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Tratado quinto

De cómo serví fielmente en el gabinete del vicepresidente en ejercicio, don Higinio Uriarte, sin asesinarle para nada al comandante José Dolores molas ni a otros prohombres (1877/78)

     Hay gente que es así. Tiene un Dios especial. Porque Juan B. Gill, por ejemplo, hacía rato tenía que estar en la llanura o muerto; todo el mundo trataba de madrugarle, como Adolfo Decoud, que se había juntado con Rivarola para hacerle el golpe y se escapó después en la cañonera brasilera (roto) Rivarola no sé, creo que se fue en Corrientes donde se juntó con los otros exiliados o si no en Barrero Grande. Ellos eran de allí, los Rivarola; toda la zona les respondía 100%, por eso cada vez que le fallaba el tiro Cirilo se escondía en su valle y desde allí mandaba las partidas de veinte, diez o treinta para saquear Caraguatay. El gobierno después llegaba tarde, hasta el mismo Saguier hizo una batida grande pero nada y también mi compadre don Patricio y el general Ignacio Genes. Perfectamente inútil. Cuando se acercaba la batida, Rivarola se escondía y era inútil luego preguntarles dónde. Ni aunque les amenacen ni les azoten. Por allí no mandaba luego gobierno sino los Rivarola (roto) Creo que el 75, no recuerdo el año, debe de ser antes de Germán Serrano, del 8 de diciembre. Ese también con apoyo brasilero, como los Godoi. Tiene que ser con apoyo brasilero, o si no no se explica, digo yo. Porque de saber, se sabía: todo el mundo sabía. En Asunción se sabe todo. Y en especial Juan B. Gill, con todos sus raídos que espiaban detrás de las ventanas y las cocineras que espiaban y hasta en casa de Ministro y Deputado. Ni a nosotros nos dejaban respirar. Y también el capitán Esquivel me contó que sabía lo que andaban tramando los Godoi y el resto: Matías Goiburú, José Dolores Molas. Y si sabía y no les hizo nada, ha de ser que le dijo Vasconselos: deje no más... Vasconselos no le quería al Presidente Gill...

     Pero me parece que me estoy equivocando.

     No recuerdo tan bien cuándo llegó Ministro Vasconselos.

     Creo que después de Ministro Gondim.

     No sé. Pero podemos dejar para más tarde, vamos por parte.

     Primero le tengo que contar que Matías Goiburú y José Dolores [112] Molas tampoco le querían. Pero tampoco me dijieron nada y eso que siempre habíamos conspirado juntos, pero se quedaron muy molestos por febrero del 74, cuando yo no tuve tiempo de explicarles que el ejército iba a intervenir aunque el cónsul argentino nos dijo que no, sobre todo que Gill nos obligó a firmar el papelito ese pidiendo que intervengan los brasileros, nos hizo quedar muy mal con los amigos a Escobar y a mí, que les habíamos dicho a Molas y a Goiburú que ataquen al Gobierno con toda confianza... ¿Ya le dije?... Bueno, la verdad que no recuerdo, en todo caso revise no más, no vaya a ser que me equivoque en una cosa tan importante... Y entonces Molas y Goiburú muy enojados con nosotros, así que la siguiente vez ya conspiraron sin Escobar y sin mí. Quisieron arreglar el asunto entre los dos: iban a esperarle al Presidente Gill a caballo entre los dos cuando iba por la calle (esas diabluras le gustaban mucho a Molas). Pero después hablaron con Juan Silvano Godoi porque le creían muy culto; él les dijo que mejor hacer las cosas más tranquilos, usar la cabeza, jeí chupé. Por eso fue que aquel 5 de abril, Juan Silvano Godoi se fue en Corrientes para conspirar con los otros, con Ferreira, Sosa, umíva. Y, mientras tanto, Rivarola, desde Barrero Grande, se preparaba para juntar a su gente y hacer el golpe juntos, o sea cuando Molas, Goiburú, Franco (cuñado de Molas) Regúnega (hijo de Germán Serrano), Galeano y el resto se les junten después de dar el golpe en la Asunción... Tenían que dar el golpe, juntarse en la estación del ferrocarril; de allí seguir al interior por el camino de Trinidad.

     Todas esas cosas se sabían, en Asunción todo el mundo comenta y la misma Concepción le dijo al Presidente que se cuide, que no salga solo de su casa nunca porque si salía solo le podían sorprender. Por eso fue que Gill salió con sus edecanes Esquivel y Bentos, y en el camino iban comentando todas estas cosas. Al llegar a la calle Independencia y Palmas, Gill quiere cruzar la calle. Entonces le dice Bentos (su edecán) que mejor seguir caminando de este lado, porque del otro lado queda el escritorio de los Godoi, Independencia Nacional y Villarrica (o sea la siguiente cuadra por si usted no entiende, tengo que explicarle porque no estuvo en la Asunción). Esa esquina era la casa cué de don Vicente Barrios, cuñado del Mariscal; por allí tenían puesto su escritorio los Godoi después. Por allí tenían que pasar luego Gill con sus edecanes, en esos tiempos no había el automóvil, así que de su casa hasta la presidencia a pie como todo el mundo: ni automóvil ni nada, el tramway lo traje yo... Pero el tramway le cuento después... Lo que le iba diciendo es que Gill le dice que todas esas cosas ya sabía pero que Juan Silvano Godoi se fue en Corrientes en vez de matarle al Presidente como tenía prometido (Gill sabía que Godoi se pulseaba con revólver en el patio de su casa para matar a los tiranos); en vez de matarle se fue para hacer una revolución que no podía hacer porque los paraguayos luego son así: hablan por hablar pero en la hora de la verdad se asustan, no he conocido uno que no le tenga [113] miedo a la autoridad y en especial al Presidente, ni siquiera al Dictador Francia nadie se animó a matarle aunque todos le odiaban...

     -Y todavía más, capitán Esquivel -le decía Gill- usted debe saber que yo sé que el general Bernardino Caballero...

     Yo le insistí mucho a Bentos y también a Esquivel pero ninguno de los dos recordaba bien; no me sabían decir si se olvidaron o si no tuvo tiempo de decirles todo porque cuando se dieron cuenta se toparon con Nicanor Godoi que se había pasado varios días recortando la reja de su casa con unas tenazas de herrero y unas pinzas para preparar la munición especial para su escopeta calibre doce. Juan Silvano tenía más puntería pero Nicanor le dijo a su hermano dejáme a mí de todos modos no podía fallar a cuatro pasos y con munición especial que le puso a su escopeta de doble caño. Así cualquiera acierta. Conste que si se atrasaba un poco, a lo mejor le daba tiempo a Gill para terminar lo que les iba diciendo a sus edecanes sobre mí, pero Nicanor Godoi siempre fue apurado, así que tiró no más y me quedé con las ganas y cuando llegó el dotor Steward para atender al Presidente Gill, ya era ex-Presidente: los escopetazos le agarraron de lleno y el pobrecito finó en el acto.

     Con los tiros se espantan los caballos, así que Molas salta en el caballo de Galeano, linotipista del Manifiesto (19).

     Entre los dos galopan por la calle Villarrica hacia la estación, en la esquina de Fábrica de Balas, la polecía les ataja la brida del caballo y el animal se encabrita y los echa y Molas liga un tajo en la cabeza que terminó perdiéndolo porque al fin tuvo que entregarse el día 18 de abril, todo malherido. Y Galeano cayó preso cuando esperaba un bote para cruzar a la Argentina, o sea para la Villa Occidental. Matías Goiburú, en cambio, lo mataron en San José, pero primero tuvo tiempo de matarlo al general Emilio Gill, cuando lo encontró en la calle Manorá, cuando se fugaba para Luque (justo después de asesinarle al Presidente); lo mató y después le cortó la oreja, y por eso después le nació un nietito sin oreja, como es lógico, porque a mi sobrino el Facundo Insfrán le pasó lo mismo con su hijo el Facundito, que le nació sin dedos, así que no podía más tocar el piano...

     Pero con todo me alegro porque a Matías Goiburú le salió muy caro (¡fíjese que insolencia matar a un Presidente, menos mal que no se puso de moda en Paraguay, donde las gentes siguieron siendo siempre muy respetuosos!); después lo mataron a él en San José y eso fue porque de Asunción Goiburú se fue para Barrero Grande, donde Rivarola ya tenía [114] levantada a su gente, y en realidad lo mejor (para ellos) era quedarse no más en el monte de Barrero haciendo la guerrilla, porque de allí nunca los íbamos a sacar; en Barrero el Gobierno no mandaba. Pero por suerte (para nosotros) Rivarola siempre fue muy terco; él quería enfrentar a las fuerzas del Gobierno. Goiburú le dijo que no; no podían. Pero Rivarola que sí, y entonces terminaron peleándose con mi compadre don Patricio Escobar, que les dio una buena paliza en Pirayú, y eso no fue problema para Rivarola, porque se escapó de nuevo (se escondió en su propiedad, en donde no le podíamos agarrarle nunca y después se fue en Argentina, para juntarse con los otros exiliados paraguayos para darnos quebranto) pero para Matías Goiburú sí fue, porque le agarraron en San José, como le dije, y allí falleció cristianamente.

     Nosotros sentimos mucho la desgracia de Matías Goiburú (de los muertos no se debe hablar mal), pero los que nos estaban preocupando eran los vivos, o sea los demás conspiradores, que se fueron a la cárcel con la seguridad de que iban a salir tranquilamente después de una temporada o en todo caso los iban a mandar al destierro para seguir conspirando desde allá con su jefe Rivarola y eso no podía ser. Porque usted sabe, Amarilla, cómo son los abogados: puros sinvergüenzos. Ellos le van a probar que lo blanco es negro. Y cuando más inteligentes, más sinvergüenzos... Así que el jefe de los sinvergüenzos el Facundo Machaín, porque era el mejor, y ese ya le había absolvido al criminal Scotto con un juicio donde les hizo llorar a los del Jurado que no quisieron castigarle al bandido ese, así que todavía más les iban a perdonar a los conspiradores, porque a Gill no le quería nadie, pero eso tampoco es motivo para que uno mate a todo un Presidente gratis. Sobre todo cuando el Facundo Machaín quería hacer política: quería ser Presidente. Quería candidatarse aprovechando que le salió tan bien el Machaín-Irigoyen (casualidad no más) y que el Vicepresidente en ejercicio Higinio Uriarte era un chambón; nadie luego le pensabas elegir para Presidente en las elecciones del 78...

     Por eso le voy diciendo que el asunto era grave (roto).

     O sea, a ellos no les importaba hacer justicia, como tenía que ser; aprovechaban la oportunidad para criticar al Gobierno, desde la llanura siempre es muy fácil, ¡quién no tiene defectos!... Justamente le acabo de contar los defectos del finado Juan B. Gill, no podemos mentir, pero eso tampoco es un motivo para que de paso hablen mal de nosotros, el Partido Nacional, porque nosotros no teníamos nada que ver con algunas cositas del finado Presidente, que primero nos dio la patada a don Cándido y a mí, y después comenzó a acercarse de nuevo porque necesitaba gente decente. Entonces (ya le dije) nosotros aceptamos por el bien de la Patria, no por el Ministerio que no daba nada, pero los liberales aprovechaban para hablar mal también mal de nosotros; decían que nosotros le enseñamos al difunto... [115]

     No, liberales, lo que se dice liberales, todavía no había, porque esos fundaron su partido recién en el 87 (no se apure, ya le voy a contar). Pero también eran en parte liberales, le estoy hablando de ese Club del Pueblo con el Facundo Machaín, Jaime Sosa, Godoi, Ferreira umiva; le estoy hablando de esos que hicieron el 31 de agosto para ponerle de Presidente al Facundo Machaín pero después se quedaron tranquilos porque les llamaron Vedia y Guimaraes y les dijieron que se dejen de joder. Y allí fue que José Segundo se separó de su compinche Machaín: vamos a luchar cada cual como pueda, individualmente, no en grupo. Así que cada cual se tiró por su lado; Gill por supuesto que no les iba a dejar que anden en grupo, pero cuando murió Gill, los tipos aprovecharon para decir que sin Gill ni brasileros podíamos estar mejor (los brasileros ya se habían ido, ¿no recuerda?). Y eso está muy bien, pero no tenían por qué meternos a nosotros, decir que nosotros también éramos luego brasileros, todas esas cosas que pueden desorientar a un pueblo ignorante como el nuestro, que se le engaña fácil, sobre todo cuando se tiene facilidad de palabra como el Facundo Machaín, que acababa de fundar su Sociabilidad Paraguaya, sociedad cultural y de beneficencia, jeí chupé, pero que en el fondo era para hacer política.

     Y eso es lo que le tenía preocupado a don Cándido Bareiro, que un día viene a verme a casa a las seis de la mañana, aunque él nunca venía tan temprano. Porque la barra éramos mi compadre don Patricio, Juan Alberto Meza y otros camaradas, que siempre nos juntábamos muy temprano para matear, sea en nuestras casas o en el cuartel, para estar un poco en contacto con la juventud. Pero aquella vuelta fue don Cándido, que se sorprendió de verme con mi piyama nuevo, prácticamente el único que había en Asunción.

     -Nde paquete, general Caballero.

     Y la verdad que me quedaba bien, aunque soy más alto que el occiso, pero Concepción era una artista para esas cosas: consiguió en O'Leary y Compañía unos retazos, justo del mismo color, para alargarme donde hacía falta y con eso terminó quedándome muy bien, aunque desde luego que era casi nuevo; conde d'Eu prácticamente no lo había usado, sino que en seguida regaló por ahí, y de ahí fue que O'Leary puso en venta, y Juan B. Gill que era yaguá paquete en seguida compró, pero por suerte no tuvo tiempo para estropearlo porque le fajaron un escopetazo y entonces se quedó para mí... Aunque la verdad que al principio me peleé con Concepción, porque a mi me gustaba andar de entrecasa más sencillito, pero Concepción viuda de Gill dijo que no, que ella no podía permitir, y al final (usted sabe cómo insisten las mujeres) tuve que ponerme. No es que me dejo dominar así no más, pero recién habíamos comenzado la relación, uno tiene que darles el gusto cuando está de novio. Aunque esa casi fue nuestra primera pelea, cuando me exigió el piyama, y eso que no nos peleábamos casi nunca, ni siquiera aquel día que yo llegué con mi [116] valija, echando agua por los cuatro costados. Y es que ella vivía en la calle Caapucú, y esa cuando llovía era un verdadero río, y menos mal que me ayudó don Ricardo Brugada, porque mi valija se cayó en el raudal y se iba para el río, pero entre don Ricardo y yo pudimos levantarla justo a tiempo... Y bueno, cuando Concepción me vio llegar con equipaje y todo, no me dijo nada, ella esperó no más a que don Ricardo se vaye para decirme que le daba vergüenza, que todavía no se habían terminado los rezos por su finado esposo Juan Bautista, no podía ser. Yo le dije que justamente por eso: era demasiado pronto para casarnos, había que esperar un poco más por el qué dirán. Ella me dijo que no. Yo le dije que piense un poco: una mujer sola con tanta plata puede ser muy peligroso. Entonces ella se puso a llorar, me contó lo de Ministro Vasconselos. Eso la había puesto muy nerviosa, pobrecita, necesitaba un hombre. Porque usted sabe, mi querido Raúl, que precisamente don Ricardo Brugada era su abogado, le iban a demandar al Ministro brasilero porque hizo asaltar la casa de Concepción viuda de Gill para robar unos papeles del difunto Presidente... Desde luego, Vasconselos negó, pero era demasiado evidente: el ladrón levantó el techo, conocía la casa, no se llevó ni las libras esterlinas ni nada sino solamente unos papeles del finado, parece que cartas entre los brasileros y él. Pero bueno, Vasconselos, al fin y al cabo, quería los documentos no más, no le iba a hacer nada a ella, pero el Paraguay en esos tiempos era un país de sinvergüenzos, a la pobre señora podía pasarle cualquier cosa. O sea que estaba precisando luego un hombre en la casa, al final se dio cuenta. Y desde entonces fue una excelente esposa, me ayudó muchísimo.

     Cierto que los muchachos se quejaban a veces de que demasiado seria su patrona, general Caballero. Pero la mujer luego está para eso, para poner el orden en la casa, por lo menos si es casa de familia, y yo le daba su lugar a mi difunta esposa, Dios la tenga en su Gloria, las reuniones partidarias hacíamos en la quinta. La quinta Caballero, así suelen llamarle; allí los correligionarios del interior (un poco brutos los pobres) podían orinar en los geranios, yo les dejaba hacer, como dueño de casa no podía ser demasiado antipático (peor es que me hagan en el baño, con esa costumbre de nuestra gente de colocarse como a dos metros del objetivo y regar el piso)... Concepción se quejaba, pobrecita, pero siempre me acompañó: cuando había que preparar, preparaba el tallarín para 300 personas, porque en esos almuerzos es que se hace la política. Jesús, nos vamos a quedar sin vacas, me dijo una vez (al principio, la plata era de ella), pero plagueaba un poco, no más, después me daba el gusto, porque no era mi capricho sino para conocer a todo el mundo: yo carneaba más de una vez a la semana y en esos asados de la quinta Caballero es que venían los ex-camaradas de armas como el teniente Fariña (allí le conoció O'Leary) y también las autoridades del interior, yo aprovechaba para hablar con ellos, para conocerles uno a uno, y eso nuestra gente no se [117] olvida, porque son muy agradecidos, y por supuesto que ya no van a votar por un pituco como José Segundo Decoud ni Facundo Machaín, que se creen demasiado finos para mezclarse con el pueblo (roto).

     -Nde paquete, general Caballero.

     Así luego me dijo don Cándido Bareiro cuando me vio con el piyama del difunto Gill, pero no había venido a esas horas para ponderarme mi piyama sino para hablarme de cosas demasiado serias pero que requieren su tiempo para contar, así que mejor le metemos al cocido y continuamos después, con el estómago en blanco no se puede...

*

     Bueno, cuando le matamos a Gill quedó como presidente provisorio Higinio Uriarte, pero desde el comienzo vimos que no servía, así que él iba a terminar el período de su primo y nada más, no podíamos ponerle para el 78/82.

     Y entonces comenzamos la campaña presidencial democráticamente: cada cual según sus ideales. Lo ideal es la unidad, la lista integrada, como se dice, pero en aquellos tiempos parecía muy difícil, porque los candidatos eran tres. Don José Urdapilleta era el candidato de don Patricio Escobar. El Adolfo Saguier venía a ser el candidato de Decoud. Y yo, como de siempre, le apoyaba a don Cándido Bareiro (el Nibelungentreu que me explicó doña Lisebeth Nietzsche).

     Estas venían a ser las tres posiciones ideológicas, como se dice, pero la verdad es que Adolfo Saguier no podía ser Presidente porque a él le apoyaba Decoud pero los brasileros no querían nada con Decoud. Don José Urdapilleta sí podía ser, él tenía sus aptitudes, había sido un buen Ministro del Interior. Pero después yo le dije a don Patricio que no podía hacerle eso a un viejo camarada (o sea a mí), y entonces don Patricio se abrió y don José tuvo que renunciar, y el único candidato venía a ser don Cándido Bareiro.

     Es decir, así tenía que ser, pero los liberales comenzaron a intrigarnos. Cirilo Solalinde, por ejemplo, dijo que el mismo don Cándido le había contado que cuando estuvo en Europa se comió la plata que le mandaba López al propósito; eso era lo mejor que decían, porque decían todavía cosas peores. Y por supuesto que Solalinde estaba con Machaín, que tenía su Sociabilidad Paraguaya que le conté. Y Machaín todavía no decía que quería ser Presidente, pero quería, yo sabía muy bien, y entonces luego iba a hacer cualquier cosa para que el proceso de los asesinos del Señor Presidente sea un escándalo y nos haga quedar muy mal al todos, y de allí la Presidencia le quedaba cerca, y si no agarraba la Presidencia por lo menos podía hacernos la subversión y esas son cosas que no se puede permitir porque somos demasiado demócratas para [118] tolerar así no más que le critiquen a la democracia, para tolerar esa prédica subversiva que quiere dividir a la gran familia paraguaya, como dijo don (roto). O sea los rumores que andaba difundiendo Facundo Machaín, justamente cuando ya nos habíamos puesto de acuerdo: don Cándido habló con Saguier para que sea su Vicepresidente en la fórmula BAREIRO/SAGUIER y Decoud se quedó tranquilo cuando le ofrecimos el Ministerio de Justicia. Don Patricio Escobar fue a Guerra; yo al del Interior. O sea que arreglamos el asunto como amigos, no podíamos permitir que vengan a estropearnos la elección por pura envidia (roto).

     MACHAÍN PRESIDENTE gritaban por ahí.

     Y decían también que el estado de excepción era un pretexto que aprovechábamos para perseguir a la gente; que pensábamos matar a los presos políticos en la cárcel y a Machaín también si se metía, le íbamos a matar como a don Antonio Núñez, ese que se escapó de la cárcel pública pero le atraparon los soldados en el bajo y le mataron, una imprudencia de la tropa que no pudimos evitar, porque nuestros soldados eran muy brutos, gente que se recogía entre los Vagos y Mal Entretenidos, porque conscripción general no habíamos, y que aprovecharon los de oposición para decir que fue por orden del Gobierno, pero no era verdad... El Antonio Ñúñez era el hombre que vino con un bote para hacerles cruzar el río para la Villa Occidental a Molas y Galeano, pero le agarraron. Y, como le dije, la oposición aprovechó para decir que, si le mataron a Núñez, que no era nadie, ¿cómo no le iban a matar a José Dolores Molas, uno que no podían condenar porque demasiado prestigio luego tenía?

     Eso también decía el Facundo Machaín, no era para un hombre de su cultura (que diga el pueblo vaya y pase). Por eso fue que don Ignacio Genes, jefe de la Polecía, le hace llamar al Facundo Machaín, le pregunta si es cierto que había dicho que él le quería matar a su amigo y viejo camarada, el comandante José Dolores Molas, y que también a su abogado defensor. Machaín le dijo que no, desde luego, pero Genes sabía demasiado bien que sí, y eso le preocupaba mucho, porque el hombre respetaba la amistad. Pero donde comienza el deber, termina la amistad, como le dije a Genes, y le dije porque yo ya era su superior, porque don José Urdapilleta renunció al Ministerio del Interior y entonces me pusieron a mí (ya era hora de que me dean un Ministerio decente); le dije porque, si algún peligro corría Molas, era que no le maten, quiero decir que le traten demasiado bien por su amistad con Genes (peligro en realidad no corría).

     Bueno, del Ministerio le puedo contar muchas cosas, pero no tenemos tiempo aquí. Ponga no más que yo sabía todo, y que sabía también que el mayor Marcelino Gamarra andaba conspirando con Cirilo Rivarola para hacer un levantamiento en Pirayú y después ponerle de Presidente a Machaín. Yo les dejé conspirar tranquilamente; cuanto más [119] conspiren, mejor, porque entre ellos luego tenía mis informantes... Lo único que se me escapó fueron cuatro presos de la cárcel, y eso venía a ser un mal comienzo, porque la gente andaba cada vez más nerviosa, sobre todo allá por setiembre, cuando llegó el momento de elegir los jurados que tenían que entrar en el juicio de los delincuentes y Machaín sigue haciendo su política: el día 5 de setiembre, cuando se hace el sorteo para los jurados, yo le hago llamar a Facundo Machaín (había hecho trampa y salieron toda gente de él); le traigo a la polecía y le pregunto si era cierto que había dicho, en el momento de la elección, para impresionarle a la gente, que Rivarola estaba en Asunción. Él me dijo que no, que no había dicho, pero allí tenía mis testigos, dos sargentos que le habían oído bien, y entonces tuve que decretar la prisión de Facundo Machaín.

