Amigos del libro
Año XV, núm. 36, abril-junio 1997

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Desde la más tierna infancia, el mundo animal se nos manifiesta como un espacio maravilloso y consolador; basta pensar en los animales llamados para acompañar el sueño, el típico osito de peluche que acompaña al niño en su cuna, o las mascotas que cada niño decide adoptar, o las canciones infantiles (como los cinco lobitos que rigurosamente todo bebé debe aprender a interpretar) o los personajes de cuento (el gato con botas, la ratita presumida, los tres cerditos, etc.) y los ya clásicos que pueblan los dibujos animados y las películas de Walt Disney (Pato Donald, Dumbo, Bugs Bunny,...), etc.
Es verdad que, en ciertas ocasiones, los animales más temibles han servido también para asustar a los niños, como tantas veces ha ocurrido con el pobre lobo feroz. Lo cierto es que, sea como sea, el mundo animal se presenta ante los ojos de los niños con múltiples posibilidades.
Pues bien, dentro del maravilloso mundo de la literatura infantil, los animales han desempeñado siempre y desempeñarán un papel fundamental, sobre todo, en los cuentos, pero también, y de modo muy especial, en el teatro, que es el terreno que nos ocupa y al que dedicaré estas páginas.
Mane Bernardo en su libro Títeres y niños hace alusión a la importancia de los animales en la literatura infantil:
El mundo de los animales está estrechamente unido a la expresión dramática infantil, y puede verse en los ensayos de expresión más simples, como en los ejercicios onomatopéyicos (guaus, miaus, quiquiriquíes, balidos o mugidos), o en los movimientos de las manos, cuyas sombras proyectadas en la pared hacen surgir formas animales (mariposa, perro, conejo, etc.); no faltan animales en las puestas en escena de títeres, marionetas, o en las representaciones escolares, en las que, con frecuencia, el niño debe disfrazarse de animal, aunque para la caracterización baste con cualquier atributo que lo distinga (un rabo, unas orejas grandes, etc.).
Iris Campo de Ferrari y Blanca Ferroni de Hontakly, en el libro Luz, imagen y sonido. Teatro escolar moderno, recogen una serie de proyectos para el aula, que en su mayoría tienen como protagonistas a los animales. Se trata de piezas breves y sencillas, cuyos argumentos dejan un amplio margen para que el niño desarrolle su imaginación creadora. Todo vale en los diversos juegos dramáticos que se nos presentan, pues «Lo importante es estimular a los niños para que coleccionen diversos elementos y materiales que se emplearán para fabricar títeres diversos, marionetas, siluetas de cartulina, etc. o bien para la escenografía y/o el vestuario». Veamos brevemente algunas de estas piezas:
La travesura de Juan Copito, es una propuesta de teatro de manos en el que intervienen una familia de conejos, una paloma, un pato y una araña. La historia narra el escarmiento que sufrió un conejo por desobedecer a su madre.
La escuela de las flores, es un mimodrama que presenta a los animales como protectores de especies inferiores; el sapo es el policía que protege a las plantas y la araña es una vieja portera que vigila desde lo alto para dar la voz de alarma si se acerca algún enemigo, en este caso, las hormigas.
Lagunita, es una obra a base de cuatro instantáneas, que corresponden a las cuatro estaciones del año; tras la expresión mímica, los niños se quedan inmóviles, y el cuadro vivo se ilumina mediante una lámpara, que, posteriormente, pasa a iluminar al relator, momento que aprovechan los personajes para retirarse y preparar el cuadro siguiente. Los animales intervienen en la instantánea segunda, la correspondiente a la primavera; aquí vemos a Lagunita rodeada por sus admiradores: el Gorrión, que trata de encantarla con sus canciones; —9→ el pato Luis, que lo imita sin resultado, y el Cisne, que la impresiona con su elegancia.
