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La batalla de los Arapiles

Benito Pérez Galdós



Portada de la edición de 1883





  —5→  

ArribaAbajo- I -

Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me permitirán descansar un poco.

Madrid, 14 de marzo.

Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie como no sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en Salamanca, su tierra natal, quién en Burgos o en Vitoria, y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan grande,   —6→   tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación sólo favorece a los pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.

Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guarda-ropas, la pobre condesa no pedirá limosna por ahora. He tratado de vender las alhajas, los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a catorce y diez y seis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis diamantes por una gallina.

Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar se ha entablado ya, y la cancillería de Granada ha dado a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la   —7→   veo. Convertiría el linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo cuanto respira pudiese entender en su cuita.

El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de siglos mal contados sin que la sala de su sentencia o un auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las informalidades que hubo en el reconocimiento y la indiscreción de mi pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa de Rumblar, fundándonos en varias razones de posesión civilísima, agnación rigurosa, masculinidad nuda, emineidad, saltuario, con otras lindas palabras que voy aprendiendo para recreo de mi triste soledad y entretenimiento de mis últimos días.

Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado el desgaste del tiempo, sin criar   —8→   hasta ahora ni una sola carcoma, y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente no carece de razón mi tía, y sin duda se me preparan en el purgatorio acerbos tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto.

Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas tus pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir a Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido conocimiento con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública y secreta.

Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que conviene a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; más por Dios no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese lado no vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, hijo mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. Tus cartas y el placer que me causa contestarlas son mi único consuelo. Me moriría si no llorara y si no te escribiera.

22 de marzo.

No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles a centenares sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los arbitrios   —9→   de la caridad son inútiles, y el dinero busca alimentos sin encontrarlos. Las gentes desvalidas se disputan con ferocidad un troncho de col, y las sobras de aquellos pocos que tienen todavía en su casa mesa con manteles. Es imposible salir a la calle, porque los espectáculos que se ofrecen a cada momento a la vista causan horror y desconfianza de la Providencia infinita. Vense a cada paso los mendigos hambrientos, arrojados en el arroyo, y en tal estado de demacración que parecen cadáveres en que ha quedado olvidado un resto de inútil y miserable vida. El lodo y la inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de lecho, y no tienen voz sino para pedir un pan que nadie puede darles.

Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que tienen en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación se muere de hambre. Dicen que de Agosto acá se han enterrado veinte mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los sepulcros reina en Platerías, en San Felipe y en la Puerta del Sol. Como han derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel, San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y bastantes casas de las inmediatas a palacio, las muchas ruinas dan a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué tristeza!

Los franceses se pasean, alegres rollizos por este cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni   —10→   pararse a hablar, ni mirar a las tiendas. A los tenderos se les aplica una multa de 200 ducados si permiten que los curiosos se detengan en las puertas o vidrieras, de modo que a cada rato los pobres horteras tienen que salir a apalear a sus parroquianos con la vara de medir.

Ayer dispuso el rey que hubiese corrida de toros para divertir al pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta. Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con el traje bordado de plata y oro, y más deseosos de comerse al toro que de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad del pueblo de Madrid.

Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también para divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, me dijo que así levantarían un altar frente a otro altar. Creo que el retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en Cádiz.

Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el emperador de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque sacarán tropas de la península, o al menos no podrán reparar las bajas que continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante malparada, y he observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya ilusiones respecto al resultado final de esta guerra.

De nuestro asunto ¿qué puedo decir que no sea triste y desconsolador? Nada, hijo mío,   —11→   absolutamente nada. Mis indagaciones no dan resultado alguno, no he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a Santa María de Nieva, que es lo más seguro.

1º de abril.

Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de Marzo. Continúo en la oscuridad; pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en Madrid! Esto es un purgatorio por la miseria, la soledad, la tristeza, y un infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se puede tener idea, sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de esta máquina, puesta en las más viles manos.

Multitud de comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja y almacenarlos en la cárcel de villa, sin forma de juicio, ni más guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de estas tropelías es la complicidad con los insurgentes; pero los malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar esta nueva Inquisición   —12→   que hará olvidar con sus gracias las lindezas de la pasada. Todo aquel que quiere deshacerse de una persona que le estorba, encuentra fácil medio para ello, y aun ha habido quien, no contentándose con ver emparedado a su enemigo, le ha hecho subir al cadalso. Se cuentan cosas horribles, que me resisto a darles crédito, entre ellas la maldad de una señora de esta corte, que, mal avenida con su esposo le delató como insurgente y despacharon la causa en cosa de tres días, lo necesario para ir de la callejuela del Verdugo a la plaza de la Cebada. También se habla de un tal Vázquez, que delató a su hermano mayor, y de un tal Escalera que subió la del patíbulo por intrigas de su manceba.

Hay unaJunta criminal que inspira más horror que los jueces del infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los que leen los papeles de los insurgentes, a losempecinados, que aquí llaman madripáparos, y a todo ser sospechoso de relaciones con los espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y... tahures, a quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la patria.

Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su infame policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto hay exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen.   —13→   Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no se oye otra cosa sino que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo nupcial seguro, ni casa honrada, ni padre que pueda responder del honor de sus hijas, ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de deshonestos pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra las caretas, más cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos mantos, y tengo para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones de máscaras porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas como las verbenas de San Juan y San Pedro.

Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a esta buena gente, es un juego de azar llamado la roleta, donde parece baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás para inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun las venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma parte desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional. Lo justo habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se arruinaran con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás alteradas costumbres, y no introducir roletas ni otros aparatos infernales. Pero los franceses dicen que la roleta es un adelanto con respecto a los naipes, así como la guillotina es mejor que la horca, y la policía mucho mejor que la Inquisición.

Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada roleta, no sólo es consentida por   —14→   el gobierno francés, sino de su propiedad, y para él son las pingües ganancias que deja. De este modo los franceses piensan embolsarse el poco dinero que han dejado en nuestras arcas.

No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo, y que, realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto que todas las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan, hijo mío, consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir a palacio, donde seré recibida por el señor Botellas, el cual no desea otra cosa y ve el cielo abierto cuando le anuncian que un grande de España quiere visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones de varios personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme al Rey; pero pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la corte. En Diciembre del 8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré en José me hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a riesgo de comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te informaré de todo.

22 de abril.

He estado en palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa católica majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles, moviéndose bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a cualquier habitante de Madrid que José I, conocido aquí por el tuerto, o por Pepe Botellas, es una persona amable, discreta, tolerante, de buenas costumbres, y   —15→   que no desea más que el bien, me tendrían por loca o quizás por vendida a los franceses.

Recibiome Copas con gozo. El buen señor no puede ocultarlo cuando alguna persona de categoría da, al visitarle, una especie de tácito asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y extremado empeño de hacer cumplidos. Cierto es que su etiqueta es menos severa y finchada que la de nuestros reyes, sin perder por eso la dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos. El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo su lengua natal con la nuestra y hay ocasiones en que son necesarios grandes esfuerzos para no reír.

Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero sin negarlos rotundamente, me resisto a darles crédito. En resumen, Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle   —16→   este nombre, que cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un rey bastante bueno, y al verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído, en vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra.

Sus partidarios aquí son pocos, tan pocos, que se pueden contar. Esta dinastía no tiene más súbditos leales que los ministros y dos o tres personas colocadas por ellos en altos puestos. Estos españoles que le sirven parecen víctimas humilladas y no tienen aquel aire triunfador y vanaglorioso que suelen tomar aquí los que por méritos propios o ajeno favor se elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados o medrosos, sin duda porque prevén que el lord ha de dar al traste con todo esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que tendremos Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos.

No pertenece a estos Moratín, el cual está más triste y más pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación de lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe de desempeñar a maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso no daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y pésimo humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas partes. Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado La escuela de los maridos, traducción del francés. Ni la he   —17→   visto representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en nada de esto.

Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es afrancesado rabioso y ardiente, como aquel lo es tímido y melancólico. Aquí no pueden ver a Estala, que publica artículos furibundos en El Imparcial, y hace poco escribió, aludiendo a España, que los que nacen en un país de esclavitud no tienen patria sino en el sentido en que la tienen los rebaños destinados para nuestro consumo. Por esto y otros atroces partos de su ingenio que publica la Gaceta, es aborrecido aún más que los franceses.

Máiquez sigue en el Príncipe, y como José ha señalado a su teatro 20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el Orestes, La mayor piedad de Leopoldo el Grande y una mala comedia arreglada del alemán, y cuyo título es Ocultar, de honor movido, al agresor el herido.

El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González, de quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo, si yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor, Castillo, son las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado de mi hacienda y la carestía de las subsistencias no me   —18→   permiten más. Te asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de limosnas para vivir: pero a tal situación ha llegado la indigencia pública en la corte de España, que los más gordos se han puesto como alambres.

De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro querido asunto, porque quiero sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola que estoy menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no tenga seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío... Gracias a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy pronto, según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad será luz clara y completa. Adiós.

21 de mayo.

Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido mío, considerándote en camino hacia Occidente, puedo decirte como a los niños cuando juegan a la gallina ciega: «Que te quemas». Sí, chiquillo, alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscamos el sombrero y lo llevamos puesto! Aquello que consideramos más perdido está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya en Piedrahíta me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable y tú recibirás   —19→   este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia, y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle la joya robada que lleva siempre consigo.

¡Cuánto trabajo ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó el servicio. Su carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían insoportable a los mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue tolerado en gracia de los buenos servicios que presta, mas se descubrió que pertenecía a la sociedad de los filadelfos, nacida en el ejército de Soult, y cuyo objeto era destronar al Emperador, proclamando la república. Quitáronle el destino poco después de habernos robado a Inés, y desde entonces ha vagado por la Península fundando logias. Estuvo en Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en Oviedo; mas luego se perdió su rastro, y por algún tiempo se creyó que había entrado en Francia. Finalmente, la policía francesa (la peor cosa del mundo produce algo bueno) ha descubierto que está ahora en Plasencia, bastante enfermo y un tanto imposibilitado de trastornar a los pueblos con sus logias y cónclaves revolucionarios. ¡Qué indignidad! ¡Los perdidos, los tunantes, los mentirosos y falsarios quieren reformar el mundo!... Estoy colérica, amigo mío, estoy furiosa.

