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ArribaAbajoTratado tercero

De cómo serví con distinción al gran Partido Nacional, luchando valerosamente contra el defraudador Salvador Jovellanos (1873/74)


¿Cómo le he de aceptar su invitación?, le dije. Toda persona tiene su lado bueno, búsquelo, me dijo. Entonces al final me fui en la casa de Cándido Bareiro; puros soldados argentinos que se hacían pasar por paraguayos pero se notaba. El general Cabayero me anunció el secre. Me cayó peor que peor. Pero después con el tiempo fuimos tratando, conociéndonos más; no me arrepiento de escucharle al paí Maíz: tenía su lado bueno. Eso yo me fui dando cuenta poco a poco. Y cuando tuvimos más confianza le pregunté del empréstito, de las armas que tenía que comprar para el Mariscal en Europa (esas que según Benítez regaló al enemigo) Y entonces me dijo que Mariscal se apuró un poquito: él declaró la guerra y después pidió el crédito, $ 25.000.000 oro, pero ya no le quisieron dar porque tres a uno y entonces preferían prestarles a los tres aliados, y también que los cambá nos bloquearon los ríos, ¿por dónde podíamos recibir los $ 25.000.000 oro si cartas apenas llegaban, don Cándido tenía que abusar de los amigos para comunicarse con el gobierno paraguayo desde Francia? Y ha de ser la verdad lo que dijo don Cándido: que se puso nervioso y declaró la guerra adelantado. Ha de ser porque Mariscal era nervioso, se apuraba un tanto como en Lomas Valentinas; esa vez su orden luego estaba muy mal dada. Pero yo no le culpo, desde luego: ese día teníamos mala suerte. 21 de diciembre. Le estoy viendo. Como si era ayer. ¡Yo también me levanté con mala suerte, de mal humor! Tuve que montarme en mi caballo y quedarme montado desde tempranito, porque si bajaba se notaba que la Regalada me planchó todo mal. (Yo le pegué bien grande por quemarme los fondillos, ha de ser por eso que en la estación casi deja que me coman los perros). Bueno. Pero siempre hay los que están peor que uno. La familia López, por ejemplo... Ese día, tempranito, cuando me presentaba al Mariscal para recibir su orden, Mariscal se levantaba a las nueve, pero aquella vez fue la excepción, entró en la comandancia el comandante Marcó: Excelencia, su señora madre no quiere ir. Entonces el Mariscal, personalmente la puso en la carreta a doña Juana con sus dos hijas, la Rafaela y la Inocencia, para que vayan todas juntas en la loma, antes de que comience la batalla, para que vean como   —56→   mueren los traidores como don Benigno López que le gritaba fratricida y don Vicente Barrios que trataba de hablar y no podía porque se cortó la garganta para salvarse pero le salvaron aunque no quería: le cosieron para poder ajusticiarlo con monseñor Palacios, deán Bogado, Juliana Insfrán y el resto. (No, don Saturnino Bedoya no estaba; no podía; el Mariscal personalmente dio Instrucciones que lo traten mejor a su cuñado, o pero nuestra gente son muy brutos: lo mataron no más en el tormento)... Esos empezaron mal el día y nos pasaron la jetta: monseñor Palacios, antes de morir, dijo que maldecía el Paraguay. Maldición de obispo no es maldición de burro: apenas le fusilamos todo cuando comenzó la artillería brasilera... Allí se terminó el ejército... Pero ya le conté, ¿para qué répetirle? Yo lo que le decía es que andábamos nerviosos. Y Mariscal también. Por eso aquella vez se equivocó su orden, entre la maldición del obispo y de su familia (las hermanas López unas diablas: no se callaban ni con 50 lazazos). Compadre Escobar y yo teníamos que cumplirla; íbamos a morir toditos.

-Nambréna, compadre, ¡qué lo que nos vamos a hacer balear así no más!

-La orden superior hay que cumplir.

-Compadre, ya somos oficial superior...

Oficial superior no es soldado, puede utilizar su iniciativa. Entonces cada uno hizo como le parecía bien. Patricio se quedó donde le dijo: yo, en un lugar más estratégico. Y tenía razón (yo): cuando terminamos, Patricio tenía como diez agujeros.

-¿Dónde estaba el general Caballero durante la batalla?

-Siempre a mi lado, Excelencia.

Parece que no le creyó demasiado, incluso tenía ganas de hacerme fusilar (eso me contó después mi hermana, María de la Cruz); no podía entender que mi compadre salga mal y yo tan bien (aparte de mis soldados, que murieron todos). Y eso que me quería mucho, pero estaba nervioso... ¿a quién picó le gusta perder la guerra? Yo tenía ganas de razonar con él, pero cuando el Jefe de uno está así de nervioso, mejor callarse...

O sea que tenía razón don Cándido Bareiro.

El único mérito de salchichón es tenerlos cortos a los militares, decía Juan B. Gill de pura envidia, porque don Cándido nunca no nos tuvo cortos en ese su partido Nacional, claro que no. Siempre nos respetaba. Y nosotros también le respetábamos a él; nunca le movimos el piso como Gill... ¡Ah! Me olvidé de decirle que hicimos el Partido Nacional en Corrientes. Porque terminamos todos en Corrientes (República Argentina) culpa del infeliz Juan B. Gill que nos metió en la cárcel y nos tuvo que largar después pero al final nos exilamos; pero a él tampoco no le duró demasiado el dulce porque también lo exilaron pero se fue en Buenos Aires porque si era en Corrientes le cagábamos a patadas entre Cándido   —57→   Bareiro, Patricio Escobar, Germán Serrano, Matías Goiburú, José Segundo Decoud y muchos otros más.

Se le acabó el dulce porque se encontró para la horma de su zapato, como dicen. Él se creía el gallo porque mandaba con Rivarola, mandaba con Jovellanos, tenía la confianza de los brasileros. Por eso quiso mandar la polecía en el Ministerio de Benigno Ferreira. Ferreira era el del Interior, la polecía era de él, pero Gill estaba acostumbrado a los otros Ministros, cuando mandaba por la polecía ajena. Y así fue como un día Juan B. Gill le manda cuatro chavolaí al Ministerio del Interior donde estaba Ferreira, justamente; los polecías dicen que le vienen a quitar los muebles. ¿Qué muebles?, les pregunta. Los del Ministerio, le contestan, esos que tiene usted, señor Ministro, son de la Madama Lynch tenemos que retirar, orden de don Gill. Bueno, no le quiero decir cómo salieron los cuatro chavolai; me alegro por Gill, tan prepotente. Entonces Gill se puso muy nervioso; le dijo a Jovellanos que un agravio; tenía que proceder contra Ferreira. Jovellanos le dice que se calme, por favor, cada cual en su Ministerio, trató de consolarle. El otro se dio cuenta que Ferreira era el que tenía la sartén por el mango, de allí fueron las cosas de mal en peor.

Hasta que se armó el bochinche.

Entonces Guimaraes vino a verle a Jovellanos.

-¿Cómo es que voce tem o Joāo Batista preso?

-Porque trató de matarme.

-¡Meu Deus!

Allí se fue en la cárcel, Gill le contó su historia. Él decía que no tenía nada que ver; el otro decía que sí. Entonces Guimaraes le subió en su barco de guerra, por las dudas, en ese fue que se fue para Buenos Aires Juan B. Gill. (Nunca más se supo si los emponchados que le balearon al señor Presidente eran de Gill. Pero parece que sí. Si no, no se hubieran animado a apresarle). Pero mientras seguía preso nos seguía intrigando: le dijo al brasilero que pensábamos hacer una revolución para echarle a Jovellanos, ponerle a los argentinos y denunciar el Loizaga-Cotegipe... ¿No le conté el tratado? Con ese les cedimos todo ese terreno entre el Río Apa y Río Blanco, los yerbales que Mariscal le dejó a la Madama Lynch porque sabía luego que los brasileros pensaban expropiamos y entonces a nombre de inglesa iban a respetar; le regaló. Pero los cambá expropiaron igual; no respetaban nada, las tierras al norte del Apa compró la Mate Larangeira, esa yerbatera que les explotaba a sus peones, ¡qué vergüenza! Después la Madama se pasó la vida reclamando sus tierras; cuando murió la pobre vino Enrique Solano López para reclamar también, no hubo caso. Todo por culpa del Congreso vendido que aprobó el Loizaga-Cotegipe allá por el empiezo del 1872. ¿qué se puede esperar si su presidente era Gill? Él con la plata del empréstito o la que sea le coimeó al Congreso; votaron a favor de ese tratado que les regalaba nuestro Matto Grosso a los cambá   —59→   brasileros; no valía la Pena pelear como peleamos para terminar transando así... Pero tampoco es cierto que pensábamos repudiar, ¿para qué si ya no había caso? Habladurías de Gill. De Gill que después se puso a congraciarse con ministro Azambuja, ese que le mandaron en Asunción como ministro nuevo; Juan B. Gill le dijo que le lleve de vuelta en Asunción bajo su protección; Azambuja le dijo que mejor se quede en Buenos Aires (donde estaba) para informarle lo que hacían esos argentinos, los enemigos de la patria...

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Asunción en 1870

Brasilero es así.

Siempre te sonríe; te dice: don, haga no más su revolución que le vamos a apoyar. Pero dice lo mismo a cada cual. Y después te abandonan como le abandonaron a Germán Serrano: él les pidió permiso para hacer revolución; ellos le dijieron que sí, con mucho gusto, pero después le dejaron solo y su hermana recibió su barba (de Serrano) de recuerdo con la parte de la piel en la que iba pegada.

Así que a Gill le dijieron: siga no más don Gill, siga informando, demasiado nos gustan sus informes. Pero nada. O a lo mejor también sabían... Ese con Argentina... Porque Gill le prometía a Dios y al Diablo; me parece que se daban cuenta. Porque cuando llegó en la Asunción, Azambuja le escribió a su gobierno: Ferreira muy argentinista pero nos conviene. Stop. Gill les regala el Chaco. Stop. Era la cuestión de límites. Ese ya le voy a contar. Mientras tanto, me pone que Juan B. Gill siguió intrigando, le escribió a Cotegipe que por favor le ayude para hacer revolución contra Jovellanos. Cotegipe le dijo que se deje de hablar de libertad, Constitución etcétera cuando la gente pasaba tanta hambre con los créditos ingleses que no tenían donde pagarles, ni los créditos de los comerciantes, ni el crédito del ferrocarril, ni la indemnización ni los gastos de guerra; el Paraguay no tenía un cobre, lo que le convenía es trabajar, dejarse de revoluciones que costaban plata para que después el que sube en el poder haga lo mismo, se olvida de lo que dice el Manifiesto.

Otro menos caradura se quedaba tranquilo, pero Juan B., se subió en el barco para Río de Janeiro (con la plata de Londres). Quiso verle a Cotegipe pero le dijieron que se había ido en Santos, estaba de vacaciones. Entonces golpeó puerta por puerta; terminó apalabrando a Río Branco.

*  *  *

A ver un poco... ¡Uf!... Usted no ceba el mate como Juan O'Leary,

tiene mucho que aprender de su maestro, tan culto pero tan humilde: él mismo me preparaba cuando estaba aquí... Es que a los curepí les cuesta, no les sale bien... Pero no se preocupe, O'Leary también es hijo de gringo (contrabandista, encima) pero aprendió a cebar. Usted también puede, Amarilla, si se esfuerza un poco. En ese caso le consigo empleo en Asunción.

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Quizás en la Biblioteca.

Sí, una buena noticia, Juan Silvano tiene cáncer, me acaban de contar. En ese caso precisamos reemplazante; yo todavía tengo mi contacto en Asunción; he de hacer que le pongan a O'Leary15. En ese caso es secretario usted. De la Biblioteca Nacional. Y en ese caso me revisa un poco el manifiesto del 22 de marzo del 73:

Sesenta años de encierro, de oscuridad y tiranía deben ser más que suficientes para que las tristes lecciones de esos tiempos no vuelvan jamás a repetirse en los hoy despoblados bosques de nuestra querida patria. Acabamos de purgar con una guerra tremenda contra un poder colosal las culpas que pesaban sobre nosotros y sobre nuestros padres. Nuestro aislamiento, nuestro encierro, la falta de espíritu público entre nosotros, entregaron los destinos del país a tres tiranos, de los cuales dos no tienen paralelo en la historia de los siglos... La hecatombe del pueblo paraguayo, llevado al sacrificio por la férrea voluntad de un mandón que él mismo se dio y consintió es una enseñanza hasta cruel, para que el pueblo olvide, que es preferible levantarse y luchar para asegurar la libertad que doblegarse cobardemente a la voluntad de los tiranos... Si toleramos que nuestros conciudadanos sean así arrebatados de sus hogares, en medio de los trabajos que preparan para el sostén de sus hijos, entonces podremos decir que sólo somos dignos de arrastrar cadenas como lo éramos antes, y no de gozar de la libertad con que nos han brindado tres naciones cultas y civilizadas.

Sí, el derecho de autor que le dicen; no es justo que el único que no tenga manifiesto sea yo mientras Godoi le muestra a todo el mundo. Cree que la Biblioteca es de él. Cree que los documentos son de él. Pero al fin y al cabo la historia está para usar y no abusar, y si me consigue copia yo le voy a agradecer muchísimo (roto) entre usted y O'Leary pueden hacer un buen trabajo, hay muchas cosas luego que pueden descubrir en el Archivo, la juventud necesita conocer la verdad, sobre todo con el revisionismo que le llaman.

Sí, eso le tengo que explicar, esa revolución de marzo del 73.

Estábamos todos en Corrientes, tristes y sin conchabo, los exiliados políticos que peleamos por la patria y que nos negamos a apañarle a Juan B. Gill, que nos metió en la cárcel y después él también se fue en el exilio cuando se quiso propasar con Ferreira y Jovellanos. Estábamos todos tristes aquel 73, sabíamos luego que al Paraguay llegaba el crédito gestionado en el 72, no podíamos permitir que Jovellanos se quede otra vez con él.

En el Paraguay también nos extrañaban, por eso luego fue que la partida aquella se levantó unas armas y se subió en el tren hacia   —61→   Paraguari. De Paraguari pasó en Pirayú y desde allí nos hizo llamar para que volvamos y el señor Gallino nos dijo que valía la pena. Un gran amigo. Allí mismo nos subimos en su lancha, llenos de entusiasmo, cruzamos ese Río Paraná, marchamos hacia el norte, para juntarnos con los amigos que nos estaban esperando en Pirayú, muy contentos porque llegábamos nosotros, nuestro nombre una garantía.

Marzo del 73.

Todos muy patriotas, dispuestos a luchar. Salvador Jovellanos se murió de miedo cuando el maquinista del tren le contó que le habían secuestrado (se escapó), que le preparábamos la revolución. No sabía que hacer, Amarilla, si Ferreira no era tan metido no se ponía a escuchar la conversación con el maquinista que hablaba en voz baja con Su Excelencia (la casa de gobierno llena de chismosos) y no se enteraba de todo; entonces no asumía el comando de las tropas; entonces nos entendíamos con Salvador Jovellanos de hombre a hombre, como debía ser, ¿no le parece luego una vergüenza hacerse defender por otro? Porque en ese gobierno, el que mandaba era su ministro del Interior, el Benigno Ferreira; ese que se hacía del argentino.

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Asunción y alrededores

Mientras tanto, yo trataba de entrenarle a mis soldados (yo era el jefe militar de la revuelta; el político, Cándido Bareiro). Me desilusioné   —62→   cuando vi lo que eran, ¡yo que tenía tantas esperanzas! Porque don Cándido me había dicho: 1500 hombres. ¡Con eso ya ganamos!, yo le dije. Muchos más que el gobierno, ese no llegaba a los 500. Pero don Cándido (Dios lo tenga en su gloria) no era militar: contaba mal. Recogió los muchachos entre los peones de la estancia de Gallino, los malevos que andaban por ahí. Lo único bueno que teníamos eran oficiales: todos oficiales de la vieja guardia. Matías Goiburú, Germán Serrano, Silvestre Aveiro, Patricio Escobar. Pero con oficiales sólo no vale; también se precisa de soldados... Soldados como la gente, no esos mitaí asustados que cuando le vieron a Benigno Ferreira en Paraguarí corrieron como gamos... ¡Ahora me explico por qué Mariscal fusilaba tanto: soldado que corre le perjudica al jefe! Yo que nunca corrí, salí disparando aquella vez: solo no podía contra un ejército. Traté más o menos de ponerlos en orden: de Paraguarí se retiraron ordenadamente hasta Ybycui (mi valle querido), pero de Ybycui a la costa argentina fue una desbandada; muchos se ahogaron en el Río Paraná. ¡Bien merecido!...

-¡Déjese de joder, siga remando!

Yo no suelo decir esas palabras sucias ni mucho menos a mi jefe don Cándido Bareiro, pero me pusieron muy nervioso esos tiradores en la orilla del río, se pulseaban por nosotros mientras don Cándido, muy campante se sentaba en la punta del bote (sobre que era gordo) para mirarnos remar en vez de ayudar aunque el más pesado era él (uno que no le digo el nombre estuvo a punto de tirarle al agua para darle rapidez al bote). Para colmo, el gobierno tenía chassepot que compraron con las libras inglesas; esos tiraban demasiado bien para quedarse mano sobre mano, como Cándido Bareiro: había que remar y fuerte.

En la otra orilla, casi nos agarramos a moquete...

Menos mal que don Gallino nos preparó un asado que nos vino demasiado bien, y eso que don Gallino sabía luego que nos estaban corriendo, veía demasiado bien con su alargavista de la costa argentina, de tanto en tanto renegaba: ¡Adiós campito! (quería tener su campo en Paraguay). Pero igual no más nos recibió tan amable; no nos pasó la cuenta de los tiempos que pasamos en su estancia (allí nos entrenábamos); incluso cuando necesitaban los muchachos él les pasaba unos pesos para el vicio (nunca reclamó)...

Pero don Gallino también sabía luego con quién trataba: no éramos cualquieras. Por eso no le hizo caso a su gobierno: nos dijo que podíamos quedarnos cuando quisiéramos; en Corrientes manda correntino y no porteño. Así que nos quedamos en su estancia hasta que compadre Escobar nos hizo llamar desde Carapeguá...

Sí, porque no crea usted que nos hicieron correr como brasileros; por supuesto que no. Mientras Ferreira perseguía un cuerpo del ejército revolucionario, el otro (con compadre Escobar) se ocultó en la carnicería de la Regalada en Carapeguá. Y cuando el enemigo ya creía que nos tenía   —63→   liquidados; compadre les da una gran sorpresa en Yabebiry; allí les liquidaron completamente a un grupo del gobierno, ¡como vyro cayeron!

Entonces me hace llamar, me dice que venga. Yo cruzo el Paraná con la lancha de Goycochea (pariente del Goicochea Menéndez, familia bien de la Argentina). Desembarco cerca de la Encarnación, comienzo a incursionar la zona con 40/50 hombres para despistar al enemigo. De paso atropello la comesería de la Encarnación.

-Tiene que entregarse, comisario.

-¡Mbore!

Me replegué para iniciar el ataque, pero un soldadito pasado a nuestro bando me dice que, sin él, quedaban solamente cuatro en la comesería.

-¡Entrégueme la caja!

-¡De ninguna manera!

