Antoniorrobles
Su obra



        "Antoniorrobles era un hombre corpulento, de boca grande que siempre recuerdo abierta en una gran carcajada". Con esa penetrante caracterización Dionisio Ridruejo evocaba una ligera amistad mantenida, durante algunos veranos, en El Escorial de los primeros años veinte, cuando tuvo ocasión de conocer al Antonio Robles que se iniciaba entonces en los caminos de la literatura. Son, por otra parte, palabras escritas desde el recuerdo tras el largo y duro paréntesis de nuestra Guerra Civil y un testimonio que toma un valor especial al plasmar, por encima de una declarada divergencia política(1), los rasgos humanos que marcaron la personalidad de Antonio Joaquín Robles Soler: trato afectuoso, bondad intrínseca alejada de fingidas poses, humor sano y una tremenda alegría por vivir, bien apreciable aún cuando los muchos años y los achaques físicos que pesaban sobre sus espaldas, ofrecían recovecos para la espera paciente de la guadaña que segaría su aliento.

        Los primeros intentos novelísticos de Antonio Robles se adentraron por un humorismo absurdo y disparatado, tras la estela vanguardista de Ramón Gómez de la Serna. Así, en el prólogo de la primera novela de Robles, El archipiélago de la muñequería (Madrid, Librería de Alejandro Pueyo, 1924), Ramón declaraba tal identidad literaria y una firme amistad personal. Una de sus dieciocho greguerías, o "prologales rajitas de salchichón", definía así al joven humorista que "estrenaba" novela(2): "Robles fue un chico listo que pilló al vuelo muchas aleluyas de las que caen del cielo en días que no son de procesión. Tiene un espíritu, una ingenuidad y una simpleza de aleluya, y a veces dibuja también una aleluyita. ¡Las que cazó al vuelo!".

        Sus primeros cuentos infantiles aparecieron en 1925, publicados en la revista Pinocho, de la famosa editorial Calleja y dirigida por Salvador Bartolozzi(3). Desde entonces, los relatos de Antonio Robles para Pinocho esbozaban ya las líneas habituales en su posterior dedicación a la literatura infantil. No sólo aparecían en ellos algunos de los esquemas argumentales que, más adelante, desarrollaría en distintos cuentos, sino que a la vez creaba el personaje de Chonón, como boceto del que habría de ser su personaje literario más querido: Rompetacones. Además en aquellas páginas apareció uno de los escasos testimonios de su labor teatral dedicada a los niños: "El príncipe no quiere ser niño" (núm. 10, 27 abril 1925, a núm. 13, 17 mayo 1925), piececilla dramática con todos los elementos característicos del tratamiento literario de la realidad vista por el niño, cercano al absurdo y atento a los aspectos insólitos de lo cotidiano.

        Todo aquel que se adentre por los relatos infantiles de Antoniorrobles, se encontrará con hallazgos ocurrentes, nacidos de un lícito afán creador por dar un sesgo humorístico a la visión "normal" de la realidad y, con ello, ganar la sorpresa y el interés de sus lectores. De la misma forma, la particular filantropía de aquel buen Antonio, manifestada en sus comentarios sencillos, sin afectación, tuvo la mejor expresión en su sano humorismo y en sus bienintencionadas ironías. Cualidades ambas -filantropía y humorismo- que animaron sus mejores relatos. Incluso tal actitud personal desembocó en un pacifismo militante que le llevaba a imaginar soluciones insólitas a tremendos y disparatados conflictos bélicos(4). Muchos de tales relatos antimilitaristas y antibélicos tomaban así un carácter premonitorio de la tragedia que años después vivirían los españoles y en los que propio Antoniorrobles hubo de implicarse, sin renunciar a esa particular visión del mundo.

