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ArribaAbajoActo tercero

 

La misma decoración. -Es de noche.

 

Escena I

 

ÁNGELA y ALBERTO; ambos aparecen sentados.

 

ALBERTO. -  Hace veinticuatro años, Luis Lamberti era un joven pobre y oscuro. Prendose de él la Princesa de San Mario, y, atropellando por todo, diole mano de esposa. A fin de evitar la presencia de los parientes y amigos, que clamaban contra este enlace, partieron ambos a Milán, donde fijaron su residencia. Quebrantada la salud de la Princesa, perdió la vida antes de que hubiese transcurrido un año. Dos días antes había expirado su camarera Isabel, esposa mía, al dar a luz un hermoso niño.

ÁNGELA. -  Continuad.

ALBERTO. -  Lamberti, que, habiendo muerto la Princesa sin dejar un heredero de su nombre, iba a ser despojado de su ilustre título y sus cuantiosos bienes, para que recayesen en Fabio Conti como el más próximo pariente de su difunta esposa, empleó en contra mía las más seductoras promesas, las más terribles amenazas.

ÁNGELA. -  ¿Con qué objeto?

ALBERTO. -  Con el de obligarme a consentir en que el fruto de mi conyugal amor pasase por hijo suyo.

ÁNGELA. -  ¿Y cedisteis?

ALBERTO. -  Temí su venganza; creí hacer un bien a Conrado.

ÁNGELA. -  ¡Conrado hijo vuestro!  (Estrechando sus manos.)  ¡Oh señor!

ALBERTO. -  Ven a mis brazos  (Ambos se levantan.) , criatura angelical, tan querida de aquel a quien tanto quiero.

ÁNGELA. -  Y después, ¿qué sucedió?

ALBERTO. -  Siempre, con el fin de asegurar su futura suerte, hice firmar a Lamberti un convenio en que se manifestaba la verdad de todo lo ocurrido. Helo aquí.  (Entregando a ÁNGELA un papel, que ésta recorre con la vista.)  Su único cómplice fué un médico llamado Araldi. Volvió Lamberti a este Ducado, trayéndonos consigo, y publicó la nueva triste y venturosa a la vez de haber fallecido su esposa en Milán en el momento de dar a luz un heredero de su nombre.

ÁNGELA. -  ¿Y por qué le abandonasteis?

ALBERTO. -  Un día descubrí, casualmente, que aquellos dos malvados trataban de darme muerte para encerrar conmigo en la tumba su secreto. Seguro de que a mi hijo no le amenazaba ningún riesgo, huí para salvar la vida. Me hice soldado, y ya sabéis cuál ha sido mi suerte después.

ÁNGELA. -  ¿Y ahora...?

ALBERTO. -  He venido con el solo objeto de abrazar a mi hijo; he visto que ese hombre lo hace desgraciado, y, sin embargo, vacilo, dudo... Pasar en un instante de la opulencia a la miseria, del palacio a la choza... ¿Me perdonaría un cambio de fortuna tan completo?

ÁNGELA. -  ¡Oh!  (Como asaltada por una idea repentina.) 

ALBERTO. -  Por llamarle una vez hijo mío daría los pocos días que me queden de existencia; pero también los daría por evitarle el menor disgusto... Sí, prefiero renunciar a su cariño a hacerle desgraciado.... y temo que, si hablo, podrá llegar un día en que me maldiga allá en el fondo de su alma. Aconséjame tú, hija mía. ¿Qué debo hacer?

ÁNGELA. -  ¡Aconsejaros yo!...

ALBERTO. -  Conozco que no me atrevería a descubrirle la verdad. ¿Por qué no le hablas tú, a quien tanto ama? Esto es lo mejor: revélaselo todo, sepa que es tu igual, y sed felices ambos en santa unión, que yo bendeciré.

ÁNGELA. -  Decirle: «Abandona las riquezas de que hoy disfrutas, porque no te pertenecen; despójate de tu espada de oficial, porque no eres caballero...», para que crea que sólo me guía un cálculo de egoísmo..., para que me maldiga allá en el fondo de su alma. Recordad vuestras palabras. ¡Oh! Vale más renunciar a su cariño que hacerle desgraciado. Y ahora, sobre todo, es preciso callar: la venganza del Príncipe sería espantosa. ¡Por la vida de vuestro hijo, por la de mi madre, callad!

ALBERTO. -  ¡Oh! Tienes razón: no retrocedería ante ningún crimen.

ÁNGELA. -  Después Dios nos abrirá camino. La Providencia, que os ha traído a esta casa, no nos abandonará.

ALBERTO. -  Así lo espero.