Discutimos hasta que se rindió. No tenía remedio. Pero en la caja no quedaba ni un peso: ese bribón, mandó toda la plata con el chasque... Paraguayo es así... Yo le dije bien a mis muchachos que le vigilen, que le rodeen bien, pero ellos se fueron de parranda y el comisario, ese aprovechó para mandar la plata en la Asunción junto con la noticia de que estábamos en Encarnación, se terminó el secreto... Paraguayo es así. Le dice luego siempre que sí, pero después no cumple la orden, anda por su cabeza; es como los niños de la escuela cuando falta el maestro, hacen bochinche. (Por eso es que decía Mariscal López que ya estaba cansado de hacer todo él sólo, no tenía luego colaboradores, una punta de inútiles, no se podía confiar en nadie, él tenía que firmar tratados, corregir los diarios, contar la platita de Hacienda, aconsejarles a los jueces, organizar el baile del Club Nacional, castigarles a los cabos cuando no le bañaban al caballo). Si no era por eso, todo podía luego andar bien en país, hasta mi revolución... No, no digo que se perdió por eso, pero secreto militar es importante, sobre todo esa vuelta: no tenía que saber el antipático de Benigno Ferreira que habíamos desembarcado.

Pero supo.

Entonces no podíamos seguir en la Encarnación; cambiamos de planes. Nos fuimos para la zona de Ñeembucú (nos desviamos un poco), de allí rumbeamos para el Tebicuary; del Tebicuary hacia el norte; antes de seguir para arriba, para la Asunción, nos pusimos a contar los soldaditos: eran 4.000. Yo conté de vuelta, por las dudas, ¡no podía creer! Esta vez, 4.000, ni uno menos: don Cándido no se había equivocado...

-Felicitaciones, don Cándido Bareiro.

-Despacio, Caballero, que lo mismo me dijo el mes de marzo.

-Esta vez ya le hago presidente.

Don Cándido tenía que ser el Presidente porque no había igual en el país. El resto nos repartimos como amigos; Ministerio de Guerra para mí; Interior para compadre. Todo marchaba bien en el glorioso Partido   —64→   Nacional ahora que Juan B. Gill no estaba, el intrigante; éramos como hermanos. José Dolores Molas, Juan Silvano Godoy, José Segundo Decoud, Matías Goiburú, Germán Serrano, Silvestre Aveiro; todos juntos. Todo por la patria, sin esas discusiones mbores de liberal; por eso se llamaba Partido Nacional. ¡Somos una gran familia!, decía don Antonio Taboada; él estaba muy optimista. El entusiasmo eran grande. Todo por don Bareiro. Hay que reconocerle el mérito al pobrecito (¡se murió tan joven!), pero tampoco diga que Partido Colorado fundó Cándido Bareiro; ese ya no puede ser. Ese ya fundé yo personalmente, como le cuento después...

-¡Viva don Cándido Bareiro!

El espíritu de la tropa era excelente; ni se notaba que eran argentinos. Claro que no hay como paraguayo puro; yo ya le estaba extrañando a mis soldaditos de la Guerra Grande, tan disciplinados, por eso podíamos hacer el heroísmo. Pero a estos otros ya le íbamos metiendo, de a poco a poco, la disciplina militar. Eso es cuestión de saber. No puede hacer cualquiera. Esa vez en la plaza, por ejemplo, la plaza de Corrientes, sale José Segundo Decoud y se manda un discurso con el Washington y el Jefferson; los pobres se dormían. Y entonces sale uno de los nuestros, se sube a la tarima:

-¡Ya yapota peicha (hace con su dedo como si gatilla), ja peicha (hace como si mete algo en su bolsillo, su requecho)!

¡Allí los voluntarios rompieron en exclamaciones entusiastas, se enrolaron con ganas! Ellos venían al enganche no más porque les decían sus patrones (los Gallino, Meabe), pero con el discurso se llenaron del espíritu para marchar sobre Asunción con espíritu revolucionario... ¿Por qué le sorprende? Correntinos y paraguayos somos como hermanos, los dos hablamos guaraní. Incluso mucha gente de esos tiempos tenía propiedades de ambos lados (otros vinieron a quedarse en el Paraguay después, como los Llano)... Claro que tampoco pensábamos autorizar el requecho así no más, no se podía. Pero cuando la muchachada está con ese espíritu hay que levantarle, hacerle un discurso bien fogoso, no como Decoud. Ese murmuraba con Taboada que los militares (nosotros), todos unos brutos: por el momento tenemos que aguantarlos, no queda más remedio, pero después veremos, no podemos seguir con el lopizmo hasta el 1900 (faltan varias líneas).

Don Cándido Bareiro, sin embargo, tenia su simpatía... Él levantó la gente de Corrientes, y todavía más en Carapeguá, como le dije, y después se nos juntaron más de Pirayú y hasta de la Villa Occidental. Villa Occidental se llama Villa Hayes, por el Presidente Hayes, pero entonces era territorio argentino, por lo menos podía ser, los argentinos luego querían todo el Chaco, y ese lo que vino a negociar el Bartolomé Mitre en Paraguay; nosotros le encontramos en Asunción esa vuelta porque también veníamos, pero para hacer revolución. El de él era   —65→   misión diplomática. Porque el tratado con Brasil, Loizaga-Cotegipe, ya se había firmado (1872); los argentinos se enojaron grande. Porque al principio era que los curepí se comían todo el Chaco, ese tenía que ser por el tratado de la Triple Alianza. Pero después (como le dije), cuando comenzaron con el límite, Argentina le dice fuerza no da derecho, no podemos quitarle así no más su territorio; hay que negociar. De acuerdo, le dice Río Branco (al principio no quería); le coimea al Congreso para hacer el Loizaga-Cotegipe. Ahora es nuestro turno, dice el argentino, venga el Chaco. Fuerza no da derecho, dice el brasilero, hay que negociar. Y a negociar comienza; no más que el brasilero no quería que la Argentina llegue a Bahía Negra (le tenían envidia) y entonces le dice al Paraguay que no le dea, que discuta; que Itamaratí le apoya. Y allí entonces aprovecha el Benigno Ferreira (él que lo mandaba); le dice al representante argentino: ¡Nacore! (de ninguna manera).

Cuanto más nos acercábamos a la Asunción, más gente luego se nos juntaba, nadie quería quedar en la oposición del futuro. Por eso que Ferreira nos salió al encuentro, se nos vino otra vez cuando todavía estábamos en Carapeguá, como la vez anterior, porque desde Carapeguá/ Paraguarí se controla el movimiento entre Misiones y Asunción y también es más fácil retirarse hacia la Argentina en caso necesario, no vaya a pensar que por capricho tantas revoluciones se pelearon en esa zona y hasta la invasión de ustedes, de los argentinos, cuando nos mandaron al Belgrano.

Un lugar muy importante.

Por eso fue que Ferreira se acampó en Paraguarí con su comandancia, mientras que nosotros nos quedamos en Carapeguá. Él llegó por tren, Paraguarí venía a ser el último punto de la vía por aquellos tiempos, por eso fue que se acercó tan rápido; un día, cuando discutía con don Cándido la política y como podíamos pagar la deuda de los créditos de Londres, siento un tiroteo.

-¿Qué pasó?

-Ou Ministro Ferreira.

-Ferreira está en Azcurra, dejen de correr de balde.

Pero había llegado no más en Paraguarí, no sé cómo pudo hacer andar el tren. Pero no era él, eran las avanzadas con el teniente coronel Santos, que nos mandaba Ferreira para damos quebranto. Menos mal, porque a Ferreira le tenían miedo; se pusieron contentos cuando vieron que era el otro y les prometí 200 onzas a quien me trajera al comandante Santos. Eran muy trabajadores cuando les pagabas bien, esa vuelta le persiguieron a Santos con sus hombres hacia Paraguarí, todos querían tener su casita propia.

Pero en Paraguarí les tenían la sorpresa, ¡ese Ferreira tan traidor! Los nuestros le perseguían a Santos para pelearle de hombre a hombre; cuando se acercan a Paraguarí les ametrallan.

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-Parece que vamos a morir pobres, comandante -me dijo ese correntino Benítez, que también le decían mate cosido, él era de los más entusiastas y se escapó por suerte de la artillería de Ferreira, que no sabíamos donde la guardaba.

-¿Dónde tendrá los cañones? -me preguntó Patricio cuando nos acercamos a Paraguarí todo el ejército, para arreglarle las cuentas, (ya no era no más una avanzada, como la vez anterior; Ferreira no se atrevía con nosotros).

-Debe ser del otro lado del arroyo -dijo Germán Serrano.

Del otro lado del arroyo estaba el pueblo, estaba la comandancia de Ferreira, que se hacía el tonto viéndonos acercar. Quería tenernos cerca, que le lleguemos a tiro para tirar con los cañones que tenía guardados, pero no somos tontos. Nosotros no le hicimos una carga con sable como estaba esperando, le mandamos no más unas cuantas guerrillas para distraerles hasta que un pasado nos contó que la artillería tenían en la plaza, así que no podíamos atacarles. Yo también me hice el tonto, seguí distrayéndole con las guerrillas, con las amenazas de ataque al Ferreira, como me había enseñado el Mariscal López, y mientras tanto le mandé a Serrano por el norte. Le dieron una buena paliza por arruinado, pero yo le dije que insista; le mandé refuerzos, y al final tomó la estación de Tacuaral, que ya quedaba cerca de Asunción y le cerraba el paso al ejército de Ferreira, que se quedaba al sur y con la vía del ferrocarril cortada16. Desde Tacuaral, Serrano siguió avanzando; allí se le fueron juntando gentes que venían de Villeta, de San Antonio, San Lorenzo; la capital estaba rodeada.

Para el 17 de junio ya estábamos en la Recoleta, ¡mire la velocidad, desembarcamos al final de mayo! La tropa del gobierno cada vez más desmoralizada, porque corrió la voz de que Ferreira se ahogó en el Río Paraná. Nos estaban preparando nuestro traje de gala para entrar en gran parada, pero allí nos vienen Guimaraes, el ministro Araguala (el que vino en el puesto de Azambuja), Bartolomé Mitre. Entre los tres nos dicen si qué estábamos haciendo, si queríamos bombardear la capital cuando ellos estaban allí. Le decimos que no, le mostramos el cañoncito de Loizaga que se desmontaba a cada tiro; con eso no podíamos bombardear demasiado. El Mitre me miró de arriba abajo (argel, como el Mariscal me decía); me dijo que si atacábamos la capital, teníamos que vernos con el ejército aliado. Araguaia le apoyó; andaba muy amigo con el Mitre, los dos andaban traduciendo el Dante (ese que usted tiene que leer para su cultura general); así que al final se pusieron de acuerdo de presionarle juntos al gobierno paraguayo para que firme su tratado de límites con la   —67→   Argentina para que les dea el Chaco, aunque Ferreira no quiera, porque o sino iba a ser luego peor...

Menos mal que don Cándido Bareiro pudo apalabrarles; siempre tan letrado ese don Cándido. Les dijo que no pensábamos molestar a nadie, que pensábamos respetar nuestros compromisos con ellos, que no pensábamos atacar si no nos daban permiso.

Eso les convenció, parece que, y puede ser también la antipatía del Ministro Ferreira, porque la primera vez que nos vimos con ellos pensaban atacarnos; era prácticamente un ultimátum Pero después seguimos con la charla y se calmaron más. O sea la neutralidad. Porque cuando Jovellanos les pidió protección le contestaron los aliados que el pueblo paraguayo luego era el que tenía que protegerle; que si el pueblo no quería ese gobierno, no había nada que hacer; estaban pues seguros que ganábamos. Por eso fue que el Mitre le escribió a su gobierno (el Juca me mostró): Derribar al ministro Ferreira.

No se molestaron de derribarle porque estábamos nosotros: Don Cándido era el civil de más prestigio y yo, el militar de más prestigio. Apenas si 300 hombres tenían en la Plaza de Armas, así que resistir era capricho, como le hicimos decir a Jovellanos, pero el tipo insistió en que y le deamos tiempo y le dejaron hasta el 18, un día más para que se decida.

Cuando llegamos en la casa de Gobierno, vemos que la tienen toda abarricada, toda la Plaza de Armas llena de trincheras entre la iglesia de la Encarnación, la Catedral y el Teatro Nacional. «Lléveles una palabra de compasión a los defensores de la Plaza», le hizo decir Matías Goiburú a don Francisco Soteras, que dirigía la defensa, se había combinado por la noche con el ingeniero Chodaciewicz, ese polaco que le hacía las trincheras al Mariscal López; por la mañana apareció la plaza llena de zanjas, parapetos, barreras de escombros. Fue una pequeña desilusión, para que le voy a decir; habíamos entrado de gran gala por la calle de la Recoleta, yo con el hermoso alazán que me había regalado Decoud para mi entrada a la Asunción (antes de salir de la Recoleta, yo me fui a rezarle un poco a mi antiguo superior, el general José Díaz; me paré un ratito delante de su tumba para pedirle suerte, como solía hacer Mariscal cuando estaba en Francia, pero con Napoleón que le gustaba tanto, o sea con su tumba).

-¡El trabajo que nos va a costar remover todos estos escombros! -dijo don Cándido, muy malhumorado, cuando vimos las trincheras de la Plaza de Armas. Sobre que nuestras calles luego andaban mal, eran zanjas y no calles, habían levantado los adoquines de la calle Palmas, frente al Club Nacional; ¡iban a ser semanas de trabajo reparar el perjuicio!

-¡No sea pesimista don Cándido, piense en la presidencia que está tan cerca!

-Tienen razón, caballeros.

Nos fuimos a festejar en la Plaza San Francisco, con el capitán   —68→   Coutinho... ¿O ya era mayor?... Sea como sea, esos sí que ascendían rápido; cada año de servicio en Paraguay le contaban por dos; por eso lo que no querían irse; se quedaron tanto tiempo ocupándonos aunque terminó la guerra; me parece que se fueron porque el Congreso en Brasil les apuraba, demasiado luego se hallaban en el Paraguay donde no hacían nada ni corrían peligro.

Por eso siempre tan contentos, siempre de buen humor.

-E um grande honor, general

El capitán Coutinho nos recibió como siempre, nos pidió que no le olvidemos cuando seamos presidentes... Es que entre usted y yo, mi querido Amarilla, la provista no daba para todos. General, coronel, esos sí hacían lo que hacían; nadie les decía nada si metían tela sin pagar impuesto para hacer revender por O'Leary o Patri. Pero la vida de oficial joven era más sacrificada, tenían que vivir de su sueldo... Así que le convenía andar bien con el gobierno de nosotros; sus superiores brasileros no le permitían nada.

*  *  *

Mientras tanto, ese mozo Loizaga. sobrino del Carlos Loizaga que firmó ese Loizaga-Cotegipe, tenía ya montado su cañoncito en el costado de la Catedral, cerca de la esquina de la Independencia Nacional y de la Asunción. A cada tiro que largaba se llevaba varios enemigos, por eso luego los servidores de la pieza no protestaban para nada cuando tenían que montarla de nuevo, porque a cada tiro se les desarmaba.

¡Así es cuando se tiene voluntad!

Serrano, mientras tanto, lo único que hacía era quejarse.

El capitán Coutinho le puso un poco de alcohol, pero allí sí que comenzó a gritar; aprovechó que estaba herido para liquidarse media García a mí (Coutinho me la había preparado sabiendo que me gustaba tanto). Los otros hacían igual: cada cinco minutos aparecían por mi comandancia de la Plaza San Francisco para presentar un parte, guaunte: o sea para darle un trago. Serrano se hirió cuando un soldado de su grupo disparó contra don Francisco Soteras, el que dirigía la resistencia, pero la bala rebotó contra un poste y le quitó su ojo a Serrano. Cuando lo vi llegar me dieron ganas de cambiar de ejército, por lo menos cambiar la oficialidad, porque los que teníamos servían nada más para mandar de lejos, como Matías Goiburú que se escondía en un ángulo de la esquina y desde allí mandaba a sus soldados a pelear, en vez de cumplir con su trabajo...

... ¡Ah! Gracias por hacerme acordar...

Tengo que explicarle cómo fue el ataque.

Como debía ser: yo les hice atacar por tres costados (cuatro no podía   —69→   ser porque estaba el río, la plaza daba sobre la bahía). Una columna avanzó por la calle de la Asunción, allí donde Loizaga tenía su cañoncito; por allí fue que Germán Serrano quiso comandar y antes de darse cuenta lo dejaron sin ojo y vino a verme como si lo hubiesen matado. Por el otro lado, el del Teatro Nacional, los enemigos tenían puesta su trinchera bajo el mando de Buenaventura Flecha, que lo mató al teniente Núñez cuando quiso avanzar y después comenzó a tirar contra el Teatro, ese bárbaro no respeta ni la cultura. Por el otro lado, el de la iglesia Encarnación, que quemaron en tiempos de Escobar, Matías Goiburú comandaba el asalto, sin demasiado esfuerzo.

Era un asalto simple, lo podía hacer cualquiera, pero mi gente prefería divertirse, parece que.

Don Cándido ya estaba preocupado cuando nos llegaban los partes, uno detrás de otro, con los oficiales que venían no más a tomar caña en la comandancia y a decir que todavía no tomaban la trinchera pero que faltaba poco. ¡Siempre faltaba poco, desde las 10:00 a.m., cuando comenzamos el ataque!

-Son las dos de la tarde, dijo don Cándido, ya bastante nervioso.

-Voy a ver que pasa -dijo mi compadre.

-Compadre, quédese en la comandancia, nosotros no somos ordenanzas sino jefes.

Mi compadre parece que no sabía ser oficial superior, siempre quería meterse en la primera línea. ¿Para qué? La estrategia la entendía yo; con soldados inútiles se tardaba un poco más, eso era todo ¿Para qué apurarse? Uno no tiene que ser ni muy apresurado ni muy pancho. Tampoco le acepté al capitán Coutinho que quería jugar concurso de fondo blanco: cuando se está en servicio no se puede...

A eso de las cuatro de la tarde, viene corriendo un etafeta de Matías Goiburú.

-Parece que estamos ganando.

-¿No le dije, don Cándido? El general Caballero sabe lo que hace.

La trinchera de la Encarnación comenzaba a ceder; de allí hasta la Casa de los Gobernadores eran unos pocos metros... ¡Da gusto aportillar una defensa que dio tanto trabajo!...

-Estamos demoliendo las trincheras de la Catedral.

-Era hora teniente. Tómese un traguito y vaya a vigilar a sus soldados para que no saqueen la Casa de Gobierno.

-¡Pero están tan ilusionados, mi general!

-Requecho van a tener, va mi palabra, pero con el gobierno no se meten.

-Como usted mande.

-¿Algo más?

Mi general, por el lado de la Recoleta hay tiros.

-Han de ser los poras.

  —70→  

Se puso todo colorado porque nos reímos con ganas.

-Yo también escucho.

-Compadre, no me puede venir, usted también, con las supersticiones.

Tenía razón.

No me gusta dejar un trabajo a medio hacer, pero tuvimos que replegarnos (ordenadamente), justo cuando le agarrábamos al bandido Jovellanos en su propia cueva, en la Casa de Gobierno, porque los tiros de la Recoleta eran ciertos.

