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ArribaAbajoLucha romana en 1855

El tráfico a California en los años de la fiebre del oro, convirtió a Valparaíso en un centro cosmopolita permanentemente invadido por pasajeros sedientos de diversiones. Había una variedad de esparcimientos digna de las urbes europeas. La ópera italiana funcionaba a tablero vuelto en el Teatro de la Victoria y los circos internacionales se sucedían en las carpas del Almendral; el Jardín Abadie daba una retreta diaria con sus bandas, mientras la Sociedad Filarmónica presentaba a los virtuosos en tránsito por la América, y el Salón Óptico exhibía el portento de la linterna mágica con sus «vistas» de la guerra de Crimea; amén de las riñas de gallos, más o menos clandestinas, y las carreras dominicales en las ramadas de Viña del Mar... Un espectáculo nuevo vino a sumarse con motivo de la tournée por el Pacífico, en el estío de 1855, de M. Alfredo Charles, un atleta francés que se hacía llamar «el rey de los luchadores» y que lanzó un desafío a los forzudos chilenos capaces de enfrentarlo.

La lucha romana, o lucha de hombres, como entonces se decía, no era ignorada en el país, donde solía cultivársela sin mayor observancia de sus principios reglamentarios. Lo que esta vez provocaba la expectación del público era el prestigio de que venía precedido M. Charles, hombre al que nadie, en toda Europa, había podido vencer. Otra circunstancia notable era que ofrecía lidiar hasta contra seis adversarios en una misma ocasión, y ofertando un premio de 500 pesos -suma cuantiosa en esos días- a quien lograse derrotarlo.

El desafío, publicado en El Mercurio, decía a la letra:

«GRAN LUCHA EXTRAORDINARIA DE HOMBRES dada por M. Charles para el domingo, 28 de enero, a las 5 y media de la tarde.

En el primer Tívoli de Polanco se hallará un anfiteatro hecho con el mayor gusto y a la sombra, que ofrecerá buena comodidad a la sociedad.

M. Charles se ha decidido a dar una lucha en Valparaíso como recuerdo grato a sus ilustrados habitantes; pero piensa que será la única.

A este efecto invita a todos los hombres de mayores pulsos, sin excepción de color ni nacionalidad, a medirse con él; el mismo premio de 500 pesos será la recompensa del vencedor.

Las personas que quieran lidiar pueden inscribirse en el mismo Polanco hasta el miércoles 24 del presente.

Los convites (programas) del día darán el detalle y pormenores. Salud y respeto.-

(Firmado) ALFREDO CHARLES».



Seis valientes, ansiosos de gloria y de dinero, aceptaron el reto. Figuraba entre ellos José Soto, un mocetón que lucía el apodo de «el Hércules Chileno» y cuyas hazañas de fuerza muscular habíanle hecho célebre. Era el prototipo del mestizaje araucano-español, que todavía daba sus grandes especímenes, tales como el andarín Mutra, que viajó a pie desde Concepción hasta Copiapó, con su equipaje al hombro; y como el loco Juan Aguilar, que se creía caballo y viajaba entre Santiago y Melipilla trotando a parejas con los coches de posta. Soto no era lo que hoy se llamaría un luchador «científico»; pero poseía tan tremenda potencia, que podía, imitando a don Juan José Carrera, detener un coche sobre la marcha cogiéndolo por los rayos de las ruedas, o -como lo hizo delante de testigos- sacar un caballo caído en un pozo tirándolo por las orejas.

La expectativa de ver en la arena a tales colosos arrebató de entusiasmo al vecindario porteño. La lucha se concertó con todas las reglas clásicas. Se exigía a los contendores presentarse con las uñas cortadas y se les prohibía untarse el cuerpo con sustancias oleaginosas. Otra prohibición decía:

«No se admite luchador en estado de embriaguez».



Cada encuentro duraría hasta media hora, quedando sin decisión si a su término ninguno de los atletas había sido «planchado», esto es, puesto de espaldas y con los hombros tocando el suelo. El acto de golpear, arañar, echar zancadillas, oprimir la garganta o insultar al adversario, daría motivo a la descalificación. Un jurado de tres personas imparciales decidiría las disputas o reclamos que se suscitasen. La entrada valdría un peso, y había una banda de músicos para amenizar los intermedios.

La función, empero, no pudo llevarse a efecto en el día fijado: la propia concurrencia, superior en número a cuanto se había previsto, vino a malograrla. Más de mil personas entraron al Tívoli e invadieron incluso el proscenio que debían ocupar los luchadores. Un portavoz de M. Charles tuvo que abrirse paso a viva fuerza para anunciar que el desafío quedaba postergado hasta que pudiese habilitarse un local más espacioso.

Este chasco, y la determinación de no devolver las entradas, exasperó los ánimos. A una pifia general se siguió el desahogo de los violentos mediante gritos ofensivos y la destrucción de la verja y el jardín que ornamentaban el recinto. Con lo que la lucha terminó para algunos en el local todavía más estrecho del cuartel de policía.

En un sitio eriazo que daba frente a la Plaza del Orden, vale decir, a la orilla del mar, levantó M. Charles un anfiteatro de tablones, con una pista en el centro, capacitado para mil quinientos espectadores. Él era su propio empresario, y, a lo que parece, administraba su capital con cautela típicamente francesa. No bien había terminado la construcción, la Intendencia mandó clausurarla, en vista de la peligrosa fragilidad de las aposentadurías. ¡Por ahorrarse unos pesos, el glorioso campeón pretendía exponer a los «ilustrados habitantes» a un derrumbe catastrófico! Este hecho insólito depreció los bonos de su popularidad y fue causa de una nueva postergación.

«Un reñidero de gallos de la más mísera aldea -comentaba El Mercurio- no ofrecería un aspecto tan despreciable y repugnante. Se le hace un insulto al público al convidarlo a asistir a semejante barraca».



Sólo cuando ésta quedó convenientemente reforzada se le permitió al económico match-maker abrir sus puertas y anunciar su «lucha de hombres» para la tarde del domingo 18 de febrero.

Fue un acontecimiento extraordinario, del que no pudo, sin embargo, sacar su promotor el provecho que esperaba. Como el local carecía de techo y todo Valparaíso es un puro anfiteatro, apenas seiscientas personas entraron al stadium; el resto en número de millares, prefirió mirar desde lejos, sin pagar, y ocuparon los dos cerros próximos y los tejados que daban a la plaza.

Los cuatro primeros desafiantes fueron tres «rotos» y un marinero norteamericano. Escatimando sus energías como escatimara su dinero, M. Charles se contentó con no dejarse vencer: planchó a dos y empató con los demás. Reservaba sus fuerzas para Soto, que era el hueso duro de roer.

Cuando el Hércules de Chile y el rey de los luchadores se colocaron a dos varas -la distancia de rigor para empezar la lidia-, se echó de ver su desproporción física. Soto era media cuarta más alto y su musculatura recordaba la de un gladiador romano.

Iniciado el combate, lo primero que hizo fue coger al francés por el pescuezo, zarandearlo en el aire y arrojarlo al suelo como a un fardo de lana. Hazaña que arrancó al público un griterío ensordecedor e hizo creer que el rey iba a perder su corona y el premio ofrecido.

Pero M. Charles, con su menor reciedumbre, era veloz como un pez y poseía los secretos de su arte. Cayó, y caería muchas veces, casi sin tocar el piso; tal era la agilidad con que volvía a ponerse en pie. Contra esa facultad se estrellaba en vano la terrible fuerza de su enemigo, desencadenada en embestidas de toro furioso. Y cuando éste parecía tenerlo a su merced, se le escurría, nadie sabe cómo, rubricando la escapada con una sonrisa. El encuentro era como un símbolo vivo de los mundos que ambos representaban: el americano, exuberante, inexperto y desordenado; el europeo, fino, metódico, imperturbable en su seguridad de maestro. Al cabo de la media hora estipulada, Soto no pudo atrapar a aquella anguila humana. Pero ésta no logró tampoco dominarlo, y la lucha terminó para el criollo con la gloria de quedar invicto. Mérito que los amateurs premiaron sacándolo en andas, mientras saludaban al otro con una rechifla.

Este resultado indeciso dio pábulo a una apasionada rivalidad, llena de incidencias pintorescas. Habiendo hecho notar la prensa que M. Charles luchó cansado, después de sus cuatro lidias preliminares, Soto se sintió ofendido y propuso la repetición del encuentro en igualdad de condiciones. En el acto aceptó el campeón, que hasta entonces traía saldo al debe y no aspiraba más que a recuperar lo perdido. Contestando a la invitación, manifestó desde El Mercurio que «lucharía en un cuarto cerrado hasta que uno de los dos pidiese la llave para salir».

Tres semanas después se encontraron nuevamente en la barraca de la Plaza del Orden. El empresario, en este lapso, no se había decidido a colocar el techo, y la consecuencia fue un nuevo y peor fracaso en el bordereau: sólo trescientas personas pagaron la entrada y cinco mil se apiñaron en los gratuitos asientos de las quebradas vecinas. ¡Demasiado tarde vino a aprender M. Charles que no es bueno tener el «tejado de vidrio»!

Pero su disgusto mayor fue la imposibilidad de abatir a aquel muchachote de músculos de acero. Los más sutiles recursos rebotaban contra su fuerza bruta inconmovible; y ahora era él, el rústico, quien desbarataba sonriendo las embestidas del maestro. Habíanse trocado los papeles, porque el invencible europeo no aceptaba, en su orgullo, sino la victoria, y el no poderla conseguir lo enfurecía. Seis veces rodó por el suelo, después de ser levantado y sacudido como una pluma, y apenas si pudo salvarle su maravillosa agilidad. Agotado y fuera de sí, interrumpió la contienda para reclamar a los jueces de una zancadilla que nadie había visto. Su actitud provocó a su vez la irritación de la concurrencia, que se dividió en dos bandos opuestos y promovió un pandemonium de gritos y pifias. Se hizo notar un caballero italiano que, parapetado detrás de un guardián, increpaba furiosamente a Charles y le ofrecía curtirlo a bastonazos.

El tiempo de reglamento se completó sin que pudiesen calmarse los espíritus; y una vez más el rey de los luchadores debió conformarse con un resultado que equivalía a la derrota.

La rivalidad entablada no acabó allí: faltaba todavía su sabroso capítulo final.

Comentando las alternativas de la lidia, el redactor de El Mercurio manifestó que Soto había sido «más hombre» que su adversario. Picado Charles en la médula de su vanidad, publicó un remitido en el que trataba de reivindicar su prestigio. Insistía en acusar al Hércules de zancadillas invisibles y quejábase de la hostilidad de los espectadores, especialmente del italiano del bastón, del que textualmente decía:

«Le aconsejo ir más bien a comer macaroni a su país natal que poner el desorden en la arena».



La carta terminaba proponiendo una nueva y última revancha, esta vez «a brazo partido», para dilucidar el pleito en definitiva.

Soto aceptó, pero exigiendo hacer él las veces de empresario. Con mayor criterio que su antagonista, arrendó un local cerrado -el teatro de la Compañía Winther Ravel, en la calle Independencia-, con asientos para quinientas personas. Fijó su lucha de hombres para el sábado, 14 de abril, a las 8:30 de la noche, avisando que enfrentaría, aparte de Charles, a todos los que se pusiesen delante, y ofreciendo como premio el producto de las entradas.

Se presentaron siete contendores: cantidad suficiente para quebrar la resistencia de un Milón de Crotona. Pero con tal prontitud eliminó Soto a los cuatro primeros, que los dos siguientes optaron por no subir al proscenio.

