Amigos del Libro
Año XII, núm. 26-27, septiembre-diciembre 1994

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Il. Penagos, para Sucesos Extraordinarios. Madrid: Saturnino Calleja, 1931, col. «Cuentos de Calleja».
Hace mucho tiempo que me atraía la narrativa de Carmen Pérez-Avello. Desde que la conocí personalmente en Latores (Oviedo), hace más de diez años, ha crecido mi interés por su obra y mi deseo de profundizar en ella y darla a conocer más en Japón, donde enseño español en una Universidad. En nuestras conversaciones -la he visitado varias veces- y en sus cartas contesta a mis preguntas y aclara mis dudas. Así me va proporcionando datos para el estudio de sus libros.
Carmen Bravo-Villasante y Mercedes Gómez del Manzano, ambas conocedoras de su obra y de mi proyecto, me dieron también orientaciones muy valiosas para mi trabajo.
En 1965 el nombre de Carmen Pérez-Avello saltó a los periódicos y revistas de España al ganar el premio Doncel por su novela juvenil Un muchacho sefardí. Quedó así consagrada como autora de literatura juvenil, pero, en realidad, ya había cultivado este género con acierto anteriormente. Más tarde obtuvo de nuevo el Premio Doncel por su relato Unos zuecos para mí (1967) y el Hucha de Plata por los cuentos El Nido y Un puerto en el desván (1971). Desde entonces, sus libros se siguen editando. En 1983 me escribía:
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Il. Máximo, para Un muchacho sefardí, de Carmen Pérez-Avello. Madrid: Doncel, 1965.
En 1988 Anaya presentó una nueva edición de Unos zuecos para mí, ilustrada por Teo Puebla y, coincidiendo con el V Centenario de la expulsión de los judíos, se ha vuelto a editar Un muchacho sefardí, libro tan lleno de amor y nostalgia hacia la antigua Sefarad.
Carmen Pérez-Avello nació en Cadavedo (Asturias), pero su familia se trasladó muy pronto a Oviedo. Tuvo una infancia feliz, unos padres maravillosos y muchos hermanos. Aficionada desde niña a la lectura la estimulaban las sugeridas por su abuela materna, que poseía una biblioteca sorprendente en una mujer de su época, tanto que se decía: «Siempre hay un libro cerca de ella».
Estudió Magisterio, llevada más por el amor a la cultura que por una vocación docente. Años más tarde le sería útil cuando tuvo que emprender su tarea educadora: profesora de lengua y arte y directora en centros de educación para niñas. Volviendo la vista atrás escribe:
Una y otra vez insiste en este difícil equilibrio que dota a su obra de un mérito especial:
Angelina Lamelas, antigua discípula suya y escritora también, aporta un testimonio interesante en el artículo periodístico «Su Aconcagua»:
En toda la obra de Carmen Pérez-Avello está patente su amor a los niños. Podría decir como la Luna de uno de sus cuentos: «Los niños son lo mejor que veo en la tierra». Dedicada a sus alumnas, «vivía cerca de ellas», dice; «me acercaba a ellas». Les contaba cuentos en clase con tanta gracia que alguien le preguntó: «¿Que contabas a las niñas que las tenías a todas así?»
Su deseo era hacer a las niñas lectoras:
Fue precisamente como educadora, al preocuparse por las lecturas de sus alumnas, cuando constató el enorme vacío que existía aún en España en la Literatura Juvenil:
Se dedicó, pues, contra viento y marea, con ilusión a escribir para ellos.
Quizá tendrán que vencer obstáculos porque entonces algunas personas consideraban este género como un subproducto literario, pero ella, como otros autores, siguió adelante.
Al preguntarle por su técnica responde:
Aunque no imite intencionadamente a ningún autor, ella tiene sus preferencias:
También le agrada el estilo de Juana de Ibarbourou.
A Carmen Pérez-Avello le parece que su campo propio es la narrativa: «Crear argumentos y narrarlos». Hay un fondo de realismo —11→ en sus libros, pero sus bellas descripciones y originales metáforas, su delicadeza y sensibilidad dan un tono poético al conjunto. Es la suya una prosa poética, llena de armonía y colorido:
En algunos de sus escritos alude a la poesía, incluso nombra a Tagore. La poesía no es ajena a nuestra autora; por eso José Luis Martín Descalzo en su original prólogo a Sueño de un gato negro les dice con humor a los niños:
Los bellos lugares en que ha vivido -Cadavedo, Santander, Latores- le han servido sin duda de inspiración. Dice que «el paisaje y la paz del lugar atraen mucho», y después de saborear tanta belleza la da también a gustar en sus descripciones.
El hecho de haber cultivado la pintura se nota también en su obra: «Me gustaba la copia del natural, paisaje. Quizá me ayudó la observación del paisaje para las descripciones». Podría decirse también que ella pinta con la pluma.