Por la Recoleta se venía la artillería y con la artillería el infame traidor Benigno Ferreira, que no estaba muerto ni bloqueado en Paraguarí, como nos hizo luego creer abusando de nuestra buena fe (un hombre no pelea con esas tretas). El mentiroso nos dio a entender que se había quedado varado en Paraguarí; nos dejó avanzar hasta Asunción, le dijo a Jovellanos que nos entretenga con esos parlamentos estúpidos para agarrarnos después entre dos fuegos. Justo con la artillería; para el soldado recluta no hay nada que le dé más miedo... Traté de convencerles pero no había caso; tuve que seguirles para que no me dejen solo; al fin y al cabo precisaban un jefe. Pero el sinvergüenzo de Decoud aprovechó para decir: La próxima vez tendremos que darle el caballo más flaco y maula para que no se nos dispare. Por supuesto, no me dijo en la cara, el muy cobarde, sino cuando yo ya estaba en Paraguarí, siempre a la cabeza de mi tropa.

Paraguarí era un lindo lugar, se prestaba para darles la batalla decisiva a los aca morotí; les decíamos así por su sombrero blanco; blanco luego era su color. El nuestro colorado esa fue mi idea, como le voy a contar. También nos llamaron aca pytá, una vez que nos quedamos sin uniforme prestamos del brasilero, Guimaraes nos dejó usar sus kepis pero al revés, esos que tenían forro colorado... Eso también le voy a explicar. Pero ahora estamos en Paraguarí, un lugar muy lindo, aunque compadre prefería luego pelear en Cerro Porteño, dice que la pruebera le recomendó.

-Compadre, no crea en la superstición.

-Mire, Caballero, hay que andar con cuidado.

-Mañana le voy a dar una sorpresa, don Patricio.

-No aguanto la curiosidad.

Me preguntó mucho pero no le quise decir. O si no, no es sorpresa. ¿Cuál era la sorpresa? Ahora ya le puedo decir: Benigno Ferreira.

Porque el 19 de junio le llamé a Matías Goiburú; le pregunté si quería su ascenso; me dijo que sí.

-Pero primero tiene que hacerme una cosa, capitán Goiburú.

-Lo que usted pida, mi general.

-Tráigame a Benigno Ferreira.

-¿Yo sólo? (El tipo se puso pálido).

-No. Le voy a dar 50 hombres.

  —71→  

Era muy fácil, pero Ferreira se enteró, no sé cómo. Les dejó acercarse no más a su comandancia, tranquilamente, él mismo puso su farol bajo el árbol para que no se equivoquen mis soldados y se sentó a leer como si nada, estaba solo. Entonces se le van acercando mis muchachos despacito, despacito y ¡sorpresa!... De entre los yuyos salen los soldados, métale metralla. Después Goiburú dijo que le mandé a una muerte segura, estaba loco, pero segura no era porque se quedó detrás de un árbol, no se largó con los otros al asalto. Es que en caso de guerra, lo importante es la Patria. No importa si se mueren unos cuantos soldados, siempre que se cumpla el objetivo y no muera nadie de coronel para arriba. Ese es un principio militar que me explicaron en la Guerra Grande; yo siempre apliqué muy bien. Por eso aquella noche no le mandé a mi compadre, coronel Escobar; él era de graduación superior para estropearle.

Sí, mi compadre también de acuerdo; si le capturábamos a Ferreira, ya ganábamos; no más que sólo habíamos arruinados como Goiburú para mandarle, los otros luego no se querían ir. ¡No, don Cándido Bareiro no, cómo se le ocurre! Y además que él no era militar; encima todavía andaba pesimisto, decía que mejor nos íbamos ya para Corrientes para organizar con don Gallino la siguiente expedición, porque si no, íbamos a tener que ir después corriendo, como la primera vez, y que ya estaba viejo para esos trotes y apurarse luego no le gustaba, incluso le hacía mal, el médico le dijo que por el corazón no podía, se podía morir. Por eso se enojó conmigo tanto: yo le hice hacer como 300 kilómetros en cinco días, una campaña muy rápida: de Paraguarí al Cerro Porteño, de allí hasta Naranjajy, de Naranjajy a Corrientes.

-¡Reme usted, carajo!

Don Cándido se sentó en la punta del bote (había adelgazado) con los brazos cruzados; mientras tanto, los señores Jefes y Oficiales de las Gloriosas remando como cualquier soldado. Un tanto indecoroso para el prestigio de la susodicha institución, pero los tiros de chassepot desde la costa eran para dejarse de escalafón.

Don Cándido furioso.

Ni Mariscal López me trataba así.

Tan mal, quiero decir.

Pero no fue culpa mía. Ocurre no más que los correntinos, cuando llegamos a Paraguarí, se corrieron de Ferreira (que nos venía siguiendo); prometieron resistir en el Cerro Porteño pero se corrieron de vuelta, de allí luego no pararon hasta Naranjajy, donde me hicieron pasar otra vergüenza corriendo como ñandú. General, me decían los muchachos, hagamos alto y hagamos frente al enemigo. Si usted se detiene, podremos combatir con ventaja, aprovechando el terreno. Bueno, les decía yo, porque el terreno estaba bien, pero apenas nos parábamos para recibirles a balazos, ellos también nos recibían a balazos, y entonces mis muchachos   —72→   se corrían en dirección a Corrientes... No, no es que tenían miedo, correntino es valiente, lo que pasa que estaban desmoralizados. Era gente con familia, pobrecitos, necesitaban alguna recompensa, pero no le pudimos dar por culpa de Ferreira...

Sí, el tipo muy engreído, entró en Asunción en un caballo blanco, le ascendieron a general de ejército. El Benigno Ferreira. Dios le castigó por engreído, porque ese mismo día le quitaron del Ministerio del Interior; le pusieron al Lino Cabrizas (el que le mató a Serrano), uno que no valía para nada. Jovellanos luego no quería darle el Ministerio (Benigno le gustaba más) pero Guimaraes dijo que tenía que ser Cabrizas solamente, el otro no podía ser. (Eso porque se enteraron que el artículo de La Nación Paraguaya era de Ferreira: los aliados tienen que irse, decía aquel artículo. También porque les estropeaba sus negociaciones: los brasileros ya transaron con el Mitre que podía quedarse con el Chaco desde el Río Pilcomayo para abajo (no la Villa Occidental), pero Ferreira les dijo desde el Río Bermejo para abajo, al norte nada).

-Ahora ya va a ser más fácil.

-Sí, pero esta vuelta no se olvide de los paraguayos.

(Don Cándido ya se olvidó del problema: otra vez me dio la dirección militar).

-¿Qué le parece si le ponemos a Gill también?

-¡Nambré! Ese luego va a querer la presidencia.

-Sí, pero nos puede recomendar a Río Branco, solos no hay caso...

Mientras tanto, La Nación Paraguaya protestaba que en Corrientes seguían reuniéndose los exiliados paraguayos para seguir la revolución, no podía ser en un país hermano, etc. Los otros le dejaban hablar, no le hacían caso, ¿para qué? Juan B. Gill ya le había prometido a la Argentina que le regalaba el Chaco hasta Bolivia... ¡Mire cómo es!... Nosotros luego nunca hicimos eso: solamente explicamos que íbamos a cumplir el compromiso con ellos, les devolvíamos las armas, íbamos a ayudarles con el gasto de las tropas. Don Cándido le explicó en su carta a Guimaraes: Lo que no queremos, lo que no aceptaremos es que Ferreira tome parte ninguna en las combinaciones, porque estamos persuadidos de que ese joven no hará otra cosa que traicionar cualquier convenio que se haga. Está también en las conveniencias de Usted el que tome una parte en este acontecimiento. Hoy al menos es la gente mejor acomodada la que lo inicia; no sea que mañana venga una turba desenfrenada con exigencias desmedidas, que podrá, si no poner en peligro los pactos con el Brasil, al menos hacerlos difíciles a tal grado, que tuviesen Ustedes que proceder con violencia en sostén de sus compromisos firmados y concluidos con el Gobierno. Estamos, pues, en campaña contra el Gobierno de nuestro país. No perjudicaremos en lo más mínimo a los Aliados.

Eso terminó de convencer a los cambá, ¡Don Cándido era muy convencedor cuando quería! Pero Juan B. Gill también, por su parte,   —73→   andaba metiendo la cuchara, por eso le escribió a Río Branco, el primero de octubre del 73: Residen en Corrientes, prontos a lanzarse a la patria a recuperar sus derechos conculcados, los señores Rivarola, Caballero, Serrano, Bareiro y otros, los que de acuerdo con otras personas de la Asunción, me proponen dirija yo un movimiento revolucionario que debe estallar, poniéndose por completo bajo mi dirección y obligándose a seguir totalmente mis indicaciones.

Dicen que Gill también le prometió pagar los gastos del ejército de ocupación brasilero, devolverle los fusiles y los krupp, incluso colaborar con ellos más mejor que don Cándido Bareiro... ¡Dios sabrá!... A mí, Juca no me contaba toda la verdad.

Como dice mi secretario privado don Juan Silvano Godoi, que después se dio a la mala vida, para fines del 73 ya todo el mundo estaba bastante disgustado por las graves y públicas acusaciones que se enrostraban al gobierno: de que tanto el presidente de la república, como sus ministros, se llevaban a sus casas, de dos, tres y cinco, los cajoncitos de a mil libras del empréstito; sin abrirlos siquiera ni tomarse de ellos razón en la contaduría nacional. Sí, en un tiempo anduve muy bien con Godoi, también con Antonio Taboada, todos en el Gran Partido Nacional... Hay que darle su mérito a don Cándido Bareiro, el luego sabía reunir a la gente, dejarse de peleas, somos una gran familia... En el Partido Nacional estábamos Godoi, Taboada, junto con Decoud, con Patricio Escobar, Juan B. Gill, Germán Serrano, Matías Goiburú, José Dolores Molas, José Ignacio Genes, Juan A. Jara (mi Vicepresidente), Ángel Peña (mi Secretario privado)... Y Adolfo Saguier, por supuesto, mi amigo del cuatro de setiembre... Toda la muchachada bien de la República, incluyendo mis dos mejores pupilos de la Legión Paraguaya: Juan González y Juan Egusquiza (a esos dos les puse de Presidente Constitucional)... Pero no se vaya a olvidar de Cirilo Antonio Rivarola, ¡él también estaba con nosotros! Vea que no somos rencorosos: él nos metió presos a don Cándido y a mí; él le destituyó a Juan B. Gill... Pero de todas esas cosas hay que olvidarse... Somos todos paraguayos, dijo Rivarola, cuando vendió su casa para conseguir la plata para la revolución. La casa había salido $ 10.000 solamente, pero él convencido de que con eso teníamos de sobra para la revolución. El comandante militar era yo (otra vez), una tarea muy difícil, ¿de dónde conseguir paraguayos en la Argentina? Los correntinos iban a pelear por requecho, pero después de los dos fracasos, comenzaban a pedir requecho adelantado, que no podía ser antes de llegar a la Asunción... A ellos no les podíamos exigir que peleen por puro patriotismo, como nosotros, que estábamos dispuestos a impedir que las libras caigan en las manos de los robadores...

Sí, es cierto, había la amnistía política.

Pero yo no podía ir en Paraguay para levantar gente; era demasiado conocido. Menos mal que teníamos con nosotros al José Molas; él no era   —74→   tanto. Era también amigo del Ignacio Genes; se conocían desde que asaltaron los acorazados brasileros con canoas. (¡paí Lolo!, le dijo Ignacio Genes cuando vio que Dolores Molas caía al agua, Genes ya había trepado hasta la punta del acorazado, pero no podía abandonarle a su amigo en el peligro, Molas no sabía nadar pero se fue porque Mariscal le dijo). Genes se tiró en el Río Paraguay y le sacó nadando; creo que fueron los dos que se salvaron... ¡Tiene razón! También se salvó mayor Eduardo Vera; entonces fueron tres... Pero nuestras pérdidas no fueron tan grandes: apenas los cien que les mandamos a asaltar la escuadra brasilera... (No, material no perdimos porque se fueron en canoa; para ese tiempo, ya no teníamos flota, y era justamente por eso que Mariscal les mandó al asalto, para ver si les quitábamos su flota a ellos). Bueno, entonces le mandé al Dolores Molas junto al finado comandante Genes, que era Jefe Político de Pilar. Genes le recibió muy bien, comenzaron entre los dos a preparar el terreno para la invasión; a juntar gente... trabajo preparatorio, digamos... Cuando estuvo listo, me hace decir Loló Molas que ya puedo cruzar el Río Paraná; después del asadito que preparó Gallino, deseándonos suerte (¡qué confianza nos tenía el hombre!); el 2 de enero del 74 yo me trasladé a Pilar (Genes me recibió muy bien) y mientras nos organizábamos le mandé a Carapeguá al paí Loló (como le decían a Molas) para que me junte más gente.

El hombre me cumplió.

Para el mes de febrero ya estábamos todos juntos en Campo Grande, a un paso de Asunción. Le hicimos decir a Jovellanos que se rinda, esta vez ya traíamos cañones krupp y 4.000 hombres; ya no estaba más Ferreira para defenderle como le defendía antes. Mientras esperábamos la respuesta vemos una nube de polvo.

-Debe de ser Lino Cabrizas, don Cándido, déjemelo a mi cargo; usted ya es presidente.

-Eso ya me dijo antes.

-Este no es Ferreira, don Cándido.

Era Lino Cabrizas, el que le sustituyó a Ferreira por recomendación del ministro brasilero y también del Mitre. Un perfecto inútil. Desde mi P C, yo veía que el hombre, que tenía cuatro gatos, venía con intención de dar batalla.

-¿Pero qué trata de hacer?

Cabrizas extendió su ejército hacia Luque, con la artillería en el este y la caballería en el suroeste de la línea, toda amontonada; cuando usted la miraba, parecía un martillo. Nunca vi un bochinche semejante.

-¿No ha de ser la técnica moderna?

-Pero por favor compadre, no me ponga nervioso justamente ahora.

Y es que me trabajaba un poco ese librito dedicado por el Juca que el compadre y yo siempre nos poníamos de acuerdo para leer pero nunca   —75→   comenzábamos: allí estaba explicado todo el adelanto moderno para el militar. Pero más vale diablo conocido que santo por conocer; yo distribuí mis tropas como de siempre; si me resultaba, para qué cambiar (no entiendo a estos jóvenes de ahora que siempre luego creen que pueden hacer mejor). La artillería en el medio con Loizaga, para parar cualquier ataque por allí. La infantería a los costados, como se estila; la caballería en las puntas, para que no te envuelvan: a la izquierda le puse a Juan Alberto Meza y el comandante Molas a la derecha.

-¡Que se acerquen no más!

-No se sienta tan seguro, general Caballero.

-Déjeme atacar, después hablamos.

Cuando vamos a comenzar el ataque, viene corriendo el enlace para decirme que Molas ya no estaba.

-¿Dónde se habrá metido?

-Ya comenzó a atacar, mi general.

Don Cándido espero que el enlace se vaye para pegarme un reto como sabía pegar, aunque cuando lo veías no le dabas nada, un petisito gordito, por eso le decían salchichón pensabas que le podías atropellar así no más. Pero sabía mandar. Le digo por aquella vez; yo que soy muy tranquilo ya me iba poniendo colorado, le aguanté no más por disciplina, cumplo como soldado... No le quiero contar las cosas que me dijo... ¡Qué vergüenza! Cuando don Cándido comenzaba, te podía retar toda la tarde. Menos mal que el enlace volvió corriendo para anunciar la victoria, después de 40 minutos: Lino Cabrizas se batía en retirada, quiero decir sus hombres, porque a él le agarraron mis soldados, si no era por Germán Serrano, le degollaban allí mismo... ¡Ese Germán Serrano no sabía que no se debe hacerle favores a cualquiera!

¿Qué había pasado?

Loló Molas, que como le dije era un loco, cuando vio que los hombres de Cabrizas no formaban a tiempo (eran muy indisciplinados), decidió cargarles antes de que formen. Se largó al ataque a la cabeza, les dejó sin cabeza a unos cuantos (eso podía hacer de un solo tajo; se le conocía por eso). Los muchachos se entusiasmaron, pelearon como solían pelear cuando estaban con él, con su paí Loló. Cuando vio que el ataque resultaba, Juan Alberto Meza, que estaba al otro lado, cargó también con su caballería contra la caballería de Cabrizas; en dos minutos les dejaron derrotados.

Eso le calmó a don Cándido Bareiro.

Tuvo que reconocerme que era mérito mío elegir bien a mi gente como Molas y como Juan Alberto, que no me podía luego traicionar porque era mi cuñado...

De Campo Grande nos fuimos directamente hacia Asunción, entramos barbeados y de gala aunque Jovellanos no había contestado el ultimátum... Ahora sin Ferreira, ni siquiera Cabrizas, ¿quién le iba a   —76→   ayudar? Entramos por la calle de la Recoleta y cuando estábamos conversando con el padre Duarte, que salió para darnos su bendición, viene corriendo un soldadito del centro:

-¡Ministro Ferreira! ¡Ministro Ferreira!

-¡Mbae Ministro Ferreira, nde aña membyre! - le dijo paí Duarte, que le zamarreaba para que se deje de difundir rumores alarmantes.

*  *  *

Dios le castigó como se debe al Benigno Ferreira.

Es decir, no sé exactamente quién; mientras paí Maíz rezaba oración milagrosa para que nosotros gánemos (nuestro Gran Partido Nacional), Juan Alberto y don Cándido tenían una pruebera que rezaba oración al revés a un santo cabeza abajo para que Ferreira muera. Todos los medios son buenos, decía don Cándido, y me parece que tenía razón, por lo menos con Ferreira; por las buenas o por brujería, el tipo merecía su castigo.

¡Mire lo que nos hizo!

Justo cuando entrábamos en la Asunción, febrero del 74, el tipo decide levantar los adoquines, echar árboles, cavar zanjas, tirar paredes... No es que estropeaba el tráfico solamente; también nos perjudicaba: después de tanto tiempo, Amarilla, teníamos pues el derecho a la Casa de Gobierno. Pero no. El desgraciado ese, una vez más, nos levanta trinchera con el polaco Chodaciewicz; nos fortifica esa Plaza de Armas más que nunca.

-¡Añaracó pe guaré! -dijo don Cándido.

A mí no me gustan esas groserías, sobre todo en público, pero también estaba a punto de decir una...

¿Para qué picó nos hizo la resistencia?

Si él ya no tenía nada que ver. A él lo cambiaron por el coronel Cabrizas, que lo desbaratamos en Campo Grande, ¿entonces por qué se metía en la revolución ajena?

Dicen que porque le dijieron que si entrábamos nosotros, íbamos a cortarle a su mamá la otra mano... Puede ser... En todo caso, viene a ser también la culpa de Ministro Gondim, otro flor de alcahuete... Porque cuando estaba listo, Jovellanos tuvo ganas de renunciar. Pero Gondim le hizo llamar. Eu nao lhe permito renunciar. Eu tenho que responder ao meu governo com a sua presenca nesta cadeira. Así le dijo Gondim. Y enseguida le hizo llamar a Benigno Ferreira; le preguntó si no quería resistir un poco. Ferreira ya no tenía vela en el entierro (entre Yaguarāo y Mitre lo habían desbancado), pero como a Mitre no podía perjudicarlo pero a nosotros sí, se puso a trabajar bajo el sol de febrero para levantar una trinchera imposible de pasar...

