta no da pronto las pagas porque hay muchas cosas que atender, ya las dará. En el ínterin nosotros nos cobramos en trigo, en cebada en paja, en almortas, en bellotas, en centeno y en otras comibles especies que vamos recogiendo por los pueblos.

-Y que yo le regalo al Sr. D. Juan Martín -replicó vivamente el Manco-, para que con   —72→   tales especies mantenga a su mujer y a sus hijos, y se llene el buche a sí propio, y se vista y calce... Pero voy a lo principal... ¡Ah, señor general de mi alma! Nosotros somos unos bobos, porque mientras usted y yo estamos el uno sin calzones y el otro sin camisa, en la partida hay quien se ríe de vernos desnudos y sin un cuarto.

-No dudo que tengamos aquí algunas personas ricas, como por ejemplo...

-No es eso, no, Sr. Martín Díez -replicó el Manco-. Estos de que hablo aparentan ser más pobres que las ratas, y son de los que todos los días nos piden un cigarro y dos cuartos para aguardiente; pero son de los que acaparan, de los que embaúlan lo que se recoge, de tal modo, que ni la junta ni cien juntas saben a dónde ha ido a parar. Y aguante usted esto, sí señor; aguántelo usted... y déjese usted matar por la patria y por el rey... En resumidas cuentas, se acabará la guerra, y los que lo han hecho todo quedaranse más pobres que antes, mientras que los uñilargos (aquí hizo el Manco con los dedos de su única mano un gesto muy expresivo) irán a Madrid a comerse en paz lo que han merodeado a nuestra costa. Si somos unos héroes, Sr. D. Juan Martín, si la historia se va a ocupar de nosotros y a ponernos por las nubes; pero comeremos pedazos de gloria y páginas de libro.

-Amigo Albuín -dijo el general-, tan acostumbrado estoy a su genio endemoniado, que no me coge de nuevo lo que me ha dicho, y le perdono sus bravatas. ¡El demonio es don   —73→   Saturnino! ¿Y quién al oírle diría que es el hombre mejor del mundo?... ¿Con qué dinero?... ¿Para qué quieren las personas de bien el dinero? Aquí no hay gente viciosa. Los empecinados no combaten sino por la gloria, por la libertad, por la independencia.

-Bueno es todo eso -repuso Albuín-; pero otros jefes de la partida, tales como Chaleco, Chambergo, Mir y el Médico, todos personas muy completas y honradas, sin dejar de poner a la patria sobre su cabeza, cuidan de asegurar el porvenir de sus familias, y hombre hay entre esos que ha hecho su capital en un quítame allá esas pajas.

-Conversación. Ni Chaleco ni Mir tienen sobre qué caerse muertos.

-No hablemos más -dijo D. Saturnino-, porque pierdo la paciencia. El general hará lo que guste; pero yo no sé hasta dónde podré resistir.

-Usted resistirá hasta la misma fin del mundo12 -dijo el Empecinado mirando a su subalterno con severidad-. Basta ya de retruécanos, que me voy atufando con los humos de estos caballeros. Uno pide por aquí, otro por allí... Obediencia, Sr. Manco, obediencia y humildad -añadió golpeando la mesa-. Aquí todos semos pobres y yo el primero... Con que no digo más... Cada uno a su puesto, y prepararse para mañana.

-Buenas noches -dijo Albuín secamente.

-¿No reza usted el rosario conmigo?

-Lo rezaré con mosén Antón -repuso el guerrillero volviendo la espalda.



  —74→  

ArribaAbajo- VIII -

Mi compañero y yo nos retiramos a nuestro alojamiento, donde disfrutábamos la compañía de los más respetables individuos de aquel ejército. Ocupeme primero en escribir a la Condesa, de quien había tenido carta dos días antes con nuevas poco satisfactorias, y luego pensé en dormir un rato. Estábamos en una anchurosa estancia baja. Junto al hogar, el Sr. Viriato contaba al amo de la casa las más estupendas mentiras que he oído en mi vida, todas referentes a fabulosas batallas, encuentros y escaramuzas que harían olvidar los libros de caballerías, si pasaran de la palabra a la pluma y de la pluma a la imprenta. Oía todo el patrón con la boca abierta y dando crédito a tales invenciones, cual si fueran el mismo Evangelio.

El Sr. Pelayo roncaba en un rincón y no se sabía el paradero del gran Cid Campeador ni de la señáDamiana. Despierto, inquieto, agitado, el descomunal clérigo mosén Antón se paseaba de un extremo a otro de la pieza, midiendo el piso con sus largos zancajos. Parecía un macho de noria. Sentado, meditabundo, sombrío, tétrico, D. Saturnino Albuín de tiempo en tiempo miraba al clérigo, como con deseo de hablarle. Deteníase a veces   —75→   Trijueque ante su colega; mas dando un gruñido tornaba a los paseos, hasta que el Manco rompió el silencio, y dijo:

-Esto no puede seguir así.

-No, no mil veces. ¡Me reviento en Judas! -replicó el cura-. Eso de que hombres de esta madera sean tratados como chicos de escuela, no puede aguantarse más.

-Justo, como a chicos de escuela nos tratan -repuso Albuín-. Maldito sea el dómine y quien acá lo trajo.

-Yo, Sr. D. Saturnino -dijo mosén Antón parándose ante su compañero-, estoy decidido a marcharme a otro ejército. Me iré con Palarea, con Durán, con Chaleco, con el demonio, menos con D. Juan Martín.

-Y yo. Me creería digno de estar envuelto en trapos como el Empecinadillo y de pedir la teta al entrar en un pueblo, si sufriera más tiempo la humillación de servir sin pagas, sin ascensos, sin botín, sin remuneración ni provecho alguno.

-El corazón de manteca de nuestro jefe, me obligará a abandonarle -dijo Trijueque-. Así no se puede seguir la guerra. Entre él y D. Vicente Sardina están haciendo todo lo posible para que el mejor día nos cojan los franceses, y den buena cuenta de nosotros.

-Ya lo estoy viendo. Y acá para entre los dos, Sr. Antón -dijo con rencoroso acento Albuín-, ¿no es un escándalo que mientras nos recomienda la humildad, él acepta el grado de Brigadier, y mientras nos tiene en la última miseria, él se está amontonando...?

  —76→  

Mosén Antón puso todo su espíritu en ojos y oídos para atender mejor.

-Amontonando, sí -continuó D. Saturnino accionando con la mano manca-. Eso bien claro se ve. Pues qué, ¿todo el dinero que se recoge y que él manda entregar a la junta de Guadalajara, va a su destino? ¡Patarata! Mucho gimoteo y mucho decir que no tiene camisa; pero la verdad es que buenos sacos de onzas manda a Fuentecén y a Castrillo. ¡Sr. Trijueque, están jugando con nosotros, están comerciando con nuestro trabajo y nuestro valor, nos están chupando la sangre, compañero! Ellos, él mejor dicho, se atiforra los bolsillos, y nuestros hijos, digo, mis hijos, no tienen zapatos.

Mosén Antón sin responder nada dio media vuelta, siguiendo en su inquieto pasear.

-Yo supongo -dijo el Manco- que usted tiene las mismas quejas que yo... Yo supongo que el insigne mosén Antón, terror de la Francia y del rey José, no tendrá un cuarto en el arca de su casa, ni en el bolsillo de los calzones.

Trijueque parose ante el Manco, y metiendo ambas manos en la respectiva faltriquera del calzón, volviolas del revés, mostrando su limpieza de todo, menos de migas de pan, de pedacitos de nuez y otras muestras de sobriedad. Tomando las puntas de las faltriqueras y estirándolas y sacudiéndolas, habló así con cavernoso y terrorífico acento:

-Mis bolsillos están vacíos y limpios como mis manos que jamás han robado nada. Lo   —77→   mismo está y estará toda la vida el arca de mi casa, donde jamás entra otra cosa que el diezmo y el pie del altar. Pobre soy, desnudo nací, desnudo me hallo. Para nada quiero las riquezas, Sr. D. Saturnino. Sepa usted que no es la vaciedad y limpieza de estas faltriqueras lo que me contrista y enfada; sepa usted que para nada quiero el dinero; sepa usted que se lo regalo todo a D. Juan Martín, a D. Vicente Sardina y demás hombres de su laya; sepa que yo no pido cuartos: lo que pido es sangre, sí señor, ¡sangre!, ¡sangre!

Yo estaba luchando con el sopor al oír este diálogo, y en el desvanecimiento propio de los crepúsculos del sueño, retumbaba en mis oídos con lúgubres ecos, la palabrasangre, pronunciada por aquel gigante negro, cuyo aspecto temeroso habría infundido miedo al ánimo más denodado.

-¡Sangre! -repitió Albuín fijando los ojos en el suelo, y un poco desconcertado al ver que las ideas de mosén Antón no respondían de un modo preciso a sus propias ideas-. Bastante se derrama.

-¡Me reviento en el Iscariote! -prosiguió el cura soltando los bolsillos, que quedaron colgando fuera como dos nuevas extremidades de su persona-. D. Juan Martín y D. Vicente Sardina están de algún tiempo a esta parte por las blanduras; no quieren que se fusile a nadie, ni aun a los franceses; no quieren que se pegue fuego a los pueblos, ni que se extermine la maldita traición, ni el pícaro afrancesamiento donde quiera que se encuentre.

  —78→  

Albuín miró a su colega, y después de una pausa, dijo con frialdad:

-Sí, es preciso castigar a los pueblos.

-¡Cómo castigar! Yo les quitaría de enmedio, que es lo más seguro. De algún tiempo a esta parte, desde que D. Juan Martín ha dado en el hipo de mimar a los pueblos, estos favorecen a los franceses. ¿No lo está usted viendo, Sr. D. Saturnino? Los enemigos mandan comisionados secretos a estos lugares de la Alcarria; reparten dinero, se congracian con los aldeanos, y de aquí que el enemigo encuentre siempre qué comer y nosotros no. Toda esta tierra está llena de espías. No hay más que un medio para manejar a tan vil canalla. ¿Se coge a un pastor de cabras? Fusilado. Así no irá con el cuento. ¿Llegamos a un pueblo? A ver: vengan acá los más talluditos del lugar, los de más viso, el alcalde si lo hay... Cuatro tiros, y se acabó. ¿Se encuentran en tal punto algunos hombres útiles que no han tomado las armas? Pues a diezmarlos o quintarlos, según su número, y no se hable más del asunto... No se hace esto, bien sabe usted por qué. Los pueblos se ríen de nosotros... entramos como salimos, y salimos como entramos... Los destacamentos franceses recorren tranquilos todo el país, agasajados por los alcarreños... ¡Cuando uno piensa que todo esto se podría remediar con un poco de pólvora...! ¡Sí, y habrá bobos que crean que de tal manera vamos a traer a D. Fernando VII...! Por este camino, Sr. D. Saturnino, tendremos pronto que ir a besarle la zapatilla a José Botellas.

  —79→  

Dijo esto último en tono de burla y sonriendo, lo cual producía una revolución en su fisonomía y gran sorpresa en los espectadores, pues el desquiciamiento de sus quijadas, y la aparición inesperada de sus dientes, eran fenómenos que rara vez turbaban la armonía de la creación en el orden físico. Terminó para mí la conversación en aquella sonrisa del ogro, porque me vencía paulatinamente el sueño, y al fin sumergime en el océano de las oscuridades y del silencio, donde se me apareció de nuevo más terrible, más siniestra que en el mundo real la inverosímil sonrisa de mosén Antón.




ArribaAbajo- IX -

-¿A dónde vamos? -pregunté en la mañana siguiente al Sr. Viriato, viendo que la partida se disponía a marchar a toda prisa.

-Vamos a donde nos quieran llevar -repuso-. Parece que iremos hacia Molina. ¡Hermosa vida es esta, amigo D. Gabriel! Si durara siempre, debería uno estar satisfecho de ser español. Somos la gente más valerosa y guerrera del mundo. ¿Para qué queremos más? Es una brutalidad estarse matando delante de un telar de lana, como los tejedores de Guadalajara, o hacer rayas en la tierra con el arado, como los labriegos de la campiña de Alcalá. ¿No es mucho mejor esta vida? Se come lo que   —80→   se encuentra. Dios, que da de comer a los pájaros, no deja perecer de hambre al guerrillero.

Echome este discurso el Sr. Viriato, mientras el Sr. D. Pelayo, que no había podido pasar de asistente, ensillaba el caballo de don Vicente Sardina y el del propio Viriato. Llegó a la sazón el buen Cid Campeador repartiendo un poco de aguardiente, y nos dijo:

-Hay que tomar bríos, porque la jornada será larga. Dicen que vamos hacia Molina.

-El general -dijo la señáDamiana Fernández, que apareció pegándose en las faldas un remiendo arrancado a los abrigos del Empecinadillo- quiere que vayamos a un punto; mosén Antón quiere que vayamos a otro punto, y D. Saturnino a otro punto. Son tres puntos distintos. Hace un rato estaban los tres disputando y los gritos se oían desde la plaza.

