Escena
I
|
|
|
ÁNGELA y ALBERTO; ambos aparecen sentados.
|
ALBERTO. -
Hace veinticuatro años, Luis Lamberti
era un joven pobre y oscuro. Prendose de él la Princesa
de San Mario, y, atropellando por todo, diole mano de esposa.
A fin de evitar la presencia de los parientes y amigos, que
clamaban contra este enlace, partieron ambos a Milán,
donde fijaron su residencia. Quebrantada la salud de la Princesa,
perdió la vida antes de que hubiese transcurrido un
año. Dos días antes había expirado su
camarera Isabel, esposa mía, al dar a luz un hermoso
niño. |
ÁNGELA. -
Continuad. |
ALBERTO. -
Lamberti,
que, habiendo muerto la Princesa sin dejar un heredero de
su nombre, iba a ser despojado de su ilustre título
y sus cuantiosos bienes, para que recayesen en Fabio Conti
como el más próximo pariente de su difunta
esposa, empleó en contra mía las más
seductoras promesas, las más terribles amenazas. |
ÁNGELA. -
¿Con qué objeto? |
ALBERTO. -
Con
el de obligarme a consentir en que el fruto de mi conyugal
amor pasase por hijo suyo. |
ÁNGELA. -
¿Y cedisteis? |
ALBERTO. -
Temí su venganza; creí hacer
un bien a Conrado. |
ÁNGELA. -
¡Conrado hijo vuestro!
(Estrechando sus manos.) ¡Oh señor! |
ALBERTO. -
Ven
a mis brazos (Ambos se levantan.) , criatura angelical, tan
querida de aquel a quien tanto quiero. |
ÁNGELA. -
Y
después, ¿qué sucedió? |
ALBERTO. -
Siempre,
con el fin de asegurar su futura suerte, hice firmar a Lamberti
un convenio en que se manifestaba la verdad de todo lo ocurrido.
Helo aquí. (Entregando a ÁNGELA un papel, que
ésta recorre con la vista.) Su único cómplice
fué un médico llamado Araldi. Volvió
Lamberti a este Ducado, trayéndonos consigo, y publicó
la nueva triste y venturosa a la vez de haber fallecido su
esposa en Milán en el momento de dar a luz un heredero
de su nombre. |
ÁNGELA. -
¿Y por qué le abandonasteis? |
ALBERTO. -
Un día descubrí, casualmente,
que aquellos dos malvados trataban de darme muerte para encerrar
conmigo en la tumba su secreto. Seguro de que a mi hijo no
le amenazaba ningún riesgo, huí para salvar
la vida. Me hice soldado, y ya sabéis cuál
ha sido mi suerte después. |
ÁNGELA. -
¿Y
ahora...? |
ALBERTO. -
He venido con el solo objeto de
abrazar a mi hijo; he visto que ese hombre lo hace desgraciado,
y, sin embargo, vacilo, dudo... Pasar en un instante de la
opulencia a la miseria, del palacio a la choza... ¿Me perdonaría
un cambio de fortuna tan completo? |
ÁNGELA. -
¡Oh!
(Como asaltada por una idea repentina.) |
ALBERTO. -
Por
llamarle una vez hijo mío daría los pocos días
que me queden de existencia; pero también los daría
por evitarle el menor disgusto... Sí, prefiero renunciar
a su cariño a hacerle desgraciado.... y temo que,
si hablo, podrá llegar un día en que me maldiga
allá en el fondo de su alma. Aconséjame tú,
hija mía. ¿Qué debo hacer? |
ÁNGELA. -
¡Aconsejaros
yo!... |
ALBERTO. -
Conozco que no me atrevería
a descubrirle la verdad. ¿Por qué no le hablas tú,
a quien tanto ama? Esto es lo mejor: revélaselo todo,
sepa que es tu igual, y sed felices ambos en santa unión,
que yo bendeciré. |
ÁNGELA. -
Decirle: «Abandona
las riquezas de que hoy disfrutas, porque no te pertenecen;
despójate de tu espada de oficial, porque no eres
caballero...», para que crea que sólo me guía
un cálculo de egoísmo..., para que me maldiga
allá en el fondo de su alma. Recordad vuestras palabras.
