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Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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Las Leyes de las Doce Tablas Volver al principio

A mediados del siglo V a.C. la agitación de la plebe ante la arbitrariedad de los magistrados patricios impulsó el nacimiento del primer código legal romano. Según la tradición, tras enviar una embajada a Atenas para estudiar las leyes de Solón, en el año 451 a.C. se interrumpen las parejas consulares y el gobierno de Roma pasa de los cónsules a un colegio formado por diez miembros, todos ellos patricios, a los que se encargó la codificación del derecho, hasta entonces consuetudinario. Los primeros decenviros publicaron diez tablas, pero como éstas demostraron ser insuficientes, al año siguiente un segundo grupo de decenviros, en esta ocasión patricios y plebeyos, añadieron dos tablas más a las anteriores, pero los intentos de este segundo colegio por mantenerse ilegalmente en el poder provocaron una nueva rebelión de la plebe y al restablecimiento en 449 del sistema consular. Pero en adelante las Leyes de las Doce Tablas (451-450 a.C.), con sus reminiscencias primitivas, aportaciones novedosas e incluso prescripciones contradictorias, actuaron como el código legal fundamental de Roma.
Los diversos autores que transmiten estos hechos parecen combinar dos tradiciones: la introducción de una reforma legislativa, y un intento de transformación institucional en el marco del enfrentamiento patricios-plebeyos. En cuanto al texto mismo de las Leyes, ha sido reconstruido a partir de las menciones dispersas que de ellas introdujeron en sus obras autores como Cicerón o Aulo Gelio entre otros. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Si alguien es citado según derecho, acuda. Si no acude, que se dé fe: y que se le capture. Si hay enfermedad, edad o minusvalía que se le dé montura. Si no la quiere, no se le dé vehículo. El garante del propietario, sea propietario. Del pobre, uno [ciudadano] que lo aprecie.
Cuando pacten, anúnciese. Si no pactan, que lleven su causa al comicio o al foro antes de mediodía. Durante la exposición, que estén presentes ambos. Pasado mediodía adjudíquese el litigio a quien esté presente. Si están ambos presentes, que la caída del sol sea el último momento.
Quien careciera de testigo, por tres días lo reclame ante su puerta.
Confesada la deuda [en dinero] y juzgadas las cosas en derecho, haya un plazo legal de 30 días. Luego, que se le prenda. Llévese al tribunal. Si no cumple lo sentenciado ni nadie lo avala ante el tribunal, que lo lleve consigo [el acreedor], lo ate con cuerda o con cadenas de, como máximo, 15 libras o si quiere, de menos. Si lo quiere, viva de lo suyo. Si no, el que lo tiene encadenado le dará una libra de grano al día. Si quiere, le dará más. Sin embargo, aún quedaba el derecho a avenirse y, si no, lo tenían encadenado sesenta días. Durante ellos, por tres mercados seguidos, se le llevaba al comicio ante el pretor y se anunciaba la cuantía de su condena. Al tercer mercado se ejecutaban las penas capitales o iban a venderlo al otro lado del Tíber, como extranjero. Al tercer mercado, que se corten los pedazos. Si no resultan iguales no sea fraude.
Si el padre ha vendido por tres veces al hijo quede éste libre de su padre.
Los ancestros quisieron, así, que las mujeres, incluso adultas, quedasen bajo tutela en razón de su ligereza de espíritu (...) salvo las vírgenes Vestales que quisieron fueran libres: y así se previene en la Ley de las XII Tablas.
Quienes no hayan recibido tutor por testamento, por la ley de las XII Tablas tendrán como tutores a sus agnados. Si alguien está loco y no tiene custodio, que la potestad sobre él y sus bienes sea de sus agnados y gentiles.
Se prevé en la Ley de las XII Tablas que si una mujer no quiere caer bajo la manus del marido se ausente tres noches cada año y que de ese modo interrumpa cada año la usucapión.
Si le arrancó un miembro y no se avino con él, aplíquese talión.
Si el patrono defraudare al cliente, sea execrado.
Que no se establezcan privilegios.
Que no se dicten penas capitales contra ciudadanos sino por los comicios máximos.
