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Arias Gonzalo

Tragedia en cinco actos

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas



PERSONAS
 

 
INFANTA DOÑA URRACA,    señora de Zamora.
ARIAS GONZALO,   su ayo y consejero y padre de
PEDRO ARIAS.
DIEGO ARIAS.
GONZALO ARIAS.
DON DIEGO ORDÓÑEZ DE LARA,   caballero castellano.
GÓMEZ,    paje de la infanta.
COMPARSAS
DAMAS de la infanta.
REGIDORES DE ZAMORA.
CABALLEROS zamoranos.
PAJES de la infanta.
GUARDIAS.
 

La escena es en un salón del alcázar de Zamora, con dosel al fondo, y a un lado, un sillón y mesa con recado de escribir.

   

La acción empieza a media mañana y concluye antes de anochecer.

 




ArribaAbajoActo primero


Escena primera

 

La INFANTA y ARIAS

 
INFANTA.

 (Aparece sentada junto a la mesa, y al ver entrar a ARIAS se levanta y va hacia él.) 

¡Anheloso tu vuelta deseaba
mi inquieto corazón, Arias Gonzalo!...
¿Escuchó el rey tu voz y el ruego mío?
¿Traes a Zamora paz y a mí descanso?
ARIAS.
No, señora; pues sordo a las razones
y a la justicia vuestra, el rey don Sancho
sólo de la ambición el grito escucha,
olvidando, feroz, que es vuestro hermano.
Ni paz ni tregua admite. Guerra y muerte,
y sangre y exterminio está anhelando.
Vuestro mensaje oyó como pudiera
propuestas viles de traidor engaño,
y sin dejarme hablar en nombre vuestro,
cual varias veces pretendió mi labio,
«Arias, no os detengáis; tornad, me dijo,
y a la infanta decid que intenta en vano,
desarmarme con ruegos y plegarias,
de su corto poder indicios claros.
Que o me entrega a Zamora en este día,
o antes que el sol se esconda en el ocaso
verá a mis invencibles escuadrones
dar a sus muros vencedor asalto.»
No me habló más; alzóse de su silla,
y una mirada de furor lanzando,
volvió la espalda, y ordenó a los suyos
que al punto me arrojaran de su campo.
INFANTA.
¿Un rey..., un caballero, injusto, aleve,
así rompe la fe de los contratos?
¿Así comete tan atroz perjurio?
¿Mi herencia respetar no juró en manos
de nuestro padre? ¿Así la voz desoye
de honra y de religión; el grito santo
de la sangre no escucha, ni le mueve
de una infeliz mujer el ruego y llanto?
ARIAS.
No pudieron jamás los juramentos
enfrenar el furor de los tiranos,
ni un pecho que ambición enseñorea
de sangre o de amistad guardó los pactos.
Cual juró, al aprobar el testamento
de vuestro padre, que murió en mis brazos,
respetar vuestra herencia y la de Elvira,
juró también el fementido Sancho
de León y Galicia las coronas
en las frentes dejar de sus hermanos.
¿Y cómo lo cumplió?... ¿Cómo? ¿No vimos,
apenas de Castilla tomó el mando,
despojar de León, con cruda guerra,
a don Alfonso; y luego, encarnizado,
robar su trono al joven don García,
el reino de Galicia encadenando?...
¿Por qué ha de ser leal con voz, señora,
quien no lo fue con los demás hermanos?
INFANTA.
Ellos reinos extensos poseían;
mas yo a Zamora sólo...
ARIAS.
El tener algo
es para el ambicioso harto pretexto.
INFANTA.
Ni mi triste orfandad y desamparo
mueven su corazón.
ARIAS.
Al que se goza
en mirar sin piedad a sus hermanos,
uno a merced del moro de Toledo,
un mal seguro asilo mendigando;
otro, en las hondas cavas de un castillo
la amarga vida sustentar, cargado
de miseria y de hierros..., ¿de su hermana
podrá ablandarle el congojoso llanto?
INFANTA.
¿Y qué resta que hacer a esta infelice,
ARIAS.
Resistir, resistir.
INFANTA.
Cerco tan largo
desfallecida ya tiene a Zamora.
ARIAS.
Pero aún tiene valor.
INFANTA.