El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado no menos loco y trapisondista que él, José Marchena, ¿le conoces?   —20→   uno que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla más francés que español, y más latín que francés, poeta, orador, hombre de facundia y de chiste, que se dice amigo de madama Staël, y parece lo fue realmente de Marat, Robespierre, Legendre, Tallien y demás gentuza. Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy amigos, se escriben a menudo. Pero este Marchena es hombre de poca reserva y contesta a todo lo que le preguntan. Por él sé que nuestro enemigo no goza de buena salud, que no vive sino en las poblaciones ocupadas por los franceses, y que cuando pasa de un punto a otro, se disfraza hábilmente para no ser conocido. ¡Y nosotros le creíamos en Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al ejército de Extremadura! Ve, corre, no tardes un solo día. El ejército del lorddebe de andar por allí. Te escribiré al cuartel general de D. Carlos España. Contéstame pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás lo que buscamos? ¿Podrás devolvérmelo? Estoy sin alma.




ArribaAbajo- II -

Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado de Extremadura, pero que no estaba ya en Extremadura, sino en Fuente Aguinaldo, territorio de Salamanca.

En Abril había yo dejado definitivamente   —21→   la compañía de los guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y fuerte, pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles y en las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían ponerse en guardia.

Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos de viento, fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando en medio del campo contra sus invisibles compatriotas.

Mandaba este hombre una división perteneciente   —22→   al ejército de que era comandante general D. Carlos O'Donnell. Habíasele unido por aquel tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington, establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a fines de Marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont andaban muy desconcertados. Soult, operaba en Andalucía sin atreverse a atacar al lord y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla. En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el contrario, parecía en evidente declinación la estrella imperial, después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y Badajoz.

Yo había recibido el empleo de comandante en Febrero de aquel mismo año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui jefe de guerrillas) una partida que corrió el país de Aranda y luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de Marzo tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses, entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia, continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la división de D. Carlos España.

Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de las que puntualmente   —23→   he copiado, juzgué favor especial del cielo aquella disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho, Wellington, a quien debiera unirse España, había dejado ya las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahíta para unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía ir fácilmente a Plasencia.

Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.




ArribaAbajo- III -

Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de una hermosísima noche de Junio, España ordenó que descansásemos en Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del pueblo a media noche cuando tomamos posesión de las casas, y con las casas, de los jergones y baterías de cocina.

Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y no tengo inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que nada   —24→   extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra cosa que la histórica canción cantada1a media voz por mi asistente en la estancia contigua:


   En el Carpio está Bernardo
y el Moro en el Arapil.
Como va el Tormes por medio,
non se pueden combatir.

Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los rotos artesonados o vetustas paredes de la histórica casa, ogaño palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo, ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni gigante fiero vengan súbito a hacerme reverencias y mandarme les siga por luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato los que lo escuchan. Sepan tan sólo que me dormí. Por largo tiempo, a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración semejante a las de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores cesaron poco a poco,   —25→   y al fin todo quedó en silencio. Mi espíritu se sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo, absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sí propio o jugando consigo mismo.

Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar, porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé rápidamente diciendo: «¿quién está aquí?».

Ya despierto, grité a mi asistente:

-Tribaldos, levántate y enciende luz.

Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño. Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son indudablemente las fantasmagorías del sueño) había hecho el más común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso yo y túsuele presentarse también cuando estamos despiertos.

Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche fue interrumpido por fuerte algazara de gentes, coches y caballos.

-Mi comandante -dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro- esos pillos no quieren dejarnos dormir   —26→   esta noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo?

-¿Con quién hablas?

-Con los duendes, señor -repuso-. Han venido a divertirse con usía, después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro por el izquierdo, y otro más feo que Barrabás atome una cuerda al cuello, con cuyo tren y el tirar por aquí y por allí me llevaron volando a mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón.

-¿Pero crees tú en duendes?

-¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con ellos que pelos tengo en la cabeza -repuso con acento de convicción profunda-. Esta casa está llena de sus señorías.

-Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable. Deja los duendes y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero según lo que alborotan, ni el mismo sir Arturo Wellesley con todo su séquito traería más gente.

Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo, murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohín en la fisonomía.

-¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor, unos comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados, trajes, coronas   —27→   doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a duques.

-¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que hormiguea en el mundo.

-Si yo fuera D. Carlos España -dijo mi asistente demostrándome los sentimientos benévolos de su corazón- cogería a todos los de la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les arcabuceaba.

-Tanto, no.

-Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío, y no es tierra de bobos, también.

-Ese Pedrezuela -dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente de mí- fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a muerte a más de sesenta personas.

-El mismo que viste y calza -repuso- pero ya las pagó todas juntas, porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al lord en el bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo buscando el gatillo.

  —28→  

Tribaldos salió para volver un momento después.

-Me parece que se marchan ya -dije advirtiendo cierto acrecentamiento de ruido que anunciaba la partida.

-No, mi comandante -repuso riendo-; es que el sargento Panduro y el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de armiño. ¡Cáspita; cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe de la compañía da unos gritos... ¿Oye, mi comandante?... Vuelvo abajo a verlos partir.

Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo estremecer. Yo conocía aquella voz.

Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo salía, entró Tribaldos y me dijo:

-Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia y con los yelmos de cartón y la sotana encarnada del Dux de Venecia.

-¿Y por qué lado se han ido esos infelices?

-Hacia Grijuelo.

  —29→  

-Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.

-Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El ayudante de su excelencia ha traído el recado.

-El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el general... Pero me he puesto el corbatín del revés... dame acá esa casaca, bruto... pues no me iba sin ella.

-El general le espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que da en su alojamiento.

Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome:

-Acabo de recibir un despacho del lord, mandándome marchar hacia Santi Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.

Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado, si no se relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.




ArribaAbajo- IV -

Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora y el día sin que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra blanca, negra ni amarilla, mas en el siguiente tuve un encuentro   —30→   que desde luego señalo como de los más felices de mi vida.

Marchábamos perezosamente al medio día sin cuidado ni precauciones, por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en amena conversación sobre la campaña emprendida, dejábamos a los caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearles ni reprimirles. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas más de lo necesario.

Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra, pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles, a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros grupos de soldados, que marchaban delante, rotas las filas y haciendo de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino.

-No es nada, mi comandante -me contestó Tribaldos, a quien pregunté la causa de tan escandalosa gritería-. Son Panduro y Rocacha que han topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa pasaba.

-¿Y qué le han hecho?

-Nada más que jugar a la pelota -respondió riendo-. Su paternidad llora y calla.

-Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.

  —31→  

-Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo cargado de nabos podridos.

-Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... -exclamé con ira- y que siga su camino.

Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y azorado y lloroso.

-¡Señor -decía mirando piadosamente al cielo y con las manos cruzadas- que esto sea en descargo de mis culpas!

Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo con lágrimas o sudores amasado formaba costras parduscas. Lejos de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los caminos. Cuando se vio menos hostigado, volvió a todos lados los ojos buscando su desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape y jadeando, oprimidos los ijares2 por el poderoso Rocacha, se apresuró a acudir a su encuentro.

En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enemiga, y a pesar de la   —32→   edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve amistad en otro tiempo.

-Sr. Juan de Dios -exclamé deteniendo mi caballo a punto que el fraile pasaba junto a mí-. ¿Es usted o no el que veo dentro de esos hábitos y detrás de esa capa de polvo?

El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me contemplara, díjome así con melifluo acento:

-¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto. Doy las gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el burro.

-¿Eminencia me llama usted...? -repuse-. Todavía no me han hecho cardenal.

-En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia, me retiraré.

-Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?

Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos calenturientos, y más bien espantado que sorprendido dijo:

-¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor general, ¿es usted Gabriel, el que en Abril de 1808...? Lo recuerdo bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en persona?

-El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted hecho un frailito...

  —33→  

-Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú, Gabriel?... ¿Y usted Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También es honrosa vida la de las armas, y Dios premia a los buenos soldados, algunos de los cuales santos han sido.

-A eso voy, padre, y usted parece que ya lo ha conseguido, porque su pobreza no miente y su cara de mortificación me dice que ayuna los siete reviernes.

-Yo soy un humildísimo siervo de Dios -dijo bajando los ojos- y hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general, experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso mancebo que fue mi amigo, y con esto y su venia, me retiro, pues este ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.

-No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío, usted está fatigado y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el regimiento. Vamos a comer lo que haya, y usted me acompañará para que hablemos un poco, refrescando viejas memorias.

-Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es obedecer -dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.

-Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño y no se mortifica tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma,   —34→   porque parece una pieza de buena andadura.

-Yo no monto en él -me respondió sin alzar los ojos del suelo-. Voy siempre a pie.

-Eso es demasiado.

-Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al hospital.

-¿Al hospital?

-Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la nuestra y vivimos de limosnas.

-¡Admirable vida, hermano! -dije bajando del caballo y encaminándome con otros oficiales y el hermano Juan a un bosquecillo que a la vera del pueblo estaba, donde a la grata sombra de algunos corpulentos y frescos árboles nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida.

-Ate usted su burro en el tronco de un árbol -dije a mi antiguo amigo- y acomódese sobre este césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha de ser para el alma.

-Haré compañía al Sr. D. Gabriel -dijo   —35→   Juan de Dios humildemente luego que ató la cabalgadura-. Yo no como.

-¿Qué no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de Dios, deje a un lado esa cortedad.

-Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto que tenga olor a gastronomía.

-¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco y a este pan más duro que la roca?

-Yo no puedo probar eso -repuso sonriendo-. Me alimento tan sólo con yerbas del campo y raíces silvestres.

-Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un trago. Es de Rueda.

-No bebo más que agua.

-¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En fin, si de tal modo se salva uno...

-Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera, y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.

-Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía. La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios...

-¡Quién había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es verdad?

-Sí señor.

  —36→  

-Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...

-Entré en la Orden en Enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios en Marzo y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy fraile profeso.

-¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!

-¡Sí señor, cuántas!

-Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni alegrías, contento de su estado...

Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo y después bajó los ojos. Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un cerco violáceo muy intenso que hacía más vivo el brillo de sus pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por una piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el sistema nervioso. Misticismo y enfermedad al mismo tiempo es una devoción singular que ha llevado hermosísimas figuras al cielo de las grandezas humanas. Si en un principio creí ver en Juan de Dios un poco de artificio e hipocresía, muy luego convencime de lo contrario, y aquel santo varón arrojado por las tempestades mundanas a la vida contemplativa y austera, estaba inflamado por un fervor tan ardiente y verdadero. Se le veía quemarse, se observaba la   —37→   combustión de aquel cuerpo, que poco a poco se convertía en ceniza, calcinado por la llama de la espiritual calentura; se veía que aquel hombre apenas tocaba a la tierra, apenas al mundo de los vivos, y que la miserable arcilla que aún mantenía el noble espíritu con endeble atadura, se iba descomponiendo y desmenuzando grano a grano.

-Es admirable, amigo mío -le dije- que haya llegado a tan lisonjero estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las pasiones mundanas.