Que no se entierre ni queme cadáver en la ciudad.
Tras haber (los decenviros) redactado diez Tablas de leyes con suma equidad y prudencia, los sustituyeron al año siguiente a otros diez que, añadiendo dos tablas de leyes inicuas, prohibieron con una ley inhumanísima los matrimonios de plebeyos con patricios.
(...) Los delitos de los hijos de familia o de los esclavos generaron las acciones noxales, para que el paterfamilias o el amo pudiera a su elección o exponerse a la estimación de un juicio o entregar al culpable (...) Las acciones noxales se instituyeron mediante leyes o por el edicto del pretor: mediante leyes, como la de las XII Tablas sobre robo (...)

Traducción de Guillermo Fatás extraída de http://FyL.unizar.es/HAnt/index.html



Saqueo de Roma por los galos Volver al principio

La penetración céltica en Italia, iniciada ya a finales del siglo VI a.C., alcanza su éxito de mayor resonancia en 390 a.C. -según la tradición romana; 387 según la griega- con la derrota romana a orillas del río Alia y el saqueo de Roma que de inmediato sigue a aquélla. Según la tradición analística -que, a diferencia del relato del griego Polibio, embellece los hechos con abundantes detalles dramáticos a través de los siglos hasta su fijación definitiva en tiempo de los Gracos y de Sila-, los galos se apoderaron de toda la ciudad a excepción del Capitolio, donde se refugiaron aquellos de sus habitantes que no habían huido previamente a Veyes. Más allá de su elaboración literaria, el suceso dejó una profunda huella en el imaginario colectivo romano.
Tito Livio (Patavium, 59 a.C. - Roma, 17 d.C.) fue el gran historiador nacional romano de época de Augusto. Es en el marco de la restauración cultural emprendida por este emperador donde debe ser entendida su obra, una monumental historia de Roma conocida como Ab Vrbe condita que, como su título indica, comenzaba con la fundación de la Ciudad hasta culminar en la muerte de Druso (9 a.C.). En ella la información se organiza según una estricta división por años a lo largo de ciento cuarenta y dos libros, de los cuales únicamente se conservan completos los diez primeros (hasta el año 293) y del XXI al XLV (años 219-167), además de un fragmento del libro XCI. Tenemos conocimiento del resto gracias a un resumen muy condensado de época imperial (Periochae), así como a la utilización que de Livio hicieron autores posteriores como Floro (s. II), Eutropio (s. IV), Julio Obsecuente (s. IV) y Orosio (s. V). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Por su parte, los galos, ante lo extraordinario de una victoria tan repentina, quedaron como estupefactos, y también ellos, en un principio, se detuvieron, paralizados de pánico, como no comprendiendo qué había ocurrido; después, temieron una celada; al fin recogieron los despojos de los muertos y formaron montones con las armas, como tienen por costumbre; entonces, por último, como no había a la vista por ninguna parte ni rastro del enemigo, emprenden la marcha y, poco antes de la puesta del sol, llegan ante la ciudad de Roma. Allí, cuando unos jinetes que marchaban delante volvieron diciendo que las puertas no estaban cerradas, que no había centinelas haciendo guardia ante las puertas, que no había hombres armados en las murallas, una nueva sorpresa similar a la anterior los dejó en vilo; por temor a la noche y al desconocimiento de la situación de la ciudad, se detuvieron entre Roma y el Anio, después de enviar exploradores en torno a las murallas y las otras puertas a ver qué planes tenía el enemigo en aquella situación desesperada. Por parte de los romanos, como se había dirigido a Veyos una proporción mayor que a Roma, nadie creía que hubiera más supervivientes que los que se habían refugiado en Roma y fueron llorados todos por igual, vivos y muertos, llenándose de lamentos prácticamente toda la ciudad. Después, los duelos privados enmudecieron ante el pánico general, cuando se anunció la presencia del enemigo; al poco se oían los alaridos y los cantos disonantes de los bárbaros, que vagaban en grupos en derredor de las murallas. A partir de entonces, durante todo el tiempo hasta el amanecer siguiente, estuvieron los ánimos tan en suspenso que en cada momento se tenía la impresión de que se iba a producir el ataque a la ciudad: cuando acababan de llegar, porque se habían acercado a la ciudad -pues se hubieran quedado junto al Alia, de no haber tenido tal