Es decir, para un valiente no existen imposibles, nosotros estábamos dispuestos a asaltarla en caso necesario; pero aquella vuelta ni   —77→   valía la pena: Jovellanos no estaba dentro de la fortificación. Estaba con Ministro Gondim en esa casa que fue de los López, esa de la calle de la Independencia, haciendo cruz con la Catedral (¡si don Carlos supiera!). Allí tenía el tipo su despacho; allí fuimos a verle; el presidente paraguayo no habló; el que llevaba la palabra era Araujo Gondim. Les significó clara e imperativamente que, interpretando los intereses vitales del país, se hacía indispensable dejar sentado un precedente de respeto al principio de autoridad; que, en consecuencia, continuaría en la presidencia el señor Jovellanos hasta terminar su periodo legal con los demás poderes constituidos pero que ellos formarían parte en la mayoría del ministerio de conciliación, y podrían entrar sus tropas a ocupar sus cuarteles. Ese fue el llamado pacto de febrero, que ni a don Cándido ni a mí no nos gustaba nada, pero que tuvimos que firmar no más porque o si no Gondim hablaba con el comandante Yaguarāo, que nos mandaba la caballería encima como se la mandó a José Dolores Molas cuando vino la ocasión. Firmamos con el Ministro brasilero el Salvador Jovellanos (que seguía de Presidente hasta el 25 de noviembre del 74). Cirilo Rivarola, Patricio Escobar, Ignacio Genes, Germán Serrano, Juan Egusquiza (el egusquicista). Esa fue una transada quelembú: Don Cándido fue de Relaciones Exteriores; yo del Interior. Guerra y Marina para Germán Serrano; para Gill, el Ministerio de Hacienda. Justicia, Culto e Instrucción Pública, para Francisco Soteras; estaba bien, ese tipo merecía un Ministerio de segunda...

No, Gill no estaba esa vuelta con nosotros, pero Gondim nos hizo prometer que le íbamos a reservar para él la cartera de Hacienda. Nosotros nos comprometimos, aunque teníamos nuestras dudas. Porque Gill, en Hacienda, ya había robado bastante la primera vez que estuvo, cuando se le hizo la interpelación en el Congreso. Sin embargo, somos gente responsable: cuando prometemos, prometemos. Así que nadie le tocó el Ministerio a Gill. Incluso cuando llegó en la cañonera brasileta (le pusieron cañonera especial para mandarle de Río hasta Asunción), todos estuvimos en el puerto...

Todos, menos Decoud.

El tipo, desde luego, no tenía Ministerio. Pero además de eso, maliciaba algo: O dictadura, o anarquía; ese es el futuro del Paraguay. Él quedó muy amargado cuando le quemaron La Regeneración; cuando Río Branco le dijo que, de partido liberal, ni hablar. (Allí se separó de sus compinches Juan Silvano Godoi, Facundo Machaín). Pero, con Gill, tenía razón (después le aceptó un empleo, pero tenía razón). Porque Gill le dominó a Jovellanos (ya tenía experiencia); le dominó a Serrano (Guerra y Marina); me echó del Ministerio del Interior a mí (me farreó dándome el de Justicia), encima, tenía el de Hacienda a su cargo. Me voy en la reunión, Conchela, le decía a su mujer; en realidad, se metía en la pieza con la maquinita nueva que llegó del Brasil (de segunda mano pero imprimía bien). Allí se ponía a darle a la manija él mismo (ni siquiera   —78→   mandaba hacer); parece que salieron más de un millón de pesos inconvertibles... Con eso pagaba su batallón guarará (ya no se llamaba más así pero era el mismo), que andaba por la calle con su pañuelo colorado al cuello (¡el rojo pendón de la Asociación Nacional Republicana!, ¡qué profanación!) ¡Estamos volviendo a los tiempos del Tirano!, decía Godoi y se ponía a practicar el tiro al blanco. (¡Nambré! Él, que le mostraba a todo el mundo las cartas que le mandaba Hugo, era un asesino... ¿Cómo?... Mire, no me recuerdo el apellido, pero es muy famoso... Uno que hacía versos en la Francia, pregúntele a O'Leary).

¡Pero vaya a decirle usted a Gondim que su protegido era un sinvergüenzo! ¡Jamás te iba a aceptar! Lo que pasa es que Gill, delante de Gondim era muy fino; el brasilero nunca luego iba a creer lo que me hizo en casa de Adelina Decoud, esa fiesta en que hablaba yo con el general Escobar y Gill, que estaba cerca, le dice a Jaime Sosa (fuerte para que se escuche): Coaba -co ya oicoreimintema. Aicuaupaco pero masque esa piri ha añacambotane. Yo le pasaba como medio metro a Gill; fácilmente le podía sentar de un soco. Pero entonces me hacía liquidar después tranquilamente con su guardia, y después Ministro Gondim iba a decir que no sabía nada, que el asunto quedaba a cargo de los tribunales paraguayos, etc. Pero si yo le mataba a Gill no iba a decir lo mismo; allí se enojaba en serio...

Después se dio cuenta de su error, cuando Gill quiso darle el país a la Argentina, pero fue después. Porque al día siguiente de la fiesta en casa de Adelina, me hace llamar. Me dice que estoy faltando al pacto de febrero. Yo le dije (con esa diplomacia que aprendí en Río de Janeiro): Excelencia, me extraña, ¡cómo puede pensar eso de mí! Entonces, sin decir nada, me muestra la carta: era la letra de la Regalada. ¿Qué sabe de esto, general? Yo estaba por decirle: lo mismo que las 2.500 onzas que le prometieron a Molas. Pero entonces no me iba creer que Gill había querido liquidarnos a don Cándido, a compadre y a mí; le dijo: no sé nada, déjeme averiguar.

Entonces salí corriendo y le conté a don Cándido: Gondim tiene la carta. Él le llamó a la Regalada, le preguntó si qué pasaba, ella le juró que no sabía nada, se puso a llorar... ¡Siempre es así!... ¿Acaso que mujer te va a decir luego que te engaña?... ¡Esa lo mató a don Cándido! Y pensar que culpa mía, yo la presenté. Pero, ¿qué podía hacer si don Cándido me insistía tanto? Al fin y al cabo era mi jefe. Tuve que hablar con ella. ¡Nambré!, con ese gordito no ha de dar gusto, me dijo ella. Pero don Cándido estaba medio loco, tanto me insistió que le insista, que tuve que insistirle hasta que Regalada aceptó. Y desde entonces hubo la romance, y ese luego me trajo demasiado quebranto. Pero no podía decir nada; demasiado bien sabía que con la mujer del Jefe no tenés que meterte, o si no podés tener dificultades. Allí tiene el coronel Mongelós, por ejemplo: un lindo mozo, alto, rubio, como yo. Le acababan de ascender. Pero un   —79→   día, Mariscal le llama para castigarle. ¡Soy inocente, Excelencia!, ¡usted lo sabe!, ¡no me puede fusilar como a un traidor! Bueno, Mongelós, con usted vamos a hacer la excepción, entonces, le dijo Mariscal.

Así que a todo el mundo le fusilaron por la espalda (por traidores) pero a Mongelós de frente. Y eso porque fue un problema con la Madama Lynch... Desde luego, don Cándido no podía fusilarme porque andaba en el llano, pero algún día iba a ser el Presidente. Así que le aguanté. A la Regalada quiero decir. Porque la tipa demasiado malcriada, don Cándido no sabía decirle no. Una vez, por ejemplo, pasan por el negocio de O'Leary; ella quiere comprarse un traje de disfraz... Yo también estaba; traté de convencerle de que no; ella que sí y que sí. Hasta que al final le compró un hermoso traje de disfraz, todo brilloso, que se robó un negro brasilero del Club Nacional (cuando saquearon Asunción) y que O'Leary le compró por unos pesos... Sí. O'Leary vendía ropa vieja, yo no tengo nada contra eso, pero el traje que le cuento era de mi querida hermana; ella había usado en un gran baile del Club Nacional López tiempo pe guaré. Mi hermana se andaba vuelteando entonces por la sala de baile, cuando le viene un gato con botas petisón para invitarle a bailar; ella no le reconoce. Mangacha, ¿cómo es que permiten en la fiesta criaturas? Así le dijo a su amiga; se rieron por él porque era petiso. Pero mamá que oyó la tomó del cabello y la llevó en casa allí mismo y la pegó bien grande; al día siguiente, tuvo que ir en el Palacio para pedirle perdón a Su Excelencia. Porque en nuestra época, Amarilla, la mujer no andaba así no más por su cabeza como ahora; le enseñábamos a respetar. Por eso que a mí me molestaba ver el vestido de mi digna hermana por una banda... Pero ese todavía puedo hacer pasar... Lo que más me molestó fue la carta, no podía ser que ella le pase a Ministro Gondim, si era secreta; la conspiración, digamos. ¡Es que el amor es fuerte, Amarilla! Hasta un hombre juicioso como Cándido Bareiro puede hacer macanas cuando se enamora. ¡Ella tiene la mejor letra!, decía él. Pero, mire, don Cándido, ¿por qué no redacta usted, usted que es tan leído?. Él, medio nervioso: ¿Qué tienen contra mi princesita? Así que tuvimos que darle el gusto, o si no, se enojaba. Y la Regalada redactó las notas para el comandante Molas, Jefe Político de Paraguarí, para decirle que vaya juntando gente para el golpe; a los demás Jefes, les dijimos que las notas aparentemente firmadas por Escobar y por mí, no valían; que no les hagan caso... Así fue...

Bueno, Regalada sabía escribir porque ella luego era muy culta. Ella era de una familia de comerciantes fuertes, de esas que tuvieron que pagar multa demasiado alta en tiempos de dotor Francia y quedaron en la calle, hasta que llegó don Carlos y abrió otra vez los puertos. Los parientes de ella ya habían muerto, así que ella se puso a trabajar de banda... Con el otro no se podía, era marica, le comentaba a Wisner von Morgenstern. Regalada era medio pariente de los Zavala, solía contar la historia de la Petronila Zavala, que la pretendió dotor Francia, allá por el año cuatro...   —80→   Dice que el coronel Zavala, cuando le pidió la mano, reunió a sus amigos para preguntarles: Fernando de la Mora le dijo que ni era dotor ni se llamaba Francia sino França y para más era hijo natural, mulato brasilero y volteado; el obispo Panés, cuando oyó todo eso, le dijo: Del epiceno, no gusta el Nazareno. La casó con Machaín que después terminó en la cárcel y después en el paredón cuando Francia llegó a la Dictadura Suprema.

Todas estas cosas yo escuchaba porque Mariscal siempre quería saber qué clase lo que era el dotor Francia; no se sabía mucho porque su papá don Carlos había quitado bando prohibiendo que se hable ni bien mi mal del finado Dictador y entonces las gentes se callaron por veintitantos años, hasta que asumió Mariscal la Presidencia y entonces le pidió a Wisner von Morgenstern que le haga una historia del Dictador y Wisner comenzó a preguntarle a todo el mundo, como a la Regalada; cada cual le contaba su historia. Wisner terminó por escribir un libro bien grande, pero a Mariscal no le gustó que se sepa que un Primer Mandatario era brasilero y entonces hubo que acortar el libro para que no sea pues tan negativo (perjudica al país). Pero yo pienso, con todo respeto, que también se debe saber un poco la verdad porque o si no hasta un mozo culto como su maestro O'Leary puede equivocarse. Porque imagínese un poco que un día viene su propio maestro y me dice: General, ¿qué le parece si le revindicamos también a dotor Francia, ahora que ya le revindicamos todo a Mariscal López? ¡Ni se le ocurra!, yo le dije. ¿Cómo picó le vamos a revindicar a uno que ni siquiera es paraguayo sino paulista porque su nombre era França y no Francia, era mulato encima y no tenía ningún derecho a firmar de Francia porque el de solamente para la gente bien como los de Melgarejo, como mi señora madre... Sí, por ese lado somos los fundadores de la Villa Rica, pero igual no más el brasilero França les prohibió usar el de a los Melgarejo y les quitó sus tierras, lo mismo que a los Caballero de Añazco, lo que sufrió mi familia por su culpa, negrito que se creía todo un de... Por eso aproveché que Decoud no le quería para que publique en La Reforma esa Melancolía de los hombres famosos, dónde el dotor Mejía explicaba luego que clase lo que era França...

Bueno, estábamos entonces con la insurrección del comandante José Dolores Molas... Sí, Amarilla, allí estamos... Ya le conté la carta de la Regalada, que le mandamos a Molas para que se insurreccione un poco... Bueno, esa carta pilló Ministro Gondim, pero igual no más se levantó Molas...

A él le era más fácil porque estaba lejos; a nosotros nos tenía controlados el gobierno del ladrón Jovellanos, o sea de Gill, porque Gill era Ministro pero el que mandaba era él y no Jovellanos.

¡No se podía vivir de los pyragué!

Cualquier cosa que decías, en seguida le contaban a Gill.

Y para colmo nos trataba mal, nos daba y nos quitaba Ministerios.   —81→   Aquel 30 de marzo, por ejemplo, poco después del pacto de febrero, yo me fui en mi trabajo y cuando llego ya me encuentro sentado a otro tipo en mi sitio... El tipo, muy campante, me dijo que lea, que su nombramiento estaba por la puerta. Estaba. La goma todavía fresca porque acababan de pegar el papel (aprovecharon que llegué tarde) con fecha antidatada: 29 de marzo, decía la resolución del Presidente que me dejaba sin empleo.

Del Ministerio salí muy deprimido; me fui a contarle a mi compadre Escobar. Él estaba, como todos los días, sentado en su despacho. Le pregunté si no pasaba nada, me contestó que no.

-¿Seguro, compadre?

-Seguro. La única novedad del día es un malcriado que vino a decirme que me vaya, todavía le tengo saltiteando.

Entonces vino entrando con Cándido Bareiro para contamos de que ya no era el Relaciones Exteriores; le habían echado esa misma mañana. Entonces nos fuimos todos juntos con don Antonio Taboada para verle a Jovellanos, que no estaba en la Casa de Gobierno, ni Juan B. Gill tampoco. Les buscamos también en el Congreso, pero tampoco estaban por allí.

En el Congreso había unos cuantos senadores; les dijimos que teníamos que hacer el golpe pero nos dijieron que no había quórum; así no podían sesionar. Entonces mi compadre mandó sus soldaditos para buscar los que faltaban, a ver si sesionaban de una vez porque ese día luego era día de reunión pero no estaban. Pero los soldados que se fueron no volvieron y los Deputados que estaban se fueron a su casa, así que nos quedamos solos culpa de la irresponsabilidad de los empleados públicos... En eso viene un soldado brasilero; dice que Ministro Gondim nos hace decir que nos vayemos en nuestras casas, porque si no salimos, ellos nos van a echar.

-Amenaza de negros -dijo don Cándido.

Pero el cónsul argentino, que llegó en seguida, nos hizo decir que nos vayemos, porque los brasileros pensaban atacar y ellos no tenían soldados para defendernos. Así que tuvimos que salir, nosotros, todos unos Ministros del Poder Ejecutivo, ¿le parece bien?...

Por eso fue que hicimos la revolución del Molas.

O sea, le mandamos esa carta que nos escribió la Regalada, el tipo se encargó de todo.

Y eso que Dolores Molas no era tan revolucionero, pero cuando se le metía la revolución en la cabeza, hacía en serio. Y además le ayudaba que Gill trató muy mal a sus soldados, los soldados de la gloriosa revolución de febrero que hicimos nosotros pero aprovechó él... Cuando llegó el momento de pagarles, Gill se hizo del vivo: les dijo que disolvía el ejército, que muchas gracias. Entonces la mitad de los soldados hizo   —82→   el sabotaje y la otra mitad se fue con Molas; tomó el tren para Paraguarí y se le pusieron a las órdenes con fusil y todo. (El resto de los fusiles sigue en pedacitos en los bajos del Congreso y Ministro Gondim sigue buscando, porque el trato había sido, cuando hicimos la revolución de febrero del 74, que ellos nos daban las armas pero después de echarle a Jovellanos le devolvíamos al Brasil. Así que Molas, sin trabajar demasiado, tenía para su ejército completo.

El ferrocarril les quedaba en la puerta, así que se subieron todos, previo asado. En seguida llegaron en Pirayú, donde se sumó más gente; nadie luego quería ni oír hablar del Salvador Jovellanos, que se comió las libras esterlinas y mandaba porque el brasilero quería. Así que el cuadro estaba negro para Jovellanos, que tenía el Pueblo en contra y también los Señores Ministros (con excepción de Gill y en parte Germán Serrano). Gill, para ganar tiempo, le tomó a mi compadre; le dijo que se vaye en Pirayú para hablar con Molas, en nombre del gobierno. Compadre no tenía ganas pero tuvo que irse, órdenes son órdenes.

Molas le recibió muy bien, pero le dijo: Me extraña, don Patricio Escobar, que usted mismo me diga que deje la revolución por 2.500 onzas y un generalato; ¿acaso no le conté que Gill ya me había ofrecido 2.500 onzas y un generalato para matarle a usted, a Caballero y otros? ¿Por qué no se suma a la revolución, don Patricio? Tenemos todo el pueblo y los rifles brasileros que le prestaron a Gill. Entonces Escobar le dijo: mire, tengo que consultar con el general Caballero. (Desde entonces comenzaron a llamarle pantalla pero él no se enteró hasta que Cristóbal Campos publicó El general avestruz).

Compadre volvió en Asunción, le dijo a Gill que Molas no quería ceder. Entonces Gill me mandó a mí; sabía que Molas me tenía mucho aprecio. Y efectivamente, cuando llegué, me recibió muy bien; me dijo que teníamos que echarles a los brasileros del país y que, si yo aceptaba, me daba la dirección del movimiento y se ponía a mis órdenes. Yo le dije: Comandante, contra los brasileros no se puede, usted ya sabe... A no ser que los argentinos nos defiendan... Puede ser, don Cándido me dijo, que los argentinos van a pedirle la neutralidad a Gondim... Pero no es seguro; déjeme consultar. Si los argentinos hacen eso, yo me pongo a la cabeza de sus tropas; nos vemos en Campo Grande o Luque...

Todas estas cosas están en el libro del sinvergüenzo Godoi. Juan Silvano estaba en la carpa, como Secretario de Molas. Él tomó notas, pero no dijo una cosa, para perjudicarme: que Molas no cumplió mis órdenes. Porque yo le dije que espere hasta que sepamos si los argentinos iban a sacar la cara por nosotros; o si no, de balde. Pero Dolores Molas demasiado apurado, siguió avanzando hacia la Asunción; en poco tiempo estuvo en Luque, donde lo recibieron con baile y fiesta popular (todos hartos del Gobierno) y de Luque pasó a Campo Grande, donde hizo juntar mucha leña para hacer una enorme fogata para que se vea y se pongan   —83→   nerviosos en Asunción y de paso no sepan si estaba en Campo Grande o Luque (roto). Cuando estaba recogiendo la leña para hacer su fogata, llega un pasado el ejército de Gill le dijo dónde estaba el enemigo y el Dolores Molas agarró 60 hombres y les dividió en tres grupos para darles una sorpresa a (faltan varias líneas).