¡Oh! Vale más renunciar a su cariño que hacerle
desgraciado. Y ahora, sobre todo, es preciso callar: la venganza
del Príncipe sería espantosa. ¡Por la vida
de vuestro hijo, por la de mi madre, callad! |
ALBERTO. -
¡Oh!
Tienes razón: no retrocedería ante ningún
crimen. |
ÁNGELA. -
Después Dios nos abrirá
camino. La Providencia, que os ha traído a esta casa,
no nos abandonará. |
ALBERTO. -
Así lo espero. |
ÁNGELA. -
Ahora voy a ver a la Condesa Adelaida;
me ha ocupado en diversas ocasiones, y siempre me ha tratado
con la mayor dulzura. Su voluntad es respetada, y tal vez
consiga, por su mediación, hablar a mi madre. |
ALBERTO. -
Iré
contigo; quiero permanecer a las puertas de palacio para
ver a Conrado siempre que entre o salga. |
ÁNGELA. -
¡Oh
Señora! ¡Tú, que fuiste perfecto dechado de
madres y de hijas, apiádate de la hija que llora por
su madre y del padre que llora por su hijo! |
Escena IV
|
|
|
La CONDESA y ARABELA.
|
| CONDESA ADELAIDA. -
(Descubriéndose.) ¿Estás
segura de que éste es el barrio que te han indicado? |
ARABELA. -
Sí, señora, este mismo. Y ¿no
me diréis el objeto de vuestra venida a esta casa? |
CONDESA ADELAIDA. -
Me he negado a decírtelo,
porque he querido evitar inútiles consejos y superfluas
reflexiones. Ya puedes saberlo. No has logrado averiguar
el nombre de la querida de Conrado; pero sí que él
frecuenta todos los días esta calle. La florista que
vive en esta casa, y a la cual conozco, habrá notado
indudablemente en qué casa entra el bizarro capitán;
y ya que no sepa todo el secreto, que es lo más probable,
pues en tan reducida vecindad cualquiera joven estará
enterada de los amoríos de las demás, podrá,
por lo menos, ponerme en camino de hallar a esa rival preferida. |
ARABELA. -
¡Oh señora! ¡Vos descender a tan mezquinas
tramas! |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Insensata! ¿No te he dicho
mil veces que le amo? ¿No sabes que su padre me había
hecho creer que era correspondida, y que éste es el
único instante de ventura que me ha deparado mi enemiga
suerte? ¿Ignoras acaso que el primer amor de un ser desdichado
es un amor inmenso? |
ARABELA. -
¿No os visteis siempre
halagada de todos? ¿No sois la opulenta, la poderosa Condesa
Adelaida? Convertid esa ternura en desprecio... |
CONDESA
ADELAIDA. -
Sí, halagada por esos muñecos
de resortes que pasan la vida haciendo reverencias. ¡Opulenta!