-De la discusión brota la luz -dijo Viriato con socarronería-, y el error o la verdad, señá Damiana, no se descubren sino pasándolos por la piedra de toque de las controversias.

-Antes estaban a partir un piñón -dijo D. Pelayo dando la última mano al enjaezado-, y lo que decía y mandaba el general era el santo Evangelio.

-Ahora cada cual tira por su lado -indicó el Cid Ruy-Díaz-, y los grandes capitanes de esta partida obedecen a regañadientes las órdenes del general.

La señá Damiana acercose más al grupo, y   —81→   apoyándose en la grupa del caballo, con voz misteriosa habló así:

-Muchachos, mosén Antón dijo ayer al Sr. Santurrias que se marcharía de la partida porque don Juan Martín es un acá y un allá.

-Señá Damiana -indicó Viriato-, las leyes militares castigan al soldado que critica la conducta de sus jefes. Si sigue vuecencia faltando a las leyes militares se lo diré al general para que acuerde lo conveniente.

-Señor Viriato de mil cuernos -repuso la mujer-, yo le contaré al general que vuecencia estaba ayer hablando pestes de él y diciendo que con las fajas y cruces y entorchados se ha convertido en una madama.

-Señá Damiana, por curiosear y meter el hocico en las conversaciones de los hombres, yo condenaría a vuecencia a recibir cincuenta palos. Las hembras a poner el puchero y a remendar la ropa.

-Si creerán que me dejo acoquinar por un sopista hambrón -dijo la guerrillera apartándose del grupo y tomando una actitud tan académica como amenazadora-. Aquí le espero, y verá que sirvo para algo más que para limpiarle el mugre de la sotana.

Se me figura que Viriato tuvo miedo. Lo cierto es que contempló de lejos los puños de la militara, y tomando el lance a risa, exclamó:

-¡Bien dice San Bernardo que la mujer es el horno del diablo! ¡Bien dice San Gregorio, ese fénix de las escuelas, señores, que la mujer tiene   —82→   el veneno del áspid y la malicia del dragón! Señá Damiana, baje esos brazos, abra esos puños y desarme esa cólera, que aquí todos somos amigos y no hemos de reñir por vocablo de más o de menos.

Un personaje, en quien no habíamos fijado la atención, terció de improviso en la disputa. Era el Crudo, hombre temible, fornido, bárbaro, de apariencia más que medianamente aterradora, pero de carácter noble, leal, franco y generoso, el cual, alzando la voz ante el concurso de estudiantes, les apostrofó así:

-Ya sé que ustedes son los que andan por ahí metiendo cizaña contra el general... El general lo sabe y va a hacer un escarmiento... Bien dije yo que los estudiantes y las mujeres no servirían más que para enredijos. En la partida hay traición, en la partida se trama alguna picardía. Ya parecerán los gordos; pero en el ínterin yo les advierto a los estudiantillos sin vergüenza que si les oigo decir una sola palabra que ofenda a nuestro querido general D. Juan Martín, les cojo y les despachurro.

Hizo un gesto tan elocuente, que los claros varones a quienes iba dirigida la filípica, tuvieron a bien callarse fijando en el suelo sus abatidos ojos.

Poco después marchábamos hacia las alturas de Canredondo, donde se nos unió la división de Orejitas. Este y D. Vicente Sardina siguieron la dirección de Huerta Hernando y la Olmeda, mientras el general en jefe, con D. Saturnino Albuín y casi toda la caballería,   —83→   se acercaba a la raya de Aragón por Sierra Ministra. No hallamos franceses en nuestro camino, ni tampoco gran abundancia de comestibles, pues los pueblos de aquella tierra habían dado ya a uno y otro ejército lo poco que tenían.

Al llegar cerca de Molina, conocimos que se nos llevaba a poner sitio a aquella histórica ciudad, guarnecida y fortificada entonces por los franceses. Ocupamos los lugares de Corduente, Ventosa, Cañizares, y pasando el río Gallo por Castilnuevo, cortamos el camino de Teruel y el de Daroca, por donde se temía que vinieran tropas enemigas en auxilio de la ciudad bloqueada. A los míos y a mí, con otras fuerzas que mandaba Trijueque, nos tocó esta última posición, la más arriesgada y difícil de todas, por lo que después hubimos de ver. Durante algunos días encerramos a los franceses dentro de la plaza sin permitir que les entrara cosa alguna. No podían hostilizarnos por ser pocos en número; pero nuestro gran peligro estaba en las fuerzas que esperábamos viniesen de Daroca.

Felizmente el general en jefe había previsto todo, y sabedor por sus espías de la salida de tres mil quinientos hombres de Daroca, abandonó la sierra para bajar a la carretera. Fue el 26 de Setiembre cuando sostuvimos en Cuvillejos una de las acciones más reñidas y sangrientas de aquel período. Venían mandados los franceses por el jefe de brigada Mazuquelli, y traían cuatrocientos caballos y   —84→   cuatro piezas de artillería, y si en el número no nos llevaban gran ventaja, teníanla sí, como es fácil comprender, en la organización. D. Saturnino ocupó las alturas de Rueda en cuanto se tuvo noticia segura de la aproximación del francés, y D. Vicente Sardina nos escalonó entre Anchuelas y Cuvillejos. Según su costumbre, venían los imperiales desprevenidos, con aquella fatua confianza que tanto les perjudicaba; pero bien pronto les sacamos de su distracción cayendo sobre ellos con el empuje propio de guerrilleros españoles, que tienen de su parte la elección de sitio, hora y el abrigo del terreno, con posición favorable y retirada segura.

No cansaré a mis lectores, describiéndoles con minuciosidad aquella batalla no mal dirigida por una parte y otra. Fue de las más encarnizadas que he visto, y nos hallamos más de una vez seriamente comprometidos. En una carga que nos dieron, no sé qué hubiera sido de la división de el Crudo, donde yo iba, si mosén Antón, desplegando aquel arrojo fabuloso e inverosímil de que sabía dar tan extraordinarias pruebas, no contuviese a los débiles y reunido a los dispersos, e impedido el desorden. Sublime y brutal, aquel monstruo del Apocalipsis arrojose en medio del fuego.

Brincó el descomunal caballo sobre el suelo, brincó el jinete sobre la silla y ambos inflamados en la pasión de la guerra, se lanzaron con deliciosa fruición en la atmósfera del peligro. El brazo derecho del clérigo, armado de sable, era un brazo exterminador que no caía   —85→   sino para mandar un alma al otro mundo. Detrás de él ¿quién podía ser cobarde? Su horrible presencia infundía pánico a los contrarios, los cuales ignoraban a qué casta de animales pertenecía aquel gigante negro, que parecía dotado de alas para volar, de garras para herir y de incomprensible fluido magnético para desconcertar. Un tigre que tomara humana forma, no sería de otra manera que como era mosén Antón.

Por otro lado D. Saturnino y el Empecinado, tuvieron que hacer grandes esfuerzos para aguantar el empuje de los franceses, y aunque al fin logramos derrotarles, obligándoles a volverse hacia Daroca, tuvimos muchas y sensibles pérdidas. El campo estaba sembrado de muertos y heridos de una y otra nación. Afortunadamente para nosotros, los franceses al retirarse no habían podido salvar sus bagajes, y en ellos halló nuestra hambre con qué satisfacerse y los heridos algunos remedios. Pero no se nos permitió largo descanso, ni tampoco auxiliar con calma a los que lo habían menester, y poco después de la victoria la partida emprendió la persecución del enemigo derrotado.

Los carros de que dispusimos se llenaron de heridos amontonados con desorden, y una pequeña fuerza rezagada se encargó de custodiarlos, dejándoles en los pueblos del tránsito. Los demás nos pusimos en marcha. Albuín iba de vanguardia, mortificando a los fugitivos a lo largo del camino de Yunta, y mosén Antón, obligado a marchar a retaguardia, bramaba   —86→   de ira por considerar su papel un poco deslucido en aquella expedición.

En las aldeas por donde pasamos tuvimos ocasión de presenciar escenas tristísimas, pero que eran inevitables en aquella cruel guerra. Los habitantes del país cometían mil desafueros y crueldades en los franceses rezagados, bien ahorcándolos, bien arrojándolos vivos a los pozos. Por una parte les impulsaba a esto su odio a los extranjeros, y por otra el deseo de congraciarse con los guerrilleros que venían detrás, y evitar de este modo que se les tachase de afectos al enemigo.




ArribaAbajo- X -

Más allá de Odón nos cogió la noche, y Sardina, permitiéndose descansar en un ventorrillo que a la entrada del lugar estaba, juntó alrededor de una mesa a cuatro o cinco oficiales, entre los cuales tuve el honor de encontrarme. Tratábase de ver qué gusto tenía una torta y un zaque de vino aragonés ofrecida13 al jefe por unos honrados labriegos de Odón. Sardina, dando rienda suelta a su humor festivo, reía de todo, de los franceses, de los empecinados, del pastel y del vino, que eran de lo peor. Mosén Antón golpeaba con la palma de su manaza la mesa, alzábase el gorro hasta la corona, para calárselo después hasta las cejas; escupía, hablaba palabras no entendidas,   —87→   hasta que interpelado bruscamente por su jefe, se expresó de este modo:

-Ya veo claro que se desea deslucirnos.

-¿Cómo deslucirnos?

-Esta división debió marchar delante picando la retaguardia a los franceses -exclamó Trijueque, echando fuera del cráneo casi todo el globo de los ojos-. Usted no ve estas cosas; usted tiene una frescura, una pachorra... Si yo fuera jefe de la división, al ver que me dejaban a retaguardia con intento manifiesto de deslucirme y oscurecerme, habría roto la espada y retirádome de este ejército.

-Querido Antón -dijo D. Vicente con bondad-, todos no pueden ir a vanguardia. Bastante nos hemos distinguido hoy, y esto de ir en los cuartos trasteros del ejército nos sirve de descanso.

-¡Descanso! -repuso el clérigo desdeñosamente-. ¡Que no he de oír en esa boca otra palabra!

-Si pensará el buen cura de Botorrita que todos somos de hierro como su reverencia.

-Lo que digo -gritó el clérigo dando sobre la mesa tan fuerte puñada, que el inválido mueble estuvo a punto de acabar sus días- es que si yo hubiera marchado delante con el Crudo y Orejitas, como era natural, y como lo indiqué a Juan Martín al fin de la batalla, los franceses habrían dejado la mitad de su gente entre las casas de Yunta. Pero ya... desde que Juan Martín se ha llenado de cruces y fajas y galones y entorchados como un generalote de los de Madrid, no nos permite   —88→   que nosotros los pobres guerilleros harapientos y sin nombre, hagamos cosa alguna que suene y sea llevada por la fama desde un cabo a otro de la Península. Para nosotros no trompetean los diarios de Cádiz; para nosotros no hay donativos ni suscriciones; nuestros humildes nombres no figuran en la Gaceta, ni por nosotros van las damas pidiendo de puerta en puerta, ni nadie dicelas hazañas de mosén Antón, las hazañas de Sardina, porque Sardina y Antón y Orejitas son tres almas de cántaro que han matado muchos franceses; pero que no se alaban a sí mismos, ni se ponen cintajos, ni tienen orgullo, ni tratan de humillar a los subalternos, ni echan sobre los demás la fatiga y sobre sí propios la gloria.

Púsose serio el jefe y volviéndose a su segundo, con las manos apoyadas en la cintura, fruncido el ceño, y haciendo repetidas insinuaciones afirmativas con la pesada cabeza, le dijo:

-Ya son muchas con esta las veces que ha dicho mosén Antón delante de mí palabras ofensivas a nuestro general; y francamente, amigo, me va cargando. Mosén Antón, usted no está contento en la partida, lo conozco; usted se cree humillado, postergado y ofendido... Pues largo el camino. Aquí no se quiere gente descontenta.

-Sí, me marcharé, me marcharé -dijo el clérigo trémulo de ira-. Si lo que quieren es que me marche. No saben cómo echarme. No me gusta estorbar, Sr. D. Vicente. Ya sé que   —89→   no sirvo más que para decir misa; otros hay en la partida más valientes que yo, más guerreros que yo. ¿De qué sirve este pobre clérigo?

-Nadie ha desconocido sus servicios; todos reconocen el gran mérito de mosén Antón, y principalmente el general le tiene en gran estima y le aprecia más que a ninguno otro de la partida.

-Menos cuando se dan al pobre clérigo los puestos más desairados; menos cuando se le niega confianza, no permitiéndole que mande un cuerpo de ejército; menos cuando se adoptan todos los pareceres distintos del suyo para empequeñecerle. Mosén Antón es un desgraciado, un botarate, un loco, un díscolo y un impertinente. Verdad es que mosén Antón suele acertar en los movimientos que dirige; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera ganado la batalla de Fuentecén, ni la del Casar de Talamanca, ni se hubiera entrado en la Casa de Campo de Madrid; verdad es que sin mosén Antón no se hubiera desbaratado el ejército del general Hugo... Pero esto no vale nada; mosén Antón es un pobre hombre, un envidioso, como dicen por ahí, un revoltoso que ha sembrado discordias en la partida... ¡Váyase mosén Antón con mil demonios!... ¡Qué holgada se quedará la partida cuando el clerigote pendenciero se marche lejos de ella!