*  *  *

Entonces le decía, Amarilla, que Germán Serrano estaba en Trinidad... ¡No me quiera discutir, le hablaba de Germán Serrano! Germán Serrano, entonces, dividió su ejército en tres grupos. El primero... Pero cómo, ¿no le dije que se habían alojado en casa de los López? Está bien. Si no le dije, ponga ahora. Pero por favor me avisa a tiempo cuando le voy contando, no sea que mi cuento quede patas para arriba...

Una casa de material del tiempo de los López, con frente sobre la calle Primer Presidente, una manzana entera. Su fondo daba sobre la vía del tren, por un lado tenía un alambrado sobre el camino de Limpio y por el otro estaba la vieja quinta de la familia López.

Allí se estableció Germán Serrano, puso su Estado Mayor.

Dividió su ejército en tres grupos: el primero sobre la calle Primer Presidente; un batallón a las órdenes de Alfaro. El otro batallón iba al mando de Escato; ese se colocó para vigilar el camino de Limpio. Y la caballería se encargó de la guardia. Eran dos batallones y un escuadrón de caballería... ¡ah! me olvidé de decirle que también tenían artillería: media batería de cañones krupp, para nuestro pobre ejército valía oro.

Bueno, a media noche se arma un batifondo, un ruido que resultó no más del ferrocarril que les traía una carta. Germán Serrano, en calzoncillo y poncho, le hace venir al españolito Martínez para que conteste. Germán Serrano en un rincón y el español en el otro de la pieza; usted sabe que los españoles no se bañan tanto. (La cultura europea, que solía decir don Cándido Bareiro).

Mientras terminaba de escribir la carta, Germán Serrano abre la puerta de la calle para que se ventile un poco. Suena un tiro pero Lino Cabrizas le dice que descuido; a uno de la guardia que se le escapó el disparo. Entonces le preguntan qué pueden ser esas fogatas.

-San Juan ara -dijo el cabo de guardia (la fiesta de San Juan).

-No sea idiota, si somos abril.

Serrano salió de la pieza cuando comenzaron a sonar los tiros, pero el españolito Martínez era sordo como una tapia, no escuchaba nada, y mientras se daba cuenta le rodearon los soldados que le hicieron comer su papel que estaba escribiendo. (Le tenían demasiada rabia porque escribía en Patria, los que allí escribían eran todos pyragué). Mientras tanto, mi comandante Molas ya llegaba en el patio de la casa donde habían   —84→   puesto los fusiles en pabellones; echaba con el pecho de su caballo, llegó a la artillería que no pudo tirar ni un solo tiro, les sableó de lo lindo, Alfaro y Escato cayeron presos y se salvó Serrano. Serrano llegó en Asunción en bote, pudo escaparse; le dijo a Juan B. Gill que Loló Molas les había tomado de sorpresa por la noche cuando menos se esperaban. El gobierno entonces se quedó sin hombres porque su ejército era solamente ese, el que liquidó Dolores Molas con 60 hombres: dos batallones, un escuadrón, media batería krupp.

¡Con esa clase de subordinados da gusto trabajar, Amarilla! El mejor oficial de la caballería después de mí, Dolores Molas. Lástima que el guardia civil Higinio Uriarte lo asesinó en la cárcel, un héroe de la guerra como Molas no merecía eso...

*  *  *

El ministro argentino nos había dicho que los brasileros no iban a dar un paso porque el ejército argentino no se lo iba a permitir. Quería decir si ganaba Molas, y eso justamente lo que estaba pasando: Molas se encontraba en Trinidad probando los cañones tomados al ejército, un ruido de mil diablos que nos gustaba oír a don Cándido, a don Patricio, a mí. Molas en Trinidad con todo el parque del gobierno y los soldados del gobierno que se le pasaron y mucha gente más.

-Posiblemente, vamos a tener que darle el Ministerio de guerra -dijo don Cándido Bareiro. (Molas no iba a querer la presidencia).

-¿Por que no la polecía? -dijo mi compadre que quería el Ministerio para él.

-Vamos a arreglarlo como amigos... Pero, Germán Serrano, que se olvide del cargo.

(Germán Serrano había peleado con nosotros pero después aceptó el Ministerio del Interior que era mío; no tenía que prestarse al juego sucio).

De repente, se abre la puerta.

Entra Juan B. Gill con polecía.

-Tenemos reunión de Ministros -dijo.

No queríamos ir pero tuvimos que.

Nos recibió el ministro brasilero, muy amable; allí comenzamos luego a maliciar algo, porque cuando más sonríe, más te traiciona.

Así era. Nos presentó el papel todo redactado:

Ni siquiera nos explicó lo que estábamos firmando; nos presentó:

«En la ciudad de la Asunción Capital de la República del Paraguay a los veinticinco días del mes de abril de mil ochocientos setenta y cuatro, reunidos en el Palacio de Gobierno los ciudadanos Secretarios de Estado, generales don Bernardino Caballero, don Germán Serrano, don Patricio Escobar y los señores don Juan Bautista Gill y don Higinio Uriarte, bajo   —85→   la presidencia del Vice-Presidente de la República en ejercicio del Poder Ejecutivo, ciudadano don Salvador Jovellanos, se acordó por unanimidad pasar una nota al Excelentísimo Señor Enviado Extraordinario del Brasil, requiriendo el apoyo moral y material de las fuerzas brasileras para garantir el orden público y afianzar la autoridad del gobierno legal desconocido por una rebelión armada y encabezada por los sargentos mayores Molas y Avalos.

Este acuerdo o resolución es tomado no sólo en vista de la situación, sino del tratado vigente de paz entre esta República y el Imperio del Brasil, celebrado el día 9 de enero de 1872 que en el artículo 20 establece: «que aun después de la data de dicho tratado, el gobierno de Su Majestad Imperial podrá, de acuerdo con la República del Paraguay, conservar en el territorio de la República la parte de su ejército que juzgase necesaria para mantener el orden».

Firmado: Salvador Jovellanos, Bernardino Caballero, Germán Serrano, Patricio Escobar, Juan B. Gill, Higinio Uriarte.

No sé por qué dice después Juan Silvano Godoi «claudicación ciudadana», si sabe que Gill nos obligó; por las buenas no íbamos a firmarle.

Firmamos porque o si no peor...

Para mortificarnos todavía más, el comandante brasilero nos junta a todos los ministros para hacerle las hurras17. Después nos dio los uniformes brasileros para nuestros soldados, pero como no queremos saber nada con los enemigos de la Patria, nos pusimos el forro al revés, que era colorado, y desde entonces ese viene a ser el color de nuestro glorioso Partido, que se llamó Nacional y después Nacional Republicano. De allí salió comandante Guimaraes para derrotarle a Molas, y por supuesto que le desbandó su ejército, pero no fue por culpa mía sino de Molas, que avanzó sin consultarme, pero Molas nunca me perdonó, creyó que yo le había fallado.

Juan B. Gill tampoco no me perdonaba y menos mal que tuvo necesidad de mis servicios diplomáticos para mandarme junto a la Madama Lynch que estaba en Francia y también junto a otra gente; con eso luego me distraí un poco y de paso conocí la Europa: Mariscal me había dicho que no tenía que dejar de ir, sobre todo París (la más culta). Así que no hay mal que por bien no venga; culpa de Gill que se quería   —86→   quitar de encima la oposición (nos mandó en Europa a don Cándido y a mí) pude conocer el Mundo Viejo (así le dicen), y también serví a mi Patria, desde luego. Una misión muy difícil, para gente muy capacitada: había que pedirle al Papa que nos ponga Obispo (¿para qué, si le van a fusilar de vuelta?, decía), había que preguntarle a la Madama donde enterró su tesoro Mariscal López, el lugar exacto; había que pedirle un descuento a los acreedores de Londres y de paso averiguar dónde guardó su plata Gregorio Benítez... Como puede ver, una misión muy, pero muy difícil, y para colmo nos daban poco tiempo: quería que le arréglemos todo eso en unos cuantos meses pero sin darnos el pasaje para ir en el Vaticano ni en otros países de la Europa para ver un poco en qué banco estaban los fondos del Estado paraguayo... Pero lo peor fue el vyro de Higinio Uriarte, el primo de Gill, que Juan Bautista le mandó conmigo para que me controle, no me quería dejar ni a sol ni a sombra...

Menos mal que en Río, Juca se portó como corresponde.

Porque de paso para Europa bajamos en Río, y el Uriarte siempre siguiéndome como una cola, se iba en casa de Río Branco sin invitación. Juca no le dijo nada (demasiado educado), pero cuando terminamos de tomar el té, le dijo: me dispensa, quiero hablar en privado con el general. Y entonces nos fuimos en la pieza y yo le dije la verdad, le conté todo, ¿cómo iba a mentirle a un amigo como él? Acho que nao devimos ter acreditado no Juan Bautista. No. Claro que no. Pero se dieron cuenta tarde: cuando Gill ya era Presidente y ya las tropas brasileras se habían ido de Asunción; entonces Ministro Gondim y su sucesor nos llamaban a nosotros, incluso nos insinuaban que podíamos conspirarle un poco. ¡Mbore! Después de lo que nos hicieron, no, déjenle el trabajo a Rivarola o Decoud (conspiradores de siempre) o al tonto de Germán Serrano... De cualquier manera, Juca quedó muy agradecido por mi información; como agradecimiento me contó que la revolución de febrero había estado toda cocinada: le dijieron a Cabrizas que vaya a enfrentamos en Campo Grande para ganar el tiempo no más. O sea para darle tiempo a Gill para que vuelva de Río de Janeiro. También estaba cocinado desde entonces que Gill tenía que ser el Presidente Constitucional después de Jovellanos, los brasileros decidieron porque Gill, cuando estuvo en Río, les había prometido más que don Cándido Bareiro: Gill les prometió que, si le ponían de Presidente, él iba a colaborarles para el protectorado. (Pero protectorado de Brasil, no de los Estados Unidos, como se pidió después, en el año cuatro...).

Entonces yo me dije: Bernardino, paciencia.

Al fin y al cabo, tenía mis 35 años; podía esperar. Tenía que esperar; eso es lo que me dio a entender el Juca, que no estaba tan conforme con Cotegipe ni con su papá, que le daban toda su confianza a Juan B. Gill... Cierto que Juan B. Gill tenía su carácter; medio difícil trabajar con él... Pero no podía ser más difícil que Mariscal López, que fusilaba su familia   —87→   y hasta su Estado Mayor... No... Si a mí Mariscal me condecoraba, era que Gill también tenía que condecorarme o, por lo menos, darme un Ministerio, para que vaya tomándole la mano, hasta que me llegue el turno... La Constitución decía cuatro años; bueno supongamos que Gill se quede ocho (era muy capaz de avivarse); en ese caso, para 1882, yo era Presidente... ¡Y acerté! Es decir, me atrasé dos años porque no podía saber lo de don Cándido, pero acerté... Esto no es para poner en la memoria, Amarilla, es para que usted vea no más cómo hay que ser prudente; usted no puede pedir un cargo alto de entrada, tiene que ir de a poco, como yo. Yo tuve que esperar por Gill y por Bareiro y (faltan varias líneas).

En Europa también trataba de seguirme por todas partes. Pero no podía. Creo que porque el tipo no le hizo caso al Ministro Gondim. Y es que Gondim le dio una buena dirección, pero Uriarte quería ahorrar sus pesitos para Europa, no gastar todo en Río de Janeiro, y entonces cuando estuvo en Río se fue en un lenocinio de segunda, y de ahí... Sospecho que era eso, aunque Uriarte decía: El clima de París me sienta mal. La contaba a su primo, Juan B. Gill, que estaba resfriado. Pero un día que estábamos los dos en el hotel (teníamos habitación doble, pero el desgraciado no quería salir un rato cuando yo tenía visitas), yo entré sin llamar, y le encontré en el baño al guardia civil Uriarte con su bola color lila, parece que se había lavado con permanganato. Resfriado o no, Uriarte se dejó de molestar. Entonces yo podía ir en todas partes, hasta al cumpleaños de la Madama Lynch.

El día de su cumpleaños me fui en París. Estábamos en Londres pero me llegó el telegrama: Venga a visitarme. Yo aproveché que Uriarte seguía resfriado para divertirme un poco: estaba harto de los ingleses sinvergüenzos que aprovechaban que no sabíamos inglés. Sorry, decían a cada rato, no se puede. Nosotros sabíamos luego que Mariscal había mandado ponchadas de dinero en la Europa cuando la guerra, pero ellos también sabían que nosotros no sabíamos a nombre de quién ni donde, entonces, cuando les pedíamos información, nos decían que no; se comieron los depósitos del Pueblo paraguayo que el pobre Mariscal había mandado afuera para que no roben los Aliados. Lo mismo con el crédito de Londres: nosotros quisimos revisar las cuentas pero nos dijieron no se puede. No podíamos saber cuánto se había comido Gregorio Benítez porque los tipos le apañaban. Pero seguirnos buscando y encontramos al fin en París una cuenta con 30.000 libras a nombre de Pedro Gill, pero Juan nos dijo que déjemos no más. Y el asunto con los monseñores de Roma no funcionaba tampoco; a esos tenés que adularles para conseguir algo (como a las francesas), pero no teníamos un cobre para andar quitándoles a cenar. Así que, al final, yo decidí turistear no más; no que soy irresponsable, sino que si no me dan la plata ni el tiempo ni quieren que investigue ya no vale la pena, y entonces métale champán   —88→   con la Madama y sus amigas (una barra fenómeno).

Y entonces me subí en el barco, crucé el Canal (muy limpio pero le dicen Mancha), casi me caí de espaldas cuando veo París. Me impresionó más que Londres. Y para colmo hablaban francés, así que si no era por Madama Lynch y Mimí que me estaban esperando, iba a estar más perdido que yaguá en canoa...

¡Mire, Amarilla, si a Juancito O'Leary le nombran Embajador en Francia, pídale que le nombre secretario! ¡No hay como los viajes! Sobre todo cuando se es joven, se tienen tantas cosas que ver... Como el Napoleón, por ejemplo, siempre tuve la curiosidad, ¡un cajón que daba gusto ver, todo de mármol, tenemos que hacer uno así en el Paraguay! Mariscal López luego ya empezó, ese de la calle Palmas y 25 de Diciembre; O'Leary dice que tenemos que ponerle allí. Pero yo ya le dije que nadie sabe dónde Mariscal quedó enterrado, así que si traemos lo primero que encontramos en Cerro Corá, puede ser brasilero, y eso puede desprestigiar nuestro Panteón de los Héroes (así se tiene que llamar cuando se termine el monumento ése). En esos casos, es mejor seguir la regla militar: cuando falta el jefe, le sucede el que le sigue en antigüedad... Bueno, no quiero hablar de cosas tristes, pero creo que ya es hora, tengo más de setenta...

Buenos, yo no soy novelista como su Maestro, no puedo luego explicarle, demasiado grandioso: Panteón, Inválidos, Tupasy Nôtre Dame, ¡ver para creer! Y eso que antes era todavía más linda, antes de que le quemen los comunistas. Sí. Antes, todo se hacía mejor, más grande, ¿qué edificios nuevos se hicieron en la Asunción?... El Cabildo, el Palacio, la Estación, todos esos son de antes; los liberales no edifican nada... Y en Francia, más o menos parecido, se edificaba mejor. Tenían un palacio grandioso que quemó el comunismo en el 71... No le puedo decir cómo, pero habrá sido enorme; eso se puede ver por la puerta, que la limpiaron un poco y le pusieron Arco del Triunfo...

Así que mi viaje todo un éxito, gracias a la Madama Lynch; ella, que conocía la calle, me llevó por todas partes...

Aunque al comienzo fue difícil; la primera vez que quedamos solos me llamó malagradecido, me dijo que todo lo que yo era se lo debía a Francisco, y que ahora le salía con eso!... Tenía todos los diarios: El Pueblo del 18 de agosto del 71, por ejemplo... ¡Qué significa esto: Nerón americano!, me decía, ¿así le recordaba yo a mi jefe? ¿cómo podía decir que los Aliados nos salvaron del Mariscal? ¿Qué picó significa: Sesenta años de encierro, de oscuridad y tiranía? Pero el Manifiesto vaya y pase; lo que no podía perdonarme decía, es que los dejé en la calle a ella con los cinco niños, hijos de mi Jefe, ¿no tenía corazón? También tenía todos los decretos del Gobierno, la confiscación de los bienes de la familia López, de todos los bienes que aparecían como propiedad del tirano Francisco Solano López, emanados de actos vandálicos, asesinatos y usurpaciones que éste erigió en sistema con notable insania, en el último periodo de su   —89→   administración, junto a la Madama Lynch, que al lado del tirano desempeñaba los roles más impuros: ¿cómo permitía yo, cómo firmaba papeles contra López, contra la familia, con qué derecho le exigíamos que devuelva al Fisco sus veintiocho inmuebles, sus 10.000.00 de hectáreas (que pagó al contado), con qué derecho le exigimos que devuelva el dinero de las cuentas de Europa, le hacemos querella criminal?... ¿No me daba vergüenza estar en un gobierno antiparaguayo que proscribía a la familia López, incluso a ella, que no era, amiga de la familia no más pero igual la proscribían? ¿Cómo me atrevía?

Era una tigresa... Me recordaba los tiempos del peluquero francés... Amarilla, usted ya está perdiendo la memoria, tiene que ir al médico... ¡Claro que le conté el peluquerito!... Ese que la Madama trajo de Francia... Bueno, un día el tipo (justo cuando andábamos perdiendo y el Mariscal se ponía muy nervioso y nos ponía nerviosos) le hace mal un rulo del peinado a la vieja, y entonces ella lo manda al calabozo. Pero el francesito, en vez de callarse, dijo a todo el mundo que la Madama era pelada, puro peluca su melena... ¡Yo la conozco bien a la Madama!... No me sorprendió ni un poco cuando el francés apareció en la lista negra; a ella no podías llevarle la contraria.

Pero al final aprendió, cuando ya no era más la mujer del Mariscal. Tuvo que escucharme porque o si no peor; nadie ganaba nada. Yo le dije: Madama, usted sabe bien que nosotros somos los patriotas, pero si chocamos ahora, el país se les queda a los legionarios...

-¿Usted piensa ayudarme?

-Desde luego, Madama, pero espere un poco. Espere que se vayan los negros, después solucionamos su problema.

Yo le dije espere, pero no tanto; recién en el 85 vino Enrique a verme, yo le prometí mi apoyo (era el momento en que comenzaban a venderse las tierras). Después presenta su alegato, creo que 1888, Escobar ya era Presidente, eran las 3.105 leguas de yerbales, entre el Río Apa y el Río Jejuí (el Matto Grosso y el Chaco ya le habían quitado; quedaron en territorio brasilero y argentino). Entonces yo hablé con mi compadre; él habló con el Juez. No va a tener problemas, don Enrique Solano. Gracias, general Caballero. Así hablamos. Pero después me quitan resolución en contra, muy desagradable. ¡Piense en la memoria de mi santa madre!, me dijo Enrique (Madama había muerto en 1886; los hijos la querían mucho porque a todos les dio una buena educación en Europa). Pero no había caso; el título de las 3.105 leguas de tierra que Mariscal le dio a la Madama Lynch allá por 1869 no estaba inscrito en el Registro de la Propiedad. Para un mozo tan culto como Enrique Solano López, era una desgracia... Sí, Enrique comenzó después su campaña patriótica; pidió que se invada el Matto Grosso para recuperar las tierras que Mariscal le había transferido a su mamá. Pero eso fue después y por las malas no se consigue nada: el Ministro brasilero protestó y el Presidente Juan Escurra tuvo que cortar   —90→   el subsidio a La Patria donde escribía su Maestro, 1903. En esos tiempos ya no se tenía más vergüenza de ser patriota, de ser lopizta... En el 1870, muy difícil (roto).

imagen

Carta enviada a O'Leary por Caballero.