La fisonomía de fray Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero serenándose al punto su rostro, me dijo:

-¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo? Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia.

-No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque los pícaros hacen fortuna.

El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento.

-Pero Dios les habrá castigado al fin -continué- por los martirios que hicieron padecer a aquella infeliz muchacha...

Al decir esto advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre. Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente. No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose   —38→   al contacto del beso de las devotas.

-Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por esa conducta -me contestó.

-Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido aquella desgraciada joven.

-¿Indiferente? no -repuso poniéndose como un cadáver.

-¡Oh! Las personas destinadas a padecer... -dije observando atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras-. Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...

-¿Qué?

-Ha muerto.

Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi asombro llegó a su colmo cuando en tono de convicción profundísima, dijo:

-Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su familia en Junio de 1808.

-¿Y cómo sabe usted eso? -pregunté respetando el engaño del pobre agustino.

-Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que sólo se nos presenta la imagen de las personas que han   —39→   tenido la suerte de abandonar para siempre este ruin y miserable mundo.

-Así debe de ser.

-Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay! Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del ángel de las tinieblas, que anhelando perderme, juega con mis débiles sentidos y se burla de esta desgraciada criatura.

-Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a veces de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún buen consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser burlado.




ArribaAbajo- V -

-Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha tenido en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted conoció entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió dispuso que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal   —40→   sobre la tierra. Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, que me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me hizo desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, las turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, que pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida infierno y purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a una mujer, mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en las tinieblas, pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. Varias veces he pensado después si como aquel estupor mío será el limbo a donde van los que apenas han nacido.

-Justo. Así debe de ser.

-Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara deseo de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo y más apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome esta regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay! mi alma recibió un consuelo inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando sentía rodeada mi cabeza   —41→   de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura! ¡Qué dulzura y suave silencio en el aire!

-¿Y después?

-¡Ay! después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma. Dios decretó que yo padeciese, y padeciendo estoy... Oígame usted un momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la tarde, tomando el segundo tomo de Los nombres de Cristo, por el maestro fray Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime a la huerta y en el sitio más secreto y callado de ella entregué mi espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo hermosísimo que se titula, Descripción de la miseria humana y origen de su fragilidad, cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi cuerpo, una gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre agolpose en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir si era gozo profundísimo o agudo dolor. Una extraña figura, bulto o sombra impresionó mi vista, miré, y la vi; era ella misma, sentada en el banco de piedra junto a mí.

-¿Quién?

-¿Necesito decir su nombre?

-Ya.

-El libro se me cayó de las manos, observé la asombrosa visión, pues visión era, y el   —42→   mundano amor renació violentamente en mi pecho como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía, el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo, ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos, ensortijados con arte incomparable le caían en hermosas guedejas a un lado y otro de la cara entre sartas de orientales perlas, y en la mano derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia llegaba hasta mí embriagándome el sentido.

-En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines.

-¿Qué había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me escogió para víctima de sus abominables experimentos?

-¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna palabrilla?

  —43→  

-Ni media, hermano.

-¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que había entre los dos?

-No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento desapareció.

-¡Qué picardía! Pero el demonio es así; amigo mío: ofrece y no da.

-Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios. ¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es que no puedo explicarla. Figuraos, querido señor, que mis pensamientos al remontarse al cielo tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían a modo de relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes... ¡Ay! no, no puedo de modo alguno explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo, como mechas que se van apagando, y cuyas pavesas mitad fuego mitad ceniza caen al suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero... ¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no quería pecar sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.

  —44→  

-¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en cosas de visiones y tentaciones?

-Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño, el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el entendimiento (así mismo lo dijo), de tales aprensiones imaginarias y naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable y una humildad sin límites. Añadiome que él en los primeros años de vida monástica había experimentado iguales aprietos y compromisos, mas que al fin con las rudas penitencias y lecturas místicas había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejome que entrase en la vida activa de la Orden, que marchase en pos de las miserias y lástimas del mundo, recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a los hospitales; que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio y alimentándome con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe cuerpo privado de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que ahuyentan la concupiscencia. Encargome además, que durmiese poco, y jamás sobre blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas zarzas, siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad de amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no   —45→   pensar más que en la perfección de mi alma.

-Y haciéndolo así, ha conseguido usted...

-Así lo he hecho, hermano, mas poco o nada he conseguido. Cerca de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias, de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia y arrodillándome delante del Santísimo Sacramento, dije: «Señor, te aborreceré, te negaré si no me la das, para que nuestras almas y nuestros cuerpos estén siempre unidos en la vida, en la sepultura y en la eternidad». Dios me castiga por haberle amenazado.

-De modo que siempre...

-Sí, siempre, siempre lo veo, unas veces en esta, otras en la otra forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno con el corazón   —46→   y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan con la paz más pura, las delicias de visiones santas, que son el más regalado manjar del espíritu. Unos en sus meditaciones ven ante sí la imagen de Cristo crucificado, mirándolos con ojos amorosísimos; otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador abominable, que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en mil liviandades inspiradas por la fantasía, me he enfermado para siempre de impureza, me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me dejó para siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo, no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la vida, en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo.

Fray Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato meditando.



  —47→  

ArribaAbajo- VI -

-¿En qué nuevas formas se ha presentado? -le pregunté.

-Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed busqué un arroyo en que apagarla. Al fin bajo unos frondosos álamos que entre peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el mismo instante cogiome la singular zozobra que me anunciaba siempre la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines.

-¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros?

-No señor, estaba sola, sentada como yo sobre una peña, y con los nevados pies dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar frías gotas las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado los negros cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas las partes de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía mucho. Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia ella y desapareció.

-¿Y después?

-La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de Ciudad-Rodrigo   —48→   cuando la asaltó el lord en Enero de este mismo año. Hallábame sirviendo en el hospital, cuando comenzó el cerco, y entonces otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos heridos franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues nunca había visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina Madre de Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia de los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome idea de cómo es el infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron de palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, yo estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los golpes de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron por la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas, pronunciadas en tres idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y otros se destrozaban como fieras... yo exánime y moribundo, yacía en tierra en un charco de sangre y fango y rodeado de cuerpos humanos. Abrasábame una sed rabiosa, una sed, querido señor mío, tan ardiente como si mis venas estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y paladar fuesen en vez de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. ¡Qué tormento! Yo dije para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has dignado llevarme a tu seno. Ha llegado   —49→   la hora de mi muerte». No había acabado de decirlo, mejor dicho, de pensarlo, cuando sentí en mis labios el celeste contacto del agua fresca. Suspiré y mi espíritu sacudió su fúnebre sopor. Abrí los ojos y vi pegada a mis ardientes labios una blanca mano, en cuya palma ahuecada brillaba el cristalino licor tan fresco y puro como el manar de la rústica fuente.

-¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés?

-Venía de monja.

-¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano?

-Aquélla sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito, dejándome más sediento que antes.

-Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios -dije condolido en extremo de la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario- y es que siendo esa persona un artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado espíritu creado por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos disgustos, congojas, mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía natural que la tomase usted en aborrecimiento y que viese en ella más bien una espantable y horrenda fealdad que ese portento de hermosura que con tanto deleite encarece.

Fray Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo:

  —50→  

-El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, o gratas al paladar, al olfato, al oído y al tacto. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor y añade que cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un mal hombre, no dejaríamos de estimarla.

-Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual según voy viendo es un redomado tunante, habría tratado de perseguir la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana ilusión o materia corpórea.

-Yo lo he hecho, querido señor y amigo mio -repuso el hospitalario con acento ya debilitado por el mucho hablar- y nunca he podido poner mis manos sobre ella, habiendo conseguido tan sólo una vez tocar el halda de su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura se me ha representado siempre como una criatura humana con su natural espesor, corpulencia y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce aliento de la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento, en fin, todo en tal manera fabricado que es imposible no creerla persona viva y como las demás de nuestra especie.

-¿Y siempre se presenta sola?

  —51→  

-No señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras muchachas, como por ejemplo en Sevilla el año pasado. Todas eran obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella, como multitud de luces que se apagan de un solo soplo.

-¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?

-No señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y o se pierde entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, y ayer la vi en un carro.

-¿Que corría también como el viento?

-No señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta recrudescencia y gravedad del mal que padezco.

-¿Por qué?

-Porque ayer me habló.

-¿Cómo? -exclamé sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban las locuras de mi amigo.

-¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la pastora, la monja de Ciudad-Rodrigo?

-Sí señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al parecer de Extremadura.

-¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura!

-Sí señor: veo que se asombra usted y lo comprendo, porque el caso no es para menos.   —52→   Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.

-Hermano, usted se burla de mí -dije levantándome de súbito y volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.

-Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles crisis.

-¿Y cómo iba?

-Triste, arropada en un manto negro.

-¿Y la otra mujer?

-Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en silencio.

-¿Y los hombres que iban a caballo?

-Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía mandar a todos, era una persona de buena apostura y presencia, con barba picuda como la del demonio.

-¿No sintió usted olor de azufre?

-Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación y nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales cachivaches.

-Sospecho, querido hermano Juan -dije con turbación- que ya no es usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en   —53→   Santibáñez de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera picardía por parte de la majestad infernal?

-Bien he dicho yo -continuó el fraile con candor- que esta aparición de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida, pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría. Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz.

-¿Ha hablado?

-Sí señor; ha hablado -dijo el hospitalario con terror-. Su voz no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en casa de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido más hermosa, más robusta, más completa y más formada. Tal como la vi en el convento, en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una niña, y hoy...

-Pero si habló, ¿qué dijo?

-Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego apareció asombrada, muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio nombre. «Sr. Juan de Dios, dijo, ¿se ha hecho usted fraile?...». Me pareció que iba yo a morir en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán de darme una   —54→   limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán pancista». Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide limosna». El hombre alzó el palo para pegarme y ella dijo: «Padre, no le hagas daño».

-¿Está usted seguro de que dijo eso?

-Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, enemigo natural de las personas consagradas al servicio de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.

-Sr. Juan de Dios -le dije después de reflexionar un poco sobre lo extraño de aquella aventura- júreme usted que es verdad cuanto ha dicho y que no es su ánimo burlarse de mí.

-¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! -exclamó el hospitalario, que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad-. Cierto es lo que he dicho, y tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje humano.

-¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de comediantes?

-Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso camino de Salamanca.

  —55→  

El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada composición de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para creer que entre los primeros y el último encuentro del fraile había alguna diferencia.

De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, el labio inferior trémulo y toda su persona desasosegada. Miraba a un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus terrores y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de las suyas.

-Ya se ha desvanecido -dijo con voz débil y dejando caer desmayadamente los brazos.