¿Qué valen todas mis riquezas, comparadas con el inestimable
precio de una mirada de Conrado? ¡Poderosa! ¿Qué significa
todo mi poder, si con él no logro lo único
que deseo, ser amada de Conrado? La Condesa Adelaida envidia
a esa ignorada criatura, más rica y más poderosa
que ella, porque posee el tesoro de su cariño, porque
puede estrecharle contra su corazón. (ARABELA hace
ademán como de ir a hablar.) ¡Nada me digas; estoy
celosa, estoy enamorada, y una mujer celosa y enamorada no
reflexiona, no piensa; siente, sufre, obra! |
ARABELA. -
¿Y
seréis capaz de causar el menor daño a esa
mujer, vos, tan buena, tan generosa, tan noble? |
CONDESA
ADELAIDA. -
¿Daño? No. Quiero saber únicamente
si es digna de su cariño. |
ARABELA. -
Alguien
se acerca; serenaos. |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Es ella! (Asomándose
a la puerta del foro.) Ve, y aguárdame en el coche. |
ARABELA. -
Os obedezco. (Cede el paso a ÁNGELA
y vase.) |
Escena VI
|
|
|
CONDESA y ÁNGELA
|
ÁNGELA. -
¿Vos
aquí? Vengo de Palacio. |
CONDESA ADELAIDA. -
¿De
Palacio? |
ÁNGELA. -
He ido en busca vuestra. |
CONDESA
ADELAIDA. -
Precisamente cuando yo me dirigía
a tu casa. |
ÁNGELA. -
¿Cómo he podido merecer
tan alto honor? |
CONDESA ADELAIDA. -
Mañana hay
baile. Necesito unas flores con mucha premura... |
ÁNGELA. -
Yo
quería hablaros de un asunto muy interesante para
mí. |
CONDESA ADELAIDA. -
Y he venido a elegirlas. |
ÁNGELA. -
Se trata de mi madre. |
CONDESA ADELAIDA. -
Además
quiero hacerte una pregunta por mera curiosidad. |
ÁNGELA. -
De
mí madre, ¿lo oís? |
CONDESA ADELAIDA. -
¿Has
visto pasar por esta calle a un oficial que la frecuenta
mucho? |
ÁNGELA. -
¡Un oficial! |
CONDESA ADELAIDA. -
Justamente
le he encontrado al venir. En Palacio se dice que tiene amoríos
en esta calle. |
ÁNGELA. -
Por feliz casualidad
me preguntáis una cosa que iba a revelaros. |
CONDESA
ADELAIDA. -
¿Cómo? |
ÁNGELA. -
En vos
se cifra mi esperanza. Salvad a mi madre. |
CONDESA ADELAIDA. -
¿A
tu madre? |
ÁNGELA. -
El padre de ese joven quiere
casarle con una gran señora. |
CONDESA ADELAIDA. -
Eso
se cuenta. |
ÁNGELA. -
Pero él no corresponde
al afecto de esa dama. |
CONDESA ADELAIDA. -
Porque está
enamorado de otra. |
ÁNGELA. -
No puedo negarlo. |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Oh! |
ÁNGELA. -
Quizá
haya cometido una imprudencia. Tal vez seáis amiga
de esa dama. |
CONDESA ADELAIDA. -
Sí, su amiga...
¿Y conoces a la joven a quien prefiere? |
ÁNGELA. -
¡Oh
señora! El Príncipe de San Mario ha estado
hoy aquí. |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Qué oigo! |
ÁNGELA. -
Vos nos protegeréis. ¿No es verdad? |
CONDESA ADELAIDA. -
Prosigue. |
ÁNGELA. -
Nos
insultó. |
CONDESA ADELAIDA. -
No te detengas. |
ÁNGELA. -
Mandó prender a mi madre. |
CONDESA
ADELAIDA. -
¡Cesa! |
ÁNGELA. -
Y a pesar de
la resistencia de Conrado, que se hallaba presente... |
CONDESA
ADELAIDA. -
¡Cesa! Harto me has dicho ya. (Separándose
de ella.) |
ÁNGELA. -
¡Oh! ¡Qué semblante!
¿Por qué me miráis así? |
CONDESA ADELAIDA. -
¿Luego
eres tú, tú misma, la miserable a quien Conrado
prefiere? |
ÁNGELA. -
¿Y vos?... ¡Y vos! |
CONDESA
ADELAIDA. -
¿No lo adivinas? |
ÁNGELA. -
¡Sí!