La concurrencia, que llenaba la sala, creyó que esta vez, por fin, el invicto francés iba a dar cuenta del mocetón con su ventaja de encontrarlo cansado. Pero el desenlace fue de una índole enteramente imprevista. A los diez minutos de faena, el Hércules se echó a su majestad a la espalda y lo arrojó al suelo con tal violencia que por poco hunde el escenario. Como siempre, Charles escapó; pero su moral se había trizado -cual si de pronto aquilatase la espantable fuerza del adversario-, y ya no atinó más que a rehuirlo. El combate cayó en la monotonía y el público empezó a silbar y patear. Con ello acabó Charles de perder el aplomo, y, volviéndose a la platea, vociferó que «el que quisiera lidiar con él a patadas y trompones, subiese a las tablas». El extraño desafío provocó una explosión de risas y pifias. En una instante, la aureola del gran Charles se apagó y el espectáculo degeneró en tumulto. Dos hombres de las luchas anteriores entraron al escenario, a medio vestir, diciendo hallarse dispuestos a combatir a puntapiés. La gente saludó su gesto con una tempestad de aplausos; pero la policía intervino para impedir el escándalo. Público, luchadores y guardianes gritaban y forcejeaban a la vez; en los pasillos, los atletas improvisados sostenían pugilatos colectivos, mientras la concurrencia femenina huía fuera del teatro.

Tras muchos esfuerzos pudo restablecerse la calma; pero Charles, con aquella multitud declarada en su contra, no osó seguir luchando, y tomó el prudente partido de escabullirse.

Después de lo cual no volvió a dejarse ver, y un buen día desapareció sin que nadie lo advirtiese.

Tampoco se supo más de Soto, quien pasó al olvido con sus soberbias facultades, a las que él mismo, según parece, no concedía importancia.




ArribaAbajoLos Conquistadores y los Reyes de España

Octubre, 1958


Las mejores películas chilenas son las cortas y sin pretensiones. Vi una excelente de la Antártida. El público aplaudió.

Voy a poner un reparo a la película. Se trata de la presencia fugaz de cierto detalle revelador de un error histórico repetido e inveterado. En dicha película aparece S. M. el rey de España, en su trono, en el momento de nombrar a Pero Sancho de Hoz gobernador de las nuevas tierras que descubriera, con exclusión de Chile. Este Pero Sancho había sido socio de Pizarro. Tales contratos se ventilaban mediante el Consejo de Indias, en nombre del rey, pero nunca con el rey en persona.

El origen de los conquistadores es obscuro y humilde. Superaron con sus proezas a los soldados españoles de su tiempo. Sus hechos asombraron y continúan asombrando a los investigadores que se interesan en ellos. La Conquista es, según Lumnis, «la más grandiosa, la más larga y sorprendente hazaña de la historia».

No sé si a dichos héroes, de origen plebeyo, les hubiera agradado que los historiadores les agregaran dones y des a sus nombres.

Valdivia sentía natural repulsión por la gente titulada de España. Pizarro, analfabeto como Almagro, no supo que, casi un siglo después de su muerte, uno de sus descendientes sería convertido en marqués.

El origen de los conquistadores es obscuro, y laudable es nuestro propósito de ennoblecerlos agregando, desde luego, un de entre nombres y apellido, además del don: «Don Quijote endonó a la maritornes de Tolosa y a las mozas del partido», dice Rodríguez Marín. No es raro que nuestros quijotescos historiadores hayan endonado a las concubinas de los conquistadores. Ercilla encantó a una de éstas con nombre de Libros de Caballería. Me refiero a la tercera y última concubina de Valdivia, Juana Jiménez, a quien adornó el cantor de La Araucana con el nombre de doña Mencía de los Nidos. Estas transformaciones echaron raíces en nuestras tierras. Asombrábase de ello Santa Teresa. En carta de Sevilla, en 29 de abril de 1576, dijo:

«Cuanto a los dones, todos los que tienen vasallos de Indias se lo llaman allá, que es vergüenza».



Extremadura, la región de donde se desgajaron los conquistadores, es la más atrasada de España. Don Mariano José de Larra, el inconmensurable cronista, viajó por dicha tierra en diligencia, allá por 1834, y nos dio un cuadro inolvidable del país cuyos habitantes son llamados vulgarmente choriceros. Otros les llamaban corsarios. Es seguro que así como los vio Larra fueron los antepasados de nuestro pueblo. Larra pasó por cierta parte del camino, entre Mérida y Badajoz, donde hay unas hondonadas llamadas «El Confesionario». En dicho terreno los bandoleros confesaban a los aterrados pasajeros. Los siniestros Cerrillos de Teno, en Chile, son descendientes del Confesionario extremeño.

Sigo con mi asunto. Es seguro que ningún rey de España tuvo tratos personales con los conquistadores o contratistas en el Nuevo Mundo. Ni les oyeron ni leyeron sus cartas. Es seguro que Felipe II no conversó con Ercilla, ni antes que viniera a estas Indias, ni después, cuando el soldado poeta se estableció en Madrid. El rey don Felipe II no leyó La Araucana.

Ercilla era un vasco nacido en Madrid. Los vascos eran solicitados para el servicio de los nobles y de los ricos. Eran famosos como «mozos de espuelas». En dicha condición acompañaron alguna vez a los reyes en sus viajes compuestos con numerosos carruajes y gente montada.

Respecto a la dedicatoria de La Araucana al monarca, dice Medina:

«¿Cómo recibió esta dedicatoria el monarca español? ¿Leyó la obra, o siquiera la dedicatoria? Es probable que ni una ni otra cosa».



Poco antes de su muerte escribió Ercilla, refiriéndose a su pluma:

«Siempre ha dado en seco y en vacío...»



En asuntos atingentes a los nuevos dominios ultramarinos se ocupaba el Consejo de Indias. Después de leer los voluminosos tomos del doctor Marañón, titulados Antonio Pérez, comprendemos mejor la indiferencia de los monarcas españoles hacia los asuntos de estas tierras.




ArribaAbajoMitos, mitos y mitos

Cuando don Pedro González de Mendoza conoció el nuevo Estatuto hecho en Guipúzcoa, en que impedía que fueran allá «a morar o a casar», desde otras partes de España, exclamó:

«¿No es de reír que todos, o los más anbían acá sus fijos que nos sirvan de mozos d'espuelas y que agora no quieran ser consuegros...?».



La carta de don Pedro de Valdivia, la del pie del Santa Lucía, ni la escribió Valdivia ni la leyó Carlos V. Fue escrita por el «secretario de cartas». Según don Germán Riesco, júnior, la calefacción en los antiguos inviernos consistía en leer la carta de don Pedro de Valdivia; donde dice que en Chile nunca hace frío.

¡Cómo se pondría orondo Valdivia si pudiera mirar a la tierra en este 12 de octubre de 1958 para presenciar la caravana que le resucita vestido con utilería de teatro, en primer actor joven, cerca de la linda Inés Suárez! La caravana del fundador de las calles de Santiago es la realidad transformada en cuento de hadas. La realidad de los soldados sucios, prietos de sol y de lodo, andrajosos, seguidos por indios en miserables filas.

La historia más graciosa de la indiferencia de los reyes respecto de los americanos es la que contó el indio peruano González Lobo. Llegó a España a fines de 1679, esperanzado en ver al monarca. Después de tres años, mediante aventuras de novela picaresca, por entre laberintos de pasos, de pasadizos y de escaleras, después de sufrir innumerables plantones, conoció a otro que aguardaba como él, un aspirante a jardinero de palacio. Ambos recorrieron cada día el dédalo de pasillos y de antesalas. Le remitieron a casa de la baronesa Berlips, conocida por el apodo de «La Perdiz». Todo el patio de la casa era antesala: «El poder de los magnates se medía por el número de postulantes que aguardaban en sus puertas». Finalmente doña Antoñita Núñez, enana de la cámara del rey, se apiadó de él. Sólo quería besar los pies del monarca. Regaló a la enana un cintillo. La enana le llevó de la mano, por escalones, antesalas y retorcidas filas de palaciegos y guardias, hasta una puerta enorme y doble. Por fin estaba en presencia del soberano más poderoso de la tierra: Don Carlos II de España, hijo de Felipe IV y de doña Mariana de Austria. El indio González Lobo describió al soberano español como sigue:

«Su Majestad estaba sentado en un grandísimo trono, sobre un estrado, y apoyaba los pies en un cojín de seda color tabaco, puesto encima de un escabel. A su lado reposaba un perrillo blanco. El encaje de Malinas que adornaba el pecho del rey estaba humedecido por las babas que fluían de sus labios. Todo él despedía un fuerte hedor a orines. Sus piernas eran increíblemente flacas. La enana Antoñita se le acercó al oído y le habló algo. Su Majestad me miró, pero en ese instante saltó un mono y distrajo su Real atención». (El Hechizado, por Francisco Ayala.)



En La Historia de los Agustinos en Chile leí lo que contó, en su estilo imponderable, el obispo Villarroel, de su viaje a España. Dijo que los deseos de los criollos de inclinarse ante los reyes expiran en los umbrales del palacio real. Vitupera el celo de los ministros para alejar a los criollos del rey de España.

El marqués de Viana, palaciego, íntimo servidor y amigo del último rey, se jactaba de no querer conocer hispanoamericanos. Entre la verdadera nobleza madrileña la presencia de criollos rebajaba el nivel de distinción de las fiestas.

He dejado para el fin el asombroso caso de Hernán Cortés. Pobre, solo y olvidado, hallándose en la corte sin poder ver al emperador Carlos V, le aguardó a que saliera y se colgó del estribo de su coche. Fue alejado por los guardias, mientras el emperador, asombrado preguntaba:

-¿Quién sois?

Cortés respondió:

-Soy el hombre que os ha ganado más provincias que ciudades os legaran vuestros padres y abuelos. Soy Hernán Cortés.




ArribaAbajoCriollos en los tiempos coloniales

Los teóricos se esforzaron por fundar en una doctrina filosófica la irritante desigualdad que la metrópoli había establecido entre los peninsulares y los criollos.

Según algunos autores, los primeros eran por naturaleza superiores a los segundos. En la época de la conquista, se había sostenido que los indígenas habían nacido para ser esclavos de los conquistadores.

En la época de la colonia, se sostuvo que los criollos habían nacido para ser dependientes de los peninsulares.

En uno y otro caso, se buscó cómo apoyar la práctica en una teoría científica.

Un autor escribió que los criollos «mamaban en la leche los vicios o lascivia de los indios y de las indias».

Otro dijo que el clima del nuevo mundo era «mejor para criar yerbas y metales, que hombres de provecho, pues aún degeneraban luego los que procedían de los de España».

«Conviene -dice el eminente jurisconsulto Solórzano y Pereira- convencer la ignorancia o mala intención de los que no quieren que los criollos participen del derecho y estimación de españoles, tomando por achaque que degeneran tanto en el cielo y temperamento de aquellas provincias, que pierden cuanto bueno les pudo influir la sangre de España, y apenas los quieren juzgar dignos del nombre de racionales, como lo solían hacer los judíos de Jerusalén y Palestina teniendo y menospreciando por bárbaros a los que nacían o habitaban entre gentiles.

Los que más se extreman en decir y publicar esto son algunos religiosos que pasan de España, pretendiendo excluirles por ello del todo de las prelacías y cargos honrosos de sus órdenes, o que se han de proveer por alternativa en virtud de ciertos breves que han impetrado.

Llegó esto a tanto, que un obispo de Méjico puso en duda si los criollos podrían ser ordenados de sacerdotes; y parece haber perseverado en ella, hasta que el consejo de las Indias se le respondió y encargó que los ordenase sí por lo demás los hallase idóneos y suficientes».



El célebre padre Feijoo destinó el discurso 6.º del tomo 4.º de su Teatro Crítico, publicado en 1730, a desvanecer «la opinión común de que los criollos o hijos de españoles que nacen en la América, así como les amanece más temprano que a los de acá el discurso, también pierden el uso de él más temprano».

Vese en este escrito que era creencia general en Europa la de que ningún criollo llegaba a los sesenta años sin ponerse decrépito.

El filósofo Pauw, que gozó de bastante reputación en su tiempo, recapituló y exageró, al principiar la segunda mitad del siglo XVIII, en una obra titulada: Recherches Psilosophiques sur les americains, de la que se dieron a luz varias ediciones, los conceptos desfavorables que se habían esparcido contra la América en general, y contra los criollos en particular.

