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María Sanz

Semblanza crítica

Sevillana de pura cepa, muy atenta a los colores, olores y sonidos, María Sanz (Sevilla, 1956) encaja mejor en el modernismo que en la postmodernidad. Su obra demuestra afinidades con la actitud de los filósofos-poetas contemplativos y se presta a una explicación basada en las teorías de Bachelard y Merleau-Ponty. Cuando se encuentra frente a la naturaleza o a la atmósfera de belleza creada por la mano del hombre, procede por Einfühlung (compenetración). No tiene interés en crear distancia entre lo observado y el efecto que produce en ella. Es constante el deseo de fusión con el objeto, permitiéndole conservar una partícula de misterio. Ella misma ha declarado que quiere crear poesía «intimista» y que asocia la contemplación de la belleza con apertura que invita a la trascendencia.

Según Richard Kerney, el arte postmoderno procede desterrando la intimidad subjetiva, la profundidad referencial, el tiempo histórico y la expresión humana coherente. María Sanz hace todo lo contrario: busca línea seguida y sentido de unidad. Está atenta siempre a la posibilidad de comunicar. Una intimidad subjetiva, pero no cerrada, es una de las características sobresalientes de su universo poético. Mientras que el artista postmoderno pone énfasis en las imágenes como artefactos que reemplazan la «realidad original» y se convierten en un juego técnico hiperrealista, María Sanz aspira a que su poesía sea «serena, transparente y abierta, que todo el mundo encuentre cierta identificación con ella». Sus paisajes no consisten en un juego de imágenes que se multiplican hacia la infinitud y cambian de sitio como en un collage, sino que se sitúan dentro de un contexto cultural-histórico, creando a la vez un retrato coherente del yo íntimo de la autora. Permiten ir más allá de lo que perciben los sentidos. La actitud de María Sanz frente a la poesía tiene más de un punto de contacto con las teorías y poéticas que circulaban en España en la primera mitad del siglo XX. El mundo que presenta María Sanz no cabe en la descripción. Requiere intuición sugerente, tal como la concebía Heidegger. Procede Sanz por el método sugerido por Pascal: ver y no ver, «porque éste es precisamente el estado de naturaleza». El universo poético de María Sanz está poblado de un aleteo imperceptible; el vuelo, el movimiento ascendente entran con frecuencia en sus versos, esperando producir una sensación parecida en el lector. Para Sanz, Sevilla representa una vivencia imposible de distanciar como objeto de evaluación. Es su razón de ser. Se oye la música callada en el silencio sonoro de los místicos. La transmigración del yo a lo observado para fundirse, renunciando a sí misma, es constante. El gozo estético se vuelve experiencia casi mística, en la que predomina el asombro agradecido, cuya fuente es el mero existir de esta ciudad, belleza que destiñe sobre la autora.

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