     Entonces el asunto pasa al Tribunal de Justicia, y el juez ese, Amarilla, le pide informe a Ignacio Genes, y él le dice que estaba preso por orden de mí, y entonces ordenan que se le suelte inmediatamente al Facundo Machaín, pero yo le alargué un poco su hábeas corpus y le solté recién el día 13 para que le traiga mala suerte. Pero Ángel Peña se enojó demasiado por eso, me hizo la interpelación, y entonces tuve que irme yo para que me falten al respeto los congresos, y menos mal que vinieron conmigo don Adolfo Saguier y don Cándido Bareiro, ellos que no son Ministro del Interior como yo, pero que tienen su facilidad de palabra, que en esos casos ayuda tanto. Allí pasé un mal rato; me hicieron preguntas de lo más impertinentes, y eso aprovechó la gente para seguir murmurando de que le queríamos matar al Loló Molas, y al Facundo Machaín, y al Cirilo Rivarola de ser posible...

     ¡Y encima conspiraban!

     Yo sabía muy bien que el médico ese Galeano estaba conspirando con Rivarola, que seguía conspirando desde 1871 (ese Rivarola no se cansaba nunca). Entre los dos pensaban juntar la gente en Pirayú, seguían con la idea, para venir en Asunción el 15 de octubre. Pero el día 15 no pudieron, y entonces aproveché para meterles en la cárcel a esos con el Facundo Machaín a la cabeza, a él también porque sabía, pero no colaboraba con la autoridad. Primero entraron en la polecía pero después les mandé en la cárcel pública al Machaín con el Galeano y otros más, que en seguida comenzaron a moverse para conseguir el aguafuerte para corroer el hierro de los grillos que les teníamos puestos y limas para los barrotes...

     El Machaín se creía cuarta especial; dijo que no necesitaba abogado, él mismo se iba a defender. El tipo al comienzo muy tranquilo, yo pensé que se iba a portar correctamente, como una persona de su cultura, pero después comenzó a morirse de miedo, ¡imagínese que una vez me hace llamar, dice que quiere hablar personalmente conmigo, como si era todo un Presidente y no un preso! Eso porque la Petrona Velazco, la mujer de [120] Molas, le mandó aquel 24 de octubre una nota dentro de un ramo de rosas y decía haber sido avisada por doña Pabla Garcete, suegra del general Escobar, que la noche anterior se había resuelto en consejo de Ministros el asesinato de Machaín, Molas, Galeano y otros, en la misma cárcel. Entonces yo le hice decir, como persona a cargo, que si se quedaba quieto, nada le iba a pasar, pero que no se le ocurra asaltar la guardia, tratar de escapar a tiros porque entonces íbamos a tener que proceder contra ellos, que precisamente no queríamos. Pero eso justamente hicieron ellos: el día 29 de octubre por la noche apresaron al oficial de guardia y después comenzaron a soltar a los presos, uno a uno, es decir un verdadero motín que duró varias horas y se escaparon muchos. Y allí ya tuvimos que mandar la guardia, que negó un poco tarde, pero que al final restableció el orden, pero, como ya le dije, se escaparon los presos Juan Regúnega, Marcelino Gamarra, Nicolás Delgado, Justo León (faltan varias líneas).

     Al entrar en la cárcel se dirigieron al cuarto de Molas que estaba llaveado y abrieron la puerta y en el cuarto le tiraron unos tiros, después lo sacaron afuera y le pegaron hasta 29 balazos y 6 hachazos, uno en la cabeza (y le dijieron al pegarle: este es el que te va a salvar como la vez pasada) y en los hombros, y brazos, y un puntazo en las partes.

     Después se dirigieron adonde estaba Scotto y lo sacaron de un brazo y lo fusilaron y después a Franco y en seguida a Galeano que le tiraron por la ventana de la cárcel y al reconocer a Marcos le dijo a éste: Marcos, ¿por qué permites que esto se haga así? Y el otro contestó: peyucá catú pe añarai (mátenlo a este hijo del diablo).

     En todo esto las tropas como oficiales se cebaron en los cadáveres de los fusilados y algunos de ellos tenían grillos, como ser Molas, Franco, y Galeano, poniéndolos después a los rayos del sol hasta las doce, lo mismo que a su hermano.

     Concluyeron con estos fusilamientos y se formó la tropa cerca de la prevención y en seguida comenzaron a dar alaridos los soldados: Yayucáta pe iñaranduva ya echá oicovepa, (Matemos a ese sabio a ver si resucita) y a esto Marcos Riquelme se desprendió con un farol y se dirigió al cuarto del dotor y alumbró el cuarto y Facundo estaba en calzoncillos y en camisa y siguieron a Marcos seis soldados a indicación de Cristaldo y por la ventana le cerrajaron un tiro y le pegaron y Facundo gritó: «No me maten que alguna vez seré útil a mi país». Y abrieron la puerta y te cerrajaron otro balazo cuando se incorporaba en la cama y cayó otra vez y en seguida aquel correntino que andaba con el jefe político con un espadín del jefe diciendo estas palabras: «No manoi gueteri ya yucamandi de una vez» (aún no ha muerto, matémosle de una vez) le pegó un puntazo y le atravesó el pescuezo yendo a dar hasta la almohada.

     Este correntino es aquel que pegó una puhalada en Luque, que es un asesino. [121]

     Concluido este salvajismo comenzaron el robo y saqueo de lo que tenía Facundo: le sacaron el reloj, las pulseras, los botones, la cartera, los lápices de oro, etc.

     El reloj lo tiene el jefe de la Escolta coronel Meza, las pulseras Cristaldo, lo demás no sé, pero todos estos trofeos de guerra se encuentran en manos de los que representan a la autoridad (Caballero, Meza, Escobar, etc.)

     A veces lo mejor es menearla, como decía don Ricardo, porque con las cosas que se publicaron en los diarios como ésta, más de una vez, hay que decir la verdad. ¡Quién podía esperar una cosa así del hijo de don Manuel Pedro de la Peña! Pero hay luego lo que es así. ¡Y el Ángel Peña tiene la caradura luego de criticarme a mí, a mí con todos los Ministros! Nada menos que él, que hizo una colecta para hacerle una estatua ecuestre a don Cándido Bareiro en esa plaza que está junto a la cuadra del Oratorio de la Virgen, Palmas e Independencia Nacional, ¡pero se gastó toda la plata que le dieron para arreglar su propia casa y hoy la plaza esa sigue llena de lagunitas llenas de ranas! ¡Ese es Ángel Peña! Yo no me explico por qué el tipo, si tenía sus dudas, no preguntó, por qué no se informó primero, yo le iba a contarle toda la verdad, porque lo que dijo en esa carta que después se publicó en todos los diarios era puro mentira, calumnia, intriga liberal... ¡Usted no sabe cómo nos perjudicó, justo cuando estábamos llegando a la fecha de la asunción presidencial, el 25 de noviembre! El pobre don Cándido tuvo un comienzo muy triste, nadie le felicitó, y después le organizamos un asado en la quinta Caballero, pero estaba tan triste que no quiso ir, porque él era un hombre muy delicado, todas esas murmuraciones le mataban, y eso fue lo que le mató del corazón al final; los chismosos tienen la culpa.

     Ni siquiera Decoud, que era de nuestra lista, se portó bien: él fue una de las tres personas que acompañaron al cajón de Facundo Machaín hasta el puerto, porque el cajón se fue a Buenos Aires, esa es una familia que tiene vergüenza de ser paraguayos, y por supuesto que los exiliados aprovecharon para recibir el cajón y hacer sus manifestaciones, y Benigno Ferreira dijo que el lopizmo había vuelto al Paraguay y que el país ya no tenía más remedio a no ser que se haga revolución para quitar a toda esa mazorca, siempre nos trató de choclo.

     Y por supuesto que no hay que hacerle luego caso a la gente mala, pero siempre duele que a uno lo critiquen así, sobre todo cuando tiene la conciencia limpia, porque no era mi culpa si Marcos Riquelme no pudo controlar a la tropa; yo le había dicho bien que la controle, pero ellos se enfurecieron, aunque también con razón, porque cuando fueron a la cárcel pública como autoridad les recibieron a balazos, a cualquiera le pasa.

     Duelen esas cosas cuando la prensa internacional no colabora, ¡usted viera lo que no dijieron en Buenos Aires! Y el mismo Ministro Vasconselos, [122] que sabía la verdad, nos dejó como la mona con el Itamaratí, porque le mandó una carta que decía que el Paraguay era peor que África, que todos éramos ignorantes y encima contratábamos extranjeros ignorantes para los cargos importantes, que todos éramos unos harraganes, yo me pasaba todo el día borracho y pescando por mujer en vez de trabajar.

     Cuando leímos ese despacho, casi nos caímos de espaldas. Don Ricardo Brugada, ese español tan decente, quiso ir allí mismo a pedirle explicaciones al Ministro brasilero por el despacho confidencial, pero nosotros le dijimos que mejor se tranquilice, porque o si no Regalada no nos iba a poder más mostrar las cartas, era mejor no más hacernos de los tontos, para poder tenerlo vigilado al tipo.

     Y con esto ya podemos terminar este pedazo. Está todo listo, si usted no se olvidó de poner el Club Libertad. ¿No me puso? ¿Y entonces para qué le estoy pagando? ¡Qué barbaridad!... Bueno, no lo hago saltitear porque me llegó la hora de comer, no vamos a discutir ahora. Ponga no más que el 25 de noviembre, don Cándido fue el Presidente Constitucional elegido por el Pueblo, o sea el candidato del Club Libertad, que formamos nosotros para llevarle a la Presidencia. Todo salió muy bien, menos la tristeza, y eso culpa de los chismes. Pero la tristeza no me pone, ni tampoco me pone que yo podía haber sido Presidente, porque me quería todo el mundo, pero que ya me había comprometido, y entonces no podía hacerle pues eso al pobre don Cándido, que desde 1869 había estado esperando su turno y que, al fin y al cabo, merecía. [123]



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Tratado sexto

De cómo fui Ministro del Interior de don Cándido Bareiro, fundador del Partido Nacional, mas no del Nacional Republicano (1878/80)

     Lo que daba gusto con don Cándido Bareiro es que te dejaba ser Ministro, no como Juan B. Gill que te hacía firmar vyrezas y después el que quedaba mal era uno y no él; él tenía una caradura de piedra. Pero con don Cándido era diferente: todo se arreglaba como amigos. Y así no más tenía que ser, al fin y al cabo, porque después de diez años de andar juntos ya se vio más o menos quiénes éramos y quiénes no; quiero decir que llegamos a la Presidencia los que siempre luego habíamos estado en el Partido Nacional, y ese es un mérito de don Cándido; él nos fue juntando después de la guerra a todos los paraguayos 100% don Patricio Escobar, Juan Crisóstomo Centurión, paí Duarte y Maíz, los Miltos, los Jara; o sea los que se habían ido en la Europa con beca de Mariscal López o que le habían acompañado fielmente hasta el último momento como yo, incluso algunos que le habían estado en contra pero después se arrepintieron como el coronel Iturburu, Jefe de la Legión Paraguaya, o el coronel Pedro Fernández, que también era legionario pero que se dio cuenta de su error a tiempo, porque el 31 de agosto sacó sus tropas a la calle para que Facundo Machaín no le traicione a la Patria como Presidente. ¡No aguanto a los ideólogos!, solía decir don Cándido, y eso yo también le escuchaba decir a Mariscal (Napoleón le enseñó según me dijo) y eso es muy importante, ponga aquí, porque somos un partido de gente práctica; al que es patriota le aceptamos y nada más, nosotros no queremos luego andar con discusiones de balde como los liberales que se pelean entre ellos; para nosotros, siempre, la unidad; incluso, si es posible, lista única. Así mucho mejor. Y esto ya era idea de don Cándido; él nos enseñó cuando estábamos en el Gran Partido Nacional, el único que valía en serio. Pero tampoco me diga usted, Amarilla, que don Cándido Bareiro fundó el partido Nacional Republicano, que le dicen colorado; ese fundé yo, pero en 1887, después de la muerte de don Cándido, que no pudo fundar porque estaba muerto, pero que tiene el mérito, hay que darle, de que nos fue juntando, nos hizo conocer a los mejores, que después aprovechamos que nos conocíamos para fundar el Partido Colorado, que como usted sabe es el partido más lopizta, o sea el más patriota. Porque en el Paraguay [124] hay dos partidos: los que le quieren a López (somos nosotros) y los que le traicionaron (son los otros), estas son cosas muy profundas, que he de explicar a su debido tiempo, y si quiere un poco más de explicación, hable con su Maestro don Juan, que le puede explicar bien. A él le llaman luego el Revindicador, porque demostró que la Guerra de la Triple Alianza estábamos a un pasito de ganarla, pero por culpa de los traidores a la Patria, que nos dieron su puñalada por la espalda, perdimos 3 a 0. Eso ya viene a ser la filosofía que le dicen; gente muy inteligente como O'Leary tiene que ser, porque ni yo me había dado cuenta en su momento, y eso que me pasé toda la guerra junto a Mariscal...

     Pero todas estas cosas en su momento.

     Ahora estamos en que don Cándido, por fin, llegó a la Presidencia, después de que el brasilero no le dejó ser triunvirato (1869), ni Presidente Constitucional (1870), ni Presidente Constitucional otra vez, con el Pacto de Febrero (1874), y eso venía a ser un verdadero triunfo, aunque los envidiosos no quisieron felicitarle cuando asumió su Presidencia en el 78, y sólo dos Ministros extranjeros estuvieron en el Te Deum ese año, porque los demás decían que no había por qué darle gracias a nadie, y todavía menos a Dios, ¡mire cómo son! Pero con paciencia se llega al cielo, como dicen, y en el 78, al fin, don Cándido llegó a la Presidencia, y un señor tan inteligente luego tenía que hacer una gran Presidencia, dejando de lado algunos problemitas de los que nunca faltan, como Cirilo Rivarola, que también quería ser Presidente, o sea, volver a ser desde 1871, en que renunció por vyro, y desde entonces nunca más volvió, pero se pasaba macaneando desde su escondite de Barrero Grande...

     -Nos falta Cirilo Rivarola -decía don Cándido.

     Porque inútil ir a buscarle: nunca le encontrábamos... El tipo se metía en el monte, y allá, échele un galgo. Hasta que al final se cansó, por suerte; se cansó de andar viviendo como un bandolero, él que tenía estancia grande pero no le aprovechaba; tenía que andar siempre con el Jesús en la boca. Así que mejor ir en Buenos Aires para tomar el fresco, se dijo, voy a esperar mi turno como esperó don Cándido, que ya no tiene mucho tiempo de vida por el corazón y después...

     ¿Son cuántos años, Amarilla? ¿Treinta y dos?... Le estoy hablando de aquel día en que la Regalada entra en mi despacho de Ministro del Interior con toda caradura:

     -¡Adivina quién viene, Bernardino!

     Y sin decirme más, le tomó del brazo a don Cándido Bareiro, le llevó de mi despacho, pero mientras el Presidente Constitucional recogía su sombrero para irse, ella me guiñó su ojo disimuladamente. Me molestó un poco; seguro que hacía lo mismo cuando yo buscaba mi sombrero, pero me hice el tonto; a don Cándido no había caso de decirle nada contra la Regalada; seguro que si le decía, después remataba por mí (era como [125] Mariscal como la Madama Lynch, y menos mal que yo le entendí la vuelta desde el primer momento, porque uno luego no debe andar mal con la mujer del jefe). Pero, como le digo, don Cándido no quería escuchar. Usted ya no está para esos bailes, le decía el médico, pero el otro luego no le hacía caso: decía que en su familia todos sanos, nadie tuvo el infarto. También se cuidaba un poco, por supuesto, por eso me dejó con Cirilo Rivarola aquella vuelta, para que le atienda yo, porque Cirilo Rivarola le ponía muy nervioso, y un hombre que tiene corazón como don Cándido ha de cuidarse un poco...

     Y es que Rivarola le ponía nervioso a todo el mundo: era muy argel. Ereime ñane pope, nde cambá añá (por fin te tenemos, negro desgraciado); así dijo don Cándido Bareiro cuando se enteró de que Cirilo Rivarola estaba en la Asunción, porque había venido para hablar con nosotros, para negociar su salida del país... Él que dijo aquella frase célebre fue don Cándido Bareiro, aunque algunos dicen que fui yo. Pero no era yo, y eso que tenía mis motivos para no quererle a Rivarola, como cuenta el Arsenio López Decoud, porque en abril del 70, el tipo me pidió que le apoye su candidatura para la Primera Presidencia Constitucional de la República, pero yo le dije:

     «No deseo mezclarme en la política que se inicia, contestó Caballero. Estoy cansado y enfermo. Necesito y tengo derecho a la tranquilidad y el reposo en el seno de mi familia...»

     Pero es que si se niega a lo que le pido... le enviaré ahora mismo a bordo de «La Princesa», que lo llevará al Brasil como prisionero de guerra».

     «Pero si no soy tal prisionero, protestó el General Caballero; me he presentado voluntariamente a las autoridades nacionales al recibir la noticia de la muerte del Mariscal, y ellas me deben su protección».

     «Así será pero usted irá al Brasil», terminó Rivarola.

     «Bueno, iré donde quiera, a cualquier parte, añá retáme pevé».

     Entonces el negro desgraciado me mandó al Brasil, esa es la historia de mi destierro, aunque en el Brasil me hallé grande, me hice amigo de Río Branco, el que salió perdiendo fue él, que se pasó todo el mes de enero con el calor de Asunción mientras yo en Copacabana... Por eso ya no le tengo rencor, o sea, no solamente le perdono ahora que está muerto, sino que le perdonaba también en diciembre del 78, cuando vino en su despacho para hacer las paces con el gobierno, que le había dado garantías de que si venía en Asunción, si salía de su madriguera, le íbamos a dar pasaporte tranquilamente para que se vaya en Buenos Aires, y entonces nos quedábamos tranquilos todo el mundo, el Gobierno y él, él podía divertirse bastante en Buenos Aires; le hacía falta viajar para su cultura general (tenía el problema de los que nunca salen del país, como le dijo La Voz del Pueblo en diciembre del 71, cuando renunció a su Presidencia Constitucional, que ya nunca más volvió a ver). [126]

     -Usted me hizo algunas diabluras, general Caballero -me dijo. Estábamos hablando con confianza, porque yo saqué del ropero (nos faltaban muebles, así que usábamos cualquier cosa para la oficina) una botella de García mí (medio vacía, porque López yacaré te había hecho un agujero a la parte de atrás del mueble y por allí metía la mano mientras yo recibía las visitas); era una manera de recordar los viejos tiempos, cuando conspirábamos juntos en el Partido Nacional, y le hicimos vender su casa para que no se entere de que los fusiles nos prestaba el brasilero. ¡Pobre Rivarola! Nosotros le habíamos dicho que compramos con su plata el armamento; él parecía una criatura, le mostraba los krupp a don Gallino, que no podía creer... Después por supuesto, vino el Pacto de Febrero, nos jodimos todos... Ya había pasado mucho tiempo, yo le conté la verdad.

     -¡Entonces fueron los brasileros!

     -Así es, don Cirilo.

     -Está bien. Pero ahora, hablando como amigos, quiero hacerle una pregunta: ¿Usted conspiraba cuando fue Ministro?

     -Don Cirilo, ¡qué cosas se le ocurren!... Ahora le pregunto yo: ¿por qué me metió preso sin hablarme primero?

     -Idea de Gill... Él, incluso, tenía ideas más fuertes...

     -¿Cómo Fulgencio Miltos?

     -Sí...

     -Me parece que los Godoi nos hicieron un favor a todos.

     -Desde luego.

     -De acuerdo, don Cirilo, pero le digo algo: usted no se me vaya en Buenos Aires para cabezudear con los Godoi, Ferreira, etcétera... Mire que estamos necesitando créditos, como los que están llegando en Argentina, pero nadie nos presta por culpa de la mala propaganda que nos hacen los exiliados en la Argentina; piensan que somos un país de indios.

     -Tiene mi palabra, general Caballero: yo, por diez años, me olvido de la política. Eso le da tiempo de ser Presidente y todo...

     -Don Cirilo, yo pues no soy tan ambicioso...

     -La Patria lo necesita, general Caballero...

     -Muy amable...

     Terminamos de lo más bien; yo le dije que espere, que pase un poco el Año Nuevo (éramos 31 de diciembre) y que después venga a verme para que yo le dea su pasaporte completo, no iba a haber problemas, pero que por favor no se muestre mucho, que ande con cuidado, porque o si no se arma líos para él y también para nosotros. Después yo me puse a ver un poco quién era ese ratón que andaba haciendo ruido por mi oficina: era el López yacaré, por supuesto, desde los tiempos de Juan B. Gill se había [127] acostumbrado a ser pyragué, y ahora todavía seguía espiando a los Ministros, aunque don Cándido le había dicho que deje no más, que ya no hacía falta, porque nos tenía confianza... Bueno, la verdad es que don Cándido le había dicho que le controle a su Vicepresidente, al Adolfo Saguier, pero el yacaré aprovechaba, de paso, para entrar en el Ministerio sin permiso, dice que con orden de don Cándido: yo aproveché esa vuelta para decirle que la caña era con dinero propio, no del Fisco, y si me volvía a tocarla, iba a hablar personalmente con el Señor Presidente para arreglar el asunto de una vez por todas, para mandarle de soldado en una guarnición del Chaco (faltan varias líneas).

     Bueno, estas cosas yo se las voy contando como son, porque la historia dice que el 31 de diciembre, Cirilo le hizo la visita protocolar al Presidente, y la verdad es que le hizo pero don Cirilo me pasó el clavo porque, como es natural, quería estar con Regalada en vez de Rivarola... Bueno, esto tampoco se puede poner aquí, causa mala impresión a la Historia; póngame nomás como dicen todos: que le hizo la visita protocolar y que después se fue en casa del representante brasilero, don Totta, que tenía su casa allá por Palmas y 25 de Noviembre (donde ahora tiene su negocio Otto Zinnert), que quedaba a una cuadra de la casa de don Cándido, a unos treinta metros de la Recova de la esquina, donde le asesinaron a Cirilo Rivarola, que comenzó mal el año 1879 (roto). El tipo se había ido a cenar, entonces, en lo de Totta, para pedirle garantías; Totta le dijo que por supuesto, que no se preocupe, que ya nos había dicho que teníamos que dejarle en paz. Después, como ya se sentía más tranquilo, se fue a visitarle por el Año Nuevo a don Cándido Bareiro; al llegar en Palmas e Independencia, se subió las gradas esas de la Recova para comprar unos cigarros, porque todos los negocios estaban abiertos, había que festejar... ¡No!, ¡qué lo van a matar! El tipo compró sus cigarros, compró fósforos, se fue para aperitar con don Cándido, que le había dicho que quería hablar un rato con él, ¡cómo podía dejarle plantado al Presidente, encima Constitucional! Así que de la Recova se fue tranquilamente a la casa de don Cándido, que quedaba en la continuación de Palmas, o sea a unos 30 metros de la Recova (Palmas e Independencia) enfrente mismo a esos parientes de don Antonio Porta; don Cándido me contó después que fue un Año Nuevo inolvidable y habrá sido, porque desde entonces don Cándido tuvo que tomar ese láudano contra el insomnio (roto).

     Cuando Rivarola se despidió, don Cándido subió al balcón (su casa tiene balcón sobre la calle) para mirar las bombitas; es peligroso, porque los muchachos quieren también largar tiro al aire en Año Nuevo, pero Año Nuevo siempre luego es Año Nuevo y uno quiere divertirse y don Cándido se quedó en el balcón mirando los cohetes, a pesar de los tiros, y a pesar de que ese año luego no había plata para pólvora, porque ni siquiera había para arroz, y estábamos atrasados con la deuda de Londres y todavía teníamos más deudas con los comerciantes que se estaban cansando de [128] prestarnos. Pero justamente por eso uno necesita su Año Nuevo: balconear un poco para mirar el juego artificial y distraerse en vez de pensar en la deuda y en lo que iban a decir Machaín, y el resto en Buenos Aires, siempre listos para hacemos la invasión. Así que don Cándido Bareiro se distrajo un poco y después se recostó en la hamaca y estaba comenzando a soñar con Machaín (Facundo), cuando llegó polecía para contarle la desgracia.

