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Margo Glantz

La autora: Apunte biobibliográfico

Margo Glantz: poética de una vida

«Antes los viajes eran largos -explica Margo Glantz-. Se emprendían primero en tren, luego, en barco. Las valijas eran como una casa, enormes baúles que contenían todos los bienes de la familia, las fotografías de color sepia [...]». Así debió ser el viaje a América de los padres de Margo, un matrimonio ucraniano-judío que emigró a México en la segunda mitad de la década de los años veinte. Cuando inició la Revolución Rusa, en 1917, Jacobo Glantz viajó a Jerson y después a Odesa, ciudad donde se casó con Lucía Shapiro y de la cual salió el matrimonio hacia Constantinopla y posteriormente hacia México, país del que debían partir a su destino final: Estados Unidos, donde había emigrado con anterioridad la familia de Jacobo. Sin embargo, les fue negado el permiso de ingreso a ese país y fue así como se quedaron en México.

Margo nació en 1930 en la calle de Jesús María 44, «entre los gritos de los marchantes de La Merced». La vida no fue fácil para los Glantz, que tuvieron que cambiar una y otra vez de casa. Del centro se mudaron a la colonia Condesa y de ahí al pueblo de Tacuba, lugar donde transcurrió gran parte de la infancia de Margo. Años después regresaron a la Condesa, justo cuando Margo ingresó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Si en lo exterior siempre estuvo bajo el signo de la trashumancia, ¿cómo era en la intimidad la familia de Margo? Como ella misma ha explicado, sus padres se mantuvieron siempre fieles a sus tradiciones, pero supieron conjugarlas con un enorme interés por la cultura mexicana, interés que sembraron en sus hijas desde el principio. Aunque su mamá y su papá recibieron diferente educación, para ambos era fundamental la lectura y el cultivo personal; además, los dos tenían la misma sensibilidad para las artes plásticas, la música, la literatura y la cultura en general.

Después de aprender español, Jacobo Glantz se puso en contacto con poetas y artistas mexicanos. Estuvo cerca del movimiento muralista, fue muy amigo de Diego Rivera, y Fernando Leal; conoció también a Siqueiros y a Orozco y, como explica la propia Margo, «estas relaciones le permitieron vincularse con la cultura mexicana con enorme avidez. En ella, además, hallaba un reflejo de lo que había visto en Rusia, ya que ambas buscaban una renovación después de un movimiento revolucionario muy fuerte».

Al matrimonio Glantz le tocó vivir dos momentos históricos importantísimos, el de su país de origen y el del país que habían elegido como residencia; ambos supieron valorar culturalmente estos hechos y, lejos de mostrar una nostalgia por Rusia, generaron un verdadero proceso de fusión que les dio a sus cuatro hijas una excepcional amplitud de miras. Es por eso que, muchos años después, Margo ve en sus padres la encarnación de los seres a los que el siglo XX ha obligado a buscar nuevos horizontes y a fundir identidades.

El interés de sus padres por la literatura determinó la vocación de Margo. Desde pequeña leía toda clase de libros: poesía, mitología o relatos de grandes viajeros, descubridores o científicos. Cuando cumplió catorce años entró a una organización sionista que tenía una biblioteca circulante. Ahí leyó a Dos Passos, a Faulkner, a gran parte de la literatura norteamericana contemporánea; también a Kafka (La metamorfosis, en la traducción de Borges), a Hermann Hesse y a Thomas Mann, entre otros. También leyó literatura francesa, a los griegos y a los autores latinos. Así que su decisión de estudiar Letras Inglesas era un hecho previsible.

El estudio del inglés llevó a Margo a materias de otras carreras, así que también estudió Letras Hispánicas e Historia del Arte, con especialidad en Historia del Teatro. ¿Enciclopédico? No, sanguíneo fue el saber que la nutrió durante su época de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Esto la impulsó a irse a París a doctorarse en Letras Hispánicas.

Su tesis, defendida en la Sorbonne, trató el tema del exotismo francés sobre México en el período que va de la invasión norteamericana del 47 a la caída del imperio de Maximiliano en el 67, trabajo que después la llevó a estudiar el siglo XIX francés y mexicano. Durante su estancia en París vio teatro de todas partes del mundo, tomó cursos en la Escuela de Arte del Louvre y estudió historia. Además de Francia conoció, en compañía de su esposo Francisco López Cámara, Suiza, Alemania, Inglaterra, Escocia, Holanda, España, Bélgica, Medio Oriente y Egipto. Este viaje hizo que la cultura occidental, que había sido para Margo una noción eminentemente intelectual, se convirtiera en un saber, por así decirlo, corpóreo.

