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Claudio Rodríguez

Semblanza crítica

Claudio Rodríguez nació en Zamora, en 1934. Tras estudiar el Bachillerato en su ciudad natal, se trasladó a Madrid, donde estudió Filología Románica (Universidad Complutense). Licenciado en 1957, desempeñó el cargo de lector de español en las universidades inglesas de Nottingham (1958-1960) y Cambridge (1960-1964). Posteriormente se trasladó a Madrid para dedicarse a la docencia universitaria. En 1986 se le concedió el Premio de las Letras de Castilla y León. En 1992 ingresó en la RAE, después de ser elegido en 1987. En 1993 obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Murió en Madrid en 1999.

Es uno de los poetas más inspirados, puros y originales. Sus cinco libros de poesía han hecho de él un clásico, referente imprescindible en la evolución de la poesía española del siglo XX. Su obra es relativamente breve, caracterizada por la esencialidad, el absoluto dominio del ritmo, la sorprendente capacidad imaginativa y la hondura ética. La poesía de Claudio Rodríguez ha ido conquistando desde sus inicios, y de manera indiscutida, el alto espacio que hoy ocupa junto a los más grandes poetas de todos los tiempos. Como a San Juan de la Cruz, Hölderlin, Wordsworth o Rimbaud, le caracteriza, en palabras de Prieto de Paula, uno de sus mayores estudiosos, «una mirada virgen para captar el mundo, una mente lúcida para interpretarlo y una palabra exacta para comunicarse (comunicarnos) con él».

La más somera lectura de esta poesía manifiesta la radical independencia creadora de su autor con respecto a escuelas, tendencias o programas del panorama poético de los años 50 y 60. Aunque su obra discurra de manera paralela a la de su generación y a la de su época, hay que situarla específicamente en otro territorio por su singularidad y grandeza, pues sobrevuela los estrechos límites del realismo para instalarse en el territorio del mito, o, dicho de otro modo, en la raíz del imaginario humano, en el sentido que a este concepto le da Gilbert Durand: «la labor del poeta, a través del lenguaje, es fijar en una desgarradora eternidad lo que el tiempo y la vida degradan». En 1953, en pleno auge de la poesía social, publicó su primer libro, Don de la ebriedad, con el que había obtenido el premio Adonáis. Sorprendió a poetas y críticos su genial precocidad creativa y su carácter visionario: se trataba de un libro inspirado y puro, situado en el territorio de las revelaciones de la ebrietas, de imágenes deslumbrantes y misteriosas y sostenida intensidad hímnica, escrito por un poeta adolescente entonces desconocido, que lo había ido componiendo en sus largas caminatas por tierras de Castilla. Para José Olivio Jiménez, Don de la ebriedad «gira en torno a la captación de ese momento mágico de la revelación, del encuentro con lo que el espíritu oscuramente busca o presiente y al cabo logra de modo inesperado».

Pero a Don de la ebriedad le sucedieron los no menos asombrosos Conjuros, Alianza y condena, El vuelo de la celebración y Casi una leyenda, en los que Claudio Rodríguez fue ahondando en el misterio de la existencia humana. Frente al arrebato celeste del primer título, Conjuros (1958) se sitúa en un ámbito campesino o urbano, pero inserto ya en la historia y lo colectivo. Se mantiene en él el vuelo ascensional, pero comienzan también las primeras fisuras; lo visionario aparece en momentos fugaces, aunque son el desengaño y la frustración los sentimientos que predominan.

Estos sentimientos se intensifican en Alianza y condena (1965; Premio de la Crítica). Este libro representa el momento de madurez estética y humana del poeta por varios motivos: ampliación temática de su mundo lírico, mayor hondura ética en el compromiso con el hombre concreto, aparición de un tono más encalmado y meditativo sin perder el impulso de la ebriedad, dominio técnico y expresivo, mayor variedad métrica, sobria utilización de recursos literarios, y novedosas perspectivas metafóricas para representar la tensión entre objetividad y subjetividad ante el problema del conocimiento, a través de una mirada más reflexiva y, al mismo tiempo, moral. Frente al tono arrebatado y exclamativo de los dos primeros libros ahora domina la interrogación, el inquirir obsesivo por la esencia de la verdad.

El vuelo de la celebración (1976) culmina, en palabras de Prieto de Paula, el itinerario desde la visión a la contemplación, y presenta una meditación serena sobre la naturaleza y el destino humano. En 1983 obtuvo el Premio Nacional de Poesía por el libro recopilatorio Desde mis poemas. Con posterioridad a esa fecha publicó Casi una leyenda (1991), la colección más unitaria del poeta, que revela la sólida coherencia de su mundo poético. Aquí los principales temas y motivos simbólicos de toda su obra («la vida entera entrando en la mirada», como decía en «La contemplación viva») desembocan, a través de resonancias y alusiones intratextuales, en una meditación esperanzada sobre la muerte.

La aventura poética de Claudio Rodríguez consiste, en fin, en una peculiarísima iluminación simbólica de lo real a través del lenguaje; un intento de desvelar la verdad que se oculta tras la realidad aparencial de las cosas. La finalidad de la poesía, solía decir, es «hallar la certeza única, el nudo que ate y dé sentido a tantas imágenes rotas, tanta oscura presencia, tanta vida sin tino». El mundo lírico expresado así expresado se resuelve en canto y celebración, siempre en una irrenunciable voluntad de salvación de la realidad.

Fernando Yubero Ferrero