     Don Cándido entonces fue inmediatamente a la Polecía; tomó por Fábrica de Balas y después por Caapucú en vez de tomar por Independencia, y es que no quería alborotar porque el lugar del hecho había sido justamente la Recova, la esquina de Independencia y Palmas, y entonces no quería pasar por ahí con toda su escolta para no espantar la perdiz, como se dice, y la verdad es que dio resultado, porque un rato después le agarraron al López yacaré con el puñal en la mano y (roto). Lástima no más que llegó tarde en la dirección de la Polecía (que queda como a 200 metros del lugar del hecho) y que don Ignacio Genes luego no se encontraba en su despacho porque festejaba con la familia, así que tuvieron que llamarlo y mientras tanto pasaron como 40 minutos antes de que lleguen los agentes en el lugar del hecho, o sea en la Recova, pero los comerciantes que tenían sus negocios por allí no sabían o no querían decir nada; ellos, cuando comenzó el asunto bajaron sus cortinas porque tenían miedo. Nadie quiso ayudarle, ni siquiera en la esquina de enfrente (esa que queda haciendo cruz con la Recova, porque el hombre cruzó la calle corriendo y pidió auxilio en la botica Guanes pero le cerraron la puerta en las narices).

     El único que sabía algo era un borracho llamado guiraí; ese dijo que vio cuando los tipos se acercaron, eran cinco o seis y llevaban machete sin problema aunque todos los negocios todavía abiertos, iluminados (esa esquina es pleno centro de Asunción), vio también cuando el hombre subió los peldaños de la Recova y sacaba su reloj del bolsillo para mirar la hora, y mientras estaba mirando fue que le jugaron un machetazo y entonces comenzó a pedir auxilio pero los comerciantes no querían meterle en sus negocios sino que le cerraban porque tenían miedo de los borrachos (dice que estaban borrachos) que decían a los que estaban por ahí que no se metan, porque o sino... Eso es todo lo que dijo el guiraí pero él no pudo reconocer a nadie. Y además que estaba borracho; el Tribunal no le iba a reconocer su testimonio, aunque estaba listo para reconocer cualquier testimonio, porque el Juez era nada menos que Silvestre Aveiro, ese que había sido Fiscal de Sangre del Mariscal López, y que la gente no lo quería, porque siempre se dijo que castigaba para quedar bien con su Jefe, que no quería creer yo, pero tuve que creer al fin, por lo que le hizo a mi cuñado.

     Porque usted sabe, Amarilla, que cuando se inicia el proceso criminal, el tipo le quiere condenar a Juan Alberto Meza. Y es que Juan [129] Alberto (no sé si ya le dije) era el Jefe de la Escolta del Presidente, un cargo de mucha responsabilidad. Entonces el juez le pregunta, con mala vuelta, si cuáles son las obligaciones de la guardia presidencial. Juan Alberto le dice que cuidar el orden, incluso evitar los bochinches cerca de la casa. Aveiro le pregunta entonces si cuál es su puesto de guardia; Juan Alberto le dice que, depende, cuando está en su despacho; o si no, su residencia particular. Aveiro le pregunta entonces si dónde estaba en la noche del 31 de diciembre; Juan Alberto no podía explicarle que se fue en casa de la Regalada para llevarle una botella de sidra que le mandaba don Cándido, y entonces le dijo que en su puesto, como siempre. Y allí fue que Aveiro, que le decíamos yacaniná, le dice que entonces es culpable, porque si había estado en la puerta de la casa del Presidente, montando guardia, tenía que haber visto cuando, a treinta metros, un grupo de maleantes le acuchilló a Cirilo Antonio Rivarola, que comenzó a correr y a gritar antes de que le maten del todo, fueron por lo menos varios minutos, y eso le daba tiempo para intervenir: tenía suficiente personal para socorrerle al difunto pero si no hizo nada es porque también estaba metido si no es que, como dice la gente, el mismo Juan Alberto no fue el autor material, para cumplir la orden de Bareiro: vaya a ponerle a Rivarola un pañuelo rojo al cuello. Entonces Juan Alberto preso, junto con el jefe de la Polecía, don Ignacio Genes, que se ofendió bastante cuando le apresamos, aunque tratamos de explicarle que no fue por gusto, sino que el brasilero Totta nos exigió la investigación y si no, adiós crédito (el brasilero se pichó porque le había dado su palabra a Rivarola y con el asesinato lo desprestigiaron).

     Y ese fue uno de los momentos realmente desagradables de mi vida, porque Totta me hizo llamar en su despacho para retarme bien grande, y Juana Isabel también se enojó conmigo, me dijo que yo no hacía nada para protegerle a su marido, que no tenía la culpa así que finalmente tuve que ir a hablar con el yacaniná Aveiro, aunque no simpatizábamos mucho. Yo muy amable, le dije que por favor mire un poco, mi cuñado era inocente, le podía asegurar. Él me dijo no se preocupe, general Caballero, vamos a cumplir la ley, no pensamos condenar a ningún inocente. Y me dijo de buen tono, pero él era así: siempre con la voz suavecita, pero después (roto). Menos mal que terminó renunciando, y el otro juez era más comprensivo; en seguida lo puso en libertad a Juan Alberto, y el fiscal no apeló la absolución. Ese fiscal parecía un mozo muy decente, pero cuídate del agua mansa, son los peores. Porque ese mismo tipo, que cuando me veía se cuadraba, salió a decir que no apeló la sentencia porque yo lo había amenazado de muerte, como al juez Aveiro. ¡Así andamos! Y todo viene a ser por culpa de los legionarios, ellos los que destruyen el país con sus ideas foráneas, en tiempos del Mariscal no había eso; él se hacía respetar por todo el mundo, y a veces uno extraña un poco aquellos tiempos, ahora que cualquier juez-í se le insolenta, como el mitaí que me embargó mis [130] bienes en Asunción aprovechando que yo estoy exiliado en Buenos Aires. Tengo que consolarme con el locro, es lo único que me queda...

*

     ¿Dónde estábamos?

     Bueno, entonces le absolvieron a Juan Alberto Meza, tenía que ser así porque su abogado defensor fue Ricardo Brugada, un hombre tan letrado, a él no lo iba a embarullar un procurador cualquiera, ni siquiera un juez.

     Ganamos, entonces, y allí sí que festejamos con una gran fiesta, y mi hermanita la Juana Isabel fue la que le dio la idea a don Cándido de abrir otra vez el Club Nacional, ese que queda en Palmas y 25 de Noviembre, del otro lado del Oratorio; no era cuestión de andar tan tristes, le decía Juana, había que hacer como Mariscal y la Madama que tenían su club para hacer el baile de disfraces, ahora que ya teníamos local había que arreglar un poco y nada más. Pero no tenemos plata, le decía don Cándido. Tiene que hacer como Mariscal, le decía Juana, que le pedía contribución a la gente (el Club Nacional se hizo con contribuciones, como la residencia del Mariscal, ahora Palacio de Gobierno). Mire, señora, le decía don Cándido, ocurre que nadie tiene plata en el país. Igual se puede prestar le dijo ella. Y así fue que don Cándido habló con los brasileros para que le pasen un 300.000 pesos (para ellos no era nada). Don Cándido habló con ellos, que le dijieron que sí; con eso ya se podía reparar un poco la ciudad, que seguía patas para arriba, como en el 69, incluso un poco peor, porque con las revoluciones habían levantado los pocos adoquines que habían en las calles y antes de que puedan volver a ponerlos en su sitio, los vecinos ya se habían llevado para reparar sus casas que se caían con la lluvia. Así que el 300.000 nos venía al pelo; con ese ya reparábamos un poco la ciudad, carpíamos un poco la calle Palma: después ya podíamos pensar en vender las tierras públicas; primero arreglamos un poco nuestra imagen, porque cuando el gringo que desembarcaba y caminaba cinco minutos y le picaba una víbora en pleno centro, ya perdía las ganas de invertir un real. Así que la cosmética primero, decía don Cándido teníamos que, por lo menos, barrer la vedera antes de llamarle al Rothschild...

     Bueno, todo esto mientras seguía el proceso criminal, mientras el pobre Genes seguía preso. Pero nosotros no podíamos hacer nada, estaba todo en manos de la Justicia, así que nos distraíamos un poco caminando por el centro de la Asunción, calculando dónde íbamos a poner su monumento. Don Cándido quería justo frente a la Recova, allí quería que lo póngamos a caballo, y por eso fue que yo comencé con la colecta, pero Peña, como ya le dije, se comió la plata, así que no hay estatua de Bareiro, [131] que tanto se merece... Por suerte, se murió creyendo que le íbamos a hacer no más su retrato caballar, fue una de las pocas alegrías que tuvo, porque el proceso por la muerte de Rivarola nunca se aclaró (unos borrachos cualquiera) pero la gente le culpó a don Cándido, y eso le dejó muy mal. Y sobre todo le quebrantaba Genes, había sido un excelente colaborador, sabía demasiado bien que era inocente, pero tuvo que meterlo preso porque o si no Brasil no le prestaba $ 300.000: los tipos exigían investigación. Y le dolía a don Cándido hacerle eso a un buen amigo, por eso fue que un día me llamó a su casa para que le lleve a don Ignacio una torta que había preparado doña Atanasia de Escato y que yo le entregué a mi querido camarada con las felicitaciones de Su Excelencia, y la garantía de que dentro de poco, muy poco tiempo, iban a llevarlo de esa celda. ¡Qué alegrón para el comandante! Me invitó un pedazo de su torta, pero a mí el chocolate me hace daño, así que no acepté, pero me quedó la satisfacción moral de haberle llevado un poco de optimismo a un héroe de la Guerra de la Triple Alianza, viejo compañero de armas, gran soldado. Y esa fue la última satisfacción porque también fue la última vez que lo vi antes de acompañar el cajón al cementerio, porque un tiempito después el hombre enfermó de tristeza y falleció en seguida; nosotros por las dudas le pedimos su opinión autorizada al médico forense, que lo revisó parte por parte, pero no pudo encontrar nada y por eso le digo que habrá sido la melancolía, porque es imposible que una señora tan decente como doña Atanasia Escato de Bareiro, Primera Dama, le haya regalado torta con vidrio en polvo adentro, como quisieron decir para quebrantarle a don Cándido.

*

     Todas estas cosas le iban poniendo muy triste a mi jefe, yo no sabía luego qué hacer para consolarle. Regalada tampoco. Cuanto más viejos, más mañosos, decía ella. Decía que don Cándido le exigía milagros, a ella que no era la Virgen y que, con cincuenta y pico y enfermo, la culpa era de él y no de ella cuando no (roto). Cuando ya perdimos la esperanza, viene la noticia de la Norteamérica: don Benjamín Aceval ganó el laudo...

     Cuando usted me escriba todo esto, no se olvide de decir que fue con mi dinero, porque el cuatro por ciento de los derechos de aduana tenían que ser para el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, cuando yo estaba allí, pero le presté a don Benjamín para que se vaye con esa plata en Norteamérica para discutir con el argentino, porque el laudo era prácticamente eso: el paraguayo y el argentino tenían que decirle al Presidente Hayes de quién era el Chaco entre el Pilcomayo y el Verde, y nuestro delegado casi llega tarde porque no teníamos para su pasaje pero al final llegó, con el dinero de mi Ministerio, y menos mal que nos ayudaron [132] los brasileros con las pruebas, ellos que no querían que Argentina coma al Chaco. Así que les ganamos a los argentinos, y cuando la noticia llegó en Asunción nos pusimos muy contentos, nos preparamos todos para recibirle a don Aceval como se debe.

     El día 25 de Marzo, toda la Asunción se da cita al puerto a recibir al dotor Aceval.

     Una junta popular, de nacionales y extranjeros, se había constituido, para organizar en homenaje al nombrado ciudadano una gran recepción.

     Cuando el vapor en que venia apareció frente al Mangrullo, los diarios lanzaron boletines; globos aerostáticos alegóricos se elevaban del puerto; una enorme multitud se apiñaba en la plazoleta y los muelles, y la junta popular se embarcó en una lancha a fin de transbordarlo.

     Llegado a tierra el viajero, fue objeto de las más conmovedoras ovaciones: un grupo de selectas señoritas le ofreció una corona de flores; cambiáronse diversos discursos; se embanderó toda la ciudad en su honor y a la noche, hubo profusas iluminaciones.

     El Presidente argentino se portó bastante bien, correcto el Avellaneda ese: sobre la marcha quitó su decreto para que nos entreguen la Villa Occidental, que ocupaban desde 1869, prácticamente, y nosotros le cambiamos de nombre, le pusimos Hayes. El único problema era cómo llegar hasta allá, porque teníamos pues que hacer la ceremonia de transferencia, los curepí tenían que entregarnos, arriar su bandera y todo eso, pero no podíamos nosotros ir a pie, precisábamos cañonera pero no teníamos ni una, y no queríamos ser menos que los argentinos que se iban a ir en la suya; no era pues el caso de que se rían una vez más de nosotros viéndonos en bote; ya demasiado se nos habían reído durante diez años ocupando una villa que no era de ellos y comiéndose todo el Chaco entre el Bermejo y el Pilcomayo que era de nosotros. Menos mal que los brasileros nos dieron otra vez la mano: nos prestaron su González Vieira: con ese pudimos ir decentemente hasta Villa Hayes nosotros, mientras los otros se iban en su Vigilante, no sé cómo no les da vergüenza tener uno así...

     Juan Alberto me pidió que le acompañe pero yo no podía: tenía un cumpleaños familiar. Él quería que yo le acompañe porque le ascendieron: le nombraron comandante militar del Chaco para contentarlo un poco después de todas las acusaciones que le hicieron el pobre mozo merecía. Él se fue con don Patricio Escobar, que le nombramos Jefe de la delegación paraguaya que tenía que tomar la posesión de la Villa Hayes. Conste que al principio no quería; estaba un poco argelado porque se enteró de que le decían el pantalla; decían que encubría todo lo que hacíamos don Cándido y yo y entonces aprovechaban para intrigar, para decirle que no se deje, que tenga su personalidad. Y él comenzaba a influenciarse, estaba por separarse de la barra (eso que le nombramos Ministro de Guerra y [133] Marina), pero le convencimos a última hora y presidió la delegación paraguaya muy contento; se olvidó ya de lo que le había dicho una vez a (roto): que el que sacaba la cara siempre era él y que aprovechábamos nosotros, y que tenía un problema familiar después de Facundo Machaín porque su suegra y su mujer dejaron de hablarle y él no tenía la culpa pero igual ligaba y entonces para qué. ¡Cómo no se va a olvidar de todas esas vyrezas si tenía amigos tan generosos como nosotros! ¿Quién, si no somos nosotros, le ha de dar la concesión de Tacurupucú? Patricio Escobar y compañía recibió por diez años la exclusividad de la explotación de los yerbales de Tacurupucú, sobre el Río Paraná, con liberación de impuestos y todo, siempre que haga caminos y que civilice un poco, porque toda esa costa del Paraná era un desierto, usted ni se imagina lo que era ni lo que es ahora, Amarilla... Si usted es hombre, tiene que meterse alguna vez en esa selva, llena de víbora, vinchuca, de jaguar... Vida de hombres, así no más es la vida de los yerbales, que le voy a contar en su momento, cuando le cuente La Industrial... Sí, la Industrial paraguaya tiene ahora esas propiedades, las compró después. Pero mientras la Industrial todavía no estaba, compadre tenía licencia para beneficiar anualmente 50.000 arrobas de yerba, eso es mucha plata, y por suerte consiguió asociarse con el señor Uribe, que puso como 100.000 dólares de capital para la empresa, tenían más dinero que el Gobierno, con un presupuesto de doscientos mil y pico pesos inconvertibles... ¡Ya ve que no podía quejarse don Patricio Escobar, por eso fue que estuvo en la transmisión de la Villa Occidental!... Después de unos días pidió permiso, para dedicarse a su yerbal, y le pusimos en la guerra al coronel don Pedro Duarte, héroe de Yatay, aunque los aliados querían fusilarle cuando le agarraron (eso en el 66, cuando la Uruguayana).

     -Ahora van a venir los capitales -dijo don Cándido cuando se acabaron las ceremonias, que nos salieron bastante caras, porque teníamos que cumplir con los argentinos que son muy exigentes y el Fisco no alcanzaba, tenía que contribuir con nuestras libras esterlinas (bienes gananciales) y menos mal que Concepción vivió lo suficiente para verme Presidente (finó en 1885, pobre santa) y que comprendió en el momento que no era gasto inútil, sino más bien inversión para el futuro: con eso y con la plata que di para su estatua, le gané a don Cándido, que como Presidente Constitucional pasaba vergüenza porque no tenía para pagar el champán de los invitados diplomáticos. Sí. Eso creo que lo decidió a dejarme la Presidencia a mí en vez de al Vicepresidente. Claro. Y también que me transmitió su experiencia, como se dice; yo aprendí muchísimo a su lado, porque era muy culto, muy leído, habla viajado por Europa y todo. Y él tenía razón cuando decía que nos iban a llegar los capitales recién cuando téngamos la frontera bien marcada, ¿quién te va a invertir en una tierra de nadie como era el Paraguay, que todos sus vecinos decían que era de ellos? Ahora que el Chaco es nuestro, ya lo podemos vender, [134] me dijo. Y tenía ideas muy brillantes para la colonización, para la civilización de los indios; él quería llenar de ferrocarriles y europeos, pero Godoi no le dejó.

*

     Lo que pasa, Amarilla, es que a los grandes hombres no se les comprende en su momento, incluso se les tiene envidia; Bareiro era el único que llegó a Presidente solo, sin ayuda brasilera. Y eso no le podían luego perdonar los Godoi cuera, que se sentían amargados porque les salían mal todas sus conspiraciones porque el pueblo estaba con nosotros, nadie les escuchaba...

     Por eso fue que armaron su vapor, el Galileo, en pleno puerto de Buenos Aires, negaron hasta Villa Franca, con Juan Silvano a la cabeza. Él, con Raimundo Machaín (hermano del difunto) Miguel Carísimo, Andrés Decoud, coronel Pedro Fernández. Esta vez fue al revés (no como el 12 de abril): el que vino en Paraguay fue Juan Silvano, el que estaba en Corrientes era su hermano el Nicanor, que andaba por allá juntando más gente para completar la invasión, que les estaba saliendo bastante bien, porque llegaron hasta Villa Franca, como a ochenta kilómetros de Asunción.

     -¡Añaracó pe guaré! -dijo don Cándido- ¿qué les habrá pasado a los argentinos?

     Él siempre había andado bien con los vecinos, desde 1868, cuando Mariscal le quitó su empleo; ellos siempre le habían tenido muy en cuenta... Cierto que les recibían los exiliados, pero eso luego fue siempre así, desde tiempos del dotor Francia, los exiliados se van en Buenos Aires, donde quitan panfleto, diario incluso contra el Gobierno Paraguayo, hablan de invasión, etcétera, eso es lo normal. Pero esta vuelta era diferente, además de todos los panfletos que le acusaban el pobre Bareiro de la muerte de Machaín, Molas, Galeano, Rivarola, los tipos habían sacado un flor de barco del puerto de Buenos Aires, como ya le dije, por eso que le llaman la expedición del Galileo.

     Con ese barco nos tomaron varios puertos (Humaitá, Pilar, Villa Franca), incluso mi compadre (tan valiente) trató un tiempo de enfrentarlo pero se retiró prudentemente; el Galileo venía bien armado, parecía que. Nuestro buque se llamaba el Taraguí, conseguimos ponerle artillería, pero nuestra información era de que no podía enfrentarle al Galileo (la misma Marina de Guerra argentina le dio los cañones, era demasiado para nosotros). ¡Y menos mal que en el interior nos respondía la gente! En Paraguarí, por ejemplo (allí han comenzado todas las gestas patrióticas que le dicen, incluso la del 22 de marzo de 1873, que le tengo contado). Y en Villarrica: allí estaba don Antonio Taboada, hermano del Rufino, [135] como Jefe Político, de confianza 100%. Pero, con todo, la cosa estaba brava; incluso si le parábamos al Galileo, Nicanor Godoi nos podía hacer un desastre si levantaba todos los exiliados en Corrientes (eran muchos)...

     Don Cándido no dormía...

     Un día, que por no dormir nos paseábamos por la Plaza de Armas, la Escolta le detiene a un tipo que quería acercarse... De la Plaza de Armas, derechito a la Polecía (estaban cerca).

     Don Cándido se puso muy nervioso (no quería ser otro Gill); no se iba a acostar hasta no saber por qué el tipo se le había acercado tanto y en plena oscuridad. ¡Trató de matarme!, decía.

     Yo le propuse una partida de truco (mientras le interrogaban al fulano) y entonces nos fuimos al sótano del Congreso, con Regalada y Lacú Giménez, y allí mi Jefe se olvidó de sus penas, porque nos ganó a todos...

     -¡Permiso, Señor Presidente!

     -Estoy ocupado, ¿no ve?

     -Es el preso...

     -Atiéndalo usted, Caballero...

     A mí me convenía; era una manera de levantarme justo cuando estaba perdiendo y sin que nadie se moleste (don Cándido no quería dejar la mano que le venía tan bien). Pero al final tuvo que suspender el juego, porque el preso aquel tenía noticias importantísimas: el Galileo no tenía ni coraza ni cañones, podíamos fundirlo con el Taragui.

     -Amigo, ¿por qué no lo dijo de entrada y se ahorraba la paliza?

     -Eso yo les dije de entrada, Excelencia, pero me garrotearon igual, recién cuando vieron la recomendación de paí Maíz me creyeron...

     -Bueno, tómese estos pesitos para el árnica.

     El más contento fue mi compadre Escobar, que en seguida salió para enfrentar al Galileo con la artillería de su Taragui. Cuando estaba por cañonearlo, un barco argentino se interpuso, y se acabó la pelea.

     Se acabó la revolución, porque las visitas de don Cándido a la legación argentina dieron resultado, y al sinvergüenzo de Nicanor Godoi no le permitieron levantar insurrectos en Corrientes (R. A.).

     -¡Se acabaron las revoluciones! -dijo don Cándido.

     Y tenía razón. Los exiliados se quedaron en Corrientes veinticinco años más. Todavía estarían, de no ser por los malos colorados que no se dieron cuenta de que el caballerismo era la esencia nacional (como dijo O'Leary) y que se juntaron con los liberales para venir entre todos a invadirnos con la infame, perversa, legionaria revolución de 1904... [136]

*

     -¿Y usted qué opina, general Caballero?

     Yo de esas cosas no entendía demasiado, no era luego mi especialidad, pero de escuchar y de preguntar a la gente fui aprendiendo, le voy a decir que hasta bastante, por eso le contesté que de acuerdo, su proyecto muy bien, una enorme ventaja para el país.

     Yo no le dije por amabilidad solamente, sino que me parecía muy bien; la idea de don Cándido era muy buena, hay cosas que cualquiera se da cuenta (roto). No podíamos pues dejar ese Chaco como estaba: un desierto lleno de yaguareté y de infieles; había que civilizar un poco todo eso, no se podía dejar tanta tierra de balde, sobre todo cuando había los europeos que querían venir para colonizar, para hacer la civilización en esa tierra de nadie (roto). Nosotros no teníamos; el gobierno, pero cualquiera que venga para hacer algo allí iba a estar muy bien, era justamente lo que hacía falta: la iniciativa privada para la colonización.

     Por eso le recibimos muy bien al señor Bravo en la reunión de Ministros especial para él. Su idea era muy buena. Don Bravo quería poner un tren desde Santa Cruz (Bolivia) hasta un puerto sobre el Río Paraguay que él mismo pensaba construir, así que entonces iba a poner una comunicación directa entre Bolivia y la Europa, la salida al mar de ellos, y de paso pasaban por el Paraguay y nos dejaban unos cuantos pesitos y también nos desarrollaban el Chaco. Porque no era eso solamente, o sea la comunicación con la Europa; don Bravo iba a poner pueblos a ambos lados de la vía del ferrocarril, europeos trabajadores para plantar lo que se podía plantar por allá: algodón, tabaco, una verdadera riqueza. Y además había sal, bromelia para usar en fábrica de papel, índigo, y hasta oro. De todo eso habíamos, era cuestión de sacar no más. Faltaba la comunicación. Y esa iba a poner don Francisco Javier Bravo; él se comprometía para eso con una compañía que iba a poner, si le dábamos algunas concesiones, por supuesto. Y por supuesto que le íbamos a dar, ¿cómo no? Un señor tan capitalista, tan trabajador, esa clase de inmigrantes es la que queremos: casi le aplaudimos en la reunión de Ministros por su idea.