ÁNGELA. -  Ahora voy a ver a la Condesa Adelaida; me ha ocupado en diversas ocasiones, y siempre me ha tratado con la mayor dulzura. Su voluntad es respetada, y tal vez consiga, por su mediación, hablar a mi madre.

ALBERTO. -  Iré contigo; quiero permanecer a las puertas de palacio para ver a Conrado siempre que entre o salga.

ÁNGELA. -  ¡Oh Señora! ¡Tú, que fuiste perfecto dechado de madres y de hijas, apiádate de la hija que llora por su madre y del padre que llora por su hijo!



Escena II

 

DICHOS y JULIETA, con un estuche que da a ÁNGELA; ALBERTO, en tanto, va a tomar su sombrero.

 

JULIETA. -  Esto han traído para vos.

ÁNGELA. -  ¡Diamantes! Un papel.  (Abriendo la caja. Saca el papel y lo lee aparte.)  «Os envío esa pequeña muestra de mi afecto: si accedéis a mi súplica y me contestáis afirmativamente, esta noche, al toque de ánimas, estaré al pie de vuestro balcón; daré tres palmadas, y a favor de una escala entraré por él. -El Marqués de Pompiliani.»

ALBERTO. -  ¿Qué te dicen en ese papel?

ÁNGELA. -  Nada.  (A JULIETA.)  ¿Por qué has admitido esta caja?

JULIETA. -  Ignoraba lo que contenía.

ÁNGELA. -  Es preciso averiguar dónde vive ese hombre, y devolverle esas joyas.  (Dando la caja a JULIETA.)  Voy a salir.

JULIETA. -  ¿Vais a ver a la señora?

ÁNGELA. -  Quiera Dios que lo logre. Vamos.  (A ALBERTO, que sale con ella.) 



Escena III

 

JULIETA, sola, colocando sobre la mesita que habrá en el fondo la caja del aderezo; a poco, la CONDESA y ARABELA.

 

JULIETA. -  Y es un precioso aderezo. ¿Quién se lo habrá enviado? ¡Pobrecilla! ¡Qué apesadumbrada está! Y yo misma, ¿no he tenido que ocultarle mis lágrimas para no aumentar su pena?  (Asomándose a la ventana.)  ¡Qué de prisa va!, ya ha doblado la esquina. ¡Vaya un padre que tiene el señor Conrado! Desde que le vi entrar con su cara de vinagre, supuse que no venía para nada bueno. Como si la señorita Ángela tuviese la culpa de que el señor Conrado esté loco de amor por ella, ni menos su pobre madre. No sé cómo permite Dios que pasen estas cosas en el mundo. ¡Calla! Un coche ha parado a la puerta de casa. Bajan de él dos damas, cubiertas con velos, y entran.  (Va hacia la puerta del foro.)  ¿Quién será? Suben la escalera. La señorita, con su precipitación, no habrá cerrado la puerta.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Está en casa la señorita Ángela?  (Entra, seguida de ARABELA.) 

JULIETA. -  Hace poco que ha salido.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Tardará mucho en volver?

JULIETA. -  Lo ignoro. (¡Qué precioso vestido!)

CONDESA ADELAIDA. -  Está bien; la esperaré.

JULIETA. -  Os advierto que si venís a encargarle algunas flores, será inútil, porque ahora...

CONDESA ADELAIDA. -  Podéis retiraros.

JULIETA. -  (Ya manda como en su casa... ¡Será alguna gran señora! ¡Y no se descubre!)

CONDESA ADELAIDA. -  ¿No habéis oído?

JULIETA. -  (Lo dicho.) Perdonad, ya me voy. (Estas gentes se figuran... ¡Hum! No me gustan estas visitas.)  (Vase.) 



Escena IV

 

La CONDESA y ARABELA.

 

CONDESA ADELAIDA. -   (Descubriéndose.)  ¿Estás segura de que éste es el barrio que te han indicado?

ARABELA. -  Sí, señora, este mismo. Y ¿no me diréis el objeto de vuestra venida a esta casa?

CONDESA ADELAIDA. -  Me he negado a decírtelo, porque he querido evitar inútiles consejos y superfluas reflexiones. Ya puedes saberlo. No has logrado averiguar el nombre de la querida de Conrado; pero sí que él frecuenta todos los días esta calle. La florista que vive en esta casa, y a la cual conozco, habrá notado indudablemente en qué casa entra el bizarro capitán; y ya que no sepa todo el secreto, que es lo más probable, pues en tan reducida vecindad cualquiera joven estará enterada de los amoríos de las demás, podrá, por lo menos, ponerme en camino de hallar a esa rival preferida.

ARABELA. -  ¡Oh señora! ¡Vos descender a tan mezquinas tramas!

