Amigos del libro
Año XIV, núm. 33, julio-septiembre 1996

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| (Carmen Conde, «Humanas escrituras», Obra Poética) | ||
Desde Nueva York y Madrid recordamos a Carmen Conde, que el 15 de agosto hubiera cumplido 90 años. Autora de más de setenta libros, abarcó todos lo géneros y ganó varios premios, entre ellos: el Elisenda de Montcada, en 1953, con la novela Las oscuras raíces, el Premio Doncel, en 1961, con A la estrella por la cometa, teatro juvenil; el Premio Nacional de Literatura, en 1967, con Obra Poética (1929-1966); el Premio Ateneo de Sevilla, en 1980, con la novela Soy la madre, y el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, en 1987, con Canciones de nana y desvelo.
Cada uno cíe sus libros representa un renovarse en poesía y en prosa, con una entrega incondicional a la escritura: «La vida es demasiado rica y yo —8→ muy enamorada suya para limitarme a percibirla e interpretarla de un solo modo», afirma en Ansia de la Gracia.
Casi todas sus obras para la infancia se han vuelto a reeditar en estos últimos años, algunas a traducir, y siguen siendo imprescindibles para iniciar al público infantil en el encanto de la lectura. Hay que destacar, entre sus libros dedicados a ese público, los siguientes títulos: Don Juan de Austria, una biografía de este personaje histórico; Belén, auto de Navidad en dos actos; la colección de cuentos El mundo empieza fuera del mundo; Una niña oye una voz, que incluye una narración breve y dos piezas de teatro; Un conejo soñador rompe con la tradición; Cuentos para niños de buena fe; La geografía contada por abuelita; Llanto en el mar, dedicada a su Mar Menor; El lago y la corza; El Monje y el pajarillo; El Conde Sol y Doña Centenito, gata salvaje: el libro de su vida, cuya protagonista fue su propia gata. También escribió para la radio; en Radio Nacional, por ejemplo, presentó durante seis años el programa semanal Revista de literatura para niños. Fue colaboradora, asimismo, poco después de la guerra civil española, de La Estafeta Literaria, una revista quincenal en la que llevaba una sección titularía Nana, nanita, nana. Además hizo una adaptación teatral del cuento Aladino y la lámpara maravillosa.
Esta mujer y escritora, cuyos versos y prosa expresan una extraordinaria fuerza comunicativa, se sentía, sin embargo, muy sola. Madre frustrada -nació muerta la hija a la que con tanto amor y alegría esperaba- vertió esa pasión materna en la enseñanza -su profesión frustrada también- y en la escritura. Con esas palabras canta a esa hija, cuyo nombre sólo llegó a pronunciar en silencio sin que le pudiese contestar la voz amada:
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Il. de Viví Escrivá para El conde sol, de Carmen Conde (Madrid: Escuela Española, 1980, p. 7).
—10→Tanto sus cuentos para niños como su poesía son una forma de cantar la belleza de la infancia y de la juventud y de compartir con ellos sus sueños y añoranzas. También es su manera de defender los derechos de los niños, para que vivan en un mundo de justicia y paz donde haya igualdad para todos y no se repitan más guerras.
Detrás de las palabras de Carmen Conde está siempre la madre y la maestra que procuran educar a los jóvenes con exuberancia, muy enamoradas de la vida y, al mismo tiempo, guiarles por el camino espiritual, la plenitud del alma y del cuerpo. En uno de sus poemas, incluido en En un mundo de fugitivos, clama la urgencia de su mensaje:
Este punto de contacto, que con tanta vehemencia Carmen anhela establecer con la juventud, encuentra su fuente en su propia infancia cuando solía entablar diálogos consigo misma y, con sus compañeros de juego, se hacía protagonista de aventuras imaginarias. Esa convivencia con el mundo mágico de la infancia llegará a ser una constante costumbre a lo largo de su vida.
Le confía a la co-autora del presente trabajo en una entrevista publicada en AZB de Cultura Internacional, Guadalajara (marzo-abril 1996): «Cuando escribo cuentos para niños estoy, en definitiva, hablando con la niña que yo fui. Me gustan mucho los cuentos para niños. Claro que, alguna vez, he pensado que no son para niños, que son para adultos. Pero puedo buscar al niño en el adulto, y no está mal».
—11→Al lado de Carmen, la mujer adulta, siempre estaba la niña Carmen. Con razón puede afirmar en esa misma entrevista: «Creo que no solamente hace falta esa memoria de la infancia para ser poeta, sino en la vida de todos los seres. Si no queda subyacente la memoria y la vivencia de la infancia, aunque sea en el recuerdo, la persona no está hecha. Porque en la infancia somos un proyecto de un futuro que realizaremos, esto es indiscutible. La infancia informa todo el porvenir de la persona».
Carmen Conde nació en Cartagena, lugar donde se desarrollaron los primeros siete años de su vida; en Melilla, al trasladarse allí sus padres, vivió hasta la edad de trece años. Esas dos tierras del Mediterráneo dejaron una huella muy marcada sobre ella. «Mi primera infancia fue en Cartagena, mi segunda en Melilla. Las dos me han sido muy útiles. Son como dos niñas que yo llevo conmigo», explica Carmen en ese encuentro. También insiste, durante esa conversación llevada a cabo con ella en la última etapa de su vida, en el impacto del mar sobre su vida, presencia vivificante que la acompaña desde sus primeros pasos por este mundo: «Es que nací y me crié allí. El mar es el origen. Sin el mar no habría nada. El mar representa para mí la vida eterna. Los mediterráneos estamos marcados, vemos el mar por encima de todo siempre. Cuando no hay mar, se sueña con él».