Vos sois la gran señora a quien Conrado no ama. (Con
gran abatimiento.) |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Oh! |
ÁNGELA. -
¡Dios
mío! ¡Estaba pidiendo la libertad de mi madre a quien
es causa de su desdicha! |
CONDESA ADELAIDA. -
(Después
de una pausa y acercándose a ÁNGELA.) Me he
exaltado sin motivo. Escucha. Olvídale, y mi recompensa
excederá a toda tu ambición. |
ÁNGELA. -
Decid
al sol: detente; pero no a un corazón enamorado: olvida. |
CONDESA ADELAIDA. -
Basta con que te avengas a salir
de Italia, jurándome no revelarle nunca tu paradero. |
ÁNGELA. -
Él sabría hallarme. |
CONDESA
ADELAIDA. -
Supón que no. |
ÁNGELA. -
Entonces
se moriría de pesar. |
CONDESA ADELAIDA. -
¿Quién
te lo asegura? |
ÁNGELA. -
Mi corazón. |
CONDESA
ADELAIDA. -
Te engaña una loca vanidad. |
ÁNGELA. -
Entonces,
¿por qué queréis alejarme de Italia? |
CONDESA
ADELAIDA. -
¿Te atreves a desafiarme? Tiembla. |
ÁNGELA. -
¡Os
detesta y me ama! No soy yo quien debe temblar, sino vos. |
CONDESA ADELAIDA. -
El mundo os separa. |
ÁNGELA. -
El
amor nos une. |
CONDESA ADELAIDA. -
Conrado es ilustre,
y tú de humilde condición. |
ÁNGELA. -
La
virtud nos hace iguales. |
CONDESA ADELAIDA. -
¿Aspiras
a llamarte su esposa? |
ÁNGELA. -
Aspiro a ser digna
de su cariño. |
CONDESA ADELAIDA. -
Un loco frenesí
le ciega; cuando cayese la venda de sus ojos lloraría
su locura; reconocería avergonzado su necio extravío.
La infamia le aguarda en tus brazos. |
ÁNGELA. -
Y
en los vuestros (Irónicamente.) , ¿qué le esperaría? |
CONDESA ADELAIDA. -
¿Por ventura quieres compararte
conmigo? |
ÁNGELA. -
Tenéis razón:
mi cariño le infama; el vuestro le honra. Vos contáis
quizá cien antepasados ilustres; mi abuelo fué
un labrador, mi padre un soldado. Vuestra es la herencia
de un nombre; mía la adquisición de una fama
de honestidad: ufanaos con el bien de otro; yo con el bien
que me pertenece a sí sola. Sí, oídlo.
(Con marcada intención. La CONDESA, turbada, aparta
la vista.) No tengo ningún recuerdo vergonzoso que
amargue mi existencia. (Asiéndole una mano.) ¿Volvéis
los ojos? ¿Por qué tembláis? ¿Por qué
el rostro que antes estaba pálido de coraje, se halla
en este momento más encendido que una amapola? No
os apartéis. Aguardad. Di, altivo (Poniéndole
resueltamente sobre el corazón la mano que tiene libre.)
corazón, ¿estás tranquilo? ¿Eres dichoso? ¿No
te causa envidia éste que se encierra aquí?
¿No te cambiarías por éste? Cada uno de los
latidos que siente mi mano me responde que sí. |
CONDESA
ADELAIDA. -
¡Es verdad! ¡Es verdad! (Dejándose
caer en una silla y cubriéndose el rostro con un pañuelo
para ocultar sus lágrimas.) |
ÁNGELA. -
Perdonadme
si he dicho demasiado. Vuestras lágrimas me prueban
que os he juzgado mal. |
CONDESA ADELAIDA. -
(Levantándose
precipitadamente y corriendo hacia ÁNGELA.) ¿Sabes
que no hay nada más terrible que una mujer celosa? |
ÁNGELA. -
Ni nada más generoso que una
mujer amante. |
CONDESA ADELAIDA. -
El amor es origen
de todos los crímenes. |
ÁNGELA. -
Y manantial
de todas las virtudes. |
CONDESA ADELAIDA. -
Tu desgracia
será dicha para mí. |
ÁNGELA. -
Vos
no me castigaréis por amar lo que amáis, por
sentir lo que sentís. |
CONDESA ADELAIDA. -
Por
eso mismo soy capaz de tomar una cruel venganza. |
ÁNGELA. -
Por
eso sólo soy capaz de amaros. |
CONDESA ADELAIDA. -
¡Oh!