Oigámosle como se expresa acerca del último punto.

«Como hemos atribuido principalmente al clima del nuevo mundo las causas que han viciado en él las cualidades esenciales del hombre, y hecho degenerar la naturaleza humana, hay sin duda el derecho de preguntar si se ha notado algún desarreglo en las facultades de los criollos, esto es, de los europeos nacidos en América de padre originarios de nuestro continente. Esta cuestión curiosa y muy importante por sí misma merece que le dediquemos un momento de atención. Todos los animales conducidos del antiguo mundo al nuevo han experimentado, sin exceptuar uno solo, una alteración sensible, sea en su forma, sea en su instinto, lo que desde luego debe hacernos presumir que los hombres han debido recibir alguna modificación por las influencias del aire, de la tierra, del agua y de los alimentos; pero como han sabido, mucho mejor que los animales, garantirse del poder inmediato del clima, no se ha notado desde luego la variación de su constitución y el debilitamiento de su alma; pero si se les compara a los europeos recién desembarcados, se ha creído percibir alguna diferencia entre los unos y los otros, y a fuerza de reiterar las observaciones, se ha adquirido el convencimiento de que la degeneración que se había creído posible, era real. En fin, se ha llegado al punto de afirmar atrevidamente que los criollos de la cuarta y de la quinta generación tiene menos aptitud para las ciencias que los verdaderos europeos; y esta opinión estaba universalmente adoptada cuando el padre Benito Feijoo, tan conocido por las monstruosas paradojas que ha sostenido en su Teatro Crítico, se ha levantado contra esta opinión, y ha intentado hacer la apología de los criollos americanos, a los cuales se acusaba de ser brutos.

Aunque respeto en el padre Feijoo un fraile superior a los frailes de España, es menester convenir en que ha sido inducido en una infinidad de errores groseros, tanto por su pasión de singularizarse, como por su inclinación a lo maravilloso; ha escrito muchas disertaciones formales para probar que ha habido hombres marinos, dotados de un alma inmortal, lo que basta a mi juicio para recusar su testimonio y autoridad en todas las materias que ha tratado, porque más vale asegurar que siempre se ha engañado, a decir que siempre ha tenido razón, como lo ha hecho el padre Sarmiento, que ha venido en vano al socorro de su maestro: no es posible defender a un autor que cree en los hombres marinos.

Resulta de las experiencias practicadas en los criollos que, como los niños indígenas dan en su primera juventud algunas señales de penetración, que se apagan al salir de la adolescencia; llegan a ser entonces indolentes, desaplicados, obtusos; no obtienen la perfección en ninguna ciencia ni arte; así se dice en forma de proverbio que son ya ciegos cuando los otros hombres comienzan a ver, porque su entendimiento se abate y decrece a la época misma en que el de los europeos tiende a alcanzar su mayor vigor. Aunque el padre Feijoo se fatigue para probar el espíritu sublime de los americanos, y para citar hechos que considera serles favorables, lo cierto es que las universidades de América no han producido ningún hombre afamado perteneciente a la raza de los criollos. No ha salido de la academia de San Marcos de Lima ningún hombre que haya sido capaz de componer un mal libro, aunque esta escuela ha gozado de más celebridad que las demás universidades americanas. Cuando Godin fue nombrado profesor de matemáticas y de astronomía en el Perú, no encontró un estudiante capaz de comprender sus lecciones, las cuales nunca pudieron ser comprendidas en ese rincón del mundo. Los jesuitas han publicado relaciones pomposas de su colegio de Santa Fe, donde dicen que ha habido muchas veces dos mil alumnos, lo que es tanto más sorprendente, cuanto que de esa multitud de discípulos no ha salido ningún gran maestro, ningún filósofo, ningún médico, ningún físico, ningún sabio cuyo nombre haya pasado los mares y resonado en Europa. Inútilmente se me objetaría que debe atribuirse esta absoluta escasez de hombres célebres a la ignorancia, a la barbarie de los profesores y al deplorable estado en que se hallan las ciencias en las Indias Occidentales; aquéllos que ha recibido de la naturaleza el feliz don del genio sobrepujan con facilidad los obstáculos de una mala educación, y se elevan por sus propias fuerzas, como todos los grandes hombres se han elevado encima de su siglo y encima de sus maestros, a quienes no son deudores casi nunca de la menor parte de sus talentos y de su fama. Así debe atribuirse a un vicio real y a una alteración física del temperamento bajo un clima ingrato y contrario a la especie humana el poco triunfo que han obtenido los criollos enviados por sus padres a los diferentes colegios del nuevo mundo. A Europa han venido a estudiar algunos, cuyos nombres han quedado tan ignorados, como si hubieran seguido sus cursos de filosofía en Méjico o en Lima; no han escrito nunca ninguna obra sobre los animales, los insectos, las plantas, los minerales, el clima, las singularidades y los fenómenos de la América. A los botánicos y físicos europeos debemos todos los conocimientos que la historia natural ha adquirido en las Indias. Qué sabríamos sin Oviedo, Pison, Margrave, Benzo, Clusius, Mérian, Leri, Clayton, Cornut, Barrère, Catesby, Hans-Sloane, Feullée, Plunier, La Condamine, Bouguer, Jussieu, Calm, Browne y tantos otros que para instruirnos han viajado por un país que los criollos habrían podido describir sin salir de su patria, si hubiesen tenido la menor capacidad, el menos gusto, la menor inteligencia? Se les juzga sin parcialidad según lo que no han hecho; porque como nunca han escrito nada, no se podría juzgarlos según sus obras; y yo pienso que esto basta para refutar la opinión adoptada por el padre Feijoo».



Los hispano-americanos leían poco o nada; pero lo que contra ellos había escrito Pauw no tardó en llegar a su noticia.

La indignación que por esto experimentaron fue excesiva.

Tres ex-jesuitas americanos, que después de la expulsión de la orden vivían en Italia, se apresuraron a salir en defensa de la patria común, a saber, el mejicano don Francisco Saverio Clavijero en su Historia Antigua de Méjico, el chileno don Juan Ignacio Molina en su Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del reino de Chile y el quiteño, o si se quiere ecuatoriano, don Juan de Velasco en su Historia del Reino de Quito, esforzándose por contradecir y refutar las aserciones del escritor prusiano.

Lo que hubo de más notable fue que los criollos atribuyeron a los peninsulares la culpa de las injurias de Pauw.

Son ellos quienes se las han dictado, decían: «Pauw se ha limitado a resumirlas».

No era esto sólo todavía.

Los peninsulares, según los criollos, se deleitaban con lo que había escrito Pauw, y lo saboreaban.

«Después que el prusiano Pauw trabajó nueve o diez años como un escarabajo para formar su pelotilla de cuanto malo habían dicho de la América y habitantes sus tiranos, escribía el mejicano Miers en 1813, los españoles han dado en regodearse con esta putrefacción para echárnosla en cara como si todavía fuésemos los antiguos indios».



Las aseveraciones de Pauw contra las facultades naturales de los americanos eran completamente inexactas, como no tardó en manifestarlo la experiencia en la tremenda lucha de la gran revolución de 1810, que hizo aparecer con brillo en la escena pública a tantos ilustres criollos, los cuales adquirieron en aquellas circunstancias difíciles merecido renombre, sea como estadistas, sea como militares.

Aunque extremadamente exageradas, eran sin embargo mucho más aproximadas a la realidad, las observaciones que Pauw hacía relativas al cultivo intelectual de los hispanoamericanos.

Ese cultivo era, por demás insignificante, o ninguno.

Numerosos son los hechos indudables que he consignado en esta misma obra, de los cuales consta que la metrópoli ponía los más serios embarazos para que los criollos se ilustrasen, no sólo cuando niños, sino también cuando adultos.

Las escuelas y colegios que había, sobre ser muy pocos, estaban pésimamente organizados.

Se ponía toda especie de trabas a la impresión o a la circulación de escritos.

La discusión pública de cualquiera clase era completamente desconocida.

Así, no era nada extraño que los dominios hispano-americanos hubieran producido muy pocos individuos en el gremio de los aspirantes a literatos o sabios.

En consecuencia, este antecedente podía aducirse, no contra la inteligencia natural de los criollos, sino contra el pésimo régimen social bajo el cual vivían.

La impaciencia misma con que soportaban la injustificable desigualdad que se había establecido entre ellos y los españoles-europeos, es la mejor manifestación de que estaban muy distantes de encontrarse en la degradación intelectual que suponía Pauw.




ArribaAbajoXIX

En los últimos tiempos de la dominación española, los colonos reclamaban sus derechos, no sólo en nombre de los principios de la justicia, sino también como el cumplimiento de un pacto expreso y solemne.

Llamo la atención sobre la siguiente cita de un escritor de la época de la revolución, el cual expone perfectamente este aspecto legal de la cuestión:

«Los conquistadores desde Colón, que cooperó con la octava parte de los gastos para ir a descubrir las Indias, la conquistaron a su propia costa, como consta de las historias. Aún prohibieron expresamente las leyes que se hiciese alguna población, conquista o descubrimiento a costa del rey. Los que se proponían hacerlo contrataban con el soberano, quien reservándose el alto dominio, cedía a lo demás a los conquistadores y sus hijos. Así cuando por las primeras leyes de Indias, se les quisieron quitar los esclavos y encomiendas, se opusieron con mano armada como contra una violación de sus contratos con el rey, quién entró en nuevos compromisos y acomodamientos, Las leyes de Indias están llenas de encargos a virreyes y amplias facultades para recompensar y hacer mercedes a los conquistadores, descubridores y primeros pobladores. Concédeseles muchas, y las de ser preferidos en los premios y encomiendas. A sus hijos y descendientes los hace hijosdalgo, y personas nobles de linaje y solar conocido, y manda que por tales sean habitados y tenidos, y les concede todas las honras y preeminencias que deben haber y gozar todos los hijosdalgo y caballeros de estos reinos de Castilla, según fueros leyes y costumbres de España. Y mandan a los virreyes que de éstos, al revés de lo que practican, compongan la parte decente de su familia, la única que puede y debe ser empleada».



Tal era lo que escribía en 1813 el mejicano don Servando Teresa Miers en la Historia de la Revolución de Nueva España, que dio a la estampa bajo el seudónimo de José Guerra.

Una de las principales causas que hicieron estallar la gran revolución de 1810 fue el anhelo de hacer desaparecer esta injustificable inferioridad en que la metrópoli había colocado a los criollos.




ArribaAbajoEl primer ferrocarril

La introducción de los buques de vapor hizo de Mr. Wheelwright un magnate y un prohombre, pero no colmó su inquietud creadora. Apenas había dejado marchando su inmortal P. S. N. C., cuando un nuevo proyecto maduraba en su mente de pioneer. Este era la construcción de un «camino de hierro» para unir la ciudad de Copiapó con el mar. Concibió esta idea en los años en que, por exigencia de sus negocios navieros, estuvo residiendo en el Puerto Viejo. Con sus minas de plata y cobre en el apogeo de la abundancia, la provincia de Atacama era lo que en su hora sería la de Tarapacá: el primer centro productor de riqueza del país. En el solo mineral de Tres Puntas había noventa minas en trabajo, y setenta en el de Chañarcillo. Acuñada en pesos fuertes, la plata anualmente extraída habría podido cubrir dos veces la plaza mayor de Copiapó... Pero aquellas vetas yacían a treinta leguas de la costa y no existía otra comunicación que un camino desamparado. Morosos convoyes de carretas y un hormiguero de cinco mil mulas y borricos transitaban con su ritmo anacrónico, transportando la carga. La demora y los altos costos de la conducción hacían la vida onerosa y tornaban impracticable la explotación de los minerales de baja ley. Sólo el ferrocarril, con su economía de tiempo y de gastos, podría dar a aquella zona todo el auge a que estaba llamada.