 (Abatida.) 

¿Y podrá, al cabo,
dejar de sucumbir? ¿Quién socorrernos?
ARIAS.

 (Con firmeza.) 

El Cielo, aterrador de los tiranos,
y los hombres también. No, no es tan firme
cual juzgáis el poder del rey don Sancho.
El reino de León no está seguro;
a su joven monarca aún no ha olvidado
el reino de Galicia; el sarraceno,
viendo la desunión de los cristianos,
apercibe sus huestes; y, celoso
del poder de Castilla, a sus vasallos
arma el rey de Aragón; la hermana vuestra,
doña Elvira, también, que amenazado
ve su alcázar de Toro, por la espalda
temor ofrece al enemigo campo.
Ni satisfecho de los suyos mismos
está el usurpador. Cuantos hidalgos
le siguen, con despecho sus perjurios
oí miran y su ambición, y el desacato
que contra las cenizas de su padre
comete persiguiendo a sus hermanos.
Rodrigo de Vivar, ese guerrero,
de España honor, de la morisma espanto,
le sigue; mas juró que en esta empresa
no le dará el auxilio de su brazo.
Diego Ordóñez de Lara, a quien prudencia
aún no dio la carrera de los años,
es el solo esforzado caballero
que con celo y ardor sirve a don Sancho.
INFANTA.
A pesar de esperanzas tan risueñas,
el sitio se prolonga, Arias Gonzalo,
y más y más se estrecha cada día.
Y al ver a mis valientes zamoranos
sufrir por mí tan dilatada guerra
y por mí perecer en los asaltos
de un monarca que al fin puede oprimirlos
el vengativo encono provocando,
mi valor y constancia desfallecen,
y siento el corazón hecho pedazos.
ARIAS.
Mal a Zamora conocéis, infanta;
poco el yugo terrible...


Escena segunda

 

Los mismos y GÓMEZ

 
GÓMEZ.
Acompañado
de los capitulares y otros nobles,
el alcaide Pedro Arias quiere hablaros.
INFANTA.
No se detenga, pues.
 

(Vase GÓMEZ.)

 


Escena tercera

 

INFANTA y ARIAS

 
INFANTA.
¡Cielos!... Sin duda,
harta Zamora de infortunios tantos,
viene a pedirme un término a sus males.
Lo tendrá, que mi pecho no es de mármol.
Por mí bastante han hecho mis valientes.
Yo el juramento de lealtad les alzo.
ARIAS.
¿Qué decís? ¿Qué pensáis? Cuando Pedro Arias,
cuando el alcaide de estos muros,
cuando un hijo mío, en fin, a la cabeza
de la ciudad y pueblo zamorano,
a vuestras plantas viene, ¿por ventura
viles propuestas os traerá...? Me pasmo
de que lo imaginéis.


Escena cuarta

 

INFANTA, ARIAS, GÓMEZ, PEDRO, DIEGO, REGIDORES y CABALLEROS

 
PEDRO.
Infanta egregia,
a quien la fiel Zamora con aplauso
universal por su señora aclama,
y a quien fidelidad, libre, ha jurado,
permitid al alcaide de estos muros
y a los capitulares zamoranos
que os manifiesten dudas que atormentan
la lealtad ir el amor de estos vasallos.
INFANTA.

 (Con gravedad.) 

