Amigos del libro
Año XV, núm. 35, enero-marzo 1997

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Sólo en muy contadas ocasiones la crítica ha reparado en la profunda importancia del mundo infantil en la poética machadiana. Lo cierto es, sin embargo, que los niños son en ella elemento fundamental no sólo como objeto temático sino también como referencia simbólica inexcusable en que se configuran las constantes primordiales de su poesía. No falta quien considera que Antonio Machado es el primer poeta español en el que la infancia tiene un espacio esencial2.
No podía ser de otra manera para un escritor que pretende «eternizar lo temporal», fijar la experiencia del tiempo en el momento concreto, y para quien la poesía es palabra en el tiempo, constatación fatídica de que vivir es pasar, «sentirse fluyendo en el tiempo, con la memoria hecha palabra que desesperadamente nombra y da sentido a lo que se va sin remedio»3.
Insertos en el poema, objetos y momentos infantiles, germinados en el recuerdo, actualizan un pasado que consigue ser revivido eternamente. Un sentido que Machado descubre en las Coplas manriqueñas, que tienen para él una intensa y profunda emoción de lo temporal. Dice el sevillano:
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El ¿qué se hicieron?, el devenir en interrogante, individualiza ya estas nociones genéricas, las coloca en el tiempo, en un pasado vivo, donde el poeta pretende intuirlas, como objetos únicos, las rememora o evoca. No pueden ser ya cualesquiera damas, tocados, fragancias y vestidos, sino aquellos que, estampados en la placa del tiempo, —8→ conmueven -¡todavía!- el corazón del poeta. Y aquel trovar, y el danzar aquel -aquellos y no otros- ¿qué se hicieron?, insiste en preguntar el poeta, hasta llegar a la maravilla de la estrofa: aquellas ropas chapadas [...] que surgen ahora en el recuerdo, como escapadas de un sueño, actualizando, materializando casi el pasado, en una trivial anécdota indumentaria. Terminada la estrofa -concluye Machado-, queda toda ella vibrando en nuestra memoria como una melodía única, que no podrá repetirse ni imitarse, porque para ello sería preciso haberla vivido. La emoción del tiempo es todo en la estrofa de don Jorge4. |
El yo machadiano canta también a todo lo que se pierde. Del mismo modo pueden considerarse sus poemas composiciones elegíacas de lo que se ha ido sin posibilidad de retorno: la infancia, la juventud, las macetas de hierbabuena de la madre, los caballitos de las ferias o incluso las viejas moscas pertinaces sobre la calva infantil.
Ocurre, no obstante, que la idea de lo pretérito tiene en Machado dos expresiones claramente diferenciadas: por un lado, el que él mismo llamó pasado irreparable, es decir, el histórico que se mide, en el tiempo, cuantitativamente y que sería el auténtico: el pasado que pasó o propiamente dicho; por otro, el pasado apócrifo, es decir, «lo que vive en la memoria de alguien, y en cuanto actúa en una conciencia, por ende incorporado a un presente y en constante función de porvenir y el cual vive en el tiempo, cualitativamente, por ser tiempo existencial»5. El primer tiempo es tiempo fugitivo que no vuelve, transcurre fatal y repetitivamente. El otro es el pasado poético, coincidente con el recuerdo bergsoniano, y es posible recuperarlo a través del sueño. El pasado se integra así en el transcurso temporal como «todavía», como unificación íntima entre el pasado y el porvenir. «Se trata -asegura Cerezo Galán- de buscar la continuidad del tiempo, no horizontalmente, como mero flujo, sino verticalmente como asunción de la totalidad de la vida, en cada punto de la trayectoria»6. En palabras del poeta, «todo pasa», pero también «todo queda».
—9→Los recuerdos y los sueños son, pues, en la poesía de Machado, la manera más eficaz de reconstrucción o restauración de un mundo que el poder del tiempo deteriora. En efecto, ningún tema parece ser tan constante en su obra como el del sueño, que es, para Machado, como ha expuesto certeramente Ramón de Zubiría, «la presencia del tiempo en la conciencia..., la única forma de vivir el pasado desde el presente, un pasado que cambia a cada instante y que, por lo mismo, no puede representarse, sino tan sólo soñarse»7.