Correspondió al gobierno de don Manuel Bulnes, en noviembre de 1849, otorgar el permiso para la construcción de la Compañía del Ferrocarril de Copiapó, destinada a hacer de Chile el primer país de la América del Sur que adoptó el camino de hierro. A partir de 1825, en que la Locomotion de Stephenson recorriera por primera vez en Inglaterra, habíase introducido esta maravilla del siglo en Francia, Austria, Estados Unidos, Alemania, Bélgica, Rusia, Cuba, Suiza, Jamaica y España. Su adopción se había logrado al precio de porfiadas batallas contra los perjuicios de la época. Los propios ingleses habíanle hecho una oposición tenaz. En el Museo de Kensington se conserva un número de la Quarterly Review de 1819, con un artículo en que formula esta pregunta sarcástica:

«¿Hay cosa más absurda y ridícula que la idea de un wagon arrastrado por el vapor y marchando con doble velocidad que nuestras diligencias?».



Chile no fue una excepción, y bien podría su Museo Nacional exhibir el boletín de cierta sesión del Senado de 1847, en que don José Miguel Irarrázaval expresó con alarma:

«El ferrocarril va a dar un golpe de muerte a los servicios de birlochos, carretas y tropas de mulas»...



De no haber tenido Wheelwright de su parte a don Andrés Bello, que rebatió a Irarrázaval y aconsejó a Bulnes, acaso habrían pasado muchos años antes de que los chilenos hubiesen visto una locomotora.

La ley que autorizó «el golpe de muerte a birlochos y carretas» otorgaba a la empresa todas las franquicias concebibles para asegurar su éxito. El Estado le cedía el uso de los terrenos fiscales y municipales que necesitase para su línea y edificios; los rieles, máquinas, vagones y combustible se eximían de derechos de internación; una vez funcionando, no pagaría impuesto de ninguna especie; sus empleados quedaban exentos de todo cargo militar o concejil; durante los diez primeros años la Compañía fijaría a su arbitrio las tarifas de fletes y pasajes, y cuando el Gobierno estableciera las definitivas, le garantizaría una renta del quince por ciento sobre el capital. A cambio de estas garantías obligábase a los concesionarios a conducir graciosamente las valijas de la correspondencia y a cobrar a media tarifa el transporte de las tropas, pertrechos y bagajes del Estado.

Se había reunido un capital de 700.000 pesos, dividido en catorce acciones de 50.000 pesos cada una. Eran sus tenedores: con dos acciones doña Candelaria Goyenechea v. de Gallo, don Diego Carvallo y don Agustín Edwards Ossandón; con una don José Santos Cifuentes, Tocornal Hermanos, Vicente Subercaseaux, Blas Ossa, José María Montt, William Wheelwright y Matías Cousiño; y con media, Domingo Vega y Gregorio Ossa. Formaban el directorio, Wheelwright, Edwards (presidente) y el escritor José Joaquín Vallejo «Jotabeche». Superintendente fue Mr. W. G. Bullions, e ingenieros constructores los hermanos Alexander y Allan Campbell; todos norteamericanos y expresamente traídos al país.

Wheelwright recorrió a caballo la zona que iba a atravesar el ferrocarril, y llegó al convencimiento de que el lugar ideal para conectarlo con la costa sería la caleta de Caldera. Entonces concibió una idea como sólo a un yanqui podía ocurrírsele: la de levantar allí una ciudad y trasladar a ella toda la población del Puerto Viejo, situado a veintiocho kilómetros de distancia.

Entre el pensarlo y el hacerlo no dejó pasar más tiempo que el que tardó en obtener la autorización del Gobierno. Con prodigiosa celeridad, Caldera fue planificada y loteada y proyectáronse la aduana, la estación ferroviaria, el muelle y todas las secciones que harían de ella un centro mercantil. Quinientos peones iniciaron esa obra memorable, mientras que la P. S. N. C. ponía sus vapores a disposición de los habitantes para su traslado gratuito.

Nada era imposible para aquella voluntad colosal. Sus pisadas aplastaban los obstáculos e iban dejando tras de sí una polvareda de asombro.

Los rieles pedidos a Inglaterra, y las máquinas y vagones encargados a los Estados Unidos, llegaron en la Switzerland, fragata fletada por la Compañía, en el mes de junio del año 50. De antemano se estaban haciendo los terraplenes, con seiscientos carrilanos a la faena, porque en esos mismos días se había iniciado la construcción del ferrocarril de Lima al Callao, y Wheelwright deseaba a todo trance que el suyo ganase la gloria de estrenarse primero.

El nueve de noviembre, a las 12 horas, se tendía el primer riel en Caldera:

«Toda la peonada -dice un cronista- estaba formada militarmente, y en lo alto de un trípode colocose la bandera nacional».



Se hallaban presentes los accionistas y las autoridades de la provincia. Wheelwright, en mangas de camisa, pronunció el discurso de rigor, y por sus manos ayudó a colocar el acero sobre los durmientes.

La obra iba a demorar trece meses y dieciséis días en terminarse.

Con su trocha de 1 metro 44, la línea arrancó hacia el S. E. y, describiendo una curva imperceptible, enderezó al E. para seguir desde lejos la ribera norte del río Copiapó. El trabajo de los obreros (remunerados con el mejor salario de la época: de diez a doce pesos mensuales) era abrumador en ese clima donde las lluvias casi son desconocidas y donde los vientos levantan el polvo en remolinos sofocantes.

En abril del año siguiente la vía llegaba al Alto del Fraile, lugar designado para la primera estación del trayecto, a veinticinco kilómetros del punto de partida. Una de las «locomotivas», como entonces se llamaban, cumplió el recorrido de prueba y quedó establecido el servicio regular entre este punto y Caldera. La máquina se conserva hasta hoy como una reliquia. Tiene ocho ruedas, una trompa venerable y una chimenea descomunal. Su andar era de treinta kilómetros por hora. En su parte delantera se lee en caracteres de bronce la razón social de sus constructores: Norris «Brother-Philadelphia-1850»; y al pie, el nombre con que fue bautizada: «Copiapó». La pilotaba John O'Donovan, un irlandés de barba roja que vino con ella desde su país de origen y sirvió a su bordo hasta que la vejez los venció a los dos.

La llegada al Alto del Fraile del tren inaugural -con un coche de pasajeros, un carro cisterna y un vagón de carga-, señaló la victoria de Wheelwright sobre sus émulos del Perú, que sólo un mes después terminaron la línea de trece kilómetros que dejó unidos el Callao y Lima.

Aquel esfuerzo realizábase en momentos de grave incertidumbre, cuando el país sufría la conmoción provocada por Bulnes al imponer a Montt como su sucesor. Las calles de Santiago habían sido teatro de un combate en que hubo doscientos muertos, mientras que en la Frontera y en el Norte Chico la insurrección cundía preludiando la guerra civil. En tales circunstancias parecía una hazaña que la obra del progreso siguiera avanzando a través del desierto. La clave estaba en la arrolladora actividad de su empresario, quien todavía tenía tiempo para construir en Caldera una planta destiladora de agua para sus máquinas, mientras en Copiapó vigilaba los ensayos del alumbrado de gas (el primero que se conociera en el continente) y hasta asumía la gerencia de la Compañía Inglesa de Minas.

El 4 de julio la ferrovía alcanzaba a Monte Amargo, que fue la segunda estación, a cuarenta y un kilómetros del terminal de la costa.

Con la misma rapidez llegó el 15 de septiembre a Piedra Colgada, la tercera estación; el 20 de noviembre a Toledo, la cuarta, y el 25 de diciembre a la meta: Copiapó.

La distancia total era de 81 kilómetros 680 metros. En toda ella no había túneles ni puentes, pero sí una constante ascensión, que culminaba en los últimos tramos a una altitud de 370 metros sobre el mar. Quedaba terminada la construcción dos meses antes de la fecha prevista.

Al arribo del tren oficial, los once mil habitantes de la ciudad invadieron la estación y sus contornos, y cuando la Copiapó entró en el recinto arrastrando su convoy, fue saludada con una ovación. Venían dos coches de pasajeros, de cincuenta asientos, y dos carros cisterna con el agua para la máquina. Del vagón de preferencia descendieron el presidente de la Compañía y sus accionistas, los ingenieros, la señora y la señorita Wheelwright, el Intendente de la provincia y un séquito de invitados. Habían hecho el viaje en cuatro horas justas.

Al pisar el andén, Wheelwright fue tomado en andas y llevado hasta la Intendencia. Allí le esperaba una recepción fastuosa, preparada por los magnates locales. El camino de hierro les llegaba en el día de la Pascua, y don Guillermo era el Santa Claus portador de este regalo histórico.

Apenas hubo tiempo de agasajarlo. Esa misma tarde debía volver a la costa para tomar el vapor de la carrera... Pues ya otros proyectos le preocupaban, y su presencia era reclamada en el sur para trazar los planes de ejecución. ¡El mismo semejaba una locomotiva: tales eran su energía y su constancia inagotables!

Al día siguiente, el ferrocarril debía ponerse en servicio con dos trenes que partirían simultáneamente para cruzarse en el desvío de Monte Amargo. Desde temprano, una fila de viajeros esperaba ante la boletería de Copiapó...

Pero en lugar de oírse el pitazo de la máquina, se oyó del lado de la plaza un estampido de cañón.

Era la Guerra Civil que repercutía a destiempo en Atacama. No obstante que la revolución había sido sofocada (batalla de Loncomilla, con dos mil muertos) «una pandilla de futres ociosos», como les llamó la prensa copiapina, se habían lanzado a la aventura de apoderarse del gobierno de la provincia. Los acaudillaba el desconocido Bernardino Barahona, y el cañonazo era la señal convenida para dar comienzo a la revuelta.

En un dos por tres, los músicos de la banda se posesionaron de las armas del cuartel y abrieron las puertas de la cárcel para improvisar con los presos el Ejército de los libres. Un grupo de exaltados pedía la cabeza de Jotabeche, mientras éste huía hacia la costa en un birlocho de alquiler.

Los oficiales del batallón y el comandante de la milicia fueron tomados prisioneros; luego el Intendente fue echado a la calle y su casa entregada al saqueo. Cuando, horas después, intentó reducir a los revoltosos con la ayuda de los civiles, se produjo en la plaza un tiroteo que dejó en el campo muertos y heridos. Habiéndose agotado sus municiones, el Intendente tuvo que huir, y la ciudad quedó a merced de Barahona. La casa de Jotabeche fue habilitada como hospital de sangre.

Los libres establecieron el cupo forzoso y la persecución de los partidarios de Montt. La imprenta del diario fue confiscada, los paramentos de las iglesias robados para confeccionar insignias militares. El comercio cerró sus puertas y las familias perseguidas fugáronse a Caldera para refugiarse en los buques.

Primordial medida del caudillejo fue tomar el control del ferrocarril. Después de deponer a Bullions, anunció que el servicio seguiría funcionando y que «la pagarían caro» los empleados o maquinistas que tratasen de entorpecerlo.

El resto de la provincia permaneció indiferente y la revolución fue tan efímera como absurdos sus fundamentos. Una expedición mandada desde Coquimbo desembarcó en Caldera para restaurar el orden. Iba a su cargo don Vistorino Garrido, el español discípulo de Portales que en 1836 había capturado la escuadra peruana en el Callao. Los amotinados tenían en Caldera una guarnición de sólo quince individuos. Impotentes para resistir, se contentaron con estropear las piezas vitales de la locomotora en el intento de impedir el traslado de la expedición al interior. Pero en pocas horas O'Donovan tuvo los destrozos reparados y Garrido partió en busca del enemigo.

Vino a encontrarlo en el Lindero de la Ramadilla al oeste de Copiapó, y lo deshizo a la primera embestida de sus tropas. Así los «libres» dejaron de serlo y Atacama volvió a su vida normal después de trece días de zozobra. Hecho prisionero, Barahona fue llevado a Copiapó en el propio tren que trajo a su captor, para ingresar a la cárcel cuyas puertas había dejado abiertas.