-Verdaderamente -repuso Sardina con calma-, no falta razón para acusar a usted de díscolo, revoltoso, intratable e impertinente.   —90→   Pero hombre de Dios, ¿qué quiere usted? Pida por esa bocaza. No quisiera morirme sin ver a mi segundo satisfecho y contento siquiera un minuto.

-No pido ni quiero nada -dijo el guerrillero levantándose con tan poco cuidado, que sus rodillas, al pasar del ángulo agudo a la línea recta, dieron a la mesa un fuerte golpe, que la arrojó al suelo con platos y vasos.

-Hombre de Dios... -exclamó Sardina-. Otra vez, cuando se desdoble, ponga más cuidado... Nos ha dejado a medio comer. Ya se ve... para él todo esto del condumio es superfluo. Yo creo que mi jefe de Estado Mayor se alimenta con paja y cebada. Maldito sea él y sus cuatro patas.

Mosén Antón se había retirado sin oír más razones, y Sardina y los que le acompañábamos emprendimos también la marcha.

Mi inmediato jefe, hombre bondadosísimo y de excelente corazón, como habrán observado mis lectores, habíase aficionado a mi compañía y trato, y me distinguía y obsequiaba tanto, que me proporcionó un caballo para que a todas horas fuese a su lado. Sus bondades conmigo eran tales que me recomendaba al Empecinado con desmedido interés, y hacía de mí delante del general elogios tan inmerecidos, que sin duda debí a su mediación los grados que obtuve después de aquella campaña.

Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, me dijo señalando a mosén Antón, que iba a regular distancia de nosotros:

  —91→  

-Este clerigote es oro como militar; pero como hombre no vale una pieza de cobre. Parece mentira que Dios haya puesto en un alma cualidades tan eminentes y defectos tan enormes. No dudo en afirmar que es el primer estratégico del siglo. En valor personal no hay que poner a su lado a Hernán-Cortés, al Cid ni a otros niños de teta. Pero en mosén Antón la envidia es colosal, como todo lo de este hombre, cuerpo y alma. Su orgullo no es inferior a su envidia, y ambas pasiones igualan las inconmensurables magnitudes de su genio militar, tan grande como el de Bonaparte.

Contesté a Sardina que ya había formado yo del citado personaje juicio parecido, e indiqué también mis observaciones respecto a los síntomas de discordia que había notado en varios de la partida, a lo cual repuso:

-Esa mala yerba de las murmuraciones, de los disgustos y desconfianzas hanlas sembrado Trijueque y D. Saturnino, que también es hombre díscolo, aunque muy valiente.

Llegose a nosotros el señor Viriato rogando al jefe que le permitiera catar de un repuesto de aguardiente que detrás conducían en rellenos barriletes dos cantineros, a lo cual le contestó Sardina que avivase el andar y entraría en calor sin acudir a irritativas libaciones. El estudiantillo le contestó con aquella máxima latina:


    Si Aristóteles supiera
aliquid de cantimploris,
de seguro no dijera
motus est causa caloris.

  —92→  

Diole permiso Sardina para echar un trago a él y al Sr. Cid Campeador, y después sonó el guitarrillo que uno de ellos llevaba.

-Estamos rodeados de canalla -me dijo don Vicente-. Los ejércitos donde ingresa todo el que quiere, tienen ese inconveniente. La canalla, amigo mío, capaz es en ocasiones de grandes cosas, y hasta puede salvar a las naciones; pero no debe fiarse mucho de ella, ni esperar grandes bienes una vez que le ha pasado el primer impulso, casi siempre generoso. Eso lo estamos viendo aquí. Creo que el gran beneficio producido con la insurrección y valentías de toda esa gente que acaudillamos toca a su fin, porque pasado cierto tiempo, ella misma se cansa del bien obrar, de la obediencia, de la disciplina, y asoma la oreja de su rusticidad tras la piel del patriotismo. Gran parte de estos guerrilleros, movidos son de un noble sentimiento de amor a la patria; pero muchos están aquí porque les gusta esta vida vagabunda, aventurera, y en la cual aparece la fortuna detrás del peligro. Son sobrios, se alimentan de cualquier manera y no gustan de trabajar. Yo creo que si la guerra durase largo tiempo; costaría mucho obligarles a volver a sus faenas ordinarias. El andar a tiros por montes y breñas es una afición que tienen en la masa de la sangre, y que mamaron con la leche.

-Tiene usted mucha razón -le respondí-, y estas discordias y rivalidades que van saliendo en la partida prueban que tales cuerpos de ejército, formados por gente allegadiza, no pueden existir mucho tiempo.

  —93→  

Sardina, conforme con mi parecer, añadió:

-Por mi parte deseo que se acabe la guerra. Yo tomé las armas movido por un sentimiento vivísimo de odio a los invasores de la patria. Soy de Valdeaberuelo; diome el cielo abundante hacienda; heredé de mis abuelos un nombre, si no retumbante, honrado y respetado en todo el país, y vivía en el seno de una familia modesta, cuidando mis tierras, educando a mis hijos y haciendo todo el bien que en mi mano estaba. Mi anciano padre, retirado del trabajo y atención de la casa por su mucha edad, había puesto todo a mi cuidado. La paz, la felicidad de mi hogar fue turbada por esas hordas de salvajes franceses que en mal hora vinieron a España, y todo concluyó para mí en Julio de 1808, cuando apoderáronse del pueblo... Es el caso que yo volvía muy tranquilo del mercado de Meco, cuando me anunciaron que mi buen padre había sido asesinado por los gabachos y saqueada mi casa, incendiadas mis paneras... Aquí tiene usted la explicación de mi entrada en la partida. Dijéronme que mi compadre Juan Martín andaba cazando franceses... Cogí mi trabuco y junteme a él... Hemos organizado entre los dos esta gran partida que ya es un ejército... Hemos dado batallas a los franceses; nos hemos cubierto de gloria... pero ¡ay!, él y yo no ambicionamos honores, ni grados ni riquezas, y sólo deseamos la paz, la felicidad de la patria, la concordia entre todos los españoles, para que nos sea lícito volver a nuestra labranza y al trabajo honrado y humilde de los campos, que   —94→   es la mayor y única delicia en la tierra. Otros desean la guerra eterna, porque así cuadra a su natural inquieto, y me temo que éstos sean los más, lo cual me hace creer que, aun después de vencidos los franceses, todavía tendremos para un ratito.

-Pues yo -repuse-, aunque no tengo bienes de fortuna, ni nombre, ni porvenir alguno fuera de la carrera de las armas, siento muy poca afición a este género de existencia, y deseo que se acabe la guerra para pedir mi licencia y buscar la vida por camino más de mi gusto.

-¿Quiere usted hacerse labrador? Yo le daré tierras en arriendo -me dijo con bondad-, perdonándole el canon por dos o tres años. ¿Estamos en ello, amiguito?

-Reciba usted un millón de gracias dadas con el corazón, no con la boca -le dije-. Si alguna vez me hallo en el caso de utilizar, no esa generosidad que es demasiado grande, sino otra más pequeña, no vacilaré en acudir a hombre tan bondadoso.




ArribaAbajo- XI -

D. Juan Martín, luego que entramos en Aragón, tuvo a bien modificar el alto personal de su ejército. Encargó a Trijueque el mando del cuerpo que antes estaba a las órdenes de   —95→   Sardina, y puso a las de Albuín otra división, nombrando al D. Vicente jefe de Estado Mayor general de todo el ejército. De este modo quiso el jefe contentar a todos, principalmente al clérigo, cuya grande iniciativa militar necesitaba en verdad un mando de relativa independencia en que manifestarse. Yo me quedé en el cuartel general entre las tropas que el mismo Empecinado tenía a sus inmediatas órdenes.

Fuimos persiguiendo a los franceses hasta el mismo Daroca. Refugiados allí los restos de la destrozada división de Mazuquelli, dejamos aquella villa a nuestra derecha y marchamos en dirección a la Almunia, también ocupada por el enemigo, y destinada también por D. Juan Martín a padecer un bloqueo riguroso y tal vez un asalto. Hicimos marchas inverosímiles por Villafeliche con objeto de caer de improviso sobre la villa, antes que desde Zaragoza se le enviase auxilio, y nuestra correría fabulosa ponía en gran turbación a los franceses de Aragón que nos suponían en Molina y a los de Guadalajara que nos creían en la sierra desbaratados por Mazuquelli. Éramos como la tempestad que no se sabe dónde va a caer, ni es vista sino cuando ya ha caído.

El sitio de la Almunia duró bastantes días y la guarnición tuvo que entregarse, después que derrotamos a la columna enviada desde Zaragoza en socorro de aquella. Los franceses, buenos para una embestida, son la peor gente del mundo para defender plazas, porque carecen   —96→   de constancia y de aquel tesón admirable que dispone las almas a la resistencia.

Con motivo de la nueva distribución dada a nuestras fuerzas, dejé por algún tiempo de tratar de cerca a mosén Antón, el cual desempeñó un gran papel en la acción del 7 de Noviembre frente a los campos de la Almunia y en la del 20 junto a Maynar. Después de estos acontecimientos nos detuvimos algunos días en Ricla, y cuando el ejército salió a operaciones con intento de atacar a Borja y Alagón, quedó en aquella villa una pequeña fuerza destinada a custodiar los prisioneros.

Comenzaba Diciembre cuando ocurrió un acontecimiento no mencionado por la historia, pero que yo contaré por haber sido de suma trascendencia en el ejército empecinado y de gran influjo en el porvenir de aquellas rudas partidas de campesinos. Habiendo dispuesto el general el sitio de Borja, envió allá a Orejitas por Tabuenca, mientras Albuín se situaba en Matanquilla observando las tropas enemigas que vinieran de Calatayud. D. Juan Martín, que se hallaba sólo con algunas fuerzas en Alfamén, mandó que viniera a unírsele mosén Antón.

Por no acudir a tiempo el maldito clérigo, nos vimos en gran aprieto con la embestida inesperada que nos dieron los lanceros polacos, y a fe que si entonces no hubo milagro, poco faltó sin duda. Casi nos sorprendieron, y si nos salvamos y aun vencimos en encuentro tan formidable, fue porque el general, jamás acobardado ni aturdido, tuvo serenidad admirable,   —97→   y decidiéndose a tomar la ofensiva, dispuso sus escasas fuerzas de modo que pareciese tenerlas muy grandes en el inmediato pueblo. Salvonos la sangre fría primero y después el arrojo sublime de D. Juan Martín, con la práctica de las veteranas y escogidas tropas de caballería que mandaba. Concluida la acción, y cuando se retiraron los polacos, sin que pudiéramos perseguirlos, el héroe estaba furioso, y dijo a Sardina:

-De esto tiene la culpa mosén Antón. Los polacos no nos han frito porque no estaba de Dios. Ya tengo atravesado en el gañote a ese maldito clerigón, y me las ha de pagar todas juntas.

-Mosén Antón -dijo Sardina queriendo disculpar al que había sido su subalterno- tal vez no haya podido acudir a tiempo.

-¿Que no ha podido?... ¡Condenado le vea yo!... Ahora dirá que no sabía. Si mosén Antón estaba en Mesones como le mandé, los polacos debieron pasarle delante de las narices... Si no estaba ni está en Mesones, ¿por qué no vino? Trijueque me está abrasando las asaúras y ya no puedo con él... Trijueque ha visto a los polacos y en lugar de correr a auxiliarme se ha ido por otro lado, gozándose con la idea de que me derrotarían... ¡Críe usted cuervos, santo Dios bendito!... Ha tiempo que estoy viendo en la envidia de ese renegado un peligro para este ejército; pero he aguantado por el decir, porque no digan... pues... pero ya se acabó el aguante... ¡Mil demonios! De mí no se ríe nadie.

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Acabose de poner al día siguiente D. Juan Martín en punta de caramelo, con la llegada de un emisario de Orejitas, que anunciaba haber levantado el sitio de Borja, ante la presencia de una fuerte columna enemiga. El guerrillero echaba la culpa de esta contrariedad a mosén Antón, que en vez de unírsele, había tomado la dirección de Tabuenca, sin que nadie supiese con qué fin.

Dábase a todos los demonios el general en jefe, cuando llegó otro correo de D. Saturnino Albuín diciendo que juntos este y mosén Antón Trijueque habían ganado una gran victoria en Calcena, matando setenta franceses.

-Váyase lo uno por lo otro -dijo el Empecinado-. Ya sabía yo que la mano derecha de D. Saturnino había de dar algún porrazo bueno por ahí... Pero se ha levantado el sitio de Borja y eso no me gusta. Sr. D. Vicente, entre Albuín y Trijueque se proponen hacerme pasar por un monigote... Que ganen batallas enhorabuena, pero sin echarme abajo mis planes; porque yo tengo mis planes, y mis planes son atacar a Borja, y después a Alagón, para obligarles a que saquen tropas de Zaragoza... Pero vamos, vamos a Calcena a ver qué victoria ha sido esa. Esos dos guerrilleros de Barrabás merecen al mismo tiempo la faja de generales por su bravura y se les den cincuenta palos por su desobediencia. En marcha.