¡No puedo más! ¡Estoy vencida! ¡Tú vales más
que yo! Tú, que me has hecho bajar los ojos con la
imponente mirada de la inocencia. ¡Mi amor exige un sacrificio
terrible, inmenso! Tú sola mereces llamarte suya:
ama a Conrado. ¡Yo os protegeré! Mi mano os conducirá
al altar. |
ÁNGELA. -
¿Qué decís? |
CONDESA ADELAIDA. -
Para ti la felicidad en sus brazos;
para mí las lágrimas en la soledad. He aquí
el puesto que nos corresponde a entrambas. |
ÁNGELA. -
¡Señora! |
CONDESA ADELAIDA. -
Supuse hallar en ti una mujer corrompida;
he hallado un ángel. |
ÁNGELA. -
¿Es esto
sueño o realidad? |
CONDESA ADELAIDA. -
Me has
dicho que tu madre está presa; corro a Palacio; quizá
esta noche la estrecharás en tus brazos. (Alejándose.) |
ÁNGELA. -
¡Aguardad, aguardad! |
CONDESA ADELAIDA. -
Dices
bien: no debemos separarnos así; no son dos rivales
las que se dicen adiós, sino dos amigas, dos hermanas;
¿no es verdad? |
ÁNGELA. -
¡Ah, señora! (Arrojándose
a sus pies.) Sólo debo estar a vuestros pies; abrazar
vuestras rodillas. |
CONDESA ADELAIDA. -
No, no; aquí
sobre mi corazón. (Levantándola y abriendo
los brazos.) |
ÁNGELA. -
¡Ah! (Arrojándose
en ellos. Breve pausa, durante la cual se oyen los sollozos
de ambas.) |
CONDESA ADELAIDA. -
Enjuga esas lágrimas...;
ya ves, yo no lloro... Estoy tranquila. |
ÁNGELA. -
Y
yo os he ofendido, yo, que tan pequeña me considero
a vuestro lado. |
CONDESA ADELAIDA. -
¡No digas eso! (Ahogada
por los sollozos.) ¡Sufro mucho! ¿A qué ocultártelo?
Pero he hallado un medio de reconciliarme conmigo misma,
y esto es más que todo. ¡Adiós! Este amor es
un castigo que el cielo me envía. ¡Acepto la expiación!
(La abraza de nuevo; la besa en la frente y vase precipitadamente.)
|
Escena VIII
|
|
|
El PRÍNCIPE
DE SAN MARIO y ÁNGELA.
|
| ÁNGELA. -
¿Qué
me queréis, caballero? |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Vengo
a hablaros de vuestra madre. |
ÁNGELA. -
¿Qué
es de ella? |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Sois muy
desgraciada. |
ÁNGELA. -
Rara vez fue la fortuna
compañera de la virtud; pero mi madre saldrá
pronto de su prisión. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Tal
vez. |
ÁNGELA. -
Hablarán al Duque en favor
suyo. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Llegarán
tarde. |
ÁNGELA. -
(Levantándose.) ¡Tarde! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
El Duque no puede ya
deshacer lo hecho. |
ÁNGELA. -
¡Reina de los ángeles! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Tranquilizaos: vuestra
madre vive; pero está en mi poder, y ni el mismo soberano
puede arrebatármela ya. Sólo vos. |
ÁNGELA. -
¿Yo? |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Con una condición. |
ÁNGELA. -
¿Cuál? |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
Sentaos y escribid lo que os dicte. |
ÁNGELA. -
(Sentándose
y disponiéndose a escribir.) Empezad. |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
(Dictando.) «Querido Leopoldo.» |
ÁNGELA. -
No
conozco a nadie que lleve este nombre. |
PRÍNCIPE DE
SAN MARIO. -
«He recibido vuestro precioso aderezo.» |
ÁNGELA. -
Comprendo. (Levantándose y arrojando
la pluma sobre la mesa.) ¿Queréis deshonrarme a los
ojos de Conrado? No lo lograréis. |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
(Retirándose.) El cielo os guarde. |
ÁNGELA. -
¿Adónde vais? |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
En el país en que vivimos, el
capricho del señor es ley; ¿lo ignoras acaso? ¡Y cuando
el señor ofendido señala una víctima,
en medio del misterio más profundo perece! Esa víctima
está señalada. |
ÁNGELA. -
¡La muerte! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
¡Si salgo de esta casa
sin lo que anhelo, si me detenéis un momento más!...
¡Todo depende de un minuto, de uno solo! |
ÁNGELA. -
¡Madre
mía! Proseguid. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
«Vuestro
precioso aderezo... Acepto vuestro regalo.» |
ÁNGELA. -
¡Piedad!