Un Romeo del siglo XX, plantea entre ratones el archiconocido conflicto que se produce cuando la relación amorosa no es aprobada por los padres, los cuales, al final, dan su consentimiento y el desenlace termina en boda.
Fermín, el espantapájaros, es un mimo en el que se cuenta la historia de un espantapájaros que se siente solo y quiere conseguir amigos, para lo que necesita un corazón. Un viejo Tortugón le promete buscárselo, pero como es tan lento, el espantapájaros se desespera; finalmente, se introduce el elemento mágico, un pajarito muy sabio que prende una rosa en su pecho y la transforma en un corazón.
El Festival de cualquier cosa, es un teatro con caretas; un gato es el director de un espectáculo en el que participan Gallo, Gallina, Perro, Oveja, Pato y Oso, cada uno con una canción. Lo hacen tan bien, que, al final, todos ganan.
Nonito, narra mediante mímica las peripecias de un gato pequeño que quiere imitar la conducta de los mayores y sufre una terrible decepción.
Águila blanca, es un mimo sobre un indio llamado Brujito, el cual posee poderes mágicos para transformarse en cualquier animal (gallo, perro, rana, gato, caballo), con el que queda identificado mediante onomatopeyas.
Tranquilina y su mamá, es un teatro de manos (con guantes decorados), en el que intervienen un Pato, una Araña y un Lobo, amigos de Tranquilina, una aprendiz de bruja (pero una bruja «de las buenas») que tiene que pasar ante su madre -bruja experta- unos exámenes. Como no ha estudiado lo suficiente, los animales la ayudarán a fingir que sabe hacer magia; al final, su madre descubrirá el engaño, pero perdonará a su hija.
El árbol corazón de piedra, es un cuento expresado mediante mímica que narra la historia de un árbol, cuyas hojas fueron devoradas por las hormigas, y, posteriormente, por los gusanos; era el hazmerreír de las mariposas y de los pajaritos, hasta que conoció a una piedra que fue su amiga y su amada, y que de nuevo lo hizo florecer.
En todas estas obras, los animales desempeñan un papel fundamental, y es que la familiaridad o identificación del mundo humano con el animal, es frecuentísima en la literatura infantil, sobre todo en Oriente, de cuyos cuentos —10→ y fábulas moralizadoras ha tomado la literatura europea los animales dialogadores. De hecho, con frecuencia, el teatro para niños bebe de las fuentes que la tradición clásica viene legándonos por medio de fábulas y cuentos que todos conocemos, como Caperucita roja, La Ratita presumida, Los tres cerditos, etc., muchos de ellos adaptados según las nuevas corrientes que impone la modernidad.
A veces, al llevar a escena estos cuentos tradicionales, hay que cambiar el discurso y pasar de la narración al diálogo; pero, en ocasiones, los cambios son más sustanciales, ya que afectan al argumento o a cuestiones de sexismo. Tradicionalmente los personajes femeninos -sean animales o no- han sido presentados desempeñando tareas domésticas: La Ratita presumida, que barre en la puerta de su casa; Caperucita, que va a cuidar de su abuelita y le lleva comida; La Cenicienta, que cumple las tareas domésticas ayudada por los pajarillos, los cuales seleccionan los granos, etc. En contrapartida, los personajes masculinos son muestra de la fuerza bruta.
Julia González de Ajo en Mi primer libro de teatro incluye una serie de adaptaciones de poemas y cuentos clásicos, cuyos mensajes son bastante profundos, pues ha dejado al margen los clichés sexistas y los tópicos manidos y ñoños para presentar ante el niño más variedad: un comportamiento francamente humano de los personajes -sin escisiones entre los absolutamente buenos y los absolutamente malos, sin monstruos, ni mitos- y unos temas sencillos, optimistas y fantásticos que dan opción al niño a interrogarse y a buscar su propia ideología.
Comentaremos a continuación las obras adaptadas por Julia González de Ajo que tienen animales -bien como protagonistas, bien como personajes estrechamente ligados al mundo de la infancia- y en las que niño y animal encarnan los mismos valores de libertad, naturalidad, gusto por el juego, etc.