Sólo entonces pudo el camino de hierro entrar a servir con regularidad. Se estableció un viaje diario en cada dirección, saliendo el de Copiapó a las 9 de la mañana y el de Caldera a las 3 de la tarde. Los «días de vapor» (cuando llegaba o salía algún «PSNC») corrían los dos equipos con sus convoyes completos. El pasaje de primera clase valía 4 pesos 2 reales. Por un peso podía llevarse un equipaje consistente en un baúl, un catre y una jaba. La carga pagaba 4 reales el quintal; el carbón y la madera, 3; el salitre, 2.

Estas tarifas eran ciento por ciento más caras que las de los vehículos de tracción animal. Con todo, los trenes corrían con su carga y pasaje completos, y muy pronto se echaron de ver los beneficios que esos penachos de humo iban esparciendo en su ir y venir por el desierto. Aumentaba el ritmo de los viajes y los negocios, afluía la inmigración, crecían las poblaciones. Caldera, mísera caleta de pescadores contaba ya con ochocientos habitantes, y un año después tendría dos mil. Tocada por la vara mágica de Wheelwright, habíase convertido en puerto mayor, con trescientos edificios, gobernación, un palacete para la Aduana, maestranza ferroviaria y un muelle sobre el cual se prolongaba la vía férrea para que la carga pasase de los trenes a los buques.

Y aún éste no era el final, pues ya los Campbell estudiaban la continuación de la línea, que harían llegar por una parte a Tres Puntas y por la otra a Chañarcillo.

Esta doble expansión hizo necesario aumentar el capital de la Compañía a un millón doscientos mil pesos y a capitalizar quinientos ochenta mil de las entradas. Transcurrirían cuatro años antes de que pudiera repartirse el primer dividendo.




ArribaAbajoNace El Mercurio y muere Muñoz

El diario más antiguo de la América del Sur lanzó su primera edición el 12 de septiembre de 1827. La modestia de sus comienzos no es menos conmovedora que la pobreza del medio en que vio la luz. Valparaíso contaba entonces veinticinco mil habitantes, y visto desde el mar se reducía a una hilera de casas extendida entre la playa y los barrancos de sus cerros. Ni el malecón ni las calles de Errázuriz y Blanco existían aún. Goletas y bergantines se amarraban donde hoy está el monumento de Prat (debajo del cual se han encontrado anclas y cadenas); y en lo que ahora es la plazuela Aníbal Pinto había un muellecito donde atracaban los botes fleteros. La calle Esmeralda (entonces calle del Cabo) exhibía un promontorio de rocas llamado la Cueva del Chivato, donde reventaban las olas en los días de temporal y donde hallaban refugio vagabundos y ladrones. Lugar tan peligroso, que el colombiano García del Río lo comparó al Cabo de Hornos. La población no disponía de alcantarillas ni agua potable: para sus menesteres estaba a merced de los esteros de las quebradas. En invierno, sus aguas inundaban y convertían la parte baja en lodazal intransitable; los vecinos del Almendral se recluían en sus quintas y se comunicaban con los del puerto por correspondencia.

Un escritor contemporáneo calificó la fundación de El Mercurio como «una atrevida especulación industrial» y «una audacia literaria». Ningún periódico local había podido sostenerse más de unos pocos meses. El Telégrafo Mercantil y Político y El Observador de Valparaíso habíanse extinguido hacía poco en medio de la indiferencia de sus lectores.

Los protagonistas de la nueva tentativa eran Mr. Thomas G. Wells, propietario de una prensa traída desde su patria, los Estados Unidos; don Ignacio Silva, funcionario de la Aduana y tipógrafo amateur; y don Pedro Félix Vicuña, que aportaba otra prensa y la mitad del capital de la sociedad en un préstamo sin intereses. Es curioso observar que este caballero había sido también el fundador de El Telégrafo Mercantil y Político. Parecía como si estuviese empeñado en dotar de tribuna a ese hijo suyo que aún no había nacido y que sería el más grande periodista nacional: don Benjamín Vicuña Mackenna.

Instalose El Mercurio de Valparaíso («periódico mercantil y político») en una casa de la subida de la Matriz, vecina al domicilio de Vicuña. En un cuarto cupieron las dos prensas, otro se destinó a la tipografía, y una sala sirvió para la redacción y la gerencia. El tipógrafo jefe era don José Escobar, de quien dice el historiador Roberto Fernández: «Había aprendido a leer conjuntamente con aprender a parar los tipos en el otro periódico de Vicuña»... ¡Así anduvo también la ortografía de El Mercurio en sus primeros tiempos!

La plana de redactores reunía a tres personalidades connotadas: don Juan Candamo, que había sido secretario del general Freire en la campaña de Chiloé; don Pedro Francisco Lira, más tarde Fiscal de la Corte Suprema, y don José Silvestre Lazo, diputado por Valparaíso y Vicepresidente del Congreso. Nunca ha podido averiguarse quién ocupaba el puesto de director; pero podemos creer que Vicuña tuvo una posición prominente, porque él mismo confesó más tarde:

«Yo redacté los primeros números del diario y lo bauticé con el nombre que lleva».



Mirado a través de la perspectiva del tiempo, parece que éste hubiese sido uno de los primeros órganos periodísticos creados en la República. Y sin embargo, desde la Aurora de Chile hasta 1827 se registran ochenta periódicos fundados en el territorio. Todos de vida efímera, como lo prueba el hecho de que al aparecer El Mercurio sólo sobreviviría El Araucano, hoja del Gobierno que se editaba en la capital.

La novedad de El Mercurio y la clave de su éxito, consistía en que era la primera publicación independiente y comercial conocida entre los chilenos. Había sido creada para servir a los negocios antes que a las ideas políticas. Por eso es que supervivió hasta convertirse en el decano del continente y en el patriarca de una familia de rotativos; uno de ellos destinado a aventajarlo en poder y tiraje; los otros, aunque no tan madrugadores, dignos secuaces de su bien plantado abuelo.

El Mercurio que salía de las prensas de Wells y Vicuña tenía cuatro páginas de 29 por 20 centímetros. Su contenido completo cabría en media página de El Mercurio de hoy. Su precio era de un real (la octava parte de un peso), y el valor de la subscripción, doce reales por cada trece números. El prospecto decía:

«Saldrá a la luz los miércoles y sábados, o sus inmediatos, cuando en los designados recayere festividad. Los SS. que gusten 'suscribirse' lo podrán hacer en esta imprenta, en la oficina de don José María Alamos y en el almacén de los SS. Alsop, Wetmore y Cryder; y en Santiago, en la esquina de don Antonio Ramos».



La hora de aparición sería las 11 de la mañana. El flamante periódico iba a ser una lectura de mediodía, o lo que es más probable, de la tarde, después de la siesta que todo hijo de Dios acostumbraba dormir.

El artículo de fondo de ese núm. 1 aparecía firmado con el seudónimo de El Pescador, y trataba de la necesidad de fundar una Academia Náutica. El autor parecía inspirado en las palabras luminosas de El Diario de María Graham:

«Chile es un país tan esencialmente marítimo, que si yo fuese uno de sus legisladores dirigiría toda mi atención y todo mi interés hacia el mar».



El Pescador sostenía que con poco gasto podía instalarse un plantel donde se formasen los oficiales de las nacientes marinas de guerra y comercio. Con 136 pesos al año se pagaría el arriendo de una casa; con 119 pesos se obtendrían los útiles (cuatro mesas grandes con ocho bancos, una pizarra, cuatro reglas, un estuche de matemáticas, las obras de Ciscar y las tablas de Gardier, más el papel, la tinta, lápices y tiza); y con 1.000 pesos se remuneraría al preceptor:

«¿Será posible -se preguntaba- que Chile, destinado por la naturaleza a ser el país más comercial de Sudamérica, carezca del establecimiento que debe poner a sus hijos en aptitud de fomentar su comercio, su crédito y su felicidad?»



Una nota de los editores decía que se insertarían todos los avisos que se les dirigiesen, y en cualquier idioma. La tarifa era de un peso por la tres primeras inserciones y un real por cada una de las siguientes, sin salirse del tamaño regular que era de tres centímetros de alto por el ancho de la columna.

El diario que ha batido en Chile todos los récords de anuncios comerciales, se inició con tres avisos; tres pequeños avisos que son como el símbolo de las imprevisibles posibilidades de crecimiento que hay en cualquiera obra humana.

En el primero de estos anuncios, el señor Eduardo L. Scott ofrecía aceite de ballena, carne salada, manteca de puerco y los aparejos de los buques náufragos Hero y Canadá.

En otro, la casa de Tomás Eduardo Brown y Cía. anunciaba el zarpe del muy velero bergantín inglés Velocidad para el Callao y con escala en Quilca. Carga y pasajes podían contratarse en su oficina o a bordo de la nave acudiendo al capitán.

El tercer anuncio avisaba la salida, para el mismo destino, del también muy velero bergantín Americano chileno: «Para flete o pasaje véanse con sus consignatarios: Alsop, Wetmore y Cryder».

Entre las informaciones generales se hacía saber que había en el hospital cuarenta y siete enfermos, y en la cárcel, treinta y seis presos. El día anterior había llovido con viento norte; en los momentos de lanzarse la edición el viento persistía, aunque sin lluvia, marcando el barómetro 30.09 y el termómetro 62º Farenheit.

En la bahía hallábase de estación una escuadrilla de tres buques de guerra ingleses, en uno de los cuales, la fragata Doris, enarbolaba su insignia el comodoro Sir John Sinclair. Recientemente había entrado el transporte Wellington, con 33 días desde el Callao, trayendo víveres para la flotilla; el bergantín norteamericano Conway, con 33 días desde Guayaquil y carga surtida; el bergantín inglés Isabela, con madera y 11 días desde Chiloé; y la fragata nacional Minerva, de recalada forzosa por causa de un accidente en la arboladura. Durante los tres últimos días, ningún barco había entrado o salido de ese puerto soñoliento...

Pero si nada extraordinario sucedía en el mar, en tierra firma habían ocurrido acontecimientos que conmovieron al país y que el propio cronista calificaba de «escandalosos y horribles».

Tratábase de un hecho de sangre con proyecciones de conflicto internacional, acaecido tres noches atrás en un entreacto del Teatro Cómico. Era ésta la única sala de espectáculos y hallábase situada donde hoy están los Tribunales de Justicia. Se la describe como una barraca de madera cuyo escenario se iluminaba con velones de sebo metidos en candilejas de lata. El primer actor era el andaluz Francisco Cáceres, sargento en los fuertes de Corral cuando Lord Cochrane se lo tomó por asalto. Ganaba seis pesos por función y lo secundaba un elenco chileno español sacado de la nada por el empresario don Domingo Arteaga.

Se había levantado el telón para el cuarto acto de la tragedia que debía culminar «con la injusta muerte del virtuoso Juan de Calaz -dice la relación de El Mercurio- cuando inopinadamente es sustituida aquella tierna y triste escena por la escandalosa y horrible que tuvimos el pesar de presenciar».

Un grupo de oficiales de la Doris, en estado de ebriedad ruidosa, había entrado a la sala, completamente llena, buscando donde acomodarse. De pronto el teniente John Fullarton cogió a un espectador por la solapa y trató de sacarlo de su asiento. Como éste se resistiese, el inglés lo abofeteó en el rostro y enseguida sacó su pistola y apuntó sobre él. A los gritos de la concurrencia acudieron el comandante de serenos y un oficial de la artillería, que se interpusieron entre el energúmeno y su víctima. Se produjo un tumulto indescriptible. En el intento de restablecer el orden, el mayor de plaza mandó a uno de sus subalternos, el sargento José María Muñoz, a arrestar al matón. Cosa que no pudo hacerse, pues al instante Fullarton disparó su arma y Muñoz cayó a sus pies sin un grito. Minutos después agonizaba en los brazos de su jefe.