Tras el viaje a Europa, Margo emprendió un nuevo tipo de aprendizaje, el de la docencia, una docencia que desde 1958 la ha vinculado a la Universidad Nacional Autónoma de México, de la que todavía hoy es profesora emérita, pero que la llevaría a recorrer además, durante las siguientes décadas (y hasta la actualidad), prestigiosas universidades americanas y europeas (Irvine, Yale, Princeton, Harvard, Complutense de Madrid, Sevilla, Lisboa, Viena, Buenos Aires, Lima…).

En 1961 comenzó a impartir docencia en Preparatoria 5, donde conoció a Héctor Azar, en ese entonces Director de Teatro Universitario, con quien colaboró en los grupos de teatro estudiantil. Fue Azar quien la invitó a participar en el Centro Universitario de Teatro, cuyas clases no sólo fueron importantes para su formación docente sino que gestaron en ella una primera vocación por la escritura. Si bien a principios de los años 50 había escrito reseñas para la Facultad y después algunos artículos periodísticos, lo cierto es que a través del teatro se percató de que escribir era una vocación real para ella.

Margo refiere que, en sus inicios, la escritura fue para ella, más que una creación, un «ensamblaje» entre su vocación docente y la necesidad de responder a compromisos académicos y culturales que con el tiempo le surgieron: a petición de Gastón García Cantú, quien trabajó en Publicaciones durante la rectoría de Barrios Sierra, tradujo y estudió a varios viajeros franceses que estuvieron en México entre 1821 y 1875, de donde surgió su primer libro, Viajes en México. Crónicas extranjeras (1964). Ese mismo año, el teatro le dio el material directo para la publicación de un segundo libro, Tennessee Williams y el teatro norteamericano, al que seguirían dos trabajos sobre jóvenes narradores: el prólogo a Narrativa joven de México (1969) y Onda y escritura, jóvenes de 20 a 33 (1971).

La aventura del Conde de Rousset Boulbon (1972) cierra el primer ciclo importante en la obra de Margo, que bien podemos considerar de formación como autora, y que, aparte de los libros ya citados, incluye varios cuentos que publicó en El corno emplumado, la revista que dirigían Margaret Randall y Sergio Mondragón.

Los años que transcurrieron antes de que en 1978 viera la luz su primera obra de ficción, Las mil y una calorías, no fueron baldíos desde el punto de vista literario: en 1966 fundó Punto de partida, que dirigió hasta el 70; durante esos cuatro años también dirigió el Instituto Cultural Mexicano-Israelí, donde organizó ciclos de cine, conferencias, mesas redondas, exposiciones de pintura, funciones de teatro... actividades a las que asistieron entre otros Salvador Novo, Salvador Elizondo, José Revueltas, Carlos Monsiváis o Elena Poniatowska.

Cuando quiso publicar Las mil y una calorías, no halló editor y tuvo que sacar la obra por su cuenta. Poco después, le hicieron una entrevista que salió en Uno más uno, y ahí comentó lo que le había sucedido, lo cual provocó que la Universidad Veracruzana se ofreciera a publicarle un libro. A partir de ese momento, Margo inició un proceso de creación inagotable que obtuvo ya, además, el reconocimiento de la crítica: Las genealogías (1981) recibió el premio Magda Donato en 1982 y Síndrome de naufragios (1984) el premio Xavier Villaurrutia.

El ritmo de publicaciones era vertiginoso, abrumador -en esos años salen a la luz, entre otros, El día de tu boda (1982), La lengua en la mano (1983), De la amorosa inclinación de enredarse en cabellos (1984)-, pero no le impidió atender otros asuntos: entre 1982 y 1986 fue Directora de Publicaciones y Bibliotecas de la SEP y Directora de Literatura del INBA, cargos que abandonó para irse a Londres como agregada cultural de la Embajada de México (1986-1988).

Por ese tiempo Margo Glantz iniciaría una de sus líneas fundamentales de investigación y creación ensayística: la referida a la gran figura del barroco hispanoamericano, la poetisa novohispana Sor Juana Inés de la Cruz, a la que dedicó en la década de los 90 trabajos esenciales en la bibliografía sorjuanista como Sor Juana Inés de la Cruz, ¿hagiografía o autobiografía? (1995), Sor Juana Inés de la Cruz: saberes y placeres (1996) o Sor Juana: La comparación y la hipérbole (2000).