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ArribaAbajo- XII -

Al llegar a Calcena, después de medio día de marcha, advertí que el general era recibido por la tropa con alguna frialdad. Parte del pueblo ardía y los desgraciados habitantes, más cariñosos con D. Juan Martín que su misma tropa, salían al encuentro de este, suplicándole pusiese fin al incendio y al saqueo. Una mujer furiosa adelantose por entre los caballos y deteniendo enérgicamente por la brida el del general, exclamó más bien rugiendo que hablando:

-¡Juan Martín, justicia! ¿Te has alzado en armas contra España o contra Francia?

-¿Es señáSoleá?... ¿La misma? La amiga de mi mujer... ¿SeñáSoleá, qué le pasa a usted?

-Juanillo, Juanillo, ¿mandas soldados o bandoleros? ¡Malos rayos del cielo te partan! Nos saquearon los franceses anoche, y esta mañana nos han saqueado los tuyos... ¿Qué cuadrillas de tigres carniceros son estas que traes contigo?

-Veré lo que pasa -dijo el general frunciendo el ceño.

-Juanillo, después que eres general, ya no se te puede hablar de tú -añadió la mujer, cuya fisonomía revelaba el mayor espanto-. Yo te conocí guardando los guarros   —100→   de tu padre el tío Juan... yo conocí a la señá Lucía Díez, tu madre... Si no nos haces justicia, iremos a decirle a doña Catalina Fuente que eres un asesino... Juanillo, esta mañana han fusilado a mi marido porque no les quiso dar unos pocos pesos duros que teníamos envueltos en un pañuelo.

Oyose una fuerte detonación.

-Trijueque está haciendo de las suyas -dijo el Empecinado, rompiendo a caballo por entre la multitud.

-No es nada, señores -dijo Santurrrias, que con su niño en brazos apareció, mostrándonos su abominable sonrisa-. Es que están fusilando a los pícaros franceses prisioneros, que nos hicieron fuego desde la casa del alcalde.

El vecindario clamaba a grito herido. Don Juan Martín, haciendo valer al instante su autoridad, penetró en la plaza, entró en la casa del Ayuntamiento e hizo llamar a su presencia a los dos cabecillas Albuín y Trijueque. No tardó este en presentarse. Su rostro, ennegrecido por la pólvora, era el rostro de un verdadero demonio. El júbilo del triunfo mostrábase en él con una inquietud de cuerpo y un temblor de voz que le hubieran hecho risible si no fuera espantoso. Sin aguardar a que el general hablase, tomó él la palabra, y atropelladamente dijo:

-¡He derrotado a mil quinientos franceses con sólo ochocientos hombres!... ¡bonito día!... ¡Viva Fernando VII!... He cogido cuatrocientos prisioneros... ¿para qué se quieren prisioneros?...   —101→   Cuatrocientas bocas... lo mejor es pim, plum, plam, y todo se acabó... Demonios al infierno.

Hacía ademán de llevarse el trabuco a la cara, y cerraba el ojo izquierdo, haciendo con el derecho imaginaria puntería.

-Celebro la victoria -dijo con calma don Juan- pero ¿por qué abandonaste a Orejitas?

-¡Oh! -exclamó con diabólica sonrisa el guerrillero-, ya sé que no doy gusto a los señores... Ya sabía que mi conducta no sería de tu agrado, Juan Martín... Mosén Antón Trijueque es un tonto, un loco, y no puede hacer más que desatinos... He ganado una batalla, la más importante batalla de esta campaña; pero ¿esto qué vale?... Es preciso anonadar y oscurecer a mosén Antón.

-Lo que vale y lo que no vale harto lo sé -repuso el Empecinado alzando la voz-. Respóndeme: ¿por qué no fuiste a ayudar a Orejitas? De mí no se ríe nadie (y soltó redondo un atroz juramento), y aquí no se ha de hacer sino lo que yo mando.

-Pues bien -dijo mosén Antón, haciendo con los brazos gestos más propios de molino de viento que de hombre-: abandoné a Orejitas porque el sitio de Borja me pareció un disparate, una barbaridad que no se le ocurre ni a un recluta... Cuidado que es bonita estrategia... ¡Sitiar a Borja, cuando los franceses andan otra vez por Calatayud! Perdone Su Majestad el gran Empecinado -añadió con abrumadora ironía- pero yo no hago disparates, ni me presto a planes ridículos.

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-¿Redículos, llama redículos a mis planes? -exclamó D. Juan fuera de sí-. No esperaba tal coz de un hombre a quien saqué de la nada de su iglesia para hacerle coronel. ¡Coronel, señores!... Un hombre que no era más que cura... Trijueque -añadió amenazándole con los puños- de mí no se ríe ningún nacido, y menos un harto de paja y cebada como tú.

Mosén Antón púsose delante de su jefe y amigo; desgarró con sus crispadas manos la sotana que le cubría el pecho, y abriendo enormemente los ojos, ahuecando la temerosa voz, dijo:

-Juan Martín, aquí está mi pecho. Mándame fusilar, mándame fusilar porque he ganado una gran batalla sin consentimiento tuyo. Te he desobedecido porque me ha dado la gana, ¿lo oyes?, porque sirvo a España y a Fernando VII, no a los franceses ni al rey Botellas. Manda que me fusilen ahora mismo, prontito, Juan Martín. ¿Crees que temo la muerte? Yo no temo la muerte, ni cien muertes; ¡me reviento en Judas! Yo no soy general de alfeñique, yo no quiero cruces, ni entorchados, ni bandas. El corazón guerrero de Trijueque no quiere más que gloria y la muerte por España.

-Mosén Antón -dijo D. Juan Martín- tus bravatas y baladronadas me hacen reír. Semos amigos y como amigo te sentaré la mano por haberme desobedecido. Además, ¿no tengo mandado que no se hagan carnicerías en los pueblos?...

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-Este pueblo dio raciones a los franceses y no nos las quería dar a nosotros. Los calceneros son afrancesados.

-Eres una jiena salvaje, Trijueque -dijo cada vez más colérico-. Por ti nos aborrecen en los pueblos, y concluirán por alegrarse cuando entren los franceses.

-He fusilado a unos cuantos pillos afrancesados -repuso mosén Antón-. También hice mal, ¿no es verdad? Si este clérigo no puede hacer nada bueno. Juan Martín, fusílame por haber ganado una batalla sin tu consentimiento... Es mucha desobediencia la mía... Soy un pícaro... Pon un oficio a Cádiz diciendo que mosén Antón está bueno para furriel y nada más.

-¡Silencio! -exclamó de súbito con exaltado coraje el Empecinado, sin fuerzas ya para conservar la serenidad ante la insolencia de su subalterno.

Y sacando el sable con amenazadora resolución, amenazó a Trijueque repitiendo:

-¡Silencio, o aquí mismo te tiendo, canalla, deslenguado, embustero! ¿Crees que soy envidioso como tú, y que me muerdo las uñas cuando un compañero gana una batalla? Aquí mando yo, y tú, como los demás, bajarás la cabeza.

Mosén Antón calló, y sus ojos despidieron destellos de ira. Púsose verde, apretó los puños, pegó al cuerpo las volanderas extremidades, agachose, apoyando la barba en el pecho, y de su garganta salió el ronquido de las fieras vencidas por la superioridad abrumadora   —104→   del hombre. La autoridad de Juan Martín, el tradicional respeto que no se había extinguido en su alma, la presencia de los demás jefes, y sobre todo, la actitud terrible del general, pesaron sobre él humillando su orgullo. El Empecinado envainó gallardamente el sable y acercándose a Trijueque asió la solapa de su sotana u hopalanda, y sacudiole con fuerza.

-A mí no se me amedrenta con palabras huecas ni con ese corpachón de camello. Harás lo que yo ordeno, pues soy hombre que manda dar cincuenta palos a un coronel. El que me quiera amigo, amigo me tendrá; el que me quiera jefe, jefe me tendrá, y no vengas aquí, jamelgo, con la pamema de que te fusilen. Yo no fusilo sino a los cobardes, ¿entiendes? A los valientes como tú, que no saben cumplir su obligación ni obedecen lo que mando, no les arreglo con balas, sino a bofetada limpia, ¿entiendes?, a bofetada limpia... Como me faltes al respeto, yo no andaré con pamplinas ni gatuperios de oficios y órdenes, sino te rompo a puñetazos esa cara de caballo... ¿estás?... Vamos, cada uno a su puesto. Se acabaron los fusilamientos. Celebremos la batalla con una merienda, si hay de qué, y aquí no manda nadie más que yo, nadie más que yo.

Salió de la estancia mosén Antón cuando ya empezaba a oscurecer. La expresión de su cara no se distinguía bien.

D. Juan Martín salió también a recorrer el pueblo, que ofrecía un aspecto horroroso, después del doble saqueo. En las calles   —105→   veíanse hacinadas ropas y objetos de mediano valor que los soldados habían arrojado por las ventanas; los cofres, las arcas abiertas obstruían las puertas, y las familias desoladas recogían sus efectos o buscaban con afanosa inquietud a los niños perdidos. La plaza estaba llena de cadáveres, la mayor parte franceses, algunos españoles, y por todas partes abundaban sangrientas y tristísimas señales de la infernal mano del más cruel y bárbaro de los guerrilleros de entonces. Por todas partes encontrábamos gentes llorosas que nos miraban con espanto y huían al vernos cerca. La tropa ocupaba el pueblo; los cantos de algunos soldados ebrios hacían erizar los cabellos de horror. Persistían otros en cometer tropelías en la persona y hacienda de aquellos infelices habitantes y nos costó gran trabajo contenerlos.

De vuelta a la casa del ayuntamiento, comimos con mayor regalo del que esperábamos: verdad es que los soldados de la división de Trijueque no habían dejado en las casas del pueblo ni un mendrugo de pan, ni una gallina, ni un chorizo, ni una fruta seca de las muchas y excelentes con cuya conservación se envanecía Calcena. La comida fue, sin embargo, triste. El general estaba pensativo, y Sardin, Albuín, que acababa de entrar, Orejitas y los ayudantes y amigos y protegidos de unos y otros, que les acompañábamos a la mesa, no decíamos una palabra. Aunque guerreros, todos estaban conmovidos, y el fúnebre clamor de la pobre villa asolada se repetía en nuestros corazones con ecos lastimeros.

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Un hombre se presentó en la sala. Era alto, enjuto, moreno, amarillento, de pelo entrecano y erizado como el de un cepillo; con los ojos saltones y vivarachos, fisonomía muy expresiva y continente grave y caballeroso cual frecuentemente se nota en campesinos aragoneses. Al entrar buscó con la mirada una cara entre todas las caras presentes, y hallando al fin la del Empecinado, que era sin duda la que buscaba, dijo así:

-Ya te veo, Juanillo Martín. Cuesta trabajo encontrar la cara de un amigo debajo de la pompa y vaniá14de un señor general como tú. ¿No me conoces?

-No a fe -respondió D. Juan examinándole.

-No es fácil -añadió este con desdén-. No es fácil que un señor general conozca al tío Garrapinillos, que le llevaba en su mula desde Castrillo a Fuentecén y le compraba rosquillas en la venta del camino.

-¡Tío Garrapinillos de mi alma! -exclamó el general extendiendo los brazos hacia el campesino-. ¿Quién te había de conocer hecho un hombre grave? Ven acá, amigo. Yo para ti no soy otro que Juanillo, el hijo de la señá Luciíta. ¿Te acuerdas de cuando llevabas los títeres a la feria de Castrillo? ¿Y la mona que te ayudaba a ganar la vida?... Cuando era niño, yo te tenía por el primer personaje de España después del rey, y si yo hubiera tenido entonces en mi mano las Indias con todos susPerules, los habría dado por los títeres y la mona. Pero siéntate y toma un bocado.

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-No quiero comer -repuso Garrapinillos con dignidad-. Ya no hay nada de títeres ni de monas... Me establecí en este pueblo... puse un bodegoncillo, y con él mi familia y yo íbamos matando el hambre.

-¿Qué familia tienes?

-Mujer y siete chiquillos. El mayor no llega a diez años.

-¡Hombre te comerán vivo!

Garrapinillos exhaló un suspiro, y luego mirando al cielo dijo:

-Juan Martín, ¿no sabes a qué vengo?

-No, si no me lo dices.

-Pues vengo a que me devuelvas lo que me han robado -exclamó con violenta cólera el campesino, cerrando los puños y jurando y votando-. Si no, tú y todos los tuyos se las verán conmigo, pues yo soy un hombre que sabe defender el pan de sus hijos.

-¿Qué te han robado, Garrapinillos, y quién ha sido el ladrón?

-El ladrón -dijo el labriego señalando con enérgico ademán a Albuín- es ese.

El Manco, que a consecuencia del mucho comer y de las copiosas libaciones, dormitaba con la cabeza oculta entre los brazos y estos apoyados sobre la mesa, despabilose al instante y miró a su acusador con ojos turbios y displicente expresión.