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De cómo había escuelas a patadas cuando yo fui el ministro de la instrucción (1874/77)


Juan B. Gill se creía porque su familia había sido luego amiga de Mariscal y de don Carlos (su hermano Pedro Gill se fue en Europa con beca del Gobierno), una familia muy decente, pero la oveja negra nunca ha de faltar y ese fue Juan B., que le daba quebranto hasta a su propio hermano, el general Emilio Gill, que le ascendió a general para que se calle pero don Emilio igual se agarraba la cabeza a causa del Estanco del Tabaco; decía que su hermano el Juan quería volver a los tiempos del Dictador Francia, que tenía Almacenes del Estado; uno no podía comprar si no era allí, con el Dictador que estaba todo el tiempo detrás del mostrador con su metro falso, robándote cada vez que le comprabas tela, robándote cada vez que le comprabas harina con pesas falsas, por eso le decían dictador pulpero... Pero si le querías estafar, ¡pobre de vos!... A ese negrito Pilar, que tenía diecisiete años, le hizo ajusticiar bajo el naranjo porque robó una tela para su amiguita...

Y en eso nomás íbamos a terminar nosotros cuando el Juan Bautista Gill subió de Presidente (los brasileros muy contentos), porque en seguida puso sus Estancos, o sea el Monopolio del Estado sobre la sal y el jabón también... Bueno, eso nicó no nos perjudicada tanto; sal y jabón metían más bien los brasileros de contrabando; si les hacía el monopolio, que se aguanten... Pero con el tabaco, diferente. Quiero decirle Estanco del Tabaco; un buen día, Gill quita su ley con retroactivo: dice que a partir del mes de enero se confisca el tabaco (éramos en marzo), porque el único que puede vender es el Gobierno, y entonces las autoridades de campaña comienzan a confiscar todo el tabaco que tenían los pobres y hasta se llevan los cigarros que tenían en la pieza para fumar no más. ¡Qué les van a pagar! Expropiación, decía. Pero expropiación de balde, porque no les pagaba. Y si les pagaba era con los pesos de los que hacía Gill con su maquinita, no valían nada. Y entonces los campesinos, para no darle el gusto, dejaron no más de producir, ¿para qué, si sabían bien, sabía todo el mundo, que Juan B. Gill vendía ese tabaco para su bolsillo con su agente en Buenos Aires; no era luego el monopolio patriótico como en tiempos de don Carlos o de Mariscal, que le mantenían al Ejército con su monopolio (eso muy diferente). Y entonces los agricultores dejaron luego   —92→   de producir, era nuestro gran producto para exportación, y entonces el país no recibía más divisas, justo cuando más las precisábamos...

-¿Usted que piensa, don Cándido? -le preguntó Gondim. (Ministro Gondim andaba haciendo fiestas en la Legación brasilera para criticar el gobierno del presidente Gill: ahora se acordaba de nosotros, del Partido Nacional).

Señor Ministro, es una cuestión muy delicada...

-Su opinión sincera, don Cándido...

En ese momento, paí Maíz se tropezó. No era gran cosa, parece que había tomado un poquito, no más. Pero don Cándido aprovechó la ocasión para socorrerle.

-No es nada, don Cándido -dijo paí

-Por favor, diga que se siente mal.

-Me fracturé el tobillo -dijo entonces paí

-General Caballero, ¡ayúdeme a llevarlo a su casa!

El brasilero dijo que podía hacerlo llevar por los soldados, pero don Cándido insistió en que no y que no. Yo estaba ya por darle la razón al Ministro (fiestas de esas no se veían todos los días en Asunción, no había visto otra así desde que salí de Petrópolis), pero don Cándido me dio una patadita disimuladamente, así que salimos los tres de la Legación brasilera.

Apenas salimos, cuando paí Maíz quiso ir a felicitarle a la Regalada (era su cumpleaños), pero don Cándido le dijo que no, que no nos convenía, porque seguramente el Ministro iba a pasar también después de la recepción, y entonces podíamos pasar un mal momento, ¿cómo le explicábamos? No nos convenía luego andar mal con el tipo precisamente ahora; teníamos que demostrarle que éramos mejores que Gill. Pero tampoco teníamos que ser demasiados vyros, tampoco era eso; no podíamos asincerarnos con Gondim, ¿vaya a saber usted si él después no le contaba a Gill? Porque Gill seguía siendo todavía su esperanza y Gondim quería volver en Río de Janeiro (cuanto antes) y decir: Encontré un buen Presidente, podemos retirar las tropas sin problema. (El Congreso andaba apurando el asunto; decía que ya era hora de terminar con la ocupación del Paraguay, que les salía demasiado cara, mientras tenían cosas más importantes que hacer... Claro, para eso necesitaban un Presidente de confianza, y era justamente eso lo que tenía que hacer el Ministro brasilero en Asunción). Ministro les había dicho que Gin era el hombre; ahora andaba dudando, pero no sabíamos hasta adónde. Don Cándido decía que Gondim todavía le quería a Juan B. Gill, pero nos quería hacer conspirar un poco para hacerle entender lo que le podía pasar si transaba con la Argentina, para asustarle un poco y entonces nosotros teníamos que andar con el culo a cuatro manos como decía don Cándido. Entonces no podíamos pues decirle directamente lo que pensábamos de Gill; podía repetirle, y por eso fue que salimos de la recepción   —93→   don Cándido, paí Maíz y yo, buena idea de don Cándido que no entendí al comienzo...

-¡Qué se informe el negro por su cuenta -dijo don Cándido.

Y tenía razón. Don Cándido luego demasiado bien le había explicado quién era Gill, pero el tipo no quiso hacerle caso cuando le quitó la Presidencia que al fin y al cabo merecía don Cándido (¡no me va a decir que no!) con el Pacto de Febrero.

Y desde luego que enseguida tuvo información, y esa vez tuvo que creer porque fueron los propios comerciantes brasileros los que le dijieron, incluso estaban con ganas de quejarse a Río de Janeiro por el Presidente que Gondim había elegido. ¡Con lo que pagamos, podemos exigir algo mejor! dijo Luis Patri. Ese Patri, no sé si ya le dije, es el mismo que tenía que venderle bueyes al gobierno; el gobierno tenía que comprarle para repartirles a los campesinos, pero los que compró de Patri no fueron bueyes sino novillos, y encima a un precio demasiado grande. Bueno, ese Patri, con Travassos, pusieron esa firma Travassos, Patri y Compañía, que compró el ferrocarril del Estado por $ 1.000.000, que no pagaba ni los durmientes de la vía, pero ni siquiera pagaron el $ 1.000.000 sino $ 100.000 y nada más, y se pusieron a hacer funcionar el ferrocarril cobrando unos pasajes que eran un robo, pero ni siquiera así supieron hacer funcionar como se debe, así que revendieron el ferrocarril que les había costado $ 100.000 por $ 450.000 a una firma que no pudo pagar todos los $ 450.000, así que después le quitaron de nuevo el tren que les había salido gratis, porque le pagaron al Estado con el precio de la reventa... No, el ferrocarril fue después (1877), pero le digo para que vea que clase lo que era el Luis Patri, que llegó al Paraguay con una mano atrás y otra adelante pero después se convirtió en un gran señor con la casa que se hizo en la calle 25 de diciembre... Se hizo de dinero como macatero, era uno de los que le prestaba plata a Rivarola y Jovellanos, que no podían pagarle, pero se cobraba metiendo su mercadería de contrabando con el ejército aliado. También le prestaba plata a Gill (unos pesos debajo de la mesa para rellenar los agujeros del presupuesto que no había o sino cómo pagar), y se molestó demasiado grande cuando Gill confiscó la Asociación de Comercio, una especie de banco comercial que andaba funcionando demasiado bien, pero que Gill quiso comer para ver si con ese sacaba un poco para pagar su Guardia Nacional. (Guardia Nacional tenía que ser, batallón guarará ya estaba demasiado desprestigiado, no le iban a dejar, pero venía a ser lo mismo. Volvemos a los tiempos de la tiranía, decía Decoud cuando los veía desfilar con su pañuelo colorado al cuello, los pynandí son la muerte de la República, Patri no tenía mucha plata en el banco pero igual le molestó, lo mismo que les molestó a Travassos y los otros macateros y en parte con razón, no puede ser que se funda el único banco que andaba funcionando no más para que el propio Presidente mande ese dinero a Buenos Aires o a París (a lo mejor   —94→   a la cuenta donde estaban las libras esterlinas que pillamos Uriarte y yo cuando fuimos en Europa y que Gill no nos permitió más investigar, aunque justamente para eso luego era que nos habíamos ido en la Europa, para ver dónde estaban las libras del crédito de Londres). Entonces todo el mundo comenzaron a quejarse, y ese era justamente lo que Ministro le preguntó a don Cándido cuando tertuliábamos en la Legación del Brasil, pero don Cándido se le hizo el burro; no tiene sentido que nos sigan tratando como nos trataban, más respeto. Después se fue complicando la cosa, porque Jaguarāo también tenía sus pesitos en el negocio de Patri (mucha pinta pero tenía que hacer negocio con macateros) y exigió que se suspenda el impuesto al capital que Gill habla decretado. Y eso porque los comerciantes ya no le querían más prestar dinero a Gill, y entonces Gill les dijo: De acuerdo, pero entonces me pagan los derechos de aduana. Los tipos le dijieron que en todo caso le cobre al Ejército Aliado, que era a nombre de quién venía la mercadería. Y desde luego que no podía cobrarle al Ejército, entonces pensó avivarse cobrándole el impuesto al capital; mucho más fácil. Eso le perjudicó al más pobre, porque a un Segovia, Lanus, Patri desde luego que no le iba a cobrar, pero al pobre almacenero que tenía un bolichito venía luego el Inspector de Hacienda y le pedía más de lo que podía pagar y menos mal que en Hacienda estaba el general Emilio Gill, un hombre decente, porque o sino demasiado iban a perjudicar a todos... Yo me recuerdo por ejemplo un amigo, un mozo joven que recién estaba comenzando. Viene un funcionario y le dice que el inmueble vale tanto y la mercadería vale tanto y entonces le corresponde pagar tanto. Pero, señor, le dice el pobre, si la casa es de mi suegra y la mercadería compré con dinero prestado, ¿cómo le he de pagar sobre un capital que no tengo? Entonces se le expropia, dice el otro. Y menos mal que el mozo habló conmigo, entonces yo hablé con el general Gill, que le dio una buena raspa al funcionario sinvergüenzo, pero eso no podía ocurrir siempre, y en especial en el campo, donde la Ley era luego lo que decía el Jefe Político (no había a quién quejarse), que como no cobraba su sueldo y se cobraba robándole lo poco que tenía al campesino. Por alguien tenía que rematar. Incluso el chavolai más desgraciado se cobraba usando esa licencia de hace y deshaz que le daba Gill; era la forma de pagarle permitirle el ladronicio. Por eso lo que la gente se iba; todo el mundo se iba a la Argentina donde había trabajo, mientras que en el Paraguay no había lo que no faltaba... Dicen que 15.000 familias emigraron... Puede ser... Porque ese primer censo que hicieron los Aliados después de la Guerra, allá por el 72, salía unos 170.000 habitantes más o menos para el Paraguay, pero después de eso, allá por el 75, había todavía menos... No, no es que yo conté, pero se veía... Porque el 75 fue la época en que tocamos fondo, en que no había plata para pagar el sueldo que no se le pagaba a los empleados públicos y que entonces, para hacer economía, decidieron pagarles medio sueldo, que tampoco se pagaba...

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La situación estaba tan mala, que Gill hasta decidió ser honrado: les llamó a don Benjamín Aceval, a don José Urdapilleta, a don José Segundo Decoud (los más leídos); les preguntó si qué podía hacer para arreglar un poco el expediente. Ellos le dijieron que, primero de todo, había que suprimir el Estanco del Tabaco, que se suprimió. Después había que terminar con las emisiones de pesos inconvertibles (esos que al Presidente tanto le gustaba hacer); había que retirar, incluso, porque ya había demasiados. O sea, retirar de la circulación, quemar los que sobraban, hacer circular solamente los que tenían respaldo; para respaldarles, había que vender las propiedades del Estado18. Y así fue que se vendieron unos cuantos inmuebles del centro de Asunción y que se pusieron en venta tierras públicas hasta cubrir la suma de $ 6.000.000... Eso ya podía solucionar todos los problemas, porque había que bajar el ejército a 400 hombres y el presupuesto a los $ 16.000 mensuales (más o menos)... Los $ 6.000.000 no eran mucho, porque las propiedades del Fisco, entre inmuebles, terrenos, ferrocarril y etcétera, andaba por los $ 100.000.000 según el cálculo de Wisner que entendía las cosas (ese ingeniero militar que Mariscal contrató durante la Guerra y después se quedó, nos quería mucho) ¿Pero de qué te sirven los $ 100.000.000 de Wisner, si nadie luego quiere comprar la tierra?... La tierra era buena, inclusive baratita, pero no se sabe todavía si el Brasil o Argentina no se van a quedar con el país (tenían ganas). Después que no hay nadie en la campaña (no conseguís un peón), ¿para qué la tierra? Tampoco hay luego puente ni camino ni ferrocarril que funcione, y el transporte por río de Asunción a Buenos Aires te sale más caro que de Buenos Aires a París... ¿Quién te va a venir así? Decoud tenía razón, la única solución, la inmigración. Pero la mala fama que teníamos era demasiado mala. Esos Patri, Travassos cuera, no vaya a creer que ellos no hablaban mal de nuestro país, y la voz se corría; nadie quería venir en Paraguay. Sobre todo después de los Lincolnshire Farmers, los ingleses pusieron carteles en sus puertos diciendo que no se vengan en nuestro país, y tenían razón, porque Gill dejó de pagarles la deuda y eso nos desprestigiaba del todo...

Así que la teoría de Decoud muy bien; Gill hizo publicar esas Cuestiones políticas y económicas, así se llamaba el libro, pero no funcionaba para nada. La gente no te va a dar luego nada si sos tan argel... Yo, por ejemplo, Presidente de la República y todo, General de la Nación, Héroe de la Guerra... yo, igual no más me fui a recibirles a los colonos alemanes cuando llegaron; les acompañé hasta el pueblo, por eso le pusieron San Bernardino. Y de paso le contaron a sus parientes en la   —96→   Europa que el Paraguay no era como se decía, y entonces comenzaron a venir los inmigrantes, como le voy a contar... Una cuestión de confianza... Nadie te va a dar nada por tu linda cara... Menos todavía si sos antipático, engreído como Gill, que se peleaba con todo el mundo, que les expropiaba a los comerciantes, a los campesinos, a los empleados públicos.

Y conste que Juan B. Gill tuvo buenos colaboradores, más de los que se merecía; Decoud, por ejemplo, le hizo su política económica que le llaman, le hizo la reforma administrativa sin cobrarle, y eso que no robaba... No, el tipo no robaba, pero Presidente luego no podía ser porque los brasileros no querían, y los argentinos tampoco le apoyaban del todo aunque él luego estudió en la Argentina, muy amigo del Sarmiento y todo eso... Lo mismo que Facundo Machaín, ¿qué picó se le ocurre a Juan B. Gill mandarle a Machaín a Río de Janeiro, para arreglar el asunto del Sosa-Tejedor?... Justamente a Machaín, argentinista a muerte (su familia exiliada en Buenos Aires desde tiempos de Francia). Por supuesto que Machaín no arregló nada, y no era tanto por su culpa sino que no podía arreglar. Los cambá no le iban a prestar dinero, primero porque no tenían (la guerra les había salido demasiado cara, por eso es que querían hacernos pagar a nosotros los gastos de la guerra, a nosotros que teníamos todavía menos), segundo porque Gill era muy, pero muy vivo, pero los otros no eran demasiado tontos, así que no les iban a meter el cuento de que Jaime Sosa se propasó sus instrucciones para firmar ese tratado con la República Argentina que le decían el Sosa-Tejedor y que fue un escándalo porque le regalaba todo a la Argentina y eso no quería el Brasil, y no porque sean buenos, que tampoco quería que la Argentina coma todo el Chaco, que llegue hasta Bahía Negra, hasta Matto Grosso, porque entonces les hacía la competencia...

Sí, Amarilla, es cierto, se ve que usted es un mozo muy leído, sabe todo... Cierto: por el Tratado ese de la Triple Alianza, Argentina y Brasil se pusieron de acuerdo para carnearnos el país; Argentina tenía que quedarse con todo nuestro Chaco, hasta Bahía Blanca. Pero termina la guerra y (como ya le dije) los dos quieren comerse todo el Paraguay... Allí casi se arma la guerra. Hasta que el Brasil se contenta con el Matto Grosso; firman el Loizaga-Cotegipe (1872), separado de la Argentina, aunque por la Triple Alianza no podían firmar tratados separados. Pero el asunto es que firman, y esa vuelta les ayudó Juan B. Gill, era presidente del Senado, y con las libras esterlinas les convenció a los otros de que firmen no más. Y los congresos firmaron y así le permitieron luego que se lleven nuestro Matto Grosso (que Mariscal le había vendido a Madama Lynch) a los negros brasileros, y les permiten también que tengan tropas en territorio paraguayo, ¡qué vergüenza!...

Y allí fue que los brasileros luego comenzaron a echarle el ojo a Juan B. Gill (hombre de confianza, jei chupé), mientras los argentinos, que quedaron de arriba, buscaban la forma de hacer también ellos su tratado   —97→   de límites con el Paraguay, para comerse las Misiones y todo el Chaco... Bueno, allí los brasileros se desquitaron. Porque cuando terminó la guerra, y los brasileros querían dividirnos sobre la marcha, el delegado argentino les dijo a los cambá: La fuerza no da derechos. O sea, en vez de repartirnos, vamos a dejarles que hagan su Gobierno Provisorio democráticamente, y después arreglamos la cuestión de límites. Río Branco se enojó, pero eran argentinos y uruguayos, dos a uno, y entonces tuvo que cederles, como ya le conté pero le repito. Les cedió en el momento, pero le puso a Rivarola de Presidente, y después a Gill, cuidándose de que (por las dudas) don Cándido Bareiro no llegue a Presidente (desconfiaba de él porque trabajaba para el Ejército Argentino, aunque no era por gusto, sino por necesidad no más); también dejó el Ejército y la Flota en Paraguay (mucho más que Argentina); hizo firmar el Loizaga-Cotegipe. Así que cuando los curepí ellos también, quisieron firmar su tratado con nosotros, los negros se dijieron: El que ríe último, ríe mejor. ¡Les hicieron llorar a los argentinos! Los cambá no le querían al Benigno Ferreira, pero sabían bien que Ferreira les iba a perjudicar a los argentinos, así que le dejaron de Ministro. Hasta que los curepí cedieron (eso fue cuando vino el Mitre en Asunción, en el 73), y entonces les dijieron a nuestro Gobierno: Está bien, pueden firmar su tratado, pero el Chaco es de ustedes. Ese era el acuerdo con Juan B. Gill, que podía regalarle a los argentinos el Chaco entre el Bermejo y el Pilcomayo, incluso las Misiones, pero más arriba ya no. Y ese ya estaba todo cocinado allá por 1874, cuando Jovellanos era todavía Presidente, pero el hombre fuerte ya era Gill; entonces fue que se reunieron Jovellanos, Gill, Germán Serrano (Ministro del Interior) con el Ministro Gondim. Gondim les dice que ya era hora de firmar el tratado de límites con la República Argentina (no les dijo, pero todos sabían, que Brasil no nos iba a dejar firmar ese tratado solos). Jovellanos le dice, desde luego, pero falta no más el negociador. Entonces Gondim: no se preocupe, incluso le pagamos el transporte. Y así fue que se fue Jaime Sosa en Río de Janeiro, donde le esperaba el enviado argentino, don Carlos Tejedor.