     Y a don Cándido le felicitamos por los amigos que tenía; le dijimos que se encargue de los detalles, él que tenía más confianza. Él prácticamente preparó la concesión, que nosotros en seguida aprobamos, porque ese señor tan decente, que nos iba a quitar de la bancarrota (porque bancarrota era desde 1869), sólo nos pidió cinco millones de hectáreas, que le dimos sin pestañear, pero despacito, porque el terreno no era totalmente de nosotros. Quiero decir un pedazo del Chaco que tenía su norte un grado al sur de Bahía Negra (que ya era boliviana en realidad)... Nos avivamos un poco; Decoud dijo que iba a haber luego protesta de Bolivia, pero en estas cosas el tanteo es libre; uno siempre tiene su derecho a pedir de más, sobre todo si es por la Patria; teníamos que pedir lo más al norte posible, incluso más al norte que el Decoud-Quijarro (1879), un tratado que le explico después. [137]

     Bravo, entonces, se quedó muy contento, pero los brasileros protestaron. Dijieron que no teníamos ningún derecho a darle a Bravo el derecho de cobrar impuestos de importación y exportación en sus propiedades, porque por el tratado que firmamos el Río Paraguay quedaba libre de impuestos y no le podíamos impuestear al Matto Grosso, ni siquiera por medio de Bravo. También los bolivianos protestaron; dijieron que no teníamos derecho para darle el derecho de acuñar moneda a Bravo en un territorio que no era paraguayo sino boliviano; que ellos solamente tenían ese derecho porque todo el Chaco era boliviano (ellos hablan querido llegar hasta el Río Pilcomayo, ya habían tenido sus discusiones con la República Argentina).

     Bueno, lo peor que podíamos hacer nosotros era discutir, justamente cuando Bravo (no era ningún tonto) ya se había ido en Londres y había integrado un capital de £ 2.000.000 para su compañía (ese era el comienzo, después quería poner todavía más plata para la empresa, iba a ser una de las más fuertes del Río de la Plata).

     -¡No podemos perder unos capitalistas así!, dijo don Cándido, que le apuró a Decoud para que haga su Decoud-Quijarro.

     -Hay oposición de las Cámaras -dijo Decoud.

     -No importa -dijo don Cándido- vamos a convencerlas en su debido momento. Por ahora, manténgame el secreto.

     Por eso fue que Decoud se reunió secretamente con el Ministro boliviano. Y Quijarro al principio muy terco: quería todo el Chaco. Eso no puede ser, dijo Decoud, ya tenemos el laudo del Presidente Hayes. Ese laudo nos venía muy bien; nos daba el Chaco hasta el Río Verde. Un árbitro imparcial, como le dicen, y eso muy importante, porque nuestro derecho sobre el Chaco es flojo. Pero si la República Argentina nos cede, si el Presidente Hayes nos adjudica, entonces debe ser que hay algún derecho. Por lo menos hasta el Río Verde Pero hasta allí no más. Y esto es lo que no quería entender el Congreso, que quería reclamar el Chaco hasta Fuerte Olimpo y todavía más, hasta Bahía Negra: no tenemos derecho. Por eso fue que el tratado Decoud-Quijarro fue un secreto, porque si se armaba escándalo, íbamos a perder más. Pero despacito y buena letra, nuestro Canciller les sacó un buen pedazo a los bolivianos: el Chaco hasta casi el paralelo 22... Era, desde luego, más de lo que se podía esperar, pero ese mozo Decoud hizo un buen trabajo en las negociaciones porque siguió mi consejo (20). Yo en esas cosas lo dirigía siempre; él era un mozo algo culto pero le faltaba la experiencia, pero [138] siguiendo mis consejos hizo un lindo tratado que nos dejaba el Paraguay así:

     O sea, una línea que salía de la desembocadura del Río Apa en el Río Paraguay; lo que quedaba al norte, de ellos; lo que quedaba al sur, de nosotros. Era un buen negocio para el Paraguay, porque si arreglábamos el asunto de fronteras (incluso ganando un poco) el señor Bravo se venía en seguida con las libras esterlinas y nos llenaba el Chaco de inmigrantes europeos (europeos, decía el convenio, para que no nos llene de chinos o de negros como en el Perú, que son bastante indios, pero siguen trayendo sus orientales, no sé dónde van a terminar).

     Los bolivianos quedaron muy entusiasmados, pero nuestro Congreso comenzó a macanear; al final, los que comenzaron a macanear fueron ellos, que comenzaron a darle vueltas al Decoud-Quijarro, pidieron [139] todavía más, como nuestro Congreso, y la compañía Bravo se quedó en la nada, porque nadie quería poner plata en ese terreno que todavía no tenía dueño; era mejor regalarle un pedazo a Bolivia para que Bravo nos colonice el resto, pero dijieron que no y que no, incluso que don Cándido Bareiro había recibido libras de Bravo, pero me consta que por el bien del país.

     Y mientras tanto seguíamos perdiendo plata, todos esos capitales que se nos escaparon, aunque se quedaron muy contentos con el Aceval-Tamayo (1887) que nos dejaba el país así:



[140]

Tratados de límites con Bolivia, según el extranjerizante libro de Harris Gaylord Warren
(nótense las palabras en inglés). [141]

     Mi compadre don Patricio Escobar sufrió mucho (él ya era Presidente cuando eso) pero el Congreso no le quiso ratificar el tratado de límites, y eso que yo les pedí personalmente que le aprueben, pero los tipos se querían hacer de los patriotas, como si más patriotas que mi compadre y yo puede encontrar. Pero, con todo, mi compadre Escobar tomó con calma. Por suerte. Porque a don Cándido Bareiro, que tenía corazón, le mató de sufrimiento ese rechazo; el Congreso le mató. En tiempos del Mariscal no pasaba eso, decía, y tenía razón el pobre hombre.

     Menos mal que algunas cosas le salieron, como el Obispo, fue el primero que tuvimos desde 1868.Parece que el Santo Padre desconfiaba de nosotros, porque nos dejó once años sin Obispo, desde el 21 de diciembre de 1868. Ese día le fusilaron a monseñor Palacio (nuestro único monseñor) en Lomas Valentinas, y parece que nos dio mala suerte porque monseñor maldijo el Paraguay y en verdad que tuvimos mala suerte: nada nos salía hasta que le nombraron a monseñor Aponte nuestro Obispo en 1879. Con monseñor Aponte terminaron los problemas, aunque Adolfo Saguier seguía molestando, y eso que era el Vicepresidente; él se ponía de acuerdo para hacernos la contra con el Jefe Político de Ajos, coronel Florentín Oviedo, el mayor Eduardo Vera, de Ita, el coronel Silvestre Carmona de San Pedro. Esos, con Antonio Taboada, con Cirilo Solalinde, Francisco Soteras, Antonio Zayas, comenzaron a decir que no a cada cosa que don Cándido decía y por eso fue que don Cándido me pidió por favor que no le haga Presidente a Saguier (roto).

*

     Lo importante, Amarilla, es hacerse respetar por las mujeres. A mí nunca me faltaron... la única vez, ese 3 de setiembre: la Regalada me dejó plantado...

     Pero el día 4 de setiembre de mañana vienen a verme, dicen que don Cándido agoniza. Yo salí corriendo, llego en su casa en tres patadas. La Regalada en una pieza aparte, con don Higinio Uriarte. Ella lloraba despacito. Cuando me vio llegar, saltó hasta el techo:

     -¡Ay, Bernardito!

     -Bernardino, carajo -siempre me llamaba mal.

     Quise darle un bife allí mismo pero peor. Entonces le pedí a don Higinio Uriarte que me deje un poco solo con la loca esa... completamente loca aquella vuelta.

     -¡Soy inocente, Bernardito!

     -Eso hace tiempo...

     -¡Que no te pongas así, no te pongas así!

     Nunca la vi tan nerviosa, estaba gritando... [142]

     Yo le retorcí el brazo disimuladamente (nos estaban mirando), la obligué a sentarse. Me contó lo que yo ya estaba maliciando: ella me dejó plantado porque se fue con don Cándido (orden superior). Pero el pobre don Cándido, que ya estaba enfermo, trató (roto) y le dio el ataque. Así que es mentira lo que cuenta Godoi: que murió echando espuma por la boca, como envenenado. Don Cándido murió del corazón y la Regalada no tenía la culpa, ella no más trató de hacer lo que él le pedía. Así que la dejamos ir a la Regalada, no tenía la culpa, y nos pusimos a pensar quién podía ser Presidente. El coronel Pedro Duarte, Ministro de la Guerra, me dijo que sea yo, y pMaíz también; él me contó que don Cándido, varias veces, le había dicho luego que el Presidente tenía que ser yo, no podía ser el Vicepresidente, el Adolfo Saguier, porque desde hacía rato le hacía la oposición en el Congreso (andaba soliviantando a viejos amigos como mayor Vera, coronel Oviedo umiva) y también una cuestión patriótica, porque Adolfo Saguier, allá cuando nos peleamos con los aliados en Acosta Ñú, era el baqueano que les mostraba el camino, y eso no podía ser; ¡lo que me costaba hacer pelear a criaturas de 12 años a mí, que era su comandante, para que un traidor como Saguier, todo un legionario, les ayude a los otros!

     El coronel Pedro Duarte pensaba igual, ¿cómo luego iba a pensar de otra manera, si los enemigos le agarraron en Yatay, casi le fusilan? Él no les quería a los traidores a la Patria. Por eso le hizo llamar a don Adolfo Saguier, le dijo que si no firmaba el papelito ese, no respondía por su vida. Por supuesto, don Pedro Duarte era incapaz de matarle (mentira no más fue que fusiló muchos argentinos y brasileros prisioneros, por lo que los enemigos querían fusilarle). Pero le corrió con la vaina al Saguier, que merecía el susto, y el tipo sobre la marcha firmó su renuncia a la Presidencia de la República, que nos vino muy bien. Y eso porque nosotros nunca violamos la Constitución. La Constitución dice que, cuando muere el Presidente, tiene que sustituirle el Vice, y entonces le tocaba a Saguier, pero si el tipo renunciaba, entonces ya podía ocupar el cargo otro, provisoriamente, hasta que se complete el mandato presidencial de don Cándido, que tenía que ser del 78 hasta el 82, pero el pobrecito finó en el 80, el 4 de setiembre... Yo no tengo ambiciones, pero como Saguier, en el fondo, yo tuve que sacar el siguiente Manifiesto, a pedido especial de los amigos:

MANIFIESTO AL PUEBLO

     El ilustre Presidente de la República, don Cándido Bareiro, acaba de fallecer y en el deber de mantener el orden y la tranquilidad inminentemente amenazadas me he puesto al frente de las fuerzas nacionales, hasta tanto se reúna el Congreso de la Nación, para que adopte la resolución que aconsejen las circunstancias. Con este fin se han tomado todas las medidas para garantir el orden. [143]

     Yo asumo gustoso esta responsabilidad en nombre de la salvación de la patria y de las instituciones.

     El pueblo puede estar tranquilo y será mi deber garantir las vidas y los intereses de todos los habitantes de la República.

     Podéis contar seguros que la bandera que enarbolo es hacer cumplir la Constitución y las leyes de la Nación.

BERNARDINO CABALLERO

     Asunción, 4 de setiembre de 1880

     Por supuesto que una medida tan importante como esa no se puede hacer a tontas y a locas, así que le mandé una carta a mi compadre Escobar, explicándole todos los detalles, no quería que los civiles se entremetan. Porque nosotros éramos grandes amigos, pero de tanto en tanto nos intrigaban, y entonces Escobar, que era un poco ingenuo, se dejaba impresionar y salía en contra de mí. Por eso le mandé la carta con un chasque especial, a él que andaba ocupándose de los yerbales de Tacurupucú, y él me dio la razón, dijo que podíamos contar con su apoyo, él no nos iba a hacer pronunciamiento en contra. También el Congreso se mostró muy amable, porque se reunió en ese mismo día, me nombró Presidente Provisorio para seguir hasta el 82, que había que hacer nuevas elecciones. Un regalo póstumo de don Cándido, me dijo paí Maíz. Y tenía razón, don Cándido me había dejado una Presidencia en buenas condiciones, el hombre se hacía respetar por todos, inclusive el Congreso, que cuando se insolenta son capaces de todo (así fue que le mataron a mi sobrino Facundito). Y entonces yo ya no tuve mucho problema para ser el Presidente Provisorio: todo estaba en orden. Es decir, el único problema, las finanzas: saí la piola. Pero de ese me encargué yo; era lo único que faltaba porque, por el resto, se acabó la revolución (la última fue la del Galileo, después se quedaron en paz). Así que hice un lindo Gobierno Provisorio del 82 al 84 y después Gobierno Constitucional, del 82 al 86; después, el Pueblo me pidió que siga no más de Presidente, había sido demasiado constructivo mi Gobierno, decían. Pero los liberales le intrigaron a don Patricio Escobar: le convencieron de que él no más tenía que ser el Presidente, y así fue que mi compadre descuidó sus negocios, donde le iba tan bien, y se metió en la Presidencia, donde estuvo del 86 hasta el 90. No le salió tan mal, porque yo le ayudaba, pero le dio demasiada confianza a la oposición, que le fundó el Partido Liberal en el 87, y que también le rechazó su tratado de límites con Bolivia, el Aceval-Tamayo, también en el 87... En parte tiene la culpa él, don Patricio Escobar, porque si me hacía caso, seguíamos todavía en el Gobierno, nosotros, el Partido Colorado... No nos iban a echar los liberales con su revolución de 1904, que sirvió no más para que lleguen al Gobierno todos los enemigos de la Patria, como el Benigno Ferreira, que se pasó todo el [144] tiempo conspirando después de que lo rajamos en el 1874, y que al final se dio el gusto de hacer su revolución que tanto le gustaba...

     Pero todas estas cosas fueron, como le digo, culpa de don Patricio Escobar, si él me dejaba repetir la Presidencia para el 86/90, yo nunca iba a permitir que los liberales nos ganen. Y conste que hice todo lo posible: después del 86, yo siempre dirigía la política, pero si no sos Presidente es más difícil; siempre te sale un buey corneta que no podés controlar. Siempre tenés algún infiltrado en el Congreso, incluso varios, de esos que se vuelven liberales de golpe. Y al principio pueden ser uno o dos, como Antonio Taboada o Zayas, pero después se pone de moda hacer oposición. Y entonces el Presidente ya no manda, uno es el partido de gobierno al pedo, porque los otros hacen lo que quieren (21). [145]



El Paraguay según el Anuario Estadístico del Paraguay de 1886.
Sorprende que el cartógrafo se haya olvidado de incluir
el ochenta por ciento del Chaco. [146] [147]


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Tratado séptimo

De cómo fundé el Partido Conservador, o sea Nacional Republicano (1887)

     Yo luego nunca me preocupé mucho por la plata, mi familia tenía estancia, me pasé mi juventud cuidando nuestros animalitos, la vida sana del campo, en vez de fumar como la juventud de ahora, vicios no más son los que tiene. Después entré al ejército, de la estancia derechito al cuartel. Allí tampoco tenía que preocuparme tanto, las Gloriosas se encargaban y les quedé muy agradecido, sobre todo porque era oficial y para el resto apenas si alcanzaba la carne, y las mujeres ya ni eso: se metían con los chicos por el monte para buscar guayabas, naranja agria, lagartijas, porque carne no más para los combatientes (22).

     ¡No le puedo decir cómo pasamos, Amarilla! Ustedes los jóvenes de ahora ni idea tienen, sobre todo los argentinos, ni siquiera se van a imaginar que una vaca hacíamos alcanzar para 400, con cuero y todo...

     ¡Con el cuero, no me mire así! El cuero no es tan malo si se hierve cuatro a cinco horas, igualito al tocino, pregúntele a Juan Crisóstomo Centurión... Por suerte, yo comía con el mariscal. ¡Cómo daba gusto! Al principio nos peleamos por el chocolate (Monseñor se guardaba en el bolsillo) y no porque faltaba; no más que en la guerra pasa hambre uno y si no pasa, igual. Piensa que puede pasar y entonces cuando tiene, come a doble carrillo (como los Carrillo, solía decir la gente, y es que Mariscal, para ayudarle un poco, le dio a su familia la proveeduría del Ejército, pero la familia abusó); mira con odio el plato del vecino. Pero al último fue mejor, incluso sobraba, porque la comida había menos pero ya éramos pocos. A su mamá y sus hermanas, Mariscal les hacía comer en ese potrero donde estuvo Masterman (aunque ellas no estaban atadas, les trataban muy bien). Los hermanos y cuñados, ajusticiados. Lo mismo que el obispo (ese monseñor que tan bien contaba chiste verde), el general Bruguéz, el comandante Marcó, Pancha Garmendia. Todos esos que conspiraron contra el gran Hombre. Porque era un gran hombre, Raúl, no me va a decir que no. A pesar de que ese atolondrado de Decoud, justo [148] el 11 de setiembre de 1887, cuando fundamos la Asociación Nacional Republicana, habla de despotismo terrible, dice que a mí me disgustaba Mariscal López... Todo porque yo le di confianza: le pedí que me haga un poco la ideología para ese partido que andábamos fundando y él le puso Republicano como el Lincoln, hasta ahí estaba bien, pero después me sale con discurso antilopizta y justamente el día de la fundación. Eso para darle el gusto al Egusquiza, Juan González y otros legionarios que aceptamos para ver si mejoraban un poco, pero me dejó demasiado mal con los héroes que me dijieron después: ¿Cómo deja que Decoud hable en nombre propio y del general Caballero? (así dijo Decoud). Yo les dije que a la juventud había que perdonarle, hice pasar pero me dejó muy mal. Porque yo prácticamente soy el heredero del Mariscal López; él me nombró su sucesor para que continúe su trabajo positivo cuando ya se iba a morir porque el país estaba en ruinas. Y entonces me reuní con los muchachos; hicimos entre todos la Asociación Nacional Republicana (1887) para conservar un poco los recuerdos de la guerra, porque como yo les dije: la Asociación Nacional Republicana es la escuela conservadora de la política paraguaya. Precisamente cuando andaban entrando tipos como el Rafael Barrett y la Asociación de Artesanos y los comunistas de Australia y toda esa gentuza...

     Pero le cuento después.

     Tenemos que empezar por el empiezo.

     O sea, antes del 87.

     Eso viene después. Porque del 80 hasta el 86, fui el Presidente Constitucional de la República, y ese me parece que tenemos que poner primero; es demasiado importante. Si no hacemos ahora, a lo mejor nos olvidamos (faltan varias líneas).

     Entonces le decía que pasamos penurias y fatigas durante la guerra esa de la Triple Alianza, por eso después yo dije ¡basta, vamos a tener ponchadas de vacas! ¿No le parece un absurdo, Raúl?... ¿Cómo qué?.. ¡El absurdo!... ¡Eso es muy absurdo! O sea que tengamos que meter vaquitas de la Argentina, que téngamos que importar la carne habiendo tanto espacio en Paraguay para criarles...

     Es que no teníamos plata, eso es cierto, no teníamos, pero también que los ganaderos le desconfiaban al gobierno. Al gobierno paraguayo. Hasta que yo llegué. A mí me conocían. A mí me habían invitado en su casa y todo, sobre todo en el 73, cuando andábamos todos en Corrientes con el Gran Partido Nacional... Allí me trataron muy bien, por supuesto, yo luego tengo mi santo porá, don de gentes como dijo Maíz. Y además sabían con quién trataban; eso siempre me pasó en la vida. (El Juca, por ejemplo, me contó después que siempre luego había maliciado que yo iba a llegar lejos, incluso Presidente, porque a los demás prisioneros les trataba peor). Y los hacendados de Corrientes se dieron cuenta de que [149] teníamos que unirnos: a los dos nos jodía Buenos Aires. Impuestos y más impuestos. El Río Paraná era libre, internacionalmente, pero ellos nos encontraban la forma de clavarnos con sus gravámenes. La yerba, por ejemplo, subían y bajaban el impuesto. No nos permitían exportan elaborada: tenía que ser semi- para que trabajen sus molinos yerbateros. El tabaco le encontraban defectos. Nunca les gustaba. Siempre nos pagaban de segunda el que era de primera. Y la madera les compraban igual, aunque era de contrabando; compraban nuestra madera porque es la mejor, hicieron todos sus durmientes de ferrocarril de quebracho, eso que era nuestro. Para eso no controlaban la importación, no colaboraban con nosotros, el Gobierno paraguayo. Por eso fue que después a Bourgade yo le dije que me haga el ferrocarril a Santos, estábamos a un paso de hacer para salvarnos de una vez de Buenos Aires, salir directamente por Brasil...

     Pero don Bourgade no le interesa, en todo caso le cuento después. En todo caso seguimos con lo que andábamos... ¿dónde andábamos? Los correntinos, gracias. Esa gente del interior son mejores. Porque no crea que tengo nada con los argentinos. Quiero decir los porteños. Tengo un poco en contra. Por eso luego dije aquella vez que mi hijo en todo caso sea brasilero antes que argentino; en realidad quería decir los porteños, esos siempre nos apañaron los revolucionarios como Benigno Ferreira, Juan Silvano Godoy... no es lo mismo; cuando conspirábamos nosotros conspiraba el pueblo, era contra Jovellanos, en ese caso... Sí, ya sé que usted no es porteño, es del litoral, o sino luego no le iba a contratar para mi secretario. Entonces no tiene pues problema para decir la verdad de los porteños, usted tampoco les quiere. Tiene que decir que por culpa de ellos me desterró el gobierno liberal, a mí que he sido luego Presidente de la República, fundador del Partido Colorado... No, no fue Benigno Ferreira, todavía no fue destierro en el cuatro; cuando ganó la revolución yo me fui en Buenos Aires; después volví; el Benigno Ferreira me trató bastante bien, teníamos entrevista y todo. Incluso el José P. Guggiari me recibió en el puerto, pero yo no me dejaba engañar; si eran tan amigos, ¿por qué hicieron entonces la revolución del cuatro? Culpa de Benigno Ferreira y de los porteños que bloquearon el río para que no entre armas (23). Yo le mandé unos mensajes urgentes al Juca, que por entonces mandaba bastante, pero me dijo que ya no podía hacer nada. Y es que las cosas habían cambiado, Amarilla. ¿Usted se acuerda del 70, cuando la flota en nuestro río era brasilera? ¿Recuerda ese vapor Prinzesa?... Bueno, si no se acuerda, yo me acuerdo... Cada vez que habla algún problema en [150] Asunción, el Ministro les mandaba telegrama, y entonces se venía cañonera, sea de Matto Grosso o Río de Janeiro... Pero después cambiaron. Buenos Aires comenzó a ser un puerto de más en más más grande, y entonces los tipos ya podían bloquear río y todo, y el Ministro brasilero le mandó carta al Juca diciendo que si querían mandar armas tenían guerra con la Argentina luego, entonces Juca me dijo lo siento. 1904. Ya no había luego nada que hacer. Juancito Escurra reunió el Congreso para hacer el protectorado, pero el Congreso no tenía quórum: se habían desertado todos para la revolución. Así que De Korab le dijo zorry; si no nos piden, no podemos. Un poco argel el mister, pero en esos tiempos tenían varias solicitudes: Ecuador también quería ser protectorado, estaban estudiando el caso en Washington. O por lo menos eso lo que me dijo el vicecónsul, porque el cónsul yanqui era el Ruffin. Y conste que no fue culpa del Ruffin (me consta); él les había dicho muchas veces a sus superiores de Washington que aquí podían vendernos mucho querosén, que les convenía. Eso les venía diciendo desde 1900, la primera vez que le pedimos el protectorado (aquella vez fue Decoud). Por un millón de dólares se puede comprar todo el país, decía el gringo. Pero los otros que demasiado caro, comenzaron a dudar, y así llegó diciembre, 1904: cuando nos dimos cuenta, teníamos cañonera liberal en el puerto...

     ¡Y pensar que nos quejamos de Ministro Gondim! Sí. Así no más es: uno nunca valora lo que tiene... Nos daba una puteada de tanto en tanto pero siempre se ponía por los amigos... ¿se recuerda febrero del 74? Ahí daba gusto. Te daba pues confianza la colaboración brasilera, así podíamos gobernar, el panamericanismo que le dicen; una gran nación ayudando a otra más chica (faltan varias líneas).

