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Antonio Gamoneda

Semblanza crítica

Nacido en Oviedo en 1931, y huérfano de padre al año siguiente, en 1934 marchó Antonio Gamoneda con su madre a León, ciudad donde ha residido desde entonces. Su condición de «niño de la guerra» deja impronta en algunos de sus poemas más intensos. Su existencia durante la primera postguerra estuvo marcada por las noticias de sufrimiento y represión, y la miseria personal y familiar. Por su edad, fue enlace entre los dos grupos poéticos leoneses constituidos alrededor de las revistas Espadaña (1944-1951), en la que colaboró sólo en su época final, y Claraboya (1963-1968), enfrentadas a las derivas formalistas y culturalistas de la poesía española en los años cuarenta y sesenta, respectivamente. Los contactos con dichos grupos aliviaron un autodidactismo esencial, que lo peculiarizan frente a la mayor parte de los autores de su generación histórica. Pero si, en rigor, Antonio Gamoneda careció de maestros, él mismo actuó como tal en el ámbito provincial, donde llevó a cabo una importante tarea como propulsor de la literatura y las artes plásticas. Así, desde 1969 y durante ocho años programó las actividades culturales de la Diputación leonesa, creando y dirigiendo la colección de poesía «Provincia» (1970). Gerente en los años ochenta de la Fundación Sierra-Pambley, heredera del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, su actividad creativa, sin embargo, parecía haberse apagado tras la publicación de su primer libro, Sublevación inmóvil, en 1960, pues hasta 1977 no volvió a dar a las prensas ningún volumen de versos.

En Sublevación inmóvil, que recoge poemas escritos entre 1953 y 1959, Gamoneda sitúa frente a frente la insurgencia (existencial y social) y la propensión a la belleza. La reescritura de sus poemas efectuada en su madurez supone una actualización desde el presente de su obra de juventud: ello explica que ese primer libro, y los poemas anteriores de La tierra y los labios -inéditos en su momento e incluidos en Edad, su primera recopilación de poesías completas-, aparezcan hoy como un ejemplo más de una poesía escrita desde la perspectiva de la muerte, un rasgo fundamental de toda su obra, según el propio autor ha confesado en diversas ocasiones.

Compuesto entre 1961 y 1966, Blues castellano encontró obstáculos en la censura para su publicación, que tuvo lugar muchos años más tarde, en 1982. El libro, que se asienta en la constatación del dolor histórico y la injusticia dominante, está atravesado por la conciencia de un desarraigo existencial resuelto en un encuentro estético entre el dolor y la consolación, y al cabo en la esencial unidad de los oprimidos de la tierra. A la influencia métrica del jazz, en su versión religiosa (spiritual) o profana (blues), se deben los ritmos paralelísticos, las letanías formularias y la simplificación sintáctica de sus cláusulas versales. Desde la publicación de Sublevación inmóvil hasta la de Descripción de la mentira (1977), su primer gran libro y el segundo en aparecer, pasaron más de tres lustros. Esa larga temporada de silencio parecía haber engullido al poeta; tras ella surgió irruptivamente con un discurso tonante y ensimismado, como una emanación de la conciencia en oleadas e invasiones sucesivas que vuelven a empezar a cada poco, sin avances semánticos notables, sólo atentas al tempo musical. Construido el libro como un largo poema en versículos amplios, la voz que los enhebra es la de alguien que, asumiendo el fracaso existencial e histórico -muerto Franco, consumida buena parte de la vida en un empeño sin fruto, y desaparecida la razón de una existencia a la contra-, lanza una confesión de un aliento visionario y una textura simbólica muy particulares, turbado en su percepción del mundo, iluminado y sentencioso como un profeta antiguotestamentario, vacío de certezas, sólo sabedor de la mentira de una existencia en que el ayer y el hoy se rehúsan.

Lápidas (1987) es un libro más heterogéneo que el anterior en razón de sus motivos y composición estructural, pero con un lenguaje y una concepción del mundo coherentes con él. En ese mismo año publicó Edad, volumen recapitulatorio de su obra precedente, encabezado con un exhaustivo estudio de Miguel Casado. Edad obtuvo el Premio Nacional de Poesía de 1988 -ya en 1985 se le había concedido a su autor el Premio Castilla y León de las Letras-, muestra de un reconocimiento que a partir de entonces no haría sino crecer, como lo demuestran los últimos premios que han recaído en su obra: Prix Européen de Littérature (2006), Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2006) y Premio Cervantes (2006).

Pero si Edad supuso el general reconocimiento para Gamoneda, lo mejor había de llegar con Libro del frío (1992), una obsesiva consideratio mortis donde la tensión poética alcanza su grado máximo, en línea con Descripción de la mentira aunque mucho menos verbalista y enfático. El curso versicular es desnudo y preciso, sin sinuosidades psíquicas, sin ironía ni displicencia, tajante y explícito -pero no tremendista ni gesticulante-, de una rara y estremecedora severidad. La sentida inminencia de la muerte no anula la tracción retrospectiva de la pasión erótica, resistente en medio de las ruinas. Todo el libro está sometido a una suerte de paradójica aceptación ante la máquina del mundo y el tremor de la muerte y del posterior vacío, allí donde la luz vela las formas del mundo y las palabras dejan de significar. Este es también el territorio de Arden las pérdidas (2003), en que el sujeto se dispone a doblar el Cabo de Hornos de la existencia con una extraña pasión en la que se congela todo impulso: «mi pasión es la indiferencia». Un anticipo de la ultratumba («Pesan las frutas corrompidas, hierven las cámaras corporales») expresa ese espacio final, sin dioses ni miedos ni esperanzas. Sólo la ternura habría de proporcionarle al poeta algún anclaje a la existencia: esa ternura que se percibe en Cecilia (2004) y que tiempla una gélida desolación y una pena arterial.

Ángel L. Prieto de Paula