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Ramón García Mateos

Semblanza crítica

Ramón García Mateos (Salamanca, 1960) ha sido profesor de Literatura Española en la Universitat Rovira i Virgili (Tarragona), y ejerce la docencia en el IES de Cambrils. Además de otras tareas relacionadas con la traducción y la edición de textos, fue creador y codirector de la revista literaria La Poesía, Señor Hidalgo.

Su estreno como poeta se produjo con un libro que reúne composiciones suyas y de Leopoldo de Luis, titulado De una eterna voz (1986). En él, García Mateos sale airoso en su empeño de expresar un universo personal con un timbre reconocible, por más que el libro también sea un banco de pruebas para un poeta todavía en agraz. Los sonetos amorosos que lo constituyen, algunos de ellos heterodoxos, sortean las formalizaciones neoclasicistas y la impostación patética en que hubieran podido incurrir dados el metro y tema elegidos: extremos ambos igualmente condenables, el uno por defecto y el otro por exceso. Su entrega siguiente, Triste es el territorio de la ausencia (1998), es un libro en que dialogan dos tonos, dos tiempos existenciales y dos ámbitos geográficos que ocupan respectivamente cada una de sus dos secciones: por un lado, y con clara predominancia, el territorio del pasado y el paisaje de la infancia, sobre el fondo del lugar donde vivió y murió el niño que el poeta fue -a medias dolorosa precariedad, a medias paraíso perdido-; por otro, el presente signado por el canto amoroso y la exaltación de los sentidos. En esta exaltación sensorial de las formas de acceso al mundo, o, mejor, de las formas de recepción y apropiación del mundo, se establece también un encuentro entre una modalidad de escritura culta y trabada, y otra con aire de canción, más aérea y popularista. Aunque hay diversidad de formas, incluyendo el poema en prosa, la entonación nostálgica y evocatoria de toda la primera parte privilegia las series de heptasílabos blancos. En la senda abierta por este libro camina asimismo el siguiente, Como el faro sin luz de la tristeza (2000), si bien la arquitectura más esquemática y reconocible en aquél deja lugar aquí a una construcción en vivo, o, si se quiere, en marcha, cuyo principio rector son sendas atracciones por el pasado y por el futuro (la muerte).

El interés por la oralidad, por los ritmos livianos y los sentimientos apuntados y sin desarrollo, tal como aparecen en la canción tradicional, tiene un lugar destacado en Lo traigo andado (2000), en que el encantamiento de lo primigenio y la voz de los orígenes emanan de un diálogo de los versos con las fotografías de Vicente Sierra Puparelli. Pero esta orientación hacia la magia de lo popular había de sufrir un violento escorzo en De ronda y madrugada (2001), donde la tradición clásica, que da en formar sonetos rebeldes como manifestación de una obediencia disidente -si vale la paradoja- respecto a los modelos heredados, deja paso en otras composiciones a cláusulas rítmicas que abandonan el encajonamiento y se esparcen en el poema en prosa. El libro recoge las obsesiones temáticas de otros anteriores, pero conducido por una mano que sujeta su riqueza dispersiva mediante la ilación de un poema que se sucede intercaladamente a lo largo de sus partes.

Las esclusas lingüísticas y métricas que se abrieron, todavía tímidamente, en De ronda y madrugada son batidas con violencia por el aluvión tormentoso de un universo desaforado y un discurso que avanza majestuoso y profético en Morfina en el corazón (2003). Pero el libro no es un centón de fiebres y tormentas existenciales, al modo en que pudiera pensarse de la poesía expresionista; en la anegación versicular hay una suerte de armonía donde se dan cita las pasiones del arrebato, sí, pero también esa otra pasión -más difícil de ver, más difícil de expresar con las palabras- de la conformidad.

Ángel L. Prieto de Paula