¿Dudas?... Y ¿cuáles son? Decid, alcaide.
PEDRO.
Esta ciudad, resuelta a conservaros
la lealtad que os juró, la independencia
y el don de vuestro padre, y contemplando
cual su mayor ventura obedeceros,
vio sin pavor las huestes de don Sancho,
de León y Galicia asoladoras,
cubrir ufanas los vecinos campos.
El horrendo alarido de la guerra
heroica indignación, no torpe espanto,
despertó en los valientes habitantes
de esta vuestra ciudad; y el grito alzando,
repeler la usurpación injusta,
con gloria morir todos juraron.
Estrechóse el asedio; enfurecido
el monarca soberbio castellano,
contra Zamora fiel apresta ingenios
y da a sus muros repetido asalto.
Mas ellos son imperturbable escollo,
do su loco furor halla el naufragio.
Cuatro lunas, señora, nos han visto
lidiar y no ceder; y ciento aguardo
que admirarán nuestro denuedo y brío,
por vos con gloria y con tesón luchando.
Siendo tal de Zamora la constancia,
y la inmutable decisión, y el alto
empeño en que se ve, y el nombre vuestro
siendo de sus esfuerzos el amparo,
con susto mira que embajada vuestra
por la primera al rey don Sancho
haya hoy salido fuera de estos muros
a buscar paces o entablar contratos.
Qué, ilustre infanta: ¿por ventura os pesa
el esfuerzo y lealtad de estos vasallos?
¿Dudáis de su constancia y ardimiento?
¿De flaqueza señal visteis acaso
dentro de las almenas zamoranas?
¿No son guerreros ya sus ciudadanos?
¿O cuatro lunas de virtud y glorias
tantas hazañas, sacrificios tantos
queréis premiar rindiendo estas murallas
al monarca ofendido castellano?
¿Qué esperanza, qué fe tendréis, señora,
en palabras, ofertas y tratados
de un rey que desconoce juramentos,
ávido sólo de exterminio y mando?
Cuando conciertos entablar, señora,
incauta pretendéis con vuestro hermano,
conocéis poco al sitiador soberbio
que fue a Galicia a levantar cadalsos,
que fue a León para poblar mazmorras
y que aquí vino a encadenar esclavos.
Mas antes que sufrir su férreo yugo,
antes que atada de su triunfo al carro,
libre Zamora volará en cenizas,
muerta y no esclava la tendrá el tirano.
ARIAS.

 (Entusiasmado.) 

He aquí a Zamora, infanta... ¡El Cielo justo
premie aliento tan noble y tan gallardo!
INFANTA.
Valeroso Pedro Arias, caballeros,
padres del noble pueblo zamorano,
habitantes heroicos de estos muros,
mis dulces hijos ya, no mis vasallos:
¿cómo dudar pudiera el pecho mío
de vuestra decisión y honor preclaro?
¿Cómo premiar vuestra lealtad excelsa,
a cuya eterna gratitud consagro
todo mi corazón, de la venganza
presa haciendo a Zamora de un tirano?
¡Jamás, jamás! Lo juro. Intenté sólo,
viendo si el corazón del rey don Sancho
aún de remordimientos capaz era
y de ceder al grito sacrosanto
de honra y de religión, a los desastres,
sacrificios y esfuerzos del estado
poner término ya. No a mis derechos,
no a vuestra independencia renunciando:
no al ambicioso usurpador abriendo
las puertas de este alcázar; no con pactos,
donde vuestra deshonra y mi deshonra
fueran del siglo venidero escarnio.
Mensaje mío al sitiador, es cierto
hoy llevó el respetable Arias Gonzalo;
mas no a ofrecerle el triunfo de Zamora,
sí a recordar al rey que fue mi hermano,
y a pedirle se aleje de estos muros,
y que, sus juramentos respetando,
ponga fin a domésticas discordias,
que el sarraceno ve con gozo tanto.
Tales fueron, amigos, mis propuestas,
las mismas que con risa el rey don Sancho
oyó despreciativo y orgulloso,
necios insultos por respuesta dando.
Él ante el Cielo responsable queda
de las muertes, horrores y atentados
que cause su ambición. Hoy mismo quiere
repetir de estos muros el asalto...
Venga pues, a encontrar nuevo escarmiento;
venga, que decididos le esperamos;
venga, y conocerá que mis propuestas
de amor, no de flaqueza, dimanaron.
Tanto en la gloria de Zamora fío,
tanto en vuestra lealtad y ardor bizarro.
DIEGO.
Eso anhelan los buenos de Zamora,
eso los que aquí miras anhelamos:
que ose volver el enemigo al muro,
que se trabe otra lid de brazo a brazo.
PEDRO.