-Garrapinillos -dijo D. Juan Martín-,pué que te hayan sacado algún dinero, si los jefes impusieron contribución para sostenimiento de las tropas, porque la junta no nos paga, y el ejército ha de vivir.

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-Yo he pagado mis tributos siete veces en dos meses -contestó el reclamante-; yo he dado en aguardiente y en pan más de lo ganado en un mes. Esta mañana me pidieron doce pesos y los di, quedándome sólo con dos y medio.

-¿Y eso es lo que te han robado?

-No es eso, que es otra cosa -respondió acompañando sus palabras con gestos vehementes-. Lo que me han robado es treinta y cuatro pesos que mi mujer tenía guardados en su arca... ¡porra!, lo ganado en diez años, Juanillo. Mi mujer iba guardando, guardando, y decíamos «puscompraremos esto, pus, compraremos lo otro...».

-¿Y dices que entró la tropa y abrió las arcas?

-Entró ese con otros dos, ese que nos está oyendo -exclamó el robado señalando otra vez a Albuín tan enérgicamente como si quisiera atravesarlo de parte a parte con su dedo índice-, ¡ese tunante que no tiene más que una mano!

Albuín después que a satisfacción observó a su acusador, se descoyuntó las quijadas en un largo bostezo, y volviendo a cruzar los brazos sobre la mesa, reclinó de nuevo sobre ellos la cabeza, creyendo sin duda que los gritos de aquel desgraciado no debían turbar las delicias de su modorra. El mirar turbio el largo bostezo, el hundir la cabeza, le dieron apariencias de un perro soñoliento a quien la persona mordida insultara desde lejos sin poder hacerle comprender el lenguaje humano.

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-Garrapinillos -dijo D. Juan Martín-, no se habla de ese modo de un coronel. Este señor es el valiente D. Saturnino Albuín, de quien habrás oído hablar. Su mano derecha es el terror de los franceses. Napoleón daría la mitad de su corona imperial por poderla cortar.

-Y también los españoles -dijo el agraviado-. Que me devuelva mis treinta y cuatro pesos y le dejaré en paz. Si no, general Juanillo, te juro que lo mato, lo ensarto, lo vacío, lo desmondongo... A buen seguro que si yo hubiera estado en casa... Yo había salido a la calle en busca de dos de los chicos que se salieron a ver fusilar franceses... Cuando volví, mi mujer me contó que ese señor general... (general será como mi abuelo)... que ese señor Manco había entrado en casa pidiendo dinero; que había amenazado con fusilar hasta el gato, si no se lo daban; que había roto las arcas, los cofres y vaciado la lana de los colchones para buscarlo... Casiana le dijo que no tenía nada; pero él busca que busca, dio con el calcetín... Oh ¡ánimas benditas!... lo vació, contó el dinero...

Al llegar aquí el tío Garrapinillos, en cuya alma una extremada sensibilidad había sucedido al primitivo coraje, no pudo contener sus lágrimas; pero luego conociendo sin duda que tales manifestaciones de un corazón lacerado no eran propias del caso, se las limpió como quien se quita telarañas del rostro, y ahuecando la voz habló así:

-Señor general Juanillo Martín, yo le digo a tu vuecencia que le mato sin compasión   —110→   como se mata a un perro, aunque sé que la tropa se echará sobre Garrapinillos para fusilarle, y Casiana se quedará viuda y mis siete hijos huérfanos... Pero le mato, si no me da los treinta y cuatro pesos que son toda mi hacienda.

-Garrapinillos -dijo D. Juan Martín gravemente-, en campaña ocurren estas marimorenas y tiene que haber mucho de esto que parece latrocinio y no es sino la ley nesorable de la guerra, como dijo el otro. Es preciso sacrificarse por la patria y dar cada uno su óbalo... Este pueblo dicen que agasaja al francés... Malo, malo... pero en fin, tío Garrapinillos, de mi bolsillo particular te doy los treinta y cuatro pesos.

Diciéndolo, el Empecinado echose mano a la faltriquera y sacó... una peseta.

-Yo creí que tenía más -dijo contrariado-. ¡Eh!, Sr. Sardina, señor intendente del ejército...

Antes que esto fuera dicho, D. Vicente me había mandado que del cinto lleno de oro, que por encargo suyo llevaba, sacase dos onzas. Hícelo así, y con dos duros que Sardina aprestó, completose la suma, que fue entregada a Garrapinillos.

-Gracias, Juan Martín -dijo este guardándose su dinero-. Ya sabía yo que eras un caballero. Voy a hacer correr por todo el pueblo la voz de que tú devuelves lo robado, para que vengan el tío Pedro, el tío Somorjujo, la tía Nicolasa y D. Norberto, que entre todos lo menos han dado un óbalo de mil pesos, como   —111→   podrá atestiguar la mano derecha del que duerme... Con Dios, señores. Saben que les quiere el tío Garrapinillos, que vive en la esquina de la calle de la Landre, para lo que gusten mandar... Vivan mil años estos valientes generales, y viva Fernando VII... Y tú, Juanillo, deja mandado, si es que te vas... ojalá no parezcáis más por aquí. Sabes que te quiero... Casiana siente no poder venir a besarte las manos... Está embarazada de ocho meses... Adiós... ¿Se marcha la tropa esta noche? Dios la lleve... Me voy a abrir la tienda a ver si se gana alguna cosa.

Salió Garrapinillos y poco después Orejitas y otros jefes. El Empecinado mandó traer luces, y cuando las indecisas claridades de un velón iluminaron a medias la estancia, encendió un cigarro y dijo:

-Señor Sardina, jefe de Estado Mayor general y también intendente de este real ejército, vamos a recoger los fondos recaudados.

-Que me entreguen lo que se ha recogido en Calcena -repuso D. Vicente-, y yo diré lo que se puede enviar a la junta y lo que ha de quedarse en la caja del ejército para sus necesidades. Araceli, tome usted la pluma y apunte en ese papel lo que yo le diga.

Nos quedamos solos el general en jefe, don Vicente Sardina, dos oficiales que escribíamos y Albuín que seguía dormitando en la actitud antes descrita.

-¡Eh! Sr. Manco -dijo Juan Martín dejando caer la pesada mano sobre el hombro del durmiente-, despierte usted.



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ArribaAbajo- XIII -

Incorporose D. Saturnino, y después de restregarse perezosamente los párpados, vimos brillar sus ojos parduscos, en cuya pupila reverberaba con punto verdoso la macilenta luz de la lámpara.

-Si yo llego a descuidarme y no tomo las primeras casas del pueblo -dijo el Manco-, los franceses hubieran... Mosén Antón se metió por medio del batallón de ligeros, abrió en dos al comandante...

-A ver, venga ese dinero -dijo el Empecinado cortando la relación de la batalla.

-¿Qué dinero? -preguntó Albuín despertando completamente, pues hasta entonces lo había hecho a medias.

-El dinero que se ha recogido por buenas y por malas -dijo imperiosamente D. Juan.

Albuín se inmutó un poco y sus ojos se animaron con pasajero rayo. El observador, ilusionado por el aspecto de zorra de aquel singular rostro, hasta creía verle mover las orejas picudas y aguzar el negro y húmedo hociquillo.

-El capitán Recuenco tiene los fondos recaudados -repuso después de breve pausa, disponiéndose a tomar en un banco de los próximos a la pared posición más holgada para dormir.

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-Que venga Recuenco.

Vino el capitán a quien se llamaba, hombre puntual y honrado, según advertí en varias ocasiones, el cual dijo:

-Tengo ochenta y tres pesos en distintas monedas. Esto me han entregado y esto entrego. Lo que se ha cogido en el saqueo los soldados lo tendrán o mosén Antón y don Saturnino.

El capitán Recuenco dejó sobre la mesa un bolsón con ochenta y tres pesos, que anoté en el cuaderno, y se retiró llevando el encargo de hacer comparecer a Trijueque. Presentose este de muy mal talante, y antes que el general le interpelara, expresose rudamente de esta manera:

-Ya sé para qué me quieres. Para pedirme dinero. Ya sabes que mosén Antón no lleva un cuarto sobre sí. Aquí están mis bolsillos, más limpios que la patena de la Santa Misa.

Y mostró vacías y al revés las dos mugrientas faltriqueras cosidas a sus calzones.

-Pero si es preciso -añadió- que todos contribuyamos a los regalos del cuartel general, ahí va mi reló15, que es lo único que posee el pobre Trijueque.

Puso sobre la mesa una rodaja de plata que solía marcar la hora.

-Yo no quiero tu reló16, Trijueque -dijo don Juan Martín devolviendo la cebolleta con enfado-. Maldito caraiter el de este clérigo. No dice una palabra sin soltar una coz. Quiero el dinero que se ha cogido en el saqueo. ¿Le tienes o no?

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-¿También es preciso que Trijueque pase por ladrón?... -repuso el clérigo-. Bueno... ponlo en el oficio. Más pasó Jesucristo por nosotros. Yo no tengo dinero. ¿No sabes que cuando cobro alguna paga la doy a los soldados? ¿No sabes que no me para un ochavo en los bolsillos porque en seguida lo doy al que me lo pide? ¿A qué vienen estas pamemas, Juan Martín?

-Sé que eres desprendido y liberal -dijo el Empecinado en el tono de quien se propone tener paciencia-. Me basta con que tú digas que no tienes nada. Estoy satisfecho. No te ofrezco dinero porque no lo tomarías, Trijueque; pero esas botas necesitan medias suelas. Necesitas un buen capote para abrigarte... D. Vicente, encárguese usted de que mosén Antón no vaya descalzo y desabrigado.

-Gracias -dijo el clérigo-. No soy hombre melindroso. Con lo que se gaste en mi persona puedes tú comprar pomadas para el pelo, plumas para el sombrero y galoncillos para el uniforme. Mosén Antón Trijueque no necesita perifollos, y desprecia el dinero. Sabe ganarlo para los demás.

Retirose sin decir más, y el general, que ya iba a contestarle con cólera, se rascó con entrambas manos la cabeza, haciendo muecas que revelaban penosas indecisiones en su espíritu. Después nos dijo:

-Trijueque y yo hemos de reñir para siempre algún día... Vaya, apúntenme los ochenta y tres pesos... Mucho más ha de salir... Yo pongo mi mano en el fuego por mosén Antón.   —115→   Revolverá el mundo por envidia, pero no se ensuciará las manos con un ochavo... ¡Eh, don Saturnino de mil demonios, despierte usted!

Albuín, que sin duda fingía dormir, abrió los ojos.

-Prontito, venga ese dinero -le dijo el general sin mirarle.

-¡Ah! -exclamó el Manco, en el tono de quien recuerda alguna cosa-. ¿El dinero? Ya. ¿No dije que tenía mil trescientos y pico de reales? Aquí los llevo.

Diciendo esto, puso sobre la mesa un paquete en que había monedas de distintas clases en plata y oro.

-Algo más será -dijo el Empecinado-. Sé que usted se apoderó de los fondos del Noveno y el Excusado, de los diezmos y de lo que el alcalde había recaudado para entregarlo a la junta, y también oí que los frailes de la Merced se habían dejado quitar algunos miles.

-Si el general hace caso de lo que digan las malas lenguas del pueblo...

-Albuín, no quieroretólicas... Venga ese dinero y pongamos punto final -repuso don Juan con energía.

-Dale con el dinero. ¡Se me deben diez y ocho pagas, diez y ocho pagas, y no tengo calzones!

-Poca conversación -añadió enfadándose por grados D. Juan Martín-. Ya hablaremos de las pagas. D. Saturnino, deme usted esa culebrilla que lleva a la cintura. Si no, nos veremos las caras. Esto no lo digo como general. Nos veremos de hombre a hombre...   —116→   pues... de mí no se ríe usted. Así amanso yo a mi gente. Aquí no se fusila a nadie, ni se ponen castigos de ordenanza. Albuín, ya usted me conoce... Gomite usted el dinero. Acuérdese de aquella ocasión en que no queriendo usted hacer lo que yo le mandaba, le di tal pezco, que rodó por el suelo hecho un ovillo.

-Juan Martín -repuso el Manco poniéndose pálido-, siempre he obedecido y respetado a mi jefe; he servido a sus órdenes con entusiasmo, y le estimo y le quiero. Hoy mi jefe no tiene confianza en mí. Bueno, yo le digo a mi jefe que me mande fusilar al instante, porque no me da la gana de darle el dinero que me pide y que efectivamente tengo.

-¿Volvemos a la broma de mosén Antón? -dijo D. Juan Martín-. No me lo digan mucho, porque ya me van cargando los valentones; y aunque me quede sin héroes en la partida haré un escarmiento.

-Pues yo digo que hasta aquí llegó la paciencia -afirmó Albuín poniéndose lívido y retando con la mirada al general-. No aguanto más; no doy dinero, ni sirvo más en la partida. Ea...

Levantose de su asiento D. Juan Martín como si una explosión le sacudiera, rompiendo el sillón, y volcando la mesa.

-¡Pues también se me acaba la paciencia! -exclamó con furia-. Usted aguantará, usted dará el dinero, y usted no saldrá de la partida.