Al principio todo bien: Gondim le escribe a Río Branco y Cavanellas que Jaime Sosa un muchacho respetuoso, iba luego a firmar como le decían. Pero cuando se reúnen en Río de Janeiro (los brasileros presentes), Tejedor plantea los limites así: Quedan para la República Argentina las Misiones, la isla de Cerrito y Apipé también, Villa Occidental (hoy Villa Hayes) con un terreno más alrededor, un terreno que llega hasta el Río Verde; en vez del Pilcomayo -dice Tejedor- un río que cambia su curso a cada rato, vamos a dejar el Río Verde, que siempre sigue igual; si el Paraguay acepta -dice- el Ejército Argentino se retira inmediatamente (al retirarse los argentinos, era seguro que también salían los brasileros); nos vamos inmediatamente, y encima no les vamos a reclamar ninguna indemnización de guerra, ni gastos, el Paraguay queda para ustedes, todo el mundo contento... Pero -y en la cola está el veneno- si el Paraguay   —98→   no acepta como le digo, vamos a quedar así: Misiones, Apipé, Cerrito y el Chaco hasta el Río Pilcomayo para la República Argentina; el Chaco entre los ríos Pilcomayo y Verde queda sometido al arbitraje internacional... Sólo que en ese caso, mi querido don Sosa, ustedes tienen que pagarnos indemnización de guerra sobre el pucho (una cuenta kilométrica).

Sosa estaba a punto de aceptar la propuesta 2, pero los brasileros se volvieron muy patrióticos: ¡No puede ser, la soberanía nacional, etcétera! Entonces Sosa quedó medio descolocado, porque sus instrucciones eran darle el gusto a los argentinos pero también a los brasileros (no quería que las tropas brasileras se retiren antes del 25 de noviembre de 1874, asunción presidencial de Gill, incluso tenía que pedirle que se queden un tiempito más en Paraguay, hasta ver un poco cómo se comportaba la oposición).

Para colmo, el brasilero le llama y le pregunta si qué lo que estaba pensando. Él le dice: don, no tenemos plata; ¿de dónde vamos a sacar para pagarles la Indemnización de guerra? Y además que nos conviene una guarnición argentina en la Villa Occidental; es una garantía para los futuros exiliados políticos. El brasilero, que si les da el Río Verde a la Argentina, los argentinos van a seguir empujando la frontera; no van luego a parar hasta llegar hasta Bahía Negra y eso no le conviene ni al Brasil ni al Paraguay... Y bueno, así la discusión que fue secreta, por eso me enteré solamente de un poco...

Nadie sabe lo que pasó después...

El asunto es que Jaime Sosa se reunió con don Tejedor en el Hotel dos Estrangeiros, donde me habían alojado a mí cuando estuve prisionero, y entre los dos hicieron el Tratado Sosa-Tejedor: ¡Argentina se quedaba con todo el Chaco!

Su Majestad saltó hasta el techo. ¡Parece que los brasileros somos más paraguayos que los paraguayos!, dijo. Entonces les exigió que hagan otro tratado de límites más paraguayista, pero el Tejedor, que ya tenía lo que quería, le hizo decir que su señora estaba enferma y se mandó mudar para Buenos Aires sin despedirse, pero con el Tratado con la firma de Jaime Sosa bajo el brazo, y le recibieron como a un ídolo. A Jaime Sosa, en cambio, le trataron muy mal, cuando el brasilero le pidió explicaciones, Gill dijo que no sabía nada, capricho del otro, y Machaín, por su parte, desautorizó el tratado. Después se fue el Machaín en Río de Janeiro, para me orar su cuadro y pedirles plata, pero, como ya le dije, plata ni tenían ni le pensaban dar, porque ya comenzaban a sospechar que Juan B. Gill les hacía el doble juego, y entonces comenzaron a acercarse a nosotros, al Gran Partido Nacional, pero nosotros nos hicimos rogar un poco, uno tiene que darse su lugar.

Y Gill también comenzó a cepillarnos. Le mandó a don Cándido Bareiro en misión en Europa, pero esa era misión en serio, no para   —99→   quitárselo de encima, como me hizo a mi cuando me mandó con el tavyrón de Higinio Uriarte.

Don Cándido se fue de veras... para arreglarle un poco ese bochinche económico que tenía Juan B. Gill... Pero ese para después de la siesta, Amarilla...

*  *  *

Don Cándido Bareiro se fue en Londres y se juntó con Blyth (ese que había trabajado ya con don Carlos para la fundición de hierro y el resto): Blyth conocía el Paraguay y también los ingleses, fue nuestro contacto, él le llevó a don Cándido junto a ese Council of Foreign Bondholders, habían hecho sociedad para ver si recuperaban un poco el crédito que nos habían dado, aunque tampoco tenían demasiadas esperanzas, así que hablaban mal del Paraguay cada vez que podían, y con eso nos perjudicaban demasiado; ya no podíamos recibir más el capital que tanto precisábamos; nadie quería darle un peso al Paraguay (así fue hasta que yo llegué en la Presidencia). En ese Council estaba don Croskey, ese que después vino en Paraguay y nos puso el teléfono; entre él y los otros le dijieron a don Cándido que, si quería crédito, que pague primero el anterior. Don Cándido les dijo: Gentlemen, plata no tenemos pero tenemos el país. Entonces los otros decidieron hacer el banco para recuperar sus ahorritos y, de paso, para darnos más plata...

Fue uno de esos arreglos que sabía hacer don Cándido.

Banco Nacional del Paraguay, jei chupé.

Plata desde luego que no había, pero no era problema, porque el Banco nos podía prestar: iba a tener un capital de £ 300.000; eso daba de sobra para prestarnos. Incluso, nosotros también íbamos a ganar plata, el Estado Paraguayo, porque íbamos a ser accionistas: de las £ 300.000, la mitad iban a ser nuestras. O sea que, en vez de deber, íbamos a ser acreedores, ¿qué le parece?... No, no hacía falta integrar acciones, o sea comprarles £ 150.000; ellos se contentaban con algunos edificios viejos como el Club Nacional (ese les cedíamos para su sede) o el Palacio de Gobierno, que en esa época estaba de balde porque el Presidente tenía su oficina en el Congreso. También el ferrocarril les cedíamos, ellos se comprometían a hacerlo funcionar, incluso a llevar la vía hasta Villarrica (en esa época llegaba no más hasta Paraguarí) o hasta Encarnación; seguro que cumplían su compromiso de completar la vía férrea porque el trato era que les dábamos un kilómetro de tierra fiscal a cada lado de la vía (una forma de darles aliciente, o si no no te van a trabajar, quién trabaja de balde). Era la única forma de vender nuestras tierras fiscales y el resto, que Gill había tratado, todos los Gobiernos desde 1869 habían tratado, pero nada... Colocábamos nuestra propiedad fiscal, y encima cancelábamos esa deuda en libras esterlinas, un verdadero quebranto...   —100→   Pero todavía hay algo más importante: en vez de deber, íbamos a ser acreedores... Sí, ya sé que le dije, Amarilla, pero atiéndame este: los bonos de la deuda del Paraguay se andaban cotizando entonces, en el mercado de Londres, a un siete, ocho por ciento de su valor nominal (si quería vender un bono de £ 1.000, digamos, le pagaban no más £ 70/80); o sea que no valían nada; nadie tenía ya esperanza de cobrar... Bueno, si hacíamos el arreglo, el crédito del Paraguay aumentaba, y entonces también aumentaba el precio de los bonos, un bono podía valer cien por ciento o más de su valor... ¿cómo que no entiende? ¿No se da cuenta de que nosotros nos convertíamos en socios de los tenedores de bonos (de nuestra deuda) y entonces, cuanto más valían esos bonos, más ganábamos?...

Era un negocio redondo; solamente un tipo tan letrado como don Cándido podía joderles así de grande a los ingleses: les pagaba una deuda sin gastar un peso, y encima nos quedaba vuelto...

Pero allí está eso que yo le dije: hay que saber andar.

Si usted es un santoró, no le van a dejar en paz.

Gill era, por eso fue que Decoud, automáticamente, la publicó un artículo en contra. Dijo que el convenio con los ingleses era la venta más escandalosa del país, porque además de regalar nuestros edificios públicos, nuestro ferrocarril, les dábamos a los tipos el monopolio de la explotación de yerba por 30 años, un verdadero escándalo. Ese le perjudicó a don Cándido en su prestigio, pero no era contra él; era contra Juan B. Gill. Y el artículo enseguida leyó el Ministro brasilero, que le hizo llamar a Gill, le hizo decir que no podía ser, que el Paraguay quedaba como garantía de la deuda de guerra, no podía entonces hipotecarlo a los ingleses.

Juan B. Gill se creía muy vivo, por eso ya había hecho aprobar ese convenio por el Congreso. Sabía que a los brasileros no les iba a gustar, pero hizo aprobar no más, sin consultarles. ¿Para qué consultar si los brasileros ya se habían ido?... Sí, se fueron, eso me olvidé de contarle... Junio del 76 (controle un poco, ya no me acuerdo bien después de 34 años)...

Pero vale la pena que le cuente...

¡Cómo no he de recordar aquel día! Todo el mundo en el puerto, algunos para darse el gusto de despedir a los negros; otros para despedir a los parientes. Y es que con los 8.000 soldados brasileros se fueron como 2.000 mujeres paraguayas. Asunción se quedó medio vacía, las casas comerciales se fundieron porque no tenían más comprador. Pero lo mismo daba gusto, incluso con el discurso de Gill, que se mandó en el puerto de Asunción: ¡Paraguayos! Cuento con vuestro buen criterio y acendrado patriotismo para terminar la obra espinosa de nuestra regeneración política; y ahora que presenciamos el embarque de las fuerzas extranjeras,   —101→   cuyo hecho motiva el presente manifiesto, cumplamos con el deber de dar cordial adiós a esos disciplinados militares que han sido durante seis años nuestros huéspedes; deseándoles con toda sinceridad un viaje próspero y feliz, y roguemos que conserven de su permanencia entre nosotros, un recuerdo tan grato como el que nos dejan.

Bueno, esa fue la despedida que le digo, un poco después fue que el Congreso aprobó ese convenio inglés, pero el Ministro brasilero le hizo llamar a Gill; le dijo que no podía permitir, que nos habían defendido de los argentinos para que no nos quiten el Chaco, pero ahora veníamos a regalar todo el país... Gill se hizo el vivo, como siempre, pero el negro le dio a entender que ni se haga ilusiones, que la flota estaba lista en Corumbá y que podía volver en cualquier momento, así que nuestro Presidente tuvo que rechazar la resolución del Congreso con un Decreto-Ley.

Pero no vaya luego a creer que con eso le dio el gusto al brasilero; ya era demasiado tarde. Y es que Juan B. Gill había informado mal a Itamarati sobre Ministro Gondim y también contra José de Auto Guimaraes, Barao de Jaguarāo, pero los otros les mostraron el informe a los dos y ellos contrainformaron que Juan B. Gill no valía nada; estaba fundiendo el país, peleándose con todo el mundo y encima no cumplía sus compromisos con el Brasil porque ni pagó los gastos del Ejército brasilero, ni devolvió todas las armas que le prestaron (como había prometido en la revolución del 74) y para completar quería fundir a los comerciantes brasileros con impuestos que no se usan en ninguna parte del mundo, no más para poder pagar a su polecía, que era la que mandaba en el país... Río Branco se calló por el momento (al fin y al cabo, él era el que le había puesto a Gill donde estaba), pero tomó nota de todo eso y le preguntó a Gondim (confidencialmente) si qué pensaba de don Cándido, y Gondim le dijo que posiblemente se habían equivocado con él, no era tan argentinista como decían las malas lenguas (no olvidemos, le dijo, que Bareiro tiene una deuda de gratitud con la Argentina, que le dio trabajo en sus ejércitos cuando López quería fusilarle, pero eso no significa que Bareiro tenga una actitud hostil hacia el Brasil). Parece que también hablaron de Facundo Machaín y que dijieron que, por el momento, no podía ser el Presidente (no les convenía), pero que, cuantas más pavadas hacía Gill, más crecía el prestigio de Facundo Machaín y el prestigio del difunto Partido Liberal, que desde el 31 de agosto había quedado disuelto, pero que ahora podía recuperar su fuerza precisamente a causa de los disparates de Gill. Y el brasilero cuando se enoja es rencoroso, no te perdonan así no más... A Juan B. Gill no le perdonaron así no más el Sosa-Tejedor (le creyeron pero también no le creyeron sus explicaciones), pero todavía menos le creyeron sus explicaciones cuando Facundo Machaín, que era Canciller, se negó a firmar las pólizas de las indemnizaciones de guerra... Cosas de Machaín, les dijo Gill (esta vez con   —102→   razón), pero los brasileros ya no iban a creerle; le echaron la culpa a Gill y nadie más, dijieron que no quería pagar las indemnizaciones de guerra y que eso luego era una prueba de su mala fe, porque había prometido gestionar un protectorado, y ahora estaba gestionando, pero con la Argentina, no con el Brasil...

Esto sobre todo cuando se firmó el Machaín-Irigoyen (1876), nuestro tratado con la Argentina, que Machaín firmó pero a espaldas de Gill (roto) Sí, el que les hizo el favor fue don Adeodato Gondra, pariente creo de don José Urdapilleta. Don Adeodato tenía sus relaciones, y él le permitió a Saguier, que estaba en Buenos Aires, ponerse en comunicación con Irigoyen, el Canciller argentino, por ese lado fue que Gill recibió los 50.000 pesos argentinos cuando Germán Serrano le hizo la revuelta... 8 de diciembre del 75, coincidía con la Virgen de Caacupé; Germán Serrano hizo justamente para levantar más gente el día de la Virgen, pero la gente no se le sumó, así que con 100 hombres, más o menos, tuvo que correrse cuando el gobierno le mandó a Patricio Escobar con 350; enseguida los desbarataron... De Caacupé se corrieron a Paraguarí, de Paraguarí a la Argentina, pero a Serrano lo alcanzaron en el camino. Guárdeselo usted sargento -le dijo Serrano al sargento que dirigía la partida- este es un regalo del Mariscal López, no quiero que se pierda. Y le entregó el reloj de oro al sargento que dirigía la partida que venía a degollarle, y el sargento después le mandó unos pelos de la barba de Serrano (con la piel en que venían pegados) a las hermanas del difunto. (Un recuerdo menos agradable que el reloj de oro; mi compadre siempre solía usar los dos juntos, o sea el de Serrano con el de Machaín)... Bueno, ese golpecito fue un tirón de orejas para Gill, que se estaba volviendo muy argentinista, por eso fue que, cuando se enteró, Ministro Gondim, que estaba en Montevideo, subió en la cañonera y se vino río arriba a toda máquina, y si no se encallaba, Serrano no perdía su cabeza pero Gill sí perdía su sillón presidencial. También el golpecito de Cirilo Rivarola y Decoud fue por liga, y si nosotros le escuchábamos al Ministro, iba a haber otro más. Si me quieren dar la Presidencia, que vengan a ofrecerme, decía don Cándido; él no estaba dispuesto a trabajar de balde para los brasileros. Usted tiene dotes de Presidente, le decía Gondim. Don Cándido no decía una palabra; él no pensaba conspirar de balde ni creer en palabra de brasilero como Cirilo Antonio Rivarola, que así le fue. Y esa era más o menos la cosa cuando Machaín se fue en Buenos Aires para hacer el Machaín-Irigoyen (1876); él, desde luego, ya había oído los rumores de que Gill estaba dispuesto a darle todo el Chaco a la Argentina si los curepí le daban un crédito y un tratado de libre navegación... De eso ya se andaba hablando, pero Machaín firmó su tratado, calladito, al comienzo del 76, justo un poco después de que llegue en Buenos Aires el delegado para regalarle todo el Chaco, como se rumoreaba... O sea que demasiado tarde, nuestro Congreso tuvo que aprobar no más el Machaín-Irigoyen, y un poco   —103→   después salieron del país las tropas brasileras... Pero no por eso mejoró la posición de Juan B. Gill; los brasileros sabían demasiado bien que, si no entregamos el Chaco, fue por Machaín... Y entonces siguieron moviéndole el piso, como se dice: presiones diplomáticas, le anularon el convenio con los acreedores de Londres, le hacían de todo. Y los argentinos no es que podían ayudarle tanto como le tenían prometido; ellos tampoco tenían demasiado dinero para darle y además sabían que cualquier dinero que le dean, tenía que desaparecer, como desaparecieron las libras esterlinas y todo peso que entraba al Paraguay, famoso por la moneda falsa que imprimía, que ni los paraguayos te querían aceptar (en Paraguay se pagaba sólo con moneda fuerte, peso argentino, melgarejo boliviano; el peso del gobierno nadie te quería para nada). Así que la silla presidencial del amigo Gill bailaba; el hombre como el guardavallas en el foot ball (¡mire que entró de moda en Buenos Aires!): cuando le envían demasiados penales, es imposible atajar...

¡Ah!, el tratado...

Bueno, ese no tiene demasiado importancia; ponga no más si quiere. Machaín le entregó a la Argentina las Misiones y el Chaco hasta el Pilcomayo (Madama Lynch se quedó sin estancia, ella tenía en Formosa); el Chaco entre el Pilcomayo y el Verde, con la Villa Occidental, quedaba para el arbitraje; ese fue el arbitraje que nos quitó a favor el Presidente Hayes de Norteamérica, que nos vino muy bien. Porque entonces por lo menos ese pedazo del Chaco venía a ser de nosotros, reconocido por la Norteamérica, para pararle un poco el carro a los cholos bolivianos que cada día se ponían luego más y más pedigüeños... Porque el problema del Chaco luego estábamos dispuestos a arreglar por las buenas, por eso hicimos el Decoud-Quijarro (1879)... Pero después los tipos esos se vuelven más y más exigentes, y menos mal que pisaron el pacová piré. Eso cuando hicieron el mapa Bertret, mapa oficial de Bolivia, donde nos daban todo el Chaco; así figuraba en el mapa ese, que por supuesto tenía Río Branco, el Juca (le estoy hablando de 1900, cuando el Juca ya era una personalidad). Desde luego que nos convenía el mapa, pero en vez de pedirles bien, Peña le pide prestado a Río Branco por un ratito; Juca le presta por quince días, muy amable, pero Peña entonces se lo vende por $ 5.000 oro a Manolo Gondra, que era Canciller del Paraguay (dijo Peña que lo había comprado de un espía)... Por supuesto que después se arma la gorda; al final tuvimos que devolverle el mapa a Río Branco, pero los $ 5.000 oro nadie más los vio fuera de Peña, que se muere por la plata...

