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Amigos del libro

Año XIII, núm. 29, julio-septiembre 1995

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ArribaAbajoPaisaje de la Literatura Infantil y Juvenil en España


ArribaAbajo La novela policiaca juvenil en España

Amalia Bermejo1


Los rasgos que caracterizan a la novela policiaca juvenil (NPJ) son esencialmente los mismos del género para adultos, con la diferencia de sustituir al policía, detective privado o aficionado por niños o adolescentes que asumen el papel de investigadores, persiguen las huellas del delincuente y acaban entregándolo a la justicia. Con frecuencia la policía no llega a intervenir y el supuesto delito no es tal o no ha llegado a cometerse.

Según Isabelle Jan, uno de los rasgos peculiares de la NPJ es que el héroe no permanece al margen de la acción, sino que se mezcla en ella y desplaza el interés de la intriga.

También el tipo de delitos constituye una diferencia entre la NPJ y la novela para adultos, en la que casi siempre es un asesinato el centro de la acción, contrariamente a lo que sucede en la realidad, donde son más frecuentes otras formas de criminalidad; en la primera, raramente aparecen asesinos. Por una vez, el afán de los autores por presentar a los niños un mundo mejor está más de acuerdo con la vida real.

Es curioso observar que mientras hasta hace unos años los autores trataban de evitar el exceso de violencia en las novelas policiacas, hay, sin embargo, dos libros clásicos juveniles, repetidamente editados o filmados, que muestran con toda crudeza un delito de asesinato, Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain. Aún cuando se trate de novelas de aventuras, el elemento criminal, la persecución y la captura del culpable son ya elementos propios de la novela policiaca.

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La estructura de la NP -antecedentes, caso, solución- se repite en la NPJ, aunque no suele presentarse de forma tan cerrada. Junto a la historia central se insertan toda una serie de elementos ajenos a la intriga, acciones paralelas que complican el relato acercándolo a la novela de aventuras.imagen

Il. de E. W. Kemble (1885), para Las aventuras de Huckleberry Finn. (Madrid: E.G. Anaya, 1981, p. 310).

A menudo las novelas se desarrollan dentro del mundo diario de los protagonistas y ese escenario amplía el espacio en que transcurren los hechos. En consecuencia, la atención del lector puede desviarse de la trama policiaca para fijarse en el entorno familiar o social del protagonista.

Ésa puede ser la razón del éxito de público de las novelas de Enid Blyton, cuyos protagonistas gozan de perpetuas vacaciones y pueden dedicarse en jornada completa a desentrañar el misterio de turno. También Erich Kästner sacó de casa a Emilio para ofrecer horizontes abiertos a sus aficiones detectivescas.

La novela policiaca, tanto para adultos como para jóvenes, alcanza su mayor auge en los países anglosajones. Por lo general, un mismo autor escribe una serie de novelas protagonizadas por un mismo o varios personajes, que son el único elemento que se repite en ellas, es decir, que cada novela forma un todo independiente, un «caso» nuevo sin relación con los anteriores.

Este mismo sistema fue adoptado por alguno de los primeros autores españoles que se aventuró en el género. Así Montserrat del Amo con su serie de los Blok se aproximaba a lo detectivesco con Los Blok y la bicicleta fantasma y Excavaciones Blok (Juventud, 1973 y 1979), aún cuando las condiciones que rodean al grupo -barrio, familia, escuela- restan efecto a la intriga y sitúan las novelas dentro de lo realista/costumbrista.

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Joaquim Carbó abordó ya con La pandilla de los diez y El hombre de Munich (La Galera, 1969 y 1977) el género-policiaco, tan del agrado de ese público entre 10 y 13 años al que la fantasía ha dejado de atraer y, junto al amor a la realidad, comienza a desarrollar una cierta afición por lo sensacionalista.

Un aire que mata, de Emili Teixidor (Laia, 1973; nueva ed. en Ediciones SM) sigue siendo interesante y actual después de más de veinte años. Desarrolla una intriga policiaca sobre un tema de espionaje científico, desvelado en gran parte por el muchacho protagonista.

También María Puncel elige el tema del espionaje científico en Operación Pata de Oso (Doncel, 1971). Es una buena novela de intriga, a medias entre el género policiaco y el de aventuras, con tres niños que investigan fuera de su habitual ambiente.

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Il. de Ulises Wensell, para Operación Pata de Oso. (Madrid: Doncel, 1971, p. 9).