La música también la atrae mucho y en sus libros abunda la alusión a canciones, instrumentos musicales e incluso algún nombre de músico, pero para escribir le inspiran el silencio y la soledad:
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La selección de sus temas a veces es casual: la noticia de un periódico atrasado, el enunciado de un disco... Saca partido de cualquier suceso o detalle y luego lo elabora: «Pones y quitas personajes. Brota la frase más concisa, brillante, expresiva».
Lo cuida todo: argumento, ambientación, descripciones. Se ha hablado de sus «filigranas descriptivas», lo que significa en su caso excesiva elaboración. Es su inspiración poética al servicio de la narrativa, armonizando el buen gusto, el arte y la naturalidad. Sobresalen sus dotes para un diálogo vivo y ágil, que alterna con las descripciones:
Se ha dicho que su obra se caracteriza por un léxico de gran vigor y precisión en que los adjetivos consiguen una enorme fuerza plástica. Se esfuerza siempre en perfeccionar lo escrito y le interesa mucho más la calidad que la cantidad. Se tiene por «persona de segunda edición» y en algunos casos una vez perfeccionada su obra ignora sus ediciones precedentes. Busca incansablemente lo más exacto, lo que encaje mejor. Por ejemplo, en la segunda edición de Un muchacho sefardí sustituyó unas estrofas de Mío Cid por una antigua canción sefardí mucho más cercana al tema.
Me parece que su dedicación y el esmero de su estilo se refleja inconscientemente en su obra cuando pondera el valor del trabajo bien hecho. Este es el caso, por ejemplo, de Van Baden en Unos Zuecos para mí.
El estilo cuidado y poético de Carmen Pérez-Avello no la distancia de los jóvenes lectores a los que va dirigida su obra. Sabe sintonizar con ellos y les hace gozar, acompañándoles en su búsqueda de identidad. No pretende moralizar ni siquiera transmitirles intencionadamente —13→ un mensaje. Se acerca a ellos con cariño y respeto y, como por instinto, les brinda ideales que iluminarán su vida:
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No pienso en el «mensaje». Procuro que no sea dañino, pero no me preocupo de que tenga «moraleja»... |
Todo lo humano es constructivo en un sentido...
Así enjuicia ella su llamada concreta:
Al escribir para niños pequeños acepta con gusto «la disciplina que impone un estilo propio». Ha escrito muchos libros para ellos, pero su campo específico son los adolescentes y a ellos van dirigidas sus últimas obras. Suele preferir como protagonista a un niño o muchacho porque se siente más libre con él que si se tratase de una niña.
El temperamento de Carmen Pérez-Avello es el que cabría esperar en una escritora de este género: presencia serena, amable, cordial, con una mirada penetrante, alegre y simpática.
Afirma de sí misma: «Mi fondo era la alegría y el sentido del humor». La alegría y el optimismo reinan en sus libros y sabe poner una nota cómica en el momento oportuno:
Es que el tono humorístico y chistoso salpica su obra en la que se descubren también juegos de palabras y sorprendentes personificaciones.
—14→Si Un muchacho sefardí «está construido sobre moldes clásicos y modernos», lo mismo podría afirmarse de toda su obra porque el equilibrio es otra de sus características. Selecciona lo valioso de ayer y de hoy para incorporarlo a su creación cuando convenga. Sabe bien que no requieren el mismo estilo una novela seria, que incluso reconstruye un pasado remoto, y un folleto para muchachas modernas. Por eso en este tipo de folletos utiliza un sentido suelto, coloquial, mientras que en Un muchacho sefardí y Vikingos al remo el tono es más clásico y literario, llegando a incluir términos técnicos.
Me he referido a su habilidad para describir lugares y ambientes conocidos, como los de su Asturias natal, pero además tiene el don de hacer familiares a sus lectores, ambientes y lugares para ella desconocidos. «Viajo con la imaginación», me decía. Abierta al mundo, sus escritos tienen el sello de lo universal y lanza a sus héroes a cualquier lugar, por remoto que sea. Por otra parte armoniza esta apertura universal con un profundo amor a España y lo español, que infunde a sus lectores, un sentimiento semejante al del antiguo marino:
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Tengo corazón universal, ¿qué quieres? Me hice amigo de todos recorriendo el mundo, pero la patria. Dios lo manda en primer lugar. |
| (Un muchacho sefardí). | ||
En sus tiempos de profesora, sus alumnas además de leer los libros por su cuenta los trabajaban en clase de lenguaje. Participaron, por ejemplo, en la técnica de teatro leído con Un puerto en el desván. Hace tiempo, televisión española proyectó llevar a la pequeña pantalla El gato que llegó a la luna en forma de dibujos animados, y el tema se hubiera prestado. Sus libros se siguen leyendo y su obra sigue siendo objeto de estudio.
En la Universidad Seisen (Tokyo) las alumnas gozan cuando leemos en clase de literatura Unos zuecos para mí. En el boletín de la Universidad publiqué un trabajo extenso para darla a conocer en Japón. Aunque en España es bien conocida, he querido compartir con los lectores estas sencillas reflexiones.