Sí, ese es el que me hizo juicio ejecutorio por unos pesitos que yo le debía, justamente ahora que estoy en Buenos Aires exiliado, ¡qué bandido! Me quedo con los legionarios como Adolfo Saguier, que hasta ahora no me reclamó la plata que le pedí prestada un día en que estaba en apuros. Y estas cosas, justamente, le explican la revolución del cuatro; colorados eran los de antes. Los de ahora se están volviendo, de más en   —104→   más, evasores de divisas, contrabandistas, son capaces de (faltan varias líneas)

*  *  *

Hay un refrán que dice el burro por delante, y eso es precisamente lo que estamos haciendo; primero tenía que contarle lo que hacían los otros antes de entrar en mi brillante actuación como Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, cargo que ejercí dignamente hasta 1878, más o menos, cuando don Cándido Bareiro me puso de Ministro del Interior; Ministro del Interior del 78 al 80. eso es lo que fui; después, Presidente Constitucional por elección popular, del 80 al 86...

Como ve usted, y usted tiene que aprender de los ancianos, uno tiene que ser modesto, no puede tirarse, de cabeza, para la Presidencia; tiene que hacer carrera, paso a paso, como en mi caso: general primero; comandante en jefe, después; de allí ya es más fácil llegar a Presidente (no importa que le llamen avestruz o tombutú). Aunque también le tengo que decir una cosa, Amarilla, ese Ministerio que me dieron era un irrespeto. Porque el pacto de febrero era que me iban a dar el Ministerio del Interior (como me dieron), pero en seguida me quitaron ese Ministerio, y después me enviaron en la Europa con Higinio Uriarte. Eso ya le conté: yo podía hacer un kilo por la Patria, pero no me dejaron. Y entonces me moría de frío porque lo que me daba el Gobierno para hotel no daba (con mis ahorros yo quería visitar el Moulin Rouge y otras actividades culturales) si no era por la Madama (¡tan amable!) que me ponía la bolsa de agua caliente sobre la colcha, me hubiera muerto del frío, yo pues no soy para aquellos países... Cuando volví en el Paraguay, yo pensé que Gill ya se había olvidado de la conspiración de Molas, pero el tipo era más rencoroso de lo que yo pensaba: me dio de vuelta el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública. Vamos a ver qué hace el bruto, dijo... él, que era más bruto que yo.

Pero se llevó una gran sorpresa.

Mi Ministerio era uno de los pocos que funcionaba. Y eso que no me daban plata, pero igual; yo me junté con Decoud, con Aceval, con Machaín; bajo mi dirección hicieron un Colegio Nacional fenómeno... O sea la Instrucción Pública. Porque en la Justicia no podía meterme; no podía con un tipo tan metido como Gill, los jueces le informaban a él, no a mí (que era su Ministro), pero esas son cosas que no podía cambiar, así que me aguantaba. Claro, con el Culto diferente, Amarilla; usted sabe que soy un buen cristiano, y que me confesaba siempre, sobre todo con el padre Maíz. Con él me conocía desde hacía tiempo, desde 1867, más o menos, cuando lo sacaron de la cárcel y lo pusieron a escribir artículos para el Cabichuí y El Centinela.

-Padre, ¿es cierto que usted le dijo Hijo del Altísimo y Dios sobre la Tierra?

  —105→  

-Bueno, ese fue un artículo circunstancial, general Caballero... Recuerde cómo era el 24 de julio...

(Maíz tenía razón: el cumpleaños de Mariscal era una cosa seria. No es que uno sea chupamedias, pero los demás eran, y se podía interpretarte mal, y entonces tratábamos todos de quedar bien con nuestro Jefe, yo mismo le regalé el reloj de oro que piqué en Matto Grosso. Por educación no más paí Maíz dijo que Mariscal López era Jesucristo en sus artículos).

-Me recuerdo, padre Maíz, pero usted tiene muchos enemigos; no le perdonan ese artículo sobre el Mariscal.

-No me perdonan que sea paraguayo.

-Cierto, padre Maíz.

-¿Y sabe quién ha movido el avispero?

-No, padre Maíz.

-Fidelis D' Avola, el capellán brasilero.

-¡Qué nombre más feo!

-Se lo merece... Él es el que habló con los Jefes aliados para decirle que yo no puedo ser Obispo, que incluso llevó los chismes hasta el Vaticano, Su Santidad está mal informado...

-¡Será posible!

-Es posible... El Papa me llamó sacerdote nefario...

-¿Puedo hacer algo por usted, padre?

-Usted es el Ministro de Culto. Hable con el Presidente Gill.

Desde luego que hablé; Gill no me hizo caso.

Dependía de él nombrarle obispo (del Presidente). Porque nuestra Constitución es así: cuando queremos tener un obispo, mandamos una terna a Roma, tres candidatos que elige el Presidente y el Papa tiene que elegir uno de los tres. Pero el Presidente no elige sólo, sino que les consulta a los paí; ellos son los que eligen. Y en la Iglesia paraguaya de aquellos tiempos, el que tenía prestigio era el padre Maíz, los paí le pusieron en la terna para que Gill le mande al Santo Padre, pero Gill no quiso. Por eso que el paí Maíz amenazó irse del país; se armó un escándalo que finalmente arreglé yo, como Ministro, o sino iba a ser peor.

Pero, de cualquier manera, Maíz nunca fue obispo; le quitó su puesto Aponte y después Bogarín. Él se quedó muy triste; es cierto que había tenido sus cosas, pero nadie es perfecto. Y es cierto que después se arrepintió, que vivió como un santo, enseñando a los niños a leer y escribir en una escuela del campo... La última vez que lo vi estaba viejo, muy viejito.

-Digame una cosa, padre -yo le pregunté- ¿cómo fue el asunto aquel de monseñor Palacios?

-Órdenes del Mariscal.

-¿Y el deán Bogado?

-De puro terco; sabíamos bien que el hombre era inocente; no más queríamos una declaración firmada...

  —106→  

-¿Y los cincuenta sacerdotes?

-¡Exageraciones! Apenas treinta. Pero los brasileros no pueden criticarnos; ellos también fusilaron curas paraguayos.

-¿Juliana Insfrán?

-Páseme la botella, Caballero.

El padre estaba ya viejito; hacía años que no tomaba un trago. Pero esta vez precisó de su traguito para darse ánimo, para decirme una cosa que si usted repite... ¡Está bien! Le tengo confianza, Amarilla, pero esto queda entre nosotros. ¡Ni una palabra!...

Paí Maíz estaba sin entrenamiento, en poco tiempo estuvo fuera de combate. Yo traté de reanimarlo, no había caso. Hasta que al final llegó la tía (uno siempre tiene alguna tía más vieja que uno) y me dijo que era hora de irme.

No es que sea curioso, pero aquella vuelta, casi muero de la curiosidad.

-¡Yo le salvé la vida!

Yo ya había salido de la casa; el paí sacó su cabeza por la ventana para gritarme.

-¿Cómo dice?

-¡Yo le salvé la vida!

Al final, pude convencerle a la tía de que me abra la puerta, me recibió en calzoncillos (paí Maíz, desde luego).

-¿Sabe que usted también en la lista?

-¿Qué lista?

-La del obispo Palacios.

Y entonces me contó una cosa, Amarilla, una cosa, que si usted repite, ¡pobre de usted!... Me contó que monseñor Palacios había hecho él mismo su lista negra, y que en la lista me ponía a mí; me dijo (no sé si es cierto pero me dijo) que el obispo quedaba bien con nuestro Jefe inventando las conspiraciones, sobre todo después de nuestra retirada de Humaltá, cuando el Mariscal necesitaba levantarse el ánimo rematando por los otros su nerviosidad... Al principio muy bien; la lista negra del obispo coincidía con la del Mariscal. Pero después Mariscal comenzó a sospechar algo; le dijo a Maíz que le vigile un poco, y entonces el padre encontró un buen día su nombre con el mío y el de la Juliana Insfrán en la libretita del señor obispo. Por la pobre Juliana ya no pudo hacer nada, pero me salvó la vida, tachando mi nombre de la lista negra, tachando también el suyo y haciendo otra lista con el nombre de monseñor Palacios a la cabeza...

Mis amigos opinan que paí Maíz ya estaba viejo, ya no tenía más juicio cuando me contó todo esto, pero imagínese usted si es que los legionarios se enteran, lo que van a decir... Porque ahora ya somos (siempre fuimos, pero antes no nos dejaban ser) el partido lopizta, el de las gloriosas tradiciones de los Héroes que explicó O'Leary, aprovechando   —107→   un poco que se calmaron un poco las pasiones después de 30 años, porque en el 70 nadie te dejaba ser lopizta (la propaganda extranjera). Bueno. Este es un asunto muy, pero muy delicado; ahora que aprovechan cualquier oportunidad para desprestigiarnos, no se le ocurra decir que Mariscal López quiso fusilarme, aunque no sea cierto, ahora que ya está corriendo (roto) el testamento de Gazory (faltan varias líneas).

*  *  *

El Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública tenía solamente dos empleados que estaban solamente para espiarme luego y eso que yo era su Ministro pero les daba igual porque Gill les dijo. Por suerte no cobraban casi nunca y entonces no venían casi nunca y los demás días yo les daba franco y tenla paz para reunirme con Aceval, Decoud y los más cultos y no con los dos fascinerosos que mandaron al Ministerio de Instrucción porque ya no había más puestos en el Interior y había que premiarlos por su actuación en el batallón guarará.

Un día de lluvia (desde luego que no estaban porque llovía), yo conversaba con una maestra venida del campo. Ella me decía que el atraso todavía pasaba; aunque en Villarrica eran seis meses (en el interior siempre se pagaba más tarde que en la capital), todavía podía retirar del almacén fiado. Pero señor Ministro (estaba a punto de llorar), ¿cómo vamos a vivir con el medio sueldo? Gill había comenzado su economía pagándoles a los empleados públicos medio sueldo; aunque en general no cobraban, eso les perjudicaba mucho a los que no estaban ni en Hacienda ni en Interior, como a la maestrita que le digo. Tengo familia, señor Ministro, ¿qué vamos a hacer ahora?

Muy lindita, muy aseada aunque descalza, yo quise consolarla...

-¡Permiso, señor Ministro!

Era el correntino Benítez, el que se había divertido pasándole a Danós varias veces con su espada. Ese Danós era un pobre francés, un periodista que lo agarraron con Germán Serrano (era su secretario) y entonces lo liquidaron con Serrano. Esa clase me pusieron en el Ministerio. No venía nunca, ya le dije, menos con un día de lluvia. Ahora me venía para molestar no más, dice que con un mensaje del Presidente, siempre algún pretexto. Esta vuelta me decía que cuando pare la lluvia vaya a verlo, una cosa de lo más interesante, muy científica. Que ensille mi caballo porque teníamos que salir de la Asunción, me ordenaba Gill. ¡Justo lo que faltaba! Otra vez el recorrido de la campaña como el que tuve que hacer una vez acompañando al Presidente que me llevó con él para tenerme vigilado, mientras el guardia civil Uriarte se quedaba en Asunción para cuidarle la silla presidencial. Gill recorría pueblo tras pueblo prometiendo todo pero sin dar, porque no tenía un peso. No sé para qué. ¡Y ahora otra vez me quiere llevar con él con la campaña para no hacer   —108→   nada, es más cómodo no hacer nada en la Asunción!

Pero por lo menos me servía para librarme de la pobre maestra, ¿qué podía hacer yo? El que no le pagaba el sueldo era el Presidente, así que no tenía sentido quedarse a escuchar los plagueos de la pobre mujer que tenía razón pero de balde.

Entonces fui al Palacio (si así puede llamarse); ¡ese maleducado me hace decir que estaba con gente! ¡Siempre nos hacía así, para demostrar que mandaba! Después, sin recibirme, me entrega directamente la partida que tenía que dirigir yo, diez o doce hombres armados, con sus palas y sus picos... ¡Por supuesto que armados! En esa época no era posible salir a la campaña sin armas; en Lambaré y en Luque, los tigres se comían a la gente. Y en Asunción los bandidos y los perros salvajes; no era garantía salir sin armas... No había cambiado nada desde que yo llegué de Río de Janeiro: las calles sucias y peligrosas...

Por suerte no encontramos ni uno (quiero decirle un tigre) porque con los fusiles esos, todos descalibrados, y con los soldaditos que me dieron, era para desconfiar. Así que llegamos al lugar sin problema, un lugar que no le voy a explicar porque de cualquier manera no conoce, pero quedaba cerca de Asunción (roto) los soldados, entonces, comenzaron a cavar, ahondaron un poco más el pozo que ya tenían comenzado esos dos italianos que venían al país para macanear no más pero se creían científicos y (faltan varias líneas).

Comenzó por ese tiempo, me parece, 1867, cuando el Mariscal López vio (roto) y le hizo preguntar a Masterman qué era. Masterman era ese boticario que habíamos contratado para el ejército, también nos hacía las minas y torpedos para los acorazados brasileros. Masterman le dijo que una mezcla de azufre con hierro, por eso su color amarillo, pero Wisner von Morgenstern dijo que tenía que ser oro, al fin y al cabo estábamos al sur de una zona del Brasil donde había oro; nosotros teníamos que tener también oro en Paraguay, como los cambá.

Esa vuelta tenía razón Masterman, no era oro. Pero después de la guerra, Wisner habló con el coronel Lucio Mansilla, le dijo que en Paraguay tenía que haber oro, porque había, y también porque la población que huía escondía sus ahorros por todo el camino, y el Mariscal también tenía su tesoro que había hecho esconder durante la guerra, aunque la Madama Lynch no supo decirme exactamente dónde. Wisner tenía razón; enseguida le convenció al coronel Lucio Mansilla, que se juntó con don Mauricio Mayer, otro que tenía mucha plata. Entre los dos hicieron la Sociedad Anónima de Minerales de las Serranías de Amambay y Mbaracayú en el Paraguay, que tenía un capital de $ 2.000.000 oro, y por supuesto que nos dieron acciones a don Cándido Bareiro, don Patricio Escobar y el que habla, la contraparte paraguaya. Menos mal que el capital era de ellos, porque después de haber gastado $ 800.000 no encontraron nada, aunque de existir, existe el oro (faltan varias líneas).

  —109→  

No tuvimos que cavar demasiado, como le dije, porque los italianos ya tenían comenzado el pozo, pero el maera ese, en el fondo, estaba demasiado sucio. Menos mal que teníamos un arroyo al lado así que pudimos lavarnos; hacía demasiado calor y después del trabajo ya no se aguantaba (roto). Por supuesto que se quejaban ¿cómo no se iban a quejar los pobres soldaditos de llevar un peso así cuando que no ganaban ellos nada? Tenían razón, si que (roto). Con todo el cachivache negamos en el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública, donde me esperaba Gill con el italiano ese:

-¡Ecco il brontosaurio!

Tuve ganas de darle con un hueso por su lomo, la culpa era de él. Él le había dicho a Juan B. Gill importante para la cultura, dijieron que teníamos que desenterrarlo, ponerle en una pieza especial para él solo. Museo de la Historia Natural, jei chupé. Y entonces me mandaron a mí, todo un Ministro, para recoger el animal difunto, que tuvimos que tener en una pieza aparte; el tipo mejor que los cristianos, cuando a nosotros nos faltaba espacio. Y para colmo venían los curiosos a preguntar para qué; nos tomábamos el trabajo de explicarles cuántos millones de años... Todo para que después los desgraciados salgan y digan por ahí que en ese Ministerio, el más leído luego era el brontosaurio...

¡Mire cómo era el tipo!

¡Lo que nos hacía!

Y precisamente estas cosas me comentaba aquella noche don Patricio Escobar, una noche que estábamos en la casa de Lacú Giménez, otro mozo muy meritorio. Porque el hombre (Giménez) empezó de abajo; comenzó las apuestas en su casa con aquellos pesitos que le presté yo, pero al cabo de un tiempo progresó (todo un comerciante, tenía cabeza para los números) y yo le puse de Ministro de Hacienda y después fue empresario. Aquella noche, mi compadre Escobar tenía suerte: ganó $ 100 en la riña de gallos. Entonces me invitó una cerveza, incluso después de cerrarse la casa nos quedamos a festejar, y aproveché para decirle, en confianza, que había sido un poco ingrato con el Partido Nacional. Él, entonces, se asinceró y me dijo que tenía razón; que, al principio, Gill le había impresionado bien porque le ascendió a general y le dio su Ministerio de Guerra (una maniobra para dividirnos) pero que se estaba dando cuenta de que Gill le utilizaba, le hacía sacar la cara cada vez que había rebelión (como Germán Serrano) pero después le mandaba de vuelta a su cuartel sin darle más explicaciones, a él, que arriesgaba su vida por el Gobierno. Me dijo también que sentía mucho que a mí me hayan dado empleo vaí no tenía derecho Juan B. Gill, pero que iba a tratar de hablar con el Presidente para ver si podía hacer algo por mí.

Y en eso estábamos cuando llamaron a la puerta.

-¡Estamos todos en el mismo bote! -dijo don Cándido.

Y nos morimos de risa.

  —110→  

Eso porque Juan B. Gill, cada vez que queríamos protestarle, nos decía: Estamos todos en el mismo bote. O sea que, si nos dividíamos, nos iban a ganar los Benigno Ferreira, Cirilo Antonio Rivarola, Salvador Jovellanos, los exiliados en Argentina. En parte era cierto, pero Gill ya exageraba; siempre nos asustaba con conspiraciones para tenernos todos juntos. Hasta que le fuimos tomando la vuelta, ahora ya comenzábamos a reírnos, incluso conspirar un poco, porque no estábamos todos en el mismo bote.

-Adelante, mitaí

El chico entró; debía de tener catorce años pero el uniforme le quedaba chico (austeridad de Gill). Traía un mensaje urgente del señor Presidente; había que contestar urgentemente. Entonces don Cándido le escribió en un papel (el soldado no sabía leer) que la conspiración era para el día 20 (20 de abril), así que nos quedaba tiempo para desbaratarla, y que al día siguiente (12 de abril) iba a apersonarse en el despacho presidencial para informarle de todo lo que sabía.

-¿Cierto picó don Cándido?

-Cuentos de abuelas. Todo el mundo chimenta en Asunción. Pero si le decía que no, me iba a hacer llamar inmediatamente a su casa para informarme de los detalles de la conspiración. Gill siempre tiene que saber antes que nadie y mejor que nadie y más que nadie...

Parece que la nota le gustó a Juan B. Gill porque no volvió a molestarnos durante toda la noche. Nos quedamos hasta tarde pero, al día siguiente, don Cándido estuvo en el despacho presidencial a primera hora.

A las diez y pico, se dio cuenta de que el Presidente ya no iba asistir a su despacho.

-¡Había sido cierto! -le dije, cuando nos volvimos a encontrar, aquel 12 de abril, al mediodía.

-Como el pastor mentiroso, general Caballero... Como el pastor mentiroso -me contestó don Cándido.

Entre los dos lamentamos la muerte de un amigo, de un caballero ciento por ciento como Juan B. Gill, porque de los muertos luego no se puede hablar mal.