En medio de la batahola, el hechor escapó a la calle sin que atinasen a atajarlo. Sólo fue posible detener a dos o tres de sus compatriotas para llevarlos al cuartel como rehenes.

Ahí llegaron el gobernador militar, general Lastra, el cónsul inglés, R. Nugent, y el comodoro Sinclair. Éste obtuvo la libertad de los detenidos, y el gobernador, a su turno, se hizo prometer que el asesino sería entregado.

Pero el suceso no había de terminar aquí. Temiendo que la exaltada multitud atacase en represalia el comercio y súbditos británicos, Sinclair había mandado que la marinería de desembarco de su escuadrilla se viniese a tierra como medida de previsión.

«Todo parecía concluido -refiere el cronista de El Mercurio cuando el desembarque de la tropa inglesa y sus movimientos dirigidos a cortar la nuestra, que se retiraba a su cuartel, despiertan el antiguo y bien acreditado coraje de los hijos de Arauco y en el momento un grito general de alarma se oyó sonar de un extremo al otro de la ciudad. Los señores comisario de guerra y marina, don Victorino Garrido, don Joaquín Ramírez y otros, vuelan al cuartel de artillería, arman y municionan la tropa y ciudadanos; y en pocos momentos todo estaba del mejor modo preparado para conservar la independencia nacional y cubrir de terror y vergüenza a los incautos que tuviesen la temeraria arrogancia de provocar nuestro denuedo».



El vecindario se había echado a la calle y circulaba en medio de una excitación contagiosa, profiriendo gritos ofensivos contra el «invasor». Una mínima incidencia habría podido encender la chispa del desastre. Éste se evitó cuando el comodoro inglés, accediendo a las instancias del gobernador, optó por reembarcar sus fuerzas, a tiempo que la tropa local entraba también a su cuartel.

A la mañana siguiente, Sir John fue a ver a Lastra para comunicarle que Fullarton se hallaba a bordo de la Doris.

Hubo un cambio de notas. El gobernador insistió en que se le entregase al culpable para juzgarlo según las leyes del país. Sinclair contestó manifestando que él y los suyos tenían «ansias» de que se hiciera justicia, y que el propio Fullarton deseaba se realizase «la más completa investigación...».

El asesino de Muñoz fue entregado, y para juzgarlo se constituyó un Consejo de Guerra presidido por el teniente coronel Lasalle e integrado, entre otros, por los coroneles Beauchef y Rondizzoni.

Lo que hubo entre bastidores es cosa ignorada; sólo se conoce el fallo, según el cual: «...no hallando al acusado convencido del crimen por el cual se le puso en consejo de guerra, mandó que se le dé por absuelto y se le ponga en libertad».




ArribaAbajoChilenos en California

«Eran diablos vomitados del infierno en otro infierno peor; y han dejado un recuerdo imborrable de su pujanza y bravura».

Alusión a los mineros chilenos.


El Eco, San Francisco, 1880.                


El descubrimiento del oro de California se supo en Chile el 19 de agosto de 1848 con la llegada a Valparaíso del bergantín nacional J. R. S., que procedía de Yerba Buena conduciendo un cargamento de sebo y cueros. Su capitán, Alfredo Andrews, enseñaba una bolsa de polvo aurífero comprado allí para dar prueba de la veracidad de sus nuevas. Porque el corsario Drake había dicho de California: «No hay tierra que merezca ser tomada, pues no existen indicios de oro»... La inmensa riqueza había sido denunciada en un arroyo próximo al río Sacramento, en las pertenencias del colono suizo Juan Augusto Sutter, al hacerse las obras de instalación de un aserradero. La codicia, informaba el capitán, había trastornado a las gentes, haciéndolas acudir desde todos los lugares en pos de una rápida fortuna. Las tres cuartas partes de la población de Yerba Buena había emigrado a los lavaderos; la aduana y el periódico local se hallaban paralizados por la deserción de sus empleados, y el propio J. R. S. se había visto en la inminencia de perder su marinería. Se aseguraba que todos los ríos de California arrastraban oro y en cantidades tales que jamás podría agotarse.

Recién aquel territorio acababa de pasar de la soberanía mexicana a la estadounidense, como resultado de una guerra de conquista que costó la vida de cincuenta mil combatientes. Habíase firmado la paz, pero una vorágine mayor, una cosa nunca vista en la historia de la humanidad iba a sobrevenir enseguida, hasta hacer olvidar las escenas de los campos de batalla.

Las informaciones de Andrews produjeron el efecto de una campana tocando a rebato. Y es que Chile estaba idealmente dotado para hacerse partícipe de la fiebre. País de minas y lavaderos por excelencia, tenía listo el contingente humano; país naviero con cien buques que servían toda la costa del Pacífico, podía transportar a San Francisco con mayor rapidez que los propios norteamericanos del Atlántico. Agréguense todavía las características, buenas o malas, de la idiosincrasia nativa -el amor a la aventura, el desprecio de las penalidades y el espíritu especulativo-, y se tendrá explicada la prontitud con que el chileno acudió al llamado de California.

Ningún otro acontecimiento ha dado a la nacionalidad ocasión de expedirse de manera tan descollante. Para los más fríos historiadores fue motivo de asombro, y ya en nuestros días parece una leyenda. Y tal impresión se acentúa si recordamos que el Chile de entonces contaba millón y medio de habitantes y que sus gobiernos negaron a los que emigraban toda protección y auxilio, abandonándoles a su suerte en las aflicciones en que se vieron envueltos.

Con sus triunfos, y hasta con sus excesos, estos hombres crearon una tradición viril y puede decirse que ni la diplomacia ni el arte ni las victorias militares han hecho por el lucimiento exterior del país lo que esta muchedumbre de aventureros.

Por eso su historia perdurará con los honores de un episodio insigne, en el que ha de hallarse una fuente de inspiraciones.

El 12 de septiembre, veintitrés días después del arribo del J. R. S., zarpaba de Valparaíso la fragata Virginia, con carga surtida y cuarenta y cinco pasajeros, rumbo a la tierra dorada. Dueño del cargamento y del buque era don Josué Waddington, que jugaba a esta carta la mitad de su fortuna. A bordo iba otro audaz, don Carlos Armstrong, con su esposa y una cuadrilla de ocho peones: José Videla, Felipe Carvajal, Santos Vergara, Juan Ferreida, José Bustamante, Bernabé Morales, Cruz Díaz y José García, equipados con tiendas de campaña, cocina, herramientas, provisiones de boca y armas de fuego. Don Tomás O'Neill y don Juan Ellis iban cada uno con su señora y tres hijos; y don Enrique Poett, con su esposa, una hermana y seis niños. Hecho que parecería increíble si no constase en las listas publicadas por los diarios contemporáneos.

A los diez días de haberse dado la Virginia a la vela, la seguía la barca Undine, despachada por G. L. Hobson; a poco después, la fragata Mercedes, de J. R. Sánchez. Luego, a intervalos cada vez más cortos, hasta el fin del año, salieron la barca Dolores, de Álvarez e Hijos; la goleta Rosa, de J. Wilson y Cía.; la fragata Minerva, de Loring y Cía.; el bergantín Thili, de George Cook; la fragata Ana Mc. Kim, de Mickle y Cía.; el bergantín-goleta Correo del Pacífico, de José Cerveró; el bergantín Talca, de J. Waddington; las fragatas Chile, de Hemengway y Cía.; Confederación, de José Squella; Julia de Fauché Hnos., y la francesa Staouely, procedente de El Havre. Y ésta no era más que la vanguardia que iba a reconocer el terreno. Previendo que en la salvaje California no habría cultivo alguno, los industriales habíanse lanzado a especular con la harina y los frutos del país, disputándose los barcos disponibles para remitir sus cargamentos. Pero estos barcos eran a la vez tomados al asalto por hombres cuya impaciencia asumía caracteres de furor. Se hicieron comunes las filas los desórdenes ante las oficinas de pasajes. A la media hora de haber publicado su aviso, la Staouel y quedó repleta de gente hasta los pasillos. ¡No importaba dormir a la intemperie, asfixiarse en la cala o exponerse al escorbuto; la cuestión era llegar allá!...

Entre los pasajeros iban el joven Vicente Pérez Rosales y tres de sus hermanos, miembros de una sociedad cuyo capital eran unos sacos de provisiones y 250 pesos en dinero. Su cortedad de recursos no debe extrañar, porque todos, cual más cual menos, partían como ellos: a la buena de Dios.

En el mismo buque había logrado introducirse la galante Rosa-León, «mujer fresca y donosa todavía», al decir de Pérez Rosales. Aparte de su atavío de seda y su sombrilla, no llevaba consigo más que su intrepidez y sus artes femeninas. No tardarían en hacer escuela, alentando con su ejemplo a decenas de cofrades -como Remigia Gallardo, Peta Guerrero, Margarita Fernández-, a ir a extraer el oro... de los bolsillos de los mineros.

San Francisco había sido una caleta de poco más de cuatrocientos pobladores, dedicados al comercio de trueque con los indios y al aprovisionamiento de los balleneros que aportaban en su rada... De la noche a la mañana, en un vuelco que no tiene precedentes en la trayectoria del mundo, esta aldehuela había pasado a ser el lugar más célebre, pintoresco, dinámico y peligroso de la tierra. Su historia anecdótica, en los veintitantos años que duró la golden fever, es el tema que ha ocupado el mayor número de escritores romancescos; y sería difícil hallar otro que ofrezca más variadas sugestiones para el estudio de la locura y el heroísmo humanos.

Al arribo de las avanzadas de la emigración chilena, el magno desbarajuste estaba ya en su apogeo. La mayor parte de los navíos surtos en el puerto hallábanse abandonados, porque sus tripulantes habían desertado en masa para correr los placeres (como se llamaba a los lavaderos). Vacío estaba también el cuartel de la guarnición, porque otro tanto habían hecho las tropas que el gobernador mandara desde Monterrey en el intento de restablecer el orden. Nadie resistía a la tentación diabólica. Para retener a sus marineros, los capitanes tenían ahora que vigilarlos pistola en mano o encerrarlos en bodega mientras duraba su permanencia.

La población urbana se multiplicaba con celeridad prodigiosa: ya había seis mil habitantes, muchos de ellos instalados en carpas y ranchos, mientras la edificación de madera iba creciendo con la rapidez con que se arma un escenario. La moneda corriente era el oro en polvo, y la gente ocupada en la ciudad se lo hacía pagar a una tasa exorbitante, bajo la amenaza de marcharse a los placeres. El último picador de leña ganaba lo que en el mundo organizado ganaría un gerente de Banco, sin mayor provecho, desde luego, porque todos los costos se habían ido a las nubes.

En este medio inclemente, sin ley ni Dios, el que fracasaba o caía no debía esperar que le socorriesen. Nunca, en parte alguna, se han visto los cambios de fortuna y los contrastes sociales que a diario ocurrían en San Francisco. Con asombro mezclado de lástima, los pasajeros chilenos encontraban a compatriotas venidos a menos sirviendo en menesteres humildes, a pie descalzo y con sus levitas convertidas en harapos. Uno de ellos, Pablo Hamilton, ganaba su pan en un bote fletero, asociado con un negro cuya cama compartía. Otros, desalentados por sus penurias, volverían a la patria en completo estado de miseria.

En rigor de verdad, California sólo fue propicia para estos dos aportes de Chile: los frutos de la tierra y las mujeres. Su absoluta escasez en el Estado determinó que las harinas, los vinos, el charqui, los fréjoles y Rosa León obtuviesen un triunfo rotundo. La plaza absorbía inmediatamente los cargamentos, pidiendo otros nuevos, y pagaba por la harina hasta cinco veces su valor en el país de origen. En cuanto a Rosa, se sabe que los interesados vinieron a buscarla a bordo y saltó a la playa con su clientela formada.

Contrastó con este éxito el fiasco de los empresarios de cuadrillas (de los cuales Hamilton era un ejemplo), a causa de la veleidad de sus peones. Contratábanse con el solo propósito de que sus patrones les pagasen el pasaje; una vez en tierra -a sabiendas de que en los lavaderos no se precisaba más que el esfuerzo personal- les daban la espalda y se iban a trabajar por su cuenta.