En primer lugar, El Gigante egoísta, de Oscar Wilde, donde los pajarillos y los niños entremezclan al final sus cantos y bailes en una manifestación de plena armonía:
En segundo lugar, la escenificación de El Príncipe feliz, de Oscar Wilde, en la que una niña vestida de blanco hace el papel de la golondrina amiga de la estatua del príncipe; de nuevo, niño y animal representan la amistad verdadera, la fidelidad hasta la muerte; de ahí que la golondrina pierda su vida por complacer al príncipe, quien se propone salvar a los que más sufren.
En tercer lugar, la obra de Antoine de Saint-Exupéry, El principito, adaptada para lectura dialogada. El principito llega a la tierra, donde encuentra a un zorro, una serpiente y un aviador, a través de los cuales descubre cómo lo importante no es lo que aparentan, sino lo que llevan en su interior, es decir, la amistad. Así, la serpiente, que habita en el desierto, en su sabiduría, hace ver al Principito que uno, aun viviendo con los hombres, puede llegar a sentirse muy solo y, como muestra de amistad, se ofrece para ayudarle a volver a su tierra. Por su parte, el zorro explica al Principito que la amistad consiste en crear lazos y no pasar por la vida indiferente:
En cuarto lugar, destacamos la adaptación para lectura dialogada de El soldadito de plomo, de Hans Christian Andersen. Esta es la única obra recogida en el libro de Julia González de Ajo en la que aparece un personaje animal con carácter negativo: se trata de la Rata, que con su voz «cascada y cavernosa» asusta al soldadito y ordena su persecución.
Por último, comentamos la adaptación del cuento de Meindert de Jong, La colina que canta, en la que asoman gran variedad de animales. El mundo adulto no siempre sabe ser comprensivo con el mundo animal. Así ocurre con la madre, a la que aterran los «bichos», hecho que se manifiesta en su terror hacia los ratones, rasgo que sus hijos interpretan como típico del sexo femenino. Una postura absolutamente contrapuesta es la del padre, que conoce perfectamente el mundo animal y lo respeta profundamente. Así, cuando pregunta a Ray si le gusta vivir en el campo, éste contesta:
Ray siente una tremenda compasión por el mundo animal; de hecho, tras el episodio del toro que atacó a su padre, el niño no descansa hasta volver al lugar del suceso y comprobar que el toro, cuya cornamenta quedó atrapada en la valla, ha conseguido liberarse y pace tranquilamente. La inquietud de Ray hacia los animales le lleva a indagar:
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RAY: Padre ¿son malas las mofetas? |
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PADRE: No, no son malas; lo que ocurre es que les gusta estar solas y hay que respetar su soledad... |
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A fin de evitar que la madriguera de las mofetas se inunde con la lluvia, Ray pone su sombrero sobre el agujero, a guisa de tejado, idea que a su madre, obviamente, no entusiasmó en absoluto.
Pero el deslumbramiento definitivo que siente Ray hacia los animales se sacia cuando descubre en la cumbre de la colina un caballo, con el que comienza una tierna amistad, que guardará en secreto hasta que un día de lluvia, temiendo por el animal, escapa de casa. Al llegar a la colina, descubre que el caballo era de su abuelo, quien, como él, ha escapado y, a espaldas de la abuela, ha acudido a auxiliar al animal.
Il. del autor para El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. (Buenos Aires: Emecé, ed. especial 50º aniversario).
—14→El desenlace final de esta obra es de lo más feliz: la madre acude en busca de su hijo y, comprensiva, lo ayuda a llevar el caballo hasta el establo, no sin antes recriminarle el que hubiera ocultado toda la historia:
Finalmente, y tras la reconciliación, el amor de Ray hacia los animales queda recompensado, pues el padre llega a casa y le comunica que el abuelo ha decidido regalarle el caballo.