-¿Pues qué, otra vez ha estado aquí?

-Sí en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay allí unas mozas de San Esteban?

-Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está entre ellas -repuse sin poder contener la risa-. Si estuviera, bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados.

-Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío -afirmó no repuesto aún de la emoción- pero no dude usted de que estaba allí. Veo que el demonio recrudece sus tentaciones   —56→   y aumenta el rigor de sus ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque estoy pecando...

-¿Pecando ahora, pecando por hablar con un antiguo amigo?

-Sí señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los deleites de la conversación con gente seglar. Además he estado aquí descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y he gustado de la fresca sombra de estos árboles. Alma mía -añadió con exaltado fervor- arriba, no duermas, vigila sin cesar al enemigo que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, alerta siempre.

-¿Se marcha usted ya? -dije, al ver que desataba al buen pollino-. Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.

Tomolo y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin duda por cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el seno.

-O es un farsante -dije para mí- o el más puro y candoroso beato que ciñe el cíngulo monacal.

-Buenas tardes, Sr. D. Gabriel -dijo con humilde acento-. Me voy a Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y usted, a dónde marcha?

-¿Yo? a donde me lleven; tal vez a conquistar a Salamanca, que está en poder de Marmont.

-Adiós, hermano y querido señor mío -repuso-.   —57→   Gracias, mil gracias por tantas bondades.

Y tirando del torzal, partió con el burro tras sí. Cuando su enjuta figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder encontrarla.




ArribaAbajo- VII -

Dos días después, más allá de Dios le guarde, un gran acontecimiento turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo; mandose formar, dando a las compañías el marcial concierto y la buena apariencia que han menester para presentarse ante un militar inteligente, y algunos acudieron por orden del general a cortar ramos a los vecinos carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o triunfales arcos. Al llegar al camino de Ciudad-Rodrigo vimos que apareció falange numerosa de hombres vestidos de encarnado y caballeros en ligerísimos corceles; verlos y exclamar todos en alegre concierto: «¡Viva el lord!» fue todo uno.

-Es la caballería de Cotton de la división del general Graham -dijo D. Carlos España-. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada. Los ingleses son muy ceremoniosos y se   —58→   paran mucho en las formas. Si se coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que traigo preparado elogiando su pericia en el arte de la guerra y la Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos el triunfo al fin y a la postre.

-No es el señor lord muy amigo de la Constitución de Cádiz -dijo D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba-; pero a nosotros ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont y vivan todos los milores.

Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole que su excelencia el señor duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en llegar a Santi Spíritus. Al punto comenzamos a levantar el arco con ramajes y palitroques a la entrada de dicho pueblo, y vierais allí que un dómine del país apareció trayendo unos al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y versos que él mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas poéticas se encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las virtudes del moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, lord vizconde de Wellington de Talavera, duque de Ciudad-Rodrigo, grande de España y par de Inglaterra.

Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos,   —59→   y al fin entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra cosa que lo indicado y una sonrisa de benevolencia y cortesía que desde el fondo del carruaje saludó a las tropas.

No debo pasar en silencio, aunque esto concuerde mal con la gravedad de la historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como este no lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la sacudida y golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si quisiera venirse abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y lienzos sobre la cabeza del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada fábrica. Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con risas la extraña ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los tarjetones, que eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en el centro un agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de Wellington con aquella valona o flamenca golilla.

Entre tanto D. Carlos España desembuchaba su discurso delante del lord, y luego que concluyera, presentose el dómine con el amenazador proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como persona finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías   —60→   del orador, movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial sonrisa inglesa, que hace creer en la existencia de algún cordón 3 intermandibular, del cual tiran para plegar la boca como si fuera una cortina.

-Mi comandante -me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me aparté de los generales para ocuparme del alojamiento-, ¿no ha visto usía el otro ejército que viene detrás?

-Serán los portugueses.

-¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército de mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de impedimenta llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra.

Miré y vi veinte, ¿qué digo, veinte? cuarenta y aun cincuenta carros, coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas al parecer de alta, otras de baja calidad, y de distinta belleza y edad, aunque por lo general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba el género feo. Al punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo, vierais descender con presteza a las señoras viajeras y resonar una de las más discordes algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban ellas llamando a sus consortes, y ellos por otro penetraban en la femenil multitud gritando: Anna, Fanny, Mathilda, Elisabeth. En un instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de voces guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas llenó los aires.

Pero como la división aliada que acababa de   —61→   llegar no podía pernoctar entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el camino adelante hacia Aldehuela de Yeltes. Tornaron a montar en sus carricoches muchas de las hembras formando parte del convoy de víveres y municiones, y otras quedaron en Santi Spíritus. El día pasó, ocupándonos todos en buscar el mejor alojamiento posible; pero como éramos tantos, al caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión. En cuanto a mí, me creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos me notificó que el dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su habitación. Después de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar varias obligaciones militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al camino sentí gritos y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era más sino que por el camino adelante venía un cochecillo cuyo caballo le arrastraba dando tan terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba a deshacerse en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasó por delante de nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos.

-En ese coche va una mujer, Tribaldos -grité a mi asistente que se había unido a mí.

-Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás.

-¡Pobre mujer!... ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?... Parece que no va desbocado... Detiene el paso... Corramos allá.

  —62→  

-El coche se ha salido del camino -dijo Tribaldos con espanto- y ha parado en un sitio muy peligroso.

Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse. Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo, quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera. Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo del barranco.

Me era imposible ver la situación terrible de la infeliz viajera sin acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo, bajé tropezando a cada paso y despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido siniestro, y llegué al fin adonde se había detenido el vehículo. Una mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces.

-Señora -grité- allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al barranco.

El caballo pataleaba en el suelo, pugnando por levantarse y con sus movimientos de dolor y desesperación arrastraba el coche hacia el abismo. Un momento más y todo se perdía.

Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche que se inclinaba.

-Señora -grité con afán- procure usted salir. Agárrese usted a mi cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra no hay qué temer.

-No puedo, no puedo, caballero -exclamó con dolor.

-¿Se ha roto usted alguna pierna?

-No, caballero... veré si puedo salir.

  —63→  

-Un esfuerzo... Si tardamos un instante los dos caeremos abajo.

No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido a las piedras la sostuve y me fue forzoso llevarla en brazos al camino.

-Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán -grité a mi asistente que había acudido en mi auxilio-, ayúdame a salir de aquí.

Tribaldos y otros soldados, que no me habían prestado socorro hasta entonces, me ayudaron a salir; porque es condición de ciertas gentes no arrimarse al peligro que amenaza sino al peligro vencido, lo cual es cómodo y de gran provecho en la vida.

Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos.

-Caballero, os debo la vida -dijo recobrando el perdido color y el brillo de sus ojos.

Era como de veinte y tres años, alta y esbelta. Su airosa figura, su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me hicieron honda y duradera impresión.



  —64→  

ArribaAbajo- VIII -

Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos y dije a Tribaldos:

-Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.

Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:

-No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo.

En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés, llamado sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés.

-¿Pero habrá aquí una habitación confortablepara la señora? -me dijo después.

-Puede descansar en mi propia habitación -dijo el dómine que había bajado oficiosamente al sentir el ruido.

-Bien -dijo el inglés-. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo más de lo necesario y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército.

-No quiero médicos -dijo la desconocida-. No tengo herida grave: una ligera contusión   —65→   en la frente y otra en el brazo izquierdo.

Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba dejose caer en un sillón que en la primera estancia había y respiró con desahogo expansivo.

-A este caballero debo la vida -dijo señalándome-. Parece un milagro.

-Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli -me dijo el inglés-. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted de mí... en Cádiz?

-Me acuerdo perfectamente.

-Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a lord Gray.

La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.

-Este caballero... -dijo.

-Es el mismo de quien os he hablado hace días -contestó Parr.

-Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de Inglaterra y España hubiese tropezado siempre con hombres como vos... Según me han dicho, lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son superiores a estos tiempos.

-Para conocer bien aquel suceso -dije yo, no ciertamente orgulloso de mi acción-, sería preciso que yo explicase algunos antecedentes...

-Puedo aseguraros que antes de conoceros,   —66→   antes de que me prestaseis el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande admiración.

Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.

-¿De modo que esta señora se alojará aquí?, -me dijo Parr-. Donde yo estoy, es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.

-He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo sir Arturo -dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.

-Entonces estará bien aquí.

Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer que sin duda debía de tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «será que las costumbres inglesas lo ordenan de este modo».

En tanto la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los cuidados quirúrgicos y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama en que pasar la noche.

Un momento después el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me   —67→   dio las gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules, que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue a los desmayos se fijaron, primero en mi persona y después en las paredes de la habitación. Más la miraba yo y más hermosa me parecía a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más pura corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la imagen de las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban la boca los más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo atormentado bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían faldas de amazona, era delgadísimo, mas no carecía de las redondeces y elegantes contornos y desigualdades que distinguen a una mujer de un palo torneado.

-Gracias, caballero -me dijo con acento melancólico y usando siempre el vos-. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún alimento.

-¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero -dijo Forfolleda, que arreglaba los trastos de la habitación-, unas sopas de ajo, chocolate o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.

-Gracias -repuso la inglesa con mal humor-, no puedo comer eso. Que me hagan un poco de té.

Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no había té ni cosa que   —68→   lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan sólo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca juntamente con los hígados la primer leche que mamó. Luego se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó victoriosamente el ataque afirmando que merced a la ayuda de los herejes luteranos y calvinistas, la católica España triunfaría de Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para producir el bien.

-Vete a cualquier casa donde haya ingleses -dije a Tribaldos-, y trae té. ¿Sabes lo que es?

-Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé... todas las noches lo tomaba la mujer del capitán.

Volví al lado de la inglesa que me dijo no podía comer cosa alguna de nuestra cocina, y habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el anhelado té.

Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un olor extraño.

-¿Qué es esto? -dijo la dama con espanto, cuando los vapores del condenado licor llegaron a su nariz.

-¿Qué menjurgue has puesto aquí, maldito? -exclamé amenazando al aturdido mozo.

-Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se hacía, y que lo había compuesto muchas   —69→   veces para unos ingleses que fueron a Salamanca a ver la catedral vieja.

La inglesa prorrumpió en risas.

-Señora, perdone usted a este animal que no sabe lo que hace. Voy yo mismo a la cocina y beberá usted té.

Poco después volví con mi obra, que debió de satisfacer a la interesada, pues la aceptó con gozo.

-Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse -le dije-. Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted que avise a su esposo... o es que se halla en la división de Picton que no está en este pueblo...

-Señor oficial -dijo solemnemente bebiendo su té- yo no tengo esposo; yo soy soltera.

Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante al principio en mis ideas no supe contestarle sino con medias palabras.

-¡Buena pieza será ésta que se ha colgado de mi brazo! -dije para mí-. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida, pero de los ingleses, no sabía que...

-Soltera, sí -añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios-. Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria. Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla de Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días enferma y en peligro de muerte;   —70→   pero me reanimó la conciencia de los deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra, al panteón de nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura, las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo, y previa licencia de mis padres, así lo he hecho.

-Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú -dije para mi capote; y luego en voz alta añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus ojos de cielo-: ¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de Dios...

-¡Ah! no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor, que ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto.

-Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las señoritas solas a paseo y viajan solas o acompañadas de cualquier galancete.

-Aunque fuera su novio, no importa.

-¡Pero estamos en España, señora, en España!   —71→   Usted no sabe bien en qué país se ha metido.

-Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes inglesas -dijo sonriendo-. Caballero, faltad al pudor si os parece, intentad galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis para amar a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y lord Wellington os mandará fusilar, si no os casáis conmigo.

-Me casaría, señora.

-Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al comedimiento.

-Pues no me casaría... Permítame usted que me retire.

-Podéis hacerlo -me dijo levantándose penosamente para cerrar por dentro la puerta.

-Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta. Felizmente no la traía conmigo. Está en el convoy.

-Se traerá la maleta. Buenas noches, señora.




ArribaAbajo- IX -

Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por dentro la hermosa inglesa y me retiré a mi aposento que era el rincón de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas y en buena   —72→   parte de la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor, que había pedido agua y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo.

Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos y me ocuparon casi todo el día, encontré a sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la maleta.

Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota. Entré a saludarla, y la pequeña estancia estaba llena de casacas rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada, melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo entorpecía algo sus graciosos movimientos.

Después que nos saludamos y cambié con   —73→   aquellos señores algunos fríos cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo, afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana y con estos diálogos y otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador, vino la noche y con la noche luces dentro del cuarto y tras las luces un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se alegraron todos los semblantes y empezó el trasiego con tanto ahínco que el que menos se echó dentro un río de licor de la China, sin que ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me distinguiese de los demás.

Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz desvelo; mas ya estaba a punto de vencerlo cuando hízome saltar en el lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida. Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba-rincón se distinguía esta muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a   —74→   una galería o solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo suficiente para ver cuanto pasaba en ella.

Llegó la inglesa a la destartalada galería y abriendo una ventana que daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla. Cuando estuve cerca, volvió la cara y con gran sorpresa mía, no se inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad, me dijo:

-¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor insoportable.

-Lo mismo sucede en el mío, señora -dije-; cuando la he visto a usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.

-Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y pensabais salir?...

-Sí señora, pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos pinares...

-No... salid, bajad, iré yo también-, dijo con viva resolución y mucha naturalidad.

Entrando rápidamente en su cuarto de donde sacara una capa de forma extraña y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la embozara por no tener ella aún agilidad en su brazo herido; y una vez que la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo, y como dos amigos que van a paseo.   —75→   Por todas partes se oía rumor de soldados, y la claridad de la luna permitía ver todos los objetos y conocer a las personas.

Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por mí, la inglesa me dijo:

-Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a los Dávilas?

-A ninguna de esas, señora -le respondí ocultando con mi embozo la sonrisa que no pude contener- sino a los Aracelis de Andalucía, que descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.

-¿De Hércules? No lo sabía ciertamente -repuso con naturalidad-. ¿Hace mucho que estáis en campaña?

-Desde que empezó, señora.

-Sois valiente y generoso, sin duda -dijo mirándome fijamente al rostro-. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas la sangre de aquellos insignes caballeros que han sido asombro y envidia de Europa por espacio de muchos siglos.

-Señora, usted me favorece demasiado.

-Decidme; ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, tañer la guitarra y componer versos?

-No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, sino en todas esas habilidades.

Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente:

-¿Y estáis enamorado?

  —76→  

Durante un rato no supe qué responder; tan extrañas me parecían aquellas palabras.

-¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? -contesté decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga quisiera llevarla.

-Veo que os sorprende mi modo de hablaros -añadió ella-. Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino medias palabras, vulgaridades, y frases de hipocresía, os sorprende esta libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo... Quizás me juzguéis mal...

-Oh, no señora.

-Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio si creyerais que esto es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este país son dignos de profundo estudio.

-De modo que lo que quiere es estudiarme -dije entre dientes-. Resignémonos a ser libro de texto.

-El hombre que ha dado muerte a lord Gray, que ha realizado esa gran obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de vos con admiración y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por celos, claro que estabais enamorado.

  —77→  

»Y vuestra dama (esto de vuestra dama me hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías o en algún palacio de Andalucía? ¿Es noble como vos?...

Al oír esto comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy natural regocijarnos con este embellecimiento aun sabiendo que la transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela:

-Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en la persona de una vulgar comiquilla que recorre los pueblos formando parte de una compañía de histriones de la legua?

Esto era, sin duda, demasiado fuerte.

-Caballero -dijo la inglesa con estupor-; ¿pues qué, todavía hay encantamientos en España?

-Encantamientos, precisamente no -dije   —78→   tratando de abatir el vuelo-; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, malicias y ardides de hombres perversos.

-Veo que leéis libros de caballería.

-Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida.

-¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! -exclamó deteniéndose-. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra dama está transformada en una comiquilla...

-Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a esta transformación, no dudo que usted me compadecería.

-¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres porque veo que creéis en encantamentos.

-Están en Salamanca.

-Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los franceses.

-Pero la tomaremos.

-Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.

-Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército aliado desapareciera y me quedase solo...

-Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.

  —79→  

-¡Ah, señora! -exclamé con énfasis-. Un hombre que ama no sabe lo que dice. Veo que es un desatino.

-Un desatino relativo -repuso-. Pero ahora comprendo que os estáis burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla pasar por gran señora.

-Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me burlo.

-No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas -dijo riendo-. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho histriones, y, en efecto dijeron que iban a Salamanca.

-Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de ellas hermosísima. Venían de Plasencia.

-Me parece que sí.

-Y en otro carro llevaban lienzos pintados.

-Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me recordaba una de las más graciosas aventuras del Libro, un vecino de Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos sino pícaros masones que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les descuartizarían si les conocieran».

-No me dice usted nada que yo no sepa -contesté-. Señora, ¿ha oído usted decir a lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre Salamanca?

  —80→  

-Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro pensamiento aún más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces transportes de un corazón siempre inflamado?

-Así, así mismo, señora -dije con entusiasmo que no era enteramente falso, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer, cuyo carácter comenzaba a penetrar-. Parece que lee usted en mi alma como en un libro.

Después que oyó esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en aquel extraño coloquio.

-Caballero, ¿tenéis madre? -me dijo.

-No señora.

-¿Ni hermanas?

-Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.

-Veo que está muy malparado el linaje de Hércules. De modo que estáis solo en el mundo -añadió con acento compasivo-. ¡Desgraciado caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?

-Creo que sí.

-¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido obstáculos?

-Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta por hacer.

-¿Qué?

-Una acción peligrosa, una locura; el último   —81→   grado del atrevimiento. Espero morir o lograr mi objeto.

-¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan?

-Jamás lo he conocido -respondí con una fatuidad, cuyo recuerdo me ha hecho reír muchas veces.

-Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces fácilmente...

-Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca antes...

-¡Antes de tomarla! -exclamó con asombro.

-¿Por qué no?

-Caballero -dijo súbitamente deteniendo el paso-. Veo que os estáis burlando de mí.

-¡Yo, señora! -contesté algo turbado.

-Sí; me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura invención y fábula; os pintáis a vos mismo como un carácter superior, como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea y encantadores, que no existen sino en vuestra imaginación.

-Señora mía, usted...

-Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos pinares me marea.

-Como usted guste.

Confieso ¿por qué no confesarlo? que me quedé algo corrido.

La elegante inglesa no me dijo una palabra   —82→   más en todo el camino, y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto, que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de hierro, y me quedé solo.




ArribaAbajo- X -

Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera:

-¿La tal inglesa será una de esas mujeres de equívoca honradez que suelen seguir a los ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero en realidad, jamás vi en pos de los soldados de la patria ninguna tan hermosa ni de porte tan noble y aristocrático. He oído que tras el ejército francés van pájaros de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues no dicen que Massena ha tenido tan mala suerte en Portugal por la corrupción de sus oficiales y soldados, y aun por sus propios descuidos con ciertas amazonas muy emperifolladas que andaban en los campamentos tan a sus anchas como en París?...

Después dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba a embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño:

-Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a lord Gray, no debo poner en duda   —83→   que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan cabal que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido, y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan como las golondrinas los climas templados, bajan llenas de ansiedad al Mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y de la fantasía, que no siempre encuentran o encuentran a medias; y van con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras y adoran los caracteres apasionados aunque sean casi salvajes, la vida aventurera, la galantería caballeresca, las ruinas, las leyendas, la música popular y hasta las groserías de la plebe siempre que sean graciosas.

Diciendo o pensando así y enlazando con éstos otros pensamientos que más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador. Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí de mi alojamiento.

-Marchamos hacia San Muñoz -me dijo Figueroa, oficial portugués amigo mío que servía con el general Picton.

-¿Y el lord?

-Va a partir no sé a dónde. La división de   —84→   Graham está sobre Tamames. Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. Carlos España y la partida de D. Julián Sánchez.

Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a conocer, y me contestó:

-Es miss Fly, o lo que es lo mismo, miss Mosquita, Mariposa, Pajarita o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a lord Fly, uno de los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha seguido desde la Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en cierto librote que trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El lord y los demás generales ingleses la consideran mucho, y si quieres saber lo que es bueno, atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés se dice Flai, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las palabras de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto para el que quiere aprenderla.

Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior y el paseo que en la soledad de la noche dimos miss Fly y yo por aquellos contornos, lo que oído por Figueroa, causó a este muchísima sorpresa.

-Es la primera vez -dijo- que la rubita tiene tales familiaridades con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró con altanería...

-Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres.

  —85→  

-Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale por medio del ejército, habla con todos, visita las posiciones de vanguardia antes de una batalla y los hospitales de sangre después... A veces se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos inmediatos, mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, y en sus ratos de ocio no hace más que leer romances.

Hablando de este y de otros asuntos, empleamos la mañana, y cerca del medio día fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba allí.

-España -nos dijo el guerrillero Sánchez- está en el alojamiento del cuartel general.

-¿No marcha lord Wellington?

-Parece que se queda aquí, y nosotros salimos para San Muñoz dentro de una hora.

-Vamos al alojamiento del duque -dijo Figueroa-; allí sabremos noticias ciertas.

