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Ángeles Mora

Semblanza crítica

Nacida en 1952 en Rute (Córdoba), Ángeles Mora es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada, ciudad en la que asentó su residencia. Allí entró en contacto con autores relevantes de la corriente inicialmente bautizada como «la otra sentimentalidad», de quienes aprendió y con quienes confluyó durante su formación literaria. No obstante, su estética encuentra difícil inserción en cualesquiera tendencias pautadas de la lírica de su tiempo histórico. Otra cosa es la preponderancia de su biografía en cuanto tronco reconocible del que surgen las ramificaciones de su ficción poética, algo que, entendido sin restricciones, podría decirse de cuantos poetas alcanzan una voz propia. Pero, aunque la médula de todos ellos sea la biografía, los componentes que la conforman son muy distintos en cada caso: la cultura, unas veces; los supuestos ideológicos, otras; y, desde luego, los avatares de la cotidianidad que traducen el acomodo de la persona sobre el fondo, y a veces contra el fondo, de una determinada coyuntura histórica. A este último impulso responde más que a otros Ángeles Mora, quien ha construido su mundo alrededor de una conciencia de sí inestable, cuya sustancia primordial es ese mismo proceso de constitución. De ahí que el yo se expanda como una entidad proteica, que pretende saberse a sí mismo y conocer, al tiempo, los rincones del mundo inmediato, para lo cual se mueve, escruta, palpa las realidades de su entorno: «Mi nombre es el desierto donde vivo. / Mi destierro, el que me procuré. / No me he reconocido en este mundo / inhóspito, / tan ancho y tan ajeno».

Su primer libro publicado es Pensando que el camino iba derecho (1982), de título garcilasiano, aunque los poemas de Caligrafía de ayer, editados en el año 2000, son anteriores en su composición. Tanto en un conjunto como en el otro la poesía es la escala que permite el conocimiento superior de aquella mujer que escribe, cuyo psiquismo encuentra la sazón en Contradicciones, pájaros (2001), libro con el que obtuvo el premio «Ciudad de Melilla». Antes, la autora había efectuado una primera recapitulación literaria en un cuaderno donde parecía haber asimilado su soledad frente al bullebulle de un mundo fragmentado en las esquirlas de sus moradores y de las historias que protagonizan: se trata de La guerra de los treinta años (1990), que obtuvo en su momento el premio «Rafael Alberti». La canción del olvido (1985), La dama errante (1990) y Cámara subjetiva (1996) son otros títulos de la autora, donde el sujeto de la escritura va depositándose en los poemas morosamente y sin aspavientos, convertido ya en objeto de la creación.

Sobre una irrenunciable entonación de época en torno a motivos más o menos compartibles por el común de los lectores, el yo avanza y se construye paulatinamente. En él alienta una concepción intimista, expresada con una dicción tenue que muestra la precariedad de su equilibrio y el recogimiento metafórico, a la búsqueda de una verdad que se esconde en los pliegues de las evidencias más groseras. Cuál sea la naturaleza de ese yo es algo que debe colegir cada lector, en tanto que estos poemas no presentan significados unívocos, sino actualizaciones multifacéticas de un modo vacilante de estar en el mundo. Pero todos o la mayoría de esos lectores percibirán cómo los referidos avatares de la intimidad, canalizados por un lenguaje sutil y poco amigo de los bocinazos pletóricos, terminan apelando a una condición femenina cuyos límites son, en un extremo, la soledad, y, en el otro, el amor y sus laceraciones. Las recopilaciones selectivas de su obra, como Antología poética (1982-1995) (1995), en edición de Luis Muñoz, y ¿Las mujeres son mágicas? (2000), introducida por Miguel Ángel García, despliegan el curso de una voz que se manifiesta no como mero crecimiento lineal hacia un término fijo, sino como la transcripción literaria de un nunca demasiado explícito calidoscopio existencial.

Ángel L. Prieto de Paula