        Al tiempo que escribía sus cuentos dedicados a los niños, Antoniorrobles se preocupó por esbozar y desarrollar una personal teoría de la literatura infantil(5). En tales teorizaciones, Antoniorrobles autodefinió la actitud creadora que animaba sus historias: el franciscanismo literario. Del santo de Asís, le atraían su amor por los animales y el canto a las pequeñas cosas cotidianas. Desde intención, nada más revelador que el título de sus Hermanos monigotes. Y junto a ello, una evidente atracción de Antoniorrobles por los avances técnicos a los que trataba de presenta bajo una visión más humanizada, más entrañable y cercana a los sentimientos del niño. Los aeroplanos, las motocicletas, los hilos del telégrafo, las máquinas de escribir, las radios, los gramófonos... se convierten en los relatos de Antonio en auténticos protagonistas de situaciones donde su vida animada sirve para curiosos e insólitos contrastes. Ese ingenio ocurrente, esa gracia especial para el hallazgo humorístico, sabía forjar escenas de aire surrealista y dotar a las tramas argumentales de soluciones absurdas y disparatadas.

        La intencionalidad creadora de Antoniorrobles necesitaba de un adecuado tono oral. De hablar directamente a los lectores. De saber transmitir una sonrisa. De resaltar el tono irónico sin caer en lo grotesco. Un estilo donde la sencillez y la llaneza en el decir eran sus repetidas notas, como conveniente vehículo expresivo para dirigir a sus deseados destinatarios. En los relatos de Antoniorrobles late una corriente cálida entre él, como narrador, y su público, los lectores infantiles. Quizá hoy, la lectura de algunos de sus cuentos desde una sensibilidad más actual, pueda chocar una presencia excesiva del narrador-autor. Sin embargo, en aquellos momentos no resultaba tan desacostumbrado el incurrir en apelaciones un tanto ternuristas, en tratamientos corteses, hoy, por desgracia, no tan frecuentes, o en los consejos relativos a las actitudes reflejadas en algunos relatos.

        Nada más que añadir ahora sobre aquel chico listo que cazaba las aleluyas al vuelo. De aquel creador del que León Felipe dijo, en 1966, que era "un humorista tramposo y mal prestidigitador", porque aquel gran poeta había visto cómo las cosas maravillosas sacadas de un sombrero de mago por Antoniorrobles las tenía escondidas en "las entretelas del corazón", y, además, porque en ese gran pañuelo de seda de donde salían todos sus trucos era el propio pañuelo de sus lágrimas.

        Las creaciones de Antoniorrobles esperan la lectura de quien quiera disfrutar de la ingenuidad accesible sólo a los que aún conservan intacta la capacidad de asombro y dispuesto el resorte de la risa franca y limpia. Y seguro que el buen Antonio sonreirá cada vez que alguien comprenda y disfrute con sus juegos literarios.




1. En el libro póstumo Casi unas memorias, Barcelona, Planeta, 1976, p. 27.

2. Dentro del grupo de cultivadores de la novela caracterizada por un cierto intelectualismo, levemente criticista --Jardiel Poncela, Neville, Samuel Ros, José López Rubio...--, que les conduciría a posiciones cercanas al arte deshumanizado, Antonio Robles destacaría por ser el más insistente cultivador de la novela humorística, con títulos como Tres, El muerto, su adulterio y la ironía (1929), Novia, partida por dos (1929), Torerito soberbio (1932), y ya en su época mexicana, El refugiado Centauro Flores (1966) y El violín de Don Matías (1969).

3. Aquel primer cuento fue el titulado "La gran mariposa" (núm. 5, 22 de marzo 1925).

4. Véanse los relatos incluidos en la antes citada edición de Cuentos de "El perro, el ratón y el gato", y en especial el titulado "La guerra de las veintiuna,/ que una se comió la Luna."

5. A ella dedicó el prólogo de su primer libro editado: 26 cuentos infantiles en orden alfabético. O las seis conferencias recogidas en ¿Se comió el lobo a Caperucita?, además de distintos prólogos a sus propias obras, como el ofrecido en Rompetacones y 100 cuentos más, en su época mexicana.


  Catálogo
  Antología

Biblioteca de la Literatura Infantil y Juvenil


Página mantenida por el Taller Digital Marco legal Página principal Enviar correo