Il. de Victoria Ecinas para Yo voy soñando caminos, de Antonio Machado (Madrid: Emiliano Escolar, 1981, p. 19).
—10→La anécdota vital de Machado se expresa de manera puntual en un paisaje concreto, de tal manera que cada etapa vital queda indisolublemente unida a un entorno específico que le da sentido y que parece prolongarse hacia el futuro, hacerse real en el presente poético y rebasarlo. El paisaje infantil rememorado o soñado es, así, el paisaje al que retorna el poeta cuando su melancolía, su tedio o su cansancio se agudizan, «como si encontrara en él -según Serrano Poncela- sustancias confortadoras»8 o como si revelaran el sentido más profundo de lo humano, del hombre que se adentra hacia sí mismo. Así lo escribe Machado:
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| (LXXXIX) | ||
Y en otro lado:
| (LXI) | ||
No se hace extraño, de este modo, que Machado inicie sus Campos de Castilla rememorando su infancia:
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| (XCVIII) | ||
y que el recuerdo de la niñez tenga «imágenes de luz y de palmeras» (CXXV). La claridad de las reminiscencias infantiles abre un espacio de luz en las tinieblas que el tiempo impone al sentir presente del poeta:
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| (CCXIII) | ||
Hay un medio natural circundante para la infancia: un patio sevillano, con correlato real, que es en los poemas machadianos casi jardín edénico, lejano paraíso que se cerró al poeta siendo aún muy niño, cuando a los ocho años tuvo que marchar con su familia a Madrid. Un espacio que hunde sus raíces en la leyenda, más allá de cualquier límite cronológico o espacial: «La Sevilla de mis recuerdos -dice Machado- estaba fuera del mapa y del calendario».
El espacio infantil es, sin embargo, el patio del Palacio de las Dueñas, donde nació el poeta una noche de julio de 1875 -«Esta luz de Sevilla... Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente» (CLXV, IV)-. En él, o en el de sus otras casas de la capital andaluza, «algo hería -recuerda López Estrada- los ojos infantiles, y tan hondamente que siempre le quedó la cicatriz: fue la luz, esta luz de Sevilla...»9 Una luz que es ahora claridad espiritual con que el poeta pretende desvelar el significado profundo de su condición humana.
Una tarde clara, casi de primavera, trae al escritor alegres recuerdos de la niñez, cuyo reencuentro parece liberarlo de la angustia de la soledad y la certeza de la muerte:
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| (VII) | ||
Y ya al final de la vida, cuando la guerra hacía más dramática la existencia, todavía tendrá el poeta ocasión de recordar, en un solo verso emocionado, el pasado que no vuelve: «Estos días azules y este sol de la infancia».
La mano de la madre, recobrada en las galerías del alma, en el sueño que transforma al poeta en el niño que fue, aparta el temor a la soledad; es la mano que lo guía, amorosa y protectora, hacia un universo que anhela redescubrir en una nueva inocencia:
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El poeta intenta ahondar en la memoria en busca de una nueva luz: «La —13→ buena luz del mundo en flor, que he visto / desde los brazos de mi madre un día» (LXII), que logre conducirlo, a partir de «esta segunda inocencia / que da el no creer en nada» (XLVIII) a un gozoso despertar de los sentidos en una visión renovada y beatificante del universo, en un adentrarse más allá de la razón y la conciencia.
Il. de Victoria Encinas para Yo voy soñando caminos, de Antonio Machado (Madrid: Emiliano Escolar, 1981, p. 36).