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Ya en 1960 se publicó en catalán Cita en Cala Negra, de Josep Vallverdú, no traducida al castellano hasta 1981, publicada por la editorial Noguer. Es un caso poco habitual en la NPJ; aquí hay un policía, un intento de asesinato, un muerto y, naturalmente, dos chicos mezclados en el enredo.

Un caso insólito en la NPJ es Papel mojado, (Anaya, 1983), de Juan José Millás. Su protagonista no es un adolescente, aunque hay continuas referencias a la adolescencia. No se ciñe al modelo tradicional de novela policiaca y aporta en cambio una altura literaria poco frecuente en el género. La intriga se mantiene hasta el sorprendente final, sin que decaiga la atención un solo momento. Seguramente alguien pensará que no es una novela juvenil; para su consuelo recordaré que yo leía a los 13 ó 14 años eso que ahora estoy calificando como novelas para adultos. Quizá esa carencia ha marcado mi afición a la literatura infantil y juvenil.

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Il. de Viana Fuentes, para Papel mojado, de Juan José Millás. (Madrid: E.G. Anaya, 1983, p. 31).

En los últimos años el auge de la novela negra se deja sentir también en la NPJ.

El crimen de la Hipotenusa (SM, 1992), de Emili Teixidor, es la historia de un crimen no sucedido, de un adolescente que interpreta un doble papel y un galimatías que se resuelve a través de una trama policiaca que no es tal y la utilización de métodos policiales para amedrentar a los chicos implicados.

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Una luz en la marisma (Alfaguara, 1994), de Javier Alfaya, arranca de una situación similar a la de La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, con la diferencia de que el observador no presencia el crimen, sino solamente al supuesto criminal; contrariamente a la norma, la investigación se lleva a cabo con objeto de exculparle. La novela se aparta del género en el tono de la narración, que refleja el ambiente social y familiar del protagonista en la Galicia de los años cincuenta.imagen

Il. de Arcadio Lobato, para Cita en la Cala Negra, de Josep Vallverdú. (Barcelona: Noguer, 1981, p. 68).

En 1988 la editorial Alfaguara publica No pidas sardina fuera de temporada (el original catalán se publicó un año antes en la editorial Laia), de Andreu Martín y Jaume Ribera. Es la primera novela de una serie protagonizada por Juan Anguera, llamado Flanagan, un escolar que ofrece sus servicios como detective privado y a veces, entre sus encargos habituales de búsqueda de un gato o un informe secreto sobre la atractiva compañera de clase, se mezcla un asunto de drogas -como en este primer título-, de venta de niños -como en Todos los detectives se llaman Flanagan (Anaya,   —12→   1991)-, o un bromazo de mal gusto dirigido contra el mismo Flanagan, que acaba en un fingido secuestro con chantaje incluido -en Flanagan de luxe (Anaya, 1995)-. El detective y narrador es un muchacho de casi 15 años, enamoradizo y simpático, que a veces piensa que estaría mejor jugando al fútbol y ayudando en el bar como le dice su padre. Pero pasado el peligro deja campo libre a su vocación detectivesca. El ritmo vertiginoso de la narración no es obstáculo para que, en segundo plano, pero con toda claridad, se ofrezca al lector una visión de la sociedad actual en todas sus escalas.

Ana y el detective (Anaya, 1992), de Jaume Fuster, es la aventura de una jovencita que acude a un detective privado con el fin de ayudar a su padre y acaba destapando un turbio asunto de políticos corruptos. La actualidad del tema es evidente.

Tanto este último título como los citados anteriormente son ya novelas policiacas en sentido estricto, no sólo una aproximación al género, una variante de la novela de aventuras o la utilización de una pequeña intriga para animar o hacer soportable una novelita familiar o escolar.

Hay numerosas colecciones de novelas policiacas traducidas, pero el género al que tan aficionados son -somos- los españoles, se ha cultivado poco por nuestros autores. No sé cuál es la razón. Andreu Martín decía en unas recientes declaraciones publicadas en un diario de Madrid que «el ambiente no es propicio para la literatura popular». Debo reconocer que me asombra encontrar a gente que nunca ha leído una novela policiaca o que lee en el metro un profundo ensayo histórico o filosófico. Y en una convalecencia, en la playa, en un viaje en tren, ¿qué mejor lectura que una buena novela policiaca? Reclama atención sin fatigar, hace trabajar la imaginación, sugiere temas nuevos sobre los que informarse. Excelente para crear afición por la lectura.



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