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Insensata! ¿No te he dicho mil veces que le amo? ¿No sabes que su padre me había hecho creer que era correspondida, y que éste es el único instante de ventura que me ha deparado mi enemiga suerte? ¿Ignoras acaso que el primer amor de un ser desdichado es un amor inmenso?

ARABELA. -  ¿No os visteis siempre halagada de todos? ¿No sois la opulenta, la poderosa Condesa Adelaida? Convertid esa ternura en desprecio...

CONDESA ADELAIDA. -  Sí, halagada por esos muñecos de resortes que pasan la vida haciendo reverencias. ¡Opulenta! ¿Qué valen todas mis riquezas, comparadas con el inestimable precio de una mirada de Conrado? ¡Poderosa! ¿Qué significa todo mi poder, si con él no logro lo único que deseo, ser amada de Conrado? La Condesa Adelaida envidia a esa ignorada criatura, más rica y más poderosa que ella, porque posee el tesoro de su cariño, porque puede estrecharle contra su corazón.  (ARABELA hace ademán como de ir a hablar.)  ¡Nada me digas; estoy celosa, estoy enamorada, y una mujer celosa y enamorada no reflexiona, no piensa; siente, sufre, obra!

ARABELA. -  ¿Y seréis capaz de causar el menor daño a esa mujer, vos, tan buena, tan generosa, tan noble?

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Daño? No. Quiero saber únicamente si es digna de su cariño.

ARABELA. -  Alguien se acerca; serenaos.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Es ella!  (Asomándose a la puerta del foro.)  Ve, y aguárdame en el coche.

ARABELA. -  Os obedezco.  (Cede el paso a ÁNGELA y vase.) 



Escena V

 

CONDESA, ÁNGELA y JULIETA, ambas en la Puerta del foro.

 

JULIETA. -  Sí; una dama que quiere hablaros.

ÁNGELA. -  Bien; vete.

JULIETA. -  (No me gusta esa mujer.)  (Vase.) 



Escena VI

 

CONDESA y ÁNGELA

 

ÁNGELA. -  ¿Vos aquí? Vengo de Palacio.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿De Palacio?

ÁNGELA. -  He ido en busca vuestra.

CONDESA ADELAIDA. -  Precisamente cuando yo me dirigía a tu casa.

ÁNGELA. -  ¿Cómo he podido merecer tan alto honor?

CONDESA ADELAIDA. -  Mañana hay baile. Necesito unas flores con mucha premura...

ÁNGELA. -  Yo quería hablaros de un asunto muy interesante para mí.

CONDESA ADELAIDA. -  Y he venido a elegirlas.

ÁNGELA. -  Se trata de mi madre.

CONDESA ADELAIDA. -  Además quiero hacerte una pregunta por mera curiosidad.

ÁNGELA. -  De mí madre, ¿lo oís?

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Has visto pasar por esta calle a un oficial que la frecuenta mucho?

ÁNGELA. -  ¡Un oficial!

CONDESA ADELAIDA. -  Justamente le he encontrado al venir. En Palacio se dice que tiene amoríos en esta calle.

ÁNGELA. -  Por feliz casualidad me preguntáis una cosa que iba a revelaros.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Cómo?

ÁNGELA. -  En vos se cifra mi esperanza. Salvad a mi madre.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿A tu madre?

ÁNGELA. -  El padre de ese joven quiere casarle con una gran señora.

CONDESA ADELAIDA. -  Eso se cuenta.

ÁNGELA. -  Pero él no corresponde al afecto de esa dama.

CONDESA ADELAIDA. -  Porque está enamorado de otra.

ÁNGELA. -  No puedo negarlo.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Oh!

ÁNGELA. -  Quizá haya cometido una imprudencia. Tal vez seáis amiga de esa dama.

CONDESA ADELAIDA. -  Sí, su amiga... ¿Y conoces a la joven a quien prefiere?

ÁNGELA. -  ¡Oh señora! El Príncipe de San Mario ha estado hoy aquí.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Qué oigo!

ÁNGELA. -  Vos nos protegeréis. ¿No es verdad?

CONDESA ADELAIDA. -  Prosigue.

ÁNGELA. -  Nos insultó.

CONDESA ADELAIDA. -  No te detengas.

ÁNGELA. -  Mandó prender a mi madre.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Cesa!

ÁNGELA. -  Y a pesar de la resistencia de Conrado, que se hallaba presente...

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Cesa! Harto me has dicho ya.  (Separándose de ella.) 

ÁNGELA. -  ¡Oh! ¡Qué semblante! ¿Por qué me miráis así?

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Luego eres tú, tú misma, la miserable a quien Conrado prefiere?

ÁNGELA. -  ¿Y vos?... ¡Y vos!