*

     Pero vamos a los correntinos que, como le digo, también les tenían rabia a los porteños, éramos como hermanos, ¿cómo vamos a olvidar el 73? Por eso cuando comenzaron las revoluciones en Corrientes, allá por el 80, nosotros ya éramos gobierno gracias a ellos; les dejamos traer sus ganaderías a los hacendados decentes en el Paraguay, nos convenía a nosotros y también a ellos (estamos para ayudar al prójimo, pues)... ¡No, qué puta, Amarilla! ¡Revolución es revolución! De balde que usted les diga que no le coman, igual le comen sus animalitos. Por eso los hacendados se asustaron, y nos pidieron permiso, y nosotros les facilitamos pasturas para que se vengan al país con su tropa, y ese viene a ser el comienzo de la ganadería del país.

     Es decir, no el comienzo, ya comenzamos luego en el 70, pero en aquel entonces no había plata para traer las vacas, se traía de a puchito, ¡y pensar que antes de la guerra había para tirar! Estancias de la Patria, [151] que le dicen; Mariscal mantenía a sus soldados con esas. Pero con la guerra se murió el ganado y después ya no quedaba plata para importar y entonces una suerte, que me perdone don Gallino, que se haya empeorado un tanto la situación de Corrientes porque allí pudimos progresar: cuando hay vacas, hay plata, y entonces se puede progresar (roto).

Escudo nobiliario de Bernardino Caballero en la versión artística de Raúl Amarilla.
Los interesados en la heráldica pueden ver una reproducción mejor
en la página 162 de la Enciclopedia Republicana.

     Usted no vaya luego a creer que soy tan materialista cuando le hablo de la economía, ese determinismo económico como Rafael Barrett. No. Claro que no. Para mí la plata no sirve para nada. Yo tengo de lo que siempre tuvo mi familia, éramos algo desde la colonia, Caballero de Añazco. Y el rey se quedó muy contento con un mi bisabuelo (o tatarabuelo, no recuerdo), porque les hizo correr a los comunistas, que [152] en esa época se llamaban los Comuneros. Así que le dio unas mercedes más, como regalo; ya con eso nos alcanzaba de sobra, incluso para mantener a los cuñados... Yo ya no quería ni una vara más de campo...

     Pero el Congreso me insistió (eso fue en el 80, cuando me eligieron Presidente). No vayas pues a hacerle el desprecio, me dijo la Juana Isabel. Yo me acordé de golpe que llegaba el cumpleaños de mamá y estábamos a mitad del mes; todavía no había cobrado y ya había retirado (roto).

     -¡Feliz cumpleaños, mamacita!

     -¿Qué me ha regalado, Bernardino?

     -Abra el sobre, por favor.

     ¡Veinticinco leguas cuadradas, qué alegría! ¡Era el mejor regalo!

     Y no se piense usted que escrituré a su nombre, nada más; le regalé de veras. Ella después le regaló a Juana Isabel, con Juan Alberto pusieron para su estancia, daba de sobra. Si quería, yo me hubiera quedado con el campo. Pero no quería, por eso fue luego que el Congreso transfirió las veinticinco leguas a su nombre de ella, doña Melchora Melgarejo de Caballero de Añazco.

     O sea que si quería ganar plata, yo ganaba.

     Pero no quería: lo único que yo quería era ayudarle un poco a la familia y los amigos, uno no puede ser tan egoísta con lo que Dios le da.

     ¡Estás tirando nuestra plata!, me dijo esa vez Concepción. Esa fue la única vez que nos peleamos (siempre muy obediente). Y es que allí en la calle del Atajo me encontré una vez con un correligionario que me dijo: I caturo, aipotá che roga ra mí ¿Cómo le iba pues a decir que no al pobre don (roto) que precisaba tanto, que siempre me había respondido en los comicios? Ni un instante dudé, allí me fui en mi casa, levanté mi colchón. ¿Qué vas a hacer con nuestra plata?, me preguntó Concepción. Política, Conchela, yo le dije. Así se desperdicia el sacrificio del finado, me dijo ella. Eso ya no le pude aguantar y (roto). Pero aparte de eso me dio satisfacciones: el señor compró para su casa; ya finó pero todavía vive la familia, incluso la pobre hijita, que quedó viuda, ¿adónde iba a ir sino era por mí? Incluso en el negocio le fue mejor porque mudó la sastrería en su casa nueva, y allí le venían más clientes porque mejor ubicada. Después fue muy leal en el cuatro... ¡no!, no diga por supuesto, hay los que son malagradecidos como Antonio Taboada. que don Cándido Bareiro le dio puesto en la Sanidad argentina, que le nombramos Jefe Político de Villarrica y hasta deputado, pero después fundó el Partido Liberal... Sí, el hermano del Rufino, ese que ya le dije, ¡quién iba a suponer!... Pero tampoco me arrepiento tanto; política no más es así: si no das, nadie te va a dar. Hay que aguantarse los ingratos de siempre, no hay más remedio...

     Y eso Julia entendía mejor, ella luego no se enojaba cuando los muchachos se divertían en mi quinta. ¡Cosas de hombres! Decía ella: se solía reunir con las señoras de ministro para comentar lo que se contaba, [153] pero mi señora no tomaba a mal. Al fin y al cabo, yo le respetaba la casa: allí nadie podía entrar sin su permiso. Pero la quinta Caballero era distinto, allí luego teníamos que hacer política. Y si uno es dueño de casa, no puede ser pues tan maleducado; no le podés llevar con polecía si te orina en la ventana, hay que dejarlos divertir. Aunque después la pintura te salga cara y tengas que comprar vidrio nuevo. ¡Qué le vas a hacer! Yo me recuerdo luego aquella vez que Decoud pasó por nuestro asado (él nunca se iba) y vio que los muchachos se bañaban con la Regalada y (roto)... ¡Cómo se enojó! Allí mismo le contó a la Benigna, que le contó a la Rosa Peña (eran hermanas) y el pobre Juan González, nuestro ministro de Instrucción, tuvo que dormir en la quinta porque Rosa Peña no le dejaba entrar...

     Pero no me crea que eran solamente cosas así, no...

     También hacíamos asados serios, para los ex-combatientes, por ejemplo. Allá en mi quinta, toda la semana se carneaba, y el que quería sentarse, se sentaba en la mesa aunque yo no estea... Desde luego que no estaba siempre, solamente cuando se reunían oficiales; o si no me hubiera pasado noche y día asadeando... Pero cuando venían los amigos, como el teniente Fariña que le dije...

     ¡Por supuesto que estaba ese!

     ¡Cómo no ha de estar si era un héroe, y nuestro partido luego era de los héroes (como les dije en el manifiesto aquél), no como los liberales que no tienen ni uno, ellos son los que le vendieron a la Patria, los que le traicionaron al Mariscal López, que si no era por ellos podía ganar la guerra... Por eso nosotros éramos los otros, o sea los que fuimos leales, más lopiztos que nosotros no ha de haber. Hasta los curepí se dieron cuenta: la vuelta del partido lopizta es una de las acciones significativas para los estadistas sudamericanos: no creemos que esté distante el día en que los hijos de Francisco Solano López sean llamados a tomar parte en los concejos de su país nativo. ¿Vio cómo acertaron? ¿Quién diría que un día Enrique Solano López iba a tener puesto público, Inspector de Escuelas, incluso en tiempos del traidor Eguzquiza? Porque al principio no podíamos, había quienes no simpatizaban con el Mariscal, y entonces teníamos pues que disimular un poco, en política no se puede chocar tanto... Claro, tampoco se debe como el padre Maíz; eso te compromete demasiado. Porque apenas le matan al Mariscal Francisco Solano López, paí Maíz le manda esa carta a conde d'Eu, le dice que por fin le mataron al Mariscal, qué suerte, era todo un vampiro. Esa es la carta que Juan Silvano Godoy le muestra a todo el mundo; le dio mucho quebranto al pobre padre, que yo sé bien que era muy lopizta, siempre le recordaba bien a nuestro Jefe, pero en un momento no más cometió la imprudencia...

     Así que usted tiene que tener mucho, pero mucho cuidado con esas [154] cosas, no le pase usted como mi manifiesto del 22 de marzo del 73 (¡pucha que da trabajo!); piense luego bien antes de firmar. Incluso mejor todavía si usa seudónimo o si manda hacer por Roque (roto)

     Bueno, me parece que estamos dando vuelta y vuelta; nos disparamos para todos lados. Así que mejor volver al tema, mi Presidencia Constitucional, la más constructiva desde el tiempo del Mariscal López, por algo luego me nombró su sucesor (24). Vamos a recular un poco con el tiempo, digamos 1883, más o menos, pero primero un cocido porque el tema ya se está poniendo muy profundo; no podemos entrarle con el estómago vacío.

*

     Y entonces nos reunimos todos juntos para la reunión con mi gabinete porque el Presidente pues era yo; les pregunté y me dicen: el presupuesto nacional $ 352.963.60 (año 1882), pero apenas si entraron en tesorería $ 250.000 para cubrirlos gastos y para el año en curso (1883) vamos a tener un déficit más grande. Uno propio, digamos, porque el otro se arrastraba de don Cándido Bareiro, incluso de mucho antes, porque desde 1869 estábamos en déficit, y lo único que hacían los gobiernos era emitir billetes inconvertibles y pecharles a los comerciantes hasta que yo llegué. Conmigo, por primera vez, cubrimos el déficit, no se olvide de ponerme, y eso porque mejoramos la ganadería, prácticamente hicimos todo casi de nada, y porque vendimos las tierras fiscales y restablecimos el crédito, y eso que no era fácil. Por ejemplo, la vez que le estoy contando, tuvimos una reunión de gabinete bastante accidentada: comenzábamos con déficit, teníamos déficit, nos esperaba todavía un déficit bastante más grande para el año 84.

     Cada cual me daba su opinión.

     -El problema es la falta de circulante -dijo Decoud.

     -Les hédemos hacer circular aunque no quieran -dijo Juan Alberto.

     En realidad circulación de dinero no más era, no había circulante, porque si prestabas el dinero te pedían 3% de interés mensual, era la regla, así que el comercio luego estaba trancado, se estaban aburriendo de darnos crédito, y entonces había que encontrar una solución sea como sea. Yo les escuchaba a todos, les dejaba hablar porque la gente siempre quiere que le escuches, aunque no sea su especialidad como Juan Alberto [155] Meza, que era el Interior, así que en estas cosas no podía ser tan instruido, pero tampoco yo dejaba que Decoud se ría de él porque mi cuñado era un hombre muy leal: ¡E yucá catú!, me dijo cuando se enteró de que Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala, Cirilo Solalinde umiva andaban tratando de hacernos el Partido Liberal. Y no decía por decir; él estaba dispuesto... Yo no le permitía, desde luego, era un mozo muy nervioso que tenías que controlarlo un poco, pero siempre te da confianza saber que tenés amigos de esa clase.

     -Contráigase al tema, coronel Meza -le dijo el coronel Pedro Duarte, mi Ministro de Guerra.

     Ese Pedro Duarte, le voy a decir, era luego una especie de compromiso, es que no había otro. Cuando estuve de Provisorio yo le di la cartera de Guerra y también Interior, pero para el Constitucional le di solamente Guerra (era bastante argel), incluso estábamos una vez hablando para no darle nada cuando entra en la pieza el propio Pedro Duarte (me parece que escuchó una parte)... Entonces yo me adelanté: Coronel Pedro Duarte, estábamos hablando sobre su ascenso aquí con los colegas. No le ascendí, pero le di otra vez la Guerra. Un poquito a la fuerza. Pero después nos resultó bastante bien; incluso cuando subió mi compadre Escobar yo le puse otra vez de Ministro de guerra... No, no es que nos peleamos, nada de eso. Lo que pasa no más que mi compadre es un poco confiado; la oposición le puede hacer caer... Por eso el 24 de noviembre (el Presidente asume el 25, es la costumbre) yo acuartelé las tropas y le hice decir a mi compadre que quería ver un poco su lista de ministros... No es que yo quería influenciarle, claro que no, pero la oposición macaneaba demasiado y entonces yo le puse otra vez a Juan Alberto para el Interior, a Pedro Duarte para Guerra, a Cañete como Hacienda. Era una penosa necesidad; me molesta un poco meterme en el gabinete ajeno, pero Escobar tampoco aquella vuelta se había portado demasiado bien, porque yo estaba tratando de servir al Pueblo paraguayo otro período más, pero la oposición entonces, para perjudicarme, lanzaron la candidatura de Patricio, que yo no podía oponer por la amistad que teníamos. Patricio se dejó manejar pero entonces yo le dije: Muy bien, compadre, si quiere ser Presidente, sea no más, pero entonces por lo menos yo elijo los ministros. (Los importantes, porque de Instrucción puede ser cualquiera). Ya yapota la democracia, me dijo después (los liberales le seguían engañando). Como quiera, compadre, le dije yo, pero me parece que es muy flojo con la oposición.

     Pero él quería probar que tenía su personalidad; les dejó hacer... Cuando le fundan el Centro Democrático (también Partido Liberal), el hombre vino a verme, preocupado. Allí está, yo le dije, ahora se acuerda usted de los amigos. Pero no soy rencoroso; allí mismo hicimos el Partido Nacional Republicano (1887); pero ese se llamó caballerista, no escobarista; él se quedó pichado porque le seguían diciendo general pantalla, por [156] eso me dejó en el año cuatro. ¡Triste que una amistad termine así!...

     Pero tiene razón, mi querido Amarilla, usted luego es un mozo criterioso.

     Vamos a ir por parte. Paso a paso.

     Dale no más con mi gabinete, le cuento que mi Hacienda era de la Cruz Giménez, Lacú, mozo bien intencionado pero sin Matemáticas, que se olvidó de sumar los ingresos de la Capitanía de Tacurupucú el año 83, entonces Taboada, Ibarra, Fretes le hicieron la interpelación. ¡Todos los Ministros de Hacienda han sido unos ladrones!, dijo Antonio Taboada (no le parece a su hermano). Yo le hice llamar; le pregunté si no podíamos arreglar entre amigos; estábamos tan bien todos juntos en el Partido Nacional... Él me dijo que solamente si le sacábamos a Giménez y le hacíamos juicio; le sacamos pero sin juicio. Entonces quedó muy enojado (¡vaya a darle el gusto!), dijo después que me había apoyado en el 80 porque o sino peor; también en el 82, pero que las cosas ya estaban llegando demasiado lejos y entonces ya no podía ser; había que tener partido distinto: dentro del partido Nacional no cabíamos todos... Si el Ibarra que le cuento es el mismo de La Democracia: otro liberal tuyá. Otro que parecía decente, me dedicó un artículo tan lindo cuando subía a la Presidencia. Esa Partido Nacional, decía, triunfó en Campo Grande imponiéndose al Gobierno de Jovellanos y fue el partido que buscó el finado Gill en el último período de su Gobierno, y fue el que acompañó a don Higinio Uriarte durante todo el tiempo que duró su mando, y fue el que elevó a la presidencia a don Cándido Bareiro, y es el que está encamado en la persona del General de División don Bernardino Caballero, Presidente Provisorio hoy de la República y es por fin el único partido que puede seguir gobernando, porque fuera de él no puede haber sino fracciones insignificantes sin fuerza ni prestigio para mantenerse en el poder. Eso es lo que decía el Deputado Ignacio Ibarra, el Director de La Democracia, que anduvo comiendo de nuestro plato y de golpe se nos vuelve opositor, de golpe se hacen todos éticos... ¿Mbae picó pea?.. ¿Así nos devuelven los favores?... Pero en el 83 no tenían fuerza, eran cuatro gatos, y nosotros les dejábamos hacer y seguíamos gobernando normalmente...

     Lo único fue que le quitamos a Lacú y le pusimos a Agustín Cañete, ese que le decían hijo de Francia, aunque Francia no tenía hijos, inventaron no más. Ese sí que sabía la economía, era muy bueno, por eso siguió siendo Ministro con don Patricio Escobar y cuando fundaron La Industrial Paraguaya se acordaron de él, era un gran administrador, tan eficiente, que le quedaba tiempo para La Industrial y el Ministerio al mismo tiempo, y encima tenía todavía unos negocios... Por eso le tenían envidia, incluso trataron de hacerle una demanda criminal, no me recuerdo bien por qué. (roto).

     Con eso y todo venía a ser un buen equipo, incluso con Juan Gualberto [157] nos llevábamos bien. Yo a Juan Gualberto le conocía bien, había sido mi subordinado en la Legión Paraguaya y le puse de Instrucción porque tenía una señora muy leída, muy voluntariosa, que le sobraba el tiempo y entonces colaboraba con nosotros haciendo las escuelas, una gran educadora... Ponga también que en mi gobierno se hicieron muchas cosas por la educación, no me deje mal. En el 83 hicieron el Instituto Paraguayo, esa institución tan importante, esa fue la que trajo profesores de la Europa. También les mandábamos a los jóvenes a estudiar afuera, conseguimos varias becas y hasta les becábamos a los mozos del campo para que pueda estudiar en el Colegio Nacional, que comenzó a funcionar como se debe bajo mi gobierno (todo lo que hicieron los Gill, umiva no era nada). En mi gobierno recién había plata, con ese fue que les pagamos a los maestros, que alindamos la Asunción, que desde la guerra era una tapera. Conmigo recién comenzó la edificación, hicimos el telégrafo hasta Europa, vino el teléfono, vino el tramway moderno a mulita... Todo porque arreglé la economía, aunque ese tampoco quieren aceptarme ahora porque estoy en el destierro culpa de los liberales sinvergüenzos, un día van a ver... Ahora cuando vuélvamos los colorados, Amarilla, nos hédemos quedar 40 años, por lo menos; hédemos hacer como los López, que no le dejaban la Presidencia a cualquiera... Sí, espérese no más... ¿pero para qué amargamos por culpa de ellos?... Póngame una cosa, muy importante: cuando llegué al Gobierno, don Cándido me dejó luego un presupuesto de $ 270.000 con déficit, cuando salí, le dejé a mi compadre más de $ 1.000.000 sin deuda...

     ¿Qué le parece?

     ¿Le parece bien que después digan que nosotros servimos solamente para poner estancias en tierras del Estado? ¿Le parece que así no más vamos a solucionar grandes problemas como solucionamos entonces, porque lo que me dejaron mis colegas eran deudas no más?

     Déjeme que le diga cómo hice. Vuelva otra vez en la sesión de Gabinete que le estaba contando.

     -¿Me puede decir cómo andamos de plata, señor Ministro? -yo le dije.

     -¡Me olvidé en mi casa! -dijo Giménez.

     Entonces Decoud sacó el papel (había traído):

Deuda pública del Paraguay
Banco Nacional de Buenos Aires $ 50.000,00
Indemnización de Guerra (Argentina) $ 10.126.133,59
Indemnización de Guerra (Brasil) $ 10.458.614,00

     -¡Cómo 20.000.000! -le interrumpió Giménez- ¡Quién hubiera pensado!...

     -Son $ 20.534.747,59 -le contestó Decoud- y todavía faltan... [158]

     -Bueno, el resto para después... ¿Cuánto viene a ser nuestra deuda interna?

     -¡La puta!... Señor Presidente... El contador todavía no me pasó la cuenta... le traigo mañana...

     -Mañana es sábado, Lacú, tenemos baile en la Cancha Sociedad. Lacú se puso blanco.

     -Si se hizo la amortización debida, para fines del 82 debían ser $ 415.125,55... Señor Ministro de Hacienda, ¿se hizo la amortización?...

     Decoud le miró fuerte. Lacú se puso todavía más blanco.

     -$ 400.00 entonces... gracias, dotor Decoud.

     Yo cambié de tema, Decoud ya estaba por decirle algo a Giménez... Cierto que Decoud entendía ese asunto (nos ayudaba mucho aunque era Canciller y no de Hacienda), pero tampoco tenía que creerse tanto; el único que le putea a los Ministros soy yo... Uno no tiene que creerse tanto porque es leído, ¿de qué le sirve la lectura si es un antiparaguayo? Porque lo que cuenta en el Partido es su militancia; hasta un mozo modesto puede ser un buen colorado. Aquí no precisamos dotores como el dotor Aceval, andamos muy bien sin ellos... Eso siempre les decía a los muchachos, y mientras me hicieron caso andamos bien. Cada vez que venían los comicios yo me juntaba en la quinta con los correligionarios del campo; le estudiábamos paso a paso al candidato. ¿Qué tuvo que ver con el general Ferreira? ¿Cómo anda en su casa? Porque cornudos luego no precisamos aquí; ¿si no le manda a su mujer, a quién le va a mandar?... Y bueno, mientras hicimos así, nos fue muy bien. Pero después vinieron los eguzquicistas, diálogo nacional, jeí chupé. Y comenzaron ese diálogo y le dieron Ministerios a los opositores y allí estamos... Ahora todo el mundo reconoce: ¡Andábamos mejor con Caballero! ¡Con Caballero daba gusto!... Y daba gusto, es cierto, yo le respetaba a todo el mundo, a cada cual le daba su lugar. Por eso no le permitía luego a Decoud que le maltrate a un muchacho humilde como Giménez. No hay que ser tan engreído... Eso es lo que él no me perdonó... Después, cuando el Partido Colorado me quiso llevar en la Presidencia una vez más (1894), él dijo que un ignorante como yo no podía ser el Presidente. Pero ese es el golpe del 9 de junio, que le cuento después.

     Bueno, eso ya me estaba desviando, vamos no más a mi reunión de gabinete que le estaba diciendo...

     Como le decía, eran $ 400.000 de deuda pública interna. O sea con los compatriotas, porque solíamos largar unos bonos que colocábamos en el comercio local, y a veces no amortizábamos en seguida.

     -Dígales que no podemos pagar.

     -Piden amortización del cincuenta por ciento.

     -Pero no tenemos, dotor Decoud... [159]

     -Entonces dejan de vendemos provistas para el ejército a crédito...

     -Mire, ellos tampoco pagan los derechos de aduana.

     -Son demasiado altos, señor Presidente.

     -La deuda también es alta pero no protestamos... Mire, dígales que esperen un poquito, hasta las tierras públicas.

     Y así fue.

     Con la venta de las tierras vinieron las vaquitas, las compañías yerbateras, la industria del tanino, todo. Los mismos que me criticaban me ofrecieron después acciones de La Industrial Paraguaya como reconocimiento... Sí don Carlos Casado también... Recuerdo bien aquella vez que estaba preparando mi Mensaje Presidencial y entra Juan Alberto: Ou inversionista, me dijo. Entonces me fui en la pieza y le encontré a don Carlos, un señor español tan decente, aunque al principio me costaba un poco comprenderle: ese y el vosotros te lleva pues un tiempo... Pero déjele a Casado, vamos a seguir... Don Carlos Casado del Alisal viene después.

     Ya ve como arreglé la deuda con los paisanos; ahora le toca entonces a los argentinos: $ 50.000 del Banco Nacional de Buenos Aires, como le tengo dicho.

     Bueno, ese era un crédito de $ 50.000 que quitó Juan B. Gill para su bolsillo, ¿por qué les íbamos a pagar? No. La soberanía de la Patria dice que no... Conste que no fuimos maleducados; siempre con diplomacia; les dijimos que sí, que sí, pero en la hora de la verdad, nácore. Menos mal que no eran rencorosos, porque después nos ofrecieron otro crédito de $ 100.000; estábamos por aceptarles aunque nos salía un poco caro ($ 45.000 al año), pero después dejamos no más, no recuerdo por qué... Aunque tampoco teníamos que pagarles nada: ellos siempre nos perjudicaron: yo les pregunté si su peso fuerte era de veras fuerte, me juraron que sí. Entonces adoptamos peso argentino como moneda oficial paraguaya. ¿Qué nos hacen? Al poco tiempo declaran que no es más convertible, o sea que nos dejaron con pedazos de papel, nosotros que necesitábamos moneda fuerte... Así que, como usted ve, ellos comenzaron. No es que soy anti-argentino; lo que pasa es que nos hicieron demasiadas trampas, y eso que nosotros siempre tratamos de andar bien: además de la moneda, también nuestros códigos, nuestra ley de inmigración, de venta de tierras, de municipalidades eran argentinas. Todos adoptamos de Argentina, para hacer el Panamericanismo que le dicen. Pero en vez de agradecernos, se pasaron perjudicándonos, sobre todo el comercio con Europa, porque cuando llegábamos al puerto de Buenos Aires, teníamos que descargar nuestras mercaderías, pagar impuestos, depositar, hasta que el barco de ultramar les recoja, y allí perdíamos demasiada plata. [160]

     Así que no les íbamos a pagar.