Estaba lord Wellington en la casa-ayuntamiento, la única capaz y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el soportal, el vestíbulo y la escalera multitud de oficiales de todas las graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos que entraban, y salían, formaban corrillos, disputando y bromeando unos con otros en amistosa intimidad cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos Figueroa y yo, y después de aguardar más de una hora y media en la antesala, salió España y nos dijo:

-El general en jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva a entrar disfrazado   —86→   en Salamanca para examinar los fuertes y las obras provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, ver la artillería y enterarse de si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las provisiones.

-Yo voy -repuse resueltamente sin aguardar a que el general concluyese.

-Tú -dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando con sus oficiales-, ¿tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten presente que es preciso ir y volver.

-Lo supongo.

-Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes.

-Se entra por donde se puede, mi general.

-Luego has de atravesar la muralla, los fuertes, has de penetrar en la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos...

-Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor duque, diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.

-Tú eres un atolondrado y no sirves para el caso -repuso D. Carlos-. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de fortificación.

-Eso lo veremos -contesté sofocado.

-Y es preciso, es preciso ir -añadió mi jefe-. Aún no ha formado el lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir   —87→   a Marmont, dejando atrás a Salamanca o si... ¿Dices que te atreves tú?...

-¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en Salamanca vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la guarnición, las vituallas; sacaré un croquis y me volveré al campamento... Mi general -añadí con calor-, o me presenta vuecencia al duque, o me presento yo solo.

-Vamos, vamos al momento -dijo España entrando conmigo en la sala.




ArribaAbajo- XI -

Junto a una gran mesa colocada en el centro estaba el duque de Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país, y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza para mirarnos. Hízome seña don Carlos España de que debíamos esperar, y en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar, siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa! vi a miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de artillería llamado Simpson.

Por fin, lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. Hice una amabilísima   —88→   reverencia: entonces el inglés me miró más, observándome de pies a cabeza. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí. Era Wellesley bastante alto, de cabellos rubios y rostro encendido, aunque no por las causas a que el vulgo atribuye las inflamaciones epidérmicas de la gente inglesa. Ya se sabe que es proverbial en Inglaterra la afirmación de que el único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad después de los postres, es el vencedor de Tipoo Sayd y de Bonaparte.

Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno en Mayo y el otro en Agosto. El sol de la India y el de España habían alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura y era hermosa y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal, sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz   —89→   sonora, acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño.

Su excelencia me miró, como he dicho, y entonces D. Carlos España, dijo:

-Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos facultativos.

Aquello me avergonzó, mayormente porque estaba delante de miss Fly, y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia.

-Para esta comisión -dijo Wellington en castellano bastante correcto-, se necesitan ciertos conocimientos...

Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España y España me miró a mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin encomendarme a Dios ni al diablo, dije:

-Mi general. Es cierto que no he estado en ninguna academia; pero una larga práctica de la guerra en batallas y sobre todo en sitios, me ha dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. Sé levantar un plano.

El duque de Ciudad-Rodrigo alzando de nuevo los ojos, habló así:

-En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero ningún inglés podría   —90→   entrar en Salamanca, porque sería al instante descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un español.

-Mi general -dijo con fatuidad España-, en mi división no faltan oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer alarde de su arrojo delante de vuecencia.

Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor vehemencia:

-Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca y volveré con las noticias que vuecencia desea.

Tranquila y sosegadamente lord Wellington me preguntó:

-Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?

-En Trafalgar -contesté.

Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos fijáronse en mí con vivísimo interés.

-¿Entonces ha sido usted marino? -interrogó el duque.

-Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de un oficial que iba en el Trinidad. La pérdida de la tripulación me obligó a tomar parte en la batalla.

-¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses?

-El 2 de Mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la Moncloa. Salveme   —91→   milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos los horrores de aquel día.

-¿Y desde entonces se alistó usted?

-Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en la batalla de Bailén.

-¡También en la batalla de Bailén! -dijo Wellington con asombro.

-Sí, mi general, el 19 de Julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja de servicios, que comienza en dicha fecha?

-No, me basta -repuso Wellington-. ¿Y después?

-Volví a Madrid, y tomé parte en la jornada del 3 de Diciembre. Caí prisionero y me quisieron llevar a Francia.

-¿Le llevaron a usted a Francia?

-No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal ciudad.

-¿Todo el sitio? -dijo Wellington con creciente interés hacia mi persona.

-Todo, desde el 19 de Diciembre hasta el 12 de Febrero de 1809. Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de todas las peripecias de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos encontramos en él.

-¿Y a qué ejército pasó usted luego?

-Al del Centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del duque del Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.

-¿No se encontró usted en un nuevo asedio?

  —92→  

-En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de San Lorenzo de Puntales.

-¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a Valencia?

-Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo que mandaba O'Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende.

-¿También ha sido usted guerrillero? -dijo Wellington sonriendo-. Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así lo desea.

-Señor, lo deseo ardientemente.

Todos los presentes seguían observándome, y miss Fly con más atención que ninguno.

-Bien -añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la vista en mí y en el mapa-. Tiene usted que hacer lo siguiente: Se dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las tropas de Marmont que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la plaza. Una vez dentro sacará usted un croquis de las fortificaciones, examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las   —93→   obras de tierra y fajina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que tiene el enemigo en los almacenes.

-Mi general -repuse- comprendo bien lo que se desea, y espero contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?

-Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya de Valmuza. Pero adelántese usted a caballo y pasado mañana martes podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la mañana. No acostumbro esperar.

-Corriente mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de vuelta de mi expedición.

-Tome usted precauciones. Diríjase usted a la calzada de Ledesma, pero cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien, pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a la plaza; y al levantar el croquis evite en lo posible las miradas de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien: no provoque a los enemigos; fínjase amigo de ellos, en una palabra, ponga usted en juego su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El Mayor general del ejército entregará   —94→   a usted la suma que necesite para la expedición.

-Mi general -dije- ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?

-Nada más -repuso sonriendo con benevolencia- sino que adoro la puntualidad y considero como origen del éxito en la guerra la exacta apreciación y distribución del tiempo.

-Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, desagradaré a vuecencia.

-Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas para sacar el croquis, dos para visitar los fuertes, ofreciendo en venta a los soldados algún artículo que necesiten, cuatro para recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos, dos para vencer obstáculos imprevistos, media para descansar. Son diez horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición y el vecindario, una hora para dormir y lo restante para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en ninguna parte puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida.

-A la orden de mi general -dije disponiéndome a salir.

Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la Albuera, de Arroyo Molinos y de   —95→   Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento, y con una grave cortesanía y cordialidad, que inundó mi alma de orgullo y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.

Salí a disponer mi viaje.




ArribaAbajo- XII -

Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos delicadas. Volvime y miss Fly, pues no era otra la que me azotaba, dijo:

-Caballero, hace una hora que os busco.

-Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a las órdenes de usted.

Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte, amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.

-Señora -dijo esta- ¿me podréis proporcionar un vestido como el que tenéis puesto?

La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y mirábala absorta sin contestarle.

  —96→  

-Señorita Fly -dije- ¿va usted a vestirse de aldeana?

-Sí -me respondió sonriendo con malicia-. Quiero ir con vos.

-¡Conmigo! -exclamé con la mayor sorpresa.

-Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca -añadió tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la aldeana la entendiese mejor.

-Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca -dije-. ¿Ir conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la cual ignoro si saldré con vida?

-¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os fundáis para creer que yo conozco el miedo?

-Es imposible, señora, es imposible que usted me acompañe -afirmé con resolución.

-Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para prestar servicios difíciles a una causa santa?

-Al contrario, señora, comprendo que una mujer como usted es capaz de eminentes acciones, y en este momento miss Fly me inspira la más sincera admiración; pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada, exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede disfrazarse, ocultando su lengua extranjera y noble porte.

-¿Que no puedo disfrazarme?

  —97→  

-Bueno, señora -dije sin poder contener la risa-. Principie usted por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen a los niños.

Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la aldeana.

-Luego -añadí- desciña usted esas hermosas trenzas de oro, construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el dengue o rebociño.

Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas que la charra iba sacando de un arcón.

-Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los hombros.

La señorita Mariposa me miró con indignación comprendiendo la imposibilidad de disfrazarse de aldeana.

-Bien -afirmó mirándome con desdén-. Iré sin disfrazarme. En realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...

-Señora -le dije, poniéndome serio-, el honor que recibo y el placer que experimento   —98→   al verme acompañado por usted son tan grandes, que no sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora, voy al peligro. Además, si este no asusta a una persona como usted ¿nada significa el menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja con hombre desconocido por vericuetos y andurriales?

-Menguada idea tenéis del honor, caballero -declaró con nobleza y altanería-. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos están muy por bajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a Salamanca.




ArribaAbajo- XIII -

Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones, se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca; con mi chaleco cuadrado, mi jubón de aldetas en la cintura y cuchillada en la sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento una cartera que cosí   —99→   dentro del jubón con lo necesario para trazar algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en la bolsa interna del cinto.

-Ya está mi Sr. Araceli en campaña -me dije-. El miércoles a las doce de vuelta en Bernuy... ¡En buena me he metido!... Si la inglesa da en el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré con toda energía, y como no entre en razón, denunciaré al general en jefe el capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide andariega y voluntariosa.

No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aún creyéndome indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque adorable y tentador estorbo, y fue que bonitamente y sin decir nada a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de Santi Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel momento comenzaba a salir para San Muñoz.

Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando a poco de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las que en todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! ¡Juzgad de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma miss   —100→   Fly dentro de un cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de la célebre catástrofe, guiando ella misma y acompañada de un rapazuelo de Santi Spíritus!

Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su rostro estaba enardecido y risueño, como el de quien ha ganado un premio en la carrera, sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites; algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito emplear las palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana, pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba radiante.

-Os he alcanzado -dijo con acento verdaderamente triunfal-. Si mistress Mitchell no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña, señor Araceli.

Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su determinación, me dijo:

-¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí; libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca... Sospecho que allí tendréis que hacer además de la comisión de lord Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed que os desprecio.

-¿Y qué he hecho para merecerlo? -dije poniendo mi cabalgadura al paso del caballo   —101→   de tiro y aflojando la marcha, lo cual ambas bestias agradecieron mucho.

-¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra para expresar nuestra inclinación a las impresiones desconocidas, a los grandes objetos que entrevé el alma sin poderlos precisar, a las caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.

-Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero ¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.

-¿Querréis hacerme creer -dijo con malicia- que vais a Salamanca a la comisión de lord Wellington?

-Seguramente.

-Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad adonde vamos.

Una risa franca vino a mis labios, mas la contuve diciendo:

-Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios asuntos.