El tiempo que dedicó y aún dedica al estudio de la poetisa novohispana no ha interferido en la realización de proyectos sobre otros personajes históricos, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca, La Malinche o Payno y Cuéllar, ni en su creación narrativa, a la que se dedica con mayor intensidad en los últimos años. En 1996 publicó la novela Apariciones, la primera en 11 años. A ella le han seguido, entre otros textos de ficción, El rastro, que fue finalista del Premio Herralde de Novela en 2002 y Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2003, y el reciente libro de cuentos Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador (2005).

En todas estas obras, Margo Glantz, más que colocarse bajo el signo de la «literatura», se acoge al de la «escritura» en cuanto búsqueda de una comprensión más compleja y al unísono relativa de las circunstancias concretas, plenamente pasionales y corpóreas que llevan a un ser humano a sentir como necesidad perentoria la expresión textual. Para Margo resulta imprescindible entreverar el sentido del texto con el juego pasional del cual brota, pero sin pretender violentar la interpretación recreadora del lector. Una cosa que autores como Sade y Bataille le enseñaron a Margo es que escribir resulta siempre una actividad erótica y en la misma medida peligrosa.

La escritura de Margo Glantz, matriz de una obra que se genera con infinitos borrones de por medio, se despliega sobre varios motivos muy próximos entre sí. El primero de ellos es el viaje, que a Margo la sedujo desde un primer momento tanto a nivel vivencial como intelectual (el viaje es la actividad más inquietante de la vida, máxime cuando se realiza a través de un tiempo compartido, como sucede en Las genealogías). Un segundo motivo axial es la conquista de América, y no en balde ha dedicado a este tema muchos de sus ensayos más hermosos, ensayos no eruditos, aunque echen mano de una copiosa información, cuyo interés radica en la explicación de por qué los cronistas se echan a cuestas la tarea de escribir, aun cuando ninguno o casi ninguno de ellos cumple de modo cabal con el arquetipo del Autor según lo ha consagrado la tradición crítica moderna. Otra obsesión glantciana es la mítica metamorfosis de los objetos (como se advierte al inicio de Las mil y una calorías: «Cualquier semejanza con el mito es realidad»), tema que enlaza a su vez con otro no menos decisivo, la búsqueda de un ser femenino tras el esplendor de la omnipresencia masculina, ronda que, al igual que la de otros motivos, no tiene nada que ver para la autora con corrientes al uso como el feminismo, aunque sí recupera la preocupación esencial de tales fenómenos, es decir, la reivindicación de la pluralidad social.

Cabría señalar además otro motivo esencial en la escritura de Glantz: la intertextualidad, elemento clave en todas sus obras, que citan implícita o explícitamente a las demás. «Un objeto que habla de la pérdida, de la destrucción, de la desaparición de objetos, no habla de sí, habla de otros; ¿los abarcará también?»: esta pregunta por el ser del texto que encontramos en Apariciones la plantea Margo tanto a nivel de creación (en sus novelas o en sus ensayos líricos) como en sus libros de crítica (no en vano uno de ellos se titula Intervención y pretexto). Y la contesta en buena medida a partir de tres autores que por sobre los demás han trazado sendas a la sensibilidad de la autora: Borges, Kafka y el anónimo escritor de Las mil y una noches, quienes en conjunto han mostrado que un texto no es sino un intersticio por donde se cuela el sentido de la vida, y ello sin pretender convertir a la escritura en apologética de ningún credo.

Por todo esto, y ya para concluir, el tono con el que Margo escribe es casi siempre festivo. Hasta cuando nos habla de lo más terrible, recurre al guiño, al gracejo o al juego de palabras que despojan a la expresión de cualquier tremendismo y la dotan de fresca vitalidad. El intersticio (noción que junto con la de escritura y la de borrón define la obra glantciana) impide la elongación del texto y condiciona un sentido fragmentario, en principio incoherente pero con una trabazón interna indudable. Tal es la de la vida, cuya comprensión resulta, después de todo, algo mucho más sencillo y lúdico de lo que parece; basta con que sigamos el consejo que Margo nos da en Las genealogías: «hay que meterse profundamente como cuando uno se baña en el agua; eso es la eternidad».

Víctor Gerardo Rivas
(Universidad Nacional Autónoma de México)