     Ni eso ni la indemnización de guerra, ¿de qué indemnización de guerra hablan? Pero le voy a contar esa indemnización de guerra. Como decía Decoud, eran $ 10.126.133,59 (Argentina) y $ 10.458.614,00 (Brasil).

     Y eso porque cuando estuvimos en Corrientes (le hablo de la Guerra Grande, cuando conquistamos la Argentina, en el 65), alguno que otro soldadito se llevó su requecho, usted conoce a los soldados. El Mariscal trataba de que sean decentes, pero con 40.000 soldados, ¿cómo no va a haber algún ladrón? En especial cuando el Jefe, el coronel Resquín, él mismo roba un plano de Corrientes para quedar bien... Claro, le dijo que comprado a la Madama Lynch, ella feliz. Tocaba todo el rato, solía hacer veladas con la Eguzquiza y con Juliana Insfrán (esas cantaban). Y bueno, no es que uno le desee daño al prójimo, pero nos alegramos casi cuando las llevaron al cadalso a esas dos, porque hasta las tres de la mañana solía durar, ellas a grito pelado y nosotros firmes (como música clásica, yo solamente escucho campamento). Y lo peor que la Madama se encariñó con su piano; teníamos que llevar cuando nos perseguían los Aliados, hasta que por suerte se trancó en ese lugar que se llama Piano cué, desde entonces marchamos más livianos...

     Bueno, como usted sabe, en Brasil también estuvimos; alguno que otro soldadito robó alguna cosita, ¿cómo no ha de robar si cuando llega nuestro ejército salen todos corriendo, nadie se queda para cuidar la casa? (Así fue que yo encontré un reloj de oro en una estancia; después le regalé a Mariscal por su onomástico el 24 de julio). Bueno, alguna que otra cosita robaron, para qué decir que no, pero no era tanto como dijieron después los pobladores de Corrientes y de Matto Grosso: dijieron que les llevamos todas sus vacas, todos sus caballos, todas sus cucharas de plata, ¡cómo se quejaron! Y entonces los aliados nos dicen: Tienen que pagarles la indemnización. No tenemos plata, les decimos. No importa, puede ser a cuotas. Y entonces nos forman una comisión de reclamos, o sea dos, paraguayo-argentina y paraguayo-brasilera. Y allí vienen los perjudicados: Quiero que me indemnicen tantos pesos. Y entonces les firmábamos la póliza (se llamaba así): Pagaremos tantos pesos al señor NN por indemnización por tantos colchones robados por las Gloriosas F. F. A. A.

     Desde luego, ellos exageraban luego a su favor y nosotros en contra, incluso cuando podíamos no asistíamos a las sesiones de la comisión de reclamos. Esas comenzaron con los brasileros a partir del 72 (Loizaga-Cotegipe) y con los argentinos un tiempito después. Pero duraron años; recién se terminaron de entregar las pólizas bajo mi superior gobierno (creo que 82/83)... Como diez años, creo; mientras tanto Facundo Machaín perdió su conchabo de Canciller porque se negó a firmarles las pólizas, decía que demasiado caro... ¿Vio cómo era vyro? Si se quedaba en [161] su cargo, nadie le iba a asesinar después... Pero con Machaín o sin Machaín, el asunto está liquidado... No, no es que pagamos la deuda, ¿de dónde íbamos a quitar $ 20.000.000? (Eso es más o menos lo que ganamos con toda la venta de tierras en 20 años)... Pero aquí también les fuimos diciendo que nos esperen un poco, que nos estiren la cuota, y así fuimos llegando hasta hoy, 1910, sin pagarles un peso ni les vamos a pagar; incluso los tipos ya ni piensan cobrar...

     Eso me contó don Teodosio...

     Sí, él precisamente es el delegado paraguayo en el Congreso Panamericano aquí, en Buenos Aires, y entonces Teodosio aprovechó ese Congreso para hablar con el mister (el que mandaron de la Norteamérica; de todos lados luego viene) y le dijo: mire, por qué no habla un poco con ellos para que nos perdonen de una vez su indemnización de guerra, demasiado caro nos sale y ya pasó demasiado tiempo y de cualquier manera no podemos pagarles. Así le dijo Teodosio. Y el míster: me extraña, Teodosio, yo estudié la historia en mi país, allí se estudia completo, por eso me mandaron de especialista en Sudamérica, pero nunca estudié que tienen esa deuda, debe ser un error, mi profesor decía... ¿Para qué discutir?, le dijo Teodosio, ¿por qué no le pregunta un poco a ellos mismos, a los argentinos y los brasileros? Entonces le toma el míster al delegado brasilero; el cambá le dice que no era cierto, un lamentable error; ellos luego son demasiado panamericanistas para eso, para darle ese quebranto a un vecino así de chico como Paraguay. Después el argentino le dijo que sí, que había una cuenta pendiente, sí mal no se acordaba, pero que después de tanto tiempo ya no era más para cobrar, ni valía la pena hablar de ese... ¡Allí está!, le dijo después el mister a Teodosio, ¡yo le dije!... O sea que no íbamos a ninguna parte; la deuda continuaba sobre nuestra cabeza como la espada del egipcio aquel (no me recuerdo el nombre)... Entonces Teodosio agarra el teléfono; le llama larga distancia a la cancillería paraguaya, le pide que le manden los comprobantes para tratar en el Congreso y hacer anular de una vez la deuda... Sí, cómo no, le dicen. Pero nada. Teodosio llama que te llama; ya se estaba por fundir con larga distancia porque al final pagaba de su bolsillo (los gastos de representación ya no alcanzaban), hasta que al final un día le contesta el teléfono en Asunción don Manuel Riquelme, que estaba en la oficina:

     -Teodosio, no insistas, Manolo no te va a contestar...

     ¡Mire que clase de Canciller tenemos! Sí, ese Manolo Gondra es el mismo que me hizo el cuatro junto con Benigno Ferreira; otro liberal tuyá que uno de estos días le vamos a dar un susto, ¡espérese no más! Si era por él, pagábamos: No es de caballeros no pagar una deuda, jeí. Menos mal que no era él; yo les di el ejemplo. No les pagué ni un cobre, y con eso le salvé al país de los $ 20.000.000...

     Sí, pero ese era caí míriquiná no más comparado con el otro mono. [162]

     Me estaba olvidando.

     ¡Trescientos millones de libras esterlinas!

     Esos venían a ser como mil quinientos millones de pesos fuertes... No, peso fuerte no era el de papel, peso reí que le decían. Peso fuerte era el que tenía su respaldo en oro o en moneda fuerte; ese prácticamente no teníamos, pero nuestro gobierno era patriota y entonces le aceptaban el peso de papel (hay que colaborar)... Pero si usted quiere convertir esas £ 300.000.000 a pesos de papel, no le va a caber en una página, demasiados ceros...

     ¿De dónde íbamos a sacar para pagarles?

     Incluso si nos poníamos a imprimir, se nos iba a acalambrar la mano (y eso que ya teníamos práctica con la imprenta)...

     ¿Qué se pensaba Mitre?

     Para mí que andaban todos locos, porque cuando hacen su Tratado de la Triple Alianza para macanearle al Paraguay, ponen que el Paraguay tiene que pagarles la indemnización de la guerra y también los gastos de la guerra, que ni ellos mismos pudieron pagar porque fueron como trescientos millones, y allí perdió su puesto Dom Pedro, Dios le castigó porque le trató tan mal a Mariscal López. Ellos, que teníamos que pagarles, y nosotros que no, hasta que al final se fueron finando los que hicieron la guerra y nos dejaron en paz con esa deuda, que si era liberal le pagaba, pero gracias a mi Superior Gobierno se salvó el Paraguay de un poderoso mono: £ 300.000.000.

     Eso es lo que se llama restablecer el crédito del país. Muy importante: si no arreglábamos la deuda, no vendíamos las tierras, si no vendíamos, no teníamos ni para el paseíto en tramway...

     Restablecer el crédito del país... ¿Anotaste?... Bueno, ahora no me dejes fuera los uruguayos... poné ahí:

     Con los uruguayos también la indemnización de guerra; ellos también firmaron el Tratado de la Triple Alianza, pero más bien forzado, ¿para qué querían si ellos no nos podían comer tierra? Liga del Brasil, no más. Por eso después se portaron bien, y encima subió el general don Máximo Santos. ¡Esos son amigos! En 1883 hicimos el Decoud-Kubly, en 1885 nos mandaron la cañonera Artigas con todos los trofeos de guerra. ¡Ese fue jolgorio! El pueblo deliraba cuando la cañonera Artigas llegó en el puerto de Asunción, salirnos a recibirles entre todos; toro candil y baile popular. ¡Deje no más!, le dije al dotor Castro (delegado uruguayo) cuando me dijo que su jefe, el general Máximo Santos, quería comprar tierra en Paraguay; ¿cómo le vamos a vender al hombre que nos perdonó la deuda? No podemos pues ser tan ingratos... No. Le escrituramos esas 100.000 hectáreas en el Chaco (era lo menos que podíamos hacer), pero la oposición chilló porque la escritura decía: terreno de extensión indefinida. [163] (Eso porque nos faltaba luego el catastro pero le explico después). ¡Saludos indefinidos al dotor Castro!: ¡Felicitaciones indefinidas!, decía El Heraldo. Nos quería intrigar. Pero de balde. Porque al pueblo le gusta el uniforme, el desfile, la fiesta con cohete, con corrida de toros, con asado y todo... Para completar se vino en esos días una carpa de circo, y allí venía a ser el pan y circo como los antiguos romanos... Yo le puse Plaza Uruguay a la Plaza San Francisco y todo el mundo contento porque ya se comenzaban a vender las tierras y embolsamos como millón y medio, tanta plata no se había visto desde los créditos de Londres, mucho tiempo atrás.

*

     Si necesita para su café con leche, avíseme no más, Amarilla. Con confianza. Yo no quiero que un mozo tan leído como usted ande en apuros... No tiene por qué agradecerme, yo siempre ayudo a la gente meritoria, pregúntele a O'Leary, ¡las veces que le invité! Pero por favor se me apura un poco, porque el libro El Centauro, que O'Leary tenía que quitar después de las entrevistas que me hizo, todavía no aparece, y eso que le hice varios adelantos, pero si no se apura he de morirme antes. ¡En fin! Vamos a ver si los liberales le dan a su Maestro que está pidiendo; si le da, va a tener un poco más de plata y tiempo libre, entonces va a salir el libro... No, usted no se preocupe, Amarilla, si O'Leary se va en Europa, igual le vamos a conseguir empleo; yo tengo influencias...

     Pero ahora tenemos que continuar y rápido, no sea que este libro se atrase como El Centauro... Vamos a ver si nos permite el payaguá mascada; estuvo bien pero comimos demasiado grande; la digestión nos va a pesar un poco... A ver...

     ¿La deuda? Sí. Vio cómo arreglé la deuda. La del Banco Nacional... Banco Nacional de Buenos Aires le estoy diciendo, porque la del Banco Nacional del Paraguay nadie la arregla. ¡Menos mal que yo no tengo estudio pero sí experiencia! Cuando fundamos el Banco, yo me dije: Bernardino, espérate un poco para confiarle tus ahorros. Y efectivamente: al poco tiempo, quebró el Banco, y eso porque los muchachos abusaban con la valeada. Porque a cada rato hacían vales contra el Banco: cien, doscientos pesos. No hace nada, decía Cañete. ¡Esto no puede ser un hospicio!, decía Decoud. Pero no era tan fácil; estaban esas pequeñas necesidades; por ejemplo, nos venía el Jefe Político de Yancaguazú, necesitaba un $ 50 para el cajón de su tío, prometía devolver la próxima semana. Y allí le dábamos un vale contra el Banco Nacional, pero el tipo no volvía nunca más en Asunción y nos salía más caro hacerle buscar con la polecía por aquellos andurriales de Dios. Así que de a poquito se fue comiendo nuestro capital, como el ysaú que de a bocados chiquititos [164] te liquida tu jardín. Entonces en ese punto dotor Decoud tenía razón; tenía a veces, por eso yo le puse en nuestro gabinete aunque los muchachos no le querían: Juan Alberto le quería pegar; Lacú Giménez se enojaba porque le revisaba sus cuentas... Sí, Decoud era Canciller no más, pero de tanto en tanto le mandaba en Hacienda para ayudarle a su colega, no para que abuse tratándole de burro... En fin, no hay que tenerle rencor a un muerto, Amarilla. Hay que ver también su lado positivo, que Decoud tenía cuando era mi Ministro y yo sabía dirigirle. Yo le evité muchos problemas a él, sobre todo con mi cuñado, pero Decoud nunca supo reconocerme, dijo que perdió su tiempo trabajando con militares ignorantes.

     Demasiado engreído.

     Todo lo que se hizo en mi gobierno, ahora le atribuyen a Decoud. Incluso el arreglo aquel con el crédito de Londres, las libras del Presidente Jovellanos...

     Sí, vamos a anotar aquí, antes de que se me olvide. Después ya podemos dormir la siesta, vamos a tener que dormir no más porque la comida nos cayó pesada...

     Bueno, ese crédito de Londres del 7/72 se hizo, como le iba diciendo, se hizo entre ingleses ladrones y paraguayos ladrones. A los paraguayos ladrones como Gregorio Benítez, Gill les torturó 15 días en la Polecía (por lo menos se dio el gusto). Pero a los ingleses ladrones no podíamos hacerles lo mismo. Teníamos que pagarles no más. Porque si andás mal con ellos, peor para vos, la gente les ha de creer a ellos. Cuando fracasó el Lincolnshire farmers, esa colonización mbore que nos hicieron, nos echaron la culpa a nosotros. Pusieron carteles en todos los puertos de Inglaterra: El Paraguay es un país peligroso, no se vaya. ¿Quién le iba a creer que los agricultores que nos mandaron no eran agricultores sino maleantes recogidos de los suburbios de Londres, y nos mandaron porque cobraban una prima sobre cada colono? Nadie. Durante muchos años no llegaron inmigrantes, y en especial a partir del 76 (más o menos) cuando Gill dejó de pagar el crédito de Londres, que se quedó parado hasta que hicimos el arreglo con Decoud. Así que de 1870 a 1880 el Paraguay quedó trancado: no había capital, no había población. Después de 15 años de la guerra, seguíamos con doscientos mil y tantos, ¿quién te iba a venir si no hay mano de obra? Precisábamos la colonización. O sea la inmigración, porque con los paraguayos no alcanzaba: eran demasiado pocos y encima se iban en Argentina (25). Precisábamos compañías que nos hagan [165] el ferrocarril, caminos, todo eso... Pero no iban a venir por la mala fama que teníamos... Me contó don Bourgade que un grupo de franceses, una vez, vinieron en el puerto de Asunción (desde Francia), armados para matar los tigres que comían a la gente en la calle Palmas, ¡eso se pensaba de nosotros en Europa! Por eso es que Uruguay y Argentina recibían toneladas de inmigrantes, pero nosotros, nada. Había que arreglar esa situación. Había que contentarles a los BARING ladrones para que se dejen de hablar mal de nosotros y se decidan a venir los capitales como vinieron después, gracias a mí, ahora ya es fácil para los liberales. Société Générale, Anglo Paraguayan, Carlos Casado, La Industrial Paraguaya, todas esas comenzaron gracias a mí y ahora le siguen haciendo progresar al país a pesar del gobierno liberal...

     Pero le voy a decir cómo.

     Bueno, yo le tomé a Decoud: le dije que me arregle el expediente. Él hablaba inglés, francés incluso (como el mesié que nos hacía la Revue du Paraguay, nuestra publicación oficial). ¿Cuánto les he de dar?, me preguntó. ¡Lo que sea!, le dije. Entonces les cedió quinientas leguas cuadradas de tierra como compensación por los intereses atrasados; ellos le rebajaron la deuda de un millón y pico a ochocientas mil libras esterlinas, en cómodas cuotas. Pero lo importante fue que con el arreglo se formó la Anglo Paraguayan Land Company, y a partir de allí, los ingleses comenzaron a meter sus capitales en ferrocarril, transporte, etcétera. Nos hicimos la fama de buenos pagadores, eso valió la pena, más que comprar los bonos del crédito de Londres de contrabando, aprovechando que se vendía como al ocho por ciento de su valor nominal (o menos): lo que cuenta, Amarilla, es el honor nacional. Y eso le digo como militar; para nosotros, cualquier cosa, menos el honor.

     Y bueno, ahora me va a trancar la puerta y después ya puede ir a dormir la siesta si quiere.

*

     Con este calor precisábamos la siesta.

     Ahora que estamos descansados, escúcheme, que le voy a decir una cosa, pues... Bueno, usted es un mozo ilustrado, ya sabe luego lo que tiene que hacer, cómo tiene que hacer, así que yo le cuento grosso modo, como decía don Marcos Quaranta...

     Resulta que del árbol caído, todos hacen leña; ahora que me exiliaron los liberales, todos me echan la culpa. Dicen que por culpa de mí se fundió el Partido Colorado, porque tuve tanto tiempo la sartén por el mango, no le quise dar su lugar a la gente joven, seguí no más con mi equipo de carcamanes que se hacían ver con señoritas para aparentar más jóvenes... No, eso no me escriba porque no es cierto. ¿O le parece cierto, [166] eh? ¿Yo le trato mal a la juventud? ¿A usted? ¿A Juancito O'Leary? ¡No, claro que no! Conmigo no va a tener problema si es aplicado, trabajador como Fulgencio R. Moreno, ese sí que es un mozo responsable. Se pasó varios días sin dormir para hacer mejor el golpe del dos. ¡Pobre! Ahora quieren decir que es socialista, cómo van a tratarle así a un joven tan decente. Caballerista fanático, como Facundo Insfrán, otra personalidad que murió tan joven como el pobre Blasito, Dios lo tenga en su gloria. Todos caballerista, la juventud intelectual conmigo. Por eso no pueden decir que destruí el Partido, que ahora vamos a tener 30 años de liberales. No. El Partido cayó porque no me hicieron caso, porque comenzaron a transar con el enemigo de adentro, como decía O'Leary. Y esto es lo que tiene que explicar, usted que escribe bien (roto).

     Para comenzar, don Patricio Escobar. ¡Tú también, hijo mío!, quise decirle yo, como el romano cuando le jodió su familia. ¡Quién hubiera pensado eso! ¡Quién hubiera pensado que en el cuatro, justo cuando estábamos por ganar, el compadre me dice: Compadre, no podemos seguir en el gobierno! No más porque los hijos se le volvieron liberales como el Patricio Alejandrino, problema de familia, eso no quería decir que la juventud estaba en contra. Pero desertó Escobar y entonces desertó también el Vicepresidente, don Manuel Domínguez, junto con los deputados y los senadores y entonces comenzamos a sentirnos solos culpa del mal ejemplo del compadre... Es que el problema luego viene de lejos, Amarilla: el hombre era un dominado. Un hombre político tiene que tener más independencia, como yo: a mí mi mujer no me decía nada si volvía a las cuatro. Y no que bandideaba, no. Pero la política es así; tiene que tener usted su tiempo libre para levantarse temprano, matear en los cuarteles, almorzar con el Comisario, cenar con el Ministro, irse a todas las fiestas por la noche. Es la única forma para conocerle a la gente. Pero el compadre no podía: la mujer le dominaba demasiado. No le dejaba salir. Siempre en la casa. Entonces el que conocía era yo: yo sabía quién era cada cual. Pero Escobar no quería admitir; él también quería tener sus candidatos, aunque no les conocía ni de nombre. Por eso le engañaban. Incluso le hacían pelearse conmigo: en el 86, por ejemplo, cuando el Pueblo me pidió que siga en el Gobierno un período más, él se dejó engañar por Antonio Taboada. Taboada le dijo de que si seguía yo de Presidente no bajaba más, que ya no pensaba más dejarle el puesto a él. Y entonces Escobar se postuló para Presidente con los opositores, todo para hacerme la contra a mí que no pensaba luego traicionarle a un viejo amigo... Ese fue un disgusto que tuvimos, pero después nos arreglamos de nuevo, cuando hicieron el Partido Liberal en el 87. Allí se asustó el compadre. Entonces comenzamos a trabajar como en los viejos tiempos, incluso mejor, porque La Industrial Paraguaya ya estaba funcionando y trabajábamos juntos en el Directorio y yo solía hacerle su trabajo a veces, porque era Senador no más y tenía más tiempo. Nunca se me ocurrió traicionarle, [167] y eso que el que tenía amigos en los cuarteles era yo, pero no soy ni un mal amigo ni un atolondrado para crear divisiones en el seno de las F. F. A. A. La Institución ante todo. (Aunque sea chaí como nuestro Ejército, que tenía nomás quinientos y tantos hombres, pero por algo se empieza)... Después llegó el final de su mandato: sin discutir le pusimos a Juan G. González, que parecía un mozo muy decente (26).

     Pero por lo visto que para conocer a la gente, usted tiene que darle un puesto público: allí conoce quién es quién. Porque apenas le nombro Presidente, ya se me empieza a hacer el antipático. Una vez me voy a visitarle, me dice que está ocupado, no me puede recibir. ¿Qué se cree ese? Lo mismo que Juan Egusquiza, ese también parecía decente, ese también había estado a mis órdenes en la Legión. Por eso yo le puse de Ministro de Guerra, incluso hicimos juntos el golpe contra Juan González y después le dejé ser Presidente. Yo hubiera preferido mi sobrino el Facundo para Presidente, pero en política no se puede hacer solamente el gusto. Y además que Egusquiza parecía decente, por lo menos más decente que González, que le quiso poner de Presidente a Decoud sin consultar con el Partido. Eso no podía ser. Cierto que nos habíamos comprometido, eso es lo que decía Decoud: primero tenía que ser yo, después compadre, después Decoud. Pero las circunstancias cambiaron. Por eso cuando terminó su presidencia mi compadre, yo le dije: espérese un momento, dotor Decoud, ¿por qué no le cede el turno a Juan González? Él aceptó porque eran concuñados; después el otro me devuelve la gauchada, se habrá dicho. Pero González se peleó con el Partido, entonces no podía ya ser... Emaé nde Pancho, reipotáramo ambogueyi Segundo casó ja ayerei hevicuá ayapota ndeve, pero namoiro chupé de Presidente, ñandé yucapata... Así le dije yo a don Pancho Campos, cuando vino a pedirme que le apoye a Decoud. No era luego por mí sino por el Partido: yo no puedo pues permitir que un loco como Juan González le apoye a su concuñado sin consultarnos. Y además que era inútil: el que no quería era el brasilero, Cavalcanti. Así se llamaba ese Ministro que le dijo a su Gobierno que Decoud podía cederle el país a la Argentina, no podía ser, y entonces de Río le mandaron cañonera y libras esterlinas que los muchachos aceptaron por patriotismo, para pagar con esas nuestra deuda de Londres, no para hacer el golpe, que se hacía desinteresadamente... Y ese fue nuestro 9 de junio del 94 (que después ratificó el Congreso), que no era una cosa personal, no teníamos nada contra Juan [168] González, pero no podíamos más dejarle ser Presidente porque la presidencia lo estaba estropeando y encima le quería apoyar a José Segundo Decoud como el siguiente candidato a la presidencia, o sea para el período 94/98. Era por el Partido: ¿cómo un Presidente saliente va a apoyar candidato sin consultarnos?

     Yo le había dicho a Juan Alberto: A mí me engañan una sola vez. Eso cuando mi Vicepresidente trató de secuestrarme. Por eso la siguiente vez elegí mejor: cuando subió González, le puse como Vice a Marquitos Morínigo. A Egusquiza también le puse un Vice de confianza: nada menos que mi sobrino, el dotor Facundo Insfrán, ¿de dónde podía sacar otro igual? También le ayudé a don Emilio Aceval, que no encontraba a nadie para Vice: yo le sugerí Héctor Carvallo, que se portó muy bien aquel 9 de enero del año dos: cuando le echamos a Aceval, Carvallo quedó de Presidente provisorio.