CONDESA ADELAIDA. -  ¿No lo adivinas?

ÁNGELA. -  ¡Sí! Vos sois la gran señora a quien Conrado no ama.  (Con gran abatimiento.) 

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Oh!

ÁNGELA. -  ¡Dios mío! ¡Estaba pidiendo la libertad de mi madre a quien es causa de su desdicha!

CONDESA ADELAIDA. -   (Después de una pausa y acercándose a ÁNGELA.)  Me he exaltado sin motivo. Escucha. Olvídale, y mi recompensa excederá a toda tu ambición.

ÁNGELA. -  Decid al sol: detente; pero no a un corazón enamorado: olvida.

CONDESA ADELAIDA. -  Basta con que te avengas a salir de Italia, jurándome no revelarle nunca tu paradero.

ÁNGELA. -  Él sabría hallarme.

CONDESA ADELAIDA. -  Supón que no.

ÁNGELA. -  Entonces se moriría de pesar.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Quién te lo asegura?

ÁNGELA. -  Mi corazón.

CONDESA ADELAIDA. -  Te engaña una loca vanidad.

ÁNGELA. -  Entonces, ¿por qué queréis alejarme de Italia?

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Te atreves a desafiarme? Tiembla.

ÁNGELA. -  ¡Os detesta y me ama! No soy yo quien debe temblar, sino vos.

CONDESA ADELAIDA. -  El mundo os separa.

ÁNGELA. -  El amor nos une.

CONDESA ADELAIDA. -  Conrado es ilustre, y tú de humilde condición.

ÁNGELA. -  La virtud nos hace iguales.

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Aspiras a llamarte su esposa?

ÁNGELA. -  Aspiro a ser digna de su cariño.

CONDESA ADELAIDA. -  Un loco frenesí le ciega; cuando cayese la venda de sus ojos lloraría su locura; reconocería avergonzado su necio extravío. La infamia le aguarda en tus brazos.

ÁNGELA. -  Y en los vuestros  (Irónicamente.) , ¿qué le esperaría?

CONDESA ADELAIDA. -  ¿Por ventura quieres compararte conmigo?

ÁNGELA. -  Tenéis razón: mi cariño le infama; el vuestro le honra. Vos contáis quizá cien antepasados ilustres; mi abuelo fué un labrador, mi padre un soldado. Vuestra es la herencia de un nombre; mía la adquisición de una fama de honestidad: ufanaos con el bien de otro; yo con el bien que me pertenece a sí sola. Sí, oídlo.  (Con marcada intención. La CONDESA, turbada, aparta la vista.)  No tengo ningún recuerdo vergonzoso que amargue mi existencia.  (Asiéndole una mano.)  ¿Volvéis los ojos? ¿Por qué tembláis? ¿Por qué el rostro que antes estaba pálido de coraje, se halla en este momento más encendido que una amapola? No os apartéis. Aguardad. Di, altivo  (Poniéndole resueltamente sobre el corazón la mano que tiene libre.)  corazón, ¿estás tranquilo? ¿Eres dichoso? ¿No te causa envidia éste que se encierra aquí? ¿No te cambiarías por éste? Cada uno de los latidos que siente mi mano me responde que sí.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Es verdad! ¡Es verdad!  (Dejándose caer en una silla y cubriéndose el rostro con un pañuelo para ocultar sus lágrimas.) 

ÁNGELA. -  Perdonadme si he dicho demasiado. Vuestras lágrimas me prueban que os he juzgado mal.

CONDESA ADELAIDA. -   (Levantándose precipitadamente y corriendo hacia ÁNGELA.)  ¿Sabes que no hay nada más terrible que una mujer celosa?

ÁNGELA. -  Ni nada más generoso que una mujer amante.

CONDESA ADELAIDA. -  El amor es origen de todos los crímenes.

ÁNGELA. -  Y manantial de todas las virtudes.

CONDESA ADELAIDA. -  Tu desgracia será dicha para mí.

ÁNGELA. -  Vos no me castigaréis por amar lo que amáis, por sentir lo que sentís.

CONDESA ADELAIDA. -  Por eso mismo soy capaz de tomar una cruel venganza.

ÁNGELA. -  Por eso sólo soy capaz de amaros.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡Oh! ¡No puedo más! ¡Estoy vencida! ¡Tú vales más que yo! Tú, que me has hecho bajar los ojos con la imponente mirada de la inocencia. ¡Mi amor exige un sacrificio terrible, inmenso! Tú sola mereces llamarte suya: ama a Conrado. ¡Yo os protegeré! Mi mano os conducirá al altar.

ÁNGELA. -  ¿Qué decís?