El chileno llegaba a los placeres con larga delantera sobre el yanqui. Desde Valparaíso a San Francisco los veleros cruzaban en sesenta días con holgura; en tanto que desde Nueva York, doblando el Cabo de Hornos, tardaban de tres a cuatro meses. Quedaba a los neoyorquinos el recurso de irse por tierra; pero atravesar su inmenso país, en aquella época, era más que una aventura, una hazaña. Sin ferrocarriles ni caminos, debían viajar a través de desiertos, selvas, ríos y cordilleras, por más de ochocientas leguas, en pesados carromatos que rodaban envueltos en nubes de polvo y muchas veces no alcanzaban a su destino a causa de los ataques de los indios o de las penalidades del viaje. Esto explica su tardanza en llegar a un lugar de su propio territorio que ya estaba invadido por gentes de países remotos.

Y explica también la violencia con que entraron a competir. Porque el saberse aventajados encendió en ellos una especie de ira patriótica, que unida a su codicia, les empujó a las peores tropelías. A los pocos meses de su aparición ya había un millar de muertes por asesinato (que por cierto quedaron impunes), contándose entre las víctimas los jóvenes santiaguinos Valentín Sanfuentes, Manuel Hoevel y José Izquierdo. Un peón chileno escribía en carta publicada en El Mercurio:

«Anduvimos con suerte al principio, junto con los demás, hasta que un tropel de gringos envidiosos nos quitaron lo mejor del placer; pero yo despaché a dos, que a estas horas estarán gozando de un placer más grande, si es que en el cielo reciben a los gringos».


La expresión de «gringos envidiosos» contiene la clave de la ojeriza que los norteamericanos cobraron a los chilenos. Un periodista peruano describía en El Comercio de Lima esta desigual competencia:

«Los yanquis, totalmente ignorantes en este trabajo, se veían burlados aunque cavasen una fosa. El chileno, con su ponchito y su daga al cinto, iba paso a paso, daba unos cuantos barretazos y ponía la tierra en su batea, la daba vueltas a la orilla del arroyo, embolsaba su onza de oro y se iba a comer su charqui y su frangollo»...


Los sangrientos episodios que ambos bandos protagonizaron, fueron la consecuencia de esa emulación.

El roto, minero insuperable, pudo haber amasado tesoros... pero lo perdieron la prodigalidad, tara de su raza, y su irritante vicio del juego. Con la misma ligereza con que llenaba su bolsa en la batea, la vaciaba en la mesa del monte, que él introdujo en los campamentos y que pronto cundió por todo el Estado. En una tarde tiraba la ganancia de una semana de trabajo agobiador -como si sólo para eso hubiese ido desde tan lejos-, y volvía a su eterna condición de indigente.

A la criminalidad y al desamparo sumábanse los rigores de un clima malsano, propenso a la fiebre amarilla y tifoidea; las continuas incursiones de las tribus indígenas y los ataques de las fieras. La distancia a la costa era de veinte leguas, en su trayecto no había alimento ni auxilio alguno y sólo podía viajarse a pie, porque el caballo había ido encareciendo desde cinco pesos hasta quinientos.

Pero los hombres seguían afluyendo al nuevo El dorado por tierra y mar, desde todos los rincones del globo. En pleno invierno, los navíos doblaban el Hornos desafiando los huracanes; y Valparaíso, escala de descanso obligada, cobraba la animación de un puerto europeo. Hasta doscientos buques solían contarse en sus fondeaderos, y hubo días en que entraron cincuenta, llenando el panorama con sus velas. Las casas proveedoras hacían su agosto; los hoteles y tabernas no daban abasto en la atención de los pasajeros. Ruidosas comparsas de americanos inquietaban el barrio alegre. El eco de su rivalidad con los nativos había repercutido aquí, y el encono popular no tardó en manifestarse en sangrientos choques callejeros.

En medio de esta atmósfera caldeada, la emigración y el comercio prosperaban sin contratiempo. Toda la harina que podía obtenerse era llevada a la costa, y todos los barcos capaces de llegar a la Golden Gate se contrataban para su conducción. Instaláronse nuevos molinos y compráronse o construyéronse nuevas fragatas y goletas. Josué Waddington, de Valparaíso, y Pedro del Río, de Talcahuano, doblaron el tonelaje de sus flotas. En Constitución, solamente, había siete astilleros trabajando para ellos.

Corrían a California setenta veleros. Con todo, no alcanzaban a servir la demanda de pasajes, porque la fiebre cundía y tomaba caracteres de éxodo. No hallando en qué irse, un grupo de jóvenes fletaron una balandra desvencijada y se lanzaron caleteando costa arriba. Después de mil peripecias tuvieron que abandonarla inundada en Guayaquil para seguir en un vapor que accedió a recogerlos.

De todas las nacionalidades latinoamericanas, la chilena vino a ser la que más copiosamente acudía a San Francisco. Permanentemente había de veinte a treinta de sus buques en el puerto, y no pasaba un día en que no entrase o saliese alguno. A semejanza de los chinos, que formaron su barrio propio, Chinatown, se habían ido agrupando en una quebrada que llamaron «Chilecito», al pie del Telegraph Hill. Allí prosperaban don Felipe Fierro, editando El Eco; los hermanos Pérez Rosales, regentando su «Restaurante de los Ciudadanos»; y don Samuel Price, haciendo las veces de cónsul extraoficial y patriarca de la colonia.

Su penetración se hacía sentir hasta en Sacramento, cincuenta millas al norte. Chilena fue la Natalia, primera barca de alto bordo que se atrevió a llegar allí, remontando la corriente del río. Y chilenos los hermanos Leandro y Manuel Luco, que dotaron al pueblo de su primer hospital de caridad para aliviar los estragos de las epidemias.

Marysville, un pueblecito, y Washington City, una pequeña ciudad, nacieron y crecieron por el esfuerzo de don José Manuel Ramírez y don Buanaventura Sánchez. Washington City -una gloria para su fundador-, fue asentada a ocho millas al norte de Sacramento y a veinte horas de navegación de San Francisco. La planta de la ciudad se hallaba dividida en manzanas de doce sitios simétricos, con 17 varas de frente por 33 de fondo. Todos los nombres de las calles evocaban lugares y personajes de la patria del fundador: Valparaíso, Constitución, Cochrane, Waddington, Bulnes, Ossa, Blanco Encalada... Se edificó y pobló con rapidez y no tardó en llegar a ser una digna rival de Sacramento. Hoy cuenta 100.000 habitantes.

Para aquilatar el mérito de estos triunfadores, es necesario completar la pintura del medio, donde el desorden había alcanzado su paroxismo. San Francisco era la escena de un desenfreno infernal. Funcionaban ciento cincuenta garitos, que esperaban día y noche repletos de toda clase de gentes, incluso mujeres y niños. Eran salones decorados con motivos obscenos, y hallábanse libres de todo reglamento o control. Las reyertas y tiroteos ocurrían a diario, provocando escándalos que alarmaban a la ciudad. En su libro The New and the Old, J. W. Palmer refiere que durante un baile de máscaras en el Washington Hall (1849), la beatiful Chilean Spitfire Mariquita apuñaló por celos a la hermosa Camille La Reine. Poco después, en el salón «La Señorita», Camille se vengó cortando con un corvo el pescuezo de su enemiga. Bataholas parecidas producíanse a la puerta de los prostíbulos, como consecuencia de la escasez de mercadería femenina (una mujer por cada doscientos hombres), y donde los impacientes se habrían paso con los puños o revólveres.

En The Beginnings of San Francisco, Zoeth S. Eldredge ha evocado su peor calamidad: la aparición de los Galgos:

«Una organización formada por la hez del desbandado regimiento de voluntarios de Nueva York, mezclado con bandidos de Australia y la crema de la plebe de la ciudad, capitaneados por un tal Samuel Roberts, desfilaba por las calles con tambores, flautas y banderas flotantes. Se llamaban a sí mismos los Galgos o Reguladores, y so pretexto de velar por la seguridad pública, se inmiscuían en todo y cometían toda suerte de ultrajes. Abusando de la fuerza de su número y de sus armas, exigían contribuciones del comercio y los vecinos para sostener su organización».


Por un tiempo fueron el azote de la comarca, hasta culminar con un acto de bandidaje a la luz del día: el asalto al barrio chileno.

No se sabe con qué motivo -posiblemente el del rechazo de sus exigencias- Chilecito fue atacado, saqueado y destruido por estas langostas humanas. Sus moradores no tenían medios de defensa y fueron cogidos, para colmo, de sorpresa. Todo lo que pudieron hacer fue contestar con una lluvia de piedras, cuando ya sus carpas y barracas estaban arrasadas o eran pasto del fuego.

Tal fue la indignación popular, que un pacífico mormón, se trepó al tejado de su casa y arengó al pueblo para organizar la persecución de los criminales. De resultas de este meeting, se improvisó una guardia cívica armada de pistolas y cuchillos, que después de un día de faena logró acorralar a una parte de la banda. Dieciocho de sus miembros, entre ellos el propio Roberts, fueron maniatados y llevados a bordo de un buque de guerra.

Pero el mal tenía raíces muy hondas para que pudiera extirpársele. Los galgos actuaban simultáneamente en el interior, allí donde era imposible perseguirlos.

Montados en veloces caballos, desvalijaban a los viajeros en la soledad de los caminos o caían sobre los campamentos de los placeres, despojando a los mineros para desaparecer enseguida sin dejar rastro. Estos asaltos con frecuencia daban ocasión a terribles represalias, librándose combates que dejaban el campo ensangrentado. Entre los más famosos se recuerda el que tuvo lugar en las márgenes del arroyo de las Calaveras, cerca de Stockton.

Una cuadrilla de chilenos y mexicanos había descubierto un rico lavadero, y se hallaban tranquilamente trabajándolo cuando llegaron los galgos, en doble número, a disputarles el sitio. Trabados en lucha, los mineros se encontraron abrumados y tuvieron que retirarse. Ingenuamente presentáronse ante el sheriff de Stockton pidiéndole amparo. Este no tenía los medios para hacerles justicia y les instó con franqueza a que se la hicieran por sí mismos... No necesitó repetirles el consejo. En su furioso deseo de recuperar el placer y tomarse venganza, la cuadrilla preparó un malón al estilo araucano. Durante una semana anduvieron sus hombres reclutando gente y proveyéndose de armas. Al cabo de esta búsqueda formaban un batallón de doscientos individuos equipados de revólveres, corvos, garrotes y boleadoras.

Su regreso al Calaveras fue un hecho digno de los fastos californianos. El encuentro duró dos horas y tiñó de rojo las aguas del arroyo. Armados de fusiles, los galgos llevaban la ventaja, pero las balas se agotaron y fue menester recurrir al arma blanca. Entonces intervinieron los corvos. Trece galgos perecieron al instante, otros tantos quedaron moribundos y dieciséis cayeron prisioneros. Ni uno solo escapó. Después de una paliza epilogal, los vencedores amarraron a los sobrevivientes y los llevaron a Stockton para entregarlos al sheriff. Luego volvieron a instalarse en el reconquistado campamento.

Con todos los golpes recibidos, los galgos rebrotaron todavía. De entre sus últimos atentados se hace necesario consignar, por su ferocidad y por sus consecuencias, el que perpetraron en las personas del minero chileno Joaquín Murieta y su esposa mexicana Carmela Félix. Crimen que conmovió a la propia insensible California y fue la causa de una nueva secuela de horrores.

Murieta, un honrado mozo natural de Quillota, había ido a San Francisco para unirse a su hermano Carlos y marchar en su compañía a los placeres. Su nombre y su vida habrían quedado en el anonimato si la espantosa afrenta de que le hicieron víctima no hubiera venido a torcer su destino.