     Pero nadie es perfecto: cuando arreglaste la Vicepresidencia, tenés problemas con el Presidente. Juan Bautista Egusquiza, por ejemplo. A ese le apoyé para el período 94/98 cuando le quitamos a Juan González, pero en vez de agradecerme, me sale en contra: comienza a hacer venir a los exiliados como Benigno Ferreira, que estaban fuera desde 1874. Veinte años. Pero no crea que le sirvió de nada: volvió más liberal que nunca. Eso se llamaba egusquicismo: transar con la oposición, traicionar a su propio partido. ¡Cuántos colorados quedaron sin empleo! Para colmo en esos tiempos la juventud como Enrique Solano López y O'Leary comienzan su campaña patriótica por el Mariscal López (antes no se podía, ya le dije) y Egusquiza les dice que se dejen de eso, que ya pasó el pasado y para qué saber quién era legionario y quién no era... Claro, a él no le convenía... Por eso andaba con su reconciliación nacional. Puro entreguismo...

     Y todavía le permito que haga lo que quiera con su Presidencia, pero que no sea egoísta por lo menos. Porque cuando sale del Palacio, en el 98, en vez de agradecer y dejarle su lugar a los otros, que también querían ser alguien, le deja de presidente a uno que ni siquiera era colorado: el Emilio Aceval para el periodo 1898/1902.

     Yo no quería luego permitirle, pero los muchachos me dijieron: Vamos a darle su oportunidad Entonces le hacemos decir que se presente; el tipo viene, nos dice que no es colorado, no tiene afiliación, pero en el fondo es, está con nosotros. ¡Está bien!, dijieron los correligionarios. Éste nos va a traicionar, les dije yo. Por la forma de hablar yo ya me di cuenta (eso yo aprendí del Mariscal López: él con mirarle a un tipo una sola vez ya sabía quién era). Pero los demás insistieron; encima, se comentaba que yo ya estaba viejo y entonces me estaba volviendo demasiado terco, tenía que ser un poco más amplio. Así que me dejé ganar. ¡Para qué! Ahora los correligionarios dicen que el caballerismo tenía razón; que no se puede así no más ceder con la oposición porque viene a ser peor. Ahora se dan [169] cuenta que yo ya no estaba tan viejo, que no era yo el viejo vyro que estropeaba el partido después de 30 años de unicato (como decían entonces los mitaí culo sucio). Ahora ya es demasiado tarde.

     Porque Aceval lo primero que hizo fue ponerle para el Superior Tribunal al Benigno Ferreira, dice que porque era el único dotor con estudio en Buenos Aires, como si no era un legionario que traicionó a su Patria. Y en los ministerios nos metía liberales, ya no se podía luego más...

     Entonces vino el 9 de enero aquel.

     Pero Aceval tuvo la culpa.

     Porque el coronel Escurra, tan decente, era su Ministro de Guerra, y entonces le dice al Aceval que ya estaba terminando su mandato presidencial (era 1902) y entonces quería un poco designar su sucesor él, Escurra, que tenía experiencia en el gobierno. Escurra le pidió eso bien, respetuosamente. Pero Aceval se creía porque estudió en el extranjero, entonces le quitó del Ministerio a Escurra y también a Fulgencio R. Moreno (era su Hacienda). Los dos mozos se sintieron muy dolidos; vinieron enseguida a verme para hacer la reacción nacionalista (como dice el gordo). Le apresamos al Emilio Aceval y ese 9 de enero nos vamos al Congreso para arreglar la situación constitucionalmente. El Congreso siempre había sido legalista, piense en el cuatro de setiembre (Saguier) o en el nueve de Junio (González). Pero esta vez ya estaban malacostumbrados por los gobiernos liberales: cuando Facundito Insfrán les dice que por derecho divino Aceval ya no es Presidente, comienzan a tirarle tinteros y sillas. Nosotros que no nos corremos de nadie, contestamos el fuego, pero cuando oyeron los pistoletazos, la artillería, que teníamos prevenida, comenzó a cañonear el Congreso porque corrió la voz de que compadre y yo estábamos muertos y entonces para qué querían deputados ni nada; cuando comenzó el cañón desde la Plaza de Armas se calmó el Congreso a tiempo, porque o si no volaba el edificio, pero cuando terminó el guarará le veo a mi sobrino el Facundito, pobre santo, que tenía una bala en la cabeza...

     Entonces tuvimos que ponerle para presidente constitucional (después de Carvallo, que estuvo de provisorio) a Juan Escurra, pobrecito, que no era un genio. Yo pasé vergüenza cuando le visitaba ese Ministro argentino tan pituco y el pobre, para comenzar su conversación oficial: Nde, Güesalaga, ¡qué lindo tu zapato! Pero con todo era un mozo muy educado; no merecía la revolución del cuatro. Lo más triste es que la hicieron los colorados; los liberales solos no podían. Pero se juntaron los cívicos y radicales con los colorados egusquicistas y entre todos consiguieron armas propaganda, barco de guerra y todo. Se juntaron porque corrió la propaganda que el general Caballero quería ser el dueño del Partido, no le escuchaba a nadie, no quería permitir que nadie más que sus amigos agarren el zoquete. Eso dicen ahora. ¿por qué no me [170] dijieron antes? ¿Por qué no me dijieron en la cara, como colorados? Pero no. Se callaron nomás. Cuándo llegó el momento, se juntaron con los liberales. El pacto fue que nos dividíamos el ejército, mitad y mitad, pero ahora el ejército es liberal (el pobre capitán Garay quedó en la calle) (27). ¡Vamos a ver ahora cuándo volvemos al gobierno!...

     Pero dígame, Amarilla, ¿quién estropeó el Partido Colorado?

*

     Yo le conocí a don Carlos allá por el 86, ya estaba por irme, era el año de elección. Él todavía no era Carlos Casado S. A., esa empresa grandiosa, dicen que la más grande. Era un señor español, militar como yo, que le naufragó su barco y se vino en Argentina, donde comenzó a mandar el trigo en Europa (creo que fue el primero). Después oyó de la liquidación de tierras en el Paraguay y se vino para hablar conmigo; quería conocerme personalmente porque su inversión iba a ser demasiado grande; tenía que saber con quién estaba tratando. Y parece que le caí bien; siempre le caía bien a los extranjeros (el representante inglés dijo una vez que yo no parecía luego paraguayo y es que soy... era rubio, ahora no se nota, alto y bastante fino). Por eso liquidó unos negocios en Santa Fe, se vino con todo.

     -Señores, el hombre es de confianza -les decía.

     -No se puede, general, la ley dice: máximo cien leguas por región.

     Y es que el Chaco dividimos en regiones para su venta, según su ubicación, y en cada región se podía comprar solamente un lote. O sea que en algunas apenas te dejaban uno de diez por diez leguas, cien en total, y en otras todavía menos: una legua de frente por diez de fondo, apenas diez cuadradas en total, eso no te alcanza para nada. O sea que en total lo máximo que le iban a permitir a don Casado que venía con la plata en el bolsillo eran doscientas veinte leguas, siendo que él quería comprar y nosotros vender pero más de doscientas veinte en las cuatro zonas no podía ser según decían. Dice que la ley para evitar el monopolio, ¿pero qué monopolio puede haber en el Chaco donde nomás hay indios?

     Entonces hecha la ley, hecha la trampa. Don Carlos se puso a hacer comprar la tierra por los Monte, Aceval, Pedro Gin umiva que después le revendían a él. Así tuvo que hacer hasta que al final el Congreso se dejó de macanear y levantaron esas limitaciones que no servían para nada, porque lo que precisábamos era justamente ocupar el Chaco, los bolivianos [172] se estaban poniendo atrevidos (eso que quisimos arreglar bien con el Decoud-Quijarro y el otro), pero no teníamos un peso para ocupar el Chaco, la única forma venderle a un hombre de confianza como don Casado, que además tiene sus relaciones con la política argentina, así que si los cholos quieren quitarle sus 3.000 leguas, Buenos Aires no les ha de dejar.



[171]

     Ahora entiendo, Amarfila, por qué es que a Mariscal no le gustaba luego la Constitución; no te deja hacer nada. Cuando llegó don Carlos, llegó con plata; él ya quería invertir sobre la marcha. Pero el Congreso que sí, que no, que no se puede, que la ley... todas esas cosas que te hacen perder la oportunidad. Porque don Carlos vino luego con la plata en la mano; él ya quería ponerse a trabajar, hacer su ferrocarril hasta Santa Cruz (Bolivia). ¡Así mismo!... Él podía hacer ese ferrocarril. Pero para eso precisaba que arréglemos un poco nuestro asunto con Bolivia; por supuesto que no a de hacer en un terreno que no es de nadie y que después le pueden quitar. Por eso es que en el 87, cuando hicimos el Aceval-Tamayo con los cholos esos, mi compadre Escobar se fue en el Congreso para pedirles que aprueben el tratado; no tenía sentido pelear por un poco más, un poco menos de terreno que está de balde; lo importante es tener una frontera de una vez por toda para poder vender. El Chaco, así como está, no vale nada. Pero si usted pone ferrocarril, pone puerto, pone inmigrantes alemanes, entonces esa misma tierra vale mucho más. Eso lo que quería don Carlos, pero le salieron con el habeas corpus, uti possidetis, todas esas vueltas y el hombre vaciló. Incluso se molestó un poco, y con razón; no se le puede hacer perder el tiempo al hombre que trabaja... No le quiero decir que no está trabajando; claro que está trabajando, tiene una gran empresa. Pero eso mismo se podía haber hecho ya hace veinte años y todavía mejor, si es que los congresos eran más comprensivos. (Por eso yo suelo decirles a los amigos: Si soy Presidente otra vez, liquido el Congreso. No se puede, me dicen. Buenos, entonces vamos a tratar de hacer una constitución mejor. No es cuestión que nos déjemos vapulear por los civiles).

     ¿Cuál era más grande? Bueno, eso es muy difícil de decir. En tierra, Casado. Pero también tiene que ver que estaba en el Chaco, mientras que nosotros en la Región Oriental: nuestra tierra vale más (roto) no recuerdo muy bien, pero sé que ya había dejado yo mi Presidencia, así que fue después del 25 de noviembre del 86. Fue después que fundamos La Industrial Paraguaya S.A. No se olvide, Amarilla, fue la primera sociedad anónima del país... Claro, bajo la Presidencia de Patricio Escobar, 1887, pero la venta de las tierras públicas se hizo bajo mi gobierno, ponga porque ahora me quieren negar todos mis méritos. La venta de las tierras y la recuperación de Tacurupucú, ¿se acuerda? ¡Pero cómo no se acuerda, Amarilla, Tacurupucú fue la concesión que le hicimos a Patricio Escobar y compañía! (1880). Es fue la concesión para explotar los yerbales [173] de Tacurupucú, con liberación de impuestos y todo; en esos momentos éramos íntimos amigos, así que Patricio nos metió como socios a don Cándido Bareiro y a mí, que al principio dudábamos un poco, pero después luego no nos arrepentimos ni un poco, porque entró don Uribe también en la compañía, puso $ 100.000... Le estoy hablando de pesos oro; pesos de papel tenía cualquiera, hasta el gobierno... Con eso vino a ser una sociedad de capital y trabajo, con el dinero de Uribe y el apoyo del gobierno, fuimos progresando bastante. Nos fue muy bien, digamos. Por eso cuando se pusieron en venta las tierras del Estado, quisimos continuar nuestro trabajo, pero ya con más plata, porque al país iban entrando capitales; había luego más movimiento comercial, había más de todo. La firma entonces se organizó a lo grande, sin tacañería. Incluso se regalaban acciones. A mí también quisieron regalarme, pero yo tenía mis ahorritos así que compré como todo el mundo; no es cierto lo que dicen por ahí que me regalaron no más. También trabajé en la firma, usted puede ver esa memoria donde don Pacífico de Vargas agradece mis servicios Y es que siempre he sido muy trabajador, Amarilla: como mi empleíto de Senador de la Nación me dejaba tiempo libre (nunca había quórum, yo aprovechaba para tener otro empleo. Porque el molino harinero...

     ¿Cómo?

     ¿No sabía que fui Senador de la Nación?

     Vamos, Amarilla esa es una falta de cultura. ¡Si fueron las elecciones más reñidas que hubieron! Pero ganamos igual. Yo me presenté como candidato por Villarrica (que no es mi valle), pero igual no más les gané a los guaireños, al Antonio Taboada con su claque. 1887. ¡Usted sabe cómo son los guaireños! No saben perder. Así que sobre el pucho nos hicieron el Centro Democrático, que también le dicen Partido Liberal. Antonio Taboada, José de la Cruz Ayala, Rómulo Decamilli, todos esos... ¿Adolfo Saguier? No, él no fue de los fundadores pero andaba cerca. Porque tiene que saber que hay Saguieres y Saguieres... El que se casó con mi hija la Melchora... Melchora por su abuelita, mi santa madre, doña Melchora Melgarejo de Caballero Añazco... Bueno, no es que nunca me equivoco, pero aquella vez elegí bien, un buen muchacho, mejor que mi Vicepresidente Juan A. Jara, una equivocación, el tipo trató de secuestrarme cuando me bañaba en El Chorro... Pero mi yerno muy decente... Sí, ellos tuvieron la concesión del molino harinero; daba gusto ver lo moderno que era, una de las muchas industrias que vinieron durante mi gobierno, como la fábrica de hielo de Pecci y la de pastas de don Marcos Quaranta... Yo en el negocio de la harina había estado un rato, junto con la señora Atanasia Escato viuda de Bareiro, pero después tuve que dedicarme más y más a la Presidencia, así que les dejé a los Saguier, pero esos eran los Saguier decentes, no los liberales... Pero hablando de industria, no se olvide de ponerme también ese francés que le dimos la exclusividad [174] para el jabón de coco, y que en Buenos Aires le dieron un premio... Usted ya sabe cómo, eso yo no le tengo que decir. Pero ponga que la industria fue adelante porque se acabaron las revoluciones porque todo el mundo estaba contento con mi gobierno. La última, ¿se recuerda?, fue la expedición del Galileo en 79, que ganamos pero vino justo en un momento en que andábamos sin plata, nos costó un platal... Sí, el pobre don Cándido no tenía suerte en su gobierno; ni la concesión Bravo ni nada podían resolverle su problema, ni los brasileros que tiraban plata en tonterías quisieron darle una ayudita... No es culpa de él, es cierto, pero igual no más ponga que se acabó la anarquía con mi superior gobierno, que hicimos cantidad de cosas (faltan varias líneas)

     También algunas palabritas sobre La Industrial Paraguaya. Cierto que El Paraguay en marcha nos dejó bastante bien, pero nunca está de más insistir... Bueno, El Paraguay decía que estábamos los más capaces en el Directorio; tiene que ser así, porque en el primer ejercicio ya se repartieron beneficios a los accionistas por un 63%, pocas firmas hacen eso. La Matte Larangeira nos envidiaba, decía que la competencia desleal. Pero hablaban por hablar; ellos tampoco no eran ningunos muertos de hambre. Lo que pasa es que ellos comenzaron antes, eran los únicos; cuando aparecimos nosotros se llevaron un susto. Tendrán que aprender a competir, dijo don Pacífico de Vargas, y así no más fue. Nosotros les dejamos trabajar; ellos ahora tienen su capital de $ 40.000.000; 50.000 cabezas de ganado; ni ellos mismos saben lo que tienen. Incluso así se quejaban a cada rato, siempre presionando con su Ministro, se olvidan que sin nosotros, esa Matte no iba a conseguir peones, por lo menos para su parte del Brasil (tiene propiedad en Paraguay y Brasil), porque los brasileros son muy flojos, no quieren trabajar luego por la yerba, entonces nosotros le dejábamos a la Matte que enganche sus peones en el Paraguay, más free trade que nosotros no ha de haber. ¡Si no era por nosotros se fundían! Hasta Manuel Domínguez se dio cuenta, mire un poco lo que dice él: ¡Y cómo sufre dolores el paraguayo; soporta trabajos que matan al extranjero! El peón de ahora, medio anémico o anémico entero, algunas veces alcoholizado, como no le falte el locro, es de una increíble resistencia. Sólo el paraguayo puede con el pesado trabajo de los yerbales y del obraje. ¿Dónde recluta sus peones la compañía Matte Larangeira? En el Paraguay. Aquello revienta a cualquiera que no sea paraguayo (28).

     ¡Es increíble, Amarilla!

     Uno de estos días le voy a llevar en el yerbal para que vea. Usted no crea que es como recoger papa o tomate, de ninguna manera. La yerba es un arbolito, lo que se corta son las ramitas y las hojas; ese hay que ir a buscar por el monte, kilómetros y kilómetros, porque el árbol no crece en plantación sino en el monte, protegido por los árboles grandes. Y allá [175] se va el mensú, tan laborioso, camina sus kilómetros, corta las ramitas, hace un fardo que trae de vuelta hasta el horno, porque la yerba hay que secar primero. Después vuelve al monte para cortar otro montón, así te trae 80/90 kilos al día. Ese es un trabajo de hombres, Amarilla, como decía don José Rodríguez:

     En los vastos dominios de La Industrial Paraguaya vive una verdadera población de peones con sus familias. No hay nada tan interesante como el estudio de la vida que hacen aquellos cuatro mil peones, más o menos, en las entrañas de los yerbales, a mucha distancia de las poblaciones más inmediatas. Ningún jornalero del mundo sería capaz de resistir aquella vida de trabajo, de privaciones y sacrificios a que está condenado el yerbatero: sólo el peón paraguayo resiste las rudezas de aquella labor casi sobrehumana. Mucho antes del amanecer, cuando el yerbal está todavía a oscuras, el yerbatero ya está de pie, con el machete en la mano, apurando su frugal desayuno para empezar en seguida la tarea de todos los días Duerme al pié de los árboles en que trabaja, ya tendido sobre una hamaca que sujeta de los extremos a dos ramas, ya tirado en el suelo sobre la hojarasca, y su sueño es siempre ligero porque el yerbatero sabe que en las entrañas de la selva te acechan cien peligros: él siente el casi imperceptible ruido que hacen sobre la hojarasca o sobre los troncos de los árboles las alimañas que pueblan el yerbal. A veces, cuando el cansancio de una labor más fuerte que de ordinario hace pesado su sueño, alguna víbora llega a picarle y entonces el peón, heroico en el trabajo y heroico en el sufrimiento, corta tranquilamente de su cuerpo la carne mordida por los dientes ponzoñosos del reptil. Viven por centenares en los yerbales, bajo las órdenes de unos cuantos capataces... La Industrial Paraguaya no sólo es un factor de riqueza sino que también lo es de cultura... Y hoy, como antes, la nómina de sus accionistas es también la nómina de los más fuertes hombres de negocios que con sus caudales y su inteligencia fomentan el desarrollo comercial de la República.

     Sí, ese es un mozo leído, don José Rodríguez, trabajó con don Eugenio Garay en Los Sucesos (el pobre capitán Garay sin cargo militar desde el cuatro, pero creo que va a llegar lejos). También muy amigo de su Maestro, don Juan, lo que no entiendo entonces es cómo luego le dio tanta importancia al Rafael Barrett, un gallego anarquisto que vino en Paraguay con una mano atrás y otra adelante; le recibieron bien, le dieron para su empleo; lo único que ganaron es que nos deje mal con los extranjeros. ¡Sandeces!, dijo don Carlos Casado cuando se enteró de que Barrett dijo de que en su propiedad fusilaban peones. ¡Sandeces! Y no le digo ya Lo que pasa en los yerbales (no sé muy bien cómo se llama el libro), ¡todo lo que no dice de La Industrial! Por eso Albino Jara (mozo atolondrado Albino) tuvo que empastelar la imprenta, le hizo comer al linotipista el artículo. En realidad, el que tenía que comer era Barrett, porque él escribió, pero en vez de comer como le ordenó Jara, le trató de [176] ¡canalla! y él se dejó tratar así, siendo un oficial del ejército... Pero el daño ya está hecho. Todo el mundo lee Rafael Barrett. Hasta Morenito vino a verme un día a preguntarme si era cierto lo que decía el gallego comunista de nosotros (29).

     ¡Qué disparate!

     ¿Usted sabe cuánto gana un peón? ¡Cinco centavos al día! ¿Usted sabe cuánto gana La Industrial? ¡Hemos pasado el 60% al año! Calcule 60% sobre un capital de $ 30.000.000. ¿Qué le parece? Eso es más que las rentas del Estado. ¡Nosotros mantenemos al gobierno! Cuando el presidente Escurra la apresó al Patricio Alejandrino, mi compadre Escobar se fue en el Norte; si no le soltaban a su hijito, él iba a levantar la peonada de la firma: cuatro a seis mil personas que van a dar la vida por la empresa. Tuvo que aflojar Escurra... ¡la pucha!... teníamos más hombres que el ejército. Y me dijieron, incluso: más tierra que la Holanda. Eso ya no sé. Pero para Paraguay, al menos, somos una empresa respetable, solvente. ¿Le parece que nos vamos a ensuciar robándole unos centavos al pobre mensú, pobrecito, que trabaja con tanto patriotismo? Y mucho menos le vamos a matar, ¡con lo que cuesta conseguir peones!... No... Usted tiene que ver. Tiene que visitar el campo, escribir un artículo, para que se sepa la verdad. Son todos peones sanos, gordos, llenos de pengas y hasta elegantes.

     Ellos están muy contentos en el campo; el que se quiere ir, se va, tienen absoluta libertad. Lo único que no pueden irse con deudas: el que quitó anticipo tiene que trabajar primero hasta pagar el anticipo, eso se comprende, perfectamente legal. Porque algunos vivos, al comienzo, pedían sueldo adelantado y después se iban sin pagar, por eso fue que ya en tiempos de Cirilo Rivarola se quitó la ley de que nadie salga de las propiedades si primero no arregló su deuda con el patrón.

     Por fui mi perro cazó una mosca, como se dice; fue la única ley que le salió bien a Cirilo Rivarola, porque las otras no servían para nada, como esas que le obligaban al campesino a plantar el algodón y el tabaco, como en tiempos de Mariscal, pero el Mariscal tenía en esos tiempos 50.000 soldados y Rivarola ni 500, ¿con qué les iba a obligar? Incluso cuando mi Presidencia, estaban hablando siempre de obligarles a trabajar a los Vagos y Mal Entretenidos, incluso se trató, pero nos mataron un Jefe Político y los otros vinieron a decimos que mejor suspender, no tenían personal para forzarle a nadie y lo único que les iban a hacer era matarles a ellos. Así que por el momento suspendimos: lo único que hicimos fue enganchar los Vagos y Mal Entretenidos en las Gloriosas Fuerzas [177] Armadas, porque los muchachos bien no querían ir, protestaban como José de la Cruz Ayala, que le consideran un mártir, como si servir a la Patria es un castigo. (Y al fin y al cabo le mandé en el Chaco para protegerle, porque algunos luego le querían matar a ese Ayala; para evitarle problemas y también a mí; un finado es siempre un hueso duro de explicar).

     ¡Pero Amarilla, cómo no le he de conocer al Banco Mercantil si yo también era! Es que Asunción es chica, siempre son las mismas personas, prácticamente, ya sea para ir a un baile o para hacer una fábrica de tallarín, y más o menos los mismos estábamos en La Industrial y en el Banco Mercantil... Bueno, gracias por hacerme acordar... Póngame que ese fue el primer Banco que funcionó de veras, los que vinieron antes se fundieron unos detrás del otro. ¿Sabe por qué? Porque la plaza es chica, no hay volumen para la operación bursátil que le llaman. Después creció, por eso fue que el Mercantil pudo ganar, pero también porque el Banco tenía también otros negocios, y entonces si le salía mal el préstamo, supongamos, ganaban en las vaquitas (tenía estancia). Y también nosotros le ayudábamos, la Industrial, colaboramos siempre porque la Unión hace la fuerza, hacíamos los negocios con ellos; ellos nos devolvían la gauchada cuando hacía falta. Y así fuimos saliendo para adelante: hoy el Banco tiene capital de $ 10.000.000. cuando comenzamos, apenas si $ 300.000.