¡No me arrebatéis el único tesoro que poseo,
la estimación! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
¡Escribid! |
ÁNGELA. -
Sois implacable. ¡Madre mía!...
Dictad: ya no vacilo, ya no dudo. |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
«Acepto vuestro regalo.» |
ÁNGEL. -
(Irónicamente.)
¿Qué más? |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
«Y
os concedo...» |
ÁNGELA. -
Muy bien; seguid. |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
«La cita...» |
ÁNGELA. -
La
cita. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
«Que me habéis
pedido.» |
ÁNGELA. -
Ángela: ¿no es esto?
(Dobla la carta.) Falta el obre. |
PRINCIPE. -
Al Marqués
de Pompiliani. |
ÁNGELA. -
¡Magnífico! ¡Admirable!
Es una villanía perfecta. Recibid mi parabién. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Ya veis con qué
poco me contento. |
ÁNGELA. -
Os he creído
implacable. Me he equivocado. Vos me probáis que os
debo estar agradecida... Gracias, Príncipe, gracias. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Acabemos de una vez;
dadme ese billete. |
ÁNGELA. -
¡Ah! (Retirándose
por un movimiento involuntario y ocultando la carta.) |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
Vuestra madre vivirá, lo juro.
Pero no me detengáis; ya os he dicho que todo depende
de un minuto, de uno solo. |
ÁNGELA. -
Tomad. (Dándole
la carta con un brusco movimiento que indique su desesperación.)
¿Qué más queréis? Me faltan las fuerzas.
(Apoyándose en una silla.) |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
Permanecerá, sin embargo, vuestra madre
en mi poder algunos días más; yo he de saber
hasta las palabras que pronunciéis en sueños,
y os ruego, para bien de todos, que no desengañéis
a Conrado. Os dejo. |
ÁNGELA. -
Un día llegará
en que todos seamos iguales. ¡Os emplazo para ese día!
(Vase el PRÍNCIPE
DE SAN MARIO.) |
Escena IX
|
|
|
ÁNGELA; a poco CONRADO.
|
| ÁNGELA. -
¡Oh!
(Pausa, durante la cual se oirán sus sollozos.) ¿Vendrá
el Marqués?... En su carta me habla de una escala.
¡Dice que al sonar el toque de ánimas dará
tres palmadas en la calle! ¡Ahora recuerdo que hoy le he
encontrado aquí sin saber por dónde había
entrado!... Aún conservo la espada de mi padre; y
si a tanto se atreve, ésta es su última noche.
Daré orden de que no abran la puerta a Conrado. (Viendo
entrar a CONRADO al dirigirse a la puerta del foro.) ¡Oh!
¡Él es! (Habrá visto al Príncipe.) |
CONRADO. -
No he podido venir antes. |
ÁNGELA. -
(No,
no le ha visto.) |
CONRADO. -
He querido hablar al Duque,
y no me han permitido entrar en su aposento. He volado a
la torre en que se halla la infeliz, y he encontrado la misma
resistencia. |
ÁNGELA. -
No esperaba verte esta
noche. |
CONRADO. -
¡Había de abandonarte ahora!... |
ÁNGELA. -
Me siento mala, necesito descanso; vete,
yo te lo ruego. |
CONRADO. -
¿Acaso es culpa mía
nada de lo que ha sucedido? |
ÁNGELA. -
No. |
CONRADO. -
Entonces,
¿por qué me alejas de tu lado cuando vengo a llorar
contigo? |
ÁNGELA. -
¡Conrado! (Sin poderse contener.) |
CONRADO. -
¡Sí, alma de mi alma, tuyo hasta la
muerte! No temas: triunfaremos. La justicia del cielo lidia
con nosotros. |
ÁNGELA. -
No; la lucha nos sería
fatal a ambos; abandóname; ama a otra; sé dichoso;
yo también lo seré. |
CONRADO. -
¡Ingrata!