-Veamos cómo ha de ser eso, no queriendo yo -dijo el Manco, poniéndose en actitud del   —117→   carnívoro que espera el ataque de la fiera más poderosa.

-¡Albuín, Albuín! -gritó con tremendo alarido D. Juan, dando tan fuerte patada, que piso, paredes, techo y todo el edificio se estremecieron-. Es la primera vez que un subalterno se revuelve contra mí de esa manera; y no lo pasaré, no lo pasaré.

El Manco entonces llevó la derecha mano precipitadamente al cinto y exhaló un rugido de desesperación. No tenía sable. Se lo había quitado antes de comer, arrojándolo en un rincón.

-Le hace falta a usted un sable, ahí va el mío -dijo D. Juan Martín, arrojando el acero desnudo ante los pies del guerrillero-. Defiéndase usted ¡voto al demonio!, porque le voy a amarrar los brazos con esta cuerda para llevarle preso al sótano.

Estábamos todos los presentes mudos y aterrados, y no nos atrevíamos a intervenir en la dramática escena. Con presteza suma, D. Juan tomó una soga que cerca había y se dirigió hacia su subalterno diciendo:

-Dese usted preso, señor deslenguado. ¡Recuerno! Estoy cansado de ser bueno.

El Manco haciéndose atrás, exclamó:

-No necesito cuerda. Me dejaré matar antes que consentir que me aten como a un ladrón... ¿A dónde tengo que ir? ¿Al sótano? No me da la gana. Señor general -añadió, recogiendo el arma del suelo- tome usted su sable y atraviéseme con él, porque Albuín no se deja atar la mano que le queda... Iré preso; que   —118→   me fusilen al instante, y entonces si quieren mi dinero, lo recogerán de mi cadáver.

No pudo seguir, porque con una rapidez, una seguridad, una destreza extraordinaria, la mano poderosa de D. Juan Martín asió con el vigor de férrea tenaza la extremidad derecha del Manco, el cual bruscamente cogido, forcejeó, se retorció, se doblegó, dio un terrible grito, agitando el impotente muñón de su extremidad izquierda.

-De rodillas -vociferó el general sacudiendo con su membrudo brazo aquel cuerpo de acero que se cimbreaba como una hoja toledana-. ¡De rodillas delante del Empecinado!

D. Saturnino, una vez presa la mano derecha, era hombre perdido, una espada sin punta, una culebra sin veneno. Su muñón hizo esfuerzos formidables; pero no pudo defenderle. Al fin, después de repetidos arqueos y dobleces, las agudas rodillas del héroe, cayendo con violencia, hicieron estremecer el suelo. Se oía un resoplido de animal vencido.

-Miserable ladrón -exclamó el Empecinado con voz indecisa y ronca a causa del gran esfuerzo-. Ahora mismo me entregarás lo que te pido, o pereces a mis manos.

En el propio instante, observamos que la cabeza de D. Saturnino hizo vivísimo movimiento, y sus blancos dientes se clavaron en la mano potente que le sujetaba.

-¡Me muerde este perro! -exclamó don Juan Martín con súbito dolor-. ¡Ah, miserable!

  —119→  

Forcejeó segunda vez el Manco y pudiendo al fin desasirse, corrió de un salto a la inmediata ventana. Abriéndola, gritó hacia afuera:

-¡Soldados, muchachos, amigos... a mí, a mí!... ¡Socorro! Quieren asesinar a vuestro querido Manco... ¡Arriba todo el mundo!

Y dicho esto, volviose hacia dentro, y miró a su jefe y a todos con expresión de salvaje alegría.

D. Juan Martín, cuya mano sangraba, recogió su sable. Todos nos apercibimos, barruntando algo grave, porque D. Saturnino, además de ser muy querido de sus tropas, tenía una especie de guardia negra, compuesta de los más salvajes, feroces y bárbaros hombres de aquel ejército.

-Esto es una infamia -gritó Sardina-. Concitar a las tropas a la insubordinación.

Albuín seguía gritando: -¡A mí, muchachos; subid pronto!

Oyose rumor muy imponente en la vecina escalera.

-Cerremos las puertas -dijo Sardina, disponiéndose a hacerlo-. Tiempo habrá de hacer entrar en razón a esa canalla.

-No -gritó con furia el general esgrimiendo el sable-; dejarles17 entrar.

No tardaron en aparecer los que eran la hez más abominable de la partida. Algunos hombres rudos, negros, sucios, de mirada aviesa y continente repulsivo se presentaron en la puerta.

-¿Qué hay? -preguntó el general, mirándoles con terribles ojos-. ¿Qué buscáis aquí?

  —120→  

-Aquí estamos, señor Manco -dijo uno entrando resueltamente.

Aquel y los demás, que eran hasta veinte o veinticinco, dieron algunos pasos dentro de la sala.

-¡Atrás, atrás todo el mundo! -gritó resueltamente el Empecinado, adelantándose hacia ellos con la majestad del heroísmo.

-¿Dejaréis que asesinen a vuestro querido Manco? -exclamó en el hueco de la ventana la voz angustiosa de D. Saturnino.

-Mando que se retiren todos -repitió don Juan Martín-, o no me queda uno vivo. Soy el general. ¡Al que me desobedezca, le tiendo aquí mismo!... Ea... den un paso si se atreven... que vengan más... Aquí espero... Que venga todo mi ejército a atropellar a su general... Aquí me tenéis, cobardes... bandidos... Venid... que venga más gente... Somos cuatro... Matadnos... pisad el cadáver de vuestro general.

Una voz horrible clamó en la escalera:

-¡Viva D. Saturnino el Manco!

Dos de los que habían entrado, adelantáronse lanzando votos y juramentos hacia don Juan Martín. Pero este con empuje vigoroso descargó sobre la cabeza de uno de ellos tan fuerte sablazo, que le la abrió a cercén la cabeza.

El soldado cayó al suelo muerto.

Arrojámonos los tres en auxilio del general y esgrimimos los sables contra aquella infame canalla. Aunque acobardados y aterrados por la presencia, por la voz, por el heroísmo   —121→   sublime de D. Juan Martín, trataron de defenderse, fiados en su gran número; pero no tardamos en hacer estrago en ellos. Dispararon algunos fusilazos, que por fortuna no nos hicieron otro daño que una herida leve recibida por mí, y otra que le cupo en suerte a Sardina; mas acometidos bravamente, huyeron por la escalera abajo.

D. Juan Martín bajó repartiendo sablazos a diestro y siniestro, y nosotros tras él. Otras tropas invadieron el edificio, y los mismos partidarios del Manco perdiéronse entre la multitud afecta al jefe.

-Crudo -exclamó este-, es preciso fusilar ahora mismo a toda esa canalla. Sardina, dé usted las órdenes necesarias. Quintarlos es mejor... Asegurarles bien... El Tuerto es el peor de todos... Esos tres, esos tres que se escabullen por ahí también subieron... Que no se escapen. Ponerles en fila... Yo les reconoceré... ¡Eh!, Moscaverde18... Al instante, es preciso castigar esta gran canallada.

La tropa gritó:

-¡Viva el Empecinado!

-Gracias, gracias -dijo el héroe-. Dejarse de vivas y portarse bien... Voy a hacer un escarmiento esta noche... Hace tiempo que lo estoy meditando, y en verdad es necesario... Ninguno se ríe de mí.

Subimos de nuevo. Ya en la sala del Ayuntamiento había bastante gente, y D. Saturnino era custodiado por gente leal. El Empecinado al encarar nuevamente con él, le dijo:

-Sr. Manco, dispóngase usted para el requieternam.   —122→   Aquí no hay más capellán que mosén Antón, y ese ya ha olvidado el oficio. Haga usted acto de contrición.

-Despachemos pronto -dijo el Manco esforzándose por aparecer sereno, pues aquel hombre, bravo cual ninguno en las batallas, carecía de valor moral-. Despachemos pronto... Mande vuecencia formar el cuadro en la plaza... Pueden llevarme cuando quieran.

D. Vicente Sardina entró en la sala.

-Sólo dos se han escapado -dijo-; les conozco bien. Ya están dadas las órdenes. Se quintarán.

-Sr. D. Vicente Sardina -añadió el Empecinado-, el Sr. Albuín no será arcabuceado por la espalda. Se le apuntará por el pecho, en atención a que ha sido el primer soldado de este ejército.

El generoso corazón de D. Juan Martín no dejaba de enaltecer las prendas militares de sus amigos ni aun cuando hacía caer sobre ellos la pesada cuchilla de la ordenanza.

Oyose el ruido de una descarga. Reinó después lúgubre silencio en la sala, sólo interrumpido por la voz de Sardina que dijo uno, y la de Albuín que elevando sus manos al cielo, exclamó con dolorido acento:

-¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, valientes camaradas! Ya no venceremos a los franceses, ni vuestros generosos corazones volverán a palpitar con el entusiasmo de la batalla.

Después echándose mano a la cintura, deslió la culebrilla de seda que en ella llevaba, y arrojándola en mitad de la sala, añadió:

  —123→  

-Ahí está el dinero, Sr. D. Juan Martín; ahí están los trescientos cochinos pesos que son causa de la carnicería que se está haciendo abajo con mis bravos leones. Desnudo y pobre entré en la partida, y pobre y desnudo salgo de ella para el otro mundo.

Oyose otra descarga, y D. Vicente dijo:

-Dos. Cayó otra buena pieza.

-Puesto que voy a morir -añadió D. Saturnino-, que no maten más gente. Yo fui causa de todo. Yo les mandé subir.

-A usted no le va ni le viene nada de esto -dijo D. Juan, no ya colérico, sino displicente-. Usted hará lo que yo disponga, y nada más.

Dicho esto, metiose las manos en los bolsillos, hundió la barba en el cuello del capote y se paseó de un rincón a otro.

-Vamos de una vez -dijo Albuín-. Estoy dispuesto a morir. ¡Al cuadro! El Manco no ha temido nunca la muerte.

Dio algunos pasos hacia la salida, seguido por los que le custodiaban.

-Alto ahí -gritó de súbito el Empecinado, golpeando el suelo, deteniéndose en su marcha y mirando a la víctima con rostro ceñudo-. ¿Quién le manda a usted bajar antes de que yo lo disponga?

-Cuanto más pronto mejor -repuso la víctima.

Oímos la tercera descarga de fusilería.

-¡Quieto todo el mundo! -repitió don Juan-. Aquí nadie resuella sin que yo lo mande.

  —124→  

-¡Quiero que me fusilen! -exclamó Albuín con coraje, sacando a los ojos todo el odio de su corazón, lleno entonces de veneno.

-Y si a mí me diera la gana de indultarle a usted, vamos a ver -exclamó el general con furia, como si la muerte fuera la condescendencia, y el indulto la amenaza-. Vamos a ver; ¿si a mí me diera la gana de indultarle y mandar que le dieran cincuenta palos por la mordida, y luego cogerle por una oreja y ponerle al frente de su división, con pena de otros cincuenta garrotazos si no me tomaba a Borja, trayéndome acá prisionera media guarnición francesa...?

-A un hombre como yo no se le dan cincuenta palos -repuso el Manco- ni se le tira de las orejas.

-Todo será que a mí se me antoje... ¿Qué tiene usted que decir? Ea, soltadle, y fuera de aquí todo el mundo. Sr. Sardina, mande usted que no se fusile a nadie más. Palos y más palos... es lo mejor.

Marcháronse los de tropa, y quedamos con D. Saturnino los cuatro que antes estábamos.

-Le perdono a usted la vida -dijo el general-. Puede ser que no me lo agradezca.

-No -repuso Albuín sin inmutarse-. No agradezco, porque parece generosidad y no lo es.

-¿Pues qué es, qué?

-Miedo -añadió el guerrillero gravemente-. A un hombre como yo no se le pone dentro de un cuadro. La tropa no lo consentiría... y si lo de antes salió mal, otra vez...

  —125→  

-Estoy por volverme atrás de lo dicho, y mandar que se forme el cuadro... Pero no; cuando el Empecinado perdona... D. Saturnino, márchese usted y haga lo que quiera. Si desea seguir a mis órdenes, deme una satisfacción en frente del ejército. Sino...

-D. Saturnino Albuín no da satisfacciones -repuso este-, ni necesita mendigar un mando. Me voy. Adiós para siempre. Juan Martín acabó para el Manco y el Manco acabó para Juan Martín. Grandes hazañas hemos realizado juntos. La gente de Madrid primero y la historia después, se harán lenguas al hablar del Empecinado; pero nadie se acordará del pobre Manco... Yo le regalo al general toda mi gloria... Señores, adiós. D. Saturnino Albuín, que no puede manejar la azada ni el telar, va a los caminos a pedir limosna. ¡Dios tenga compasión de él!

Marchose Albuín. Luego que salió advertimos en el general un desasosiego, una alteración muy notoria. Se sentaba, se levantaba, se movía de un lado para otro. Creímos advertir cierta humedad en sus ojos. El héroe pestañeaba con viveza y aun se pasó por los párpados las falanges de sus rudos dedos. Al fin se tranquilizó, y sentándose, puso los codos en la mesa y afianzó las sienes en las palmas de las manos.