propósito-; después, hacia la puesta de sol, porque no quedaba mucho día -atacarían preferiblemente antes de la noche-; luego, que habían diferido planes para la noche con el fin de provocar mayor pánico; finalmente, al acercarse el alba se morían de miedo y, al temor ininterrumpido, sucedió el propio mal cuando las enseñas enemigas avanzaron hacia las puertas. No obstante, durante la noche aquella y durante el día siguiente la población no se pareció lo más mínimo a aquella que había huido con tanto pánico junto al Alia. En efecto, como no había esperanza alguna de que la ciudad pudiese ser defendida con tan escasos efectivos como quedaban, se acordó que, juntamente con las mujeres e hijos, los jóvenes en edad militar y los senadores más vigorosos se retirasen a la ciudadela y al Capitolio, y, trasladados allá armas y trigo, desde aquella posición fortificada defendiesen los dioses, los hombres y el nombre de Roma; el flamen y las sacerdotisas de Vesta alejarían de la destrucción y el incendio los objetos del culto público, y no sería abandonado el culto divino mientras quedase alguien para administrarlo. Si la ciudadela y el Capitolio, morada de los dioses; si el senado, cabeza del plan de gobierno; si la juventud en edad militar sobrevivían a la catástrofe que se cernía sobre la ciudad, sería llevadera la pérdida de la multitud de ancianos que eran abandonados en la ciudad y que, en cualquier caso, estaban abocados a morir. Y, con el objeto de que la multitud plebeya lo sobrellevase con mayor ecuanimidad, los ancianos triunfadores y excónsules decían públicamente que ellos morirían juntamente con los otros, y que sus cuerpos, incapaces de llevar armas y de defender a la patria, no serían una carga que añadir a la escasez de combatientes (...)
Dispuesto ya todo, a tenor de la situación, para la defensa de la ciudadela, la multitud de ancianos, vueltos a sus casas, estaban a la espera de la llegada del enemigo en actitud resuelta a morir. Los que habían desempeñado magistraturas curules, con el objeto de morir con los distintivos de su antigua grandeza, de sus cargos y sus méritos, vestidos con la indumentaria más solemne, la de los que conducen el carro sagrado o de los que triunfan, se sentaron en medio de sus casas en sus sillas de marfil. Hay quien sostiene que, repitiendo la fórmula que iba pronunciando delante el pontífice máximo Marco Folio, se ofrecieron a morir por la patria y los ciudadanos de Roma. Los galos, debido a que con una noche de por medio sus ánimos habían remitido en su ardor por pelear y debido a a que nunca se habían batido en un combate incierto, y además tomaban la ciudad sin tener que asaltarla a la fuerza, entraron en la ciudad al día siguiente sin ira, sin enardecimiento, por la puerta Colina, abierta, llegando hasta el foro, volviendo sus miradas en torno hacia los templos de los dioses y hacia la ciudadela, que era la única que presentaba aspecto bélico. A continuación, dejando un pequeño destacamento, no fuese a ser que desde la ciudadela o el Capitolio se produjese algún ataque una vez dispersados, se pierden en busca de botín por las calles vacías de gente; unos corren en tropel hacia los edificios más próximos; otros se dirigen a los alejados, considerándolos por esa razón intactos y repletos de botín; asustados, luego, por la misma soledad, de nuevo, temiendo que una trampa enemiga los cazase dispersos, volvían agrupados hacia el foro y las zonas cercanas al mismo. Al encontrar allí atrancada las casas de los plebeyos y abiertos de par en par los atrios de los nobles, sentían casi mayor recelo en internarse en las casas abiertas que en las cerradas: hasta ese extremo sólo con respeto miraban a los hombres sentados en los vestíbulos de sus casas, muy parecidos a los dioses no sólo por su vestimenta y su porte de una majestuosidad más que humana, sino también por la dignidad que emanaba de su rostro y de la serenidad de su semblante. Al quedarse parados ante ellos como si fueran estatuas, dicen que Marco Papirio, uno de ellos, golpeó en la cabeza con su bastón de marfil a un galo que le acariciaba la barba, larga como entonces la llevaba todo el mundo, y provocó su cólera, dando comienzo por él la matanza; los demás fueron pasados a cuchillo sobre sus asientos; después de la muerte de los notables ya no se perdona a ningún ser viviente, las casas son objeto de pillaje y, una vez vaciadas, se les prende fuego.