CONDESA ADELAIDA. -  Para ti la felicidad en sus brazos; para mí las lágrimas en la soledad. He aquí el puesto que nos corresponde a entrambas.

ÁNGELA. -  ¡Señora!

CONDESA ADELAIDA. -  Supuse hallar en ti una mujer corrompida; he hallado un ángel.

ÁNGELA. -  ¿Es esto sueño o realidad?

CONDESA ADELAIDA. -  Me has dicho que tu madre está presa; corro a Palacio; quizá esta noche la estrecharás en tus brazos.  (Alejándose.) 

ÁNGELA. -  ¡Aguardad, aguardad!

CONDESA ADELAIDA. -  Dices bien: no debemos separarnos así; no son dos rivales las que se dicen adiós, sino dos amigas, dos hermanas; ¿no es verdad?

ÁNGELA. -  ¡Ah, señora!  (Arrojándose a sus pies.)  Sólo debo estar a vuestros pies; abrazar vuestras rodillas.

CONDESA ADELAIDA. -  No, no; aquí sobre mi corazón.  (Levantándola y abriendo los brazos.) 

ÁNGELA. -  ¡Ah!  (Arrojándose en ellos. Breve pausa, durante la cual se oyen los sollozos de ambas.) 

CONDESA ADELAIDA. -  Enjuga esas lágrimas...; ya ves, yo no lloro... Estoy tranquila.

ÁNGELA. -  Y yo os he ofendido, yo, que tan pequeña me considero a vuestro lado.

CONDESA ADELAIDA. -  ¡No digas eso!  (Ahogada por los sollozos.)  ¡Sufro mucho! ¿A qué ocultártelo? Pero he hallado un medio de reconciliarme conmigo misma, y esto es más que todo. ¡Adiós! Este amor es un castigo que el cielo me envía. ¡Acepto la expiación!  (La abraza de nuevo; la besa en la frente y vase precipitadamente.) 



Escena VII

 

ÁNGELA sola, a poco JULIETA.

 

ÁNGELA. -  ¡Cuánto le ama!  (Sentándose, abatida.)  Veré libre a mi madre, se lo deberé a ella, y ella será desgraciada por causa mía. Es fuerza huir; separarme de él para siempre... Recuerdo las palabras de ese anciano... Todo me manda ahogar en mi pecho este sentimiento, origen de tantas desdichas... Imitemos el ejemplo de esa valerosa mujer. ¡Cuánto acontecimiento en un solo día!... Me siento mal... Tengo un peso en la cabeza... ¡Dios mío, mucho he debido ofenderte cuando así me castigas!

JULIETA. -  ¡Señorita!  (Saliendo.) 

ÁNGELA. -  ¿Qué quieres?

JULIETA. -  El Príncipe acaba de entrar.

ÁNGELA. -  ¡Otra nueva desventura!  (Levantando las manos al cielo.)  Cúmplase tu voluntad. Déjanos.

JULIETA. -  Ya está aquí.  (Vase.) 



Escena VIII

 

El PRÍNCIPE DE SAN MARIO y ÁNGELA.

 

ÁNGELA. -  ¿Qué me queréis, caballero?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Vengo a hablaros de vuestra madre.

ÁNGELA. -  ¿Qué es de ella?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Sois muy desgraciada.

ÁNGELA. -  Rara vez fue la fortuna compañera de la virtud; pero mi madre saldrá pronto de su prisión.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Tal vez.

ÁNGELA. -  Hablarán al Duque en favor suyo.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Llegarán tarde.

ÁNGELA. -   (Levantándose.)  ¡Tarde!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  El Duque no puede ya deshacer lo hecho.

ÁNGELA. -  ¡Reina de los ángeles!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Tranquilizaos: vuestra madre vive; pero está en mi poder, y ni el mismo soberano puede arrebatármela ya. Sólo vos.

ÁNGELA. -  ¿Yo?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Con una condición.

ÁNGELA. -  ¿Cuál?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Sentaos y escribid lo que os dicte.

ÁNGELA. -   (Sentándose y disponiéndose a escribir.)  Empezad.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -   (Dictando.)  «Querido Leopoldo.»

ÁNGELA. -  No conozco a nadie que lleve este nombre.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «He recibido vuestro precioso aderezo.»

ÁNGELA. -  Comprendo.  (Levantándose y arrojando la pluma sobre la mesa.)  ¿Queréis deshonrarme a los ojos de Conrado? No lo lograréis.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -   (Retirándose.)  El cielo os guarde.

ÁNGELA. -  ¿Adónde vais?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  En el país en que vivimos, el capricho del señor es ley; ¿lo ignoras acaso? ¡Y cuando el señor ofendido señala una víctima, en medio del misterio más profundo perece! Esa víctima está señalada.

