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401

58-7. S.: «cuya virtud probada y excelente». (N. del E.)

 

402

58-8. S. omite «a». (N. del E.)

 

403

58-11. S.: «nasce». (N. del E.)

 

404

58-17. S.: «dura». (N. del E.)

 

405

58-17. S.: «blanda» (N. del E.)

 

406

58-23. S.: «vivo». (N. del E.)

 

407

58-24. S.: «Radamonte». Los contemporáneos de Cervantes, los poetas líricos y dramáticos, emplearon esta maquinaria mitológica a menudo en un lenguaje parecido; así se encuentra repetidas veces la mención del «reino oscuro» habitado por Plutón, Radamanto y personajes de la infernal morada. (Véase La Numancia. Don Quixote: «las cauernas lobregas de Dite», II, 35 y 69.) El verso «los escuros reinos del espanto» es recuerdo evidente de un bello soneto de Garcilaso que trata de Orfeo y tiene la frase «bajaron a los reinos del espanto». (Véase a R. Schevill, Ovid, etc., págs. 78, 227 y 230-1.) A pesar de estas tradiciones clásicas de la hechicería, es evidente que Cervantes puso también algo de las costumbres de Argel en esta escena. El padre Haedo, en su libro tantas veces citado, porque sin él es imposible estudiar los dramas argelinos de Cervantes, dice de las mujeres.

«Ocupanse mucho en hazer hechizerias, de que son grandes maestras; y para esto llaman otras a sus casas que lo saben hazer, o van a consultar con ellas y con los morabutos, que de ordinario no professan otra cosa. Y ansi, nunca cesan de hechar suertes y hazer conjuros, quitar dientes, moler huesos, dessollar sauandijas, enylar ranas, hazer sahumes, quemar papeles, enclauar clauos, hazer misturas, llamar diablos; y esto, o para ser amadas, o para tener alguna bentura, o para casar las hijas, o para saber lo ausente, o deuinar lo futuro, o curar llagas, o sanar enfermedades, y otras cosas semejantes.»


(Fol. 29 r., col. 1.)                


(N. del E.)

 

408

58-29. S.: «o murmurios». (N. del E.)

 

409

58-30. S.: «deleytables». (N. del E.)

 

410

59-1. S.: «Ras». (N. del E.)