Lo que explica por qué escogió el seudónimo, al empezar a escribir, el de Florentina del Mar (Florentina, una santa, natural de Cartagena, y poetisa también, y del Mar, su medio más querido), del que se consideraba deudora: «Aquella plenitud del mar, por donde entré en la Poesía...».
Producto de los años melillenses es su libro Empezando la vida en el que nos cuenta su pasión por leer, afición que, desde pequeña, la llevaba a visitar la librería Bois Hermanos para deleitarse con los cuentos de Perrault, Grimm y Andersen. También la llevaba al final de la calle donde vivía, con la Biblia debajo del brazo, a sentarse en un precioso cementerio, a leer el Santo Libro.
De su avidez por la lectura nace su vocación por la escritura; pero esa vocación brota, además, por ese juego constante con la imaginación, ese inventar aventuras y hechos en que se deleitaba de pequeña (en el primer tomo de su libro de memorias, Por el camino, viendo sus orillas, exclama: «Mi imaginación fue la única riqueza que tuve, y ella me condujo por la tierra con —12→ ligereza suma»). Esa infancia convivida entre niños y niñas de razas distintas, en un ambiente armonioso, que hoy llamaríamos ámbito multicultural, le brindó otra forma de riqueza, la de un vivir libre de prejuicios. Los nombres que suenan exóticos en su maravilloso libro Júbilos, escrito en prosa poética, son referencias directas a aquellos niños moros y hebreos con los que solía jugar en esa infancia dorada: Javiva, Esther, Sara, Alegría, María, Salomón, Jacobo.
A los catorce años, ya en Cartagena, soñaba con escribir; de hecho ya empezaba a hacerlo. Así lo cuenta en esa misma entrevista: «Recuerdo que yo me acostaba y miraba al techo, muy blanco, y pensaba: “Si todo lo que pienso, por mirar el techo, se escribiera ahí qué bien me saldría”. En definitiva, cuando se pone uno a escribir, lo que está haciendo es traducir en palabras escritas todos los pensamientos que lleva uno por dentro».
Su dedicación e interés por los niños se le acrecientan cuando cursa los estudios de magisterio en Albacete y, más tarde, cuando ejerce como maestra en la escuela rural de El Roncal y se pone en contacto directo con ellos. Desde entonces empieza a escribir para el público infantil y juvenil.
Con razón, en 1987, cuando cumplía los ochenta años, le concedieron el Premio Nacional de Literatura infantil y Juvenil por Canciones de nana y desvelo. Con ese libro, dedicado con tanta gentileza a los hijos del co-autor de este artículo y que él mismo prologó, se le ha dado el reconocimiento merecido por sus años de dedicación a la juventud. La frescura de su lenguaje, la gracia de sus imágenes y el colorido de su tono, sin duda, han procurado despertar la pasión por la poesía en los lectores más jóvenes. Por Canciones de nana y desvelo deja correr sus sensaciones desbordantes de luz mediterránea, de vitalidad y fantasía. Después de todo, su padre era joyero y tenía las manos «manchadas de oro», como solía contarle su madre.
De manos de Carmen, la hija, iban a brotar palabras, como si fueran flores que tienen sus raíces ancladas en la tierra, pero que miran hacia el cielo, como aves que alzan el vuelo. ¿No pidió una vez en una audiencia con el Papa que bendijera su mano derecha para purificar todo lo que saliera de ella?
Quería que su escritura, tanto en poesía como en prosa, fuese digna del prójimo. Toda obra, en frase de Carmen Conde, es un testamento, es el mejor legado de uno mismo hacia nuevas generaciones.
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Il. de Ulises Wensell para El monje y el pajarillo, de Carmen Conde (Madrid: Escuela Española, 1980, p. 46)
—14→Ya en 1933, Gabriela Mistral, la poetisa chilena y hermana espiritual de Carmen Conde, había descubierto en ella esa capacidad innata de penetrar en el misterio de la infancia y su entrega incondicional a ese mundo maravilloso: «Carmen Conde ha destapado una fuente que teníamos cegada, ésta de los sueños de la infancia», afirma el futuro Premio Nobel de Literatura en su prólogo a júbilos, el segundo libro de la entonces joven escritora española. Comenta, además: «Carmen Conde está casada con un poeta, Antonio Oliver Belmás. Ambos han creado en la Cartagena levantina la Universidad Popular, y trabajan en ella con una doble pasión de maestros y poetas. Este casamiento de Pedagogía con Poesía, que los profesionales suelen no aceptar ni tener por válido, yo sé que es de las mejorcitas alianzas y de las más serviciales».
Carmen Conde ingresó en la Real Academia Española en 1978. siendo la primera mujer que accedió a esta institución. Abrió el paso a otras mujeres: Elena Quiroga y ahora Ana María Matute. La señora Matute ocupará el sillón K que fue de Carmen Conde; ella también tiene esa inmensa capacidad de convivir con el mundo de la infancia y de descubrir sus secretos.