Hallábase un día con un grupo de compatriotas trabajando en un lavadero por ellos descubierto, cuando la repentina llegada de los «reguladores» les dejó a merced de sus rifles. Robaron hasta las prendas de vestir de los mineros; y por mero afán de exterminio dieron muerte a los que no alcanzaron a huir. Reducido a la impotencia, Murieta presenció el asesinato de su hermano y luego el de su esposa, a la que previamente violaron. Él mismo cayó con graves heridas y salvó porque sus victimarios lo dieron por muerto.

La historia no lo dice, pero es evidente que aquel horror le dejó trastornado.

La transformación de su personalidad operose de manera espectacular. Casi de un día para otro, el «honrado mozo» aparece en los caminos a la cabeza de una banda de salteadores: la más numerosa y sanguinaria que registran los anales del Golden State. Una caballería de trescientos individuos -nuevamente chilenos y mexicanos-, lo seguía como a un condotiero. Dónde y cómo reclutó a sus adeptos, es un enigma; sólo se sabe que iban tras un propósito vengativo: causar todo el daño posible al enemigo común: el yanqui. Lugarteniente eran el mexicano Reinaldo Félix, hermano de Carmela, y los chilenos Juan Tresdedos, Luis Carrera, Pedro González, Joaquín Valenzuela y Juan Evangelista Reyes.

Durante tres años (1850-53), Murieta asoló esas comarcas sin compasión ni descanso. Sus fechorías han dado tema a romances, dramas, novelas y películas. El francés Robert Hyenne, autor del folletín El bandido chileno Joaquín Murieta en California, dice que «todo el país del oro, desde México a Oregón, desde la Montañas Rocosas hasta el mar, conserva el recuerdo de ese hombre a quien el robo y el crimen hicieron célebre».

Seguirlo en su trayectoria sería consagrarle un nuevo volumen. Bastará decir que vengó hasta la saciedad la sangre de Carmela y de Carlos. Sus víctimas se contaron por centenares y los miembros de su banda llegaron a enriquecerse con el botín de los salteos. Ciñéndose a la táctica de los montoneros, estos hombres operaban divididos, lo que les permitía actuar simultáneamente en distintos lugares y desconcertar a las fuerzas encargadas de perseguirlos.

Las autoridades ofrecieron recompensas en dinero para quien entregase al damned Chilean vivo o muerto. Un día, al entrar en un pueblo del valle de Estanislao, el salteador se detuvo a leer el cartel de la afeita: «Se dan cinco mil dólares a quien entregue la cabeza de Joaquín Murieta». Tranquilamente se apeó y escribió debajo: «Yo doy diez mil»; y puso al pie su firma.

El solo atenuante de sus delitos es que no robaba para sí, pues el dinero no le importaba y lo cedía a sus secuaces. No tuvo otro móvil que la venganza.

Pero esto no lo eximió del ajuste de sus cuentas con la ley. Harto de sus hazañas, el gobernador había comisionado a un jefe militar, el capitán Harry Love, para que lo persiguiese en una batida a muerte por todo el Estado. Al mando de un poderoso cuerpo de jinetes, Love patrullaba los caminos en centenares de millas a la redonda siguiendo su rastro.

Una noche, al cabo de un mes de persecución, le dio alcance y lo hizo caer en una emboscada. Murieta vio morir a su alrededor a todos los hombres, salvo unos pocos que pudieron escapar; y finalmente él también rindió su vida acribillado por las balas. La fama dice que expiró con el nombre de su esposa en los labios.

Para escarmiento, su cabeza fue llevada a Stockton y exhibida en alcohol en un local público, al que se invitaba mediante vistosos carteles murales:

«Puede verse la cabeza de Joaquín Murieta. Esquina de las calles de Haleck y Sansón. Entrada, un dólar».


El fin de Murieta consternó a los veinte mil chilenos que a la fecha residían en California. Pero fue también indicio de que el gobierno empezaba a imponer el orden. Cierto es que en San Francisco se estaban haciendo remates públicos de mujeres y que una ola de incendios intencionales tenía a la ciudad en constante alarma; pero éstos eran los residuos de la anarquía de los últimos años. Frisco contaba ya con 40.000 habitantes y su puerto albergaba seiscientos buques. En las tierras del interior habían comenzado a explotarse las maderas y a cultivarse las viñas y los trigos...

De estos súbitos progresos se tuvo noticia en Chile; pero la sed de ganancia no dejó a sus especuladores darse cuenta del peligro y los productos nacionales siguieron ofreciéndose a altos precios. Don Benjamín Vicuña Mackenna confiesa haber salido de Valparaíso con un cargamento de harina que compró a ocho pesos el saco para venderlo en San Francisco a cuarenta y cinco.

Cuando, por fin, se quiso reaccionar, ya era tarde: California se estaba abasteciendo por sí misma. ¡La tierra que se creyó improductiva, era un vergel, y su agricultura iba a reportarle más riqueza que todos los placeres descubiertos y por descubrirse!

Bruscamente los exportadores chilenos perdieron aquel mercado que durante seis años les perteneciera. Y diose el caso de navíos que tuvieran que volverse con sus cargamentos sin haber logrado realizarlos.

Entonces se revisó con nostalgia la estadística de esas exportaciones que tocaban a su término:

1848$250.195
1849$1.835.460
1850$2.445.868
1851$2.067.603
1852$2.203.729
1853 $1.674.367
1854$705.470
1855$275.763

Para hacer más completa esta derrota, aconteció un hecho memorable:

Arribó a Valparaíso un buque norteamericano con quinientos barriles de harina producida en California, ¡y se vendió, el día de su llegada, a más bajo precio que la del país!

Pero si los Estados Unidos triunfaban por su potencia económica y su industria mecanizada, Chile una vez más iba a salvarse por su estrella misteriosa.

Precisamente cuando empezaba su ocaso harinero y vinícola en California, habían llegado a sus playas la nueva del otro prodigio del siglo: el descubrimiento del oro en Australia... Y como también era ésta una tierra salvaje e invadida por muchedumbres, buscó y encontró un mercado tan vasto como el que perdía en Norteamérica. Su infatigable marina mercante (con Waddington a la cabeza) empezó entonces a cruzar el Pacífico descongestionando las bodegas de Valparaíso para ir a llenar las de Melbourne y Sidney con ventaja sobre las flotas de la propia Inglaterra.

Y así, mientras bajaban las cifras de la exportación a California, subían a saltos las de las ventas al nuevo consumidor:

1852$23.930
1853$259.473
1854$878.429
1855$2.698.911

Ocioso es decir que el oro australiano provocó una nueva corriente emigratoria. En pos suyo partieron los hombres que no encontraban cómo trasladarse a San Francisco; y muchos pasaban desde la propia California viajando en buques de carga.

Y es que la vida en el medio californiano se había vuelto un caos total. Con regularidad aterradora la prensa relataba los episodios que tenían lugar «entre blancos y chilenos»: asaltos, incendios, asesinatos. En uno solo de estos ataques, perpetrado en Courtelville el año 56, diecisiete miembros de la colonia hallaron la muerte. Con la doble desventaja de su inferioridad numérica y su condición de extranjeros, tuvieron que llevar lo peor de la lucha, y esto obligó a los menos resueltos a abandonar el campo.

Verdad es que estas persecuciones tuvieron una virtud: la de acrecentar la cohesión y el calor nacionalista de los perseguidos. Formaron una especie de hermandad. En muchos de sus campamentos la bandera de la patria permanecía enarbolada -lo que erróneamente se interpretó como una provocación-, y la fecha del 18 de septiembre era festejada con fervoroso entusiasmo.

«Los chilenos residentes en San Francisco -dice una crónica de 1858- estuvieron de gala: el aniversario de la independencia de Chile fue suntuosamente celebrado. Por la mañana una salva, y otras a las 12 y al anochecer. Varias casas aparecieron ornadas con pabellones. La fragata Matador, anclada en la bahía, presentaba un magnífico golpe de vista con su profusión de gallardetes y banderas. El templo en donde se celebraron los oficios tenía izado un emblema tricolor en la cúpula del campanario».


Esta devoción no la enfrió el tiempo. Al sobrevenir la guerra con España, en 1865, formáronse clubes patrióticos en todas las poblaciones del Estado, a iniciativa de don Onofre Bunster, para ayudar a la nación en sus aprestos bélicos. Producto de estas colectas fue un envío a Santiago de diez mil dólares, en cuya lista de erogaciones había óbolos hasta de centavos, recogidos entre los gañanes de los placeres.

Ya por entonces, al cabo de quince años de explotación, el rendimiento de las faenas auríferas había empezado a mermar; y esta animosa gente se iba yendo a la búsqueda de mejores horizontes: las minas de plata de Nevada, el ferrocarril de Panamá, las pesquerías de ballenas en los Mares del Sur. Repartidos por medio continente, no es extraño que se les viera reaparecer en los lugares más inesperados. Durante la guerra civil de los Estados Unidos, al capturar el corsario Alabama a la ballenera Gipsy, que se dirigía a la Antártica, encuéntrase a bordo a Esteban Rivera, Juan Avilés, Miguel Vera y Juan Cárdenas, naturales de Concepción; Manuel Paz, de Quirihue, y Manuel Rivera, Agustín Paz y José María Ramos, de Valparaíso. Por la misma época, un contingente se hallaba en México sirviendo a Juárez en su lucha contra los franceses; y fue en el sitio de Puebla donde los atacameños Horacio y Augusto Nordenflych se hicieron notar como guerrilleros, habiendo uno de ellos matado el caballo del general enemigo y ganando los dos, a raíz de la acción, el grado de sargentos mayores.

Aquellas aventuras fueron como el epílogo de su drama californiano. A partir de entonces se pierde poco a poco el rastro de sus pisadas. ¿Cuántos dejaron allí sus huesos? ¿Cuántos regresaron y cuántos no volvieron nunca? La historia no lo sabe: sólo nos dice que la quimera dorada hizo acudir en veinte años a treinta mil chilenos -la flor de una gran generación-, y que muchos, quizá la mayoría, no retornaron.

Aquel poderoso crisol de razas ha debido ir absorbiéndolos, y es probable que sus descendientes muy pronto hayan olvidado el origen de su sangre.

Lo que sí está averiguado es que entre tantos soñadores de riqueza, y al cabo de tantos esfuerzos, dolores y vicisitudes, la mayor parte sólo obtuvo como premio el desengaño. Bastan los dedos de la mano para enumerar a los que lograron coger el tesoro.

En 1890 los diarios de San Francisco informaban del fallecimiento de Miguel Osorio Azócar, oriundo de Constitución, que dejaba a sus hermanos, residentes en el Maule, una herencia de 2.000.000 de dólares.

En 1897 fallecía en Gurthrie Mr. John E. Reyes, natural de Atacama: el mismo que fuera compañero de Murieta y que se había enriquecido en negocios ganaderos. Nacionalizado norteamericano y casado con norteamericana, de la que tuvo quince hijos, legaba a esta prole yanqui una fortuna de diez millones de dólares. A su sombra había prosperado también su hijo mayor, Charles Reyes Harriet, que era a la sazón el primer accionista del West New Mexico and Arizona Railways.

En 1913 moría en Oakland, Pedro Bolvarán, un ex-jardinero de Casablanca, dejando bienes estimados en siete millones de pesos chilenos, de los que eran herederas dos sobrinas ocupadas en el servicio doméstico de «Viña del Mar».

Otra herencia cuantiosa, demasiado grande para ser cobrada, fue la del ingeniero don Alejo Barraza Méndez, muerto en un accidente de yachting hacia 1895. Había testado a favor de parientes residentes en el Norte Chico, dejándoles cinco minas (todas con nombres patrióticos chilenos), varias estancias a orillas del Sacramento, un hotel en San Francisco y un fundo frutero cerca de Hollywood, y por cuya posesión han pleiteado inútilmente los legatarios. El último de ellos, don Justo Pinto Iglesias, abandonó sus demandas al cabo de veinte años, a consecuencia del desaparecimiento del expediente en los juzgados de Los Ángeles.