-Me voy quedando sin amigos -dijo sombríamente.

-Tú te empeñas -indicó Sardina- en hacer un ejército regular de lo que no es más que una partida grande... Si hay algún ejemplo   —126→   de que un buen militar haya sido bandolero, no puede esperarse que todos los bandidos puedan ser generales.




ArribaAbajo- XIV -

Púsose de nuevo en práctica el plan primitivo de D. Juan Martín, y Borja y Alagón fueron sitiadas. Respondía esto a las instrucciones del general Blake, defensor de Valencia, que deseaba por tal medio entretener en Aragón las tropas destinadas a reforzar la expugnación de aquella gran plaza. Los hechos militares del Empecinado en Noviembre y Diciembre de aquel año fueron de gran beneficio a las armas españolas, y logró distraer durante aquel tiempo a un gran ejército francés, prolongando el respiro de los valencianos. Pero todos saben que Valencia cayó a principios de 1812, y entonces las cosas variaron un poco.

Durante corto tiempo, el conde de Montijo mandó personalmente el ejército empecinado, en virtud de una combinación de las siempre inquietas e intrigantes Juntas; pero D. Juan Martín estuvo sólo algunos días separado de sus soldados, y las necesidades de la guerra le llevaron otra vez a ponerse al frente de la partida grande, que él sólo sabía dirigir.

  —127→  

En Diciembre pasamos de Aragón a tierra de Guadalajara, fatigados con las repetidas acciones y las penosas marchas. Sigüenza había quedado definitivamente por nosotros después de haberla ganado y perdido repetidas veces. Con la ocupación de Valencia, las condiciones de la campaña habían variado para nosotros, y hallándose en libertad de operar con desahogo considerables fuerzas francesas, nos cumplía a nosotros la guerra defensiva en vez de la ofensiva que anteriormente habíamos hecho. Hallando en Sigüenza posición ventajosa, el Empecinado dispuso no renunciar a ella; y mientras recorría los alrededores de Guadalajara, dejó en la ciudad episcopal una fuerte guarnición. En dicha guarnición, mandada por Orejitas, estaba yo.

Y ahora viene bien decir que la condesa con su hija, de quienes yo me había separado cuatro meses antes en Alpera, dejándolas camino de Madrid, se habían refugiado al fin en Cifuentes, como lo indicó Amaranta la última vez que nos vimos. En la citada villa, del dominio señorial de la familia de Leiva, tenía esta un famoso castillo que fue arreglado para palacio en el siglo anterior por el abuelo de quien entonces lo poseía.

Cómo y por qué hicieron las dos damas este viaje huyendo del bullicio de la corte, sabralo el lector más adelante, y por de pronto, y para que no carezca de noticias sobre dos personas que no pueden sernos indiferentes, mostraré parte de la correspondencia que sostuve con Amaranta en aquellos días. Mi desdicha   —128→   quiso que permaneciese algún tiempo en Sigüenza, como encerrado, mientras la mayor parte del ejército recorría su campo natural y favorito de la Alcarria; pero imposibilitado de visitar a mis dos amigas, la movilidad de las partidas me permitió comunicarme con ellas alguna vez, como se verá por los documentos que a la letra copio:

Cifuentes 16 de Diciembre de 1811.

«Querido Gabriel: al verme en la necesidad de salir de Madrid, no he encontrado residencia mejor que esta villa de Cifuentes. Verdad es que aquí me hallo, como si dijéramos, dentro de un campo de batalla; pero ¿en qué lugar de España puedo refugiarme sin que pase lo mismo? En Madrid no puedo estar por razones que no me atrevo a decirte por escrito y que sabrás de palabra cuando vengas acá. Podía haber escogido otros lugares de Castilla, en Burgos, Zamora o Salamanca; pero en todos arde la guerra lo mismo que aquí, y carezco en ellos de la cariñosa adhesión de estas buenas gentes y colonos míos, a quienes mi padre y yo hemos hecho tantos beneficios.

»Ven pronto a vernos. Todos los días entran y salen pequeñas partidas de tropa y voluntarios, y desde que suena el tambor, nos asomamos a la ventana esperando verte pasar. Entrego esta carta al que me ha traído la tuya, cierto feísimo vejete llamado Santurrias, que lleva consigo un gracioso niño de más   —129→   de dos años, el cual habla mil herejías con su media lengua y es muy querido del ejército. Santurrias me está dando prisa y no puedo extenderme más. Le digo a Inés que concluya la suya; pero aunque empezó hace dos horas, no lleva trazas de concluir todavía. Si no vienes pronto, en la primera que te escriba te referiré la vida que hacemos ella y yo en este histórico castillo, con lo que te has de reír.- La condesa de X

No copiaré la carta de Inés, por no contener cosa alguna que pueda interesar a mis lectores, y exhibo estotra de la condesa:

Domingo 28.

«¡Qué gran chasco nos hemos llevado esta mañana! Nos despertamos sobresaltadas sintiendo ruido de caballos y rumor de soldados, y como viéramos a muchos de éstos con uniformes, creíamos vendrías tú entre ellos. Al poco rato pidió permiso para saludarnos un señor Sardina, que más que sardina parece tiburón, y nos dio tus cartas. Hablamos del señor de Araceli, y nos dijo muchas picardías de ti.

»Hoy ha entrado bastante tropa y no pocos heridos, pues ayer parece que19 hubo una sangrienta batalla hacia Ocentejo. ¡Qué lastimosos espectáculos hemos presenciado Inés y yo! Se nos ha llenado la casa de heridos, y en todo el día no hemos podido descansar un rato, ¡tanto nos da que hacer nuestro cargo de enfermeras!   —130→   Les damos lo que hay, bien poco por cierto. Nosotros carecemos algunos días hasta de lo más preciso, y de nada nos sirve nuestro dinero para luchar con la espantosa miseria de este país.

»No te he dicho nada de mi castillo, y voy a ello. Perdona el desorden que hay en mis cartas, pero escribo a toda prisa, y luchando con el sueño, que a estas horas empieza a querer rendirme. Son las doce; los heridos siguen bien, excepto tres que me parece darán cuenta a Dios esta madrugada.

»Vuelvo a mi castillo que es la mejor pieza que ha albergado señores en el mundo. Tiene cuatro habitaciones vivideras. Lo demás está en situación verdaderamente conmovedora, de tal modo que por las noches, cuando sopla con fuerza el viento, parece que se oye el ruido de las piedras dando unas contra otras, y las almenas se mueven como dientes de vieja mal seguros en las gastadas encías. Ciertamente no es ningún niño este nuestro castillo, pues parece construyó la parte más antigua de él D. Alfonso el Batallador, rey de Aragón y esposo de doña Urraca, el cual ganó a los moros toda esta tierra y el señorío de Molina. Me entretengo en recordar esto, porque al escribirte, la idea de mal traer en que andan y de la decadencia en que yacen todas nuestras grandezas, no pueden apartarse de mi pensamiento. Estos sitios, con su gran ancianidad y su tristeza, me son muy agradables, y si no existiese la guerra que todos los días nos hace presenciar escenas lastimosas, me gustaría   —131→   residir aquí por algún tiempo. Tiemblo al pensar que entren aquí los franceses, o que unos y otros se encuentren en estas calles. ¡Pobre castillo mío! ¿Cómo va a resistir el ruido de los cañonazos? Desgraciado de aquel ejército sobre quien caigan sus gloriosas piedras.

»He preguntado a varios de la partida cómo se podrá mandar esta carta a Sigüenza, y un estudiantillo a quien llaman Viriato me ha dicho que el general manda mañana no sé qué órdenes a esa plaza. Ha llegado Sardina, el cual me da prisa. Adiós; no puedo ser tan prolija como deseara. En Cifuentes...- La condesa de X».

Ocho días después, Orejitas recibió dentro del correo de la guerra otras dos cartas que decían así:

2 de Enero.

«Querido Gabriel, por milagro estamos vivas Inés y yo. El castillo, el pícaro castillo, hizo al fin lo que yo temía. Sin embargo, puedo vivir para contártelo. El sábado entraron los franceses en Cifuentes. Sabiendo que debían ocupar este histórico edificio de cuya capacidad se tiene idea muy equivocada mirándole desde afuera, abandonamos las habitaciones vivideras y nos refugiamos en uno de los torreones de la parte ruinosa, hoy trastera, con lo cual nos creímos seguras. En efecto, entraron los franceses, se arrellanaron20 en nuestras camas, y comiéronse lo poco que teníamos   —132→   para vivir. Todo fue bien hasta la mañana del domingo y hora en que se les antojó a los artilleros disparar un cañón contra los reyes de armas y figurones de piedra que hay en el torreón del homenaje. Nunca tal hicieran, porque con la violencia del golpe y estremecimiento del tiro las paredes de aquella fachada, que anhelaban ya de antiguo descansar de su gloriosa vigilancia, se arrojaron gozosas en tierra. ¡Ay!, ¿quién no se fatiga de estar de pie durante siete siglos? Demasiado han hecho, y no hay que vituperarlas. La torre del homenaje se desmoronó como un bizcocho, y por milagro del cielo el torreón en que Inés y yo nos guarecimos, mantúvose derecho sin duda por respeto a los últimos vástagos de la familia.

»Mas el terror que aquello nos produjo, el miedo de vernos sepultadas entre las ruinas de nuestro asilo, obligonos a salir, desbaratando el engaño de nuestro encierro. No poco se alegraron los franceses al vernos; pero por fortuna nuestra, eran los huéspedes de mi desgraciada vivienda personas bien nacidas y decentes, oficiales todos; y lejos de hacernos daño, se nos ofrecieron muy rendidos, no sin vislumbres de enamoramiento en alguno de ellos. La verdad es que la explosión, el hundimiento y el presentarnos nosotras dos de improviso saliendo por los huecos de despedazados tabiques, parecen cosa de las que pasan en las novelas o en el teatro. No les negué mi nombre, apelando a su caballerosidad para que fuésemos respetadas, y se contentaron con   —133→   imponernos una fuerte contribución que me ha dejado sin un cuarto. No te rías de lo que voy a decirte. Estoy tan pobre que vivo de lo que mis colonos me quieren dar.

»El lunes por la tarde entraron los españoles, y parece que han hecho algo de provecho por el lado de Algora. También han traído heridos, muchos heridos. No puedo seguir. Es preciso curarlos. Cuando veo esto, me alegro de que sigas ahí. Adiós...- La condesa de X».

16 de Enero.

«Querido amigo, estoy llena de tristeza. Una gran desgracia me amenaza sin duda. Sospechas tal vez las razones que me movieron a salir de Madrid; mas no las sabes todas. Había algo más que el cambio de personas, algo más que el aislamiento en que me encontraba y la mala voluntad del gobierno francés para conmigo. Vigilada sin cesar por un hombre que tiene hoy en su mano poderosos medios, mi vida ha sido en la corte un suplicio insoportable. Lo que me anonada y confunde es que creí estar aquí completamente olvidada de mis enemigos, y me he equivocado. Hace dos días volvieron a entrar aquí los franceses y con ellos venía el hombre a quien tanto temo y cuya proximidad me hace temblar. Por los oficiales a cuya generosidad apelé, después de la ruina del edificio, supo que estaba aquí. No se ha atrevido a entrar en nuestra casa; mas por las preguntas que ha hecho a individuos   —134→   de mi servidumbre, comprendo que fragua algún plan abominable contra nosotras. ¿Quién me defenderá? Yo estoy loca, yo me muero de tristeza, de pavor, de sobresalto, y los más negros presentimientos turban mi alma. Inés no sabe ni entiende nada de esto. No le permito separarse de mi lado. Ven pronto, necesito de tu protección como militar. No puedo seguir más tiempo en Cifuentes y estoy meditando el modo de trasladarme a otro punto, caminando al amparo de la partida, para evitar la persecución de mis enemigos. Te repito que vengas pronto. Tu presencia me tranquilizará.

»Post-scriptum.-He hablado con las gentes del pueblo sobre los franceses que estuvieron aquí desde el lunes hasta el domingo por la mañana, y me han dicho que ese personaje civil que acompaña al ejército ha tiempo que recorre el país sobornando con promesas, halagos, destinos, honores, grados militares y dinero a las personas distintas. Él es, según aseguran, quien ha logrado armar las contraguerrillas o sea partidas de gente perdida que defienden la causa francesa, y últimamente parece haber conseguido seducir a uno de los más célebres guerrilleros de este país, un hombre a quien llaman el Manco. Esto se dice de público y lo han confirmado esta mañana los partidarios que entraron de madrugada, con el propio D. Juan Martín, quien estuvo un rato en casa. Le pusimos un mediano almuerzo, pero no le quiso probar. Parece muy disgustado y abatido, no come ni duerme y todo   —135→   se vuelve hablar consigo mismo. Este pesar proviene, según he oído, de la jugada que le ha hecho ese pícaro Manco.

»El mismo D. Juan Martín me ha dicho que se va a dar orden para abandonar a Sigüenza. Albricias. Haz por venir aquí, y entonces Inés y yo seguiremos la partida hasta que tengamos ocasión de salir de España. ¡Dios tenga piedad de nosotras!...». Etc., etc.