ÁNGELA. -  ¡La muerte!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Si salgo de esta casa sin lo que anhelo, si me detenéis un momento más!... ¡Todo depende de un minuto, de uno solo!

ÁNGELA. -  ¡Madre mía! Proseguid.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «Vuestro precioso aderezo... Acepto vuestro regalo.»

ÁNGELA. -  ¡Piedad! ¡No me arrebatéis el único tesoro que poseo, la estimación!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Escribid!

ÁNGELA. -  Sois implacable. ¡Madre mía!... Dictad: ya no vacilo, ya no dudo.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «Acepto vuestro regalo.»

ÁNGEL. -   (Irónicamente.)  ¿Qué más?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «Y os concedo...»

ÁNGELA. -  Muy bien; seguid.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «La cita...»

ÁNGELA. -  La cita.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  «Que me habéis pedido.»

ÁNGELA. -  Ángela: ¿no es esto?  (Dobla la carta.)  Falta el obre.

PRINCIPE. -  Al Marqués de Pompiliani.

ÁNGELA. -  ¡Magnífico! ¡Admirable! Es una villanía perfecta. Recibid mi parabién.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Ya veis con qué poco me contento.

ÁNGELA. -  Os he creído implacable. Me he equivocado. Vos me probáis que os debo estar agradecida... Gracias, Príncipe, gracias.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Acabemos de una vez; dadme ese billete.

ÁNGELA. -  ¡Ah!  (Retirándose por un movimiento involuntario y ocultando la carta.) 

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Vuestra madre vivirá, lo juro. Pero no me detengáis; ya os he dicho que todo depende de un minuto, de uno solo.

ÁNGELA. -  Tomad.  (Dándole la carta con un brusco movimiento que indique su desesperación.)  ¿Qué más queréis? Me faltan las fuerzas.  (Apoyándose en una silla.) 

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Permanecerá, sin embargo, vuestra madre en mi poder algunos días más; yo he de saber hasta las palabras que pronunciéis en sueños, y os ruego, para bien de todos, que no desengañéis a Conrado. Os dejo.

ÁNGELA. -  Un día llegará en que todos seamos iguales. ¡Os emplazo para ese día!  (Vase el PRÍNCIPE DE SAN MARIO.) 



Escena IX

 

ÁNGELA; a poco CONRADO.

 

ÁNGELA. -  ¡Oh!  (Pausa, durante la cual se oirán sus sollozos.)  ¿Vendrá el Marqués?... En su carta me habla de una escala. ¡Dice que al sonar el toque de ánimas dará tres palmadas en la calle! ¡Ahora recuerdo que hoy le he encontrado aquí sin saber por dónde había entrado!... Aún conservo la espada de mi padre; y si a tanto se atreve, ésta es su última noche. Daré orden de que no abran la puerta a Conrado.  (Viendo entrar a CONRADO al dirigirse a la puerta del foro.)  ¡Oh! ¡Él es! (Habrá visto al Príncipe.)

CONRADO. -  No he podido venir antes.

ÁNGELA. -  (No, no le ha visto.)

CONRADO. -  He querido hablar al Duque, y no me han permitido entrar en su aposento. He volado a la torre en que se halla la infeliz, y he encontrado la misma resistencia.

ÁNGELA. -  No esperaba verte esta noche.

CONRADO. -  ¡Había de abandonarte ahora!...

ÁNGELA. -  Me siento mala, necesito descanso; vete, yo te lo ruego.

CONRADO. -  ¿Acaso es culpa mía nada de lo que ha sucedido?

ÁNGELA. -  No.

CONRADO. -  Entonces, ¿por qué me alejas de tu lado cuando vengo a llorar contigo?

ÁNGELA. -  ¡Conrado!  (Sin poderse contener.) 

CONRADO. -  ¡Sí, alma de mi alma, tuyo hasta la muerte! No temas: triunfaremos. La justicia del cielo lidia con nosotros.

ÁNGELA. -  No; la lucha nos sería fatal a ambos; abandóname; ama a otra; sé dichoso; yo también lo seré.

CONRADO. -  ¡Ingrata! ¿Eso es posible? Para ti lo sería tal vez; quizá en este momento ya no me amas.

ÁNGELA. -  (Esa campana fatal debe sonar de un momento a otro. Si ese hombre viene... Si hace la señal...) Vete, Conrado, vete, por todos los santos del cielo.

CONRADO. -  Adiós, pues; pero adiós para siempre.  (Se detiene en la puerta del foro, como esperando que ÁNGELA le llame.)  ¡Oh! ¡No me ama ya!  (Se apoya en la mesa que habrá en el fondo y ve el estuche.)  ¿Qué es esto? ¿Quién ha traído aquí estos diamantes?