Una vez comentadas esas adaptaciones de cuentos para la escena, me referiré a un rasgo del teatro infantil de los últimos años al que hace referencia Isabel Tejerina Lobo en su libro Estudio de los textos teatrales para niños, y que consiste en la tendencia a desmitificar el cuento tradicional, hecho que afecta también a los personajes animales.
José González Torices, en Tilín, Tilón, Tijerilla y Tijerón, incluye dos obras en las que los animales cobran bastante protagonismo. En primer lugar, La batalla de la Gallina, que plantea el problema de la avaricia humana. La codiciosa Lucepeñas pretende apoderarse de la enorme gallina Poncha, que pertenece a sus vecinos. El castigo final se resuelve mediante metamorfosis: Lucepeñas queda transformada en una gallina y su marido en un gallo.
En segundo lugar, La danza de los Reyes, que es una versión más de las múltiples que ha sufrido el nacimiento del Niño Dios en el Portal de Belén y en las que se aprecian rasgos desmitificadores del cuento tradicional. En la obra intervienen los siguientes animales: Limpiavientos, un león presumido que hace las veces de Herodes, pues se enfada ante la noticia del nacimiento del Niño Jesús, temiendo por la pérdida de su hegemonía; Pisanombres, un zorro astuto, que es su criado; Duermelunas, un lobo viejo, y Cantatordos, un burrito que lleva la comida al portal de Belén, y que aparece en escena como una especie de «Caperucita».
—15→Dice una acotación: «Aparece en escena Cantatordos. Trae una cestita cubierta por un paño. Llega cantando y dando saltitos afeminados».
El propio burro se define a sí mismo rompiendo con el tópico acerca de su torpeza: «Menos mal que uno es fuerte e inteligente que si no estábamos apañados».
Otra característica que presenta la obra es la reminiscencia de otros cuentos, como ocurre cuando el zorro presenta el lobo al burro, el cual pregunta si se trata del lobo de Caperucita, a lo que el lobo responde que no, pero que es un pariente suyo. A continuación, se desarrolla un diálogo que recuerda el mismo cuento, aunque los referentes sean distintos;
El león, el zorro y el lobo se comen la comida que el burro llevaba al pesebre; el burro, apenado, se encuentra con un muñeco de nieve, que se queja de no poder ir al portal y le pide al burro el favor de que lo derrita con su aliento para, de este modo, llegar al portal convertido en agua. Como compensación, el muñeco de nieve le regala su sombrero, la zanahoria que lleva de nariz, la bufanda y los ojos con el fin de que se los lleve de regalo al Niño Dios.
Mientras tanto, el león, el zorro y el lobo sufren fuertes dolores de estómago, como castigo por haber robado la comida que el burro, ilusionado, llevaba al portal de Belén. Entonces surge el remordimiento y el león Limpiavientos confiesa:
Tras el arrepentimiento llega la reconciliación, de forma que la obra se cierra dejando claro el mensaje evangélico:
En la obra de Carles Cano denominada ¡Te pillé, Caperucita!, que recibió el Premio Lazarillo en 1994, el proceso de desmitificación del que hemos hablado se lleva a su culmen. La historia central se apoya en el cuento de Caperucita, pero con ella se van entremezclando otras historias y personajes también de cuentos tradicionales, como el Gato con botas, que aparece en la escena II. En esta misma escena las historias llegan a superponerse y vemos a Caperucita actuar como si de la Ratita presumida se tratara. En la escena III el cuento de Los tres cerditos aparece distorsionado, pues el lobo no persigue a los cerditos, sino que, de modo inverso, uno de los cerdos es el que persigue al lobo.
Carles Cano ha usado en esta obra el tópico del mundo al revés, invirtiendo los papeles tradicionales de los personajes. Caperucita no es un personaje inocente ni el lobo un personaje peligroso; ambos utilizan un lenguaje coloquial y espontáneo que actualiza la obra. Pero son muchos otros, como vamos a comprobar, los elementos clásicos que han sido modificados.