-Al contrario -dijo con gracia suma-. No os ocuparéis de otra cosa. ¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os escribe desde Madrid?

-¿Cómo sabe usted...? -pregunté con asombro.

  —102→  

-Porque poco antes de salir yo de casa de Forfolleda, llegó un oficial con una carta que había recibido para vos. La miré por fuera, y vi unas armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de mi señora la condesa».

-¡Y yo salí sin recoger esa carta! -exclamé contrariado-. Vuelvo al instante a Santi Spíritus.

Pero miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo sin igual:

-No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.

Y me la dio, y al punto la abrí y la leí. En ella me decía simplemente, a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para Salamanca.

-Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que reflexionáis sobre ella -me dijo Athenais.

-No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el bien que le han quitado.

-Esa carta es de la mamá de la encantada -dijo la señorita Mariposa con incredulidad-. Forjáis historias muy lindas, caballero pero que no engañarán a personas discretas como yo.

Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa había   —103→   hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a miss Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un momento, y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.

-Yo conozco esta firma -dijo primero-. La condesa de ***. La vi y la traté en el Puerto de Santa María.

-En Enero del año 10, señora.

-Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los timbres de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la rectitud de vuestros altos sentimientos.

-¿Eso dice?... pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.

-Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que Inés (¿con que se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia...

Miss Fly me devolvió la carta. Estaba inflamada por una dulce confusión, casi diré arrebatador entusiasmo, y su brillante fantasía, despertándose de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos la aventura que delante tenía.

-¡Caballero! -exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso arrobamiento de su alma   —104→   poética- esto es hermosísimo, tan hermoso que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por completo tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y romances. De modo que vos al ir a Salamanca vais a intentar...

-Lo imposible.

-Decid mejor dos imposibles -afirmó Athenais con exaltado acento- porque la comisión de Wellington... ¡Qué sublime paso, qué incomparable atrevimiento, señor Araceli! El coronel Simpson decía hace poco que hay noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.

-Dios me protegerá, señora.

-Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no habría historia o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.

-¿Pero todavía insiste usted?

-¡Extraño suceso! -dijo sin hacer caso de mi pregunta- ¡y cómo me seduce y cautiva! En España, sólo en España podría encontrarse esto que enciende el corazón, despierta la fantasía y da a la vida el aliciente de vivas pasiones que necesita. Una joven robada, un caballero leal que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira sólo con el valor de su corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué romance tan lindo!

  —105→  

-¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances?

-¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que ninguna lectura de cuantas han inventado los ingenios de la tierra! -repuso con entusiasmo-. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? Los he leído y los conozco todos, los moriscos, los históricos, los caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos y forzados y los satíricos. Los leo con pasión, he traducido muchos al inglés en verso o prosa.

-¡Oh señora mía e insigne maestra! -dije, afirmando para mí que la enfermedad moral de miss Fly era una monomanía literaria-. ¡Cuánto deben a usted las letras españolas!

-Los leo con pasión -añadió sin hacerme caso- pero ¡ay! los busco ansiosamente en la vida real y no puedo, no puedo encontrarlos.

-Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras -afirmé, reconociendo que me había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la Pajarita-. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida real los romances? por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera que...

  —106→  

-Caballero -dijo con gravedad interrumpiéndome- ¿habéis leído los romances de Bernardo del Carpio?

-Señora -respondí turbado- confieso mi ignorancia. No los conozco. Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré. He descuidado mucho mi instrucción, miss Fly.

-Pues yo los sé todos de memoria, desde


    En los reinos de León
el quinto Alfonso reinaba;
hermosa hermana tenía,
doña Jimena se llama,

hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de


   Al pie de un túmulo negro
está Bernardo del Carpio.

¡Incomparable poesía! Después de la Ilíada no se ha compuesto nada mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el romance en que Bernardo liberta de los moros a su amada Estela, y al Carpio que tenían cercado?

-Eso ha de ser bonito.

-Parece que resucitan los tiempos -dijo miss Fly con cierta vaguedad inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante- parece que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza, renovando por un momento   —107→   las maravillas pasadas... La Naturaleza, aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su juventud, como una vieja que no quiere serlo... Retrocede la Historia, cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas de su propio diario y luego busca la espada en el cajón de los olvidados y sublimes juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo veis?

-Señora, ¿qué quiere usted que vea?

-El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez...

Al decir esto, el caballo que arrastraba no sin trabajo el carricoche de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma continuó así:

-También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está escrito; pero que puede recogerse de boca del pueblo como lo he hecho yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre a la infanta, sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le apareció...

El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó cayendo de rodillas.

-Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida -le dije-. Este caballo no puede seguir.

-¡Cómo! -exclamó con ira la inglesa-. Andará. Si no enganchad el vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.

  —108→  

-Imposible, señora, imposible.

-¡Qué desolación! Bien decía mistress Mitchell, que este animal no sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de Faetonte.

Levantamos al animal, que dio algunos pasos y volvió a caer al poco trecho.

-Imposible, imposible -exclamé-. Señora me veo obligado muy a pesar mío a abandonar a usted.

-¡Abandonarme! -dijo la inglesa.

En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.

-Sí, señora; lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca hay diez leguas, el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en Bernuy. No necesito decir más.

-Bien, caballero -dijo con temblor en los labios y acerba reconvención en la mirada-. Marchaos. No os necesito para nada.

-El deber no me permite detenerme ni una hora más -dije volviendo a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo, puse sobre sus cuatro patas al de miss Fly-. El ejército aliado no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las avanzadas... Las manda Simpson su amigo de usted, el coronel Simpson... Conque deme usted su licencia... No dirá usted, señora mía, que la dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.

Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.

  —109→  

-Adiós, hermosa señora mía -grité picando espuelas-. No puedo detenerme. Si vivo contaré a usted lo que me ocurra.

Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.




ArribaAbajo- XIV -

Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir unas cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo adquirido gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo y tristón, hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que conducía directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. Halleme en este al medio día del lunes: mas una vez que lo reconocí, aparteme de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, que pasé para coger el camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a los vendedores en la plaza sin dejarlos pasar adelante para que no pudiesen ver los fuertes.

-No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho -me dijo el charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes después de convidarme a beber en la puerta   —110→   del mesón-. Por milagro de Dios y de María Santísima está vivo el señor Baltasar Cipérez, o sea yo mismo.

-¿Y por qué?

-Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no envía a su gente es castigado con saqueo y a veces con degüello... Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los aldeanos trabajan, los soldados estén quietos, hablando y fumando, y de trecho en trecho hay sargentos que con látigo en mano que están allí con mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo o habla a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...

-Le toman la medida de las espaldas.

-Yo tengo mala sangre -añadió Cipérez- y no creo haber nacido para esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar y no a que me den latigazos. A perro viejo no hay tus tus... Así es que cuando aquel Lucifer me...

-Si soy yo el azotado, allí mismo lo tiendo.

-Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre, yo me metí entre todos porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin, allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las resultas.

El rico aldeano, apartando la anguarina   —111→   puesta del revés, según uso del país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo.

-¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!

-No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome del calabozo me puso salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. ¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará su generosa conducta.

-Señor Cipérez -dije al leal salamanquino-, yo voy a Salamanca y no tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...

-¿Y a qué vas a allá?

-A vender estas verduras -repuse mostrando mi pollino.

-Buen comercio llevas. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos llaman jericó?

-¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.

El aldeano me miró con atención algo suspicaz.

-¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? -me preguntó clavando en mí los ojos-. Por la uña se saca al león...

-Cerca está, señor Cipérez. ¿Conque me da su merced la carta de seguridad?...

-Tú no eres lo que pareces -dijo con malicia   —112→   el aldeano-. ¡Vivan los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses, menos Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos!

-Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?

-Baltasarillo -gritó Cipérez- llégate aquí.

Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, vivaracho y alegre.

-Es mi hijo -dijo el charro-. Es un acero... Baltasarillo, dame tu carta de seguridad.

-Entonces...

-No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No dices que tu madre quedó muy triste?

-Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.

-¿Tú no?

-Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones -replicó el mancebo-. Quiero ir a Salamanca.

-A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el señor Molichard... Dame tu carta.

El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:

-Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos allá se van. El papel está en regla y lo saqué yo mismo hace dos meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana María, cuando la fiesta del rey Copas.

  —113→  

-Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho -dije echando mano a la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí.

-Cipérez el rico no toma dinero por un favor -dijo con nobleza-. Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan bueno es como el rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos unos. Yo también...

-¿Cómo recibirán estos pueblos al lord cuando se presente?

-¿Cómo le han de recibir...? ¿Le has visto? ¿Está cerca? -preguntó con entusiasmo.

-Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.

-¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca -exclamó con exaltado gozo-. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá Marmont y cuantos con él son». ¿Has visto los estudiantes y los mozos de Villamayor?

-No he visto nada, señor.

-Tenemos armas -dijo con misterio-. Ténganos el pie al herrar y verá del que cojeamos... Cuando el lordnos vea...

Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:

-Tú vas a Salamanca mandado por el lord, ¿eh?... como si lo viera... No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien, amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los franceses quieren que les ayudemos, pero lo que has de dar al mur dalo al gato, y sacarte   —114→   ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio... pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer.

-Señor Cipérez -dije-. ¡Vivan los buenos patriotas!

-No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado.

-Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones?

-Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los fuertes.

-¿Pues quién?

-Los vecinos de la ciudad.

-¿Y los aldeanos?

-Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.

-Pero yo...

-Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te sirvo de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo para tu señor padre Cipérez el rico... adiós...

-Adiós, generoso caballero.

  —115→  

-¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las ensucio... Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma.

Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de manos, y seguí a buen paso mi camino.




ArribaAbajo- XV -

Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer mi entrada en la ciudad, insigne maestra de España y de la civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y recelo, arreando el pollino, y afectando divertir la tristeza del camino con cantares alegres.

No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme   —116→   manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo lastimoso.

-Hermosas hortalizas -dijo en francés un cabo llevando su caballo al mismo paso que mi pollino.

No dije nada, y ni siquiera le miré.

-¡Eh, imbécil! -gritó en lengua híbrida, dándome con su sable en la espalda- ¿llevas esas verduras a Salamanca?

-Sí, señor -respondí afectando toda la estupidez que me era posible.

Un oficial detuvo el paso y ordenó al cabo que comprase toda mi mercancía.

-Todo, lo compramos todo -dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo mugriento-. ¿Combien?

Hice señas negativas con la cabeza.

-¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?

-No, señor, es para un regalo.

-¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran imbécil, podrás volverte a tu pueblo.

Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme bonitamente en dos: subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la ciudad, porque a los que   —117→   no iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:

-¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor estúpido.

-Señor -repuse- voy a cargar mi burro de hierro viejo.