ÁNGELA. -  Vete.

CONRADO. -  El Marqués, tal vez.  (Volviendo al proscenio.)  Quería respetar tu dolor y no preguntarte nada... ¿Cómo ha entrado hoy aquí?

ÁNGELA. -   (Empieza a oírse el toque de ánimas.)  ¡Ay!

CONRADO. -  ¿Por qué gritas?

ÁNGELA. -  ¿No oyes?

CONRADO. -  El toque de ánimas.

ÁNGELA. -  ¡Se me eriza el cabello! Tengo miedo... Sal de aquí. Yo lo mando.

CONRADO. -  No me iré.

ÁNGELA. -  Pues bien, mátame.

CONRADO. -  ¡Silencio!  (Se oyen tres palmadas.)  Esa señal...

ÁNGELA. -  Mátame.

CONRADO. -  Entra en ese aposento.

ÁNGELA. -  ¡Piedad!

CONRADO. -  Obedece.  (La hace entrar en el aposento que le ha indicado y cierra la puerta.) 



Escena X

 

CONRADO; en seguida el MARQUÉS DE POMPILIANI.

 

CONRADO. -  ¡Contestemos!  (Vuelven a oírse las tres palmadas. CONRADO contesta con otras tres.)  Apagaré esta luz.  (La apaga, y el teatro queda completamente a oscuras.)  Han arrojado una escala. Asegurémosla.  (Hace como que asegura al balcón la escala que acaban de arrojar a él.)  Alguien sube; será el Marqués. Los latidos de mi corazón van a venderme.

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  ¿Dónde estás, hechicera de mis ojos?  (Entrando por el balcón. Viene cubierto con una capa.)  (En cuanto vió los diamantes... Ya me lo esperaba yo.) ¿Por qué has apagado la luz, picaruela? Acaban de darme una carta de parte tuya, y aquí me tienes.  (CONRADO, guiado por la voz, ha ido al encuentro del MARQUÉS DE POMPILIANI, y en este momento le ase por un brazo.) 

CONRADO. -  ¡Miserable!

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  ¡Traición!  (Saca de debajo de la capa una linterna sorda; brilla la luz y ambos se reconocen.)  ¡Conrado!

CONRADO. -  ¿Qué vienes a hacer aquí?

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Calma, mi querido Conrado, calma.

CONRADO. -  Has hablado de una carta. ¿Qué carta es ésa?

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Pero, ya lo veis, ella es la que me busca. ¡No es culpa mía!

CONRADO. -  ¡Esa carta!

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Tomad, tomad.  (Dándosela.) 

CONRADO. -  Levanta esa linterna.  (El MARQUÉS DE POMPILIANI obedece: CONRADO lee sin soltar al MARQUÉS DE POMPILIANI, a quien tiene asido con la mano izquierda.) 

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  (¿Qué va a ser de mí?  (Temblando de pies a cabeza.)  ¡Este hombre es una fiera!)

CONRADO. -  ¿Qué estoy leyendo?  (Agitando el brazo del MARQUÉS DE POMPILIANI.) 

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  ¡Ay! Vais a destrozarme este brazo.

CONRADO. -  Toma.  (Acaba de leer la carta. Saca dos pistolas de debajo de la capa y le alarga una al MARQUÉS DE POMPILIANI.) 

MARQUÉS DE POMPILIANI. -   (Creyendo que le da la carta y manteniendo todavía en alto la linterna.)  Podéis conservarla.

CONRADO. -  ¡Toma!

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Puesto que os empeñáis...  (Alarga la mano que tiene libre y toca la pistola.)  ¡Jesucristo! ¡Una pistola!  (Retrocediendo.) 

CONRADO. -  Colócala sobre mi frente: yo colocaré la otra sobre la tuya, y ambos moriremos al mismo tiempo.

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  ¡Cómo! ¿Queréis morir? ¡A vuestra edad, con un porvenir tan brillante!

CONRADO. -  Detesto la vida.

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  ¡Pero es que a mí no me sucede otro tanto?...

CONRADO. -  ¿Tienes miedo, por ventura?

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  El lance no es para menos.

CONRADO. -  ¡Y éste es el hombre que me roba su amor! ¡Huye, miserable!

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  No deseo otra cosa.  (Corriendo despavorido hasta dar con el balcón, por el cual arroja la linterna.) 

CONRADO. -  ¡Pronto!  (El teatro vuelve a quedar completamente a oscuras.) 

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Ya di con el balcón.  (Subiéndose a él.) 

CONRADO. -  Salta por él.

MARQUÉS DE POMPILIANI. -  Volando.