—17→Un rasgo interesante son los anuncios que se han intercalado entre las cinco escenas y que también están construidos sobre cuentos o personajes del mundo de la ficción, para parodiar, mediante la ironía, el mundo de la publicidad que rodea nuestra sociedad de consumo.
Il. de Gustí para ¡Te pillé, Caperucita!, de Carles Cano. (Madrid: Bruño, 1995, p. 87).
—18→La ruptura con el cuento tradicional se produce desde la escena I:
Caperucita aprovecha este momento para golpearlo con un martillo de feria, alegando que en los tiempos que corren es necesario ir preparada para la defensa personal. En este momento entra en escena un guardia que los arresta; a Caperucita por atentar sobre una especie protegida, canis lupus, y al lobo por haber arrancado tomillo, otra especie protegida. Entre tanto, interviene la abuelita:
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ABUELITA.- ¡Eh, eheheee! Pero, esto, esto... ¡Esto es una vergüenza! ¿Y a mí, a mí... a mí quién me come entonces, eh? |
En la escena II Caperucita, el Lobo y el Guardia llegan cansados al mismo lugar y el guardia pregunta por qué han estado dando vueltas por el mismo sitio, contesta el lobo:
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En este momento es cuando entra en escena el Gato con botas, el ladrón de calzado más famoso del reino, dispuesto a robarles sus zapatos a todos. Una vez que saluda a Caperucita, ambos comienzan a interpretar el cuento de La Ratita presumida, aunque algo distorsionado; en vez del lacito que la ratita llevaba en la cabeza, Caperucita lleva el modelito de «Cocó Chabeli». El gato le pregunta si quiere casarse con él y ella le pregunta que qué hará por las noches. En este momento la escena II se interrumpe con la publicidad.
La tercera escena comienza con el gato con un ojo a la funerala, pues Caperucita, al conocer sus intenciones, lo ha golpeado. Es entonces cuando interrumpe en el escenario un cerdito vestido de Rambo que viene para vengarse del Lobo, pues derribó las casas de sus hermanos y «se los zampó con Ketchup y mostaza». En medio de la discusión el cerdo descubre el olor de uno de sus hermanos; proviene de las morcillas que Caperucita llevaba a su abuela; entonces todos dan el pésame al pobre cerdo y deciden enterrar a las morcillas.
Llega la publicidad y pasamos a la escena IV. Ésta comienza con el comentario del entierro, cuya emotividad queda neutralizada por los comentarios escatológicos de los personajes:
La escena IV acaba cuando el cerdo le pide a Caperucita que se case con él, ella le pregunta que qué hará por las noches; ante su indecisión lo rechaza, y de nuevo se introduce la publicidad.
La escena V comienza con la incertidumbre de los propios personajes sobre cómo terminar esta obra. El lobo propone acabar con «Y colorín colorado, este cuento se ha acabado», pero el cerdo explica que no es posible «porque esta historia es vanguardista, y no podemos ser tan antiguos». Finalmente, Caperucita le pregunta al lobo si se casaría con él, a lo que el animal contesta:
De esta forma, se improvisa la boda y se termina deseando felicidad eterna para los novios. En el epílogo, el autor manifiesta que todo se trata de un juego, que las obras clásicas están muy bien, pero que también lo está jugar con ellas y, sobre todo, divertirse.
En definitiva, los animales recorren toda la literatura infantil, y cuando se trata de llevarlos a escena están también por todas partes, desde las dramatizaciones más rudimentarias a las más complejas, desde los cuentos y fábulas tradicionales a los más modernos y vanguardistas, desde los textos que soportan temas trascendentales y serios a los más cotidianos y divertidos, porque, en definitiva, nos guste o no, los animales y los niños, se compenetran, se entienden y, hasta me atrevería a decir, que se necesitan.