¿Eso es posible? Para ti lo sería tal vez; quizá
en este momento ya no me amas. |
ÁNGELA. -
(Esa
campana fatal debe sonar de un momento a otro. Si ese hombre
viene... Si hace la señal...) Vete, Conrado, vete,
por todos los santos del cielo. |
CONRADO. -
Adiós,
pues; pero adiós para siempre. (Se detiene en la puerta
del foro, como esperando que ÁNGELA le llame.) ¡Oh!
¡No me ama ya! (Se apoya en la mesa que habrá en el
fondo y ve el estuche.) ¿Qué es esto? ¿Quién
ha traído aquí estos diamantes? |
ÁNGELA. -
Vete. |
CONRADO. -
El Marqués, tal vez. (Volviendo al
proscenio.) Quería respetar tu dolor y no preguntarte
nada... ¿Cómo ha entrado hoy aquí? |
ÁNGELA. -
(Empieza
a oírse el toque de ánimas.) ¡Ay! |
CONRADO. -
¿Por
qué gritas? |
ÁNGELA. -
¿No oyes? |
CONRADO. -
El
toque de ánimas. |
ÁNGELA. -
¡Se me eriza
el cabello! Tengo miedo... Sal de aquí. Yo lo mando. |
CONRADO. -
No me iré. |
ÁNGELA. -
Pues
bien, mátame. |
CONRADO. -
¡Silencio! (Se oyen
tres palmadas.) Esa señal... |
ÁNGELA. -
Mátame. |
CONRADO. -
Entra en ese aposento. |
ÁNGELA. -
¡Piedad! |
CONRADO. -
Obedece. (La hace entrar en el aposento que
le ha indicado y cierra la puerta.) |
Escena X
|
|
|
CONRADO; en seguida el MARQUÉS DE POMPILIANI.
|
|
CONRADO. -
¡Contestemos! (Vuelven a oírse las
tres palmadas. CONRADO contesta con otras tres.) Apagaré
esta luz. (La apaga, y el teatro queda completamente a oscuras.)
Han arrojado una escala. Asegurémosla. (Hace como
que asegura al balcón la escala que acaban de arrojar
a él.) Alguien sube; será el Marqués.
Los latidos de mi corazón van a venderme. |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
¿Dónde estás, hechicera
de mis ojos? (Entrando por el balcón. Viene cubierto
con una capa.) (En cuanto vió los diamantes... Ya
me lo esperaba yo.) ¿Por qué has apagado la luz, picaruela?
Acaban de darme una carta de parte tuya, y aquí me
tienes. (CONRADO, guiado por la voz, ha ido al encuentro
del MARQUÉS DE POMPILIANI, y en este momento le ase
por un brazo.) |
CONRADO. -
¡Miserable! |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
¡Traición! (Saca de debajo de
la capa una linterna sorda; brilla la luz y ambos se reconocen.)
¡Conrado! |
CONRADO. -
¿Qué vienes a hacer aquí? |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
Calma, mi querido Conrado,
calma. |
CONRADO. -
Has hablado de una carta. ¿Qué
carta es ésa? |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
Pero,
ya lo veis, ella es la que me busca. ¡No es culpa mía! |
CONRADO. -
¡Esa carta! |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
Tomad,
tomad. (Dándosela.) |
CONRADO. -
Levanta esa linterna.
(El MARQUÉS DE POMPILIANI obedece: CONRADO lee sin
soltar al MARQUÉS DE POMPILIANI, a quien tiene asido
con la mano izquierda.) |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
(¿Qué
va a ser de mí? (Temblando de pies a cabeza.) ¡Este
hombre es una fiera!) |
CONRADO. -
¿Qué estoy leyendo?
(Agitando el brazo del MARQUÉS DE POMPILIANI.) |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
¡Ay! Vais a destrozarme este brazo. |
CONRADO. -
Toma. (Acaba de leer la carta. Saca dos pistolas
de debajo de la capa y le alarga una al MARQUÉS DE POMPILIANI.) |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
(Creyendo
que le da la carta y manteniendo todavía en alto la
linterna.) Podéis conservarla. |
CONRADO. -
¡Toma! |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
Puesto que os empeñáis...
(Alarga la mano que tiene libre y toca la pistola.) ¡Jesucristo!