Ahora bien, o no todos los galos tenían deseos de destruir la ciudad, o sus jefes habían decidido, por una parte, que se hiciesen bien visibles algunos incendios con el fin de asustar por si se podía empujar a los sitiados a rendirse por cariño hacia sus hogares, y por otra, que no se quemasen todas las casas, para mantener lo que quedase en pie de la ciudad como prenda para doblegar la actitud del enemigo: durante el primer día no se extendió el fuego por todas partes y ampliamente como cuando es tomada una ciudad. Los romanos, que desde la ciudadela veían la ciudad llena de enemigos corriendo sin rumbo por todas las calles, como primero en un sitio y luego en otro se originaba algún nuevo desastre, no eran capaces de razonar debidamente, es más, ni siquiera podían controlar lo suficiente sus oídos y sus ojos. Hacia cualquier punto a donde los gritos del enemigo, los llantos de las mujeres y los niños, el crepitar de las llamas y el estruendo de los edificios al derrumbarse atraían su atención, volvían sus espíritus llenos de pavor, su rostro, sus ojos, como si la Fortuna los hubiese puesto de espectadores de la ruina de su patria y no quedasen para defender ninguno de sus bienes, a excepción de sus cuerpos; eran más dignos de lástima que cualesquiera tros que hayan sido nunca sitiados, porque sufrían el asedio aislados de su patria, viendo todo lo suyo en poder del enemigo. La noche que sucedió a aquel día transcurrido en medio de tanto horror no fue más tranquila; tras ella vino luego un amanecer agitado, y no había instante en que no se produjese el espectáculo de algún desastre, distinto cada vez. Sin embargo, abrumados bajo el peso de tantos males, no se doblegó ni un ápice su resuelta actitud, y aun viéndolo todo arrasado por las llamas y los derrumbamientos, a pesar de lo desasistida que estaba y lo reducida que era la colina que ocupaban, la defendieron con valentía como reducto de su libertad. Y al irse repitiendo día tras día los mismos hechos, como si se habituaran a la desgracia sus ánimos, se fueron insensibilizando al sentimiento por sus bienes, y ponían sus miras únicamente en las armas y el hierro que empuñaban como único reducto de su esperanza.

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, V 39-42 (selección), traducción de José Antonio Villar, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990.



Las Leyes Licinio-Sextias Volver al principio

Después de diez años de lucha política, en el año 367 los tribunos de la plebe lograron la aprobación de una serie de medidas reformistas centradas en la cuestión de las deudas, el problema agrario y la igualdad política. Esta última quedó plasmada en el acceso de los plebeyos al consulado, en un proceso que culminó con la ley Ogulnia del año 300 en virtud de la cual todas las magistraturas quedaron abiertas a los plebeyos, siendo las últimas de ellas las categorías de pontífices y augures. Con ello quedaron resueltas las cuestiones más espinosas del enfrentamiento entre patricios y plebeyos, y aseguradas las bases de la estabilidad social y política romanas.