 (A la INFANTA, hincando una rodilla.) 

Pues tan fuerte os mostráis, yo a vuestras plantas,
por mí y a nombre de mis dos hermanos,
de los capitulares, ricoshombres,
nobleza, caballeros, hijosdalgo
y pueblo de Zamora, el homenaje
de lealtad y de amor ante Dios santo,
sobre mi honor, sobre mi fe y mi espada
de nuevo os juro.
TODOS.

 (Doblando una rodilla y extendiendo la mano derecha.) 

Y todos lo juramos.
INFANTA.

 (Con vehemencia.) 

Y yo lo acepto con el alma toda,
y también juro al Cielo que, entre tanto
que mi pecho respire, nunca, nunca
será Zamora presa de tiranos.
Y, aunque débil mujer, a vuestro ejemplo,
vestiré cota y ceñiréme el casco,
y con vosotros guardaré mi herencia,
la vengadora lanza fulminando.
PEDRO.
¿Quién dudará, magnánima señora,
de triunfar en la lid al escucharos?
 

(Hace una profunda reverencia a la INFANTA y vase, y con él, los demás.)

 


Escena quinta

 

INFANTA y ARIAS

 
INFANTA.

 (Enternecida.) 

¡Qué valor! ¡Qué lealtad! ¡Qué noble pueblo!
Llena mis ojos delicioso el llanto
de ardiente gratitud, y el pecho mío
la digna admiración de tales rasgos.
ARIAS.
Fue vuestra duda de Zamora ofensa.
INFANTA.
Más que duda fue amor de mis vasallos,
el anhelar un fin a los desastres
de esta guerra feroz y asedio largo.
ARIAS.
Bien antes dije de aceptar, señora,
de tan inútil embajada el cargo,
que, a más de ser inútil, ofendía
el pundonor del pueblo zamorano.
Visto, infanta, lo habéis. Las clases todas
esta insigne ciudad acreditaros
ansían su esfuerzo y su lealtad constante,
y no sufrir el yugo de don Sancho.
INFANTA.
Sí, amigo; cuantos viven en Zamora
merecen de lealtad la palma y lauro.
ARIAS.
Todos a vuestras plantas homenaje...
INFANTA.
Todos. Uno y no más, uno ha faltado
en día tan solemne.
ARIAS.
¿Quién...?
INFANTA.
Tu hijo;
el joven valentísimo Gonzalo;
Gonzalo en mi cariño predilecto,
el compañero de mis tiernos años,
el que yo misma caballero armara,
el que con tanto ardor...
ARIAS.
Señora, acaso
con la gente de guerra allá en el muro...
INFANTA.
Siempre evita el venir a mi palacio;
huye de mí en jardines y en muralla;
jamás asiste a mi consejo.
ARIAS.
Es harto
joven; acreditarse en armas debe.
Os sirve y os respeta. Pero vamos
a lo que más importa. El enemigo,
cumpliendo su palabra, hoy dará asalto.
Prevenir es forzoso la defensa
y al pueblo preparar. Vos, entretanto,
escribid a la infanta doña Elvira
para que en Toro, el estandarte alzando,
distraiga al sitiador. Y el caballero
nombrad que debe el enemigo campo
cauteloso cruzar, y vuestro pliego
entregar con grandísimo recato,
y sin tiempo perder, a vuestra hermana.
¡Guárdeos el Cielo!
INFANTA.
Adiós, Arias Gonzalo,
 

(Vase ARIAS por la derecha y la INFANTA por la izquierda.)

 



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