CONRADO. -  ¡Fuera de aquí!  (El MARQUÉS DE POMPILIANI desaparece por el balcón.) 



Escena X

 

CONRADO, ÁNGELA en seguida; a poco el PRÍNCIPE DE SAN MARIO, por la puerta secreta.

 

CONRADO. -  ¡Ángela!  (Abriendo la puerta del aposento en que ésta se halla.)  ¡Ángela!

ÁNGELA. -  ¿Qué has hecho?

CONRADO. -  ¡Falsa, perjura! ¡Me engañabas! ¡Te he estado sirviendo de juguete!  (Ábrese la puerta secreta; sale el PRÍNCIPE DE SAN MARIO, y guiado por la voz de ÁNGELA, se dirige a su lado a tientas y con gran sigilo.) 

ÁNGELA. -  Semejante sacrificio es superior a mis fuerzas. ¡Perdón, madre mía!

CONRADO. -  ¿Quién ha escrito esta carta?

ÁNGELA. -  Oye la verdad.

CONRADO. -  Habla.

ÁNGELA. -  Esa carta...  (El PRÍNCIPE DE SAN MARIO, alarga la mano y ase una de ÁNGELA; ésta se detiene, estremecida de espanto.)  ¡Jesús!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -   (Al oído de ÁNGELA.)  ¡Ay si pronuncias una palabra más!

CONRADO. -  ¿Quién la ha escrito? ¡Acaba!

ÁNGELA. -  Yo la he escrito... ¡Yo!...

CONRADO. -  ¡No puedes negarlo traidora! Mañana parto a buscar la muerte en un combate. Así expiaré el crimen de haberte amado.  (La arroja al suelo, y se dirige resueltamente hacia la puerta del foro, por la cual sale.) 



Escena XII

 

El PRÍNCIPE DE SAN MARIO y ÁNGELA; después MAGDALENA y JULIETA.

 

ÁNGELA. -  Conra...

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Silencio!  (Poniéndole una mano en la boca.) 

ÁNGELA. -   (Levantándose.)  ¡Quiero seguirle!... Dice que va a morir.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Detente!

ÁNGELA. -  Y vos, ¿quién sois para detenerme?

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Su padre! ¿Lo ignoras acaso?

ÁNGELA. -   (Fuera de sí.)  ¡Mientes! ¡Tú no eres su padre!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Cielos!

ÁNGELA. -  Conrado no es tu hijo... El título que llevas no te pertenece... ¡Eres un infame usurpador!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¿Qué oigo?

ÁNGELA. -  Y yo recorreré las calles, y subiré a Palacio, y lo publicaré a gritos, y lo sabrá todo el mundo.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¿Cómo lo has averiguado?

ÁNGELA. -  No; no te lo diré.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Habla o tiembla.

ÁNGELA. -  ¡No, no; soltad!  (Haciendo un esfuerzo desesperado logra desasirse del PRÍNCIPE DE SAN MARIO, y corre a tientas por el teatro, ya dirigiéndose al balcón, ya a la puerta del foro.) 

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Oh!

ÁNGELA. -  ¡Socorro!  (Óyese llamar a la puerta de la calle.) 

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -   (Buscándola.)  ¡Calla! ¡Calla!

MAGDALENA. -   (Desde la calle.)  Abrid; soy yo.

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Esa voz... ¿Quién ha podido darle la libertad?

ÁNGELA. -  ¡Julieta! ¡Luces!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  Calla.

ÁNGELA. -  ¡Julieta!

PRÍNCIPE DE SAN MARIO. -  ¡Que no me hallen aquí! Yo volveré.  (Desaparece por la puerta secreta.) 

MAGDALENA. -  Hija mía, ¿por qué gritas?  (MAGDALENA y JULIETA entran, la última con luces.)  ¿Qué sucede?

ÁNGELA. -  ¡Ése hombre quiere matarme!

MAGDALENA. -  ¡Cuando llegaba he visto a Conrado! Tal vez él...

ÁNGELA. -  ¡Ahí!, ¡ahí!

JULIETA. -  No hay nadie.

MAGDALENA. -  Soy tu madre. Ya estoy libre.

ÁNGELA. -  No es su padre, no. ¡Me va a matar antes de que pueda justificarme; antes de que Conrado sepa que soy inocente!

MAGDALENA. -  ¡Dios santo!

ÁNGELA. -  No, no quiero morir. Miradle: ¡ahí está..., ahí!...  (Señala con el dedo como si efectivamente viese al PRÍNCIPE DE SAN MARIO. Permanece en esta actitud un momento, y después cae en los brazos de su madre y JULIETA, dando un grito.) 



 
 
FIN DEL ACTO TERCERO