Tito Livio (Patavium, 59 a.C. - Roma, 17 d.C.) fue el gran historiador nacional romano de época de Augusto. Es en el marco de la restauración cultural emprendida por este emperador donde debe ser entendida su obra, una monumental historia de Roma conocida como Ab Vrbe condita que, como su título indica, comenzaba con la fundación de la Ciudad hasta culminar en la muerte de Druso (9 a.C.). En ella la información se organiza según una estricta división por años a lo largo de ciento cuarenta y dos libros, de los cuales únicamente se conservan completos los diez primeros (hasta el año 293) y del XXI al XLV (años 219-167), además de un fragmento del libro XCI. Tenemos conocimiento del resto gracias a un resumen muy condensado de época imperial (Periochae), así como a la utilización que de Livio hicieron autores posteriores como Floro (s. II), Eutropio (s. IV), Julio Obsecuente (s. IV) y Orosio (s. V). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Cuanto más tranquilo estaba todo en el exterior aquel año gracias a las felices circunstancias de las guerras, tanto más iban en aumento de día en día la violencia de los patricios y las miserias de la plebe, pues la misma necesidad de pagar las deudas le quitaba la posibilidad de hacerlo. Así pues, cuando ya no podían entregar ninguna cosa, después de ser juzgados y adjudicados por deudas daban satisfacción a sus acreedores con su reputación y su cuerpo, y la obligación de la deuda había sido sustituida por el castigo. Consecuentemente, los plebeyos, no sólo los más humildes, sino incluso los notables, se habían doblegado y estaban abatidos de tal manera que ni para presentarse candidato al tribunado militar juntamente con los patricios, derecho por el que se habían empeñado con tanto afán, ni siquiera para desear y pretender las magistraturas plebeyas, tenía ánimo ningún hombre enérgico y experimentado, y los patricios parecían haber recuperado para siempre la propiedad de un cargo que la plebe se había limitado a ejercer durante unos pocos años (...)
Parecía llegado el momento de una revolución, debido al enorme alcance de las deudas, mal para el que la plebe no esperaba ningún alivio, mientras no situase a los suyos en el poder supremo: había que prepararse para esta idea; con su empeño y su acción los plebeyos habían ya avanzado hasta un punto desde el que podrían, si continuaban esforzándose, llegar a lo más alto e igualarse a los patricios tanto en dignidad como en mérito. De momento, acordaron convertirse en tribunos de la plebe, magistratura en la que abrirse por sí mismos el camino hacia los otros honores. Elegidos tribunos Gayo Licinio y Lucio Sextio hicieron públicos unos proyectos de ley dirigidos, todos ellos, en contra del poder de los patricios y a favor de los intereses de la plebe: uno, sobre las deudas, disponiendo que se dedujese del principal lo que se había pagado en intereses y que el resto fuese abonado en tres años por partes iguales; otro, sobre la extensión de las propiedades rústicas, prohibiendo que nadie fuese propietario de más de quinientas yugadas de tierra; el tercero, disponiendo la no celebración de comicios para elegir tribunos militares, y que al menos uno de los cónsules fuese elegido entre la plebe: todas ellas, medidas de muy largo alcance y que no podían lograrse sin los mayores enfrentamientos.
Así pues, al ser puestas en cuestión simultáneamente todas las cosas que los mortales ambicionan de forma desmedida -tierras, dinero y honores-, los patricios, llenos de espanto, al no encontrar en el desconcierto de sus reuniones públicas y privadas ninguna otra solución más que el veto tribunicio, para hacer frente a las proposiciones de ley de los tribunos se ganaron a sus colegas. Cuando éstos vieron que las tribus eran llamadas para emitir su voto por Licinio y Sextio, rodeados por una escolta de patricios no dejaron ni que se leyesen las proposiciones de ley ni que se llevase a cabo ninguna de las demás formalidades de los plebiscitos. Y después de haber sido convocada en vano repetidas veces la asamblea, como las proposiciones de ley se las daba ya por rechazadas, Sextio dijo: «Está bien; puesto que se quiere que tenga tanta fuerza el veto, con esa misma arma defenderemos a la plebe. Vamos, senadores, fijad la fecha de los comicios para la elección de tribunos militares; yo me encargaré de que no os guste esa palabra, 'veto', que ahora con tanto regocijo habéis oído cantar a coro a nuestros colegas». Sus amenazas no cayeron en el vacío: no hubo ninguna clase de comicios, a no ser los de la elección de ediles y tribunos de la plebe. Licinio y Sextio, reelegidos tribunos de la plebe, no permitieron que se eligiese ningún magistrado curul, y al reelegir la plebe a los dos tribunos y suprimir éstos los comicios de tribunos militares, la falta de magistrados se prolongó en Roma durante cinco años (...)
