Saltar al contenido principal

Monseñor Romero

Presentación

Por José Carlos Rovira

Recuerdo bien las imágenes que nos llegaron el 24 de marzo de 1980: una televisión reproducía en imagen fija a unas monjas rodeando un cuerpo caído ante un altar. Y una noticia: el arzobispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero, había sido asesinado mientras oficiaba misa en la capilla del Hospital de La Divina Providencia donde habitaba. Asesinos a sueldo habían hecho aquel trabajo.

A la vieja Europa, aquel hecho ocurrido en un pequeño país de Centroamérica le trajo a la memoria, tal vez de forma lejana, ese otro asesinato histórico trasladado al teatro por Thomas Eliot en Asesinato en la Catedral por los años 30: el del arzobispo de Canterbury, Thomas Becket, asesinado por cuatro sicarios del rey Enrique II durante su homilía de la misa de Navidad en la catedral de su arzobispado en 1170.

Marcha contra la privatización de la salud (enero 2000)

Pero si alguno mantenía todavía esa sensación inicial lejana y evocadora, los días que siguieron a aquel domingo de marzo de 1980 debieron precipitarlo sin duda hacia ese estremecimiento unánime: el funeral del 30 de marzo se convirtió en otra tragedia en la que cuarenta muertos y más de doscientos heridos habían sido provocados por las fuerzas de seguridad salvadoreñas y algunos francotiradores. La plaza de la Catedral de El Salvador había sido el escenario de aquella nueva tragedia.

Han pasado ya más de veinte años de aquel estremecimiento que, obligatoriamente, nos debía conducir a una reflexión ética sobre lo que había ocurrido, sobre la vida de aquel arzobispo que hasta muy entrados los años setenta estaba afincado en un conservadurismo que daba la espalda a la realidad de su país. Parece que fue 1977 el año en el que la realidad hizo caer a Romero en su camino, no hacia Damasco, sino hacia las clases populares salvadoreñas, centroamericanas y latinoamericanas. Aquel religioso de sesenta años se había metido pueblo adentro de pronto, asediado por la pobreza de sus conciudadanos, por la represión, por los crímenes que los escuadrones de la muerte realizaban contra esa Iglesia que había optado por la solidaridad y el compromiso.

Sus homilías, que en aquellos años se intentaron acallar por tantos métodos, eran denuncia y profecía, esperanza en el cielo pero, también, en la tierra, como si aquel arzobispo hubiera descubierto las causas precisas de la pobreza y las culpabilidades concretas de la represión de los pobres.

Al ejemplo de Óscar Arnulfo Romero están dedicadas estas páginas, tejidas desde hace un par de años por la voluntad y la esperanza de sus conciudadanos y de las mujeres y hombres de buena voluntad de todo el mundo. A su remembranza está dedicado ese sitio, ahora que muchos trabajan por la beatificación de quien, en cualquier caso, es ya uno de los emblemas principales de la lucha por la justicia y la verdad, para la conciencia de muchos creyentes y laicos con memoria del pasado siglo y preocupación por las afrentas y los riesgos del presente.