-¿Tienes carta de seguridad?

-¿Pues no la he de tener? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, para ver las fiestas del rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo carga puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.

-Bueno, saco de papel: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme; mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para evitar el espionaje.

Llegamos a la puerta de Zamora y allí me detuvo con muy malos modos el centinela.

-Déjalo pasar -dijo mi cabo-; le he comprado las verduras y va a cargar de hierro su jumento.

Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han vivido largo tiempo en lo más intrincado de selvas y dehesas, dijo así:

-Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! monsieur le badaud. En esta semana hemos ahorcado a tres espías.

Yo fingí no comprender, y él añadió:

  —118→  

-Puedes entrar si tienes carta de seguridad.

Mostré el documento y entonces me dejaron pasar.

Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto amurallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de diversas clases que marchaban en tropel llevando cada cual al hombro azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente muy a gusto aquellos señores.

-Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las fortificaciones -dije para mí-. Los franceses les llevan a la fuerza.

Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz que en mal castellano me decía:

-¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de policía.

  —119→  

-Yo soy forastero -repuse-; he venido con mi borriquito...

-Venid y se sabrá quién sois -continuó mirándome atentamente-. Si par exemple, fueseis espion...

Mi primer intento fue resistirme a seguirle; pero hubiérame vendido la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor humildad seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner los pies en polvorosa con la ligereza que me era propia; mas adivinando el menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo:

-¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda duda que sois espion. Estabais observando la artillería de las monjas Bernardas. Estabais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?

Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera, y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo   —120→   formado de cuatro robustos y poderosos militares de brillantes uniformes, bigotazos retorcidos e imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.

-¿Qué traes, Tourlourou? -preguntó con fastidio el más viejo de todos.

-Un crapaud pescado ahora mismo.

Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias reverencias a aquellos apreciables sujetos.

-¡Uncrapaud! -repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con fieros ojos-. ¿Quién sois?

-Señor -dije cruzando las manos-. Ese señor soldado me ha tomado por un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo, tengo mi burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme... -y luego sollozando del modo más lastimero y exhalando gritos de dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé -: ¡Adiós, madre querida; adiós, padre de mi corazón; ya no veréis más a vuestro hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo, ¿qué he hecho, qué he hecho yo, señores?

El oficial anciano dijo con calma imperturbable. Molichard, sargento Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al Maréchal de Logis, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.

Presentose otro francés alto como un poste,   —121→   derecho como un huso4, flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, y manos y pies de descomunal magnitud. Cuando vi a aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando dije:

-¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y reverenciadísimo! Al fin le encuentro. Y ¡cuánto le he buscado sin que estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que bese sus rodillas y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa Virgen María: qué gozo tan grande!

-Creo que estáis loco, buen hombre -dijo el francés sacudiendo sus piernas.

-Pero, ¿no me conoce usía? -añadí-. Pero, ¿cómo me ha de conocer, si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese y viva mil años el buen Sr. Molichard que salvó a mi padre de la muerte. Soy Baltasar Cipérez, mire la carta de seguridad, soy hijo del tío Baltasar a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas. Bendito sea el Sr. Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado mi padre con un obsequio para su merced.

  —122→  

-¡Un obsequio! -exclamó el sargento con alborozado semblante.

-Sí señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta.

-¡Verduras! ¿Y dónde están? -dijo Molichard volviendo en derredor los ojos.

-Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé; pero que debe de andar por aquí y podrá dar testimonio de lo que digo. Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó verdes ni secos.

-¡Oh, peste de dragones! -exclamó con furia el protector de mi padre-. Yo se las sacaré de las tripas.

-Me obligó a que se las vendiera -continué-; pero puedo dar a usía el dinero que me entregó; además, de que en el primer viaje que haga a Salamanca traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido en persona a ponerse a los pies de usía, porque le están echando cintas nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón, liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados.

  —123→  

-El Sr. Cipérez es hombre generoso -dijo el francés pavoneándose ante sus amigos, que no estaban menos absortos y gozosos que él.

-Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...

-El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.

-Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios que hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere verte muerto.

-En lo de ensartar refranes -dijo Molichard-, se conoce la sangre del Sr. Cipérez.

-Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.

Molichard pareció indeciso y después de consultar a sus compañeros con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:

  —124→  

-Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez... pero...

-No... no se apure por mí el Sr. Molichard -dije con la mayor naturalidad del mundo-. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo.

-En el calabozo lo pasaréis mal, joven... -dijo el francés-. Veremos. Se le dirá al oficial que...

-El oficial no se acuerda ya de lo que mandó -afirmó Tourlourou, quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.

-¡Eh! Jean-Jean -gritó Molichard llamando a un compañero que cercano al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo de dragones que comprara mis verduras en el camino.

Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.

-Buen amigo -le dije-, me parece que fue su merced quien me compró las verduras que traje para el señor.

-¿Para Molichard?...

-¿No dije que eran para un regalo?

-A saber que eran para este chauve souris -dijo Jean-Jean-, no os hubiera dado un céntimo por ellas.

-Jean-Jean -dijo Molichard en francés-, ¿te gusta el vino de la Nava?

-Verlo no. ¿Dónde lo hay?

-Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado   —125→   un trago. Pero tenemos que ponerle a él en el calabozo...

-¡En el calabozo!

-Sí, mon vieux, le han tomado por espía sin serlo.

-Vámonos a la taberna los cuatro -dijo Tourlourou- y luego el señor se quedará en su calabozo.

-Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los jefes -dije con humildad y apocamiento-. Llévenme a la prisión, enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.

-¿Qué es eso de encerrar? -gritó Molichard en tono campechano y tocando las castañuelas con los dedos-. A casa de la Zángana, messieurs. Cipérez, nosotros respondemos de ti.

-¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí.

-Un francés, un soldado de Napoleón -dijo Tourlourou con un gesto parecido al de Bonaparte señalando las pirámides-, no bebe tranquilo mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, Cipérez -añadió abrazándome-, sois el primero entre mis camaradas. Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí l'aigle de l'Empire et le lion de l'Espagne.

Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como aquella, los brazos del águila del imperio.

Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran imperio, me sacaron   —126→   fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.




ArribaAbajo- XVI -

-Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de mi señor padre, yo pago todo el gasto -dije al entrar.

En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean, regalaron sus venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de armas y de vino.

-¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? -me preguntó Molichard.

-Bastante para pasar -respondí con modestia.

-Llámanle Cipérez el rico.

-Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.

-No digo eso. ¡A la salud de monsieurrrr Cipérez!

-Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo... Pero mi padre y mi madre y toda la familia, vendrán en procesión solene con algo mejor. Sr. Molichard,   —127→   mi hermana quiere conocer al Sr. Molichard...

-Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María Cipérez!

-Muy guapa. Parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.

-Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay Pirrineos». Bebed, Baltasarico.

-Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien -dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.

Jean-Jean cantaba:


    Le crocodile en partant pour la guerre
disait adieux a ses petits enfants.
      Le malheureux
      traînant sa queue
      dans la poussière...

Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con gesto majestuoso exclamó:

-Camaradas, desde lo alto de esta botellaquarrrrente siècles vous contemplent.

Yo dije a Molichard:

-Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su vino de la Nava?

Y sin esperar contestación, pagué a la Zángana.

  —128→  

-Bien; vamos un momento afuera -repuso Molichard tomándome del brazo.

Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle; sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados, daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de lord Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.

-¿Qué es esto que hacen aquí, señor Molichard? -pregunté cándidamente.

-¡Fortificaciones, animal! -dijo el sargento, que después que se llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.

-Ya, ya comprendo -repuse afectando penetración-. Para la guerra. ¿Y cómo llaman este sitio?

-Esto en que estamos es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de benedictinos,   —129→   que se derribó. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.

-¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? -pregunté estupefacto.

-Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.

-¡Fuego! -dije medrosamente-. ¿Y todos a la vez?

-Te pones pálido, cobarde.

-Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. Y esa tierra, mi sargento, ¿para qué es?

-No he visto un animal semejante. ¿No ves que se están haciendo escarpa y contra escarpa?

-¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?

-Es el castillo árabe-romano. ¡Foudre et tonnerre! Eres un ignorante... Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.

-¿San Cayetano?

-¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. También lo estamos fortificando.

-Esto es muy bonito, señor Molichard. Será gracioso ver esto cuando empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?

-El colegio Trilingüe... triquis lingüis en latín, esto es, de tres lenguas. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la Alberca.

-Pero aquí han derribado calles enteras, señor Molichard -dije avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.

  —130→  

-Pues no parece sino que viene del Limbo, ¡Ventre de bÅ“uf! ¿No ves que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San Vicente?...

-Y allí hay una plaza...

-Un baluarte.

-Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.

-Juguetes... Los buenos son aquellos cuatro, los del rebellín.

-Y por aquí va un foso...

-Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.

¿Y detrás?... Jesús, María y José ¡qué miedo!

-Detrás el parapeto donde están los morteros.

-Vamos ahora por aquel lado.

-¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito... Saperlotte. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres espía... y a la verdad, amiguito, sospecho...

El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón Tourlourou en lastimoso estado, y mal sostenido por su amigo Jean-Jean, que entonaba una canción guerrera.

Espion, sí, espion! -dijo Tourlourou señalándome-. Sostengo que eres espion. ¡Al calabozo!

-Francamente, caballero Cipérez -dijo Molichard- yo no quisiera faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti.

-Tiene este mancebo -afirmó Jean-Jean   —131→   sentándome la mano en el hombro con tanta fuerza, que casi me aplastó- cara de tunante.

-Desde que le vi sospeché algo malo -dijo Molichard-. No está uno seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de debajo de las piedras...

Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.

-¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya muralla se está aspillerando? -dijo Tourlourou.

Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad. De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:

-Sois unos bestias. Dejadme a mí al Sr. Cipérez, que es mi amigo.

Pasó un brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa aunque harto pesada.

-Volvámonos al cuartel -dijo Molichard-. Yo entro de guardia a las diez.

Y asiéndome por el brazo añadió:

Peste, mille pestes!... ¿Queríais escapar?

-En el cuartel se le registrará -exclamó Tourlourou.

-Fuera de aquí goguenards -dijo con energía Jean-Jean-. El Sr. Cipérez es mi amigo y le tomo bajo mi protección. Andad con mil demonios y dejádmelo aquí.

Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros, e insistió en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan   —132→   fuerte porrazo en el hombro que al fin resolvió marcharse con su compañero, ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo de mi memoria. Al reproducir los primeros no me he separado de la verdad lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de vos, que comúnmente nos daban los franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar.

¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá si tienen mis amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en Salamanca el día 16 de Junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por hechuras engañosas de la fantasía o invenciones de novelador para entretener al vulgo.



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