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La caída de Constantinopla

Presentación del portal La caída de Constantinopla

Ya han pasado más de 550 años de uno de los sucesos más importantes de la Historia de la Humanidad, tan fundamental que, luego de sucedido, el mundo pareció cambiar para siempre, y, probablemente, la fecha del acontecimiento sea la mejor para separar dos épocas distintas de la Historia mundial, ya que el mundo a partir de allí jamás sería como antes.

Este portal es un homenaje a todos los habitantes del Imperio Bizantino que han luchado por mantener sus formas de vida, por sobrevivir, por defender sus tierras, por conquistar tierras perdidas; es un homenaje a esas personas que vivieron libres durante 1.123 años en la ciudad más hermosa que la tierra haya visto jamás, la ciudad donde se representaba en el ámbito terrenal el mismo orden que en el venerable Cielo donde moraba Dios con su propia corte celestial.

Desde 1453 no está el emperador para dirigir los asuntos terrenales; ya no hay logotetas ni strategos ni drungarios, y ningún sebastocrátor cruza a caballo con su guardia macedonia para dar órdenes directas del emperador a los gobernadores de Bulgaria, Serbia o el Peloponeso; ya no hay monjes en los monasterios de la capital que discutan sobre la naturaleza de Cristo o sobre el significado de los iconos mientras pasean por los jardines aledaños; no hay más soldados que se apresten a defender sus tierras de las invasiones enemigas; no están más los ricos estancieros de Anatolia que proporcionaban enormes contingentes de tropas y los mejores generales nacidos en sus propias familias a los emperadores; nunca más el pueblo bizantino entraría a Santa Sofía para sentir esa emoción indescriptible de encontrarse con Dios, el emperador y el patriarca todos juntos, y disfrutar de esas luces cambiantes a cada minuto que entraban por las aberturas de la famosa cúpula, de los colores indescriptibles e iluminados de las cuentas de los hermosos mosaicos de sus paredes, de ese sonido único cuando todos están rezando y el eco vuelve enternecedor y soberbio; no están ya los marineros que prestos acudían de puerto en puerto combatiendo a todos los que osaban entrar en aguas del Imperio; ya no habrá casas libres con iconos en su interior a los cuales poder rezar largamente y pedirles salud, bienestar y solución a sus problemas; no hay más sublevaciones contra los emperadores injustos o pecadores; no hay más embajadores con regalos para los potenciales aliados, no hay más romanos en este mundo.

¿Cómo se puede expresar el significado de un derrumbe tan cruel para los supervivientes de un Imperio que había dominado la política mundial durante siglos? ¿De qué manera se pueden encontrar las razones de un hecho tan aterrador como la desaparición del mundo para el ánimo de los últimos bizantinos libres que habitaban la milenaria ciudad de Constantino?

Es un hecho que los habitantes de Constantinopla de 1453, me refiero a los genuinos bizantinos, que tal vez no llegaran al número de cuarenta o cincuenta mil personas en total dentro de las murallas de la gran urbe, todavía creían en lo que sus mayores les enseñaron, o sea que eran súbditos de un emperador descendiente de Augusto y de Constantino el Grande, que eran miembros de un imperio glorioso y universal, y que de alguna manera se salvarían de esta catástrofe que se avecinaba, para renacer de las cenizas como tantas otras veces a lo largo de la dilatada Historia que tenían sobre sus espaldas, todo gracias a la protección de Cristo y de la Sagrada Virgen.

Por otro lado, también es un hecho que los griegos que habitaban la ciudad habían nacido en su mayoría en el siglo XV, que estaba comenzando su segunda mitad, y que durante lo que iba del siglo Bizancio apenas dominaba pequeños territorios en Tracia y un poco más extensos en el Peloponeso, donde Mistra era la máxima expresión de la cultura bizantina y donde se podía sentir que la historia podría ser otra, siendo miembros de una cultura y de un pueblo extraordinariamente instruido, ilustrado y desarrollado intelectualmente.

Pero la realidad golpeaba duramente a esta pequeña comunidad de bizantinos que se negaban a perder lo suyo, o sea su cultura, su personalidad, su forma de vida, su derecho a ser libres y de rezar a su Dios en sus propias iglesias.

En esos años que promediaban el siglo XV, Bizancio no existía prácticamente en materia política, no tenía para ese entonces casi ninguna importancia en el marco de las nuevas relaciones entre las potencias europeas; no obstante, económicamente su capital todavía demostraba su importancia como puerto internacional, aunque los beneficios se los llevaran las repúblicas italianas, como en los últimos tres siglos y medio.

A pesar de ello, la Historia parecía favorable a quienes decían que podrían salir de este difícil trance; por eso conviene antes de estudiar los hechos de la caída, revisar muy rápidamente lo que pasó en la Ciudad durante los mil ciento veintitrés años anteriores.

Rolando Castillo
webmaster La caída de Constantinopla