—14→La visión de la infancia aparece ligada también a las figuras del padre y del hermano, como imagen de un tiempo irrecuperable. Pero como señala Bernard Sesé «cuando la vida y la muerte han pasado, la mirada del niño y la mirada del padre, fuera del tiempo, se unen en una comunión silenciosa de infinita ternura»10. Los ojos del padre «ya escapan de su ayer a su mañana; ya miran en el tiempo, ¡padre mío!, / piadosamente mi cabeza cana» (CLXV, IV). El hermano, que en el sueño infantil vieron partir hacia un lugar lejano, «hoy tiene ya las sienes plateadas, / un gris mechón sobre la angosta frente; / y la fría inquietud de sus miradas / revela un alma casi toda ausente» (I, «El viajero»).
Hay también recuerdos de la abuela, de sus cantos y sus cuentos, de sus cartas que amarillean, de libracos no leídos, y de las enseñanzas infantiles que perduran en el alma adulta, como las del episodio que Machado titula «Mi caña dulce»:
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No recuerdo bien -dice el poeta- en qué época del año se acostumbra en Sevilla comprar a los niños cañas de azúcar, cañas dulces, que dicen mis paisanos. Mas sí recuerdo que, siendo yo niño, a mis seis o siete años, estábame una mañana de sol sentado en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de la Magdalena, y que tenía una caña dulce en la mano. No lejos de nosotros pasaba otro niño con su madre. Llevaba también una caña de azúcar. Yo pensaba: «La mía es mucho mayor». Recuerdo bien cuán seguro estaba yo de esto. Sin embargo, pregunté a mi abuela: «¿No es verdad que mi caña es mayor que la de ese niño?». Yo no dudaba de una contestación afirmativa. Pero mi abuela no tardó en responder, con un acento de verdad y de cariño que no olvidaré nunca: «Al contrario, hijo mío; la de ese niño es mucho mayor que la tuya». Parece imposible que ese trivial suceso haya tenido tanta influencia en mi vida. Todo lo que soy -bueno y malo-, cuanto hay en mí de reflexión y de fracaso, lo debo al recuerdo de mi caña dulce11. |
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Junto a esta idea de la infancia como espacio vital recobrado por mediación del sueño, hay también una concepción de la niñez como sueño en sí misma. La expresión clave en este sentido en los versos machadianos es, sin duda, «sueño infantil»: la vida del niño se desarrolla como un sueño, como un presente eterno, donde no existe noción alguna de la temporalidad, ni idea de la fugacidad o del porvenir. La conciencia infantil desconoce los hilos que están tejiendo la vida libre pues de la angustia de la precipitación hacia un final cierto y absorta en una felicidad plena e inconsciente.
El «yo» machadiano de la infancia aparece inmerso en el alegre y eterno presente de los niños que juegan «en los rincones de las ciudades muertas» (III). Y si la contemplación del paisaje lleva al poeta a la emoción de un tiempo de luz y de sosiego donde todo parece estar suspendido, el tiempo se hace entonces niño:
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| (CLXXIII, III) | ||
La naturaleza entera puede identificarse con la niñez: el día puede ser «adolescente» (CLXXIII-III); la primavera es una «niña inmortal» (CCXXXIV) que renace incluso en medio de los bombardeos aéreos; y se describe el otoño en estos términos: «Hay una mano de niño / dispersa en la tarde gris, / o en la tarde gris se borra / una acuarela infantil» (CCXX).
La infancia se hace expresión de un estado primitivo de la evolución del hombre; lo remoto y lo arcano encuentran su reflejo en ese estado de infancia o inocencia en el que el poeta busca los datos ocultos de su ser que puedan responder a sus comienzos, a su origen. A una vivencia más allá del tiempo, donde los sentidos puedan establecer una comunicación íntima con la naturaleza, inmersos en una existencia plena, en una nueva edad dorada. La contemplación del paisaje, según es ta concepción, conduce a una experiencia casi mística, donde el espíritu se inunda de la quietud armónica del universo:
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| (CXIII, II) | ||
Según la concepción machadiana, existe la posibilidad para el hombre de regresar al estado de inocencia infantil, de vislumbrar el universo con la transparencia de la primera mirada, separándose de todo artificio, de toda moral, para recuperar la visión pura y originaria de las cosas, el asombro primero ante las maravillas naturales que el niño experimenta:
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