¡Una pistola! (Retrocediendo.) |
CONRADO. -
Colócala
sobre mi frente: yo colocaré la otra sobre la tuya,
y ambos moriremos al mismo tiempo. |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
¡Cómo!
¿Queréis morir? ¡A vuestra edad, con un porvenir tan
brillante! |
CONRADO. -
Detesto la vida. |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
¡Pero es que a mí no me sucede
otro tanto?... |
CONRADO. -
¿Tienes miedo, por ventura? |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
El lance no es para
menos. |
CONRADO. -
¡Y éste es el hombre que me
roba su amor! ¡Huye, miserable! |
MARQUÉS DE POMPILIANI. -
No
deseo otra cosa. (Corriendo despavorido hasta dar con el
balcón, por el cual arroja la linterna.) |
CONRADO. -
¡Pronto!
(El teatro vuelve a quedar completamente a oscuras.) |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
Ya di con el balcón. (Subiéndose
a él.) |
CONRADO. -
Salta por él. |
MARQUÉS
DE POMPILIANI. -
Volando. |
CONRADO. -
¡Fuera de aquí!
(El MARQUÉS DE POMPILIANI desaparece por el balcón.)
|
Escena XII
|
|
|
El PRÍNCIPE
DE SAN MARIO y ÁNGELA;
después MAGDALENA y JULIETA.
|
| ÁNGELA. -
Conra... |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
¡Silencio! (Poniéndole
una mano en la boca.) |
ÁNGELA. -
(Levantándose.)
¡Quiero seguirle!... Dice que va a morir. |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
¡Detente! |
ÁNGELA. -
Y vos,
¿quién sois para detenerme? |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
¡Su padre! ¿Lo ignoras acaso? |
ÁNGELA. -
(Fuera
de sí.) ¡Mientes! ¡Tú no eres su padre! |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
¡Cielos! |
ÁNGELA. -
Conrado
no es tu hijo... El título que llevas no te pertenece...
¡Eres un infame usurpador! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
¿Qué
oigo? |
ÁNGELA. -
Y yo recorreré las calles,
y subiré a Palacio, y lo publicaré a gritos,
y lo sabrá todo el mundo. |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
¿Cómo lo has averiguado? |
ÁNGELA. -
No;
no te lo diré. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Habla
o tiembla. |
ÁNGELA. -
¡No, no; soltad! (Haciendo
un esfuerzo desesperado logra desasirse del PRÍNCIPE
DE SAN MARIO, y corre a tientas por el teatro, ya dirigiéndose
al balcón, ya a la puerta del foro.) |
PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. -
¡Oh! |
ÁNGELA. -
¡Socorro! (Óyese
llamar a la puerta de la calle.) |
PRÍNCIPE DE SAN
MARIO. -
(Buscándola.) ¡Calla! ¡Calla! |
MAGDALENA. -
(Desde
la calle.) Abrid; soy yo. |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Esa
voz... ¿Quién ha podido darle la libertad? |
ÁNGELA. -
¡Julieta!
¡Luces! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
Calla. |
ÁNGELA. -
¡Julieta! |
PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -
¡Que no me hallen aquí!
Yo volveré. (Desaparece por la puerta secreta.) |
MAGDALENA. -
Hija
mía, ¿por qué gritas? (MAGDALENA y JULIETA
entran, la última con luces.) ¿Qué sucede? |
ÁNGELA. -
¡Ése hombre quiere matarme! |
MAGDALENA. -
¡Cuando llegaba he visto a Conrado! Tal
vez él... |
ÁNGELA. -
¡Ahí!, ¡ahí! |
JULIETA. -
No hay nadie. |
MAGDALENA. -
Soy tu madre.
Ya estoy libre. |
ÁNGELA. -
No es su padre, no.
¡Me va a matar antes de que pueda justificarme; antes de
que Conrado sepa que soy inocente! |
MAGDALENA. -
¡Dios
santo! |
ÁNGELA. -
No, no quiero morir. Miradle:
¡ahí está..., ahí!... (Señala
con el dedo como si efectivamente viese al PRÍNCIPE
DE SAN MARIO. Permanece en esta actitud un momento, y después
cae en los brazos de su madre y JULIETA, dando un grito.)
|