Sexto y Licinio, juntamente con parte de sus colegas y uno de los tribunos militares, Fabio, maestros en el tratamiento de las actitudes de la plebe gracias a la experiencia ya de tantos años, hacían comparecer a los patricios más notables y los agobiaban a preguntas sobre cada una de las cuestiones que se sometían a la decisión del pueblo: si iban a tener la osadía de postular que, mientras a la plebe se le asignaban dos yugadas a cada uno en el reparto de tierras, a ellos les fuese permitido tener más de quinientas yugadas; poseer cada uno de ellos las tierras de casi trescientos ciudadanos, y que al hombre de la plebe su tierra apenas le diese para el techo que necesitaba o para albergar su sepultura; si les parecía bien que la plebe, acosada por la usura, en lugar de pagar más bien el principal prestado, entregase su cuerpo a las ataduras y a los suplicios, y que cada día fuesen llevados del foro en rebaño los adjudicados por deudas y que las casas de los nobles se llenasen de encadenados y, dondequiera que habitase un patricio, hubiese una cárcel privada.
Después de proferir estas expresiones que provocaban la indignación y movían a compasión al oírlas, ante un auditorio que ya de por sí temblaba con mayor indignación que ellos mismos, aseguraban que sin duda los patricios no iban a dejar jamás de ocupar las tierras ni de hacer trizas a la plebe con la usura, a no ser que los plebeyos eligiesen de entre los suyos a uno de los cónsules como salvaguarda de su libertad. Había que olvidarse ya de los tribunos de la plebe, puesto que esta potestad rompía ella misma su propia fuerza a base de vetos. No se podía hablar de igualdad jurídica cuando los otros tenían en sus manos el poder supremo, y ellos únicamente la «intercesión»; sin participación en el poder supremo, nunca la plebe estaría a nivel de igualdad en el Estado. Y que nadie fuese a creer que bastaba con que, en los comicios consulares, se tuviese en cuenta a los plebeyos; en caso de no ser obligado que uno de los cónsules indefectiblemente fuese un plebeyo, nadie lo iba a ser (...) Les faltaba a los plebeyos el consulado; ésa era la ciudadela de su libertad, ése su sostén. Si se alcanzaba ese objetivo, entonces el pueblo romano estimaría que, de verdad, se había expulsado de la Ciudad a los reyes y que su libertad estaba consolidada; realmente, a partir de ese día, recaería sobre la plebe todo lo que daba superioridad a los patricios: poder y honor, gloria militar, cuna, nobleza, de lo cual iban a disfrutar ellos en gran medida, y en mayor medida lo iban a legar a sus hijos.
Cuando vieron que tenían buena acogida los discursos de este género, hacen pública una nueva proposición de ley estipulando que, en lugar de duúnviros encargados del culto, se nombren decénviros, de forma que una mitad pertenezca a la plebe y la otra mitad a los patricios; y aplazan los comicios sobre todos estos proyectos de ley hasta el regreso del ejército que estaba sitiando Vélitras (...)
Apenas había liquidado la guerra, una sedición civil más terrible lo recibió en Roma, y, después de muy duros enfrentamientos, el dictador y el senado fueron vencidos, en el sentido de ser aprobados los proyectos de ley de los tribunos; y, a pesar de la oposición de la nobleza, se celebraron comicios consulares en los que Lucio Sextio, el primer plebeyo, fue elegido cónsul. Y ni siquiera así terminaron los enfrentamientos. Como los patricios declaraban que ellos no iban a validar la elección, la situación llegó casi a una secesión de la plebe y a otras terribles amenazas de luchas civiles. No obstante, por mediación del dictador se aplacaron las discordias por transacción: la nobleza cedió ante la plebe en lo referente al cónsul plebeyo, la plebe ante la nobleza en lo referente a nombrar un pretor patricio que administrase justicia en Roma.
Pasando así los estamentos al entendimiento después de un prolongado resentimiento, el senado consideró que el acontecimiento bien merecía -y con más razón que en ninguna otra ocasión se les iban a dar las gracias a los dioses inmortales- que se celebrasen los juegos más solemnes y se añadiese un día a los tres acostumbrados.

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, IV 34-42 (selección), traducción de José Antonio Villar, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990.




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