     ¡Así se construye una Nación!

*

     -Vamos a hacer como en Norteamérica -dijo Decoud- como un habitante por kilómetro cuadrado...

     Exactamente cuántos por kilómetro no sabíamos, y eso que hicimos la oficina de estadística (idea de Decoud) pero para el censo 1886 no supieron decirme exactamente si teníamos 239.000 ó 263.000... 239.000 decía el censo, pero parece que algunos no enviaron los datos de sus pueblos, y entonces a ojo le calcularon 10% más, o sea 260.000 y pico. También había los que decían menos, como La Nación (nuestro diario): ¿Para qué necesitamos partidos, dijo en el 87, si somos 199.000? Yo en esas cosas no soy muy entendido, pero allá por el 72 me contaron que veníamos a ser 170.000 (ese censo que hicieron los aliados pero nunca se vio). O sea que no estábamos progresando, incluso para atrás; yo me recuerdo siempre de antes de la guerra, que andábamos por los 500.000, nos sobraba gente para el ejército pero después ya no conseguíamos así no más...

     O sea que puede ser como decía Decoud: uno por kilómetro, más o menos ¡Aunque vaya a saber! Porque Decoud también decía, Cuestiones [178] políticas y económicas, que teníamos 9.000 leguas (el país), ese se escribió cuando Juan B. Gill le quería dar el Chaco a la Argentina por el tratado de libre navegación y el crédito (pero Machaín le hizo a sus espaldas el Machaín-Irigoyen); si quería darle el gusto al presidente, no le ponía el Chaco... Bueno, si usted dice, 9.000 leguas vienen a ser 160.000 kilómetros (ese kilometraje me confunde); Bourgade calculaba así también nuestra Región Oriental: 9.000 leguas... Entonces Decoud calculaba sobre seguro; en esa época no se sabía a quién le iba a quedar el Chaco, si a ellos o a nosotros, pero tenemos siempre que tener cuidado, porque por lo visto no se puede arreglar el asunto como amigos, como el Decoud-Quijarro; los bolivianos son jodidos. (Insistieron que también querían puerto sobre el Pilcomayo, pitos y flautas, y entonces reforzamos Fuerte Olimpo y la Bahía Negra, que a lo mejor por las buenas les dábamos, siempre que ellos también nos dean algo, no hay que ser tan vivo). Bueno, le quiero decir entonces que algo nos tiene que tocar del Chaco, no nos pueden pues robar la Villa Hayes, hasta el Río Verde por lo menos, póngale 7.000 leguas, como Wisner calculaba. Él calculaba en total 16.000 leguas para todo el Paraguay, 261 solamente de propiedad particular. Eso cuando comenzaron a tratar de vender las tierras del Estado, en el 71; Wisner calculaba entonces $ 20.000 la legua de yerbal (por una cuestión de patriotismo se vendió después en $ 1.500)...

     Bueno, usted ya sabe que con dotor Francia y Mariscal casi toda la tierra luego era del Estado; con eso hacían sus Estancias de la Patria (para el ejército); también tenían bosques del Estado; yerbal del Estado, etcétera... Entonces era más fácil, pero el 2 de octubre conde d'Eu nos abolió la esclavitud (¡qué iba a decir ese, si en Brasil también tenían!)... Bueno, también estaba ese problema que se murió mucha gente, y las propiedades de los López se volvieron fiscales, y encima se perdieron los títulos de propiedad porque los Aliados saqueaban el Archivo y tampoco había el Registro de la Propiedad que se creó recién en el 1871.

     Pero con o sin Registro, Amarilla, el asunto es que el Estado tenía toda la tierra y ya no tenía personalidad como Mariscal López para poner Estancias del Estado que precisamos tanto. La tierra estaba inútil, nadie hacía nada. O sea que lo mejor venderla, para qué tener de balde. Y eso es lo que trataron de hacer desde los tiempos de Cirilo Rivarola, pero recién se pudo hacer con mi Superior Gobierno y... ¡Pero para qué le cuento todo esto ahora!... Le quería decir esa reforma agraria que le llaman, esa que también le dicen Homestead, como en Norteamérica. Esa es la que quería hacer Decoud. Decía que nos sobraba la tierra, que podíamos darle al campesino y vender el resto para equilibrar el presupuesto. Estimando nuestra población en 239. 000, me decía, tendríamos entonces unas 45. 000 familias de cinco personas cada una (promedio); suponiendo que el 80% se vea privada de la posesión de la tierra serían [179] 40.000 familias que deberíamos asentar, dando a cada una 50 hectáreas, bastaría con 2.000.000 hectáreas.

     Cincuenta hectáreas, decía él. No le gustaba la ley que ya teníamos, que le daba una cuadra de tierra gratis a la familia campesina que nos pida; una ley de 1876, creo que, que le daba a nuestro campesino un lote de una cuadra, cien por cien varas... Deben ser 7.000 metros si usted lo dice; estas medidas extranjerizantes me molestan... Bueno, Decoud decía que teníamos que hacer como la Norteamérica, que les daban más hectáreas por familia, como sesenta, y eso viene a ser el Homestead que le contaba. ¡Pero no somos Norteamérica, dotor Decoud!. Nuestro paraguayito ya tenía bastante con su cuadra, que ni cultivaba entera. ¿Para qué? Si tenía demasiadas facilidades luego: además de su lote de cien por cien, tenía también su bosque comunal por ley, o sea que las municipalidades le dejaban cortar leña para su uso personal y también para algunas cositas más, tenía su pradera comunal donde metía hasta 10 animalitos sin pagar al Fisco; tenía los yerbales que administraban las municipalidades de campaña, que le daban licencia para explotar la yerba y ganar sus pesitos... Y también que no había propiedad, prácticamente; nuestro campesino entonces podía cazar en el bosque fiscal o bosque ajeno, eso no más que le gustaba hacer para su carne: para el resto tenía unos liños de mandioca en su capuera. No necesitaba más. ¿Para qué trabajar? Encima podía recoger las naranjas silvestres de los montes y vender clandestino, cuando nos descuidábamos también nos vendía madera clandestina y yerba clandestina, toda de monte fiscal pero no había forma de controlar y perdíamos plata... ¡Es que el paraguayo es sinvergüenzo! Cuando se murió Mariscal, se acabó el respeto. En tiempos de la guerra, por ejemplo, habían vacas del Estado en todas partes, nadie se animaba a tocar, aunque se mueran de hambre... Después no hubo caso. Para controlar un poco más, le dimos la explotación de yerba y de madera a las municipalidades. Esas entonces daban la licencia: digamos x arrobas de yerba... ¡Pero qué!... Por cada arroba que beneficiaban legal, beneficiaban diez de contrabando...

     ¡No. Amarilla, imposible controlar!

     Nuestra frontera es demasiado larga, las autoridades se dejaban sobornar, costaba más trabajo controlarles a las autoridades que dejarles hacer... Y mientras tanto nos perjudicábamos en la Asunción porque para comer importábamos hasta arroz y poroto, importábamos todo porque nuestra gente, en vez de producir, tocaba la guitarra. Y entonces precisábamos importar, pero con qué pagar si no exportábamos, si no había dinero. (roto)

     O sea que ese Homestead de Decoud era pura teoría, como todo lo que él hacía, como ese cuento de la municipalidad. Él quería darles autonomía a los municipios de campañas como se les dio un tiempo, [180] incluso la administración de las tierras públicas; lo único que ganamos es que administren mal; allí volvimos a la centralización que según José Segundo no valía pero que al fin de cuentas era la única que andaba. Pero el siguió diciendo que tenía que ser descentralizado, como la Norteamérica; que teníamos que hacer el Homestead como la Norteamérica también. Incluso tiempo después; recuerdo cómo hablaban con Sarmiento (se hicieron muy amigos porque los dos pensaban que ellos dos no más eran los más inteligentes pero no valió de nada porque los militares les dieron la patada). Sarmiento siempre estaba en casa de Decoud; cuando no se peleaban, los dos meta y ponga con la ley agraria; no había forma de explicarles que Paraguay precisa ser ganadero antes que agrícola. (Sí, eso es justamente lo que decía La Reforma; pero el artículo no era de Decoud, como creyeron, sino de Juan González, que estaba muy contento con la venta de tierras, porque a partir de mi Superior Gobierno se vendieron esas tierras del Estado y comenzamos a tener para nuestro presupuesto; todo el mundo contento y hasta los liberales zoqueteros que les dábamos su banco en el Congreso para que se dejen de molestar, para que hagan la oposición decente, no como José de la Cruz Ayala y otros). Eso es lo que salvó al país; quiero decirle las leyes de la venta de las tierras fiscales: 1883 y 1885. Quiero decir que las dos le permitieron al estanciero tener su campo; o sea, si también quería poner allí yerbatal y obraje, adelante, sin problema. Al fin y al cabo, alcanzaba: nosotros, por ejemplo, La Industrial, teníamos como 2.800.000 hectáreas; allí pusimos vacas y aserradero también además de la yerba. Casado, Matte Larangeira también tenían producción diversificada, digamos. Eso les daba plata... Porque la agricultura no daba. La agricultura no da en nuestro país: lo único que funciona es el tabaco (para exportar, desde luego); el resto son porotos, maíz, mandioca, que el campesino planta para comer él y su familia. Más, no puede. ¿Cómo ha de poder si no hay camino, ni puente, ni ferrocarril? Esos yo le dije bien a la empresa privada que me hagan, le repetí varias veces en mi Mensaje Presidencial. Pero no hubo caso. Y hasta ahora la agricultura es un desastre, a no ser que vivas por San Lorenzo, Luque, que te queda cerca de Asunción y podés mandar para el mercado. Los que están más lejos ya no pueden. ¿Cuánto tarda la papa desde San Isidro hasta Asunción? Te sale más barato traer de Europa o de Argentina, como seguimos trayendo. Mientras no hay la infraestructura que le dicen, vamos a seguir así. Por eso E. de Bourgade la Dardye escribió ese libro tan criterioso, Le Paraguay, para ver si podía convencerles a los inversionistas europeos. Dardye decía, pero Decoud no le iba luego a admitir, que la inmigración de capitales era más importante que la inmigración de colonos, porque las Inversiones que se deben hacer para comenzar a trabajar son demasiado grandes (tienen que ser como Casado, por ejemplo, que se puede pagar su ferrocarril propio!. Decoud no le podía admitir eso porque la ley de la inmigración había hecho él (en realidad [181] había copiado de la Argentina, pero igual no más se creía por eso). Ley de 1881, creo que, que tuvimos que liquidar en el 85/86. Teórica, como todo lo que hacía Decoud... Sí, le trataba muy bien al inmigrante, y eso estaba muy bien. Fíjese que le pagaba pasaje y equipaje gratis desde su país hasta la Asunción, y que en la Asunción (el puerto) le recibía un funcionario, muy amable, que le hablaba en su idioma (o sea francés, o sea inglés, lo que usted quiera); le llevaba en el Hotel del Inmigrante a él y su familia, todo pago, y allí podía quedarse cinco días gratis por si estaba cansado; cuando se reposaba bien, seguíamos viaje hasta su campito, todo pago; allí le estaba esperando un campito de dieciséis cuadras cuadradas, completamente gratis, se le regalaba, y si quería podía ocupar sin pagar por unos años tres lotes más de dieciséis cuadras; cuarenta y ocho cuadras, digamos... Salía un poco caro: al comienzo tenía que ser así; con la fama que tenía el Paraguay, nadie luego quería venir a él y nos faltaba gente. Por eso que les dábamos la tierra y encima otras pequeñas facilidades: les manteníamos por seis meses (la comida) y hasta podía ser un año entero cuando en los primeros meses les salía mal; les regalábamos $ 50. una lechera con su ternerito, yunta de bueyes, instrumentos de trabajo, semilla para el primer año... Si trabajaban bien, les regalábamos un lote más de 16 cuadras; también había premio para el que plantaba muchos árboles...

     Así vinieron muchos extranjeros trabajadores, pero en la práctica se podía mejorar un poco más. Mucho más. Porque enseguida salió a chillar José de la Cruz Ayala: ¿Qué significaba eso de que al campesino paraguayo le dean lotes de una cuadra y nada más pero al extranjero le dean dieciséis, además del pasaje, de la liberación de impuestos, de todos los privilegios que le daban mientras al pobre paraguayo le echaban de su tierra con trampas de abogado, probándole luego que su campo no era su campo?

     Yo les dije al Congreso: Vean arréglenme un poco ese. Nos está desprestigiando. Ellos tardaron tanto, que al final terminamos con la ley de inmigración. ¡En cinco años no tuvieron tiempo esos benditos congresos de aumentarle un poco el toco al paraguayo! ¡cómo si les costaba mucho darle un poco más de tierra para empatar con el gringo! Entonces se acabaron las diferencias para que nuestra gente no proteste (sobre todo nuestros Jueces de Paz y Jefes Políticos, que cuando veían que al gringo le dábamos tierra gratis nos reclamaban tierra, y si no les dábamos, terminaban haciendo una trampita para comer la tierra del vecino). Terminamos porque nosotros somos, como dice su amigo (roto) un movimiento Nacionalista y Popular; nos preocupa el bienestar de nuestro Pueblo. ¿Cómo le vamos a olvidar al pobre campesino, tan patriota, al agricultor-soldado como dice su Maestro? No. Nosotros no le olvidamos. Vamos levantándole pasito a paso, como decía Mariscal, el Pueblo todavía no está preparado para andar solo. Por eso también terminamos con la [182] ley de inmigración; porque la mentalidad de un pueblo, la fisonomía moral, como decía La Reforma, no la vas a cambiar de golpe. Incluso se perjudicaban los propios inmigrantes; quiero decir cuando venían solos y no en colonia; en seguida se mezclaban demasiado, perdían todas sus costumbres como don Calvano, que cuando vino de Sicilia era un señor muy activo (por eso le pusimos de Jefe Político), pero que después terminó dándole todo el día a la riña de gallos y esas cosas de nuestra pobre gente que le falta el hábito del trabajo y comenzó a trabajar recién cuando vino el alambrado y entonces ya no podía andar más merodeando por el monte, recogiendo miel y naranjas como los Infieles.

     Por eso es que hicimos las colonias como San Bernardino y Villa Hayes. ¡Usted tiene que ir a San Bernardino, Amarilla, eso no parece Paraguay! Usted luego se siente en Suiza o Suecia (no sé cómo se dice), no es como los pueblitos de campaña. ¡Tenemos que hacer muchos San Bernardino! Yo les dije, por eso lo que nos alegramos tanto cuando vino Nietzsche... Bueno, no sé por qué le llamo así, Nietzsche era ella... El señor Foerster. Ese andaba con otro que se llamaba Quistorp y otro más para traer 20.000 alemanes en Paraguay.

     -20.000 inmigrantes -nos explicó Decoud- son un promedio de $ 1.000 por inmigrante...

     -20.000.000 -gritó Juan Alberto; por primera vez estuvo contento con Decoud.

     Vamos a comenzar una nueva era, dijo La Reforma. Parecía que sí. Pero al Foerster le mató de quebranto su mujer, la Isabel Nietzsche, se creía porque tenía plata y su hermano era profesor en la Alemania... Yo vi como le hacía ojito a don Cirilo Solalinde cuando el tipo estaba en tratativas para transferirles el campo para la colonia que se tenía que llamar la Nueva Germania... Lo enterraron en San Bernardino, pobrecito; por culpa de esa banda perdimos los $ 20.000.000...

*

     Atienda bien, Amarilla, porque en esta parte tenemos que poner como el título: fundación del Partido Colorado. Todo el mundo sabe que yo fundé, junto con Decoud, pero le tengo que explicar también la filosofía política que le llaman. Nosotros somos un partido muy culto, cultísimo, así que no me puede dejar de lado la filosofía. El nacionalismo también, desde luego; los otros son los que le mataron al Mariscal, los legionarios que vendieron a la Patria. Todo esto le voy a ir contando en su debido tiempo, pero primero le termino con la venta de las tierras públicas, que se hizo para darle tierra al Pueblo (Yo no reservé nada, aparte del campito que compré hacia el Norte con Juan Crisóstomo Centurión. Pero ese fue para dar el ejemplo no más. Si yo, el Presidente, no compraba, iban a decir que nuestra tierra no valía nada). [183]

     O sea que se hizo para hacer adelantar el país.

     Y desde luego, ahora parece demasiado fácil, pero en aquellos tiempos no; no sabíamos cuáles eran y cuáles no eran. Porque con la Guerra Grande se perdieron los títulos de la propiedad, y entonces se creó recién en el 71 ese Registro de la Propiedad (ya le conté) y el asunto era así: si usted tenía un campito en Ajos, supongamos, pero sin título, entonces se hacía dar en Ajos un título supletorio por la autoridad local, que después inscribía en el Registro de la Propiedad y después se hacía el juicio de mensura, deslinde y amojonamiento y después tenía que alambrar porque o sino la multa. Pero el paraguayo luego anda por su cabeza, qué le va a escuchar a la autoridad. Aparte de unos cuantos, nadie le obedecía a la Ley, cada cual seguía con su tierra porque pensaba luego que no hacía falta, que el título es papel sin importancia. Y también digamos que hasta que yo llegué a la Presidencia, la administración pública un desastre: el tipo que venía caminando de Ajos se encontraba con que el empleado no estaba, se pasaba días esperando en Asunción porque la oficina no se abría cuando no tenían ganas de trabajar. Y a veces se le abría, pero si no pagaba coima no inscribían el título supletorio en el Registro, o incluso hubo casos en que no querían inscribirle porque decían que no podían inscribirle si no tenía limites precisos el terreno, aunque no podía tener antes del juicio de mensura, pero tampoco valía la pena hacer esa mensura si antes no se tenía título... Problema de empleados públicos haraganes, que siempre tratan de encontrar pretexto para no trabajar...

     Y entonces ocurre que en el 83 tenemos un déficit fenómeno y la única manera de salir adelante es vender la tierra, pero la tierra no se puede vender porque no sabemos luego cuál es la nuestra, así que tuvimos que ir despacio, vender hasta un importe de $ 150.000. Vender la tierra que casi estábamos seguros que era del Estado. Aunque no estábamos tanto, enseguida comenzaron las reclamaciones: que el campo ese que se vendió como fiscal era de don Fulano...

     -¿Y por qué no inscribió en el Registro, don Zutano?

     -Es que no tenía tiempo, mi general...

     ¡A mí no más venían a quejarse!...

     ¡Cómo si no hay Juez de Paz, no hay Registro, como si el Presidente tiene que resolver todos los problemas! ¡Pero qué le va a hacer si nuestra gente es así! Tuve que dictar una ley dando una prórroga de seis meses para que el que tiene que inscribir, inscriba: después de eso, nácore...

     Pero allí me viene la asociación ganadera.

     -El precio es demasiado alto, general.

     -¡Pero si rebajamos el que decía Wisner! Apenas $ 1.500...

     -Todavía es demasiado alto. [184]

     Claro, todavía es demasiado alto. $ 1.500 para la Argentina no es nada; para el Paraguay, era plata. Y entonces se iban a venir los extranjeros, nos iban a comprar todos los campos, sobre todo los mejores, porque estábamos vendiendo los que quedaban cerca de las poblaciones, del ferrocarril y los ríos, o sea la comunicación... ¡Cosas de Decoud!... Ese tipo quería fundir a los empresarios nacionales. ¿Cómo no calculó mejor? Había tantos que querían ser ganaderos (ya habían organizado su asociación y todo) y ahora les íbamos a dejar sin campos, porque el precio era demasiado alto. Y conste que cuando Decoud me dijo vender en subasta pública, al mejor postor, yo le dije que no; malicié que había algo raro... ¡Imagínese que venga un curepí y porque tiene plata no más se queda con toda esa tierra! ¡Eso ya viene a ser el imperialismo, la plutocracia, como dice O'Leary!...

     Menos mal que la ley tenía su procedimiento para proteger nuestra soberanía nacional que le dicen: no se podía comprar directamente. No. Había que hacer una solicitud en forma; presentarla a las autoridades; esa se podía rechazar o no...

     Desde luego, Amarilla, que rechazábamos cuando tenía que ser; PARAGUAY FIRTS. ¡El susto que nos dio, cuñado!, me dijo Juan Alberto. Él le había estado echando el ojo a un campito y pensó que iba a caer en las manos de esos que le mataron al Mariscal López.

     Entonces defendimos nuestra soberanía: extranjeros, en efectivo; correligionarios, a crédito.

     En total vendimos tierras por valor de unos $ 30.000. Eso venía a ser un poco menos del total de $ 150.000 previstos, pero nos alcanzó para comprar unos chassepot usados pero en buen estado.

     Seguimos un poquito apretados con el presupuesto nacional, digamos, pero ganamos experiencia. Por eso la ley del 85 nos salió mejor. Bajamos los precios para que todo el mundo pueda comprar (el sueño del hogar propio), sobre todo en el Chaco donde se vendía por $ 130 (promedio) la legua... No, no se vendía de a legua en el Chaco, tu lotecito tenía que tener, por lo menos, una legua de frente por diez de fondo, diez leguas cuadradas... Tampoco se vendía por subasta a no ser cuando había dos que pedían al mismo tiempo el mismo campo; pero también allí les protegíamos a los nacionales porque pasaba todo por el Ministerio del Interior, y allí si pedía primero un gringo no le hacían caso (al paraguayo sí), y además yo revisaba las solicitudes una por una, e incluso cuando un compatriota quería comprar pero todavía no tenía plata podía reservar la tierra a su nombre (hasta que consiga el crédito del Banco). Claro, cuando venía un caballero como don Carlos Casado le atendíamos bien; al fin y al cabo, hay extranjeros y extranjeros, algunos muy decentes (¿qué sería yo sin Río Branco?). Y le voy a decir algo en confianza: los bolivianos se jodieron; ya no nos pueden quitar el Chaco porque es de Casado. (Es [185] una forma de hacerle guardar, como el Mariscal a la Madama). El Chaco ya ha sido colonizado, como el resto del país: nadie se va a animar ahora a quitarnos el país, porque entonces van a tener que verse con gentes muy influyentes, como el señor Rothschild. Para proteger nuestra independencia.

     Eso nunca van a aceptar los liberales, que reciben dinero del extranjero y le pagaron al Reclus para que diga en su Geografía Universal:

     Los especuladores argentinos, ingleses y norteamericanos se echaron sobre la presa, sin respetar siquiera las pequeñas porciones donde las familias guaraníes cultivaban el suelo de generación en generación, sin que hubieran tenido jamás necesidad de hacer constar sus títulos de propiedad; se formaron sindicatos de compradores, que adquirieron las tierras por decenas y centenas de miles de hectáreas afín de revenderlas por el duplo de su valor, un solo concesionario acaparó varios miles de kilómetros cuadrados. En pocos años vastos desiertos fueron adjudicados a propietarios ausentes, y en adelante, ningún campesino paraguayo podrá cavar el suelo de la patria sin pagar renta a los banqueros de Nueva York, Londres o Amsterdam (30). [186]



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Principales términos dialectales y guaraníes utilizados

      Argel: antipático, enfadoso.
Argelarse: enfadarse.
Cambá: negro (apodo de los brasileros).
Cepillar: adular.
Coiguá: rústico.
Cué: (sufijo) ex.
Cuera: sufijo para indicar plural.
Curepí: apodo de los argentinos.
Chavolai: agente de polecía.
Guaunte: supuestamente.
Jeí chupé: dicen que (peyorativo).
Maera: cosa, asunto.
Mbore: epíteto, exclamación injuriosa.
Mitaí: niño.
Nanbré: interjección despectiva.
Ñande yara: Dios.
Ocara: campesino
Pacová piré: cáscara de banana.
Paí: padre (sacerdote).
Picó: interjección.
Picharse: enfadarse.
Pyragüé: delator, polecía secreta.
Quelembú: deficiente, risible.
Santoró: antipático.
Tavy, tavyrón: tonto.
Tuyá: viejo (peyorativo).
Umiva: (sufijo) aquellos.
Vaí: feo, malo.
Vyro: tonto.
Vyro reí: tontería, nimiedad.
Yaguá: perro.
Yaguaí: chismoso, delator.
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