ArribaAbajo- XV -

Orejitas recibió orden de abandonar a Sigüenza, antes que fuera sitiada por las imponentes fuerzas francesas que vinieron de Teruel. Las excursiones que habíamos hecho a los alrededores nos habían dado escaso resultado. En Cabrera nos unimos a la partida de mosén Antón, quien dijo que los franceses habían pasado por Torre Sabiñán y que él era de opinión que tratásemos de salirles al encuentro, pues teníamos fuerzas suficientes para darles un golpe. Repúsole Orejitas que él se ajustaría estrictamente a las órdenes de don Juan Martín, que le mandaba bajar a esperarle en Almadrones, y añadió:

-Hoy he sabido que D. Saturnino Albuín está con los franceses. Si parece mentira... ¿No será equivocación, Sr. Trijueque?

-¿Qué sé yo? -repuso con enfado el clérigo-. ¿Acaso soy guardián de D. Saturnino,   —136→   para que todos me pregunten lo que ha hecho? El Manco es dueño de hacer lo que le acomode, y si se vio maltratado y vejado por nuestro general... Ya dije que había de suceder...

-¿Cuántos hombres se llevó consigo?

-Al pie de cuatrocientos.

-Oí decir que los franceses le han dado cuatro talegas en pago de su traición. También aseguran que le ofrecieron hacerle marqués y capitán general...

-No hay que hacer caso de las habladurías de esta gente de los pueblos. Un hombre tan de bien como Albuín no toma resolución de esa naturaleza sin motivo para ello.

Decían esto los dos jefes, sentados a la puerta de un ventorrillo. En los intervalos de su diálogo oíase el ruido de los dientes del caballo de mosén Antón, los cuales, a espaldas de este, molían pausadamente la cebada, metido el hocico negro y huesoso dentro de un saco.

-Come bien, leal amigo -dijo Trijueque volviéndose hacia su cabalgadura-, que la jornada será larga.

-¿A dónde va usted? -le preguntó con viveza Orejitas.

-Ya lo he dicho -repuso el cura guerrillero, acariciando el cuello del gigantesco animal-. Sé que el general Gui ha pasado por Torre Sabiñán, y no quiero que me quede la comezoncilla de no darle un buen golpe.

-El general Gui trae mucha gente -repuso Orejitas, bebiendo por octava vez, pues era uno de los principales empinadores de codo   —137→   que había en la partida-, y con la fuerza que tenemos usted y yo juntos no es posible pensar en salirle al encuentro. Si bajamos de la sierra al llano y acertamos a topar con los mosiures, pienso que no quedaremos ninguno para contarlo.

-Sr. Orejitas -dijo Trijueque bebiendo también, aunque en menos dosis que su colega-. Usted hará lo que mejor le convenga y lo que su miedo le dicte... Yo voy en busca de Gui... Le estoy viendo debajo del filo de mi sable.

-Y yo -añadió Orejitas-, estoy viendo al gran Trijueque bajo las herraduras de los caballos de un escuadrón polaco. Vámonos a donde nos mandan y no comprometamos la partida.

-Bien se conoce que ese corazón amadamado -dijo el cura- no simpatiza con el peligro, ni padece lo que yo llamo enfermedad de la gloria, una palpitación dolorosa, una angustia sublime acompañada de cierta fiebre... Cuando se tiene esta enfermedad la victoria está cerca, Orejitas. Y para acabar -añadió levantándose-, ¿viene usted o no viene?

-Yo no -contestó el otro guerrillero, dando fin al contenido del jarro-. Temo que Juan Martín me riña por no obedecerle.

-¡Ah!, corazones de alcorza -exclamó Trijueque golpeando el suelo con el sable-, ¡que se asustan cuando arquea las cejas y se rasca el cogote Juan Martín! ¡No conoce usted que si hiciéramos lo que nos manda ese pobre hombre, ya estaría la partida disuelta y todos   —138→   nosotros ensartados en cuerda de presos como cuentas de rosario, para marchar a Francia? Sr. Orejitas, tengamos iniciativa, ganemos batallas contra la voluntad de nuestro general, proporcionémosle los grados y las vanidades que tanto ama, y no nos reñirá... No dudo que habrá en la partida muchos valientes que pudieran seguirme. A ver, Araceli, ¿se decide usted a hacer la hombrada?

-Yo no me separo de mi jefe, el Sr. Orejitas -repuse.

-Este es un bravo mozo -me dijo el jefe, golpeándome el hombro-. Lástima que no hubiera cogido tres cuartillas en vez de dos en la bodega del alcalde de Cabrera.

-Les dejo a ustedes entregados al vino -dijo mosén Antón-, y me voy. Que haga buen provecho la mona.

Luego, mientras Orejitas se internó en la próxima cuadra para ver su caballo, llevome aparte el insigne clérigo, y me dijo lo que sigue:

-Sr. Araceli, usted no puede hacer buenas migas con ese bárbaro y borracho de Orejitas, arriero y mozo de mulas en Junio de 1808, y que ha hecho fortuna en la partida, gracias a la cerrazón de su mollera. Es el perro de presa de Juan Martín. Usted vendrá conmigo: tengo necesidad de un oficial de ejército entendido y valiente para esta operación que tengo en el magín.

El gigante hacía todo lo posible para que la contracción de su rostro y despliegue de su boca se pareciese a una sonrisa de benevolencia.   —139→   Estratégico incomparable en los valles y sierras Trijueque, era completamente inexperto en la táctica del humano corazón, y los recursos de su facultad seductora adolecían de brusca torpeza.

-Según y cómo -le respondí, fingiendo acceder, con objeto de que me descubriera mejor sus mal ocultos pensamientos-. Para desobedecer a mis jefes y marchar con usted a donde quiera llevarme... entiéndase bien, a donde quiera llevarme, necesito promesa manifiesta de que me ha de resultar algún provecho. No están los tiempos para sacrificar por boberías una buena reputación.

El ogro, fácilmente engañado, como todos los ogros que hacen algún papel en los cuentos de niños, no supo disimular su repentina alegría, y mostrando sin embozo su apasionado corazón, respondiome:

-Ya sé que es usted también de los descontentos. Un oficial de tanto mérito debiera estar mandando una columna. Juan Martín habla bien de usted pero es para embaucarle, me consta que es para embaucarle. Puede usted tener la seguridad de que, aunque la guerra dure treinta21años más, no saldrá de ese ten con ten. Aquí no se aprecia el mérito. Con tal que nuestro general tenga batallas ganadas por mí, que le sirvan de asunto para poner oficios a la Regencia, haciéndose pasar por un Julio César, o un Pompeyo... en fin, venga usted con Trijueque y no le pesará.

Al decir esto, apoyaba su mano en mi hombro y me hacía tambalear hacia adelante   —140→   y hacia atrás. Mirándome con interés, sonreía.

-Soy gran admirador de Trijueque -le dije-; hago justicia a sus altas prendas y me río de las inculpaciones con que quieren desacreditarle.

-Bien dicho, muy bien dicho -exclamó en tono de predicador.

-Estoy pronto a partir con usted; pero ¿a dónde vamos, señor cura? Porque si es cosa de salir por ahí a disparar unos cuantos tiros, matar dos docenas de franceses y coger otras tantas de prisioneros, yo no me muevo. ¡Hemos hecho lo mismo tantas veces! Ya estoy harto de ver que con proezas no se saca aquí el vientre de mal año. Sepamos lo que voy ganando, como dijo el gallego del cuento.

Trijueque llevose el dedo a la boca y su rostro expresó satisfacción y victoria. Viendo que se acercaban algunos individuos, íntimos amigos de Orejitas, me dijo:

-Parto al instante con mi gente. Por este barranco que se ve a espaldas de la venta, pienso pasar al valle de Pelegrina. ¿Ve usted aquella casa arruinada que hay abajo? Allí le espero, allí le diré a dónde vamos, sin peligro de infundir sospechas a estos borrachos. Si me sigue usted, me sigue, y si no... Adiós.

Fuese mosén Antón y yo busqué a Orejitas, mas el guerrillero, sintiéndose en la cuadra acometido de gran sopor, por efecto sin duda de no ser agua cristalina el contenido del jarro que yo llené en la bodega del alcalde, echose sobre un montón de paja, donde   —141→   sus ronquidos se acordaban musicalmente con el respirar de los caballos y el mugido de un par de becerros flacos y medio enfermos. Procuré traerle al mundo, con algunos puntapiés; mas no quiso salir de la beatífica esfera en que sin duda con gran fruición revoloteaba su espíritu.

Al salir para ver partir a Trijueque, y pasando por cierto edificio ruinoso que había al fin del caserío, sentí la algarabía de una riña, y oí claramente la voz de la señá Damiana en concierto chillón con las de los tres famosos estudiantes. Es el caso que el llamado Cid Campeador dio en aporrear a la Fernández por suponer en aquella Ximena veleidades en favor del llamado D. Pelayo. Defendiose de palabra la acusada; mas percatándose después de que todo el zipizape provenía de chismes y enredos, obra del ingenioso intellectus de aquella lumbrera complutense, nombrada el Sr. Viriato, la emprendió con este, adjudicándole varias patadas o sean coces, y puñadas y rasguños, una parte de los cuales fueron a caer de rechazo sobre la respetable persona del Sr. Santurrias, que se ocupaba en dar al Empecinadillo cucharada tras cucharada de sopas. Dos de los estudiantes partieron a escape, dejando que la contienda acabase con sus consecuencias naturales, cuando Dios se fuese servido ponerle fin, y Viriato y la guerrillera y Santurrias quedaron enzarzados con el engaste de las uñas y de las manos, hasta que los separamos, recogiendo del suelo al Empecinadillo que por poco perece en aquel trance.

  —142→  

La Damiana, que ya tenía medio ahogado al estudiante, cuando fue separada del grupo, vociferó de esta manera:

-El muy canalla piojoso me llamó mujer de Putifarra... El Putifarro será él... Señor oficial -añadió dirigiéndose a mí-, este Viriato es un traidor y quiso seducirme.

-Tan gran delito no puede quedar sin castigo. ¿Qué marca la Ordenanza contra los Viriatos que quieren seducir a las Damianas?

-Eso quisieras tú, Euménide, harpía de seis colas, marimacho de mil demonios -dijo el de Alcalá poniendo el dedo sobre las distintas heridas de su cuerpo para tantear la gravedad de ellas.

-Sí señor, me quería seducir, para que me pasara con ellos al francés.

-Calla, bruja, sargentona; o te estrangulo -gritó Viriato-. Aquí está Santurrias que puede decir si soy traidor o no.

-Sí, sí, sí -gritó la guerrillera en medio del camino agitando los brazos con una furia loca-. Estos endinos son traidores como D. Saturnino, y se pasan a los franceses. Allá va -añadió señalando el barranco-, ¡allá va mosén Antón que se pasa a los franceses con sus amigos!

Mosén Antón, seguido de su tropa, desfilaba tranquilamente por detrás de la venta, bajando al barranco.

-¡Allá van, allá van! -añadió Damiana con exaltación salvaje-. ¡Fuego en ellos, fuego en los traidores! ¡Sr. Orejitas, que se han vendido al francés!

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-Repara bien lo que dices, Damiana.

-Sé lo que digo -exclamó atrayendo en torno suyo mucha gente-. Anoche han estado hablando de eso más de tres horas. ¿Creyeron que yo lo iba a callar? ¡Ah, tunante Cid Campeador, me las pagarás todas juntas!

Mosén Antón se alejó más aprisa, y entre la tropa que se quedó en el caserío corrió de boca en boca este rumor terrible:

-¡Mosén Antón se pasa a los franceses!

Reinó gran agitación; oyéronse gritos, amenazas, juramentos. Algunos corrieron a tomar las armas; pero Trijueque se alejaba, se perdía en la profundidad del barranco, y parte de su gente aparecía ya en la vertiente opuesta, internándose en la espesura de un monte.

-No crean a esta Lais bachillera, a esta loca Aspasia, a esta Samaritana sin vergüenza -exclamó Viriato-. ¿Quién hace caso de una mujer? Si la dieran cuatro tiros, como merece, no diría que mosén Antón Trijueque es traidor.

-¡Sí lo digo! -prosiguió Damiana gritando con voz ronca en medio del camino-. Es traidor, y se va con D. Saturnino. Lo digo cien veces, porque lo sé, y el Sr. D. Pelayo andaba contratando gente para esta picardía. ¡Yo soy muy patriota, yo soy muy española, yo soy muy empecinada, y viva Fernando VII! ¡Viva D. Juan Martín! ¡Viva Orejitas!

Estos vivas fueron repetidos con calor, y su estruendo fue tan grande, que llegó hasta el mismo espíritu de Orejitas por el conducto   —144→   de los aletargados sentidos. Levantose del lecho de paja, y enterándose de lo ocurrido y de la voz general, y de la acusación formidable contra su colega, dijo:

-No puede ser. Sigamos nuestro camino, y le contaremos esto a D. Juan Martín.



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